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Hubo un tiempo, entre 1814 y 1820, en que las independencias hispanoamericanas –ese acontecimiento inaugural que solemos dar por sentado como una consecuencia "natural" de las guerras revolucionarias– peligraron y estuvieron literalmente en suspenso, a punto de verse sofocadas por fuerzas contrarrevolucionarias. En ese sexenio de pura incertidumbre, en esa "crisis del tiempo" que se abrió con la caída del imperio napoleónico y la restitución de Fernando VII a la corona española, una pregunta sobrevolaba en los corrillos políticos y diplomáticos: ¿se aliará España con la monarquía portuguesa, instalada en Brasil desde 1808, en una cruzada para restaurar el antiguo orden en América? En una apuesta historiográfica originalísima y atrapante, Los juegos de la política cuenta paso a paso las alternativas políticas, diplomáticas y militares de los primeros intentos emancipadores en América Latina, en tensión con lo que se conoce como primera Restauración europea. Centra su enfoque en el corredor luso-hispano-criollo (de Río de Janeiro, por entonces sede de la Corte portuguesa, al Río de la Plata) pero los integra a una riquísima cartografía que incluye Londres, el Congreso de Viena, la Conferencia de París. Con especial inteligencia, soltura y gracia, Marcela Ternavasio –una de las mayores conocedoras del período– despliega ante nuestros ojos la trastienda de negociaciones secretas entre agentes oficiales, oficiosos o advenedizos a uno y otro lado del Atlántico, así como las expediciones militares que finalmente desvían su curso, revelando cómo se diplomatiza la revolución en una trama de intereses, hipótesis fallidas y alianzas efímeras que tenían en vilo a los frágiles gobiernos revolucionarios. Con un formidable dominio de fuentes y pulso narrativo, este libro nos propone dejar de lado los desenlaces ya conocidos para descifrar y seguir en tiempo real las inestables coyunturas de revolución y contrarrevolución en América y Europa. Analizando los dilemas que se presentan a cada instante y que ponen en jaque a los protagonistas, Marcela Ternavasio muestra bajo otra luz a los nuevos sujetos que se forjaron en el proceso revolucionario y construye, a contrapelo de los relatos instalados, una visión completamente renovada de ese acontecimiento inaugural.
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Seitenzahl: 439
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Índice
Cubierta
Índice
Portada
Copyright
Aclaración sobre las notas
Introducción
Parte I. ¿Imposturas?
1. Entre Europa y la Viena del trópico
Hipótesis bélicas
Hipótesis diplomáticas
Hipótesis negociadoras
2. Desenlaces
Especulaciones
La larga espera
Interpretaciones
Guerra y diplomacia
Parte II. ¿Traición o acuerdo secreto?
3. Los casamientos regios
Hipótesis dinásticas
Cortes paralelas
Matrimonio y política
4. La ocupación
Señales
Avance
Estupor
Escándalo
Parte III. ¿La reconquista imposible?
5. Fin a la revolución, principio al orden
Independencia
Opciones en pugna
Intransigencias
Hipótesis de complicidad
6. Fin al orden, principio a otras revoluciones
Mediaciones
Divisiones
Contradanza de reyes
Hipótesis fallidas
Epílogo
Marcela Ternavasio
LOS JUEGOS DE LA POLÍTICA
Las independencias hispanoamericanas frente a la contrarrevolución
Ternavasio, Marcela
Los juegos de la política / Marcela Ternavasio.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2021.
Libro digital, EPUB.- (Hacer Historia)
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-801-088-5
1. Revoluciones. 2. Historia. 3. Negociaciones Políticas. I. Título.
CDD 320.0980
Este libro se hizo en coedición con la Universidad de Zaragoza,
<puz.unizar.es>
© 2021, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.
<www.sigloxxieditores.com.ar>
Diseño de portada: María Elizagaray Estrada
Imagen de portada: Court Day at Rio, ilustración de A. P. D. G., Sketches of Portuguese Life, Manners,Costume and Character, Londres, 1826
Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina
Primera edición en formato digital: julio de 2021
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-088-5
Aclaración sobre las notas
Las fuentes primarias y secundarias en idiomas extranjeros, citadas textualmente en el cuerpo del libro, fueron traducidas al castellano por la autora. En las citas textuales del español de algunas fuentes primarias se modernizó la ortografía y se hicieron muy leves retoques a la puntuación original para facilitar y agilizar su lectura.
Introducción
Una pregunta sobrevolaba los corrillos políticos y diplomáticos tras la caída del imperio napoleónico: ¿se aliaría España con la monarquía portuguesa para emprender una cruzada contrarrevolucionaria en América? El interrogante, formulado una y otra vez por los protagonistas de la historia que relata este libro, despertó los peores temores en quienes soñaban con liberarse del yugo colonial y alentó a muchos a forjar una coalición militar de las coronas ibéricas para regresar al antiguo orden. La hipótesis de un pacto luso-hispano comenzó a tomar cuerpo cuando Fernando VII fue restituido en el trono en 1814, luego de su largo cautiverio en Francia, y se clausuró en 1820 con las revoluciones liberales en España y Portugal. Durante ese sexenio, conocido como la primera Restauración, las casas soberanas europeas intentaron recomponer el mundo –trastocado hasta sus cimientos por la Revolución Francesa– mientras los movimientos revolucionarios hispanoamericanos procuraban sobrevivir a los embates de la guerra y al clima conservador imperante después de la derrota y abdicación de Bonaparte.
Dispuesto a restablecer el absolutismo a ambos lados del Atlántico, el monarca español proyectó empresas de reconquista que requerían de cuantiosos recursos y, de ser posible, de aliados estratégicos. Asociar a la monarquía portuguesa para reprimir los focos rebeldes en los dominios ultramarinos se presentaba como la opción más favorable a los objetivos de Fernando VII. La unión dinástica que ligaba a las dos coronas contribuía a esos objetivos; pero la razón fundamental residía en que la corte de Braganza estaba instalada en Brasil –su principal colonia– desde 1808. El gobierno luso, por su parte, debía controlar la expansión revolucionaria en las fronteras de su nueva sede tropical y evitar la filtración de reclamos anticoloniales y republicanos desde los territorios vecinos. Coaligarse en pos de consolidar los principios del Antiguo Régimen en América era, pues, una alternativa previsible que daría continuidad a la alianza que España y Portugal habían concertado para expulsar a los franceses de la Península Ibérica.
Ante las consecuencias que podía acarrear –para bien o para mal– la concreción de esa hipótesis, los involucrados elaboraron diagnósticos, forjaron planes e intrigaron con propios y extraños. Sus cursos de acción estuvieron signados por especulaciones y cálculos basados en reportes dudosos o en proyecciones que todos –o casi todos– suponían seguras y nunca ocurrieron. Entre otras, los esperados arribos de la Expedición Pacificadora al mando de Pablo Morillo al Río de la Plata –que cambió su rumbo hacia Venezuela– y de la expedición que debía partir de Cádiz a Buenos Aires, frustrada por el pronunciamiento de Rafael de Riego, uno de los comandantes del ejército español. En ese escenario, sembrado de incertidumbre y de intereses contrapuestos, se jugaron diferentes partidas cuyos resultados finales eran imposibles de vaticinar.
Los historiadores conocemos, por supuesto, esos resultados: la coalición antirrevolucionaria nunca se concretó y las independencias terminaron triunfando luego de una cruenta guerra que se prolongó hasta 1824. Pero si tendemos un hipotético velo de ignorancia y seguimos las tramas tejidas en torno a una posible alianza luso-hispana en el tiempo presente de los protagonistas, el panorama que se vislumbra no nos conduce necesariamente a esos desenlaces. O en todo caso, las diversas secuencias exhiben trastiendas donde se tomaron decisiones cruciales que podrían haber cambiado el derrotero histórico posterior. Este libro es una invitación a interrogar esas trastiendas, cuando el futuro de las independencias hispanoamericanas quedó en suspenso.
Para explicar el propósito que me anima, recurriré a la metáfora del juego. De esta manera figurada, podríamos decir que el tablero donde se despliegan las contiendas está desdoblado entre Europa y América. Para seguir el juego, el lector tendrá que trasladarse desde Madrid, Lisboa, Londres, París o Viena hasta Río de Janeiro, Montevideo o Buenos Aires, y deberá respetar los tiempos de un mundo regulado por otros calendarios y cronologías, muy diferentes de los que hoy manejamos. Los participantes pueden dividirse en dos grandes equipos, el revolucionario y el contrarrevolucionario, dispuestos a alojar n número de jugadores y efectuar n número de partidas simultáneas. Las reglas son un problema porque están en constante redefinición, y no hay un juez o un árbitro reconocido por todos, sino –sobre la marcha– intentos de instaurar a terceros imparciales que varían y se solapan. Las estrategias de los equipos se modulan a partir de cálculos y condicionamientos, según los incentivos y las expectativas de alcanzar los objetivos trazados. Su diseño quedará en manos de agentes que –por ser dueños de un importante capital político, militar y simbólico– deberán medir los costos de sus decisiones y procurar que sean acatadas por las comunidades que representan. Y, puesto que cada ficha interactúa con las estrategias del resto, el juego puede ser de suma cero cuando lo que un jugador gana es lo que el otro pierde o la ganancia de un jugador no necesariamente supone una pérdida por parte de un contrincante. La configuración que adopte el tablero determinará si estamos ante contiendas cooperativas, con negociaciones y alianzas entre participantes, o en escenarios altamente competitivos.[1] La clave radica en seguir la pista del interrogante formulado al comienzo y en navegar por ese tablero interoceánico poblado de gente que sueña con mundos contrastantes.
Ahora bien, como en todo juego, hay que superar distintos niveles de dificultad; en este caso, el nivel más elevado y complejo implica penetrar las lógicas que conducen a decidir los movimientos de las fichas. Para el historiador, esa indagación es un campo minado. Entre otras razones, porque podemos caer en el espejismo retrospectivo de desenlaces escritos de antemano.[2] El lector entrenado en el oficio reconocerá en estas premisas las polémicas y debates que, con intensa potencia, se han desplegado en las últimas décadas dentro del campo de las humanidades y las ciencias sociales. No es mi intención reponer esos debates, sino anticipar que restituir un proceso histórico a partir de la ponderación de acontecimientos que no ocurrieron –aunque estaba previsto que ocurrieran– y desde una hipótesis fallida –una alternativa en la que muchos contemporáneos creyeron y apostaron– entraña un ejercicio intelectual, una apuesta historiográfica y un experimento de escritura.
* * *
Toda empresa historiográfica es un ejercicio intelectual, y el que aspiro a encarar aquí puede formularse en términos contrafácticos: ¿qué habría ocurrido con las independencias hispanoamericanas si los ejércitos españoles se hubieran unido a las fuerzas imperiales portuguesas asentadas en Brasil? Así planteado, implicaría una reflexión sobre las probabilidades que se abren en cada proceso histórico para imaginar un futuro que no fue y también proyectar escenarios posibles y verosímiles, como hacen muchos científicos en otros campos. La historiografía registra numerosos ejemplos de estudios contrafácticos, desde la Antigüedad hasta nuestros días, que pusieron de relieve debates en torno a las teorías de la causalidad, al carácter contingente o accidental de los hechos, al papel que desempeñaron las decisiones individuales o los determinantes impersonales en los procesos históricos, a las formas de abordar la relación entre pasado, presente y futuro.[3] El clima posmoderno que acompañó el cambio de milenio, con el desplazamiento de las fronteras entre historia y ficción, contribuyó a ampliar estos debates y cuestionó las formas de implementar las reflexiones contrafácticas como herramientas de investigación histórica. Quienes postulan su fertilidad destacan la necesidad de considerar las posibilidades alternativas y afirman que la historia “no es meramente lo que sucedió”, sino “lo que ocurrió en el contexto de lo que podría haber sucedido”.[4] Como instrumento heurístico, requiere ser sometido a ciertas reglas y a una estimación de probabilidades sobre la base de documentos confiables.
Esta forma más ortodoxa de hacer una historia de los posibles, que los angloparlantes suelen denominar what ifs, no preside el ejercicio que propongo. Mi apuesta es menos exigente: se limita a explorar cómo incidieron las hipótesis fallidas en las decisiones tomadas por los protagonistas de la historia, sin especular sobre los futuros que podían abrir. Es, además, una apuesta menos arriesgada, ya que si bien lo contrafáctico nos libera de la prisión de la necesidad histórica, también nos sitúa en un terreno inseguro. El reto consiste en restituir la historia de esas decisiones, sustrayéndonos de la ya mencionada ilusión retrospectiva que naturaliza sus resultados, para echar luz sobre los dilemas y las vacilaciones que experimentaron los agentes del pasado al definir cursos de acción cuyas consecuencias ignoraban y estaban lejos de vislumbrar.
Preguntarse por acontecimientos clave que cambiaron –o podrían haber cambiado– el curso de un proceso histórico no representa ninguna novedad. Es una operación que forma parte –o debería formar parte– de nuestra caja de herramientas y en la historiografía sobran ejemplos para ilustrarla. Entre los ejemplos que examinan la coyuntura de entreguerras en el siglo XX, Emilio Gentile analiza la sucesión de “situaciones contingentes de resultados imprevisibles” que derivaron en la “marcha sobre Roma” de 1922, con la cual el fascismo logró atrapar “el instante huidizo que le permitió llegar al poder y encaminar la construcción de un nuevo régimen”. El desenlace –nos dice el autor– trazó el decurso de la historia en Italia y en Europa “y acaso en el resto del mundo”.[5] Ian Kershaw, por su parte, se interna en un “año que cambió la historia” –1940, durante la Segunda Guerra Mundial–, analiza las “decisiones trascendentales” tomadas en su transcurso y, al ponderar las alternativas que se jugaron entre las potencias involucradas en el conflicto, demuestra por qué algunas fueron descartadas y por qué las decisiones adoptadas no estaban predeterminadas ni eran inexorables. En la frase inicial de su epílogo, señala que “las cosas podrían haber sido de otra manera”.[6]
Y en efecto, las cosas podrían haber sido de otra manera si la expedición de Pablo Morillo no hubiese cambiado su ruta en 1815, si el ejército destinado a Buenos Aires no hubiese iniciado el Trienio Liberal en España en 1820, o si Portugal hubiese aceptado una alianza militar con Fernando VII. No sabemos cuán diferentes habrían sido las alternativas, y tampoco pretendo reflexionar al respecto. Mi objetivo es analizar el sexenio de la primera Restauración europea en el corredor luso-hispano-criollo del Atlántico Sur –que se extiende desde Río de Janeiro hasta Montevideo y Buenos Aires– a partir de las diversas estrategias que elaboraron los contendientes a escala transatlántica bajo la sombra de los planes que no se concretaron.
* * *
La propuesta historiográfica se instala en el cruce del entonces inestable campo de la diplomacia con el también inestable campo de la política en la coyuntura de la guerra. Hace ya algunos años, Rafe Blaufarb llamó la atención sobre los caminos paralelos que siguieron los estudios de la diplomacia europea y de las independencias hispanoamericanas en la era posnapoleónica y propuso abordar las conexiones entre las luchas internas y las dimensiones internacionales del conflicto iniciado con el derrumbe del imperio español. El autor denomina “cuestión occidental” a la rivalidad internacional desatada por las revoluciones de los dominios hispanos y postula una “historia diplomática transnacional desde abajo” que incluya no solo a los Estados sino también a los aventureros, especuladores y espías que participaron en el realineamiento geopolítico de las relaciones de poder atlánticas.[7] Una historia de conexiones en pleno desarrollo y con relevantes resultados,[8] en la que este libro pretende inscribirse cuando se interroga sobre los procesos de toma de decisiones que enlazan cuestiones de política interna y asuntos de política exterior.[9] Intersecciones que presentan ciertas dificultades metodológicas que conviene explicitar desde el comienzo.[10]
La primera reside en distinguir la vida política interna de la política exterior en un momento caracterizado por conflictos entablados entre sujetos soberanos (monarquías e imperios) y nuevas comunidades con vocación soberana de naturalezas muy inestables (autoridades revolucionarias, pueblos con voluntad de autogobierno, ejércitos que responden a liderazgos sin base política y territorial firme). En las negociaciones se entrecruzan los atributos de los monarcas –con sus cortes, camarillas y castas de diplomáticos empapados en el ambiente conservador de la Restauración– y los improvisados agentes revolucionarios –sometidos a una experiencia bélica devastadora y con el deber de rendir cuentas ante poblaciones y tropas movilizadas en nombre de valores como la libertad, la igualdad y la independencia–. En esos espacios en ebullición, donde participan intrigantes de muy diversas procedencias, las viejas categorías de la diplomacia y de la política mutan mientras los actores apelan a los desiguales repertorios disponibles.
En segundo lugar, siempre es dificultoso establecer los impactos de las decisiones de los agentes en relación con otros que participan en ese universo diplomático extendido. Por un lado, porque en ese universo impera la lógica del secreto. Los informes escritos de las diferentes legaciones estaban acompañados por intercambios verbales de los que no queda registro. De hecho, uno de los cometidos más valorados en el mundo de la diplomacia era conseguir y proveer información secreta, y uno de sus efectos más habituales era la filtración de noticias y la circulación de rumores. Como afirmó uno de los representantes criollos en el extranjero poco después de inaugurar su misión, “las conjeturas fundadas […] son casi siempre el cimiento de los cálculos y de las resoluciones diplomáticas”.[11] Por otro lado, visto que estamos en la era previa al telégrafo y al cable submarino, las vías marítimas, fluviales y terrestres posibilitan una comunicación que acompaña los ritmos de una temporalidad sujeta a la geografía, las urgencias de los acontecimientos y las especulaciones alrededor de las noticias.[12] Entre la redacción de las instrucciones que los gobiernos enviaban a los agentes apostados en legaciones extranjeras, las minutas redactadas para acusar recibo y las gestiones que los representantes debían cumplir, transcurrían meses en que ocurrían hechos que modificaban el universo de opciones. Basta recordar que el cruce del Atlántico podía insumir dos meses e incluso más según los puntos de partida y de arribo, la estación del año, el clima y el tipo de embarcación, y que el tránsito terrestre estaba sujeto a las precarias condiciones de las rutas, la tracción animal, los peligros que acechaban y los frecuentes cortes provocados por las guerras. La información que manejaban los protagonistas sobre lo que ocurría en cada escenario era fragmentaria, incompleta, confusa. Los actores se movían en esa ciega simultaneidad, interdependientes y sometidos a que el desfase temporal entre hechos y noticias trajera consecuencias imprevistas o hiciera fracasar las especulaciones sobre hipótesis fallidas.
La tercera dificultad reside en descifrar los sentidos atribuidos a la información que circula. Esto no solo depende de las situaciones contingentes, sino también de las culturas políticas conformadas por diversas tradiciones, experiencias e imaginarios.[13] Aunque este estudio no desarrolla de manera explícita las culturas políticas que nutrieron a los actores, las toma en cuenta al interpretar los modos diferenciales con que concibieron el pasado, leyeron el presente e imaginaron el futuro; una consideración necesaria porque, como afirma François Hartog, estamos ante una coyuntura de “crisis del tiempo”: las articulaciones de la temporalidad dejan de ser obvias y evidentes.[14]
En aquella crisis del tiempo, el impacto provocado por la caída del imperio napoleónico trascendió las fronteras del continente europeo y se expresó en Iberoamérica en lo que denomino “efecto restauración”; efecto que no solo no fue unilateral, sino que se tradujo en diversas constelaciones retroalimentadas a ambos lados del Atlántico. Entre las variantes delineadas como respuestas a la nueva situación, exploro aquellas que se desplegaron en el corredor luso-hispano-criollo en conexión con el nuevo concierto de potencias europeas. Desde ese ángulo de visión, afirmo, en primer lugar, que no es posible comprender los avatares de este período sin tomar en consideración el papel que desempeñó la monarquía portuguesa instalada en Brasil y el de sus íntimas relaciones con la monarquía borbónica, con el resto de las casas soberanas europeas y con el dividido bloque revolucionario rioplatense.[15] En segundo lugar, sostengo que 1814-1820 es un sexenio crucial cuya observación requiere de la operación historiográfica que implica desacoplar el fenómeno revolucionario del fenómeno independentista. Como han demostrado las visiones más renovadas, las independencias no estaban inscriptas en el punto de partida de las revoluciones, sino que fueron su punto de llegada, y en el período aquí estudiado ese último no se visualizaba como inexorable, sino como una alternativa pasible de defensa, negociación, renuncia o aplastamiento.[16]
Reconsiderar la primera Restauración europea en Iberoamérica supone desafiar el paradigma revolucionario que durante mucho tiempo dominó los estudios sobre el tema. Con diversas cronologías, ese paradigma cristalizó la imagen del fenómeno restaurador como una anomalía o un paréntesis en la historia. En el área borbónica, el triunfo de los liberales en Francia en 1830 consolidó el estereotipo de la “restauración-reacción” y mostró al período 1814-1848 como un “tiempo débil” y sin “consistencia propia”, según lo calificó Pierre Rosanvallon en su pionero estudio El momento Guizot.[17] En España se dibujó la figura de un doble paréntesis con las dos restauraciones de Fernando VII tras las revoluciones liberales, y en el Reino de Nápoles la de sucesivos paréntesis a lo largo de más de medio siglo.[18] Las historiografías fundacionales hispanoamericanas no escaparon a este esquema al evaluar la reimplantación del absolutismo metropolitano como un momento que menguó, y en algunos casos aceleró, el ritmo del proceso de doble ruptura con el orden colonial y con la monarquía. La clave teleológica de estas narrativas se refuerza con la exaltación del carácter heroico de sus líderes revolucionarios que supieron desafiar, enfrentar y derrotar la reacción militarista de España. Sobre esa matriz se construyeron los relatos patrióticos que cimentaron los mitos de los orígenes de las naciones americanas e instalaron la imagen de un destino manifiesto que derivaría en las independencias y en la formación de nuevos Estados soberanos republicanos.[19]
Las interpretaciones recientes de la historiografía europea e iberoamericana revisan estas imágenes con el objeto de indagar la Restauración posnapoleónica no para “rehabilitarla” –como afirma Jean-Claude Caron–, sino para “revaluarla” mediante un diálogo transnacional que ilumina las conexiones de los procesos revolucionarios y contrarrevolucionarios a ambos lados del Atlántico.[20] Desde esta perspectiva, el lector observará en varios pasajes marcados contrastes con las versiones canónicas –tradicionales o progresistas– más difundidas en el espacio público. Por un lado, con aquellas que juzgaron las acciones de los revolucionarios en términos de principios ideológicos inalterables y a sus desvíos como imposturas destinadas a ganar tiempo y engañar a los contrincantes; por otro lado, con las que congelaron la imagen de la reacción contrarrevolucionaria como una versión unívoca, rancia y nostálgica, en un tiempo que les era extraño y ajeno.[21] Como veremos, los exponentes de la contrarrevolución participaron en los procesos de cambio, a los que no solo se incorporaron sino que contribuyeron a modelar, y los cursos de acción de los grupos revolucionarios estuvieron menos atados a horizontes ideológicos irrenunciables de lo que sugieren las versiones broncíneas al presentar sus panteones de héroes.
En suma, las conexiones aquí analizadas entre historia de la diplomacia, de la política y de la guerra, además de mostrar las disputas en torno a diferentes principios de legitimidad, revelan las luchas que enfrentaron a grupos y fracciones internas de las grandes potencias y de los gobiernos revolucionarios, muchas veces enlazados en alianzas inestables o en negociaciones estratégicas. Por ello, las nuevas formas que adoptaron las guerras (revolucionarias, civiles, de independencia, de guerrillas) fueron marcadas por (y a su vez influyeron en) el contexto internacional donde se desarrollaron, desafiando el derecho de gentes y abriendo zonas grises que obligaron a los protagonistas a actuar en terrenos movedizos.[22] Nuestro relato transita por esos mismos sitios, mientras las declaraciones de independencia inauguran las tentativas de llevar adelante lo que Cavour llamaría más tarde “la diplomatización de la revolución”, según destacó Tulio Halperin Donghi hace ya muchos años al referirse al caso rioplatense.[23] A partir de esta pista –que Halperin cita al pasar y que habilita futuras indagaciones–, nuestro estudio se instala en las zonas grises de lo que considero un doble proceso de diplomatización de la política y de politización de la diplomacia inscripto en el marco de un enfrentamiento bélico con final abierto.
* * *
El experimento de escritura supuso una apuesta por el género narrativo y por contar esta historia en tiempo presente.[24] La elección del presente histórico –un presente discursivo para relatar hechos del pasado– es, por cierto, un recurso artificial que se usa con cierta frecuencia para entablar un pacto con el lector en pos de acercarlo a tiempos pretéritos. Pero en este caso, esa elección se apoya en una operación hermenéutica: hilvanar los acontecimientos optando por la suspensión voluntaria de los desenlaces. El relato intenta recrear los climas y ambientes que habitaron los protagonistas y restituir en los tiempos de la enunciación sus voces, interceptadas por mi propia voz, la de la historiadora que recompone el coro, reflexiona sobre los dilemas de los actores en las diferentes etapas del recorrido y presenta las cuestiones historiográficas de cada secuencia. Las interrupciones de la presentificación, cuyo objeto es trazar un mapa de rutas para el lector, procuran no diluir el procedimiento –o la ficción de método– que consiste en narrar para crear el problema que se quiere hacer visible, retener los detalles que lo configuran y establecer cierta distancia con los resultados.[25]
A sabiendas de que el relato histórico debe renunciar a toda pretensión de exhaustividad, este libro supuso un especial trabajo de estilización; un trabajo que no aspira a descubrir información inédita, sino a componer una historia de conexiones y fragmentos articulados a partir del interrogante inicial. Restituir la temporalidad de esas conexiones ha sido tal vez el mayor desafío de esta empresa, al igual que seleccionar y sacrificar tramas abordadas y tratadas en detalle por las historiografías políticas nacionales y por aquellas dedicadas a las relaciones internacionales. Si bien los diálogos con estas historiografías no se hacen explícitos en todos los casos, vale recordar la enorme dificultad de registrar las deudas en el sistema de citas sin hacer de unas y otras una deuda infinita. Hay deudas silenciosas que involucran, además, producciones dedicadas a períodos muy distantes de los aquí desarrollados y que contribuyeron a mi reflexión sobre las variadas formas que adoptó el par revolución-restauración y las operaciones de memorias y olvidos que lo surcaron en el transcurso de los dos últimos siglos.[26]
También dialogué con las preocupaciones que alimentan mis producciones historiográficas precedentes. El puente más evidente se tiende con Candidata a la Corona, donde me embarqué por primera vez en la aventura de explorar hipótesis frustradas que incidieron en el escenario internacional cuando seguí los avatares que sufrieron los planes de la princesa Carlota Joaquina de Borbón entre 1808 y 1814.[27] En ese sentido, el presente libro puede leerse como una suerte de continuación de aquel. Sin embargo, al menos dos aspectos los diferencian en su factura. El primero es que, en este caso, la investigación no se concentra en una trayectoria individual sino en múltiples trayectorias sincrónicas y diacrónicas; y aunque Carlota reaparece, su papel es el de un personaje secundario que ha perdido protagonismo. El segundo aspecto es el uso de la metáfora del juego como recurso para organizar el relato, sin que esto suponga la intención de ajustar el análisis a las sofisticadas teorías de los juegos. De allí que prefiera emplear el término en clave metafórica, con el objeto de utilizar algunas de sus variables –de manera siempre laxa y flexible, adaptada a las peculiares circunstancias históricas examinadas– para dotar de cierto carácter, precisamente, lúdico a este rompecabezas conformado por secuencias que se despliegan en simultáneo a cientos o miles de kilómetros de distancia.
De acuerdo con estas pautas, el libro se organiza en tres partes –con sus respectivos capítulos– en correspondencia con las diferentes variantes que el “efecto restauración” fue delineando a partir de la hipótesis de una alianza contrarrevolucionaria luso-hispana. Cada parte se inicia con la breve descripción de un acontecimiento y lleva por título una pregunta que expone la discusión sobre algunas claves interpretativas de los procesos estudiados. En la primera –“¿Imposturas?”– analizo la alternativa proyectada entre 1814 y 1815 en torno a la expedición de Pablo Morillo y las especulaciones, cálculos y jugadas que desata a ambos lados del Atlántico. En la segunda –“¿Traición o acuerdo secreto?”– abordo las ambiciones contrapuestas que se visibilizan con la negociación de un doble matrimonio dinástico entre las casas de Braganza y de Borbón y las reacciones que esto provoca en los diferentes escenarios cuando se produce la ocupación portuguesa de la Banda Oriental en 1817. En la tercera –“¿La reconquista imposible?”– exploro las opciones restauradoras que se despliegan desde –y hacia– el Río de la Plata tras la declaración de la independencia en 1816 y sus conexiones con la política portuguesa en Brasil y con las potencias europeas, mientras se proyecta la expedición española que en última instancia será frustrada por la revolución liberal de 1820. Esta organización tripartita no supone el desarrollo de planes sucesivos y excluyentes sino la disposición de tramas que, fieles a sus propias lógicas, muestran solapamientos, continuidades y rupturas, reformulaciones y líneas de fuga. El relato sigue, pues, una cronología que incluye retrospectivas o flashbacks en ciertos tramos, a la vez que evita recurrir al flashforward como visión anticipada de lo que va a ocurrir en el futuro.
Las decisiones acerca del orden expositivo de esta dilatada pesquisa implicaron una prolongada búsqueda del tono apropiado que hiciera justicia a las intrigas y misterios que emanan de las fuentes. En un diálogo con historiadores, el escritor Ricardo Piglia afirmaba que el desafío del tono es “tratar de contar historias que los lectores no hayan vivido”.[28] Confieso, en este sentido, que la búsqueda partió de un objetivo –sin duda desmedido– que aspiraba a transmitir ese suspenso que, como en una película de la que ya conocemos el final, de todos modos emana en las escenas que representan los actores. Luego de ensayar n número de versiones, que se acumularon en mi computadora, descubrí que compartía con la historia narrada el horizonte de un final abierto, cuyo resultado está bastante lejos de mis expectativas iniciales. Seguramente, la distancia entre expectativas y resultados no es ajena al hecho de no haber podido escapar de las trampas que el oficio nos regala más allá de nuestra propia voluntad.
* * *
Pocos días después de concluida la que creía era la versión definitiva de este libro, sobrevino el inesperado acontecimiento que cambió el rumbo del planeta. Mientras escribo estas breves líneas de reconocimiento personal hacia quienes me acompañaron en la empresa, continuamos en la situación de aislamiento a la que nos somete la pandemia de Covid-19; situación que me permitió dejar el texto en reposo para realizar correcciones finales y valorar, más que nunca, la “cultura de la conversación” en que se inscriben mis deudas intelectuales y afectivas.
A Juan Carlos Torre le debo el enorme estímulo que me brindó en las “cenas de los jueves” con Ana María Mustapic, luego de concluir nuestras clases de posgrado en la Universidad Torcuato Di Tella. Es probable que mi decisión de no encarar una apuesta comprometida con los futuros posibles lo desilusione; pero la lectura de sus trabajos, sus sugerencias bibliográficas y sus provocativas ideas fueron una usina inspiradora para la composición de este libro. Igualmente inspiradora ha sido la obra de Natalio Botana Repúblicas y monarquías, en la que encontré –como siempre– pistas insospechadas para mis reflexiones. Agradezco a Hilda Sabato el primer impulso, cuando disfruté de una temporada en su casa puntana de Cortaderas y leyó la versión inicial de la introducción; a Beatriz Bragoni y Noemí Goldman, por iluminarme aspectos cruciales sobre varios personajes de esta trama; a Darío Roldán, por su insistencia en afirmar que toda historia política debe ser pensada en tiempo presente; y a todos ellos, por su cariñosa amistad, tan rica en presencias y gestos.
A Alejandro Rabinovich y Daniel Gutiérrez Ardila les debo las riquísimas sugerencias y correcciones a los primeros borradores; ambos intervinieron en estas páginas de manera aguda y siempre estuvieron dispuestos a responder mis dudas y obsesiones. Vaya mi enorme gratitud a las integrantes del “retiro de escribidoras” –Lila Caimari, Ana Clarisa Agüero, Judith Farberman y Anahí Ballent– que siguieron paso a paso las etapas de este libro. Ellas me leyeron, me criticaron, me hicieron sugerencias, me estimularon y, en el encuentro de febrero de 2020 en la chacra de Lila, me conminaron a la difícil tarea de darle cierre a la obra. A João Paulo Pimenta le agradezco su eterna generosidad por haber abierto su archivo y biblioteca para compartir los temas comunes que abordamos; a Sonia Tedeschi, gracias por colaborar con la recolección de materiales de fuentes primarias y secundarias, y a Ezequiel Meler, por haber revisado la última versión y empujarme a que fuera la definitiva.
Expuse algunos adelantos en eventos académicos a los que fui invitada. Sería imposible mencionar a cada uno de los colegas participantes en distintas ciudades de mi país (Argentina) y en el extranjero (París, Madrid, Zaragoza, Valencia, Salamanca, Salerno, Ciudad de México, Puebla, Bogotá, San Pablo, Vitória, Lima, Santiago de Chile, Montevideo). A todos ellos agradezco sus devoluciones y el diálogo siempre fructífero que nos une desde hace años en esa cofradía a la que me gusta llamar la “Internacional Bicentenaria”. De igual manera, con los amigos que integran el Programa Argentina 200 Años de la Universidad Nacional de Rosario y con los colegas de la Universidad Torcuato Di Tella, mis deudas se renuevan constantemente.
Quiero expresar mi especial reconocimiento a la Casa de Velázquez de Madrid –que generosamente subsidió una estancia de investigación y así me permitió avanzar con este proyecto–, y a las instituciones académicas argentinas que sostienen mi tarea cotidiana e hicieron posible la creación del Instituto de Estudios Críticos en Humanidades (UNR/Conicet), donde encontré un agradable lugar de trabajo y pude desarrollar intensos intercambios interdisciplinarios. En el actual contexto de pandemia y crisis generalizada, agradezco muy especialmente al equipo editorial de Siglo XXI por apoyar mis iniciativas historiográficas y hacerme sentir en mi casa, y a Pedro Rújula por sostener su confianza en este libro y publicarlo en Prensas de la Universidad de Zaragoza.
Por último, sin el acompañamiento de mi familia no habría espacio para el disfrute que significa hacer historia. Con mis hijas Camila y Joaquina, además del amor y de la complicidad que nos une, compartimos la adrenalina que implica pensar el mundo e interrogarnos por los sentidos que encierra. Sebastián y Francisca Perochena alegran mi vida y forman parte de una amplia constelación donde siempre hay un lugar para agregar en la mesa de comensales. Y a quienes va dedicado este libro deseo expresarles mi renovada emoción por saber que están allí y por volver presencia el recuerdo de Pedro y Nilda, mis queridos padres.
Noviembre de 2020.
[1] La bibliografía sobre las teorías de los juegos y de la acción política es copiosa y no viene al caso hacer una extensa cita. Solo con carácter indicativo, es oportuno referir a la teoría del juego no matemático aplicada al campo político, desarrollada por Frederick G. Bailey en Strategems and Spoils. A Social Anthropology of Politics, Nueva York, Schocken Books, 1969.
[2] Sobre la “ilusión retrospectiva de fatalidad”, véase Raymond Aron, Introducción a la filosofía de la historia, Buenos Aires, El Ateneo, 2006.
[3] Sobre las formas que adoptaron en la historiografía los análisis contrafácticos, véase Quentin Deluermoz y Pierre Singaravélou, Hacia una historia de los posibles. Análisis contrafactuales y futuros no acontecidos, Buenos Aires, SB, 2018.
[4] Hugh Trevor-Roper, “History and Imagination”, en Hugh Lloyd-Jones, Valerie Pearl y Blair Worden (eds.), History and Imagination. Essays in honour of H. R. Trevor-Roper, Londres, Duckworth, 1981, p. 384.
[5] Emilio Gentile, El fascismo y la marcha sobre Roma. El nacimiento de un régimen, Buenos Aires, Edhasa, 2014, p. 18.
[6] Ian Kershaw, Decisiones trascendentales. De Dunquerque a Pearl Harbour (1940-1941). El año que cambió la historia, Barcelona, Península, 2008, pp. 617 y 611.
[7] Rafe Blaufarb, “The Western Question: The Geopolitics of Latin American Independence”, American Historical Review, vol. 112, nº 3, 2007, pp. 742-763.
[8] Para citar solo algunos ejemplos de la historiografía latinoamericana que explora estas conexiones, véanse: João Paulo Pimenta, La independencia de Brasil y la experiencia hispanoamericana (1808-1822), Santiago de Chile, Dibam - Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2017; Daniel Gutiérrez Ardila, El reconocimiento de Colombia. Diplomacia y propaganda en la coyuntura de las restauraciones (1819-1831), Bogotá, Universidad del Externado de Colombia, 2012; del mismo autor, Un nuevo reino. Geografía, política, pactismo y diplomacia durante el interregno en Nueva Granada (1808-1816), Bogotá, Universidad del Externado de Colombia, 2010; Klaus Gallo, De la invasión al reconocimiento. Gran Bretaña y el Río de la Plata 1806-1826, Buenos Aires, AZ, 1994; Geneviève Verdo, “Los patriotas rioplatenses frente a la Europa de Viena: entre cálculos estratégicos y filosofía de la historia”, Historia y Política, nº 19, Madrid, 2008, pp. 75-102.
[9] Para un acercamiento al concepto de “política exterior” pueden consultarse Juan Carlos Pereira Castañares (coord.), Historia de las relaciones internacionales contemporáneas, Madrid, Ariel Historia, 2009; del mismo autor, “De la historia diplomática a la historia de las relaciones internacionales: algo más que el cambio de un término”, Historia Contemporánea, nº 7, 1992, pp. 155-182; también el nº 42 (monográfico: La historia de las relaciones internacionales) de Ayer, 2001.
[10] El tratamiento del tema se nutre de las pistas que ofrecen los diferentes enfoques de historias conectadas, cruzadas, globales y transnacionales. Entre muchos otros aportes sobre estos enfoques véanse: Michael Werner y Bénédicte Zimmermann, “Beyond Comparison: Histoire Croisée and challenge of reflexivity”, History and Theory, nº 45, 2006, pp. 30-50; Bernhard Struck, Kate Ferris y Jaques Revel, “Introduction: Space and Scale in Transnational History”, The International History Review, nº 33 (4), 2011, pp. 573-584; Serge Gruzinski, “Les mondes mêlés de la monarchie catholique et autres ‘connected histories’”, Annales. Histoire, Sciences Sociales, 56, nº 1, 2001, pp. 85-117; Sanjay Subrahmanyam, “Connected Histories: Notes towards a Reconfiguration of Early Modern Eurasia”, Modern Asian Studies, nº 313, 1997, pp. 735-762; Maria Ligia Coelho Prado, “América Latina: historia comparada, historias conectadas, historia transnacional”, Anuario de Historia, 24, nº 3, 2011-2012, pp. 10-22; Romain Bertrand, “Historia global, historias conectadas: ¿un giro historiográfico?”, Prohistoria, nº 24, 2015, pp. 3-20; Sergio Serulnikov y Andrea Lluch, introducción al dosier “Latinoamérica y los enfoques globales”, Nuevo Mundo Mundos Nuevos, 2014.
[11] M. J. García a J. M. de Pueyrredón, Río de Janeiro, 29/8/1816, en Washington Reyes Abadie, Oscar Cruschera y Tabaré Melogne, El ciclo artiguista, Montevideo, Medina, 1951, p. 511.
[12] Sobre las temporalidades de la comunicación, véase Lila Caimari, “El mundo al instante. Noticias y temporalidades en la era del cable submarino (1860-1900)”, Redes, nº 40, 2015, pp. 125-146.
[13] Véase Javier Fernández Sebastián, “Del rey cautivo a la república de derecho divino. Retóricas e imaginarios de las revoluciones hispánicas”, en Laura Rojas y Susan Deeds (coords.), México a la luz de sus revoluciones, México, El Colegio de México, 2014, 2 vols., I, pp. 125-185.
[14] François Hartog, Regímenes de historicidad. Presentismo y experiencias del tiempo, México, Universidad Iberoamericana, 2007.
[15] El punto de observación elegido está en estrecha sintonía con el adoptado por João Paulo Pimenta, cuyo objeto de estudio ha sido analizar el impacto del universo revolucionario hispano en la política luso-brasileña que resultó en un Brasil independiente. Véanse del autor, La independencia de Brasil, ob. cit.; Estado y Nación hacia el final de los imperios ibéricos. Río de la Plata y Brasil, 1808-1828, Buenos Aires, Sudamericana, 2011. Cabe destacar, además, algunas obras significativas que adoptan para este período perspectivas globales que integran los vínculos luso-hispanos: Jeremy Adelman, Sovereignty and Revolution in the Iberian Atlantic, Princeton y Óxford, Princeton University Press, 2006; Tulio Halperin Donghi, Reforma y disolución de los imperios ibéricos, 1750-1850, Madrid, Alianza, 1985; Brian Hamnet, The End of Iberian Rule on the American Continent, 1770-1830, Cambridge, Cambridge University Press, 2017; Gabriel Paquette, Imperial Portugal in the Age of Atlantic Revolutions. The Luso-Brazilian World, c. 1770-1850, Cambridge, Cambridge University Press, 2013; Matthew Brown y Gabriel Paquette, Connections after Colonialism. Europe and Latin America in the 1820s, Tuscaloosa, The University of Alabama Press, 2013; Jean-Frédéric Schaub, Portugal na Monarquia Hispânica, Lisboa, Livros Horizonte, 2001; David Martín Marcos, Monarquías encontradas. Estudios sobre Portugal y España en los siglos XVII-XVIII, Madrid, Sílex, 2013; Pedro Cardim, “Los portugueses frente a la monarquía hispánica”, en Antonio Álvarez-Ossorio Alvariño y Bernardo García García, La monarquía de las naciones. Patria, nación y naturaleza en la monarquía de España, Madrid, Fundación Carlos de Amberes, 2004, pp. 355-383; Juan Marchena, “Las independencias latinoamericanas observadas desde España y Portugal”, en José Damião Rodrigues (coord.), O Atlântico Revolucionário. Circulação de ideias e de elites no final do Antigo Regime, Lisboa, Centro de História de Além-Mar, 2012.
[16] Para perspectivas de síntesis sobre los nuevos enfoques en torno a las independencias puede consultarse la entrada “independencia” en Javier Fernández Sebastián (comp.), Diccionario político y social del mundo iberoamericano, t. II, vol. 4, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2014. Para el caso específico que nos ocupa, véase el dosier coordinado por Gabriel Entin, “La independencia de 1816 más allá del Río de la Plata”, Prismas. Revista de Historia Intelectual, nº 20, 2016.
[17] Pierre Rosanvallon, El momento Guizot. El liberalismo doctrinario entre la Restauración y la Revolución de 1848, Buenos Aires, Biblos, 2015. Véanse, además, Francis Démier, La France de la Restauration (1814-1830). L’impossible retour du passé, París, Gallimard, 2012; del mismo autor, “Permanencia y mutaciones del Estado napoleónico bajo la Restauración de los Borbones, 1814-1830”, Pasado y Memoria, nº 13, 2014, pp. 33-57.
[18] Sobre el caso español véanse Pedro Rújula y Javier Ramón Solans (eds.), El desafío de la revolución. Reaccionarios, antiliberales y contrarrevolucionarios (siglos XVIII y XIX), Granada, Comares, 2017; Pedro Rújula, “Recomponer el mundo después de Napoleón: 1814 y las Restauraciones”, Pasado y Memoria, nº 13, 2014, pp. 79-94; Encarna García Monerris, Ivana Frasquet y Carmen García Monerris (eds.), Cuando todo era posible. Liberalismo y antiliberalismo en España e Hispanoamérica (1780-1842), Madrid, Sílex, 2016; Javier López Alós, Entre el trono y el escaño, Madrid, Cortes Generales, 2011. Sobre el caso napolitano, Carmine Pinto, “La ‘guerra civil borbónica’. Crisis de legitimidad y proyectos nacionales entre Nápoles y el mundo iberoamericano”, en Antonino de Francesco, Luigi Mascilli Migliorini y Raffaele Nocera (coords.), Entre Mediterráneo y Atlántico. Circulaciones, conexiones y miradas, 1756-1867, Santiago de Chile, FCE, 2014, pp. 341-462; del mismo autor, “Guerras europeas, conflictos civiles, proyectos nacionales. Una interpretación de las restauraciones napolitanas (1799-1866)”, Pasado y Memoria, nº 13, 2014, pp. 95-116; también Maurizio Isabella, Risorgimento in Exile. Italian Émigrés and the Liberal International in the Post-Napoleonic Era, Óxford, Oxford University Press, 2009.
[19] Para una revisión de los mitos fundacionales de las naciones véanse Tomás Pérez Vejo, Elegía criolla. Una reinterpretación de las guerras de independencia hispanoamericanas, México, Tusquets, 2010; José Carlos Chiaramonte, Nación y Estado en Iberoamérica. El lenguaje político en tiempos de las independencias, Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
[20] Jean-Claude Caron, “Entre la renovación y la reevaluación. Jalones en la historiografía francesa sobre la Restauración”, Pasado y Memoria, nº 13, 2014, pp. 17-32. Para el caso hispanoamericano pueden consultarse, entre otras contribuciones relevantes, el dosier “La Restauración como fenómeno extra-europeo, 1814-1826”, coordinado por Daniel Gutiérrez Ardila y Juan Luis Ossa Santacruz, en Revista Universitaria de Historia Militar RUHM, vol. 7, nº 15, 2018; Daniel Gutiérrez Ardila, La Restauración en la Nueva Granada (1815-1819), Bogotá, Universidad del Externado de Colombia, 2016; Ivana Frasquet y Encarna García Monerris (eds.), Tiempo de política. Tiempo de Constitución. La monarquía hispánica entre la revolución y la reacción (1780-1840), Granada, Comares, 2018; Izaskun Álvarez Cuartero y Julio Sánchez Gómez (coords.), Visiones y revisiones de la independencia americana. Realismo/pensamiento conservador: ¿una identificación equivocada?, Salamanca, Universidad de Salamanca, 2014.
[21] Pedro Rújula y Javier Ramón Solans, “Paradojas de la reacción. Continuidades, vías muertas y procesos de modernización en el universo reaccionario del siglo XIX”, en Pedro Rújula y Javier Ramón Solans (eds.), El desafío, ob. cit.; dosier coordinado por Encarna García Monerris y Josep Escrig, “‘Contra el delirio de la razón’. Espacios de la contrarrevolución en los inicios del siglo XIX en España”, Hispania, vol. 77, nº 256, 2017.
[22] En su estudio sobre la Revolución Francesa y la rusa, Arno Mayer destaca que la guerra civil es siempre inseparable de las relaciones internacionales. Véase del autor The Furies. Violence and Terror in the French and Russian Revolutions, Princeton, Princeton University Press, 2000.
[23] Tulio Halperin Donghi, De la revolución de independencia a la confederación rosista [1972], vol. 3 de la Historia argentina bajo su dirección, Buenos Aires, Paidós, 1980, p. 109.
[24] Paul Ricœur, Tiempo y narración, México, Siglo XXI, 2007.
[25] Sobre las “ficciones de método”, véase Ivan Jablonka, La historia es una literatura contemporánea. Manifiesto por las ciencias sociales, Buenos Aires, FCE, 2016, pp. 215-218.
[26] Al respecto, véanse, dentro del campo historiográfico, dos perspectivas diferentes en Enzo Traverso, Melancolía de izquierda. Marxismo, historia y memoria, Buenos Aires, FCE, 2018; y François Furet, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, México, FCE, 1996; del mismo autor, La Revolución Francesa en debate. De la utopía liberadora al desencanto en las democracias contemporáneas, Buenos Aires, Siglo XXI, 2016.
[27] Marcela Ternavasio, Candidata a la Corona. La infanta Carlota Joaquina en el laberinto de las revoluciones hispanoamericanas, Buenos Aires, Siglo XXI, 2015.
[28] Gabriel Di Meglio y Raúl Fradkin, “Una conversación con Ricardo Piglia sobre literatura e historia popular”, en Gabriel Di Meglio y Raúl Fradkin (comps.), Hacer política. La participación popular en el siglo XIX rioplatense, Buenos Aires, Prometeo, 2013, pp. 437-438.
Parte I
¿Imposturas?
Cádiz vuelve a ser escenario de un acontecimiento a gran escala. Marcada por su estratégica posición geográfica entre el Atlántico y el Mediterráneo, desde sus costas ha visto zarpar a célebres descubridores y gigantescas flotas dirigidas a las Indias. En el pasado reciente vivió el prolongado asedio de las fuerzas francesas, la creciente militarización y el inédito experimento de unas Cortes constitucionales que, recluidas en la pequeña urbe amurallada, agitaron su vida política y social. Ahora la ciudad se prepara para despedir a las tropas destinadas a “pacificar” la rebeldía de los focos revolucionarios americanos.
Las instrucciones que el gobierno español le entrega al jefe de la expedición, el general Pablo Morillo, fijan la salida de la flota “a más tardar el 1º de diciembre” de 1814. Los apoderados de la Comisión de Reemplazos de Cádiz, encargados de reunir los fondos para solventar el envío de empresas militares a América, ya advirtieron sobre la conveniencia de zarpar a mediados de noviembre para evitar los vientos desfavorables en el estuario del Río de la Plata. Pero los preparativos se prolongan. Es preciso reunir los cuantiosos recursos que necesita la empresa. Las elevadas sumas de dinero recolectadas –en su mayoría, préstamos de comerciantes– se invierten en embarcaciones, equipamiento, víveres y armamento para caballería e infantería. Es necesario, además, asegurar el reclutamiento de soldados que al comienzo se calcula en diez mil efectivos y luego se eleva a doce mil. La leva no resulta fácil; circulan rumores de que las tropas acantonadas en Andalucía son seducidas por esos liberales que el rey se propone borrar de la memoria de los españoles. Se refuerza la vigilancia para evitar deserciones y diariamente se anuncia a los soldados acuartelados que la partida es inminente.
Por fin, el 15 de febrero, los cuarenta y dos transportes custodiados por dieciocho buques de guerra intentan darse a la vela desde la bahía gaditana. Una borrasca en el horizonte, que se desata en una fuerte tempestad, obliga a los navíos a regresar a puerto. Dos días después, la expedición zarpa a las ocho de la mañana, mientras millares de pañuelos se agitan para despedir a sus soldados. Bien entrada la noche, la tripulación pierde de vista el faro de San Sebastián. El espectáculo de la flota es imponente.
1. Entre Europa y la Viena del trópico
Hipótesis bélicas
En marzo de 1814, Fernando VII abandona el Castillo de Valençay en el valle del Loira, donde residió desde 1808, cuando dos meses después de su entronización renunció a la corona de España. Compartió con su hermano Carlos María Isidro y su tío Antonio el prolongado cautiverio en el castillo (propiedad del diplomático Charles-Maurice de Talleyrand). Quien decidió los destinos de la familia real española fue Napoleón Bonaparte, emperador de Francia, luego de pergeñar las abdicaciones de los Borbones en la ciudad fronteriza de Bayona y de colocar a su hermano José en el trono vacante. Carlos IV, su esposa María Luisa de Parma y el favorito Manuel Godoy fueron enviados a las cercanías de París, luego a Marsella y por fin a Roma.
Durante los años de ostracismo, Talleyrand procuró amenizar la estancia de sus huéspedes con planes que combinaban lecciones de baile y música por la mañana, cabalgatas y paseos por la tarde, más veladas de banquetes y bailes. Esa rutina, que poco a poco se volvió más austera, se mantuvo siempre en un completo aislamiento, según le informaba el anfitrión al emperador: “Todas las medidas de vigilancia están bien tomadas, y el castillo y sus alrededores gozan de perfecta tranquilidad. No creo exista lugar en el mundo donde se sepa menos de lo que ocurre en Europa”.[29] En efecto, los tres borbones estuvieron ajenos a las vicisitudes sufridas por los españoles en la guerra contra Francia, a las convulsiones políticas peninsulares, a las discusiones en las cortes reunidas en Cádiz, a la sanción de una Constitución liberal para la monarquía y a las revoluciones en los dominios americanos. Pero en diciembre de 1813, la suerte de los desterrados parece cambiar de rumbo sin que hayan hecho nada para lograrlo. Con su imperio muy debilitado, Napoleón decide poner punto final a la guerra peninsular y reconoce a Fernando VII como rey de España en el Tratado de Valençay.[30]
Los recién liberados abandonan Francia e inician una marcha triunfal hacia Madrid, en la que el monarca es aclamado por un pueblo fervoroso que, en su nombre, enfrentó la larga guerra contra la usurpación del imperio más poderoso de los últimos tiempos; marcha que pocas semanas después –ya en abril– tendría su contrapunto en la emprendida por Napoleón cuando se vio forzado a abdicar y exiliarse en la isla de Elba.[31] El triunfalismo de las celebraciones, sin embargo, no oculta la profunda incertidumbre que vive España respecto del futuro inmediato. Durante el pomposo regreso nadie sabe qué política adoptará el monarca y, sobre todo, si jurará como rey constitucional, según estipula la carta sancionada en Cádiz en 1812. Sin experiencia de gestión en el trono y después de seis años de cómoda reclusión palaciega, Fernando VII debe informarse y evaluar los cursos de acción para una monarquía católica e imperial que sufre su más profunda crisis. Muy pronto toma su primera decisión: el 4 de mayo decreta desde Valencia la ilegalidad de lo actuado por las cortes, deja abolida la Constitución de Cádiz y restaura el Antiguo Régimen. Poco después toma una segunda decisión: acabar con las insurgencias americanas mediante una respuesta militar sin concesiones.[32]
La Expedición Pacificadora comienza a organizarse, bajo el mando de Pablo Morillo, militar y marino español de larga experiencia que se ha destacado durante la reciente guerra contra Francia. El cuadro de situación en los dominios ultramarinos no es muy claro, aunque parece registrar un debilitamiento de los movimientos revolucionarios. En Nueva España, donde las autoridades coloniales mantienen el control del gobierno desde su capital en México, los focos insurgentes sufren retrocesos que permiten que las tropas realistas recuperen varias regiones. En Venezuela, luego de declarar la independencia en 1811, el primer ensayo constitucional republicano y federal fue barrido por las fuerzas realistas, y el segundo ensayo de gobierno independiente corrió igual suerte por el avance de una masiva movilización popular procedente de los llanos y por las tropas regulares españolas. En Nueva Granada, la situación revolucionaria no se presenta tan negativa, pese a que sus líderes no logran expandir el dominio territorial. Allí, cinco provincias se han declarado independientes entre 1811 y 1814, pero las disputas entre las diversas jurisdicciones con vocación soberana habilitan a las fuerzas realistas a continuar su ofensiva, al mismo tiempo que las noticias de una inminente definición de la contienda europea provocan una creciente radicalización de la revolución. En el Cono Sur, la realidad de los ejércitos es compleja. En la jurisdicción del Río de la Plata, el frente del Ejército del Norte padece contundentes derrotas que dejan a la región del Alto Perú bajo dominio realista. En el frente de la Banda Oriental, si bien las fuerzas patriotas desplazan a los leales de Montevideo en junio de 1814, el bloque revolucionario rioplatense está dividido entre el gobierno centralista con sede en Buenos Aires y las fuerzas orientales lideradas por José Gervasio Artigas que postulan un proyecto de tipo confederal. En Chile, el gobierno instalado en 1810 se ve cada vez más acorralado por las tropas enviadas desde el centro antirrevolucionario de Lima y por los enclaves realistas que avanzan desde Chiloé y Valdivia hacia el valle central.
Ante ese panorama, el rey debe definir el destino de la empresa de reconquista. Las opciones se configuran en una disyuntiva: el Consejo de Indias se expide por Caracas, mientras que los miembros de la Comisión de Reemplazos, con asiento en Cádiz, muestran el interés comercial por la plaza rioplatense y por normalizar los negocios interrumpidos por el movimiento revolucionario, del que sacan provecho los ingleses. En agosto la Comisión presenta un informe al monarca: le indica los mejores lugares para desembarcar y advierte sobre la decisiva alianza que debe buscarse con Portugal para que los navíos puedan utilizar el territorio brasileño, donde está instalada la corte de Braganza desde comienzos de 1808, cuando abandonó Lisboa ante el avance de los ejércitos napoleónicos.[33] Con el poder que le otorga asumir las erogaciones que demande la expedición, la Comisión presiona para definir su destino. El Consejo de Indias, por su parte, expide un dictamen el 3 de octubre; este recalca su inclinación por enviar las tropas a Costa Firme para arribar a Venezuela y pasar al Nuevo Reino de Granada.[34] La justificación son las atrocidades cometidas por los jefes rebeldes y el ensañamiento que muestran hacia los leales a la metrópoli.[35] El 7 de octubre se reúne una Junta para debatir el tema, a la que es convocado José María Salazar, quien había estado a cargo del Apostadero Naval de Montevideo hasta 1812. Salazar informa en Madrid sobre la situación en el Río de la Plata y el gobierno decide destinarlo como enviado extraordinario a Río de Janeiro para explorar la reacción de Portugal al plan de recuperar la región del Atlántico Sur.[36]
