Los indios en Cali - Héctor Manuel Cuevas Arenas - E-Book

Los indios en Cali E-Book

Héctor Manuel Cuevas Arenas

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El objetivo de esta investigación es identificar y analizar los diversos procesos sociales, económicos y políticos de los indígenas en Cali en el siglo XVIII, como un ejemplo de uno de los resultados de los procesos de negociación, adaptación y resistencia entre los sectores populares y las élites. Se tienen en cuenta los aspectos físicos y espaciales de los pueblos de indios, su demografía, el pago de tributos, las autoridades y las relaciones con otros estamentos de la sociedad. Se consultaron archivos de Cali, Popayán, Bogotá y Quito para la elaboración esta investigación.

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Seitenzahl: 459

Veröffentlichungsjahr: 2012

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El objetivo de esta investigación es identificar y analizar los diversos procesos sociales, económicos y políticos de los indígenas en Cali en el siglo XVIII, como un ejemplo de uno de los resultados de los procesos de negociación, adaptación y resistencia entre los sectores populares y las élites. Se tienen en cuenta los aspectos físicos y espaciales de los pueblos de indios, su demografía, el pago de tributos, las autoridades y las relaciones con otros estamentos de la sociedad. Se consultaron archivos de Cali, Popayán, Bogotá y Quito para elaboración esta investigación.

HÉCTOR MANUEL CUEVAS ARENAS

Nació en 1980 en Cali. Licenciado en Historia (2004) y Magíster en la misma disciplina (2010) de la Universidad del Valle. Se ha desempeñado en el magisterio y actualmente es docente de la Licenciatura en Historia en la Universidad del Valle, Sede Buga. Sus publicaciones han sido “MITAS: FUNCIONAMIENTO Y CONFLICTO. CALI, SIGLO XVII” en Revista “Historia y Espacio” No. 19. Julio - diciembre de 2002. Y “LA REPÚBLICA DE INDIOS. UN ACERCAMIENTO A LAS ENCOMIENDAS, MITAS, PUEBLOS DE INDIOS Y RELACIONES INTERESTAMENTALES EN CALI. SIGLO XVII.” Cali, Archivo Histórico de Cali, 2005. Obra ganadora del Tercer Concurso de Historia Local y Regional del Suroccidente Colombiano. Ha participado en varios congresos y encuentros de Historia local, regional y nacional.

Cuevas Arenas, Héctor Manuel

Los indios en Cali. Siglo XVIII / Héctor Manuel Cuevas Arenas. -- Cali : Programa Editorial Universidad del Valle, 2012.

220 p. ; 24 cm. -- (Colección Artes y Humanidades)

Incluye bibliografía.

1. Indígenas - Historia - Cali (Colombia) - Siglo XVIII 2. Indígenas - Condiciones sociales - Cali (Colombia) - Siglo XVIII 3. Encomiendas indígenas - Cali (Colombia) - Siglo XVIII 4. Mitas - Cali (Colombia) - Siglo XVIII 5. Cali (Colombia) - Historia - Siglo XVIII I. Tít. II. Serie.

986.0003 cd 21 ed.

A1344344

CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango

Universidad del Valle

Programa Editorial

Título:Los indios en Cali. Siglo XVIII

Autor:Héctor Manuel Cuevas Arenas

ISBN:978-958-765-004-4

ISBN-epub:978-958-5164-21-5

Colección:Artes y Humanidades-Historia

Primera Edición Impresa mayo 2012

Rector de la Universidad del Valle: Édgar Varela Barrios

Vicerrector de Investigaciones: Héctor Cadavid Ramírez

Director del Programa Editorial: Omar J. Díaz Saldaña

© Universidad del Valle

© Hector Manuel Cuevas Arenas

Diseño de carátula y diagramación: Hugo H. Ordóñez Nievas

Corrección de estilo: Luz Stella Grisales Herrera

Este libro, o parte de él, no puede ser reproducido por ningún medio sin autorización escrita de la Universidad del Valle.

El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad del Valle, ni genera responsabilidad frente a terceros. El autor es el responsable del respeto a los derechos de autor y del material contenido en la publicación, razón por la cual la Universidad no puede asumir ninguna responsabilidad en caso de omisiones o errores.

Cali, Colombia, octubre de 2020

Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions

Al silencio… fiel cómplice de mis secretos, sueños y deseos

CONTENIDO

AGRADECIMIENTOS

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO 1LOSPUEBLOSDEINDIOSDE CALI (1680-1820)

El espacio, las actividades económicas y los pleitos por tierra

El espacio y su utilización

Las actividades económicas en el llano inundable

Las actividades económicas en el llano no inundable y en los demás espacios

El Comercio, la arriería y la carga a espaldas

El espacio físico de los pueblos de indios

Las relaciones entre las tierras de indios, haciendas y estancias de españoles

La comunidad, la tierra y los litigios

Las extinciones de tierra de los indios, remates y agregaciones

CAPÍTULO 2LOSINDIOSENSUSPUEBLOS

Demografía de los pueblos de indios de Cali (1680-1820)

San Diego de Alcalá de los Yanaconas

Nuestra Señora (de Yaguarcocha) de la Limpia Concepción de Ambichintes

San Francisco de Arroyohondo

San Sebastián de Yumbo

San José de Pavas

San Antonio de la Loma de las Piedras de los Chancos

Santa María Magdalena de Riofrío

San Sebastián de Roldanillo

Balance general

La cohesión y desunión comunitaria

Los apellidos de los indios

La estabilidad y la movilidad: criollos y forasteros

CAPÍTULO 3ELTRIBUTOENLOSPUEBLOSDEINDIOSDE CALIDURANTEELSIGLOXVIII

La crisis de la encomienda, los servicios personales y la mita

La mita

El Tributo

Lo cuantitativo de los tributos

San Diego de Alcalá de Yanaconas

Ambichintes

Arroyohondo y Loma de las Piedras

Yumbo

Riofrío

Roldanillo

Un balance final

CAPÍTULO 4LASAUTORIDADESINDÍGENASLOCALES, LOSDOCTRINEROS, CORREGIDORESYDEMÁSFUNCIONARIOS

La institucionalidad alrededor de la “república de indios” en Cali

Las autoridades indias

El caso de Roldanillo

Cajamarca, Riofrío, Loma de las Piedras

Las litigantes autoridades de Yumbo

Arroyohondo, Ambichintes y San Diego

El cura doctrinero

Los funcionarios españoles

CONCLUSIONESYCONSIDERACIONESFINALES

BIBLIOGRAFÍA

NOTAS AL PIE

AGRADECIMIENTOS

A lo largo de todo trabajo investigativo hay muchas personas que acompañan y trabajan al lado del autor en algún momento, ya sea con su colaboración, disposición, amistad, o simplemente, su atención en un momento fundamental. Con este texto les rindo tributo y les invito a gozar de las bondades de lo hecho aquí. Estoy muy agradecido con todos ellos y tengo unas deudas que siempre querré corresponder bien. Cabe anotar que todo error u omisión en este escrito es responsabilidad mía y de nadie más.

Jorge Gamboa fue el director de este trabajo, el guía de la investigación y de la excelencia académica, a pesar de sus múltiples ocupaciones y compromisos. Siempre estuvo dispuesto a ayudar desinteresadamente y a compartir su amplia experiencia investigativa a lo largo de casi tres años de labor conjunta. Hubo momentos donde realmente corrió para entregar sus pertinentes comentarios y sugerencias, además de abrir múltiples perspectivas de conjunto. A él, muchas gracias.

A mis padres les agradezco el creer en mis capacidades, especialmente mi Sra. madre, que en algunos instantes fue trascriptora, así como mis hermanos José Luis y Julio. Marcos Sánchez y Carlos Benites leyeron y comentaron los borradores del trabajo, en función del buen criterio historiográfico y la amistad. Diana Bonnett, Marta Herrera y Margarita Garrido me escucharon y abrieron perspectivas alternas en la etapa inicial del trabajo, las cuales se complementaron con los importantes aportes académicos de sus trabajos.

A María Cristina Navarrete, Amanda Caicedo, Iván Espinosa, Erika Burbano, Omar Obando y Zoraida Jiménez, sin su hospitalidad, amistad y desprendimiento hubieran sido más difíciles las labores para producir este texto. A todos los demás que han creído en mí, gracias. Cabe destacar al personal de archivos que en función de su trabajo me atendió muy bien, especialmente Diana Rodríguez y Noreida del Archivo Histórico de Cali. También debo mencionar la buena labor del personal del Archivo Histórico Nacional del Ecuador y de Yolanda, del Archivo Central del Cauca.

A los directivos de Santa Cecilia y los compañeros del Brasil, gracias por los amplios permisos y por cubrirme la espalda. Con los profesores bugueños (Raúl, Felipe, Carolina, Judith y Bernardo) celebro ahora mis alegrías historiográficas. También agradezco al programa Editorial de la Universidad del Valle por este espacio de difusión. Si alguien falta en esta lista…excusen mi mala memoria, o al aguardo de posteriores agradecimientos.

INTRODUCCIÓN

Lo que se conoce como “sociedad colonial” fue un vasto y heterogéneo conjunto de gentes que se articularon inicialmente en torno a lo autóctono, por un lado, y a lo hispánico, por el otro, para luego dar paso a formas híbridas donde el elemento europeo era el predominante, según el caso. La sociedad colonial se complica aun más cuando se intentan ver las especificidades regionales y locales que se generaron a partir de dos variables: la complejidad de las sociedades indígenas y la presencia de un producto que articulara directamente la comarca con la economía imperial1. Aparte de lo anterior, esta sociedad fue cambiante y dinámica en el transcurso del tiempo tanto por factores endógenos como exógenos.

Dicha sociedad, formada en parte por los mecanismos de dominación, adaptación, negociación y resistencia entre las élites y los sectores populares, dividía a los individuos y sus familias en varios segmentos diferenciados, inicialmente: blancos, indios y esclavos, luego, se agregaron mestizos, mulatos, zambos y otras mezclas; finalmente, la totalidad de los segmentos se homogeneizó para instituir una población de libres de todos los colores. De ellos, los indios y los esclavos eran los estamentos más diferenciados, por motivos culturales y fenotípicos, los cuales marcaban otras diferencias jurídicas, sociales y laborales. Estos segmentos de la población son fácilmente identificables documentalmente.

Los objetivos de esta investigación son identificar y analizar los diversos procesos sociales, económicos y políticos de uno de los segmentos de la sociedad colonial –los indios– en una región específica, como ejemplo de uno de los resultados de los procesos de dominación, adaptación, negociación y resistencia entre las élites y los sectores populares a finales del periodo colonial. Se toma como objeto de estudio la población indígena de la jurisdicción de la ciudad de Cali por no haber sido estudiada historiográficamente de manera profunda en el siglo XVIII2. Además, este sector ofrece un panorama de cambios, rupturas y continuidades en sus relaciones con la “sociedad mayor” más fácil de rastrear documentalmente, debido a la distinción meticulosa procurada por las autoridades y otros sectores respecto a esta población en registros y documentos de caracter judicial. Sumado a lo anterior, las instituciones y obligaciones creadas para ellos ofrecen un marco de estudio interesante en una época donde son considerados residuales del primer periodo colonial, teniendo en cuenta la capacidad de cambio que tenían los indios, como los demás sectores populares, la cual les permitía apropiar y dar vida a los elementos que les favorecían colectiva e individualmente.

El periodo a estudiar se concentra en el siglo XVIII desde una perspectiva de larga duración, que incluiría las dos últimas décadas del siglo anterior y las dos primeras del posterior. Desde 1680 porque hasta ahí se ubicó un trabajo anterior3, además, indica el comienzo del segundo ciclo minero de la región, el cual modificó la economía regional y marcó la consolidación de la hacienda como unidad productiva con su expansión sobre las tierras de indios desocupadas. También se vivió un auge económico que atrajo mucha población forastera a la región, entre ellos muchos indios, quienes se articularon a los pueblos existentes. Hasta 1820 porque el concepto de indio fue una construcción colonial y, al acabarse en la localidad las guerras de independencia, acababa el sustento ideológico que diferenciaba a esta población, dando paso a otro concepto de “indio” bajo nuevas condiciones discursivas y objetivas en el periodo republicano inicial.

La antigua jurisdicción de la ciudad de Cali en dicho periodo, corresponde a buena parte de la mitad del actual Departamento del Valle del Cauca, desde el actual corregimiento de Timba en el sur; el municipio de Roldanillo en el norte; los de La Cumbre, Restrepo, El Darién, parte de Dagua, hacia el occidente, y el río Cauca al oriente. Se selecciona este espacio ya que representa una unidad administrativa, lo cual facilita la consecución de información desde el referente de su cabecera –Cali– en los diferentes archivos a consultar, además, resulta ser más o menos equivalente a un corregimiento en el Altiplano cundiboyacense por la cantidad de pueblos de indios y la capacidad de integrarlos a la cabecera de la jurisdicción. Cabe recordar que ésta era una zona de transición dentro de un virreinato, igualmente, de transición entre las regiones centrales del Imperio (los Andes, el México central y el Caribe) y las regiones marginales y de frontera4. Las regiones centrales de la Nueva Granada eran el Altiplano cundiboyacense, el Puerto de Cartagena, en alguna medida las ciudades y villas del actual Santander y, finalmente, la ciudad de Popayán, de la cual dependía Cali, como una comarca intermedia donde se obtenían productos agrícolas para las regiones periféricas y mineras del Chocó, Noanamá y Raposo.

La imagen clásica que se tiene de la región del Valle del río Cauca se representa con la rápida extinción de los indígenas en el siglo XVI para darle paso a las haciendas, al esclavismo y al mulataje como características distintivas en el siglo XVIII. Para aquel entonces ya no habían indios o, en su defecto, eran individuos residuales de los procesos vividos dos siglos antes5. La historiografía regional ha avanzado en matizar esa imagen, pero la visión sobre la supervivencia de lo indígena-colonial todavía es presentada como residual, pues se sigue buscando una continuidad en lo prehispánico6. Consciente o inconscientemente, esta visión no tiene en cuenta que lo indígena, para el periodo colonial en la región, es una construcción dentro de lo hispánico, sobre todo en el siglo XVIII. Este trabajo pretende efectuar los análisis pertinentes en el marco de esta caracterización para dar nuevas visiones sobre fenómenos que se consideran ya resueltos, como el mestizaje y su capacidad de sobrepasar lo indígena.

En cuanto a las fuentes consultadas, se acudió a los acervos documentales del Archivo Histórico de Cali (AHC); el Archivo Central de Cauca (ACC), en Popayán*; el Archivo Nacional del Ecuador (ANE), en Quito, y el Archivo General de la Nación en Bogotá (AGN), especialmente, el Archivo Histórico Arzobispal de Popayán (AHAP), que se encuentra microfilmado en esta institución. Se consultaron todo tipo de documentos que hicieran referencia a los individuos y colectivos designados como indios dentro de la nomenclatura sociorracial.

El trabajo está dividido en cuatro capítulos para una mejor articulación temática, buscando un orden explicativo coherente. El primero tiene un carácter introductorio, estudia panorámicamente los pueblos de indios de la jurisdicción en términos numéricos y de localización. Posteriormente estudia todo lo concerniente al espacio físico, económico y social en donde se ubicaron los pueblos de indios y su relación con otros entornos y segmentos de la población. Hace referencia a lo material en la existencia colectiva e individual (que giraba en torno al acceso y uso de la tierra como medio de producción de una economía agrícola y campesina), así como a las construcciones y herramientas comunitarias, objetivas y subjetivas, creadas para defender los espacios que les pertenecían. También se hace referencia a las identidades colectivas, generadas principalmente en torno al usufructo de la tierra y la protección legal diferenciada a través del término “indio”. Metodológicamente se quiso hacer una síntesis explicativa a preguntas tales como el manejo del espacio, la descripción del espacio físico, las actividades económicas, las estrategias de defensa de la tierra y la extinción de pueblos de indios. Se apeló a la comparación con otros colectivos indígenas utilizando bibliografía secundaria sobre otras áreas del Imperio Español: el Altiplano cundiboyacense, la costa Caribe, Yucatán, México central y los Andes, para establecer diferencias y semejanzas en los procesos que se estudiaron respecto a los indios caleños, y por querer identificar nuevos elementos en el debate sobre los cambios y procesos de los indígenas coloniales.

El segundo capítulo comprende un análisis cuantitativo de la población indígena en cada pueblo de indios, acompañado de un análisis cualitativo y de los factores que propiciaron o no la adopción de estrategias de adaptación colectiva: la cohesión comunitaria a través de lo local, lo estamental y el usufructo de una tierra, y la desunión a través de la participación individual en una economía monetarizada. También se hace un estudio sobre los apellidos que llevaban los indígenas, los cuales resultan ser elementos cambiantes a lo largo del periodo conforme a la estabilidad y movilidad de los individuos en estos poblados.

El tercero se concentra en las instituciones de la encomienda y la mita, continuidades del periodo inicial de la colonia que estaban en franca decadencia, pero aun así fueron vehículo de transformaciones y adaptaciones que crearon, de los restos de lo prehispánico, a los indios coloniales. También se ocupa del tributo y las características de su cobro, así como del peso de este impuesto en las economías individuales y familiares. Al final se hace un estudio del recaudo de esta imposición en cada pueblo de indios para observar sus variables, cambios y continuidades.

El cuarto capítulo se centra en la institucionalidad, la cual era diferenciada para los indios a través de sus funcionarios, tales como las autoridades indígenas locales, los corregidores, los curas doctrineros y otros, que de una u otra manera influyeron en su vida individual o colectiva. Se optó por abordar el tema de esta manera, ya que en la región no hubo instituciones dedicadas exclusivamente a los asuntos indígenas, al estilo de un juzgado de indios en la Nueva España o en los corregimientos cundiboyacense o peruano. Actuaban sólo funcionarios los cuales, entre sus muchas funciones, tenían alguna responsabilidad sobre los indios. Respecto a los indígenas, en la región no hubo cabildos en los pueblos de indios porque nunca se instituyeron.

Por último, en las conclusiones se recogen varios hallazgos y análisis resultantes de la investigación y se hacen acotaciones sobre algunos temas en los que hacen falta estudios historiográficos y nuevos enfoques que enriquezcan la historia colonial regional.

CAPÍTULO 1

LOS PUEBLOS DE INDIOS DE CALI (1680-1820)

EL ESPACIO, LAS ACTIVIDADES ECONÓMICAS Y LOS PLEITOS POR TIERRA

Los pueblos de indios, más que unos núcleos de población, eran en conjunto una institución en donde se trataba de organizar y concentrar la vida colectiva de grupos específicos de indígenas según los criterios españoles de “vivir a son de campana y policía”7. Los pueblos eran unidades administrativas sustentadas en el carácter local de sus autoridades indias y el cura doctrinero, quienes supervisaban, junto a los demás agentes de la monarquía española, todos los aspectos y obligaciones de las comunidades indígenas8.

Los antecedentes de los pueblos de indios en Cali comienzan con la conquista de la región, sobre la base del reparto en encomiendas de los distintos grupos prehispánicos bajo sus respectivos caciques, a estos se sumaron pronto los distintos grupos de yanaconas que se establecieron en los puntos dispuestos por los españoles9. Muy pronto ocurrieron los traslados de individuos y grupos indígenas de sus sitios de origen hacia estancias y demás lugares en función de los intereses de sus encomenderos, quienes controlaron directamente la mano de obra indígena sin la intermediación efectiva de caciques u otro tipo de autoridad étnica10. Para finales del siglo XVI y comienzos del XVII los indios (criollos, yanaconas y demás inmigrantes), en su mayoría, estaban ubicados en tierras de sus encomenderos o en aquellas donadas por ellos, con poca protección ante estos, por el despojo de sus tierras y la amenaza de expulsión de las que ahora ocupaban. Por ejemplo, los indios de Bitaco fueron sacados de las montañas por su primer encomendero para reasentarlos en la zona plana, luego, hacia 1608 su nuevo encomendero, Antonio Rodríguez Migolla, les donó tierra en Cañasgordas y, a la postre, instituyeron allí un pueblo de indios11. Otro ejemplo de esta situación la registró el visitador Antonio Rodríguez de San Isidro cuando llegó al pueblo de Yumbo en 1636:

Los indios que están poblados en el pueblo de Yumbo, encomendados en el capitán Pedro Álvarez, están todos poblados en tierras y estancias del dicho su encomendero por no tenerla, como no las tienen propias, respecto de que los encomenderos antiguos del dicho repartimiento era por quitar a los dichos indios de algunas invasiones de los de fuera, ora por tenerlos más cerca de sí para su aprovechamiento, los sacaron y retiraron de su origen, con lo que los han tenido y tienen con más opresión y sujeción, amenazándolos muy ordinario, con lo que les han de quitar las dichas tierras en que al presente hacen algunas rocillas para su sustento12.

En 1636 y 1637, la necesidad de dinero, junto con la composición de tierras y la organización de las obligaciones de los indios, hicieron que el visitador Antonio Rodríguez de San Isidro Manrique reagrupara y refundara varios asentamientos de la jurisdicción, con lo cual se hizo la institucionalización de los pueblos de indios de la región13. En dichos pueblos se asentaron comunidades de origen prehispánico desarraigadas de su territorio, junto a indios migrantes de distintas partes: Quito, el sur y Anserma, mayoritariamente, y en menor medida del Altiplano cundiboyacense, se organizaron en comunidades con poca solidaridad y cohesión en donde se compartía la vida con mestizos, mulatos, zambos y blancos pobres14. Al parecer, Diego de Inclán Valdés no fundó ningún pueblo en la visita de 1668, él menciona unicamente los preexistentes en Cali, sólo se dedicó a amparar a los indios y a tomar medidas para fortalecer los pueblos15.

Para el estudio de los pueblos de indios de la jurisdicción en el periodo concerniente se elaboró la siguiente tabla. En ella, se señala con una × si hay alguna referencia al respecto en las fuentes consultadas, también se especifica el año de la última referencia escrita de cada pueblo:

Tabla 1.1. Existencia de los pueblos de indios en Cali (1680-1820) según las fuentes consultadas

Nota: no se cuenta en los totales el pueblo de Cajamarca, al pertenecer a la ciudad de Toro.

Observando la tabla anterior, se concluye que 1680-1700 fue un lapso crítico para la institución de los pueblos de indios por la extinción en este periodo de cuatro de ellos, en términos porcentuales, el 36,36% de un total de 11. Entre 1700-1760 se mantiene estable la cifra y más tarde se reduce a 5 pueblos, finalizando en 1820 con Yumbo, Roldanillo y Riofrío. El periodo 1680-1700 es de continuidad con el panorama del siglo XVII: pueblos de indios ocupados por comunidades con poca solidaridad interna, sometidas al servicio personal, al pago de tributos y su consecuente dispersión, al intenso mestizaje y el desdén administrativo de las autoridades españolas16. Para el periodo 1700-1760, inicialmente, se puede decir que los pueblos se estabilizaron por un mayor interés de las autoridades en su protección –al menos por la gran cantidad de documentación en el periodo, específicamente acerca de los tributos–; posteriormente, hacia el final de la encomienda de particulares, cerca a 1720, la estabilidad sobrevino con el consecuente aumento de la autonomía económica para los pueblos, junto a una mayor cohesión interna de las comunidades, un mejor conocimiento del aparato burocrático para defender sus intereses –o postergar decisiones en su contra– y una demografía, aunque a la baja, más estable a la de otros periodos. Para el periodo 1760-1820, se puede afirmar que el problema de la falta de ejidos en Cali17 afectó directamente las tierras de los pueblos de indios más cercanos a la ciudad (véase Figura 1.1) porque los terratenientes con propiedades aledañas pidieron esas tierras en compensación por las que les iban a expropiar y a comprar; de hecho, a posterioridad se adueñaron de ellas, minando la base de los pueblos de indios: el acceso a la tierra. Así, se evidencia fácilmente que lo ocurrido en los periodos señalados, más que al mestizaje al interior de los pueblos, perjudicó a las tierras y, por consiguiente, a los pueblos de indios18. Para el final del periodo, la agitación política y social de las Guerras de Independencia agravó la situación con la extinción y agregación de Yumbo al resto de los pueblos cercanos a Cali.

Nota: se incluyen Cajamarca (de Toro) por ser anexo eclesiástico de Roldanillo y el pueblo de Tuluá (de Buga) que quiso ser trasladado en 1803 a Riofrío.

Figura 1.1. Mapa de ubicación de los pueblos de indios existentes en Cali (1680-1820) según las fuentes consultadas

Fuente: elaboración propia.

Para una mejor ubicación espacial de los pueblos referidos en la Tabla 1.1, se presenta el siguiente mapa.

Lo más importante observado en el mapa es la evidente concentración de los pueblos en las cercanías de Cali, son 8 de 11 (12 si se cuenta a Cajamarca), resultado del traslado de indios desde sus territorios tradicionales en las montañas hacia el Valle del río Cauca debido a los intereses económicos de los encomenderos, hecho que demuestra la ineficacia al separar las “repúblicas” de españoles e indios, pero también la no aplicación de dicha medida para el caso de los yanaconas que migraban a la región19, quienes se adscribieron a los pueblos más cercanos al centro urbano, especialmente a San Diego de Alcalá. Alonso Valencia concluye al respecto que los pueblos de indios sólo sirvieron para conservar críticamente la institución de la encomienda, pero no garantizaron la supervivencia de las comunidades indígenas. No obstante, fueron una alternativa para consolidar una sociedad campesina frente a la establecida en las ciudades y punto de partida para que grupos de mestizos formaran en los siglos XVIII y XIX la trama urbana del actual Valle del Cauca20.

Los pueblos de indios de Cali fueron una construcción de los intereses de los encomenderos en los siglos XVI y XVII con poca base prehispánica, al contrario de lo ocurrido en otras regiones, como en el Altiplano cundiboyacense o en México central, entre otros lugares en donde hubo fuerte presencia indígena y el poblamiento fue principalmente determinado por la ubicación de los asentamientos anteriores a la conquista21. La situación de los pueblos en Cali fue el corolario de la destrucción de grupos prehispánicos en la región en el siglo XVI y de la adición de individuos y familias afectadas por el proceso anterior, junto a los inmigrantes, a la condición sociorracial de “indios”, estos debieron asentarse en un territorio designado por las autoridades españolas para vivir en comunidad. A primera vista, fueron comunidades “impuestas” para garantizar el control del tributo y el trabajo de los varones22, así como la doctrina y la moral cristiana en ellos y sus familias. Pero lo singular del caso es el por qué y el cómo subsistió esta institución de bases tan endebles en Cali hasta el inicio del periodo republicano. Además, debe cuestionarse por qué, si languidecían, no se acabaron a la velocidad con la que lo hicieron, hasta 1700. La respuesta estaría en los procesos asociados a las “tierras de indios”23, junto a la interiorización de las obligaciones y prerrogativas de su estamento, que generarían prácticas sociales, económicas, culturales y políticas con miras a la conservación de las tierras por parte de las comunidades que las usufructuaban, así como a la protección legal, individual y colectiva, por parte del Estado. A raíz de esto, se desdibuja un tanto el carácter de comunidad “impuesta”, siendo el rastreo de dichas prácticas uno de los objetivos de esta investigación.

La institución de los pueblos de indios era la forma de vida colectiva ideal concebida para los individuos y comunidades indígenas, quienes, desde ahí, disfrutaron, usufructuaron y disputaron una de las principales fuentes de riqueza de aquel entonces: la tierra. Además, hicieron uso de dicha institución para organizar, así fuera precariamente, su vida comunitaria, principal garante del acceso a la tierra y a la justicia diferenciada; por ello, se generaron varios procesos que interiorizaron conceptos relativos a la justicia, el vasallaje, la vida en policía, el ser buenos cristianos y demás elementos de la retórica y la práctica política. Las estrategias jurídicas se acompañaron de estrategias sociales y económicas, tal como el integrar a mestizos como indios ante las autoridades, la flexibilización de los lazos comunitarios y la explotación de las tierras por medio de arrendatarios y familiares mestizos.

Figura 1.1 Paisaje del Valle del río Cauca

Fuente: ANDRÉ, Édouard (1884), p. 709.

Estos procesos se hicieron desde lo español, y para lo español y lo colonial –que copaba todos los espacios sociales, económicos, culturales y políticos en la región–, ante la inexistencia de comunidades claramente diferenciadas étnicamente de los blancos, las castas y los esclavos, como corolario del desvanecimiento de lo prehispánico.

El espacio y su utilización

El paisaje del Valle del río Cauca en los siglos coloniales era muy diferente al actual (en donde predomina el monocultivo de la caña de azúcar), salpicado con algunas parcelas de hortalizas y árboles frutales explotados de manera intensiva, sobretodo en el piedemonte de las cordilleras. También la ganadería ocupa algunas zonas planas y montañosas, arrinconando a las comunidades campesinas en pequeñas propiedades de tierra. Otro elemento del paisaje rural vallecaucano es la casa de campo turística, principalmente en zonas de clima templado o frío cercanas a los centros urbanos. Este panorama empezó a configurarse desde mediados del siglo XX con el desarrollo agroindustrial y la urbanización.

Anteriormente, la parte plana de este valle era ocupada por ciénagas y madreviejas (lagunas formadas por el desvío de cauces fluviales) del sistema formado por el Cauca y sus tributarios, rodeadas de zonas selváticas anfibias, llamadas montes de Cauca. Habían otras partes planas ubicadas en el piedemonte, pero no se inundaban y eran las más aptas para las actividades agrícolas de la época, aunque eran escasas. En ellas se asentaban los poblados, las estancias y las haciendas24. Desde la parte plana no inundable (más o menos sobre los 1.000 msnm) hasta aproximadamente los 1.400 ó 1.500 msnm se ubica la llamada –según la documentación– sierra baja, ocupada por espinos y vegetación de bosque seco, poco favorable para los cultivos, pero propicia para la cría de chivos y la consecución de leña seca. Más arriba, hasta las cimas de la Cordillera Occidental (cuya altura oscila entre los 1.700 y 2.500 msnm), se encuentra la llamada sierra alta, con características opuestas a la sierra baja, muy favorable para la ganadería de leche y poblada, esencialmente, por bosques húmedos de montaña. La diversidad de estos cuatro espacios otorgaba una variedad de posibilidades en las actividades económicas para hacendados, estancieros, medianos y pequeños propietarios y, en este caso, para los indios25.

Como reflexionó Jacques Aprile-Gniset, uno de los motores de la cartografía en el periodo colonial eran los conflictos por tierra26. En lo concerniente al presente estudio, el conflicto entre un hacendado y el pueblo de Yumbo, entre 1770 y 1772, trae a colación un mapa que muestra los cuatro espacios mencionados (sin ser éste el principal objeto del dibujo); están resaltados, a excepción del llano no inundable:

Figura 1.2. Los cuatro pisos ecológicos en un plano de los alrededores de Yumbo (1770)

Fuente: MENDOZA MAYOR. Alberto (1983), p. 93.

Estos espacios estaban poblados de manera desigual: desde las máximas concentraciones en los centros urbanos de Cali y Roldanillo, pasando por los poco nucleados pueblos de indios, las haciendas y las estancias; finalizando en los ranchos o bohíos temporales de los campesinos, ubicados en los montes de Cauca o en la sierra alta. La poca población en la jurisdicción de Cali (16.455 habitantes para 179727, situados en unos 3.200 a 3.500 km2) y la preferencia por concentrarse en zonas planas no inundables eran en ese entonces las características más notables del poblamiento. El ancho de esta faja de terreno era de algunos centenares de metros en algunas partes de Yumbo, y con hasta 3 ó 4 km en Jamundí y Cali. De largo se contaban unos 160 km de sur a norte. Desde esta parte se articulaban las otras fajas de terreno por ser prácticamente el núcleo de la población, desde allí se accedía temporalmente a los demás espacios para actividades como la caza, la pesca, la ganadería, la recolección de leña y el comercio. Sólo dos de los ocho partidos de Cali: El Salado, asentado en la sierra alta, en la vertiente y camino hacia Buenaventura, y Yunde, en los montes de Cauca, en la banda derecha de este río, eran la excepción respecto a esta forma de poblamiento28. El rápido acceso entre los distintos pisos climáticos determinaba la tendencia a la concentración del poblamiento en la zona no inundable, pues facilitaba el tránsito hacia las demás. Se encuentra que desde lo más lejano en la sierra alta hasta el Cauca habían dos horas de camino por Riofrío29; de Yumbillo (sierra alta) al pueblo de Yumbo (zona plana no inundable) habían entre 45 cuadras (unos 2.250 m) y una legua (unos 5.500 m), según las fuentes tomadas de un juicio de 174230; también, se estimaba una hora de camino desde el núcleo urbano de Cali al Cauca31. Por lo general, las distancias eran parecidas a lo largo de la banda izquierda del río Cauca, pero en la banda derecha la distancia entre el río y el piedemonte varía entre 6 km, a la altura de Buga, y 25 km, en el actual municipio de Florida, al sur del valle geográfico32.

El río Cauca era una importante vía de comunicación y articulaba ambas márgenes: los caminos confluían en los pasos del río, durante los siglos XVI y XVII estos fueron atendidos por indios mitayos33 y en el siglo XVIII por particulares. Productos, animales y personas pasaban de un lado al otro de este afluente, que legalmente separaba las jurisdicciones de las ciudades de Cali y Buga, pero integraba económica y socialmente la población de la región.

Volviendo a la banda izquierda del río Cauca, es decir, a la jurisdicción de Cali, se tiene que era una estrecha faja de tierra constituida por cuatro zonas horizontales con distintas opciones de explotación económica y de relación con el entorno. Casi todas las grandes propiedades tenían acceso al menos a dos de estos pisos para asegurarse una gran variedad de bienes y productos. Los indios, como grandes beneficiarios y usufructuarios de tierras, tenían una posición relativamente ventajosa respecto a la gran propiedad privada. Por ejemplo, sus tierras en Roldanillo abarcaban los cuatro espacios, al igual que las de Yumbo, Loma de las Piedras y Ambichintes34. Lo plano no inundable y los montes de Cauca lo ocupaban San Diego de Alcalá de los Yanaconas, Amaime y Napunima35. Las tierras de Arroyohondo comprendían el acceso desde la tierra no inundable hacia arriba, abarcando las sierras bajas y altas36. En línea con lo anterior, se podría decir que los indios tenían un gran acceso a productos y materiales de distintos pisos ecológicos, frente a los grandes propietarios e individuos de las castas que no gozaban de derechos en las tierras comunales.

Aunque el tema del poblamiento de las castas y españoles no es un eje central en este trabajo, se relaciona con el de los indios, al ocupar preferentemente los mismos espacios y al relacionarse como vecinos. En el Valle del río Cauca hubo una heterogeneidad de formas de ocupación del espacio, representadas en las ciudades, pueblos de indios con población libre, poblados propiamente de libres, haciendas, estancias y asentamientos aislados de familias de arrendatarios y pequeños propietarios, concentrados en lo plano no inundable, y en el caso de algunos campesinos, en lo inundable37.

El poblamiento del Valle del río Cauca tuvo un aspecto parecido al del Altiplano cundiboyacense, donde los valles determinaban el poblamiento más o menos concentrado; al contrario del Caribe y Antioquia, donde había más espacio y dispersión de la población38. La relativa concentración de la población en la banda izquierda del río Cauca hizo innecesaria la política de poblamiento llevada a cabo en el Caribe y Antioquia; pudiéndose aplicar aquí la conclusión de Eduardo Mejía, especialmente para la banda derecha del Cauca, al afirmar que se aplicó a nivel micro la política de concentración poblacional por parte de hacendados, quienes solicitaban tener jurisdicción criminal y civil, además, la disposición de capillas para administrar servicios religiosos a trabajadores y agregados de sus haciendas39. A lo anterior, se agregaría que, a diferencia de lo acontecido en la banda derecha del Cauca, en la banda izquierda hubo una mayor influencia de los pueblos de indios en la concentración poblacional, debido a la existencia de las iglesias doctrineras. No está claro si la concentración de población libre alrededor de los pueblos de indios hizo que se interiorizara en estos últimos valores más acordes al Estado español, como ocurrió en el Altiplano cundiboyacense40; pero, hipotéticamente, se puede concluir que la población libre del Valle del río Cauca no fue tan independiente como en el Caribe, pero tampoco tan controlada como en el Altiplano –a razón de la naturaleza del poblamiento y la poca presencia de curas. Esto se puede apreciar al considerar la proporción de curas seculares con respecto a la población total, ya que estos tenían más contacto con la gente y podían ejercer un mayor grado de control político y social. En Cali, en el padrón de 1797, se registró un cura por cada 1.265,79 habitantes, un coeficiente mucho más bajo que los registrados para Popayán (201,22) y Pasto (541,95), y más reducido que en las otras ciudades de la región: Buga (555,04), Caloto (983,54), Toro (980) y Cartago (591,5)41.

Lo plano no inundable era el centro de la población, debido a las ventajas de los parajes secos para la agricultura y a la buena comunicación ofrecida por los caminos reales y locales. Fue el sitio escogido por los conquistadores para sus asentamientos en el siglo XVI, pero allí el poblamiento prehispánico concluyó, pues se prefirió la sierra alta y los montes de Cauca42, estas áreas adoptaron un carácter más bien periférico respecto al llano seco. La ganadería era infructuosa en lo inundable en la época de invierno, pero la caza y la pesca sí eran notorias actividades económicas que se combinaban con rocerías en los pocos terrenos secos desmontados al lado de ciénagas y ríos. Además, este espacio tenía la ventaja del fácil acceso a las vías de comunicación fluvial y lacustre43. Lo inundable fue más propicio para la economía campesina y la pequeña propiedad, que para las grandes extensiones de tierra dedicadas a la ganadería y la agricultura. Los montes de Cauca, por no acomodarse a la economía estanciera y hacendataria, fueron espacios proscritos por las autoridades civiles y eclesiásticas, concentradas en el piedemonte seco. Por ello, en 1737 el Obispo de Popayán comisionó a los curas y las justicias para destruir las casas y sembrados de los habitantes que no estaban vigilados moral ni socialmente en los montes de Cauca de Roldanillo, Riofrío, Anserma y Toro, lo cual tuvo poca trascendencia44. Luego, al aumentar la ocupación de este espacio por las castas, durante la segunda mitad del siglo XVIII, las medidas punitivas se acabaron ante la realidad social, que plasmó abiertamente en documentos judiciales y notariales la posesión de estos terrenos.

Por otro lado, la sierra alta era proveedora de maderas y pastos húmedos para las reses en verano. Era el sitio donde se “queseaba” o elaboraban quesos; pero no era sitio de residencia permanente, al juzgar por la presencia de bohíos y ranchos transitorios45, aunque deben exceptuarse los tambos de los sitios de paso junto a los caminos a Buenaventura por El Salado, Sombrerillo y Calima. Pero el espacio más periférico en el Valle del río Cauca era la sierra baja, por sus características estériles, sólo propicias para la ganadería de especies como la cabra (chivo) y la consecución de leña seca. Este espacio era ocupado por el bosque seco tropical, pero desde temprano se deforestó para dar paso a los chivos, las reses y otros ungulados, que modificaron el paisaje con sus pezuñas y su alimentación, haciendo simplificar la flora a favor de los arbustos y de otras especies no consumibles por el ganado46. Desde 1568 las sierras bajas de Yumbo eran infértiles a los ojos de los que pedían mercedes de tierra en la zona47. Aún hoy se ven dichos terrenos desolados y despoblados, abriendo un paréntesis entre el llano, densamente ocupado, y los terrenos, intensamente parcelados, de lo que antes era llamada la sierra alta.

Las actividades económicas en el llano inundable

La caza y la pesca en los montes de Cauca eran actividades suplementarias de la crianza de cerdos y el cultivo de platanares (pequeñas huertas de pancoger y de subsistencia, donde el producto principal era el plátano)48, pero eran actividades características atribuidas a los indios. Por ejemplo, en el proceso llevado a cabo para trasladar a los indígenas de Tuluá (jurisdicción de Buga) a Riofrío en 1803, aquellos a quienes convenía el traslado sostenían que este pueblo ofrecía una amplia oferta de pesca y caza, actividades consustanciales de los indios, con las cuales estarían cómodos. Pero los detractores del traslado, entre ellos el Alcalde partidario de Riofrío y varios vecinos de Tuluá, decían acertadamente que los terrenos eran pequeños e inadecuados y sólo había uno o dos cazadores pertenecientes a las castas, pero en la sierra alta no había nadie que se ocupara en la pesca49. Otra muestra sobre la atribución de la caza y la pesca a los indios son dos órdenes, una de 1694 y otra de 1703, en las cuales se exige a las indias vender pescado y otros productos los días viernes en el mercado de la plaza mayor de Cali “como antes lo hacían”50. Luego, no hay más disposiciones en este sentido, posiblemente debido a que los indios no eran los únicos proveedores de pescado en la ciudad o, simplemente, encontraron mejores alternativas de comercializar sus productos. Sólo en el testamento de un montañés51 mestizo que quiso pagar tributo –perfilándose así como un posible indio rico– se hace mención a una plomada de atarraya de 10 libras para pescar aportada por su esposa en el matrimonio, pero éste es un elemento secundario detrás del ganado, las casas y platanares, al mismo nivel de los machetes, barretas y un hacha52. Parece que ya, para finales del siglo XVII, la pesca no era importante, pues dejó de ser regulada por el Cabildo caleño y fue adoptada por las castas en el llano inundable. Por ejemplo, se menciona que en la Laguna de Aguablanca en Cali los vecinos se ocupaban de la cacería, la pesca y el comercio53.

Los montes de Cauca sí eran importantes para la cría de cerdos, los cuales andaban de día casi en completa libertad, alimentándose de burilicos (Xylopial ligustrifolia), higuerones y la palma de puerco (Scheelea butyracea)54, entre otros vegetales. En la noche, al parecer se guardaban en corrales cercanos a los montes55, relativamente alejados de las huertas y sementeras, debido a los daños ocasionados en tierras mal cercadas56. Los mercados de los porcinos eran las minas del Chocó y de la vertiente del Pacífico57, pero parece que no en terrenos marginales, como lo dice Eduardo Mejía en el Origen del Campesino Vallecaucano, al menos no para los campesinos porcicultores, porque se encuentran varias alusiones a la importancia de los montes de Cauca para esta empresa, al punto de llegar a clasificar las tierras como buenas o malas para los marranos58. Lo anterior fue argumento para no trasladar a los indios desde Tuluá a Riofrío, pues las tierras no tenían burilicales para los cerdos59.

No hay referencias del siglo XVII sobre la porcicultura llevada a cabo por lo indios y los libres, pero en las primeras décadas del siglo XVIII son continuas, algunas de ellas reflejan el surgimiento de esta actividad con frases como “los indios viejos no tenían marranos porque les dañaban las sementeras”60. La expansión de la porcicultura extensiva se dio, principalmente, tras la superación del conflicto entre la ganadería y los cultivos, representado en los daños ocasionados por los animales en las sementeras, el cual ha sido un tema estudiado en todas las sociedades indígenas sustentadas en la agricultura61. Parece que los indios tampoco fueron cuidadosos con las cercas y otras maneras de alejar a los cerdos, porque la expansión de la porcicultura indígena, junto con el arrendamiento de tierras de los pueblos, fueron procesos contemporáneos nacidos de la amplia disponibilidad de terrenos suscitada por la disminución de la población, lo que les hizo abandonar (por rentabilidad y trabajo) la roza y la sementera por la res y el marrano, y en pocos casos el arroz, dejando la agricultura para el autoconsumo y el abastecimiento de la ciudad de Cali. La práctica del arrendamiento de tierras para la ganadería está documentada en Roldanillo desde 1694. Incluso, en la fundación de la Loma de las Piedras en 1733, un religioso quien era propietario de las tierras aledañas al pueblo cedió algunas con la condición de que los potreros de marranos no fueran arrendados para ganado, como sucedía en Roldanillo62. Sólo se ha hallado un arrendamiento para cultivos a un mediano empresario por parte de los yanaconas, de 13 ó 14 cuadras (83 ó 90 ha) por 10 patacones anuales durante nueve años63. En Yumbo, los indios daban permiso –o arrendaban– a Gertrudis de Quesada para criar cerdos en 174264. Los indios posiblemente vieron las oportunidades que ofrecían los porcinos y decidieron introducirse en el negocio; puesto que, donde la hacienda no pudo abastecer al Chocó, los campesinos indios y libres veían oportunidades comerciales, especialmente con la decadencia de la economía de los hacendados desde mediados del siglo XVIII.

Es posible que los precios de los cerdos variaran a lo largo del tiempo debido a su disponibilidad; en 1742, 31 porcinos de Estéfana de Castro valían 44 patacones, a razón de casi 1 patacón, 3 reales y 2 tomines cada uno; y, en 1809, Ascencio Ajo declaró en su testamento tener 10 marranos de a 2 patacones cada uno65. Haciendo cuentas someras, el tributo de un año (siete patacones) equivalía a cinco cerdos en el caso de 1742 y en el de 1809, a tres y medio. Era un buen negocio la crianza de porcinos y fue parte de la riqueza material de las familias indias, pues en algunos testamentos la presencia porcina sólo está detrás de la vacuna y equina: José Pérez y Lile tuvo 25 cerdos y una parida, la mitad de ellos en sus corrales de los montes del Cauca. En el caso de Yumbo, muchos indios declaraban tener no más de 1066. Por último, la propiedad de los cerdos era privada y no colectiva, sin embargo, debido a la crianza de estos animales, en la cual se recurría a métodos extensivos y en cuasi libertad, se empleaban los espacios comunales de los montes de Cauca.

La poca tierra seca y limpia de malezas disponible en los montes y ciénagas de Cauca era útil por quedar cerca de las vías de comunicación y comercio. Además, eran sitios de paso que servían para la pastura y las sementeras. Por eso fueron lugares de continua disputa entre terratenientes e indios67 y, en muchos casos, entre terratenientes que sucedían a los indios como propietarios de las tierras de pueblos extinguidos, suceso visto en el proceso de la consecución las tierras de Napunima en 175368. Germán Colmenares ya había mencionado que sólo entre propietarios blancos e indios existían enfrentamientos por terrenos, debido a que las castas no tenían grandes e importantes extensiones de tierra69.

Algunos cultivos comerciales tenían asiento en los montes de Cauca, aprovechando las conexiones con los ríos y ciénagas; por ejemplo, el cacahual que tenía José Pérez y Lile al lado de su platanar grande. Ascensio Ajo también poseía uno al lado de su casa de paja. María Cobo, casada con un indio de Yanaconas, tenía en 1791 un cacahual corto en el Potrero de Bolo, propiedad de los antiguos ambichintes70. Los propietarios de cacahuales solamente eran aquellos con capacidad económica para desarrollar este cultivo sin afectar su seguridad alimentaria. La propiedad de otros cultivos comerciales también funcionaba como diferenciador socioeconómico, pero este tema será tratado más adelante.

Las actividades económicas en el llano no inundable y en los demás espacios

El llano no inundable, como se mencionó antes, era el espacio escogido para la residencia y, debido a que ofrecía una amplia gama de productos agrícolas, también era la sede de los cultivos más importantes en la economía de consumo familiar o con destino al mercado. Era seco, ocasionalmente necesitaba de irrigación con acequias. Los cultivos que tenían los indios eran de maíz, plátano, arroz, frijol, yuca, frutales y cacao71. El cacao y el arroz eran cultivos comerciales, pero de pequeña extensión, pues no hay registro de arrozales de más de una fanega o de pocos almudes (3,84 ha y 3200 m2, respectivamente, según Colmenares)72 y todos los cacahuales se registran como cortos o pequeños, términos utilizados por sus propietarios, lo que da una idea de la capacidad económica de estos “indios ricos”, no podían pagar muchos jornales ni expandir mucho sus cultivos en la propiedad comunal. Este punto conlleva a reconocer el hecho: quien utilizaba las tierras del pueblo sólo poseía el cultivo, mas no la propiedad del predio73. El acceso a ellas también fue motivo de enfrentamiento con los terratenientes74.

La definición de las reglas de uso y la distribución interna de las tierras entre los indios es un asunto poco visible; pero en el caso de los cultivos comerciales, al parecer se tenían en cuenta factores como la capacidad de invertir dinero en la siembra y que la parcela cultivada no interfiriera con las de los indios pobres ni las tierras comprometidas en arriendos. Sin embargo, por lo que se puede deducir en un ejemplo de Riofrío, en 1776 a los pobres se les dejaban los espacios periféricos, en detrimento frente a los centrales, los cuales se destinaron a lo comercial y a los indios ricos75. El acceso y la producción de los indios en sus tierras los diferenciaba de los demás sectores de la población, a quienes siempre les tocó manejar el suelo que utilizaban como propiedad privada individual (propia o en arriendo). El acceso a la tierra colectiva era esencial e identitario de los indios, constituía un elemento diferenciador. Finalmente, como ya se mencionó, otro elemento notable de los cultivos comerciales manejados en tierras de los indios, es su variedad. Ésta favoreció el policultivo, más beneficioso a largo plazo para la fertilidad de los terrenos76; en comparación, por ejemplo, con el monocultivo del trigo, al cual los descendientes de los muiscas destinaron una cuarta parte de sus mejores tierras, causando erosión en la región; agravando así, junto con la supresión de resguardos, la situación de estas comunidades en el siglo XVIII77.

Por el tamaño de los cultivos comerciales, se puede deducir que la extensión de los de pancoger era menor, allí se trabajada con mano de obra familiar y con métodos más intensivos; comparados con los de Yucatán, que demandaban 2,4 ha (hectáreas) anuales para una familia nuclear y 12 ha cada cinco años para la roza y quema78. Las referencias de los indios respecto a sus cultivos individuales dan cuenta de la estabilidad percibida en aquellos espacios y de la utilización de utensilios de hierro para la explotación del suelo, por lo que no requerían de la roza y la quema. Las herramientas, posiblemente, se adquirían en el mercado a través de mercaderes y tratantes en Cali o Roldanillo. La ausencia de bueyes de tiro también da una idea del tamaño de los cultivos de las familias indias, estos eran pequeños, en contraste con los de las haciendas. A diferencia de lo que ocurría en Cali, en el caso del resguardo de Facatativá, en el Altiplano cundiboyacense, los miembros ricos de la comunidad si poseían bueyes de yunta y, por lo tanto, mayores recursos individuales79.

Los cultivos de las haciendas, estancias y, en general, de los nobles y libres de todos los colores, se diferenciaban respecto a los pertenecientes a los indios por la utilización, en algunos casos, de esclavos; el manejo no colectivo de la propiedad; los mayores rangos de inversión de dinero; la siembra de caña, y la posesión de trapiches para molerla80. Los indios no tenían modo de instalar un trapiche en sus tierras para elaborar panela, guarapo o aguardiente, pero ello respondía a motivos más profundos que la capacidad económica: la secular prohibición de producir bebidas alcohólicas81 y la competencia de los libres en la saca de aguardiente. A lo largo del siglo XVII fueron continuas las prohibiciones contra las borracheras y “bebezones de indios”, destacándose la ilegalidad de la producción de aguardiente. Ya bien entrado el siglo XVIII, sobresale la actividad de los doctrineros en la destrucción de botijuelas de aguardiente, a raíz de lo pernicioso del licor en los indios y por el mantenimiento del orden social82. Los indios no tendrían estímulos para producir bebidas alcohólicas en trapiches a gran escala, pero sí para procesar pequeñas cantidades para el consumo. No está claro si, en general, cultivaban la caña o la adquirían de sus vecinos. Sólo hay una referencia aislada sobre el hecho de que los indios de San Diego de Alcalá de Yanaconas cultivaban caña en sus tierras, colindantes con Ambichintes, a orillas del Río Cali en 168483.

La ganadería de especies mayores (reses y caballos) en el llano no inundable comenzaba y terminaba en los corrales, pero se hacía en potreros demarcados para la pastura en común, cerca de los caminos y poblados. En los líos por tierras, las acusaciones sobre el daño ocasionado por el ganado a los sembrados indios, también eran excusa perfecta para sacarlos de los potreros84. El conflicto entre ganado y sementera fue resuelto por los indios a favor de los animales, sin descuidar la autonomía en la subsistencia; haciendo buenos, pero reducidos corrales para las huertas familiares y dispersando sus cultivos lejos de los terrenos de pastura. La tenencia de ganado era conflictiva cuando era instalado cerca de los poblados, pues las reses lamían las paredes de las casas e iglesias. Si eran de alguien no perteneciente a la comunidad, se les desjarretaba, encebaba la lengua y aperreaba85.

Los ganados, como los cultivos, eran individuales, predominando las reses sobre los caballos. No hay registro sobre la cría de mulas, a la cual sí se dedicaban los nobles y algunos libres. Las cantidades eran pequeñas: María Cobo tenía, en 1791, 55 vacas y 5 caballos; el arrocero Ascencio Ajo, en 1809, 19 vacas y 6 caballos; doña Úrsula Higuita de Arroyohondo, donó dos vacas con crías a los jesuitas en 1728; María Quintero de Yanaconas, poseía 5 reses, junto con 12 equinos, en 1757; Juana de Santa María de Yumbo, en 1747, tuvo que vender unas reses y un caballo para pagar 36 patacones al doctrinero por servicios religiosos; José Pérez y Lile tuvo, en 1782, 50 reses y 9 equinos, y los yanaconas, en 1808, tenían poco ganado y algunos cerdos en su pueblo86. Los indios de la provincia de Antioquia tenían cantidades parecidas de ganados mayores, pero eran mucho más afectuosos con sus animales, les daban nombres propios y demostraban en sus testamentos gran apego a estos compañeros de faenas diarias que eran símbolo de estabilidad económica87. La parquedad con la cual los de Cali describían sus ganados posiblemente fue consecuencia de su abundancia y su facilidad de cambiar de manos.

Las cantidades de reses de los indios ricos son mínimas, en comparación con el ganado de los nobles de la ciudad. Colmenares registra desde 7 a 2.000 reses y de 12 a 828 equinos en varias haciendas entre 1719 y 1770. Asimismo, en Estado de Cali y sus partidos en 1808, el ganado se cuenta en cantidades algo inferiores por toda la jurisdicción88. El precio aumentó en el siglo XVIII debido a la continua escasez regional por su envío a otras ciudades y a regiones mineras, pues subió de dos y medio patacones al por mayor, a comienzos del siglo, hasta seis, en los lustros finales. Una vaca lechera después de 1750 podía valer cinco o siete patacones89. Así, el negocio del ganado para los indios era rentable, pues sólo debían invertir en el semoviente y no en la tierra que por derecho de nacimiento podían usufructuar. Con el valor de dos y media reses a principios de siglo, y de poco más de una a finales, un tributario podía pagar su obligación anual. Pero la pobreza de los indios y las facilidades de cría de los cerdos llevaron al grueso de esta población a recurrir más a estos animales, que a reses y caballos.

Otro aspecto de la ganadería mayor era la rotación estacional; se aprovechaban en verano los pocos potreros de los montes de Cauca y en invierno el llano no inundable para el ganado de carne y levante. El ganado lechero estaba preferiblemente en los espacios abiertos de la sierra alta90. Este acceso a varios pisos ambientales daba una ventaja a los indios sobre las castas, estos últimos estaban limitados generalmente a un piso si eran propietarios o arrendatarios, o debían estar vinculados como agregados a una clientela y voluntad de un hacendado para tener acceso a las diferentes zonas ambientales de una hacienda.

En Roldanillo hubo una especialización progresiva de actividades agrícolas entre los indios y sus vecinos que se consolidó a lo largo del siglo XVIII. Los indios se ocupaban más en la ganadería en el llano inundable y no inundable, mientras que sus arrendatarios (españoles, montañeses, mestizos, mulatos, pardos y negros libres) ejercían la agricultura en pequeñas y medianas explotaciones; en conjunto con la ganadería a una escala mucho menor. Las descripciones a lo largo del tiempo dan cuenta de una ocupación progresiva del espacio por parte de los libres, aprovechando la cantidad de terreno disponible. Los indios tenían la propiedad de una legua de tierra (5,5 km aproximadamente) que rodeaba al pueblo y otra en el sitio del antiguo pueblo del Pescador o del Pescado. Ese era todo el espacio asignado en 1683 para las familias de una población tributaria de 59 hombres, y en 1808 para 92 indios de ambos sexos y de todas las edades91