Una proposición peligrosa - Fayrene Preston - E-Book

Una proposición peligrosa E-Book

Fayrene Preston

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Beschreibung

Hacía dos años que el millonario Colin Wynne quería a Jill Baron. De manera que, cuando esta acudió a él en busca de ayuda, hicieron un trato: a cambio de un acuerdo comercial, Colin transformaría a Jill en una "mujer fatal" capaz de conquistar al hombre de sus sueños. Pero Colin no tenía intención de enseñarle cómo ser fascinante para luego arrojarla a los brazos de otro hombre. La finalidad de sus lecciones era conseguir que Jill se enamorara de él y, al parecer, ella no era inmune a sus encantos...

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Seitenzahl: 204

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2000 Fayrene Preston

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Una proposicion peligrosa, n.º 999 - octubre 2019

Título original: The Barons of Texas: Jill

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1328-678-5

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno

 

 

 

 

 

Jill Baron se detuvo bruscamente. El jardín de su casa parecía estar girando a su alrededor. Respiró hondo y esperó a que la lógica volviera a ocupar su lugar. Hacía diez años que era dueña de aquella casa en North Dallas, y sus tierras no se habían movido ni una sola vez en todo ese tiempo.

De hecho, ni un solo acre de las vastas extensiones de Texas se había movido nunca. Las tierras del oeste podían ser azotadas por tormentas de arena y tornados capaces de llevarse casas enteras, árboles y coches, pero el terreno siempre permanecía firme. Se dio ánimos con aquel pensamiento y, en unos momentos, el jardín dejó de moverse.

Todo iba a ir bien.

–¿Puedo hacer algo por ti antes de irme?

Jill se sobresaltó. Creía estar sola. Se volvió e hizo un esfuerzo por sonreír a su secretaria.

–No, Molly, gracias.

–¿Estás segura? Te noto un poco pálida.

–Todo el mundo parece pálido de noche –Jill apreciaba mucho a Molly por su eficiencia y su capacidad organizadora, pero a veces mostraba una molesta tendencia a mimarla como una auténtica madre. Pero ella carecía de madre desde los tres años, y ya no necesitaba ni quería una.

–Tú nunca pareces pálida, Jill. Si quieres, puedo subir para traerte tu medicina.

–¡No! –Jill cerró brevemente los ojos–. Lo siento. No pretendía ser tan brusca, pero ya sabes lo que siento respecto a esas cosas. Estoy bien, y tú ya has trabajado suficiente por hoy. La fiesta ha ido de maravilla. Gracias por tu colaboración. Ahora, vete a casa y duerme un rato.

–Si estás segura… –Molly aún parecía preocupada.

–Lo estoy.

–En ese caso, nos vemos mañana por la mañana.

–Buenas noches –Jill dio otro sorbo de la botella de champán que sostenía en una mano. Luego miró el estanque del jardín. Sobre su superficie flotaban apaciblemente numerosas velas encendidas con forma de flor de loto.

Entrecerró los ojos. Brillantes. Las llamas eran demasiado brillantes. Se inclinó y derramó champán sobre una de las velas, apagándola. Tras hacer lo mismo con el resto, bebió un poco más de champán.

Aún no estaba lista para volver a la casa. Aquel era su momento favorito de las fiestas que daba. Los últimos invitados se habían ido. La orquesta y el personal encargado de la comida y la bebida también. Le gustaba reivindicar su casa y los terrenos en que se asentaba. Le gustaba el regreso a la tranquilidad y el orden. Pero, por encima de todo, le gustaba el sentimiento de plenitud que se apoderaba de ella tras una fiesta exitosa.

El estanque se movió. La tierra se movió. Se detuvo y miró con el ceño fruncido sus pies descalzos que asomaban bajo el borde de su vestido de color crema. La tierra no se estaba moviendo. Ni ella tampoco. Maldición.

Tal vez había bebido más champán del que creía. Desestimó aquel pensamiento de inmediato. Nunca se había emborrachado, y casi nunca bebía en ninguna fiesta antes de que se hubiera ido el último invitado. No le gustaba perder el control sobre nada y mucho menos sobre sus facultades mentales. Esperó y, tras unos momentos, su paciencia fue recompensada y la tierra y el estanque dejaron de moverse.

Se encogió de hombros y dio un nuevo trago de la botella.

La fiesta había sido muy productiva. Había logrado llevar a Holland Mathis al punto al que pretendía. Una visita más y lo convencería para que le vendiera los tres edificios del centro de Dallas que tanto tiempo llevaba intentando conseguir. También había logrado que Tyler Forster se interesara en reformarlos para convertirlos en un próspero negocio de apartamentos.

Su negocio florecía. Debería sentirse más que satisfecha con todo lo que estaba logrando. Y así sería si no fuera porque sentía que le faltaba algo.

Durante toda su vida había alcanzado las metas que se había propuesto. Aquel era el año en el que, según el testamento de su padre, si lograba alcanzar el nivel financiero establecido por él, heredaría un sexto de la empresa familiar. Pero ya hacía unos años que había alcanzado aquella meta y su negocio marchaba mejor que nunca. De manera que, ¿qué podía faltarle?

Se detuvo en seco. Des. Por supuesto. ¡Des!

Hasta el momento, la única meta que no había alcanzado era conseguir que su primo segundo aceptara casarse con ella.

–¿Qué sucede? ¿No has podido encontrar una copa?

Jill se volvió, sorprendida, y al hacerlo estuvo a punto de perder el equilibrio.

–Colin.

Colin Wynne sonrió perezosamente y alargó una mano para tomar la botella de champán.

–Si vas a beber de la botella, así es como debes hacerlo –echó la cabeza atrás y terminó el resto del champán en cuestión de segundos.

–No necesito lecciones sobre cómo beber champán –replicó Jill, y le quitó la botella de las manos de un tirón.

–No, no las necesitas, y por eso resulta tan interesante verte beber de la botella. Nunca te había visto hacerlo hasta ahora. Y tampoco te había visto nunca descalza. Lo cierto es que esas uñas de color rosa pálido no resultan especialmente atrevidas, Jill.

Jill pensó que Colin estaba hablando demasiado alto. Era casi como si estuviera escuchando sus palabras en sonido cuadrafónico.

–No pretendía que lo fueran cuando me las he pintado.

–Eso está bien, porque con ese color no lo habrías conseguido –Colin se encogió de hombros en un gesto que indicaba claramente que no se consideraba responsable de su mal gusto, aguijoneándola como solía hacerlo, presionándola hasta hacerla responder.

–Hay muchas cosas que no me has visto hacer nunca, pero eso no significa que alguna de ellas sea interesante, ni que alguna vez vayas a verme hacerlas, Colin.

–Ah, pero en eso es en lo que te equivocas.

–¿Me equivoco? –Jill apoyó dos dedos en un punto situado por encima de su sien derecha. Colin la estaba confundiendo. De todos sus conocidos, ¿por qué tenía que ser él el que había vuelto? Se movían en los mismos círculos sociales y benéficos pero, últimamente, aquel círculo parecía estar reduciéndose más y más, y no dejaba de verlo en todas partes. Pero esa noche ella era la única culpable, pues lo había incluido en la lista de invitados a la fiesta.

–Todo lo que haces me interesa, Jill. ¿Dónde están tus zapatos?

Jill seguía sin entender de qué estaba hablando. Pero, ya que lo había mencionado, ¿dónde estaban sus zapatos? ¿Y qué más le daba a Colin que los llevara puestos o no?

–¿Qué haces? Creía que ya te habías ido –por su mente pasó el recuerdo de Colin escoltando a una atractiva joven hacia la salida. También recordó que había pensado que el cabello pelirrojo de la chica chocaba violentamente con el desafortunado vestido naranja que había decidido ponerse–. Te he visto salir con Corine.

–La he llevado a su casa y luego he vuelto a esperar a que los demás invitados se fueran.

Jill frunció el ceño.

–¿Y por qué has decidido volver?

–Para ver cómo estabas.

–¿Para ver…? –Jill se quedó anonadada mientras el suelo empezaba a moverse de nuevo bajo sus pies. Cerró los ojos, rogando que se detuviera. Aquello no estaba sucediendo. No podía ser. No estaba dispuesta a permitirlo, sobre todo delante de él. Cuando el suelo se estabilizó bajo sus pies, abrió los ojos y vio una expresión de preocupación en su rostro que la puso muy nerviosa.

Pero Colin siempre la ponía nerviosa. Como de costumbre, tenía un aspecto molestamente atractivo y confiado. El tono dorado de su piel siempre hacía pensar que acababa de volver de unas vacaciones en algún lugar exótico, y su pelo castaño claro nunca estaba completamente peinado. Cada vez que lo miraba tenía que luchar contra el impulso de alisárselo con la mano.

Y además estaba el hoyuelo de su mejilla izquierda. Incluso una media sonrisa podía hacerlo surgir. Jill había visto a más de una mujer quedarse totalmente hipnotizada por aquel hoyuelo, hasta el punto de que olvidaban lo que estaban diciendo o dónde estaban.

En cuanto a sus ojos marrones con destellos dorados… Lo había visto flirtear descaradamente con ellos, hasta conseguir que la mujer objeto de su atención pareciera dispuesta a cualquier cosa que fuera a proponerle. Era totalmente repugnante.

Pero lo peor de todo era cómo la trataba a ella. Nadie se burlaba de ella. Nadie excepto Colin, por supuesto. A menudo, en medio de una fiesta o reunión, se volvía y lo encontraba mirándola con una sonrisa de evidente diversión, como si le acabaran de contar un chiste del que ella no había sido partícipe. En otras ocasiones tenía la desagradable sensación de que sabía exactamente lo que estaba pensando y por qué.

Pero, en aquellos momentos, la mirada de Colin era totalmente solemne y firme. Jill trató de recordar lo que estaba a punto de decir, pero no lo logró.

–¿Qué has dicho?

–Que he vuelto para ver cómo te encontrabas.

–Eso es. Ya lo sabía –Jill respiró profundamente–. Lo que quería preguntarte era por qué… –volvió a llevarse una mano a la frente–… por qué lo has hecho.

–Hacia el final de la fiesta me ha parecido que te pasaba algo, o que te preocupaba algo. He decidido volver para ver si podía ayudarte.

Temiendo que el suelo empezara a moverse de nuevo si se agachaba, Jill dejó caer la botella. Era como si estuviera bebida, aunque ella sabía que no era así. Tal vez se debía simplemente a que estaba un poco baja de azúcar en la sangre. Debería haber comido más en la fiesta.

–Podías haberte ahorrado la molestia, Colin. Ni me sucedía ni me sucede nada malo.

–¿No?

–No, claro que no.

Cuando dos años atrás conoció a Colin en una fiesta benéfica, él se mostró claramente interesado en ella, pero se echó atrás en cuanto notó que el interés no era mutuo. Desde entonces, solo lo había visto en grupo. Tenían amigos y socios comunes, y el círculo en que se movían estaba constituido por personas como ellos, hombres y mujeres enérgicos, con importantes metas en la vida y de aproximadamente la misma edad.

Jill sabía que Colin la observaba, aunque no entendía por qué. Pero lo más extraño era que a veces se encontraba observándolo a él. Lo cierto era que a veces podía ser bastante divertido, encantador e interesante. Pero, normalmente, lo único que lograba era enfadarla o desconcertarla. Como en aquellos momentos.

No tenía idea de cómo se había dado cuenta de que algo iba mal, pues ni siquiera ella lo había notado. Y tampoco sabía qué hacer con él. Pero eso no era cierto. Sabía exactamente lo que quería hacer: librarse de él lo antes posible.

–Has sido muy amable viniendo a comprobar qué tal estaba, pero te aseguro que no era necesario. De hecho, estaba a punto de ir a… –Jill miró hacia la casa, pero no fue capaz de pensar en la palabra, de manera que se limitó a señalarla. «Oh, no». Gimió silenciosamente. Las palabras la estaban abandonando… y eso sí era una mala señal.

Con mucho cuidado, se encaminó hacia la casa. John se puso de inmediato a su lado y la tomó por un codo, como tratando de sostenerla. Pero lo último que quería Jill era su ayuda, o que supiera que algo iba mal.

Un poco más adelante el sendero se bifurcaba. La izquierda llevaba a la casa y la derecha a la salida, donde sin duda se hallaría aparcado el coche de Colin. Ese era el camino que él debía tomar.

–¿Para qué quieres entrar en casa? ¿Piensas ponerte a trabajar?

Jill estuvo a punto de decirle que aquello no era asunto suyo, pero se contuvo. No quería dar pie a una de las mordaces respuestas de Colin que la obligarían a responder, y no estaba en condiciones de hacerlo.

–Ha sido un día muy largo. Lo más probable es que me vaya a la cama.

–Es una pena –dijo Colin.

Ella se volvió a mirarlo, sorprendida.

–¿Disculpa?

–Es una pena que una mujer tan guapa como tú esté a punto de irse a la cama sola.

Jill dio un traspiés y Colin la sostuvo con firmeza por el codo. Ella lo maldijo interiormente. Aquel hombre nunca hacía o decía lo que esperaba y quería que apartara de una vez la mano de su codo.

–A menos que tengas a Des atrapado en tu dormitorio, por supuesto.

Ya estaba. Había vuelto a hacer uno de sus mordaces comentarios. Jill tiró del codo para librarse de su mano y se volvió a mirarlo.

–Tú no… no sabes nada sobre Des

–En eso te equivocas. Sé mucho sobre Des. Últimamente nos hemos hecho buenos amigos. Y también sé que no es el hombre que te conviene.

–Tú… –Jill no fue capaz de pensar en una sola cosa que decir. Para colmo, apenas podía ver todo el rostro de Colin. Su campo de visión se estaba reduciendo.

No podía negarlo por más tiempo. Tenía problemas. Y las cosas iban a empeorar.

–Vete a casa, Colin. Ahora. Buenas noches –aceleró el paso para tratar de alejarse de él, pero las piernas no parecían funcionarle bien y volvió a dar un traspié. Si Colin no la hubiera sujetado, se habría caído.

–Algo no va bien –dijo él, serio. El volumen de su voz resultó insoportable para los oídos de Jill–. ¿Qué es?

Jill apretó los dientes. Todo lo que necesitaba era llegar a su dormitorio.

–Déjame en paz. Yo…

Colin la tomó en brazos y se encaminó hacia la terraza trasera. Jill no podía protestar más. Un penetrante dolor en la mitad izquierda de su cabeza se lo impedía. Cerró los ojos y trató de relajarse contra el pecho de Colin, pero este caminaba demasiado deprisa. El movimiento resultaba violento. Sintió unas intensas náuseas. No abrió los ojos hasta que cruzaron el umbral de la puerta.

–Déjame aquí –susurró.

Colin no respondió.

–¿Tu dormitorio está arriba o abajo?

–Por favor…

–No importa –como si hubiera adivinado la respuesta, Colin subió las escaleras de dos en dos hasta la planta superior.

Jill gimió.

–Por favor… no vayas tan deprisa.

–¿Qué te pasa? –murmuró Colin, reduciendo la marcha–. Voy a llamar a urgencias en cuanto te deje en la cama.

–No. Hay medicinas… en el cajón.

–¿En el cajón?

–No grites –gimoteó Jill.

–Nunca me has oído hablar con más suavidad que ahora mismo, querida. Y tampoco me has visto nunca tan preocupado como lo estoy en estos momentos.

¿Preocupado? ¿Estaba preocupado por ella? Jill no quería que fuera así, pero fue incapaz de pensar en algo que decir para que se fuera de una vez.

Con los ojos nuevamente cerrados, sintió que entraban en su dormitorio. Allí, con una delicadeza que nunca habría esperado de él, Colin la dejó en la cama y colocó una almohada bajo su cabeza. Luego encendió la luz de la mesilla de noche y abrió el cajón de esta. Maldijo entre dientes.

Jill sabía lo que había visto, pero ya no tenía ningún control sobre la situación. Sentía el escozor de las lágrimas en los ojos. La luz le estaba atravesando el cráneo. Alargó una mano para tomar otra almohada y se cubrió con ella los ojos.

Oyó que Colin entraba al baño y abría el grifo; unos momentos después el colchón se hundió bajo su peso.

–Jill, querida, ¿puedes abrir los ojos? Tienes que mirarme un segundo.

Era lo último que ella quería hacer. La luz iba a resultar intolerable. Apartó la almohada de su rostro y abrió lentamente los ojos. Colin sostenía tres frascos de medicina en cada mano.

–¿Cuál necesitas?

Jill señaló uno.

–¿Cuántas pastillas?

Jill alzó un dedo.

Colin pasó un brazo por debajo de sus hombros y la hizo erguirse. Ella tomó la pastilla y dio un sorbo al vaso de agua que él le acercó a los labios.

Luego, con la cabeza de nuevo sobre la almohada, volvió a cerrar los ojos.

–La luz… –Colin apagó la lámpara antes de que terminara la frase. La única luz que iluminaba la habitación era la del baño, que Jill solía dejar encendida–. Gracias. Ahora ya puedes irte. Ya estoy mejor –dijo, aun sabiendo que si el dolor no remitía rápidamente tendría que intentar otra cosa.

–Me alegra que ya estés mejor pero, entretanto, creo que debería llamar al médico.

–No.

–No estoy ciego, Jill. Sé que estás sufriendo un fuerte dolor. Tu médico debería saberlo.

–Lo sabe.

Colin suspiró.

–De acuerdo. Si veo que mejoras durante la próxima media hora, no lo llamaré. Pero voy a quedarme contigo.

–No –Jill sabía que no iba a poder relajarse con él allí.

–Ssss. No trates de discutir conmigo porque no te servirá de nada. Además, sería demasiado esfuerzo para ti.

Colin tenía razón en eso. Jill giró levemente la cabeza en la almohada y trató de alcanzar con las manos las horquillas que sujetaban con firmeza su moño. Pero el movimiento le produjo náuseas y tuvo que desistir.

Colin le apartó las manos y se ocupó de quitárselas. Tras aflojarle el pelo en torno a la cabeza, tomó una de las manos de Jill en la suya y le acarició el antebrazo. Ella no lo habría creído posible pero, sorprendentemente, aquello la alivió. No solía gustarle que la tocaran.

Trató de calcular las consecuencias de que Colin la hubiera visto en su estado más vulnerable, pero apenas podía pensar cuando le dolía tanto la cabeza. Permaneció muy quieta, rogando para que la medicina produjera cuanto antes su efecto.

–¿Y el vestido? –oyó que preguntaba Colin–. ¿No estarías más cómoda con otra cosa?

Jill pensó que sí, pero no se sentía con ánimos para cambiarse.

–Ahora no.

–Avísame cuando puedas moverte sin que te duela tanto.

Jill trató de poner su mente en blanco, pero era demasiado consciente del dolor, demasiado consciente del hombre que le estaba acariciando el brazo.

 

 

Colin la observó, tratando de pensar qué otra cosa podía hacer por ella. Había reconocido el nombre de algunas de las medicinas. Se utilizaban para las migrañas. Conocía a varias personas que sufrían aquella enfermedad. ¿Cuánto tiempo haría que Jill la padecía?

Por lo que había oído de las migrañas, era una candidata ideal para sufrirlas: una personalidad tipo A, una perfeccionista que trabajaba hasta la extenuación.

Aquella noche había sido un ejemplo perfecto. No había disfrutado de la fiesta. Había «trabajado» la fiesta. Y la conocía lo suficiente como para saber que él y otras cuantas personas habían sido invitados con el único fin de redondear el número de asistentes. En realidad, solo estaba interesada en dos o tres personas con las que quería hablar de negocios, aunque era toda una profesional en el arte de camuflar sus intenciones.

Deslizó la mirada por su cuerpo. Llevaba un vestido de seda de cuello alto y color marfil que contorneaba discretamente su cuerpo, dejando al descubierto tan solo los brazos. Era un vestido de un gusto perfecto, aunque en ella tenía un sutil toque sexy que podía llevar a un hombre al extremo de rogarle que le enseñara algo más. Pero Colin sabía que aquel no era el modo de llegar a Jill, de manera que se había limitado a observarla.

Había algo en aquella mujer que lo alcanzó de lleno en cuanto la conoció. Era muy guapa, de una belleza clásica, con un precioso pelo negro y unos ojos de color ámbar. Se conocieron en una fiesta de beneficencia a la que también asistieron varias mujeres enjoyadas y con vestidos deslumbrantes. Pero, para Colin, ella sobresalía entre todas. No llevaba joyas y su vestido de terciopelo rojo, sin tirantes, era el más elegante de la fiesta. Aún recordaba el brillo de su piel a la luz de las velas.

De buenas a primeras, lo rechazó de un modo casi automático. Aquello divirtió a Colin. Evidentemente, rechazar a los hombres era algo instintivo en ella y, por ello, él se sintió retado.

Al principio, su atracción fue simple y básica, una necesidad ardiente y primaria que lo impulsaba a tomarla en brazos, llevarla al lugar más cercano en que pudieran estar solos y hacerle el amor hasta que ambos quedaran lo suficientemente cansados como para no hacer otra cosa más que dormir.

La observó durante el resto de la tarde y, en un momento dado, cuando Jill se volvió después de haber estado hablando con alguien, vio algo que conectó con él a un nivel muy profundo. En ese instante percibió en su interior mucho más de lo que ella permitía ver al resto del mundo. Pero no supo con exactitud qué era lo que le había hecho conectar con ella de manera tan intensa. Solo más tarde, tras otros encuentros, descubrió qué era.

Pérdida y necesidad.

Vio en ella las cicatrices de la pérdida, heridas no completamente sanadas y dolores recordados como si hubieran sucedido el día anterior. Los reconoció en ella porque él también los había sufrido, tal vez no tan profundamente, pero sabía muy bien lo que era el sentimiento de pérdida y la necesidad. Aunque sus experiencias fueran distintas, el dolor era el mismo.

Reconocer aquello le hizo comprender que valdría la pena esperar con calma a que Jill llegara a verlo como un hombre deseable que merecía toda su atención.

No le llevó mucho tiempo averiguar que Jill solo estaba interesada en un hombre: Des Baron. Tras averiguar los motivos y los porqués, supo que no estaban hechos el uno para el otro. La certeza llegó de la convicción de que él era el único hombre con el que Jill debía estar, y de que, antes o después, iba a hacerla suya. Lo que no sabía era cuánto tiempo iba a llevarle conseguirlo. Afortunadamente, tenía mucha paciencia.

Se empeñó en conocerla, en averiguar qué la hacía feliz, qué cosas la disgustaban. No fue fácil, porque Jill se había ocupado de construir una formidable barrera a su alrededor. Solo últimamente había empezado a ver algunas grietas en aquella barrera, pequeñas, desde luego, pero tratándose de ella el más mínimo resquicio era algo extraordinario.

Tal vez, el problema de las migrañas había sido la causa de aquellas grietas. O tal vez se estaba quedando sin retos, algo que él sabía, pues se había empeñado en conocer cada uno de sus movimientos, tanto en el terreno de los negocios como en el personal. Y debido a ello, casi podía garantizar lo que iba a continuación. Eso era lo que había estado esperando.

Pero esa noche, durante la fiesta, había notado que los ojos de Jill adquirían una expresión dolida, algo en lo que no se habrían fijado quienes la conocían a un nivel meramente social o profesional. Pero él sí se había fijado, y por eso había vuelto.

–¿Qué tal estás? –preguntó, en un susurro–. ¿Te apetece ponerte alguna otra cosa ahora?

Jill se estremeció.

–Tengo frío.

Colin se levantó de inmediato y fue hasta el armario empotrado que se hallaba frente a la cama. Pasó por alto las hileras de trajes de trabajo perfectamente colgados, los vestidos, las camisas y las faldas y centró su atención en un camisón beige de punto con una bata a juego. Lo acarició y comprobó que era suave y cálido, perfecto para Jill en aquellos momentos.

Lo descolgó y se acercó con él a la cama. Jill tenía los ojos abiertos.

–¿Te parece bien? –preguntó, mostrándoselo.

Ella asintió levemente y volvió a cerrar los ojos.

–Puedo cambiarme yo sola –murmuró.

En circunstancias normales, Colin sabía que se habría opuesto con todas sus fuerzas a que él la ayudara a cambiarse, pero, esa noche, su habitual determinación por controlarlo todo estaba muy disminuida.

Tenía que distraerla, y para ello contaba con el tópico perfecto.