Los exploradores de Hitler - Javier Martínez-Pinna - E-Book

Los exploradores de Hitler E-Book

Javier Martínez-Pinna

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Beschreibung

Himmler, Schafer, Rahn, Wirth, Kiss: La apasionante aventura de las expediciones arqueológicas de los cazatesoros nazis. Con Los exploradores de Hitler, Javier Martínez-Pinna vuelve a introducir al lector en la apasionante aventura de encontrar alguno de los tesoros ocultos más anhelados de nuestro pasado, esta vez siguiendo la pista a los investigadores nazis que durante años recorrieron el mundo al servicio del Tercer Reich. En su nuevo libro, se narra de manera ágil y amena la historia de las expediciones patrocinadas por la Ahnenerbe, una organización integrada dentro de las temibles SS, para encontrar las huellas perdidas de la raza aria, en las lejanas e inaccesibles cumbres del Tíbet, o la enigmática ciudad peruana de Tiahuanaco. A través de sus páginas seguiremos el rastro de este extraño grupo de aventureros que se puso al servicio de un régimen que les encargó la búsqueda de los más poderosos objetos de culto de todas las religiones. Esta es su historia.

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Seitenzahl: 339

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Los exploradores de Hitler:

Los exploradores de Hitler: SS-Ahnenerbe

JAVIERMARTÍNEZ-PINNA

Colección: Historia Incógnita

www.historiaincognita.com

Título:Los exploradores de Hitler: SS-Ahnenerbe

Autor: © Javier Martínez-Pinna López

Copyright de la presente edición: © 2017 Ediciones Nowtilus, S. L.

Doña Juana I de Castilla 44, 3º C, 28027 Madrid

www.nowtilus.com

Elaboración de textos:Santos Rodríguez

Diseño y realización de cubierta:Universo Cultura y Ocio

Imagen de portada:Zemugebiet, Expeditionsgruppenaufnahme. De izquierda a derecha: Geer, Wienert, Krause, Beger, Schäfer. Foto de Ernst Krause, 1938

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjasea CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com;91 702 19 70 / 93 272 04 47).

ISBN edición digital:978-84-9967-906-8

Fecha de edición: noviembre 2017

Depósito legal: M-27961-2017

A mis hijas, Sofía y Elena

Índice
Prólogo I
Prólogo II
La cara oculta del Tercer Reich
Introducción
Capítulo 1. La búsqueda de Agartha y Shambhala. El origen de la raza aria
Ernst Schäfer. El héroe de la Alemania nazi
Un viaje al fin del mundo
Capítulo 2. Los orígenes ocultos del Tercer Reich
Ahnenerbe, La Sociedad de Estudios para la Historia Antigua del Espíritu
La Sociedad Thule
Capítulo 3. Tras las huellas de un mundo perdido
La Atlántida, hogar de los arios
La expedición de Wirth
Capítulo 4. Una odisea en el altiplano boliviano
La Teoría del Hielo o Cosmogonía Glacial
En la ciudad mágica de Tiahuanaco
Capítulo 5. Objetos de poder. La búsqueda del dominio mundial
La Calavera del Destino
El martillo de Thor
La Piedra del Destino
La espada de Turingia
La Lanza del Destino
Operación Trompetas de Jericó
Capítulo 6. El Tercer Reich y la búsqueda de la copa sagrada
Nace una leyenda
La pista está en el sur de Francia
La cruzada de Otto Rahn
La Guardia Negra en España
La montaña mágica de Montserrat
La operación Skorzeny
Capítulo 7. Los tesoros ocultos del Tercer Reich
La derrota de Alemania
El secreto del lago Toplitz
Los tesoros malditos de las SS
El extraño caso de Erich Heberlein
Wilhelm Gustloff. El Titanic nazi
Capítulo 8. El Salón de ámbar y los grandes tesoros de la Segunda Guerra Mundial
El orgullo de la Rusia zarista
Se inicia la búsqueda
Persiguiendo un sueño
El tesoro del lago Baikal
El tesoro del General Yamashita
Capítulo 9. Tras las huellas del tesoro visigodo
La destrucción del Templo de Jerusalén
«Intrabis in urbem». Cae Roma
La tumba perdida de Alarico el Viejo
Capítulo 10. Nazis en Canarias
Operación Villa Winter
El origen ario de los guanches
El enigma del Barranco de Badajoz
Epílogo
Bibliografía
Agradecimientos

Prólogo I

El mundo está lleno de tesoros por descubrir. Bien lo sabe el autor de este libro que acaban de comenzar a leer, un digno sucesor de Robert Charroux, un escritor francés que escribió un libro maravilloso llamado Trésors du monde (1962) y fundó el Club Internacional de Buscadores de Tesoros. Javier Martínez-Pinna es un experto en tesoros, y a ellos ha dedicado gran parte de su prolífica obra: su primer libro, El nombre de Dios, estuvo centrado en el misterio de la mesa de Salomón; el tercero, Operación trompetas de Jericó, en el arca de la alianza; y entre uno y otro publicó una obra esencial sobre este tema: Grandes tesoros ocultos, una brutal y exhaustiva recopilación en la que recogía la historia de muchos de los grandes tesoros no encontrados de la historia. Sabe de lo que habla. Así pues, queridos lectores, han hecho bien en hacerse con este libro y en comenzar a leerlo. Les puedo garantizar que pocas personas como él podrían haberse enfrentado al reto de escribir sobre las extrañas búsquedas de los nazis y la obsesión que mostraron hacia algunos de estos tesoros perdidos.

No es fácil hacer lo que ha hecho Javier. La vertiente arqueológica del nazismo y el ahínco con el que buscaron determinados objetos han sido tratados en decenas de libros, pero casi siempre se ha hecho desde la mirada tendenciosa y sensacionalista de los que están más interesados en vender misterios que en aclararlos, lamentablemente. No es así en este caso. El autor de este libro es historiador y, como tal, sabe que la historia, con mayúsculas, debe ser estudiada con respeto, rigor y minuciosidad. Solo así se puede llegar a conclusiones y opiniones válidas y razonadas.

Repito, han hecho bien.

No les quiero entretener demasiado, porque lo realmente importante es lo que Javier va narrar a continuación, pero, si me lo permiten, voy a lanzar una reflexión a bocajarro que creo que todos debemos hacernos sobre el curioso fenómeno del nazismo y la extraña apuesta por lo irracional de un régimen que, recordemos, triunfó no hace demasiado tiempo. Me explico: pese a la revolución racional de la Ilustración, que tuvo como consecuencia directa el arrinconamiento cada vez más duro, despiadado y cruel de los dioses y sus mundos en la esquina de la imaginación y de la leyenda; pese al tremendo avance de las ciencias positivas durante los últimos tres o cuatro siglos, la épica batalla entre la fe y la razón no terminó, como muchos descreídos e ilusos pensaron. Es más, a principios del siglo XX parecía que los exponenciales avances de la ciencia iban, por fin, a arrinconar a las supersticiones, y que el Logos iba a vencer de una vez por todas al mito. Pero algo pasó…

¿Cómo puede ser que en la Alemania de los años treinta y cuarenta del siglo XX, durante el infame Tercer Reich, Hitler y sus secuaces emprendiesen grandes esfuerzos por encontrar y rescatar del olvido algunos objetos míticos como el arca de la alianza, el santo grial o la lanza de Longinos? ¿Acaso no estamos hablando del mismo país en el que, solo unos años antes, Albert Einstein había reformulado nuestros conceptos sobre lo que creíamos que era la realidad, el tiempo y la materia? ¿No fue en aquel mismo país donde otro científico, Max Planck, realizó una serie de descubrimientos alucinantes que darían lugar a la famosa, y tan de moda, física cuántica? Pues sí, señoras y señores, fue en aquel mismo país, en Alemania, en el mismo lugar donde varias décadas antes un filósofo bigotudo y algo locuelo había cuestionado a Dios y nos había dejado solos. Allí, en Alemania, no hace más de ochenta años, se invirtieron ingentes cantidades de dinero para buscar las citadas reliquias religiosas. ¿Qué había pasado?

De allí, de Alemania, era un señor llamado Otto Rahn que anduvo buscando el santo grial por las tierras del Languedoc, convencido como estaba de que los buenos hombres cátaros lo habían escondido en alguna cueva perdida antes de que los bárbaros cruzados católicos acabasen con ellos. El propio Heinrich Himmler, cuentan, preguntó por el grial en el monasterio de Montserrat, ante la cara de asombro del padre Ripoll, que no le hizo demasiado caso. ¿Cómo explicar esto?

Ya lo dijo Goya un siglo antes: «El sueño de la razón produce monstruos». Quizás sea eso. Quizás lo que pasó durante la Alemania nazi tenga mucho que ver con una necesidad ancestral del ser humano que no tuvieron en cuenta los que pensaron que Dios, el más allá, los mitos y todo lo trascendente habían dejado de ser necesarios. Ese hueco emocional, ese déficit que dejó huérfanos a los que querían creer, se rellenó, en Alemania, con varias locuras irracionales protagonizadas por un terrible estado autoritario que, a la vez que perseguía a los judíos por considerarlos una raza inferior, buscaba objetos de poder relacionados, precisamente, con los mitos de aquellas gentes. Visto así, resulta de lo más sorprendente que la propia Ahnenerbe buscase con ahínco, y por tierras españolas, el arca de la alianza, símbolo de la alianza entre Yahvé y el pueblo de Israel.

Pero no queda aquí la cosa. El delirio irracional del Tercer Reich tuvo otro de sus máximos exponentes en las grotescas expediciones organizadas por la Ahnenerbe. ¿Saben ustedes que llegaron a enviar un equipo hasta el Tíbet, dirigido por el naturalista Ernst Schäfer, con el objetivo de encontrar los orígenes de la mítica raza aria? Los delirios raciales del régimen nazi se fraguaron en un extraño caldo de cultivo en el que se mezclaron las propuestas teosóficas de la señora Blavatsky con el neopaganismo germánico de Guido von List y compañía. ¿Cómo es posible que en el mismo país y en la misma época en la que los físicos estaban descubriendo lo complicada que es la existencia y lo absurdo que es creer en eso de las razas, cuando no somos más que conjuntos organizados de átomos, se defendiese con tal pasión un concepto tan absurdo como la superioridad genética de unos humanos sobre otros? Si no fuese nada más que esto... Si hasta estuvieron en Bolivia en busca de la evidencia de que unos antiguos colonos nórdicos habrían creado Tiahuanaco, la antigua capital andina, hace un millón de años…

Allí, en Alemania, unos años antes de la llegada al poder de Hitler, se desarrolló una sorprendente sociedad que, entre otras cosas, defendía que los arios procedían de un lugar llamado Thule, la mítica capital de la no menos mítica tierra Hiperbórea, una tierra que para esta gente se trataba de la auténtica Atlántida de la que había hablado Platón. Pero, en vez de situarse justo tras las Columnas de Hércules, donde comienza el Atlántico, la situaron al norte, entre Escandinavia e Islandia, regiones en las que, creían, se habían asentado los supervivientes de aquel mítico continente tras su colapso. Herman Wirth, uno de los fundadores de la Ahnenerbe, junto a Heinrich Himmler y Walter Darré, dirigió personalmente varias expediciones por las tierras del norte en busca de la evidencia de aquel mítico pueblo del que, según afirmaban orgullosos, descendían. No les adelanto nada, pero fue muy poco lo que encontraron… Por cierto, de aquella Sociedad Thule surgió el NSDAP, el partido que unas décadas después llevó al poder a aquel mediocre pintor austriaco.

No les entretengo más. El amigo Javier les explicará mucho mejor que yo, y con más detalle, todo esto de lo que vengo hablando. Tengan cuidado, eso sí. Encontrarán hechos que les harán dudar de lo establecido e investigar por su cuenta. Y es que, si usted no está muy puesto en estos asuntos, y el amigo Javier Martínez-Pinna consigue, como creo que hará, que usted se enamore de estas historias, este será el comienzo de una aventura que superará a estas páginas. Habrá usted abierto una perturbadora caja de Pandora.

Óscar Fábrega. Buscador de tesoros

Prólogo II

LA CARA OCULTA DEL TERCER REICH

Ningún otro conflicto armado ha causado tantas víctimas en la historia de la humanidad como la Segunda Guerra Mundial. Las cifras son oscilantes según quién las interprete, pero los expertos coinciden en cifrar en más de setenta millones el número de muertos que dejó la gran contienda bélica del siglo XX. A grandes rasgos, dos fueron las facciones que dirimieron sus fuerzas en el campo de batalla: la que conformaban el Eje, por un lado (con la Alemania de Hitler a la cabeza, Italia y Japón), y los Aliados, por otro (Estados Unidos, Rusia, Inglaterra, Francia).

Pues bien, al margen del conflicto oficial que mantuvieron en liza los países de ambos bandos, se produjo una guerra ocultista a la sombra de la II Guerra Mundial que enfrentó a nazis y aliados. Una contienda psíquica entre bambalinas que no acaparó grandes portadas ni dejó tantos cadáveres, pero que sí resultó clave en la evolución y el destino del Tercer Reich y su líder Adolf Hitler, uno de los seres más execrables en la historia de la humanidad.

El libro que el lector tiene en sus manos no es una obra para analizar la voracidad y crueldad que puede alcanzar la naturaleza humana, ni las razones, protagonistas y acontecimientos que tuvieron lugar en la Segunda Guerra Mundial. Este pormenorizado ensayo busca poner el acento en el otro lado de la historia, no por ello menos fascinante, que supuso el auge de las creencias ocultistas y las prácticas mágicas del nacionalsocialismo. Una lucha entre fuerzas tan inmateriales como inexistentes que, pese a su intangibilidad, ejerció un papel relevante en el devenir de la contienda.

Javier Martínez-Pinna arroja luz a uno de los episodios más oscuros y al mismo tiempo atractivos de la historia moderna. Hoy día pocos dudan de la influencia con la que el ocultismo envolvió a los dirigentes del Tercer Reich, y en especial al Führer.

Gracias a Los exploradores de Hitler, el lector podrá conocer de primera mano que Adolf Hitler estuvo rodeado de magos y miembros de poderosas organizaciones como la Ahnenerbe o la Sociedad Thule, y que estas le influyeron notablemente a la hora de tomar decisiones. También descubrirá que el canciller del Tercer Reich se mostró más que obsesionado por descubrir objetos sagrados como la lanza del destino o el martillo de Thor y otros que se repartían por medio mundo ya que, según creía, le otorgarían el poder absoluto. Y es que el líder nazi se consideraba un mesías dotado de un aura de divinidad que le permitiría convertirse en dueño del mundo.

Por otra parte, cada vez sabemos más del expolio oficial que los nazis realizaron por toda Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Hitler puso en marcha un eficaz organismo administrativo para robar obras de arte y otras riquezas en los países que iba invadiendo. Mientras ocuparon parte de Europa tras poner en funcionamiento su temible Guerra Relámpago, los nazis se llevaron a Alemania cinco millones de obras de arte. Precisamente, una de las obras capturadas, el Políptico de la Adoración del Cordero Místico, obra de Hurbert y Jan Van Eyck (siglo XV) que se expone en la catedral de San Bavón de Gante (Bélgica), fascinó al mismo Hitler, que al parecer creía que este retablo formado por doce tablas escondía un mapa para encontrar los instrumentos que se utilizaron para torturar a Jesucristo durante su crucifixión, que supuestamente emanaban poderes sobrenaturales. Tras la Segunda Guerra Mundial, el famoso grupo de soldados aliados expertos en arte (los Monument’s Men) encontró la obra en una mina de sal abandonada en los Alpes austriacos. Historieta que ha dado pie para la escritura de unos cuantos libros y películas.

En su recorrido en busca del santo grial que creían les proporcionaría ayuda divina para consumar sus malévolos planes, los nazis arribaron a España allá por 1940. Nuestro país no fue ajeno a los delirios por acaparar reliquias y objetos de poder del régimen nacionalsocialista. La visita de Heinrich Himmler a Toledo, primero, y posteriormente a la mágica montaña barcelonesa de Montserrat, las trata el autor en su recomendable Operación Trompetas de Jericó, aunque en Los exploradores de Hitler podemos disfrutar de la apretada agenda que tuvo el líder de las SS en tierras españolas y sus curiosas anécdotas, como la corrida de toros que se vio obligado a presenciar, estupefacto, como muestra de agasajo por parte de las autoridades patrias y la negativa a recibirle del abad del monasterio barcelonés por el trato que los nazis habían dispensado al cristianismo desde que ostentaron el poder.

¿Por qué la historia oficial no ha ahondado más sobre los orígenes ocultos del Tercer Reich? Quizá solo cabría entenderlo desde un punto de vista pragmático, en un contexto internacional cauto y expectante al resultado de los juicios de Núremberg. Sacar a la luz en los tribunales alemanes ese tipo de ceremonias rituales que practicaban los nazis o las excéntricas expediciones arqueológicas en busca de una raza aria podía haber desestabilizado el veredicto de los jueces hacia los criminales de guerra y también provocado una vía de escape si los matarifes alegaban enajenaciones o desequilibrios psicológicos. Setenta años después de los juicios, Los exploradores de Hitler del profesor Javier Martínez-Pinna nos despeja muchas incógnitas y nos acerca un poco más a la cara oculta del nacionalsocialismo. Disfruten con la lectura.

Javier Ramos de los Santos

Introducción

En fechas recientes, los medios de comunicación de medio mundo se hicieron eco de una noticia que no dejó a nadie indiferente, en parte porque volvía a abrir el debate sobre la existencia de un gran tesoro oculto, escondido por los nazis en una serie de enclaves secretos, y cuya búsqueda se habría cobrado la vida de todo tipo de aventureros, científicos y cazatesoros.

Todo empezó en agosto del 2015, cuando una modesta y casi desconocida cadena local, Radio Wroclaw, difundió una noticia que causó sensación entre los sobrios habitantes de la localidad polaca de Walbrych. Según pudieron escuchar en sus transistores, un antiguo tren nazi desaparecido setenta años atrás estaba a punto de ser localizado en un desconocido lugar ubicado bajo el suelo de uno de los bosques cercanos a su ciudad. Al parecer, dos aventureros habían logrado detectar el lugar exacto en donde se habría perdido la pista a un convoy, que según una antigua leyenda desapareció después de salir de Wroclaw a principios de 1945. Según los cazatesoros, el polaco Piotr Koper y el alemán Andreas Richter, el tren huyó de la ciudad cargado con un enorme botín para no caer en manos del Ejército Rojo, que por aquel momento ya marchaba imparable hacia la conquista de Berlín.

Uno de los primeros que siguieron la pista del tren del oro nazi fue Tadeusz Slowikowski, un antiguo trabajador del ferrocarril de 86 años de edad, que inició su búsqueda en el año 1950, después de salvar a un hombre alemán llamado Schulz cuando estaba a punto de ser asesinado por dos atacantes anónimos. Como muestra de gratitud por librarle de una muerte segura le reveló el paradero de un túnel en donde, según él, permanecería oculto este gran tesoro; y no solo eso, también le aseguró que un grupo de alemanes habría seguido viviendo en la zona después del final de la Segunda Guerra Mundial y que uno de ellos fue el que detectó la entrada al túnel, pero para su desgracia nunca pudo averiguar lo que allí se escondía, porque poco después esta fue dinamitada para evitar que nadie pudiese penetrar en su interior.

Inmediatamente, Slowikowski inició las investigaciones, pero algo sucedió que le obligó a extremar sus precauciones cuando supo que, en mayo del 45, una humilde familia polaca cuyo hogar estaba situado a escasos metros de la entrada del túnel había sido ejecutada por los nazis, unos días antes de que los rusos tomaran el pueblo. Para no dejar ningún tipo de pista, los soldados alemanes no habían dudado en demoler una casa desde donde se podían observar todos los movimientos de los trenes que entraban y salían del corredor.

La muerte injustificada de todos los miembros de la familia polaca hizo que este supuesto tesoro, enterrado en el corazón de Polonia, adquiriese un carácter maldito y en esto no se diferenció de lo que ocurrió con otros tesoros desaparecidos del nazismo que hasta ahora siguen siendo buscados por media Europa. Slowikowsky decidió guardar silencio durante mucho tiempo, por lo que la historia de este tren del oro nazi, como se le empezó a conocer, fue convirtiéndose en leyenda.

Por fin, en el 2003 el polaco se dispuso a explorar la zona para averiguar qué parte de verdad se escondía detrás de estos sucesos cuya historicidad nunca pudo ser comprobada. Asombrosamente, y a pesar del tiempo transcurrido, Slowikowsky comprobó que seguían existiendo individuos empeñados en mantener estos secretos a salvo. Eso es, al menos, lo que dijo en unas declaraciones al Daily Mail, cuando afirmó que, nada más empezar a investigar, llegaron tres hombres de paisano y le amenazaron con utilizar sus armas si seguía metiendo las narices en un lugar que no le convenía volver a pisar. Nunca se supo la identidad de estos individuos aunque se dijo que pudieron ser miembros del Gobierno o de la policía secreta polaca, mientras que otros vieron en ellos a viejos simpatizantes del Tercer Reich. Poco importó porque Slowikowsky, un hombre de edad avanzada, no se vio con las fuerzas necesarias para continuar con su apasionante aventura, por lo que compartió su secreto y sus escritos con los cazatesoros Koper y Richter, los cuales no dudaron en reemprender la búsqueda y para ello utilizaron tecnología lo suficientemente avanzada, como un georradar, con la que llegaron a captar imágenes de lo que podría ser, efectivamente, un tren sepultado bajo los bosques de Walbrych.

Según dijeron a los medios de comunicación, el convoy podía medir unos 150 metros de longitud, y lo más importante de todo, en su interior podría esconderse una auténtica fortuna valorada en más de un millón de dólares, y por eso reclamaron un diez por ciento de todas las riquezas allí encontradas si realmente daban con el anhelado tesoro.

La locura pareció desatarse en una ciudad que hasta ese momento había pasado desapercibida. Rápidamente sus calles empezaron a llenarse de todo tipo de extraños personajes, por lo que las autoridades locales se vieron forzadas a actuar, estableciendo un auténtico cerco en torno a la zona en donde se suponía escondido el tren del oro nazi. Las palabras del secretario de Estado de Cultura del Gobierno polaco, Piotr Zuchowsky, cuando aseguró que se podía corroborar en un noventa y nueve por ciento la existencia de un tren sepultado bajo la tierra, terminaron por descontrolar una situación que a todos parecía habérseles ido de las manos. Poco a poco, un número cada vez mayor de turistas se fue acercando hasta Walbrych, situación que supieron aprovechar los vecinos de la zona para organizar unos tours que incluían la visita a la zona del bosque en donde se estaba desarrollando la búsqueda. El interés también se extendió hasta el cercano castillo de Ksiaz, un lugar relacionado con la presencia de este supuesto tesoro perdido de los nazis, al estar situado en medio de una compleja red de túneles subterráneos, construidos por los alemanes en plena guerra, y que según los expertos pudo ser utilizado como una especie de refugio en donde se deberían haber escondido todo tipo de obras de arte expoliadas por los alemanes, así como parte de su espectacular tesoro.

Conforme fueron pasando los meses, las expectativas de Andreas Richter y Piotr Koper fueron enfriándose, especialmente cuando escucharon el informe de un grupo de científicos de la Universidad de Cracovia, quienes se habían desplazado hasta el lugar cargados con un moderno equipo de radares y equipos magnéticos. Después de varias semanas de arduo trabajo, los científicos pudieron detectar la existencia del túnel, pero las anomalías geomagnéticas no resultaron ser lo suficientemente importantes como para tratarse de un tren enterrado a veinte metros de profundidad. El informe no podía considerarse definitivo, pero las declaraciones en noviembre de 2015 de la investigadora Joanna Lamparska terminaron por hundir la moral de los aventureros. Según esta escritora, que había estudiado la red de túneles de la región, la historia creada en torno al tren del oro nazi no podía ser más que un simple engaño. Mientras tanto, un antiguo miembro del KGB afirmó que los soviéticos habían llevado a cabo excavaciones en la zona y no habían descubierto nada.

Castillo de Walbrych: El castillo Ksiaz es un enclave impresionante situado en lo alto de una colina arbolada de la ciudad de Walbrych, en el sudoeste polaco. Según los investigadores, durante la guerra se excavaron una serie de túneles subterráneos para albergar depósitos de armamento e incluso algunos tesoros arrebatados por los alemanes durante los años que duró el conflicto.

A pesar de que las últimas noticias resultaron ser desesperanzadoras, tanto Richter como Koper se negaron a arrojar la toalla. En esta ocasión, la suerte parecía haberles dado la espalda, pero los aventureros no quisieron abandonar una búsqueda en la que creían más que nadie. Después de todo, ellos no habían sido los primeros que se habían embarcado en esta arriesgada misión ya que otros muchos habían perseguido el sueño de encontrar alguno de los muchos enclaves en donde los nazis habrían escondido todas las riquezas que expoliaron durante la Segunda Guerra Mundial, mientras los ejércitos de la Wehrmacht se paseaban invencibles por los campos de media Europa.

Los hallazgos arqueológicos y los testimonios de los supervivientes sugerían que los alemanes ocultaron una gran cantidad de lingotes de oro, objetos de culto y numerosas obras de arte en todo tipo de túneles subterráneos, en el fondo de inaccesibles lagos o en las entrañas de antiguos castillos, en donde sin duda habrían permanecido hasta la actualidad, esperando el momento propicio para salir a la luz. Además, poco a poco, los historiadores empezaron a comprender cómo los nazis habían planeado salvar sus inmensas riquezas, desde el mismo momento en el que comprendieron que su anhelada victoria para imponer su régimen de odio nunca se iba producir. Al frente de este ambicioso plan se situó Bormann, el secretario personal del Führer y su hombre de confianza, sobre cuyas espaldas recayó la responsabilidad de esconder estas riquezas en los lugares más seguros posibles. Para él, lo más importante era convertir las millonarias finanzas del Reich en oro y joyas para evitar su previsible devaluación. Evidentemente, una parte importante de este oro tuvo que salir de las ciudades alemanas antes de que estas cayesen en manos de los soviéticos, y ello explicaría la formación temprana de todo tipo de leyendas y tradiciones que, como verá el lector, hablaban sobre la presencia de estos enigmáticos tesoros ubicados en los enclaves más insospechados.

Otro de los aspectos más llamativos, y a su vez desconocidos del movimiento nazi, es el correspondiente al interés que tuvieron algunos de sus dirigentes hacia el mundo de lo oculto, la magia y la superstición. Como tendremos ocasión de ver, el nacionalsocialismo apareció en un contexto histórico muy concreto, marcado por la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial y como consecuencia de la grave crisis económica del año 1929, que provocó el debilitamiento de la democracia y el auge de los movimientos populistas y fascistas. En cuanto al origen de la ideología hitleriana, un elemento fundamental para explicar su nacimiento es el auge del nacionalismo alemán, de tipo xenófobo y violento, aunque lo realmente curioso, y también ignorado por la mayor parte de los historiadores, es su relación con las ideas teosóficas de tradición germana, vinculadas con la creencia en la existencia de razas puras, superiores intelectual y físicamente a las consideradas inferiores, y en civilizaciones perdidas que era necesario encontrar para justificar sus terroríficas teorías raciales. Con este propósito se organizaron unas insólitas expediciones, a cuyo frente se pusieron unos controvertidos aventureros que recorrieron el mundo dispuestos a encontrar indicios de la supervivencia de la raza aria, pero también los más legendarios objetos de poder, necesarios para ganar una guerra con la que se iba a decidir el destino del mundo.

Esta es su historia.

Javier Martínez-Pinna

Capítulo 1

La búsqueda de Agartha y Shambhala. El origen de la raza aria

ERNST SCHÄFER. EL HÉROE DE LA ALEMANIA NAZI

En el año 1936 se produjo una extraña reunión en el despacho que el vanidoso Reichsführer, Heinrich Himmler, tenía en la Prinz-Albrecht-Strasse de la capital alemana. Hasta allí se trasladó el eminente aventurero Ernst Schäfer para ponerse al frente de una nueva expedición que tenía como objetivo primordial encontrar las huellas primigenias de lo que siglos atrás había sido la raza aria.

Indudablemente, los planes de Schäfer habían llamado la atención del jerarca nazi, ya que durante mucho tiempo había soñado con la posibilidad de encontrar la prueba definitiva que le permitiese confirmar la extravagante creencia, extendida entre los miembros más radicales del Partido Nacionalsocialista, de la existencia de una raza superior de la que los alemanes serían los más dignos sucesores. Pero este no era el único interés de Himmler. También pretendía dar validez científica a unas sorprendentes teorías como la de la tierra hueca, ligadas a las leyendas orientales de Agartha y Shambhala, y así establecer una futura alianza con el presunto Rey del Mundo que habitaba en ese mítico lugar, con la idea de conseguir su apoyo para establecer un Nuevo Orden Mundial regido bajo el signo de la esvástica.

Himmler, como máximo dirigente de la Orden Negra de las SS, pronto se sintió fascinado por un individuo cuyos libros habían causado sensación en la Alemania de los años treinta. En ellos se relataban sus emocionantes aventuras e increíbles expediciones por el corazón del continente asiático. Pero ¿quién era este enigmático explorador que tanto sedujo al esquivo Reichsführer? Ernst Schäfer nació en la ciudad de Colonia el 14 de marzo del año 1910, poco antes de que los poderosos imperios europeos decidiesen precipitarse hacia un conflicto que terminó, finalmente, con la incontestable hegemonía que habían tenido en el mundo hasta esa fatídica Primera Guerra Mundial. Es por este motivo por el que el joven Ernst pasó los primeros años de su vida envuelto en un ambiente de extrema violencia y crispación, contemplando con sus inocentes ojos el rápido declinar de lo que había sido la Gran Alemania, después de su inexplicable derrota ante los ejércitos coaligados de Francia e Inglaterra y de la asfixiante crisis económica de los años veinte.

A pesar de todo, como miembro de una familia más o menos acaudalada, Schäfer pudo permitirse el lujo de estudiar en la universidad de Gotinga. Fruto de un extraño sentido de amor hacia los animales (fue un consumado cazador, famoso por haber sido el primer europeo en matar a un inocente oso panda) se licenció en zoología y biología y adquirió la especialización en ornitología. Pero lo que más le interesaba a Ernst era conocer el mundo, escapar de esa Alemania deprimida y humillada, para poder descubrir nuevos países y exóticas culturas, y dar rienda suelta a su irrefrenable sed de aventuras, en enclaves lejanos hasta donde nadie había logrado llegar.

En 1930 se produjo un acontecimiento fundamental para entender la biografía del zoólogo y cazador alemán. Estando en Hannover, tuvo la suerte de encontrarse con un estadounidense llamado Brooke Dolan, que por causas de un destino caprichoso se encontraba preparando una expedición a Asia. Era esta una ocasión que no podía desaprovechar y por eso, casi sin dudarlo, le propuso con tan solo veintiún años unirse a su grupo para, de esta forma, ver cumplidos sus sueños.

De entre todos los investigadores relacionados con las SS del Tercer Reich, Ernst Schäfer destacó por su carácter indómito y su afán por conocer mundos lejanos y exóticos, lo que le llevó a proyectar unos viajes inolvidables.

El americano pronto fue consciente de la determinación y sed de aventuras del joven Schäfer, y por eso no se lo pensó ni un solo instante; aceptó la propuesta de su nuevo amigo para iniciar, en su compañía, unos viajes hacia un lugar desconocido, cuyas circunstancias nos son bien conocidas gracias a los libros escritos por el alemán, en donde se narraban sus apasionantes y arriesgadas correrías por unos remotos países. Sus palabras causaron sensación entre los muchos lectores que Schäfer tuvo en una Alemania que aún no había logrado superar los estragos de la fuerte crisis económica. Por eso acogieron con avidez las gestas del aventurero, tal vez con la intención de imaginar un mundo mejor, lejos de esta Europa desangrada como consecuencia del auge del nacionalismo imperialista. Entre los muchos seguidores que tuvo el explorador, destacaron los miembros de los círculos ocultistas de la capital alemana, que como tendremos ocasión de estudiar, no escaseaban en el convulso Berlín de los años treinta.

En sus escritos no era infrecuente encontrar pasajes, no exentos de un cierto protagonismo, en donde se relataban situaciones un tanto esperpénticas, especialmente aquellas que tenían relación con los problemas que los expedicionarios tuvieron que superar para evitar la intromisión de las autoridades británicas de la zona, empeñadas en hacerle fastidiar a los abnegados investigadores en su búsqueda de los misterios ancestrales del místico Oriente. Tampoco faltaron los momentos en los que Schäfer y sus acompañantes tuvieron que demostrar sus dotes escaladoras, o su arrojo al enfrentarse con los violentos bandidos que poblaban unas zonas arrasadas por muchos años de guerra. Y entre todas estas andanzas, aún tuvo tiempo de liarse a tiros con todos los pobres animales que tenían la mala suerte de cruzarse en su camino. Es recordado por abatir a un gran número de extrañas fieras, prácticamente desconocidas en Occidente, y que pronto pasaron a engrosar los fondos de los más importantes museos de ciencias naturales europeos.

Al parecer, uno de estos libros pudo llegar a manos del mismísimo Himmler, que cautivado por las proezas del perfecto ario le encargó la organización de una nueva expedición, esta vez al servicio del Tercer Reich.

Este es uno de los episodios más enigmáticos y que más controversia han generado entre los estudiosos de la historia y la naturaleza oculta de la Alemania nazi. A pesar de que siempre resultó difícil de entender para unos historiadores centrados únicamente en el estudio de los aspectos sociales, políticos y económicos de la Alemania de entreguerras, esta inaudita expedición fue fundamental para tratar de comprender la obsesión que tuvieron los nazis por descubrir, desde un punto de vista esotérico, los orígenes de la raza aria.

Como dijimos, y a pesar de que para el lector pueda resultar inadmisible desde un punto de vista racional, otro de los objetivos de Himmler fue establecer un primer contacto con los dirigentes del reino mítico de Shambhala. El propósito, este más pragmático, era poder entablar relaciones diplomáticas y conseguir el apoyo del presunto Rey del Mundo, que según los ideólogos de esta corriente del nazismo podía residir oculto en un mundo subterráneo bajo las cumbres heladas del Himalaya, esperando el momento oportuno para encabezar una marcha definitiva al frente de un poderoso ejército para terminar con los enemigos de la humanidad e iniciar una nueva era, llena de paz y prosperidad, bajo la bandera triunfante de los nuevos arios, ¡ahí es nada!

Es obvio que Himmler se tuvo que hacer eco de antiguas teorías decimonónicas, según las cuales las tierras del Asia Central debían de ser la cuna de esta raza superior, y por eso le propuso a Ernst Schäfer, que por aquel entonces ya había pasado a formar parte de las SS, que ocupase un puesto de responsabilidad dentro de la Ahnenerbe, el instituto para el estudio de la herencia ancestral alemana, e iniciar un viaje para el que contaría con la ayuda de destacados miembros de la Orden Negra de las SS. Uno de ellos fue Bruno Beger, un convencido antropólogo nacionalsocialista imbuido de las tesis raciales del Tercer Reich; o dicho de otra manera: un extremista ofuscado con la búsqueda de los supervivientes más puros de los arios primigenios. Otro de sus acompañantes fue Karl Wienert, un prestigioso geofísico encargado de verificar la controvertida teoría de la cosmogonía glacial, pero también fueron Ernst Krause, entomólogo y fotógrafo, y su gran amigo Edmund Geer.

Lamentablemente, la desgracia se abatió sobre el intrépido aventurero alemán desde el mismo momento en el que se planteó la expedición. En el año 1937 la mujer de Schäfer, Hertha, falleció repentinamente después de que a su marido se le disparase accidentalmente el rifle durante una cacería, lo que provocó un cambio en su carácter y en su forma de entender la vida. Para colmo de males, su viaje a Londres, necesario para recoger las pertinentes autorizaciones que les permitiesen recorrer e investigar en los territorios británicos de la lejana Asia, se vieron una y otra vez ralentizadas debido a la desconfianza de los ingleses, que no sin motivos, empezaron a considerar a Schäfer y a los suyos como una especie de espías al servicio del tenebroso régimen nacionalsocialista. Aun así, no todo fueron malas noticias; en Inglaterra, nuestro protagonista encontró nuevos amigos, algunos de ellos influyentes, por lo que al final pudo recibir el permiso oficial para iniciar su inolvidable epopeya por tierras de Oriente.

UN VIAJE AL FIN DEL MUNDO

El más increíble de los viajes subvencionados por la Ahnenerbe y sus acólitos de las SS estaba preparado para comenzar. Pero para ello, sus integrantes se tuvieron que someter a un riguroso programa de preparación física y técnica, con la intención de poder sortear todos los peligros que a buen seguro se iban a encontrar en unas tierras apenas conocidas por el hombre europeo. Como en sus viajes anteriores, Schäfer tendría que superar, nuevamente, todo tipo de pruebas. Una de ellas fue el rigor de un medio inhóspito al que ninguno de sus hombres estaba acostumbrado. Además, el equipo se vio envuelto en medio de terribles conflictos raciales y religiosos que a punto estuvieron de costarles el pellejo; y por si eso fuera poco, se las tuvieron que ver con dos individuos cuyo único objetivo parecía ser amargarles la vida. El primero fue Hugh Richardson, del Foreign Office, que no cejó en su empeño de hacerle la zancadilla al bueno de Ernst. El segundo fue Basil Gould, un funcionario destinado en Gangtok, encargado de supervisar y entorpecer a los expedicionarios nazis: un trabajo que desarrolló a la perfección. Tras un largo trayecto, los exploradores llegaron a la India y allí comenzaron a ultimar los detalles para iniciar su marcha hacia las cumbres heladas del Himalaya.

Un día, Schäfer recibió un telegrama enviado por la Indian Office, en el que se le especificaba que se le autorizaba su traslado hasta la zona del Sikkim, pero las órdenes eran claras: de allí no deberían pasar. El Sikkim era una zona montañosa, bastante inaccesible, pero al menos era una de las regiones consideradas como una puerta de acceso hacia el Tíbet, y además un lugar inmejorable en donde los alemanes podían iniciar sus investigaciones.

En su larga odisea, los miembros de la expedición pasaron por algunos de los más bellos parajes de Asia. Uno de ellos es el Sikkim, considerado como la espectacular puerta de acceso al Tíbet.

Había llegado el momento de poner a prueba las dotes investigadoras de los recién llegados occidentales, y el primero en ponerse en marcha fue el controvertido antropólogo Bruno Beger. Con una mezcla de curiosidad y de disimulado recelo, los autóctonos del lugar se fueron plegando a los caprichos de los recién llegados, más aún cuando los oyeron narrar rimbombantes historias que hablaban de un origen común de su raza con la de los superiores alemanes. Con todo su equipo preparado, con sus cámaras fotográficas esperando el momento de inmortalizar a los sujetos de estudio para sus imperecederas investigaciones, con sus calibradores y aparatos de medición a punto, Beger comenzó a tomar medidas de unos individuos que ni siquiera podían comprender los motivos de tan extrañas pruebas. Sabemos que no era infrecuente observar al alienado antropólogo persiguiendo a los desdichados tibetanos para someterlos a todo tipo de experimentos. No dudaba a la hora de medirles la anchura, circunferencia y longitud de sus cabezas para tratar de demostrar la creencia de que los nórdicos, de los que ellos eran sus más lejanos descendientes, se distinguían por tener una frente más ancha y un rostro más alargado que los del resto de los mortales.

Beger realizando estudios antropológicos en Sikkim. Los experimentos raciales de los investigadores afines a la Alemania nacionalsocialista llegaron hasta el lejano Tíbet de la mano de un polémico antropólogo, Bruno Beger, juzgado al final de la guerra en la ciudad de Núremberg y acusado de crímenes contra la humanidad.

Y eso no es todo. No contento con ello, Beger tuvo la genial idea de aplicar máscaras faciales hechas con yeso sobre algunas de sus cobayas humanas. Estuvo a punto de provocar la muerte de un joven llamado Passang, cuando sus fosas nasales y su boca se llenaron de yeso líquido y le provocaron unas terribles convulsiones de las que a duras penas pudo salvarse. Desgraciadamente los tibetanos, especialmente las féminas, siguieron sufriendo las excentricidades de los SS. Sabemos que el antropólogo recibió una nueva orden, la de estudiar algunas de las costumbres matrimoniales de los tibetanos. El mandato llegó directamente desde la Ahnenerbe, y a través del místico Karl Maria Wiligut, otro extravagante ocultista que tiempo atrás había oído una desconcertante leyenda sobre las mujeres del lugar.

Según sus viejas costumbres, estas se introducían piedras mágicas por la vagina antes de consumar el acto sexual, hemos de suponer que con el empeño de potenciar su fertilidad. Eso era lo que a buen seguro debía de estudiar Beger: la parte de verdad que existía detrás de todas esas supersticiones; lo que no sabemos es la cara que puso el antropólogo tras escuchar el nuevo cometido que la nueva Alemania de los mil años le tenía reservado.

Mientras Berger hacía de las suyas, y metía las narices en donde nunca debió meterlas, ante el comprensible disgusto de unos pobres tibetanos que ya empezaban a estar hartos de los recién llegados arios, Schäfer inició una nueva investigación, orientada a tratar de descubrir qué había de cierto en esas antiguas creencias que hablaban de mundos subterráneos y de poderosos reyes, con los que convenía sellar una alianza para, de esta manera, derrotar a las fuerzas del mal, personificadas en el judaísmo internacional y en la socialdemocracia.