Los pliegues de la cintura - Carlos Dada - E-Book

Los pliegues de la cintura E-Book

Carlos Dada

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Crónicas centroamericanas

Esta serie de crónicas escritas por el periodista salvadoreño Carlos Dada no son solo una selección del mejor periodismo que se ha hecho en español en la última década y que el autor viene desarrollando desde mucho antes. Son además un recorrido por una región, Centroamérica, a menudo olvidada y tan necesaria para entender todos los males y retos que encara cualquier sociedad. Son historias que cuentan países y que fueron recogidas en caseríos, valles entre volcanes o veredas en las montañas, donde transcurre la vida centroamericana a espaldas de las instituciones del Estado.

Con las mejores herramientas de la reportería y de la prosa, Carlos Dada da cuenta de una región a la que se mira poco y en la que sucede mucho, quizás demasiado, a través de estas crónicas que, aunque reales, en ocasiones parecen brotar de una imaginación alucinada.
Leila Guerriero

El gran reportero y escritor Carlos Dada arma en estos textos un relato en el que podemos encontrar no solo la tragedia de Centroamérica, sino también de toda América Latina.
Alma Guillermoprieto

Una cintura de pliegues escondidos que un ojo lúcido nos enseña sin concesiones ni disimulos. Un periodista de los de verdad.
Sergio Ramírez

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Seitenzahl: 343

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Carlos Dada

los pliegues de la cintura

Crónicas centroamericanas

primera edición: septiembre de 2023

© Carlos Dada, 2023

© El Faro, 2023

© Libros del K.O., S. L. L., 2023

Calle San Bernardo 97-99, entresuelo 8

28015 Madrid

isbn: 978-84-19119-49-0

código ibic: DNJ

diseño de cubierta: Patricia Bolinches

maquetación: María OʼShea

corrección: Candela Morillas e Isabel Bolaños

A Edu Ponces, Víctor Peña y Fred Ramos,

compañeros de estos viajes

INTRODUCCIÓN: Unir los puntos

Nada de lo que aquí he intentado contar surgió por generación espontánea. Cada comunidad, cada poblado, cada barrio tiene sus propias dinámicas construidas por una larga historia de urgencias locales, políticas públicas y estructuras de poder que responden al Estado o formadas, en la mayoría de los lugares que aquí aparecen, en ausencia del Estado. Cada pliegue tiene un cómo y un porqué. Es cuestión de unir los puntos.

El periodismo intenta explicar siguiendo unos pasos muy sencillos: uno se informa, va al lugar, observa, cuestiona y luego relaciona, sitúa lo observado en su contexto, deduce y construye una narrativa que siempre implica dar más relevancia a unas experiencias que a otras, a unas voces que a otras, a unas vidas que a otras. A los editores les toca cuestionar los textos.

¿Pero qué observar? Uno elige adónde va con un propósito y en el camino se deja sorprender. Fui a Ocós, en la costa pacífica guatemalteca, buscando migrantes y coyotes. Encontré, en cambio, un lugar de narcotraficantes y plantaciones bananeras que parecían permanecer en los primeros años del siglo xx.

En una pequeña casa en medio de la bananera me senté a conversar con Narciso Dueñas, que perdió una retina por los pesticidas y la otra una semana después. Que ha trabajado toda la vida en la bananera y no ha podido salir de la miseria y malvive con una enfermedad que no se puede atender y en una casa que se cae a pedazos. No muy distinto a como vivían los colonos de la bananera hace cien años.

Pero los hijos de los campesinos como Narciso tienen ahora dos caminos para escapar de ese destino: la migración o el narcotráfico. Hasta allí llega su agencia.

Con pocos recursos naturales, Centroamérica se ha debatido, durante toda su vida independiente, entre el modelo de modernización diseñado por las élites —generar riqueza para unos cuantos a costa de la miseria para las mayorías— y las revueltas y resistencias de poblaciones explotadas y marginadas. Y también las promesas de libertadores y revolucionarios que no han sabido responder a las acusaciones de que sus utopías distribuyen pobreza, o cuyos intentos por ponerlas a prueba han sido interrumpidos por golpes de Estado o asesinatos.

Con excepción de Costa Rica, que tiene la más larga tradición democrática en toda América Latina y carece de Fuerzas Armadas, los otros cuatro países se pasaron el siglo xx entre dictaduras, golpes e intentonas reformistas o revolucionarias. (Excluyo a Panamá y Belice, los países que completan el mapa regional, porque tienen orígenes, confluencias, agendas y procesos distintos).

Yo pertenezco a la primera generación de periodistas salvadoreños que inició su vida profesional en democracia. Los Acuerdos de Paz, que pusieron fin a nuestra guerra en 1992, establecieron las bases para la vida democrática en la que la libertad de expresión y la libertad de prensa fueron respetadas.

En 1998, Jorge Simán y yo, de vuelta de largos exilios con nuestros padres, fundamos El Faro, movidos por la necesidad de contar con un espacio de periodismo libre, crítico y que no cargara con los vicios creados por las relaciones de los medios tradicionales con los poderes económicos, políticos y militares.

El Faro tiene ya un cuarto de siglo de construcción colectiva de personas comprometidas con la necesidad de un periodismo crítico con el poder y ansiosas por descubrirlo y entenderlo todo. Desde los inicios nos concebimos no como un medio salvadoreño sino centroamericano, y en cuanto nos alcanzaron los recursos, los conocimientos y las realidades, comenzamos a caminar y caminar por la región intentando entenderla. En este afán nos hemos perdido en sus caminos todo lo que hemos podido.

Quiero creer que El Faro ha sobrevivido tantos años porque encontramos, por medio de prueba, error y mucha autocrítica, una mirada y una voz propias con las que caminar, investigar y narrar.

Sabíamos que El Faro no podía haber existido en El Salvador antes de los Acuerdos de Paz y que un periodismo libre solo puede ejercerse en democracia, pero no sospechábamos que esa democracia se agotaría tan pronto.

Estos textos surgieron del desencanto. Fueron publicados entre los años 2010 y 2021, casi todos en El Faro, cuando ya era evidente el fracaso de quienes gobernaron Centroamérica en esa breve etapa histórica que llamamos «la era de la democracia»—y que terminó ya en Nicaragua, está muriendo en El Salvador, se encuentra en cuidados intensivos en Guatemala y Honduras y ha comenzado a mostrar grietas incluso en Costa Rica—.

Los escribí cuando las esperanzas arraigadas en el imaginario colectivo tras el fin de nuestras guerras civiles y la caída del Muro de Berlín se habían perdido ya, aplastadas por la corrupción, la desigualdad y el crimen organizado.

En 2010, la mayoría de la población en el norte del istmo (Guatemala, Honduras, El Salvador) veía la migración como la salida más eficaz a sus males aparentemente irresolubles: la pobreza, la violencia, las mafias. Pero sobre todo porque habían perdido ya la esperanza de que nuestros países tuvieran arreglo. Dejaron de creer que nuevos gobernantes podrían cambiar tanto las cosas como para que alcanzara incluso para cambiar sus vidas. La democracia ya no encontraba oxígeno para sobrevivir. La distancia entre el poder —político y económico— y la gente parecía insalvable.

Pero estos textos no nacieron del desencanto de la población —como si aquello me fuera ajeno—sino del mío. Quería ver cómo se materializaba el abandono en el terreno al que no habían llegado las agendas del poder, cómo se diluía el proyecto democrático en el centro del continente americano. Para mi generación fue especialmente decepcionante confirmar que, en su ejercicio del poder, la derecha y la izquierda habían mostrado la misma capacidad para la corrupción y su desconexión con los más vulnerables.

Quería contar cómo se materializa esa corrupción —de políticos, de jueces, de las fuerzas de seguridad, de empresarios, de la penetración del crimen organizado en el Estado— en la experiencia cotidiana de aquellos que menos poder tienen para determinar sus propias vidas. De quienes habitan las zonas menos transitadas de la región.

Recogí la mayoría de estas historias en caseríos, valles entre volcanes y veredas en las montañas, donde transcurre la vida centroamericana a espaldas de las instituciones del Estado. Lugares que son como pliegues: donde no llegan los reflectores y las cuestiones que allí suceden suelen permanecer ausentes de nuestras narrativas nacionales.

Son habitados por millones de personas en cuyo nombre se hicieron revoluciones y gestas heroicas, que han visto pasar guerras y dictaduras, estos años de democracia, promesas y promesas y también ingenieros y máquinas que ensanchan carreteras tan cerca y tan lejos de sus caminos.

Allí suelen manifestarse más claros los efectos del poder —el poder político, el poder de la violencia, el poder del dinero— porque se ejerce con mayor crudeza y con menos limitaciones. Lo digo porque lo he visto. He ido a esos lugares y he terminado frecuentemente roto. Desesperanzado.

Estas páginas hablan de pliegues controlados por el narcotráfico, de sobrevivientes de masacres, de un país levantándose sin éxito ante una dictadura y una generación trizada por esa misma dictadura. De migrantes que le dan la vuelta al mundo y terminan ahogados. De poblados donde imperan la violencia y la corrupción. De asesinos, de asesinados, de luchadores sociales. De la resistencia y del acomodo de la vida bajo esos poderes informales.

Seis meses después de que la ambientalista hondureña Berta Cáceres fuera asesinada, volví a Honduras a recorrer sus pasos. Me topé, como esperaba, con estructuras de poder que dividen —con dádivas y amenazas— comunidades pobres para entubar ríos y saquear minas. Pero también encontré al lenca Felipe Benítez, que ha convencido a caseríos enteros de mantener sus viviendas como propiedades comunales y, caracol en mano, sacraliza cerros para que no puedan expropiarlos. Para resistir.

A pocos cientos de kilómetros de allí, dormí en el cuarto de un narcotraficante, en su zoológico privado, y en la mañana una jirafa vino al balcón. Sus patas estaban dos pisos abajo. El narco, en cambio, dormía en una celda en Nueva York, donde acababa de confesar más de setenta asesinatos. Aquello parecía una metáfora perfecta del narcoestado.

Otras crónicas, como «El cacique de Colón ha perdido su fuero», partieron de una conversación que resumo para los interesados en entender mejor el proceso de creación de un material periodístico. María Teresa Ronderos, directora del Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP), y Patxi Pardo, director de Dromómanos, nos invitaron a participar en una serie de ensayos y reportajes, a propósito de que la guerra contra el narcotráfico declarada por Estados Unidos cumplía cincuenta años de fracaso rotundo. María Teresa quería que yo escribiera algo sobre Honduras y yo le propuse escribir sobre cómo se vive en una región hondureña controlada por el narcotráfico.

Escogí Tocoa, la principal ciudad del departamento de Colón y sede de operaciones de los mayores cárteles hondureños en la última década. Un pliegue de manual. Ya estando allá, el principal operador político de esa zona de narcos, el diputado Óscar Nájera, sorpresivamente aceptó hablar conmigo. Me citó en su casa de la playa. Me abrió la puerta su mayordomo. Desde su piscina, Nájera comenzó la conversación confesándome que era gran amigo de Los Cachiros —jefes del principal cártel de la región— y que, efectivamente, Honduras era un narcoestado. Así comenzó. Allí supe que tenía un retrato más completo de ese pliegue, en el que las instituciones del Estado sirven para dar uniformes a los agentes de una policía que trabaja para alguien más y ese alguien más dicta las reglas del juego. Ese diputado en su piscina, que se extendía hasta el mar Caribe, unía muchos puntos y simplificaba la tarea de explicar un problema muy complejo. Una escena que ilustraba medio siglo de fracasos de la guerra contra el narco que los gringos hicieron y siguen haciendo en América Latina.

En Ocós, Guatemala, la tierra de bananeras y narcos, una camioneta negra nos salió al paso cuando nos acercamos al muelle. Dimos la vuelta y decidimos que nuestro reporteo de terreno allí había terminado. Crucé el río Suchiate buscando el narco y la bananera del lado mexicano. En su lugar encontré a miles de africanos que habían dado la vuelta al mundo intentando llegar a Estados Unidos. Estaban varados en Chiapas. Tres cameruneses murieron ahogados en esos días. El cuerpo de uno de ellos, Emmanuel Ngu, se perdió. Su hermana vino a México y juntos buscamos el cuerpo durante cientos de kilómetros y una frustrante cantidad de oficinas públicas en pueblos desolados. Esas interminables horas de carretera con Cecilia Ngu, buscando el cuerpo de su hermano, alcanzaron para entender mejor la vida de Emmanuel. Hablé con sus amigos. Hablé con su esposa. Escuché el último mensaje que le envió antes de subirse a la lancha de su último viaje. Me rompí.

Esas crónicas me tomaron varias semanas de reporteo en el terreno y otras más de trabajo de escritorio, de entrevistas de contexto, de revisión de documentos. Otras toman más tiempo.

«Así matamos a monseñor Romero» es producto de años de búsqueda de los asesinos, de decenas de entrevistas y de abundante consulta de materiales. Comencé el reporteo en California en 2004, durante el juicio en ausencia contra el capitán Rafael Saravia por el asesinato del arzobispo salvadoreño. Encontré al capitán Saravia años después en una zona rural de Centroamérica, cuya ubicación prometí no revelar. Después de varias conversaciones con él, realicé entrevistas con decenas de personas mencionadas en su relato. Revisé cientos de documentos. Terminé el reporteo en febrero de 2010, unas semanas antes de que publicáramos la historia en El Faro.

Romero es probablemente la figura salvadoreña más universal, y la Iglesia Católica lo ha reconocido ya como un mártir. Nadie ha sido condenado en El Salvador por el crimen. El reportaje es aún el texto más leído en la historia de El Faro. (Yo continué investigando el magnicidio. Tengo un libro pendiente).

Vuelvo a la libreta. Cuando encontré al capitán Saravia, oculto entre cafetales, ya había perdido su nombre. «Solo usted sabe quién soy yo», me dijo. Cruel anticomunista y operador importante de los escuadrones de la muerte en su juventud, el capitán Saravia descubrió en la miseria que el hambre transforma ideologías.

También perdió su nombre Shash Raimundo, un niño ixil, cuando soldados guatemaltecos asesinaron a sus padres durante el genocidio que casi termina con toda su gente. Fue rescatado por uno de los perpetradores de la masacre. Ahora se llama Jacinto Lupamac y testificó en el juicio contra el comandante del genocidio, el general Efraín Ríos Montt.

En el tiempo cíclico de nuestra América Central, parece que siempre salimos de un periodo sin haber resuelto las heridas del anterior. Como si fuéramos dos atrocidades tarde mientras una nueva está en gestación. La fotógrafa Susan Meiselas regresó a El Mozote, el caserío donde documentó y dio a conocer al mundo, hace cuarenta años, la peor masacre cometida en América Latina en el siglo pasado. Más de mil seres humanos asesinados a sangre fría por soldados salvadoreños. La mitad de las víctimas eran menores de edad. Meiselas volvió en este siglo con sus viejas fotos y las viejas fotos reclamaron nueva vida al encontrarse con sobrevivientes que aún esperan justicia.

Cuando sucedió la masacre de El Mozote, Nicaragua tenía ya un gobierno revolucionario. Los sandinistas habían derrocado ya al dictador nicaragüense Anastasio Somoza. El comandante Daniel Ortega encabezaba un gobierno aún plural que soñaba con la construcción de nuevas sociedades.

Las dos crónicas de Nicaragua aquí incluidas fueron hechas en 2018, cuando un enorme alzamiento popular, iniciado por estudiantes, hacía tambalear a Daniel Ortega, convertido en dictador, quien ya lleva más años en el poder que el dictador Anastasio Somoza al que la revolución derrocó. «Masaya se atrinchera contra Ortega» tuvo lugar en el apogeo de ese levantamiento. La otra crónica, «La generación rota de Nicaragua», fue escrita después del contraataque de los paramilitares y la policía nicaragüense, que sofocaron el levantamiento mediante una dura represión, encarcelamientos y torturas. Es la crónica de una derrota.

Hay algo más que me parece importante destacar y que es evidente, pero que frecuentemente se pasa por alto: cada uno de los personajes presentes en estas crónicas es una persona. Es una vida limitada y transformada por las circunstancias. «El sufrimiento merecido es igual de duro que el inmerecido, se siente igual en el estómago, en el pecho y en los pies», escribió el periodista sueco Stig Dagerman tras visitar las destruidas ciudades alemanas al final de la Segunda Guerra Mundial. El asesino y el desplazado y la veterinaria del narco y el narco y la mamá del desaparecido sienten el hambre por igual, pasan frío y noches de tormenta. Tienen amores y catarros o dolores ventrales. Tienen problemas en el trabajo y pasan noches en vela porque hay algo que no parece tener solución. Cada una con sus momentos de alegría y sus tristezas y sus llantos en silencio. Cada una con sus muertos. Cada una, una historia única. Y sin embargo, con tanto en común…

Creo que estas historias hablan de otra manera como partes de una obra que como textos aislados. Espero que el lector encuentre los ejes de la comunidad, que pueda unir los puntos. Que adivine un mapa ininterrumpido de pliegues en esta región del mundo y que le ayude a entender mejor el fracaso que nos trajo al lugar donde estamos ahora los centroamericanos: ante el desmantelamiento de nuestras democracias y su sustitución por dictaduras y proyectos populistas autoritarios.

Cuando la democracia está herida, el periodismo es perseguido también. Los gobiernos autócratas y las dictaduras no toleran la crítica ni creen en el diálogo o en el encuentro con quienes no aceptan su sometimiento.

En Centroamérica hemos vuelto a situaciones que creíamos superadas. Casi todo el periodismo nicaragüense opera hoy desde el exilio y una docena de colegas han pasado por las cárceles de la dictadura por atreverse a cuestionar al poder. En Guatemala, donde los viejos poderes político-militar-empresarial han renovado su pacto para perpetuar la impunidad, hay ya docenas de periodistas exiliados y el periodista más prominente, José Rubén Zamora, lleva más de un año en prisión. Varios más se encuentran oficialmente en proceso de investigación por publicar información que pone en riesgo la imagen de quienes gobiernan.

Honduras y México siguen siendo dos de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo. Los Estados culpan al crimen organizado de las amenazas, desapariciones y asesinatos. Pero los altísimos niveles de impunidad en ambos países confirman la responsabilidad estatal.

En El Salvador, la dictadura en ciernes de Nayib Bukele ha espiado, amenazado, falsamente acusado, perseguido y encarcelado a periodistas en apenas cuatro años en el poder. Solo en El Faro, veintitrés personas fuimos infectadas con el malware Pegasus durante un año y medio y varios hemos recibido la visita sin invitación de drones adictos a nuestras ventanas. Entramos a un nuevo ciclo de luchas para defender nuestra libertad de pensamiento y palabra. Para defender nuestros derechos.

Casi todos estos textos fueron publicados originalmente en El Faro, salvo el ensayo «Roque en Saturno», escrito para el libro Crecer a golpes (CA Press, 2013). «El cacique de Colón ha perdido su fuero» fue publicada en conjunto con CLIP y Dromómanos; y «El último viaje del señor Ngu» es una entrega de la serie Frontera Sur, producida y publicada por El Faro y El País.

Contrario al mito romántico del cronista, este no es un oficio que se haga en solitario. No voy solo a los pliegues. He caminado los lugares retratados en este libro en compañía, uno a la vez, de tres fotoperiodistas que han sido además interlocutores en el complicado afán de entender lo que encontramos y de situarlo en su debido contexto. Han sido también, con frecuencia, analistas de seguridad improvisados en la emergencia y pacientes compañeros en la intensidad de largas jornadas que requieren de absoluta concentración. Eso aparte de sus extraordinarias fotografías. Va pues el primer agradecimiento a Edu Ponces, a Víctor Peña y a Fred Ramos.

Con tantas historias en tantos años es imposible agradecer a todas las personas que contribuyeron para que llegaran a buen término. Cualquier intento sería injusto con otros. Pero agradezco sobre todo a las personas que hablaron conmigo a pesar de que implicaba un riesgo para ellas. A quienes me guiaron por el camino pero me pidieron no ser mencionadas. A quienes me compartieron su lucha y su experiencia. Gracias.

Los textos pasaron por ojos y tijeras de varios editores. Carlos Martínez me convenció de que era muy apropiado llamar «borrador» a la primera versión de «Así matamos a monseñor Romero», porque había que borrarlo completo y volver a escribir.

Gracias también a Ricardo Vaquerano, Óscar Martínez, Sergio Arauz, José Luis Sanz, María Teresa Ronderos, Diego Fonseca, Javi Lafuente y Patxi Pardo.

En el terreno conté con el apoyo de Jennifer Ávila, Martín Cálix, Ismael Moreno y Víctor Meza en Honduras; Carlos Fernando Chamorro, Wilfredo Miranda, Carlos Herrera y Néstor Arce en Nicaragua; Benjamín Cuéllar, Daniel Valencia, Edgar Romero y Enayda Argueta en El Salvador; Juan Luis Font, Claudia Méndez y Pepe Cruz en Guatemala; Héctor Guerrero en el sur de México; Terry Karl, Almudena Bernabéu y Kate Doyle en Estados Unidos.

Alfonso Pineda, generosamente, revisó varios de estos textos para brindar asesoría legal.

Extiendo agradecimientos a Carlos Salamanca, Mauricio Sandoval y todas las talentosas y apasionadas personas que componen el equipo de El Faro. Con ellas hago camino.

A Javi Lafuente, Emilio Sánchez Mediavilla, María O’Shea, Alberto Sáez y el equipo de Libros del K.O., gracias por asumir el desafío de publicar este libro a marcha forzada.

A mis compadres Chepo y Fer Pedroza, a Patxi Pardo y Ale Sánchez, a Boris Muñoz, Refik Hodzic y Sandra Divkovic, a Pablo Raphael, a Jacobo García, Pere Ortín, Gumersindo Lafuente, Ricardo Sandoval y Susan Ferriss, Edu Ponces, Stephanie Steiker y Philip Dray: Gracias por hacerme sentir en casa en su casa.

A Janieke Drent, mi refugio.

A mi familia, por su apoyo incondicional y su inagotable paciencia.

Posdata: Es evidente que hablo de Centroamérica a pesar de que solo he incluido historias de cuatro países y una región: Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala y el sur de México. Asumo las ausencias —Belice, Costa Rica, Panamá— como deudas pendientes.

1. Una finca de animales

1.

Es innegable: este hombre ama a los animales. Devis Leonel Rivera Maradiaga confesó recientemente haber asesinado a setenta y ocho personas y utilizar dinero proveniente del narcotráfico para construir un zoológico en el oeste de Honduras. Lo dijo en una corte de Nueva York. No como imputado sino como testigo contra el acusado, Fabio Lobo, también confeso narcotraficante e hijo del expresidente hondureño Porfirio Lobo Sosa. Pero hay que ser claros: el testigo, Rivera Maradiaga, era el capo; el acusado, el novato.

El zoo de Rivera Maradiaga sigue abierto al público —los menores de tres años entran gratis—. Es una excentricidad levantada en un valle verde. Una finca, de veinte hectáreas, rodeada por colinas en medio de la nada, o, para ser más precisos, una hora al sur de San Pedro Sula, una de las ciudades más violentas del mundo.

Llamado Joya Grande, el zoológico hospeda a 538 especímenes que demandan cuidado y comida. Es tan grande que casi setenta familias de la zona viven de cultivar alimentos para las bestias.

Hay más de cincuenta de los llamados grandes gatos: decenas de leones y tigres —entre ellos cinco tigres blancos o albinos—, pumas, jaguares, ocelotes…, y unos cuantos gatitos mansos que se pasean libres por el parque. Hay también cuatro hipopótamos distribuidos en tres espacios cercados unidos por un canal que alimenta las piletas de agua donde pasan buena parte del día. El encierro incluye además a un puñado de dromedarios y camellos, varias alpacas, avestruces, tapires amazónicos, primates, bisontes, ñus y emús.

En un estanque artificial nadan cuatro lagartos de la especie Acutus, conocidos como cocodrilos americanos, nativos de América Central, que parecen acechar todo el tiempo una pequeña isla sin playa. Un montículo en el que viven como náufragos, colgados de un árbol, cinco monos araña paranoicos porque saben que en el agua esperan sus asesinos. Ven sus ojos acechantes asomados en la superficie.

En el aviario, demasiado estrecho para que desplieguen sus alas, brincan guacamayas azules y rojas, cacatúas y tucanes. Los más afortunados faisanes y gallinas de Guinea y de Japón se pasean libres entre los visitantes: aquí es una ventaja no poder alzar el vuelo.

No hay carreteras que conduzcan a Joya Grande. Ocho kilómetros de caminos rurales de tierra permiten a los visitantes llegar al zoológico desde Santa Cruz de Yojoa. «Ir viendo los rótulos», indica la página web.

* * *

Devis Leonel Rivera Maradiaga lideraba, junto a su hermano Javier, el cártel conocido como Los Cachiros. El capo construyó este lugar porque le gustaban los animales y porque supo que los narcos tienen gustos extravagantes. Pero, sobre todo, lo hizo porque podía. Registrar su colección de animales como un zoo permitió a Rivera Maradiaga comprar e importar legalmente nuevas especies. No es que alguien en Honduras fuese a darle problemas; era para facilitar los trámites en los países de origen con todas las de la ley. Por eso, desde que lo levantó, el narco abrió su capricho al público.

Joya Grande tiene límites naturales, pero igual están controlados. En el pasado, una pequeña torre de observación levantada en una de las laderas permitía a los hombres de Rivera Maradiaga divisar a cualquiera que ingresase al área. Hoy esa torre sirve de recepción para los turistas. En estos días, un pequeño ejército de seguridad privada recorre día y noche la periferia a pie y en pequeños vehículos. Además del parque, cuidan los pastizales en los que se alimentan vacas y caballos, algunos de los cuales servirán a su vez de alimento a los felinos.

El zoológico cuenta con siete cabañas y cuatro casas rodantes de alquiler. Hay dos piscinas, un sistema de tirolesas, restaurantes y cafés, una pista de Go Karts, un trenecito, paintball y una laguna artificial que los visitantes pueden recorrer alquilando un bote a pedales o a remos. Del centro de la laguna emerge un islote con una gigantesca escultura de un caballo blanco relinchando alzado sobre sus patas traseras. Una figura extraña en un zoológico lleno de felinos, pero los caballos son otra de las obsesiones del señor de Joya Grande. Dos esculturas más, también de caballos —uno colorado y otro tordo—, se levantan en el acceso, dando la bienvenida a los visitantes.

Esta finca de animales exóticos es tanto una imitación de las excentricidades del narco colombiano Pablo Escobar como un homenaje: Los Cachiros llegaron al extremo de escoger, como marca, los mismos colores y una tipografía similar a la empleada por Escobar para su Hacienda Nápoles. Incluso colocaron la silueta de un árbol como figura central del logotipo de Joya Grande.

También adoptaron algunas costumbres del norte de México y comisionaron un corrido en su propio honor, que pronto se convirtió en una de las canciones más sonadas de Honduras: «El corrido de Los Cachiros». La base musical es idéntica al clásico «Caminos de Guanajuato» de José Alfredo Jiménez, revivido por Los Tigres del Norte. Es aquel clásico que comienza diciendo: «No vale nada la vida, la vida no vale nada».

Rivera Maradiaga vivía a más de 300 kilómetros de aquí, en Tocoa, Colón, pero de cuando en cuando dormía en su cabaña del zoológico. Solía llegar en helicóptero. Por las mañanas desayunaba en el balcón y, antes de recorrer la propiedad para ver a sus gatos, acariciaba a Big Boy, la única jirafa que vive en Honduras.

Big Boy era la consentida del hombre que acaba de confesar en Nueva York varios de sus crímenes. Vino de Guatemala hace cinco años, donada por un circo. Tiene nueve años de edad y se alimenta de hojas de nance y pasto verde. Los empleados complementan su dieta con siete libras diarias de concentrado de verduras y veinte más de zanahorias, cebollas y lechugas. La jirafa es mansa y se deja acariciar. Aquí todos hablan de Big Boy pero nadie pronuncia el nombre del capo. Se le conoce simplemente como: «el señor».

La noche que llegamos a Joya Grande pedimos una cabaña. El gerente nos ofreció una sencilla construcción de madera con dos cuartos, porche y balcón. «Era la Cabaña del señor», nos dijo, acentuando «el señor», como si hablara del Che o de Rubén Darío. «Allí se quedaba él cuando venía».

No había luna esa noche de abril; el cielo estaba nublado. El aire caliente y húmedo. Rugidos de grandes felinos se imponían sobre una sinfonía de onomatopeyas de quién sabe cuántas especies de gargantas excitadas. Aquí la noche es dominio de las bestias. A pocos metros dormía de pie una familia de cebras, apenas visible desde el balcón en plena oscuridad: padre, madre e hijo, burros rayados, inmóviles e inmunes a la juerga del resto de animales. La mañana, en cambio, llegó calma, con rugidos esporádicos, perezosos. Frente al balcón de la cabaña estiró su largo cuello Big Boy.

Dormir en una cabaña con dos camas matrimoniales cuesta 200 dólares la noche. Por la mitad de precio se puede dormir en una de las casas rodantes distribuidas cerca de las cabañas, cada una con una cama doble y un pequeño taburete ofrecido como cama individual. Son precios altísimos para este país de pobres.

El hospedaje, de cualquier manera, no justifica el precio. Las cabañas están sucias, como si nadie las hubiese limpiado a conciencia desde que se fue el señor. Como si los mismos muebles baratos, cubiertos de plástico blanco que sirven de mesas de noche, percudidos por quemadas de cigarrillos y toda clase de líquidos, siguieran allí desde siempre, coleccionando nuevas manchas. Con olores y texturas acumulándose en las colchas estampadas con una pobre imitación de la piel de una jirafa o de un leopardo; con las horriblemente estilizadas siluetas de plástico que asemejan jirafas o elefantes y que alguien decidió que ambientarían perfectamente este monumento al hortera. Narcostyle barato, nivel Walmart.

Sucede que quien paga por dormir aquí no necesariamente lo hace por su amor a los animales o por la experiencia de descansar rodeado de rugidos. El incentivo puede ser otro. Una noche llegaron dos parejas desde San Pedro Sula. Salieron de su cabaña poco después en trajes de baño, con vasos y una botella de whisky. Caminaron diez metros hasta un jacuzzi a la intemperie. Una hora y pocos tragos después, los cuatro regresaron a la cabaña que habían alquilado. Los gatos rugían desde algún lugar del valle. Toda una fantasía: Cachiros por una noche con el reino animal a sus pies. Nar-co-land wannabe. Joya Grande.

2.

Quien pregunta es Emil J. Bove III, fiscal de Nueva York. Quien responde es Devis Leonel Rivera Maradiaga.

—¿De dónde es usted?

—Honduras.

—¿Dónde en Honduras?

—Tocoa, Colón.

—¿Dónde vive usted ahora?

—Prisión.

—¿Cómo terminó en prisión?

—Me entregué a la DEA.

—¿Se declaró culpable de crímenes federales?

—Sí.

—¿Cuáles son algunos de los crímenes por los que usted se declaró culpable?

—Asesinato, lavado de dinero, encabezar un grupo de traficantes de drogas, armas.

—En conexión con su admisión de culpabilidad, ¿cuántos asesinatos admitió haber cometido?

—Setenta y ocho.

—¿También admitió algunos intentos de asesinato?

—Sí.

—¿Cuántos?

—Quince.

Entre 2003 y 2013, Los Cachiros fueron los reyes del crimen organizado en Honduras. Se convirtieron en el principal enlace entre los narcos del sur —venezolanos y colombianos— y los muy poderosos mexicanos, en especial el Cártel de Sinaloa de Joaquín «el Chapo» Guzmán. Compraron políticos, militares y policías y se asociaron con grandes empresarios. Incluso sobrevivieron al golpe de Estado de 2009 contra el presidente Manuel Zelaya y al posterior aislamiento de la comunidad internacional. Si el comercio global cerró las puertas a Honduras, el tráfico de drogas creció. También el número de hondureños interesados en lucrarse con el narco.

Los Cachiros nunca aparecieron en las listas de Forbes, pero se estima que, en su apogeo, el patrimonio del cártel ascendía a 1000 millones de dólares. Con ese volumen, habrían ocupado el séptimo lugar en la lista de la revista de los grupos empresariales más ricos de Centroamérica. Entre los negocios legales, que las autoridades hondureñas les incautaron a su caída en el año 2013, se encontraban una empresa de cultivo de palma africana en la zona del Aguán, constructoras que lavaron millones de dólares en contratos con el Estado, una minera, varias inmobiliarias y el zoológico de Joya Grande.

Los Cachiros ascendieron de forma veloz. La historia criminal de los hermanos comenzó a cimentarse cuando, de niños, ayudaban a su padre en la siembra rural de marihuana y el robo de ganado. El cártel lleva en el nombre una herencia familiar: en el departamento de Olancho, de donde son originarios los Rivera, llaman «cachiros» a los hombres bautizados como Isidro. Desde hace más generaciones de las que nadie recuerda, la familia Rivera ha sido devota de San Isidro Labrador. Devis Leonel y Javier Rivera Maradiaga son hijos de Isidro Rivera —don Cachiro— y nietos y bisnietos de otros Isidros Rivera. Los Rivera Maradiaga tenían un hermano menor, Isidro, el Cachirito, muerto en el año 2003 en una pelea de cantina entre narcos por el sudor de una mujer. La muerte del Cachirito fue muy importante en la historia de la organización porque el asesino fue Jorge Aníbal «Coque» Echeverría, el jefe del Cártel del Atlántico, para el que trabajaban entonces Los Cachiros.

Sedientos de venganza y poder, los hermanos sobrevivientes dieron cacería a Coque. Después de atentar contra su vida y dejarlo malherido dos veces, por fin lo mataron en 2004. La leyenda cuenta que, aún convaleciente y deportado desde Panamá, el Coque fue internado en el hospital de una prisión de máxima seguridad en San Pedro Sula. En la camilla contigua yacía un hombre enyesado de pies a cabeza que esa misma noche se levantó, rompió el yeso, sacó un arma y lo mató. El sicario salió de la prisión caminando.

Muerto el capo, vivan los capos. Los Cachiros desataron una guerra intestina hasta que se deshicieron de los hombres leales a Coque y se convirtieron en la cabeza indiscutible del Cártel del Atlántico, que a partir de entonces fue rebautizado con el mote de la familia. Tras ello, compraron a decenas de políticos y empleados públicos, controlaron el tráfico de cocaína desde Venezuela y Colombia hasta México y se expandieron asociados a otros narcotraficantes de la región. A quien se atravesaba le caía el plomo.

Su suerte terminó a mediados de 2013, cuando el presidente estadounidense Barack Obama los mencionó públicamente como la organización criminal más peligrosa de Centroamérica. Entonces comenzaron a brincar de un lado a otro para evitar que sus poderosos socios los mataran antes de que ellos los delatasen. Una vez que el Gobierno hondureño decomisó sus propiedades, los hermanos negociaron entregarse a la DEA.

Los Cachiros aseguraron a las autoridades estadounidenses que mantenían bajo sueldo a ministros, generales, comisionados policiales y diputados, y que tenían como socios o pagaban sobornos a familiares de presidentes hondureños. Entre ellos, Fabio Lobo, el hijo del expresidente Porfirio Lobo, el propio expresidente Lobo, y a Tony Hernández, el hermano del actual presidente, Juan Orlando Hernández. También al actual ministro de Seguridad, Julián Pacheco.

Cuando se conoció que Los Cachiros se habían entregado a la DEA, las familias más poderosas de Honduras se pusieron a temblar. Ya antes la ansiedad había llegado a Joya Grande: con la caída del señor, setenta empleados y medio millar de animales quedaban desamparados.

3.

Menuda y atlética, la veterinaria María Díaz se pasea por el zoológico en shorts, una gorra, zapatillas para correr maratones y una camisa de safari con el logotipo de Joya Grande. Tanto sol ha sacado lustre a su piel cobriza. Díaz ha sido jefa de veterinarios de Joya Grande desde que el zoológico abrió sus puertas, pero se convirtió en su máxima autoridad desde la mañana el 19 de septiembre de 2013 cuando fiscales hondureños, escoltados por soldados, le notificaron oficialmente que la propiedad había sido incautada, pero que ella quedaba a cargo hasta nuevo aviso. Ahora es la concesionaria.

Díaz es una mujer con una sonrisa discreta y una voz aguda pero agradable, levemente áspera, carrasposa, con la que podría haber hecho una carrera en la radio, que no parece tener posibilidades de convertirse en gritos. Camina por el zoológico a un paso veloz que debe ser alcanzado por los cuidadores de animales, vigilantes y administradores que requieren de su guía. Para todos tiene respuestas parcas, eficientes. Tras la ausencia del señor, no cabe ninguna duda de quién manda aquí.

Cuando la conocí, la veterinaria abrió un pequeño portón y entramos a un patio inaccesible para los visitantes del zoo, junto al cual se sostiene, semiderruida, la que debió haber sido una de las viejas casas de la finca. Hoy sirve como bodega de cuanto la doctora encuentra durante sus caminatas por el parque: alambres, tubos, tornillos… «Todo sirve más adelante para arreglar una jaula o reforzar una malla». Díaz se acercó a un predio techado a un costado del patio y acarició a un viejo dromedario en cuarentena. El animal, que vivió toda su vida en un circo, había llegado a Joya Grande pocos días atrás y tenía una enorme herida infectada en la rodilla. Morada, como el tejido muerto, con pus blanco. «Que no se siente», ordenó Díaz a un ayudante, un campesino de la zona que encontró trabajo como cuidador.

La veterinaria pidió que apliquen un antibiótico en la herida, un líquido azul en aerosol que espanta a las moscas que anidan en la infectada rodilla del animal. El camello tenía el hocico seco y reaccionó babeando y berreando al contacto con la medicina. Comparado con los otros dromedarios del zoológico, musculosos y sanos, el nuevo inquilino lucía enfermo y maltratado. Tenía ya veinticinco años, poco más del promedio de vida de un dromedario en cautiverio. La doctora Díaz intenta apenas que el animal pase sus últimos momentos en mejores condiciones. Es un acto de amor sin futuro, sin beneficio para el zoológico. ¿Por qué lo aceptó? «Porque el circo ya no podía mantenerlo. Ya está muy viejo. Me los vienen a dejar a mí porque nunca puedo decir que no».

Junto a la veterinaria está su hija, una adolescente de quince años que tiene claro que seguirá los pasos de su mamá. Ha crecido en Joya Grande, enamorada de los animales. La niña toma al dromedario por la cabeza, lo acaricia, logra calmarlo. Ella sonríe; le sonríe. El zoo es su lugar favorito. Pasa aquí los fines de semana y sus vacaciones. Si de veterinarios que amen a los animales se trata, Joya Grande tiene garantizada una larga vida. «Mi problema con ella», dice Díaz y señala a su hija, «es que quiere entrar a la jaula de uno de los jaguares y no la dejo. Cuando era cachorro vivía con nosotros en la casa, dormía con ella y ella le daba el biberón. Pero el jaguar ya está grande y no quiero que le vaya a hacer daño». Madre e hija parecen la versión centroamericana del doctor Marsh Tracy y su hija Paula, los personajes de la serie de televisión Daktari que curaban animales en África. Pero la doctora Díaz y su hija lo hacen en Honduras, donde las bestias más salvajes son los primates superiores.

María Díaz nació y creció en Guatemala, pero se casó con un veterinario hondureño al que conoció en la universidad. La pareja se mudó a la pequeña ciudad de Villanueva, pocos kilómetros al sur de San Pedro Sula. Díaz montó allí una clínica veterinaria donde atendía a las mascotas de los vecinos. ¿Cómo una veterinaria de perros y gatos se convirtió en experta en grandes felinos? «Un día vino un señor a preguntarme si podía verle a unos gatos que tenía, que parecían enfermos, y le dije que sí: eran cuatro leones». No quiere decir quién era ese vecino de Villanueva ni cómo se hizo de cuatro leones, pero con ellos comenzó su especialización forzada en animales exóticos. Aquel hombre misterioso, dice Díaz, la puso en contacto con los propietarios del zoológico. «Le preguntaron si conocía a alguien que les pudiera ver sus animales y me recomendó a mí, así llegué yo aquí».

Para entonces, Rivera Maradiaga ya había conseguido los permisos para su finca de bestias. Al principio era una colección pequeña de animales, pero, con el arribo de Díaz, buscaron alianzas con otros zoológicos de la región. La veterinaria viajaba a Guatemala y México por donaciones de animales. Hablaba con circos que ya no podían mantener a sus fieras. El público pagaba una entrada para recorrer el encierro, pero pronto Rivera Maradiaga resolvió ampliar la oferta recibiendo huéspedes en las cabañas y habilitando los remolques —que hoy llaman «Casas rodantes de lujo»— para visitantes de cualquier lugar del país. Querían el mejor zoo de Honduras y lo construyeron. En Santa Cruz, el casco urbano más cercano, Rivera Maradiaga construyó un hotel con precios más baratos. El hotel también fue allanado e incautado y hoy, bajo la administración de la doctora Díaz, ofrece tarifas de hospedaje que incluyen el acceso a Joya Grande. «Siempre se vio esto como un negocio», dice Díaz.

El zoológico abrió sus puertas sin diseño y fue ampliado del mismo modo. Nunca hubo un plan para la colección ni arquitectura planeada para alojar a los animales. «Al principio había mucho dinero para la operación», dice Díaz. Dinero del narcotráfico, confesó el Cachiro en Nueva York. Los Rivera Maradiaga enviaron albañiles a Guatemala para que copiaran los recintos del Zoológico La Aurora y los reprodujeran en ese palmo con caminos de terracería en medio de Honduras. ¿Por qué si había dinero no contrataron un experto en jaulas para zoos? «Porque ellos así trabajan», dice Díaz. «Ya tenían sus albañiles de confianza, y querían que ellos se encargaran».

La ausencia de expertos es evidente. Algunas jaulas son demasiado pequeñas, mientras otras permiten a los animales moverse con comodidad. Casi todos los encierros de los felinos son mínimos, con piso de cemento y cercados por varas de hierro recubiertas con una malla doble. Las varas son llamativas. Como esos constructores que no saben de ingeniería y convierten su edificio en una colección interminable de columnas por miedo a un desmoronamiento, el exceso de varas en las jaulas impide que asome siquiera la garra de un gato.

En una de esas cajas de zapatos hay un león castrado, enorme, precioso, que ha perdido la melena y apenas puede moverse. A ambos lados de su hábitat urbano hay jaulas similares para otros felinos.

En una de las construcciones más grandes, tres tigres de Bengala juegan sobre una amplia terraza bajo la cual hay una gran pila de agua. Lucen músculos fuertes a pesar del sedentarismo del cautiverio. Un tigre se abalanza sobre otro que retrocede en retirada y cae a la pileta, en el agua ruge y bate las garras delanteras. El tigre atacante se lanza también al agua. El juego termina cuando dos cuidadores se acercan con pedazos enormes de un caballo destazado. Entonces las bestias salen de la pileta relamiéndose, listas para desgarrar los trozos hasta dejar el hueso limpio. Cada uno de estos felinos consume entre quince y veinte libras diarias de carne del animal que le pongan enfrente. Desde que el zoológico abrió sus puertas, asegura Díaz, no ha habido accidentes graves. Ningún cuidador ni visitante han sido devorados. Nunca. Pocos zoológicos en el mundo pueden presumir de un récord de seguridad perfecto como la finca de animales de Los Cachiros.

4.