Los masones y el poder oculto - Gustavo Lencina - E-Book

Los masones y el poder oculto E-Book

Gustavo Lencina

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¿Qué sabemos sobre esta agrupación que tiene miembros en las más altas esferas de la política mundial? ¿Cuáles son sus orígenes, sus vaivenes y su condición actual? ¿Qué tienen en común lo Illuminati con Simón Bolívar y Benito Juárez y las actuales mafias de guante blanco? Estas y otras muchas más incógnitas serán despejadas en este apasionante documento.

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Seitenzahl: 176

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Los masones y el poder oculto

Los masones y el poder oculto© Gustavo Lencina

D.R. ©Editorial Lectorum, S.A. de C.V., 2022Batalla de Casa Blanca Manzana 147–A Lote 1621Col. Leyes de Reforma, 3a. SecciónC. P. 09310, México, D. F.Tel. 55 5581 [email protected]

Cuarta reimpresión: mayo 2022ISBN: 978-607-457-736-5Colección CONJURAS

D. R. © Portada e interiores: Mariel MambrettiCaracterísticas tipográficas aseguradas conforme a la ley.Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización escrita del editor.

Índice

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Prólogo

Capítulo 1 · Los cimientos

Capítulo 2 · La construcción

Capítulo 3 · El laberinto de los iluminados

Capítulo 4 · La hoguera de París

Capítulo 5 · Al otro lado del mar

Capítulo 6 · El gran tablero latinoamericano

Capítulo 7 · La logia madre y la madre de la logia

Capítulo 8 · Sociedades secretas de hoy: en las cumbres del poder

Epílogo · ¿Quién teme a la masonería?

Apéndice fotográfico

Bibliografía

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A los Maestros anónimos, cuyo aliento agita las páginas de la Historia. Gracias, una vez más, a Dalia Goldman, Vivi Pérez y Marcia Pérez, ángeles del conocimiento y la alegría.

Prólogo

Las raíces históricas

Desde su despertar al mundo, el Hombre se valió de su conciencia para conocer e interpretar su situación en la vida. Enseguida (esto es un decir, digamos que le llevó sólo algunos miles de años) comprendió que entre las bestias que le rodeaban había algunas muy parecidas a él y las llamó congéneres. Y su instinto gregario lo llevó a establecer formas primitivas de organización social. Pero el ser humano, por naturaleza, además de sociable es conspirativo y, apenas logró crear las normas mínimas de convivencia, sintió el impulso de intrigar por fuera de ellas, a fin de obtener beneficios adicionales.

De este modo, aquel hombre primigenio se demostraba a sí mismo su capacidad y vocación por vivir simultáneamente en realidades distintas. Era uno con los líderes de su clan, otro con su familia, otro con sus amigos y otro con sus cofrades, aquellos con quienes se confabulaba para obtener alguna ración extra de poder. Lo hacía a espaldas del orden establecido y de los valores comunes. Lo hacía furtivamente, arriesgándose, desde el momento mismo de ocultarse, a ser descubierto. Lo hacía con otros que pensaban como él.

Así fue que, junto con el desarrollo mismo de la vida en comunidad, nació la idea de “sociedad secreta”. A lo largo de la historia existieron todo tipo de agrupaciones de esta índole; algunas duraron siglos, otras sólo hasta que cumplieron sus objetivos, y otras hasta que fueron eliminadas, prohibidas o simplemente se disolvieron con los años.

Pero, de entre todas ellas, hay una que surgió con los albores del cristianismo y no sólo todavía existe, sino que continúa operando e intrigando. Es una sociedad tan antigua que parece que siempre hubiera estado allí. Una corporación cuya actividad nunca ha sido del todo clara, cuyos miembros son reacios a dejarse conocer, que ha envuelto sus actividades en una especie de velo elegante, pero también cuyas huellas y señales se encuentran nítidamente grabadas en los hechos más importantes de la historia. Por supuesto, hablamos de la masonería.

Según sus propios enunciados, se trata de una sociedad “filosófica, filantrópica y progresista sin fines de lucro”. En principio, nada más loable. Pero se trata de una corporación cuyo motor es el ocultamiento. Lo sabido sobre ella es apenas lo entrevisto en laberintos, puertas ocultas, palabras que dicen otra cosa. Para estudiarla y acceder a un atisbo de verdad, sólo podemos atenernos a algunos pocos indicios de sus acciones, sus métodos y su comportamiento interno. En ella todo es como esos grandes escritorios medievales, repletos de cajones y compartimentos falsos, grabados antiguos y tinteros que nunca se vacían. Resulta entonces inevitable preguntarse a qué obedece tanto misterio. En definitiva: ¿qué es lo que se trata de ocultar y para qué?

La clave para comprender el porqué de este perpetuo secretismo se encuentra en las raíces mismas de su pensamiento y su iconografía. En el Ojo de Horus enmarcado por aquel triángulo inicial definido por tres rectas: la vida espiritual, el arte arquitectónico, los vínculos secretos.

Divinidad y arquitectura

Desde tiempos inmemoriales ha existido una íntima relación entre el desarrollo de las religiones y los constructores de santuarios. Testimonio de ello son las pirámides de Egipto, los antiguos templos aztecas, las inmensas catedrales góticas, los mausoleos griegos, las mezquitas islámicas. No existe religiosidad sin oratorio, y en este sentido se podría decir que la presencia de un imponente edificio, con o sin imágenes religiosas, pero siempre amplio, silencioso, provisto de una buena dosis de mística e invitación al recogimiento, es un elemento fundacional de cualquier culto que aspire a trascender.

Claro que no suele ser el sacerdote o el intérprete del dogma la misma persona que siembra los cimientos y eleva los muros del edificio. Para llevar a cabo estas construcciones complejas, duraderas, gigantescas, hace falta un saber práctico que, por línea general, está reñido con el estudio de los documentos sacros o las interminables horas de oración que requiere un sacerdocio. A su vez, el hombre de ciencia, si bien resulta necesario, suele ser objeto de desconfianza por parte de las autoridades religiosas. Se ha dado entonces, a lo largo de los siglos, una discordante relación en la cual los sacerdotes se valían del conocimiento de los constructores sin dejar de vigilarlos, presionarlos y muchas veces traicionarlos (sobre todo, a la hora de abonar por sus servicios). Era una relación de servidumbre regulada apenas por el poder de ese conocimiento que los constructores sabían preservar. La arquitectura sagrada era su don; una gracia cuyo producto final poseía el valor de lo irrefutable, y que guardaba un significado que resultaba irritante para los jefes eclesiásticos de cualquier clase: los constructores constituían el símbolo más concreto entre lo terrenal y lo divino.

Desde el origen mismo de la antigua Roma, los Colegios de Oficios (Collegia Fabrorum) gozaban de gran relevancia social. Ya en el siglo VII a.C., su poder era comparable al de los actuales sindicatos. Eran los maestros carpinteros, los proveedores de armas para los ejércitos, los constructores de empalizadas y murallas. Todos ellos, cada cual en su especialidad, cultivaban un fuerte espíritu corporativo, resguardaban los secretos de su arte seleccionando cuidadosamente a los aprendices y se unían ante los poderosos que requerían de sus servicios a fin de obtener ventajas económicas. Poseían sus propios rituales, creencias y tradiciones, herederas de en alguna medida de fuentes más antiguas (griegos, egipcios y pueblos de la Mesopotamia).

Centurias más adelante, en el siglo V de nuestra era, cuando se produjo la caída del Imperio Romano, los constructores, desperdigados por todo su territorio, debieron adecuarse a las necesidades de los invasores. No les fue difícil, ya que su conocimiento era respetado y requerido por los nuevos amos. Así los que se encontraban en lo que hoy es el norte de Italia fueron reclutados por los lombardos; los que estaban en las zonas de España y Francia pasaron a atender las demandas de los visigodos, y muchos se refugiaron en los pocos sitios respetados por los bárbaros: los conventos cristianos pertenecientes a la Orden de San Benito.

De este modo, los maestros constructores se convirtieron en asistentes y asesores de muchos de los frailes que viajaban incansablemente llevando la doctrina cristiana hasta Bélgica, Austria, Alemania, Inglaterra, Irlanda. El contacto con estos pueblos, sumado al intercambio constante con los benedictinos, constituía un importante flujo de conocimientos que, fieles a su tradición, anotaban, aplicaban y perfeccionaban en la construcción de los grandes santuarios católicos que florecían por toda Europa. Se dice que fue de los alemanes de quienes recibieron el nombre de metzen o machun, que en Francia se convirtió definitivamente en masón.

El encanto de la agremiación

En este proceso se dio una interesante paradoja. Para aquellos proto-masones, el pasaje de construir empalizadas a erigir templos requirió la elevación de su oficio a la categoría de ciencia. La ciencia estuvo desde siempre abocada a la búsqueda de la verdad, y para aquellos primitivos arquitectos la verdad estaba encerrada en la correcta interpretación de la naturaleza. Este enfoque los situó por encima de los dogmas religiosos, pero al mismo tiempo los mantuvo conectados con lo concreto. Su espiritualidad se tornó profunda, desprejuiciada, práctica, y más pura. Su objetivo no estaba puesto en la manipulación de la conciencia sino en el dominio de la materia. Lo suyo era “real”. Y también por ello, su devoción tenía que ver con lo trascendente.

Fue el estudio de lo físico el que los llevó a la comprensión de lo metafísico. En la Biblia estaba la Palabra, el origen, pero para desarrollar la Verdad sobre la Tierra necesitaban la regla, la escuadra y el compás.

Para estos místicos albañiles, la Iglesia era básicamente una fuente de trabajo de la que se debía recelar. Su trato con el clero era demasiado cotidiano y doméstico como para que no se conocieran sus mutuas debilidades. A la vez, las autoridades religiosas eran perfectamente conscientes de que los constructores no entregaban nunca todo su conocimiento, lo cual podía ser considerado una estrategia comercial; y tampoco terminaban de entregarse al dogma. Investigaban cuestiones incómodas, arrojaban conjeturas para resolver enigmas que la Iglesia había resuelto ya de manera clara y contundente; guardaban secretos —muchos secretos—, ocultaban su saber, jugaban al límite con todo lo bueno y verdadero. Para los sacerdotes, lo ideal hubiera sido poder adquirir esos conocimientos y formar sus propios monjes constructores, pero estos cuasi-herejes arquitectos no se lo permitían. Todo lo contrario. A fin de organizar y asegurar su hermetismo, comenzaron a agruparse en cofradías o hermandades, lo que sería el verdadero germen de la construcción de un gremio.

Con el advenimiento de una nueva etapa histórica de desarrollo económico, social y político, que configuró la Alta Edad Media, las hermandades comenzaron a ser solicitadas ya no sólo por el clero, sino también por los nobles y los señores feudales. Esto fortaleció aun más al gremio y debilitó el poder que la Iglesia tenía sobre ellos.

Los constructores comenzaron a viajar y a acumular riqueza. La incipiente burguesía requería cada vez más de sus servicios. Como gente pragmática que era, decidieron consolidar aun más su posición. Reafirmaron sus códigos de lealtad, recopilaron y organizaron sus viejas leyendas a fin de crearse una tradición, generando así una cultura propia. Aun manteniéndose cuidadosamente dentro de los límites impuestos por la nobleza y el clero, supieron refrendar sus rituales, estrechar sus filas, elegir cuidadosamente a quién impartían conocimiento y, sobre todo, guardar sus secretos.

De la defensa del oficio a la vocación política

El disimulo, como estrategia, puede ser considerado en función de dos objetivos principales: protegerse y dominar. Ciertamente, también sirve para espiar, esconder y conspirar. Pero estas últimas actitudes no dejan de ser derivaciones de las dos primeras. Desde hace siglos, el péndulo de la masonería oscila entre ocultar y dominar, y en ese devenir ha dejado su impronta claramente tallada en muchos de los episodios más importantes de la historia.

Existe toda una mitología acerca de los hechos en los que ha estado involucrada la masonería, y sobre los hombres que han pertenecido a ella. Se sabe que personajes tan disímiles entre sí como George Washington y José de San Martín, Danton y Federico II El Grande se alistaron en sus filas, recorrieron los mismos pasos y elevaron los mismos juramentos.

Igualmente, hay que reconocer que al común de la gente le gusta ver conspiraciones donde no las hay. Por eso es necesario siquiera intentar una suerte de inventario, lo más riguroso posible, de los eventos en los cuales existen pruebas concretas de que la masonería tomó parte.

Se sabe que los masones jugaron un rol muy activo en el inicio de la Guerra por la Independencia de los EE.UU. (hasta existen versiones acerca de que detonaron deliberadamente las revueltas para luego guiarlas desde las sombras). De modo mucho más nítido, se percibe su presencia durante la Revolución Francesa, si bien en esa ocasión la marea de la historia, espoleada por los vientos del Hombre, los arrasó en su propio éxito como un incendio que devora a quien lo inició. Fue así como se vio a masones guillotinando a masones, no una, sino muchas veces, una escena inconcebible para el juramento principal de la logia.

Pero también es cierto que, si por un momento nos atenemos a la visión más paranoica, y asumimos como real su participación en cuanta conspiración se les adjudica, entonces los masones quedarían muy bien parados. La masonería estuvo presente en las luchas por la independencia de los pueblos de Latinoamérica, la abolición de la esclavitud, la unificación de Italia, la secularización de las ciencias, la enseñanza laica, la formación de las Naciones Unidas, el desarrollo del socialismo humanista y muchos eventos más. Ello, además de mantener una presencia fuerte y constante en la lucha contra las monarquías, los imperios, los estados absolutos y, especialmente, el poder político de la iglesia católica.

Todo esto es real, aunque hay muchos otros hechos en los que la influencia masónica no ha sido admitida o debidamente comprobada. Y, sin embargo, los símbolos de la orden están allí, grabados en la piedra, evocados en la esencia del pensamiento, como una firma sutil.

¿Se trata entonces de una especie de secta de superhéroes que desde hace siglos luchan por la libertad del hombre y la emancipación de su conciencia?

Es seguro que a muchos masones les gustaría definirse así. Pero la Hermandad no deja de ser una costumbre humana; una y otra vez ha mutado, se ha ramificado, se ha desviado en sus objetivos y ha sido atravesada por el deseo de poder y la ambición de fortuna.Tal es el caso de los“Iluminados de Baviera”, logia fundada en 1776 a la que se le adjudicó un plan para acabar con las religiones y los Estados, y hacerse con el poder mundial bajo un sólo regente. Un plan que, extrapolado al presente, ofrece ciertas retorcidas semejanzas con la globalización de la economía de mercado que actualmente rige el mundo.

Un modelo todavía vigente

Otra característica inquietante de la masonería es la naturaleza de su modo de infiltración. Capta a sus adeptos mediante un doble juego de seducción. Se autopostula como una liga semi-clandestina de inteligencias en pos de los ideales más elevados del conocimiento humanístico. De este modo, cada miembro se siente honrado de ser invitado a formar parte de sus filas; pero luego pasa a ser súbdito de un gobierno secreto y paralelo. Es parte del juramento inicial que el hermano masón debe rendir cuenta de sus actos y acatar las indicaciones que su logia le transmita, cualquiera sea el ámbito en que se encuentre.

En base a esto, cabría preguntarse si la masonería realmente podría llegar a ser una entidad colectiva cuya preservación está por encima de las individualidades que la conforman. En tal caso, siempre hay una o varias personas que definen el rumbo de esa conciencia colectiva. Se ignora si la hermandad funciona así. Lo que sí es seguro es que ha servido como molde para un sinnúmero de sociedades secretas del más diverso cuño y con los objetivos más dispares, algunas no tan loables como las que inicialmente se propusieron los albañiles medievales.

En el siglo XXI, existe todo tipo sociedades secretas. En realidad, la denominación ya es demasiado abarcadora en un mundo donde coexisten sectas, carteles de droga, mafias, escuadrones de la muerte, etc. Pero, si nos restringimos a las sociedades secretas en términos “masónicos”, en la actualidad se pueden detectar claramente tres: Skull & Bones (calaveras y huesos), el Grupo Bilderberg y el CRE (Consejo de Relaciones Exteriores). Aunque cada uno de ellos será analizado en el capítulo correspondiente, podemos adelantar que se trata de pequeñas organizaciones de enorme poder, que se proponen concentrar el capital y los medios de producción global a fin de regular la economía mundial. Por desgracia, ese “mundo ideal” hacia el que la humanidad se estaría dirigiendo es un planeta donde la gran mayoría sobrevivirá en la miseria, con los recursos naturales devastados y controlado por gigantescas organizaciones represivas. Se trata de un mundo carente de ideologías, donde los países serán reemplazados por corporaciones internacionales de negocios.

Los masones hicieron del secretismo el cimiento, columna y viga de su construcción. Gracias a ello, más allá de haber sufrido reveses, su existencia se ha extendido hasta nuestros días, y nadie sabe a ciencia cierta en qué se ha convertido, qué oculta y cuáles son sus inquietudes en el tercer milenio.

Acaso lo más interesante de la masonería no esté tanto en sus objetivos (cumplidos o no) como en esa actitud de acoger una línea de pensamiento presuntamente superior al del común de la gente; de ser una institución selecta a la que sólo consigue ingresar quien lo merece, y que para la consecución de sus fines necesita rodearse de un halo de misterio.

Veamos entonces de dónde proviene la raíz de su enigma, para así poder desentrañar el magnetismo que irradian sus códigos secretos.

Capítulo 1 · Los cimientos

“No hay problema que resista el ejercicio continuo del pensamiento”.
 Voltaire (1694-1778), escritor, filósofo y abogado francés, masón

A la distancia de quince siglos, la historia de la humanidad se observa del mismo modo que se ve la Tierra desde el vuelo de un avión, a quince mil metros de altura: grandes parcelas de diferentes tonos, delineadas con precisión, que se acomodan geométricamente en un trazado intrincado pero no carente de lógica. Desde acá hasta allí, tenemos la Edad Moderna; más allá se distinguen los colores vivos del Renacimiento; un poco más lejana (tal vez algo cubierta por la bruma) se percibe la enorme extensión de la Edad Media; aquellas cumbres oscuras, inalcanzables, bien podrían ser los recuerdos difusos de la Edad Antigua. Pueblos, religiones, sistemas de gobierno podrían equiparse a los ríos que atraviesan las parcelas de distintos colores. Allí una revolución quiebra el paisaje como un inmenso cráter; aquella cadena montañosa podría significar un imperio que duró mil años. Así como la Tierra, vista desde las alturas, aparenta ser un enorme huerto, en las páginas de los libros de historia cada época comienza y termina con precisión de almanaque.

Pero esa nitidez es un invento de los hombres para parcelar el tiempo e interpretarlo, probablemente a la luz de sus propios intereses. Cuando se toca tierra con el avión, los perfectos cuadrados de color desaparecen abruptamente. El paisaje es continuo, cambiante, fluido. Las fronteras físicas no suelen coincidir con las fronteras políticas, ni culturales o económicas, ni siquiera con las idiomáticas. Lo mismo ocurre con los hechos históricos. Cada evento significativo, cada cambio de paradigma, es consecuencia de una sucesión de acontecimientos que llevaron cientos de años, durante los cuales las condiciones de vida, con todo lo que ello implica, conformaron una línea de pensamiento que, como un río, recibió influencias de muchos otros pensamientos y hechos.

Afirmar que “los masones fueron los constructores franceses que en la Edad Media decidieron agruparse en secreto para proteger de la Iglesia sus conocimientos” es lícito, claro que sí. Pero no nos dice por qué los constructores poseían tales conocimientos, de qué índole eran, por qué tenían que protegerlos, ni de dónde los habían recibido.

Por eso es necesario acercar un poco más el foco. Y es entonces cuando los límites de la Historia se tornan difusos a la vez que dinámicos, contradictorios, a veces absurdos.

El mundo feudal

A mediados del siglo VII, el mundo europeo se encontraba recién ingresando en esa era de incertidumbre que se dio en llamar Edad Media. Salvo por los miembros de la nobleza y el clero, que disfrutaban de un lujo rústico y exagerado, la gran mayoría de la población vivía en la más dura pobreza.

Las aldeas estaban formadas por humildes caseríos, generalmente provistos de viviendas con una sola habitación en la que se realizaban todas las actividades. Los inviernos eran temidos por ser inclementes, ya que no había manera de calentar esas precarias moradas. El trabajo se desarrollaba literalmente de sol a sol, ya que el hambre campeaba con frecuencia. Era una época en que se moría fácilmente, lo cual constituía terreno fértil para las supersticiones, a pesar de que la Iglesia católica ejercía un férreo control sobre las mentes de los ciudadanos.

A sólo 500 años de la muerte de Jesús de Nazaret, su Iglesia era tal vez la más poderosa de las instituciones de Occidente. Pero el mensaje de paz del Mesías se había convertido en un corpus represivo del cual no era sencillo sustraerse. Era fácil ser acusado de brujería. Y, si bien la época más terrible de la Santa Inquisición todavía no había llegado, la hoguera era el castigo seguro para cualquier acusado de profano, apóstata o sodomita. Tres cargos cuya certeza era absolutamente dependiente de las circunstancias. La condena y la muerte eran utilizadas por la Iglesia como una herramienta política, por lo que muchos corrieron la peor de las suertes en base a acusaciones falsas.