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Con excelente formato periodístico, los autores relatan en seis capítulos los episodios clave que marcaron la transición pactada entre la dictadura y los dirigentes de lo que llegó a ser la Concertación. Cada uno se detiene en los hitos fundamentales de ese intenso tiempo 1988-1990. Quien lo lea podrá observar y escudriñar a fondo en los entretelones de cientos de conversaciones, ocultas unas, abiertas otras, entre los "señores políticos" de entonces —como los llamaba Pinochet—, de diferentes lados del abanico. Y percibirá cómo el proceso que había tenido origen en la movilización social impulsada desde principios de los ochenta por trabajadores, estudiantes, mujeres, profesionales, artistas y pobladores a través de las regiones del país, se fue transformando después en episodios de negociaciones y transacciones que culminaron con la llegada de Patricio Aylwin a La Moneda, en marzo de 1990. Mientras, el dictador lograba su objetivo de no cambiar demasiado la Constitución de 1980, y se mantenía como jefe del Ejército, con el poder de las armas. Al leer estas páginas no he podido dejar de relacionar lo de entonces con lo de ahora. En las fuertes desigualdades generadas por el modelo que fueron acrecentándose en las últimas décadas y que finalmente "estallaron" en octubre de 2019; en las privatizaciones que nunca se revisaron, como lo había anunciado Aylwin cuando era el candidato; en el sistema de AFP y sus promesas incumplidas; en la educación pública desmantelada; en los serios problemas de la salud que han quedado en evidencia con la pandemia; en los agudos conflictos ambientales, en los campamentos que crecen. En tanto abuso que se ha manifestado… María Olivia Mönckeberg Pardo Premio Nacional de Periodismo 2009.
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Seitenzahl: 572
Veröffentlichungsjahr: 2021
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MANUEL DÉLANO, SEBASTIÁN ALANIZ, KAREN TRAJTEMBERG, CRISTIÁN CUEVAS
PRÓLOGO DE MARÍA OLIVIA MÖNCKEBERG
Délano, Manuel; Alaniz, Sebastián; Trajtemberg, Karen; Cuevas, Cristián
Los años que dejamos atrás / Manuel Délano, Sebastián Alaniz, Karen Trajtemberg, Cristián Cuevas.
Santiago de Chile: Catalonia, 2021
ISBN: 978-956-324-872-2ISBN Digital: 978-956-324-873-9
PERIODISMO070
HISTORIA DE CHILE983
Diseño de portada: Guarulo & AlomsFotografía de portada: Fotografía en blanco y negro. Hombre de la tercera edad sostiene un cartel que dice “Nueva Constitución”. Tomada en el marco del estallido social de 2019 en Valdivia, Chile. Autor: Antar Fernández.Diseño y diagramación eBook: Sebastián Valdebenito M.Corrección de textos: Genaro HaydenDirección editorial: Arturo Infante Reñasco
Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl)
Primera edición: agosto, 2021Registro de propiedad intelectual: 2021-A-6751ISBN: 978-956-324-872-2ISBN Digital: 978-956-324-873-9
© Manuel Délano, Sebastián Alaniz, Karen Trajtemberg, Cristián Cuevas, 2021
© Catalonia Ltda., 2021Santa Isabel 1235, ProvidenciaSantiago de Chilewww.catalonia.cl – @catalonialibros
A Anita, mi amor y compañera de ruta, a mis padres, Carlos y Alicia, que habrían disfrutado estas páginas, y a las nuevas generaciones que, confío, vivirán en un mejor país: Paul, Beatriz, Carmen Gloria, Pedro, Santiago y Amandita.Manuel Délano
A mis viejos Juan y Fabiola, que me hicieron parte de la épica del plebiscito de 1988. A mis hijos Gabriel y Damián, a quienes llevo conmigo a votar para traspasar ese legado de valoración de la democracia, y a Daniela, mi mejor elección.Sebastián Alaniz
A Cony, Cris, Colo, Rena y Marce. Son la luz que alumbró el camino para escudriñar en la historia. Y a Raúl y Myrna, mis creadores e inspiradores en el amor por la verdad y el trabajo bien hecho.Karen Trajtemberg
A Luis y Norma por su apoyo incondicional y a Andrea por estar “en lo bueno y en lo malo”.Cristián Cuevas
Un día de fines de 2020, me llamó mi gran amigo Manuel Délano para pedirme que prologara Los años que dejamos atrás.Apenas pude hacer un alto en mis propias responsabilidades académicas en la Universidad de Chile, lo leí página a página y línea a línea, a ratos en el formato digital, a ratos en hojas que fui imprimiendo.
El tiempo de lectura se pasó volando, atrapada en un relato atractivo y documentado que trae a la memoria aquellos años finales de los ochenta y comienzos del noventa, cuando después de tantos esfuerzos y desvelos se lograba poner fin a la dictadura. Y se fraguó lo que sería el destino político y económico de Chile en las décadas siguientes.
Manuel Délano y el equipo integrado por Sebastián Alaniz, Karen Trajtemberg y Cristián Cuevas, quienes junto a él investigaron y escribieron, merecen una calurosa felicitación. Resaltan con esta obra la ineludible importancia del periodismo, no solo en el cotidiano rol de informar sobre lo que ocurre, sino que –como es evidente a través de este trabajo– para recordar y conocer la historia y construir memoria.
Es sin duda un libro que llama al recuerdo, pero también a revisar y quizá a reinterpretar lo que fue ocurriendo, lo que pudo ser y lo que nos ha llevado hasta el punto en que estamos hoy, en medio todavía de una pandemia feroz e incierta, y después de un estallido social –como lo hemos llamado– en que uno de los lemas principales pasó a ser “no son 30 pesos, son 30 años”.
Con excelente formato periodístico, los autores relatan en seis capítulos los episodios clave que marcaron la transición pactada entre la dictadura y los dirigentes de lo que llegó a ser la Concertación de Partidos por la Democracia. Cada uno se detiene en los hitos fundamentales de ese intenso tiempo 88-90. A manera de grandes reportajes de época, con imágenes, datos y descripciones, los episodios del primero se centran en “Luces y sombras en la alborada democrática”, es decir, en las jornadas siguientes a la elección de Patricio Aylwin como presidente de la República, seguido por “Los primeros días de la nueva era”.
Más adelante –como en el flashback de una película–, los autores vuelven a mirar atrás y se sitúan en el 5 de octubre de 1988, rebautizado como “El día que los chilenos vivimos en peligro”, para pasar más adelante a “La negociación de las reformas a la Constitución”, y luego a “El rompecabezas tras 16 años”, donde reconstruyen el escenario y los sucesos de las elecciones presidencial y parlamentarias del 14 de diciembre de 1989.
Profundizan así con pormenores y rigor en hechos y situaciones que muchos de los lectores de hoy vivimos, pero que en su momento no conocimos en profundidad o en detalle. Y que ahora, con la nueva mirada que da el paso de los años y de los acontecimientos, lleva a evocaciones y reflexiones que quizá dormían en nuestra imaginación o eran motivo de conjeturas y especulaciones.
Así pueden surgir desde estas páginas otras líneas para el análisis del pasado que saltan y se refuerzan apoyadas en el reporteo minucioso que refleja este proceso, con luces, pero también con nubes y sombras, como lo describen los autores.
Para las generaciones más jóvenes este debiera ser un libro que ayude a conocer y comprender qué sucedió en este país en esos días inciertos, fascinantes e inquietantes del 88, cuando se impuso el No en el plebiscito. Cuando eran niños o no habían nacido. Y podrán saber que no se llegó al 5 de octubre de ese año solo por efecto de una creativa y muy bien lograda campaña publicitaria –como quedó plasmado en el cine–, o que fue solo el resultado del tan mentado papel y lápiz del que muchas veces se ha hablado como causa y motivo.
Con este libro en sus manos, quien lo lea podrá observar y escudriñar a fondo en los entretelones de cientos de conversaciones, ocultas unas, abiertas otras, entre los “señores políticos” de entonces –como los llamaba Pinochet–, de diferentes lados del abanico. Y percibirá cómo el proceso que había tenido origen en la movilización social impulsada desde principios de los ochenta por trabajadores, estudiantes, mujeres, profesionales, artistas y pobladores a través de las regiones del país, se fue transformando después en episodios de negociaciones y transacciones que culminaron con la llegada de Patricio Aylwin a La Moneda, en marzo de 1990. Mientras, el dictador lograba su objetivo de no cambiar demasiado la Constitución de 1980, y se mantenía como jefe del Ejército, con el poder de las armas.
El relato se construye a partir de lo investigado y de testimonios y apreciaciones de personajes que vivieron en forma directa el principio de la transición y mantuvieron su presencia en buena parte de este período con fecha de término aún incierta. Entre la cincuentena de entrevistas realizadas cobra vida la palabra de Ricardo Lagos, la de Enrique Correa, la de Luis Maira, Enrique Krauss, Andrés Zaldívar, Carlos Ominami, Tomás Hirsch, José Antonio Viera-Gallo, por el lado de los opositores a Pinochet, y la de Andrés Allamand, Juan Antonio Coloma, Patricio Melero y Carlos Cáceres, en el ámbito de la derecha. Entrevistados especialmente para este libro entregan vivencias e interpretaciones que ayudan a comprender mejor el sentido de lo que ocurrió y aportan su mirada actual.
Al leer estas páginas no he podido dejar de relacionar lo de entonces con lo de ahora. Pensé en las fuertes desigualdades generadas por el modelo económico que en lugar de ser superadas fueron acrecentándose en las últimas décadas y que finalmente “estallaron” en octubre de 2019; en las privatizaciones de las grandes empresas del Estado que nunca se revisaron, como lo había anunciado Aylwin cuando era el candidato en 1989; en el cuestionado sistema de AFP y sus promesas incumplidas; en la educación pública desmantelada que no garantiza el derecho a la educación de calidad; en los serios problemas de la salud que han quedado en cruda evidencia desde que se declaró la pandemia; en los agudos conflictos ambientales, en los campamentos que crecen, mientras los pobladores reclaman vivienda digna. En tanto abuso que se ha manifestado…
Las preguntas y cuestionamientos surgen casi en forma natural mientras trascurre la bien contada historia.
La Constitución y el modelo económico implícito, sus “leyes de amarre”, que limitaron la actividad en los diferentes sectores de la vida nacional; las reformas negociadas y las que no llegaron a ser traen el recuerdo aplastante ya desde el primer capítulo. Ese escenario lo complementan los senadores designados que duraron quince años –hasta 2005–, el sistema binominal, que recién se logró modificar en 2015, y las tantas otras trabas aún pendientes que ponen límites a un desarrollo sustentable y a una convivencia más justa y solidaria.
Y ahí estuvo por quince años ese binominal que provocó en la primera elección parlamentaria –la de 1989– la derrota de dos hombres que habían sido bastiones de la oposición: Ricardo Lagos en Santiago y Luis Maira en la región del Bío-Bío, y que hasta hoy con su voz aportan a la comprensión de este tiempo.
Entre las muchas anécdotas y entretelones relatados destaca el conocimiento previo que tenían el último ministro del Interior de Pinochet, Carlos Cáceres con Alejandro Foxley, el ministro de Hacienda de Aylwin y exdirector de Cieplan. Ambos eran de la región de Valparaíso: uno provenía de la Escuela de Negocios de la Universidad Adolfo Ibáñez, de la que era profesor, y el otro de la Universidad Católica de Valparaíso. A la larga, se puede concluir que ambos fueron factores decisivos en que el modelo económico fuera perdurable en los términos en que lo ha sido. Cáceres en estas páginas se declara conforme con su misión. Y resulta comprensible: fue un eximio negociador y –habría que reconocerlo– un ganador. Foxley, quien asumió la batuta de Hacienda en el gobierno de Patricio Aylwin e hizo equipo desde el primer instante de 1990 con el exministro de la Presidencia Edgardo Boeninger –quien falleció en 2009– fue determinante en el diseño del nuevo gobierno y en el curso de los acontecimientos.
Democratacristiano desde su juventud, más cercano en los años setenta y ochenta al ala progresista que encabezó el excanciller y exsenador Gabriel Valdés, Foxley destaca al final de estas páginas los resultados de las cuentas macroeconómicas obtenidas en esa temprana transición. Expresa la legítima satisfacción de quien le correspondió asumir en ese momento crucial de marzo de 1990 y muestra con orgullo los logros obtenidos desde su cartera que –indica– se transformaron en significativos resultados en el desarrollo económico del país y en la consecuente estabilidad y reconocimiento internacional.
En el libro, recuerda Foxley haber conversado con Boeninger desde el primer día sobre la disposición “a pagar los costos personales y como grupo para hacer las cosas bien y para que el país tenga una democracia estable, una economía que se desarrolla y sobre todo que se reduzca la desigualdad y la pobreza”.
Confiesa que el concepto del “modelo económico” nunca le gustó, aunque reconoce que, en dictadura, “le dimos contra el modelo muy fuerte, porque era la manera de darle muy fuerte a Pinochet. Y después, cuando entramos en el proceso de transición, nos tuvimos que plantear de una manera distinta: ¿Qué de lo que se ha hecho en estos años en materia económica, debería –con los ajustes necesarios– mantenerse? Y lo primero que nos pareció era que esta apertura de la economía con el resto del mundo –con todas las dificultades que esto había tenido– era un paso adelante para una economía tan chica como la chilena y tan distante de los mercados. Y aunque era arriesgado, era un camino que había que hacerlo gradualmente, no drásticamente y eso había que rescatarlo de lo que había hecho el gobierno anterior”.
Por eso –explica– “Patricio Aylwin transmitió una idea de continuidad y cambio”. Admite el exministro que esa declaración “nos cuesta a nosotros, personalmente en ‘reputación’ ante los sectores más de izquierda. Que en ese momento eran los autoflagelantes, que hasta el día de hoy nos dicen los neoliberales”.
No se observa en sus palabras, sin embargo, algún dejo de autocrítica, ni matices que cuestionen en retrospectiva lo actuado por el equipo que dirigía en aquella época, pese a que son varios los asuntos que han estado al centro de significativas polémicas en las últimas décadas.
En un cierto contrapunto aparece Carlos Ominami, quien fuera el ministro de Economía del primer gabinete, haciendo equipo con Foxley, quien afirma: “La negociación constitucional fue muy mala y marcó muy fuerte el futuro de la transición”.
Entre los muchos comentarios ilustrativos efectuados a los autores figura el diputado Tomás Hirsch, quien –como líder del Partido Humanista– era en ese tiempo uno de los dirigentes máximos del Comando opositor. Al referirse a la espontánea manifestación en Santiago del 6 de octubre, al día siguiente del plebiscito, recuerda una reunión como “una de las escenas más surrealistas de toda la transición”. Se refiere así a lo que sucedía en Santiago esa tarde: “Por Providencia pasaban cientos de miles de personas hacia la Plaza Italia celebrando, mientras en esa oficina se discutía cómo parar la movilización para que esto no se escapara de las manos. Era un millón de personas movilizándose para celebrar. Si el triunfo era de ellos, no de los que estaban en la oficina celebrando…”.
Luego vendría la hora de las reformas constitucionales y del pragmatismo. De las largas y tensas negociaciones que culminaron con la primera reforma que arregló algo la Carta Magna que había sido aprobada en el polémico plebiscito de 1980. De reuniones en casas y oficinas no conocidas donde, como en un tablero de ajedrez, se iban moviendo las piezas con cuidadas estrategias que llevaron finalmente al texto sometido a otro plebiscito en julio de 1989, antes de las elecciones presidenciales y parlamentarias. No tuvo ese acto el atractivo ni la mística del que había dado el triunfo al No el año anterior, pero las cifras dieron más del 85% a la Constitución reformada. A lo que fue el anticipo de la “democracia de los consensos”.
Después de todo, de mucha discusión no sabida y de mucha “cocina” –como se le llama hoy– se logró poner fin a la dictadura y el aire que se respiró en Chile desde esos mismos días marcó otro clima. La sensación de libertad lograda a partir de marzo del 90 nos acompañó y es algo indescriptible, aunque el temor en la ciudadanía dejó su huella y estuvo siempre presente por años.
Pero, como señalan los autores, citando al periodista Rafael Otano, en su libro Crónica de la transición, escrito años después, “las reformas constitucionales no surgieron de una común mística hacia una construcción unitaria de futuro, sino de un cálculo mutuo de mal menor”.
Y en un elocuente párrafo los propios autores resumen: “La épica del No quedaba rápidamente atrás. Las protestas, la campaña, la franja, las movilizaciones, el coraje y la creatividad. El heroísmo. Todo había sido necesario para la acumulación de voluntades que requería el triunfo. Vendrían ahora los tiempos del pragmatismo, de la negociación, las componendas y la ‘medida de lo posible’ como la marca de hasta dónde se podrían llenar los vasos”.
Casi inevitable resulta que nos alcance una cierta nostalgia al leer y rememorar esas líneas.
Tanta como el recuerdo a los medios de comunicación que existían en dictadura y después fueron muriendo, sin que nadie desde los gobiernos de la Concertación de entonces ni de los que vinieron después entendiera cuál debía ser el rol de la comunicación y los periodistas en una democracia. Sin que se preocuparan del necesario pluralismo ni de la regulación. Sin que comprendieran que el debate público requiere espacios y la libertad de expresión no puede limitarse a una declaración de principios. En esa línea que hoy plantea desafíos urgentes y claros hay también contenido para meditar en este libro en su capítulo dedicado a la “Transición en la cultura y la prensa”.
Les expreso un entusiasta “gracias” a los autores por haberme entregado la responsabilidad de escribir estas palabras introductorias. La oportunidad de esta lectura anticipada en un momento crucial para el país, en medio de la pandemia y cuando estamos en un proceso constituyente que ha sido un estímulo para rememorar y reflexionar, así como en la sucesión de elecciones de este 2021, no pudo ser mejor ocasión para volver la mirada atrás.
Y para finalizar, un comentario al cierre: los protagonistas de todas esas bien relatadas conversaciones y decisiones de hace tres décadas fueron solo hombres. No es extraño ni “culpa” de los autores el que no aparezcan más mujeres; lo que ocurría por aquel entonces es que las mujeres no estaban en el primer plano de las decisiones políticas, aunque desde el primer instante en los duros años desde septiembre de 1973 hubo muchas que estuvieron en las agrupaciones de víctimas de la dictadura y luego, en organizaciones que fuimos formando, en movimientos, en la calle y en los medios de comunicación, colaborando activamente en la conquista de la democracia, pero –la gran mayoría– fuera de la estructura de poder de los partidos.
Entre las nombradas se puede observar, en el desfile de personajes apenas unas pocas –caben en los dedos de la mano– que llegaron a ser parlamentarias.
Sin duda la decisión del Congreso en 2019 que aprobó la paridad de género para la elección de representantes en la Convención Constitucional marca un avance que abre una esperanza y un punto de atención a nivel mundial. Al menos es una muestra de que las cosas han cambiado al hacerse cargo la sociedad de esta gran ausencia que existía hace tres décadas, cuando se inició la transición. Y así en esta Convención también tendrán por primera vez posibilidad de expresarse los pueblos originarios con cupos reservados, después de tanta marginación.
El 25 de octubre de 2020 marcó otro hito en nuestra historia, cuando el Apruebo una nueva Constitución bordeó el 80% de los votos, con una inesperada concurrencia a pesar de las cuarentenas y cuidados sanitarios.
El momento actual plantea así una paradoja: en un momento en que todas las instituciones –incluyendo los partidos políticos, el Congreso y el Ejecutivo, las iglesias, el Ejército, Carabineros y la justicia– se han visto fuertemente cuestionadas y afrontan una crisis sistémica, por primera vez se puede abrir la posibilidad de recuperar confianzas perdidas o gastadas. Pero para que eso ocurra no bastarán las palabras. Habrá que poner sobre la mesa de las discusiones temas que se han abierto, a la luz de necesidades y experiencias fallidas y que están pendientes. Asuntos como el rol del Estado –o el término del Estado subsidiario que muchos esperan–, los derechos sociales, los ineludibles desafíos de la innovación y el desarrollo de la ciencia y tecnología, la descentralización y regionalización, entre diversos y candentes asuntos están en espera de discusión y de respuestas.
Pero, sobre todo, habrá que concordar estrategias y métodos para enfrentar en profundidad la abrumadora desigualdad expresada en los diferentes planos que se ha resumido en cifras elocuentes que indican que el 1% de la población concentra el 30% del Producto Nacional. Los cambios parecen necesarios si se quiere vivir en un país que se desarrolle respetando y asegurando los derechos básicos de todas las personas. Y que genere estabilidad y paz. A esta altura ya eso no parece una opción, sino una obligación ética y política. Lo demás sería tapar el sol con un dedo, después de releer estos pedazos de nuestra historia y –sobre todo– si se perciben a fondo los alcances de lo ocurrido y lo vivido en los últimos dos años.
María Olivia Mönckeberg PardoPremio Nacional de Periodismo 2009Profesora Titular Universidad de Chile
La idea de hacer este libro surgió a comienzos de 2018, a propósito de que se iban a cumplir 30 años del plebiscito del Sí y el No del 5 de octubre de 1988, hecho que cambió la historia del país. Consistía en revisitar los dramáticos sucesos que ese día permitieron a Chile encauzarse hacia la democracia, abrir paso hacia una transición e impedir que el dictador se perpetuara en el poder. En esa fecha comenzó un proceso que bautizamos inicialmente como El amanecer de la democracia, y que después, al calor de los cambios que se gestan en la sociedad, rebautizamos como Los años que dejamos atrás, algo esencial de comprender adecuadamente para explicarnos el presente.
Usamos la metáfora del amanecer porque, desde el comienzo de esta iniciativa, advertíamos que este proceso tuvo luces y sombras, en ocasiones, más de las primeras, y en otras, de las segundas, tal como ocurre en ese cotidiano periodo incierto, en que todavía no predomina del todo la claridad que arroja el sol de la mañana, ni termina de quedar por completo en el pasado la oscuridad de la noche.
La transición fue pactada porque, en la práctica, ya no había otros caminos posibles. La acumulación de fuerzas que lograron las protestas fue insuficiente para cambiar el itinerario previsto en la Constitución; pero a la vez, la represión y las medidas coercitivas no pudieron conseguir que los opositores desistieran de su desafío a la dictadura. La vía insurreccional había sido estratégicamente derrotada años atrás y tampoco podía alterar el escenario. Así, el país llegó a una transición considerada singularísima –siempre, Chile, un laboratorio–, en que el poder saliente conservaba el control de las Fuerzas Armadas y la joven democracia podía influir en ellas, pero no someterlas. Fueron negociaciones, pactos, componendas y acuerdos que se describen en estas páginas, concentradas en los años iniciales de este proceso, entre 1988 y 1990.
Como a todos los chilenos, inclusive a quienes salieron a protestar, el estallido social de octubre de 2019 nos sorprendió a los autores y forzó a atrasar este libro, que debió estar publicado en el primer trimestre de 2020. Advertimos en las multitudes que llenaron plazas y avenidas de todo el país una convicción y determinación a cambiar la arquitectura institucional y las reglas del juego heredadas hace 30 años, como la que tenían quienes se movilizaron para el plebiscito de 1988. La pandemia, con su secuela trágica de decenas de miles de víctimas en el país y más de 1,4 millones de contagiados –al escribir estas líneas– puso en un compás de espera los capítulos. El plebiscito del 25 de octubre de 2020, con el aplastante casi 80% que se pronunció por cambiar la Constitución de 1980 mediante una asamblea constituyente íntegramente electa por votación popular y el triunfo de las voces por los cambios en la elección de constituyentes en mayo de 2021 ratificaron que la postergación fue correcta.
Tras lo sucedido, era necesario revisar lo escrito, tanto por rigor intelectual, como porque millones de personas habían puesto en jaque los avances logrados en las tres décadas de democracia que cumplió el país desde el fin de la dictadura. No solo había cambiado la voluntad popular: la medida de lo posible se había desplazado, y junto con ella, también la reflexión de nuestros entrevistados.
Con esos cambios culminamos el libro en junio de 2021. Finalmente, el texto quedó estructurado en seis capítulos y un post scriptum. En el primer apartado abordamos los resultados de la elección presidencial y parlamentaria de diciembre de 1989 y cómo esta influyó en la organización del gobierno de Patricio Aylwin, mientras la dictadura preparaba la entrega del Ejecutivo y tomaba medidas para su repliegue. El segundo, examina los primeros días del gobierno democrático, la épica que inicialmente lo rodea y el paso a una retaguardia fortificada del régimen saliente. El tercer capítulo retrocede al relato de la épica del plebiscito de 1988, diseñado para que fuese de mera continuidad y ratificación de la dictadura, y que la movilización de los chilenos con la victoria del No lo transforma en el comienzo de la transición a la democracia. A continuación, se describe la negociación de las reformas a la Constitución de 1980, concretadas en el olvidado plebiscito de 1989, que forjó el marco institucional que las movilizaciones desbordaron 30 años después. El quinto capítulo relata la primera campaña presidencial que los chilenos tenían desde 1970, y en que el centro y la izquierda se presentaron unidos para asegurar que el dictador dejara el poder Ejecutivo. En el sexto apartado, se presentan episodios de la transición en la cultura y la prensa, que marcaron los colores del amanecer, sin un destape todavía. El Post scriptum fue escrito después del plebiscito de 2020: quisimos en esas páginas reflejar cómo se habían modificado –o no– los juicios de algunos de los principales entrevistados, tras el estallido social y la voz de las urnas de 2020 y 2021.
Este libro narra los procesos clave de la transición y procura reflejar a sus protagonistas, en las circunstancias en que debieron tomar las decisiones, con lo que creían estaba en juego. Es una visión periodística, no sociológica. Y como tal, debe un indispensable tributo a muchos que hicieron posible estas páginas.
Vaya, en primer lugar, nuestro agradecimiento a la decana de la Escuela de Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Adolfo Ibáñez, Magdalena Browne, por su paciencia para esperarnos, por creer en los autores y en el proyecto que lo inspiró. El agradecimiento es también extensivo a su antecesora, la decana Marily Lüders, que dio el impulso inicial a esta investigación.
En seguida, agradecemos a todos los entrevistados, más de medio centenar de protagonistas de todos los sectores y en distintas esferas del periodo investigado, por concedernos horas de su tiempo y confiar en que seríamos justos y precisos con lo que nos contaron. A varios, los entrevistamos en hasta dos y tres oportunidades, en extensas conversaciones, chequeando datos, exprimiendo sus interpretaciones –y su memoria–, conociendo sus reflexiones, leyendo los textos que escribieron en la época estudiada y sus revisiones posteriores del período. Sin su colaboración, este libro no habría sido posible. La gran mayoría de las citas que aparecen en el texto sin sus respectivas referencias fueron tomadas de las entrevistas que les realizamos.
Queremos hacer extensivo nuestro agradecimiento a todos los periodistas y autores que nos precedieron informando sobre el periodo 1988-1990. Revisamos exhaustivamente sus trabajos, que contribuyeron a esclarecer aspectos oscuros, a proporcionar y ponderar algunos, a precisar y corroborar otros. Una vez más, el periodismo refleja que una de sus nobles misiones es la de contribuir a registrar la historia del presente.
Expresamos también nuestro reconocimiento a la colega Premio Nacional de Periodismo María Olivia Mönckeberg, talentosa, fecunda y exhaustiva investigadora, maestra de generaciones de periodistas, por prologar este libro, aportando el valor agregado de su pluma.
Agradecemos a Arturo Infante, director gerente de Editorial Catalonia, que nos alentó y después nos instó a terminar, y tras su lectura de los originales, por los inmerecidos conceptos que dedicó a este trabajo. Sobre todo, por considerar que es importante que esta obra se conozca.
Igualmente queremos reconocer la lectura previa que hicieron de estas páginas tres colegas periodistas de enorme y reconocida trayectoria, Ignacio González Camus, Óscar Sepúlveda y Libio Pérez, todos los cuales reportearon y escribieron en el período que abarca este libro. Sus juicios, consejos, palabras de aliento y antecedentes que nos proporcionaron fueron muy valiosos, sin que por ello sean responsables en ningún aspecto de estas páginas.
El apoyo de nuestros ayudantes fue fundamental en distintas actividades de reporteo. Sin Sophia Marabolí, Jean Philippe Laude, Felipe Soto y Alejandra Jara esta investigación no habría llegado a su fin.
Por último, queremos agradecer la infinita paciencia que tuvieron nuestras respectivas familias, a las que hicimos lo posible por no sacrificar, mientras investigamos y redactamos este libro. Sin su permanente y desinteresado amor y cariño, no habríamos jamás terminado la obra.
Los autoresJunio 2021
Muchos dirigentes de la Concertación de Partidos por la Democracia despertaron con satisfacción y también inquietud al día siguiente de la elección que el 14 de diciembre de 1989 dejó a Patricio Aylwin Azócar como presidente electo de Chile, la primera en 20 años, desde 1970, cuando había triunfado Salvador Allende.
La coalición opositora se impuso con mayoría absoluta en primera vuelta sobre una derecha dividida en dos candidatos –el exministro de Hacienda Hernán Büchi, que representaba la continuidad de la dictadura, y la opción populista del empresario Francisco Javier Errázuriz– pero con resultados apenas por sobre los del No a Augusto Pinochet en el plebiscito del 5 de octubre de 1988. Aylwin alcanzó 55,1%, con una ventaja sobre el segundo, Büchi, de 25,7 puntos porcentuales; mientras que el No había conseguido un año antes el 55,9% en el plebiscito de 1988.
Los dirigentes opositores estaban satisfechos, pero no había euforia entre ellos. A pesar de sus esfuerzos, la campaña no les permitió superar la marca del plebiscito. No se había producido una avalancha de votos por el candidato de la Concertación ni tampoco el fenómeno de “asegurar el voto”, en que las personas se pronuncian por quien creen ganará.
En tres meses más iba a terminar la dictadura. Pero no se iba con una derrota aplastante. Dejaba tras de sí a una derecha más fuerte que en el pasado y enormes resguardos institucionales.
Las urnas dieron otras señales. Si se sumaba la votación de Büchi y Errázuriz, la derecha salía fortalecida después de casi 17 años como base de apoyo y parte integrante de una dictadura. Terminaba el proceso con un mayor porcentaje de votos (44,8%) que en 1958, cuando triunfó el presidente Jorge Alessandri (31,5%). Visto así, el de 1989 era el mejor resultado electoral de la derecha en su historia.
Aylwin logró 117.000 votos menos que el No a Pinochet –en la presidencial votaron menos personas que en el plebiscito de 1988, el cual ostenta el récord de participación electoral–, a pesar de la división de sus adversarios.
Además, inesperadamente se habían perdido en las urnas dos de los máximos dirigentes del Comando del No que disputaron un escaño senatorial: Ricardo Lagos, en Santiago poniente, y Luis Maira en la circunscripción costa de la región del Biobío.
Lagos, el presidente del Partido por la Democracia (PPD), el mismo que saltó a la fama al encarar por televisión al dictador durante la campaña del No, apuntándolo con su dedo índice, fue derrotado en 1989 por el sistema binominal.
Su compañero de lista, el presidente de la Democracia Cristiana (DC), Andrés Zaldívar, obtuvo 8.506 votos más que Lagos, en una circunscripción en la que votaron 1.305.000 personas. El estrecho triunfo de Zaldívar sobre Lagos lo aseguró para el Senado.
Como duplicar a los adversarios era casi imposible, el sistema electoral binominal, que debutó en esos comicios, conseguía que la verdadera competencia ocurriera entre los compañeros de lista.
La suma de los votos de ambos opositores, Lagos y Zaldívar, fue insuficiente para duplicar al binomio que presentaron los partidos oficialistas, la Unión Demócrata Independiente (UDI) y Renovación Nacional (RN): Jaime Guzmán y Miguel Otero, respectivamente.
En rigor, Guzmán podría haber obtenido menos votos de los que logró e igualmente ser electo senador. Se produjo un resultado difícil de explicar a los observadores extranjeros, en que la ingeniería electoral pinochetista burlaba las matemáticas: a Lagos, que tuvo 399.721 votos (30,6%), lo dejaba fuera del Senado el padre de la Constitución de 1980, Guzmán, con solo 224.396 votos (17,1%).
A pesar de ganar a Guzmán por 175.325 votos, Lagos no llegó a la Cámara Alta. A Lagos y Zaldívar les faltaron exactamente 40.556 votos para duplicar a sus contendores.
Solo un 3,1%.
Una pequeña colectividad, con un nombre propicio a confusiones entre votantes que completaban 17 años sin elecciones parlamentarias, el Partido Liberal-Socialista Chileno, presentó dos candidatos (Sergio Santander y Rodrigo Miranda), que reunieron sobre 73.000 votos. Más de los que le faltaron al binomio Lagos-Zaldívar. El papel de Santander y Miranda en esa elección sirvió como el que muchos creen cumplió el cura de Catapilco en 19581.
La derrota de Luis Maira fue diferente. Perdió en la senatorial de la octava costa por la falta de unidad de la oposición.
Arturo Frei Bolívar, de la DC, que resultó electo senador, no compitió en lista común con Maira, del Partido Amplio de Izquierda Socialista (PAIS), una colectividad instrumental que reunió a la izquierda más allá de la Concertación.
De haberse presentado Frei Bolívar y Maira en una lista común, con los mismos votos que lograron por separado habrían derrotado al sistema binominal en esa circunscripción y más que duplicado a sus contendores de la UDI y RN: Eugenio Cantuarias, electo senador, y Renato Gazmuri, respectivamente.
La de Maira era una derrota menos emblemática que la de Lagos, pero también dolorosa para los opositores de izquierda.
“Para haber salido”, reflexiona Maira, “necesitaba al sector progresista de la DC”, en una región donde este partido era muy fuerte. Pero estos votos se volcaron con Frei Bolívar2.
Patricio Aylwin aseguró una holgada mayoría en la Cámara de Diputados, pero quedó en minoría en el Senado, por el peso de los designados y no por los votos: de los 38 senadores que elegían los votantes, la Concertación se quedó con 22 y la derecha 16.
Pero de los 47 senadores de la Cámara Alta, un total de nueve, equivalentes al 19,1%, casi uno de cada cinco, fueron designados. Algunos de ellos, muy influyentes en la derecha, como el dos veces ministro del Interior de la dictadura, el abogado Sergio Fernández.
La Concertación iba a quedarse con 22 senadores y la derecha, a pesar de perder la elección, tendría 25. El peso de los designados dejaba a la minoría en las urnas como mayoría en la Cámara Alta.
Los perdedores se quedaban con el mango de la sartén en el Senado. El escenario no permitía la euforia ni un carnaval de celebración. En un artículo en revista Qué Pasa, de derecha, escribieron: “Andamos como los mayordomos en los campos, con las llaves de la transición”, recuerda Lagos en sus memorias.
Salvo, nada menos, porque terminaban casi 16 años y medio de dictadura.
Desde el día siguiente de la elección de Aylwin las fuerzas políticas que lo apoyaron entendieron que no habría fuerzas propias en el Congreso Nacional para cambiar la Constitución de 1980.
Para hacerlo, requerirían a una parte de la derecha.
La alegría llegó.
Pero no era tanta.
Donde sí se respiraba un aire muy optimista por los nuevos tiempos que se aproximaban era en la DC. Uno de los suyos volvería a la Presidencia de la República en marzo de 1990, lo que no ocurría desde septiembre de 1964, cuando asumió Eduardo Frei Montalva.
La Democracia Cristiana terminaba la dictadura como el mayor partido político del país, y el más numeroso de la coalición que iba a gobernar: de sus 15 candidatos a senadores eligió 13 y de los 45 candidatos a diputados, 38. Sus votos eran el 25,9% del total.
La ventaja de que el candidato presidencial fuera de sus filas se expresó en las votaciones parlamentarias. Uno de cada cuatro chilenos votó en esos comicios por el centro político.
El costo electoral de los 17 años de dictadura lo absorbía la izquierda. Los comunistas no pudieron participar con sus emblemas partidarios en la elección de 1989. Los socialistas todavía no estaban unificados de la división que tuvieron después del golpe de 1973, aunque se aprestaban a hacerlo pocos días después de la elección.
La izquierda estaba dividida entre los partidos que estaban dentro de la Concertación y quienes se encontraban fuera de este conglomerado. Incluso si sumaban todos sus votos para la elección de diputados en ambas listas, más los sufragios de aquellos partidos inexistentes en 1973 –como el PPD, Partido Humanista y Verdes– e incluso de algunos independientes, representaban casi el 28% de los votantes. En la última elección de diputados en democracia, en marzo de 1973, la Unidad Popular y la Unión Socialista Popular (Usopo) alcanzaron el 44,5% de la votación.
Electoralmente, el retroceso de la izquierda después de 17 años de dictadura era del 16,5%.
A lo anterior, la izquierda debía agregar la debilidad de sus partidos y de las organizaciones en que influía después de los miles de víctimas y exiliados por la dictadura, muchos de ellos cuadros y dirigentes, los medios de comunicación requisados en 1973 y la influencia de años de neoliberalismo. Además, la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 había abierto un nuevo escenario internacional, que en la práctica se tradujo en que este sector político perdió parte importante de su “retaguardia” y el apoyo externo que le ayudó a sobrevivir en dictadura.
Maira rememora que, en 1989, en la octava región, conocida como la “zona roja” de Chile antes del golpe, al finalizar la dictadura quedaba muy poco de la organización que tuvo ahí la izquierda. “Fue una carnicería. Nos habían matado a todos nuestros dirigentes, nos habían desaparecido todos los dirigentes de Huachipato. En lo que era considerado el cinturón rojo de Concepción de los años de Allende fue donde hubo más muertos”, recuerda.
Si bien persistían los tres tercios en que tradicionalmente se dividió el electorado chileno en la segunda mitad del siglo XX, la derecha aseguraba una representación del 40% en la Cámara Baja, gracias al sistema binominal, pues reunía solo el 34% de los votos. De los tres tercios, el de la derecha era el mayor en 1989.
Dentro de la derecha, RN más que doblaba a la UDI y era el partido más fuerte al terminar la dictadura.
Los líderes de RN advirtieron que la presidencia del Senado estaba a su alcance. Si llegaban a un acuerdo con los senadores designados, podrían quedarse con la testera de la Cámara Alta.
–Nos parecía un objetivo político razonable –plantea Andrés Allamand, entonces presidente de RN–. Siempre me imaginaba que en esa foto histórica de la testera era importante que hubiese alguien que hubiera participado desde nuestro punto de vista en la transición. Yo pensaba que la persona que tenía mejores atributos para serlo era [Sergio Onofre] Jarpa. Empujé mucho esa fórmula, que demostraba que nosotros también habíamos sido parte muy importante de la transición.
Una semana después de triunfar en la elección, Aylwin fue a visitar a Pinochet en el Palacio Presidencial de La Moneda el 21 de diciembre de 1989, por primera vez en dictadura.
Dos días antes, lo había visitado en su domicilio el ministro del Interior, Carlos Cáceres y su jefe de gabinete, Gonzalo García, con una carta de Pinochet felicitándolo por el triunfo e invitándolo a La Moneda para conversar sobre el cambio de mando.
Aylwin aceptó, a pesar de que la tradición republicana era a la inversa: el presidente en ejercicio visitaba al presidente electo. Era un momento simbólico, especial, tanto para el gobierno entrante como para el saliente.
Los opositores lo sentían como una ratificación del reconocimiento del triunfo del presidente electo. De que no habría jugadas en los descuentos para impedir que Aylwin asumiera. La reunión les servía cual señal de tranquilidad y confianza para todos sus votantes.
Para La Moneda era también importante el encuentro con el futuro presidente. La reunión del gobernante saliente y el entrante era una tradición de la democracia, a la que Pinochet quería sumarse, sin pudor.
La derrota de Büchi no había constituido una sorpresa en La Moneda. Era esperada, aunque por menos diferencia. El escenario para la reunión fue preparado con antelación y cuidadosamente.
Toda la prensa pudo asistir al encuentro de Aylwin y Pinochet.
También se prepararon en la Concertación. Uno de los problemas que preocupaba a los dirigentes de la coalición era la forma facial de expresarse de Aylwin, que a veces generaba percepciones equivocadas en quienes lo veían en televisión o en fotos. Ante los problemas y tensiones, el presidente electo tendía a sonreír en forma algo nerviosa, quizá con cierta ansiedad, en ocasiones de manera sarcástica e inclusive irónica. Pero sonreía, y eso era visto como un gesto de cordialidad.
Los caricaturistas se solazaban dibujando a menudo un Aylwin sonriente ante cualquier tipo de mensaje que recibiera. Los humoristas se deleitaban imitando su sonrisa y voz de púlpito. Lo que solo sus conocidos comprendían era que su sonrisa no siempre significaba aceptación, simpatía o aquiescencia con el interlocutor.
Enrique Krauss recuerda que el tema inquietaba a Enrique Correa, el futuro ministro secretario general de Gobierno.
Las futuras autoridades no podían evitar que Aylwin saludara a Pinochet, dado que ambos se iban a reunir. Pero los opositores no querían la imagen de un Aylwin sonriente junto al dictador, tomados de la mano. Ellos creían que Pinochet iba a tratar de hacerlo sonreír porque esa imagen quedaría registrada en la historia. Tal como antes, con astucia, Pinochet había logrado en 1987 la foto con el Papa Juan Pablo II saludando desde un balcón de La Moneda a una multitud, como se narra en el capítulo VI.
Los consejos de los cercanos a Aylwin fueron claros: el saludo debía ser distante, lejano, algo adusto y cortés. Lo cortés no quita lo valiente, creían. Le pedían que no pareciera el reencuentro de dos amigos que se veían después de un tiempo, porque no lo eran. Apenas se conocían en persona. Tampoco debía parecer como un civil subordinado al general.
Preocupaba la imagen.
Como tenían escolta de un radiopatrulla, Aylwin y Krauss llegaron con anticipación a la reunión. “No podíamos entrar antes, porque era feo”, recuerda Krauss. “Aylwin me preguntó: ¿Qué hacemos?”. El futuro ministro del Interior, conocido como un bromista empedernido, una de esas personas ocurrentes que, en cualquier circunstancia, incluso las más solemnes, son capaces de una salida inesperada, respondió: “Podemos ir al zoológico”. “A don Patricio no le pareció”, dice y ríe. Dieron una vuelta y llegaron con puntualidad a La Moneda.
Unas mil personas con carteles de Aylwin y banderas chilenas lo vitorearon cuando arribó a La Moneda: “¡Dale duro, dale duro!”. Cuando los funcionarios de La Moneda se asomaron a mirar la escena desde los balcones, los manifestantes les gritaban: “¡Chao, chao!”.
En la puerta del Palacio los recibió el jefe de la casa militar, coronel Sergio Moreno y su ayudante, el capitán Alfredo Repenning. Moreno subió con Aylwin al salón amarillo. Pinochet, que lo esperaba con uniforme militar en la sala de audiencias acompañado por su jefe de prensa, el periodista Andrés Saiz, había instruido poco antes a los reporteros gráficos: “Yo me voy a quedar aquí, y el señor Aylwin va a entrar por esa puerta y vendrá a saludarme”.
El saludo de ambos fue formal. Sin solemnidad. El presidente electo mantuvo la distancia y permaneció serio, mientras Pinochet lo miraba. “¿Cómo está señor Aylwin ?”, le dijo el general, mientras tardaba en soltar la mano del presidente electo, como si quisiera forzar una sonrisa.
Más que un ritual fue un duelo de gestos.
Durante los 55 minutos de reunión, en la que estuvieron presentes Cáceres y Krauss, además de Ballerino, resolvieron establecer una coordinación para el traspaso del poder en tres ministerios. En Interior, Cáceres y Krauss; en Hacienda, el ministro Martín Costabal y Alejandro Foxley, quien iba a ocupar este cargo; en la Presidencia, el ministro, general Jorge Ballerino y Edgardo Boeninger.
Primero abordaron la fecha en la que asumiría Aylwin . El nuevo gobernante no quería recibir de manos del dictador la banda presidencial. Su deseo tenía una sólida base legal. Como la Constitución establecía que el nuevo presidente asumiría 90 días después de su elección, no le correspondía asumir el 11 de marzo de 1990, sino tres días después, el 14 de marzo. También según la Constitución, Pinochet debía dejar la presidencia el 11 de marzo. Si la ceremonia era en la fecha que querían Aylwin y la Concertación, el nuevo primer mandatario no recibiría la banda presidencial de Pinochet. El gobierno quería hacer el traspaso el 11 de marzo por el símbolo que significaba el capitán general entregando la presidencia a su sucesor electo en las urnas.
Acordaron dejar la resolución de esta disputa en manos del Tribunal Constitucional.
También Aylwin planteó reparos sobre la Ley Orgánica Constitucional de las Fuerzas Armadas. Resolvieron que le haría llegar por escrito al gobierno sus objeciones, para buscar acuerdos.
Además, criticó el nombramiento de senadores designados que hicieron el Consejo de Seguridad Nacional y Pinochet. Cáceres replicó que en el acuerdo de las reformas de 1989 se había establecido un aumento del número de senadores electos a cambio de que se mantuvieran los senadores designados. La dúplica de Aylwin fue que el nombramiento de designados habría correspondido hacerlo una vez que funcionara el Congreso, después que él asumiera. Esto implicaba que el nuevo presidente podría nombrar senadores designados e influir en el nombramiento de otros.
El tema quedó sin resolver.
Finalmente, en lenguaje jurídico, pero claro, Aylwin le planteó a Pinochet que quería gobernar con apego a la Constitución y que quería tener las mejores relaciones con las Fuerzas Armadas. En ese espíritu, agregó, tenía clara la facultad de Pinochet de decidir si permanecía o no en su cargo de jefe del Ejército después de dejar la presidencia.
–Creí mi deber hacerle presente –explicó después Aylwin en una conferencia de prensa– que creía preferible para el país que él no hiciera uso de esa facultad.
Era una forma muy diplomática de pedirle que no siguiera al mando del Ejército en democracia.
“Don Patricio entró al área chica”, recuerda Krauss. La respuesta del dictador fue tranquila. Estaba preparado para esa petición. Aylwin no lo sorprendió. Pinochet replicó:
–La mayor garantía de lealtad del Ejército al respeto a la Constitución y a las futuras autoridades es mi propia permanencia en la jefatura de la institución3.
Pinochet quería seguir al mando del Ejército.
Hoy, 30 años después, Krauss cree que Pinochet tuvo entonces razón: “Él era el muro de contención de cualquier ambición que viniera después”.
Al término de la reunión, Aylwin la calificó como “seria, recíprocamente muy respetuosa”, mientras Cáceres también la valoró positivamente: “Grata y fluida”, en un ambiente de “extrema cordialidad”, dijo.
El año 1989 terminó con la reunificación del Partido Socialista, que puso fin a la fractura interna que significó el golpe militar y la derrota de la Unidad Popular para el que hasta 1973 era el mayor partido de la izquierda chilena. Sus dos sectores, los almeydistas y los renovados, que después de polemizar durante la década de los ochenta habían convergido y se reencontraron para apoyar el No a Pinochet, resolvieron el 29 de diciembre de 1989 coexistir bajo la bandera de la colectividad que habían fundado en 1933 Marmaduque Grove, Óscar Schnake, Eugenio Matte y Eugenio González, al calor del influjo de la efímera República Socialista que gobernó Chile en 1932 en medio del caos económico y político post Gran Depresión, acogiendo a amplios sectores de la izquierda no comunista.
Las luchas intestinas y fraccionales que habían caracterizado al PS en toda su historia eclosionaron con vigor después del bombardeo de La Moneda. Con buena parte de sus dirigentes asesinados, encarcelados, asilados o en la clandestinidad, el partido se fracturó entre la dirección interna y la externa, con análisis diferentes sobre las causas de la derrota y estrategias distintas sobre cómo luchar contra la dictadura y qué alianzas establecer. La detención, tortura y desaparición de sus principales dirigentes clandestinos durante los años setenta por parte de los aparatos represivos, en especial de la DINA, por un lado, y la influencia del socialismo y socialdemocracia europeas, contribuyeron a ahondar las distancias internas.
Pero el escenario era otro después del triunfo del No y de la victoria opositora en las elecciones presidencial y parlamentaria de 1989. Aunque habían comenzado antes, los pasos concretos hacia la unidad los dieron con un intercambio de cartas Clodomiro Almeyda y Jorge Arrate, que encabezaban el PS Almeyda y el PS renovado, respectivamente. Los unía el anhelo histórico de la reconstrucción del partido de Allende, pero con perspectivas de poder, ahora que se iba a reiniciar la democracia. Tras la ceremonia en el hotel Tupahue, Almeyda quedo encabezando el PS y Arrate como el secretario general. Al año siguiente hubo un congreso de unidad.
A la unificación se sumaron los dos Mapu. El Movimiento de Acción Popular Unitaria (Mapu) era una escisión de la DC que, en 1969, desencantada con las insuficiencias de la “revolución en libertad” del gobierno de Eduardo Frei Montalva, se sumó a la Unidad Popular. Durante el gobierno de Allende se dividieron en dos partidos, el Mapu Obrero Campesino (MOC), que encabezó Jaime Gazmuri, de tendencia más de centro, y el Mapu que conservó el nombre, cuyo secretario general fue Óscar Guillermo Garretón, situado más a la izquierda.
Las vertientes socialistas que se unificaron no tenían el mismo peso. Los almeydistas eran la mayor parte de las bases socialistas, tenían el acervo de la tradición y los símbolos partidarios, mientras que los renovados predominaban entre los intelectuales y los cuadros dirigentes. Sin embargo, en las elecciones para el estreno del Congreso en 1990, los renovados a través del PPD, al ir en la lista de la Concertación, habían triplicado a los almeydistas, que fueron con el PC en el partido PAIS. El sector de Arrate requería recuperar a sus militantes que eran la mayor parte de las filas del naciente Partido por la Democracia (PPD), de carácter instrumental.
De alguna forma, el PPD pagó un tributo para la unificación socialista. La derrota de Lagos los debilitó. Desde el PPD, Lagos sintió este proceso como un error histórico. El sueño de quienes estaban con él era el de una fusión de todo el progresismo situado en la izquierda no comunista.
Ricardo Lagos admite que se deprimió después de su derrota en las urnas del 14 de diciembre. “Fue un mazazo como nunca lo había sentido”, describe en sus memorias”4.
El peculiar sistema electoral chileno implicaba que si un pacto obtenía un 62% y otro un 32%, ambos elegían un parlamentario.
–Yo nunca le eché la culpa al sistema –dice Lagos–. Hay que ser hombrecitos. Esas eran las reglas del juego.
Para eso diseñó estas reglas la dictadura, sostiene: “Para ganar”.
Tras la derrota, Lagos partió a descansar en la casa de un amigo en Pirque, Patricio García.
El 18 de diciembre, cuatro días después de su elección, Aylwin lo invitó a la casa en Lampa donde relajaba las tensiones de la campaña y comenzaban otras actividades, igualmente estresantes: la articulación del primer gabinete ministerial de la democracia, usando sus atribuciones presidenciales, pero con el criterio de evitar que algunos de los socios de la coalición se sintieran menoscabados o en desventaja.
Aylwin le informó a Lagos que ya tenía varias carteras resueltas, en las que no haría modificaciones.
Enumeró. Enrique Krauss, el jefe de la campaña presidencial, sería su ministro del Interior; Alejandro Foxley iba a encabezar el equipo económico desde Hacienda; Enrique Silva Cimma era el próximo canciller.
–Elija usted de lo que queda libre –le planteó Aylwin a Lagos.
–Perdón. Yo soy presidente del PPD y no puedo dedicarme a ser ministro –respondió Lagos.
–Piénselo. El resto está libre…
Lagos recuerda que Aylwin le propuso ser su ministro de Justicia. Cree que lo hizo por su condición de abogado y porque fue profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.
–Yo creo que a usted no le conviene –refutó Lagos–. Si tengo éxito y hago justicia, capaz que lo echen a usted. Y si no, voy a ser un ministro que sirve para nada…
–Piénselo y seguimos hablando…
Al día siguiente, Lagos se encontró con Enrique Correa. Le contó su conversación con Aylwin y tras escucharlo, Correa le preguntó si quería ser embajador en París, algo que no estaba en la agenda de Lagos, como le respondió. Recuerda que este le preguntó en qué ministerios había pensado.
–Yo pediría para el PPD el de Obras Públicas. Esa es una gran cartera, porque estos brutos han jibarizado todo –contestó Lagos–, pero lo que queda parado más o menos, en lo que hay un sentido de país, es en Obras Públicas. Ahí se pueden hacer cosas...
En su siguiente reunión, dos días después, rememora Lagos, Aylwin le dijo que le parecía razonable su negativa a Justicia y le ofreció Obras Públicas.
Lagos sonrió.
Nuevamente comprobaba que Correa y Aylwin actuaban en estrecha sintonía.
Respondió Lagos:
–Lo agradezco mucho, pero nosotros tenemos un gran candidato a Obras Públicas, Sergio Bitar. Yo no sé nada de Obras Públicas.
Con seriedad, Aylwin le explicó que Bitar estaba para otras cosas, en Codelco, lo que finalmente no se concretó5. Además, que el ofrecimiento de Obras Públicas era para él, no para su partido.
Agregó el presidente electo:
–Le quiero explicar a usted, que cuando anuncie el gabinete voy a tener que decir que usted no está en mi gabinete porque rechazó ser ministro mío…
A Lagos, que todavía no se acostumbraba a decirle presidente a Aylwin , la respuesta lo desacomodó, confiesa. No se la esperaba.
–Patricio, ¿pero cómo se le ocurre decir eso?
–Pero si usted no quiere colaborar conmigo. Hay dos candidatos que fueron derrotados: Juan Hamilton y usted. Yo a los dos los quiero en mi gabinete. ¿Le queda claro? –recalcó Aylwin.
–Sí –le dijo Lagos.
–Si al de Justicia me dice que no, a Obras Públicas, que según me dijeron usted creía que era un buen ministerio, me dice que no… Usted sabe de mis compromisos, elija un cargo ministerial. Diré que le ofrecí todo, menos Interior, Relaciones Exteriores y Hacienda, porque esos ya están con nombre. ¿Supongo que usted no querrá la cartera de Defensa? –replicó Aylwin con ironía.
“Sinceramente, me encontré ahí sin saber mucho qué hacer. Ahí ya me pareció que tenía que decirle presidente”, rememora Lagos.
–Presidente, si lo pone así, si es lo que usted va a decir mientras anuncia el gabinete… yo puedo ser ministro de Educación.
–¿Educación? Le van a hacer una huelga los profesores –contestó Aylwin .
–Pero es que yo fui secretario general en la universidad –dijo Lagos recordando su experiencia como docente y el cargo que tuvo en la Universidad de Chile entre 1969 y 1971.
–Si usted dice Educación, cerrado. Sigamos hablando del gabinete...
Lagos insistió con Obras Públicas para Bitar, recuerda, pero Aylwin volvió a descartar la idea.
Días después los dos líderes tuvieron una nueva reunión.
Lagos ya se estaba preparando para asumir la cartera de Educación. “Nombrar a un ministro es igual que nombrar a un Papa: el Papa sale hablando diez idiomas altiro, y los ministros ya salen hablando con la propiedad de como si hubiesen estado diez años en la cartera”, reflexiona.
Tomaban té en la casa de Aylwin cuando este le preguntó a Lagos:
–Usted, en mi caso, ¿qué sería lo primero que haría?
–¿Sabe lo primero que haría? Le pido la renuncia a Pinochet –respondió Lagos.
–“¡¿Cómo?!” –le dijo, sorprendido.
–Le pido la renuncia a Pinochet.
–¿Por qué? –preguntó Aylwin.
–Porque ese es el momento de mayor poder de usted. Cada día que pasa después es un día menos de gobierno. De entrada, pegue el zarpazo altiro.
–Pero me va a decir que no –replicó Aylwin .
–Bueno, entonces usted pida reforma constitucional altiro.
–Mire –le dijo a Lagos–. Yo voy a comenzar por invitar a La Moneda a tomar té a los dos representantes del Poder Judicial. Me los voy a ir ganando.
Aylwin le explicó a Lagos cómo pensaba hacerlo. “Le retruqué que no”, recuerda Lagos, “y él me insistió en sus puntos de vista”. El futuro ministro advirtió que no valía la pena seguir la discusión.
Lagos le dijo:
–Presidente, dejemos la discusión aquí.
–Pero, ¿cómo? Si está entretenida la discusión…
–Es que usted no ha dado el argumento más importante –respondió Lagos.
–¿Cuál es?
Lagos entonces imitó el tono de Aylwin para responder lo que este le preguntaba:
–Mire Ricardo, yo con mis modos llegué a Presidente de la República, con el suyo, usted a ministro no más.
“Ahí quedó la discusión”, sentencia Lagos.
Uno de los cargos que decidió tempranamente Aylwin, incluso antes de su elección como presidente, fue el de jefe del equipo económico, Alejandro Foxley.
Ocurrió durante una gira por Europa en septiembre de 1989 que encabezó el entonces candidato presidencial de la Concertación por la Democracia, y en la que participaron también Foxley y Carlos Ominami, como organizadores de la parte económica del programa de gobierno.
Era la primera salida de Aylwin a Europa como virtual próximo presidente de Chile. Después del triunfo en el plebiscito sobre el dictador, en el Viejo Continente ningún gobernante dudaba de su triunfo.
Aylwin quería asegurar apoyo, asistencia técnica y cooperación para el gobierno democrático que probablemente presidiría a partir de marzo de 1990.
A pesar de ser uno de los economistas con mejor reputación entre los opositores, Foxley conocía poco a Aylwin . Siendo presidente de la Corporación de Investigaciones Económicas para Latinoamérica (Cieplan) había reunido un equipo de excelencia, en su gran mayoría democratacristianos.
Los “cieplanes”, como los llamaban, eran conocidos por estar entre los economistas más críticos de las transformaciones neoliberales emprendidas por la dictadura. Se basaban en fundamentos técnicos y no solo en la pasión. Creían en el mercado, pero con regulaciones, estaban en desacuerdo con el desmantelamiento del Estado y reprochaban la falta de diálogo social. Dos de ellos, René Cortázar y Jorge Marshall, descubrieron una manipulación o error del Índice de Precios al Consumidor (IPC) del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), que subestimó la inflación en los primeros años después del golpe, lo que perjudicaba a los consumidores y trabajadores6.
Foxley era considerado bastante más cercano al principal contendor de Aylwin en las elecciones primarias de la DC, Gabriel Valdés, excanciller del presidente Eduardo Frei Montalva, del llamado sector “chascón”, situado más en la izquierda de este partido.
“Para mi sorpresa, me pidió que lo acompañara”, cuenta Foxley.
Valdés y Foxley tenían un muy buen amigo en común, Edgardo Boeninger, exrector de la Universidad de Chile. “Con él jugábamos de memoria”, rememora Foxley. En temas políticos, Boeninger era el consejero al que más escuchaba Aylwin, y él consideraba esencial que Foxley y Ominami acompañaran al candidato presidencial en la gira.
Foxley aceptó la invitación de Aylwin. Junto con Ominami recorrieron Europa acompañando al candidato. Los recibían los mandatarios y primeros ministros con ceremonias y honores como si ya gobernara la Concertación. En Francia, lo hizo el presidente François Mitterrand, quien en 1970 vibró con el triunfo de Salvador Allende, porque mostraba un camino democrático amplio para la izquierda, incluidos los comunistas, que también lo llevó a él al gobierno de su país entre 1981 y 1995. Siendo secretario general del PS francés, a los 55 años, Mitterrand visitó a Allende en La Moneda en 1971. En una reunión le preguntó a Allende si se podía lograr el socialismo cambiando las estructuras económicas y preservando la democracia7.
Mitterrand sabía que Aylwin había sido un tenaz opositor de Allende. Cuando visitó al presidente Mitterrand, Aylwin le explicó gráficamente que quienes en el pasado habían sido adversarios entre sí, socialistas y democratacristianos, eran ahora “una coalición: ganamos el plebiscito, somos una coalición entre centro e izquierda. Aquí está la izquierda”, dijo y mostró a Ominami, “y aquí está la Democracia Cristiana”, e indicó a Foxley y a él mismo.
En cada país, Aylwin explicaba qué quería hacer, y Foxley y Ominami planteaban las cifras de las necesidades económicas y la cooperación que la naciente democracia requeriría.
Ominami y Foxley estaban entre los cuadros técnicos y políticos más conocidos de la Concertación. El primero, socialista renovado, tienda a la que se incorporó en el exilio, al emigrar desde el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), en el que militó siendo adolescente; y el segundo, democratacristiano desde joven, sin experiencia en el gobierno, pero sí con una amplia trayectoria de trabajo académico con la izquierda socialdemócrata.
–Todo fue muy formal –recuerda Foxley– hasta que llegó el momento de partir de regreso desde Madrid. Yo me iba a quedar unos días en España y me iba a juntar con mi señora para descansar un poco y fuimos a dejar a
