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Franklin Pease

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Beschreibung

Estudio que repasa las condiciones que hicieron posible el desarrollo de la civilización inca y aborda la exposición de sus orígenes, economía, organización social, religión, arte y cultura a través de una prosa clara y precisa. En todo momento el autor realiza deslindes con las versiones de los cronistas españoles, quienes impusieron modos de interpretación occidentales a una realidad radicalmente distinta.

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Veröffentlichungsjahr: 2014

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Los incas

Los incas

Franklin Pease G. Y.

Los incas

© Mariana Mould de Pease, 2007

De esta edición:

© Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2014Av. Universitaria 1801, Lima 32, PerúTeléfono: (51 1) 626-2650Fax: (51 1) [email protected]

Cuidado de la edición, diseño de cubierta y diagramación de interiores:

Fondo Editorial PUCP

Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores.

ISBN: 978-612-317-003-5

Introducción

Célebres en la historia de las civilizaciones, los Andes albergaron numerosas sociedades desde la prehistoria hasta los inicios del siglo XVI, cuando la llegada de los españoles, en los momentos de la gran expansión geográfica europea de esos tiempos, puso fin al Tawantinsuyu, llamado desde entonces el imperio de los incas. Estos formaron, así, parte de la experiencia histórica de la humanidad y, desde los historiadores de Indias del siglo XVI, fueron incorporados a la historiografía.

Habitaron el espacio andino. A lo largo de la región, entre Colombia y Chile, la cordillera alcanza cumbres de ocho mil metros; las mayores alturas se encuentran en las regiones más occidentales de los Andes, entre Argentina y Chile, pero en aquellas zonas donde las diversas cordilleras se alejan una de otra, crecen los páramos en el norte y la puna en el sur, como mesetas elevadas que configuran un paisaje específico de desiertos de altura. Al oeste de los Andes hay selvas tropicales en Colombia, el Ecuador y el norte del Perú, y luego, hacia el sur, se extiende desde la costa peruana hasta el Chile central, un variable desierto costero cortado por valles transversales, muchos de ellos secos parte del año. Hacia el este de los Andes se halla el extenso territorio bañado por el río Amazonas y sus afluentes. En este libro, dedicado a los Incas del Cusco y su tiempo, la presentación del medio ambiente andino no es mera cuestión de fórmula, puesto que la presencia de los Andes dio pautas específicas a la distribución demográfica en la región, y originó también modos de adaptación específica de la gente a una naturaleza sui generis en la cual y con la cual vivieron en ella y de ella. Cuando los españoles invadieron los Andes en el siglo XVI hallaron que la región era, a la vez, grandiosa y terrible, y fue generándose con el tiempo un estereotipo que la identificada como inhóspita. Ciertamente, los cronistas del siglo XVI dejaron testimonio de la feracidad de los valles interandinos, y también hablaron de la bondad de sus temples, pero hicieron notar al mismo tiempo las difíciles condiciones creadas por las grandes alturas.

En la década de 1930, el geógrafo alemán Carl Troll había llamado insistentemente la atención sobre la relación que hallaba entre la puna y la alta cultura andina, resaltaban allí los cultivos y el pastoreo de altura. Ya los cronistas del siglo XVI —Pedro de Cieza de León por ejemplo—, habían destacado el hecho que los caminos incaicos —los caminos andinos en general— iban generalmente por las partes altas mientras que, por el contrario, los españoles preferían las rutas más bajas que cruzaban los valles. Esta natural preferencia de los europeos era consecuencia de sus dificultades de adaptación a las alturas, y ayudó a generar la imagen de que los Andes eran una tierra inhóspita y difícil. Siguiendo las huellas de Troll, especialistas actuales destacaron tanto la adaptación de la población andina a las zonas altas —Carlos Monge la estudió en el Perú—, como también el provecho que obtuvieron de las mismas; así, John V. Murra pudo desarrollar una propuesta que destacó la utilización simultánea de un máximo de pisos o niveles ecológicos por las sociedades andinas.

Ya en el siglo XVI, el mencionado Cieza de León llamaba la atención acerca de las clasificaciones geográficas que introducían o aprendían los europeos de entonces en los Andes; el ejemplo que empleó era yunga, término que los europeos popularizaron mayormente como referente a la costa, a la cual llamaron asimismo los llanos. Cieza comprobó que el término era válido para toda zona cálida y húmeda, hallárase en la costa, la serranías o la selva amazónica; tratábase, así, de un ámbito ecológicamente definido y no de un espacio geográfico.

A lo largo del tiempo los incas adquirieron una imagen histórica, iniciada por los cronistas que convirtieron en historia los relatos que —con serias dificultades de comunicación— obtuvieron; generalmente se trataba de mitos y rituales, a través de los cuales la población andina se explicaba a sí misma. Utilizaron, a la vez, los cronistas, la propia tradición europea, histórica o mitológica, trasladándola al Nuevo Continente, y a los Andes por cierto. De tal manera, los hombres americanos, y los andinos, fueron transformados en descendientes de Noé, la geografía americana se nutrió de la recordada de los clásicos mediterráneos y de los viajeros medievales a otros mundos. Incluso los dioses locales fueron identificados con las categorías bíblicas, fueran de la religión hebrea o de la gentiles.

La historiografía moderna no excluyó criterios tan arbitrarios como aquellos. En el siglo XIX, los iniciadores de la arqueología podían aceptar que los incas, como los mayas y los aztecas, habrían formado parte de una antigua razadesaparecida —Ephraim George Squier, por ejemplo—, y en el siglo XX, un autor como Louis Baudin alcanzó fama y popularizó una imagen socialista de los incas. Muchas veces, como en el siglo XVI, la historiografía sobre las sociedades americanas buscó explicarlas con las categorías propias de la historiografía europea. Así como Europa había logrado una economía-mundo, establecía una historia-mundo, generalizando la explicación histórica a todas las sociedades.

Este libro quiere ser una introducción a los incas, ordenando la información existente. Por su naturaleza se han omitido las notas, señalándose al final una bibliografía de textos clásicos de los siglos XVI y XVII, así como una lista básica de autores modernos.

Capítulo iLos Andes, su historia y los incas

La historia incaica

Sobre la historia del imperio de los incas se han presentado muchas propuestas desde que, en el siglo XVI, los cronistas españoles indagaron acerca de los gobernantes que Pizarro y su hueste encontraron en los Andes. Inicialmente, los cronistas clásicos atribuyeron a los incas todo el tiempo anterior a la invasión española, responsabilizándolos de una parte de la construcción de la organización social que hallaron y, afirmando incluso, que antes de los incas solo habían existido «behetrías» o grupos humanos poco organizados. Desde su perspectiva del siglo XVI europeo, los cronistas discutieron a la vez la probable duración del imperio cusqueño, considerándola a través de una continuidad histórica de larga duración, como en el caso de los Comentarios reales de los Incas del Inca Garcilaso de la Vega (1609), o de una rápida y violenta expansión de los incas en los Andes, como sugiriera por ejemplo Pedro Sarmiento de Gamboa en su Segunda parte de la día Historia General llamada Indica (1572).

Esta discusión sobre la antigüedad del Tawantinsuyu estaba vinculada a la justificación que los propios españoles requerían disponer acerca de su propia conquista, la cual alcanzaba niveles de justicia si los gobernantes del área andina habían sido usurpadores o «ilegítimos» detentadores del poder. Por ello, en la discusión sobre el origen de los incas y la extensión de sus conquistas se hallaba en las crónicas hispánicas del siglo XVI la presentación de un largo reinado donde los gobernantes habían «heredado» el poder de padres a hijos bajo pautas europeas y civilizado a los hombres andinos, todo lo cual «legitimaba» su poder político. En contraposición, y según otras propuestas —como la de Sarmiento de Gamboa—, los incas eran ilegítimos usurpadores y violentos dominadores que habían subyugado a los «señores naturales» de la tierra. En este contexto es difícil averiguar la verdad de aquella historia y es preciso indicar algunos elementos que permitan entender lo que los cronistas recogieron oralmente de los pobladores andinos de sus tiempos.

Los cronistas recogieron tradiciones orales de diverso tipo, mitos y escenificaciones rituales mayormente, las cuales no estaban ordenadas o procesadas bajo las categorías históricas de la Europa del siglo XVI. Para obtener las informaciones que precisaban sobre la legitimidad del gobierno de los incas, los cronistas indagaron por los reyes antiguos y por sus hechos o conquistas. Trasladaron para ello a la América andina no solo las nociones de «legitimidad» y «herencia» existentes en Europa, sino que identificaron al Inka con un rey europeo. Introdujeron en los Andes la noción europea de «monarquía» que suponía un gobernante, lo que es discutido hoy día cuando se aprecia que la organización política andina fue mayormente dualista.

Los cronistas interrogaron por una historia y recibieron mitos y tradiciones orales: los primeros hablaban del origen del mundo y, en casos más elaborados, de diversas edades o estadios que el mundo había atravesado. Aparecían en ellos los dioses que habían participado en el ordenamiento del mundo, y también los héroes fundadores que habían llevado adelante las disposiciones sagradas. En un universo mítico se presentaba una imagen del pasado que no era histórica, y no correspondía, en consecuencia, a las categorías temporales, espaciales y personales que la historia consagra; los cronistas ordenaron —reordenaron— esta información en forma cronológica, matizada por la presencia de los «reyes», es decir, los incas que habían gobernado el Tawantinsuyu, considerado así desde el punto de vista histórico y europeo de los cronistas.

De esta manera se construyó una historia incaica que tuvo vigencia hasta el presente siglo, cuando los estudios arqueológicos iniciados en los Andes en el XIX y desarrollados en el XX, y el reciente desarrollo de la antropología andina, hicieron ver las afirmaciones de los cronistas desde nuevos puntos de vista. Hace años se había llamado la atención sobre la calidad antropológica de las crónicas, que a la vez escribían sobre los Andes desde los puntos de vista de la historia renacentista; al mismo tiempo se hacía cada vez más difícil considerar las afirmaciones históricas de sus autores como provenientes de la información andina. Hoy la visión histórica de los cronistas puede ser más fácilmente discutible, aunque durante mucho tiempo todavía seguirán rigiendo muchos de sus esquemas, a falta de otros. Por ejemplo, seguirá siendo un importante punto de referencia la cronología propuesta por dichos autores para los últimos incas, aun a sabiendas de que los mismos incas, presentados como gobernantes monárquicos, formaban parte de una estructura dual del poder, hoy en plena investigación.

Pero los cronistas proporcionaron una invalorable documentación sobre la vida de la gente andina, que rebasa a veces la pura historia del Tawantinsuyu, y ello se aprecia justamente en sus informaciones de carácter etnográfico, a veces enunciadas al margen —a través— de la historia de los incas que buscaron escribir para sus lectores europeos. Gracias a un enorme conjunto de información proporcionada por la documentación oficial y privada de los propios españoles desde el siglo XVI, y en concordancia con la que aportaron en décadas recientes la arqueología y la antropología en los Andes, es posible complementar y reordenar la información de las propias crónicas acerca de los incas.

La información sobre los incas que puede hallarse en las crónicas y otros documentos coloniales no es uniforme. Desde los contactos iniciales, hubo de pasar algún tiempo para que los españoles adquirieran a lo menos los instrumentos lingüísticos imprescindibles para recoger y procesar la información que la gente andina podía proporcionarles; a la vez, pasó igualmente tiempo antes de que la gente andina, en posesión de instrumentos recíprocamente adquiridos a consecuencia de la invasión española, escribiera en quechua o en español una versión si no equivalente, sí en condiciones de ser procesada por lectores europeos. A ello se debe que los propios cronistas hispanos —los cronistas de la conquista— proporcionaran poca información sobre la historia de los incas, aunque en muchos casos dejaran datos etnográficos de indudable valor, a la vez que iniciaran la elaboración de estereotipos, históricos y culturales, por ejemplo, que han durado centurias.

No pudo evitarse en el siglo XVI que las crónicas incorporaran como historias diversos ciclos míticos; tampoco pudieron eludir los cronistas andinos, ya en proceso de aculturación, la inevitable construcción de una historia, si bien en los últimos puede ser más evidente el traslado de categorías históricas europeas, y más visible la permanencia de aquellos criterios que presidían la transmisión oral de la información, tradicional esta en los Andes. Por otro lado, avanzado el proceso de colonización española los cronistas adquirieron nueva y más completa información. Una vez pasados los años iniciales, en que las crónicas se dedicaron fundamentalmente a la relación de los hechos de los españoles —la gesta de la conquista— se interesaron más por el Tawantinsuyu de los incas y se buscó organizar una información más sistemática sobre el pasado andino. Esta tendencia creció específicamente en los tiempos del virrey Francisco de Toledo (1569-1581), en los cuales se buscó concretamente recoger informaciones «oficiales», producidas tanto por los descendientes de los incas en el Cusco, como por medio de encuestas entre la población. Pero todo ello no varió la situación de los cronistas como recolectores de tradiciones orales, y las crónicas continuaron siendo receptoras de conjuntos de mitos y escenificaciones rituales, transformadas en historias. A su vez, los cronistas fueron empleando los escritos de sus predecesores, utilizando tópicos establecidos desde los primeros que escribieron sobre los Andes, asumiendo estereotipos y manteniendo prejuicios de sus tiempos. Los especialistas han hecho visible que los cronistas se copiaron constantemente entre sí y redactaron informaciones similares, rápidamente estandarizadas en las versiones orales que corrían en sus tiempos. Reprocesar dicha información es una de las tareas fundamentales de la historia andina contemporánea.

Los cronistas fueron conscientes de transcribir mitos —los llamaron «fábulas» o «leyendas»— cuando se trataba de los relatos alusivos al origen del mundo o incluso de los inicios del dominio de los incas en el área andina. Ello ocurrió, quizá, porque no podían garantizar a sus propios ojos, ni a los de sus lectores, la verosimilitud de las informaciones que les eran transmitidas; sin embargo, dudaron menos en transformar en historias, cronológicamente ordenadas, aquellos relatos que aparecían vinculados a las biografías personales de los incas. Hoy puede verse, en las mismas crónicas, el rezago indudable de la tradición oral, cuando se revisa con nuevos ojos sus descripciones de los hechos de los incas. Allí puede apreciarse, por ejemplo, la forma como un conjunto mítico que hablaba de una guerra que habría ocurrido entre los incas del Cusco y los chancas —habitantes de la zona del río Pampas, al norte del Cusco— fue transformado en una historia que relataba la gesta del vencedor y que los cronistas vincularon a los inicios de la expansión del Cusco en los Andes. El ciclo de la guerra chanca, asimilado ya a los tiempos del Inka Pachacuti, se relacionó también en las crónicas con una serie de modificaciones en la organización del Cusco, genéricamente vinculadas a la organización del Estado. A la vez, como las versiones que recibían los cronistas eran más cercanas a los tiempos de los españoles y podían ser completadas o reorganizadas con otras informaciones, fue más fácil de allí adelante a los propios cronistas ofrecer un mejor cuadro de la historia de los sucesores de Pachacuti, hasta llegar a la guerra entre Huáscar y Atahualpa, coincidente con los momentos en que los españoles llegaban a los Andes.

Las versiones que los cronistas recibieron de sus informantes andinos incluían asimismo representaciones escenificables, o los relatos correspondientes a las mismas. Los propios cronistas dieron testimonio de su existencia, atribuyéndolas a la formación de una historia oficial, aunque también las identificaron con un teatro andino. Hay algunos datos adicionales que permiten aproximarse mejor a estas escenificaciones y su sentido, pues muchas de ellas continuaron realizándose durante la colonia española y ocurren aún en el presente, alteradas sin duda por el tiempo y por las modificaciones culturales introducidas y vividas en los Andes desde el siglo XVI. Un buen ejemplo del funcionamiento colonial de esas escenificaciones se halla en las páginas de la Historia de la Villa Imperial de Potosí, escrita en el siglo XVIII por Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela, quien recopiló informaciones escritas por anteriores habitantes españoles de la misma ciudad desde el siglo XVI. Relató Arzáns las fiestas que se celebraron con motivo del fin de una de las guerras civiles entre españoles del siglo XVI, en las cuales participó tanto la población hispánica como la andina de la propia ciudad de Potosí:

Pasados los 15 días en que los moradores de Potosí solamente se dedicaron a la asistencia de los divinos oficios acompañando al Santísimo Sacramento que al descubierto se declaraba por su patrón, a la Santísima Virgen y al apóstol Santiago, trataron de continuar las fiestas con demostraciones de regocijos varios. Y poniéndolo en efecto les dieron principio con ocho comedias: las cuatro primeras representaron con general aplauso los nobles indios. Fue la una el origen de los monarcas ingas del Perú, en que muy al vivo se representó el modo y manera con que los señores y sabios del Cuzco introdujeron al felicísimo Mancco Ccápac I a la regia silla, como fue recibido por inga (que es lo mismo que grande y poderoso monarca), las 10 provincias que con las armas sujetó a su dominio y la gran fiesta que hizo al sol en agradecimiento de sus victorias. La segunda fue los triunfos de Huayna Ccápac 11° inga del Perú, los cuales consiguió de las tres naciones: changas, chunchus montañeses y del señor de los collas, a quien una piedra despedida del brazo poderoso de este monarca por la violencia de una honda, metida por las sienes le quitó la corona, el reino y la vida: batalla que se dio de poder a poder en los campos de Hatuncolla, estando el inga Huayna Ccápac encima de unas andas de oro fino desde las cuales hizo el tiro. Fue la tercera, las tragedias de Cusi Huáscar, 12° inga del Perú: representóse en ella las fiestas de su coronación, la gran cadena de oro que en su tiempo se acabó de labrar y de quien tomó este monarca el nombre, porque Cusi Huáscar es lo mismo en castellano que soga del contento; el levantamiento de Atahuallpa hermano suyo aunque bastardo; la memorable batalla que estos dos hermanos se dieron en Quipaypán, en la cual y de ambas partes murieron 150,000 hombres; prisión e indignos tratamientos que al infeliz Cusi Huáscar le hicieron; tiranías que el usurpador hizo en el Cuzco quitando la vida a 43 hermanos que allí tenía, y muerte lastimosa que hizo dar a Cusi Huáscar en su prisión. La cuarta, fue la ruina del imperio inga; representóse en ella la entrada de los españoles al Perú; prisión injusta que hicieron de Atahuallpa, 13° inga de esta monarquía; los presagios y admirables señales que en el cielo y aire se vieron antes que le quitasen la vida; tiranías y lástima que ejecutaron los españoles en los indios; la máquina de oro y plata que ofreció porque no le quitasen la vida, y muerte que le dieron en Cajamarca. Fueron estas comedias [a quienes el capitán Pedro Méndez y Bartolomé de Dueñas les dan titulo de solo representaciones] muy especiales y famosas, no solo por lo costoso de sus tramoyas, propiedad de sus trajes y novedad de historias, sino también por la elegancia del verso mixto del idioma castellano con el indiano.

Añade la descripción que en otro momento de las fiestas aparecían «procesiones» andinas, donde se mostraba gente de diversas partes, productos agrícolas y animales; después de ellos nuevamente todos los incas sentados en andas y con sus tradicionales vestidos y atributos; en la lista de los últimos «[…] quien mas se señalaba […] era el soberbio Atahuallpa (que hasta en estos tiempos [siglo XVIII] es tenido en mucho de los indios como lo demuestran cuando ven sus retratos) […]».

La versión que ofrece Arzáns de Orsúa y Vela tiene directas reminiscencias de los Comentarios reales de los Incas del Inca Garcilaso de la Vega; se ha insertado aquí completa por su interés, pues precisa, en concordancia con los cronistas clásicos, que la población andina estaba acostumbrada a transmitir información sobre el pasado mediante representaciones de esta naturaleza. Las crónicas clásicas mencionaron que las mismas ceremonias se realizaban en las fiestas solemnes del Tawantinsuyu, e incluso que cuando un nuevo Inka accedía al poder se le representaba la «versión oficial» de los hechos de su predecesor.

Cabe añadir que son muchos los testimonios de este tipo de representaciones realizadas por la población andina a lo largo de la Colonia y aún en el presente. Los autores de anales coloniales y de las relaciones de fiestas nos hacen conocer que escenificaciones similares solían hacerse cuando un nuevo rey ascendía al trono español, por ejemplo, y en otras especiales solemnidades. También se ha dejado constancia de que durante los siglos XVII y XVIII algunas de estas representaciones fueron escasamente anteriores a algunas sublevaciones andinas, y por ello las autoridades coloniales locales recomendaron su supresión. Finalmente, se ha hallado textos coloniales que reproducen tales representaciones —son en realidad los «libretos» hispánicos—, tal es el famoso caso de la Tragedia del fin de Atahuallpa, cuyo texto quechua colonial ha sido rescatado en su totalidad.

Una cuestión distinta e interesante es el testimonio que ofrece Arzáns del prestigio que tenía la figura de Atahualpa en el siglo XVIII, la cual se detiene a destacar entre las «procesiones», de Potosí. Ello podría relacionarse con la anterior afirmación de que la acusación de «bastardía» que sobre él hicieron recaer los cronistas españoles, y que Arzáns recalcara, carecía de significación para la población andina.

De este modo, se suma a la información mítica, probablemente reprocesada también en las mencionadas representaciones, una versión que parece ejemplificar el pasado —presentándolo como ejemplar y paradigmático— y que complementa ciertamente a las crónicas clásicas. Es muy probable que mucha de la información histórica que presentan las crónicas responda a los relatos correspondientes a estas escenificaciones, como parecía ocurrir con los referentes a las conquistas incaicas. Tomando como ejemplo a estos últimos, puede apreciarse que los incas inician sus conquistas por el norte, saliendo siempre del Cusco y regresando a él, continuándolas después en el sentido de las agujas del reloj. Aun considerando que hay variantes en los textos de las distintas crónicas, esa información permite explicar una representación ritual de las mismas conquistas. Parece, además, que estas conquistas, así presentadas dentro de un contexto ritual, formaran una espiral que se amplía, de manera que al salir cada uno de los incas a iniciar sus propias conquistas, se presenta como si volviera a conquistar pueblos y territorios que sus predecesores habían conquistado. Cada Inka podía resumir de esta manera la historia de la formación del Tawantinsuyu.

De estas afirmaciones de las crónicas y haciendo abstracción de los problemas de una discutible cronología, no siempre precisable por medio de técnicas arqueológicas en vista del corto tiempo que duró el Tawantinsuyu, puede intentarse hoy una nueva imagen de la historia incaica, entendiendo como provisoria la cronología y sucesión de los propios incas, ya que la única información de la que se dispone es la discutible sucesión de sus guerras y conquistas. Es natural, de otro lado, que los cronistas organizaran la cronología de la historia de los incas sobre la base de las biografías de los mismos, puesto que era lo común en la historiografía europea del siglo XVI. Puede añadirse, en cambio, que una historia de los incas escrita hoy día está en condiciones de compulsar mucha información distinta a la de las crónicas, existente en la numerosa documentación administrativa producida durante los tiempos coloniales y que no adolece del carácter Cusco-centrista de las crónicas clásicas. Estas, partiendo nuevamente de la experiencia europea de sus autores, supusieron que la información cusqueña era más correcta, en tanto cortesana y, de hecho, se modeló desde el Cusco la historia del área andina.

La información colonial a que me refiero está constituida por documentos administrativos, visitas y relaciones, encuestas sobre la población y los territorios que ocupaba, interrogatorios sobre lo que producían y la forma como lograban organizar su economía, censos e incluso documentos judiciales y notariales de la Colonia; en todos los documentos indicados se halla una información acerca de los habitantes del área andina, precisándose muchas veces su relación con los incas del Cusco en forma tal que no siempre corresponde a la versión de las crónicas clásicas. Compulsando este tipo de informa­ciones en un conjunto más amplio que el de las crónicas es posible dar una versión de la historia cultural, económica, social y religiosa del Tawantinsuyu, además de una aproximación a su organización política. Debe repetirse, en último término, que no es posible aislar la historia incaica de una historia andina de más larga duración puesto que, como ya se dijo, los incas constituyeron un punto final de una larga trayectoria de miles de años interrumpida por la invasión española del área andina en el primer cuarto del siglo XVI, historia que continuó después de este acontecimiento en la vida de la población que sobrevivió al colapso de la invasión y resistió la colonización en un largo proceso de aculturación continuado hasta nuestros días.

Los antecesores de los incas en los Andes

Antes que los incas hubo una larga y compleja sucesión de organizaciones andinas que, a través de un amplio tiempo, hoy verificable en unos diez mil años, dieron forma a una sociedad orgánicamente estructurada, con visibles desarrollos en términos económicos, con una nutrida red vial y con una complejidad de relaciones sociales que despertó fácilmente la admiración de los europeos que llegaron a los Andes en el siglo XVI. Sin embargo, en un primer momento fue difícil para los españoles distinguir entre los incas y sus antecesores; no solamente lo fue por el hecho, mencionado anteriormente, de que la duración y calidad del dominio de los incas eran relacionados por los autores del siglo XVI con una justificación de la conquista española, sino porque los cronistas no estaban en condiciones de recoger todas las versiones existentes en los Andes, en las diversas poblaciones que allí vivían, y así proporcionaron mayormente la versión cusqueña, aun cuando muchos de ellos recogieron también sus datos fuera del Cusco, los organizaron dentro del margen de la «historia oficial» propuesta desde los primeros autores de crónicas, repetida y ampliada sucesivamente después.

Cuando desde la segunda mitad del siglo pasado los viajeros y eruditos incursionaron en la arqueología e iniciaron estudios más sistemáticos sobre las antigüedades andinas, se inició una etapa donde la arqueología abrió los horizontes de la vida anterior a los incas. Ya en el siglo XX, los esfuerzos de los arqueólogos se vieron coronados por múltiples conclusiones que no solo explicaron la brevedad del dominio de los incas cusqueños, sino que permitieron distinguir los distintos momentos de una larga trayectoria andina, cuyas más antiguas evidencias hablan de cazadores y recolectores que vivieron en los Andes hace unos diez mil años —Lauricocha, Moche—, y se habla incluso de varios miles de años anteriores.

Los arqueólogos denominaron al tiempo de los incas «horizonte tardío» u «horizonte inca», conservando también la denominación clásica de Imperio incaico o Tawantinsuyu. El término «horizonte» señalaba así un periodo en que las diversas poblaciones andinas habían estado relacionadas por un poder central o por medio de patrones culturales reconocidamente extensos en la región.