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UNA HERENCIA MILLONARIA. UN AMOR DEL PASADO. UNA AMBICIÓN SIN LÍMITES. Barcelona, 2022. La familia Torras-Miralles ha vivido generación tras generación en el privilegio, pero el equilibrio que sostiene su mundo empieza a resquebrajarse. Carles, el patriarca, enfermo y consciente de que su tiempo se agota, decide enfrentarse a los fantasmas del pasado. El amor que nunca olvidó será el detonante de una cadena de revelaciones que pondrá en jaque a toda la familia. Mientras sus sobrinos se disputan una herencia que creen merecer, Carmen, una joven cuidadora ajena a ese universo, se ve arrastrada al centro de una historia que no es la suya, pero que acabará transformándola. Con la complicidad de la fiel Maite, que ha dedicado toda su vida a la familia Torras-Miralles, y guiadas por lo que fue y lo que aún puede ser, abrirán las puertas que otros llevan años intentando mantener cerradas. Porque hay familias que solo se entienden cuando se atreven a mirar atrás.
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Seitenzahl: 349
Veröffentlichungsjahr: 2026
Índice
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
AGRADECIMIENTOS
© del texto: Maria Brugués Mitjans Prunera, 2026.
© de la traducción: Borja Folch Permanyer, 2026.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2026.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
Primera edición en libro electrónico: enero de 2026
REF.: OBEO042
ISBN: 979-13-7031-141-4
Composición digital: www.acatia.es
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Carles estaba de vuelta de todo. Ya había vivido su vida y ahora solo le quedaba una coda incómoda, como las migajas sobre el mantel que se empeñan en recordarnos que, no hace tanto, estábamos disfrutando de una buena comida. Alguien pronto las recogería y él no sería más que un nombre grabado en un panteón del cementerio de Montjuïc. Se sentía frágil, y su cuerpo, enjuto como un palo seco, había perdido buena parte de las carnes musculadas que tiempo atrás lo hacían ver como un seductor infalible. Había traicionado a su corazón, había vivido en falso, y los recuerdos, testarudos, se empeñaban en que fuera consciente de que había sido un impostor.
El destino lo había perseguido desde muy joven y no había tenido ni una pizca de compasión con él. Había pagado un precio muy alto para conservar el prestigio y el patrimonio familiar de acuerdo con unas creencias que ahora, a los ochenta y nueve años, le parecían una trampa en la que había caído de lleno.
—Señor Torras, ¿necesita algo más?
No hubo respuesta. Carmen repitió la pregunta, procurando levantar más la voz, y un leve «sí» se dejó oír desde el fondo de la casa. Recorrió con desgana el angosto y largo pasillo hasta la habitación. En cuanto llegó, comprobó por enésima vez que el anciano no recordaba por qué la había llamado.
Había aceptado el turno de noche porque se había figurado que, una vez en la cama, el anciano le daría poco trabajo, pero esa teoría empezaba a hacer aguas. Carmen necesitaba el dinero para pagarse la carrera de Medicina y era plenamente consciente de que, si trabajaba de enfermera en un hospital, no dispondría de tiempo para estudiar, y menos ahora, en un momento en que el covid había saturado el sistema. No quería ser desagradecida, pero necesitaba las horas de la noche para estudiar y echar un sueñecito, sobre todo por días como hoy, porque a la mañana siguiente tenía un examen práctico. Le hizo saber al señor Torras que cuando recordase lo que quería, la avisara, pero Carles no tenía la menor intención de quedarse solo. Aquella muchacha no solo le hacía compañía, sino que, con su viveza y juventud contagiosa, aportaba frescura a su vida. Le recordaba a María, aunque eso nunca se lo diría.
—Voy —respondió con resignación cuando el señor Torras volvió a reclamarla.
Había aceptado el empleo con cierto pesar, más aún cuando se enteró de la edad avanzada del hombre al que tendría que cuidar. El miedo a que sucediera lo que tenía que ocurrir durante su turno la había llevado a mimarlo, y solo salía de la habitación cuando Carles se había dormido. Al principio se dormía enseguida, pero no tardó en acostumbrarse a su cháchara juvenil y cada vez se acostaba más tarde, y ahora ella ya no sabía cómo reconducir la situación.
Carmen era uno de los pocos puentes que el anciano aún no había dinamitado y que lo conectaban con un mundo del que se sentía excluido. No había tenido hijos y había sobrevivido a toda su generación. La única familia que le quedaba eran los tres hijos y los dos nietos de su hermana Eulàlia que, aun siendo quince años más joven que él, hacía ocho que había muerto. Fue una pérdida muy sentida que lo sumió en un estado de depresión del que aún no había salido. Y quién sabe si alguna vez lo lograría. Sus padres habían muerto muy jóvenes en un accidente de avión durante uno de sus habituales viajes por trabajo a Londres, y Carles asumió el rol de padre y mentor de su hermana.
Tenía claro que sus sobrinos, excepto Enric, nunca habían estado a la altura de su madre. Jordi y Glòria eran unos tarambanas; Carles era muy consciente de que sus visitas esporádicas no tenían nada que ver con un gesto desinteresado y amoroso para con su tío, sino más bien con pulsiones de autoconservación, como las habría definido Sigmund Freud, destinadas a asegurarse que la fortuna familiar acabase en sus bolsillos.
Y Manuel, el padre de los tres y viudo de Eulàlia, también era una buena pieza. Caprichoso y malgastador, se le había denegado el acceso a una parte importante de la fortuna familiar de su mujer que, pese a ser cuantiosa, era discreta si se comparaba con el ingente patrimonio que había heredado Carles. Corrían otros tiempos y al heredero se le reservaba el grueso del patrimonio, mientras que a las mujeres de la familia se les daba lo justo y necesario para que mantuvieran su estatus, aunque, eso sí, debe decirse que de manera holgada.
Por suerte, los biznietos eran harina de otro costal. Josep, el hijo de Enric, era un chico voluntarioso que venía a verlo a menudo. Jordina, la hija de Jordi, no se parecía en nada a su padre y, si no estuviera haciendo la tesis en la otra punta del mundo, seguro que también lo visitaría. Glòria no había tenido hijos y posiblemente era mejor así.
—Carmen, si tienes trabajo, no hace falta que vengas. Solo quería que arreglaras un poco las almohadas —dijo para disimular y no dejar traslucir que lo que quería, en el fondo, era su compañía. No se le había pasado por alto la expresión de desencanto de la muchacha, pero tampoco quería asustarla confesándole la verdad—. ¡Vamos, cuéntame! ¿Cómo van los estudios?
Con gesto agotado, Carmen se sentó en una butaca descalzadora de terciopelo rojo deslucido que había en la habitación. Mientras recorría las baldosas desgastadas del suelo con la mirada, pensó que habían conocido tiempos mejores.
—Estoy bastante angustiada. La carrera me parece más compleja de lo que imaginaba. Este segundo curso, por mucho que digan que el primero es el más difícil de superar, me parece muy complicado. El primer año tenía muchas asignaturas de biología y bioquímica, y me gustaba más, pero ahora, con tantas estructuras del sistema digestivo, respiratorio, renal, endocrino, de la sangre, inmune y de no sé cuántas cosas más... —soltó un prolongado suspiro—, no sé qué decir, la verdad.
—Vamos, vamos, si eres una chica muy espabilada y puedes con todo. No te desanimes, que esto es una carrera de fondo que solo requiere que aprendas a dosificar las fuerzas.
No hacía ni un mes que Carmen trabajaba de enfermera para Carles y este le acababa de decir muchas más palabras de ánimo que las que sus propios padres le habían dicho jamás. Aunque le habría gustado sentirse más apoyada, no se lo reprochaba, porque sabía de sobras que tenían otros quebraderos de cabeza. Para sus padres, sobrevivir económicamente se había convertido en el único objetivo vital. Pese a ello, la crisis que había traído aparejada la pandemia les había puesto el listón de esa meta tan poco ambiciosa en un nivel muy alto; podría decirse que casi inalcanzable. Su padre, Mario, que trabajaba en la cocina de un restaurante de Barcelona, aún seguía en ERTE. Su madre, Francisca, que trabajaba haciendo tareas domésticas y de cocinera a tiempo parcial en dos casas de la zona alta de Barcelona —en una de ellas sin estar asegurada—, se pasaba el día entre fogones y productos tóxicos, y cuando llegaba a casa tenía que hacer más de lo mismo. Hacía poco que la habían despedido sin contemplaciones de una tercera casa y, por tanto, no podía perder los trabajos que le quedaban bajo ningún concepto.
—¿Sabías que mi padre era médico? Cirujano, de hecho —le dijo a Carmen con la pretensión de captar su interés. Sin embargo, enseguida se interrumpió porque le pareció que la muchacha quería decir algo más—. Por la cara que pones, algo te trae de cabeza, pero no sé qué pueda ser.
Carles tenía una manera curiosa de expresarse, entre ramplona y astuta, que Carmen no sabía si atribuir a la edad, a su posición privilegiada o al carácter travieso de su interlocutor. Lo que la muchacha no sabía era que siempre había hecho gala de un humor inglés, tan sutil que poca gente lo entendía, que era resultado de los años que había estudiado en la London School of Economics and Political Science. En su círculo de amistades se le conocía como «el rarito» porque su ironía, a menudo cargada de mala leche disimulada, tendía a ser incomprendida o a incomodar.
—Sus palabras me han hecho pensar en mis padres y...
A Carmen se le quebró la voz y no supo cómo proseguir.
—Tus padres tienen otras preocupaciones y eso te impide compartir tus inquietudes con ellos.
—Exacto —murmuró, esquiva, mientras dejaba escapar un esbozo de sonrisa.
Ahí Carles encontró la grieta que le permitió conectar con la muchacha y sumergirse en una vida muy distinta de la suya. Estaba dispuesto a dejar atrás los meses más oscuros de la pandemia, en los que el único contacto que tenía con un ser humano era Maite, del servicio.
—Mis padres me dicen que me he complicado la vida con todo esto de estudiar medicina, que si trabajara de enfermera en un hospital ganaría más dinero, gracias a las horas extra, y que así podría ayudar en casa. No solo no puedo compartir nada con ellos, sino que me recriminan que haya seguido estudiando. Mi padre dice que no me entiende, que me ve como una adolescente que, con tal de no trabajar, hace lo que sea.
Carmen tenía los ojos húmedos, pero daba la impresión de haberse quitado un peso de encima. Los momentos en que podía desahogarse eran prácticamente inexistentes. Si algo no tenía, aparte de dinero, era tiempo libre que pasar con amigos con quienes compartir las penas y alegrías. Los que había tenido, poco a poco, defraudados por su falta de atención, habían ido desapareciendo; unos, metafóricamente, y otros en un sentido más literal. En el barrio de la Marina de Port, donde vivía Carmen, la adicción a las drogas era un problema demasiado habitual. Se había convertido en uno de los puntos más activos de venta de la ciudad y los Mossos d’Esquadra ya se referían a la Zona Franca como el gran supermercado de la droga de Barcelona.
—Caramba, caramba. No pensaba que hubiera para tanto. He puesto el dedo en la llaga y no era mi intención —dijo Carles, girando la cabeza a fin de establecer contacto visual—. Ya sé que dar consejo sin que te lo pidan es, cuando menos, una impertinencia, pero yo nací impertinente, y a estas alturas no pienso redimirme. Si quieres hacerme caso (y te recomiendo que me lo hagas, porque a pesar de la edad aún acierto más que yerro), aíslate de la familia, de sus comentarios, del qué dirán y persigue tu objetivo de ser médica. Te lo digo con toda la franqueza de un viejo que no tiene tiempo para hacer reverencias: tienes madera.
—¿De veras cree todo lo que me está diciendo?
Carmen no acababa de creerse la proximidad y el cariño que desprendían las palabras de Carles.
—Reina, debes saber que nunca he tenido pelos en la lengua. Siempre he hablado claro y sin tapujos. He tenido la gran suerte de no haber tenido que alquilar el culo. Siempre he sido amo de mí mismo y no...
El señor Torras se detuvo de pronto y ambos dirigieron la mirada hacia la puerta de la habitación, como si tuviera que hacer acto de presencia una visita inesperada. Les había parecido que alguien había abierto la puerta del piso.
—¿Usted también lo ha oído? —preguntó Carmen con voz temblorosa—. No es la primera vez desde que trabajo aquí. Hace ya un mes que me parece que alguien se cuela en su casa. ¿Cuánta gente tiene la llave?
—Las personas que trabajáis aquí, mis sobrinos, claro, y el personal que envía la empresa de limpieza —respondió Carles, pensativo.
Él también había tenido la misma sensación que la muchacha, pero no quiso decírselo para no atemorizarla. Lo último que querría sería que dejara de venir a su casa. Las enfermeras siempre eran necesarias y, por tanto, sabía que nunca le faltaría trabajo.
—Estoy cansado, intentaré dormir. —No encontró mejor manera de poner punto final a la conversación que él mismo había iniciado—. Si quieres, deja abierta la puerta y aprovecha para estudiar en la biblioteca. Así, si necesito algo, no tendré que gritar como un loco.
—Gracias, señor Torras. Le agradezco que me lo ponga fácil para que pueda seguir estudiando. Haré lo que me dice. Y, sobre todo, no dude en avisarme si necesita cualquier cosa —respondió con una sonrisa agradecida.
Carmen se sintió mal por haberle hecho reproches. Al fin y al cabo, era un buen hombre y se preocupaba por ella. Dejó la puerta abierta y, como punto de luz, la lámpara de escritorio de bronce verde que había en la mesita auxiliar, al lado de la cama. Si a medianoche Carles la quería apagar, solo tendría que tirar de la cadena que hacía las veces de interruptor.
El estado del resto de la casa distaba mucho del esplendor que había conocido antaño. Se intuía en la cocina de mármoles gastados, en el deterioro de las baldosas hidráulicas con flores y figuras geométricas, en los muebles de madera barnizada, en los ornamentos tallados a mano y la orfebrería de plata dispersa por todas partes sin el menor criterio decorativo. Los candelabros renegridos que presidían el aparador del comedor contribuían a reforzar la idea de que no se habían dedicado muchos esfuerzos a detener el efecto demoledor del paso del tiempo.
En cambio, la biblioteca, que en casa de Carles también hacía las veces de sala de estar, sí que estaba a la altura de la fortuna que había amasado la familia Torras, generación tras generación. Las bibliotecas de la burguesía catalana de principios del xviii eran auténticos museos y salones de maravillas en los que las familias lucían, sin pudor, su buen gusto, su poder y su buena fortuna. El mobiliario de estilo Bull con marquetería de bronce y carey, y con el fondo de madera de ébano, que llenaba estas estancias era la suma del carácter confortable y las modas del momento. Y, en esto, la biblioteca del señor Torras era un buen ejemplar, pues cumplía con todos esos requisitos y estándares de la época a la que pertenecía.
Así fue como Carmen se encontró ante una biblioteca de madera noble con puertas de cristal, rematada con cariátides, escudos y molduras de bronce, que contenía desde libros muy antiguos —al menos eso le pareció a ella por sus ajadas tapas de piel de cordero— hasta libros contemporáneos. Las bibliotecas eran su debilidad, había visitado casi todas las públicas de Barcelona. Pero, claro, aquello era otra cosa. Quizá le gustaran tanto porque en su casa no tenían; de hecho, por no haber, ni siquiera había una estantería con libros. Sus lecturas estaban amontonadas formando una pila en un equilibrio imposible al lado de la mesita de noche y, aparte de ella, nadie más de su familia leía. Aunque ya llevaba algún tiempo en casa del señor Torras, no acababa de acostumbrarse a aquel lujo. Formaba parte del tipo de cosas que Carmen sabía que existían y que había visto desde cierta distancia, como en las películas y los vídeos de los famosos, pero que nunca imaginó que un día podría ver en directo y tan de cerca. De todos modos, toda aquella «parafernalia», como decía su madre, no la incomodaba, más bien la divertía. Cada objeto era un descubrimiento, una puerta a otro mundo; uno que venía de antiguo. No supo refrenarse y abrió una de las puertas de cristal para coger un libro. La nota escrita a mano que el propietario original, o vete tú a saber quién, quizá uno de sus eventuales lectores, había dejado, le llamó la atención.
Se sentó en una de las sillas de formas sinuosas, con un acabado de madera con dibujos de pámpanos de vid. Carles le había explicado que los Torras habían sido comerciantes de vino y aguardiente, y de ahí los motivos vinícolas de la decoración. En la actualidad, no obstante, su fortuna se encontraba lejos de los viñedos, en un medio mucho más urbano: en las propiedades que tenían esparcidas por toda la ciudad y sus cercanías.
Volvió a centrar la vista en la nota manuscrita: «Ad amicum meum Franciscum sacerdotem». ¿Qué posición habría ocupado aquella persona en el árbol genealógico de la familia? ¿Cuál sería su legado? Se dejó llevar por la curiosidad y se preguntó cómo habría sido su vida, si habría sido feliz y de qué habría muerto. Fueron muchos los pensamientos que cruzaron la mente de Carmen. Su prolífica imaginación se activó y, con el libro en las manos, comenzó a bosquejar a una persona de carne y hueso que adquiría una forma holográfica delante de sus ojos. Justo en el momento en que le venía el sueño, o al menos eso le pareció, otro ruido hizo que olvidara al sacerdote misterioso. Percibió de nuevo el peligro que se cernía sobre la casa. Le pareció oír que la puerta de la entrada cedía con facilidad y dejaba paso a alguien que, esta vez, entraba con más decisión, tal como permitían intuir los pasos que se adentraban por el pasillo, haciendo crujir el parqué. Pero igual que la primera vez que los había oído aquella noche, quienquiera que hubiese entrado en el piso no pretendía ser visto y reculó poniendo cuidado en cerrar la puerta de entrada con el mismo sigilo con el que la había abierto.
Un escalofrío le recorrió la espalda, se levantó de un salto y se asomó a la habitación de Carles. Necesitaba saber si estaba bien; esa era la idea fija que la perseguía desde que había entrado en aquella casa. Tras asegurarse de que dormía plácidamente, cambió de silla y ocupó una más cercana, justo al lado de la estatua romana, seguramente de un general, que presidía la zona central de la biblioteca.
No tenía ningún control sobre quien tuviera las llaves de la casa, pero sí que sabía —se lo había dicho Maite, la señora que la relevaba por las mañanas— que Lluïsa, la exmujer de Carles, vivía en el mismo rellano que él. Resulta que cuando Carles se divorció, perdió muchas plumas, y una de estas fue la parte del piso en el que se había instalado su familia a principios del siglo XX. Se trataba, ni más ni menos, de un principal de un emblemático edificio modernista. El enorme piso se había dividido en dos, y en una parte vivía la exmujer y, en la otra, Carles.
El piso de Lluïsa no tenía nada que ver con el de su exmarido. Estaba totalmente reformado y actualizado por un estudio de interiorismo de lujo, y era muy frecuentado por personas de todo tipo, que asistían a las innumerables fiestas que celebraba la anfitriona, atraídas por la diversión que se ofrecía a todos los niveles. De todas formas, como Carmen tenía claro que tampoco quería preocupar a Carles con sus inquietudes, decidió no darle más vueltas al asunto. Era consciente de que aquella indagación superaba en demasía las obligaciones que contractualmente había asumido como enfermera, y lo último que deseaba era meterse en un lío.
Trató de olvidar los libros de la biblioteca y los mundos que contenían, y se sumergió en la teoría del examen práctico que tenía al día siguiente. En algún momento de la noche debió vencerla el sueño, pues por la mañana se despertó bien envuelta en una manta suave y mullida, prueba incontestable de que el cuidado había pasado a asumir el papel de cuidador, al menos por un instante.
Las voces que se oían al fondo avisaban de la llegada de Maite, la cuidadora de la mañana. Era una mujer mayor, de andares resueltos y con un aire de no estar para zarandajas, que había estado con la familia Torras desde que era una niña. Con solo siete años, había empezado a servir a los padres y, cuando estos faltaron, le tocó cuidar de su hijo Carles y, más adelante, también de Eulàlia. Ahora, con la frente surcada de arrugas y con los huesos que le crujían cada vez más, si tuviera que cuidar de alguien debería ser solo de sí misma. Aunque no tenía ningún título de enfermería y había perdido agilidad, para Carles era una pieza vital, el nexo que lo unía a una época que añoraba. Si con Maite podía refugiarse en un pasado que nunca regresaría, con Carmen tenía una privilegiada ventana abierta a un futuro que ya no le pertenecía.
Cuando Carmen estuvo en el rellano de la escalera, antes de emprender la bajada se volvió hacia Maite, que ya estaba cerrando la puerta a sus espaldas, y no pudo evitar preguntarle quién tenía las llaves de la casa.
—Pues quién las va a tener, ¿habrase visto? —le espetó. Como era de esperar, la pregunta enojó a Maite y su respuesta no solo fue imprecisa y confusa, sino que también vino acompañada de un bufido. En definitiva, no dio ninguna importancia a quién tenía o dejaba de tener las llaves, y menos cuando tal requerimiento procedía de quien a sus ojos no era más que una mocosa.
Maite aún no había tenido tiempo suficiente para conocer a Carmen, para saber de su integridad y, sobre todo, de su sincera y honesta preocupación por el hombre de la familia por el que ella había sacrificado su vida. Y más que eso, pues había jurado guardar los secretos más ignominiosos para que los Torras se mantuvieran en el podio de las familias más antiguas y nobles de la burguesía de la Ciudad Condal. En concreto, en una de las épocas más luminosas y glamurosas que había vivido Barcelona, antes de que fuera engullida por los desbarajustes, los alborotos, la insensatez y las atrocidades que condujeron al estallido de la Guerra Civil y sus funestas consecuencias.
Carmen era consciente de que aún no se había ganado la confianza de Maite, y llegó con prontitud a la conclusión de que, aquel día, por más que alargara la conversación que había iniciado, no le sonsacaría más información. Aunque no se dio por vencida en su cometido de averiguar quién tenía las llaves del piso, se dispuso a abandonar la casa, no fuese a ser que con tanta indagación acabase llegando tarde al examen. Cuando ya estaba en el umbral de la puerta, percibió el rumor de una música lejana que salía del piso de al lado y que constataba que no solo era ella quien aquella noche no se había acostado. No era la primera vez que la oía, formaba parte de los ruidos habituales que habría preferido no escuchar, como los pasos vacilantes a medianoche o el tintineo de copas en las fiestas de Lluïsa.
Aunque la muchacha ya lo intuía, no sabía hasta qué punto el piso de la exmujer de Carles era un universo paralelo o, más bien, un universo lejano con una biodiversidad de fauna humana que no compartía ni un segmento de parecido con las personas que frecuentaban la casa de Carles. Mientras que un piso lo habitaban personas mayores, cuidadores y los escasos familiares que venían de visita, en el otro abundaban los chicos y las chicas jóvenes atraídos por el consumo de diversas drogas y estimulantes que les abrían las puertas a mundos oníricos en los que se apagaba o embellecía la cruda realidad de sus vidas cotidianas. Haciendo «trampas» alcanzaban una artificiosa sensación de felicidad que les ahorraba el trabajo sucio de desbrozar los caminos por los que transcurría su vida. Y la verdad es que eso resultaba muy goloso, pues la droga les permitía alcanzar la cima sin haber invertido ni el esfuerzo ni el empuje necesarios para alcanzarla.
Eran las siete y pico de un martes de mediados de noviembre y la oscuridad se resistía a dar paso a la luminosidad que aquel día se vislumbraba en la ciudad. Aun así, Carmen no quería renunciar a ir caminando hasta el Campus Clínic. Como no tenía tiempo para ir al gimnasio, encontraba en aquellas largas caminatas la oportunidad de hacer deporte y, al mismo tiempo, pensar relajadamente y sin interrupciones en los nuevos retos que se había propuesto alcanzar durante los próximos años.
Las caminatas también tenían el aliciente de poder detenerse en una cafetería de la calle Casanovas en la que había encontrado sus tres «B» particulares: buen wifi, buena luz y buen ambiente. Nunca estaba muy llena y era acogedora gracias al mobiliario de madera clara, las telas naturales y los tonos blancos con los que la habían decorado, siguiendo el estilo nórdico que, con tozudez y voluntad de permanencia, se había ido haciendo un hueco en la ciudad. Pese a saber que le suponía un gasto que podría ahorrarse, Carmen no quería renunciar a los ratos que pasaba tomando un café bien cargado mientras estudiaba o, como el caso de aquel día, repasaba el material del examen. Formaba parte de su particular ritual, era una de las pocas indulgencias que se permitía.
No hacía muchos meses que aquella cafetería había abierto. Su propietario, Sergi, un muchacho que rondaba la treintena, había invertido todos sus ahorros, pero acabó necesitando un socio capitalista para sacar el negocio adelante, especialmente a raíz de las dificultades que vinieron con la pandemia. Por suerte, un antiguo compañero del colegio —ahora inversor en el mundo de la restauración— le ofreció entrar con una inyección de capital que salvó el negocio.
Cuando Sergi vio entrar a Carmen, sonrió. Le caía bien, aunque no fuese la mejor clienta para sus intereses, pues ocupaba mucho tiempo una mesa y su gasto era poco más que el de un café con leche. Pero había algo en aquella chica que le recordaba a sí mismo y que lo enternecía. De ahí que no pudiera negarle la estancia, por más larga y antieconómica que fuera desde el punto de vista empresarial.
—¿Has podido dormir un poco esta noche? La verdad es que no sé cómo aguantas este ritmo que llevas —dijo Sergi con un punto de admiración en sus palabras.
Había tenido ocasión de hablar con la chica más de una vez y sabía perfectamente que, cuando llegaba a su local, venía de hacer el turno de noche en una casa en la que cuidaba de un anciano. Y también sabía que había cogido ese turno no solo porque cobraba más, sino porque eso le permitía perseguir su vocación de ser médica, aunque fuera a costa de perder horas de sueño.
—Uy, sí. Esta noche he dormido unas cuatro horitas. Y con el examen que tengo ahora, ¡estoy bien despierta! Cuando llegue a casa, después de comer, todavía tendré tiempo de dormir un par de horas más antes de volver al trabajo.
Al terminar de hablar, Carmen vio que entraba el chico con quien, desde hacía unas semanas, coincidía casi todos los días. Como siempre, vio cómo se ponía a hablar con el propietario de una forma distendida, pero antes le lanzó a la chica una mirada como pidiendo perdón, consciente de que había interrumpido la conversación de forma brusca.
No sabía qué le veía, pero tenía algo que le llamaba la atención. Sin conocerlo de nada, le dio la impresión de que tenía pinta de ser buena persona, de que era un buenazo. Si a esto se sumaba que era guapo y que vestía de una manera elegante, pero sin pasarse, era natural que le costara quitarle los ojos de encima. Bueno, tal vez sí sabía qué le veía.
Enseguida, no obstante, volvió a la cruda realidad, donde su agenda desbordada no admitía distracciones. Además, tampoco se fiaba demasiado del género masculino... Un escalofrío le recorrió la espalda y decidió obviarlo sumergiéndose de lleno en el estudio. Su regreso al punto de partida, del que pensaba que no debería haberse desviado, no le permitió ver cómo el muchacho la contemplaba con ojos chispeantes.
Cuando Lluïsa se despertó y vio a su lado a Manuel, su excuñado y ahora su pareja, tuvo náuseas. No sabía por qué, pero cada vez le resultaba más insoportable tenerlo cerca. Cerró los ojos y la mente le hizo el instante más llevadero al sobreponer la imagen de su amante a la de quien compartía cama con ella. Fue intercambiando, pieza tras pieza, una barbilla caída y de piel arrugada por un rostro escultórico, y unas carnes flácidas por otras tonificadas y atléticas. Rápidamente, la sensación de asco que se había instaurado en su estómago fue sustituida por el deseo ardiente de que la rodearan los brazos fuertes y bien musculados de su joven amante.
Había llegado a un punto de la vida en que se había hartado de los halagos y de la compañía de hombres mucho mayores que ella. Había comenzado muy joven, con solo diecinueve años, a trabajar como escort de lujo en una agencia de chicas de compañía. Ella no respondía al típico perfil de esas agencias, en las que la mayoría de las chicas carecían de estudios. Lluïsa compaginaba el trabajo con la carrera de Ciencias Económicas y Empresariales en la Universidad de Barcelona. La ubicación de la facultad en el exclusivo barrio de Pedralbes le facilitaba el acceso a una parte importante de su clientela, mientras que sus conocimientos sobre temas de economía, y también de política, la convertían en una mujer culta y, por tanto, en la compañía perfecta para llevarla a cenas e incluso a viajes de negocios o a actos públicos. Su educación y su manera de vestir, elegante y a la vez sensual e insinuante sin caer en la vulgaridad, gustaba a los hombres porque, al verla, no era tan obvio que en realidad no era la novia. No era casualidad, Lluïsa tenía muy presente lo que había dicho la icónica Coco Chanel: «Viste vulgar y solo verán el vestido, viste elegante y verán a la mujer. La sencillez es la clave de la verdadera elegancia». Se había grabado esas palabras en la cabeza como si fuesen un mantra y sabía que eran la clave de su éxito.
Su gusto refinado marcaba la diferencia respecto al de la mayoría de las chicas de la agencia, que iban maquilladas en exceso y llevaban unos modelitos estridentes que, por caros que fueran, no engañaban a los ojos de los ricos de rancio abolengo. Se las veía venir de lejos, por más esfuerzos que hicieran los hombres que las habían contratado por disimular que no habían sido lo bastante hábiles para seducir a una mujer y que lo estaban remediando pagando un servicio de compañía. En cambio, Lluïsa los ayudaba a disimular esa vergüenza, y por eso se había convertido en una de las chicas más solicitadas de la agencia, junto con su amiga Marta, a quien conoció en la facultad y la introdujo en aquel mundo tan sórdido como rentable.
Cuando comenzó se prometió que solo ejercería unos años, los justos, hasta que alcanzara un puesto directivo en una empresa. Pero es muy fácil jurar y perjurar cuando no tienes nada, y muy difícil renunciar cuando tienes tanto que perder. Como era una chica tan solicitada, Lluïsa se acostumbró desde muy jovencita a ingresar importantes cantidades de dinero, la mayoría en metálico, y a llevar un ritmo de vida insostenible para la mayoría de los mortales. Si bien terminó los estudios, nunca trabajó en algo que tuviera la más remota relación con su licenciatura. Las pocas ofertas que veía prometían unos salarios irrisorios comparados con sus ingresos, y se decía a sí misma que tenía que aprovechar «ahora que aún era joven» para llenarse más los bolsillos. Faltó a su palabra y, poco a poco, fue olvidando que antaño había tenido otras ambiciones. Dejó de cuestionarse el trabajo, que al principio le parecía de lo más desagradable y que, con el tiempo, la fue convenciendo. Vendía su cuerpo, sí, pero se sentía compensada con creces gracias a la entrada constante de dinero, lujos y viajes con que la gratificaban los hombres.
Cuando llegó a la treintena, y pese al flujo constante de chicas de poco más de dieciocho años que engrosaban el plantel de la agencia, Lluïsa nunca fue relegada del podio que, año tras año, revalidaba. No era la más joven ni la más guapa, pero sí que era la que mejor entendía cómo funcionaba ese mundo. Fue por eso por lo que cuando, con treinta años y pico, Carles la encontró en el catálogo de la agencia, fue consciente de la oportunidad que se le presentaba. Aunque era una privilegiada en un oficio en el que nadie se andaba con chiquitas, sabía que el tiempo también pasaba para ella y que ni la elegancia ni el saber estar ni la conversación agradable podrían contrarrestar las arrugas que tarde o temprano le surcarían la frente. Mejor sería que, cuando la piel se le apagara y las carnes cedieran, tuviera un plan B. Carles podría haber sido su padre, pero se conservaba muy bien para la edad que tenía y a ella no le costó nada quedar deslumbrada, claro que a eso también contribuyó su inmensa fortuna. Con todo, más allá de la evidente atracción física inicial por ambas partes, nunca hubo amor. Carles solo la quería tener como un trofeo, era su manera de demostrar a amigos y conocidos que él también podía casarse, poner fin a las bromitas sobre que nunca sentaría cabeza. Y, además, lo haría mejor que ellos: con una chica despampanante de quien nunca tendría que aguantar malas caras porque la naturaleza de su relación lo impedía. Lluïsa sería esa pieza de caza que nutre el ego del cazador y acaba adornando la pared de su casa.
Nunca la amó. Ese era un verbo que conjugaba en pasado. No era un tema personal, sino la incapacidad de amar a quien no fuese su amor de juventud. Por su parte, lo único que pretendía Lluïsa era garantizarse de por vida los lujos que había tenido desde joven. Con todo, no fue totalmente franca consigo misma, y no sentirse amada acabó pesándole mucho más de lo que había previsto. Por más que le costara reconocerlo, había abrigado la esperanza de que, con el tiempo y la cotidianeidad compartida, naciera algo parecido al amor.
Ambos fracasaron en la consecución de sus objetivos. Carles, porque la diferencia de edad de casi cuarenta años que mediaba entre ellos lo convirtió en el hazmerreír de sus amigos y conocidos, sobre todo cuando se destapó la cornamenta que llevaba. Lluïsa, porque las capitulaciones matrimoniales que tuvo que firmar antes de casarse le vetaron el acceso a una parte más que notable del patrimonio de su marido. Estuvo a un tris de que su proyecto vital de boda se fuera al garete cuando osó negarse a firmar las capitulaciones. Carles no se planteó en ningún momento ceder a su chantaje, de modo que la decisión final sobre el casamiento recayó por completo en ella. Llegados a ese punto, influyó más el deseo de asegurarse una vida de lujos que el hecho de tener un acceso directo al dinero. A fin de cuentas, la manera en que se garantizara ese nivel de vida tampoco le pareció tan relevante.
Manuel intentó levantarse de la cama sin conseguirlo. No le pasó desapercibido a Lluïsa, pero tampoco hizo gesto alguno para ayudarlo. Había llegado al punto en el que aquel hombre le era completamente indiferente y, si toleraba su presencia en casa, era porque aún confiaba en apropiarse del dinero de la herencia de su mujer. Dinero que tantas y tantas veces había prometido compartir con ella, pero que nunca parecía que acababa de llegar.
—La cabeza me va a estallar —dijo Lluïsa mientras miraba de reojo, con las cejas juntas y los labios apretados, cómo Manuel finalmente se levantaba y se sostenía con dificultad. La intensa luz que entraba por el ventanal de la sala de estar no les dejaba terminar de abrir los ojos. La cocaína los había dejado para el arrastre.
—Si la droga no llega a tiempo, nuestros invitados se pondrán nerviosos —dijo Manuel, con los ojos todavía medio cerrados.
Lluïsa estaba rendida y, en un susurro, dio a entender que era un tema que no le preocupaba en absoluto. Pese a su dependencia de la droga, ni pretendida ni querida, ya no tenía ningún interés en la mercancía, sino en el mercader. Aunque sabía que una cosa y otra iban de la mano. Tenía muy claro el mundo en el que vivía; de hecho, siempre había sabido qué suelo pisaba.
—Seguro que Pedro llega a tiempo para la fiesta de esta noche. Y, si no, tampoco debemos preocuparnos tanto porque tenemos una maría de coña —añadió Manuel, autoconvenciéndose.
Lluïsa lo miró y no pudo evitar fijarse, por enésima vez, en el tatuaje que llevaba en la espalda, a la altura del hombro derecho. Era un garabato que no estaba para nada en sintonía con la edad avanzada de su portador y le parecía hortera a más no poder. Se trataba de una «G», muy grande, de estilo gótico. Deducía que se lo había hecho por su hija; sin embargo, nunca se lo había preguntado porque le daba mucha pereza que le contara una historia épica y sentida. Manuel era de ese tipo de personas que se gustan cuando se escuchan, pero Lluïsa ya estaba harta de fingir interés. Estaba tan harta de tener que aguantarlo que empezaba a pensar que el cometido de sacarle el dinero de la herencia de su mujer ya no compensaba el hecho de tener que soportar el hedor de su aliento y el escozor que le producía la barba mal cuidada.
El timbre de la puerta la sacó de la cama de un salto. No tenía ninguna duda de quién llamaba con tanta insistencia y anhelaba comprobarlo. Aunque estaba agotada, ese sonido la vigorizó y le hizo olvidar el pesar con que empezaba a asumir la presencia de Manuel en su casa. Se arregló como pudo y se abalanzó sobre la puerta.
—¡Eh! ¿Acaso no me oíais? —le espetó Pedro, totalmente ajeno al sentimiento tan reconfortante que su presencia había causado en Lluïsa.
Ella se echó a sus brazos y el balanceo del chico fue tal que perdió por completo su posición de equilibrio.
—No me vengas con gilipolleces. ¿Está Manuel?
—¿Por qué lo preguntas? Ahora está en la ducha —respondió seductoramente Lluïsa, mientras lo empujaba para que entrara en el piso, le acariciaba las mejillas y lo besuqueaba.
—¡Eh, que no soy tonto! ¿Qué pasa? ¿Te crees que si te sigo el rollo me olvidaré de que todavía me debéis los dos últimos pedidos? Venga, que ya sé de qué palo vas y a qué te dedicabas.
Estas últimas palabras le dolieron a Lluïsa. En su anterior profesión, estaba acostumbrada a que los hombres le faltaran el respeto. Era un derecho adquirido por el precio que pagaban. Pero de un tiempo a esta parte, que le recordaran ese pasado le resultaba exasperante. Se había ganado el premio de estar con un hombre mucho más joven que ella. Habían sido tantas las ocasiones en las que se había encontrado al otro lado, que ahora le ofendía el mero hecho de pensar que a Pedro se le pudiera pasar esa idea por la cabeza. Para Lluïsa era profundamente injusto que alguien pudiera quejarse de una diferencia de edad a la que ella nunca había opuesto ningún reparo.
—Con lo que te traigo hoy, coca de la buena y marihuana de primera, todo sube ya a más de cinco mil euros. Así que me pagáis ahora o me lo vuelvo a llevar todo —sentenció Pedro.
—No, no, espera a que Manuel salga del baño y seguro que te pagará toda la deuda.
—Mira, Lluïsa, no sé cómo decírtelo. Puedo parecer idiota, pero no lo soy. No sé en qué cojones de mundo vivís, pero si no me pagáis hoy todo lo que me debéis, os envío a mi proveedor, el Chino, y ya veréis que ese no está para hostias.
Por su experiencia, Lluïsa sabía muy bien que lo que decía Pedro no eran palabras vacías, pero eso no significaba que estuviera dispuesta a pagar ella la deuda. Estaba cansada de sacarle las castañas del fuego a Manuel después de oírle contar grandezas sobre los aviones y los yates que alquilaba en los viajes que hacía con sus amigos y de todo el dinero que derrochaba en caprichos.
—Mientras viene, te quería preguntar si tienes acceso a algún otro tipo de material, ya me entiendes —dijo Lluïsa, bajando la voz como si tuviera miedo de que alguien la oyera.
—¿A qué te refieres?
—Que si tienes acceso a otras sustancias... Ya me entiendes, otra clase de mierda.
—¿Te refieres a heroína o pastillas?
—No, no. Más bien pensaba en ese tipo de droga que anula la voluntad, que no sé cómo se llama.
—¿Qué te traes entre manos?
—No me corre prisa y tampoco quisiera una gran cantidad, solo una o dos dosis.
—¿Cómo la querrías, en líquido o en polvo?
—Mejor en líquido, pero si está en polvo también me sirve.
—Me va a costar un poco encontrarla, pero te la puedo conseguir. Tienes claro que no puedes mezclarla con alcohol, ¿no? Hay gente que, por hacer el tonto, se ha quedado en coma o la ha palmado... Espero que sepas lo que estás haciendo.
—No sufras. No soy una suicida —respondió Lluïsa, a quien le habían quedado del todo claros los efectos mortíferos que podría causar una eventual mezcla con alcohol.
