Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Uno tiene que saber reconocer las oportunidades que le da la vida y encontrar el momento adecuado para actuar, antes de que sea demasiado tarde. Este es el dilema de Uli, que desde pequeño creció entendiendo que la vida lo recompensaba cuando hacía lo correcto, y que cuando hacía lo contrario las cosas empiezan a salir mal. Uli conoce a un chico que lo hace replantearse su forma de ver las cosas y lo anima a dejarse llevar, seguir su instinto y hacer lo que le hace sentir bien. Cuando la historia entre los dos termina de manera inesperada Uli se arrepiente de haber perdido el rumbo por seguir ciegamente lo que le decía su corazón. Se promete de ahora en adelante no cometer el mismo error y solo hacerle caso a la razón, aunque eso implique dejar escapar nuevas oportunidades. Sin embargo, el tiempo le enseñará que es imposible vivir teniendo que elegir entre cabeza y corazón, y que la vida es mucho más que simplemente hacer lo que es correcto.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 519
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Alejandro Frias Ramos
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1144-885-7
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
.
Para quienes intentan hacer siempre lo correcto.
Para todos los que no dejan de darse oportunidades.
Y sobre todo para quienes siguen resistiendo, aún cuando sienten que ya no pueden.
Tras de mí (Prólogo)
Miércoles, 31 de enero 2018
«Es ridículo, estoy seguro de que esto no tiene ningún uso práctico», respondo frustrado mientras leo el último requisito para aplicar a la vacante. «Por último incluya un breve ensayo sobre la vida del solicitante. Favor de hacer mención a los valores fundamentales que le han permitido superar los obstáculos y adversidades que ha enfrentado a lo largo de su vida». Bueno, este tipo de cosas son de esperarse cuando uno se postula para trabajar en una de las empresas más importantes del sector industrial. Doy vueltas en la cama intentando encontrar una idea para empezar.
No siempre estuve completamente seguro de quién quería ser. Cuando era pequeño, era de esos niños a los que es imposible tener sentado en el mismo lugar durante más de cinco minutos. Todavía recuerdo que mi maestra de primero de primaria tuvo que usar su bufanda para amarrarme a mi silla porque no dejaba de pararme para hablar con mi compañero de al lado. Definitivamente no fui el alumno que los profesores hubieran querido.
Con el tiempo fui cayendo en cuenta, cuando me quedaba quieto y hacía caso a los maestros todo salía mejor. «Es un buen niño. Tan seriecito y responsable». Le decía el maestro de cuarto año a mi mamá, ella se veía contenta y orgullosa, no paraba de sonreír. Ese día me llevó al cine después de recoger mi boleta, y yo entendí que hacer lo correcto tenía sus recompensas.
El cambio fue notorio. Me acostumbraba a escuchar a las amigas de mi mamá deshacerse en halagos cada vez que me escuchaban pedir algo por favor, o de disculparme antes de hablar. De repente me hacían sentir como si fuera algo nunca antes visto, el asombroso caso del niño de once años que era correcto y educado. Todo esto me hacía sentir único y especial.
Aun así no faltaba la vecina cizañosa que le decía a mi mamá «No te confíes, Ester. Así salen al principio, muy calmados, pero en cuanto crezca se te va a descomponer». Todavía recuerdo la decepción en la cara de doña Magda mientras hablaba de los problemas que tenía con sus hijos. Pero yo sabía que eso no me iba a pasar a mí, yo era único, hacer lo correcto era mi especialidad, no les iba a fallar.
La vida era bastante clara conmigo, cada vez que me encontraba en una situación donde tuviera que elegir entre hacer lo correcto o lo que me hiciera sentir mejor el resultado siempre era el mismo.
Como en segundo semestre de preparatoria, cuando publicaron los grupos definitivos y me di cuenta de que todos mis amigos habían quedado juntos en el E, y yo estaba solo en el A. Moví cielo, mar y tierra buscando alguien que quisiera cambiarme, terminé pagándole como a tres o cuatro personas para que se movieran de grupo y quedara un hueco donde yo quería. Todo para que cuatro semestres después dejáramos de hablarnos los unos a los otros. Si me hubiera quedado en el grupo donde estaba al principio, seguro hubiera hecho amigos nuevos y me hubiera ahorrado la prepotencia de Ismael, las mentiras de Cintia o la hipocresía de Humberto. Seguro hubiera terminado la preparatoria por lo menos con un amigo.
También está mi historia con Rodrigo, mi primer novio, uno de mis arrepentimientos más grandes. Llevamos algunas clases juntos, nos tocó trabajar en el mismo equipo en un par de ocasiones; nada mejor que los desvelos y la presión de los trabajos finales para conocer realmente a una persona. Éramos muy diferentes, pero nos entendíamos increíblemente bien; siempre era él quien me motivaba a intentar cosas nuevas, a confiar que las cosas funcionarían al final; yo, en cambio procuraba ser el lugar donde él pudiera descansar, y ser tal como él era.
Era consciente de que sus papás no sabían que éramos novios, me explicó que esto era nuevo para él, y que necesitaría tiempo para poderles explicar bien todo; yo estaba de acuerdo. Varias veces intentó sacar el tema a colación, pero la vida del pobre era una tragedia tras otra: su papá se quedó sin trabajó, su abuela estaba enferma; nunca era buen momento para hablar de nosotros dos.
La gota que derramó el vaso fue en navidad, poco antes de cumplir un año de salir a escondidas. Tenía la ilusión de pasar juntos las fiestas, él me aseguraba que podríamos pasar navidad en su casa y año nuevo en la mía, que sería el primer beso de mi 2017. Luego me dijo que no se podría porque sus papás habían invitado al padre de Santa Caridad a cenar ese día. No lo tomé nada bien.
Le dije que estaba harto de estar esperando, que mi paciencia tiene un límite, y que si de verdad me amaba como decía habría sido capaz de hacerle frente a sus papás. Para no hacer larga la historia terminé con él ese mismo día. No me importó que me pidiera perdón, no me importó arruinarme la navidad, ni arruinársela a él; tampoco me importó que el semestre siguiente no volviera a la escuela.
Con el tiempo me llegaron algunos rumores diciendo que les confesó a sus papás que era gay, y que ellos no lo tomaron nada bien. Algunos dicen que lo obligaron a formarse en el seminario para que Dios arreglara sus preferencias, otros dicen que lo metieron a la escuela militar, o que lo enviaron a trabajar en el rancho de sus abuelos. La verdad es que nadie lo ha vuelto a ver desde entonces, tampoco lo han logrado contactar en redes sociales. Simplemente desapareció.
No puedo evitar sentir que lo correcto hubiera sido quedarme a su lado. Si no lo hubiera presionado tanto, las cosas hubieran sido diferentes, nos podríamos haber ahorrado tanto daño. Fue ahí cuando entendí que siempre que pueda ayudar al otro sería lo correcto, y que hacer lo correcto siempre tendría su recompensa.
Me devuelvo al principio para leer mi ensayo una última vez antes de enviarlo. Elimino todos los nombres que menciono y algunos otros detalles extremadamente personales; pero al final algo no me convence. «No hay manera de que me contraten si presento este ensayo». Me lamento frotando mis ojos con mis manos. Selecciono todo el texto escrito y lo borro. Me tumbo en la cama buscando otra idea.
Amor en la metrópoli
Lunes, 5 de noviembre 2018.
Yo no estaba buscando nada en particular. Sentí un poco de curiosidad cuando Marina nos estaba contando sus experiencias usando una aplicación de citas llamada Nudos y pensé: ¿por qué no darle una oportunidad? Casi me rindo a la hora de elegir mi fotografía de perfil, no me gustaba como me veía en ninguna. Al final elegí una foto que me tomó Julia la semana pasada que fuimos a la playa, recargado sobre una cerca, volteando hacia el horizonte, mi cabello ligeramente despeinado por el aire, mis labios sonriendo de manera sutil. Continué hasta llegar al paso de redactar una biografía breve, decidí no complicarme más y solo puse el emoji de la cámara fotográfica, igual se supone que puedo regresar en cualquier momento a editarlo.
Los primeros encuentros fueron decepcionantes, en su mayoría eran chicos que me pedían nudes al tercer mensaje, o señores insinuando que querían que los invitara a bañarse conmigo. Pero un par de horas después me lo encontré a él. Fue una sorpresa agradable, pensé que el encanto se esfumaría inmediatamente, pero fue todo lo contrario, nuestra conversación fluyó sin parar y se extendió por días.
Damián era una agradable combinación entre ingenio y misterio, nos saltamos las presentaciones y hablábamos como si nos conociéramos de tiempo atrás. El primer día nos quedamos platicando por horas, los mensajes iban y venían sin parar. La noche del sábado solo fue una pausa, el domingo retomamos la conversación como si nada. Pusimos sobre la mesa formas de pensar, planes, sueños. Y cuando llegó la hora de reiniciar la semana pensé que era el momento de dar un paso hacia adelante. Me despedí y le dejé mi número de teléfono, de esa manera podríamos continuar hablando mientras estaba en el trabajo sin la necesidad de entrar a la aplicación de citas, no creo que fuera algo bien visto.
Mi lunes marchaba como de costumbre, por la mañana un caos total, entre que recibíamos a la multitud de candidatos y terminábamos el registro para los de la semana pasada. Pero inconscientemente, en todo momento estaba esperando que mi teléfono anunciara que tenía un mensaje de él, mi corazón se detenía por un instante cada vez que escuchaba llegar una notificación. Sabía que estaba siendo un poco intenso, pero puedo jurar que esta química y esta conexión no es algo que uno siente con cualquiera; y si esto solo era por teléfono seguro sería todavía mejor cuando por fin estuviéramos frente a frente.
Cuando llegué a casa por la tarde lo primero que hice fue abrir Nudos. «Lo siento, de momento no tengo teléfono, de hecho, me prestan uno ocasionalmente. Pero si quieres agrégame a Facebook o Instagram, podemos hablar por ahí». Decía el mensaje que me mandó a lo largo de la mañana, y puedo jurar que ese pequeño detalle despejó todas las telarañas que llenaron mi mente en el transcurso del día. Lo agregué en ambas redes sociales y me cambié rápidamente para salir a correr.
Al regresar, me encuentro con la noticia de que fui investigado por completo. Varios me gusta repartidos entre mis publicaciones en Instagram, desde mi foto más nueva llegando hasta fotos de hace un año, también algunas fotos de perfil en Facebook tenían me encanta suyos, incluso la foto de bebé que subí mi cumpleaños pasado. Me tomó un poco procesarlo todo, esas eran todas las pruebas que yo necesitaba para estar seguro de que no me estaba imaginando todo, todo era real. A mí me interesaba conocerlo, y a él le interesaba conocerme.
Le mandé un mensaje «¿Alguien se emocionó con mi perfil en mi ausencia?». Acompañado de una carita con lentes de sol.
A lo que él me respondió «Sí, un poco». Sin siquiera intentar ocultarlo. «Cuando vi tu foto en la app, me pareciste guapo, pero por un momento dudé que en verdad se trataba de ti».
Me quedo en silencio, nunca me habían dicho algo parecido. No me considero feo, pero nunca me he visto a mí mismo como alguien guapo. «Hahaha, qué tonto». Es lo primero que acierto en decir. «No tendría razón para mentirte. Además, si alguno de los dos pudiera ser un perfil falso serías tú, hahaha. Bien podrías dedicarte a modelar». Continúo. Y lo compruebo revisando su perfil de Instagram.
Lo primero que pensé fue «Se nota que Damián sabe lo que hace a la hora de tomarse fotos», porque todas y cada una de sus fotos estaban perfectamente producidas. Blancos y negros, juegos de sombras, luces de navidad, hora dorada, había de todo. No me di cuenta en qué momento pasó, estaba tan concentrado viendo sus fotos que llegué hasta el principio de su cuenta. Aprovecho la oportunidad para darle me gusta a su primera foto, solo para ponernos a mano.
No miento cuando digo que parecía modelo. Lo primero que captaba mi atención de su rostro fueron sus ojos amielados, grandes y expresivos, lanzaban miradas intensas en algunas fotos, pero también reflejaban ternura y calidez en otras. Estoy seguro de que los colores en su cara pudieron haber sido una publicación estética de Tumblr: cejas completamente negras y pobladas, labios rosados y carnosos, dientes perfectamente blancos. En algunas fotos salía de pelirrojo, y me gustaba como le va el color, pero cuando vi aquellas en que salía con el cabello negro sentí que estaba viendo a otra persona completamente diferente, más seria. Lo que no cambiaba era su peinado ligeramente ondulado, un poco desarreglado, que lo hacía ver bastante más joven que yo. Por último, nadie podría negar que el hombre estuviera en buena forma; en algunas fotos salía sin camiseta, dejaba expuestos sus tatuajes que resaltaban sobre su piel morena clara. Pasé unos segundos extra viendo su abdomen marcado, su pecho firme. No será instructor de gimnasio, pero no le hacía falta. ¿Cómo podría una persona así estar interesada en mí?
—¿Iniciaste sesión en una sandía? ¿O desde dónde me estás contactando esta ocasión?—le pregunto de manera burlona.
—¿Has escuchado de las computadoras?—me responde sarcásticamente, y gana puntos solamente por usar el signo de interrogación inicial—. Son dos tabletas, una tiene una pantalla y otra varios cuadritos con letras que sirven para escribir. La gente las usaba para navegar en internet antes de los teléfonos—me responde continuando con la pelea.
—¿La gente sigue usando las computadoras?—respondo agregando un Emoji confundido—. Pero eso no explica tu presencia en Nudos. A menos de que seas un desarrollador corporativo y estés probando una versión de escritorio. ¿Eres un desarrollador de software?—Envío el mensaje junto a un emoji usando un monóculo.
—Eres un tonto haha. Claro que no desarrollo software.—Llega el primer mensaje—. Pasé el fin de semana en casa de mi tío, ayudándole con unos asuntos de mantenimiento en la casa y mientras estoy con él me presta un teléfono que no usa, y cuando vuelvo a casa se lo regreso—me explica.
—Entonces, ¿eso quiere decir que usas el celular de tu tío para ligar con otras personas y que él puede leer tus conversaciones, además de ver todas las fotos que envías y recibes?—Agrego el emoji del changuito con las manos en los ojos.
—Oye, no me juzgues, haha.—Recibo el mensaje con un emoji apenado—. Trato de pensar que eso no sucede. Además, si no hubiera usado su teléfono no estaría hablando contigo en este momento.
—Ese es un muy buen punto, tienes razón. Te concedo la victoria.—Le envío una medalla.
Intercalo la conversación con mis actividades del día. Es como si Damián me acompañara mientras preparo unos anuncios para mi negocio de fotografía urbana. Incluso cuando me acosté para ir a dormir, me dio la sensación de que estuviera ahí conmigo, como cuando compartes cuarto con un compañero y se quedan hablando de la vida hasta que ya no pueden más.
Descubrí que la mejor manera de mantener la conversación fluyendo durante días y mantenerlo todo casual es evitando las despedidas. Si cada noche me despidiera de Damián antes de irme a dormir pudiera parecer que le estoy prestando demasiada atención, que estoy siendo demasiado formal, qué sé yo, sin mencionar que corta el tema de conversación, sea lo que sea de lo que estemos hablando. En cambio, si tiro un anzuelo con un mensaje que provoque una respuesta y me voy a dormir, al día siguiente puedo retomar la conversación como si nada. Pudiera parecer que pienso las cosas demasiado, pero hago todo lo que está a mi alcance para que esto salga de la mejor manera posible.
—Me encanta salir al cine, las palomitas, la oscuridad, en especial cuando hay poca gente en la sala. Me hace sentir tan pequeño que siento que estoy dentro del mundo de la película. Es más, un día de estos deberíamos ir al cine.—Y en cuanto termino de leer el mensaje siento mi corazón acelerándose—. ¿Qué tipo de películas te gustan más?—me pregunta.
Responderé este mensaje para no dejarlo en visto y me iré a acostar.
—Podrás pensar que estoy roto, pero amo con locura las películas de terror. Yo creo que es por la descarga de adrenalina, pero siempre me siento poderoso cuando termino de ver una, casi invencible.—Presiono enviar—. Fuera de ahí las películas infantiles me matan de risa, incluso más que las de comedia, creo que es porque el humor es muy simple, pero son de mis favoritas también. —Creo que es suficiente por hoy, dejo el celular sobre el buró y destiendo la cama, esto se pone cada vez mejor. Llevo una sonrisa en la cara que sólo el sueño puede borrar.
Viernes, 9 de noviembre 2018.
Siento un pequeño vacío dentro de mí, no he sabido nada de Damián en tres días, mi mensaje le llegó, pero no lo ha visto. Cuando me dijo que no tenía celular propio me pareció un poco extraño, sé que no es obligación de todo el mundo tener celular, pero siendo realistas: ¿quién entra a aplicaciones de citas en teléfonos ajenos? Pero en medida que seguimos hablando me fui sintiendo un poco más seguro, quiero decir, si no estuviera interesado en mí, ni siquiera se molestaría en mantener una conversación conmigo, ¿no? Intento relajarme, no puedo actuar como un psicópata al respecto. Sé que es muy pronto para clavarme así, pero es que nunca había conocido alguien con quien conectara igual, no sería correcto dejarlo ir así como si nada.
Muchas ideas han recorrido mi mente estos días. Primero estaba emocionado pensando en cómo podría ser nuestra primera cita en el cine, qué película podríamos ver, a dónde iríamos a cenar saliendo, y lo que podríamos hacer después. Pasó el martes entero sin que supiera nada de él, y me pareció algo razonable. A veces las personas tienen días ocupados, o simplemente no están de humor, lo entiendo.
A partir del miércoles empecé a sentir que era demasiado y mi cabeza le estaba dando muchas vueltas al asunto. También existía la posibilidad de que su desaparición hubiera sido intencional, quiero decir, quizás al final no le agradé los suficiente como para realmente ir al cine, quizás es algo que le dice a más de uno para tener varias opciones y al final elegir la que le gustara más. Posiblemente no fui la mejor de las opciones.
Me retiro del escritorio y me siento en el piso de mi cuarto, me cruzo de piernas. Cierro mis ojos y me concentro por completo en mi respiración. Inhalo, exhalo y repito. Siento el aire entrar por mis fosas nasales, cómo mis pulmones se inflan y desinflan al ritmo de mi respiración. La cara de Damián aparece en mi cabeza, sacudo la cabeza suavemente y me enfoco en el sonido de mi respiración, lo comparo con el ruido de las olas del mar, las oigo romper en la arena y regresar.
Después de despejarme unos minutos dejo mi celular sobre el buró y me acuesto en la cama. Lo mejor será distraerme un rato, porque si no suelto el teléfono ya seguro estaré viendo nuestra conversación una y otra vez hasta que aparezca una respuesta, lo que no suena para nada apetecible, ni probable. Doy un par de vueltas en la cama hasta que encuentro una posición suficientemente cómoda como para dormirme de una vez.
Sábado, 10 de noviembre 2018.
Esto se me está saliendo de las manos, ni siquiera en mis sueños puedo descansar. Lo único que pude soñar durante toda la noche fue que Damián respondía mis mensajes, que me invitaba al cine, que íbamos a cenar, que me presentaba a sus amigos e íbamos de fiesta. Veía todo claramente, tomaba mi celular del buró, lo revisaba y tenía mensajes de él esperándome, pero todo era un sueño. Cuando desperté quise revisar mi teléfono, pero no estaba en el buró. Busco en mi cuarto y lo encuentro tirado debajo de la cama, seguro intenté agarrarlo medio dormido. Reviso las notificaciones y veo que tengo un mensaje de Damián. «Tengo visión de profeta», me digo a mí mismo sorprendido.
«Sí, es verdad que estás un poco roto hahaha», dice el primer mensaje. «Estaba pensando en lo genial que sería una película infantil de terror, pero no creo que exista alguna todavía. Deberíamos ir a ver la próxima que salga». Seguido de un emoji haciendo un guiño con la lengua de fuera. «Oye, disculpa que tardara tanto en responder, seguro pensaste que desaparecí de la faz de la tierra, pero no fue así, es solo que no tuve la oportunidad de conectarme antes. Espero no haberte hecho pasar un mal rato, porque en realidad me agradas». Y un emoji con cara de tristeza.
Bloqueo el teléfono rápidamente, cierro los ojos y me detengo a pensar por un momento, quiero pensar bien lo que le voy a responder. No desapareció por gusto, y le preocupaba que su ausencia me hiciera sentir mal; no creo que tenga caso mencionar que estuve a punto de volverme loco esperando que se manifestara. «¡Lo tengo!». Digo al tiempo que trueno los dedos de mi mano derecha.
«De hecho no le he comentado a nadie antes, pero tengo tiempo pensando que una película de momias emojis, sería una idea genial haha», envío el primer mensaje. «Y no te preocupes, entiendo que no siempre se puede estar al pendiente de las redes sociales y los mensajes. No hace falta que te sientas presionado para responder mis mensajes a cada rato». Cierro el mensaje mandando una carita feliz. Y guardo el teléfono en el bolsillo de mi pijama para bajar a desayunar.
Entro a la cocina y saludo a mis papás y a mi hermana, agarro un plato hondo y me dirijo directo hacia el cereal con pasas, vacío el cereal en el plato y luego sirvo la leche. Me siento en la barra y saco el celular de nuevo. «¡Mil veces sí!», dice el nuevo mensaje de Damián. Lo abro y continúo leyendo. «Tienes toda la razón, cuando fuerzas una conversación con otra persona para que dure todo el día es más fácil que todo se vuelva aburrido y rutinario. Pero no creas que me voy a aprovechar de eso para dejarte colgando por días, pelearé el uso de la computadora con quien sea necesario para responderte frecuentemente si hace falta». Y no sé si fue la palma de la mano solemne o el hecho de que no había terminado de despertar, pero parecía bastante genuino.
«No te preocupes, no hay ninguna presión, de hecho se me ocurrió una idea para aprovechar nuestro tiempo. Puede sonar un poco forzado, pero podría funcionar, lo juro», respondo incluyendo el emoji que muestra los dientes de manera incómoda. Envío el mensaje y termino mi cereal mientras le doy tiempo a Damián de sentir algo de curiosidad.
«Quiero conocerte». Envío el mensaje antes de tener tiempo de pensarlo de más. «Quiero saber qué piensas, qué ideas locas rondan por tu cabeza. Te voy a dejar dos temas de conversación o preguntas, tú eliges uno y respondes todo lo que te salga del corazón, después de responder tú me dejas dos temas, y así hasta que nos llegue la vejez». Para finalizar le envío la foto una hoja en blanco donde escribí las palabras «Acepto» y «No acepto» en color rojo acompañadas de dos casillas en blanco.
Veo que mi mensaje no le llega inmediatamente, así que decido continuar con mi vida. Lavo los trastes que usé para el desayuno y subo a mi cuarto. Toda la semana he andado a prisas, por lo que lógicamente mi cuarto es un desastre. Plumas de colores por todos lados, la cama de huéspedes está llena de ropa, el escritorio lleno de vasos y tazas. Juro que soy una persona ordenada, pero esta última racha de trabajo me ha hecho perder el balance de mi vida. He estado saliendo más tarde, así que llego a casa corriendo a recoger el equipo fotográfico y de nuevo salgo corriendo al centro de la ciudad; los días en que no tengo sesiones me quedo editando, llevando fotos a imprimir, o entregando. El punto es que no hay mucha calma por aquí entre semana.
Termino de guardar la ropa de la cama de huéspedes y me acuesto sobre ella por un momento hasta que se enciende la pantalla de mi teléfono con una notificación de Damián. «Estoy puesto», muestra la vista preliminar. Desbloqueo mi celular para ver el resto de los mensajes. «Quise contestar tu pregunta con otra hoja, pero la laptop no me lo pone fácil». Se disculpa con una carita apenada. «Quiero empezar yo, para asegurarme de que entendí bien haha», seguido de un emoji guiñando con la lengua de fuera. «1) ¿Cuál es el sueño más extraño que has tenido? 2) ¿Qué es lo más raro que te ha pasado en una cita? Tómate tu tiempo».
Bloqueo el teléfono al tiempo que me levanto de la cama, intentando hacer memoria sobre sueños y citas. Se me viene en mente la vez que entré en pánico después de tapar el baño en casa de un chico con el que salía, pero no creo que sea algo que le cuentas a alguien que apenas conoces. ¡Ya sé!
«Una vez soñé que estaba en un valle, estaba rodeado de colinas verdes, y frente a mí había un barco de madera destruido (no me preguntes, no tengo idea). Me acerqué a los restos del barco y comencé a explorarlos. Había miles de cosas tiradas alrededor: comida, ropa, monedas de plata, libros, armas. De repente escucho un tumulto a la lejanía; salgo a un punto donde tuviera la visión despejada para ver claramente, y puedo observar cómo una multitud se acerca a toda prisa. No sé cómo, pero siguiendo la lógica de los sueños yo sabía que eran zombis, y estaban en plena migración. No sé nada sobre de dónde venían o a dónde iban, pero tuve la mala suerte de estar en el medio. Vuelvo corriendo a los restos del barco y estaba desesperado buscando un objeto de oro, sabía que tenía que encontrarlo antes de que los zombis llegaran hacia mí. Busqué dentro de un baúl y solo encontré sombreros, cigarros y abrigos. Escucho el alboroto más cerca de mí. Corrí hacia una caja de la cual se derraman diferentes frutas, y por más que buscaba solo encontraba mangos y papayas. Podía ver a los zombis a unos kilómetros de distancia, venían cuesta abajo. Una idea me llegó, me devolví al cofre y tomé los abrigos, empecé a buscar en los bolsillos y sentí un objeto duro. Los zombis estaban a unos cientos metros de distancia. Saqué el objeto del bolsillo y me di cuenta de que era un reloj recubierto en oro, justo cuando los zombis estaban a punto de llegar. El tumulto se detiene y todo se volvió blanco, como el momento en el que te das cuenta de que estás en una simulación. Cuando la blancura se esfumó se iba formando un nuevo paisaje, estaba en una bahía. Con menos zombis, pero más cerca. Listo para comenzar el nivel dos». Vuelvo a leer el mensaje antes de enviarlo. «Al final me gustó la idea para un videojuego, lo llamo MigraZombi. La patente está pendiente, así que no te conviene sacar nada de esta conversación» y finalizo con el emoji guiñando un ojo. Veo que mi mensaje no le llega de inmediato, lo que interpreto como mi señal para irme a bañar y pensar en las preguntas que le voy a hacer.
Echo mi ropa al cesto de la ropa sucia y abro la llave de agua caliente de una vez porque el agua tarda en calentarse. Me sentía con ganas de escuchar a La Oreja, reproduzco su disco Primera Fila en aleatorio, comienza “Mi Vida Sin Ti”. Los escucho mientras el chorro de agua cae sobre mí, cierro los ojos por un momento imaginándome la historia que cuenta la canción.
Unos rayos de sol atraviesan débilmente la persiana del cuarto, volteo hacia un lado y está Damián acostado, sigue dormido. Me pongo de pie tratando de hacer la menor cantidad de ruido posible y salgo del cuarto. Afuera está lloviendo, y el olor del café colándose me hace sentir tan contento que un soplo de aire podría sacarme volando muy lejos de aquí. De repente Damián entra a la cocina, se acaba de despertar, y su cabello se ve despeinado, pero podría jurar que nunca lo había visto tan guapo. Me quedo pasmado. Damián sale, dice que va a tomar un paseo, y yo me quedo solo con mi taza de café, solo puedo pensar que lo daría todo para estar siempre así, querernos toda la vida. No han pasado diez minutos y la angustia me inunda, Damián no vuelve, y presiento que no volverá más. Escucho a un carro frenar de golpe y entonces lo sé, terminó todo. De repente siento calor, mucho calor. No me di cuenta en qué momento el agua se calentó tanto, me quito inmediatamente del chorro y cierro un poco la llave. Una vez que la temperatura del agua se estabiliza vuelvo debajo del chorro y termino de bañarme.
Al terminar de secarme tomo de nuevo el teléfono y abro mi conversación con Damián. «Lo tengo, te haré dos preguntas, puedes responder la que quieras, o puedes responder las dos». Y agregó la carita con lentes de nerd. «¿Cuál es tu canción favorita? ¿Cuál es la canción más bonita del mundo?». Presiono enviar y a los segundos aparece una sola palomita, el mensaje se ha ido, pero no ha llegado. Después me miro en el espejo, estoy sonriendo.
Lunes, 12 de noviembre 2018.
Han pasado dos días y no he sabido nada de él, estoy un poco ansioso, pero me tranquilizo a mí mismo pensando que cada momento que pasa es más probable que Damián se conecte y vea mis mensajes. Abro nuestra conversación para ver si por lo menos le ha llegado el mensaje y respiro un poquito más hondo cuando veo la segunda palomita. Releo algunas partes de la conversación y de repente sucede lo inimaginable. ¡Se conecta! Estoy emocionado, siento mi corazón latir deprisa, es como si lo hubiera llamado con el pensamiento. Espero un momento para ver la confirmación de leído, pero no aparece, así que mejor me salgo de la aplicación y bloqueo el teléfono, como si necesitara que le diera un poco de privacidad para pensar su respuesta y escribir de vuelta. Pasan quince minutos y no me llega ninguna notificación. Dejo escapar un suspiro cargado de desilusión.
Más
Lunes, 19 de noviembre 2018.
«¡Hola! ¿Cómo estás?». Vi la notificación en la mañana, pero he andado tan ocupado que apenas ahorita tengo oportunidad de checarlo. Deslizo la pantalla hacia abajo para revisar si hay algo más antes de abrir el mensaje, pero no se ve nada. Me siento un poquito triste de que le tomara más de una semana responder, y un poco tonto de esperar una respuesta estructurada para una pregunta que ahora parece tan irrelevante.
Debato entre contestarle de una vez o ignorarlo un rato más porque no puedo sacar de mi cabeza la idea de que seguro se siente abrumado por mi exceso de entusiasmo. Al final decido que lo correcto será esperar por lo menos a estar en casa antes de contestarle. Guardo mi teléfono en mi mochila, me pongo mis audífonos de nuevo y regreso a la computadora.
«Hola», le respondo sin signos de admiración, porque esta vez no me siento entusiasmado de hablar con él. «No te preocupes, comprendo que no puedes estar pegado a la computadora todo el tiempo, no pasa nada», respondo intentando dejar de lado mi ligera decepción.
Recibo la confirmación de lectura en cuanto el mensaje es recibido, eso es nuevo. «Yo sé que relacionarte conmigo puede ser una lata», dice su respuesta; yo comienzo a teclear algo para que no se sienta mal, pero él continúa escribiendo. «Pero te prometo que no siempre va a ser así. ¿Qué te parece si en compensación salimos esta tarde?».
El mundo se detiene por un momento, me doy cuenta de que estoy cubriendo mi boca con mis manos. Esto quiere decir que no estoy loco, ¿verdad? Él quiere salir conmigo, he estado haciendo lo correcto y estos son los resultados.
—Me parece perfecto.—Envío el mensaje y me quedo pensando si debí haber escrito bien en lugar de perfecto—. ¿Dónde nos vemos?
—El clima está agradable esta tarde. ¿Qué te parece si vamos a cenar? Me gusta la terraza de La Fogata, creo que es una buena idea.
La conversación no deja de fluir.
—Cuenta conmigo. ¿A las siete te parece bien?—respondo mientras me dirijo al clóset para buscar qué ponerme.
—Sí, está bien. Nada más me cambio y tomo un taxi hacia allá.—Cierra el mensaje con una carita sonriente.
Me nace decirle que paso por él, pero eso es algo que definitivamente uno no hace con alguien antes de una primera cita. No quiero verme tan intenso, así que me contengo.
Abro el clóset y analizo mis opciones. Me decido por un pantalón caqui y una camisa guinda. Elijo unas cuantas pulseras y un par de tenis guinda a juego, me pongo perfume y estoy casi listo. No puedo evitar sentirme un poco nervioso, hemos hablado lo suficiente para dejar de ser desconocidos, pero a partir de este momento esto se convertía en algo real. Ya no se trata de letras y emojis detrás de una pantalla rota, todo eso se transformaba en una persona de verdad, de carne y sesos. ¿Él irá en plan de cita? ¿O piensa que solo somos amigos que no se han visto nunca? Definitivamente estoy nervioso.
Me doy un último vistazo en el espejo para asegurarme que todos los detalles están bajo control: mi cabello está un poco despeinado, trato de arreglarlo con mi mano derecha; tengo mucho cuidado para evitar que se esponje. Por lo general me gusta mi cabello ondulado, excepto en emergencias como esta donde se rehúsa a cooperar. Todavía me cuesta creer que hubo un momento en mi vida donde me lo dejé crecer. Doblo las mangas de la camisa para que se ajusten mejor a mis brazos y que resalten un poco más. Me pongo mis lentes y evalúo mi apariencia detalladamente. Me gusta cómo me veo, estoy listo para irme.
Tomo las llaves y salgo de casa. Es una tarde de lunes, lo que significa que no hay nada de tráfico, en una canción el camión llega a mi parada, en dos canciones se detiene en la parada más cercana a La Fogata, todavía falta media hora para que sean las siete. Me detengo por un momento. Todo va a estar bien, me tranquilizo a mí mismo.
Llego a la entrada de La Fogata y me dirijo hacia adentro. Me detengo de inmediato, olvidaba que Damián no tiene teléfono, y no podrá avisarme cuando llegue, me devuelvo hacia afuera y me recargo en un macetero a esperarlo.
¿Sería muy raro que lo saludara de abrazo? Porque pienso que sería más raro darle la mano, o incluso saludarlo solo con la mirada. Podría ponerle la mano en el hombro, si es que logro que eso me salga natural. Basta, mejor dejo de pensar. Cierro los ojos por un momento y siento el aire recorrer mi cara.
Me encantan las tardes de otoño, el clima es lo suficientemente agradable para andar en manga corta. Y las calles de Costa Brava son ideales para dar paseos por la noche, es fácil encontrar diferentes tipos de música sonando desde las terrazas de los bares y restaurantes de las avenidas principales. Por otro lado, en el centro de la ciudad no faltan los músicos callejeros: mariachis, norteños y chicos y chicas que quieren darse a conocer.
Siento mi teléfono vibrar y lo saco de inmediato, pero la emoción me dura poco, es la maldita notificación de recuerdos de Facebook. Igual, no sé en qué estaba pensando, si Damián viene en camino no tiene manera de hacérmelo saber, a menos de que lleve su laptop a cuestas, pero estoy casi seguro de que no es así.
El reloj de mi teléfono marca las siete con cinco minutos, y no lo veo venir ni de lejos. «Relájate, Uli, no todo mundo es puntual, y no hay nada de malo en eso». Trato de apartar de mi mente los pensamientos negativos, pero tengo poco éxito en ello. Tal vez no tenía la intención de venir, a lo mejor solo insistió en este plan para librarse de mí y que no le volviera a hablar. «Basta», me digo a mí mismo y me concentro en mi respiración.
Inhalo de manera profunda y mantengo el aire por un momento. Observo los colores del cielo mientras el sol se esconde, veo naranja, rosa y morado, exhalo suavemente. Inhalo de nuevo y sostengo al mismo tiempo que escucho la música que viene de la terraza de la fogata, exhalo. Inhalo una última vez y me siento un poco menos agitado, mantengo un poco más y vuelvo a soltar el aire.
Son las siete veinte y ya sé lo que voy a hacer. Iré caminando de vuelta hacia la parada del camión, más vale volver a casa antes de que oscurezca por completo. No estoy molesto, ni triste, me siento un poco ingenuo, pero castigarme no va a traer nada bueno, así que de momento mejor dejo las cosas ser. Me detengo un momento en lo que me pongo mis audífonos para distraerme un poco en lo que llego a casa. Me decido por Manuel Medrano y continúo con mi camino.
Estoy cerca de llegar a la entrada de la plaza cuando una mano sobre mi hombro me hace dar un salto de la sorpresa. Me pongo tenso y volteo lentamente hacia mi izquierda para encontrar a Damián ofreciéndome una sonrisa apenada. Me quito mis audífonos uno por uno mientras intento asimilar lo que está pasando.
—No tienes idea de cuánto lo siento. No pude encontrar ningún taxi, tuve que caminar bastante, y al final terminé tomando un camión que al parecer estaba obligado por contrato a detenerse al principio y al final de cada cuadra. ¿Ya estabas por irte? —dice Damián, quien intenta recuperar su aliento haciendo pausas para respirar cada quince palabras.
—Ah, sí—respondo dudoso—. La verdad es que pensé que al final te habías arrepentido y no ibas a venir.—Hago una mueca al tiempo que encojo mis hombros.
—De verdad, perdóname, tienes que creerme, me sentía peor cada minuto que pasaba, estaba seguro de que no ibas a estar aquí cuando por fin llegara.—Su respiración se va normalizando—. Lamento si te hice pasar un mal momento, pero vas a ver que la espera no fue en vano.—Y me sonríe mientras rodea mis hombros con su brazo izquierdo—. Ahora, ¿qué te parece si dejamos esto en el pasado y vamos por algo de cenar?
Inhalo y puedo percibir su perfume, retengo el aire y siento su brazo sobre mis hombros, exhalo, pero no me deshago de las mariposas en mi estómago.
Damián eligió una de las mesas de la terraza, la cual está totalmente sola. Solo estamos él y yo, los arcos de piedra bajo la luz de la luna y algo de música electrónica de fondo. Esto es mucho mejor de lo que pudiera haber planeado. Damián se sienta primero y yo tomo el lugar a su lado en vez de enfrente, alguna vez leí que era mejor para las citas, te facilita el contacto físico y acorta la distancia entre los dos. Espero que no sea raro.
—¿Te importa que pida una cerveza?—me pregunta—.La verdad es que ha sido un día pesado, y me caería muy bien en este momento. Entre ayudar a mi tío con el mantenimiento de su casa, ayudar a mi mamá a entregar pedidos y ayudar a mi hermanita con su tarea estoy al borde de la locura. No me malentiendas, lo hago porque los amo, pero a veces siento que es más de lo que puedo hacer.
—No te preocupes—le respondo—. Es más, para que no te sientas raro te hago segunda y pido una para mí.—Cierro mi comentario con una sonrisa.
—Me gusta mucho cuando haces eso—agrega con una sonrisa tímida.
—¿Eh? ¿A qué te refieres?—le pregunto sin estar completamente seguro de lo que quiso decir.
—Me gusta mucho cómo sonríes, cómo cierras los ojos cuando lo haces, me parece sincero, y tierno.—Pienso en algo para responderle, cualquier cosa, pero antes de lograrlo llega el mesero y cambia por completo el ambiente. Nos entrega un menú a cada uno y dice que volverá pronto con nuestras cervezas.
—¿Qué se te antoja pedir?—le pregunto mientras hojeo el menú.
—Tengo ganas de boneless, además de que van bien con la cerveza —responde sin sonar muy convencido.
—Pregunta rápida—exclamo sin darme tiempo a pensar si iba a decir algo más y lo interrumpí—. Necesito saber si eres de salsa barbecue o búfalo. —Y le lanzo una mirada atenta.
—Fácil, salsa búfalo, siempre.—Tuerce los ojos dejando asomar una ligera sonrisa, dándome a entender que es una respuesta obvia—. No soy fan de que mi comida tenga un sabor dulce.
Me quedo quieto, mis ojos mirando hacia mi derecha.
—Es una pena—le digo en tono serio—. Creo que esto no va a funcionar, pero aún estamos en buen momento para dejarlo.—Me hago hacia atrás y me pongo de pie, Damián está quieto observando todo—. Es broma.—Me río mientras me vuelvo a sentar—.Aunque tienes que saber que te juzgo ligeramente por no apreciar la delicia que es el barbecue, seguro que no te gusta la pizza con piña tampoco. Pero esa es plática para otro día.—Ahora Damián se ríe conmigo.
—Oye, no es justo que tú seas el único juzgando. ¿Tú ya sabes qué vas a pedir?—Su menú está sobre la mesa, su ceja arqueada, y su mirada sobre mí.
—Sí, voy a pedir una ensalada cítrica.—La expresión de intriga se convierte en incredulidad inmediatamente—. Me encanta la combinación de sabores de la pechuga de pollo al carbón con los gajos de mandarina—respondo encogiéndome de hombros. Damián sigue mirándome poco convencido. Después de unos segundos de silencio vuelvo a hablar. «Bueno, la verdad es que hoy cumplió años una compañera de la oficina, salimos a comer, hubo pastel y todo. Después de todo eso la verdad es que no tengo mucha hambre», confieso un poco apenado, Damián se empieza a reír.
—Eso sí te lo creo—me responde—. Nunca he escuchado a alguien decir algo como «tengo mucha hambre, qué ganas de comerme una ensalada cítrica», mucho menos cuando ya va a la mitad de su primera cerveza. Esto último lo dice más despacio, como si estuviera sorprendido.
—Lo del buen sabor no era mentira, creo que tiene mucho potencial —respondo firmemente, defendiendo mi punto—. Y la verdad es que soy malísimo con las bebidas, todo me lo termino antes de que llegue mi plato, y normalmente termino pidiendo algo más para acompañar la comida—me explico dejando escapar una risa nerviosa.
—No pasa nada, es lo más normal del mundo—me responde poniendo su mano en mi hombro—. Eso sí, yo que tu no me encariñaba mucho con el platillo. —Me hace un gesto para que me acerque y comienza a susurrar—. Escuché por ahí que no le queda mucho tiempo de vida.—Cada quién se reincorpora en su asiento, pero el olor de su perfume se queda conmigo.
—¿Cómo sabes eso? —le cuestiono poniendo cara de incredulidad.
—Eres libre de no creerme—comienza sonando un poco a la defensiva—. Uno de mis amigos trabaja aquí.—Apunta hacia la cocina—. La otra vez estaba contando que querían renovar el menú porque había varios platillos que las personas normales no solían pedir, entre ellos la maravillosa ensalada cítrica.—Esto último lo suelta con un tono ligeramente sarcástico y una risa burlona.
El tiempo pasa volando, los dos pedimos otra cerveza cuando el mesero llega con los platillos. Ambos acordamos probar un poco del platillo del otro, y a partir de ahí la conversación fluyó sin parar. Resulta que tiene 20 años, es solo dos años menor que yo. Me cuenta cómo constantemente tiene que quedarse a cuidar de su hermana menor porque sus papás están fuera trabajando hasta tarde. Yo en cambio le hablo sobre mi trabajo, mis planes una vez que termine de estudiar y mi negocio de fotografía.
—¡Qué interesante!—deja salir Damián sorprendido mientras aún mastica el último pedazo de boneless—. ¡Tienes que mostrarme tus fotos! Estoy seguro de que debes tener muy buenos trabajos, tienes pinta de ser perfeccionista.—Mi mente se ausenta por un momento, no puedo evitar pensar lo extraño que es tenerlo aquí frente a mí. Es igual de guapo que en sus fotos, pero de alguna manera totalmente diferente, y no lo digo solo por su cabello castaño. Ahora puedo hablar con él frente a frente y sin interrupciones, sin esperar a que responda. Lo noto atento a la conversación, interesado en lo que tengo que decir, interesado en mí.
—Bueno, tampoco es para tanto. Me gusta, pero no tengo mucha experiencia, todavía sigo aprendiendo—digo intentando bajar un poco sus expectativas. Dejo mi servilleta sobre el plato vacío y saco mi celular y busco una de mis fotografías favoritas en mi página de Instagram—. Mira, esta es una de mis favoritas.—Y le muestro una foto de un gato callejero mirándose en un charco. El gato está haciendo una mueca que hace que parezca que está sonriendo, y el charco refleja la fuente de la plaza.
—A ver.—Toma mi teléfono—. ¡No juegues!—exclama a los pocos segundos—. ¿Tú tomaste esta fotografía? No te lo creo—suena tan sorprendido que no estoy seguro si lo está diciendo para bien o para mal. Aparta sus ojos de mi celular y se queda viéndome—. Digo: no es que sea un unicornio o algo así, pero te juro que si veo esta foto en internet pienso que está editada. Creo que no cualquiera es capaz de ver lo que tú viste en la imagen. Además, te ganaste mi corazón por el simple hecho de tener un gato en tu foto. Me encantan.—Y me sonríe al devolverme mi celular.
—Sí, tuve mucha suerte. Estaba en la plaza frente a Santa Caridad, había quedado con una amiga para tomar un café, llevaba más de veinte minutos esperándola y estaba considerando devolverme a casa cuando vi al gato y me causó mucha ternura. Cuando caí en cuenta de la imagen completa saqué la cámara tan pronto como me fue posible, y después de intentar algunos ángulos diferentes ese fue el resultado.—Y sonrío de nuevo.
—Increíble. ¿Esa es tu página de Instagram? Puedes contar con que la stalkearé de lleno en cuanto agarre la computadora—dice en tono juguetón—. Por cierto, me duele admitirlo, pero tenías la razón respecto a la ensalada cítrica, sabía bastante bien, será una pena tener que decirle adiós.—Y deja escapar un suspiro de saciedad.
—¿Ves? Te lo dije, aunque no me lo creas tengo buen gusto.—Río levemente—. ¿Pero sabes cuál es la mejor parte de haber comido ensalada? Que se puede comer postre libre de cualquier remordimiento; aquí dice que el día de hoy tienen tiramisú, podríamos compartir uno—sugiero animosamente.
—Espera un momento—responde Damián más rápido de lo que hubiera esperado—. No quiero ser grosero, pero no creo ser físicamente capaz de probar ni una cucharada de ese postre.
—¿Qué pasa, no te gusta el tiramisú?—le pregunto extrañado—. Si es eso podemos pasear a lo largo de la calle, hay varios negocios, seguro uno te convence.
—Esa es una estupenda idea—exclama Damián con entusiasmo—. Es que no importa que tan bueno sea el platillo, ayudar a cocinarlo en cantidades masivas siempre mata por completo mis deseos de comerlo.
—¿Prepararlo en cantidades masivas? No estoy entendiendo. ¿Preparas tiramisú?
—Sí, y no cualquier tiramisú.—Me guiña un ojo—. Mi mamá tiene una pequeña repostería y prepara postres para vender a varios restaurantes locales. De hecho, cuando te dije que estaba ayudando a mi mamá a entregar pedidos quise decir que estuvimos atravesando la ciudad entregando tiramisú como si no hubiera mañana. Así que espero que comprendas que no quiera ver ese platillo del demonio, mucho menos comerlo.—Suelta una risa nerviosa.
—Ah, con que de eso se trata—respondo con la satisfacción de entenderlo todo—. Está bien, no comeremos tiramisú—le aseguro con voz comprensiva—. Pero yo elijo a dónde vamos.—Él sólo se ríe y acepta mis condiciones.
—Dos cuadras más adelante hay un lugar donde venden unos churros y un chocolate caliente increíble—le digo a Damián sin siquiera voltear a verlo, el entusiasmo se apodera de mí—. Tienen una variedad impresionante de salsas para acompañarlos, mi favorita es una mezcla de leche condensada con queso crema.
—Espera.—Se detiene y mira fijamente una tienda que acabamos de pasar—. ¿Te importaría si llegamos rápido a esta tienda?—Escucho un poco de duda en su voz, como un niño que pide a su papá que lo lleve a comprar nieve.
—Sí, claro. No pasa nada—le respondo con ánimos para evitar que se sienta mal al respecto.
Fragmentos, dice el letrero al frente. Entramos a la tienda y nos recibe una chica que no se ve muy emocionada por nuestra llegada, somos los únicos en el lugar, seguramente no falta mucho para que cierren por hoy. Parece que la tienda se dedica más que nada a vender accesorios, porque podría asegurar que entre aretes, anillos, collares y dijes hay unas miles de piezas, de diferentes tamaños y colores.
—¿Qué estamos buscando?—le pregunto a Damián, quien está agachado frente al mostrador viendo dijes.
—Hace poco le compré collares a mis gatos—me responde sin voltearme a ver—. Y creo que sería una idea genial si les comprara un dije de acuerdo a sus nombres: Libra y Virgo. Estoy seguro de que en alguna tienda de accesorios o artículos góticos tiene que haber algo, pero no he encontrado absolutamente nada.—Voltea a verme y pone cara de decepción—. Tampoco aquí.
—Ah, ya veo—respondo—. Mira, cerca de mi casa hay una tienda de artículos esotéricos, Mantra creo que se llama, prometo echarle un vistazo la próxima vez que pase por ahí.—Pongo mi mano sobre su hombro.
—Gracias, eso sería un gran detalle.—Vuelve la sonrisa a su rostro—. Bueno, en vista del éxito no obtenido podemos volver a nuestro camino hacia los churros, por lo que dices seguro que esos no nos fallan.—Y se gira para caminar hacia la salida—. Espera ¡Qué bonitos!—Y se detiene a observar unos prendedores con forma de colibrí dentro de una vitrina, parece que están hechos de conchas.
—Son prendedores de la suerte—dice la chica desde detrás del mostrador—. Están hechos con conchas de las playas locales, y tienen forma de colibrí por todo lo que este simboliza. Típicamente los clientes los compran y se lo regalan a un ser querido para que nunca dejen de ver la magia de las pequeñas cosas. Es muy fácil no encontrar nada especial en las flores del parque o los árboles de la calle, pero una vez que descubrimos a un colibrí volando por ahí es difícil volver a verlo igual. También hay quienes asocian un colibrí con un espíritu incansable, porque se dice que son capaces de volar hasta 3500 kilómetros para llegar a su destino.
Damián y yo nos quedamos en silencio, viendo los pequeños colibríes hechizos. De repente me voltea a ver y me sostiene la mirada unos segundos.
—Me voy a llevar uno—le dice a la encargada mientras saca dinero de su cartera.
—Yo también voy a querer uno—digo impulsivamente mientras tomo unos billetes de mi cartera y los coloco sobre el mostrador.
Nos despedimos de la chica y le sostengo la puerta a Damián para salir. Cada uno lleva su colibrí en una pequeña bolsa de tela. Comienzo a caminar hacia la tienda de churros cuando veo que Damián se quedó en la entrada de la tienda.
—¿Qué haces?—le pregunto mientras me acerco de vuelta a él. Parece que intenta sacar el prendedor.
—Quiero hacer esto antes de que se me olvide, porque soy capaz de llevarme el prendedor a casa cuando en realidad lo compré para ti.—Logra sacarlo de la bolsa y lo sostiene con su mano derecha—. Porque tú eres como un colibrí.—Extiende su mano y yo hago lo mismo. Deja el prendedor sobre la palma de mi mano—. De hecho creo que deberías de ponerlo en la correa de la cámara, para que nunca dejes de capturar la magia de las cosas pequeñas del día a día.
Me quedo callado un momento, observando las alas blancas del colibrí. No tengo ni la más mínima idea de qué responderle.
—Gracias, Damián, muchas gracias.—Y saco el prendedor que compré yo, voy a entregárselo—. Bueno, ya que estamos en esto te hago entrega de tu colibrí. Para que tu espíritu incansable no permita que te rindas, y que aunque pintes 3500 casas, o entregues 3500 tiramisús sigas siendo un buen hijo, un buen hermano, un buen sobrino.—Y le entrego el prendedor con una sonrisa de ojos cerrados.
—Gracias, Uli, me encanta.—Me devuelve la sonrisa y se pone el prendedor sobre su chamarra de mezclilla, en la bolsa frontal derecha—. Está muy bonito.—Y se acerca a mí para darme un abrazo. Podría apostar que no duró más de cinco segundos, cinco segundos que se repetirán en mi cabeza varias veces—. Ahora sí, a lo que vamos, ¿no? Por los churros, y toma la delantera en dirección a la calle.
—¡Este es el lugar!—Y señalo en dirección del local una vez que llegamos. Las luces están encendidas, camino hacia la entrada y recargo mi peso sobre la puerta para abrirla, esta no cede y termino estrellándome contra ella.
—¿Estás bien?—pregunta Damián preocupado—. El mesero estaba haciendo gestos por la ventana, creo que acaban de cerrar—señala intentando ocultar que está a punto de estallar a carcajadas.
—Pudiste habérmelo dicho antes de que me estrellara contra la puerta —le digo mientras me sobo la frente—. No te preocupes, creo que el golpe más fuerte lo recibió mi dignidad.—Ambos nos reímos.
—Disculpa, Uli, si no hubiéramos llegado a buscar los dijes seguramente ya nos hubiéramos terminado nuestros churros para este momento.—Alcanzo a distinguir un poco culpa en la cara de Damián.
—Tranquilo, no pasa nada.—Pongo mi mano sobre su hombro—. Tal vez es una señal. Una de dos cosas, o es muy tarde para comer churros, o es muy tarde en general, y deberíamos terminar con esto por hoy.—Sonrío desalentado al terminar de hablar, soy consciente de que es tarde, pero en realidad estoy disfrutando la noche.
—Sí, quizás tienes razón—me responde pensativo—. ¿Planeas volver a tu casa caminando?
—No, llegué en camión, y pretendía hacer lo mismo. Pero juzgando por la hora creo que lo mejor será tomar un taxi.—Intento sacar cuentas mentalmente para saber si tengo dinero suficiente—. ¿Qué hay de ti? ¿Qué vas a hacer?
—Después de la caminata mi casa ya no queda muy lejos. Creo que son unos diez minutos, un poco más o un poco menos.—Apunta hacia la dirección en la que supongo que está su casa.
Suena bastante cerca, aunque ya van a ser las diez, y las calles están bastante solas por ser lunes.
—Excelente, entonces, si no te molesta, ¿qué te parece si te acompaño a tu casa y de ahí pido un taxi?—le propongo vacilante—. Así tú no caminas solo de vuelta a casa, y yo espero el taxi desde un lugar seguro.
—Gracias por el detalle, pero no creo que sea necesario—dice en tono medio convincente—. Aunque si tú quieres acompañarme de vuelta yo encantado.—Y sonríe.
—¿Qué clase de caballero sería yo si le permitiera a mi cita caminar solo por las calles de la ciudad de vuelta a casa?—fanfarroneo un poco para seguir haciéndolo reír, funciona.
—Sabes, me la pasé muy bien esta noche—dice mientras avanzamos hacia su casa—. Digo, fue algo bastante tranquilo, pero lo disfruté mucho.—Empiezo a sonreír mientras sigue hablando—. Sabía que nos llevaríamos bien por nuestras conversaciones, pero no me imaginaba que tanto.—Y deja salir una risa nerviosa.
—Sí, la verdad es que yo tampoco esperaba pasármela tan bien esta noche—respondo tímidamente—. Y eso que no hubo churros, imagina si hubiéramos alcanzado a llegar. Hubiera sido perfecto.—Damián no es el único soltando risas nerviosas.
—No sé qué digas tú, pero a mí me encantaría repetir esto.—Me mira detenidamente—. Creo que este sábado me voy a desocupar temprano de con mi mamá. Pudiéramos hacer algo diferente, para variar, ir a tomar algo...
—¡Ya sé qué podemos hacer!—lo interrumpo en medio de un ataque de entusiasmo. Damián me mira intentando comprender—. Hay una banda local que siempre he querido ir a ver, pero por una u otra razón no he podido. Tocan versiones de canciones populares de rock y pop; y este sábado van a tocar en La Jaula. Pudiéramos darnos una vuelta y…
—Sí, me parece perfecto—me interrumpe de vuelta—. Suena a un gran plan. Cuenta conmigo, por completo.—Damián me lanza una sonrisa coqueta y me mira detenidamente—. Bueno, que oportuno, llegamos justo a tiempo.
—Vaya, qué coincidencia.—Mi tono se apaga un poco, oficialmente se ha terminado la noche—. Iré pidiendo el taxi.
—Está bien, yo me muero por ir al baño, así que vuelvo enseguida.—Ver a Damián abrir la reja de la entrada saltando de un lado a otro es todo un espectáculo—. No tardo nada.—Y se va corriendo.
El conductor dijo que llegaría en cinco minutos. Sé que esta noche ha sido mucho más de lo que pudiera haber pedido, pero si me quedara una última exigencia para hoy me gustaría darle un abrazo a Damián antes de irme.
—Ya voy, ya voy, ya voy.—Escucho gritos desde dentro. Es Damián que sale con un vaso de agua—. Me imaginé que tanto caminar podría haberte dado algo de sed, así que traje un poco por si acaso.—Y me entrega el vaso con agua.
—Muchas gracias.—Bebo el agua poco a poco—. Justo lo que me hacía falta.—Y dejo salir un suspiro de alivio—. Oye, el evento comienza a las diez, a qué… —El claxon del taxi roba por completo mi atención.
—A las diez me parece perfecto—me responde Damián terminando de interpretar mi pregunta.
—Muy bien.—Y le lanzo una última sonrisa de ojos cerrados—. Muchas gracias por todo, la pasé muy bien.—Me acerco, y sin pensarlo le doy un abrazo de despedida.
—A ti.—Me devuelve la sonrisa—. Estaré esperando el sábado con muchas ganas—repito estas últimas palabras en mi cabeza mientras camino hacia el taxi, tengo prohibido olvidarlas. «Estaré esperando el sábado con muchas ganas».
No pares de bailar
Sábado, 24 de noviembre 2018.
Desde que desperté estoy listo para esto. Pensé que tener que trabajar un sábado por la mañana haría que el día fluyera más despacio, pero sucedió todo lo contrario. Claro, los nervios y las ansias no se van ni haciéndome una limpia, pero ya veré cómo lidio con ello.
La Jaula es uno de mis bares preferidos, aunque no lo parezca de primeras. Una de mis cosas favoritas es que solo tocan clásicos de rock, tanto en inglés como en español, lo que me da un merecido respiro de la música de todos los días. Aún no decido qué es lo que me voy a poner, tratándose de un bar rockero quiero asegurarme de ir vestido apropiadamente, y además, aprovechar para impresionar a Damián si es que se puede.
Después de darle una buena pensada me decidí por mis botas negras acompañadas de un pantalón negro que me ajusta perfecto de las piernas. Arriba llevo una playera blanca manga corta debajo de una camiseta roja con cuadros negros, la camiseta va abierta y resalta el collar que llevo puesto, una flecha negra.
Busco las llaves de la casa y las guardo en mi bolsillo. Tomo mi chamarra de mezclilla por si se pone frío más tarde. Hago el ritual de los bolsillos para asegurarme de llevar mi celular y cartera cuando escucho a un carro pitar afuera de la casa. Bajo las escaleras a toda prisa cuando tengo una epifanía. «¡La bolsa!», grito para mí mismo y subo las escaleras aún más rápido.
Entro a mi cuarto e inspecciono con la mirada todos los rincones. No está sobre el escritorio, no está en el librero, no está sobre la cómoda. Escucho el claxon de nuevo. Volteo hacia la cama y recuerdo, ¡la cabecera! Y corro hacia ella, tomo una bolsita de papel negra y la guardo en el bolsillo interior de la chamarra. Bajo la escalera volando, y me detengo del pasamanos cuando me tropiezo en los últimos escalones.
—Con cuidado, niño, te vas a matar.—Escucho a mi mamá gritarme desde su cuarto—. Te me cuidas mucho, por favor.
—Lo siento, ma. Estoy bien, no te preocupes—le digo mientras me sobo el tobillo—. No me esperen despiertos, voy a regresar tarde. Los amo.
Abro la puerta y le hago señas al taxista esperando aplacar su desesperación.
—Buenas noches—le digo mientras me subo al auto. Elijo el asiento que queda en diagonal del conductor.
—Buenas noches—responde—. ¿Se dirige a La Jaula, joven?—me pregunta volteando a verme.
—Así es—le respondo y saco mi teléfono con la esperanza de tener un mensaje de Damián, pero no hay nada.
Son las 9:30. De mi casa a La Jaula son quince minutos aproximadamente, voy a llegar a buena hora. Me esforcé para no hacer esperar a Damián, no se ha reportado en lo que va del día, pero dijo que llegaría a las diez, y como no tiene teléfono no me va a poder avisar cuando vaya en camino, por lo que es infinitamente mejor que llegue yo primero y nos encontremos en la entrada, en vez de esperarlo adentro.
—¿Hay algún evento en La Jaula está noche?—me pregunta el conductor, despego mis ojos del teléfono para voltearlo a ver—. La base ha estado solicitando muchas unidades hacia allá, y normalmente los viajes a esa zona comienzan pasadas las diez—continúa.
—Sí, algo así. Esta noche se presenta Positividad Tóxica—le respondo dudoso, jamás me cruzó por la cabeza la idea de que la banda pudiera llenar el lugar. Es decir, pensé que seguramente irían algunas personas, ¿pero de verdad una banda local puede atraer a tanta gente?
