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Once cuentos. Once experiencias. Once historias donde la oscuridad, la verdadera y profunda oscuridad, se hace presente. Insondable, misteriosa e infinita, la muerte se muestra en todo su esplendor en esta travesía donde los personajes tendrán que buscar la forma de desafiarla en sus propias historias. Desde el drama hasta la fantasía y la ciencia ficción, los once cuentos invitan a explorar los dominios de la muerte. Un viaje emocionante a través de la inmensidad del universo, del vacío y de la oscuridad. Adentrarse es sencillo. El desafío es salir.
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Seitenzahl: 229
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Corbacho, Emanuel José
Lo brillante de la oscuridad / Emanuel José Corbacho. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
212 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-492-1
1. Antología Literaria. 2. Antología de Cuentos. 3. Cuentos. I. Título.
CDD A863
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Corbacho, Emanuel José
© 2023. Tinta Libre Ediciones
La muerte es segura, pero la hora es incierta.
Proverbio latino
Índice
Preludium - 11
ACTO I | Del latínnegatio,-ōnis - 19
Armonías - 21
La sangre en los charcos - 27
Interludium: primarius - 43
ACTO II | Del latín ira - 51
El gato en la caja - 53
El fin de todas las guerras - 65
Interludium: secundus - 87
ACTO III | Del latín negotiatio, -ōnis - 95
Encanto cristalino - 97
¿Podrás perdonarme? - 109
Ladrillos - 115
Interludium: tertiarius - 123
ACTO IV | Del latín depressio, -ōnis - 129
Todo muere - 131
En los nudos del silencio - 141
Cauda - 167
ACTO V | Del latín tardío acceptatio, -ōnis - 171
El incesante estallido del océano negro - 173
Lo brillante de la oscuridad - 199
Agradecimientos - 205
Lo brillante de la oscuridad
Preludium
Abrí la puerta empujándola con el pie desde abajo. La cerradura estaba a la miseria, así que no hizo falta demasiada fuerza. Adentro, reinaba la penumbra. Algunas luces del atardecer se colaban entre los diarios pegados a las ventanas y parecían rayos láser extremadamente pobres. Así y todo, servían para iluminar un poco el interior. No había demasiadas cosas en el lugar, apenas unas cajas de dudosa procedencia, unos machetes oxidados y varias otras herramientas de campo abandonadas en una esquina. Solamente en el centro del galpón podía ver una mesa improvisada con unos cajones viejos de gaseosa y un tablón a medio partir. En total, el lugar no debía tener más de veinte metros cuadrados. El problema era la altura del techo, que tenía algunas vigas que se alcanzaban con la mano estirada hacia arriba. Por un momento me entró la duda, aunque no tardé mucho en mandar todo a la mierda y seguir.
Me volví hacia el auto que había dejado estacionado afuera, apenas a unos metros de la entrada. El sol arrojaba su luz desde lo lejos, en su lenta y eterna caída libre por el borde de la Tierra, y cruzaba con problemas entre los espinillos que habían venido a reconquistar el espacio. En esa parte del campo, el único monte que había era el que rodeaba el galpón. A la redonda no había más que tierra arada esperando alguna lluvia para comenzar con la siembra. Y esa vista amarga se alargaba al menos por diez kilómetros, en todas direcciones. Solamente los surcos de los caminos bordeando los alambrados, puestos hace mucho por gente que estaba muy al pedo, eran lo que cortaba la imagen de la decadencia. Con el sol, la tierra seca se ponía de un color marrón tan irregular que me hacía acordar a esas bostas deformes de los perros en las plazas.
La alarma del auto anda como el carajo así que aprieto el botón del control remoto en todas las direcciones posibles. Cuando al fin libera el baúl, revoleo las llaves entre las plantas y abro la compuerta. Adentro está la caja con todas las cosas que me van a hacer falta. Agarro todo y regreso. Ni me molesto esta vez en cerrar el auto. Vuelvo a echar un vistazo al galpón y veo el techo de chapa del año del cuerno. No sé cómo ha soportado tanto tiempo acá, en el medio de la nada y sin que nadie le haya puesto ni siquiera un clavo en al menos veinte años. Me incluyo, claro. Me parece una estupidez gastar algo en esto. No sé por qué no vinimos a quemarla cuando pudimos y nos ahorrábamos las molestias. Pero bueno, ahora que vine con otras ideas supongo que algo de utilidad tiene. En realidad, no es que viniera con otras ideas. El problema es ese: me quedé sin ideas. El pensamiento subyacente a toda la hecatombe espantosa en que se ha convertido este ínfimo fragmento de mierda en el espacio-tiempo que tanto le gusta a la gente llamar ‘vida’. Tan frágil, tan inútil, tan vacía. Recién tiene algo de sentido cuando hacés algo que te pone ahí, justo en el límite de perderla o hacer que la pierdan. No importa si es real. La ansiedad que te da cuando estás por recibir un premio, por ejemplo. En la caja que acabo de meter al galpón, están algunos de mis grandes éxitos: Veritas et Victorias, que fue el primero que hice, Tenebris que vino después y no podía faltar Interdum Homines Esse Mori. No sé por qué esa obsesión por títulos en latín, como si le agregaran más clase a la basura que está escrita. Basura premium, para los que dicen que entienden de arte. Los mismos que te hacen sentir terriblemente incómodo cuando te entregan un premio que merecés —porque a veces sí lo merecés, pero no por las razones que ellos creen— y que te generan esa sensación asfixiante de que te vas a morir ahí mismo. Y vos estás parado, vestido de traje alquilado a sobreprecio y con una copa de champagne en la mano, esperando que digan tu nombre. Y la cosa es que no te morís, y entonces la montaña rusa se detiene y te das cuenta de que ahora en el cuerpo los temblores se convierten en risas nerviosas, liberadas. En la mente las ideas nefastas se desaparecen. Ese es el momento cuando el espacio-tiempo se dobla y se detiene por un momento para liberarte de la miseria y la calamidad de tu mundana vida. Por un ratito te sentís… vivo. Nada más importa. Las sensaciones se van y te quedás ahí, como renacido. Y como esta vida no es un sueño si no una obra mal guionada y eternamente corta, esa sensación dura lo mismo que un orgasmo. El clímax pasa y ahí te ves: desnudo y sin fuerza, preguntándote qué mierda sigue. Qué mierda hay que hacer después.
Dejo los libros sobre el tablón, ya cumplieron su función de tapar lo que hay al fondo de la caja por si me cruzaba con algún policía inepto en el camino. Cuando tiro el último, veo la portada y siento que algo de razón tenía para hacer lo que hice. No hace falta ser muy técnico para entender por qué clavarle un cuchillo en la tráquea al editor en jefe que autorizó esa publicación. ¿Qué carajo tenía en la cabeza cuando pensó en aceptar ese diseño tan pedorro? No se puede explicar, realmente era un hijo de puta. Por eso cuando quise seguir buscando esa situación de límite para sentirme vivo lo busqué directamente a él. Su oficina mugrienta, y llena de libros que ni de cerca tenían el derecho de ubicarse en el mismo estante que los míos, quedó salpicada de punta a punta. Parecía una sonrisa gigante. Entiendo que para las paredes un golpe fuerte de hidrolavadora iba a ser suficiente. El problema iba a ser con los libros. Me imagino el dolor de cabeza para sacar los restos de piel chiquititos que se desprendieron de la navaja. Esta misma que está al fondo de la caja. Con su empuñadura color turquesa, creo que fue el único regalo como la gente que recibí del Sr. Fiambre. Sr. Mortadela. Matambre. Ah, cómo elegir un solo apodo para ese desperdicio de oxígeno andante. Prácticamente le hice un favor a la sociedad.
Lo que pasa es que esa sensación de casi morirme cuando entré con la navaja y empezamos a forcejear se pasó muy rápido. No pude aprovechar bien su muerte para sentirme más vivo. El muy imbécil ni siquiera se murió bien, de forma dramática o elaborada. Se tropezó y se enterró en el estómago el filo completo. Así que no me quedó otra opción que empezar a descargar la bronca contra esa garganta que tantas veces me gritó. Pero no fue lo mismo, no era lo que yo quería. Eso fue como un sorbito de agua y yo quería toda la botella. Pedazo de infeliz.
Ahora que desaproveché esa opción no me queda de otra que improvisar. Lo vine pensando en el camino, especialmente cuando paré a cargar nafta en una estación de servicio del año del ojete y el pendejo que me atendió lo único que hizo fue mirarme con cara desfigurada al verme cubierto de sangre. Me recordó a mí de pequeño, cuando todavía era inocente y soñador. Por un instante casi me dan ganas de quedarme, pero me avivé. En realidad, no por eso específicamente, sino que vi arriba del surtidor la manguera de carga colgando como una víbora mala. Entonces llené el tanque y, sin darle ni cien pesos al pibe por limpiarme el vidrio —porque para cobrar no hizo ninguna cara horrorizada—, me vine acá a la mismísima loma de la mierda. No visitaba el galpón desde hacía mucho, pese a que varios me hubieran invitado encarecidamente a venir. Adentro de la caja, antes de bajarla, también había revoleado la eslinga que usaba para tirar el auto cuando se quedaba en algún lado.
Ahora, a la luz del sol entre los diarios mal pegados, me parecía un nuevo intento magnífico. Esta vez no me lo iba a cagar el Sr. Fiambre, esta vez sí iba a estar cerca de morir. Ahí nomás, tocando el arpa un ratito. Y después de hacerlo, ya tendría tiempo de lidiar con todo el desastre que hice.
Sin mucho más preámbulo, me paré encima del tabloncito improvisado y me puse a atar delicadamente la eslinga. El plástico amarillo estaba trenzado tan estéticamente que me prometí usarlo de portada para mi próxima obra. Así fue que empecé a ajustar la falsa soga de una de las vigas más altas, aunque todas tenían casi la misma distancia del suelo. Donde la até era el punto medio exacto de toda la estancia, por supuesto. Primero que nada, detallista. Calculé que estaba todo en orden y bajé. Fue entonces cuando la sentí: la sensación de hormigueo en las manos. Me puse casi feliz de sentirla. Ya mi cuerpo comenzaba a emocionarse. Un minuto después, ya el pecho comenzó a moverse más lento y el aire a sentirse más denso, pesado. Llegaba el momento.
Le metí un patadón tan fuerte a la base de cajones de gaseosa que en el envión salió volando el zapato que tenía. Lo despedí con dulzura antes de sacarme la camisa ceñida que tenía puesta y que, incluso con toda la sangre encima, era un fuego. Semitransparente, al cuerpo y con un corte en los hombros que ni el Sr. Fiambre hubiera conseguido. La dejé encima de la caja que había caído ladeada. El pantalón no me lo iba a sacar porque ya estaba medio frío. Me acomodé un poco el flequillo rubio y me pasé la mano por el pecho limpiando las manchas que habían traspasado. Por un momento la curiosidad me ganó y me llevé los dedos a la boca, pero el sabor a moneda me pareció aberrante y terminé escupiendo, al borde del vómito. Disuadido de hacer otra estupidez que arruinara la escena, me puse justo debajo del círculo amarillo que flotaba en el aire y que, desde donde yo estaba, veía a contraluz. La irresistible belleza del atardecer se colaba y me pareció un corolario hermoso. Extendí la mano para alcanzar la eslinga. Y no llegué. Miré de nuevo y me puse en puntas de pie. La puta que me parió. Me quedó muy alta. Unos centímetros, no más de diez o quince. Y no había nada de esa altura cerca. A excepción de los libros.
Los busqué de a uno en la caja, intentando agudizar mis ojos en la oscuridad. Tardé un poco, aunque terminé ubicándolos a todos. Como era de esperarse, no sé qué fue lo que me clavé en el pie descalzo así que tuve que moverme de a saltitos. Por suerte, todo eso hacía que me sintiera más y más ansioso. Solo faltaba la patrulla de algún móvil sonando a lo lejos para agregar más tensión, aunque ya era un detalle demasiado exagerado para la escena construida. Aparte, la policía de este país…
Acomodé los libros uno encima del otro y, con la navaja en la mano todavía chorreando sangre espesa como en cámara lenta, me subí. La mini torre tembló un poco bajo mi pie que sí tenía zapato. Ahora por fin llegaba a ponerme la eslinga en el cuello. Antes de ingresar en ese pequeño agujero negro extrañamente pintado de amarillo, me puse a repasar el plan: me pongo el aro, empujo la pila de libros, floto un rato en el aire, y después corto la eslinga con la navaja. Simple. Efectivo. Procedo entonces, poniéndome la víbora mala abrazando la garganta. Estiro los pies un poco y me detengo un instante para saborear esa sensación de pánico que me invade. Hermosa. Divina.
Pateo con fuerza los libros que van a parar vaya a saber dónde. Extiendo en simultáneo los brazos. Me siento flotar un instante eternamente corto. Y recuerdo en un mismo flash cada premio que gané, cada libro que publiqué, cada trozo de piel que le arranqué al Sr. Fiambre. Y entonces el calor de la eslinga me abraza el cuello desde abajo.
Y se desliza.
Como una víbora, se desliza.
Nada de presión por la nuca.
Nada de falta de aire.
Un golpe seco me traba la mandíbula y la víbora mala se clava sin pudor en el maxilar, arrastrando mi piel hacia arriba con una lenta violencia. Tengo la cabeza trabada en el aro. Tardo un minuto en caer en cuenta de que esa porquería de plástico no se ajusta como una soga, así que nunca se cerró. La gran concha de su madre. No puedo ser tan imbécil. Me acabo de destrozar la cara, que ahora la siento sangrar rabiosa, y ni siquiera experimenté nada. ¡Nada!
Sin poder mirar más que al frente porque mi cráneo está completamente inmovilizado, subo la navaja para finalizar con el chistecito y liberarme. La sostengo a la altura de los ojos mientras que uso la otra mano para tantear la eslinga de mierda. Arranco a cortar entonces. Adelante y atrás, como si fuera un serrucho. La sangre del Sr. Fiambre sigue goteando sobre mi frente, incluso cuando apunto con mis manos en la dirección opuesta. Una gota especialmente gruesa parece estar empecinada en caer al suelo y la siento deslizarse entre mis cejas. Y antes de seguir por la nariz, gira hacia mi ojo. Y se mete. Grito del asco y del dolor. Me llevo las manos a los ojos y, sin darme cuenta, me los lleno todavía más del líquido ferroso. No puedo ver nada. Pero sí puedo sentir. El filo de la navaja resbalándose, escapándose, arrastrado por la gravedad. Con un golpe sordo, cae al piso.
—No puede ser.
ACTO I
Del latínnegatio,-ōnis
Armonías
Todo lo que dejamos sobre la mesa lo termina tirando. Cuando venimos a comer y traemos sándwiches, ella se levanta y busca su propia comida. A nosotros nos encantan, mientras que ella los odia. Y es que como pierde rápido la paciencia, se vuelve hasta gracioso. Incluso hasta con las cosas que no son para ella. La última vez que fuimos a comprar al supermercado, ella se fue directo a la comida de los perros, y nosotros ya habíamos ocupado todo con la comida de nuestros gatos. Ella odia los gatos, dice que son poco obedientes. Para nosotros son ingeniosos por excelencia. Si se ponen a maullar, ella es la primera en ir a ver qué está pasando; nosotros a veces ni nos levantamos. Nos dice que siempre estamos ocupados con nuestros teléfonos y computadoras, que no prestamos mucha atención a los animales. También hay veces cuando nos escucha practicar con los instrumentos y se va directamente a algún lugar distinto de la casa para quedarse en silencio.
Lo que pasa es que doña Arce no está acostumbrada a la armonía que tenemos. Su canción es distinta, más solitaria. Le encanta estar en silencio, hablando consigo misma, mientras nosotros nos callamos solamente cuando nos quedamos sin voz. Ella se acuesta a las nueve de la noche, y nosotros de suerte que estamos cenando. Si salimos, intentamos volver temprano. No le gusta para nada que andemos a lo loco por la ciudad a esas horas. Desde hace un tiempo que suponemos que es por lo de su marido. Nosotros éramos chicos todavía, pero ella ya estaba bastante entrada en años cuando pasó. Como no cuenta mucho de su vida, tuvimos que toquetear las cosas que están guardadas en la habitación en desuso con la ventana a la playa. Por supuesto que usamos la excusa de que teníamos que limpiar: sabe que organizar nos encanta mientras que a ella le da mucha pereza, sobre todo a su edad. Así que encontramos fotos de su familia, de la casa en tiempos donde el pueblo todavía no había desaparecido por el huracán, de ella misma posando con prendas de dudosa calidad. Incluso, entre una pila de libros tapados por cajas de telescopios olvidados, encontramos fotos de quien supusimos que era su marido. De hecho, en una de esas pudimos verlo sobre la famosa motocicleta. La verdad es que, con lo fea que era esa máquina, no había forma de que se hubiera visto peor después del accidente.
Todavía recuerdo cuando vinimos y le propusimos quedarnos para cuidarla. Después de enviudar no ha sido dada con la gente, pero parece que nuestro carisma le hizo un poquito de mella y nos dejó acompañarla. No pensamos que desde el comienzo fuera un desafío. A nosotros nos encanta la música fuerte, ella la detesta. Cuando estamos viendo tele, es muy capaz de tirarnos con el objeto que tenga más cerca —casi siempre una alpargata— para que cambiemos de canal si estamos viendo algo que la aburre. Nosotros hablamos muy rápido, y ella a veces nos pide a los gritos que hablemos más lento. De vez en cuando nos elogia la memoria, sobre todo cuando nos confunde con sus hijos que ya no están. A menudo se lamenta de que la hayan abandonado, pero nosotros le decimos que nunca podríamos hacerlo.
Al principio no estaba de acuerdo, o no entendía, nuestra relación. Después nos dejó en paz. Creo que en el fondo agradecemos que no nos trate como bichos raros. Y es que también nos hemos puesto a pensar que quizá eso es lo que nos une a los tres después de todo. Eso es lo que nos hace inseparables. Tenemos distintas canciones y estamos tocando a distintos tiempos, claro, pero ya encontramos los acordes que compartimos. Nos mueve mucho saber que también ha sido excluida de casi todo. Criticada, abandonada, olvidada. Ella odia reconocerlo, pero siempre le han echado la culpa del accidente. A fin de cuentas, creemos que efectivamente algo tuvo que ver, aunque no la culpamos. Entre nosotros mismos hemos tenido nuestras diferencias, pero estamos en paz sabiendo que no nos engañamos nunca. Si nos hubiera pasado lo mismo que a doña Arce, no estoy muy seguro sobre cuál de nosotros sería el primero en cortarle los frenos al otro.
La sangre en los charcos
La semana antes de Nochebuena siempre llovía.
Con mi papá y mi hermano, sentados en la galería, veíamos las gotas golpear con fuerza la tierra ya húmeda del campo. El gris del cielo empapaba con su brillo perlado todas las plantas que se movían al compás del viento, mientras los parpadeos blancos de los relámpagos creaban luces que desaparecían al instante. El sol estaba escondido más allá, o al menos eso creíamos. Debían haber pasado algunos minutos de las cuatro de la tarde, así que el astro estaría ya detrás de la casa. Y ante nuestra vista, solo el rebote incansable de las gotitas contra los charcos ocupaba ahora el escenario. Las chapas mal acomodadas engrandecían el ruido repentino y fugaz de los granizos que de vez en cuando atacaban el techo.
Mate en mano y tortas fritas sobre la mesa de afuera, esperábamos a que amainara la tormenta. De vez en cuando el viento arremetía en paralelo al suelo, y el mantel se unía a los repasadores en su salvaje ondeado. Teníamos las piernas húmedas por la finísima garúa que se producía por la lluvia chocando contra el suelo de ladrillos sin revestir. La tela de los repasadores servía como toalla. En línea recta desde donde estábamos comiendo, podíamos ver las grandes tarimas que rodeaban a los corrales tras la cortina de agua. Imaginé a los chanchos empapados y acurrucados contra las esquinas donde tenían los techos. Igual que nosotros, debían tener las patas mojadas, con bastante barro incluso. Por un momento dediqué una plegaria para que el agua corriera tranquila y no se estancara en cada división, esperando que no hubiera ningún animal sufriendo el agua torrencial.
Los pedidos en total habían sido cuatro. El peso detallado había sido en cada caso de diez kilogramos. Papá, sobre la mesa de las telas voladoras, tenía un pequeño cuaderno de tapas rojas donde tenía anotados sus clientes, los pedidos y los pagos que había estado recibiendo. Su letra prolija podía verse desde donde yo estaba sentado y la tinta azul a medio secar brillaba sobre el papel con cada relámpago.
Cuando las gotas comenzaron a caer un poco más espaciadas, papá cerró el libro y lo dejó sobre la mesa. Era experto en eso de las tormentas. Parecía sentir el momento cuando estaba por empezar a llover y casi nunca fallaba a atinar el preciso instante en que finalizaba. Jamás alardeaba de ello, simplemente lo sabía y ya. Y esta vez, con la última luz blanca que iluminó la galería, la lluvia amainó casi por completo. Papá entró a la casa y, tras un instante, salió con una cuchilla plateada. Era la más grande y la más afilada que tenía. Heredada de su padre, y este de su propio padre. Llevaba en la familia incluso más tiempo que la misma casa o los corrales. La envolvió en uno de los repasadores y se la ajustó en el cinto del pantalón. Se puso un impermeable amarillo que había estado colgando en la silla y después se colocó las botas azules. Con una señal de la cabeza, nos indicó que era tiempo de partir.
Las gotas frías corrían por mi espalda, frenadas apenas por la única remera que tenía puesta y que se iba adhiriendo a mi piel con cada tranco que daba. Estaba desgastada, pero todavía se podía ver la imagen de una avispa esmeralda gigante con una frase de Pink Floyd abajo. A mi lado, mi hermano iba con un martillo enorme, que papá siempre usaba como una maza, y avanzaba saltando precavidamente cada charco grande que hubiera delante de él. Los tres caminábamos en línea recta, directo hacia los corrales. Más adelante, separando el terreno de la casa de lo que ya era el área del campo, una cicatriz en el suelo se extendía resbalosa y rebosante de agua. La canaleta era tan profunda y el caudal que llevaba era tan veloz, que papá nos hizo frenar y puso una pierna en cada borde para alzarnos y hacernos pasar al otro lado. En sus manos, nosotros éramos como plumas mojadas.
Continuamos unos cuantos pasos hasta llegar a las primeras tarimas. Fue entonces cuando mi hermano tropezó con un alambre y cayó sentado sobre el suelo. Tardó un instante en reponerse, sobre todo porque yo no podía aguantar la risa y él apenas podía mantener el equilibrio sobre el barro y el agua. Por el contrario, papá no se rio y le indicó de inmediato que usara el cabo de la maza para levantarse. Mientras yo me calmaba y me acercaba a ayudarlo, pude ver de reojo que los chanchos más grandes refunfuñaban y se acercaban a los alambres, pisando una y otra vez el desaparecido suelo. La tormenta los había dejado nerviosos. Sus patas cortas atacaban una y otra vez el barro que había debajo de ellos y ya se podía ver cómo se empastaban en él. Papá se nos acercó y nos señaló con la mano los hilos de alambre de púa que colgaban flojos. Parecía que el viento había empujado tan insistentemente las tarimas que había terminado por soltar algunos agarres. Ahora toda esa parte corría riesgo de que, con una embestida especialmente violenta, los chanchos pudieran escaparse. Con el rostro marcado en una mueca de preocupación y adornado por el brillo de las gotas que caían sobre la capucha, papá nos dijo a los dos que teníamos que cambiar de lado para comenzar con la tarea. Desde ahí, era imposible de hacer. Con mi hermano nos miramos y casi nos pusimos a quejar. Del otro lado era donde más se acumulaba el agua, así que nos íbamos a empapar cuando intentáramos sujetar a las crías. A pesar de todo, no nos quedaba mucha opción, así que toda nuestra respuesta se redujo a un asentimiento con la cabeza.
A pesar de la lluvia que poco a poco recobraba su fuerza, los dos primeros lechones que sacamos con mi hermano ni se inmutaron cuando los agarramos. Mientras papá aguardaba afuera con una bolsa de papas vieja y vacía, nosotros nos metíamos al corral y nos movíamos sigilosos con tal de atrapar de las patas a los animales que él nos marcaba. El primero que agarramos apenas chilló, y el segundo nos dedicó un intento de mordida. Al agarrarlos de las orejas ya nos liberábamos del peligro de los dientes afilados y destructivos de los chanchos, incluso siendo tan pequeños. En el corral en que habíamos entrado, la chancha madre seguía escondida bajo el techo de la esquina, ocupando toda la parte seca que quedaba y obligando a sus crías a moverse en el barro para buscar refugio de nuestras manos. Nuestros pies también estaban en el barro, y las zapatillas amenazaban con salirse en cada paso que dábamos. El barro mezclado con la porquería aplastada cientos de veces hacía vacío cada vez que pisábamos. Parecía que caminábamos en miel. Mi hermano lo dijo primero, de hecho. Yo lo reté a que probara si realmente sabía así. Con la carcajada que soltamos, los chanchitos arremetieron contra los hilos flojos del otro extremo y, de no ser por papá que estaba mucho más atento que nosotros y alcanzó a tirar una madera bastante grande para interrumpirles el paso, se hubieran ido bastante lejos cuando cayeran en el caudal de la canaleta.
Aprovechando el intento de escape, atrapamos a los últimos dos sujetándolos de las colas y las orejas. Los levantamos en el aire y cruzamos todo el corral a una mínima velocidad, procurando no quedar absorbidos en el fondo del pequeño pantano que se había formado. Ayudados por papá, los levantamos por encima de los alambres y los pasamos al otro lado con bastante esfuerzo para terminar metiéndolos en las bolsas que quedaban. Papá juntó los cuatro bultos y los acomodó a todos en el mismo lugar. No dejaban de moverse y chillar, aunque uno se mantenía bastante más tranquilo que los otros. Mi hermano corrió a buscar la carretilla vieja que estaba del otro lado del corral, dispuesta bajo un techito improvisado sobre unas ramas que hacía las veces de taller para carnear a los lechones. Antes de traerla, la giró de costado para tirar el contenido sobre la canaleta y vació toda el agua mezclada con hojas y herrumbre. Después vino donde estábamos con papá, caminando muy lento para no resbalarse por el barro que tenía en los pies.
