Llevarás la marca - Édgar Vásquez Benítez - E-Book

Llevarás la marca E-Book

Édgar Vásquez Benítez

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Beschreibung

Siempre una ciudad habita en nuestro corazón y en nuestra imaginación. Se trata de la ciudad que habitamos en la infancia y que nos habita desde la infancia. La imagen de esa ciudad está en nosotros, en los pliegues más recónditos de nuestra memoria y nos seguirá donde vamos.

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Seitenzahl: 188

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Llevarás la marca

Vásquez Benítez, Édgar

Llevarás la marca / Édgar Vásquez Benítez; Darío Henao Restrepo, Julián Malatesta, Editores.

Cali : Universidad del Valle - Programa Editorial, 2023.

178 páginas ; 14 x 21 cm. -- (Colección: Artes y Humanidades)

1. Vásquez Benítez, Édgar, 1938-2021 -- 2. Vida y obra-- 3. Intelectuales colombianos -- 4. Cali (Valle del Cauca) -- 5. Homenajes póstumos

923.861 CDD. 22 ed.

V985

Universidad del Valle - Biblioteca Mario Carvajal

Universidad del Valle

Programa Editorial

Título: Llevarás la marca

Autor: Édgar Vásquez Benítez

Editores: Darío Henao Restrepo, Julián Malatesta

ISBN: 978-628-7683-64-8

ISBN-Epub: 978-628-7683-66-2

ISBN-Pdf: 978-628-7683-65-5

DOI: 10.25100/peu.7683648

Colección: Institucional-Artes y Humanidades

Primera edición

© Universidad del Valle

© Editores

Diseño y diagramación: Hugo H. Ordóñez Nievas

_______

El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad del Valle, ni genera responsabilidad frente a terceros. El autor es el responsable del respeto a los derechos de autor y del material contenido en la publicación, razón por la cual la universidad no puede asumir ninguna responsabilidad en caso de omisiones o errores.

Prohibida la reproducción total o parcial en cualquier forma, o por cualquier medio, sin autorización escrita de la Universidad del Valle.

Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions

Nuestros agradecimientos a Beatriz Barrera Marín, esposa de Édgar Vázquez, y a sus hijos Beatriz y Édgard por haber facilitado estos apreciables escritos de nuestro querido amigo. Y a Gustavo González Llano, por su disciplinada y afectuosa colaboración en el proceso editorial.

CONTENIDO

En el último día

Julián Malatesta

Édgar Vásquez el historiador de Cali

Darío Henao Restrepo

Llevarás la marca

Édgar Vásquez Benítez

Montaigne

Édgar Vásquez Benítez

Formación histórica: de la mentalidad hispano-cristiana tradicional

Édgar Vásquez Benítez

Cali, todas las ciudades, la ciudad

Darío Henao Restrepo

Entorno afectivo, intelectual y académico: memorias

Ricardo Sánchez Ángel

Jaime Galarza Sanclemente

Fernando Cruz Kronfly

Carlos Jiménez

Fabio Martínez

Gustavo González Llano

Julián Malatesta

Óscar Almario García

Marino Canizales P.

Guido Barona Becerra

Luis Carlos Arboleda

Notas al pie

EN EL ÚLTIMO DÍA

Julián Malatesta

La noche con su estilete

rasgó el leve velo del día.

quiso abrirse paso hacia tu efímero deceso,

pero el astro, el único que manda,

la detuvo y la suspendió un instante en el aire

para que todos supiéramos que ya tu bote partía en el estero.

En la maniobra de la navegación,

refieren los que salen a enfrentar las olas antes del alba,

que el buen maretero se orienta con luz propia

así la estrella al frente le envíe señales de fortuna.

Tal vez, esa fue tu enseñanza de maestro, Édgar,

nos educaste en la luz propia para descifrar

y ponerle pulso al esplendor del mundo.

Solías dotar de aceite nuestras frágiles embarcaciones

y con lo candiles encendidos aprendimos a trazar nuestros

íntimos viajes.

Hoy eres tú el que parte con un “zarpe” de ida y sin regreso,

y el viaje es sólo tuyo, es tu propia luz quien lo guía, no

hay tripulación en tu navío, solo las manos levantadas en la

dársena del puerto, ese breve adiós de tus amigos.

No obstante, en la esquina del tiempo que se resiste al olvido

hablaremos siempre del viejo capitán

y reiremos de tu hazaña,

siempre habrá humor en la más arriesgada aventura.

Domingo 9 de mayo de 2021

ÉDGAR VÁSQUEZ EL HISTORIADOR DE CALI

Darío Henao Restrepo

Decano Facultad de Humanidades

Universidad del Valle

Un hombre inteligente puede odiar a su tiempo, pero entiende en cada caso pertenecerle irrevocablemente, sabe de no poder escapar a su tiempo.

GIORGIO AGAMBEN

Édgar Vásquez Benítez fue irrevocablemente un hombre de su tiempo, su inteligencia la puso al servicio de su crítica y comprensión. Su vida estuvo marcada por la utopía como la concebía Ernst Bloch en El principio de la esperanza. Siempre lo acompañó la lúcida reflexión del pensador alemán sobre el logos de la utopía, que ilumina y abre caminos para la interpretación del mundo. Por eso valía la pena vivir, ser organizado y tener tiempo, para ir midiendo los caminos metafísicos constitutivos, construyendo en lo desconocido y buscando lo verdadero, lo real, ahí, donde la simple realidad factual desaparece. Vale también recordar lo que decía Michael de Certeau: Toda interpretación histórica depende de un sistema de referencia; que dicho sistema queda como una “filosofía” implícita particular, que, al infiltrarse en el trabajo de análisis, organizándolo sin que este lo advierta, nos remite a la “subjetividad” del autor. Lo implícito, lo que animó la obra de Édgar Vásquez fue su pasión de economista e historiador inspirado por una visión esperanzadora del mundo.

En noviembre de 2001, siendo decano de la Facultad de Humanidades, con el apoyo de la Secretaría de Cultura de Cali, publicamos su libro, Historia de Cali en el siglo XX. Sociedad, economía, cultura y espacio, sin duda su mayor legado a la ciudad que tanto amó y a la cual le dedicó muchas de sus investigaciones para entenderla y orientarla. Al regreso de sus estudios de postgrado en Lovaina, en desarrollo económico y finanzas públicas, en los años 60, trabajó en Planeación Municipal. Luego sería profesor de economía política en la Universidad Santiago de Cali y en la Universidad del Valle, de la cual se jubiló a finales de los años 90. Por esos años, lo conocí en el Instituto de Estudios del Pacífico y coincidí con él muchas veces en la mítica tertulia del Palo de Mango, regida por una máxima suya: aquí hacemos humor con la verdad. Esta tertulia en la ciudad universitaria de Meléndez —bajo el palo de mango en el patio de la Fundación de Apoyo sobre la avenida Pasoancho, al lado de la Librería— contó entre sus más habituales contertulios con Édgar, Augusto Díaz, Carlos Jiménez, Guido Barona, Julián Malatesta, Isy Levites, Juan Manuel Jaramillo, Eduardo Calle, Marino Canizales, entre otros. Se hablaba y se discutía de lo divino y de lo humano: filosofía, arte, política, música, historia, literatura, y de los avatares de la vida universitaria. Allí se les medía el pulso a la administración universitaria y al país.

Ahora que leo el ensayo que publicamos para honrar la memoria de este entrañable amigo y compañero de utopías, vuelven a mi memoria los años compartidos con un campo intelectual de primera línea en las largas y memorables tertulias del Palo de Mango. La vida en todas sus facetas gravitaba en las pláticas a las cuales Édgar aportaba sus vastos conocimientos, adobados por su ácido e inteligente humor. Ideas, libros, anécdotas, debates y sabrosos chismes de la grey universitaria, la vida de todos los días, alimentaron este espacio intelectual y académico, expresión de una visión crítica desde el mundo de la academia.

Édgar fue un marxista, conocedor como pocos de El capital y las obras de Marx. Sus textos exhiben la solvente apropiación del método materialista dialéctico. La historia de Cali en el siglo XX combina las relaciones económicas con la historia social, el espacio geográfico y la cultura. Apropió para su trabajo, con enorme creatividad y solvencia, las obras de Sigmund Freud, Claude Levi-Strauss, Henri Pirenne, Louis Althusser, Fernand Braudel, Michele Vovelle, Ferdinand Saussure, Umberto Eco, Cornelius Castoriadis, Estanislao Zuleta, como se puede apreciar en los ensayos recogidos en su libro La sociedad, el hombre y la vida (2010). Además de ser un gran lector de literatura, antropología y sociología, y un amante del jazz y la música afroantillana. Los análisis e interpretaciones de la Cali del siglo XX se nutren de su vasta cultura, mantienen una enorme vigencia para entenderla en los conflictos y transformaciones en lo que va corrido del siglo XXI.

Para comenzar, destaca la gran presión que ejercieron los inmigrantes sobre la tierra, con grandes ocupaciones de hecho, desde El Rodeo en los años sesenta hasta el Distrito de Aguablanca en los ochenta. El conflicto social era agudo. Todo lo que se hizo para resolverlos dio lugar a la redefinición, consolidación y distribución socioespacial hasta configurar lo que visionariamente Édgar Vásquez denominó como “dos ciudades”: el espacio de los “excluidos”, como anillo que rodea a Cali a lo largo de los cerros y las márgenes del río Cauca, y la ciudad de los “incluidos” que ocupa el interior. En esa ciudad operan las grandes redes viales que conectan y a la vez fragmentan, las nuevas tecnologías de la información, la ciudad multicéntrica con miles de redes con la región y el mundo, en la cual conviven las más profundas desigualdades con la más absurda concentración de la riqueza.

Las dos ciudades permiten entender la rica y conflictiva historia de Cali. De la mano de Édgar, nos encontramos con las migraciones, los fenómenos que la han precipitado, la conquista de espacios urbanos, las formas de poblamiento, ocupación y uso del suelo urbano, las acciones sociales que se anudan, la diversidad cultural del rap a la salsa, de la música popular al reggae, el impresionante dominio de la cultura juvenil, los diversos conflictos y violencias, extraordinario paisaje urbano de una ciudad en construcción en medio de polos tan distantes.

Las distancias entre las dos ciudades, en buena parte, explican los factores que provocaron el estallido social del 2021 liderados por jóvenes de las barriadas del oriente y los cerros. Esas tribus urbanas que no tienen espacio para trabajar y educarse salieron a la protesta porque ya no aguantan más la ciudad y el país excluyentes que les han tocado vivir. De la mano del libro de Édgar Vásquez, los caleños, especialmente los jóvenes, pueden adentrarse en esas ciudades ocultas que hoy se sacuden para no ser más las mismas.

De la Cali aldeana a la metropolitana hay bastantes rutas y caminos por explorar como lo demostró Édgar Vásquez en las 320 páginas de su libro Historia de Cali en el siglo XX.

En las dos décadas corridas en el siglo XXI, muchas han sido las transformaciones que ya anunciaba esta imprescindible historia de la sociedad, la economía, la cultura y el espacio de la ciudad. Leer el libro hoy, después del estallido social de mayo y junio del 2021, fenómeno inédito en nuestra historia moderna, nos adentra en las ciudades ocultas, en procesos continuos y discontinuos que configuran a la Sultana del Valle.

Una vez la ciudad rompió el cascarón de la aldea colonial, con la llegada de los primeros pitos del Ferrocarril del Pacífico el 1.º de enero de 1915, se iniciaron en las décadas siguientes cambios en las estructuras sociales, en las mentalidades, la moral, la cultura urbana y los patrones de consumo. Y en este proceso, cumplieron un papel decisivo los nuevos inmigrantes del Pacífico Vacaná (Valle, Cauca y Nariño), de Antioquia y el viejo Caldas, el Tolima grande y el Ecuador, y, en menor cantidad, inmigrantes italianos, chinos, sirios, libaneses, alemanes, franceses y japoneses. Con esos nuevos habitantes se fue construyendo la urbe moderna, en medio de conflictos, de idas y vueltas que hasta hoy la marcan, como la influencia nefasta del narcotráfico.

Este universo urbano, tan bien analizado por Édgar Vásquez, se completa con su último trabajo aquí publicado, presentado en la conferencia inaugural de IX Simposio Internacional Jorge Isaacs, A Isaacs lo que es de Isaacs, en el 2017. Al detenerse en la formación histórica de la mentalidad hispano-cristiana tradicional contribuye a la comprensión del siglo XIX y a valorar cuánto esta arraigada mentalidad de aldea y campanario sigue marcando los comportamientos e imaginarios de hoy en nuestras urbes. Vienen de bien atrás, desde los reinados visigodos —la alianza del poder civil y el eclesiástico— hasta la unión monárquica de Fernando Aragón e Isabel de Castilla, los Reyes Católicos. Como lo anota Édgar Vásquez:

Los Reyes Católicos estaban empeñados en hacer de España y de sus colonias ultramarinas un reino exclusiva y puramente cristiano, apostólico y romano, donde no se oyeran las voces de la Torá y el Corán, ni tuvieran presencia los judíos, los islamitas y los herejes reacios a la conversión.

En los tiempos coloniales, y durante la inestable república instaurada por los criollos que lideraron la independencia, llenos de guerras civiles en las cuales la religión católica era motivo de discordia, está claro el papel preponderante de estos imaginarios en la vida de estas sociedades. La mentalidad patrimonialista, sustentada en la mentalidad católica, aún permanece en la élites de nuestras ciudades. Perviven sus prácticas de encomenderos en el usufructo de la tierra, el saqueo de las arcas públicas y el desprecio de los indios, negros y mestizos. La conclusión de Édgar Vásquez es contundente:

Con el tiempo, la mentalidad hispano-cristiana tradicional ha permanecido, pero ajustándose a los cambios políticos, económicos y culturales epocales. La persistencia de esta mentalidad ha enfrentado y frenado los avances de la modernidad en América hispánica.

El Pacifico y sus gentes, hoy buena parte viviendo en Cali, aparece aquí en sus tiempos del oro, de las minas explotadas con trabajo esclavo. Así se forjó la economía de la región y sus urbes:

En la conformación del sistema económico social interno, en el cual se sustentó la reproducción del proceso minero en el Chocó y el Pacífico, pero especialmente en la primera mitad del siglo XVIII, los comerciantes ricos y propietarios de grandes extensiones de tierra compraron, a través de un intermediario o directamente, esclavos africanos en el mercado negrero de Cartagena para formar cuadrillas destinadas a la explotación aurífera en el Chocó, la vertiente del Pacífico y Caloto.

En Cali y en toda la región se dio un intenso cruce interétnico entre blancos, negros e indios, con sus resultados raciales: el mestizo, el mulato y el pardo. Puntualiza Édgar:

Este intenso cruce étnico tenía lugar tanto en los sectores populares de sangre mezclada como entre blancos que entablaron relaciones ilegítimas y sobre todo ilegítimas con gente de color. Los blancos de la ‘cúspide’ social se casaban con blancos de igual condición, lo que no obstaba para que subrepticiamente tuvieran hijos con mujeres de otro ‘color’, y eran considerados y tratados como plebeyos.

Esta trama interétnica fue muy bien estudiada por Manuel Zapata Olivella en El hombre colombiano (1974), fundamento de la trietnicidad de Colombia, tan bien estudiada por Édgar Vásquez para el caso de Cali y el país vallecaucano del que hablara Jorge Isaacs cuando escribió su novela María en 1864. Como también en El alférez real (1886) de Eustaquio Palacios. Ambas obras le sirvieron para detenerse en la genealogía de la mentalidad hispano-cristiana. Sin ella, no se explica el complejo y creativo proceso social y cultural de una ciudad como Cali y su región.

El diálogo con las obras de otros historiadores como Germán Colmenares, Jaime Jaramillo, Guido Barona, Francisco Zuluaga, Jorge Orlado Melo, Zamira Díaz, Mateo Mina (Michael Taussig), Eduardo Mejía y Luis Valdivia merece ser destacado en los análisis e interpretaciones de Édgar Vásquez. Sus obras le sirven para historiar el pasado de los procesos socioeconómicos, desde la óptica de las mentalidades. Valioso aporte a la compresión de la Colombia contemporánea, pues permite entender los obstáculos conservadores a la tarea impostergable de inclusión social y reconocimiento de la diversidad racial. El racismo, por ejemplo, ejercido por ciertas élites, tiene fuertes manifestaciones en la actualidad. Para corroborarlo, un vivo ejemplo lo constituye el matoneo racista contra la vicepresidenta Francia Márquez. Los males que hay que superar son centenarios, y bien conviene ser conscientes de su historia, si se aspira a barrerlos definitivamente de nuestras sociedades.

La lectura de la obra de Édgar pone al descubierto una herencia con fuerte presencia en nuestro inconsciente colectivo. Espinoso asunto que se puede sintetizar en la paradójica caracterización según la cual hemos vivido una modernización con muy poca modernidad.

LLEVARÁS LA MARCA1

Édgar Vásquez Benítez

Por alguna razón que no he podido desentrañar, desde hace tres décadas he querido dejar escrita la memoria de mi ciudad o, mejor, la ciudad de mi memoria. Y lo he hecho más por una motivación afectiva que por un escueto interés académico o teórico. Si en el libro se encontraran conceptos, teorías, estructuras o relaciones necesarias, es porque el afecto las ha convocado.

Siempre una ciudad habita en nuestro corazón y en nuestra imaginación. Se trata de la ciudad que habitamos en la infancia y que nos habita desde la infancia. La imagen de esa ciudad está en nosotros, en los pliegues más recónditos de nuestra memoria y nos seguirá donde vamos. Oigamos a Kavafis:

Dijiste, “Iré a otra tierra, iré a otro mar,Otra ciudad ha de ser mejor que esta. […]”.

No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares,La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas calles.Y en los mismos barrios te harás viejo.Y en las mismas paredes irás encaneciendo.Siempre llegarás a esta ciudad. Para otras tierras—No esperes— no tienes barco ni hay camino.

Pues bien, como el flaneur parisino de Baudelaire, podemos pasear desde la plaza de la Concordia hasta la plaza Vendome, de la rue Castiglione y la rue Royal, con los ojos embelesados de belleza, pero siempre nos queda una modesta reserva en la memoria. La avenida sexta de Cali en los años setenta.

Podemos navegar absortos por el Moldava que nos descubre las cien torres de agujas de los castillos medievales presididas por el Ayuntamiento, pero siempre nos acecha la imagen escueta de las palmeras que llueven sobre el parque de Caicedo. Por eso entendemos a Pessoa cuando nos dice:

El Tajo es más bello que el ríoque pasa por mi pueblo,Pero el Tajo no es más belloque el río que pasa por mi pueblo,Porque el Tajo no pasa por mi pueblo.

Hay ciudades más bellas, organizadas, seguras, pródigas y cargadas de historia, pero no hay remedio. Cali es la mía. Otras ciudades donde hemos vivido por algún tiempo han dejado imágenes en la memoria y hemos podido llegar a quererlas, pero aquella, la de nuestra infancia, nos interpela y nos dice: ¡tú eres mi hijo, eres mi criatura!

Soy hijo de los vientos de agosto con cometas cabeceando en el cielo de San Antonio. Soy hijo de las melcochas, chancacas, chancarinas y suspiros como rito de iniciación al mecato en la tienda de Bibiana de la carrera 9 con calle 6, donde acudían como abejas al panal los niños del barrio; me debo a la imagen del desfile de buses-escalera que, en la algarabía de los pitos, salía desde El Peñón y bajaban por mi casa en celebración, incomprensible a mi edad, de la derrota del nazismo y el fin de la guerra. Pertenezco a la cancha que denominábamos El Plan, detrás de la capilla de San Antonio, donde jugábamos un torpe peloteo infantil que creíamos fútbol y que no era más que entusiasmo y sudor. Asiduo del Teatro Municipal, donde entré a ver mi primera película, El mago de Oz, y que solo años después supe de Judy Garland y Mickey Rooney. Recibí la fueteada, más dolorosa que una derrota del Deportivo Cali, que me dio mi padre en el anochecer de un domingo por salir sin aviso a mirar un partido de futbol en la época de El Dorado, cuando se permitía la entrada libre a los ‘gorriones’ en los últimos quince minutos del encuentro. El Pascual Guerrero me sigue recordando el castigo.

Pues bien, la ciudad nos deja marcas que el olvidadizo ajetreo cotidiano oculta, pero que se hacen añoranza en lugares ajenos. La ciudad me ha dejado la luminosidad del cielo y el espacio, los colores de las fachadas y de los buses, el calor inclemente del medio día, el viento fresco de las seis de la tarde para resarcirnos de la canícula, las calles preferidas de mis habituales recorridos, el telón de fondo de los empinados farallones; una lengua y una perezosa habla local; cierto tipo de chiste y una risa que pronto se convierte en carcajada, a menudo incomprensibles en otras latitudes circunspectas que se llaman civilizadas; una actitud de intrascendencia ante asuntos artificialmente serios; unos ondulantes cuerpos femeninos que compensan la falta de mar; una música caribeña que llegó un día para quedarse y hacerse caleña como tanto inmigrante; un baile frenético con epilepsia rítmica en las piernas y en los pies, y unos amigos que son “la marca mayor” del corazón. Por esas marcas se puede decir con María Mercedes Carranza, “La ciudad que amo se parece demasiado a mí”.

A menudo las pasadas vivencias personales escondidas en nuestro interior se funden afectivamente con la imagen del lugar donde ocurrieron. Como esas canciones que abren las puertas al recuerdo; el reencuentro con esos lugares suscita la evocación de la vivencia y, también, al contrario, la evocación del episodio feliz o penosamente vivido viene asociado a la imagen de su lugar.

Kafka en una carta a Milena recuerda, treinta años después, una de las primeras impresiones de su infancia, ligada a un lugar particular de su Praga natal: la cocinera de su casa, mujer flaca, de nariz puntiaguda y tez amarillenta, pero enérgica y rígida, lo llevaba todos los días a la escuela. De la casa Minutá bajaban por la calle Ring, tomaban la Teignasse y luego de la Carnicería para desembocar en el mercado de carne. Y bien, cuenta Kafka que “cada mañana era la misma escena que debió repetirse durante todo un año. Saliendo de la casa de la cocinera me decía que le contaría al maestro cuan desastroso era yo en casa, que no solo era un chico pícaro, sino testarudo, malo, áspero… Aunque yo aparentaba serenidad, estaba ciertamente temeroso y pensaba que no podía tomar la amenaza a la ligera. Por lo tanto al comenzar el trayecto creía que el camino era muy largo. Es de esta aparente serenidad de la infancia de donde nacen poco a poco en el hombre esa angustia, esa seriedad trágica como ojo de muerto.”

Esa represión, esa amenaza guardada dolorosamente bajo la apariencia de serenidad infantil, era la que hacía parecer largo el camino y que en la edad adulta se convertiría en esa angustia trágica como “ojo de muerto”. Así, pues, la imagen que nos formamos de los lugares, más que imagen o representación, es construida por la vivencia.

Como los amigos y las canciones, la imagen de los elementos urbanos que hemos hecho significantes llega a ser, de una u otra manera, parte de nuestra existencia. Por eso nos duele la extinción de una callejuela para convertirla en autopista, la desaparición de un monumento para construir un puente, la demolición de una casona para levantar un edificio. Tenía que ser un tango el que nos dijera “se van, se van, las viejas casas queridas”. Es, pues, como si se quebrara el espejo donde nos hemos reconocido y que solo permanece como recuerdo.

Cuando hay demolición, desaparición o sustitución del objeto que hemos hecho significante y amado, hay herida en algún lugar del corazón. Con añoranza Marco Fidel Chávez se duele porque:

El tiempo ya abolió los viejos mortiñalesY en su río no juegan los ángeles descalzos,