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Un ensayo poético y personal cuya galería de alados protagonistas —mitológicos, divinos y terrenales— nos recuerda en sus diversas formas el poderoso vínculo entre la naturaleza humana y la trascendencia del mundo espiritual. Desde que aprendimos a pintar, los humanos hemos representado aves: en las cuevas prehistóricas de Europa, en los sepulcros africanos, en las tumbas gélidas del Ártico. Los pájaros han encarnado a dioses y han inspirado a chamanes. Ellos, y por extensión todos los seres alados mitológicos, han sido el eslabón entre nuestro mundo y lo sagrado. La literatura y el arte han utilizado a las criaturas aladas como imagen poética, metáfora de libertad u objeto de contemplación de la belleza pura. Los alados son, simbólicamente, los mensajeros entre lo divino y lo humano, una filiación que desciende del espíritu a la carne. O, al revés, que desde la tierra nos ayuda a despegar y nos impulsa hacia la trascendencia. La autora sigue en este ensayo lírico un hilo invisible, que ya ha sido intuido por filósofos, antropólogos, artistas y poetas, para trazar, entre lindes oníricas e imágenes mitológicas, la cartografía del mundo de los sueños y las ideas: un universo de alas. «El leitmotiv de Los alados es que los pájaros y todos los seres con alas por extensión aluden a los vínculos entre la tierra y el cielo, entre el mundo de lo real y el espiritual o de la imaginación». Jacinto Antón, Babelia, El País«Uno de los ensayos literarios más hermosos y conmovedores de cuantos se han publicado en los últimos años». Lucas Martín, La Opinión de Málaga
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Seitenzahl: 293
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Edición en formato digital: septiembre de 2025
La versión original de esta obra recibió una Beca Finestres de Ensayo 2023
Título original: Els alats
En cubierta: © Las lavanderas en su nido sobre el agua mientras Simurg conduce al ejército de aves para rescatarlas, A. H. 1019 (A. D. 1610), ilustración para una edición de Calila y Dimna © Album / British Library / Science Photo Library
Diseño gráfico: Gloria Gauger
© Del texto y la traducción, Elisabet Riera, 2025
Publicado originalmente en catalán por Ed. Males Herbes, 2025
© Ediciones Siruela, S. A., 2025
Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Ediciones Siruela, S. A.
c/ Almagro 25, ppal. dcha.
www.siruela.com
ISBN: 979-13-87688-51-6
Conversión a formato digital: María Belloso
AUSPICIO: Con los ojos de Tiresias
1. LA VISIÓN DE LOS OJOS Y LA VISIÓN DEL ALMA: Dos miradas sobre el mundoPájaros, hígado y espejos: Platón. Mensajeros e intérpretes: Tiresias. Ornitomancia y ornitología. Bestiarios y libros de las utilidades de los animales. Los colores anímicos de las aves. Azul alado.
2. LA FORMA DE LA IMAGINACIÓN: Criaturas con alas El origen de los pájaros y del mundo. El vuelo de los chamanes. Sacrificios, la oca sagrada, las Upanishads y el I Ching. Mitología de Oriente: las grandes aves fabulosas y las aves del paraíso. Mitología de Occidente: el héroe solar contra la fiera ctónica. Arpías, sirenas y hadas. La esfinge. Una fábula.
3. ENTRE LO HUMANO Y LO DIVINO: Psicopompos, santos y ángelesOsiris, Hermes, san Francisco y san Gregorio. Angelología persa. Las legiones de los ángeles y los ángeles de Swedenborg. El paraíso perdido: Milton, Rilke, Wim Wenders y Peter Handke. Un milagro. Un ritual.
4. UN CAMINO HECHO DE AIRE: Canto, vuelo, libertad Canto, paisaje, lenguaje. Sílabas sexis y sílabas sagradas, la siringe y el canto alto. El paisaje sonoro de un ciego. El canto del chamán y el lenguaje secreto. El vuelo, un deseo ancestral. Brújula interna y navegación, o cómo dormir volando. Los viajes místicos de los pájaros: Avicena y Farid ad Din Attar. Un viaje real. Pájaros de barro, silbatos de agua: Ali Kazim, Constantin Brancusi, la paloma blanca de John Berger y los pájaros de Jesús niño. Las plumas del colibrí. La garza blanca. Aeroecología: Una necesidad. Canto, ruego y clamor.
5. PORQUE EROS TIENE ALAS: El amor que transforma y eleva Eros alado. Las esferas de Platón. Las bodas de Eros y Psique. Los amores de Salomón y la paloma. San Juan y santa Teresa: Pájaro solitario y mariposa extática. Los dos pájaros de la alquimia: Mysterium coniunctionis. La serpiente alada. Profecías ancestrales: Yggdrasill, Quetzalcóatl, Calcante y William Blake. Ornitofanías. El tiempo de las metamorfosis. Volar, amor, ¿hacia dónde? (epitalamio).
6. EL AVE FÉNIX: El ciclo de la vida, la muerte y la resurrección El fénix. El Libro de los Muertos egipcio. Viaje chamánico hacia el otro mundo. Vida y muerte del príncipe Yamato Takeru. El último aliento. Almas aladas: Fedro. Tánatos e Hipnos, hermanos gemelos. Una conversación mediúmnica con la Muerte: Victor Hugo. El ángel del juicio final. Pueda yo contemplar mi sombra (elegía).
CODA: Como la alondra. Poesía, sueño, imaginación.
BIBLIOGRAFÍA
A mi hermano Isaac: el otro pájaro sobre el Árbol del Mundo
A finales de los años setenta, bajaba por las Ramblas de Barcelona cogida de la mano de mi padre como quien, con los pies desnudos en el río, camina hacia su porvenir. Surcábamos el pavimento de olas rosadas y blancas. En las riberas, puestos de animales y de flores. Al llegar al puerto de Las Golondrinas,1* bajo la estatua de Colón, el hado nos esperaba escrito sobre el leve temblor de las alas. El encargado de leerlo era un pájaro ligero y coloreado —¿un jilguero, un pinzón?—, con dos ojos negros y redondos que se fijaban en los míos como cabezas de alfiler en un almohadón. Un hombre de pocas palabras lo custodiaba dentro de una pequeña jaula de madera y finos barrotes metálicos en cuyo fondo se encontraba un archivo minúsculo: papelitos rosas, amarillos, azules y verdes se apilaban pacientes y ordenados en sus casillas esperando su turno. Después de que mi padre le diera una moneda, el hombre cogía algo invisible de los bolsillos del delantal y alimentaba discretamente al pájaro con la punta de los dedos. Seguidamente, este se dirigía a donde estaban los papelitos, agarraba uno con el pico y se lo daba a su dueño, quien a su vez nos lo entregaba sin desdoblarlo ni mirarnos a los ojos.
Leíamos: «Tendrá un esposo fiel y una familia numerosa. Sus hijos serán bondadosos con usted y le brindarán calor y compañía hasta el final de sus días. No permita que fantasías inalcanzables estropeen esta felicidad que de buen seguro le aguarda cerca». O bien: «Es usted un caballero seductor para las damas y valiente en sus cometidos. No dude en emprender esa nueva aventura que la vida le ha puesto delante. El resultado será exitoso». Siempre con decepción, guardábamos el papel en algún bolsillo, donde quedaba olvidado hasta el sábado siguiente, cuando volvíamos con la esperanza de un mensaje más divino, más verdadero.
Desde aquellos días, siempre he relacionado a los pájaros con el misterio y la adivinación. Primero, con una fe infantil, como quien ve una paloma blanca saliendo del sombrero de copa de un mago. (He visto fotografías de otros niños, en ferias o en parques de atracciones, esperando a que el pajarito de la suerte les entregara el mensaje, con el rostro serio y solemne de un niño que ya no es niño por dentro, de un niño que aceptará su destino como si fuera una orden). Con el tiempo, y a base de lecturas, esta relación fue tomando una forma más cultivada, más consciente, pero sin perder nunca su sentido oracular: aquel pajarito de las Ramblas quedó fijado en mi memoria y mi imaginación con el nombre de «Tiresias», y durante mucho tiempo fue mi gran interlocutor: él y yo, en silencio, hablábamos.
En el pequeño pueblo donde vivo ahora, lejos de las Ramblas de Barcelona, cada día me despierto con un concierto que llena el aire de la mañana antes de que salga el primer rayo de sol. Los pájaros son capaces de leer lo que nosotros, ciegos, no vemos, como el amanecer que se avecina, la llegada de las estaciones o las líneas que guían sus vuelos por el cielo de una punta a otra del planeta. Y cantan. Sin cesar, cantan. Mientras vuelan o cuando reposan en las ramas de los árboles, pentagrama sobre el que componen y bailan, su anclaje en la parte terrena de este mundo.
En La diosa blanca, Robert Graves cuenta que hace siglos, en los bosques celtas, los druidas inventaron un alfabeto de los árboles, el ogham, un alfabeto secreto en que cada letra se correspondía con la inicial de uno de los árboles sagrados: abedul, serval, fresno, aliso, sauce, espino blanco, roble, boj, acebo, avellano, vid, hiedra, junco, saúco y tejo. Y así, cada letra era una hoja que tejía una palabra, y cada rama de palabras, una frase, y cada copa, un texto, y así una lengua, y así un bosque. Un bosque secreto al que ya nadie sabe entrar, un bosque mudo porque ya no sabemos leerlo. Solo algunos poemas, como «La canción de Amergin», lo recuerdan.
Desde que tuve conocimiento de ello, pensé que si había existido un alfabeto de los árboles, podría haber existido igualmente uno de los pájaros, sus inquilinos temporales. Sería sin duda un alfabeto aéreo, que nos hablaría más del cielo que de la tierra, e incluso de los dioses que también hemos olvidado. Dioses antiguos que cantaban en verso. «¿Harán poesía los pájaros?», se me ocurrió. No era solo una pregunta poética, sino que se trataba de la posibilidad de que dispusieran de un lenguaje capaz de crear imágenes y metáforas propias, que son las herramientas de la imaginación viva y de todo lo sagrado. Quería saber si era una capacidad de todas las aves, y no solo de una en particular. Mi Tiresias no contestaba a todas mis preguntas, ni lo hacía de forma demasiado concreta ni ordenada: más bien me enviaba pistas, fragmentos caleidoscópicos que parecían inconexos, pero con los que, tarde o temprano, si les dejaba abrirse camino en mi interior, llegaba a componer una figura que me daba la respuesta y desvelaba su sentido. Otras veces este sentido venía de repente, como un rayo, en una sola imagen ya formada. El caso es que poco después de formularme aquella pregunta, si los pájaros eran poetas, tropecé con una bellísima composición del sufí persa del siglo XII Farid ad Din Attar, titulada precisamente El lenguaje de los pájaros, un largo poema que narra el viaje iniciático de una treintena de aves en busca de su rey, el pájaro simurg, y que es una alegoría del camino de unión de cada individuo con la divinidad o unidad primordial.Simurg, al final, como descubren las aves cuando llegan a su meta, significa nada menos que «treinta pájaros». Cada fragmento tiene su encaje en una composición mayor que solo vemos al final.
Toda lengua es una representación del mundo, tanto real como simbólica. Acceder a ella es abrir la puerta a una existencia invisible a nuestros ojos, inconcebible para nuestra mente, en este caso el universo de los que pueden volar. Quizá alguna vez los humanos fuimos capaces de entenderlos como quizá alguna vez ellos hayan sido capaces de entendernos a nosotros y hayan querido olvidarlo. No los hemos tratado precisamente bien, ni a ellos, ni a su medio natural.
En cuanto aprendimos a pintar y a escribir, representamos pájaros: en las cuevas prehistóricas, en los sepulcros africanos, en las tumbas gélidas del Ártico. Han encarnado a dioses, han inspirado a chamanes. Ellos, y por extensión todos los seres alados, tanto reales como mitológicos, han sido nuestro vínculo con el mundo del espíritu, del más allá. Al invitarnos a mirar hacia arriba, nos han hecho más humanos. Los seres alados son los mensajeros entre los dioses y nosotros, una filiación que desciende del espíritu a la carne. O al revés: que desde la tierra nos ayuda a despegar y nos empuja a trascender. Un hilo invisible, intuido por filósofos, artistas y poetas, que me he dispuesto a seguir, como quien, con pies desnudos, recorre el curso de un río para llegar al mar: rambleando.
Al final del recorrido siempre me reencuentro con mi viejo amigo Tiresias.
Yo te invoco, pues, Tiresias, como te invocaba ya cuando apenas acababa de salir al mundo cogida de la mano de mi padre, y te ruego auspicio para este viaje.
Hombre y mujer, andrógino platónico, ser esférico.
Ciego y visionario, como los profetas más clarividentes de la historia.
Casi inmortal.
Aquel que regresa del Hades, que conoce los misterios y versos de las aves.
Augur máximo.
Como todos los alados, portador de la gracia:
guíame sobre el papel con tu bastón, tal y como los pájaros escriben en el aire.
1*Las «golondrinas» son embarcaciones turísticas que ofrecen la vuelta por mar al puerto de Barcelona. En los años setenta eran de madera y funcionaban con motores de gasoil.
Primero somos una nebulosa. Y, surcando la nebulosa, un latido, que es como un aletear sin alas. Una intención de ser. Una forma. Un proceso. Una combinación de elementos que nos constituyen, como constituyen el planeta y todo lo que contiene: agua, tierra, fuego y aire. Y la discriminación sutilísima que nos hace ser una cosa u otra: mineral, vegetal, animal; pez, reptil, mamífero, pájaro. O todo a la vez.
Lo primero que buscamos al nacer es un aliento. Luego, empujados por él y todavía obtusos, se van despertando los sentidos, como al sonido de una ola. El oído es el interior de una caracola. La piel, temperatura solo, llama. La vista es un mar de sombras azules, primitivas, que bailan al fondo de una caverna. Muy lentamente irán tomando cuerpo las ideas, como se forman las islas, los árboles, los nidos. Hasta que finalmente echen a volar.
No puedo recordar con claridad el momento en que vi por primera vez a Tiresias, como no recordamos tampoco nada de aquella nebulosa que somos antes de nacer: las sombras azuladas al fondo de la caverna. Conservo la impresión de que, más que un encuentro, fue un reconocimiento, como si él y yo hubiéramos estado conversando desde siempre, como si ya habláramos cuando él no era pájaro y yo no era yo. Cuándo comienza esa separación entre uno mismo y los demás es difícil de decir. Durante mucho tiempo no vemos la diferencia, no la sentimos. Por eso los niños y los animales se entienden; beben todavía de la misma fuente. Pero el hecho es que fue aquel pájaro y no otro. Llamémoslo «azar». Llamémoslo «providencia». Tiresias, con sus mensajes coloridos, prendió en mí el gusto por las historias, inventadas o ciertas, o mezcla de ambas cosas, como lo son todas desde que intentamos explicar el mundo y a nosotros mismos.
Cada cual es una cosmogonía, una representación, una mirada.
Algunos dicen que nuestros pulmones son un vestigio de las alas. Y hay quien piensa, como Platón, que esa evolución fue precisamente la contraria.
El género de los pájaros, que echó plumas en vez de pelos, se produjo por el cambio de hombres que, a pesar de no ser malos, eran superficiales y que, aunque se dedicaban a los fenómenos celestes, pensaban por simpleza que las demostraciones más firmes de esos fenómenos se producían por medio de la visión.2
En la cosmogonía que dibuja en su Timeo, los pájaros proceden de los hombres. O, más bien, de un tipo de hombre muy concreto: aquellos con poco peso en la cabeza, viene a decir el filósofo, como si esta característica se hiciera extensiva después a todo el cuerpo y les permitiera dejar de tener los pies en el suelo y despegar fácilmente. Hacia el mundo celeste de las ideas. Pero su mayor ingenuidad, dice Platón, era creer que los asuntos del cielo pueden captarse con los ojos.
Tiresias, entre otros, lo desmiente.
Los grandes profetas han sido ciegos porque las cuestiones divinas solo pueden entenderse con los ojos del «alma irracional». Platón dice que habita en el hígado, órgano que tiene sus propias leyes.
Se deja seducir, sobre todo, por apariciones y por imágenes, tanto de día como de noche.
Es denso, liso, brillante, dotado de dulzura y amargor. Así, los pensamientos procedentes de la razón se reflejan en él como en un espejo capaz de recibir impresiones y mostrar figuras diversas.
Cuando la razón se vale de la amargura connatural al hígado, le hace llegar amenazas terribles, mezclando en todo él la acidez. Se vuelve de color amarillento, y textura rasposa y áspera, se retuerce y se contrae, o bien se bloquea y se cierra, y produce dolores y náuseas.
Cuando, en cambio, la razón le pinta imágenes de suavidad, el hígado obtiene alivio de esa amargura, y lo restablece todo en su originaria rectitud, suavidad y libertad; la parte del alma que habita alrededor del hígado se vuelve agradable y de buen talante, pasa la noche en disposición temperada, y, aunque no participa ni en la razón ni en la inteligencia, los sueños le sirven para la adivinación.
El hígado es amargo. El hígado es dulce. El hígado es el alimento del otro mundo.
Según una tradición árabe, el mundo se sostiene sobre un toro, y este se sostiene sobre un pez. El hígado de este toro está destinado a quienes van al paraíso. Aún hoy, el hígado de ternera o de pescado se consideran alimentos edénicos.
Tal vez las visiones del hígado sirvan para encontrar el camino al verdadero paraíso. Tal vez el paraíso sea un sueño que debe descifrarse.
¿Con qué herramientas? ¿En qué estado?
El órgano vecino del hígado fue colocado por su causa a su izquierda, dice Platón. Es el bazo, cuya función es mantener el hígado brillante y limpio, al modo de una estopa que se deja siempre junto a un espejo preparada y a punto. Cuando alrededor del hígado se producen impurezas a causa de las enfermedades, la embriaguez o la intoxicación, la porosidad del bazo limpia el hígado y se lleva las impurezas.
Según la medicina china, los ojos son las ventanas del hígado.
El hígado es un espejo puro que habla el idioma oscuro de la irracionalidad.
Espejos oscuros de obsidiana azteca, espejos de sombras chinas, espejos de agua: objetos de adivinación, mensajeros del otro lado, como los ojos de Tiresias. Los espejos siempre han sido instrumentos de transfiguración de universos. Espejos múltiples, cóncavos y convexos hacen nacer visiones falaces y maravillosas. Los incidentes ópticos, descritos con detalle en los tomos de las diversas Magia naturalis, desde el mundo clásico al Renacimiento, se prolongan en la imaginación. El espejo es un ingenio oracular y productor de espectros. Revela lo invisible. Incluido el pensamiento.
En el cuento de hadas El pájaro azul (1697), la condesa de Aulnoy relata cómo la reina Florina, cuando viajó en busca de su rey Encantador, llegó a una montaña prodigiosamente alta, una de cuyas laderas era de marfil, y la otra, de cristal: «Todo el valle era una sola hoja de cristal. Había más de sesenta mil mujeres que se contemplaban con extremo placer, pues aquel espejo tendría fácilmente dos leguas de alto y seis de ancho. Cada una se veía en él según lo que quería ser. La pelirroja parecía rubia, la castaña tenía los cabellos negros, la vieja creía ser joven, la joven no envejecía; en fin, todos los defectos se ocultaban tanto que venían hasta el espejo de todas partes del mundo. Aquella circunstancia no atraía menos a los hombres… El espejo también les fascinaba».3 Al ver aquello, asustada por la falsedad de las apariencias, Florina rompió un huevo mágico del que salieron dos palomas y una carroza, que la condujeron, lejos del espejo, hasta su amor puro y verdadero: el pájaro azul.
La catóptrica es la ciencia de la ilusión.
Las cajitas catóptricas han tomado formas diversas a lo largo de la historia. Desde pequeños caleidoscopios que funcionan por la multiplicación geométrica de fragmentos de vidrio coloreados hasta máquinas de donde salen imágenes de ciervos, bueyes y asnos, o habitaciones enteras donde quien entra se ve caminando por el techo, bocabajo. Cuando Bonanni describe el Museo Kircheriano de Roma, menciona una cistula poligonal de ocho espejos lisos que conformaba una jaula para pájaros. Podían contarse hasta mil cuatrocientos alados cuando en realidad solo había veinticuatro. En una roca que se levantaba en el centro del invento, el autómata neumático que representaba a Tritón hacía sonar un cuerno de caza.
En el centro geométrico del recinto de las mezquitas de Isfahán se encuentra un gran estanque de agua que refleja al mismo tiempo la cúpula del cielo y la cúpula del templo, recubierto de innumerables teselas de colores vivos, verdes y azules. Catóptrica arquitectónica y mística: sobre la superficie de agua fresca que se renueva continuamente, el ojo percibe la unión entre la tierra y el cielo.
A menudo los pájaros surcan la imagen con su vuelo.
«Nadie entra en contacto con la adivinación inspirada y verdadera en estado consciente, sino cuando, durante el sueño, está impedido en la fuerza de su inteligencia o cuando, en la enfermedad, se libra de ella por estado de frenesí», dice Platón.
Ido. Frenético. Extático.
Quien se encuentra en estado de exaltación no puede discernir por sí mismo las visiones de los oráculos. Por eso antiguamente se estableció el gremio de los intérpretes como jueces de las inspiraciones divinas. Algunos los llamaron «adivinos», pero, hablando con toda justicia, deberían llamarse «intérpretes» de quienes tienen el don de adivinar o transmitir.
Así pues, se necesita:
Un espejo.
Una estopa.
Un hígado extasiado que delira y tiene visiones.
Y un intérprete sabio que sabe leerlas: hacia adentro, oscuramente, con los ojos cerrados. Viendo los caminos invisibles, como los que los pájaros siguen en el cielo cuando viajan de mar a mar. Un intérprete ciego y un hígado brillante que sueña y es todo ojo: Tiresias, el que conoce el lenguaje de las aves.
Anciano ciego y visionario de Tebas. Hombre y mujer a la vez. Longevo, casi eterno. El mayor adivino de la edad heroica. Desde su inicio, contradicción y maravilla.
Nacido del vientre de la ninfa Cariclo, sirviente de Atenea, nada más nacer ya corre por el sagrado monte Helicón, hogar de las musas. Persiguiendo luces y sombras bajo el ramaje, un día tropieza sin quererlo con la desnudez de la diosa virgen, que se baña en una charca fresca. Ella lo descubre. Se enciende de rabia. No puede permitir en modo alguno este ultraje; ningún varón ha paseado jamás los ojos sobre su piel. La maldición se lanza: el joven Tiresias no verá nunca más cuerpo alguno, ni el de la diosa, ni el de nadie. Quedará ciego. El castigo se hace efectivo en aquel mismo instante. La ninfa Cariclo implora a su señora piedad por el hijo, pero el mal ya está hecho, y no hay vuelta atrás. Tan solo una pequeña redención:
—Ven —le dice al chico, que se acerca a tientas—. Apoya la mejilla sobre estos helechos.
Y, una vez ha obedecido, todo él tembloroso y arrepentido y con los atónitos ojos que ya no ven, la diosa le deja caer en el oído izquierdo siete gotas de ambrosía, una tras otra. El sentido del oído de Tiresias ha quedado purificado: ahora entiende el lenguaje de los pájaros con tanta naturalidad como si se tratara de una canción de su madre. Atenea, secretamente, se conmueve; de propina le regala un bastón con el que puede andar mejor que cualquier persona vidente, y también una larga vida, más larga que la del resto de los mortales: seis generaciones, es decir, unos doscientos años.
—¡Venga, camina!
Esto, según la Biblioteca de Pseudo-Apolodoro y los Himnos de Calímaco de Cirene. También hay quien cuenta otra historia totalmente distinta. Ovidio, en sus Metamorfosis, dice:
Que Tiresias, aún con el sentido de la vista intacto, caminaba por la verde foresta cuando se le aparecieron dos gigantescas serpientes que se acoplaban.
Que quiso separarlas por medio de un golpe de su bastón. Pam.
Y que, al hacerlo, su sexo viril se transformó en el acto en cuerpo de hembra, y que vivió como mujer durante siete otoños.
Que, pasado este tiempo, y de nuevo en la verde foresta, volvió a encontrarse en medio del camino a las dos serpientes emparejándose, y que, de nuevo, pensando que así desharía el hechizo, volvió a golpearlas con el bastón. Pam.
Y que volvió a ser hombre en el acto.
En el monte Olimpo, mientras tanto, Zeus y Hera se solazan. El dios se vierte en ella con todo su vigor. Ella lo acoge como un ánfora. Cuando está llena, suelta un gemido inequívoco y se deshace en agua. Zeus la mira maravillado y le dice: «Estoy cierto de que vuestro placer es mayor que el que corresponde a los hombres». El comentario violenta a Hera, que, quizá por pudor, lo niega. Entran en disputa erótica. Hasta que se les ocurre buscar el juicio del sabio Tiresias; él había conocido a una y otra Venus en su propia carne. Tiresias —¿intuía lo que aquel momento significaría para su destino?— dictó sentencia: «Son las mujeres las que sienten el mayor placer». Hera, ofendida, condena a los ojos de Tiresias a una eterna noche. Zeus, «en compensación por la luz que le había sido quitada, le concedió conocer el futuro, y con la gloria aligeró el castigo».
Tiresias, por Hera o por Atenea, ya anda solo por el mundo, ciego y con un bastón. Hace lo que está destinado a hacer: predicciones.
Liríope, madre de Narciso, cuando este acaba de nacer, le pregunta si su hijo llegará a viejo. Tiresias responde: «Si no llega a conocerse».
Edipo, enredado en la ceguera de su propio destino, le pregunta quién ha sido el verdugo del rey Layo. Tiresias responde: «Tú eres el asesino que buscas».
Alcmena, cuando Heracles es todavía una criatura de cuna que acaba de matar a dos serpientes con la fuerza de sus tiernas manos, le pregunta asustada por el futuro de este hijo temerario. Tiresias responde: «Te juro que más de una mujer en Grecia, mientras hile la lana, cantará a tu hijo y a ti que lo has llevado. Será el héroe de la humanidad».
Y así fue año tras año: hasta los casi doscientos años de su vida e incluso cuando ya era solo un alma del inframundo, Tiresias siguió adivinando. Odiseo, después de su estancia en la isla de Circe, quiso consultarle sobre cómo podía volver sano y salvo a casa. Para conseguirlo, tuvo que degollar unos corderos y llenar un pozo con aquella sangre. Todos los espíritus subieron para saciar la sed. Odiseo los mantuvo apartados con la espada hasta que se presentó Tiresias, a quien permitió acercarse al pozo y beber la sangre. Entonces, con la garganta teñida por el rojo más íntimo de los corderos, el adivino le dio su consejo: cuando él y sus hombres desembarcaran en la isla donde pastaban los bueyes solares, no debían hacerles ningún daño, o serían castigados eternamente. Eran los bueyes más bellos del mundo y los preferidos del sol. Dicho esto, volvió a sumirse en las sombras. La expedición de Odiseo zarpó. Pese a la advertencia, una vez en la isla de los bueyes, los marineros mataron a los animales y se los comieron, lo que causó después el naufragio y muerte de todos ellos, excepto de Odiseo, que, haciendo caso a Tiresias, se había abstenido de la carnicería.
Antes de aquel episodio, el adivino ciego ya tenía familiaridad con la sangre: cuando mujer menstruó, y cuando bacante descuartizó cabras.
Sucedió en Tebas, en el advenimiento de Dioniso como nuevo y último dios del Olimpo, que proclamaba su calidad divina rodando y gritando montaña abajo, encabezando una muchedumbre de ménades enloquecidas por la libertad y por la uva. Las fieras del bosque huían. Las mujeres tebanas miraban a las ménades con envidia y deseo. Penteo, el rey de la ciudad, los espiaba, y desde las ramas más cobardes de un árbol pensaba cómo podía encarcelarlos, sobre todo a su guía, cuya cara estaba enrojecida por el vino y era, sin duda, «un brujo, engañador de Lidia». Pero las mujeres, ah, las mujeres cantaban, bailaban y lo seguían. Cuando la impotencia y la ira estaban a punto de pintar las mejillas de Penteo de un púrpura más oscuro que el de Dioniso, el rey envió a sus guardias. Entonces oyó una voz temblorosa detrás de su hombro: «El hombre que tú rechazas es un dios nuevo. Es el hijo de Sémele, a quien Zeus salvó. Él es, con la divina Deméter, lo más poderoso que los hombres pueden invocar sobre la tierra».4 El rey reconoció enseguida la voz del anciano adivino Tiresias, probadamente uno de los hombres más sabios de Tebas. Se volvió para mirarlo. Una corona de hiedra rodeaba su blanca melena, ya rala, sus hombros curvados estaban cubiertos por una piel de cervatillo, y en la mano temblorosa y arrugada sostenía una varita extraña, rematada con una piña. Un aspecto ridículo, pensó Penteo, de viejo orate, y soltó una carcajada. Poco después murió descuartizado por su propia madre, que se había unido a las bacantes y chillaba en jubiloso delirio.
He aquí Tiresias: con su cabeza senil coronada de hiedra, y no de laurel, esgrime el báculo coniforme, y no de oro, y se deja llevar por la locura divina de las ménades, con las órbitas ciegas asustadas, húmedas de lágrimas, como los labios, de baba, y las piernas, de sangre. Recuerda con añoranza aquellos siete otoños en los que dos tetas colgaban de su pecho gracias a que su bastón golpeó a dos serpientes, y el cuerpo se le transformó, como si fuera él quien hubiera sido tocado por una varita mágica.
Una vara, un báculo, una rama. Donde reposan los alados.
Tanto en la paleontología como en la mitología, los pájaros provienen de la metamorfosis de las serpientes, y son a su vez su contrario. Lo que repta y lo que despega; la tierra y el cielo; la oscuridad y la luz; masculino y femenino. El arte adivinatorio de Tiresias era precisamente la ornitomancia. El bastón que lo guía y que transforma ¿no sería en realidad el caduceo, con las dos serpientes enroscadas? Tal vez el adivino fuera una encarnación de Hermes, el dios mensajero con alas en los talones. O de Asclepio, el dios-serpiente sanador que cura en sueños. Tal vez todo sea una misma cosa: dios, mensajero e intérprete; Hermes, Tiresias y serpiente alada.
Pájaro, hígado y espejo, para leer lo que el destino escribe en el cielo.
Cada época tiene sus verdades. Cada momento, sus falacias. El «destino» ha sido considerado de forma desigual. Si antiguamente nos encomendábamos a él, ahora creemos que podemos dominarlo, lo que sería como dominar la naturaleza entera. Los abismos, las tormentas salvajes, las tinieblas repentinas. Todo lo mágico e inexplicable. Lo que nos doblega. ¿Qué son los oráculos? Si la filosofía empezó preguntándose qué es la naturaleza, el mundo físico, los oráculos querían responder a la pregunta: «¿quién soy yo y cuál es mi destino?». Una pregunta en que la primera parte responde la que le sigue. Escuchar la voz del oráculo es escucharse a uno mismo. La voz interior. El daimon. Y este puede hacerse presente observando una esfera de cristal, la palma de la mano, las hojas de té o el vuelo de los pájaros.
Cada uno elige su oráculo según lo que debe llegar a ser.
Al viejo Tiresias se le atribuye el origen de los auspicios. Por auspicare se entendió en los primeros tiempos «mirar, consultar y predecir a partir del vuelo de las aves». Los auspicios se practicaban en el campo. Cuando posteriormente se amplió el ámbito que abarcaban, cedieron su nombre a la «ciencia augural», la ciencia de predecir según el canto de las aves, las ramas de los árboles en los que se posaban, su vuelo, su manera de comer y beber, y la forma en que salían de la jaula.
A la hora de realizar augurios, los griegos se situaban mirando al norte. Los romanos, al sur. En cualquier caso, el este era para todos presagio favorable.
Auguraculum, arx, templum o tabernaculum fueron los nombres por los que se conocía el lugar elevado que escogían los augures para realizar sus observaciones. El augur, vestido con la toga augural, indicaba que iba a ejercer su ministerio, subía al punto culminante del auguraculum, se colocaba mirando a oriente, señalaba el cielo con el lituus o bastón augural y profería las palabras «Partiri templum et tabernaculum capere», dividiendo así el cielo en cuatro partes. Se cubría la cabeza con sus vestiduras, ofrecía sacrificios a los dioses y después ocupaba su asiento y se ponía a observar con todo cuidado las aves que iban apareciendo, la forma en que volaban, sus cantos y en qué parte del cielo se encontraban.
Las aves que debían servir para formular los presagios se traían de la isla de Eubea y estaban confiadas a los pullarios, encargados de su custodia y alimentación. Entre estas aves se encontraban los alites, que se significaban por el vuelo; los oscines, que se manifestaban por el canto; y los pulli, que se tenían en una jaula o caja y de los que se sacaba generalmente un «auspicio forzado». Cuando los pollos sagrados comían la offa, una especie de torta o pasta que se lanzaba a la jaula, se sacaban las siguientes conclusiones: si la picaban con avidez, era augurio favorable y se llamaba tripudium solistimum; y solo stabat, si una parte de lo que el ave llevaba en el pico caía al suelo; y era mal presagio cuando las aves rechazaban comida o se entretenían para no picar el grano o volvían a volar sin haberlo probado.
No tengo la menor duda de que los pájaros adivinos que yo conocí en las Ramblas de Barcelona eran una reminiscencia de aquellos pulli que se custodiaban hacía miles de años en la isla de Eubea, y que aquello con que su amo los alimentaba para que cogieran un papelito de la suerte era un sustituto de la divina offa. La historia está hecha de hilos invisibles que no tienen principio ni fin, sino que más bien van y vienen, dan vueltas y vueltas, se ocultan y se muestran, como el baile de los estorninos en un cielo infinito.
La ciencia augural continuó evolucionando y pasó a llamarse «ciencia aruspicina» o «extispicina» porque los aruspices y los extispices degollaban las víctimas sobre el altar y examinaban sus entrañas para conocer el porvenir. Para obtener los presagios, observaban: las víctimas, antes de desentrañarlas; las entrañas, después de practicada la operación anterior; la llama que formaban las carnes al quemarse; la harina, el incienso, el vino y el agua que se servían en los sacrificios.
Cada cosa tenía un sentido.
Lengua, corazón, bazo, hígado, pulmones y riñones eran las seis vísceras o exta que se examinaban. De buey, de cordero, de paloma blanca.
Sobre el altar, en una bandeja bruñida, extática, como un espejo.
Durante siglos y siglos, los pájaros fueron libres. Lo máximo que podían hacer los humanos era cazar algunos, estudiarlos de lejos, hacer predicciones e inventar historias. Sobre cómo se emparejaban, dónde vivían, qué significaban sus cantos. O si en invierno morían y resucitaban más tarde.
Las paredes de las cuevas prehistóricas europeas están decoradas con sus imágenes, en África se grabaron siluetas de pájaros en losas de gres rojo, y en las cámaras funerarias del Ártico se depositaron cráneos de alca gigante junto a los muertos para acompañarlos al otro mundo.
Aristóteles consideraba a las aves «un empleo digno de la mente filosófica», y escribió sobre su reproducción, migración, anatomía, desarrollo, territorio y taxonomía en su Historia de los animales (ca. 343 a. C.). Durante los mil años siguientes, esto quedó olvidado, junto con un texto clásico citado a menudo pero nunca encontrado en su totalidad, el Physiologus. Cuando, en el siglo XIII, en los monasterios de Europa Occidental se traducen estos textos del griego al latín, pasando por las versiones árabes, y más tarde son vertidos a las lenguas vernáculas, el agujero del tiempo ha iluminado creencias fantásticas. En los bestiarios medievales y en los libros de las utilidades de los animales5 se dice:
Los cisnes cantan tan bien y tan hermosamente que su voz es una auténtica melodía para el oído; cuando se toca el arpa en su presencia, se acompasan todos con el arpa, del mismo modo que el tambor se acuerda a la flauta. Y es fama que cantan mejor el año en que deben morir; de tal modo que las gentes del país, cuando oyen a uno de hermoso canto, dicen: «Este morirá con el año». De la misma forma que se dice de un niño pequeño, cuando se le aprecia mucho talento: «Este niño no vivirá mucho tiempo». El cisne es todo blanco por fuera, y todo negro por dentro. A menudo, canta antes de morir. Lo mismo hacen con frecuencia muchas gentes.
La tórtola es un pájaro sencillo, casto y hermoso, que ama tanto al macho que, mientras él viva, no tendrá otro, ni después de su muerte tomará otro distinto, sino que lo llorará durante el resto de su vida, y no se posará sobre un árbol verde.
