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Elver fue sacrificada a un dios sangriento cuando era niña, pero la Reina de las Serpientes la devolvió a la vida, transformándola en algo más que humano. Artair, por su parte, es un insomne poseído por un espíritu violento mientras duerme. Cuando una misión los une, ambos descubren que están atrapados en un conflicto entre dioses, monstruos y una magia peligrosa. Con un vínculo imposible, secretos ocultos y un triángulo amoroso inusual, sus decisiones podrían llevar al mundo a la destrucción.
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Seitenzahl: 447
Veröffentlichungsjahr: 2026
Bienvenidos a un mundo de dioses y monstruos...
Elver fue sacrificada en nombre de un dios sangriento cuando era solo una niña, pero la Reina de las Serpientes la reclamó como su hija, reemplazó su sangre por veneno y le devolvió la vida.
Artair es un insomne. Mientras duerme, es poseído por un espíritu de deseos violentos, y por eso vive aislado. Sin embargo, cuando una poderosa fuerza lo obliga a salir al mundo, una misión lo pone cara a cara con Elver. Y la chica venenosa descubre que él es el único humano a quien su toque no puede matar.
Cuando decide ayudarlo, no sabe que Lucien –ese Otro que lo habita– está empeñado en manipularla para sus oscuros propósitos. Pero Elver también esconde secretos y tiene sus propias razones para fingir una alianza con estas dos almas.
Atrapados en el fuego cruzado de dioses, monstruos y una magia peligrosa que apenas pueden comprender, es solo cuestión de tiempo antes de que sus elecciones hagan arder el mundo hasta los cimientos.
Con toda su magia y un triángulo amoroso nunca antes visto, Los Insomnes te dejará hechizado.
Es una escritora londinense que reside en Bristol con su pareja, también autor de fantasía, y su pequeño gato.
Escribe novelas con mucho humor, magia y horror, y protagonistas femeninas fuertes. En 2015 fue nominada a Mejor Revelación en los British Fantasy Awards.
Además de leer, escribir y dibujar, ama la animación, la historia, los murciélagos, las películas de terror y los juegos de fantasía en los que un elfo sexy puede romperte el corazón.
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PHOTOGRAPH © LOU ABERCROMBIE
Para Pete, por darme la más inesperada de las historias.
El sol se asomaba por el horizonte y las serpientes no habían dejado de gritar en toda la noche.
La niña había permanecido despierta en la cama escuchándolas, al igual que todos los ciudadanos de Addersport. Había empujado su cama contra la ventana para oírlas con especial atención: sus voces eran agudas e inquietantes, un sonido que le recordaba a un dedo húmedo deslizándose por un cristal. Addersport estaba junto al mar, más bien dentro de él. Numerosos canales atravesaban la ciudad como las venas de una hoja y las pequeñas serpientes marinas nadaban por estos sin mayor preocupación, haciendo que cada uno resplandeciera con sus escamas azules, verdes, amarillas y negras. Cruzar un puente en Addersport, por estos días, era arriesgarse a sentir una serie de dientes afilados en los tobillos. Los caminos que bordeaban los canales eran demasiado peligrosos. La ciudad estaba sitiada.
Esa mañana, durante el desayuno, corría el rumor en el orfanato de que los oficiales de la ciudad habían traído una maga para lidiar con estos monstruos despiadados: una devota de uno de los doce dioses; una que podría pedir un deseo y desterrar a las serpientes. La niña miró su tazón de avena y pensó: ¿qué dios? Tal vez, el Cuervo Encapuchado. El dios de la muerte podía convertir a todas las serpientes en alimento para gaviotas en un abrir y cerrar de ojos. O tal vez la Jauría, el dios de la caza, que podría bendecir a los barcos pesqueros de la ciudad y darles la fuerza suficiente para acabar con las bestias.
Afuera, los gritos continuaban.
Por la tarde, mientras los niños se reunían en el polvoriento salón de clases, llegó un grupo de hombres con los uniformes de la guardia de la ciudad. Tenían rostros ilegibles y sombríos. La niña, sentada en su pupitre junto a la puerta, no alcanzaba a oír lo que decían los guardias y el administrador del orfanato, pero sí llegó a ver que le entregaron una pequeña bolsa. Se veía pesada y emitió un tintineo metálico cuando él se la guardó en el bolsillo. Una vez que los guardias se marcharon y el administrador volvió desde la puerta principal, alzó la mirada y la vio a ella. Para su sorpresa, el rostro del hombre, siempre de un color cenizo, se ruborizó con intensidad y se marchó enseguida. La niña, al mirar el suelo polvoriento donde él había estado parado, sintió un escalofrío en todo el cuerpo. Algo estaba pasando y no era nada bueno.
Por eso, cuando fueron a buscarla, no se sorprendió demasiado. Fue en medio de la tarde, cuando los huérfanos trabajaban zurciendo ropa por unas pocas monedas. Un chico y una mujer joven llegaron al taller y se quedaron allí unos instantes, observando a los niños. Iban tan bien vestidos que los huérfanos guardaron silencio de inmediato. Rara vez recibían visitas y mucho menos de personas vestidas con sedas borgoñas e hilos dorados. El chico debía tener unos trece o catorce años y era atractivo de una manera algo fría. Tenía el cabello negro peinado hacia atrás en una trenza y sus ojos castaños, casi dorados, parecían devorar ávidamente todo lo que miraban. La mujer, que aparentaba unos veinte años, tenía piel morena y el cabello oculto bajo un retal de tela bordada. Ambos llevaban en el pecho un broche de oro solido con forma de león, cuyas garras estaban cubiertas por rubíes que parecían sangre.
La niña, que con sus doce veranos era la mayor del grupo, se incorporó sobre su montaña de tela. El corazón le latía demasiado rápido y el aire se sentía espeso, cargado de peligro. Mantén la frente en alto, pensó.
–¿Quiénes son? –preguntó ella. No había ningún adulto responsable presente. El administrador, curiosamente, estaba ocupado–. ¿Qué quieren?
–Impertinente –dijo la mujer, sin rastro de ira. En todo caso, parecía aburrida–. ¿No ves con quién estás hablando?
–Acólitos de la Garra Sangrienta –respondió la niña, mirando el broche del león. Podía sentir cómo los otros niños la observaban. Se aclaró la garganta–. O eso creo. Pero ¿qué quiere la Garra Sangrienta con los huérfanos?
–Es lista –señaló el chico, apenas volviéndose hacia la mujer que lo acompañaba–. Sabes que a Madre le gustan más cuando son inteligentes, Dalesh.
La niña parpadeó. ¿Eran hermanos?
La mujer soltó un quejido.
–¿Qué sentido tiene un sacrificio si no pierdes nada? –dijo como si estuviera recitando algo que había repetido muchas veces–. A nuestro Señor le gusta que su comida suplique con elocuencia y grite con gracia –suspiró–. Pero nos pidió que miráramos a todos. Madre nos confió una tarea importante.
–Está bien. –El chico sacudió la mano como si estuviera espantando un montón de moscas–. Tengo un presentimiento. Y ya sabes que Madre confía en mis presentimientos.
La mujer hizo una mueca de disgusto.
–Está bien.
–Entonces, está decidido –dijo él, con una sonrisa punzante y vacía de calidez. Señaló con impaciencia a la niña–. Ven, tú. No tenemos todo el día. Vienes con nosotros.
La niña dio un paso hacia atrás. A su alrededor, los demás huérfanos también retrocedieron, como si temieran compartir el mismo destino si estaban demasiado cerca de ella.
–No iré a ninguna parte con ustedes. –Formó dos puños–. El administrador no puede vender niños. Esta no es una aldea remota donde pueden hacer lo que les dé la gana. Esto es Addersport. –Respiró profundo–. Van a tener que sacarme a rastras.
El chico suspiró.
–Si insistes.
Bajo el sol del verano, el aire estaba saturado por el sonido de las serpientes. Unos guardias de la ciudad arrastraban a la niña por las angostas calles, evitando los canales principales, hasta que llegaron a la Roca del Abismo: una enorme formación natural que brotaba del lecho marino justo en los límites de Addersport. Hacía siglos, la ciudad había construido su puerto en torno a esa roca. Le habían tallado escalones en uno de los lados y una plataforma llana en la cima. En otros tiempos, los ancianos subían allí para avistar piratas y saqueadores; en ocasiones especiales, se celebraban bodas y, durante los días festivos, se arrojaban flores al agua. Cuando la niña llegó, la roca ya estaba rodeada por una gran multitud de ciudadanos. Permanecían en silencio, ya fuera porque la estaban observando a ella o a la figura que se erguía en la cima. La niña apenas podía distinguirla, puesto que el sol la envolvía en un fulgor cegador, convirtiéndola en nada más que una silueta oscura.
–¿Qué está pasando? –había preguntado, mientras la llevaban por las calles, su voz fluctuando entre la rabia y el miedo, lanzando todos los insultos que conocía. Pero ninguno de los guardias respondió. Ahora, el chico de ojos crueles y la mujer llamada Dalesh se hicieron cargo de ella.
–Has sido elegida para cumplir un gran honor este día –dijo el chico. La sujetó del brazo y empezó a subirla por los escalones en la roca. Era más alto que ella y no tuvo dificultad para moverla. Dalesh caminaba al otro lado, sujetándola aún con más fuerza–. Pronto conocerás a Madre Maura, una de las magas más célebres de todo Tlevrae. Vaya si eres afortunada.
–¿Una urraca? –La niña se echó hacia atrás, intentando liberarse–. ¿Me están llevando ante una maldita urraca?
Dalesh le presionó el brazo con demasiada fuerza.
–Ni se te ocurra decir eso frente a Madre –advirtió con un tono inalterable–. Detesta ese apodo. Muestra respeto o te arrepentirás.
–Aunque –agregó el chico, casi riendo–, no vas a tener mucho tiempo para arrepentirte.
Llegaron a la cima de la Roca del Abismo. El mar se extendía frente a ellos, azul profundo en la distancia, pero blanco y verde bajo la roca. La figura se acercó a ella y alzó una mano pálida de uñas rojas. Tomó la muñeca de la niña y, en ese instante, toda resistencia abandonó su cuerpo. Allí, no tenía poder alguno.
–¿Esto es lo mejor que consiguieron? ¿Una niñita andrajosa? Apenas es un bocadillo para nuestro Señor. –La voz de la mujer era rica y profunda, como el ronroneo de una bestia letal–. Ofrecerle menos de lo que desea es peligroso. No debí confiar en ustedes.
La niña reunió fuerzas para alzar la cabeza y mirarla, las uñas de la mujer se le clavaban en la piel. Era alta e imponente, tenía los pómulos marcados y una cabellera castaña rojiza abundante que caía sobre su espalda, suelta y trenzada a la vez. Un único mechón blanco nacía en su sien y se perdía entre la enorme maraña caótica. Llevaba una túnica escarlata y una diadema dorada con una garra rubí en el centro. Sus ojos eran de un verde amarillento punzante.
–Es la elección correcta –dijo el chico, lleno de confianza–. Estoy muy seguro, Madre. Es valiente e inteligente y desborda una energía agresiva. Tiene mucha resistencia. Si hubiera tenido la oportunidad de vivir su vida, sin duda habría hecho algo importante. ¿Y no es eso lo que nuestro Señor encuentra más delicioso? Todo ese potencial, solo para Él. Será más que suficiente para alimentar este hechizo.
–Solo yo puedo juzgar eso –replicó Madre Maura con brusquedad, arrastrando a la niña hasta el borde de la formación rocosa. Abajo, las serpientes marinas se retorcían en el agua en un frenesí hambriento, mientras sus cuerpos relucientes emanaban destellos dorados y plateados bajo el sol–. ¿Las ves, niña? –Madre Maura se asomó con los labios apretados–. Bestias jih inmundas. Monstruos repulsivos. No han hecho más que entorpecer el comercio de la ciudad durante semanas. Y eso sin contar todas las vidas perdidas. Once muertos, creo. –Hizo una mueca de asco y dejando al descubierto sus dientes blancos y perfectos–. Once vidas desperdiciadas, solo para alimentar a un gusano. Cuánto derroche. Pero tú, querida, tú puedes salvar la ciudad. Tu vida no será un desperdicio. Cuando las serpientes te despedacen, tu alma será devorada y saboreada por mi Señor y, entonces, Él me concederá una pizca de su poder para expulsarlas.
La niña abrió la boca, intentando obligar a las palabras a tomar forma en su lengua.
–Suél… ta… me.
Madre Maura rio. La tomó del frente de su túnica y la acercó aún más al borde, hasta que la niña pudo sentir el abismo a sus espaldas. La maga se inclinó hacia adelante, extendiendo un brazo, y la niña tembló. Solo tenía que soltarla y entonces moriría, caería al mar como una roca lanzada sin esfuerzo hacia un estanque. Miró por encima del hombro de Madre Maura y vio a los acólitos mirando con atención. Dalesh parecía incómoda, como si todo aquello le resultara desagradable. Pero el chico la miraba con ansia y entusiasmo en sus ojos castaños.
–Mi Señor, la Garra Sangrienta –recitaba Madre Maura, alzando la voz por encima del rugido del mar y los chillidos de las serpientes–. Toma esta vida llena de posibilidades, aliméntate de ella y concédeme tu bendición.
Algo empezó a resplandecer alrededor de la mujer, como la neblina cálida sobre los caminos en los días más calurosos. Los ojos de Maura destellaron como los de un gato y la niña sintió que había algo más allí, entre ellas: algo vasto y poderoso, algo que apestaba a sangre.
–¿Cuál es tu nombre, niña?
–Elver. –Durante un instante la niña se preguntó si pronunciar su nombre la salvaría; si, al ser nombrada, la maga se apiadara de ella.
Pero la mujer rio.
–Adiós, Elver.
Madre Maura la soltó y la niña cayó al mar.
Tuvo una horrible sensación de vacío y luego se estrelló contra una masa dura y fría de cuerpos. Por un momento, fue como si el mar se hubiera desvanecido; había caído en un reino hecho de serpientes, una tierra sólida de bufidos y escamas que parecían monedas de plata. Se le salió una sandalia, vio sangre en el agua, y luego un dolor como nunca había imaginado envolvió su estómago. Una enorme serpiente amarilla la llevaba en su mandíbula, clavando sus largos dientes serrados en su carne. No tuvo aire ni tiempo para gritar. Un momento después, fue arrastrada hacia las profundidades del mar negro, entre cientos de cuerpos que se retorcían, alejándose del sol a toda velocidad, dejando atrás el mundo de los humanos.
Estoy muerta, pensó. Estoy muerta.
Y, entonces, otra cosa empezó a fluir por sus venas, algo frío y oscuro, que devoró su propia sangre roja y la reemplazó con veneno. Los párpados de la niña se abrieron y se cerraron una o dos veces, un extraño espasmo como un hipo que recorrió todo su cuerpo, cuando su último aliento la abandonó. Una vez que volvió a abrir los ojos, la vida interna del mar se reveló ante ella como una corona centellante de colores y la vasta cabeza de la serpiente amarilla flotaba ante ella. Cuando la criatura habló, su voz resonó dentro de su cabeza como el tañido de una campana.
Bienvenida a casa, niña venenosa.
Cinco años más tarde
Las campanas del amanecer de la Torre Dorada de la Mañana Perpetua eran tan potentes que zumbaban en los oídos, tan fuertes que podrían despertar a los muertos. Debía ser así, puesto que era vital que todos los Insomnes del monasterio estuvieran completamente despiertos.
Fue así como, de repente, Artair despertó.
Lo hizo como todos los días: sentado en una silla frente a la pequeña ventana enrejada de su celda, sin recuerdos de haberse sentado allí ni de haber movido la silla. El Otro lo había hecho. La taza de cerámica con la que bebía agua y té estaba destruida en el suelo. Y, a juzgar por la mancha de humedad en la pared, suponía que el Otro la había arrojado allí durante uno de sus ataques de ira.
Haciendo una mueca por el dolor familiar en la espalda (solo por una vez, le gustaría que el Otro pasara la noche en la cama angosta en lugar de deambular por la habitación sin parar o quedarse sentado en la silla), Artair se incorporó, se estiró y se lavó la cara en el lavabo de agua fría. Despertaba al amanecer desde que era un niño y ya estaba acostumbrado al exigente cronograma de la Torre Dorada. Aun así, miró con anhelo la cama, cuyas sábanas y almohada aún estaban intactas. Tal vez podría recostarse un momento, descansar hasta que el hermano Benzin pasara con su ronda matutina… Pero acostarse estaba prohibido para los Insomnes fuera de las horas autorizadas. Después de todo, siempre existía el riesgo de que se olvidara y se quedara dormido, y que entonces el Otro apareciera. Si eso ocurría, nadie podía predecir lo qué sería capaz de hacer.
No muy lejos, un recuerdo oscuro cobró vida en el fondo de su mente: un olor sofocante a humo, un sabor a carne quemada en el aire… Artair se arrojó más agua fría en la cara para espantar esos pensamientos.
–El cimiento de la torre es la vigilancia –balbuceó.
Había un pequeño espejo sobre el lavabo, alterado por los años y apenas opacado en una esquina. Se miró en el reflejo y buscó en su rostro rastros del Otro, como hacía todas las mañanas. Le resultaba imposible creer que, hacía solo unos minutos, otra consciencia había controlado sus ojos castaños, movido su boca y la había hecho sonreír, fruncir el ceño… o gritar. El espejo le devolvió la imagen de siempre: una nariz recta y alargada, una mandíbula marcada, una cicatriz fina que le cruzaba la ceja derecha, aunque esta no había sido obra del Otro, sino un accidente con las varas de entrenamiento que usaban los novicios todas las tardes. Sus ojos castaños lo miraban con la habitual mezcla de curiosidad y determinación. Su cabello oscuro estaba despeinado y enmarañado, como si el Otro hubiera pasado la noche revolviéndolo, pero eso podía solucionarse con un peine y un cepillo. Al menos no se lo había arrancado, como había hecho en otras ocasiones.
–¡Buenos días, Artair! –El rostro del hermano Benzin apareció por la pequeña ventana en la puerta. Era un hombre afable, rubicundo, con barba gris y la túnica blanca de su orden con manchas de tierra y césped; siempre que podía, trabajaba en los jardines–. ¿Estás con nosotros?
Artair se acercó a la puerta para recitar el verso del día. Todos los días recibían uno nuevo, para que los hermanos y hermanas del monasterio supieran con quién estaban tratando.
–“El pez de plata en el mar aletea, el tejón hace su cueva en la ladera”.
–Sí, sí, está bien. –La puerta se sacudió cuando Benzin la destrabó con las llaves que llevaba en una argolla en su cinturón–. Un poco simple para mi gusto, pero la hermana Rosea consiguió un nuevo libro de poesía en una tienda de Addersport y me temo que está bastante obsesionada con él. –La puerta se abrió y Benzin se hizo a un lado–. Prepárate para más rimas inspiradoras con gato y pato, o, que los Doce nos salven, río y frío. Cielos, mira ese cabello. ¿Asumo que tuvimos una noche difícil?
Artair sabía que no era una pregunta de verdad. Después de todo, ¿cómo podía saber lo que había hecho el Otro? Pero, de todos modos, sintió que sus mejillas se sonrojaron.
–¿Se escucharon ruidos en mi celda?
El hermano Benzin se encogió de hombros y le dio una palmada afectuosa en el hombro.
–En todas las celdas hay ruidos por la noche, amigo mío. No dejes que te afecte. Después de tus meditaciones y ejercicios matutinos, voy a necesitar tu ayuda en la huerta, ¿te parece?
Cuando Benzin se marchó para continuar su ronda por las demás celdas de la torre, Artair volvió a su cuarto, humedeció el peine y pasó unos minutos intentando domar su cabello. Tenía la sombra de una barba incipiente, aunque no era tan tupida como para ir con la hermana Rosea a que lo rasurara; las hojas afiladas estaban estrictamente prohibidas en las celdas de los Insomnes. Cuando terminó de arreglarse lo mejor que pudo, se tomó un momento para barrer los restos de la taza rota y los colocó sobre la pequeña mesa de madera que había en un rincón. Fue entonces que notó que uno de los fragmentos de cerámica había sido usado para raspar un mensaje en la superficie de la mesa. Las palabras lucían inestables y llenas de frustración, como si quien las hubiese escrito solo hubiera tenido unos minutos para hacerlo y no toda la noche.
DÉJAME SALIR
–Nunca –dijo Artair. Pasó los dedos por encima de las palabras y pensó: mis manos hicieron esto–. Nunca te dejaré salir.
Elver rompió la capa de hielo verde que cubría la laguna con un pie descalzo, disfrutando el crujido tenue mientras se metía en el agua hasta los tobillos. Hubo una ola polar por la noche y, en esta parte más profunda y oscura del bosque de los jih, casi nunca pasaba un día sin que hiciera un poco de frío. Avanzó lentamente hacia la parte más profunda de la laguna, hasta que el agua negra y gélida le envolvió el pecho. Desde que la Reina de las Serpientes había cambiado su sangre por veneno cuando era niña, el agua fría ya no le molestaba tanto. Ahora era una jih, un espíritu monstruoso en el bosque de los monstruos, y el mundo natural apenas podía causarle malestar.
En medio de la laguna, que era uno de los ojos de agua más chicos del bosque, había una isla pequeña e irregular hecha de juncos, lodo y sauces llorones atrofiados. Avanzó hacia ella lentamente, ya que no quería alarmar a sus residentes, pero todos estaban más conectados con el bosque que ella. Estaba por la mitad del recorrido cuando una cabeza erizada se asomó entre los juncos. Unos ojos inmensos irradiaron una luz azul verdosa que, por un instante, iluminó la isla.
–Ey, soy yo, estoy sola –dijo Elver suavemente–. Solo vine a ver cómo están los cachorros. ¡Traje golosinas! –Levantó la bolsa que tenía en una mano y la criatura emitió un gruñido grave de satisfacción.
Solo en su silueta, los keltraxia parecían zorros de mayor tamaño, con hocicos alargados y colas peludas. Pero, de cerca, sus cuerpos estaban cubiertos por pequeñas escamas azules, salvo en las zonas donde crecían plumas rojas y naranjas. Sus orejas, cubiertas con estas plumas, parecían dos llamas pequeñas, lo que les valía el nombre con el que los conocían los humanos: fisgones de fuego. Pero a Elver ese nombre le parecía estúpido. La Reina de las Serpientes le había enseñado los verdaderos nombres de todos los espíritus jih del bosque.
En el agua a su alrededor, ella sentía el movimiento de otras criaturas: ranas, peces y serpientes acuáticas, pero los espíritus jih también eran criaturas con las que ella compartía un lazo estrecho. Algo con aletas plateadas y finas como una gasa y ocho ojos rojos le rozó la pierna y desapareció en un instante. Levantó un poco más la bolsa y siguió camino.
La isla estaba rodeada por un lodo negro y espeso, por el que Elver caminó con valentía hasta llegar a lo que, siendo generosa, podía llamar tierra firme. Justo al otro lado del muro de juncos, musgo y brezos, vio un enorme nido de lodo y ramas, sobre el que se encontraba la keltraxia hembra. La criatura abrió la boca, saboreando el aire con su larga lengua, y las plumas escarlatas de sus orejas se erizaron como un ave levantando vuelo.
–Estoy segura de que puedes oler esto desde el otro extremo del bosque –dijo Elver, dejando la bolsa en el suelo junto al nido y abriéndola para que la zorra pudiera meter el hocico en su interior. Los caracoles verdes solo se encontraban en la parte más occidental del bosque y, como sabía cuánto los disfrutaban los keltraxia, siempre se aseguraba de recolectar unos cuantos cada vez que estaba por esa zona.
Mientras la zorra devoraba el contenido de la bolsa, ella se asomó hacia el nido. Dentro encontró un huevo que aún no había eclosionado y tres cachorritos saludables de keltraxia. Como habían nacido hacía poco tiempo, tenían más plumas que escamas, pero ya habían abierto los ojos y emanaban una luz más suave que la de su madre. Metió la mano en el nido y el cachorro más cercano le frotó el hocico contra la palma y se la lamió con su lengua áspera.
–Se los ve bien –señaló y, al mirar de nuevo el huevo, sintió cómo se desvanecía parte de su entusiasmo–. ¿No debería haber nacido ya?
La zorra la miró y las plumas ardientes de sus orejas decayeron.
Esa no, dijo la keltraxia con una voz que solo Elver podía escuchar. Está fría y quieta, y no tuvo la fuerza suficiente para romper el cascarón.
La chica asintió. Lo entendía: no todo lo que vivía en el bosque lograba sobrevivir, pero no dejaba de parecerle injusto. Desde la ladera sur del bosque, en las colinas que marcaban el inicio del cordón montañoso, se podían ver los caminos que llevaban a Addersport y, en ellos, un flujo constante de vida humana: viajeros, comerciantes, errantes. Iban a carretas y caravanas, a caballo o a pie. Parecía no haber fin para la vida humana en expansión y, sin embargo, este pequeño cachorro de keltraxia ni siquiera tuvo oportunidad de vivir.
Lo comeremos, agregó la zorra. Cuando los otros sean lo suficientemente grandes como para hacerlo.
Elver hizo una mueca de incomodidad. Pasó las manos por su cabello blanco como un hueso. Era así desde que la Reina de las Serpientes la había mordido. Se apartó del nido. La zorra se acercó y, por un breve instante, apoyó la cabeza sobre la de Elver: un saludo para la familia.
Los caracoles están sabrosos, dijo. Gracias, hermana humana.
–Ya no soy humana –replicó ella–. Pero de nada, amiga mía.
Elver regresó a su hogar junto a otro ojo de agua: el gran lago Serpentoso, ubicado en el centro del bosque de los jih. Había encontrado la cabaña abandonada de un cazador al borde del bosque y, con el pasar de los años, la convirtió en su refugio. Tenía una cama hecha de pieles y plumas donadas por los amables y pesados kartesh, unos monstruos de cuerpo peludo y robusto como un oso y con la cabeza aviaria de los búhos. También había un espejo que le consiguió un roch, una enorme ave de cuatro alas poderosas. En un único estante tenía su amada colección de libros, algunos robados a viajeros, otros hallados y traídos por los espíritus jih del bosque, quienes sabían cuánto placer encontraba su hermana en el hábito humano de la lectura. En el lago pescaba, se lavaba y se hidrataba. A veces, incluso encontraba mensajes de la Reina de las Serpientes y, en raras ocasiones, la diosa misma emergía de las aguas verdes para presentarse ante ella, con su enorme figura dorada. Elver no era maga, la Reina de las Serpientes no tenía ninguna maga, así que no podía invocarla ni pedirle deseos. Pero como espíritu jih, era parte de su estirpe y a la diosa le gustaba visitarla. Tenía la vaga sensación de que la diosa sentía un interés especial por ella desde el día en que la salvó del sacrificio en Addersport. Esa idea le provocaba cierta incomodidad, como si intuyera que era parte de un plan más grande, uno cuyo alcance solo apenas podía vislumbrar. Pero sabía con certeza que la reina la había traído de regreso de la muerte, mientras que los habitantes de Addersport habían estado más que dispuestos de verla ser arrojada al mar para salvar sus propios pellejos. Eso bastaba para ganarse su lealtad. En ocasiones, pensaba, como solía hacer a menudo, en la maga pelirroja que la había sacrificado en nombre de un dios hambriento. Los humanos eran hipócritas, egoístas y sanguinarios. Los jih eran la única compañía que necesitaba.
El trayecto desde el nido de la keltraxia hasta el lago Serpentoso tomaba una hora de caminata. Elver se movía por el bosque como si hubiera nacido allí, deslizándose entre los arbustos sin hacer ruido, atenta a señales, marcas y cantos de aves y pequeños animales. Se detuvo junto a un arroyo cuando un platynus cruzó su camino. Era un monstruo enorme, cuya cabeza reptiliana apartaba las ramas más altas del dosel del bosque. Elver apenas alcanzaba a ver un costado de su cuerpo, donde tenía músculos tan grandes como los troncos de los árboles y se movían bajo una piel curtida de tonos morados y amarillos.
Cuando llegó al lago, se quitó la ropa, prendas que había encontrado o que ella misma había fabricado, y se lavó rápidamente para quitarse el lodo negro de los pies. Una vez seca y vestida, se dirigió a las ruinas que eran su hogar pensando en su lanza, para pescar algo para la cena. Si había bastantes peces, podía empezar a guardar algunos para el largo invierno que empezaba a suspirar su aliento helado sobre su nuca.
Pero, mientras tomaba la lanza, sintió en la lengua un sabor agrio y amargo.
Humo. Un fuego humano con algo más… ¿Aceite, quizás?
Volteó y lo vio, en el otro extremo del lago: un punto amarillo de luz mantecosa y una línea delgada de humo negro que se elevaba por encima del follaje. Había una figura sentada junto a la fogata, con la cabeza gacha, mirando algo sobre su regazo.
–Intruso.
Elver sintió cómo el veneno en su sangre empezó a agitarse. Un humano asqueroso aquí, en su hogar.
Dejó la lanza junto a su refugio y tomó su cuchillo, que guardó en el cinturón. En lugar de rodear el lago por la orilla, se adentró en el bosque y empezó a rodearlo hasta tener una buena vista del intruso. Era una mujer de mediana edad, de brazos y piernas largos y desgarbados, con un sombrero de ala ancha. Había una espada enfundada a sus pies sobre la arena. Tenía el cabello corto y, desde esa distancia, Elver podía ver la piel desnuda de su nuca. Solo tenía que apoyar su mano fría y pálida allí y la mujer se arrepentiría enseguida de haber puesto un pie en el bosque de los jih…
Pero eso no sería suficiente.
Elver salió de entre los árboles, pisando las hojas secas sin cuidado. Disfrutó ver cómo la mujer se sobresaltaba y volteaba con los ojos muy abiertos. Imaginó lo que debía estar viendo: una joven de diecisiete años alarmantemente pálida, de cabello blanco y ojos amarillos, y una cicatriz azulina en el cuello, hombro y brazo, las marcas de la mordida de la Reina de las Serpientes. Una chica monstruo vestida con cuero, huesos y plumas, y con un cuchillo en la mano. Aunque no sabía que el cuchillo era lo último por lo que debía preocuparse.
–¿Quién eres? –preguntó la mujer. Curiosamente, no tomó su espada.
–Soy la guardiana de este bosque –respondió Elver, caminando con un paso seguro hacia ella. Estar tan cerca de esta humana hacía que el corazón le latiera con fuerza–. Y no eres bienvenida.
La mujer se puso de pie lentamente. En el suelo detrás de ella había una bolsa de dormir bastante usada y una taza de hojalata malograda con sopa.
–Escuché hablar sobre ti –dijo–. El fantasma de una muchacha que acecha este lugar. Pero no eres un espíritu. ¿Vives aquí sola? ¿Cómo haces para sobrevivir?
Elver rio.
–Este es mi hogar. Nada aquí puede lastimarme. Pero ¿tú? Tú cometiste un error terrible, humana.
–Escucha. –La mujer alzaba lentamente las manos con las palmas hacia adelante–. Solo soy una viajera. Estoy de paso. No hay necesidad de…
–¿Creíste que podías cruzar el bosque de los jih como si nada? –la interrumpió, sonriendo. Por primera vez, la mujer parecía realmente incómoda–. Ustedes los humanos creen que son los dueños de todo, que todo puede estar bajo sus pies. Hasta un escarabajo del estiércol tiene más sentido común que ustedes.
–Ey, suficiente –dijo la otra con mayor firmeza–. No voy a tolerar esa actitud de una cosa como tú. Te volviste loca viviendo aquí sola. –Increíblemente, dio un paso hacia adelante, extendiendo una mano como si pretendiera llevar a Elver junto al fuego–. Necesitas comer algo caliente, darte un buen baño y aprender a hablarle a tus mayores con más respeto.
–Tú eres quien debería mostrar respeto –le advirtió ella, sujetándola del brazo y presionando la otra mano contra su piel. La mujer se sobresaltó como si la hubieran mordido, el sombrero se le cayó y soltó un pequeño grito. Elver vio cómo su mano quedaba marcada en la piel de la intrusa, ya cubierta de ampollas, y cómo cayó de rodillas junto a la fogata. Sus ojos giraron hacia arriba y quedaron en blanco.
–Te lo advertí, humana idiota. ¿Quién te crees, hablándome como si fuera una niña perdida? El bosque de los monstruos es mi hogar.
Se arrodilló para sentir el pulso de la intrusa; todavía estaba allí, rápido y débil. Cuando apartó la mano, más ampollas crecieron en su piel con la forma de sus dedos. Se limpió la mano en la parte trasera del pantalón. Tocar humanos la hacía sentir sucia, pero peor aún era la dolorosa curiosidad que le despertaban. ¿Cómo sería tocar a alguien sin causarle dolor? ¿Cómo se sentía la piel cuando la persona que tocaba no se retorcía horrorizada del dolor? Había olvidado esa sensación hacía ya mucho tiempo. Ya no eres humana, se repetía una y otra vez con ferocidad. Y nunca lo serás.
–No estás muerta –le dijo a la mujer inconsciente–. Y eso es más de lo que mereces.
Pero sería tan fácil acabar con ella. Bastaría con tocarla un poco más con su piel venenosa, o usar el cuchillo, si no le importaba hacer un desastre.
Alzó la vista y vio a otro habitante del bosque observándola entre los árboles. Los slowjorns eran algunos de los espíritus jih más charlatanes de todos y a este lo conocía bien.
Saludos, guardiana del bosque. ¿Es una de las tuyas?
Elver sintió un cosquilleo en la nuca, pero se tragó la molestia como una roca filosa.
–No, para nada. Ya que estás aquí, ¿me harías un favor?
El slowjorn avanzó lentamente. Al salir de las sombras, reveló su forma: era como un caracol bípedo del tamaño de un humano y con sus extremidades tanteaba el suelo para encontrar el camino. Su caparazón bulboso formaba una gran espiral sobre su espalda.
Puede ser. Las antenas en su cabeza se expandieron con curiosidad, como si preguntaran por el cuerpo en el suelo.
–Lleva a esta idiota al camino. No tienes que acercarla mucho, solo lo suficiente para que sepa dónde está cuando despierte –indicó Elver, sonriendo al imaginar la expresión de la mujer si se despertaba durante el trayecto y veía a la criatura que la llevaba del tobillo. Además, el bosque de los jih estaba plagado de peligros. Tal vez ni siquiera llegaría al camino–. No te preocupes si se clava espinas o se moja. Tiene que aprender a no regresar jamás.
Una vez que el slowjorn se marchó, arrastrando a la humana como un saco de huesos, Elver recogió las pertenencias de la viajera. Bebió la sopa fría, saboreando las hierbas y especias de tierras lejanas, y tomó un cuaderno con algunas páginas en blanco del bolso abandonado. En el orfanato, solía haber libros y era lo único que realmente extrañaba. Este parecía un diario de viaje: tenía notas sobre Addersport, un pueblo llamado Tarflin que nunca había oído nombrar y una sección detallada sobre una maga devota del dios Tisk. No había mucho más, pero la espada se veía resistente y afilada. Elver la tomó y se la llevó hacia el otro extremo del lago.
El monasterio se encontraba en la ladera de la montaña como un racimo de gírgolas en un árbol. Desde las murallas, era posible ver el bosque de los jih extendiéndose por las colinas como un manto de árboles que, en esta época del año, desplegaban tonos amarillos, naranjas y rojos. A lo lejos, se podía ver el resplandor siempre cambiante del mar. Entre ambos paisajes se hallaba Addersport, oculta por las estribaciones del terreno y cuya única evidencia de su existencia eran las columnas de humo que se elevaban de sus industriosos edificios y el constante ir y venir de barcos de todo tipo. El monasterio nacía de una torre central, donde los Insomnes eran alojados por la noche; a su alrededor, edificios con techos de tejas verdes y azules se agrupaban como niños alrededor de una niñera. Detrás de sus muros orientados al mar, había un jardín interior tan resguardado del clima de la montaña que los monjes y sus monaguillos cultivaban allí todo lo que consumían: desde manzanas y coles hasta hierbas y plantas medicinales.
Artair disfrutaba de la vista cuando iba del salón de meditación al jardín y no podía evitar asomarse por las pequeñas ventanas del corredor. Si ignoraba el ajetreo que dejaba al descubierto Addersport, era fácil imaginar que la Torre Dorada era lo único que existía en el mundo: solo montañas, bosque y mar, sin gente que complicara las cosas. Si el mundo estaba vacío más allá del monasterio, entonces sería seguro para él, y para todos los Insomnes, abandonar la torre.
Pero nunca sería seguro. Mientras el Otro acechara en su interior, él mismo era un peligro. Y pensar en el mundo exterior también lo era. El hermano Elthem decía que esos pensamientos de libertad provenían del espíritu oscuro, porque lo que los espíritus oscuros querían más que cualquier otra cosa era salir al mundo para desatar el caos. Los monjes les enseñaban a mantener cuerpo y mente ocupados, ya fuera con meditación, entrenamiento físico y tareas sencillas.
Vigilancia, pensó Artair.
Abajo, en el huerto, las manzanas estaban listas para caer. Artair pasó gran parte del día con algunos novicios más jóvenes recolectando las frutas y llevándolas en cajas a la cocina o a los sótanos excavados en la roca. Por la tarde, los monjes les concedían algunas horas libres y podían ir a los manantiales naturales en el borde de los jardines. Durante miles de años, una cascada burbujeante había erosionado la roca y formado un pequeño estanque. Era un buen lugar para sentarse a conversar, con los pies en el agua fría. Ser un Insomne implicaba estar siempre buscando maneras de permanecer despierto.
–Mis padres dicen que me visitarán luego de la próxima cosecha –dijo Reah. Había llegado al monasterio hacía apenas seis meses. Tenía la cabeza baja mientras hablaba, ya que al parecer examinaba las pecas en el dorso de sus manos–. Y no falta mucho ahora. Pero… –Se acomodó en la hierba, una postura incómoda y rígida–. No puedo creer no estar con ellos, ayudándolos. Y pensar que voy a estar atrapada en este lugar…
No lo dijo, pero Artair escuchó las palabras en su silencio: Por siempre. Atrapada en este lugar por siempre.
–Es más difícil para ti –dijo Chessun con tono serio. Era uno de los novicios mayores, un muchacho de hombros anchos y rizos dorados como el sol–. La mayoría de nosotros supimos que éramos Insomnes cuando éramos pequeños. ¿Cuántos años tienes tú? ¿Catorce? ¿Quince?
Reah frunció el ceño.
–Catorce.
Chessun se encogió de hombros.
–Ahí lo tienes. Estabas demasiado acostumbrada a tener una vida normal. No sabías que había un monstruo acechando en tu interior. Ahora te preguntas por qué no puedes ir al pueblo y comprar pan, o dormir en una habitación que no haga falta cerrar desde afuera. Es una cosa horrible. Despertar.
–Ya se sentirá mejor –prometió Artair. Recordaba su llegada al monasterio cinco años atrás y la sensación de desarraigo que lo había acompañado–. Te acostumbrarás. Los monjes nos mantienen ocupados. Además, podemos ir a donde queramos dentro de los jardines.
–En casa, nuestra granja tenía ocho hectáreas –replicó Reah con fastidio–. Podía subirme a una carreta y visitar Addersport si quería. Estaba tan acostumbrada a ir a los mercados. Ahorraba para eso.
–Al menos aquí no necesitas dinero –dijo Artair.
–Ni siquiera hice algo malo, no realmente –continuó Reah, ignorándolo–. Nada permanente, claro. No puedo creer que mis padres me hayan hecho esto. –Su voz se quebró y apartó la mirada, intentando ocultar la expresión en su rostro–. Que me dejaran en un lugar como este. En una prisión.
–Tú no hiciste nada –le recordó Artair.
–¿Qué? –preguntó Reah, mirándolo. Sus ojos estaban brillosos y era evidente que estaba a punto de derramar las primeras lágrimas.
–Lo que sea que haya pasado, no fuiste tú –explicó Artair, esbozándole una sonrisa. Reah tenía solo tres años menos que él, pero, en ese momento, parecía mucho más joven–. El espíritu malvado que tienes dentro, la cosa que viene cuando duermes… eso fue lo que hizo todas esas cosas, no tú. No podemos controlar al espíritu que espera en nuestro interior, pero hacemos lo que podemos para limitar el daño que causa. Viviendo aquí, en la Torre Dorada, apartados del mundo. –Pensó en la vista desde las ventanas del monasterio, ese mar abierto que podía llevar a cualquier parte, y sintió un dolor opaco en el pecho. Pero cerca de ese pensamiento acechaba el recuerdo de lo que había ocurrido la primera vez que apareció el Otro. Humo y sangre y ruinas–. Es más seguro para todos que sea así.
–Ya sé que no fui yo –dijo Reah, aunque su tono no era convincente. Artair sabía que esa era una de las lecciones más difíciles de aprender en la Torre Dorada: el Otro era algo separado de ellos, algo malvado, aunque habitara bajo su propia piel. Incluso ahora, después de cinco años, él seguía cargando una culpa incómoda por lo que el Otro había hecho.
Chessun rio por lo bajo.
–Suenas como el hermano Benzin, Artair. Vamos, el sol todavía no se oculta y estoy todo pegajoso por el jugo de manzana. –Se puso de pie en el arroyo frío y se internó en la parte más profunda, empapando sus pantalones arremangados. Todos los novicios usaban pantalones blancos de una tela suave y camisas amarillas sobre las que usaban una media túnica color mostaza. Esta última tenía una capucha áspera que solían colocarse sobre la cabeza. Artair rio.
–Gracias –murmuró Reah por lo bajo–. Este lugar está tan… lejos de todo.
–Algún día lo sentirás como un hogar –dijo Artair, preguntándose si él siquiera recordaba lo que era un hogar–. Vamos, antes de que nos encuentren más tareas que hacer.
La tarde transcurría plácidamente hasta que Chessun decidió que quería subir hasta el comienzo de la cascada, lo que implicaba trepar por rocas resbaladizas cubiertas de verdín. Artair se había acercado por el agua, intentando convencerlo de que no era buena idea, cuando el novicio grandote se resbaló y cayó de espaldas al manantial, salpicando a todas partes. Algunos de los otros novicios gritaron alarmados y los más asustadizos corrieron por los jardines en busca de los monjes. Artair, fuerte y ágil tras años de entrenamiento en artes marciales y ejercicio físico, sacó a su amigo del agua y lo acostó sobre la hierba de la orilla. Chessun se había golpeado la cabeza con una roca y un hilo de sangre comenzaba a brotar de la herida, manchando de rojo su túnica amarilla a la altura del hombro.
–Doce, sálvennos. Chessun, eres un idiota –dijo Artair, sacudiéndolo levemente, pero los ojos de su amigo estaban en blanco. El miedo se apoderó de él–. No, ni se te ocurra… No hagas eso…
Reah apareció a su lado, su rostro tan pálido que las pecas sobresalían como manchas de tinta.
–¿Está bien?
–No sé. Creo que se desmayó y si se… Reah, vuelve al monasterio, no estoy seguro de que…
Chessun abrió los ojos de golpe. En una fracción de segundo, parecieron estar un poco más pálidos que hacía solo un momento y su rostro ancho y amable adoptó una expresión de furia. En ese instante, el Chessun que Artair conocía desde hacía años desapareció. Ahora tenía delante a un completo extraño.
–Chessun, espera…
Artair retrocedió, deslizando sus pies descalzos sobre el pasto húmedo, pero el otro se movió rápido. Extendió sus enormes manos y sujetó al chico del cuello.
–Ese no es mi nombre.
Artair intentó respirar, sin éxito. Aunque era unos centímetros más alto que él, y por lo general no le costaba derribar a su amigo robusto, la fuerza que ahora lo dominaba provenía de un lugar más oscuro. El Otro se había apoderado de Chessun en cuanto quedó inconsciente.
–¡Estoy afuera! –exclamó el ser que habitaba en su interior, mirando a su alrededor, al manantial y los jardines con una aparente maravilla–. Por fin. Puedo salir de este pozo apestoso con olor a orina.
Gruñendo, se puso de pie y arrojó a Artair al agua helada. Cuando logró incorporarse, empapado, vio a Chessun dirigirse hacia la Puerta Roja. Los otros novicios habían escapado y algunos monjes salían de los edificios, moviéndose con rapidez para detener al Insomne fuera de control. Artair los oyó llamar a su amigo, pidiéndole que despertara, que regresara, pero sabía que no iba a funcionar. Los espíritus eran más fuertes apenas tomaban el control; por lo general, necesitaban dormir una noche entera para que el novicio pudiera volver a la superficie.
Aun así, llamó a su amigo con una creciente desesperación en el pecho.
–¡Chessun! ¡Regresa!
La Puerta Roja era una de las estructuras más antiguas del monasterio, anterior incluso a la llegada de la orden de la Mañana Perpetua. Estaba hecha de hierro, con una capa de pintura escarlata que le daba su nombre, aunque ahora estaba más descascarada, y tenía una serie de puntos rojos en la parte superior. Estaba cerrada, ya que las puertas de la Torre Dorada casi siempre lo estaban, y medía al menos tres metros de alto. Pero eso no detendría a un espíritu malvado decidido a escapar.
Artair echó a correr.
–¡Chessun!
Al otro lado de la Puerta Roja, se alzaban dos torres pequeñas. Mientras corría, las miró y lo que vio le provocó un nudo en el estómago: había monjes en las almenas, ya cargando sus arcos con flechas.
Nadie tenía permitido abandonar el complejo.
–¡Chessun, detente!
El novicio desenfrenado había llegado a la Puerta Roja y arrastraba las manos por su superficie rugosa, buscando una manera de abrirla. Uno de los monjes, el hermano Elthem, había llegado hasta él e intentaba apartarlo, pero Chessun le asestó un golpe brutal en la cara que le rompió la nariz y lo derribó. Luego volvió su atención a la puerta. Los otros monjes se miraban con expresiones sombrías.
–¡Te van a disparar, Chessun!
El novicio poseído lo miró por encima del hombro.
–Vuelve a tu celda, estúpido, o también te romperé la cara.
Artair no tenía un plan definido, solo una vaga esperanza de que, si se interponía entre Chessun y los arqueros, tal vez no le dispararían. A toda velocidad, se lanzó sobre su amigo y ambos se estrellaron contra la Puerta Roja, que retumbó con un sonido metálico disonante, mientras una lluvia de pintura descascarillada y polvo caía sobre ellos.
–¡Aléjate de ahí! –gritó una voz severa y el chico la reconoció de inmediato: era la hermana Rosea–. Artair, ven aquí ahora mismo. No hay nada que puedas hacer.
Cara a cara, Artair sujetó al otro por los hombros.
–¡Chessun, despierta! ¡Regresa!
La cosa que habitaba dentro de su amigo sonrió lentamente. La sangre del golpe en la frente ya cubría todo su rostro, como si recién hubiera salido de un campo de batalla.
–No hay ningún Chessun aquí –dijo–. Lo consumí por completo. Y ahora voy a salir de este lugar y, a la primera persona que me cruce, la destrozaré en mil pedazos –levantó la voz y gritó con furia–. ¿Escucharon eso, monjes bastardos? Toda esta sangre manchará sus manos…
Artair lo sacudió con fuerza, sus brazos ya empezaban a dolerle por el esfuerzo.
–¡Te van a matar, idiota!
La criatura lo miró a los ojos y en su mirada apareció algo que lo dejó paralizado. ¿Era tristeza? ¿Resignación?
–Mejor eso que una muerte lenta viendo las mismas cuatro paredes por el resto de tu patética vida –dijo y Artair pensó en cómo había despertado esa mañana, con los ojos fijos en la pequeña ventana de su celda–. El que tienes dentro… él lo sabe.
Artair abrió la boca para responder, aunque no sabía qué iba a decir, cuando Chessun se sacudió con violencia en sus brazos. Una larga asta de madera se asomaba del cuello del joven, las plumas en el extremo apuntaban al cielo azul.
–No…
El novicio poseído cayó al suelo. A su alrededor, los monjes se acercaron, hablando en voz baja, pero Artair no oía nada. Solo podía mirar los ojos de Chessun, que intentaban decir algo.
–¿Qué pasó? –preguntó. Le pareció que los ojos del chico habían cambiado otra vez y esta vez se habían vuelto más familiares–. ¿Estás ahí, Chessun?
Su amigo abrió la boca, pero no dijo nada. La sangre que brotaba de su cuello mermó hasta ser un hilo diminuto, hasta que su corazón se detuvo.
Esa noche, cuando el hermano Benzin lo llevó a su celda, Artair se detuvo frente a la puerta. El atardecer había sido especialmente solemne. Antes de la cena de los Insomnes, los monjes enterraron el cuerpo de Chessun en el extremo norte del jardín, en el lugar reservado para los novicios.
–Podrían haberme dado a mí.
Benzin siguió buscando la llave correcta entre las muchas que colgaban de su cinturón.
–¿Qué dices, querido?
–La flecha –respondió, esperando que el monje lo mirara–. Pasó demasiado cerca. Podrían habernos matado a los dos.
–Tonterías –dijo el hermano Benzin, sacudiendo la cabeza–. Pasan horas entrenando con esos arcos. Meses. Nunca estuviste en peligro, Artair.
Más tarde, cuando la luna brillaba en lo alto del cielo sobre el mar y Artair había partido del mundo de los despiertos, otra presencia ocupó su cuerpo y abrió los ojos. El ser que no era Artair se levantó de la cama, tomó la silla que estaba junto a la mesa y la ubicó frente a la ventana. Se sentó y se quedó mirando fijo el diminuto parche de cielo estrellado. Era una costumbre suya observar el firmamento por la noche, imaginar sobre qué tierras lejanas caía la luz de aquellas estrellas. Los Doce sabían que no quedaba mucho por hacer en esa celda olvidada por los dioses.
La ira empezó, como siempre, como un nudo tenso en el pecho, una presión palpitante que crecía, alimentada por el pánico del aislamiento. Esas cuatro paredes, esa prisión… Todo estaba mal.
Sus manos, apoyadas sobre el regazo, se cerraron en dos puños.
Solo había tres cosas de las que estaba seguro: su nombre era Lucian, el rostro que veía en el pequeño espejo rayado no era el suyo y le habían hecho algo, algo monstruosamente injusto. Cuando finalmente escapara de esa prisión, iba a destrozar a sus captores, iba a incendiar el mundo, obligaría a los mismísimos dioses a obedecerlo y…
Lucian se dio cuenta de que estaba de pie y la ira recorría su cuerpo como un vino agrio. Había poco que pudiera hacer en esa celda estrecha para canalizarla: romper tazas, desgarrar las sábanas, aburrirse después de un rato. Si lastimaba este cuerpo, solo él sufriría el dolor. Pero quizás, esa noche, el espejo. No sería fácil romperlo con las manos, pero tal vez valdría la pena. Por una noche, al menos, no tendría que mirar el rostro de un extraño. Cruzó la habitación con pocos pasos, desesperado por destruir ese objeto preciado, lo que fuera para aliviar su rabia, cuando una nueva sensación llenó el ambiente. Una oleada de calidez, como si se hubiera parado bajo un rayo de sol; una esencia punzante y familiar que aceleró el latido de su corazón. El paisaje vacío de su memoria pareció iluminarse y temblar. Conocía esa sensación. La había sentido antes, una vez, en otra vida.
Y era peligrosa.
Su ira se disolvió en cenizas. Lucian se dejó caer en la silla y una sonrisa extraña asomó en su rostro.
Algo se acerca, pensó. Y lo usaré.
Al anochecer del día siguiente, cuando el sol pintaba las montañas de rojo, el hermano Benzin entró a la sala de meditación y encontró a una mujer limpiándose la sangre de los brazos en la fuente sagrada.
Una de sus tareas, al final de cada día, era barrer las alfombras de mimbre y limpiar los cuencos de cerámica donde se quemaba incienso. Era un trabajo que por lo general le resultaba relajante. El aroma del aceite de rosas especiado flotaba en la habitación y el lugar estaba afortunadamente en calma. La vista desde la ventana daba a los jardines internos. Pero, al ver a la mujer, sintió una pisca de pánico. Si iban a recibir una visita, lo había olvidado por completo, y el abad del amanecer ya se había retirado a sus aposentos. De inmediato, Benzin pensó dónde podría retener a la mujer hasta poder despertar al abad. La sala de día, donde por lo general recibían a las visitas, estaba ocupada en ese momento por la Hermana Rosea, que hurgaba entre unas túnicas viejas. Sus ojos pasaron por alto la sangre y no se detuvieron a observarla con atención.
