Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En un pequeño pueblo entre sierras, un hospital atiende a un grupo de tuberculosos. Se trata de personajes variopintos, pero la mayoría comparte la esperanza en una sanación mientras aguarda su destino o se pasea al atardecer con la altura violeta de los montes como un gran telón de fondo. El hombre que protagoniza esta "nouvelle", sin embargo, no es así, y no porque su enfermedad resulte especialmente agresiva o desafortunada, sino porque, como sabemos desde las primeras líneas del relato, carecía de esperanza: "no conocía nada de donde sacar voluntad para curarse". En "Los adioses" (1954), y haciendo gala de una impresionante maestría literaria, Juan Carlos Onetti se aparta de la gran ciudad mítica de Santa María para desplegar la historia de este hombre sin nombre en un pueblo sin nombre, llena de pinceladas vagas y elementos imprecisos que, aun así, dan lugar a un relato vibrante y repleto de sugerencias.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 257
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Juan Carlos Onetti
Los adioses
Edición de Pablo Rocca
CÁTEDRAletras hispánicas
Introducción
Del mito y de la literatura
Del autor, su época, su obra
Sobre Los adioses
Esta edición
Bibliografía
Los adioses
Apéndice
Media vuelta de tuerca
Créditos
Juan Carlos Onetti en 1981. Fotografía de Elisa Cabot;alojada en Wikimedia Commons bajo licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 2.0 Generic (términos disponiblesen: <https://creativecommons_org/licenses/by-21/2.0/deed.en>; últ. consulta: 21/7/2025.)
Cuesta sobreponerse a la sucesión de imágenes de Juan Carlos Onetti que en un crescendo, tal vez calculado, alimentó la figura del escritor. Desde la década del sesenta esa figura se asoció a la del huraño aunque exitoso seductor de mujeres, el irónico y algo burlón, el insomne fumador y ostentoso aficionado al alcohol, el hombre delgado de trajes oscuros y corbatas finas que, al encerrarse en su apartamento madrileño, aumentó de peso y aflojó cualquier muestra de elegancia. Tales rasgos completarían una síntesis verosímil para un cuadro que reúne a los contrarios. Por un lado, la vida bohemia exhibida ante periodistas especializados —o no— y que aun fue utilizada como marketing editorial; por otro, el refinamiento de una escritura compleja, que nunca hizo concesión alguna a los esquemas ni a los didactismos, aunque en entrevistas y encuestas haya ensayado alguna que otra clave interpretativa y haya enlazado la idea de la experiencia particular con la de su transfiguración estética.
Pese a su parquedad, Onetti nunca fue reluctante a las entrevistas ni menos a ser fotografiado. Mientras vivió en las ciudades rioplatenses, principalmente en Montevideo —donde más se lo atendió—, su cuerpo espigado («1,80 de altura, 75 kilos», dirá el 16 de noviembre de 1942)1, sus ojos miopes, sus cigarrillos, su semicalva y a veces sus sombreros se perpetuaron en los extraordinarios dibujos y caricaturas de Julio E. Suárez (Peloduro) y de Hermenegildo Sabat. Sorprendería la distancia si estas imágenes fueran alineadas junto a algunas filmaciones de los últimos años de su vida, en las que aparece acostado en su dormitorio del apartamento en el octavo piso de Avenida de América, 31, por cuya ventana podía entrever la extendida silueta de Madrid. Antes, el atildamiento y la seriedad, la estudiada pose frente a la cámara se mantiene en las filmaciones conocidas a poco de llegar a Madrid —ante Joaquín Soler Serrano—, cuando luce cauteloso, paciente y sutilmente irónico con alguna palabra que deja caer, como al descuido, con el apoyo de su mirada que, de golpe, brilla tras los gruesos lentes y el movimiento de sus labios que insinúan una sonrisa. Hacia el final de su vida Onetti reaparece distendido, juguetón, despreocupado de su muy deteriorada apariencia ante una compatriota, exiliada como él, en un documental que se editó en Montevideo2. En cualquier caso, en los veinte últimos años de vida y de encierro casi completo, su español oral resistió todo lo que pudo a la norma y la fonética peninsulares, sonando como la de un «compadrito italiano», para repetir el ácido y ajustado apunte de Jorge Luis Borges, como puede apreciárselo en la primera entrevista filmada de 1972: trajeado, locuaz, atento, moviendo acompasadamente sus manos huesudas3.
Esa figura atractiva para la reproducción de historias que circulaban entre sus renovados fieles y se ventilaban en pequeñas dosis, no redundaron en narraciones biográficas de extensión. Antes de verse obligado a salir de su país, en 1975, luego de un acoso pesadillesco, el periodismo que era, en rigor, crítica literaria ejercida por lectores avezados, se ocupaba de los libros y no de la vida de quienes los escribían. Onetti le prestaba particular atención y hasta era frecuente que discutiera con la crítica, ya sea con el envío de unas pocas líneas a un periódico, ya en comentarios que hacía correr en cartas privadas, ya en declaraciones próximas o aun remotas sobre uno u otro juicio. Su peripecia personal apenas desestabilizó esa línea de lectura. Quizá las biografías le fueron esquivas —como no lo fueron con Horacio Quiroga— por el predominio de una crítica que en el ciclo 1950-1970, que coincide con el apogeo de la obra de Onetti, había tocado sus puntos más altos; tal vez por la vigilante proximidad de ese autor con aura tan peculiar.
Cuando ya no había dudas sobre su extraordinario valor salieron estudios agudos y relevantes libros colectivos. La información biográfica se hizo pública en notas y entrevistas (entre las que se destacan las muy peleadoras y simpáticas de María Esther Gilio), se deslizó en algunas cronologías (Ruffinelli, 1973) y alcanzó mucho después una cálida y animada semblanza (Prego, 1986). La hasta ahora única biografía de mediana extensión apareció unos meses antes de su muerte (Gilio /Domínguez, 1993)4. El testimonio del escritor fue la fuente principal entre quienes, en su casi totalidad, lo frecuentaron, como lo hicieron con testigos diversos de un mundo común. Solo unos pocos documentos que, ilustrativamente, Onetti no facilitó, complementan esos relatos; pero sin estos materiales no se podría avanzar, de ahí que se los capitaliza en este trabajo junto al estudio y escrutinio de algunos documentos y aportes ignorados.
Escrita a partir de los años treinta y publicada cuando y donde podía, la obra de Onetti nunca gozó del masivo reconocimiento que tuvieron otros bastante más jóvenes —como Julio Cortázar, Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa— desde fines de la década del sesenta, quienes lo respetaron y hasta lo veneraron. Pareció, durante años, que había quedado en el rígido casillero del escritor para escritores. Ciertamente, se demoró en valorar la fuerza de su imaginación y también la innovación radical que traía su prosa, fortuna que casi desde el comienzo, en cambio, había conseguido la literatura de Borges. Solo cuando el autor había pasado el medio siglo, sus novelas más que sus cuentos salieron del pequeñísimo círculo de lectores fervorosos de Montevideo y, un poco menos, de algunos puntos de Argentina. Quizá ese salto se dio gracias a las Obras completas —que lejos estaban de serlo— en la edición de Aguilar (1970), prologadas por Emir Rodríguez Monegal, uno de sus primeros críticos. Seguramente, ese volumen empujó las traducciones. El Astillero (Il cantiere), publicado en 1960, apareció en italiano en 1972 y ese año obtendrá el primer premio a la mejor novela latinoamericana difundida en esa lengua; en 1980, la novela salió en portugués por el sello Francisco Alves (Río de Janeiro), el primer título difundido en ese idioma, lo cual, de paso, relativiza el monolítico paradigma «literatura latinoamericana», que se empleó tanto y tan programáticamente. Varios textos aparecieron en alemán después de 1981 —en este caso por arrastre del Premio Cervantes— por la casa Suhrkamp, de Frankfurt am Main; en francés y en inglés los libros llegaron algo después, fuera de algún que otro cuento ya traducido para revistas o antologías de limitada circulación, lo cual, como es sabido, siempre fija antecedentes para prestigios futuros.
Con un poco de perspectiva es posible leer esta literatura más allá de la batería de imágenes que gestaron el mito, tan necesario para conseguir un lugar en medios difíciles, a veces tan perjudicial para los textos en sí. Tres décadas después de su muerte la distancia permite el recelo ante las reticencias y hasta las trampas ofrecidas por el autor para narrar su vida o balizar su obra. Una y otra, esta última de una singular potencia verbal, en las páginas sucesivas serán observadas en relación dinámica con su época, con la situación editorial, literaria y periodística, a las que Onetti estuvo integrado, en mayor o menor medida. Desde estas visiones se leerá Los adioses, una de sus novelas cortas de más virtuosa ejecución.
La tarde del 10 de julio de 1909 Carlos Onetti, treinta y ocho años de edad, «empleado» y «oriental»5 se presentó al Juzgado de Paz de la 15.ª sección de Montevideo para inscribir a «una criatura de sexo masculino, hijo legítimo del declarante y de su esposa Honorina Borges, brasilera, de treinta y cinco años de edad, labores de su sexo y domiciliados en la misma casa». Nueve días antes, en esa vivienda de «la calle San Salvador n.º 228, a las cuatro de la mañana» había nacido Juan Carlos (Partida 649). Era el segundo hijo de la pareja que, el 4 de junio de 1902, había contraído enlace en una parroquia de la pequeña ciudad de Quaraí, en el extremo sur de Brasil, frontera con la no menos pequeña ciudad de Artigas, en el extremo norte de Uruguay. Ya radicados en Montevideo, a quinientos kilómetros de donde se habían conocido, el 3 de noviembre de 1906 nació Raúl, quien será abogado y profesor en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales; la última hija de la pareja, María Raquel, llegará el 29 de junio de 1911. Salvo Juan Carlos Onetti, quien morirá lejos, todos pasarán sus días, hasta el último, en Montevideo; los padres morirán a mediados de la década del cuarenta6, los hijos en la primera mitad de los años noventa.
La casa que ocupaban los Onetti-Borges —seguramente alquilada— estaba a unas cuadras del Río de la Plata, en un barrio de clase media baja. Sus relaciones sociales no parecen demasiado fluidas si se toma en cuenta que los dos testigos del nuevo nacimiento eran vecinos. Gran parte de la familia de uno y de otra estaban en el interior del país. Poco se sabe de Honorina (y no Honoria, como siempre se ha escrito), fuera de la humorada faulkneriana de su hijo, que la calificó como «dama del sur de Brasil», en la misma ocasión que dijo de su padre que era «un caballero esclavista», que los dos se amaban mucho y que eso irradiaba felicidad («Infancia», O. C., tomo iii, 2009, pág. 831). Otra vez, Onetti opuso el carácter divertido de su madre al puritanismo de su padre7. Honorina profesaba la fe católica en un país en el que esta decrecía con fuerza ignorada en otras partes de América, sobre todo desde la temprana separación de la Iglesia del Estado (1919)8. De ahí que pueda imaginársela lectora de la Biblia.
Los abuelos maternos —se lee en la partida de nacimiento de Juan Carlos Onetti Borges— eran brasileños y aún eran jóvenes en julio de 1909: Juan Borges, cincuenta y seis; Raquel Palma, cincuenta y dos. En esa fecha residían en «el departamento de Artigas». Según el testimonio de su nieta Raquel, Juan Borges había peleado en una revolución independentista en el estado de Rio Grande do Sul, en el bando que la perdió, o sea en la Revolución Federalista comandada por Gumersindo Saraiva, a quien una vez vencido le cortaron la cabeza9. Su hermano Aparicio Saravia lo acompañó en esa guerra civil, que se prolongó de 1893 a 1895; con mejor suerte consiguió volver para hacerse cargo de su campo en el norte uruguayo y para transformarse, rápidamente, en el jefe rural del Partido Blanco o Nacional. Ante tamaña violencia se puede entender por qué Juan Borges «dejó todo en Quaraí, casa, una chacra, casas de su propiedad. Nunca más quiso volver a Brasil». Al radicarse del otro lado, en Uruguay, consiguió trabajo en el ferrocarril, entonces propiedad de capitales ingleses, sirviendo en varias estaciones fronterizas (Prego, 1986, págs. 34-35). Nada más sabemos de ellos.
Carlos Ramón Onetti Lima había nacido en Salto el primero de enero de 1872. Era hijo de Lisandro Ramón Onetti, uruguayo y «empleado» —aunque tenía setenta y seis años—, y de María Lima, oriunda de un indeterminado sitio del sur de Brasil, quien contaba setenta y cuatro años de edad. En julio de 1909 se avecindaban en Montevideo. La familia no se limitaba a los nombrados. Según el acta que documenta la defunción de María Lima de Onetti el 12 de julio de 1913, ya en esa fecha su marido había muerto. Con él había tenido nueve hijos: seis mujeres y tres hombres10.
En julio de 1909 los otros dos hermanos varones de Carlos Onetti Lima estaban a cuatrocientos kilómetros al noreste, en la ciudad de Melo, capital del departamento de Cerro Largo, a sesenta kilómetros de Brasil. El mayor, Lisandro (hijo), también era originario de Salto (24/i/1865) y para esa fecha, luego de enviudar, estaba casado con la maestra Laura Lisboa. El 30 de julio, un mes después del nacimiento de su sobrino, con veintinueve años, su segunda esposa dio a luz a María Amalia. En la misma localidad de Melo, que no llegaba a las dos decenas de miles de habitantes, el 12 de setiembre de 1912 nacerá otra hija de este matrimonio, María Julia. Sucesivamente, las dos hermanas se casarán con su primo hermano Juan Carlos Onetti a comienzos de la década del treinta. Para que se vieran por primera vez, en algún viaje de la familia del norte hacia Montevideo, tuvieron que pasar algunos años, aunque las comunicaciones habían mejorado desde que el ferrocarril cubrió la totalidad de la línea Montevideo-Melo. Justamente, en julio de 1909.
El otro tío del futuro escritor, Luis Onetti Lima, nació en Montevideo el 6 de octubre de 1874. Sabemos que en vísperas del levantamiento armado de 1897 estaba en Melo, donde era un activo periodista vinculado al Partido Nacional en aquella región que, de hecho, gobernaba Aparicio Saravia y que, luego de la muerte de este caudillo gaucho, al cabo de la guerra civil de 1904, siguió siendo dominada por sus herederos políticos. Luis Onetti Lima publicó —y así firmó— tres dramas tirados por la imprenta de El Deber Cívico: ¡Y quién fuera hombre! (1901), En carne propia (1902) y ¡Guerra! ¿Gloria o delito? (1902). Envió los folletos a José Enrique Rodó, con dedicatorias más bien recoletas, por lo que con más razón debió remitirlos a sus padres, en cuya casa debieron permanecer y quizá fueron revisados por su sobrino con cándida admiración. Uno de sus poemas se titula «Moisés», publicado en la revista literaria Pegaso, en junio de 1923, cuando todo lo anterior era una lejana prehistoria11. Setenta años más tarde, Juan Carlos Onetti tenía presente esta pieza12:
—Mi abuelo era don Lisandro Onetti, quien tenía un hijo que también se llamaba Lisandro y era caudillo blanco en Melo. Estuvo en todas las patriadas con Aparicio Saravia. También hay otro tío mío que se llamaba Luis Onetti Lima, que hacía versos. Tenía unas cosas muy buenas, pero muy antiguas. Había algo que se llamaba «Moisés», te juro que era una cosa muy buena, hasta Victor Hugo la habría firmado13.
Lisandro Onetti Lima era partidario de Saravia. Tanto, que se le encomendó la jefatura de policía de Melo desde 1902 hasta el fin de la guerra14. Su fervor partidario venía de atrás: en 1897 se alistó en el alzamiento encabezado por Saravia contra el gobierno autoritario de Juan Idiarte Borda; el 14 de mayo Luis Ponce de León lo vio partir a la batalla de Cerros Blancos junto a Florencio Sánchez, futuro primer dramaturgo del Río de la Plata. Para ese testigo, Lisandro Onetti era «el alma del batallón Patria, esforzado guerrero de toda la campaña que, cubierto de polvo y ardiendo de coraje, vivaba a la revolución y a la bandera de la patria, a la par que disparaba sus últimos cartuchos»15. Del otro lado del campo de batalla, en el ejército oficial, «el alférez Pedro Onetti (hijo) mandó una de las guerrillas en un combate importante»16. Los dos sobrevivieron y el último, su primo, en breve será elogiado por Rodó en un curioso artículo favorable al servicio militar17. Pedro Onetti llegará al grado de general; su hijo y homónimo seguirá la misma carrera y, a fines de los años cincuenta, será nombrado edecán por el presidente Luis Batlle Berres, el mismo presidente que tanto admirará Juan Carlos Onetti, al punto de que su nombre se encuentra en el lugar 64 como candidato a la Cámara de Representantes de su lista, la 15, en las elecciones generales de 195818, el mismo presidente que le aportó el argumento de «El infierno tan temido», y a quien está dedicado El astillero.
Del primer matrimonio de Lisandro con Romana Isasa, el 24 de octubre de 1894 nació Carlos María. Uno de los testigos de su nacimiento fue «Carlos Onetti de veintitrés años de edad, de estado soltero, de nacionalidad oriental, de profesión comerciante y domiciliado en esta villa» (Registro cívico, imcl, núm. 239, 1894, foja 120). Esta es la referencia más antigua que tenemos sobre los pasos del padre de Juan Carlos, seguramente atraído a esa región por su hermano, de donde se retiró en un momento que no podemos precisar. Su sobrino Carlos María Onetti Isasa será el segundo escritor de la familia. La proximidad de oficio, nombres y tiempos dará lugar a una confusión, quizá no fingida, en la memoria del ya anciano Borges, en oportunidad de mantener este intercambio casi a la medida de una comedia de equívocos:
—¿A qué escritores latinoamericanos actuales ha leído: a Juan Carlos Onetti?
—Lo conozco muy poco... Me acuerdo que era rengo, ¿no? ¿No era rengo?
—No.
—Sí, creo haberlo conocido, pero nunca leí nada de él. Creo que ha muerto, además, ¿verdad?
—No, tampoco. Pero lo curioso es que usted premió a Onetti...
—¿Cómo, cómo?
—Sí, en 1941 usted fue jurado del concurso de Losada. Onetti salió en segundo lugar con la novela Tierra de nadie [...]
—Sí, sí, creo que sí. Pero no lo recuerdo en este momento19.
Borges conoció a los dos primos. En el diálogo con Jorge Ruffinelli aquel día de 1974 olvidó (o quiso olvidar) al más joven y más visible, quien por esos días estaba colaborando en el guion de su cuento «El muerto» para el filme de Héctor Olivera, que se estrenará en 1975. «A Borges lo vi dos o tres veces en mi vida —dijo Onetti en 1961— llevado por Martín Müller»20. Efectivamente, Carlos María Onetti era «huérfano del caminar», para decirlo con la imagen que usó una revista deportiva21, y había muerto en 1940, en la ciudad de Paraná (Entre Ríos), donde se había radicado casi dos décadas antes, y donde escribió el libro Cuatro clases sobre Sarmiento escritor, publicado por la Universidad de Tucumán en 1939, entre otros textos: poemas, alguna traducción y hasta un artículo en Sur, la revista que mimaba a Borges. Este último quizá conoció a Laura Onetti, porque le publicó el cuento «El retrato» en Los Anales de Buenos Aires (núm. 11, diciembre de 1946), la revista que dirigió hasta esa misma entrega, en la que también apareció «Casa tomada», de Cortázar. No se aportan datos sobre quien vendría a ser la cuarta escritora de la familia —la primera mujer—, de la que ignoramos obra posterior.
Lisandro (hijo) y Luis dejaron descendencia numerosa (cinco hijos el primero, tres hijas el segundo), pero el apellido Onetti desapareció de Melo y sus cercanías antes del medio siglo xx. Ellos mismos se fueron tiempo después de perder la guerra de 1904 en aquel lejano noreste. A un lustro de esta gran frustración, Luis estaba en el suroeste del país a cargo del periódico El Liberal. Ese mismo nombre asignará su sobrino al diario de su imaginaria Santa María en novelas y cuentos22. Mientras tanto, Lisandro se desempeñaba como rematador, según declaró al nacer su primera hija, y no había perdido sus convicciones, ya que en setiembre de ese mismo año 1909 participó en una «velada literaria» en homenaje a Aparicio Saravia junto a varios oradores (entre ellos la joven poeta Juana de Ibarbourou) en la que todos hicieron «la apología del caudillo muerto en Masoller»23.
La zona de Cerro Largo quedó, hasta hoy, condenada al modelo económico ganadero, que solo puede dar cabida a pocos; mientras tanto, la democracia se asentaba con el acuerdo de los partidos llamados tradicionales, que concitaban la casi totalidad de las adhesiones. Bajo el impulso del segundo gobierno de José Batlle y Ordóñez (1911-1915) la capital absorbía las fuertes y constantes oleadas inmigratorias, que venían sobre todo de España e Italia. En la ciudad-puerto se concentraba cada vez más el movimiento educativo, cultural y, de a poco y a reducida escala, el industrial. Hacia allí o hacia Buenos Aires se incrementó el desplazamiento de los habitantes del interior uruguayo. Los Onetti son un ejemplo de este itinerario característico de una sostenida franja poblacional de la época. Alrededor de 1920 los que no estaban en Montevideo se habían radicado en Buenos Aires o en Córdoba. En la capital argentina vivieron en «un clan cerrado», según opinó Jorge Onetti Onetti, primer hijo del escritor y de María Amalia24.
Antes, mucho antes, el primer Onetti llegó en la tercera década del siglo xix, cuando el Estado uruguayo se encontraba en compleja formación. Con buena audiencia, el escritor se encargará de repetir que su apellido no era de origen italiano, sino irlandés (O’Nety), y que un escribiente lo había modificado. Una investigación genealógica ha podido demostrar, no obstante, la dudosa fiabilidad de esta hipótesis: el apellido originario habría sido Oneto, que se ha conservado; a determinada altura algunos fueron inscriptos como Onetti y, en una oportunidad, Onety. Sus miembros eran de Paveto, una aldea abrigada por las montañas, cerca de Génova25. Desde esas alturas bajaron al puerto, subieron a un barco hacia Cádiz y allí tomaron otro con rumbo al sur de Brasil, de donde se movieron hacia el actual territorio uruguayo. En pocos años se integraron a la vida política americana. Dos Onetti llegaron a ser hombres de confianza del primer presidente, el general Fructuoso Rivera, jefe criollo y fundador del Partido Colorado, quien los menciona afectuosamente en cartas a su esposa en febrero y mayo de 184326.
Frontera, ferrocarril y puerto tienen una vinculación estrecha con esta familia que anduvo por los centros urbanos del litoral y el norte y, al fin, se dirigió al sur, imagen recurrente en la obra de Juan Carlos Onetti. Por 1900, con unos treinta años de edad, Carlos Ramón Onetti atravesó el país por el norte y pasó de Melo a Artigas, cruzó a la inmediata localidad de Quaraí, donde trabajó en un almacén de ramos generales (Domínguez, 1999, pág. 194). En ese punto del mapa, en que el río Cuareim separa dos ciudades minúsculas y pobres, dos países y dos lenguas oficiales, conoció a Honorina y se casaron, según se dijo, en 1902. Junto a ella, suponemos, «estuvo en Entre Ríos encargado de una estancia» (Rocca, 2004, pág. 25). Poco después, como quienes masivamente migraban del interior, el matrimonio se instaló en Montevideo, donde Carlos Onetti empezó a trabajar en la Aduana, «en el tiempo que todavía no estaba nacionalizada»:
Era dueño de un galpón, de un hangar. Entonces ganaba una fortuna, tenía sus peones, marcaba los precios que le venían bien al bolsillo. Pero al viejo Batlle se le ocurrió, muy bien, nacionalizar la Aduana. Y mi padre quedó con un puestito, y sus ingresos bajaron (Rocca, 2004, pág. 26).
Aun así, transformado en funcionario público con un salario medio, Carlos Onetti entendió que la medida se enmarcaba en una política justa del gobierno, del que fue partidario a diferencia de sus hermanos. Eso no parece haber resentido el vínculo, ya que los hijos de unos y de otros se frecuentaron en Montevideo.
La trama familiar deja varias enseñanzas posibles sobre la formación de la personalidad de Juan Carlos Onetti, sus relaciones y también su imaginario. El país donde creció había aprendido formas de convivencia desconocidas desde el comienzo de la vida independiente, donde —por primera vez— fue posible dirimir las diferencias políticas sin apelar a las armas (de hecho, el último movimiento de esta clase fue en 1910 y el gobierno lo sofocó rápidamente); un país en el que avanzó la secularización, en el que se aprobó —en 1913— el divorcio por sola voluntad de la mujer; donde capital y trabajo lograron armonizarse en principal beneficio de la clase media de las ciudades; donde el proceso educativo, que ya tenía bases firmes, en poco tiempo logró niveles de permeabilidad tales que redujo drásticamente el analfabetismo; donde la presencia económica del Estado fue cada vez más intervencionista. Todo esto supuso la progresiva declinación del país rural y sus valores, por lo menos la fuerte caída de los caudillos de esa matriz27; supuso, también, la capitalización del Estado facilitada por la situación de una Europa en guerra, iniciada cuando Juan Carlos Onetti tenía cinco años, quien ya había cumplido ocho cuando triunfó la Revolución soviética.
Esos fueron los años del creciente influjo —como en cualquier parte— del cine, el jazz, la nueva literatura en lengua francesa y la de lengua inglesa en ascenso, fundamentales para quienes, como Onetti, estuvieran atentos a lo nuevo. El plazo que cubre su niñez y juventud conoció la expansión de la radio y, con ella, del tango, al que siempre seguirá, como se puede probar a cada paso no solo en las cartas difundidas o en las entrevistas, sino en sus ficciones, en las que se retoma algún título o recrea algunas citas, como la letra que da nombre al cuento «Justo el treintaiuno» (1964), adaptado más tarde como capítulo vii de Dejemos hablar al viento (1979).
Por la propia historia de su familia, Onetti no ignoraba la doble condición del país rural y urbano, y aunque la memoria del tiempo anterior a 1904 no se hubiera apagado, otro fue el que le tocó vivir. Escuchó a los suyos hablar en portugués, conoció historias narradas en una lengua de frontera sobre episodios bravíos o cotidianos a un lado u otro de la línea divisoria; esto, en lugar de convertirlo automáticamente en un narrador sobre tales temas y ambientes, como era la mayoría en ese momento, lo empujó al camino contrario. Desde que hay constancia, desde fines de los años treinta en sus notas del semanario Marcha, Onetti ironizó acerca de las versiones más tradicionales de la literatura de atmósfera rural y realista. Procuró otro horizonte estético, lo cual para nada significa que se haya situado al margen de su tiempo y lugar. Simplemente, lo interpretó de otro modo, tomó de él lo que fuera que había pervivido en su memoria y lo interpeló con lenguaje diferente. Se trata, por lo tanto, de indagar o de hipotetizar sobre qué hizo posible a un escritor como él, al margen de las virtudes personales; cómo adaptó o desintegró lo que veía en su manera de entender mundo y, finalmente, cómo podría haberlo sintetizado en una obra a la que se entregó por completo.
Una obra como la suya que se propone como autosuficiente, con personajes que transitan de una novela a otra, que mueren y vuelven a nacer, parece desconectada de la ilusión referencial que nos ofrece la narración realista a la manera del siglo xix. Pero esto apenas deroga la creencia ingenua en que la referencialidad es la regla de oro que explica la ficción. A partir de datos descodificables, los «efectos de realidad» religan sus narraciones a la historia o a determinadas porciones de ellas28, que leídas de cierta manera encuentran otra significación. La clave podría estar en la fuerza de la vivencia y los meandros del recuerdo desde los que espiga imágenes y palabras residuales en él, que podrían parecer casuales o fortuitas, pero que expresan una religación profunda entre lo dicho y lo no dicho, quizá lo reprimido que aflora de repente. Por ejemplo, las formas de la vivencia podrían explicar, más allá del truco retórico o la broma para consumo de un círculo privado, la apropiación ficcional del título del periódico de su tío. Porque El Liberal es un nombre cómodo para un periódico rioplatense, que no puede ser identificado rápidamente con ninguno de los grandes medios que circulaban en Buenos Aires o Montevideo: La Nación, La Prensa, El Día, El País, y a la vez es el nombre de un periódico efímero de un pueblo, como esos que algo disimulados adornan su obra, como el de Los adioses. El poder de la vivencia explica que haya escrito en Dejemos hablar al viento, así como al descuido, que la Gurisa volvía «de Colón» (O. C., tomo ii, pág. 814), o que haya interpolado sin motivación referencial fuerte, este comentario sobre Vélez, personaje de la misma novela: «Estaba alegre y seguro como podría haber estado su abuelo en el año de 1904 saludando con respeto en una tienda de campaña», un viejo ahora moribundo que «había estado en Masoller» (págs. 646-648). Si este apunte nos devuelve a todo un tiempo pasado, pronto lo borra. La vivencia, por fin, lo ata a sus orígenes y sus afectos.
Curiosamente esta red atrapa a Ricardo Piglia, quien piensa que en Los adioses el uso del apellido Ferreyra, con «y» y no con «i», para las difuntas hermanas portuguesas, cuyo chalet ocupa el protagonista, es una indirecta manera de hablar de un origen patricio de estas mujeres: «un dato de la discusión sobre la herencia y la sangre». En rigor, Onetti elige el apellido de sus queridos primos Ferreyra Ramos, con quienes mantuvo un trato fraterno hasta el final de su vida. El texto no desmiente esta hipótesis cuando en el curso de una conversación el narrador-almacenero pronuncia la frase cortante «No era prima de las Ferreyra». Con su apunte, Piglia llega a una conclusión equivocada y a otra válida: «un detalle sin función [...] abre otro relato potencial» (Piglia, 2019, pág. 97). Quizá habría que pensar en una función ideal y de casi imposible comprobación en un puzle narrativo, en en el que Onetti saca de la vida lo que quiere por motivaciones inefables, y lo perpetúa en la ficción.
De la casa de San Salvador, donde nació Juan Carlos, los Onetti se mudaron a Dante (hoy Eduardo Víctor Haedo) 2168, en el barrio del Cordón, cerca del centro de Montevideo. Allí estuvieron hasta que en agosto de 1922 se trasladaron a un pueblo, hoy un extendido barrio de la ciudad, llamado Villa Colón (Domínguez, 1993, págs. 20-21). La nueva casa quedaba a unos cuantos kilómetros al norte, adonde se llegaba más rápidamente por tren que por malos caminos para los escasos automóviles. Sin embargo, en el libro de registros de estudiantes del Liceo n.º 1 (José Enrique Rodó), aparece Raúl Onetti entre los inscritos en 1923 con domicilio en Juncal 1470, piso 1, apartamento 4. Parece un detalle, no lo es: Juan Carlos Onetti tenía catorce años, ya había cumplido el ciclo primario de su formación en dos escuelas diferentes, por lo que debía vivir en esa dirección con sus padres y hermanos. Pero este concurrió a otro centro de enseñanza media, también público, el prestigioso Instituto Alfredo Vásquez Acevedo, donde según dijo apenas cursó primer año, porque no pudo aprobar la asignatura de dibujo. Vivir en Colón, lejos de los liceos oficiales, habría sido un obstáculo para que el segundo hijo continuara sus estudios, porque el salario del padre impedía pagar el abono mensual del tren para ese traslado y la cuota de la única institución, católica, que impartía este nivel de enseñanza en aquel lugar apartado de Montevideo. Esa limitación no impidió que el mayor de los hijos concluyera sus estudios y los continuara con éxito en la universidad —pública y gratuita— hasta alcanzar el título de abogado. Podría ser que aquel domicilio en plena Ciudad Vieja fuera el de otro familiar que alojara a Raúl, quien por eso mismo pudo seguir su trayectoria académica.
La escolarización de Juan Carlos Onetti admite otro enigma a resolver, que pone en entredicho declaraciones y redundancias sobre su formación. Cuando el 9 de abril de 1957 completó la ficha n.º 21.199 en la Oficina de Personal de la Intendencia Municipal de Montevideo, al tomar posesión del cargo de «Director Extra/18» de Bibliotecas, en el renglón correspondiente a estudios cursados declaró «Bachillerato», sin especificar si lo había concluido o no29. Como sea, habría que buscar los vestigios de sus primeras lecturas y la consiguiente formación de su sensibilidad no tanto en los estudios regulares sino en su hogar —donde según su hermana se leían novelas de aventuras—, en los catálogos de bibliotecas públicas, en las ofertas de las librerías como la del librero-editor Claudio García, a la que recordó agradecido30; sobre todo, habría que escudriñar las revistas y periódicos de un lado y otro del Plata, ahítos de literatura, puentes que lo derivaron hacia otras lecturas.
