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"«La posibilidad de criar un monstruo traía la ventaja de que podría alardear frente a los vecinos, de ganar reputación en el trabajo. Pero era poco lo que sabía de los monstruos, apenas algunos comentarios totalmente incomprobables: que eran silenciosos, que comían poco, que eran muy ordenados y que eran buenos guardianes. Qué más podía pedir, era ideal para mi condición de solterón». Los cuentos que Enrique Rastelli reúne en Los colores de la noche son deliciosamente retorcidos. Empezamos a leerlos con aire candoroso, como quien se zambulle en amables historias costumbristas que, sin embargo, muy pronto mostrarán su reverso siniestro y más encantador. Un hombre obsesionado con tener, al fin, el monstruo que tanto deseaba; otro que perderá para siempre un pie en el abismo de su zapato nuevo; un hijo abnegado que paga con sus extremidades la hipoteca de su padre; dos amigos abrumados por el encargo de trasladar un ave fénix de un pueblo a otro; gatos que, como frutos venenosos, brotan de las ramas de un extraño árbol dorado. No hay realismo ni fantástico que alcancen para sintetizar esta prosa que merodea el fino divertimento y que encierra, entre otros goces, la alegría de narrar. Y de imponer para siempre una irresistible inquietud" (Mariano Quirós).
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Seitenzahl: 109
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Enrique Rastelli
Los colores de la noche
NARRATIVAS
Rastelli, Enrique
Los colores de la noche / Enrique Rastelli. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2026.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6726-30-8
1. Narrativa Argentina Contemporánea. 2. Antología de Cuentos. I. Título.
CDD A860
© 2025, Enrique Rastelli
Primera edición, diciembre 2025
Dirección comercial Sol Echegoyen
Dirección editorial Julieta Mortati
Asistencia editorialEleonora Centelles
Coordinadora de ediciones Jacqueline Golbert
Editor Emiliano Gullo
Jefa de corrección María Nochteff Avendaño
Corrección Virginia Avendaño y Carolina Iglesias
Diseño y diagramaciónLara Melamet
Conversión a formato digital Estudio eBook
Libro de edición argentina.
Hecho el depósito que establece la ley 11.723. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.
Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina
pampublicaciones.com.ar | [email protected]
Para Benja Para Donna
A partir de cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar.
FRANZ KAFKA
“La hipoteca”, el gran relato que abre Los colores de la noche, el nuevo trabajo de Enrique Rastelli, nos muestra y demuestra cómo la desesperación va licuando poco a poco el principio de realidad. Mastrángelo, el personaje central, de un día para otro se encuentra sin trabajo ni familia. Jugado por jugado, opta por pelearla y no encuentra mejor manera que hipotecarse.
En el cuento que le da nombre al libro, dos hombres transportan en su camioneta un ave fénix, o sus cenizas. No lo saben porque la jaula está tapada con una lona, hasta que, promediando el viaje, uno de ellos comete una herejía. Universo literario que desafía la racionalidad y deja al hombre a merced de fuerzas que no controla.
Por si esto fuera poco, el autor nos cuenta las desventuras de un pie y su dueño, al que solo le interesa llegar entero a una fiesta; la resistencia de un oso a seguir siendo oso; la sorpresa de un padre y de su hijo cuando ven caer desde la copa de un árbol gatos y más gatos, y la angustia de un hombre ante la cita con un dentista que atiende en un castillo y es parecido a Drácula.
Página a página, uno va y viene sin control aduanero entre la realidad y la imaginación.
Los colores de la noche es una obra que sorprende. Es un placer jugar al juego que proponen estos relatos breves que a veces dejan a sus personajes sin banquito ni brújula y otras los ponen en el centro del ring con todos los reflectores a pleno y Mike Tyson esperando en el rincón. Si no me creen, lean el soberbio relato “Regalo inesperado”, en el que el obsequio de una tía formoseña provoca en su sobrino un dilema moral de enormes proporciones, que termina resolviendo la naturaleza.
Al llegar al final del viaje, sabemos que Enrique Rastelli, con su prosa reposada, nos invita a pasar con gesto risueño al living de su fantasía, que tiene las paredes pintadas del irresistible color del absurdo y el humor negro.
Marcelo Marino
Aquellos fueron años difíciles, contaba Aurelio, mientras su hijo Mastrángelo lo escuchaba y se encendía un cigarrillo. Todo lo que ves por la ventana, todo eso, no existía, no había nada, ni ahí ni allá, señalaba el padre con el dedo el territorio árido que ahora estaba ocupado por el barrio industrial. Mastrángelo no sabía qué hacer. No tenía nada que hacer. Se había quedado sin trabajo.
En la fábrica habían despedido a unos cuantos, y la cosa seguía. Su mujer y su hijo se habían ido a casa de sus suegros. Las discusiones no daban para seguir viviendo juntos.
Mastrángelo se quedó solo, aunque ahora toleraba la visita de su padre.
Estaba sin un peso y pensaba cómo afrontar las próximas cuotas de la hipoteca. Y cómo pagar las que tenía atrasadas para levantar la orden de desalojo.
El color del cielo, el sol de otoño y el fresco de la mañana le levantaron el espíritu. Tomó una decisión: mientras estuviera sin trabajo, pediría dinero en la casa de empeños, la que estaba a la vuelta de la fábrica, frente a la plaza. Aunque Aurelio le había dicho que lo pensara, que no se precipitase, que siempre había alguien que estaba peor que uno, para Mastrángelo era hora de tomar el toro por las astas, de generar efectivo. Si la fábrica no tenía trabajo para él, si las changas no aparecían y no había otro lugar en la ciudad ni en los pueblos cercanos donde conseguir algo, si no había familiares ni amigos a quienes pedirles prestado, entonces la casa de empeño sería el mejor lugar adonde ir.
No tenía cartel, atendía a puertas cerradas. Apenas una ventana esmerilada y la puerta. Cuando Mastrángelo tocó el timbre, su corazón latía con fuerza. Estaba nervioso, aunque decidido. Tocó nuevamente hasta que por fin le abrieron. Una mujer de rulos y gafas elegantes lo recibió con una leve sonrisa. Mastrángelo mostró lo que tenía para ofrecer y la mujer frunció los labios, lo miró por sobre las gafas y le dijo que entrara. Lo invitó a sentarse en un sillón y se perdió después detrás de una puerta interna. Mastrángelo esperó unos minutos hasta que escuchó la voz de la mujer: Venga, pase.
Mastrángelo entró a una habitación penumbrosa que tenía las ventanas cerradas. La única luz llegaba de un escritorio donde la mujer escribía sobre una planilla.
Siéntese, por favor, sugirió la mujer.
Le pidió los datos: nombre completo, estado civil, dirección, ocupación, grupo sanguíneo.
¿Es la izquierda la que va a dejar? Porque por la derecha podemos darle más dinero.
Con la izquierda alcanza, contestó Mastrángelo.
La mujer lo hizo pasar a un habitáculo. Había una silla y una mesada de mármol blanco. Llamó a un joven que parecía ser su ayudante, y entre ambos ataron a Mastrángelo a la silla, dejándole liberado el brazo izquierdo. Si prefiere anestesia, tenemos que descontarlo del pago. No, así está bien, avance nomás, respondió Mastrángelo. La mujer roció desinfectante en la mesada, le pidió que cerrase los ojos o que mirara para otro lado, y de algún cajón sacó un hacha.
Fue un golpe seco, preciso. El grito de Mastrángelo llegó un segundo después, pero enseguida se contuvo. El ayudante vendó el muñón.
Mastrángelo guardó el dinero con su mano derecha. Ya tenía para pagar los meses atrasados de la hipoteca.
Cuando volvió a su casa, su padre lo estaba esperando en la puerta. El correo había dejado una carta documento. Mastrángelo la leyó. Era una intimación del banco por los intereses acumulados. El dinero reunido no alcanzaba. Aurelio le dijo que no se preocupara, que siempre había gente que estaba peor que uno. Que lo tomara con calma.
¿Cuánto te pagaron por el brazo? Mastrángelo no contestó. Se miró al espejo, y pensó en volver a la casa de empeño. Por el brazo derecho le pagaban casi el doble que por el izquierdo.
La mañana siguiente, Mastrángelo tragó saliva y un trago de whisky barato que la mujer de la casa de empeño le ofreció antes de cortarle el brazo derecho de un hachazo. A pesar del dolor, y del mareo por la pérdida de sangre, se sintió liviano caminando por la calle sin sus brazos. Algo inestable, eso sí, porque notó que, de trastabillar con cualquier irregularidad de la calle, no tendría cómo hacer equilibrio. Y peor aún si se caía: no tendría cómo protegerse. Pero valía la pena dejar las cuentas saldadas y comenzar de cero.
Cuando llegó al banco con el dinero en el bolsillo se acercó a una ventanilla para explicar su situación y enseguida lo hicieron sentar en un box donde un especialista se encargaría de su tema. Lo atendió un hombre delgado y alto. Observó en la computadora la historia crediticia de Mastrángelo y, sin rodeos, le dio aviso de que aún tenía cargos punitorios por sellados y adicionales que agregaban intereses y que sumaban, así, una deuda mayor al dinero que traía.
Mastrángelo no tenía toda la plata y el gesto en su cara debió sensibilizar al encargado del banco.
No se preocupe, agregó el hombre, puede venir la semana próxima para traer lo que falta.
Mastrángelo salió del banco aliviado. Lo más pesado ya estaba pago. Ahora solo quedaría pagar ese maldito saldo y cubrir las cuotas que faltaban.
Antes de pasar nuevamente por la casa de empeño, debía conseguir una silla de ruedas, y alguien que pudiera llevarlo de regreso a su casa.
Volvía de Mar del Plata de visitar a mi madre y me detuve en el parador de la ruta para ir al baño y tomar un café, como hago habitualmente.
Después del café y de estirar las piernas, iba de nuevo para el auto cuando escuché algo extraño, como un balbuceo indescifrable. ¿Qué clase de animal hacía ese ruido? Me acerqué de a poco, y lo vi. Era un monstruo. Un pequeño monstruo.
Estaba acurrucado, escondido junto a unas bolsas de basura detrás del container del estacionamiento. Nunca había visto un monstruo así, de ese tamaño quiero decir. En realidad, tampoco había visto un monstruo de ningún tipo. Sabía de compañeros de trabajo que habían adoptado alguno. Conocía historias, leyendas urbanas de los monstruos. Pero verlo en persona, nunca.
Miré alrededor para compartir con alguien más lo que estaba viendo. El mediodía era frío y de mucho viento; casi no había gente caminando por allí. Me acerqué al monstruo. Estaba envuelto en una manta sucia y olía a rancio. Tomé una rama que estaba en el piso y corrí la manta para ver mejor su rostro. ¡Era asqueroso! Un solo ojo en forma de hendija, con una pupila gelatinosa que se movía de un lado a otro. Su boca parecía una babosa caminando por la cara. Dejé al monstruo allí, junto a las bolsas de basura, me subí al auto y apunté a la ruta. Apreté el acelerador con intención de alejarme cuanto antes del lugar.
Hubiera preferido no haberlo visto. Qué repugnancia. Esa boca nauseabunda. Esa mirada, si es que estaba mirando. ¿Qué habría debajo de la manta? ¿Qué cuerpo tendría? Para qué averiguarlo… Por suerte ya estaba lejos.
Pero algo comenzó a dar vueltas en mi cabeza. La posibilidad de criar un monstruo traía la ventaja de que podría alardear frente a los vecinos, de ganar reputación en el trabajo. Pero era poco lo que sabía de los monstruos, apenas algunos comentarios totalmente incomprobables: que eran silenciosos, que comían poco, que eran muy ordenados y que eran buenos guardianes. Qué más podía pedir, era ideal para mi condición de solterón.
También había escuchado sobre los riesgos. En muchas ocasiones, los monstruos causaban lesiones graves a sus dueños, por peleas o discusiones. Incluso se sabía de casos en que el monstruo había matado al dueño. Lo último que sabía me lo había contado un compañero de trabajo. Parece que un amigo de su hermano salió de vacaciones con su mujer, sus dos hijas y el monstruo que tenían. Viajaron a Brasil, donde veraneaban habitualmente. Una noche, en medio de una tormenta eléctrica, el monstruo se alteró y comenzó a saltar y a golpear las paredes del departamento donde estaban hospedados. El tipo quiso tranquilizarlo y el monstruo, fuera de sí, lo golpeó en la cabeza con un candelabro de metal y lo dejó inmóvil en el piso, desangrándose. La mujer, desesperada, quiso rescatar a su marido, y el monstruo la empujó por la ventana haciéndola caer de un tercer piso.
Ambos murieron. Las hijas se salvaron y están actualmente internadas en un psiquiátrico. Desde ya que estas historias eran incomprobables, y, en su mayor parte, no había testigos firmes que pudieran dar testimonios de los hechos.
Por eso, no había por qué ponerse paranoico, más bien había que ver el lado positivo de la situación. La posibilidad de tener un monstruo bien entrenado podía abrirme paso en muchas de las cosas que tenía pensado hacer en algún momento.
Tan solo imaginar a mis amigos del club y a sus mujeres cuando me vieran. Cuando todos se dieran cuenta de que, gracias al monstruo, me convierto en un hombre destacado, célebre podría decir. Incluso, podría llegar a ser famoso. Imagino lo feliz que se pondría mamá cuando cumpliera el sueño de ver triunfar a su único hijo, que ya no sería el abombado que siempre anda a los tumbos, como me recrimina cada vez que voy a su casa.
