Lo Vimos Venir - Andrés Barrientos - E-Book

Lo Vimos Venir E-Book

Andrés Barrientos

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Consigna en boca de muchos tras el fatídico 18 de octubre de 2019. Fue la sorpresa mayúscula en tantos que vivieron el estallido subversivo y sus secuelas, sin percatarse de que los hechos se enraizaban en causas de larga data. Esa ingenuidad pasmosa ha hecho posible la rendición de nuestras instituciones políticas y nuestra sociedad ante un proceso revolucionario sin precedentes. Hoy, a las puertas de la decisión más importante de nuestra historia –el plebiscito de salida–, es fundamental comprender estos tumultuosos años y lo que Chile deberá enfrentar hacia adelante. En esta serie de tres ensayos, Editorial Conservadora se interna en este proceso desde la mirada de quienes tuvieron fundamentos para "verlo venir". En primer lugar, Andrés Barrientos nos remite a la atmósfera inquietante de ese 18 de octubre, para ofrecernos un análisis politológico acerca del estallido, sus causas y consecuencias. Luego, Henry Boys esboza una perspectiva jurídico-política de un proceso constituyente errado desde sus bases. Por último, Javier Silva cierra con una amena reflexión sobre nuestra sociedad a la luz de la revolución en curso y el Chile que viene.

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Seitenzahl: 117

Veröffentlichungsjahr: 2022

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LO VIMOS VENIR

Autores: Andrés Barrientos Cárdenas, Henry Boys Loeb y Javier Silva Salas

Editorial Conservadora S.p.A.

Badajoz 100, of. 523

Las Condes, Santiago, Chile

www.editorialconservadora.cl

Edición: Benjamín Lagos Cárdenas

Diseño y diagramación: Andrea Rojas Besoain

Derechos reservados.

©2022 Andrés Barrientos Cárdenas, Henry Boys Loeb y Javier Silva Salas

Registro de Propiedad Intelectual

ISBN 978-956-6172-01-7

ISBN digital: 978-956-6172-02-4

Se prohíbe la reproducción parcial o total de este libro por cualquier medio, salvo autorización previa y escrita de Editorial Conservadora S.p.A.

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

Índice

Presentación

La Constitución de la vergüenza, por Andrés Barrientos

Por qué rechazo, por Henry Boys

Yo lo vi venir, por Javier Silva

PRESENTACIÓN

Los acontecimientos desde aquel fatídico 18 de octubre de 2019 se han sucedido como una avalancha tras otra. Todo en Chile ha sido convulsión. La crispación política ha alcanzado cotas inéditas en décadas, fruto del auge de demagogos carentes de un mínimo sentido de responsabilidad. La delincuencia común y el terrorismo han asolado al país y la actitud de algunos sectores políticos ha sido justificar aquello o bien utilizarlo para su beneficio electoral. A eso hay que añadir la pandemia del covid-19 y una fuerte contracción económica. Por último, el proceso constituyente ha puesto en entredicho la existencia misma de Chile como nación.

“No lo vimos venir” fue la consigna en boca de muchos tras ese 18 de octubre. La frase en un principio aludía a la incapacidad de las autoridades de prever el denominado estallido social, para extenderse luego a describir la sorpresa mayúscula de tantos que vivieron la insurrección y sus secuelas. Quienes “no lo vieron venir” no se percataron de que esos hechos se enraizaban en causas profundas y de larga data. Esa ingenuidad en el diagnóstico es indicio de la debilidad de nuestras instituciones políticas y nuestra sociedad, rendidas ante el proceso revolucionario que Chile padece. El mismo sentimiento que explica la confianza que millones de votantes depositaron en la Convención Constitucional, atraídos por la promesa de que sería “la casa de todos”. Al contrario: la Convención, que ha redactado un texto partisano y excluyente, acabó produciendo la desafección del chileno medio, que no entiende el galimatías de su funcionamiento ni comparte las ideas generales del texto propuesto, extrañas a nuestra historia republicana. Hoy la mayoría de los chilenos, que “no vio venir” los desvaríos de la Convención, al parecer ha cambiado de opinión.

Es necesario contar esta historia a partir de la mirada de quienes, desde su inicio, tuvieron fundamentos para “verlo venir”. Perspectivas contenidas en tres ensayos, ampliamente documentados y de ágil lectura. En el primero, Andrés Barrientos, en La Constitución de la vergüenza, nos sumerge de lleno en la atmósfera inquietante del 18 de octubre y días posteriores, para ofrecernos un análisis politológico acerca del estallido subversivo, sus causas y consecuencias. A continuación, Henry Boys en Por qué rechazo aborda, desde una dimensión jurídico-política, un proceso constituyente errado desde sus bases. Por último, Javier Silva en Yo lo vi venir nos comparte una reflexión de sabor ameno e irónico sobre nuestra sociedad contemporánea a la luz de la revolución en curso y sus efectos.

Ante la disyuntiva más importante a la que Chile se ha enfrentado en su historia, la del plebiscito del 4 de septiembre próximo, es fundamental comprender lo que ha ocurrido en estos años, así como los desafíos de nuestro país hacia el futuro.

Benjamín Lagos

Editor

LA CONSTITUCIÓN DE LA VERGÜENZA

Por Andrés Barrientos Cárdenas1 @andres_btos

“Ser hombre significa, precisamente, ser responsable. Supone conocer la vergüenza frente a la miseria que no parecía depender de uno (...) Supone sentir, al

colocar su grano de arena, que se contribuye a

construir el mundo”.

Terre des hommes, Antoine de Saint-Exupéry

La política de la amenaza y la validación de la violencia

Luego del 18 de octubre de 2019 (18-O) se observaron las peores demostraciones de conducción política. Por un lado, se confirmó la efectividad de los sectores progresistas de hacer política amparada en la violencia para instalar su agenda-setting en los medios2. Por otra parte, quedó en evidencia la colusión discursiva entre lo que se suele definir como las demandas surgidas desde las manifestaciones callejeras y las izquierdas de todo espectro situadas en el Congreso chileno.

La mutación, superación y sobresaturación de los rayados violentistas en las principales arterias de las ciudades de Chile durante la llamada revuelta de octubre constituyen una prueba del uso de la violencia con fines políticos. La consigna pasó rápidamente del concepto “evadir” —entre los días 14 y 18 del mismo mes— a exigir la renuncia del Presidente, “nueva Constitución” y “Asamblea Constituyente”. No es casualidad que ya el 20 de octubre la gran mayoría de los diputados de la oposición al gobierno de Sebastián Piñera, en sesión especial de la Cámara, señalaran prácticamente a coro: “necesitamos un nuevo pacto social”. Entre esos congresistas figuran: González (PPD), Mirosevic (PL), Hirsch (PH), Díaz (PS), Castillo (RD), Cariola (PC) y Soto (independiente de izquierda)3. Todo un ensamblaje que no vieron venir las élites o, como indica Ruiz Encina, “lo que los analistas cortesanos tachan de incomprensible, mostrando con ello su propio divorcio con esta realidad”4.

El reconocido filósofo Ludwig Wittgenstein afirmó: “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”. Considerando esta afirmación, se observa con preocupación que los ciudadanos no dimensionan la importancia del significado de los conceptos o palabras que moldean la realidad. De ello han sacado provecho político las izquierdas, instalando un falso concepto de opinión pública —que no es más que la mera opinión publicada— y valiéndose para ello de todos los aparatos de la batalla cultural. Generan categorías mentales, en sintonía, pero no necesariamente coordinadas, que establecen códigos, de los cuales es posible detectar conceptos que terminan sonando populares y cotidianos: “movimiento social”, “paz social”, “vandalismo”, “hechos aislados”, “protesta pacífica”, “ciudadanos empoderados”, “sensación de mayoría” y muchos otros, que terminan configurando el nivel discursivo superficial sobre conflictos más profundos dentro de la sociedad. Muchos olvidan, por ejemplo, que en 2019 y 2020 fueron pocas las municipalidades del país que conservaron intactos los tradicionales árboles de Navidad en las plazas públicas, por riesgo de ser incendiados por radicales de izquierdas.

La nueva izquierda viene desarrollando en forma efectiva y avanzada los aspectos formales discursivos y emocionales, tanto que no les ha sido necesario condenar hechos de violencia ni han tenido que retractarse ante los llamados de algunos congresistas a la desobediencia civil, violando la promesa o juramento de cumplir la Constitución y las leyes.

De la molecularidad e hibridez

Analizando el proceso revolucionario, podemos observar en él las siguientes características: estrategia molecular y guerra o conflicto híbrido.

¿Por qué molecular? En el proceso de representatividad de la política chilena habría comenzado a agotarse el llamado consenso neoliberal5 de los noventa y a aparecer un proceso de transformación acelerado con las revueltas del 18-O. Comienza a emerger una confrontación micropolítica por sobre la macropolítica6, exacerbando elementos subjetivos que originan nuevos sujetos políticos: mujeres, niñez, ambientalismo, grupos indígenas, diversidades y disidencias sexuales, entre otros. Son quienes, desde la filosofía de Félix Guattari, plantearían sus líneas de fuga para el desarrollo de revueltas acéfalas, donde los grupos diferenciados son capaces de articular su componente colectivo en base a sus propias subjetividades para atacar la estructura basal del capitalismo bajo sus mismas herramientas de explotación del deseo. Esto habría tenido resonancia en toda la maquinaria del proceso de revuelta chileno, que no ha sido diluido. Es necesario entender que aquí no hay liderazgos definidos y que el movimiento de la revuelta con estas características múltiples muta a diario, en el marco de un proceso con particularidades posmodernas.

“Una revolución molecular (…) [que implica] una forma de la toma del poder político (…) [basado en] distintas acciones (…) que no tienen relación con un liderazgo predefinido”7, donde se busca la inestabilidad e incertidumbre como forma de convivencia permanente podría ser considerado —y la historia juzgará— como un golpe de estado posmoderno o de guante blanco, y en el caso más laxo como un golpe suave según la concepción teórica de Gene Sharp8.

Desde el concepto de “evadir” se permitió mover los límites de lo posible, se abrió la posibilidad de cambiar la Constitución, se puso en cuestión el sistema y se pensó en otra institucionalidad9.

“La revolución molecular es portadora de coeficientes de libertad inasimilables, irrecuperables por el sistema dominante [...] La conclusión de este tipo de transformaciones depende esencialmente de la capacidad que tengan los agenciamientos explícitamente revolucionarios para articularlas con luchas de interés, políticas y sociales”10.

Estas son las nuevas formas de organización que comienzan su articulación, que buscan el auge de las subjetividades (en colectivos) para el desarrollo de máquinas de guerra desde las identidades que se desarrollan, construyendo territorialidad11.

¿Por qué híbrido? Existe evidencia de que la organización de grupos irregulares y las tácticas usadas en los acontecimientos del 18-O tienen elementos como los que describe el profesor Alejandro Salas, de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE):

1. Fachada de legalidad (demandas sociales legítimas).

2. Despliegue informativo y desinformación (medios de prensa locales, espontáneos y desinformación internacional).

3. Guerra cibernética (véase informe de redes sociales de Alto Analytics12).

4. Despliegue no lineal (desconcentración territorial de las protestas, diluyendo el actuar de las fuerzas de orden y seguridad).

5. Capitalización de las divisiones (debilitación de posiciones antagónicas, es decir, aparición de una derecha “pro demandas legítimas” de la calle y una derecha “pro orden”, que produjo debilitamiento y avance en la hegemonía local).

Esos cinco puntos pusieron en entredicho al sistema de inteligencia nacional13. Por el mismo motivo se habla de híbrido: en la diferencia de fuerzas para lograr un determinado objetivo se emplean métodos no convencionales que incluyen también terrorismo, guerrillas o crimen organizado. Algo muy relevante es que este tipo de fenómenos pueden ser perpetrados por Estados o por actores no estatales14.

La falta de entendimiento de estos fenómenos es tal, que en un inicio las derechas formales del sistema político sucumbieron casi en su totalidad ante las categorías insertadas por copamiento y saturación por parte de las izquierdas en Chile, desde los colectivos que generan (des)(in)formación y transgresión, e intelectuales que promueven una guerra social, hasta los que buscan generar reformas o transformaciones estructurales mediante la presión de masas hacia el sistema democrático y representativo por vías alternas. De lo anterior, no se puede minimizar ni olvidar lo que señaló el titular del Partido por la Democracia (PPD), Heraldo Muñoz: “si se llegara a frustrar una nueva Constitución, evidentemente que la movilización que ha ocurrido se incrementaría y no tendríamos la paz social que todo el mundo anhela”15, tesis reafirmada el 29 de diciembre de 2020 por el entonces presidente del Senado, Jaime Quintana (PPD), demostrando una vez más lo que se podría directamente denominar chantaje o amenaza a nuestra convivencia civil.

Sebastián Depolo, joven político del partido Revolución Democrática, no dudó en señalar en El Mercurio que iban a “meterle inestabilidad al país”, con la excusa de hacer transformaciones importantes. Los actores de telenovelas y otros personajes públicos que se arrogan superioridad moral sobre los que piensan diferente han presentado la aventura revolucionaria como algo natural dentro del proceso chileno. Ejemplo para no olvidar fue la apología de la violencia realizada por el humorista Stefan Kramer, quien durante su presentación en el Festival de Viña del Mar de 202016 prácticamente elogió a la llamada primera línea revolucionaria de las revueltas chilenas. El resultado de estas irresponsabilidades —desde distintos frentes culturales— lo ha medido la encuesta Bicentenario UC 202117. Ante la pregunta “¿Cree usted que es justificable que una comunidad que busca mejores condiciones de vida haga uso de la fuerza y la violencia?”, 66% de jóvenes entre 18 y 24 años valida la violencia como mecanismo de obtener mejores condiciones de vida y 43% cree que la fuerza pública no debe actuar en casos de saqueos.

Frente a la incertidumbre que vive la Nación chilena, el acelerado avance del colectivismo y de la aceptación del Estado como herramienta para solucionar todas las inquietudes de sus habitantes, cabe preguntarse hasta cuándo miraremos al costado respecto al proceso revolucionario en curso y en qué momento se iniciará la contrarrevolución cultural que restaure los principios y valores que hacen a los países avanzar hacia mayor prosperidad, bienestar y paz. La aceptación de la agenda progresista en el sistema político no ha hecho más que diluir la convivencia social en sus nuevos marcos categoriales. Es prioridad hablar de estos hechos en su mérito.

En definitiva, los cambios políticos sustanciales deben ser vistos como procesos en la historia, y no como sumatoria de puntos de inflexión que puedan tirar por la borda el desarrollo o evolución de una república.

Ni estallido, ni social

“... una revolución del siglo XXI que tiene rasgos enteramente diferentes a las revoluciones clásicas de la modernidad: no tiene vanguardia que la conduzca, no perviven líderes que la representen y, (...) se trataría de revoluciones de final abierto”.

Rodrigo Karmy (2019). El porvenir se hereda: fragmentos de un Chile sublevado.

Los medios de comunicación hegemónicos y las élites no tardaron en tildar a las revueltas como un estallido social. Este concepto, que fue rápidamente instalado sistemáticamente por todos los medios posibles, debe ser disgregado. En primer lugar, estallido viene del verbo estallar, que a su vez procede del latín astella (astilla). A esta palabra se le atribuye un criterio de temporalidad corta; por lo tanto, el que se relacione con lo espontáneo suscita una confusión conceptual si sabemos los antecedentes del hito de la revuelta. En segundo lugar, no corresponde usar la palabra social: si bien al hito se le puede atribuir cierto importante apoyo ciudadano circunstancial, hubo una saturación, copamiento y encubrimiento de la violencia callejera en todo el territorio nacional, que inclusive buscó la renuncia del Presidente.

Pero claro, es una mera casualidad que en solo tres días se hayan registrado más de 1.000 sitios incendiados, incluyendo 78 estaciones de metro y más de 300 supermercados. Según el reporte ingenieril incluido en el libro “Insurrección” de Fernando Villegas, se calcula que al menos fueron necesarias 47 cuadrillas trabajando de forma simultánea 24 horas al día y unos 150.000 litros de acelerante18.