¡Locos por ellos! - Ramon Robert - E-Book

¡Locos por ellos! E-Book

Ramon Robert

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Los conciertos filmados de The Beatles, las jocosas y singulares películas que interpretaron para Richard Lester, sus apariciones televisivas, los cortometrajes vanguadistas de John Lennon con Yoko Ono, la obstinada carrera de Ringo Star como actor, las ambiciones cinematográficas de Paul McCartney, algunso biopics, las producciones de George Harrison para Hand Made Films, los documentos históricos, compilaciones videográficas y antologías en imágenes... Todas las películas de The Beatles, juntos o en solitario, proyectadas en las páginas de este libro, en el que también actúan, entre otros, Elvis Presley, Brigitte Bardot, Joe Orton, Madonna, Ravi Shankar, Steven Spielberg, Noel Coward, Federico Fellini, The Rutles, Robert Stigwood, Richard Nixon, Dustin Hoffman, Harry Nilsson, Charles Manson, Don Alan Pennebaker, Nicholas Cage, los Monty Phyton e, incluso, el buen totnto de Alabama, Forrest Gump. También tiene papel destacado el agente secreto británico James Bond, quien no duda en comentar despectivamente en una de sus más célebres películas: "Mira nena, hay cosas que no están permitidas, tales como beber Dom Perignon del 53 a una temperatura superior a los cuatros grados; es tan malo como escuchar a los Beatles sin taparse los oídos". Nadie es perfecto, ni tan siquiera el agente 007.

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Seitenzahl: 549

Veröffentlichungsjahr: 2014

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¡Locos por ellos!

Los conciertos filmados de The Beatles, las jocosas y singulares películas que interpretaron para Richard Lester, sus apariciones televisivas, los cortometrajes vanguardistas de John Lennon con Yoko Ono, la obstinada carrera de Ringo Starr como actor, las ambiciones cinematográficas de Paul McCartney, algunos biopics, las producciones de George Harrison para Hand Made Films, los documentos históricos, compilaciones videográficas y antologías en imágenes... Todas las películas de The Beatles, juntos o en solitario, proyectadas en las páginas de este libro, en el que también actúan, entre otros, Elvis Presley, Brigitte Bardot, Joe Orton, Madonna, Ravi Shankar, Steven Spielberg, Noel Coward, Federico Fellini, The Rutles, Robert Stigwood, Richard Nixon, Dustin Hoffman, Harry Nilsson, Charles Manson, Don Alan Pennebaker, Nicholas Cage, los Monty Phyton e, incluso, el buen tonto de Alabama, Forrest Gump. También tiene papel destacado el agente secreto británico James Bond, quien no duda en comentar despectivamente en una de sus más célebres películas: «Mira nena, hay cosas que no están permitidas, tales como beber Dom Perignon del 53 a una temperatura superior a los cuatro grados; es tan malo como escuchar a los Beatles sin taparse los oídos». Nadie es perfecto, ni tan siquiera el agente 007.

Sobre el autor

Nacido en la dulce primavera de 1958 en la no muy grande pero laboriosa ciudad de Igualada, provincia de Barcelona, el autor de este libro, RAMON ROBERT, certifica que descubrió la música y el mundo pop, en general, y a los Beatles, en particular, una lejana y veraniega tarde de domingo de 1967. En un hoy desaparecido cine de pueblo en el que vacacionaba se proyectó a todo color y en programa doble la película Help!, en la que nuestros héroes, los cuatro Beatles, se las medían con unos pérfidos orientales, fanáticos adoradores de la diosa Kali. El otro título, el de complemento, era de monstruos japoneses, o puede que de romanos, lo que tampoco importa demasiado. Desde entonces y hasta la fecha, el autor ha persistido en la visión de pe­lículas en pantalla grande, sigue gozando con insistencia de las canciones de los benditos Beatles de Liverpool y, de vez en cuando, se da un paseo caleidoscópico con su propio submarino por las apacibles aguas de Pepperland, navegando sin prisa por el océano del Tiempo y de la Nada.

Es una colección de libros digitales de Editorial Milenio

© del estudio y la investigación: Ramon Robert © de las fotos: los autores, agencias y publicaciones citados en márgenes © de esta edición: Editorial Milenio Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida (España)[email protected] www.edmilenio.com Primera edición: marzo de 2001 Ilustración y diseño de las cubiertas: Pilar Júlvez Diseño maqueta: CALAmar Editado con la colaboración de: Asociación Cultural Sgt. Beatles Fan Club Apartado de Correos 7.250 ~ 50080 Zaragoza La reproducción total o parcial no autorizada por los editores viola derechos reservados. Cualquier utilización debe ser previamente solicitada. D L: L-245-2001 ISBN: 84-89790-94-9 Impreso en Arts Gràfiques Bobalà, SL

© de la edición digital: Milenio Publicaciones, SL, 2014 www.edmilenio.com Primera edición digital (epub): noviembre de 2014 ISBN (epub): 978-84-9743-566-6

Conversión digital: Arts Gràfiques Bobalà, SLwww.bobala.cat

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

AGRADECIMIENTO

A Curtis Armstrong, Joaquim Font, Chris Hahn, Javier Tarazona, Roger Smith, Jack de Vries, Pau Acedo, Javier de Castro y Juan de Pablos, por emocionarse con esas canciones.

A Jaume Canals, Joan Balada, Ricard Fusté, Joan Fitó, Rosi Bravo, Manel Pérez, Toni Cuadras, Toni Riera, Pere Orgué y Alfons Robert, cinéfilos irreductibles. Aunque quizás prefieran a Wim Wenders, Terence Fisher o Eric Rohmer antes que a los cuatro de Liverpool.

A Ignasi Julià y Jaime Gonzalo, dirección bicéfala de Ruta 66, que fueron los primeros en creer en este proyecto. Y también a Richard Lester y George Martin. Y por supuesto a mis padres, a María Neus y Ramón. Sin ellos, este libro no existiría. Con mi mayor agradecimiento.

“Cuando todo en la vida parece como debe de ser y por fin te llega la suerte, no lo olvides. Mira por encima del hombro, porque nada perdura para siempre. La esperanza parece eterna en el aliento de un joven. Y los sueños alumbran su camino. Sin ese sueño, tú no eres nada, nada.”

(De la canción Look Over Your Shoulder, compuesta e interpretada por Alan Price para la película de Lindsay AndersonUn hombre de suerte / O Lucky Man, de 1973)

Introbeat

Han pasado más de siete lustros desde que George Harrison, John Lennon, Paul McCartney y Ringo Starr se juntaron para hacer canciones. En todo este largo periodo de tiempo, primero agrupados en formación de cuarteto, y luego, a partir de 1970, desarrollando sendas carre­ras como artistas musicales en solitario, Los Beatles han estado acreditados en un número indeterminado, pero considerable, de producciones de carácter y formato audiovisual. Películas de Los Beatles, con Los Beatles o sobre Los Beatles, bien en grupo, bien individualizados.

Ellos, los por siempre célebres hijos de Liverpool, además de haber sido y seguir siendo, gracias a los nuevos y desarrollados hallazgos del siglo (la radio, el reproductor sonoro, el cinematógrafo, la televisión...) la banda musical más popular de todas las épocas, en un preciso momen­to también fueron estrellas de la pantalla grande, al ser cómplices de Richard Lester en el invento de lo que se ha venido a llamar el cine pop, género o subgénero del cinema musical que, sin embargo, sólo prosperaría con amplitud en la pequeña y doméstica pantalla, y cuyo legado ha sido lo que hoy en día comúnmente denominamos videoclips musicales.

Pero las referencias audiovisuales de los fabulosos Beatles no tan solo se circunscriben al innovador cine pop de Richard Lester, ni mucho menos. Su filmografía, que en las siguientes páginas extenderemos sin reservas al cine, a los formatos videográficos y a la televisión, es mucho más extensa de lo que en un principio podría creerse. Pero es cierto que sus nombres propios no siempre figuran en los títulos de crédito con letras grandes. Muchas veces su contribución en una determinada película podrá haber sido incluso secundaria o incidental, pero desde luego, encontrada cualquier referencia sobre ella, será suficiente para hacerla constar en alguna de las páginas de este libro.

Ficciones, documentales, conciertos filmados, noticiarios y reportajes variopintos, biografías fiables en mayor o menor medida, múltiples soportes visuales de promoción, participaciones en la producción o en la representación, autoría de la banda sonora, colaboraciones en filmes con otros artistas de cualquier ámbito... En fin, una profusa diversidad de material filmado que, si acaso en su conjunto no aporta demasiado a la ya centenaria y espléndida historia del Séptimo Arte, en su detalle sí que comprende motivos de valor e interés. De hecho, mu­chas de las películas de, con o sobre Los Beatles, sean como grupo de cuatro o bien en solitario, nos proporcionan abundante información sobre ellos, por supuesto, pero también sobre la sociedad y su tiempo, el nuestro, y por tanto sobre nosotros mismos.

En esencia, y éste podría ser un buen argumento de película, Los Beatles fueron cuatro corrientes y molientes adolescentes de la monárquica e imperial Inglaterra. Cuatro chicos inquietos que, parafraseando a James Cagney en Al rojo vivo (White Heat, Raoul Walsh, 1949), lograrían alcanzar “la cima del mundo” (“Lo conseguí; he alcanzado la cima del mundo, mamá” diría Cagney personificando al egocéntrico y orgulloso Cody Jarret). George, Paul, John y Ringo lo consiguieron, llegaron a lo más alto, a la cúspide de los triunfadores. Debieron de sentirse privilegiados y hasta poderosos. Aupados por la energía y el talento propio, por las circunstancias favorables, por los magníficos inventos del siglo y por la siempre necesaria fortuna, sin duda. En todo momento, desde febrero de 1963, cuando su canción “Please, Please Me” ascendió prodigiosamente en el top británico, los medios de comunicación estuvieron allá, con ellos, para constatar y propagar universalmente el buen sabor de su éxito, la crónica de sus imparables conquistas.

Música, arte, cultura, industria, técnica, tradición, innovación, mo­ral, estética, sociología, religión, comercio y mitología concurren en el acaso inabordable relato del culminante fenómeno de los Fab Four, de manera un tanto imprecisa en sus delimitaciones, pero al fin oportunamente dilucidante. No consta, no existe, no ha existido, no se conoce en la historia de la humanidad una confluencia similar, un precedente social de analogía ni magnitud equivalente.

El acopio de imágenes de Los Beatles deviene sumando decenas, cientos, miles, millones de metros de película positivada de distinto me­traje, soporte y formato, descubriéndose entonces una percepción global de su entorno cultural, los propios rasgos de la civilización. Esto sucede a pesar de que la evidente disparidad del material disponible dificulta el análisis medianamente profundo y coherente. Poco o nada tienen que ver las jocosas y originales comedias pop de Lester con los fil­mes subterráneos y vanguardistas de Lennon; en nada se parecen los mercantilistas promos de McCartney con los relatos humanistas y tragicómicos de George para la productora Hand Made; son muy distintos los conciertos filmados por las grandes cadenas americanas en los años sesenta a los biopics centrados en la prehistoria beatle. Se trata de conceptos distintos y en cierta manera distantes, pero conforman una obra cinematográfica común, contribuyente y con abundancia de ca­rac­teres útiles para una mejor comprensión del suceso y del proceso del grupo, sin duda inseparable al transcurrir social, histórico y cultural de la segunda mitad de un siglo agotado.

El interés y acomodo de una parte de la humanidad hacia Los Beatles, por lo que fueron, hicieron, significaron, o por la impronta y trascendencia que aún conservan en su condición de mitos modernos, permite entrever con indefectible diafanidad que esta persistida atracción hacia ellos y sus canciones podrá pervivir en el futuro, al menos en el posesionado por el tercer milenio. No es obligatorio ejercer de parapsicólogo para antedecir o adivinar que sus discos continuarán reeditándose. Serán recuperadas canciones nunca antes publicadas, la industria del disco les seguirá considerando un valor comercial sólido y se puede preveer que nuevas generaciones de residentes planetarios podrán redescubrir el placer de escuchar su tantas veces excepcional y atemporal música popular, sus mejores canciones. ¿O acaso hoy no seguimos oyendo la bellísima, muy gozosa música que Verdi o Mozart compusieron hace 150 o 200 años atrás? La revolución musical y cultural de la que Los Beatles de Liverpool fueron abanderados, esenciales y partícipes sigue latente. Y por lo que se enjuicia e intuye, seguirá en vigencia durante mucho, muchísimo tiempo.

En lo referente al concepto central que ocupa este libro, el cine, que no por centenario menos joven, sin lugar a dudas continuará acudiendo y evocando al fantástico cuarteto británico. Un día de estos, alguien, cualquiera, probablemente recobrará imágenes perdidas del grupo tocando en los clubes alemanes de mil novecientos cincuenta y tantos. Y no extrañará a nadie que algún cineasta de Chicago, Mel­bour­ne o Tokio determine rodar un guión sobre las muy movidas jornadas de Los Beatles en Manila (una comedia, claro), o bien argumentando el encuentro americano de los ingleses con su admirado Elvis Presley, acontecido en agosto de 1966. En aquellos luminosos días, el productor de cine Walter Shenson ya pensó en ello, pero su idea no fructificaría. Y hasta podría suceder que algún inquieto realizador británico desarrolle para la pantalla la adolescencia en los gélidos años de posguerra de alguno de nuestros protagonistas, o que opte por sacarle el polvo al colérico y rechazado guión que Joe Orton redactó para Los Beatles en 1967. Ahora, ante la imposibilidad de reunirles de nuevo, los pa­peles principales podrían acaso ser ofrecidos a los nuevos recicladores del pop sesentero, el grupo Oasis de los Gallagher brothers, que aceptarían sin pestañear. Y ya no digamos verter al cine las complejas existencias de John Lennon o de George Harrison, o las en apariencia más accesibles de Paul McCartney y Ringo Starr. Tiempo al tiempo. Piénsese en que jóvenes actores, no necesariamente de Hollywood, podrían personificarlos.

La globalidad de las películas beatle no ha sido, insistamos, ni im­portante ni fundamental para la propia historia del cine. Las reputadas y memorables filmografías de distintos cineastas, escuelas y períodos delimitan la diferencia cualitativa y la distancia artística. No son las pe­lículas de, con y sobre Los Beatles, aun contabilizándose cinco o seis títulos mayúsculos, obras especialmente básicas, pero no resultará nada descabellado el valorarlas como significativas, útiles y valiosas, pues forman parte substancial de la inequívoca crónica del siglo XX. Beatles forever!

Ramon Robert

1 . Beatles movies

“Íbamos a ver películas, allí en Liverpool, de Elvis y de otros. Todo el mundo hacía cola para ver sus películas, y yo también. Todosgritaban cuando Elvis aparecía en pantalla, así que pensé: esto del cine está bien, me gusta”

(John Winston Lennon, 1970)

“Precisamente, porque perdimos la memoria,no sabemos lo que ocurrió. Algunos no tienen ni un solo recuerdo, otros recuerdan algo que flota a su alrededor”

(El acordeonista de Juliette et la clef des songes,película realizada por Marcel Carné en 1953)

Liverpool, 1957

La jocosa comedia musical norteamericana The Girl Can’t Help It, rodada por el perspicaz Frank Tashlin en los estudios Fox, se estrenó en los cines del Reino Unido en la primavera de 1957. Todos los espectadores británicos clavaron sus ojos en la físicamente bien dotada protagonista, Jayne Mansfield, famosa por su increíble busto de 102 centímetros. Sin embargo, unos pocos también prestaron atención a la electrizante banda sonora de rock & roll que sonaba en el filme, pues además de la muy atractiva señorita Mansfield y de un galán bastante tonto, Tom Ewell, aparecían en la pantalla —un fantástico cinemascope— Fats Domino, Gene Vincent, The Platters, Little Richard y Eddie Cochran, quienes como ignorando el argumento cinematográfico que a su alrededor acontecía, se entregaban con pasión y frenesí a la interpretación de sus más pegadizas y célebres piezas de rock primigenio. Sólo los sosegados Platters parecían aclimatarse a la bigardía del entretenimiento cómico. Uno de los espectadores que se fijó más en la música que en el resto de elementos audiovisuales utilizados era el adolescente James Paul McCartney, quien ya había sentido verdadero estremecimiento unos pocos meses antes, al ver y oír a Elvis Presley cantar “Poor Boy” y otras tres canciones en el que fue su debut en Hollywood, Love Me Tender (Robert D. Webb, 1956). “El cine era algo en lo que siempre habíamos pensado. Nos encantaba la película de Frank Tashlin y sabíamos que en el mundo del rock se podía hacer lo mismo”, explicó Paul muchos años después.

El soleado 6 de julio de 1957 se celebró la fiesta anual al aire libre en la parroquia de St. Peter’s, en Church Road, Woolton, una humilde barriada de la gris ciudad portuaria de Liverpool, en el norte de In­glaterra, junto al río Mersey. En el espacioso patio interior de la parroquia, en cuyo pequeño cementerio descansaban los restos de una tal Eleanor Rigby, actuó un grupo que tocaba skiffle y que jugueteaba con el rock & roll, unos adolescentes insolentes y soliviantados que se hacían llamar The Quarrymen. En aquel grupo hacía sus pinitos musicales un chico de dieciséis años, el teddy boy John Winston Lennon, quien vivía con su tía Mimi no lejos de allí, en Menlove Avenue. Tras su actuación, que deberían repetir unas horas más tarde, John se encontró con Ivan Vaughan, amigo de la infancia y vecino suyo. Este le presentó a su acompañante, un muchacho con cara de niño bueno y vestido con chaquetón claro, el citado James Paul McCartney. El sonrosado Paul, con sólo quince años, felicitó a John Lennon por el concierto parroquial. Le contó que él vivía en el barrio de Allerton, muy cerca de allí. Y sin timidez ninguna, explicaría a aquellos chicos que él también sabía tocar algunos temas modernos, y que desde luego le gustaba mucho el rock que llegaba de la lejana América. Tomó una guitarra y empezó a puntear “Twenty Flight Rock,” la canción que Eddie Cochran interpretaba en la comedia de Frank Tashlin. John quedó impresionado por la habilidad guitarrística de Paul, quien seguidamente tocaría “Be-Bop-A-Lula” y un tema del cancionero rítmico de Little Richard, imitándole con mucha gracia. Dos semanas más tarde, reclamado por John Lennon y Pete Shotton, Paul entraba a formar parte de Los Quarrymen, quienes a partir de 1960 pasarían a denominarse... Los Beatles.

En la Caverna

Situado en la sórdida y estrecha Matthew Street, The Cavern abrió sus puertas en enero de 1957, sólo seis meses antes de que John y Paul se conocieran. El local funcionó inicialmente como club de jazz, aunque en la alborada de la nueva década, ante el auge del pop y del rock en Liverpool (lo que poco después se llamaría merseybeat), la sala cambiaría de orientación musical. The Cavern se encontraba en el sótano de un antiguo almacén y era reconocible por sus tres bóvedas paralelas, unidas por varios arcos y por sus numerosas bombillas rojas. Su escenario era una pequeña tarima de madera pintada de negro, únicamente iluminado con un par de reflectores, en cuyo fondo se podía ver un muro cimbrado sobre el que alguien había escrito el nombre de algunos grupos de la zona. En aquel subterráneo y maloliente local, que en los primeros años sesenta acunó al nuevo sonido que emergía en la ciudad, fue donde Los Beatles empezaron a labrar su triunfal ascenso. Allí actuaron repetidamente entre enero de 1961 y agosto de 1963, ya convertidos en estrellas punteras del beat y de la música joven. Allí les descubrió un joven empresario llamado Brian Epstein, y fue en The Cavern donde por vez primera Los Beatles serían impregnados en celuloide, habida cuenta de que no se conservan, por lo que sabemos hoy, imágenes cinematográficas de su paso por Hamburgo ni tampoco de su actuación en el teatro Hippodrome de Manchester en el verano de 1958 (llamándose entonces Johnny and The Moondogs) con motivo del concurso para grupos noveles Discoveries, organizado por Gra­nada Television. Las primeras imágenes de Los Beatles (John, Paul, George y el batería Pete Best, que sería reemplazado por Ringo Starr en agosto de 1962) fueron rodadas en The Cavern a finales de 1961. En ellas se puede contemplar a los muchachos recreando el rock de sus héroes americanos. Estos castigados rollos de cine, de secuencias fragmentadas, sonido tortuoso y emulsión corroída por el transcurso de los años, han sido cuantiosas veces reproducidos para ser insertados en montajes documentales sobre el grupo, caso de Know the North, que se editó y distribuyó en Gran Bretaña en 1989, o de Anthology (Apple Films, 1995), en cuyo primer capítulo se evoca la interpretación del tema de Lieber y Stoller “Some Other Guy”, especificándose que esta escena real se rodó el día 22 de agosto de 1962, ya con Ringo en la formación. Sobre esa época, Ray Ennis, que tocó allí con su grupo The Swinging Bluejeans, rememora las distintas identidades de los Cuatro Fabulosos: “Cada uno tenía su personalidad, ya desde el principio. Lennon era muy agresivo, incluso violento. McCartney era el relaciones públicas del grupo. Era agradable con todo el mundo. A George le llamábamos el Pasmado, porque nunca creaba ningún problema y todo le parecía bien. Ringo era simpático y tenía un gran sentido del humor”. A aquellos iniciales y escasos fotogramas de Los Beatles en The Cavern seguirían miles, millones de metros de película en los que quedarían recogidas más secuencias impresionadas que de cualquier otro personaje o personajes de la década de los no tan felices años sesenta. Ahora retomemos unas declaraciones de John Lennon: “Lo mejor de nosotros mismos, lo más mágico de nuestra obra no llegó a grabarse ni a filmarse nunca. Actuábamos en Liverpool o en Hamburgo, en salas de baile... y lo que conseguíamos generar era magnífico”.

Televisivos

No fue el cine, sino la televisión, la primera en interesarse en la música, la singularidad escénica y en las peculiaridades de los chicos de Liverpool. A partir del día 17 de octubre de 1962, cuando Los Beatles recrearon ante las cámaras “Some Other Guy” y “Love Me Do” (el single Parlophone había llegado a las tiendas quince días antes), para el programa “People and Places” que Granada TV emitía desde Man­ches­ter, sus apariciones en la pequeña pantalla fueron en espectacular aumento. En ocasiones, el grupo actuaba utilizando play-back, pero la mayoría de veces se grababan las canciones en los propios estudios, usándose sonido preregistrado. Otras veces Los Beatles también tocaban en absoluto directo. De esta manera, tanto en los archivos de la BBC co­mo de otras cadenas británicas (Granada, TWW Gales, Tynee Tees y demás frecuencias asociadas a la compañía ITV) se guardan valiosas imágenes de aquellos breves conciertos filmados, material ocasionalmente recuperado para distintos montajes para vídeo, cine o televisión sobre el grupo. Entre octubre de 1962 y agosto de 1966, cuando Los Beatles determinan abandonar las actuaciones ante público, sus intervenciones televisivas se aproximan al medio centenar, aunque no siempre se trata de una actuación musical. En muchas comparecencias el grupo visita los platós sólo para someterse a una entrevista o figurar como invitados especiales en shows de distinta índole.

A partir del año 1963, a medida que las canciones y la fama del grupo va extendiéndose, canales televisivos de su país y luego de todo el planeta demuestran creciente interés hacia ellos. La ABC TV del norte y centro de Gran Bretaña, así como la BBC, serán las que en mayor medida contribuirán a difundir su música, que va ganando se­guidores, primero a miles, después por millones y en todos los rincones del mundo. Por diez veces intervendrán, entre los años 1963 y 1966, en “Thank Your Lucky Stars”, el programa juvenil de la cadena pública que solía emitirse desde Birmingham cada sábado. En todas sus participaciones en aquel espacio el grupo usó sonido pregrabado en los mismos estudios del canal. Esto permitía repetir las tomas sonoras cuando los resultados no eran del todo satisfactorios. La primera entrevista televisada de Los Beatles se incluyó en el noticiario de la ABC “At Large”, en su emisión del 2 de marzo de 1963. Sólo un mes después, tras haber pasado por las distintas cadenas subsidiarias de la ITV, Los Beatles fueron invitados por vez primera por la dirección de la BBC, actuando en el programa “The 625 Show”, debut para el que eli­gieron tres temas: “From Me To You”, “Please, Please Me” y “Thank You Girl”. Especialmente importante fue su intervención en el programa “Sunday Night at the London Palladium”. Quince millones de per­sonas, casi un tercio de la población británica, sintonizaron sus aparatos de televisión la noche del 13 de octubre de 1963 para ver a Los Beatles actuar en el programa de la ATV, propiedad de Sir Lew Grade, luego relevante productor cinematográfico. Fue el espaldarazo definitivo para que el grupo alcanzara la cima de la popularidad en todos los territorios británicos.

Fuera del Reino Unido, sería la televisión sueca la primera en rodar en terreno propio conciertos del sensacional grupo inglés. Los Beatles actuaron en Estocolmo y otras ciudades escandinavas en la última semana de octubre de 1963. La televisión nacional sueca difundió amplios reportajes en torno a aquellos conciertos, pero además los Fab Four se presentaron en el programa “Drop In” para ofrecer, el 3 de noviembre, una memorable actuación en vivo. Tres meses más tarde, tras tocar en el sagrado Olympia parisino, Los Beatles desembarcarían (en realidad aterrizaron en el aeropuerto J. F. Kennedy) por vez primera en América. También allí la televisión sería su primer aliado, dando a conocer su novedosa, chispeante y contagiosa música popular a millones de estadounidenses.

“Esta ciudad jamás había vivido tanta excitación como la que han provocado estos jóvenes de Liverpool que se hacen llamar Los Beatles. Estos chicos van a tocar para nosotros, esta noche y también en el programa de la semana próxima. Señoras y señores... ¡Los Beatles!”. Con estas palabras y no sin antes leer ante la cámara un telegrama de felicitación remitido por Elvis Presley, Ed Sullivan dio la bienvenida a Los Beatles el día 9 de febrero de 1964. Sullivan había contactado con Brian Epstein en noviembre del año anterior, ofreciéndole siete mil dólares a cambio de que el grupo actuara en tres de sus programas; dos en directo y uno en diferido. En aquel momento, el “Ed Sullivan Show” de la CBS era el de mayor audiencia de cuantos había en las cadenas norteamericanas. Durante veinte años, aquel famoso personaje lanzaría a la celebridad a un buen número de nacientes estrellas, sobre todo musicales y cinematográficas. De hecho, había sido el sagaz Sullivan quien en septiembre de 1956 ofreció a Elvis Presley la oportunidad de cantar “Hound Dog” ante una potencial audiencia de cincuenta millones de americanos, previo pacto con el coronel Parker consistente en que toda la actuación del king debería ser tomada por las cámaras de una forma muy precisa: planificando sólo medio cuerpo, de cintura para arriba, ignorándose así los provocativos contoneos pélvicos del número 1 de los rockers blancos. Sucedió que el día en que Los Beatles hicieron su debut en una cadena televisiva de los Estados Unidos, la emisión del “Ed Sullivan Show” batió todos los récords de audiencia establecidos hasta entonces. Se llegó a contabilizar la cifra de setenta y cuatro millones de americanos viendo al grupo de melenudos británicos en su televisor. La British Invasion entraba en las casas americanas por la ventana del televisor. Aquel increíble récord de audiencia (que sin embargo no se repetiría los días 16 y 23 de febrero, cuando retornaron a la CBS), resulta esclarecedor para entender el rápido, arrollador y multitudinario éxito de Los Beatles en América. En la emisión del 9 de febrero, los liverpoolianos interpretaron un total de cinco temas: “All My Loving”, “Till There Was You”, “She Loves You”, “I Saw Her Standing There” y “I Want To Hold Your Hand”. Esta oportuna actuación se llevó a cabo en el estudio 50 de la CBS en Nueva York, ante las 700 personas privilegiadas (se recibieron cerca de 45 mil solicitudes de asistencia) que consiguieron un asiento en las gradas del estudio, situado en la calle 53 Oeste. A pesar de la relevancia pública observada en la presentación de Los Beatles a la sociedad americana, la prensa no fue nada generosa con ellos. A la mañana siguiente del concierto televisivo, un comentarista del New York Herald Tribune afirmaba que los cuatro británicos eran “70 por 100 publicidad, 20 por 100 melenas y 5 por 100 rhythm’ blues y lamento airoso”. La revista Newsweek llevó las cosas aún más lejos: “Desde una perspectiva visual, Los Beatles son como una pesadilla. Van vestidos con trajes beatnik eduardianos, ceñidos y estirados, y llevan el pelo como grandes cuencos de pudín. Musi­cal­mente bordean el desastre, con las guitarras y los tambores marcando un ritmo inmisericorde, con el que anulan los ritmos secundarios, la armonía y la melodía. Las letras, subrayadas con estúpidos gritos de ¡yeah, yeah!, son catastróficas, un absurdo fárrago de sentimientos románticos con tarjetas de San Valentín”. En aquella misma época, Jonathan Miller los definiría como “duendes embrujados que inspiran terror, aturdimiento y reverencia”.

Otra comparecencia televisiva fundamental en la carrera de Los Beatles fue aquella en la que participaron en la primera transmisión vía satélite, cuya señal de frecuencia llegó simultáneamente a los cinco continentes. El programa, elaborado por once países y con una duración total de dos horas, se presentó con el título de “Our World”, emitiéndose el día 25 de junio de 1967. Se estimó una audiencia aproximada a los 250 millones de telespectadores multicontinentales. Explicaría George Martin en 1995, a propósito de aquella emisión: “John escribió “All You Need Is Love” especialmente para aquel programa. Fue un encargo. Recuerdo que Brian entró como una tromba y dijo que íbamos a representar al Reino Unido en aquella emisión y que teníamos que escribir un tema adecuado”. Esto pasó los primeros días de mayo y John Lennon entregaba la nueva canción solicitada por Brian a mediados, siendo editado el single en Inglaterra el 7 de junio de 1967. La interpretación televisiva del himno pop “All You Need Is Love” fue fil­mada en una de las salas de los estudios Abbey Road de Londres. Los Beatles vistieron para la ocasión chillona ropa de colores y se hicieron rodear por un abultado coro de amigos famosos: Marianne Faithfull, Mick Jagger, Keith Richards, Graham Nash, Keith Moon, Eric Clapton, Mal Evans, Neil Aspinall, Mike McGear, Jane Asher, Pattie Harrison, Hunter Davies y Gary Brooker, entre otros. Los Beatles y sus amigos cantaron el tema con gran sentido profesional, publicitando el amor universal y el buen rollo entre la gente, en todo momento ajustándose a una base rítmica e instrumental de 14 músicos previamente registrada. Con esa canción, Los Beatles volverían a conquistar el puesto número 1 en las listas anglosajonas (singles), tanto de popularidad como en copias vendidas.

Live

Si bien en 1995 una agencia de prensa difundió la noticia sobre la existencia de unas posibles imágenes en las que se recogen parte de una actuación de Los Beatles en el Top Ten de Hamburgo, fechadas aproximadamente en la primavera de 1960, parece ser que tales imágenes son de una calidad visual bajísima (8 milímetros, posiblemente) y que su metraje ni siquiera alcanza los sesenta segundos proyectados. Bastante mejores son las secuencias filmadas en The Cavern, Liverpool, en agosto de 1962, pues incluso se recogen temas musicales completos. También se conservan, en poder de coleccionistas la mayoría, fragmentos de variopintos conciertos que el grupo acometió en Liverpool, Manchester o Londres en 1963, e incluso de la actuación dada por los británicos en el Olympia de París, el 22 de enero de 1964, compartiendo cartel con Sylvie Vartan y Trini López. Se ha dicho de aquella actuación que asistió escaso público, siendo en su mayor parte admiradores de la artista francesa.

Desde una perspectiva cinematográfica, el primer concierto con certeza importante de The Beatles tuvo lugar el día 11 de febrero de 1964. Fue también su primera actuación americana y su valor histórico es incuestionable, puesto que las cámaras de la cadena CBS recogieron prácticamente íntegro el concierto, aunque en su posterior proyección en los cines estadounidenses con el título de The Beatles At Washington Coliseum, o ya en los años 90 publicado en formatos de vídeo y láser-disc como The Beatles, First US Visit, se determinó aligerar el metraje suprimiendo algunas canciones. El concierto fue rodado en blanco y negro, actuando como teloneros Tommy Roe y Los Chiffons, si bien las cámaras de la CBS no plasmaron aquellas actuaciones preliminares. Delante de unos ocho mil espectadores jóvenes, Los Beatles interpretaron en la capital norteamericana casi todos sus primeros éxitos, tales como “From Me To You”, “All My Loving”, “She Loves You”, “Please, Please Me” o “I Want To Hold You Hand”. Pero el grupo no abrió la actuación con uno de sus propios temas poperos, sino con una celebrada recreación de la pieza de Chuck Berry “Roll Over Beethoven”. Los Beatles triunfaron por todo lo alto en el Coliseum ese memorable 11 de febrero, lo que sumado a sus dos primigenias participaciones en el “Ed Sullivan Show”, significó disponer de la llave maestra necesaria para franquear la gran puerta americana y obtener el éxito multitudinario de costa a costa. En este punto puede resultar enriquecedor recordar las palabras vertidas por el historiador musical Jon Savage en la crónica documental “The Beatles Story” (1996): “Los Beatles llegaron a América en el momento preciso. Hacía sólo tres meses que habían asesinado a Kennedy, y las reverberaciones de ese crimen dentro de la psique americana aún alcanzaban proporciones masivas. Ellos llegaron a tiempo para formar parte, por lo menos para la joven América, del proceso de curación después de aquel trauma nacional. Ellos eran jóvenes, blancos, angloparlantes y alegres. Era algo fácil de aceptar como bueno en el corazón colectivo de América”.

Entre los meses de enero de 1964 y agosto de 1966 (su último concierto ante público, en el Candlestick Park de San Francisco), Los Beatles recorren el mundo para actuar frente a sus legiones de seguidores y fans. Las cámaras de cine y televisión de distintos continentes impresionarán una parte o la integridad de aquellos conciertos. Se conservan imágenes del paso de Los Beatles por Melbourne (día 17 de junio de 1964), en las que se constatan que en Australia la fiebre beatlemaníaca se vivió con igual intensidad que en Gran Bretaña o los Estados Unidos. La cadena teutona ZDF guarda en sus archivos el concierto que Los Rattles, Peter and Gordon y Los Beatles ofrecieron en el Circus Krone de Munich el día 24 de junio de 1966 y los coleccionistas de memorabilia beatle seguro que conocen el láser-disc “The Beatles Concert At Budokan 1966”, una parte seleccionada de lo ocurrido en Tokio los días 30 de junio y 1 de julio. Conciertos filmados por la cadena nipona NTV, que los presentó en su programa “The Beatles Recital from Nipon Budokan Hall”. En los dos conciertos Los Beatles ejecutaron las mismas once canciones, entre las que se encuentran “Day Tripper”, “She’s A Woman”, “Yesterday”, “Nowhere Man” e “I’m Down”. Pero en ninguno de los dos montajes citados se explican los sucesos originados por la ubicación de los conciertos en el Nippon Budokan Hall, el sagrado salón de las artes marciales. George Harrison se referiría a aquellos sucesos en la serie documental Anthology, realizada por Geoff Wonfor en 1995: “Era una cosa de la que entonces no hablábamos, pero en aquella época, fuéramos donde fuéramos, se producían manifestaciones a favor o en contra de algo, había incluso revueltas. En Japón algunas personas se manifestaron contra nosotros porque se suponía que el Budokan era un lugar espiritual, reservado para las artes marciales tradicionales del país”. Los primeros indicios de la revuelta los tuvieron Los Beatles al llegar al aeropuerto de Narita, y ya en su inicial rueda de prensa Paul McCartney dejó claro que “no pre­tendemos deshonrar nada, porque nosotros también somos muy tra­dicionales”. De todas maneras, y para preservarse de los posibles con­flictos, a lo largo de las cuatro jornadas que permanecieron en el país del sol naciente, Los Beatles se encerraron en la lujosa suite presidencial del hotel Tokio Hilton, siendo atendidos por una corte de sensuales geishas, las cuales dos veces cada día repetían la ritualista ceremonia del té. En sus desplazamientos hasta el escenario sagrado del Budokan Hall, los músicos británicos debían de someterse a una organización cuasi militar, custodiados por centenares de policías de la ciudad. Otros tantos agentes se ocupaban de disolver una y otra vez a los cientos, quizás miles, de irritados estudiantes, quienes protestaban por lo que ellos pensaban que era una profanación del templo.

Pero el concierto más espectacular, concurrido y con mayor cobertura cinematográfica en la asombrosa e inacaparable carrera de los Fab Four no aconteció en Tokio, ni en Melbourne, ni en ninguno de los foros ingleses, sino en el Shea Stadium de Nueva York, la tarde del 19 de agosto de 1965, en la cima de su celebridad, ante una gran multitud. “Más de cincuenta y cinco mil personas vieron a Los Beatles en el Shea Stadium. Nosotros contamos trescientos mil dolares, la mayor cantidad ganada en la historia del show business”, comentó el promotor Sid Bernstein. El gran concierto fue filmado en color por doce cámaras de la Sullivan Productions, en asociación con la NEMS dirigida por Brian Epstein. Fue el propio Ed Sullivan quien actuó de maestro de ceremonias, presentando al grupo ante el respetable: “...Y ahora, damas y caballeros, aclamados en su país, condecorados por su reina y adorados aquí, en América... ¡Los Beatles!”. Con las imágenes obtenidas en aquel recordado concierto se realizó The Beatles at Shea Stadium, una película de 48 minutos estrenada por la BBC en marzo de 1966 y editada en formato de vídeo en los primeros años 90.

The Beatles At The Shea Stadium debe de considerarse como uno de los títulos claves de la abultada filmografía beatle. Los cuatro miembros del grupo, ataviados con chaqueta gris abotonada hasta el cuello y anchos pantalones oscuros, arrancan el concierto (en su plasmación en cine) con la vitamínica “I’m Down”, pero en realidad esa fue la canción con la que se despidieron. En un determinado momento del desarrollo del tema, John abandona la guitarra y se sitúa frente al piano eléctrico. Muchos años después, Ringo Starr evocaría aquel momento: “Yo creo que la gente no venía a oírnos, sino a vernos. Y creo que en aquel concierto en el Shea Stadium, John perdió los papeles, de repente se volvió loco. No de enfermedad mental, sino que enloqueció con la música. ¡Si lo hubieras visto tocando el piano eléctrico con los codos!”. En las secuencias posteriores, el documento muestra imágenes del helicóptero en el que Los Beatles, Mal Evans y Brian Epstein sobrevuelan Nueva York, pocas horas antes del concierto. En los siguientes planos, rodados en los camerinos del estadio beisbolístico de los New York Mets, contemplamos a los cuatro veinteañeros ensayando unos acordes y preparando los instrumentos. Tras unos breves planos en los que se insertan de forma fragmentada las actuaciones de los grupos teloneros (King Curtis Band, Sound Incorporated y Brenda Holloway) se ve a Los Beatles salir de los túneles de acceso al césped, dirigiéndose rápidamente hacia el escenario. Son presentados por Ed Sullivan e inician la actuación, sonando temas fácilmente reconocibles para la gran masa de público: “Twist And Shout”, “Can’t Buy Me Love”, “Ticket To Ride”, “A Hard Day’s Night”, “Help!”, “I Feel Fine” y varios más.

Esta excelente película documental recoge asimismo el que es considerado el primer macroconcierto al aire libre de la historia de la música, ofreciendo un sonido bastante mejor (se realizarían remezclas so­noras en la postproducción del film) del que disfrutaron los miles de espectadores que pasaron por las taquillas, quienes recibieron las canciones del grupo británico a través de la pobre megafonía de un estadio de béisbol. Además de reproducir las interpretaciones musicales, las cámaras captan todo lo que a su alrededor acontece: la histeria de las fans en las gradas, policías persiguiendo a fanáticos que pretenden escalar el escenario e incluso un plano de Brian Epstein, detrás de las bambalinas, siguiendo el ritmo de la música con la cabeza, pero visiblemente nervioso. En su última edición videográfica se incluye la entrevista que el periodista Larry Kane hizo entre bastidores a los miembros del grupo, momentos antes de que salieran a tocar, apenas pudiéndose oír a sí mismos a causa del ensordecedor vocerío de las fans y seguidores. “Recuerdo que tocábamos rápido, muy rápido. Nada importaba. Si desafinábamos, no nos enterábamos nosotros ni los que nos estaban escuchando”, comentaría luego George Harrison a propósito de aquel histórico concierto de Los Beatles en el corazón de Nueva York.

Beatlemanía

Por encima de cualquier otra consideración, la película de 1964 A Hard Day’s Night es un locuaz relato cinematográfico en torno a la irrupción consumada y la constatación de la llamada beatlemanía, así como sobre los desmedidos trastornos que pueden ocasionar la celebridad y la fama. Beatlemanía fue un término acuñado por la prensa de las islas británicas ante el irrefrenable fenómeno que se estaba produciendo a finales de 1963: el arrebatador ascenso social de Los Beatles hacia la cima de la popularidad absoluta y el fervor desatado y seguramente demencial de sus fans. Esta histeria colectiva propiciada por las canciones del cuarteto de Liverpool e incluso únicamente por su sola presencia física, convirtió la vida pública de Los Beatles en una especie de alocada y acelerada comedia silente de Mack Sennet, ahora ruidosa, en la que renovadamente se podía llegar a representar el previsible argumento cómico de las ajetreadas y sisíficas persecuciones callejeras. Un delirio con regates, taquicardias y huidas precipitadas en el que Los Beatles sustituían de alguna manera a los vagabundos hurtadores de platos calientes y de chaquetas tendidas al sol del viejo cine de Holly­wood, mientras que los incansables y bigotudos policías Keystone tomaban cuerpo de bruscas, extasiadas y chillonas admiradoras adolescentes.

En noviembre de 1963, el manager beatle Brian Epstein recibió una llamada telefónica de Bud Orenstein, director de las oficinas londinenses de United Artists. Este le ofreció la posibilidad de que sus chicos entraran en el negocio del cine. Los Beatles serían los protagonistas de un filme con argumento e insertos musicales, una fórmula ensayada con la que Elvis Presley, Frankie Avalon y Cliff Richard habían capitalizado el éxito logrado con sus discos y actuaciones en vivo. Epstein, el también judío Orenstein y el productor de cine Walter Shenson se entrevistaron en el despacho particular del primero algunos días después, acordando producir una película de claro interés comercial partiendo de un guión simple y apto para todos los públicos e inteligencias, en el que además fuera posible incluir los éxitos musicales del grupo protagonista. Epstein pensó que la película incluso podría usarse como lanzadera para la gestación de éxitos, y que por lo tanto serviría para publicitar en todo el planeta los correspondientes discos nuevos. El negocio podría resultar redondo, muy provechoso para todas las partes implicadas. Los interlocutores fueron claros y directos. En pocos minutos se llegó a un acuerdo sobre el tipo de película que se produciría, y luego se habló de dinero. Orenstein ofreció a Brian Epstein veinticinco mil libras en concepto de honorarios, además de un pequeño porcentaje de los ingresos. Epstein aceptó un 7’5 por 100, ignorando que la United Artists habría llegado a ceder hasta el 25 por 100 de los ingresos netos absolutos.

El rodaje de ¡Qué noche la de aquel día! (éste fue su título en las pantallas españolas) se inició el día 2 de marzo de 1964 en los estudios Twickenham de Londres. El 26 de ese mes se rodaron las secuencias corres­­pondientes al apoteósico concierto final. El 12 de abril, en la Marylebone Railway Station, el equipo filmó el episodio con el que arranca la crónica, en el que los cuatro chicos de Liverpool son acosados por sus multiplicadas e incontenidas seguidoras. El rodaje duró seis se­manas, comprendidas entre el retorno de la primera gira americana y la partida para una nueva tanda de conciertos que llevaría a Los Beatles por Europa y Asia. El presupuesto de producción se mantuvo en las doscientas mil libras estimadas, una gran porción de las cuales se gastaron en el alquiler del teatro Scala por tres semanas, en la contratación por un mes de un tren y de una vía a la compañía nacional de ferrocarriles y en retener, despistar o ahuyentar a las multitudes de fans y curiosos que entorpecían el rodaje en las localizaciones en las que transcurría la acción.

Contaría el director de la película algunos años después: “El rodaje de la secuencia del concierto fue alucinante. Utilizamos seis cámaras de cine y tres de televisión para filmar los últimos diecisiete minutos de la película en un solo día. Los fans se abrieron paso entre los barrotes metálicos que les contenían, para llegar hasta nosotros. La única manera que teníamos de defendernos era dar la vuelta a los trípodes de las cámaras Arriflex, y hacer frente a su carga con las patas del trípode extendidas”.

El productor independiente Walter Shenson, ahora al servicio de la United Artists, ya había demostrado pretéritamente su capacidad para cocinar películas rentables con mesurados presupuestos. Fue el mismo Shenson quien requirió de director a Richard Lester, al que ya había producido Un ratón en la Luna/The Mouse On The Moon cuatro años antes y que arrastraba una favorable fama gracias a It’s Trat, Dad (1962), su debut en cine, una alocada comedia pop en la que destacaban, más que sus cantantes protagonistas Helen Shapiro, Gene Vincent, Chubby Checker y John Leyton, las imágenes singulares, angulaciones rebuscadas y distorsionadas y un humor ingenioso y desatado con el que Lester barnizó el producto. El cineasta, buen conocedor del mundillo musical británico de aquellos días, parecía el realizador perfecto para el primer largometraje de ficción de Los Beatles; y lo fue. Richard Lester se sirvió de las doscientas mil libras disponibles para rodar durante las seis semanas determinadas la película del entonces considerado grupo de moda. Shenson, advertido por Brian Epstein, sólo le exigió al ocurrente cineasta que la película mostrara a Los Beatles siendo Los Beatles, así como un número fijo de secuencias en las que fuera posible recrear y desarrollar convenientemente las canciones seleccionadas del grupo. Y por supuesto, nada de derroches que desequilibraran el presupuesto inicial. A cambió del cumplimiento de estas reglas básicas y preceptos inquebrantables, Shenson le ofreció a Lester casi toda la libertad del mundo.

Aunque al principio Walter Shenson y Brian Epstein pensaron titular el filme Beatlemanía, a última hora cambiaron de opinión, acordándose entonces de una frase que Ringo solía emplear. La expresión del beatle, relativa al duro trabajo de una noche tras un no menos fatigoso día, le gustó especialmente a Shenson. Partiendo de ese título de A Hard Day’s Night, John Lennon compuso en pocas horas una pegadiza y dinámica pieza pop inspirada en el recuerdo de Buddy Holly, también autor de una canción que argumentaba la agotadora servidumbre del trabajo. “A Hard Day’s Night” es una de las siete canciones que se pueden oír en la película, cuyas partes orquestales corren a cuenta de George Martin, el que sería fundamental artífice de la expansión sonora del grupo.

Walter Shenson puso en marcha el proyecto, pero fue Richard Lester, cineasta americano afincado en Londres, quien moldeó a su gusto y dimensionó el tono y las formas de la película. En aquellos días, Lester había descubierto la nouvelle vague, creyendo que para su nueva película podría resultar original, divertido y artísticamente eficaz mezclar el lenguaje de Jean-Luc Godard con las expresiones pop en boga y con el espíritu del cine de sus cómicos favoritos: el cerebral, pero imprevisible Buster Keaton y los indómitos y tantas veces surreales Marx Brothers. Una mezcla explosiva y novedosa, pero con el deseo de que la historia tampoco se desprendiera del carácter más o menos naturalista sobre unos personajes concretos, reales y masivamente reconocibles, Los Beatles. De esta manera, A Hard Day’s Night es en primer término un documental, un falso documental en el que la cámara juega a sus anchas, pero sin perder de vista al grupo durante 24 horas. Las cámaras de Lester acompañan íntimamente a los Fab Four, invitándoles a desmelenarse y a reírse un poco de ellos mismos y de todo lo que ocurre a su alrededor. La película también parece captar el humor privado en el que Los Beatles seguramente se parapetaban (Lennon lo desmintió, pero sin convencer a nadie), observando cómo se relacionaban entre sí y de qué forma se lo montaban para librarse de sus alucinadas perseguidoras. Sea falsa o verdadera, esa es una de las imágenes que suelen evocarse de aquellos días. Y así, metidos en la harina del humor compartido entre cuatro amigos del alma, es como arranca el metraje. Hostigados por las histéricas fans, Los Beatles consiguen ponerse a salvo subiendose a un tren. Con ellos viaja el embrollador abuelo de Paul (Wilfrid Brambell, con su característica cara de chivo y acento irlandés, quien acosa a las féminas en la tradición de Harpo Marx), su manager Shalke (un tipo bastante más rudo que Brian Epstein) y el asistente Norm, un mediano reflejo del grandullón Mal Evans, el road-manager y chico para todo de Los Beatles. Como el abuelo causa algunos problemas, los muchachos deciden encerrarle en el vagón de mercancías. El tren llega a su destino, y eso quiere decir que los admirados músicos se verán empujados a escapar de renovadas fans. Por la tarde, Los Beatles acuden a unos estudios televisivos, don­de al anochecer deberán de actuar. Pero tras los ensayos, imprevisiblemente, Ringo desaparece, así que los otros tres se ven obligados a recorrer la ciudad en su busca. Costará encontrarle, pero todo se resolverá en el último momento y Los Beatles podrán actuar al fin ante las cámaras, enloqueciendo con su música a aquellos que han acudido al estudio. Un mínimo y simplista argumento para una de las más estimables y estimulantes películas de su década.

Uno de los más afortunados episodios del filme es el del vagabundeo de Ringo por la ciudad, logrando desesperar a sus compañeros de grupo. Ringo Starr, sin duda el mejor actor de los cuatro Beatles, se asemeja en estas escenas a un pobre paria, un hombre de ninguna parte quizás escapado de la literatura de Samuel Beckett. Parece comportarse como Buster Keaton en un momento de moral por los suelos (esa misma mirada lacónica y ausente), y a la vez encartado dentro de una exacerbada novela de Alan Sillitoe. Pero aquí no hay sitio para los perdedores ni para los vencidos, sino que nos hallamos ante triunfadores de pura cepa, pues esta es la crónica en torno de unos afortunados jóvenes airados, hijos de obreros que alcanzan la cima del mundo, consiguiendo fama e innegable poder. El absurdo existencialista mezclado con una estrafalaria forma de humor, británicamente realista, pero también con las temáticas de la consecución, la diferencia y otras problemáticas menores relacionadas con el éxito social. En la película, el personaje de Ringo, en el que es razonable reconocer al Ringo real, expresa algunas ideas jocosamente absurdas: “...Por eso toco la batería. Es mi factor activo de compensación. Conozco mi pauta psicológica, por eso me desquito con los tambores”. Nada propias del tradicionalista Paul, las palabras de Paul (personaje) son asombrosamente sarcásticas: “En Inglaterra tratan mejor a los perros que a las personas”, añadiendo luego “Mi abuelo es un maniático. Su generación está llevando Inglaterra a la ruina”. Expresiones que podría apostillar cualquier personaje del corredor de fondo social Alan Sillitoe.

Con el productor Shenson y el realizador Lester, quien tuvo mayor responsabilidad creativa en esta película primera de Los Beatles fue el escritor Alun Owen. Le contrató Walter Shenson, de común acuerdo con Brian Epstein y Los Beatles. Owen era un escritor de Liverpool que había destacado por sus humildes comedias dramáticas sobre la gente de los suburbios y periferias, emitidas por las cadenas del noroeste de Inglaterra. Owen acompañó durante un par de semanas a los Beatles con el propósito de familiarizarse con su conducta, entorno y circunstancias. Pudo ver de cerca cómo era y qué era exactamente ese monstruo apasionante, atosigador y vanidoso llamado beatlemanía, del que hablaban todos los periódicos del reino isabelino. Esta aproximación a Los Beatles posibilitó que Owen redactara un ajustado e inteligente guión en el que lo irónico, lo cotidiano, lo emocional, lo social y lo increíble se integrara en una aparente parodia documentalista de todo ese demencial suceso que acontecía alrededor de Los Beatles.

Richard Lester, que no se cansó de abastecer con sugerencias e ideas al escritor, se mostró ampliamente satisfecho con el guión, base para una película insuflada de talento y de hallazgos expresivos. El director Lester transformó el relato literario en una película de vivaz ritmo visual y sonoro, elaborando con formas narrativas nada corrientes ni ordinarias una certera propuesta. Y aún rodando con celuloide positivado en blanco y negro, supo conferir a aquella propuesta el aspecto de genuino cine pop. No es extraño que una serie de críticos e historiadores cinematográficos, reunidos en Ginebra a finales de los años sesenta, designaran A Hard Day’s Night como una de las veinte mejores películas de toda la historia del cine. Hoy en día, este reconocimiento quizás podrá antojarse excesivo, pero en aquel momento la cinta de Richard Lester asombró a muchísima gente, y no tan sólo a aquellos que estaban poseídos por el hechizo de las canciones de Lennon & McCartney. La cámara inquieta y móvil de Jean-Luc Godard, algunas enseñanzas de la tradición documentalista del cine británico de los cincuenta, la intención desapacible y extrema de algunas secuencias (cercanas al free-Cinema de Tony Richardson, Karel Reisz o Lindsay Anderson), las influencias estéticas y expresivas del pop-art norteamericano (esas osadas fotocomposiciones y collages en la planificación), los distintos tipos de humor empleados y cierto delirio visual posteriormente reutilizado hasta la saciedad en diversos filmes pop y en cortometrajes musicales de promoción discográfica que en los años ochenta acabaron llamándose videoclips, son algunos de los carácteres conjugados en esta notoria película de 1964, una de las mejores de cuantas intervendrían, agrupados o individualmente, Los Beatles. “A todos nos gustaba la secuencia campestre, todos saltando como lunáticos. Aquello era cine puro, como nos decía Richard Lester. Era simplemente filmar y nosotros hubiéramos podido ser unos cualesquiera. Era cine puro”, explicó John Lennon en los primeros años setenta. “Yo intenté captar el sentimiento que ellos transmitían a la gente a su alrededor, y por tanto tenía que conseguir que fuesen todo lo naturales que pudiesen ser”, añadiría Richard Lester.

Efectivamente, en la época en la que se rodó ¡Qué noche la de aquel día!, Los Beatles dejaban de forma definitiva de ser unos chicos cualesquiera para empezar a ser los músicos más famosos del planeta. La película de Lester es, aún con su aparatosidad visual, efectismos pop y truculencias estéticas, un muy válido e innovador relato cinematográfico, como también un magnífico documental sobre el grupo en el que sus cuatro protagonistas contagian vitalidad y energía. Noventa y cuatro minutos en los que Lester atrapa la fantástica realidad del mito, pero no la esencia verdadera de los cuatro personajes físicos y mentales que lo conforman. John Lennon se lamentaría ante el guionista Alun Owen, reprochándole la simplicidad de los estereotipos empleados y el no haber sabido adentrarse en las personalidades reales de los miembros del grupo, a pesar de haber estado unos días observándoles muy de cerca. Según John, la ironía y el humor desarrollados por Owen en el guión no se correspondía en absoluto al ingenio real de Los Beatles, mientras que la descripción detallada que el guión efectúa de Ringo (melancólico e inocentón), Paul (parlanchín y extrovertido), John (ácido y socarrón) y George (el imperturbable y callado acompañante) nada o poco tenía que ver con sus verdaderas identidades psicológicas. Pero precisamente esas simples, estereotipadas y al fin engañosas descripciones, en ocasiones fomentadas por los propios Beatles, son las que han pervivido en la conciencia colectiva y mediática. Esos, y no otros, parecen ser Los Beatles a los que las distintas generaciones han evocado y mitificado.

La primera película de Los Beatles se estrenó en el London Pavilion de Londres el día 6 de julio de 1964, asistiendo a la función la princesa Margarita, hermana de la reina, y Lord Snowdon, quienes acabada la proyección ofrecieron un refrigerio a Los Beatles y al equipo entero de la película. Pocos días después se estrenaría en Liverpool, donde se celebró una recepción municipal, en la que el alcalde condecoró a sus afamados conciudadanos. Esos hijos predilectos y célebres de Liver­pool partieron en coches desde el aeropuerto de Speke, recorriendo las mismas calles de Woolton y Allerton en las que John y Paul se habían criado. Una muchedumbre orgullosa y excitada ocupaba las aceras, saludándoles con vítores y banderas británicas. Un mes después, la película (en España no se lanzó hasta 1965) llegó a EE.UU., estrenándose simultáneamente en 500 salas de todo el territorio. En algunas proyecciones los chillidos de las fans lograban extinguir el volumen de las canciones. A Hard Day’s Night se planeó en su origen como un simple vehículo promocional del grupo y de sus discos. Su mayúsculo éxito en los países anglosajones y su progresiva evaluación como película artística y documento de culto desbordó cualquier expectativa. Porque además, otro de los temas subyacentes en el filme de Lester es el de la relativamente exagerada repercusión de Los Beatles en la sociedad de su época, traspasando fronteras políticas, religiosas, lingüísticas y generacionales, en un efecto sociocultural único en el siglo xx. Un fenómeno excéntrico, desbordado y excesivo para algunos, quienes nos recuerdan que Los Beatles no crearon la penicilina ni curaron a los tuberculosos, sino que se limitaron a tocar y grabar música popular. Una respetable y certera opinión, siempre y cuando no se desprecie la magnífica y sin duda benefactora obra artística de The Beatles.

Socorro

Mientras que ¡Qué noche la de aquel día! (1964) fue una película sobre la irrupción de la beatlemanía y los espectaculares trastornos que puede ocasionar la celebridad social, el segundo de los filmes de ficción de Los Beatles, Help! (1965), constata a modo de colorista y bullicioso festejo pop, la consagración cultural y social de la banda de Liverpool. La película precedente podía interpretarse como una conmocionada representación documental del fenómeno beatle y de su realidad aproximativa, mientras que este nuevo título revela desde la primera secuencia su indisimulado carácter de ficción cinematográfica. ¡Socorro! (así se promocionó y proyectó en España) no es mucho más que un disparatado, sin duda absurdo y ocasionalmente divertido e inspirado espectáculo cómico-musical. Algunas de sus viñetas se asemejan a una parodía del cine del agente 007, o parecen retomadas de un comic-book de aventuras exóticas, levemente contracultural, en el que Los Beatles rinden tributo al rancio slapstick hollywoodense, puesto que esta agitada ficción tampoco desprecia las huidas taquicárdicas ni las persecuciones a mil por hora, si bien ahora nuestros protagonistas no escapan de histéricas fans, sino de un atajo de lerdos fanáticos religiosos orientales. Surgen bromas a propósito del imperio británico y de su decadente afán colonialista. No faltan tampoco los tradicionales moquetes y sopapos, con sabor a gag primitivo y sospecha de humor fácil o ingenuo. En algunas de las secuencias de la película, Lennon parece hartarse de correr y de participar en el monumental reparto de tortas, propagando con la mirada un auténtico grito de socorro. Se siente extraño en el negocio del show-business e incómodo dentro de una farsa de grandes proporciones y de contenidos muy ajenos a sus inquietudes reales e identidad propia. Sin embargo, en 1965, John Lennon es aún una incipiente personalidad que, al madurar, descubrirá nuevas dimensiones vitales, abriéndose paso para el hombre con conciencia cultural, política y social, para el artista rebelde, arriesgado, ultracreativo y sensible.

Si en la primera ficción de Los Beatles se constataban deudas contraídas con la nouvelle vague de Godard e incluso con el free-Cinema de Lindsay Anderson y compañía, esta segunda película sólo coincide con aquella en el sentido demoledor y acelerado de los silentes filmes cómicos que rodará el gran Mack Sennett, si bien es cierto que estas dosis de humor ácrata se ven aquí ampliadas y aumentadas por la influencia del nuevo cine de Jerry Lewis con el director Frank Tashlin. Un cine de conductas frenopáticas, complicaciones incontroladas y si­tua­ciones en estado de puro caos que Richard Lester seguramente admiró viendo alguna de las obras maestras del tándem citado. Pero además, en su condición de cóctel-pop, Help! no renuncia tampoco a seguir la moda de un muy característico cine de acción, exotismo y espionaje de los años sesenta, un cine de características ultra-lounge en el que igualmente se encuadran los filmes de la serie Bond como los títulos británicos del perverso doctor Fu-Man Chu, que a su vez darían paso a deleitosas fantasías de signo igualmente pop, caso de Mo­destyBlaise (1966), Barbarella (1968) o la serie televisiva Los Ven­gadores, en la etapa de la pareja formada por Diana Rigg y Patrick MacNee. No es pues Help! una película sobre Los Beatles, ni mucho menos, pues ellos son simples estrellas invitadas con papeles protagonistas y evidentes reclamos de la película, una abigarrada y estrepitosa fiesta que Lester organiza con algún talento, pero sin la intuición acertada ni la sabiduría con la que acometió el título precedente.

Siendo pues Richard Lester el mismo realizador, el rodaje de Help! (en color y triplicando el presupuesto de la anterior) se iniciaría el 22 de febrero de 1965 en las islas Bahamas, escenario vacacional para los miembros del grupo y no menos exótico que cualquiera de las primigenias peripecias profesionales del superagente Bond, el otro gran hacedor de divisas para el ex imperio británico de Su Majestad. Aquel rodaje continuaría el 13 de marzo en Austria, y desde mediados de abril hasta el 12 de mayo, último día de trabajo, se filmaron secuencias enteras en los gélidos platós de los Twickenham Studios, en las afueras de Londres, el mismo sitio en el que se rodaron los interiores de A Hard Day’s Night. Nuevamente fue Walter Shenson quien produjo la película para la United Artists, compañía con la que Los Beatles firmaron contrato para un total de tres títulos. En esta ocasión, Los Beatles hicieron valer su nombre y, además de ser recompensados beneficiosamente por su labor como actores, obtuvieron el antes no negociado 25 por 100 de ingresos netos. En cifras absolutas, por las dos películas con Lester y en el período de explotación que va desde 1964 a 1969, Los Beatles aproximadamente se embolsaron ocho millones de dólares. Un buen pellizco, pero muy por debajo de lo que ganaba cualquier astro de Hollywood durante la misma época de tiempo.