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Por un lado, están Giacomo, Enzo y Filippo, quienes, para mitigar el calor de julio, huyen de la ciudad a esos pueblecitos de la costa del Tirreno donde los romanos tienen sus segundas residencias. Por otro, está Biba, que esa noche no está con ellos. Los cuatro son amigos desde el instituto, amigos incondicionales entre los que a veces se confunde la amistad con el deseo. En la mente de Biba los tres jóvenes son una especie de ente amistoso al que denomina GEF, «una segunda familia de hombres desnortados y titubeantes con los que se ha criado». Por un lado, está la vida adulta de estos cuatro personajes en la treintena: las aspiraciones, las estrategias de supervivencia, la medida de lo posible. Por otro, el segundo gobierno de Berlusconi y la cumbre del G8 ese 20 de julio de 2001, en el que los miles de jóvenes de los movimientos antiglobalización que se concentraron en Génova fueron neutralizados por las fuerzas del orden con una ferocidad desconocida hasta el momento cuyo resultado fue un muerto. Y, luego, siempre, están el verano y el mar; la playa, único lugar dedicado por completo a la felicidad. Francesco Pecoraro pone a convivir todos estos elementos en una maquinaria narrativa perfecta que muestra, una vez más, su admirable capacidad para leer un mundo en situación de colapso. Una escritura elegante y lucidísima en la que se agita una tensión inagotable por comprender, observar la indolencia consustancial a algunos fenómenos contemporáneos y cuestionar, con literatura de altísima graduación, la realidad.
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Seitenzahl: 275
Veröffentlichungsjahr: 2025
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LARGO RECORRIDO, 211
Francesco Pecoraro
LO ÚNICO QUE IMPORTA ES EL VERANO
TRADUCCIÓN DE CARMEN TORRES GARCÍA
EDITORIAL PERIFÉRICA
PRIMERA EDICIÓN: junio de 2025
TÍTULO ORIGINAL: Solo vera è l'estate
La traducción de este libro ha recibido una ayuda del Centro para el libro y la lectura del Ministerio de Cultura italiano.
© Adriano Salani Editore - Milano, 2023
© de la traducción, Carmen Torres García, 2025
© de esta edición, Editorial Periférica, 2025. Cáceres
www.editorialperiferica.com
ISBN:978-84-10171-52-7
La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.
Para Antonio
Por norma general, la vida en este planeta subsiste en el pequeño intervalo de temperatura en el que el agua se encuentra en estado líquido, entre la ebullición y el congelamiento. Sin embargo, para el ser humano, el margen de supervivencia es más estrecho, de unos cincuenta grados centígrados sobre cero y unos treinta bajo cero, o quizá menos, seguramente menos, mientras que el confort, es decir, el bienestar, sólo se da entre los quince y los veinticinco grados. Por debajo de los quince, pasamos frío; por encima de los veinticinco, tenemos calor. En cuanto a la humedad, es preferible que el porcentaje sea de entre el 45 % y el 75 %. ¿Y por qué esto es así? Pues no se sabe.
Lo que sí se sabe es que, por estos lares, cuando, en julio, llega el anticiclón de las Azores, los católicos mediterráneos nos vemos envueltos en una especie de burbuja de altas presiones, una inmensa bolsa de aire caliente e inamovible que nos aísla de las corrientes septentrionales, esas que arrastran las nubes a toda velocidad por los cielos del norte, allá donde Europa es distinta, verde y moral, sigue llena de ciervos y de protestantes, y está salpicada de crucificados del siglo XVI, ulcerados y sufrientes hasta el límite de la concepción real del dolor que nosotros negamos tan ricamente. Es por eso por lo que, aprisionados en nuestras trampas climático-culturales y en un intento de defendernos de esa manta de calor, no nos queda otra que exponernos a los débiles aires vespertinos, encerrarnos en lugares climatizados o, mejor aún, buscar el mar, dirigirnos al mar, quedarnos el máximo tiempo posible metidos en remojo y al alcance de la brisa de la orilla, a la espera de que la bolsa de las altas presiones explote y se lleve consigo el verano.
En efecto, de eso es de lo que estamos hablando, del verano, o sea, de esa estación que para nosotros define nuestra identidad, la única por la que los catomediterráneos consideran que merece la pena vivir, aunque sea sufriendo, con un sufrimiento que, sin embargo, también es placer. Placer por el calor, el sudor, las bermudas y las chanclas, el agotamiento y las siestas meridianas, las tardes largas, en la calle, sentados en mesas de bares y restaurantes, en plazas y plazoletas que en esta estación se nos antojan acogedoras, íntimas y habitables, con sus tiendas cerradas, sus voces y las carcajadas de sus mujeres.
Hoy hemos llegado casi al límite térmico superior, si bien, gracias a los complicados mecanismos de termorregulación de los que estamos dotados, casi todos hemos logrado sobrevivir también a esta jornada. No obstante, como suele pasar, hay quien no lo ha conseguido: algunos ancianos, faltos de aire acondicionado o incapaces de encenderlo y de regularlo, han entrado en hipertermia y han muerto.
A primera hora de la tarde habremos rondado los treinta y cinco grados. Humedad en torno al 70 %. Un infierno. Los aires acondicionados de las tiendas que dan a la calle llevan todo el día derramando riachuelos de condensación en las aceras de esta gran ciudad, antigua y periférica, y esos charquitos ya empiezan a mostrar unos bordes de algas muy verdes y como alienígenas que no tienen buena pinta. Se trata de agua destilada procedente de los cuerpos humanos presentes en los locales climatizados, agua que, tras beberla, han sudado y transpirado, que se ha evaporado en el aire, que luego ha sido capturada y transformada de nuevo en su forma líquida y pura, y que ha terminado vertida en el asfalto, donde vuelve a contaminarse y a tornarse verde. Eso es lo que pienso de esa agua.
Hoy, 20 de julio del año 2001 de nuestra era, fecha nefasta y perdida ya en el tiempo, si bien, después de tantos años, sigue operativa en el plano histórico, como todo lo que ocurre o se hace que ocurra; como decía, hoy hace mucho calor en la Península, tanto en Génova como en Roma. Hace un mes que se instauró el Gobierno de Berlusconi II, que, pese a todo, está resultando el más largo de la historia de la República y el que más ha influido en la mentalidad y en el futuro del País.
Enzo a lo mejor prestaría alguna atención a Berlusconi II de no ser por las mil cosas que lo tienen ocupado o distraído. Pocas son esenciales para sus ambiciones y para su subsistencia; muchas son las demás, las que pululan por Internet, que está en fase de rapidísima expansión y que ya es capaz de sustituir casi todo aquello que existe en las tres dimensiones, a lo que confiere una cuarta, la cibernética, la forma de existencia platónica de las cosas, de las personas, de las ideas y de la inmensa cantidad de chorradas que el ser humano es capaz de producir y que se van mezclando a toda velocidad en el ciberespacio hasta regalarnos, después de veinte años, la inextricable dimensión físico-mental del presente.
Durante estos años se han ido forjando grandes cosas y han ido muriendo muchas otras, entre ellas la civilización burguesa, que guio la democracia italiana desde la posguerra hasta el final del siglo XX. Dentro de dos meses, el mundo se verá sacudido por algo todavía más grande, de lo que se derivará la segunda guerra de Irak, además de Afganistán, Irán, Siria, Guantánamo, el ISIS, Londres, Atocha, Charlie Hebdo, Bataclan, y cientos de bombardeos, y miles de misiles, y de atentados, atrocidades, muertos, heridos, degollamientos, decapitaciones y migraciones en masa, en una cadena de conflictos que aún perdura y que resulta difícil no incluir en los libros que se están escribiendo en la actualidad, aunque, de todos modos, muchos se quedan fuera. Entre las últimas cosas que produjo la civilización burguesa del siglo XX hasta el 20 de julio de 2001 está el movimiento antiglobalización. Éste precisa de un estudio en profundidad para entender qué incluye, pero, a primera vista, podemos decir que contiene elementos de análisis del presente reunidos según una base ideológica con cierta coherencia de datos. En julio de 2001, tras la Conferencia Ministerial de Seattle de 1999 y de los enfrentamientos que siguieron, el pensamiento antiglobalización goza de cierto grado de aceptación entre las masas, y no sólo entre las más jóvenes.
Como siempre ocurre en estos casos, a los jóvenes les seduce más el carácter cool del movimiento que el hecho de ser más o menos conscientes de los problemas mundiales que acarrea la nueva fase de un capitalismo en perenne reestructuración. En la vida de los jóvenes de los siglos XX y XXI, nada ha sido más importante que la repercusión gregaria de ser cool, o de ser considerado como tal en el círculo político y subcultural de pertenencia. En contraste con la fuerza supranacional del capitalismo –origen, sin embargo, de situaciones fascinantes, como la movilidad mundial, la lengua franca del Imperio y el aumento exponencial de la conectividad–, los antiglobalización son pacifistas, ecologistas y partidarios del desarrollo sostenible (palabra que lleva en uso desde hace años), proponen un consumo responsable y un decrecimiento feliz, son antiprohibicionistas y contrarios a la alta velocidad ferroviaria –cuya máxima representación en Italia es la línea Turín-Lyon–, pero no al aumento exponencial de los viajes en avión, de cuyo enorme despilfarro de energía no se tendrá conciencia hasta una década después.
Desde el jueves 19 de julio, una gran confluencia de personas, definidas ya de forma general como antiglobalización, se está concentrando en Génova para manifestarse contra el G8, en el que ven lo que en realidad es: un lugar de coordinación de la política internacional y de quienes parten el bacalao; en definitiva, el gran capital económico. No hacen falta pruebas que ratifiquen esta afirmación. Los antiglobalización lo saben. Todo el mundo lo sabe.
Sin embargo, el Gobierno de Berlusconi II necesita demostrar que tiene la situación controlada y que puede erradicar el movimiento desde su origen no tanto porque lo considere peligroso, sino para que quede claro quién está al mando. Para llevar a cabo esta tarea, están el vicepresidente del Consejo de Ministros, Gianfranco Fini, presente esos días en Génova; el ministro del Interior, Giuseppe Pisanu, y carabineros y otras fuerzas del orden, a quienes la sensación de impunidad inducida por el ambiente de derecha neofascista que se respira en los cuarteles, donde los agentes llevan ya varios meses saludándose abiertamente con el brazo alzado y la mano tendida, alienta a actuar. Contar la Historia tal y como la estoy contando tiene el mero objetivo de evocar cierto clima, cierto calentamiento de la sangre, y de poner de relieve la increíble violencia del Estado, cuyos auténticos responsables nunca llegaron a recibir castigo.
Hoy también ha hecho mucho calor en Génova y, mientras el Estado muestra a cientos de miles de manifestantes su cara más tremenda, estúpida y feroz, Enzo está trabajando. Cuando no usa el ordenador de sobremesa –QuarkXPress para paginar y FreeHand para el diseño gráfico vectorial– o cuando hace bocetos a mano en papel, cosa que prefiere, suele tener la radio encendida. Sin embargo, hoy se ha pasado toda la tarde en el ordenador, y éste requiere la máxima concentración, una concentración estúpida, que quizá no sea más que atención extrema y que sólo tolera una música determinada, sosegada, mejor si es de cámara, mejor si es dieciochesca, o bien música ambiental, mejor si es de Brian Eno, eso mola.
Para Enzo es así. Es su forma de trabajar, superconcentrado, hasta que el cansancio lo arranca de golpe del ordenador a última hora de la tarde. Por tanto, no le han llegado las noticias del G8 de Génova, del que no sabe mucho, ni de la marcha de los antiglobalización, con quienes comparte algunas tesis, aunque no todas. En realidad, no conoce todas las tesis de los antiglobalización porque nadie las conoce. Enzo siente que hay algo embriagador en el gran cambio que se está viviendo a escala mundial, en la velocidad con la que se desarrollan los ordenadores y los programas que necesita para trabajar, en la expansión y la creciente eficiencia de Internet, en la comunicación instantánea y sin límites virtuales. Todo esto le genera un sentimiento de conformismo secreto, oculto bajo el inconformismo que oficialmente comparte con sus coetáneos.
De acuerdo, piensa, estamos a merced del capital globalizado, nos estamos cargando el planeta, pero yo me planto en Milán en cuatro horas mal contadas, vuelo a Londres con Go por doscientas mil liras, voy a Berlín cuando me viene en gana, trabajo con programas de diseño gráfico cada vez mejores; no sé qué es exactamente, si será cosa de Internet, pero la conexión es cada vez más fiable; están los foros, los chats y demás; son cosas nuevas, nunca vistas.
No lo dice abiertamente, pero la creciente cultura global le gusta, le resulta interesante: todos hablan con todos, hay excitación, una especie de euforia, se intuye la revolución, se lanzan hipótesis sobre el desarrollo informático y la vida digital que está por llegar. Sí, bueno, está el avance salvaje del capitalismo, existe explotación y hambre en el mundo, pero la agitación le gusta; total, hambre en el mundo siempre habrá. Enzo cree estar clara y abiertamente en contra, pero no siente la necesidad de reconocer que, en el fondo, está a favor, porque, si te está gustando el mundo que está por llegar, pero odias a los que lo están construyendo, es decir, al capitalismo financiero y a la multinacional imbatible y deslocalizadora, debes admitir que tienes un problema, que te contradices y que convives con esa contradicción prácticamente desde que montabas follones políticos en el instituto de secundaria Mamiani.
Sin embargo Enzo, y aquéllos como Enzo, son incapaces de reconocerlo. Su precaria situación laboral, a medio camino entre la profesión sacrificada pero liberal y la prestación asalariada –colaborador estable en un nuevo estudio de diseño gráfico al que factura por meses–, y un oficio de futuro incierto que, en lo técnico, evoluciona muy rápido, pero en el que es difícil abrirse camino y en el que abrirse camino significa ganar lo suficiente para vivir, todo ello se ve recompensado por la euforia ante una realidad que cambia constantemente a su alrededor y que se expande a lo largo y ancho del vasto mundo, un mundo que por supuesto lo ignora, pero que él contempla extasiado como si de una gran promesa se tratara, una promesa enorme e indefinida llena de novedades, y más novedades, y más aún hasta el fin de los tiempos.
Son las 17.27. El Nokia vibra en su reducido espacio de trabajo, y sigue vibrando y desplazándose hacia el borde de la mesa. De mala gana, Enzo aparta su hechizada mirada de la pantalla del ordenador para fijarla en la del móvil. Es Giacomo. Se gira de nuevo hacia el ordenador y mientras lo hace dice: Hey.
Desde el otro extremo suena un ¿Enzo? A continuación, una voz lenta y relajada dice: ¿Qué haces? ¿Todavía estás trabajando? Son las cinco y media y hay expectativas. Lo dice justo así: Hay expectativas. No todo está perdido para esta noche. ¿Te has enterado del follón que se ha montado en Génova? Van a darnos leña, añade, como si estuviera allí. Giacomo se cree informado, pero él tampoco sabe si es o no un antiglobalización. Enzo diría que no lo es, pero utiliza el nos por sentido de solidaridad con los que están manifestándose en Génova contra la Zona Roja. Enzo le pregunta por las últimas noticias y por la fuente. Giacomo le cuenta que ha hablado por teléfono con su amigo Dario, que está allí y que dice que la policía está desatada. Que los están masacrando y que nadie mueve un dedo por ellos. Que te revientan la cabeza aunque no estés haciendo nada, da igual que tengas setenta años o que seas monja, aunque a lo mejor exagera, a lo mejor a las monjas no las linchan, pero a los demás sí.
Pero ¿por qué? ¿Es que las monjas son antiglobalización?, pregunta Enzo.
Pues claro, y los monjes, también, los de la cogulla y los budistas. Es un popurrí político donde cabe de todo.
¿Un qué?, dice Enzo.
Un popurrí, una mezcla de movimientos, de siglas, de gente extraña, cada uno de su padre y de su madre, muchos venidos de fuera, de Francia, de Inglaterra, de España, donde la antiglobalización está pegando fuerte. Dario me cuenta que hay momentos en que parece que está en la cantina de La guerra de las galaxias. En resumen, que les están dando leña de la buena y que, entre los manifestantes, hay algunos del bloque negro, de esos que van vestidos de negro, llevan pasamontañas y lo destrozan todo; nadie sabe quiénes son. Dario dice que son provocadores, que rompen escaparates para que los maderos tengan la excusa de cargar y linchar. Pero dice que no se entiende nada, que hay mucha gente y que es un follón monumental. Berlusconi no va a permitir que le agüen la fiesta y Fini tiene contactos fascistas en la policía. Esta noche mi prima celebra una fiesta en su casa.
¿Dónde?, le pregunta Enzo.
En Lavinio. Venga, vamos. Más calor que aquí no puede hacer.
Cuando le entró la llamada de Giacomo, Enzo estaba concentrado en la paginación de un libro infantil. Las ilustraciones son de una vieja ilustradora y están hechas al estilo anglosajón, es decir, con un trazo definido, y son bastante realistas, ricas en detalles, pero caligráficas: en resumen, no le gustan. Las admira por su pericia y su profesionalidad, pero no le agradan: destilan cierto regusto antiguo, mojigato, propio del siglo XIX al estilo Gorey. Odia admirar cosas que no le gustan. Le ocurre muy a menudo. Además, está hasta los cojones de libros infantiles, de tantos conejos, ositos y ocas con cofias, y de ratones ladinos. No puede con más niñas emprendedoras, críos boquiabiertos, monstruos, dragones, caballos al galope y demás. Los libros para los más pequeños, como por ejemplo los de Richard Scarry, le fastidian menos, los encuentra más concretos: no entiende por qué a los niños, es decir, a las mentes más lógicas del planeta, se les cuentan tantas trolas.
Hay que acostumbrarlos al pensamiento mágico que se tragarán de adultos, a toda esa sarta de chorradas, dice Giacomo. Te engatusan cuando eres pequeño para poder engatusarte cuando eres mayor, para poder mentirte sobre todo, o sobre casi todo.
Enzo se queda allí sentado, absorto en la desaprobación que siente por el trabajo precario que se ve obligado a realizar desde hace un par de años –pero que otros como él consideran incluso bueno y que pagarían por tener–, mientras la ciudad se va sumiendo en el silencio, como siempre ocurre a las cinco de la tarde de los viernes estivales. En el estudio ya no queda nadie, pero el aire acondicionado sigue encendido. Enzo continúa enganchado al ordenador: su concentrada mente es incapaz de desconectar de la pantalla y de los problemas mínimos, de los detalles que son su obsesión y la de aquellos diseñadores gráficos que aspiran a hacer bien su trabajo, y la de aquellos que quieren hacer bien su trabajo en general, independientemente del lugar y de la época en que se encuentren. Trabaja duro por poco dinero. Está convencido de que el trabajo duro lo hará bueno en lo suyo y que al final, como es normal, se lo reconocerán (error fatal) y esto le aportará fama, dinero y, sobre todo, otro trabajo, encargos prestigiosos, un estudio propio y colaboradores a los que les toquen los mismos marrones que ahora le tocan a él. Giacomo le dijo una vez que la única forma posible de hacer carrera es pasar de explotado a explotador.
Hoy Roma al completo, como decíamos, se ha ido a laplaya. Enzo no tiene nada que hacer, ningún plan; la invitación de Giacomo le salvaría la noche y quizá el fin de semana entero, que hasta hace un instante se le antojaba abrasador y triste, un muermazo solitario delante del ordenador o de la tele, una serie de llamadas de teléfono en busca de alguien con quien salir, dos horas de aire acondicionado en el cine, solo o con amigos/amigas solitarios como él. Su historia con Clara está en punto muerto. Ya no se ven, ni se hablan, ni se tocan, ni se disfrutan. ¿Estará con otro? No lo sabe, pero en el estupor producido por el distanciamiento está convencido de que así es. Nada del otro mundo, imagina: un tío del montón, pero con el suficiente atractivo como para apartarla de él. Su vínculo, si es que puede llamarse así, se ha ido debilitando en el transcurso de unos pocos meses. Un alejamiento repentino, un no entenderse ya en nada. Ella también, al igual que Biba, estudió algo así como Economía o Derecho y, después de licenciarse, se sacó las oposiciones para un cargo directivo en el Ministerio de Hacienda (Prácticamente eres una funcionaria, ¿no? Sí, una funcionaria. ¿Qué pasa? ¿Te jode? He estudiado para dedicarme a esto y ahora es lo que hago), trabajo que la absorbe por completo y que está cambiando su forma de pensar o, como cree Enzo, está despertando su naturaleza de mujer práctica, con muchos desintereses, entre los cuales se encuentran todas las cosas que le gustan a Enzo y que él, hasta hace un año, creía que a ella también le gustaban. Y resulta que no. Pero no es tanto eso como que ha cambiado mucho, que ya no le presta atención; antes se tiraba las horas contándole cosas que a él ni le iban ni le venían, las típicas historias de oficina, las tareas que decía que le apasionaban. Y la admiración que siente por sus superiores, por lo que a ella le parece el éxito que han cosechado y por el éxito en sí, una admiración expresada con total placidez, sin las objeciones de Enzo, admirador también del éxito, aunque incapaz de reconocerlo ante sí mismo o ante los demás. Objeciones rancias cuyo carácter paleoideológico es el primero en admitir, pero que, al mismo tiempo, representan el único freno real del que dispone para contrarrestar el Conformismo con Todo, como lo llama Giacomo.
Biba ha seguido la misma trayectoria, pero mucho más incierta y crítica: ella es más interesante, es decir, más inteligente. Es más guapa, aunque ahora también anda medio perdida.
¿Clara se ha puesto del lado de los vencedores? Sí. Pero ¿vencedores de qué? De todo lo que hay y habrá en el siglo que acaba de empezar. Admiración inconsciente, desprecio de cara a la galería. Odia el arrobamiento que Clara profesa por el abolengo de la autoridad, aunque él, silenciosa y tristemente, bajo el velo cada vez más fino del antagonismo, también admira el poder, cualquier tipo de poder, y no tiene la más remota idea de cómo aferrarse a él sin aferrarse a él de manera oficial, es más, despreciándolo abiertamente. Odia verla salir del trabajo en traje de chaqueta y zapatos de tacón. Odia lo que le parece la transformación profunda de una persona a la que creía conocer y amar con otra vestimenta, mientras que la Clara de hoy no es más que la Clara de ayer al descubierto, o sea, la Clara que siempre ha sido: una chica inteligente, una ecologista hija de un empleado de ATAC, la empresa de transporte público de Roma y de una ama de casa, alguien que quiere un puesto en la vida después de haber descartado la idea de ser antiautoritaria, anticomunista, anticapitalista, anticonsumista y, por tanto, anárquica, aunque no del todo, es decir, que, al igual que muchos de sus coetáneos de los últimos años de la década de los ochenta y primeros de los noventa, alberga el deseo de diferenciarse de cuanto la rodea, aunque no haga más que seguir la tendencia ideológica de finales del siglo XX, que se difumina poco a poco en el Conformismo. Como Enzo, como todos.
Él lleva tiempo viéndose en secreto con Biba y tirándosela. Y ahora tiene la maníaca convicción de que Clara se tira a uno del Ministerio. Por tanto, todo ha terminado, todo ha desembocado en ese aturdimiento que produce el no saber bien, el no entender, que es la condición estándar del ser humano en la Tierra, aunque esto Enzo no lo sabe. O a lo mejor lo sabe, pero, como todos, finge que no lo sabe para no amargarse. Mientras tanto, las que para los coetáneos de Giacomo –becario de Filosofía Teorética en la facultad de Villa Mirafiori cuya carrera parece ya encarrilada– son preguntas confusas y contradicciones irresolubles, para él no son más que trabajo. La Verdad no tiene que ver con la filosofía, o al menos no con la de su mentor, que él cultiva y de la que en parte se ha convencido, filosofía por la que sólo existen la verdad científica y la verdad procesal: «Lo demás es palabrería», dice el catedrático del que ahora mismo depende su futuro. Pero eso no puede ser así, piensa Giacomo, porque, si sólo son verdaderas –de manera instrumental– la ciencia y la justicia, aunque de modo distinto y esencialmente procesal, no puede ser verdad nada que no se haya sometido a uno de estos dos procedimientos. Sin embargo, damos por verdaderas un montón de cosas sin verificarlas, y todo, o casi todo, sigue funcionando igual. Por tanto, debe de haber verdad en lo que consideramos verdadero, reflexiona Giacomo, que, en cualquier caso, está oficialmente de acuerdo con su mentor, que es un simplificador: sostiene que la filosofía es el análisis y la explicación, y tal vez la divulgación, de los procesos más complejos del conocimiento, que, más allá de las verdades procesales, únicamente se encuentran en la ciencia, la única que persigue la verdad objetiva. Siempre y cuando ésta exista, afirma, porque, «cuanto más profundizas en la Naturaleza, más parece ésta disolverse en la nada».
En este momento, es decir, a las 17.27 del 20 de julio de 2001, alguien está experimentando en sus propias carnes algo definitivamente verdadero: una bala que te entra por el pómulo izquierdo y te mata en pocos minutos.
De la documentación presente en Autos se desprende que, con fecha 20.07.2001, hacia las 17.15, en piazza Gaetano Alimonda de Génova, se confirmaron unos enfrentamientos entre unos manifestantes «anti-G8» y las fuerzas del orden. En dichas circunstancias, un Land Rover de los carabineros sufrió un asalto por parte de un grupo de manifestantes. Del interior del vehículo se disparó un proyectil que impactó en Carlo Giuliani y lo mató en el acto.
La verdad existe: se llama Carlo Giuliani, muerto de un tiro.
Pero ni Giacomo ni Enzo, ni nadie que no se encuentre en ese preciso lugar, sabe aún nada sobre eso. Ellos están a lo suyo, en teoría y quizá en esencia, libres de toda culpa, con su bochorno, su cansancio y su constante tensión por tener que labrarse un futuro, planeando, con resignación, la velada de un viernes que, de antemano, saben que será aburrida pero que esperan que al menos sea entretenida. En este momento, la violencia y la muerte –que aquí también se hallan escondidas en la naturaleza de las personas, de las cosas y de las casas, en el cubil asesino de las familias, en las carreteras de cuatro carriles, en los coches de todo tipo, en las vidas, en el sexo y en las ansias de dinero, poder y éxito– se manifiestan en otro lugar como la erupción lejana de un magma silente que tenemos bajo los pies y que, aquí y allá, sale a la superficie, explota, erupciona, destruye.
Vale. ¿Llamamos a Fili? ¿Te parece bien si también se viene Filippo?, pregunta Enzo por el móvil.
Ya lo he llamado, le responde Giacomo. Se viene. Él tampoco tiene una mierda que hacer. Tengo el Yaris de Biba. Me lo ha prestado. Esta tarde no le hace falta; ha ido no sé adónde, creo que a Umbría, con no sé qué amigas.
Sí, claro, amigas…, dice Enzo.
No empieces con tus gilipolleces, le advierte Giacomo.
La envidia me corroe, ya lo sabes, dice Enzo.
Enzo sabe que, cuando le dice eso, que la envidia lo corroe, Giacomo se siente gratificado. Está convencido de que esa gratificación disminuye en él la sospecha de que aún pueda existir algo entre la que considera su chica, y que vive con él, y el que sería su mejor amigo, si no fuera tan gilipollas.
Venga ya, contesta Giacomo. Podemos cenar en Anzio, ¿qué dices? Es un poco caro, pero me apetece pescado, tengo mono de mejillones, calamares fritos, gambas, langostinos… ¿Estamos entonces? Nos dejamos caer por la fiesta a última hora y luego dormimos en tu casa. ¿Está libre?
Sí, está libre. Bueno, creo que sí. Llamo a mis padres y les pregunto. No sé si hay sábanas limpias, pero creo que podremos apañarnos, ¿no?
Claro, hombre. Voy a recoger a Filippo sobre las seis. Calculo que estaremos en Colli Portuensi más o menos a las seis y media. ¿Te da tiempo?
Sí, ya estaba saliendo. Aquí se han largado todos hace ya un rato. Han empezado pronto el fin de semana. ¿El Yaris de Biba tiene aire acondicionado?
Sí, y funciona, responde Giacomo.
Enzo sabe perfectamente que el Yaris de Biba tiene aire acondicionado: se ha subido muchas veces, incluso hace poco. Pero preguntar le da una sensación de falsa inocencia. De no estar traicionando a su amigo.
Si es que se puede hablar de traición, piensa: ella estaba conmigo antes que con él. A ver, no es que estuviéramos oficialmente juntos, nos acostábamos, exactamente igual que ahora, pero sin escondernos. Él lo sabía y lo intentó, lo intentó con tanto ahínco que al final lo consiguió. No te vas a cabrear, ¿verdad?, me dijo la tarde que me llamó y empezó con un Tenemos que hablar, ¿puedo pasarme por tu casa? Tenía que decirme que me consideraba su amigo. Que, en realidad, Biba y yo no estábamos juntos, según le había dicho ella. Por tanto, era verdad que había ido detrás de ella. Como si no lo supiera. Ahora estamos juntos, va a venirse a vivir conmigo. Me he enamorado. Tú no estás enamorado, ¿verdad? Claro que estoy enamorado, me entraron ganas de decirle. Biba no me lo había mencionado. La víspera habíamos follado en el Yaris en el parking de siempre, nos habíamos fumado unos cigarrillos, habíamos charlado un buen rato. Un poco de todo.
Una vez, meses atrás, habían hablado incluso de Giacomo, de que a ella le caía bien y de que lo envidiaba mucho por el sueldo que ganaba como doctorando y por la casa que tenía en propiedad.
Es que vive en una casa en propiedad, ¿sabes? No tiene que pagar alquiler y nadie le puede dar el preaviso como me lo están dando a mí.
La iban a desahuciar. Una situación horrible. Decía que no sabía adónde ir. Que con el alquiler de su casa y la pasantía en el bufete no ganaba suficiente y que no pensaba volver a casa de sus padres.
A ver, me iré si no me queda más remedio, antes que dormir en el coche, por ejemplo, ¿entiendes?
Aquella tarde Giacomo le había confesado que llevaba mucho tiempo enamorado de ella. Se lo dijo en el mismo coche en el que él y ella lo habían hecho el día anterior. A Enzo, que no lo consideraba ni jamás lo había considerado un rival posible en ningún ámbito, le había sentado fatal, y le costó dios y ayuda no mostrar ira, dolor, contrariedad, envidia, frustración y ganas de partirle la cara, es decir, todas las emociones que, en el momento de la revelación, se habían apoderado de él a la vez, sobre todo, debido al tono condescendiente de Giacomo, que implicaba un ¿Ves como yo, el gordinflón torpe al que no echáis cuentas, soy capaz de llevarme a la chica?, y cuya forma plural también incluía hipotéticamente a Filippo el Bello, el Impasible, que, según la leyenda, se las tira a todas y luego si te he visto no me acuerdo.
Vale, Biba está con los dos, pensaba Enzo; bueno, no, está con él, pero se lo monta también conmigo y lo más seguro es que yo, al igual que Giacomo, aunque no exactamente igual, también esté enamorado de ella, tal vez sólo de ella. Pero ¿qué quiere decir enamorado? Quiere decir toda una serie de cosas, cagoendiós: ganas de estar siempre con ella, siempre, siempre, siempre; ganas de comérmela, de hablar sólo con ella, de ser su único deseo y todo eso. Me decía que de Giacomo le gustaba «su pinta de lechoncito». De cerdaco, le había dicho yo: rollizo, con la piel blanca, las carnes prietas y el pelo rubio y liso. Me pone un poco cachonda, me contestó sin más.
¿Que Giacomo te pone cachonda?
Sí, un poco. Me atrae su amabilidad porcina y sumisa. Supongo que sabes que le hago tilín.
Entonces cambiamos de tema. Teníamos las ventanillas bajadas al frío aire de noviembre y el humo de los cigarrillos se expandía por el vacío del parking mientras que la ceniza se adhería a los laterales blancos del Yaris, mojados por la lluvia. Después de aquella ocasión, no volvimos a hablar del tema y seguimos viéndonos con regularidad, aunque sólo para follar en el coche.
¿Y por qué me lo cuentas? ¿Me llamas a las once de la noche y te plantas aquí a las tantas para decirme que te has liado con Biba? Muy bien, te has liado con Biba. ¿Y? Ni que estuviera saliendo con ella.
Perdona, pero todo el mundo sabe que os veis, me dijo.
¿Y si fuera así? ¿Qué quiere decir? ¿Que estamos juntos? Y, aunque estuviéramos o hubiéramos estado juntos, ¿a ti qué te importa? Te has liado con ella, bueno, no sé, a lo mejor sólo os habéis enrollado; bueno, venga, vale, te la follas. Pues me la suda un poco, qué quieres que te diga. Vienes como si hubieras hecho algo malo, como si hubieras traicionado a un amigo o le hubieras robado la novia. ¿No se te ha ocurrido pensar que a lo mejor entre ella y yo no existe nada, que sólo se trata de una amistad que tenemos desde los tiempos del Mamiani y punto?
Vale, tío, ya lo pillo…, soltó Giacomo.
