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En los últimos años han sido numerosos los intentos de interpretar la deriva social, política y cultural de Occidente desde las ciencias sociales. Sin embargo, no ha sido tan frecuente abordar dicho análisis desde la producción y la construcción de los discursos de las grandes factorías de sentido, que no solo sirven para legitimar procesos como el de la desregulación sino que además modelan una subjetividad adaptada a un supuesto nuevo espíritu del capitalismo. Nuevo espíritu que no reconoce ningún freno social para sus oportunidades de negocio. La publicidad, el marketing, la propaganda política, la imágenes, las ficciones, los instrumentos tecnológicos, los estilos de vida y las formas de consumo, por citar sólo unos cuantos ámbitos de socialidad, han producido un ingente torrente de nuevos discursos que dan sentido a las prácticas de actores que se desenvuelven en un nuevo modo de regulación o en una nueva forma disciplinaria, caracterizada, precisa y paradójicamente, por la desregulación financiera y la violencia simbólica de la imposición de los códigos del mercado total. Este libro sin duda contribuye a esta reflexión, no tan frecuente, iluminando al lector el complejo mundo de la economía, la empresa y la política de Occidente.
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Seitenzahl: 600
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Siglo XXI
Luis Enrique Alonso y Carlos Jesús Fernández Rodríguez
Los discursos del presente
Un análisis de los imaginarios sociales contemporáneos
Diseño de portada
RAG
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© Luis Enrique Alonso y Carlos Jesús Fernández Rodríguez, 2013
© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2013
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.sigloxxieditores.com
ISBN: 978-84-323-1681-4
En realidad, lo que permite al lector consumir inocentemente el mito es que no ve en él un sistema semiológico, sino un sistema inductivo. Allí donde solo existe una equivalencia, el lector ve una especie de proceso causal: el significante y el significado tienen, a sus ojos, relaciones de naturaleza. Se puede expresar esta confusión de otro modo: todo sistema semiológico es un sistema de valores; ahora bien, el consumidor del mito toma la significación por un sistema de hechos; el mito es leído como un sistema factual cuando solo es un sistema semiológico.
Roland Barthes (1980b: 224-225)
Agradecimientos
Este libro es el resultado de un largo proceso de trabajo en común de dos humildes investigadores y docentes del campo de la sufrida sociología española (con las particularidades y peculiaridades que tal condición, de alguna manera, implican) que han dedicado buena parte de sus desvelos en los últimos años a discurrir sobre la interpretación de los discursos que narran nuestro (por momentos bastante oscuro) presente. Compila, siguiendo la línea de trabajos anteriores, algunas de nuestras publicaciones académicas conjuntas de los últimos años (particularmente aquellas centradas en discusiones de carácter teórico), que han aparecido previamente como artículos o capítulos en libros colectivos. Por ejemplo, el primer capítulo del libro dedicado a Roland Barthes fue publicado en el año 2006 como artículo en la revista Empiria; por esas mismas fechas apareció también el artículo «El imaginario managerial» en Política y Sociedad, en un volumen monográfico titulado «Imaginario y flujos sociales» coordinado por nuestro apreciado Celso Sánchez Capdequí. A Celso le estamos nada menos que triplemente agradecidos por cuanto ha sido el coordinador de otros dos números monográficos más (lo que dice mucho de su capacidad de trabajo) en los que han aparecido textos incluidos en este volumen: nos referimos al número de la revista Anthropos dedicado a la obra de Michel Maffesoli (2007), donde apareció nuestra crítica al conocido sociólogo francés, y al preparado para la revista Estudios Filosóficos en torno al sugerente concepto de «sociedad líquida» (2009) donde se incluyó nuestra valoración de la sociología del consumo planteada por ese clásico contemporáneo que es Zygmunt Bauman. Queremos también agradecer de manera muy especial a Eduardo Crespo, Carlos Prieto y Amparo Serrano (todos ellos grandes amigos y excelentes investigadores) por la inclusión en su fascinante libro Trabajo, subjetividad y ciudadanía (2009) de nuestro texto sobre la precariedad, que en este volumen se presenta en una versión ampliada. El capítulo sobre el discurso de la innovación es asimismo una versión larga de un artículo presentado a un monográfico de Arbor coordinado en 2011 por Ander Gurrutxaga, con quien hemos compartido tan buenos momentos debatiendo acerca de ese concepto emergente de innovación social, sometido a tantas interpretaciones. Finalmente, se presenta asimismo aquí una versión extensa de nuestro trabajo sobre Lipovetsky que fue incluida en el monográfico dedicado a «Consumo e identidad» de la revista Anuario Filosófico, coordinado por Alejandro N. García Martínez, a quien agradecemos su gran amabilidad. Por último, el epílogo a la obra es una versión más pulida de la lección inaugural del curso académico 2009-2010 que presentó Luis Enrique Alonso en la Universidad Autónoma de Madrid, y que se incluye aquí por cuanto encaja de manera ideal como cierre de las cuestiones planteadas a lo largo de esta obra.
Sin embargo, los agradecimientos no concluyen aquí, pues los trabajos publicados no dejan de ser el resultado de investigaciones desarrolladas en un espacio concreto y un contexto. En este sentido, no podemos dejar de hacer referencia al Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid, del que ambos somos miembros y al que estamos muy orgullosos de pertenecer. La filosofía del mismo siempre ha sido la de favorecer las condiciones para el desarrollo de una investigación abierta y libre de prejuicios ideológicos, lo que ha redundado de forma muy beneficiosa en la posibilidad de plantear este tipo de aproximaciones críticas al discurso que tanto nos interesan. Queremos por supuesto agradecer a nuestros colegas de departamento el hecho de que trabajar en el mismo sea un auténtico placer, recordando de forma especialmente afectuosa a nuestro compañero Rafael Ibáñez Rojo, con quien compartimos trabajo cotidiano, intereses comunes de investigación (en el grupo de la UAM «Estudios sobre trabajo y ciudadanía») y amistad. Tampoco queremos olvidar a Julia Romero, cuya eficacia ha sido fundamental en la gestión de la financiación de algunos de los trabajos aquí presentados, que se han beneficiado del proyecto del Ministerio de Ciencia e Innovación con referencia CSO2011-29941. Nuestra gran amiga Olga Abásolo, por su parte, ha realizado un extraordinario trabajo de edición de los textos que ha mejorado sin duda alguna las redacciones originales. Debemos por supuesto agradecer a la editorial Siglo XXI de España, del grupo editorial Akal, y a Tomás Rodríguez la publicación de este trabajo, y más con los tiempos que corren. Finalmente, queremos hacer un pequeño homenaje a unas instituciones que adoramos, las bibliotecas universitarias donde se acumulan esos preciosos libros que, por desgracia, empiezan a ser despreciados por la comunidad académica más jotacerrista: buena parte de este trabajo no hubiera podido realizarse sin el acceso a bibliotecas como las de la UAM, la Universidad de Helsinki, la Helsinki School of Economics (hoy Aalto University), las universidades de Essex y Bradford o las maravillosas librerías de París.
Y por supuesto, no podemos dejar de agradecer a nuestras familias y amigos el apoyo y la paciencia con nuestros horarios de trabajo interminables. En este sentido queremos dedicar el libro especialmente a nuestras parejas, Marisa y Riie, y a las pequeñas Iris y Astrid, a las que deseamos que crezcan en un mundo en el que los discursos hegemónicos se parezcan bastante más a los dominantes en el refugio socialdemócrata en el que han nacido.
Madrid, 15 de agosto de 2013
Prólogo
Discursos sobre el presente: del storytelling al imaginario social
Quien rehúsa la teoría es malvado, lo cual tengo por postulado ético.
Miguel Espinosa (2005)
El gran relato ha perdido su credibilidad, sea cual sea el modo de unificación que se le haya asignado: relato especulativo, relato de emancipación.
Jean-François Lyotard (1984)
El estudio de los discursos –como líneas de enunciación simbólica que se producen desde posiciones sociales para diferenciarse, legitimarse y tratar de apropiarse del sentido de lo colectivo–, ha emergido como una de las prácticas más comunes y seguramente intelectualmente más provechosas de las ciencias humanas en los últimos decenios. El análisis e interpretación de nuestros productos simbólicos se ha convertido en una obligación imprescindible si queremos saber en qué sociedad vivimos y con qué pautas de interacción nos comunicamos. El sistema de signos y la realidad simbólica que nos instituyen culturalmente y que, a su vez, construimos y reconstruimos en nuestras prácticas de sentido, han sido siempre elementos esenciales de cualquier sociedad; en nuestras sociedades contemporáneas, no obstante, se han convertido en omnipresentes, si tenemos en cuenta la auténtica explosión de imágenes, signos, marcas, relatos, discursos y representaciones virtuales que hemos conocido a lo largo de nuestras trayectorias biográficas y que, a buen seguro, seguiremos conociendo en el tiempo que nos quede. En el convulso mundo actual, gracias a las tecnologías de la información y la comunicación, disponemos de ingentes cantidades de señales, signos y símbolos que producen y modifican nuestra capacidad cognitiva en tiempo real, destacando entre ellos los relatos como formas estereotipadas y precodificadas de discurso. Sean estos últimos improvisados o fruto de una reflexión bien o mal intencionada, se han convertido en los instrumentos de ordenación, filtro e interpretación de la compleja realidad social que vivimos y que nos hace vivir.
Relatos positivos, como el de la competencia mercantil, la globalización, la soberanía del individuo, la liberación tecnológica o la potencialidad de las redes sociales (aunque deberían llamarse quizá redes informáticas) nos han dado, en los últimos años, el pie de entrada para, sin plantearnos demasiados problemas de antemano, proporcionar una visión de nuestro entorno social colmada de logros, bienestar y efervescencia. Tópicos y convenciones positivas a las que acudimos para todo, incluso cuando no sabemos qué decir, pero que nos colocan en el lugar seguro y confortable frente a una serie de relatos que podríamos definir antagónicos, y que hoy parecen haber caído en desgracia: el estatalismo, la burocracia, el colectivismo, la redistribución, la desconfianza tecnológica y un larguísimo etcétera que podría llenar miles de páginas. Algunos de estos relatos tuvieron su audiencia y momentos en los que representaban lo natural en una sociedad moderna –cada uno a su manera– en los años de la segunda posguerra mundial, en el ciclo largo de crecimiento conocido como los «treinta años gloriosos»; hoy, por el contrario, son doblegados y excluidos del ámbito público con tópicos discursivos y amenazas abiertas que se convierten en los pequeños relatos de nuestra pequeñez social: la crisis de la deuda, el peligro del islam, el riesgo de caer en el subdesarrollo por falta de competitividad mercantil, la maldad intrínseca de los cultural, tecnológica, política o religiosamente diferentes, el horror al no consumo y, por tanto, al no crecimiento, etc. Relatos, en suma, que podemos valorar como rejillas de signos por los que miramos la realidad, dándonos y conformándonos normativamente el valor de lo que vemos; descripciones aparentes de la realidad que operan como prescripciones ideológicas, dentro del conflicto por las interpretaciones legítimas que se produce en toda sociedad con grupos sociales diversos y con posiciones desiguales y jerarquizadas.
Existe, en las ciencias sociales contemporáneas, un importante debate en relación con el peso que los discursos (entendidos estos como enunciados de sentido práctico, construidos y dirigidos a una audiencia y que tratan de explicar, discutir o presentar una realidad concreta) tienen en la formación, control y gobierno de la sociedad contemporánea. En un lugar extremo nos encontramos a los que, desde las posturas más idealistas y culturalistas expresadas por las corrientes, escuelas o posiciones nominalmente consideradas postestructuralistas y posmodernas, acaban reduciendo la sociedad a sus discursos, convirtiendo así la realidad en un simple efecto de simulacros producidos por una máquina cultural que se alimenta de la sustitución de la energía por la información, la producción por el consumo y lo real por lo virtual como puntos estratégicos de la constitución de la sociedad contemporánea. En el otro punto extremo nos aparecen los que siguen considerando los discursos como pura excrecencia de lo real, retóricas nominales que no merecen más atención que su estudio literario o filológico porque lo real, la verdad y el conocimiento positivo, existe independientemente del observador y del relato que el observador enuncia sobre la realidad. Sin embargo, en este libro, el trabajo de los discursos no está planteado aquí ni desde el posmodernismo ni desde el realismo, sino desde la firme convicción de que toda producción de sentido es necesariamente social, y por tanto no se puede describir ni explicar satisfactoriamente un proceso significante sin explicar sus condiciones sociales (conflictivas, políticas, materiales y de producción) ni, de manera complementaria, se puede olvidar que todo fenómeno social –o incluso todo hecho social si utilizamos el más concreto sentido durkheimiano– es, en alguna de sus dimensiones constitutivas esenciales, un proceso de producción de sentido, una representación simbólica que desempeña un papel esencial en la lógica de los sujetos sociales concretos que están implicados en la acción (Ípola, 1982; Verón, 1987). Por eso, los relatos que circulan en la sociedad no son azarosos, infundados, gratuitos o caóticos, sino que corresponden a razones prácticas de sujetos sociales en conflicto por la producción y la distribución tanto de lo material como del sentido.
Es bien sabido que Jean-François Lyotard caracterizaba la posmodernidad como la era de la incredulidad frente a los metarrelatos, la crisis de las grandes narraciones como la historia, el progreso o el socialismo que habían armado el horizonte de aspiraciones de la modernidad. Así, de acuerdo con el filósofo francés, la función narrativa en este entorno posmoderno perdería sus propiedades movilizadoras y sus atractivos legitimadores, eliminando figuras, que se pueden contemplar en un dimensión de grandes personajes literarios, como las del «gran héroe, las grandes peligros, los grandes periplos y el gran propósito» (Lyotard, 1984: 110). Sin embargo, a pesar del pronóstico pseudoprofético de Lyotard, nunca como hoy conocemos el dominio más absoluto de ciertos relatos que seguramente no serán grandes ni nobles, y sí pequeños y mezquinos, pero que operan de manera absolutista y apologética, negando de antemano cualquier otra posibilidad o alternativa discursiva: estamos por supuesto refiriéndonos a la imagen resplandeciente de una sociedad individualista, financiera, tecnológica y, ante todo y sobre todo, mercantil. Si estos elementos argumentales no funcionan como grandes relatos en la actualidad, la verdad es que realizan con brillantez el papel de equivalentes funcionales, porque, a lo largo del último gran ciclo histórico que ha representado el retorno del liberalismo y la beatificación de los mercados, no hemos hecho otra cosa que observar cómo se reforzaba la contundencia, fuerza y seguridad con la que se autoconstruía el mito de la iniciativa privada. El posmodernismo es, paradójicamente, el gran relato cultural del liberalismo poskeynesiano (Callinicos, 1991 y 2010).
No es de extrañar, entonces, que nuestras grandes factorías de sentido se hayan dedicado, en este tiempo que llega desde los años ochenta del siglo pasado hasta la primera década del siglo presente, a construir discursos legitimadores de la desregulación y modeladores de una subjetividad adaptada a un supuesto nuevo espíritu del capitalismo que no reconoce ningún «freno social» para sus oportunidades de negocio. La publicidad, el marketing, la propaganda política, las imágenes, las ficciones, los instrumentos tecnológicos, los estilos de vida y las formas de consumo, por citar solo unos cuantos ámbitos de socialidad, han producido un ingente torrente de nuevos discursos que dan sentido a las prácticas de actores que se desenvuelven en un nuevo modo de regulación (si utilizamos una forma institucional de articulación de la producción y el consumo social), o en una nueva forma disciplinaria (si manejamos la fórmula biopolítica foucaultiana de ajuste de los cuerpos a la producción material y de sentido) caracterizada, precisa y paradójicamente, por la desregulación financiera y la violencia simbólica de la imposición de los códigos del mercado total.
* * *
Pero las imágenes, los signos, las señales y las cosas no producen sentido en su pura acumulación; son los discursos los que nos articulan, ordenan y estructuran sus significados; convirtiéndose en elementos de sentido asociados a los grupos sociales y a sus prácticas, conflictos y luchas por el dominio de las interpretaciones que cada uno de esos grupos tratará de imponer sobre el mundo de lo social. No es extraño que el concepto de storytelling y la producción estratégica de relatos haya tomado una especial relevancia en las ciencias sociales y en los medios de comunicación en estos últimos años (Salmon, 2008). Al fin y al cabo, el ya clásico y fundamental para nosotros Roland Barthes (1974) nos había enseñado, hace más de sesenta años, que mediante relatos ordenamos y entendemos el mundo, que la historia misma de la humanidad esta hecha a partir de relatos y por los relatos, así como que la gran historia de la sociedad se construye con las narraciones que los sujetos concretos realizan para tratar de convertir sus visiones del mundo en la verdad objetiva y objetivada que se impone al conjunto de lo social. Toda identidad –también lo sabemos desde hace años, esta vez gracias a otro entrañable clásico del pensamiento contemporáneo: Paul Ricoeur (1987)– se construye mediante tiempo y narración: la presentación en lo social se realiza a partir de un relato que tiene pretensión de historicidad y, por definición, se enfrenta y complementa con otros relatos.
El storytelling, como matriz disciplinaria actual, empieza por reconocer la idea del «giro narrativo» en las ciencias humanas, donde se contemplan los efectos del discurso y sus construcciones argumentales y narrativas en la creación, control, legitimación y cambio de lo social; sin embargo, su ámbito instrumental y propositivo es mucho más ambicioso, ya que ahora se trata de crear narraciones que difuminen la borrosa frontera entre ficción y realidad para vender objetos, posicionar marcas, legitimar políticas o glorificar gobernantes. En el storytelling como proyecto de conocimiento en construcción se da por superada la idea de que la acumulación de estímulos, la pura sobrecarga de imágenes o el impacto visual sean capaces de fijar las conductas del consumidor o del elector (al fin y al cabo son la misma cosa); para conseguir eficacia simbólica es necesario traspasar un relato, crear una narración que sea asociada, por evocación, a la marca o al político que se postula. La economía de la atención en un entorno tan complejo como el que habitamos solo se puede abordar con un relato que visibiliza, normaliza y ennoblece la propuesta económica, simbólica o política que manejamos. La identidad actual está así guionizada, construida como si fuera una ficción atractiva que banaliza los estrictos contenidos positivos de realidad para enmarcar y potenciar las proyecciones emocionales y mitológicas de los consumidores (consumidores de signos, de marcas, de mercancías, de políticas, etcétera).
El storytelling es una propuesta instrumental de reconstruir la economía moral de los diferentes grupos sociales en función de narrativas fuertemente controladas, que tienden a convertir las experiencias subjetivas de estos grupos sociales en respuestas tomadas como necesarias a situaciones que se representan como objetivas (aunque en realidad están objetivadas por el mayor o menor poder del relato, que depende, claro, del lugar social en que se producen estos relatos). Los relatos apoyan, crean y recrean convenciones que se consideran como el estado natural de las cosas sociales: gran parte del trabajo de la creación de narrativas, desde las populares a las científicas, desde las espontáneas a las premeditadas y, desde luego, todas las comerciales, financieras y políticas tratan de hacer pasar las visiones de agentes concretos por verdades absolutas independientes del sujeto que las enuncia. Construir la objetividad, presentar como cosas tangibles e irrefutables lo que son versiones por definición interesadas, históricas y posicionales (al ser la sociedad un conjunto de intereses diversos, creados en la historia y producto de posiciones sociales en conflicto latente o manifiesto) es la misión de toda narración social, desde los discursos más abiertos y libres hasta los relatos más convencionales, reproductivos y legitimadores.
Todo discurso, por muy individual o personal que sea, nos remite a prácticas sociales que sustentan y semantizan esos discursos. El campo de la discursividad, aunque se forme desde la esfera de la subjetividad (los discursos son formulados por un autor), no se ciñe a un espacio meramente subjetivo, sino que construye una materialidad social con efectos objetivos (Laclau y Mouffe, 1987: 125): las palabras hacen cosas –por utilizar la vieja fórmula del pragmatismo de John Austin– que se vuelven a reasimilar y cristalizar en subjetividades. Si la producción del discurso, como dice el imprescindible filósofo francés Michel Foucault (1999a: 14), está controlada, seleccionada y redistribuida por la sociedad, entonces el objetivo del investigador –nuestro objetivo– será el de desenmarañar esa red discursiva, con un énfasis especial en conocer cómo el discurso hegemónico efectúa una verdadera «producción de realidad» (Wodak y Meyer, 2003: 67). Y es que la lucha por el dominio de las significaciones en un campo social determinado es el objetivo de todo discurso que se realiza desde una lógica práctica.
De esta forma, la producción de discursos de nuestro presente se inscribe en un proceso que se instaura como problema político en los orígenes de la modernidad misma, esto es, en la persecución y conquista de la hegemonía por parte de los grupos sociales dominantes y el permanente desafío, resistencia e intentos de desafío a esta hegemonía por parte de los grupos subordinados. Así, sabemos hoy mejor que nunca –pues vivimos un periodo marcado por una hegemonía discursiva construida, reforzada y casi petrificada sobre los relatos más agresivos de la naturalidad y racionalidad intrínseca del individuo y el mercado–, y en el libro que aquí da comienzo lo trabajaremos radicalmente, que las formas de dominación de los grupos supraordinados se despliegan como una forma de dirección intelectual y moral que es capaz de crear discursos que funcionan como un sistema vívido de significados y valores, otorgando un sentido de realidad para la mayoría de las gentes de la sociedad con unos resultados prácticos, entre estos la formación de expectativas generales naturalizadas que reproducen los intereses de los grupos que han conseguido imponer su visión del mundo. Pese a ello, la grandeza y la complejidad de lo social se muestra, históricamente, en que las prácticas sociodiscursivas no se regulan solo en la lógica de la reproducción y en el cierre de las opciones dominantes y naturalizadas de la hegemonía, sino que existen también prácticas y relatos contrahegemónicos: discursos que desafían o limitan el orden, discursos más o menos estructurados de autonomía, de creatividad de significados no convencionales de actores concretos y situados, así como de construcción de sentido que, si bien son modificados por la hegemonía, no son absolutamente vencidos por ella. Lógicas prácticas que nos llevan a dimensiones constituyentes y cotidianas de resignificación de lo social desde posiciones subordinadas o parasubordinadas, pero con recursos suficientes para la producción y distribución de relatos.
Poner nuestra mirada en los discursos y en sus efectos en el análisis de la sociedad contemporánea implica también el estudio de los imaginarios sociales que la instituyen y la recrean permanentemente. Entendemos estos imaginarios sociales, en una primera y general aproximación, como esos sistemas dinámicos de discursos y relatos que organizan el sentido de la acción social, proponiendo horizontes de posibles, imágenes de lo deseable, valores legítimos y futuros realizables (Grassi, 2005; Sánchez Capdequí, 1999). Siguiendo a Cornelius Castoriadis (2002), podemos hablar de un proceso de institución imaginaria de lo social, que tratamos de estudiar en este libro en sus dimensiones contemporáneas centrales; seguimos los postulados del propio filósofo de origen griego cuando consideraba que toda institución como forma social en que se reproduce (o se cambia) el poder no es un producto necesario o natural, sino el resultado de la acción humana que se expresa en sistemas simbólicos. Tal institución sería, además, imaginaria en cuanto que responde no a un proceso racional o técnico, sino a un modelo prescriptivo y normativo de cómo debe ser lo social, afectando así a lo que termina siendo tal sociedad (Vera, 2001). De esta forma, de estas significaciones imaginarias en liza y de su lucha se terminará desprendiendo el conjunto de creencias compartidas por una comunidad, lo que implica no solo una visión de un nosotros frente a un otros, sino la aparición de una miríada de relatos donde se articula aquello que es considerado como deseable, posible y pensable.
Esta noción de institución imaginaria de lo social nos conduce en este libro a un trabajo de estudio en torno a cómo se han generado e impuesto, en el último gran ciclo histórico de nuestro cambio de siglo, un conjunto de relatos que han instituido un imaginario social muy definido, con un sistema de fundamentaciones tan rocoso y claro como arbitrario y parcial, pero que ha conseguido afianzar los valores de una nueva racionalización capitalista. Racionalización que no es otra cosa que la profundización y el refuerzo sorprendentemente remozado del más viejo imaginario instituyente del capitalismo fundante, aquel que identifica y convierte la lógica del beneficio privado y el intercambio mercantil sin trabas en la razón humana misma. Los discursos del presente han conseguido tener una dimensión instituyente –de creación de nuevas instituciones– sobre bases absoluta y sólidamente instituidas: las lógicas de la mercancía se han convertido en totales y, frente a ellas, no cabe alternativa alguna. Toda una nueva neolengua edificada sobre conceptos como el management, la innovación, la flexibilidad, el emprendizaje, la creatividad, las redes o la posmodernidad (por solo citar unas cuantas bien conocidas) ha conseguido modelar un nuevo imaginario social capitalista que ha demostrado ser asombrosamente eficaz en la creación de una realidad simbólica y un sistema de valores aparentemente nuevos para naturalizar, en el plano de las significaciones, los requerimientos económicos y financieros del actual modelo de regulación que conocemos como posfordista.
Apelar a estos imaginarios sociales significa, por tanto, plantear la génesis sociohistórica de todo lo dado; hace necesario transitar desde la dimensión instituyente a una dimensión instituida de la vida pública, remarcando la importancia creativa de los discursos y deteniéndose en el conjunto de convenciones y justificaciones fundamentadas en elementos simbólicos construidos por las mitologías y las aspiraciones de los actores sociales concretos que, con poderes e intereses concretos, tratan de presentar dichos elementos simbólicos como absolutos, necesarios y universales. Desde este punto de vista hay que anotar que se presenta siempre en lo social una dimensión de imaginario radical, es decir, de intento permanente de crear significados para las acciones (y por lo tanto de provocar su cambio) en función no tanto de lo razonado como de lo inventado por cada grupo que es capaz de producir sentido, pues tiene poder para ello en el conflicto por las interpretaciones que estructura el mundo social (Poirier, 2004). En este punto se encuentra el no demasiado ambicioso objetivo de este libro: esto es, explorar algunos de los discursos, los tópicos narrativos, las racionalizaciones y las justificaciones que están tratando no solo de explicar o dar cuenta de la realidad presente, sino más allá, crearla y naturalizarla según un modelo de sociedad y una visión del mundo que se inscribe en el nuevo imaginario radical del capitalismo que, por cierto, ha conseguido debilitar hasta extremos exangües cualquier otra propuesta de leer (y por tanto cambiar) lo social. Imaginario radical mercantil que ha creado metáforas centrales, posteriormente desarrolladas en líneas discursivas, conceptos pseudocientíficos, términos (más que conceptos) de moda, palabras mágicas y relatos de héroes absolutamente troquelados por la fascinación en la omnipresencia y la omnipotencia de la mercancía (y por eso mismo de la tecnología), todas ellas figuras retóricas que trataremos de desentrañar en la medida de lo posible en estas páginas, solo armados con cierta paciencia y con las posibilidades que ofrece un ejercicio de la considerada como una hermenéutica social. Frente a la pretensión analítica de reducir el lenguaje a sus dimensiones formales, denotativas, veritativas o indicativas, aquí trataremos de realizar una pequeña metaforología de dicho imaginario mercantil, sabiendo que la única verdad de las metáforas son sus efectos pragmáticos –modelan conductas, estructuran el marco de referencia de los sujetos sociales– y su condición histórica: «indican así a la mirada con comprensión histórica las certezas, las conjeturas, las valoraciones fundamentales y sustentadoras que regulan actitudes, expectativas, acciones y omisiones, aspiraciones e ilusiones, intereses e indiferencias de una época» (Blumenberg, 2003: 63).
* * *
Estos estudios sobre los discursos del presente, tomando este presente como algo que nuestro imaginario ha construido prácticamente sin referencias al pasado ni esperanzas en el futuro (todo lo contrario que en los relatos tradicionales, saturados de referencias a un pasado mítico, o los modernos, cuya base era una gran esperanza en el futuro y el progreso), estaban casi obligados a comenzar su periplo con la referencia a ese clásico que es Roland Barthes, tanto por la fascinación que causa su escritura (a los autores de este libro los primeros), como por su trabajo genuinamente crítico de su contemporaneidad, sin olvidar el inagotable torrente de herramientas analíticas que ha legado al pensamiento actual en su revisión en profundidad de la lingüística, la semiología y los estudios narratológicos. Barthes no solo escudriñó como nadie las mitologías –tomadas como lenguajes secundarios, metadiscursos, relatos sobre relatos, imágenes que sacan el objeto de la historia para convertirlo en figura autoconstruida con efectos sagrados– de la vida cotidiana de los «treinta años gloriosos»; también nos enseñó como nadie a analizar discursos y a evaluar críticamente el poder de los relatos con tanto rigor como belleza estética. Las líneas que, en el capítulo con que da comienzo este libro, se dedican a Roland Barthes van a ser críticas con ciertos aspectos de su método, seguramente porque así se hace mayor justicia a su herencia intelectual, pero son, por supuesto, absolutamente respetuosas a su persona y a la enorme valía de su pensamiento, que seguirá proporcionándonos elementos de reflexión y claves para el análisis literario (en el sentido más amplio posible de lo literario, es decir de los relatos de la vida) durante muchos años todavía.
En el bloque de capítulos que se abre inmediatamente después, el lector encontrará, justamente, una aplicación de los métodos recibidos de la crítica literaria y del análisis sociohermenéutico de los discursos (Brunel, 2001) a los relatos, figuras y términos que arman la lengua común de las ficciones empresariales actuales (ficciones que saltan desde el mundo estricto de la práctica económica y corporativa para colonizar y tener efectos tan reales en el mundo de la vida de las personas que parecen extraídos del realismo tremendista de los folletones de finales del siglo xix). Repasaremos así los argumentarios más convencionales del managerialismo actual, utilizados como fórmulas sagradas para atraer a todos los espíritus (del capitalismo) positivos y expulsar a todos los demonios (del colectivismo, de la burocracia, de los derechos sociales, de lo público, etc.) que corrompen el buen juicio del sano egoísmo de la iniciativa privada. Por estos capítulos desfilarán unos vocabularios de motivos –y de respuestas precodificadas– que, combinando términos y conjugando significantes tan conocidos como los de fluidez, innovación, emprendizaje, flexibilidad, información, redes o sociedad del conocimiento, constituyen los discursos dominantes actuales; dichos discursos, que tienen en su mayoría un origen genuinamente empresarial, se han terminado por convertir en genéricos y disciplinadores de todo lo social. Los dos primeros capítulos de este bloque (II y III) se consagrarán a repasar dicho vocabulario managerial a través de distintas épocas, con especial atención a referencias como la fluidez y la innovación. En esta sección también abordamos el uso de otro concepto que ha tomado carta de naturaleza en nuestros discursos cotidianos, como es el de precariedad (capítulo IV). Este último no es precisamente un término tan refulgente, pulido y brillante como los que antes habíamos visto, sino todo lo contrario: representa, de algún modo, una de las partes malditas más reconocibles del capitalismo contemporáneo en el ámbito occidental. Y es que la precariedad se ha convertido en un auténtico atractor semántico, que analizaremos tanto en los ilustrados discursos críticos sobre la financiarización del mundo, como en las reacciones más espontáneas y los lenguajes menos estructurados, basados en las vivencias y las experiencias de los grupos más vulnerables de la estructura social y en peligro de exclusión (otra de las palabras del repertorio negro de nuestro actual entorno semántico).
Y si en la primera parte nos dedicamos a esos vocabularios de motivos de la sociedad actual –en el sentido que, ya en el lejano 1940, le daba Ch. W. Mills (1981: 345-356) a este concepto: es decir, repertorios generalizados de justificaciones de la acción social preconstruidos y que utilizamos como normalizadores de las interacciones en situaciones tipificadas–, en el segundo gran bloque de este libro nos ocuparemos de otros discursos que coinciden con otro concepto que el mismo y siempre añorado Ch. W. Mills (1961: 44-68) utilizaba en su caracterización sobre la sociología norteamericana de su época: la gran teoría. Como es bien sabido, nuestro autor se refería con este nombre en su inagotable y todavía imprescindible La imaginación sociológica a aquellos discursos académicos sublimes e inflacionados de conceptos tan sonoros como caracterizados por su descontextualización y su deshistorización. En esta parte, así, nos dedicaremos a la producción de la gran teoría social sobre el presente, abordando relatos intelectuales cuya recepción natural esté en el ámbito académico, pero que han contado con una probable influencia en el ámbito general de la opinión pública y los medios de comunicación. Estos discursos son auténticos diagnósticos de la actualidad, sin trabajo empírico en fuentes primarias, con una metodología un tanto difusa y pensados, sin demasiado problema, como de validez genérica; sin embargo, se han comportado como auténticas máquinas de producir etiquetas sobre lo real, suministrándonos un buen número de metáforas blandas para nominar nuestra realidad presente y, por eso mismo, para en cierta forma construirla. Significantes tan potentes como modernidad líquida, era del vacío, sociedad de tribus, hipermodernidad o ética posmoderna han creado el paisaje mental (culto) de nuestro tiempo y, en gran medida, han constituido los tópicos discursivos con los que hemos querido atrapar tanto el presente mismo como los cambios sociales que, con absoluta perplejidad la mayoría de las veces, se han venido sucediendo en las últimas décadas.
Significativamente, y como una muestra más de lo dicho sobre esos cambios que vivimos, en la actualidad podemos constatar que hasta las grandes teorías sociales –salvo conocidas y sonoras excepciones, como las diferentes reencarnaciones de la teoría de sistemas– han perdido su pretensión de metarrelatos totalizadores y altamente tecnocratizados (o de gran altura filosófica), para convertirse más bien en relatos sintomáticos, parcialmente eclécticos, muy apegados a la actualidad y con una enorme voluntad de crear etiquetas novedosas y metáforas estéticamente brillantes de diagnóstico del presente. Metáforas que se autonomizan tendiéndose a utilizar en ámbitos muy abiertos de la vida cotidiana, desde movimientos sociales hasta medios de comunicación, con precisión sociológica más bien pequeña, pero con eficacia simbólica notable. De la gran teoría hemos pasado así a una especie de impresionismo sociológico, capaz de conquistar en el mercado editorial un estatuto cercano al del best-seller, dentro de un género que podría encajar –con alguna dificultad– entre el ensayo contemporáneo y el libro de actualidad.
Los capítulos dedicados a las contribuciones de Gilles Lipovetsky, Michel Maffesoli y Zygmunt Bauman estudian críticamente algunas aportaciones de estos autores, muy diferentes entre sí y seguramente poseedores de valores sociológicos muy diversos. Sin embargo, todos ellos comparten un estilo, el de ser prescriptores e intérpretes (con audiencia) de un espíritu del tiempo. Son logócratas en el sentido que le da al concepto George Steiner (2006): esto es, se adhieren en virtud de una reflexión –que puede tener asociaciones muy intuitivas– a los sentidos dominantes del lenguaje, creando las realidades que otros van a considerar como entes existentes. Seguramente este impresionismo sociológico, distanciado de la investigación empírica, está demasiado vinculado a intuiciones arriesgadas e imágenes espectaculares pero un tanto vacías (sobre todo cuando se abusa de ellas; véanse ejemplos como liquidez o tribu), así como a diagnósticos demasiado descontextualizados. Apresuradamente, todo esto puede ser criticado a fondo ( y de hecho el lector lo comprobará a lo largo de estas páginas), entre otras cosas por caer, como diría el propio Steiner, en un pensamiento más publicitario que público; no obstante, también es necesario reconocer que ha sido un intento bastante exitoso de que la sociología no desaparezca por completo de los anaqueles de las librerías, de llegar a un público amplio en tiempos poco propicios para la disciplina y de suministrar un vocabulario interesante que ha tenido cierta influencia en el discurso público; justamente ese aspecto narrativo será nuestro principal interés analítico.
Interés que se completa con el epílogo, dedicado a otro de los grandes tópicos discursivos de nuestro tiempo: el del individualismo y sus muy diversas formas de expresión en la actualidad. El eje globalización-sociedad del riesgo-individualización se ha convertido, últimamente, en uno de los grandes relatos contemporáneos, tanto en su dimensión académica (la sociología de Ulrich Beck, la segunda modernización y la modernidad reflexiva) como en las percepciones y representaciones de la vida cotidiana actual, en materia de inseguridad, desinstitucionalización, deslocalización y privatización de los sistemas de gestión, y control de la contingencia. Por ese carácter de síntesis que tiene el nuevo discurso del riesgo y por el valor de apertura que ofrecen los debates y controversias sobre el individualismo contemporáneo, concluiremos con ellos los análisis del presente libro, precisamente porque temáticamente son indispensables para conocer las nuevas maneras de construir la socialidad de nuestro presente.
Para seguir con Mills (1961: 69-93), y a la vez concluir, tenemos que decir que nuestro enfoque no puede ser otro que el de la artesanía intelectual, no solo porque nuestros fondos de investigación distan mucho de permitirnos la industrialización de nuestra actividad –y eso que este libro se ha beneficiado de un proyecto del Ministerio de Ciencia e Innovación (CSO2011-29941), que agradecemos y que consideramos parte importante de nuestro compromiso con la universidad y la investigación genuinamente pública–, sino también porque nuestro enfoque de la práctica sociológica es fundamentalmente artesanal y se distancia radicalmente del empirismo abstracto que tan genialmente caracterizó Mills y que sigue siendo dominante en el campo en el que nos movemos. El empirismo abstracto se ha puesto siempre a disposición de cualquier poder instituido –del mercantil al académico, pasando por el político– reduciendo el saber social a un tecnocracia rutinizada y descontextualizada que sustituye los lenguajes y las razones prácticas –siempre concretas– de los sujetos sociales por protocolos y algoritmos predeterminados que se imponen (más que se aplican) a los actores en cualquier tiempo, lugar o situación social, produciendo fundamentalmente medidas abstractas (para medir, pero también para controlar). Sin embargo, el empirismo abstracto ha sido incapaz históricamente de dar cuenta, con alguna plausibilidad, de los fenómenos dinámicos de la cultura, y menos de penetrar mínimamente en el lenguaje y, por ello, en el mundo de la vida y del sentido propio de las acciones de los seres humanos, territorio intelectual donde se desenvuelve nuestro análisis. Este último necesariamente tiene que ser artesano, porque solo puede ser una construcción ad hoc inseparable de los discursos y de los relatos que interpreta (y que por eso mismo critica). Parafraseando una vez más a Roland Barthes, podemos concluir este prólogo definiendo nuestra modesta y artesana sociología como una crítica de las mitologías.
I. Roland Barthes y el análisis del discurso
Barthes ha sido siempre antimoderno como todos los verdaderamente modernos.
Antoine Compagnon (2005: 404)
Roland Barthes solo confería sustancia real al estilo, inflexión que cada vida animada es capaz de imprimir en el río de las palabras donde, como fuego fatuo, aparece y desaparece el ser.
Mario Vargas Llosa (2002: 254)
Nada más esencial para una sociedad que la clasificación de sus lenguajes. Cambiar esa clasificación, desplazar la palabra, es hacer una revolución.
Roland Barthes (1972: 47)
El formalismo de Barthes en lo que tiene de más decisivo, su dictamen de que el crítico tiene la misión de reconstruir no el mensaje de la obra sino su sistema –su forma, su estructura– tal vez se entiende mejor así, como la evitación liberadora de lo obvio, como un inmenso gesto de buen gusto.
Susan Sontag (1983: 338)
Introducción
En las sociedades contemporáneas, los discursos son uno de los objetos esenciales de investigación por parte de los sociólogos. Según algunos autores, la labor de un analista del discurso debe ser la de describir las regularidades de las realizaciones lingüísticas empleadas para comunicar significados e intenciones (Brown y Yule, 1993: 47). Pero, además de describir, el investigador debe comprender e interpretar el discurso. Los discursos –como líneas de enunciación simbólica realizados desde posiciones sociales– no solo deben ser comprendidos y descifrados por los receptores; también están destinados a ser valorados y apreciados (signos de riqueza) y creídos y obedecidos (signos de autoridad) (Bourdieu, 1985). Al conocimiento de la estructura y organización del texto (significantes) se debe añadir la profundización en los significados presentes en el mismo (análisis semántico-simbólico), lo que implica la necesidad de una teoría de la interpretación.
Hay un autor que, aunque identificado con el estructuralismo (y con el postestructuralismo en su última etapa), es capaz de proporcionarnos claves útiles para trascender los límites del texto y alcanzar a la sociedad. Se trata del gran semiólogo francés Roland Barthes. Su planteamiento es un análisis que, en sus versiones más formalizadas, se encuadra en un ámbito más semiológico que sociológico, más lingüístico que próximo a un análisis de contenido. En ocasiones esa formalización es tan excesivamente precisa y detallada1 que en ningún caso podría adaptarse a los objetivos de una investigación sociológica. Por otra parte, su método evolucionó notablemente a lo largo del tiempo: no coinciden así ni las técnicas ni el objeto de investigación de sus Mitologías (1980a) con las de El sistema de la moda (2003); tampoco las del Análisis estructural del relato (Barthes et al., 1974) con las de S/Z (1980b) o los Ensayos críticos (1983). Se pueden diferenciar varias etapas dentro de su obra, desde El grado cero de la escritura (1973) hasta La cámara lúcida (1982), su última obra. El propio Barthes las indica en su singular obra Roland Barthes por Roland Barthes (1978: 158): una primera etapa con influencias de Sartre, Marx y Brecht, caracterizada por un deslumbramiento por el lenguaje y por las mitologías sociales; una segunda época eminentemente semiológica tras su aproximación a Saussure, de carácter más cientifista; y un periodo final en el que el objeto de sus investigaciones se centra en el texto, su análisis y deconstrucción2.
Los trabajos e ideas del autor francés pueden ser útiles para un sociólogo interesado en investigar discursos sociales. Es verdad que Barthes ha sido atacado por los lingüistas por la equivocada utilización que, en ocasiones, ha hecho de conceptos corrientes manejados en lingüística (signos, sistemas de signos, metalenguajes). Realmente, sus pretensiones formalistas no se corresponden con un método riguroso, especialmente en su primera etapa de las Mitologías, y ha sido muy criticado por ello (Mounin, 1972: 218-226). Sin embargo, puede ser reconocido como un eficaz semiólogo no formalista que aporta interesantes perspectivas dentro de la psicología social y la sociología. La obra de Barthes, tanto en sus inicios menos formalizados como en desarrollos posteriores, va a proporcionar intuiciones válidas para una posible metodología de análisis del discurso.
El estructuralismo, uno de los movimientos intelectuales más fecundos del siglo xx, se consolidó tras la Segunda Guerra Mundial debido, en gran parte, a la obra del antropólogo Claude Lévi-Strauss y de un conjunto de jóvenes teóricos de la literatura3. La inspiración de esta corriente es la lingüística, considerada por Lévi-Strauss (1968) como el modelo de las ciencias humanas. Todo sistema cultural es un sistema de signos: así, los métodos de la lingüística estructural pueden ser aplicados, por homología, a otros ámbitos de la cultura, entre ellos el análisis del relato. Barthes (1990), que durante una época fue uno de aquellos jóvenes teóricos, sigue en cierto modo a Lévi-Strauss cuando establece homologías entre estructuras psicológicas y formaciones sociales, con el lenguaje como mediador universal. Este análisis se aplicó a los campos más diversos (antropología, filosofía, psicoanálisis o incluso el propio marxismo)4, fundamentalmente por un impulso pansemiológico que concebía lo social en un nivel exclusivamente simbólico, que deja de lado procesos tan reales como el del trabajo.
Lévi-Strauss (1980: xi) considerará incluso que la antropología deberá ocupar, «de buena fe, ese campo de la semiología que la lingüística no ha reivindicado todavía para sí […]. Y es que Saussure plantea la semiología como un proyecto, pero no llega a desarrollar la evolución que debe seguir esta nueva disciplina en un futuro». Ya que, según el propio Lévi-Strauss, la semiología anunciada por Ferdinand de Saussure desbordaba ya de hecho el campo de los lenguajes hablados y debía también incluir aquellos signos que no son palabras o sus simples sustitutos; tipo de signos que, aunque a menudo se pase por ellos tan solo para nombrarlos, nos llevan a significantes de otro orden. Sin embargo, Saussure no profundizó ni se extendió, lamentablemente, en este asunto de gran interés. Por ello, la definición de estructura (elemento central en el paradigma estructuralista) es complicada, dado que su polisemia lleva a múltiples interpretaciones en los también raros escritos de Saussure, siendo finalmente tomada, en su acepción más general, como un conjunto en el que las partes se modifican en virtud de su pertenencia al todo, o como un objeto complejo cuyas partes son solidarias entre sí. En todo caso, es el concepto operativo de estructura que utiliza toda esta línea paradigmática y que puede ser definido, citando a Umberto Eco, como un modelo construido en virtud de operaciones simplificadoras que permitan uniformar fenómenos diversos bajo un único punto de vista (Eco, 1988: 68). Así, el análisis estructural, del que Barthes ha sido uno de sus más representativos estandartes, no hace otra cosa que abordar diversos objetos de estudio que tienen la capacidad de significar; se buscan para ello sus formas subyacentes más simplificadas, que se convierten en condicionantes estructurales. Así, lo que el propio Ferdinand de Saussure inició para la lingüística, convirtiéndola de hecho en una lingüística estructural, Barthes lo convertirá en una semiología general donde todos los procesos sociales comunican y transmiten sentido, sin ser, necesariamente, lenguajes formales con reglas gramaticales estabilizadas5.
Ya en los años cincuenta la escuela estructuralista, como referencia académica, había empezado a tener una enorme resonancia en las ciencias humanas y sociales francesas; pero se convierte en un gran movimiento (por no hablar de una gran moda), aplicado a una enorme variedad de temas, en los años sesenta y setenta, en los que alcanza éxito y hegemonía mundial. Como señala el filólogo español José María Pozuelo Yvancos, «el estructuralismo fue un proyecto intelectual de amplio alcance, radicalmente antipositivista, que pretendía descubrir en las distintas facetas del comportamiento (los diferentes textos) principios universales, un código explicativo, una gramática proyectiva común y superior a ellos, que, de modo implícito o subyacente, regía su construcción, su forma. El significado de un elemento es el lugar que ocupa en sus relaciones opositivas con los otros elementos dentro del sistema del que forma parte» (Pozuelo Yvancos, 1994: 79). Este es el punto de partida que había asentado el propio Saussure quien, al establecer una noción de la lengua como un sistema definido por sus oposiciones internas que generan el sentido, la convierte en la institución social total. De ahí que, en el estructuralismo, todo fenómeno social acaba por reducirse a signo: el mundo se condensa en el texto. El análisis estructural, sea de un cuento, una novela o un mito etnográfico, trata de reducir la información textual a unos ejes de oposición, a sus códigos significantes. El investigador, entonces, se ocupará de decodificar los diferentes hechos discursivos y ordenarlos dentro de una lógica. El modelo, el genotexto, obligará al fenotexto, la expresión (Kristeva, 1978).
Roland Barthes, como hemos señalado, es uno de los representantes más notables de la semiología en Francia. Desde sus primeras obras, tuvo una preocupación fundamental: la relación entre lengua y sociedad. En su obra, como se indicó antes, no se puede hablar de la utilización de una metodología fija de investigación. Su época «cientifista» puede proporcionar más recursos, en cuanto facilita unas herramientas formales para el análisis de textos, especialmente en su Introducción al análisis estructural de relatos (1974). No obstante, sus Mitologías, como hemos comentado antes, aportan quizá claves semiológicas de mayor interés para el sociólogo. A lo largo de las siguientes páginas haremos un recorrido por dichas claves, realizando una valoración sobre los elementos de interés que la obra de Barthes puede tener para un sociólogo interesado en analizar los discursos sociales, además de mostrar sus limitaciones.
El análisis estructural de Barthes: objetivo, elementos, niveles
Ya en un artículo titulado «Sociología y socio-lógica. A propósito de dos obras recientes de Claude Lévi-Strauss», Barthes señala que «[…] la sociología es el análisis de las sociedades “escribientes”» (Barthes, 1990: 231); «[…] la escritura engendra escrituras o, si se prefiere, “literaturas”, y a través de estas escrituras o literaturas la sociedad de masas fracciona su realidad en instituciones, prácticas, objetos y hasta en acontecimientos, porque el acontecimiento es ahora siempre escrito» (ibid.: 232). Para Barthes, la sociedad de masas estructura lo real a través del lenguaje (lo produce y lo escribe). Hace así hincapié en la importancia de los textos en lo social, les otorga un interés en este campo, pero al mismo tiempo los reduce a lo lingüístico: está interesado en el análisis semiológico, en la aplicación del método estructural a todos los fenómenos sociales, reduciéndolos a un sistema de signos. Todo se termina por reducir a un texto, a una dimensión lingüística y simbólica, que se someterá a un análisis estructural: «[…] el análisis sociológico tiene que ser estructural no porque los objetos sean estructurados “en sí”, sino porque las sociedades no cesan de estructurarlos: la taxonomía sería, en conclusión, el modelo heurístico de una sociología de las superestructuras» (ibid.: 233). Se responde así a un interés por taxonomizar los lenguajes que atraviesan la sociedad, el mundo; es decir, clasificar los lenguajes e identificar el sentido, pues «nada es más esencial para la sociedad que la clasificación de sus lenguajes. Cambiar esta clasificación, desplazar la palabra, es hacer una revolución» (Barthes, 1972: 47). El lenguaje debe ser esencial para la sociología. Como semiólogo, su preocupación fundamental es, sin duda, el signo (y los códigos).
El análisis estructural permite identificar los signos y códigos dentro del texto que, debajo de lo natural, ocultan lo social. Los sistemas semiológicos construyen lo social a través de los relatos, los textos, los discursos. No hay signos naturales: todos son culturales, aunque las instituciones pretendan naturalizar los signos a través del lenguaje (Marro, 1999: 80). En Mitologías, obra de su primera etapa, ya declaraba que «[…] sufría al ver confundidos constantemente naturaleza e historia en el relato de nuestra actualidad y quería poner de manifiesto el abuso ideológico que, en mi sentir, se encuentra oculto en la exposición decorativa de lo evidente-por-sí-mismo» (Barthes, 1980a: 8). Barthes cree que puede identificar lo ideológico en la sociedad, descubrir el sentido verdadero de los discursos. Proporciona la herramienta analítica para diseccionar ese discurso escrito, ese relato; aporta conceptos como la taxonomía, el sentido o la clasificación. Como otros autores estructuralistas, persigue esencialmente descubrir los principios de organización subyacentes en el discurso y las relaciones que estructuran los diferentes elementos de los textos. Existen innumerables formas de relato y se propone indagar en un posible principio de clasificación del mismo, basado en su estructura, la cual es la forma invariante que da coherencia y consistencia lógica a dicho relato. Su modelo teórico se basa en la lingüística. Se centra en los códigos, que pueden definirse como campos asociativos, que conforman una organización supratextual de señalizaciones. Establece una homología entre la oración y el discurso, transfiriendo las propiedades semióticas de un nivel al otro. La reducción al código permite examinar los principales núcleos temáticos y funcionales en los textos analizados y proceder a continuación a comprobar cómo están estructurados. Es un análisis internalista, que tiene por objetivo el descubrimiento de la matriz generadora de todos los relatos del género. La estructura del texto permite conocer la lógica de su sentido, pero esa lógica es en buena parte sociológica: la organización del discurso está influida por factores ideológicos, sociales.
El más acabado ejemplo de esta semiología general es el estudio sobre El sistema de la moda (2003). Barthes allí realiza un concienzudo y frío análisis de los dictámenes de la moda difundidos por las revistas femeninas y, a partir de este primer análisis, concluye una teoría general de la moda como sistema de representaciones. Juego de elementos, formas y unidades básicas de sentido infinitamente combinables y que, dando la impresión subjetiva de individualidad y soberanía, en realidad cumple la función inconsciente de clasificación y jerarquización social; el código habla a los individuos por medio de los ropajes, que, más que ser utilizados por los individuos, son ellos los que utilizan a los individuos para representar un sistema de similitudes y diferencias que reproducen el lenguaje de las apariencias más allá de la historia. El juego del cambio constante, de la actualidad permanente, oculta la tendencia a la inmovilidad básica de lo social, a la cristalización de la forma del poder. Esta lógica de la diferenciación es la que ayuda a entender que hoy no hay consumo porque se dé una necesidad objetiva y naturalista de consumir. Lo que hay es producción social de un material de diferencias, de un código de significaciones y de valores de estatus, sobre el cual se sitúan los bienes, los objetos y las prácticas de consumo. Los bienes se convierten en signos distintivos –que pueden ser unos signos de distinción, pero también de vulgaridad desde el momento en que son percibidos relacionalmente– para mostrar que la representación que individuos y grupos ponen inevitablemente de manifiesto, mediante sus prácticas y sus propiedades, forma parte integrante de la realidad social (Barthes, 2003: 245-257). Es la capacidad comunicadora que tienen los bienes la que ayuda a realizar esta diferenciación social6.
La actividad por tanto del semiólogo comporta así dos operaciones típicas: recorte y ensamblaje (Barthes, 1983: 258). Se trata por tanto de realizar, como analista, varias tareas: una, localizar y señalar las unidades significativas principales, que son las que articulan el significado del texto, a través de una macrosegmentación del mismo. Ello requiere realizar un «corte sincrónico», donde se lee «lo que es» dentro del texto. Evidentemente, este corte presenta algunas problemáticas: básicamente el ignorar un fluir histórico que puede hacerse presente, dejándolo de lado. No obstante, esta pretensión permite una simplificación que va a permitir la comparación entre épocas o etapas, con lo que la historia al final se hace, de alguna forma, presente. Este método permite la comparación entre textos, lo que posibilita constatar la posible evolución de las temáticas a lo largo de diferentes épocas históricas. Se descronologiza el relato, dividiéndose en bloques de significación del mismo modo que, en la lingüística, se divide la oración en sujeto, predicado o en sintagmas. Se elimina el flujo del tiempo y, a través de una comparación entre dos cortes sincrónicos, se puede observar una evolución entre estados. El relato, dividido en enunciados, se combina dando lugar a diferentes sentidos narrativos. El analista del discurso Siegfried Jäger (2003: 88) indica que un corte «sincrónico», en la medida en que se haya convertido en «lo que es», será al mismo tiempo diacrónico e histórico. El sentido se generaría esencialmente por los haces de relaciones dentro de la estructura, en este caso de las existentes entre los elementos del texto; el sentido no nace por repetición sino por diferencia, en un sistema de exclusiones y relaciones (Barthes, 1972: 68-69).
El objetivo del análisis estructural es el de definir las reglas (o, más bien, las regularidades) de combinatoria funcional del relato. Para Barthes, «[…] leer un discurso es, en efecto […], organizarlo en briznas de estructuras, es esforzarse para llegar a nombres que “resumen” más o menos la profusa sucesión de las señalizaciones, es proceder en uno mismo, en el momento mismo en que uno “devora” la historia, a realizar ajustes nominales, es domesticar incesantemente lo que uno lee, apelando para ello a nombres conocidos, surgidos del vasto código anterior de la lectura […]» (Barthes, 1990: 208). De un texto ideal «en bruto» nace la infinidad de las narraciones, cuyo sentido es captado ordenando las lógicas que los atraviesan. Se busca reducir cada texto a los vectores o ejes que lo organizan. Para identificar el sentido, se desmenuza el texto hasta convertirlo en un esquema lógico de relaciones entre elementos. El análisis estructural permite considerar la obra no como un mero documento histórico, sino como una unidad significativa autónoma, separada de otros discursos y del flujo del tiempo. Esta concepción de la obra, esto es, del texto, se basa, según Barthes, en los siguientes principios:
a) Principio de formalización. Es, esencialmente, un principio de abstracción. «El análisis estructural del relato es fundamentalmente comparativo: busca formas y no un contenido. […] Un análisis del relato tiene exactamente la misma tarea: tiene que reunir relatos, un corpus de relatos, para intentar extraer una estructura» (Barthes, 1990: 288). Sobre un corpus de obras el análisis permanece en el nivel de las relaciones, no en el de los significados. Es la búsqueda de la sintaxis.
b) Principio de permanencia. Son las diferencias de sentido: «[…] se intentan encontrar las diferencias de forma que vienen atestiguadas mediante diferencias de contenido; estas diferencias son rasgos pertinentes y no pertinentes» (ibid.: 288-289). Las diferencias entre las combinaciones sígnicas marcarán el sentido del enunciado.
c) Principio de pluralidad. Indaga el lugar posible de los sentidos (pluralidad de sentidos). Analiza los códigos, pero no los interpreta. Distingue entre los códigos de acción o de comportamiento, códigos del descubrimiento de la verdad (hermenéutica), códigos semióticos (características o descripciones), códigos culturales (citas) y códigos simbólicos (arquitectura simbólica del lenguaje).
d) Disposiciones operativas. Son las tres operaciones que deben realizarse: segmentación del texto (cuadriculación), inventario de los códigos y coordinación (establecimiento de correlaciones con otros textos o intertextualidad). En el manejo de la intertextualidad se puede vislumbrar un posible acceso a la dimensión pragmática del discurso.
Barthes ofrece en estos principios una visión quizá excesivamente detallada y formalizada del trabajo a realizar sobre el texto. Pero a partir de aquí, el autor nos propone un análisis de la organización textual que arroja algunas claves de gran interés.
La organización del texto. Categorización y clasificación
La organización del texto se describe en la obra de Barthes desde una clave puramente estructuralista. La cobertura funcional del relato impone una organización de relevos (relais), cuya unidad de base es la secuencia (nudos unidos solidariamente). La secuencia es siempre nombrable: problema, idea, lucha, éxito, siendo los actos meras alternativas. «La secuencia es, pues, si se quiere, una unidad lógica amenazada: esto es lo que la justifica como mínimo. Pero también está fundada por lo máximo: cerrada sobre sus funciones, oculta bajo un nombre, la secuencia misma constituye una unidad nueva, presta para funcionar como simple término de otra secuencia más prolongada» (Barthes, 1990: 183). La secuencia se puede definir como una concatenación de acciones. Pueden ser de apertura y cierre, de argumentación, narrativa y de reparación. La tarea, por tanto, consiste en conseguir una descripción estructural de la ilusión cronológica; «[…] la lógica narrativa es la que debe dar cuenta del tiempo narrativo» (ibid.: 180). Como se señaló con anterioridad, este es el elemento fundamental del análisis estructural: la ahistoricidad, la eliminación de lo histórico para transformar el texto en un sistema lógico de relaciones. Esa lógica será la que otorgue el sentido al relato7. El análisis estructural barthesiano distingue en la Introducción al análisis estructural de relatos tres niveles diferentes de operaciones: el nivel de las funciones, el nivel de las acciones y el nivel de la narración o del discurso, ligados entre sí en una integración progresiva.
El primer nivel es el de las funciones. Todo sistema semiológico es una combinación de unidades. También lo es el texto. Barthes distingue, dentro del texto, entre dos elementos principales: los núcleos o funciones bisagra y las catálisis (funciones de naturaleza completiva).
Nudos y catálisis, indicios e informantes […], tales son, pareciera, las primeras clases en que se pueden distribuir las unidades del nivel funcional. […]. Las catálisis, los indicios y los informantes tienen en efecto un carácter común: son expansiones, si se las compara con núcleos: los núcleos […] constituyen conjuntos finitos de términos poco numerosos, están regidos por una lógica, son a la vez necesarios y suficientes: una vez dado este armazón, las otras unidades vienen a rellenarlo según un modo de proliferación en principio infinito […] (Barthes, 1974: 22).
Son segmentos de acción. Barthes denomina funciones cardinales o núcleos a las funciones importantes que constituyen el eje de la narración, afectando directamente al desarrollo de la narración; las que simplemente se limitan a rellenar el resto del espacio narrativo las llama catálisis, que, aunque tienen carácter funcional, dependen de los núcleos (son expresión de detalles o de acciones poco importantes). Para poder realizar esta distinción entre núcleo y catálisis existen diversas aproximaciones. Indica así que «dado que todo sistema es la combinación de unidades cuyas clases son conocidas, hay que dividir primero el relato y determinar los segmentos del discurso narrativo que se puedan distribuir en un pequeño número de clases, en una palabra, hay que definir las unidades narrativas mínimas» (ibid.: 16). Esto implica centrarse, en primer lugar, en la búsqueda (localización) de los llamados «núcleos de sentido» que componen la comunicación, dando especial relevancia a su presencia o frecuencia de aparición (Clemente y Santalla, 1991: 40).
