Lo que significa tu nombre - Daniel Canencia González - E-Book

Lo que significa tu nombre E-Book

Daniel Canencia González

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Beschreibung

Una noche de verano cuatro amigos se sientan alrededor de una mesa. A partir de ese encuentro se desencadenan unos acontecimientos donde el destino de cada uno de ellos se reparte de manera desigual. Dos jóvenes desubicados en el mundo que les toca vivir son los protagonistas de las intrigas principales: uno es Kenji, atrapado por sus pasiones y su inmadurez a la vez que obcecado por la búsqueda de un amor que acababa de tocar con los dedos; el otro es Andrea, encarnando un demonio desatado intentando apaciguar las riendas de su desazón. Y de fondo, una mano femenina entre bambalinas intentando llevar a cabo un cometido imposible. Un amor que emerge del pasado, el fervor de una segunda juventud o las manipulaciones sin concesiones son temas constantes a lo largo de una novela donde solo se toma aliento con el punto final.

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Seitenzahl: 407

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Daniel Canencia González

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1144-539-9

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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«Y Liovin, padre de familia de excelente estado de salud, estuvo tan cerca del suicidio que hubo de esconder una cuerda para resistir la tentación de ahorcarse y no salía al campo con una escopeta por temor a pegarse un tiro. Pero ni se ahorcó ni se pegó un tiro, sino que siguió viviendo».

Anna Karenina, de Leon Tolstói

Agradecimientos

A mi familia, la de aquí y la de allí.

A Fausto, después de tantos años filosofando de todo a la par que escuchando Surrounded, la mejor canción del mundo. Sé que siempre estás ahí para lo que haga falta.

A Alexis, tanto compartido en aquellas noches de verano y las que nos quedan.

A Hilario y Fernando por nuestra vieja amistad, es decir, la mejor de las amistades. Por el reencuentro pendiente.

A mi «otra» familia de Regensburg: Pepe y Vero, Dani y Kathrin. Barbacoas, stammtisches, conciertos, conversaciones, viajes… lo que haga falta y lo que está por venir.

A Pablo y Dorota: por todo lo que nos une y por acogernos siempre con los brazos abiertos.

A Blanca, Rosario, Siegliende, Begoña, Trini, y si me olvido de alguien prometo hacer penitencia. Vuestro interés por leer Retazos y las posteriores muestras de cariño me han animado a escribir esta segunda novela.

A Brigitte, Heinz y Robert, más una familia que un grupo de estudiantes de español.

A Eva Schmidt-Heidrich, indispensable siempre.

A Metal Albaida por compartir la mejor música.

Y a ti, lector, lectora, que disfrutes leyendo Lo que significa tu nombre como yo escribiéndola.

Prólogo

La escritora anónima cayó rendida ante los pies de la nostalgia y abrió un viejo cajón plagado de folios provistos con las más hermosas líneas inconclusas. Y delante de ella, una hoja en blanco apareció como un objeto codiciado y clandestino. Y de ahí a un reto que se convirtió en conjura: no se levantaría de su silla de oficina hasta concluir la historia que tenía en mente.

No pudo evitar escribir sus primeros retazos con la añoranza de utilizar la pluma que tantos años la había acompañado en aquellos diarios de juventud: «Mi experiencia vital me sugiere que el amor no es una cualidad innata del ser humano, sino el producto de un trabajo que surge de la comunidad a través de las relaciones de los unos con los otros. Empecemos de una vez por todas a unir lazos y la mañana siguiente será algo más clara que este día teñido de gris. La mirada del otro es lo que da sentido a la vida, y con esa base se construirá nuestro dique de contención para repensar la muerte y mirarla de cara, no como algo desasosegante y de lo que no se puede hablar, sino como el merecido descanso tras haber vivido una existencia plena».

Los dedos de la escritora anónima se resintieron tras poner negro sobre blanco estas pocas líneas. Miró con recelo su flamante casi sin estrenar computadora portátil, obsequio sin aviso previo de su queridísimo, pero más que a menudo plasta, hermano pequeño. Siguió escribiendo con su puño y letra.

«Partamos de la metáfora de que el amor y la muerte son dos hermanos mellizos que procuran manifestarse con su propia identidad, mientras que el uno es el sublime anhelo que llama a tu puerta y al que no siempre abrimos, la otra es la alumna díscola que una y otra vez se sale con la suya.

Pero ¿cuántas veces sucede que en el relato que conforma nuestras vidas, ambas se confabulan para ir de la mano como dos espías furtivos que nos vigilan y nos confunden haciéndose indistinguibles?: „Moriría por él” o „sin ti, mi vida ya no tiene sentido“ son habituales reminiscencias platónicas que perduran sin solución de continuidad.

Muchos de nosotros hemos experimentado el amor sin haberlo buscado, cuando toda esperanza ya había sido apartada en la cuneta del olvido, llenándonos de un gozo repentino e inesperado; y no es menos cierto que la muerte aparece de manera asidua sin hacer ruido y a deshora, porque se nos olvida que va siempre implícita en el significante de nuestra trágica existencia.

Y para nuestra desdicha, el amor se diluye tan a menudo, sin darse cuenta, como cuando se observa con languidez a quien fuera nuestro ser querido y la mirada se desvía a confines inescrutables; así como la muerte muestra sus poderosas resistencias a la hora de darte una primera palmada en el hombro invitándote a superar el umbral, haciendo que su larga demora dé lugar a una existencia vacía y tediosa.

Esta puede llegar a ser digna de vivirse cuando el amor forma parte de ella, siempre y cuando en todo momento somos conscientes de que la muerte nos aguarda, con paciencia, al otro lado del valle. Pero cuando se carece de amor, el camino se hace difícil, laborioso y cuesta abajo.

La siguiente historia, como tantas y tantas otras, trata sobre el amor y de su falta, de la amistad y del rencor, de los numerosos encuentros y desencuentros; de las pasiones y sus consecuencias, de manipulaciones a diestro y siniestro, de terceras personas imperceptibles que nos deparan una sorpresa en el momento más inesperado y, cómo no, de la muerte, de aquel inevitable destino acrecentado cuando alguien tiene en su poder las llaves de la vida y la muerte».

Leyó y releyó la breve introducción y le dio el visto bueno, pero le suponía un esfuerzo ímprobo continuar escribiendo a mano. Resoplando y a regañadientes, sus dedos se tomaron un descanso. La escritora anónima se doblegó a la oportunidad que le brindaba la tecnología —esta vez bendijo a su hermano— y, a partir de ese instante, su nuevo ordenador se convirtió en su herramienta de trabajo. Y pasó de escribir a mano a teclear:

Estas son las primeras pinceladas del asesino: Andrea, que así se llamaba él…

Libro IKenji en cuatro estaciones

Parte IAquellas noches de verano

Capítulo 1 Revelación

I

Andrea, que así se llamaba él, era un joven de mediana estatura, corpulento tendiendo a regordete, de piel muy blanca y ojos y pelo castaños. Sus rasgos faciales eran viriles, carentes de sensualidad, la sonrisa era la eterna convidada que jamás recogía el guante de hacer acto de presencia. Un gesto taciturno, perenne, acompañado de su falta de carisma hacían de él el desapercibido al que nadie echa de menos, aquel que tiene que lanzar continuas señales de humo para ser tenido en cuenta. Andrea solía ser el personaje invisible en una fiesta donde las chicas hacen su elección o la última opción como compañero a la hora de jugar al mus en el bar de la facultad.

Y así, y con todo, encontró siendo niño su Palawan ideal, el refugio perfecto en un reducto de amigos que, pese a que era aceptado con ciertas reticencias por sus miembros, contaba con el respaldo de Kenji, el cabecilla del grupo, y, a la sazón, su ídolo y mentor.

Fue Kenji quien hace ya muchos años, y siendo compañero de curso de Andrea en secundaria, se percató de su presencia durante el recreo que tenía lugar en el patio del colegio. Se encontraba Andrea arrodillado en el suelo ensimismado intentando descifrar la anatomía de una lagartija cuando una voz autoritaria dio al traste su carnicería.

—Hay que ser bruto para hacer una cosa así —le espetó Kenji.

Andrea, que hasta entonces no había tenido ni siquiera un atisbo de conversación con un compañero de clase, no se podía creer que esas palabras, aunque no eran precisamente amigables, fueran dirigidas hacia él.

—Eh… , bueno, es que la lagartija es tan pequeña, que solo con tocarla se desmenuza entre tus dedos —dijo intentando justificarse.

Kenji reprodujo una carcajada altanera y le dijo:

—Ya es suficiente, deja de hacer el cafre. Te llamas Andrea, ¿no es así? Eres el que se sienta en la última fila de clase. Ven a jugar con nuestro grupo, que somos impares y necesitamos a alguien para completar el equipo.

Más que una propuesta, era una orden en toda regla, pero Andrea la acogió como uno de los momentos más dichosos de su vida.

II

Andrea estaba abocado a estudiar Veterinaria y aplicó la firmeza necesaria y mucho amor propio para no quedarse rezagado en los estudios. Su frecuente trato con Kenji y compañía contribuían a que una cierta armonía tuviera visos de instalarse en su vida.

Objetivo fallido. Una losa cargada de pesadumbre era la traba de que su anhelado equilibrio se asentara por completo. Andrea sabía que desde pequeñito arrastraba un trauma anclado en su interior que le impedía seguir las pautas de una primavera normal, sintiéndose una especie de rara avis frente a los compañeros de su edad.

Su denodado esfuerzo por resolver los conflictos o realizar encargos y tareas que le encomendaba la vida solían caer demasiado a menudo en saco roto, y cada vez que intentaba dar cualquier paso hacia adelante que le diera esa confianza que tanto necesitaba, de algún lugar soterrado que a él se le escapaba, aparecía un reproche que le susurraba «Andrea, no das la talla» o «Andrea, no has sabido estar a la altura de las circunstancias». Era patente que la mochila de la responsabilidad iba siendo, poco a poco, cada vez más pesada, y la compañía de la ira y la frustración, sin él ser consciente de ello, se convertían cada vez más y más en latentes comparsas de viaje.

Su intuición le decía que ese profundo malestar provenía de puertas adentro, en su propio hogar, pero era incapaz de localizar con exactitud el foco de su desazón. Había momentos en que al estar comiendo o cenando con sus padres, el desamparo se regodeaba con él con el mayor de los descaros y sin ningún tipo de miramiento. Y Andrea observaba a sus padres de frente y de reojo, desde todos los puntos de vista, con todos sus sentidos alerta, ya sea durante las pocas y breves charlas que mantenían o cuando veían juntos la televisión, pero le resultaba imposible achacar a Catalina y Antonio de ese intenso desasosiego que le afligía.

III

En una noche calurosa de junio, donde conciliar el sueño se había convertido en una auténtica quimera, Andrea abandonó su dormitorio cerca de la medianoche con la intención de ir a la calle para estirar las piernas. En el pasillo se topó con su madre y sus cuerpos llegaron a rozarse.

—Mamá, no aguanto más en casa, tengo un calor que te mueres. Me voy a dar una vuelta, a ver si me canso un poco y me entra sueño. Es más que probable que tarde en regresar —anunció Andrea.

—¿Y a quién le importa? Por mí como si te vas a la… Sí, claro, como quieras —replicó ella, mientras la mirada de sus grandes ojos penetrantes, a la vez que esbozaba una cínica sonrisa, se incrustó en los de su único hijo.

Andrea se quedó clavado en su sitio tras haber sido testigo de unas palabras que hubieron hecho las delicias de un psicoanalista. Observó como su madre desaparecía en dirección a la sala de estar cerrando detrás de sí unas puertas correderas.

Un lapsus, una mirada y una sonrisa displicente condensada en un par de segundos fueron el detonante de que una bomba de relojería comenzara la marcha atrás hasta su inminente explosión. Andrea, creyéndose aún indemne del vilipendio materno, alcanzó el descansillo de la escalera, y su supuesta entereza se vino abajo cubriéndose la cara con sus grandes manos y emitiendo un sollozo desgarrado.

Una vez en la calle, y dirigiéndose hacia algún lugar escondido para expulsar la bilis del lamento, puso a trabajar su preconsciente intentando poner en orden sus pensamientos, que bullían como una olla a presión.

Estrujándose la cabeza, los recuerdos aparecían por doquier, sin orden ni control alguno, intentando dar con la clave que causó que tomara conciencia de que era en la figura de Catalina, de su propia madre, donde provenía lo que tanto le disgustaba. Y su esfuerzo se vio tristemente recompensado: con toda claridad emergieron agolpadas unas detrás de otra decenas de escenas que evocaban silencios, besos y abrazos no dados, ausencias injustificables o actitudes hipócritas.

Las heridas no curadas y reprimidas de tantos años asomaron la cabeza así, sin más, como aquellos antiguos telegramas inesperados que por temor a las malas noticias son reacios a ser leídos.

Un detalle por aquí, una puntualización por allá, todo cobraba vida de nuevo con nuevos significados. Un tsunami de recuerdos bailaban a su aire en una memoria demasiado tiempo esquiva y aletargada, y un látigo de emociones y sentimientos cobraron vida, empezando a fustigarlo de forma implacable.

Andrea, agotado de deambular por la calle, se sentó por fin en la soledad de un banco ubicado en un parque de su barrio. Tenía la imperiosa necesidad de pronunciar en voz alta lo que ahora le resultaba meridianamente claro, aunque solo fuera la solitaria farola que lo iluminaba el único testigo de aquello, pero le fue imposible hacerlo. Las resistencias actuaban en él de forma despiadada, haciendo a la perfección su trabajo, queriendo seguir negando la evidencia de que su propia madre, aquella que lo había amamantado siendo niño, nunca lo había amado.

El ruido que le generaban los continuas resonancias del pasado causó que no pudiera escuchar los pasos que se acercaban hacia él.

Andrea se hallaba inmerso tratando de hilar un episodio que en su momento no quiso darle la importancia que merecía, pero ahora aparecía como el ejemplo paradigmático de todo lo que estaba desencadenando en él. Fue el día que les comunicó a sus padres que la Facultad de Veterinaria había admitido su solicitud de ingreso. Mientras que a su padre se le saltaron las lágrimas de orgullo, y por qué no decirlo, también de alivio, su madre se limitó a decir un bajito «enhorabuena» acoplada en aquella butaca de cuero situada en el rincón del salón, sin ni siquiera hacer un ademán de levantarse y darle un beso de reconocimiento, alegando un tremebundo dolor de espalda. Andrea observó un poco más tarde de refilón cómo su madre se contoneaba en la cocina al compás de la música de la radio. No se atrevió a decirle que la había pillado in fraganti, que las mentiras tenían las patas muy cortas, tan solo se engañó a sí mismo convenciéndose de que ese dolor de espalda había desaparecido a los cinco minutos por el efecto de unas pastillas milagrosas.

Tuvo que ser el estrépito de una botella rompiéndose en pedazos contra el suelo y el hedor que despedía su nuevo compañero de banco lo que le sacara de su embelesamiento.

—Ey, jovencito, deja de lloriquear y dime que tienes algo para beber y así ahogar nuestros infortunios, que la última botella se me ha escurrido entre las manos y me he quedado a dos velas. Y si ya no es demasiado pedir, seguro que también puedes darme un cigarrillo. Dime que sí —dijo un hombre bien entrado en años que, sumado a su aspecto desaliñado, hacían de él un espantajo con forma humana.

Andrea lo miró de arriba abajo y llegó a la conclusión de que ese pobre viejo representaba cualquier cosa menos una amenaza. Haciéndose el despistado de modo ostensible, hizo caso omiso de lo que le pedía su nuevo e indeseable vecino y, lentamente, empezó a alejarse dejándolo con la palabra en la boca.

El viejo alzó inesperadamente la voz y su lenguaraz insistencia hizo que Andrea ralentizara su paso.

—No te vayas, chaval, no seas maleducado, seguro que merezco, al menos, un mínimo de atención. ¿Es que tus padres no te han enseñado modales y que hay que atender a la gente que lo necesita?

Poco sabía el metomentodo que con estas palabras estaba jugando con fuego. Andrea retrocedió y se encaró con él. Fue un fogonazo lo que tardó Andrea en convertirse en un ser iracundo y hostil, rompiendo moldes de su aparente inofensiva personalidad.

—Viejo maloliente, viejo de mierda, o te largas ahora mismo o no sé lo que soy capaz de hacerte —dijo desafiante. Se sorprendió a sí mismo por hablar de ese modo tan insolente y con tanta falta de respeto, no obstante, se sintió cómodo en el traje de aprendiz de chulo y matón de barrio.

—Vaya, se nos ha puesto gallito el chavalito… todas mis disculpas si te he ofendido, pero he de decirte que mi facha de pobre desgraciado que perdió hace mucho tiempo el oficio y el beneficio no es acreedora de que se me trate así. Todavía atesoro lo que nadie es capaz de arrebatarme: la dignidad.

—Yo ya no soy un chaval, sino un hombre, y también tengo mi dignidad, así que lo dicho, lárgate o…

¿O? —le interrumpió—. ¿O qué me harás, desgraciado? Solo te he dicho si tenías algo para beber y un cigarrillo para anestesiar mis penas. ¡Qué juventud! No eres mejor que yo, quiero que sepas que Rubén Clavijo Hernández, este que te está hablando, es digno de respeto… y más de un mocoso como tú. Así que vete a casa de tus papaítos a seguir llorándoles como el niñato que eres.

La gota que colmó el vaso. La puntilla definitiva. La excusa perfecta para que la bomba de relojería estuviera a punto de explotar por los aires.

Andrea, perdiendo la compostura y fuera de sí, lo zarandeó con tanta fuerza, que Rubén Clavijo Hernández cayó boca arriba y varios de los cristales rotos de la botella que estaban dispersos por el suelo se clavaron en su espalda. Al segundo, irrumpieron gemidos de dolor y súplicas pidiendo auxilio.

—Dios, … ¿es qué acaso quieres matarme? ¡Ayúdame, ayúdame a levantarme! ¡Mira lo que has hecho!

Andrea se quedó en trance, atrapado de repente al frente de una situación que se había salido de madre. Sacando fuerzas contra su propio furor desatado, recobró de nuevo la cordura y una catarata de disculpas salieron como un chorro por su boca.

—Lo siento, lo siento, señor, yo no quería hacerlo, fue un accidente. Seguro que no es nada, le ayudo a levantarse y le echo un vistazo a su espalda. —Se excusaba mientras intentaba sentar a Rubén Clavijo Hernández en el banco.

—Ayúdame a incorporarme, con cuidado, a ver, sí, cuidado con la espalda… Tira un poco hacia atrás, ahora mejor. Dime, ¿son graves las heridas? —preguntó con el susto metido en el cuerpo.

—No, no, tan solo son heridas superficiales, creo que no es nada —dijo sin ni siquiera mirar su espalda y con el único deseo de evaporarse de allí.

Más calmado, a Andrea le parecía una broma pesada que en un día como aquel, donde el dolor estaba tan presente en su cuerpo y en su mente, tuviera que capear a modo de postre amargo con un suceso de tintes tan grotescos. No veía el momento de largarse de una vez por todas, pero se sentía responsable por lo ocurrido y se quedó para ver si Rubén Clavijo Hernández se encontraba mejor. Lo que no sospechaba es que el tipo en cuestión tenía ganas de seguir dándole la matraca.

—Podrías haberme matado, cuida tus impulsos, señorito, que a esa edad tenéis una fuerza descontrolada. Y ahora cuéntame, que me puede la curiosidad, ¿por qué estabas llorando? ¿Y qué te he dicho yo para que te pusieras como una fiera? —preguntó.

El indeseable desconocido seguía jugando a la ruleta rusa si sus requerimientos y preguntas continuaban. Y tentar a la suerte podría significar caer en un precipicio para no salir jamás. Andrea suspiró e intentó contenerse.

—No es nada, señor, me alegro de que se encuentre mejor y, si me permite, me despido deseándole que…

—Fue cuando mencioné a tus padres cuando reaccionaste de forma tan agresiva, ¿no es cierto? —le interrumpió Rubén—. Pero ¿quién de los dos es el causante de tu mala ventura? Me juego el cuello a que es tu madre, que es la persona que te ha dado la teta toda la vida y no hay alicate en este mundo que corte el vínculo que te une a ella. Escucha lo que te tengo que decir, pues tengo malas noticias para ti. Da igual lo que te propongas y hagas el resto de tu vida, tu madre jamás estará satisfecha contigo. Las heridas de la infancia son incurables. Te lo dice un viejo con experiencia, que todavía me acuerdo de mi madre con gran pesar todos los días de mi vida, y eso que murió hace más de treinta años. Muchacho, lo malo de nacer en una familia es que no puedes elegirla.

Las llamas de la provocación y del recuerdo afloraron de nuevo y Andrea estalló por segunda vez en esa noche asfixiante de verano.

—¿Y qué puedo hacer? ¿Qué? —gritó.

—Ajá, touché. Pues empezar a saber a vivir con ello y, además…

Rubén fue incapaz de terminar la frase, y en su cara hizo aparición una súbita palidez extrema.

Andrea presintió lo peor y esta vez sí, poniéndose detrás de Rubén, le quitó la sucia gabardina y la camiseta que tenía pegadas al cuerpo y en su desnuda espalda vio como uno de los cristales estaba tan incrustado que la sangre salía a borbotones como el agua de una manguera.

—¡La puta virgen! —La exclamación tan desbocada de Andrea encendieron las alarmas en Rubén.

—Parece que tengo una herida ahí atrás del copón bendito… Pues sí que miraste bien antes —reaccionó Rubén a duras penas—. Así que tú, cabroncete, ya puedes llevarme a un hospital… o llamar a una ambulancia, lo que sea, o la palmo aquí mismo.

—No, no puedo hacer eso, creerán que lo hice adrede y esto ha sido un accidente, no fue mi culpa… —protestó Andrea.

—Arrástrame, haz lo que sea… esto tiene muy mala pinta, noto perfectamente como voy perdiendo sangre… empiezo a sentirme muy débil…

La poca fuerza que le quedaba a Rubén se había concentrado en su voz que, a su vez, se había transformado en un megáfono a todo meter.

—No, no, no, imposible, no puedo hacer eso y, por favor, hable más bajo, va a despertar a media ciudad, cállese de una vez, yo…

—Pero ¿de qué tienes miedo, desgraciado? Yo no te voy a echar la culpa de nada… por favor… me estoy desangrando… ayuda —chillaba Rubén.

—Cállese, cállese de una vez, cállese de una puta vez, silencio… silencio.

—Cobarde, ayuda…

—Silencio… silencio…

Un toma y daca incesante hasta que Andrea le tapó con una mano la boca y con la otra empezó a apretar alrededor de su cuello. Las manos opresoras ejecutaban de manera irreprochable su cometido. Y Andrea, a medida que presionaba con más y más fuerza, notaba como un gozo hasta ese momento desconocido tomaba forma y se apropiaba de él, y el impulso que sentía le arrastraba a no dejar de apretar. Los ojos de Rubén Clavijo Hernández terminaron por cerrarse y su cuerpo inerte se deslizó hacia el suelo. La bomba de relojería había estallado por completo.

Andrea se incorporó y giró sobre sí mismo con el pavor de pensar que alguien hubiera presenciado un homicidio en toda regla. El silencio se impuso en el parque. Andrea salió corriendo sin mirar hacia atrás, dejando detrás de sí el cadáver de un pobre diablo, unos cristales rotos, una gabardina raída y un número ingente de huellas.

Capítulo 2El folleto

Era de día. Los nubarrones de esa mañana de finales de julio se difuminaron tal y como vinieron, y Kenji, ya sin excusas para seguir haciéndose el remolón en la cama, se desembarazó de la pereza a base de fuerza de voluntad, una ducha fría y música a todo trapo; y a lomos de una destartalada moto, puso rumbo hacia la Facultad de Físicas. Kenji sabía que volver a visitar esos muros de los que tanto le costó despedirse era un ejercicio de revivir algo intangible que no le llevaba a ninguna parte. Le resultaba difícil aceptar que aquellos años impregnados de algo semejante a la felicidad habían llegado a su fin y que evocar un tiempo pasado podría volver a abrir la tierna herida que cicatrizaba a duras penas.

El desértico campus universitario que aparecía ante sus ojos era su paisaje ideal, aquel lugar que no quieres dejar siendo consciente de que el futuro que le aguardaba se le antojaba el peor de los posibles. Ante sus narices acechaba lo que él detestaba a rabiar; ya sea encontrar un trabajo que le impediría alcanzar otras metas, la incomodidad de tener que independizarse de sus padres, todo tipo de asunción de obligaciones y responsabilidades y, puestos en el peor de los casos, formar la familia tradicional de mujer bien mona y siempre sonriente, niño morenito, niña rubita y a vistas de todo el mundo el indispensable mantel a cuadros rojos y negros con tortilla de patata de domingo en la Casa Campo de Madrid. Como si la vida se resumiera en un largo etcétera de acontecimientos previsibles y que le aturdía porque suponía el fin de su libertad tal y como él lo entendía. ¿Era estar ese día en aquel campus la despedida final, el carpetazo definitivo a unos años inolvidables o quizás la esperanza de encontrar algo que pudiera retrasar lo inevitable?

Lo segundo se impuso sobre lo primero. No se encontró ni con Soraya, su incipiente escarceo sexual, ni con Enrique, su confidente de bancada, tampoco con el excelentísimo don Leonardo de Termodinámica o doña Luisa, la catedrática de Electromagnetismo. Pero encontró algo que le llamó la atención y su mano derecha fue directa a un objeto que se convirtió en deseo: era un folleto a punto de despegarse de la entrada de la puerta principal de la facultad y que parecía estar escrito para él. Un folleto que era el causante de que le picara la curiosidad y le atravesara de par en par, pero qué lejos estaba aún Kenji de ni siquiera intuir que una cosa tan simple se convertiría en el punto de partida que iba a determinar su destino.

«Foro de Física molecular… tres semanas en Dinamarca… del 3 al 27 de agosto. Estancia en residencia de estudiantes o pisos individuales… convivencia con licenciados en Física de otras nacionalidades. Novecientos cincuenta euros gastos de estancia, extra gastos de transporte y comida».

Kenji empezó a liar entre sus manos un canuto de hachís con la destreza aportada de sus años universitarios. Era su manera de celebrar la posibilidad de sustituir el hastío de ir siempre al mismo sitio de playa en agosto por algo que, a bote pronto, le parecía más que una aventura. Ese viaje sería la antítesis de un mes de julio que estaba siendo caluroso, de una monotonía asfixiante, donde el contacto con sus amigos era el de un día sí y otro también, siempre en el mismo local y a la misma hora, y a la espera de absolutamente nada.

Una nueva expectativa estaba concentrada en un pedazo de papel y no estaba dispuesto a que la ocasión se le escapara de las manos. Entre calada y calada hizo las llamadas pertinentes para inscribirse en ese programa. Reunía de sobra todos los requisitos, pero de buen grado se hubiera ido a la primera iglesia que se encontrase y poner una vela encomendándose al santo patrón de los solicitantes de plazas de última hora.

Un máximo de veinticuatro horas —tal y como le acababa de comunicar doña Pilar Carrillo, la encargada de organizar el Foro en España— era lo que tardaría en saber si el cielo era una entelequia o tenía el nombre de Copenhague.

Sopesó llamar de inmediato a su tropa de amigos para ponerles los dientes largos, pero prefirió envainársela, no fuera que le saliera el tiro por la culata y su orgullo y liderazgo fueran puestos en entredicho.

Con cierta resignación, aplastó el resto del canuto con una violencia innecesaria sobre un periódico que por su fecha era de apenas un par de semanas. Kenji reparó en su portada porque era la noticia que asolaba su barrio desde hacía días.

«El asesino de ancianos se cobra su tercera víctima en dos semanas».

Kenji era un tipo que solía estar al tanto de lo que acontecía en su ciudad y le sorprendió que no hubiera prestado atención a este crimen.

«La nueva víctima es una anciana de ochenta y cinco años y residente, al igual que las otras víctimas, del Barrio del Pilar de Madrid. El cuerpo de doña Ramona Velasco Gómez apareció ayer en el parque Alcazaba y fue descubierto por los empleados de la limpieza del ayuntamiento A. G. C. y D. C. L. que hacían el turno de primera hora de la mañana. Varias heridas debidas a un arma blanca fueron la causa de su fallecimiento. La Policía sospecha que el autor o la autora de los hechos son atribuidos a lo que popularmente se le conoce como el Mataviejos. Fuentes de la Policía siguen sin tener pruebas concluyentes sobre la autoría de estos crímenes, aunque extraoficialmente se comenta que el cerco hacia el sospechoso es cada vez más estrecho. Las indagaciones…».

Kenji dejó de leer al reconocer que la noticia parecía una fotocopia de la crónica de los últimos dos asesinatos, tan solo variaba el nombre de la víctima y la ubicación exacta del crimen, pero hubiera podido recitar de memoria el resto del artículo sin saltarse una coma y pudiendo citar de corrido a la periodista firmante del artículo, una tal Amanda Rojo Sopena. Por un instante, apartó sus pensamientos de lujuriosas chicas danesas en bikini y pintas de Carlsberg a tutiplén y un estremecimiento recorrió su cuerpo al pensar en cuchillos empapados en sangre y cadáveres de ancianos hechos trizas.

Desechó esas tétricas imágenes con un vistazo a su reloj, cayendo en la cuenta de que el tiempo se le había echado encima y su estómago empezaba a protestar con el desconsuelo propio de esa hora.

Con las revoluciones de su moto pasada de vueltas llegó puntualmente para comer con sus padres e informarles de sus aún no confirmadas intenciones veraniegas, pero sabiendo de antemano que la noticia sería acogida sin ningún reparo. Si había unos padres comprensivos en ese mundo, esos eran los de Kenji, y no solo lo apoyaron con la idea, sino que le ofrecieron sufragar todos los gastos. Kenji declinó la oferta no por un falso orgullo, sino porque sabía que en el futuro necesitaría su apoyo financiero, y no era el momento de empezar a sangrarles sin necesidad.

En la privacidad de su dormitorio —lo compartió durante mucho tiempo con su hermano mayor, Mosi, establecido en Yokohama desde hacía un par de años— encendió su equipo de alta fidelidad retro y digno de poseer por cualquier coleccionista que pensaba que cualquier tiempo pasado fue mejor, y las notas melódicas y estridentes del último disco del grupo de metal sinfónico Epicaque adquirió de manera poco ortodoxa y rozando la ilegalidad unos días atrás empezaron a desbordarse por su cuarto. El tema Abyss of time no se hizo esperar y las voces guturales del guitarrista Mark Jansen junto a la voz envolvente y etérea de Simone Simons desbordaron los muros de la estancia y del corazón de Kenji.

¿No hay pequeñas ráfagas de tiempo donde la tristeza no tiene cabida y en un instante la vida cobra una nueva dimensión? Kenji sentía como las notas de música se deslizaban entre sus dedos y cada segundo que pasaba la realidad trascendía de tal forma que la armonía era lo que único que se percibía en ese espacio vital.

¿Y no es verdad que la realidad, como concepto neutro de nuestra existencia, es capaz de desbaratarlo todo cuando ya se había tocado el cielo con la yema de los dedos?

El sonido de un móvil rompió todo el encanto y el desorden y la confusión se impusieron de nuevo.

—Me cago en tu puta madre. —Fue todo lo que pudo articular Kenji en voz baja al ver reflejado el nombre de Andrea en la pantalla de su smartphone.

—Kenji, ¿eres tú? —La voz lejana de Andrea se hizo oír con una apelación inútil, ¿quién sino podría estar al otro lado?

—Sí, claro que soy yo. No me digas que llamas para quedar hoy —dijo con total desgana y a sabiendas de que Andrea era incapaz de coger al vuelo mensajes subliminales.

—¡Pues claro! ¿A las nueve y media donde siempre? ¿Quedamos tú y yo solos?

«Andrea, como siempre, sigue siendo el acaparador de mi persona», pensó. Ni por un microsegundo se le pasó por su cabeza quedar a solas con él y que la noche fuera más aburrida de lo necesaria. Kenji reflexionó en silencio y pensó que no sería del todo una mala idea quedar por la noche para distraerse durante su ansiosa espera.

—Oye, ¿estás ahí? —protestó Andrea.

—Yo llamo a los otros. —Y Kenji colgó sin mediar más palabra.

«Donde siempre» era el bar de copas El mito de la caverna y «los otros» eran Guille e Izan, los antiguos compañeros de secundaria.

Capítulo 3El mito de la caverna

Aquellos que en su momento —las crónicas cuentan que han pasado más de veinticinco años— tuvieron la idea de bautizar ese local de copas con ese nombre en un lugar céntrico de Madrid lo hicieron de manera exquisita. Dominaba en el local una luz tenue atemperada en un ambiente cargado con todos los elementos que un adicto al arte y a la filosofía griega clásica se hubiera podido imaginar y desear. De las paredes grises sobresalían puntas abruptas de las que colgaban gran cantidad de dibujos, ya sea desde la Acrópolis ateniense, el Kerameikos o la Biblioteca de Adriano hasta retratos de filósofos como Heráclito, Parménides o Aristóteles. La alegoría del mito —diálogo entre Sócrates y su hermano Glaucón narrado por Platón— y que, a medida que pasaba el tiempo seguía ganando en actualidad, se reflejaba en cuadros —cavernas y hombres encadenados con la mirada fija en sus paredes oscuras— colgados en la entrada del local, los servicios y la entrada de personal.

La carta de bebidas era todo un compendio de nombres y conceptos de aquella gloriosa época. A modo de ejemplo, pedir un Zeus era el equivalente a una enorme jarra de cerveza de litro, y una Afrodita el cóctel más colorido y de sabor delicado y, a la postre, el más seductor. Una ronda de democracia era ideal para grupos de amigos que engullían cerveza por toneladas y andaban pelados de dinero, y consistía en pedir de una tacada un mínimo de cuatro tercios de cerveza a precio reducido; y una de tiraníaseguía el mismo criterio anterior pero a base de combinados de alcohol de calidad discutible.

Y como colofón, detrás de la enorme barra del pub y justo al lado de los estantes donde descansaban las bebidas alcohólicas, destacaba un enorme retrato del mismísimo Platón sacado del célebre cuadro Escuela de Atenas de Rafael, vigilante de todo lo que acontecía, como si del jefe del local se tratara.

En realidad, quien estaba al frente de todo ese tinglado era Paola, más conocida secretamente entre el grupo de Kenji como Hera, la todopoderosa diosa griega hermana y esposa de Zeus, nombre que le venía al pelo concorde al puesto y porque casi era una especie de madraza y amor platónico —nunca mejor dicho— de todos ellos.

Paola era una mujer peleada con la fecha de su nacimiento a la vista de que su indumentaria recordaba a la de una jovencita preuniversitaria que seguía empeñada en que hacerse mayor era cosa del resto de la humanidad. Su atractivo estaba fuera de toda duda y seguía de muy buen ver a sus treinta y muchos años, pero insistía en aparentar lo que ya no se podía. Iba acompañada demasiado a menudo de un gesto rudo e impenetrable, sin embargo, se le adivinaba, y ella no era consciente de que los clientes se percataban de ello, una cierta dulzura que hacía que fuera querida por todos y que contribuyera a que El mito de la caverna tuviera bastante éxito como negocio.

Paola era una especie de camaleón que mutaba de humor a lo largo de la noche. Solía comenzar el turno hermética como la caja fuerte de un alcaide de prisión, pero a medida que pasaban las horas se iba relajando, y no solo porque caía entre medias alguna copa a costa de algún cliente enamorado, sino también porque se le olvidaba seguir llevando esa máscara forzada y su lado simpático, incluso cachondo, salía a la luz.

Su vida era para la gran mayoría un auténtico misterio, aunque Kenji podía presumir de conocer algunos detalles que con toda seguridad no todo el mundo sabía, como que era licenciada en Bellas Artes, amante de los animales y devoradora compulsiva de películas de terror. Esa información la recabó en una noche a base de una cena abundante y de Repúblicas —chupitos de Jack Daniel‘s— en la que Kenji se propuso colgar una nueva medalla a su larga lista de conquistas, pero lo único que consiguió fue llevarse la calabaza correspondiente y cierta desconfianza por parte de Paola, que consideró que Kenji se había pasado de la raya.

Al abrir Kenji la puerta de El mito de la caverna, divisó de inmediato a Guille, Andrea e Izan en la mesa habitual tomando su Platón correspondiente, que no era sino la cerveza artesanal con más solera de la casa.

«Definitivamente, la improvisación no es uno de nuestros fuertes. El puto hámster en la rueda», pensó a medida que se iba acercando a paso lento hacia ellos y reconocía, a su vez, otras caras usuales del local y que ya se habían convertido por derecho propio en parte del decorado. Se encontraba Jorge, de largo el más veterano del lugar, tipo desgarbado y hablador insaciable, más conocido entre ellos como el Borracho pesao porque no había noche en que uno de sus dos adjetivos, o ambos a la vez, se pusieran en acción, y Paola tuviera que estar siempre al quite para darle un toque de atención. Jorge, un alma solitaria donde las hubiera, y que contaba como única y fiel compañía de un plutócrata —un vodka con limón—, hizo bueno esa misma noche el dicho «donde hay vida, hay esperanza», y en ese preciso momento estaba disfrutando de los arrumacos y los mimos de una chica de apariencia desenfadada y sonriente, que tal y como lo miraba, parecía una mujer que acababa de encontrar el amor. «Ver para creer», se dijo Kenji al pasar por su lado.

Una de las imprescindibles era la del Pelo Azul, apodada así no solo por lo obvio del color de su pelo, sino también porque nunca la habían visto con otro pelaje y era un misterio indescifrable si era morena, rubia, castaña o pelirroja. Iba siempre vestida con ropa muy holgada con lo que era imposible deducir sus curvas, y maquillada con una enorme capa de colorete. Su lugar favorito estaba ubicado en una mesa de la esquina izquierda al entrar en el Mito, como si lo hubiera alquilado y tuviera derecho de goce y disfrute, y a su debido tiempo, derecho de usucapión. Si lo que pretendía era pasar desapercibida, era evidente que a ojos de Kenji no lo conseguía, su apariencia era demasiado llamativa y su comportamiento un tanto curioso, ya que a Kenji le daba la impresión de que más de una vez la había visto tomando notas en un bloc grande y cuando ella se daba cuenta de que estaba siendo observada, guardaba discretamente lo que tenía entre sus manos y desviaba la vista hacia ninguna parte. Paola tenía una relación muy estrecha con la del Pelo Azul y solían charlar a menudo cuando la noche no era de mucho trajín o cuando Luis, el hermano menor de Paola, venía a echarle un cable en la barra y ella se veía con las manos más libres.

—¿Y esa tía rara con ese pelo, qué os traéis entre manos vosotras dos? —le preguntaban a menudo Kenji y compañía.

—Nada que sea de vuestra incumbencia. —Era la respuesta recurrente de Paola.

Al lado de la mesa de su tropa de amigos solían sentarse Las Intocables, denominadas así cuando se referían a ellas como conjunto, o la Guapa, la Fea, la Gorda y la Flaca, bautizadas así a título individual por razones que saltaban a la vista. Era un grupo heterogéneo de cuatro amigas de diversa procedencia, edad y aspecto que animaban el local con sus risas y sus conversaciones subidas de tono. Ellas se dejaban caer por allí de tanto en cuanto, El mito de la caverna era tan solo un alto en el camino hacia lugares más prometedores de la noche. Por la presencia informal que llevaban esa noche, camisetas y vaqueros de andar por casa y la ausencia completa de maquillaje, daba la impresión de que El mito de la caverna sería esa noche la primera y última parada de la noche.

Caras y más caras conocidas…

«Parece que los astros se han puesto de acuerdo y esta noche no falta ninguno de los sospechosos habituales», pensó Kenji. Y se detuvo de inmediato estando apenas a un metro de Guille, Izan y Andrea al notar como su smartphone vibraba sin cesar.

La sonrisa que expuso a sus amigos evidenciaba que la noticia que acababa de recibir era excelente, y los saludó de forma efusiva. Justo antes de sentarse miró a la del Pelo Azul y esta se revolvió inquieta en su asiento, enrojeciendo y esquivando su mirada.

—Me alegro de veros, y eso teniendo en cuenta que ayer nos vimos aquí mismo y a la misma hora —dijo chocándoles las manos e intentando hacer una broma que de sobra sabía que no iba a tener demasiado éxito.

—Media hora tarde —intervino Guille a modo de saludo con reprimenda explícita.

—Entrañable Guille, yo también me alegro de verte —dijo Kenji intentando disimular su malestar por la bienvenida proferida.

Tomó asiento y observó como cada uno de ellos le sonreía de un modo completamente distinto. Uno esbozaba una sonrisa altiva, casi desafiante, como diciendo «aquí estoy yo», otro lo hacía a modo de admiración sincera y sin límites como si de sus labios emanaran un «eres mi héroe, el más grande», y en el último se dibujaba una sutil declaración de amor incondicional y casi desesperada, como si de una canción de estribillo facilón se tratara, «eres lo que necesito y, sí, sin ti no soy nada».

—Hera ha venido hoy más atractiva que de costumbre, ¿no os parece? —les dijo Kenji en voz baja.

Los tres asintieron cómplices de sus palabras.

—Paola, en cuanto puedas ponme una República, hazme el favor —pidió Kenji intentando ser amable e intuyendo que el resquemor que sentía ella hacia él todavía seguía algo candente.

Ella inclinó la cabeza a modo de asentimiento sin mirarlo a los ojos a la vez que llevaba una bandeja poblada de democracia a jóvenes que todavía no parecían tener la edad requerida por la ley para consumir alcohol.

Izan, Guille y Andrea miraron fijamente a Kenji a modo de desconcierto.

¿Una República? ¿Es qué tienes algo que celebrar? —se adelantó Izan a los demás en su pregunta.

En la teatralidad de sus actos era donde la soberbia de Kenji se desbocaba a rienda suelta, la fuerza de ese pecado capital estaba tan inmiscuido en él que necesitaba explayarse como lo hace un pavo real exponiendo sus plumas a sus admiradoras. Esta era su oportunidad perfecta de regodearse sobre algo que les iba a remover de cuajo.

—Sí, tengo algo que celebrar, pero dejad que me regocije más tarde —dijo conteniéndose, activando el freno de mano y con la intención de dar el acelerón final cuando terminara la velada.

—No te hagas el interesante, Kenji, suéltalo ya, lo estás deseando —insistió Guille.

—Calma, calma, las cosas buenas se dejan para el final, a su debido tiempo —concluyó Kenji.

—Tú y tus jueguecitos, no cambiarás nunca —sentenció Guille—. Por cierto ¿os habéis enterado del nuevo asesinato del Mataviejos? Lo escuché pocos minutos antes de salir de casa. Se ha descubierto el cadáver de otro viejecito hoy por la mañana. Se trata de un anciano de noventa años. Lo encontraron en el Parque Norte. Descuartizado. Incluso tuvieron problemas para encontrar sus manos y pies. No hay autopsia aún, pero parece que llevaba muy pocas horas muerto. Joder, quién cojones sea el asesino, sigue haciendo de las suyas. Me pongo nervioso de pensarlo.

—Pues no lo sabía —dijo Izan —¿el Parque Norte has dicho? Entonces el asesino ha matado por segunda vez en el mismo lugar. Se la está jugando. Siempre en el Barrio del Pilar. Pondrán vigilancia por esa zona de parques y un día pueden cogerlo. Supongo que tardará bastante tiempo en cometer uno nuevo, demasiados crímenes en muy poco tiempo. Es probable que pare una buena temporada, la Policía debe tener ya muchas pistas y, si no toma precauciones, lo cazarán.

—Más pronto que tarde habrá un nuevo asesinato —intervino Andrea de forma decidida e inusual en él.

Guille, Izan y Kenji se volvieron hacia él confundidos, como si Andrea supiera algo de lo que ellos aún no tenían constancia.

—Quiero decir… —titubeó Andrea mientras se le subían los colores a la cabeza—, no hace falta más que ver que ya son cuatro los asesinatos que ha cometido el energúmeno ese… en tan poco espacio de tiempo, está claro que tiene sed de matar… no es necesario ser un genio para darse cuenta.

Andrea era consciente de que esa seguridad que acababa de exhibir era poco frecuente en él a los ojos de los demás y que los había pillado con el pie cambiado. La sorpresa era notoria en la cara de sus amigos.

—Supongo que te tengo que dar la razón, lo cual me deja perplejo —dijo Guille dudando—. ¿Sabéis una cosa? A mí a veces me dan ganas de montar guardia en el Parque Norte o el de Alcazaba y pillarle un día con la manos en la masa…

—No creo que sea una buena idea, es jugársela a lo tonto —le interrumpió Andrea, dejándolos una vez más en fuera de juego y tomando conciencia de que el terreno que empezaba a pisar podría llegar a ser pantanoso si su brusco afán por cobrar protagonismo fuera la semilla que pusiera en marcha una mínima sospecha sobre él.

—Vaya con Andrea, quién te ha visto y quién te ve, esa seguridad tan repentina no es propia de ti —dijo Guille—. Yo creo que, al final, el asesino tiene que cometer algún error, estará con mucha confianza y es inevitable que omita algún detalle en su planificación y la cague. Es tan solo cuestión de tiempo.

—No cometerá ningún desl… —Andrea detuvo su alocución, pero ya era demasiado tarde.

—¿Desliz ibas a decir? Lo cometerá sin duda, sea quien sea el perturbado, tan solo se trata de un ser humano, y los humanos la cagamos, ya te lo digo yo —insistió Guille.

—Bueno, ya veremos cuándo cogen al malnacido —dijo Kenji, queriendo zanjar la cuestión por el tono empleado y escrutando de reojo a Andrea.

—Cambiando de tema… ¿Cómo se os presenta el mes de agosto? ¿Algo en especial o lo de siempre? —preguntó Izan—. Yo me temo que me quedaré en Madrid y, a lo sumo, una semana a la sierra, pero solo con suerte.

—Lo de siempre —dijo Guille—. Que traducido significaba asarse en Madrid sin posibilidad de alternativa alguna.

—Yo aprovecho para hacer mudanza. Ya sabéis que me largo de casa —apuntó Andrea.

Todas las miradas se volvieron a Kenji, que tuvo que realizar un nuevo acto de contención.

—Enseguida voy con eso. Quería comentaros que he pasado la tarde entera escuchando el nuevo disco de Epica y creo que se acerca a su gran obra maestra. ¿Lo habéis escuchado ya?

Kenji sabía cómo manejar los tiempos. Tenía claro que la noticia que tenía entre manos iba a ocasionar una serie de emociones imprevistas en ellos y quiso jugar la baza de hablar sobre un tema común donde se desataban las pasiones y que les unía y mantenía como grupo. El jarro de agua fría prefería dejarlo para más adelante.

Tras una serie de alabanzas a las canciones del disco, piropos no demasiado elegantes a la cantante y demás lindezas de imposible reproducción, Kenji propuso a modo de divertimento que cada uno de ellos escribiera en un papel —en este caso una servilleta adornada con el dibujo de una columna jónica— las canciones que más les había gustado a lo largo de su vida. Tras una serie de elecciones, descartes, vuelta a elegir, cierto alboroto e incontables palabras malsonantes, Kenji tomó el mando de la discusión.

Capítulo 4 Estrella de la autopista

—¡Por fin! Nos ha costado casi una hora, un par de Repúblicas y Platones de más, pero lo conseguimos. Así que estamos los cuatro de acuerdo que una de las mejores canciones que jamás hemos escuchado es el Highway Star de Deep Purple versión liveMade in Japan. Izan o Guille, sois de largo los que mejor trato tenéis con Hera. ¿Por qué no le pedís que lo pinche? Sé que ella tiene ese disco en el local, lo puede poner en el viejo tocadiscos que está ahí en la esquina… no me preguntes por qué lo sé —alegó Kenji rememorando, una vez más, la noche fallida de una conquista imposible.

—Yo creo que no se negará. Allá que voy —dijo Izan con un determinación impropia de él.

Tuvo la suerte de que Paola estaba en ese mismo instante detrás de la barra y era la ocasión perfecta para que no se escabullera y se fuera a servirle una copa a cualquier cliente. El grupo observó como en un principio Paola ladeaba la cabeza de izquierda a derecha a modo de negación, pero la insistencia de Izan dio resultado y se vio a Paola cómo elevaba el dedo índice a modo de «tan solo una canción». A los pocos minutos, el tema inundó El mito de la caverna.

Se escuchó, en primer lugar, una ligera melodía proveniente de unos teclados y la reacción de un público que parecía adivinar el tema que estaba a punto de comenzar. A continuación unos redobles suaves de batería que iban in crescendo acompañados por una línea sencilla de bajo y una guitarra eléctrica apenas perceptible. Poco a poco, el principio de la canción fue tomando forma a través de una base rítmica más contundente subida de volumen y una guitarra estridente con más protagonismo. La primera participación del cantante ya no se hizo esperar al anunciar aparentemente el título de la canción. Y en un segundo todo un estallido musical emergió con la precisión de un reloj suizo, compacto, milimétrico, con un baterista y un bajista compenetrados a la perfección y un guitarrista enseñando su primeros alardes de virtuosismo. Y a partir de ahí una poderosísima línea vocal sin concesiones a la galería.

«Nobody gonna take my car

I´m gonna race into the ground