Lo abstracto de emprender - Daniel Gómez Íñiguez - E-Book

Lo abstracto de emprender E-Book

Daniel Gómez Íñiguez

0,0

Beschreibung

Este libro nos dice que de emprender lo más difícil es lo abstracto, aquello intangible que no está en los números sino en el corazón. Aquí, de una forma sencilla y coloquial, Daniel Gómez Íñiguez invita a entenderlo, hacerlo y comparte lo que ha aprendido, no como una receta sino como un llamado a recordar lo que podemos.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 374

Veröffentlichungsjahr: 2020

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



ÍNDICE

PORTADA

CONTRAPORTADA

PRÓLOGO

PARTE 1: ENCONTRAR TU PASIÓN

1. INTRODUCCIÓN

2. UN NEGOCIO FAMILIAR

3. CIENCIAS Y DEPORTE

4. ¿QUÉ VAS A SER CUANDO SEAS GRANDE?

5. LA BIOCUEVA

6. METAS, METAS, METAS

7. ¿POR QUÉ NO?

8. NO TODOS ÉRAMOS QUÍMICOS EN EL MUNDIAL DE INGENIERÍA QUÍMICA

9. LA PRIMERA PLANTA DE BIODIÉSEL

PARTE 2: PERSEVERANCIA

10. LAS APARIENCIAS ENGAÑAN

11. CONOCER EL MUNDO, CONOCERTE A TI MISMO

12. LA PRIMERA CRISIS

13. CHINOS, PERUANOS E INDIOS

14. EL MUNDIAL DE EMPRENDEDORES

15. WALL STREET

16. MI AMIGO MÁS TRABAJADOR

17. EL LLAMADO DE LOS TIEMPOS

18. SER SIMPLE

19. TRANSPARENCIA Y NEUTRALIDAD

20. TIEMPOS

21. NUEVOS HORIZONTES

22. MEMORIAS

PARTE 3: SER HUMANO

23. LA FAMILIA

24. MEJOR AMIGO

25. ENTROPÍA

26. EL MAESTRO DEL HILO

27. LECCIONES DE HUMILDAD

28. PARA EMPRENDEDORES

29. INVERSIONES

PARTE 4: TODO ES APRENDIZAJE

30. AMOR

31. REGIOS Y JUDÍOS

32. LA LUNA

33. LA RUPTURA

34. LA MAGIA DE BOSTON

35. RETOS

36. NORTEÑO

37. MI MADRE

38. UN FONDO SIN FONDO

39. 100 % MEXICANO

40. SALUD

41. LA GRAN CIUDAD

42. VALOR AGREGADO

43. REVOLUCIÓN DEL TALENTO

44. EMPRENDEDOR ABSTRACTO

45. GRACIAS, AMIGOS

AUTOR

PÁGINA LEGAL

OTROS LIBROS

EMPRENDEDORES EN REDES SOCIALES

PUBLICIDAD LID EDITORIAL

PRÓLOGO

Emprender y seguir tus sueños es emocionante, pero no fácil. En el camino habrá muchos fracasos, pero lo importante es volver a intentarlo después de fallar, no rendirse y ya, sino darse cuenta de lo que hiciste mal e intentarlo de nuevo.

Daniel Gómez es un joven emprendedor mexicano que ya ha logrado mucho. Con solo 27 años quiere ayudarte a través de las historias que cuenta en este libro sobre su vida, quiere alentarte a seguir tus sueños y espera que estas páginas sean una guía para que puedas concretarlos, y no rendirte frente a la adversidad. Para eso, el trabajo duro es la clave del éxito.

La vida está llena de situaciones difíciles e impredecibles. La idea es hacer lo que te apasiona y no dejarte desanimar por lo que otras personas te digan que hagas, ni te rindas porque la situación se vuelve difícil.

Nunca es fácil hacer un cambio y tampoco lo es ser emprendedor, pero vale la pena. Puedes abrir una tienda, diseñar ropa o joyería, comenzar una página web, hacer videos y subirlos a YouTube. Existen muchas posibilidades. Solo recuerda: cree en ti y podrás cumplir tus sueños.

Esther Wojcicki

Educadora

1

INTRODUCCIÓN

Cadaquetomesunadecisión piensa,antesdetomarla,quéhistoriategustaríacontar.

Daniel Gómez Íñiguez

Mejor imposible: termino este libro al concluir el año 2017, a mis 27 años; lo empecé en 2016. La suma de los dígitos que componen las dos últimas cifras da como resultado 9, un número que me sigue desde que nací, el 27 (suma 9) de septiembre —el noveno mes— de 1990. Llegué al mundo a las 8:10 de la mañana (de nuevo, suma 9). Pasé la mayor parte de mi juventud en la calle Halcón #108 (claro, la suma es 9), mi primer departamento fue el número 918 (otra vez 9) y mi oficina es la 702 (¿cuánto suma? claro, 9).

No me malinterpreten, no soy supersticioso, pero sí soy un amante de los números. Quien notó la curiosa recurrencia de este número en mi vida tenía 27 años cuando me conoció, una coincidencia más.

El número 9 puede significar muchas cosas: el genio artístico, el sentido humanitario, la persistencia, la generosidad, el ideal, el saber, lo espiritual y la reflexión.

Antes de continuar, seguramente te preguntarás: un momento, ¿qué hace un joven de 27 años escribiendo y presentándome este libro?, ¿acaso se puede tener una vida tan llena de logros como para hacer eso a tan corta edad? La respuesta es sencilla: sí, soy un emprendedor mexicano que comenzó de cero hasta llegar poco a poco a cristalizar sus ideas, a verlas tomar forma, como tener a esta edad una empresa exitosa y colaborar como asesor en varias más, algunas de ellas grandes conglomerados en nuestro país.

Quise escribir la historia —la mía— de cómo muchos emprendedores mexicanos soñamos con un ideal y, aunque no la tenemos fácil, somos lo suficientemente creativos para lograrlo. Y no se necesita vivir cincuenta años para estar en esa situación, lo que se necesita son ganas y resultados.

Esa es mi gran motivación para redactar estas líneas. Entonces, para comenzar, voy a contarles parte de mi vida, que tiene muchas versiones: mi madre tiene una, mi padre seguramente tiene la suya, mis amigos más cercanos otra y por supuesto que todos los socios que he tenido relatan una que coincidirá en muchos puntos y diferirá en otros. No las descarto, sin embargo, únicamente puedo contar la que me consta.

No solo toco los temas que considero me han marcado profesionalmente, también abordo las vertientes personal, política, cultural y, sobre todo, espiritual.

Soy de la idea de que si identificamos las señales que se nos ponen enfrente, podemos usar ese conocimiento para tomar decisiones mediante la introspección.

Hasta el día de hoy he impartido más de 500 conferencias en México y en otras partes del mundo —no me dedico a ello, lo hago porque me apasiona transmitir conocimiento—, he estado en comunidades rurales marginadas y en grandes universidades, como Harvard, por ejemplo. Al final, me he dado cuenta de que no importa de dónde sean las personas, porque todos tenemos las mismas necesidades, aunque en diferentes niveles. Necesitamos esperanza, «creer en lo que hacemos». Sin eso no hay opciones de avanzar.

Cuando comencé a dar conferencias, el objetivo era inspirar al público para que ellos pudieran tener o dirigir una empresa como la mía. Todo eso cambió cuando un día, mientras comía con mi amigo Manuel Rivero, director general de Banregio, le pregunté cómo le hacía para lograr en sus conferencias eso que yo tanto anhelaba transmitir. Después de soltar una carcajada, su respuesta fue contundente:

—En México existen menos de cincuenta bancos y la probabilidad de que alguno de los que me escuchan llegue a ser dueño o director de un banco es casi nula.

Apenas terminó de responderme, me lanzó un dardo:

—De todas las personas que has impactado en tus conferencias, ¿crees que existe espacio para que el 1 % sea director o dueño de una empresa como la que tienes ahora?

En ese momento, de golpe, entendí que lo importante no era inspirar a las personas para que siguieran mi camino. No, la clave está en abrirles los ojos para que cada quien haga algo grande con lo que le apasiona. Si eres bueno con los números, por ejemplo, puedes ser un gran matemático, como Olga Medrano, la conocida «Lady Matemáticas». Si, en cambio, te gusta la cocina, puedes alcanzar la excelencia de mi amigo el chef Herrera, juez de Master Chef y genio de la gastronomía mexicana. En caso de que lo tuyo sea la política, no dudo que podrás dejar un legado o, si te gusta la tecnología, podrías hacer una gran empresa de drones como lo hizo mi mejor amigo, Jordi Muñoz, cuando creó 3D Robotics.

He tenido la fortuna de conocer a grandes talentos que hicieron caso a su intuición, como diría el maestro espiritual Osho. Pero lo que verdaderamente los distingue es que se pusieron a trabajar y siguieron su pasión para lograr sus objetivos en algo que cada uno de ellos, de ser posible, habría hecho sin que les pagaran.

Aquí, en estas páginas, encontrarás las herramientas —me llevó más de diez años aprenderlas— para que puedas llevar tus sueños a la realidad. Son historias que, aún hoy al cerrar los ojos, reviven como si hubiesen ocurrido ayer. Ninguna me provoca arrepentimiento, mucho menos las «malas», porque son las que me dejaron enseñanzas y sueños en los que sigo trabajando, mientras otros le buscan la forma al cuadro abstracto.

2

UN NEGOCIO FAMILIAR

Los niños nada deben aprender, todo lo saben.

Anónimo

Aunque parezca obvio, aviso que quiero comenzar por el principio: de dónde vengo. La historia de mis abuelos paternos es grandiosa, bien podría escribir un libro sobre ellos, especialmente sobre mi abuelo Esteban, con el que comparto mi segundo nombre. Nació en Tixkokob, Yucatán, el 1 de noviembre de 1930, y vivió con sus padres hasta los 3 años, cuando su madre —mi bisabuela— murió durante el parto de otro de sus muchos hijos. Entonces tuvo que irse a vivir con sus abuelos a Oxkutzcab, pues era muy pequeño y corría riesgos cuando su padre se emborrachaba, razón por la cual no querían dejarlo en sus manos (uno de sus hermanos falleció a los 7 meses de edad debido a la desnutrición que padecía).

Entonces el pequeño Esteban vivió con sus abuelos hasta que cumplió los 10 años. Oxkutzcab nunca ha sido un pueblo muy grande; en esa época apenas llegaba a los 2000 habitantes. Debía ir diariamente a la milpa a trabajar en la cosecha de maíz, elote, papaya, sandía, calabazas y melones. Por desgracia, un día de 1940 su abuela se fue a dormir y no despertó; dejó los estudios —llegó hasta tercero de primaria— y se marchó a hacer su vida por cuenta propia. Con solo 13 años, partió rumbo a Veracruz.

Mi abuelo es un líder nato que entiende y habla maya, algo de lo que me siento muy orgulloso. Conoció a mi abuela en Mérida y después de contraer matrimonio se mudaron a Nuevo Laredo, Tamaulipas, justo en la frontera con Estados Unidos. Tuvieron ocho hijos, incluyendo a mi padre, Daniel Gómez, que se vino a estudiar a Monterrey y recién graduado consiguió un trabajo estable, en donde ha estado más de treinta años. Estudió para contador público y salió de casa porque era difícil vivir con siete hermanos y las complicaciones que eso significaba. Cada vez que le insinúo mi idea de tener una familia grande —doce hijos, para ser exacto— ni siquiera sonríe. Dice que estoy loco. Él ha sido feliz colaborando durante más de tres décadas para la empresa Maseca.

Mi madre es de Veracruz. Ella afirma que nació en Córdoba, aunque sospechamos que en realidad es de Chocamán; nunca lo he tenido claro. En su adolescencia se mudó a Nuevo Laredo debido al suicidio de su padre, Horacio Íñiguez, un hombre que nunca conocí, pero mi abuela siempre ha afirmado que soy su reencarnación. Destacado en los negocios y en la política, fue un hombre que seguramente hoy estaría orgulloso de mí.

Mi madre conoció a mi padre en Nuevo Laredo y se casaron muy jóvenes —ella de 20 años, él de 26—. Ella se dedicó al hogar gran parte de su vida, una hermosa ama de casa a quien siempre he reconocido el tiempo que dedicó a mi desarrollo personal. Ambos se mudaron a la ciudad de Monterrey antes de casarse.

Desde pequeño, mi padre me enseñó a estudiar mucho para que algún día tuviera un trabajo como el suyo, o al menos consiguiera trabajo en uno de los grandes corporativos de Monterrey. Como muchos niños de mi edad, quería ser astronauta, pero conforme fui creciendo, la sociedad y la vida me metieron en la cabeza que hay cosas imposibles y ser astronauta quizá era una de esas locuras que no podía lograr. Igual que muchas personas, lo creí.

Siguiendo las indicaciones de mi padre, desde pequeño fui estudioso. Seré sincero: yo era malo en la escuela, pero tenía una gran capacidad para memorizar. Entonces, «aprendía» porque me sabía las cosas de «machete», eso me beneficiaba frente a otros alumnos más inteligentes gracias al modelo educativo del país. Fui deportista, pero no era de tener amigos. Era un niño introvertido que nunca le hablaba a las mujeres y a ningún ser que estuviera cerca. Me daba mucha vergüenza. A los 5 años tuve que dar mi primer discurso en la escuela, pero estaba tan nervioso que se me olvidó todo. No sé cómo sobreviví a esa experiencia.

Mi primer discurso, frente a mis compañeros y sus familias, en el jardín de niños Instituto Infantil Justo Sierra, 1995.

Un año después, mis padres decidieron mudarse a una casa más grande que destacaba por el nogal que se encontraba en el patio, que tenía treinta años. Nunca fui amante de las nueces, pero era experto en quitarles la cáscara sin que se desintegrara el corazón. Un día, cuando tenía unos 8 años, mi padre se sentó conmigo y me dijo que tenía que aprender a ganar mi propio dinero. No entendía a qué se refería. Su propuesta fue clara y sonaba fácil:

«¿Por qué no sales a vender las nueces?». Parecía algo sencillo para casi cualquier persona, pero para mí, un individuo penoso e introvertido, se me hacía tan imposible como ir al espacio.

Nogal del patio de mi casa y origen de mi primer negocio, pintado por el maestro Gabriel Salvador Cruz (acrílico y lápiz de color sobre papel, 55 x 75 cm), 2013.

Tras darle muchas vueltas al asunto, pensé en involucrar a mi hermano Diego. Un chico tres años menor que parecía pertenecer a otra familia: él era güero y yo moreno; no le daba pena hablar con las mujeres y hacía amigos con facilidad. Así, se volvió mi «socio» en este negocio. Mi primer socio. Diego era el encargado de anunciar la mercancía: «¡quince nueces a 10 pesos!», mientras yo la empaquetaba, entregaba y cobraba. En ocasiones salía alguna nuez podrida, por lo que siempre dejábamos algunas extras a nuestros clientes.

La mayoría de quienes nos compraban eran ancianos que vivían en la colonia. La mayor complicación que teníamos era el inclemente sol de Monterrey que puede llegar a volverse insoportable. Quizá por eso me puse más moreno y Diego dejó de ser tan güero.

Ese era nuestro gran negocio. En la vida es importante entender que todo «gran negocio» es muy relativo: no teníamos costos de materia prima, ni de logística, todas nuestras ventas eran utilidad pura. Podíamos ganar tanto dinero como nosotros quisiéramos, siempre y cuando el árbol siguiera dando nueces.

Un día mis padres nos hicieron una recomendación: «¿por qué no le quitan la cáscara a la nuez? Así pueden venderlas más caras. Era un conocimiento práctico, inclusive obvio, pero tenía el potencial de hacer que nuestro negocio generara el doble de utilidades.

Fue una lección que cambió mi vida. Antes de los 10 años tenía claro que lo importante es aprender cosas que puedas implementar en la vida diaria. Por más sencillo que fuera, todo conocimiento que pudiera aplicar en mi vida era de alto valor. Más tarde entendí que hacer pasteles de nuez me haría ganar más dinero. Hoy sé que si le extraemos ciertas propiedades a la nuez, puedo aumentar mis ganancias comercializando estos productos a la industria química o farmacéutica. Cada uno de nosotros decide hasta dónde lleva el conocimiento que adquiere y lo más importante es su ejecución.

La vida nos regala información. Antes la encontrabas en las bibliotecas, hoy la tenemos en la palma de la mano con los buscadores de internet. Cuando la leemos y procesamos, se convierte en conocimiento. Sin embargo, es en la ejecución de este conocimiento que la transformamos en intelecto.

Cada uno decide hasta dónde llevarla y ejecutarla, sin olvidar nunca que debemos buscar cosas que generen valor.

Con el paso de los años, la mayoría de mis tíos se fue a vivir a Estados Unidos en busca del sueño americano. Mi abuela y las hermanas de mi madre se fueron a Corpus Christi, Texas, mientras la familia de mi padre se mudó a Laredo. La primera está a seis horas de distancia en auto de Monterrey y la segunda, a poco menos de tres. Para la familia era muy normal que los visitara cada dos o tres meses.

Entre tantas vueltas, un día mi padre aprendió lo que era una «venta de garaje»: un evento muy americano que la gente utiliza para deshacerse de las cosas que ya no quiere. Usualmente, colocan los objetos en su cochera y los venden a precios absurdamente bajos con tal de sacarlos de su vista.

En muchas ocasiones, los vendedores casi regalaban cosas, sin tener idea de su valor. Y entre ellas había objetos que muchos mexicanos deseaban. Cuando mi padre descubrió ese mercado, encontró un nuevo hobby: comprar cosas usadas a un precio muy bajo con respecto a un centro comercial estadounidense. Yo odiaba esas mañanas viendo objetos usados y me preguntaba: «¿porqué mi padre no me lleva a ToysRUs?». Siendo sincero, sí me llevaban de vez en cuando, pero la obsesión por encontrar cosas nuevas a precios únicos era demasiado grande, hasta que un día se le ocurrió una idea que cambiaría nuestros siguientes años como familia: en una conversación nos planteó comprar cosas usadas en Estados Unidos, no para nosotros, sino para revender en los mercados informales de Monterrey. Así comencé mi segundo «negocio familiar».

Aún hoy no tengo idea de si eso era un negocio rentable, porque mi padre cubría muchos de los gastos y nunca nos los cobró. Lo que sí estaba muy claro era la necesidad del mercado: comprábamos pantalones de mezclilla, juguetes, electrónicos, artículos del hogar, bicicletas y muchas otras cosas que los gringos ya no querían. Las traíamos a México y nos pasábamos el sábado y el domingo en los mercados locales informales, vendiéndolos.

Era un negocio muy «desgastante», hasta que aprendí que esa palabra era aun más relativa que «un gran negocio». Nos levantábamos antes de las 6:00 de la mañana para encontrar el mejor lugar posible en el mercado seleccionado. Al llegar, debíamos pelear por un rectángulo de tierra en donde poníamos una lona azul con nuestros productos. Nunca tuvimos un toldo que nos protegiera del sol. Pagábamos 20 pesos por el espacio y 25 por el servicio de recolección de basura al final del día.

Las jornadas eran de ocho horas como mínimo. Algunas se volvían más largas si teníamos mucha mercancía o estábamos en una fecha importante, pero bien valía la pena, porque comprábamos pantalones en menos de 20 pesos y los podíamos vender en casi 100. Los juguetes que comprábamos en menos de 10 pesos se vendían en más de 50 y podíamos vender tantos productos como nos cupieran en la camioneta.

El mercado fue un lugar que me dejó muchos aprendizajes. Incluso llegué a instalarme en la famosa «Pulga» que se ponía sobre el río Santa Catarina, bajo el puente San Luisito o «Puente del Papa», hasta que se lo llevó el huracán Alex y no permitieron que se volviera a colocar en ese sitio. Para mí, la mejor parte de todo era la hora en que llegábamos a la casa, contábamos las utilidades y las repartíamos en partes iguales entre los que habíamos acudido.

En realidad, cuando se trataba de vender yo seguía siendo muy penoso. Hubo muchos fines de semana en que prefería quedarme en casa con mi madre, pero cuando ella quería ir para obtener parte de las ganancias, no me quedaba de otra. A esa edad, también hay que decirlo, a nadie le caía mal tener un poco de dinero extra para comprar juguetes o invertirlo en más mercancía para mejorar el negocio.

Con los años me quedó claro que en ese proceso obtuve, en especial, un gran aprendizaje: lo normal es que pensemos que los mejores negocios son los que tienen la tienda más bonita o los que pagan la renta más cara. No es así. En dos días yo podía vender cientos de pantalones de mezclilla usados con un alto margen de utilidad: mi negocio era más rentable que otros con tiendas establecidas que apenas si vendían un par de pantalones —eso sí, muy caros y con gran utilidad por unidad— en un día. Ahí entendí lo siguiente:

Los grandes negocios son aquellos que impactan a la mayor cantidad posible de personas, los que resuelven una necesitadd o un problema.

En este caso yo era el proveedor de algunas marcas que mis clientes no podían comprar en Estados Unidos, porque no tenían visa para cruzar la frontera.

Había una necesidad a la que yo le había encontrado una solución por medio de mi negocio. Una solución con la que todos ganábamos. Yo ganaba dinero y ellos obtenían un producto al que no hubieran tenido acceso si no fuera por el precio que les ofrecía.

3

CIENCIAS Y DEPORTE

La vida es para aprender cosas nuevas todos los días. El día que dejes de aprender, te mueres.

Anónimo

En la escuela fui un niño muy aplicado, un amante de las ciencias. Con una pequeña complicación: siempre fui hiperactivo y distraído. Un día mi madre me llevó con el doctor para que me revisaran y su primera pregunta fue:

—¿Qué desayuna el niño normalmente? —Mi madre respondió:

—Casi todos los días desayuna pan tostado con mantequilla y azúcar.

Se quedó callado y su silencio lo dijo todo. Me prohibieron mi desayuno favorito. Todos pensaron que eso resolvería el problema, pero no fue así. Aún no encuentro una solución.

En aquellos años, el camino obvio era agotar tanta energía inscribiéndome a tantos deportes como pudiera practicar. Llegué hasta la última cinta de taekwondo. No me gustaba pelear, pero aprendí a ser disciplinado. También jugué basquetbol durante nueve años, hasta que un día dejó de entusiasmarme. La sociedad me dijo que nunca sería como Michael Jordan —yo me sentía negro— y nuevamente les creí. Jugué beisbol, pero no era lo mío. No obstante, el deporte me dejó otra gran enseñanza: la importancia de trabajar en equipo y entrenar todos los días para ser mejor.

Una de mis grandes pasiones eran los videojuegos. Tuve casi todas las consolas y les dediqué innumerables horas. Me caracterizaba por ser un jugador al que le gustaba terminar los juegos por intuición. Nada de leer revistas o buscar trucos para pasar de nivel más rápido. Esto me recuerda que, metafóricamente, en el emprendimiento existen dos tipos de emprendedores al igual que en los videojuegos hay dos tipos de jugadores: quienes se guían por los sentimientos y la práctica tienden a tardar un poco más al inicio, pero cuando llega el final y pierden, se levantan muy rápido. Cuando sueles ser este tipo de jugador, con el paso del tiempo te vuelves bueno en muchos otros juegos de manera natural.

Por otro lado, están los jugadores que leen los trucos y las revistas para llegar más rápido al objetivo. Ellos, cuando pierden, tienden a no saber cómo llegar al final de nuevo y por lo general dejan de jugar. Normalmente no son buenos en muchos juegos.

Al relacionarlo con los emprendedores, las formas y reacciones son similares: los que se avientan sin saber, se caen y se levantan una y otra vez, adquieren experiencia y, eventualmente, sus modos de llevar a la realidad las ideas se vuelven modelos que pueden replicarse en diferentes sectores cuando son exitosos de manera natural. Y los que leen, se creen los consejos de los libros para hacer empresas y al final fallan: no tienen la experiencia para levantarse y mejor deciden dejar a un lado sus sueños.

Yo fui del primer tipo de gamer y, eventualmente, al entrar a la preparatoria decidí dejar de jugar; pero soy un gamer que hasta el día de hoy, cuando he llegado a prender una consola, recuerdo rápidamente cómo usar los controles dada la cantidad de horas que en aquellos años le dediqué a esa pequeña distracción.

Como estudiante de secundaria tuve una obsesión: la feria de las ciencias. Mi primer año reproduje el motor eléctrico de Beakman, en el siguiente hice un generador eléctrico y en el último utilicé ese mismo generador para convertirlo en uno hidráulico. Mi pasión por las ciencias y mi intensidad escolar me llevaron a graduarme con más de 95 de promedio. Gracias a eso y a mi pasión por las ciencias, conseguí mi primera beca del Patronato Cerralvo de Grupo Maseca, donde trabajaba mi papá.

Cabe subrayar que una de las personas que más admiraba era a don Roberto González Barrera, su fundador. Un hombre que, además de hacer casi de la nada el imperio mundial de las tortillas, creó e hizo crecer uno de los bancos más importantes de nuestro país, Banorte. Siempre lo admiré porque únicamente estudió la primaria. Cuando salí de la primaria me pregunté si ya podría ser el dueño de Maseca porque, si él hizo todo eso con menos de lo que yo había estudiado, nada podía impedirme lograr mi sueño.

Me dijeron que estaba loco, que don Roberto seguramente tuvo suerte. Mejor era ponerme a estudiar y algún día tendría un trabajo digno. Ese era el tipo de comentarios que me llevaban a preguntarme ¿por qué ser empleado y no ser empleador? Nadie me dio una respuesta.

Cuando llegó la hora de decidir dónde estudiar la preparatoria, mi objetivo era claro: estudiar en el Bachillerato Internacional de la Prepa Tec, campus Eugenio Garza Sada. El día que se lo dije a mi padre me respondió que, a menos que consiguiera una beca, no había forma. Con mis calificaciones y el examen de admisión logré el puntaje necesario. Frente a mí tenía tres opciones de bachillerato y estaba escogiendo la más difícil. Todos me decían que ahí solo entraban niños nerds o sin amigos, y resulta que, efectivamente, no tenía amigos.

Ante tanta insistencia me dejaron entrar. ¡Vaya que fue duro el programa! De los 44 estudiantes que comenzamos el primer semestre solo nos graduamos menos de diez. Para mí, lo más valioso era que podía escoger las materias que más me gustaban. Podía llevar Química y Física, y dejar fuera Historia. O bien tomar Matemáticas avanzadas y revalidar materias de la carrera profesional. La única materia que decidí no llevar fue Empresa y Gestión, se me hacía inútil llevar una materia como esa. Mi lógica me decía que los grandes empresarios no estudiaron para serlo, sino para aprender lo que les apasionaba y, eventualmente, desarrollar sus proyectos para hacerlos realidad.

En el primer semestre, mis padres accedieron a patrocinarme un viaje de verano a Canadá para aprender inglés. Era la primera vez que viajaba a un lugar más lejano que Texas. Un verano que comenzó en Victoria y terminó en Vancouver, y que me enseñó el significado de la independencia, a la cual no estaba acostumbrado. Tenía 15 años y no sabía qué hacer sin mi madre. Vaya, ¡extrañaba los tacos! No sabía que sería el primero de cientos de viajes por el mundo. Tampoco sabía que me acostumbraría.

En la preparatoria tuve grandes maestros. Recuerdo con especial cariño a Silvia, mi maestra de Química, con la que obtuve un 100 en mi primer examen y despertó mi inquietud por estudiar Ingeniería Química. Aunque nunca volví a sacar 100 en un examen de Química, ni memoricé la tabla periódica, ese día yo me sentí un químico chingón.

También llevé una clase de Biología con un gran maestro que casi me convence de estudiar Medicina porque disfrutaba ayudando a los niños, y el camino podía ser la Pediatría, una idea que mi padre no aceptaba bajo ninguna circunstancia.

Tuve clases de Literatura con tres grandes maestras: Julieta de la Parra, Lucía Muñoz y María de Alva. Las tres me enseñaron la importancia de la lectura, a pesar de otros maestros que me habían enseñado a odiarla. Ellas también fueron las responsables de que comenzara a perder el miedo de hablar en público.

En segundo semestre participé en el concurso de Discurso persuasivo. Todo empezó porque quería obtener puntos extras en la clase, pero resulta que gané en el salón, luego en la preparatoria y de repente estaba en la final nacional en Irapuato. Me moría de los nervios, estaban haciendo competir al que no le gustaba hablar y al que le tenía miedo a dirigirse a las chicas. No gané, pero acabé entre los primeros cinco lugares. Así, entendí que todo estaba en la mente y que quizá no era tan malo para comunicar mis ideas.

¡Cómo olvidar a mi maestra de Arte, Sue Fruits! Siempre saqué 100 porque era una clase que me apasionaba, una clase que todos los días me retaba y enseñaba algo nuevo. Ella me transformó: pasé de ser criticón a ser crítico.

Por último, estaba esa clase de Matemáticas que con el paso del tiempo se volvió muy complicada. En esa aula dependía de mi calculadora TI89 y aprendí, con mis maestros Pedro Arizpe y José Guadalupe, que uno puede ser igual a cero.

Además de todas esas clases, me involucré en cuanto grupo estudiantil pude. No entiendo cómo me aguantaba la coordinadora, la maestra Nolasco. Durante los tres años me distinguí por ser un alumno que faltaba mucho a clases. Buscaba cualquier oportunidad para no estar dentro de un salón. Todo el tiempo tenía que estar haciendo algo distinto.

Durante la preparatoria también practiqué el ciclismo. Todo comenzó un domingo mientras leía el periódico. Me acababan de regalar una bicicleta Mongoose, cuando leí un artículo titulado «Duatlón de Montaña en Chipinque». Aunque no era una bicicleta profesional, fui con mis padres para decirles que quería ir a esa carrera. Me consideraba muy bueno en la bici. Sin embargo, no tenía ni la más remota idea en lo que me estaba metiendo.

Me inscribí, me levanté muy temprano ese domingo y por los nervios no pude dormir bien la noche anterior. Para la carrera decidí usar mi ropa de basquetbol, shorts largos y camiseta larga. Llevaba una mochila con dos litros de agua, una venda por si tenía algún accidente, dos botes de Gatorade y tenis para correr. Pensando en mi protección, conseguí un casco que parecía el de Mega Man, el personaje del videojuego del mismo nombre.

Antes de salir de casa me sentía todo un ciclista profesional, pero cuando llegué a la competencia pasé al ridículo: nadie cargaba mochila, todos tenían zapatillas especiales que se pegaban a los pedales, usaban licras profesionales y lo más notable era que nadie llevaba un casco ni cercanamente parecido al mío.

Finalmente comenzó la carrera. Al principio tenía miedo, pero conforme avanzaba, fue desapareciendo. No sé cómo no me fui por un barranco ni tengo idea de cómo sobrevivieron los frenos de goma de mi bicicleta en esa montaña. Terminé la carrera muerto de cansancio y con un fuerte dolor de espalda por culpa de mi enorme y absurda mochila. Mientras iba recuperando mi ritmo cardíaco, decidí esperar para ver la premiación. Agotado y asoleado, por un momento pensé que eso no era para mí. Conforme pasaban los minutos fueron llamando a los ganadores. Cuando fue el turno de la categoría a la que yo pertenecía, mencionaron mi nombre: Daniel Gómez Íñiguez, tercer lugar.

No podía creerlo. Estaba confundido. Pasé al frente y recibí el primer trofeo de mi incipiente carrera en el ciclismo. No puedo explicar mi sentimiento de felicidad. Ese domingo me sentía el mejor ciclista del mundo. Una carrera y un trofeo para mí, cuando en basquetbol tenía que jugar toda una temporada para ganar el campeonato y luego donar el trofeo porque no le daban uno a cada jugador.

Al día siguiente, todavía muy emocionado, entré al sitio web en donde uno podía revisar todos los detalles de la competencia: competidores, tiempos, ganadores, etcétera. Entonces me di cuenta de algo importante: la razón de mi tercer lugar se debió a que solo había tres competidores inscritos en esa categoría. Aun así, me sentí con potencial para este deporte.

Empecé compitiendo todos los domingos, hasta que un día la montaña me llevó al ciclismo de ruta. Fue cuando conocí a unos entrenadores cubanos, Mandy, Nelson y Pedro, que quizá vieron potencial en mí. Ellos eran muy exigentes conmigo y con cada uno de los integrantes del equipo y me invitaron a formar parte de la selección del estado de Nuevo León.

Entrené muchas horas bajo el sol, ya no podía estar más moreno. Me apasionaba el deporte, pero nunca fui el mejor. Era muy difícil dedicar tanto tiempo al deporte y a los estudios al mismo tiempo. Gracias al ciclismo tuve la oportunidad de conocer muchas ciudades del país y constaté algo que ya sabía desde el basquetbol: la importancia de la constancia, la disciplina pero, sobre todo, del trabajo en equipo.

Participación en la Copa Confederaciones de Ciclismo de Pista. Velódromo de Aguascalientes, 2007.

Un ciclista no gana una carrera solo, sino con un gran equipo de trabajo. Es un deporte de estrategia y de mucha fuerza mental para aguantar las condiciones que exige cada carrera. Tampoco aquí hice muchos amigos, siempre fui muy callado. Muy reflexivo en cada entrenamiento. El ciclismo fue el mecanismo para sacar todo ese estrés con el que vivía cada día. Conocí a grandes atletas que hasta hoy admiro. Al final, decidí dejarlo y enfocarme en mi preparación profesional.

Hoy veo la vida como un paseo en bicicleta: para mantener el equilibrio siempre hay que estar en movimiento.

4

¿QUÉ VAS A SER CUANDO SEAS GRANDE?

Si supiese qué es lo que estoy haciendo no lo llamaría investigación, ¿verdad?

Albert Einstein

Justo cuando entré a la preparatoria tuve la oportunidad de participar en la creación de un nuevo grupo estudiantil. Se llama Free Enterprise Leadership Challenge y fue fundado en 1995, en Carolina del Norte, por un compañero que estaba en último semestre y que lo implementó en la preparatoria justo cuando ingresé. Yo era el miembro más joven del equipo y, para segundo semestre, la mesa directiva me designó presidente, un puesto que mantuve hasta el día en que me gradué.

En ese grupo el reto era básicamente fomentar la creación de empresas entre los participantes. Cada una de las iniciativas recibía un capital inicial de inversión que debía recuperarse al final de un ejercicio que duraba máximo una semana. Había empresas de entretenimiento, de bienes raíces, así como de servicios y alimentos. Yo nunca tuve una empresa, era solo el coordinador general del grupo estudiantil.

A los 16 años tuve la oportunidad de acompañar a una delegación mexicana a la reunión anual globalen Carolina del Norte. Éramos seis mexicanos y durante el evento se crearon ocho empresas, demostrando los alcances que podían tener las iniciativas. Lo más curioso era que el 50 % de las empresas estaban presididas por mexicanos.

Fue muy motivante. Lo único que no me agradaba era que seguía siendo muy penoso y mi inglés aún era malo. Me sentía incómodo, pero sobreviví en la Universidad de Wingate una semana entera. Además, para rematar, iba rapado, porque mis compañeros de ciclismo me habían hecho la novatada en mi primera copa nacional.

Mi empresa no fue la mejor, pero tampoco perdió dinero. Participé en un concurso de elevator pitch (breve discurso de presentación sobre un proyecto o emprendimiento ante potenciales clientes o accionistas) y perdí. Estaba muy nervioso.

Discurso sobre liderazgo ante los participantes del encuentro global del FELC (Free Enterprise Leadership Challenge). Wingate University, Carolina del Norte, 2015.

Mi negocio era tonto pero práctico: les tomaba fotos a todos y, el último día, vendía álbumes de memorias del evento a los participantes y a sus padres y familiares para que se llevaran un recuerdo a casa. ¿Quién no iba a comprarme uno? Las imágenes eran a color y tenía una hoja para que los compañeros escribieran algún mensaje. Costaban 20 dólares. El día de cierre se vendieron todos.

Regresé a México inspirado, pero seguía muy lejos de visualizarme como empresario. Yo quería ser un científico o quizá médico. Quería estudiar un doctorado y algún día ser investigador en el Massachusetts Institute of Technology, el famosísimo MIT.

Antes de concluir la preparatoria sucedió algo que no esperaba: para graduarme del Bachillerato Internacional tenía que hacer una investigación de lo que yo quisiera. El único requisito era aportar algo en la materia en la que decidiera hacer mi investigación.

Mis amigos me decían que me fuera por el camino sencillo, que escogiera una obra literaria o una obra de arte y la criticara de manera única. Si la armaba bien, seguramente obtendría una buena calificación. No estaba muy convencido, ya tenía un plan en mente, pero me faltaba seguridad en mí mismo.

La propuesta era hacer una investigación en el área de Química. «¿De Química?, ¿estás loco? ¡No te sabes la tabla periódica!, ¡vas a reprobar la materia!» me dijeron, pero yo no les hacía caso. Tenía una corazonada de que ese era el camino. Además, me serviría para definir mi futuro. Mi razonamiento partía de la pregunta: «¿Qué quería ser de grande?» Una opción era estudiar Medicina. La otra, Ingeniería Química. Ambas me resultaban atractivas.

La Medicina me apasionaba. Todos los fines de semana asistía como voluntario a un programa llamado «Niño feliz», que creó un gran médico y amigo, Patrick Couret. Era casi un hecho, quería estudiar Pediatría, hasta que una comadre de mis padres me llevó a conocer el área de cuidados intensivos de una clínica del IMSS. Estuve unas cuantas horas y salí sin palabras. Primero, tenían a una niña con un pulmón perforado porque el doctor que la había operado para quitarle el apéndice había pinchado con el bisturí uno de sus pulmones. Más adelante estaba otra niña con neumonía en una incubadora. Por un momento, la pequeña dejó de respirar y las doctoras no se dieron cuenta porque estaban en su hora de comida. Pude ver el proceso para resucitarla, el cual, afortunadamente fue exitoso.

Por último, me senté en una cama que estaba libre. La enfermera me vio a los ojos y me dijo: «Anoche un niño murió ahí». Inmediatamente me paré y decidí no sentarme ni una vez más en ese hospital. A pesar de que me seguía interesando la Medicina, quizá la vida de un médico no era como yo me la imaginaba. Aun así, seguía sin descartarla, en verdad quería ayudar a los niños.

Por otro lado, mi experiencia en el mundo de la Química era nula. No tenía conocidos ni familiares que se dedicaran a esa industria. Lo único que mantenía la llama de la inquietud era una buena calificación en mi primer examen con la maestra Silvia. Eso me motivaba a explorar mi potencial.

Sin importar las palabras de mis compañeros en contra de mi proyecto, mi terquedad venció y comencé. Como toda investigación escolar en la actualidad, la búsqueda empezó en Google. Después de dos semanas de generar un marco teórico, me centré en las novedades de la Química en el mundo. Había temas como el medio ambiente, el cambio climático, las energías renovables y los biocombustibles. En uno de esos caminos estaría mi trabajo.

Un día, en medio de las búsquedas, me encontré un artículo que afirmaba que podía hacerse biodiésel desde la cocina de la casa. El problema es que no sabía ni qué era eso. Leí detenidamente el artículo y me di cuenta de que por fin tenía el tema de investigación: la producción de biodiésel, un sustituto del diésel de petróleo, con la gran diferencia de que, en lugar de provenir de un proceso de refinación de petróleo, se elabora a partir de cualquier tipo de aceite animal o vegetal, tanto nuevo como usado.

Debido a que los aceites vegetales provienen de plantas como la soya o el girasol, que durante su crecimiento absorbieron dióxido de carbono, cuando el biodiésel se quema en un motor, se cierra un ciclo en donde la contaminación resultante es menor. Además —y esto es muy importante— el biodiésel no contiene azufre, uno de los principales contaminantes de los productos derivados del petróleo.

Por otro lado, el aceite no utilizado generalmente se convierte en un contaminante muy peligroso. Cuando lo usamos en casa y lo tiramos por el drenaje, un litro de aceite puede contaminar hasta 100 litros de agua y es muy complicado y costoso de separar.

Era todo un reto y, precisamente por eso, me enfoqué en lograrlo. Entregué el marco teórico a la maestra con el título «Mejores materias primas no comestibles para la producción de biodiésel en México». Revisó mi entrega y me la regresó llena de signos de interrogación, preguntándome si estaba seguro, si no quería cambiar de tema.

Ignoré su comentario. Seguí investigando, recolecté diferentes cantidades de aceite proveniente de cocinas de fondas y de cadenas comerciales como McDonald’s y Kentucky Fried Chicken (KFC); era un proceso que se leía sencillo: calentar aceite a 60 °C, mezclarlo con metanol e hidróxido de sodio; dejarlo reaccionar durante una hora y, posteriormente, separar el biodiésel de la glicerina cruda que se generaba como subproducto. Para terminar, el biodiésel se calienta para evaporar todos los excesos de agua y metanol. Debía tener cuidado, ya que si la reacción de transesterificación —nombre científico de la reacción para producir biodiésel— no era exitosa, el resultado no era el esperado, sino jabón.

Las primeras pruebas las hice, claro está, en la cocina de la casa. Mi mamá me quería matar. Hay una gran diferencia entre una cocina y un laboratorio: la primera es que la cocina se usa para otras cosas además de los experimentos.

Como resultado de mis pruebas y errores, la casa olía a carnitas. Mi madre me exigió buscar un laboratorio real para hacer los experimentos. Comencé en universidades públicas y privadas, hasta que por fin encontré a un profesor que estaba dispuesto a enseñarme todo sin cobrarme un peso: el doctor Miguel Ángel Romero, profesor de Ingeniería Química que impartía la clase de Balance de Materia. Una de las actividades en su clase era la producción de biodiésel en el laboratorio. Me convertí en su aprendiz más joven. Todos los días acudía al laboratorio y terminé enamorado del biodiésel, por fin encontré algo que podía hacer durante toda mi vida sin que me pagaran.

Todos los días aprendía algo nuevo, desarrollaba mis habilidades y mis talentos. Me emocionaba estar en el laboratorio. Entregué mi investigación y la maestra, después de una semana, me preguntó por el trabajo: ¡lo había perdido! Mi primera reacción fue de enojo, pero este se transformó en emoción porque tendría la oportunidad de realizar todo de nuevo. Era la excusa perfecta para pasar más tiempo en el laboratorio. Mejoré el trabajo y lo entregué de nuevo. Al recibir las calificaciones, me di cuenta de que mi investigación no había sido la mejor y al final apenas había pasado la materia.

Pero la historia no acabó ahí. En realidad sigue viva, sin que en ese momento yo tuviera la más mínima idea de lo que pasaría.

5

LA BIOCUEVA

Yo hago lo imposible, porque lo posible lo hace cualquiera.

Pablo Picasso

Cuando estaba en el laboratorio del doctor Miguel Ángel Romero, parecía que el tiempo estaba suspendido. Podía pasar horas y horas, semanas incluso, sin darme cuenta. Había encontrado un incentivo para vivir una vida sin preocuparme por el tiempo. Era increíble y, sobre todo, muy motivador.

Un día en el laboratorio se me acercó una chica, Gabriela. Quería saber si sabía producir biodiésel. Calculé que ella tenía 25 años, pensé que seguramente era una estudiante de profesional. Cuando le dije que sí, me preguntó: «¿Crees que me puedas enseñar los detalles del proceso de producción?». Acepté sin pensarlo. Entonces me explicó que se dedicaba a efectuar pruebas de calidad del biodiésel. Así supe la importancia de que este tuviera siempre una buena calidad para no afectar el rendimiento de los motores. Si el proceso no era correcto, podía haber graves consecuencias para los usuarios.

Cuando supe todo eso, le propuse un trueque: le enseñaría a producir el combustible si ella me enseñaba a realizar las principales pruebas de calidad, y aceptó de inmediato. Así fue que pasamos los siguientes días colaborando. A pesar de compartir tanto tiempo juntos, nunca se volvió mi amiga. Seguía siendo muy tímido como para poder entablar una conversación más allá de fórmulas y números. Pronto me volví un experto en las doce pruebas propuestas por la Sociedad Americana para Pruebas y Materiales (ASTM, por sus siglas en inglés), que tenían como finalidad medir la calidad del biodiésel que producía. Un día dejé de ver a Gabriela en el laboratorio.

La primera vez que hice biodiésel en el laboratorio del Tecnológico de Monterrey, Campus Monterrey, 2007.

Paralelamente, la universidad obtuvo fondos gubernamentales para instalar el primer laboratorio de calidad de biocombustibles en Latinoamérica. Lo natural era que la encargada de implementar este proyecto fuera Gabriela. Sin embargo, ella acababa de graduarse de la maestría y había aceptado un trabajo en la petrolera Schlumberger.

Cuando finalmente pudieron localizarla, le preguntaron si conocía de alguien más que tuviera la capacidad para instalar ese laboratorio y ella se acordó de mí. El pequeño detalle era que yo aún era alumno de preparatoria. Aunque ya había decidido que quería estudiar Ingeniería Química, no tenía la preparación profesional como para que confiaran un proyecto de ese tamaño a un joven de 16 años.

Uno de esos días en los que estaba yo en el laboratorio llegó la ingeniera Alejandra Galló para invitarme a formar parte de un «Club de biodiésel». En el momento en que mencionó esas palabras, mis ojos rasgados, que difícilmente pueden verse cuando sonrío, se abrieron. Le pregunté dónde se reunían. Me dijo que a unos cuantos edificios del laboratorio estaba la biocueva, un pequeño cuarto casi abandonado. Eso sonaba aún más atractivo que cualquier otra cosa que hubiese escuchado en mi vida. Y agregó: «Son puras personas raras, igual que tú».

Ni siquiera me di cuenta de que quizá se estaba burlando de mi nivel antisocial y sí atrajo más mi atención. «¿Dónde me apunto?», le respondí.

En la biocueva conocí a muchos investigadores, la mayoría hacían su tesis de doctorado. Algunos trabajaban para la cátedra del doctor Oliver Probst, un alemán legendario en la universidad, principalmente entre los estudiantes de Física, por la dificultad de sus exámenes. Llegó a México en los años noventa con la idea de implementar la industria del biodiésel en el país y nunca tuvo éxito. Buscando otros caminos, terminó convirtiéndose en uno de los gurús de la energía eólica.

También me presentaron al ingeniero Guillermo Díaz, graduado de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) como Ingeniero Químico y estudiante de una maestría en Energías Renovables por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM). Él se encargaría de que yo ejecutara correctamente el proyecto de calidad de biodiésel en los laboratorios de biotecnología.

Comenzó la aventura y las cosas eran más complicadas de lo que imaginé. Comprar los equipos era lo más sencillo, pero instalarlos y calibrarlos exigía días de prueba y error que me estaban volviendo loco. Era un trabajo que tardaría meses concluir y eso ya no era tan divertido como producir biodiésel en el laboratorio.

Afortunadamente, tenía tiempos muertos para hacer lo que yo quisiera. Un día, la curiosidad me llevó a desarrollar parte de mi segundo proyecto. Me intrigaba mucho qué podría hacer con la glicerina cruda que se obtenía como subproducto del proceso. La mayoría de las empresas la consideraban un problema porque incluía contaminantes que volvían muy costoso deshacerse de ella.