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Desde la Antigüedad hasta nuestros días, múltiples denominaciones y descripciones erróneas del clítoris evidencian un sesgo androcéntrico en la visión del cuerpo y de la sexualidad de las mujeres. El clítoris permanece envuelto en un misterio propicio a fantasías e ideas preconcebidas. Se ha afirmado que fue descubierto en el Renacimiento y que su parte interna no se habría descrito hasta 1998. Algunos lo han concebido como el pene de la mujer. A través de un fino análisis histórico y anatómico acompañado de ilustraciones y numerosos ejemplos, Sylvie Chaperon y Odile Fillod desmontan numerosas creencias comunes sobre el clítoris, un órgano que ha sido reivindicado por el feminismo del último tercio del siglo XX y del que se vuelve a hablar actualmente en las redes sociales, en las iniciativas artísticas y pedagógicas y en los movimientos de mujeres.
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Seitenzahl: 170
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Sylvie Chaperon y Odile Fillod
Lo que nos han contado sobre el clítoris
Historia y anatomía políticade un órgano desconocido
Traducción de Magalí Martínez Solimán
¿Por qué escribir este libro? ¿Acaso no se han abordado ya profusamente en los últimos años las creencias comunes sobre el clítoris y no se han erradicado debidamente las que eran falsas?
De hecho, hemos admitido que el clítoris no es únicamente el pedacito de carne, visible en la parte superior de la vulva, que creíamos conocer, ni la especie de haba que figura en algunos libros de texto, que presentan un corte sagital de la zona pélvica. Sabemos que tiene una amplia parte oculta. Su cuerpo, formado por dos cuerpos cavernosos que lo hacen eréctil, prolonga su glande en línea recta y luego se adentra por delante de la sínfisis púbica, antes de separarse en dos mitades para formar sus pilares, fijados a las ramas isquiopubianas de los isquiones. Consta además de dos bulbos que también están formados por tejidos eréctiles, colocados a caballo entre la uretra y la vagina, unidos a su cuerpo a través de un plexo venoso y situados delante de sus pilares.
En cuanto a su historia, que hoy ya ha sido reescrita, desmiente la idea de que la ciencia estudió el clítoris con objetividad y acumulando conocimiento. Marcada por el desprecio, el desinterés o, por el contrario, por la demonización, esta historia lleva el sello de la dominación masculina. Según una literatura ya bien establecida, su estudio científico no comienza hasta el Renacimiento, con Realdo Colombo, que, cual Cristóbal Colón del cuerpo femenino, se propone descubrir este órgano que obviamente las mujeres conocen; Gabriel Falopio le disputa, igual de ridículamente, este descubrimiento; el clítoris cae varias veces en el olvido antes de ser redescubierto, y desaparece durante un tiempo de los libros de anatomía (e incluso de los diccionarios); una de esas desapariciones se debe a Freud, inventor del mito del orgasmo vaginal; la medicina occidental lo ha hecho responsable de diversos males, como la histeria, la epilepsia o incluso la homosexualidad, y ha recomendado e incluso practicado de forma masiva su ablación; ha habido que esperar a que dos mujeres tomaran cartas en el asunto, ayudándose con técnicas de imagen modernas, para que se descubriera su verdadera forma y tamaño (en 1998, gracias a Helen O’Connnell) y por fin se explorara su papel en el placer sexual (en 2008, gracias a Odile Buisson). Este relato, que se repite en múltiples obras, artículos y otros soportes de divulgación dedicados al clítoris desde que el conocimiento de su anatomía se difunde entre el público en general y que, al mismo tiempo, trata de devolverle el lugar que merece y de explicar el hecho de que su desconocimiento siga siendo generalizado a principios del siglo XXI, este relato, pues, es en gran medida erróneo.
Al mezclar, como suele pasar, lo verdadero con lo falso, haría falta no solo matizarlo, contextualizarlo y darle complejidad, sino también corregir sus mil y un errores o aproximaciones engañosas, a veces presentes en la literatura académica. Sobre el clítoris circula cierto número de creencias comunes —que a veces se contradicen entre sí— que teníamos ganas de comentar o de deconstruir. No podíamos ni abordarlas todas ni corregir con la precisión necesaria todos los errores que hemos detectado, porque, de haberlo hecho, este libro sería un aburrido catálogo. Al seleccionar algunas de las creencias comunes antiguas y recientes, hemos abordado de paso muchas otras, como quien no quiere la cosa. Este libro, fruto de investigaciones realizadas hace tiempo, cada una por su lado, también nos ha brindado la oportunidad de proseguir esta labor juntas. Contiene por ello elementos inéditos que ofrecemos aquí en primicia.
Del griego clásico, κλειτορίς, kleitorís («ladera»); clitoris es también la palabra en griego para «llave», que indica que los antiguos anatomistas lo consideraban la llave de la sexualidad femenina.
Wikipedia, consultadoel 13 de agosto de 2023
Con escasas variantes, el «clítoris» se llama así en turco y en todas las lenguas europeas modernas. Se sabe que la palabra procede del griego κλειτορίς(kleitorís), pero sobre su etimología, sobre aquello que designa exactamente y sobre sus sinónimos históricos, circulan informaciones contradictorias.
La palabra aparece en francés a través de la literatura médica1, después de que los anatomistas del Renacimiento la reintrodujeran a partir del léxico griego clásico. Antes de ello, la lengua francesa disponía para designar el clítoris del término landie, procedente del latín landica, cuyo significado etimológico es «pequeño glande» (Gellérfi, 2017; Hamblenne, 1989). Ambroise Paré no introduce realmente la palabra en la lengua cuando señala que «Falopio le otorga el nombre griego Cleitoris» (1579, I.2, pág. CXXX). Jean Liébault, en cambio, en su popularísimo tratado de ginecología, cita «el clítoris del que los recientes anatomistas han hablado» y la parte que «Falopio [...] designa como Clítoris» (1598 [1582], págs. 488 y 511). El diccionario de Cotgrave de 1611 recoge la entrada «clitoris» en lengua francesa, y señala su ortografía alternativa clytoris (págs. 203 y 205).
El primer texto que contiene la palabra κλειτορίς —para hablar con precisión, su acusativo singular κλειτορίδα[kleitorida]— es el tratado de anatomía de Rufo de Éfeso escrito en el siglo II d.C. (§ 111-112) y, a excepción de los léxicos posteriores, ningún otro texto antiguo conocido la incluye. Según Rufo, es una de las denominaciones de un «pequeño fragmento de carne musculosa» que cuelga en medio de la «raja» de las mujeres. Esta palabra jamás designó otra cosa en griego que no fuera una parte de la vulva. En particular, nunca tuvo en griego clásico el significado de «llave» ni de «ladera». Tampoco es el nombre de una piedra. Esa piedrita que supuestamente se lleva en la oreja en la región del Indo, denominada κλιτορίς (klitoris) y procedente de una montaña local llamada «deseo», se cita exclusivamente en un imaginativo texto anónimo sobre el origen de los topónimos y de los nombres de las piedras y las plantas (Pseudo-Plutarco, 25.5).
Rufo no dice nada de la etimología de la palabra, y se limita a señalar que κλειτοριάζειν(kleitoriazein) hace referencia a «acariciarse de forma lasciva» el clítoris. A finales del siglo II, el lexicógrafo Julio Pólux de Náucratis señala también, sin emitir juicio alguno, que κλητοριζειν(klētorizein) alude a acariciarse el Κλητορίς(klētoris); lo hace en su Onomasticon (l. 2, s. 174), cuya primera edición impresa en Venecia en 1502 utilizaron los anatomistas del Renacimiento para «depurar» el vocabulario anatómico (Klairmont-Lingo, 1999). En 1552, Craso, en su traducción al latín del códice de Nicetas (realizada hacia el año 900 en Constantinopla), que contiene una copia del tratado de Rufo, escribe también que manipular lascivamente el «clítoris» se dice κλιτορίζειν (1552, pág. 77, la segunda palabra en griego). Esto inducirá al anatomista italiano Falopio a escribir que los griegos ya conocían la κλητορίδα (klētorida) y que kλητορίζειν(klētorizein) procede de esta (1561, pág. 117). Otros autores inventarán una etimología invertida del nombre del órgano (al tiempo que condenarán moralmente algunos de sus usos), como el médico francés Jacques Duval, que considera que los griegos denominaron «cleitorida, término procedente de cleitorizein», a esa «partícula que representa la forma de un pequeño miembro viril» (1612, pág. 63), y también el médico holandés Gerhard Blasius, según el cual clytoris procede de κλειτορίζειν (1659, pág. 100).
¿Cuál es entonces el origen del término κλειτορίς? Marcel Cohen (1937), especialista en lenguas camitosemíticas, defendió la idea de que el griego lo adoptó tardíamente de una lengua perteneciente a ese grupo, pero ningún helenista retoma su hipótesis, rechazada por Pierre Chantraine, etimólogo de la lengua griega (1999 [1968], pág. 540). De hecho, Cohen cataloga palabras de varias lenguas cuya similitud con kleitoris no llama la atención y cuyo sentido es menos preciso, y el vínculo que sugiere con el árabe qant («verga del niño pequeño»), lejos de ser evidente, resulta tanto más sospechoso cuanto que el árabe clásico dispone de la palabra baẓr () para «clítoris» (Nawas, 2017). Además, la necesidad y la vía de semejante apropiación se antojan dudosas.
En 1953, el filólogo esloveno Milan Grošelj, inspirándose tal vez en un viejo léxico grecolatino en el que el clítoris es denominado colliculum («pequeña colina»), que por otra parte el autor confunde con el himen (Castelli, 1598, págs. 88 y 289), propone una hipótesis etimológica que retoma el sueco Hjalmar Frisk en 1960 (págs. 1968-1969). El topónimo arcadio Kleitor supuestamente significa «colina», de modo que kleitoris, que sería su derivado, querría decir «pequeña colina». Esta hipótesis debe descartarse porque se ha comprobado que kleitor solo existe como nombre propio, y la ciudad arcadia que lleva el nombre de su fundador, el rey Kleitor, se sitúa además en un llano (Vernhes, 2014). La palabra clitoris existió efectivamente en latín en relación con esa ciudad, pero solo en su forma genitiva singular de Clitor, nombre latino de la ciudad de la Arcadia antes mencionada, que Tito Livio cita en su Historia de Roma (L. 39, c. 35).
Para Pierre Tarin, autor de la entrada «Clítoris» de la Enciclopedia de Diderot y d’Alembert (vol. III, 1753), no cabe ninguna duda de que la palabra procede de κλειω (kleio), «yo cierro». Lo mismo opinan los helenistas Pierre Chantraine (1968), Paul Burguière y sus colegas (Soranos, 1988, pág. 76), Parker (2006) y también Vernhes (2014). La palabra κλεις(kleis), que comparte raíz con la anterior, designa algo que sirve para cerrar: cerrojo, pasador de una cerradura, pestillo, llave. Sin embargo, es un error suponer que los anatomistas clásicos consideraran el clítoris como la «llave» de la sexualidad femenina; así, Hipócrates jamás aludió a él como «el sirviente que invita a los huéspedes», contrariamente a lo que afirma una leyenda urbana nacida en Wikipedia en junio de 2006. Aunque procede de kleio, la palabra kleitoris remite a la idea de cerrar más que a la de dar acceso o invitar. Para Parker y Vernhes, es una derivación femenina (terminada en -is) de la nominalización de agente construida añadiendo -tor a la raíz klei. Así, esta palabra podría designar etimológicamente algo femenino que cierra. Si pensamos en la forma de los cierres antiguos, el clítoris podría haber recibido su nombre por metáfora, pues el glande en el extremo de la vulva podría recordar la pequeña pieza, a menudo cilíndrica o redonda, que apresa la barra del cerrojo.
El uso de metáforas para designar las parte del cuerpo resulta bastante habitual en la literatura médica griega clásica (Skoda, 1988). Durante mucho tiempo, los griegos llamaron al órgano —o mejor dicho su parte visible— myrton, es decir, la baya del mirto, una frutilla mediterránea que puede asemejarse al glande del clítoris. Esta denominación metafórica se halla en los poetas Hiponacte y Aristófanes (siglos VI a IV a.C.), como lo subraya en el caso de este último en el siglo X la Suda, un diccionario griego (Adler, 1933, μ 1461); también Rufo la cita como sinónimo de kleitoris, al igual que lo hacen los lexicógrafos Pólux de Náucratis (ibíd.) y Hesiquio de Alejandría (μ 1926 y κ 2917).
La palabra nymphē, que se convierte en nymphe en francés [y «ninfa» en castellano], sustituye más tarde a myrton, tal como señala Rufo y como atestiguan el tratado de ginecología de Sorano de Éfeso en el siglo II y también el léxico de Pólux. Etimológicamente «la velada», la palabra designa entre otras cosas a la joven prometida. Sorano explica que, si se llama así a esa «pequeña formación carnosa», es porque «se disimula bajo los labios como las jóvenes esposas bajo su velo» (Sorano, 1988, pág. 15). De hecho, Rufo señala que el myrton, nymphē o kleitoris también se denomina hipodermis, «bajo la piel».
Por su parte, Hipócrates nunca llamó al clítoris columella («columnita» en latín), contrariamente a lo que afirmaron Reinier de Graaf (1672, pág. 16) y varios autores franceses posteriores. Además de estar en griego, el corpus hipocrático no contiene de hecho ninguna mención del clítoris. Este error, que ya hizo, tal vez en primer lugar, Girolamo Mercuriale en su tratado en latín sobre las enfermedades de las mujeres (1578, págs. 3 y 159), deriva de una confusión con el tratamiento de las vegetaciones y otras excrecencias patológicas de la vulva descritas en esta obra. Igualmente, aunque se ha llegado a afirmar que al clítoris se le llamaba cauda («cola» en latín), esto solo es consecuencia de una confusión con el tratamiento de la cercosis, nombre griego de la «enfermedad de la cola» (seguramente una excrecencia polipósica del cuello del útero que puede invadir la vagina y proyectarse hacia el exterior a modo de cola); dicho tratamiento lo describe Sorano justo a continuación del de la ninfa demasiado larga, y luego Paul d’Égine y sus adaptaciones posteriores en un mismo capítulo. Otra denominación metafórica supuesta del clítoris es crista («cresta» en latín), pero su único fundamento es el pasaje de la Sátira VI de Juvenal que evoca el tocamiento erógeno de la «cresta» de una mujer, aunque nada indica que la palabra designe el clítoris y no la vulva. Del mismo modo, la expresión «miembro vergonzoso» nunca ha designado el clítoris; el anatomista al que se le atribuye erróneamente lo utiliza para la vulva y para el pene (Estienne, 1546, págs. 314-315), según la tradicional denominación latina pudendum.
La transmisión del vocabulario griego a través del latín, el árabe o las lenguas vernáculas conlleva también numerosas aproximaciones y confusiones. Al citar a Sorano, nymphē se convierte en landica en los textos de Celio Aureliano (siglo V) y Mustio (siglo VI), y luego en baẓr en los tratados médicos que componen en árabe Haly Abbas (’Alî ibn ’Abbâs al-Majûsî), Abulcasis (Abu al-Qâsim al-Zahrâwî) y Avicena (Ibn Sînâ) en los siglos X y XI. Pero Haly Abbas, que resume mal un pasaje del médico griego Galeno (siglo II), asimila el baẓr al conjunto constituido por el clítoris y los labios menores. Constantino el Africano, Gerardo de Cremona y Esteban de Antioquía, que traducen a estos autores árabes al latín entre los siglos XI y XIII, no encuentran el equivalente latino anterior de baẓr, término que en la mayoría de los casos transliteran; Gerardo de Cremona utiliza tentigo cuando traduce el pasaje sobre la ninfotomía de la Cirugía de Abulcasis, asimilando de este modo el baẓr a su erección. Más adelante, a consecuencia de las torpes paráfrasis de los escritos de Galeno, «ninfa» adquiere el significado de «labio menor» en francés: Charles Estienne describe los «repliegues» que, según Galeno, protegen supuestamente la matriz del frío, y diferencia «la parte que los griegos han llamado ninfa», pero la ilustración adjunta señala unas «pequeñas carnes» denominadas «ninfeas» (1546, págs. 312-315). Ambroise Paré escribe luego que las «ninfas» son dos «excrecencias de cuero musculoso» que reciben en su parte central el meato urinario (1561), y Jacques Daléchamps afirma finalmente que «los griegos llaman ninfas» a dos «excrecencias de carne musculosa [...] que rodean a este o lo cubren» (1569, págs. 424-425). Este error dará lugar a que el médico Jacques Duval difunda otra falsa etimología: las ninfas llevan este nombre porque «son las protectoras de los manantiales, al igual que estas partículas lo son del conducto del agua urinaria» (1612, pág. 67). Análogamente, en francés medio, landie significa «clítoris», pero el plural, landies, designa los labios menores. El diccionario francés-inglés de Cotgrave (1611) ilustra esta vaguedad semántica. El autor ofrece una definición muy imprecisa de «clítoris» (A Womans Priuities, que equivale al «sexo femenino»), plantea que «ninfa» designa «también una pequeña excrecencia o pedacito de carne en medio del sexo femenino» (pág. 662), define la landie como «la úvula del sexo femenino» y convierte las landies en las dos «grandes alas en el interior de los labios del sexo femenino» (pág. 566), ofreciendo por otra parte landies y nymphe como sinónimos de «alerones grandes» y de «alerón pequeño», respectivamente (pág. 32).
El sentido de «clítoris» en la literatura médica también varía en función del conocimiento de su anatomía. Así, mientras que el kleitoris de Rufo designa a todas luces la única parte visible del órgano, la palabra adquiere un nuevo significado cuando Falopio la vincula con el cuerpo y los pilares que la disección ha revelado. Teniendo en cuenta la estrecha relación anatómica y funcional existente entre el clítoris y los bulbos «del vestíbulo», la uróloga australiana Helen O’Connell (2005) aboga por que la palabra designe a partir de entonces al conjunto. Ello tendría más sentido porque los bulbos son los homólogos del bulbo del pene, que se incluye en la designación «pene». Por su parte, los anatomistas franceses Vincent Di Marino y Hubert Lepidi (2014, pág. 26) sugieren que se conserve el sentido antiguo de la palabra para evitar que se siga hablando del clítoris omitiendo sus bulbos y que se denomine al conjunto «órgano bulboclitoridiano».
En definitiva, aunque la denominación del clítoris procede efectivamente de la Antigüedad clásica griega, su transmisión hasta nuestros días ha sido cuando menos azarosa. El relato de la historia de la palabra, salpicado de errores, lleva la huella del desconocimiento del órgano y de «visiones situadas» del cuerpo y de la sexualidad.
1 Véase un interesante comentario etimológico del término en https://dicciomed.usal.es/palabra/clitoris, consultado en octubre de 2023 (N. de la T.).
Lo cita por primera vez en 1559 un anatomista veneciano.
CHLOÉ RÉBILLARD, «De quand datela découverte du clitoris?»,Sciences Humaines, 2016
Bajo denominaciones diversas y con funciones variadas, el clítoris se conoce desde la Antigüedad clásica. Los historiadores identifican tres grandes periodos en el largo desarrollo de la medicina antigua: la medicina hipocrática del periodo clásico, la medicina de Alejandría durante el periodo helenístico y la medicina del periodo imperial.
Durante el periodo clásico, entre los siglos VI y IV a.C., la medicina se aparta poco a poco del culto religioso (rendido al dios Asclepio) para convertirse en un conjunto de prácticas empíricas orientadas a aliviar o curar las patologías. Hipócrates, que nació en la isla de Cos en 460 antes de nuestra era y murió en Larisa, Tesalia, a edad avanzada aunque desconocida, es el más célebre de aquella época. La colección (o el corpus) que lleva su nombre incluye en realidad unos sesenta textos de naturaleza, fecha y autoría heterogéneas. Estos se recopilaron en un periodo posterior, probablemente en el siglo III o II a.C., en Alejandría. En el siglo XIX, Émile Littré realizó una monumental traducción del conjunto en diez volúmenes que sigue siendo una referencia a pesar de los progresos que ha experimentado la filología (la ciencia del lenguaje) desde entonces.
Contrariamente a lo que han escrito numerosos anatomistas, empezando por Reinier de Graaf, en el corpus hipocrático no figura ninguna mención del clítoris. Los médicos hipocráticos, que no asociaban esta parte del cuerpo a ninguna dolencia, no repararon en ella. En cambio, disertaban mucho sobre el útero, responsable de numerosas enfermedades. Los humores (los fluidos corporales, como la sangre o la flema), su circulación en el cuerpo y su calentamiento desempeñan un papel fundamental en esta medicina. Los hipocráticos no utilizaban el concepto de órgano, sino que definían las partes del cuerpo más por su consistencia (compacta o esponjosa) y su forma que por su función. Así, una parte «musculosa» tiene forma de ratoncillo, mientras que un aspecto «lacertoso» indica que es alargado como un lagarto.
Para los médicos hipocráticos, la formación del embrión requiere la mezcla de dos semillas, ambas emitidas en el momento del placer sexual, una de ellas por el pene, la otra directamente en el útero, y ambas retenidas por este último tras la relación sexual. No niegan por lo tanto el placer sexual femenino, aunque tampoco se preocupan por localizarlo en un lugar preciso. En el siglo IV a.C., Aristóteles, en Generación de los animales, rebate que las mujeres emitan una semilla como los hombres en el momento del placer, para lo cual argumenta que, en ellas, el lugar del placer (que ni nombra ni sitúa con precisión) no es aquel del que sale la semilla (que se halla en el útero): «El tocamiento produce en ellas placer en la misma región que los hombres, sin que sea allí donde se emite esta secreción húmeda» (Aristóteles, 2014 [330-344 a.C.], pág. 728).
Durante el periodo helenístico, a finales del siglo IV y durante el siglo
