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Tess Baron supo que se había metido en un lío en el momento en que puso los ojos en aquel misterioso y sexy, desconocido. ¿Por qué había aparecido Nick Trejo de repente, solicitándole un encuentro privado? ¿Y qué había en Nick que hacía que Tess anhelase estar en sus brazos...? Nick iba en pos de descubrir la fortuna de su familia, y no iba a dejar que una guapa heredera se interpusiese en su camino... aunque se hubiese enamorado de ella.
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Seitenzahl: 168
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Fayrene Preston
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Sueños de pasion, n.º 956 - marzo 2020
Título original: The Barons of Texas: Tess
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas
registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-112-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Alto, delgado y bronceado, el hombre que estaba al fondo de la terraza no había dejado de mirarla durante los últimos quince minutos. Tess Baron intentó ignorarlo y concentrarse en sus invitados, pero le resultó literalmente imposible.
Había algo en su quietud que le llamaba la atención. Era como un rayo prisionero en una botella, una tensión eléctrica que solo sería segura mientras estuviese contenida. Y no le parecía que fuese un hombre de los que contuviesen su energía mucho tiempo.
Era su fiesta de cumpleaños. Conocía a todos los que estaban allí. A todos, excepto a «él».
Echó un vistazo a la gente, preguntándose quién lo habría llevado, pero todos estaban bailando o charlando. Nadie parecía haber llevado a un invitado y haberlo olvidado. Además, sería imposible olvidarlo.
Detrás de él, el sol estaba poniéndose lentamente por el Golfo de México, abrasando el agua con su gran bola naranja. Recortado contra el cuadro natural, rodeado por el sol, el hombre parecía más grande que la vida… un dios del sol.
Dejó escapar un largo suspiro, y se obligó a mirar a otra parte. Al menos todo lo demás de la fiesta iba bien.
Una brisa cálida procedente de las aguas del Golfo acompañaba el ritmo sensual del bossa nova de la banda. Se estaban sirviendo margaritas escarchadas y largos vasos de cerveza, junto con montones de gambas gigantes y ostras frescas del día. En el jardín, el cabrito a la barbacoa daba vueltas en un asador.
Él no comía ni bebía nada, a pesar de que ella había visto a los camareros ofreciéndole bebidas.
–Feliz cumpleaños, Tess.
La voz de una antigua amiga la hizo volver a la fiesta.
–Gracias, Becca –besó en la mejilla a la joven, y abrazó a su marido, Mel Grant–. Me alegro de que hayáis venido.
Becca se rio.
–¿Bromeas? Tus fiestas de cumpleaños son demasiado divertidas para perdérselas. Además, Corpus Christi es una ciudad muy agradable.
Mel sonrió a Tess.
–Se está convirtiendo en un juego intentar adivinar dónde celebrarás tu fiesta cada año. La vez que la celebraste en Kuala Lumpur ya es legendaria. Pero el año pasado me sentí un poco decepcionado.
Ella sonrió.
–¿Ah, sí?
–¿Southfork? –él sacudió la cabeza–. No muy original, Tess, y demasiado cerca de casa.
Ella se rio.
–Lo siento, pero el lugar de mis fiestas depende de donde esté trabajando, y el año pasado estaba trabajando en casa.
–Lo sé, pero personalmente, esperaba una plataforma petrolífera en el Mar de China.
–Una plataforma petrolífera no es un lugar para celebrar una fiesta, como tú bien sabes.
Mel trabajaba para Coastal Petroleum, una de las mayores compañías petrolíferas del mundo. Él suspiró dramáticamente.
–De acuerdo, de acuerdo, tienes razón, y este año te has ganado un diez.
–Qué alivio –dijo ella mordazmente.
–Sí. Es una casa fantástica, en la playa y con unas vistas fabulosas. Creo que has recuperado los puntos que perdiste el año pasado.
–No le hagas caso, Tess –la aconsejó Becca.
–Es demasiado divertido para no hacerle caso. Además, tiene razón. Esta casa es fantástica. La alquilé porque mi nuevo yacimiento está cerca de aquí, por allí –señaló hacia el golfo–. Y porque tiene una pista de aterrizaje de helicópteros.
Mel asintió con la cabeza.
–Por cierto, felicidades. Dicen que crees que ese yacimiento es uno de los más grandes que has descubierto hasta el momento.
Ella hizo una mueca de dolor y se llevó la mano automáticamente al estómago, donde la invadía el terror cada vez que pensaba en lo que se jugaba en ese yacimiento.
–Hazme un favor y no me felicites todavía. Soy muy supersticiosa. Los estudios iniciales fueron muy alentadores, pero al final, los dos sabemos que pueden no significar nada. No lo celebraré hasta que el pozo empiece a producir.
Becca agitó la mano despectivamente.
–Eres un sabueso en lo que respecta al petróleo. Me fío más de tu instinto que de todos esos sofisticados estudios que hacen.
Tess le dio a Becca un abrazo agradecido.
–Gracias.
Su instinto siempre había sido fundado; Becca tenía razón en eso. Pero de todas formas se jugaba tanto en esa operación que no estaba segura de que su instinto no se hubiese empañado con la necesidad de que ese pozo fuese algo grande.
–También se dice que has tenido algunos problemas –continuó Mel–. Si necesitas a alguien, no olvides que a mi compañía siempre le interesa.
Por desgracia, no era fácil guardar secretos en el mundo del petróleo.
–Ya sabes lo que pienso de mis operaciones, Mel.
–Lo sé, lo sé. Son tus niños, y los mantienes hasta que crecen y se hacen mayores.
Ella asintió con la cabeza.
–Es una tradición familiar.
Tess esperaba que la fiesta la ayudase a relajarse un poco, algo que hacía tiempo que no se permitía. Pero estaba más nerviosa que nunca. Entre la conversación bienintencionada de Mel y el «hombre»… No se había movido, seguía mirándola. Bajo su mirada, ella sentía que le ardía la piel.
–¿Oye, alguno de vosotros conoce a ese hombre de allí, el que está apoyado en la balaustrada?
Becca y Mel miraron por encima del hombro.
–No, pero si no estuviera con Mel, me encantaría conocerlo.
Mel miró ceñudo a su esposa.
–Perdona, pero no le veo la gracia.
–¿No? –con los ojos risueños, le dio la mano a su marido–. Entonces baila conmigo. Tal vez así recuerde por qué te quiero tanto.
–Eso suena a desafío, y estoy dispuesto a aceptarlo –guiñándole el ojo a Tess, llevó a su esposa a la pista de baile–. Hasta luego.
–Claro.
Tess pensó que seguramente había una explicación para la presencia de ese hombre. Algún invitado lo habría llevado. Pero entonces, ¿por qué no se lo habían presentado? Y sobre todo, ¿por qué no dejaba de mirarla?
¿Y dónde estaba Ron? Él tal vez sabría la identidad de ese hombre. Ron Hughes era un joven inteligente y competente de veintitantos años. Como secretario, era su trabajo estar al tanto de todo, y normalmente lo hacía. Pero probablemente estaba en la casa, trabajando en el despacho.
Alguien le agarró el codo ligeramente.
–¿Bailas?
Ella se sobresaltó, y se volvió.
–¡Colin! Qué bien que hayas podido venir.
–¿Lo dudabas?
Ella sonrió.
–No.
Colin Wynne, bronceado, impecable e increíblemente atractivo, era uno de los solteros más codiciados de Dallas. También era uno de sus mejores amigos, aunque nunca había sentido deseos de salir con él. Y sabía que el sentimiento era mutuo. Él le tendió la mano.
–Gracias –dijo ella–, pero ahora no. Todavía tengo que ocuparme de algunos detalles. La fiesta solo acaba de empezar.
–Tonterías. Estoy aquí. Tú estás aquí. La fiesta ha comenzado oficialmente.
Ella sonrió. Pocas personas poseían esa confianza en sí mismos. Hacía que todo pareciese fácil, aunque era una de las personas más trabajadoras que conocía.
–¿A quién has traído esta vez?
–No he traído pareja, si te refieres a eso… solo un avión lleno de gente.
–Ah, es verdad. He oído que traías a algunos del grupo en tu nuevo jet. Gracias.
–No hay de que.
Ella se acercó más a él.
–¿Conoces al hombre que está allí al fondo de la terraza?
Él miró disimuladamente sobre su hombro.
–No. ¿Quién es? ¿Se ha colado?
Ella sacudió la cabeza.
–Debe de haber venido con alguien.
–¿Quieres que vaya a comprobarlo?
–No. Lo haré yo en un minuto.
–Feliz cumpleaños, Tess.
Una voz fría les hizo volverse.
–Jill.
Tess le dio a su hermana un rápido abrazo. Si carecía de la espontaneidad y el afecto del abrazo que le había dado a Becca, nadie lo diría. Nadie excepto tal vez Jill. Y Colin, que las conocía bien a las dos.
Se separó en seguida de su hermana mediana y retrocedió. Jill llevaba un vestido negro corto de Armani que acentuaba la elegancia y sofisticación inherentes en ella. Hasta entonces Tess se había sentido guapa con su vestido corto de seda color marfil, de tirantes cruzados varias veces por la espalda hasta la cintura.
Pero era Jill la que había heredado la belleza y la elegancia de su madre, ni ella ni Kit. Llevaba el cabello negro recogido en un peinado del que no se escapaba ni un pelo.
Irritantemente, Tess sintió el viento agitándole los mechones de cabello rubio que habían escapado del pañuelo de seda color marfil que se había atado en la nuca.
–Llegas tarde. ¿Qué ha ocurrido? Te esperaba más temprano.
–Me han dejado en tierra, y he tenido que arreglármelas para llegar aquí –su mirada de color miel se clavó en Colin.
Él levantó las manos inocentemente.
–Tenía que cumplir un horario.
–No llevabas un autobús, Colin –las palabras de Jill destilaban hielo–. Volabas en tu propio avión.
–¿Has oído alguna vez hablar de un plan de vuelo?
–Sí, por supuesto. Y sé que admiten un margen de tiempo.
Él se encogió de hombros.
–Todo el mundo estaba a bordo. No sé por qué tenían que pagar ellos las consecuencias de que tú llegases tarde.
Tess puso los ojos en blanco. Pero estaba acostumbrada a ese comportamiento de Jill y Colin. Por alguna razón, siempre que coincidían, saltaban chispas.
–Tengo una idea –dijo Tess–. ¿Por qué no vais a bailar y os veo luego?
Colin la miró, luego a Jill. Entonces le tendió la mano lentamente. Jill vaciló unos segundos, y miró a Tess.
–¿Han llegado ya el tío William y Des?
–El tío William no se encuentra bien, así que no va a venir.
La perfecta frente de Jill se frunció.
–¿Es serio?
Colin bajó la mano.
–No creo. Y ya sabes que Des nos lo diría.
Jill asintió con la cabeza.
–¿Y Des? ¿Va a venir?
La eterna pregunta que mantenía a Tess y a sus hermanas ocupadas.
–No tengo ni idea. Ya sabes que raramente nos cuenta sus planes.
–Es cierto –Jill se mordió el labio unos segundos, una costumbre que le había quedado de la infancia–. Bueno, avísame si llega Des, ¿vale?
«Claro, cuando las ranas críen pelo», pensó Tess.
Jill volvió su atención a Colin.
–¿Y bien?
–¿Y bien que, Jill?
–¿Quieres bailar o no?
Esa vez fue Colin quien vaciló.
–Tal vez luego –dijo él finalmente, y se marchó.
Tess ocultó una sonrisa. Si las miradas pudiesen matar, Colin ya estaría muerto. Jill se quedó mirándolo un rato más, luego se dio media vuelta y se fue en la otra dirección.
El Des por el que Jill se había mostrado tan interesada era el esquivo hijastro del tío Willian, un poderoso abogado. Las mujeres lo avasallaban, pero para ella y sus hermanas era mucho más que un buen partido. Cada una había heredado una sexta parte de la empresa familiar al morir su padre. Pero Des heredaría el cincuenta por ciento de esa empresa cuando muriese el tío William.
Eso colocaba a Des en el centro de sus miras. En teoría, si una de ellas se casaba con él, obtendría el control de toda la empresa, algo que todas ambicionaban. Tess lo sentía por sus hermanas, pero ella era la que iba a conseguirlo.
Sin embargo, perseguir a Des era frustrante. Aunque no era una experta en amor, le parecía que la única manera de que Des se enamorase de ella era conseguir que pasasen tiempo juntos. Y eso era algo que Des raramente le concedía. Sin embargo, no se rendía, ni sus hermanas tampoco. Las tres habían sido muy competitivas desde que nacieron, animadas por su padre, que les inculcó la importancia de ser las mejores en todo. Una de sus competiciones consistía en ser la que, al final del año fiscal, hubiese ganado más dinero para la empresa, y había pocas cosas que no harían por ganar ese honor anual. O por ganar a Des.
Pero ese año, ella, más que Kit y Jill, tenía muchísimo que demostrar.
–Baila conmigo.
Ella levantó la vista y retrocedió instintivamente. Había olvidado momentáneamente al invitado desconocido. Estaba delante de ella, alto, de anchos hombros y un poco abrumador.
Y sus ojos, como finalmente vio Tes, eran de un ámbar sorprendente.
–¿Quién eres?
–Alguien a quien le gustaría mucho bailar contigo.
Su voz retumbó en el interior de Tess, cálida y persuasiva. Sus ojos ambarinos sostuvieron su mirada. Su nombre. No sabía cómo se llamaba.
No importaba.
Él le tendió la mano, y Tess se encontró de pronto en la pista de baile, sin saber muy bien cómo había llegado allí.
Sus brazos eran fuertes mientras la estrechaba contra su duro cuerpo. Su baile era ligero, resultaba fácil seguirle, lo que permitió a Tess fijarse en otras cosas. Como en el calor de su cuerpo… capaz de derretir un iceberg.
Era un hombre definitivamente seguro de su sexualidad y no hacía nada por ocultarlo. Además, esos ojos de color ámbar poseían algo misterioso e intrigante. Y su piel estaba bronceada de un bello tono dorado que hacía pensar que pasaba mucho tiempo al aire libre. Su cabello castaño estaba cubierto de mechones claros, por el sol.
Verdaderamente podía ser un dios del sol. Si ella creyese en tales cosas.
Su instinto le gritaba que se alejase de él. Pero había un problema. No podía. Su cuerpo se había convertido de pronto en el centro del universo para ella.
Afortunadamente todavía era capaz de pensar.
–¿Estabas invitado a la fiesta?
–No.
Ninguna explicación, como si no fuese necesaria.
–¿Has venido con alguno de mis invitados?
–No.
Un escalofrío le recorrió a Tess la espalda. Él la estaba estudiando como si fuera un libro, pero sin hacerle preguntas. Eso se lo dejaba a ella.
–¿Entonces por qué estás aquí?
–Por ti –su voz era suave, pero intensa y con una ligera nota de extraña emoción–. Eres muy guapa, sabes. No me lo esperaba.
–¿No…?
Él sacudió lentamente la cabeza, sin dejar de mirarla.
Tess se quedó sin habla. Sentía como si la hubiese aislado del resto del mundo. Sus amigos no parecían nada alarmados de que estuviese bailando con un completo extraño que irradiaba electricidad… y peligro.
Pero claro, ellos no veían lo que ella veía, ni sentían lo que le hacía sentir a ella.
Un fuego misterioso ardía en el fondo de esos impresionantes ojos… unos ojos, estaba convencida, que podían ser un arma mortal. Con una simple mirada podía fulminar a cualquiera que se interpusiese en su camino o, a la inversa, atravesar la terraza y tocarla, haciéndole sentir su presencia en todas las partes de su cuerpo. Y eso había sido cuando estaban a metros de distancia.
Y bailar con él le producía un impacto aún mayor. Tess no sabía lo que estaba tocando la banda. Solo sabía que los dos se movían lentamente, sensualmente, y al unísono. Y extrañamente, le parecía que eso estaba bien.
El sol casi había desaparecido, dejando tras de sí débiles rayos rojos, naranjas y dorados en el horizonte. Las luces se habían encendido en la pista de baile y en los árboles, y él seguía tan poderoso y tan natural como cuando tenía el sol detrás.
–Felicidades, Tess –dijo alguien.
–Gracias –dijo ella, mirando ciegamente en dirección a la voz.
Pero en seguida volvió a mirar al hombre cuyo calor la había derretido y cuya fuerza la había moldeado contra él con facilidad. Tenía los senos presionados contra su pecho, las piernas rozándose contra el acero de sus muslos. Ni siquiera sabía cómo se llamaba, pero la agresiva masculinidad de su cuerpo hacía impacto contra cada una de sus células, extrayéndole deseos y necesidades femeninas tan nuevos para ella que no sabía muy bien qué hacer con ellos.
–Has organizado una estupenda fiesta –murmuró él.
–Gracias. Ha sido estupendo que vinieses.
Por primera vez él sonrió… una sonrisa parcial, de complicidad, de seguridad en sí mismo. Y el efecto fue el de una descarga eléctrica que la atravesó y la dejó sin aliento.
Tess deslizó la mano con inquietud por su hombro. El fino corte de la cara tela de su traje oscuro añadía una pieza más al puzzle. Bailando con él estaba llegando a conocer su cuerpo muy bien, y podía decir que su fuerza no provenía de voluminosos músculos sino más bien de firmes músculos de un atleta natural. Otra pieza.
–¿Y sueles colarte muy a menudo en las fiestas?
–La verdad es que esta es la primera.
–¿Y lo estás pasando bien?
–Hasta ahora no puedo quejarme.
–Si me dijeses tu nombre, podría ponerte en la lista de invitados para el año que viene. ¿O prefieres volver a colarte?
–Ninguna de las dos cosas. Me temo que no puedo esperar un año para volver a verte.
–¿Por qué…?
Alguien se chocó con ella por detrás. Protectoramente, él la abrazó más fuerte y la hizo girar en la otra dirección.
–Eh, hermana. Felicidades.
Tess se volvió, y suspiró para sus adentros. Debería habérselo imaginado. Solo su hermana pequeña, Kit, se chocaría deliberadamente con ella. Y solo Kit llevaría en una fiesta de etiqueta una camiseta, unos vaqueros ajustados y unas botas camperas viejas.
–Gracias.
El hombre no la soltó, pero le dejó espacio para que se volviese hacia su hermana.
–¿Va a venir Des? –preguntó Kit, sin dejar de moverse al ritmo de la música.
El cabello rojo de Kit flotaba en el aire; sus ojos verdes chispeaban. Con los brazos levantados, movía los pies y las caderas de una manera increíblemente sexy. Tess sintió cierta envidia de que Kit fuese capaz de moverse tan deshinibidamente. El acompañante de Kit era alguien a quien no conocía, pero por su atuendo de vaqueros, camisa y botas, adivinaba que sería un nuevo empleado del rancho familiar.
–No lo sé. Des no envió confirmación.
Kit se detuvo bruscamente.
–Des no sería más exasperante aunque lo intentase, y a veces sospecho que lo hace.
–Puedes estar segura.
Tess sabía que la intención de Kit al llevar a uno de los empleados a la fiesta y vestirse como lo hacía habitualmente desde que dejó de usar pañales, era abochornar a sus hermanas. Pero no se daba cuenta de que estaba mejor con sus pantalones y su camiseta que la mayoría de las mujeres de la fiesta con sus vestidos exclusivos.
Kit se metió los pulgares en los bolsillos y miró al compañero de baile de Tess con una sonrisa que puso al descubierto dos perfectos hoyuelos.
–¿Quién es tu pareja, Tess?
–No tengo la más mínima idea.
Kit levantó las cejas.
–Guay –dijo ella sinceramente, y siguió bailando.
El hombre se rio, con una risa profunda.
Apartándose de él, Tess lo miró.
–¿Hay alguna razón por la que no quieres decirme cómo te llamas? ¿Como que eres de la cúpula más alta del FBI?
–No.
–Entonces dímelo.
Él se encogió de hombros.
–Es que dudo que mi nombre te diga algo.
Ella soltó el aire con impaciencia.
–¿Por qué no me dejas decidir eso a mí? Estoy cansada de este jueguecito tuyo. O me lo dices o me voy.
Una lenta sonrisa iluminó su rostro, una sonrisa más poderosa que la anterior.
–Ah… una amenaza de la festejada.
Ella se negó a que le afectase su sonrisa.
–¿Me lo vas a decir o no?
–Nick Trejo. Me llamo Nick Trejo.
El nombre le resultó vagamente familiar, pero no podía localizarlo.
–Vale, tienes razón. No me dice nada.
–No pensaba que lo hiciese.
–Bien. Déjame seguir tirando del hilo. ¿Cómo te has enterado de esta fiesta?
–Me he dedicado a averiguar todo lo posible sobre ti.
