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Este libro examina los distintos modos en que se puede explicar la mente. En particular, el libro se aboca al análisis de las teorías que tratan de explicar la intencionalidad de estados mentales. Algunos piensan que el naturalismo, que apuesta por las explicaciones de la mente que nos dan las ciencias naturales, es incapaz de dar cuenta de éste y otros fenómenos que caracterizan la mente, como los aspectos cualitativos de la conciencia. Salma Saab, en cambio, defiende la posición naturalista y muestra que ésta puede dar una buena explicación de las características centrales de la intencionalidad. La autora analiza cuatro modelos de explicación de lo mental: disposicionales, singulares, racionales y bifuncionales. Examina las ventajas y desventajas de cada uno y argumenta a favor de la naturalización de lo intencional en el sentido biológico. El bifuncionalismo, en la línea de Millikan y Neander, que ella favorece, pretende dar una respuesta al problema de la normatividad de los estados mentales intencionales en términos de normas biológico-evolutivas.
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Seitenzahl: 443
Veröffentlichungsjahr: 2023
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INSTITUTO DE INVESTIGACIONES FILOSÓFICAS
Colección: FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA
Agradecimientos
Introducción
I . Relaciones causales y leyes
1 . La causalidad en su doble aspecto
1 . 1 La extensionalidad de la relación causal singular
1 . 2 Diferentes maneras de defender la tesis de la extensionalidad de la relación causal singular
1 . 3 Necesidad: casos singulares en contraposición a leyes
2 . Modelos de causación mental
2 . 1 Reductivismo y causación mental
2 . 2 Causalidad superveniente
2 . 3 Causación racional
II . Modelos de explicación física e intencional
1 . Posiciones ontológicas y epistemológicas de la explicación
1 . 1 Modelo nomológico deductivo
1 . 2 Modelo de explicación singular
1 . 3 Modelo de explicación intencional: normas de racionalidad
2 . Davidson
3 . Dennett: instrumentalismo
III . Modelos de explicación funcional
1 . Normas biológicas
1 . 1 Representaciones mentales
IV . Caracterización de las creencias
1 . La creencia como disposición
1 . 1 Fenomenismo
1 . 2 Realismo
1 . 3 Racionalismo
2 . Ontología de las creencias
2 . 1 Análisis disposicional
2 . 2 Niveles de creencias
2 . 3 El asentimiento
2 . 4 El autoengaño
Conclusiones
Bibliografía
Notas al pie
Aviso legal
Agradezco a los miembros de los diferentes proyectos colectivos de investigación en los que he participado a lo largo de más de una década, en los que he tenido la oportunidad de presentar algunas partes de este libro, la fructífera discusión de temas conectados con los que aquí se abordan. También deseo expresar mi agradecimiento a Maite Ezcurdia, a Sergio Martínez y al finado Raúl Orayen por sus sugerentes comentarios y críticas durante la elaboración de mi tesis doctoral, que fue la investigación que sirvió de punto de partida a esta obra. A Isabel Cabrera, a Ana Rosa Pérez Ransanz, a Silvio Pinto y a un dictaminador anónimo, agradezco sus observaciones y atinadas sugerencias.
En 1996, durante un año sabático, tuve la oportunidad de gozar de una estancia de investigación en el Departamento de Filosofía del Birkbeck College de la Universidad de Londres, Inglaterra; esa estancia me permitió reelaborar lo que ahora constituye el primer capítulo del libro y discutirlo, lo mismo que otras partes del libro, con otros filósofos, muy en particular con Dorothy Edgington, Jennifer Hornsby y Scott Sturgeon.
El diálogo continuo con los alumnos de mis cursos y seminarios, tanto del posgrado como de la licenciatura, me fue de gran utilidad para presentar de manera más accesible algunos de los debates y para aclarar algunas ideas centrales del libro.
A Guillermo Hurtado, actual director del Instituto de Investigaciones Filosóficas, le agradezco su decidido apoyo para que este libro finalmente viera la luz; a Gustavo Ortiz Millán por sus comentarios y su acuciosa lectura de esta obra; a Manola Rius, jefa del Departamento de Publicaciones, el cuidado en la impresión del texto; a Hector Islas, sus correcciones en la redacción del libro, y a Alberto Barrañón, además, por el cuidado de la edición y sus meticulosas lecturas. Mi reconocimiento a Francisco Jesús Lugo por su generosa colaboración en la elaboración del índice.
A mi familia, mi gratitud por su imprescindible respaldo: sus palabras de aliento, siempre presentes, me dieron el ánimo y la confianza esenciales para no desesperar ante los múltiples factores, propios y ajenos, que contribuyeron a que la aparición del libro se dilatara más allá de lo necesario.
Los filósofos de todos los tiempos se han interesado en explicar y entender los fenómenos del mundo que nos rodea y en desentrañar el papel que desempeña en ellos la presencia humana. Así como los seres humanos nos transformamos con el mundo, también transformamos el mundo. A veces lo hacemos de manera constructiva, aprovechando sus bondades e incrementándolas; pero, desafortunadamente, muchas veces intervenimos destruyéndolo y destruyéndonos. En el mundo ocurren simultáneamente y en diferentes niveles una gran variedad de fenómenos; los que aquí nos ocuparán son los que se gestan de acuerdo con una finalidad, un plan o un propósito.
Suele considerarse que las acciones propositivas o intencionales constituyen un tipo de fenómenos que se distinguen por estar orientados hacia un fin y por ser normativos. Algunos autores contemporáneos, por lo general teóricos de la evolución, incluyen la explicación de las acciones intencionales entre las explicaciones teleológicas o teleológico-funcionales. En épocas pasadas, las explicaciones teleológicas incluían entelequias (como en Aristóteles y en Leibniz), causas finales, orígenes y fines teológicos. El reto para quienes queremos “naturalizar” los fenómenos intencionales, tanto biológicos como mentales —ya depurados de entelequias y de causas finales—, consiste en conseguirlo sin erosionar la integridad constitutiva de esos fenómenos.
Históricamente fue Hume quien revirtió la costumbre de separar las explicaciones de los fenómenos naturales de las de los fenómenos humanos, y las llevó todas al terreno de las explicaciones naturales. El único caso en el que los antecesores de Hume, en particular los racionalistas, asemejaron las explicaciones naturales y las humanas fue al considerar que los cambios en el mundo eran producidos por “poderes” internos o “fuerzas” en los objetos que repercutían en otros objetos. Con ese modelo explicaban las relaciones entre la mente y el cuerpo, concebidos como las dos entidades que constituían al hombre, y que la mente, a través de la “fuerza” de la voluntad, de los deseos, etc., ponía en movimiento al cuerpo. Los vínculos, tanto en el nivel físico como en el nivel mental, se entendían como vínculos causales, con la diferencia de que los vínculos entre la mente y el cuerpo eran más estrechos e íntimos. Es sabido lo que Hume opinaba al respecto: no tenemos un conocimiento claro de la relación de causación física.
A partir de Hume, la tradición empirista abandonó la referencia a “poderes inherentes” en los objetos como causas del cambio y, aunque no todos coincidieron con Hume en negar la objetividad de la causación, sí rechazaron la idea de que las relaciones particulares entre los objetos se apoyan en leyes. En el escenario en el que debaten positivistas y antipositivistas se vuelve a discutir el problema de las explicaciones teleológicas. Los positivistas han erigido el modelo nomológico de explicación como criterio de cientificidad y consideran que las explicaciones teleológicas no lo cumplen; así, ponen en entredicho su legitimidad como explicaciones. Hempel recoge esta idea de explicar los acontecimientos particulares subsumiéndolos en leyes en su conocido modelo nomológico-deductivo de la explicación. El foco de atención en este debate son las explicaciones históricas, y quienes tratan de salvaguardar la legitimidad de las explicaciones teleológicas se rehúsan a tomar como criterio de una buena explicación que haya leyes en que se sustente —como dicta el modelo nomológico deductivo—. Más bien hacen hincapié en que los acontecimientos pertenecientes a los ámbitos sociales y humanos son singulares e irrepetibles, de modo que si explicarlos consistiera en considerarlos casos o ejemplificaciones de una ley, perderían su especificidad, que es lo que finalmente busca este tipo de explicación.
En la actualidad, el modelo hempeliano se ha visto impugnado, y esta vez fueron los propios filósofos de la ciencia quienes se encargaron de ello y no los filósofos de las ciencias sociales y humanas. De todas las críticas que se han dirigido contra el modelo, en este trabajo destacaré la que cuestiona que la validez de la explicación descanse en leyes. Ciertamente no es unánime en los modelos físicos el rechazo al poder y al valor explicativo que se les asigna a las leyes, como tampoco es unánime su rechazo en los modelos de explicaciones intencionales. En un modelo diferente, que intenta ocupar el lugar monopólico que venían detentando las leyes, se propone la existencia de una multiplicidad de valores mediante la introducción de consideraciones pragmáticas. Este desplazamiento de valores explicativos supone un viraje que cierra la brecha para que las explicaciones en las ciencias físicas puedan unificarse con las que se brindan en las ciencias sociales y humanas, alentando la búsqueda de desiderata para todas las explicaciones. En este trabajo no me ocuparé de la pretendida unificación de las explicaciones, y sólo sostengo que el viraje hacia la pragmática va en la dirección correcta. Las explicaciones intencionales deben tomar en cuenta consideraciones como la relevancia, la información a la que tiene acceso la persona cuya conducta se pretende explicar, la predicción, la atención al vocabulario que se emplea y la precisión con la que se usa. En esta línea ocupan un primer plano las explicaciones singulares en sustitución de las explicaciones nomológicas, y ponen de relieve las consideraciones contextuales. Pero en el caso de algunas explicaciones, entre las que se encuentran las explicaciones de las acciones intencionales, hay que agregar algo más: los diseños del sistema. Considero que la referencia al diseño contribuye a un mejor entendimiento del comportamiento de los diferentes subsistemas que nos constituyen. En el contexto de las explicaciones singulares se mantiene la diferencia entre las explicaciones de los acontecimientos físicos y las acciones; pero se traza de una manera distinta de la acostumbrada y la manera de introducir la normatividad es decisiva.
A lo largo del trabajo presentaré algunas maneras de dar cuerpo a la idea de que las acciones intencionales son comportamientos guiados hacia un fin. Centro su evaluación en torno a dos cuestiones básicas: la estructura lógica de los enunciados explicativos y la manera como intervienen la causalidad y la normatividad en las explicaciones de las acciones intencionales.
En lugar de entrar directamente al tema de la causación mental, en el primer capítulo examinaré el concepto de causación física con el objeto de establecer con claridad algunas objeciones y dificultades que se le han señalado al modelo causalista en cuanto forma de vincular las razones y las acciones. A partir de los escritos de Davidson se ha vuelto común sostener que las razones (creencias, deseos, intenciones, etc.) pueden ser causas de las acciones que inducen. La comparación entre la causación física y la mental también me permitirá afinar el sentido en el que la causalidad interviene en las explicaciones intencionales: si la causalidad es complementaria —i.e., si es un requisito adicional— de las explicaciones, o si forma parte de la investidura misma de la explicación.
En la primera sección discutiré la relación causal entendida como una relación que se establece entre sucesos particulares. Examinaré dos aspectos de la causalidad, uno lógico y otro semántico: el de extensionalidad y el de necesidad, respectivamente. Existe una tercera característica de la causalidad que es el apoyo que recibe de las leyes y que, para algunos, se conecta con el aspecto de necesidad.
Se han presentado algunos contraejemplos a la tesis que considera los contextos causales como extensionales. Después de referirme a diferentes estrategias que se han adoptado para contrarrestar estos contraejemplos, me inclinaré por la manera en que Davidson la defiende; a saber, como una relación binaria inanalizada que se establece entre sucesos, si bien no considero satisfactoria la manera en que identifica los sucesos ni la defensa que propone para vincular la causa con las leyes estrictas. Davidson ofrece la misma respuesta tanto para el caso de una causación física como para una causación mental; esto es, cuando entramos en la cuestión de las propiedades (dicho de manera más propia, los predicados que empleamos para describir los sucesos que se dan en el mundo) en virtud de las cuales se establece el vínculo causal, en realidad ya nos hemos trasladado al dominio de las explicaciones.
La discusión de la necesidad me lleva a suponer que, en caso de que se acepte hablar de una causación singular que se establezca a través de las leyes, tendría que pensarse en términos de una causalidad probabilista, entendida en sentido propensista. De este modo, se puede mantener la idea de que el vínculo causal singular encuentra sustento en las leyes, pero se negaría que la relación causal sea necesaria. Otra manera de defender la idea de una causalidad singular es considerarla, al igual que Davidson, una relación primitiva o básica. En este trabajo adopto una posición de este último tipo en la que los casos singulares adquieren una primacía tanto ontológica como explicativa.
A esta respuesta de Davidson agrego que es importante que nos refiramos al diseño de nuestro sistema mental, que introduce la referencia a ciertas funciones biológicas evolutivas. Si logro mostrar que las funciones conllevan un elemento normativo, ello permitirá que en las explicaciones intencionales no se escindan los aspectos causales de los aspectos normativos. Si es viable la solución de tomar la causalidad mental como una relación explicativa, se hace innecesario, como algunos han propuesto, apelar a un tipo de causación distinto del físico para hablar de las acciones.
En el segundo capítulo pasaré al problema de las explicaciones y del modelo que más conviene para hablar de las acciones intencionales. Discutiré los siguientes modelos: los nomológicos de Hempel y el vínculo de éstos con el modelo disposicional; el modelo de explicación singular; el modelo intencional y el modelo funcional. Abordaré el modelo funcional, de manera separada, en el tercer capítulo. Respecto de los dos primeros modelos qua intentos de asemejar las explicaciones intencionales a las explicaciones científicas, considero que su defecto mayor consiste en igualar el patrón normativo, indispensable para las explicaciones de las acciones, a un patrón nomológico. Trataré de mostrar que el modelo biofuncional de explicación logra integrar de manera satisfactoria los aspectos normativos y causales. En un modelo de este tipo se defiende que de hecho intervienen dos formas de normatividad: una asociada a la idea de “función biológica evolutiva” y la otra asociada a un patrón de racionalidad. En la normatividad funcional se introduce una noción de contenido que podría ser no conceptual y que es la que permite erigir el puente de la conducta de ciertos organismos a la conducta humana a través de consideraciones que derivan de la teoría de la evolución.
En los dos últimos capítulos, una vez elegido el modelo de explicación para lo mental, circunscribiré la discusión de lo mental a la creencia. Discutiré las diferentes maneras en que se ha entendido el estado mental de la creencia. Comenzaré con algunas de las características que se suele asociar a las creencias, como la de estar vinculadas con la verdad y la manera específica en que se vinculan con la conducta verbal y no verbal. Me detendré en particular en la manera en que la voluntad y la deliberación intervienen en las creencias.
También consideraré el modelo de niveles de creencias. Al igual que autores como Mellor y Dennett, distingo dos niveles de creencias y señalaré algunos rasgos que caracterizan a cada nivel y las maneras en que se relacionan. En este contexto surge el problema de hasta qué punto es correcto identificar, como lo hace Mellor, las creencias de segundo orden con el nivel donde emerge la conciencia; hasta qué punto es correcto, como hace Dennett, desglosar las conexiones entre los diferentes niveles en términos de relaciones de diferentes subsistemas. La cuestión es si el primer nivel —el nivel que Dennett denomina subpersonal— es un nivel básico que puede abarcar el comportamiento o modo de funcionamiento de los diferentes subsistemas que integran nuestro cerebro y que nos permiten adjudicar contenido a la información que manipulan, a partir de la cual se constituye el contenido de los estados mentales que se dan en el nivel personal.
En especial McDowell se opone a la supuesta conexión entre los niveles personal y subpersonal, ya que considera que en las discusiones de estos temas se suelen confundir dos procesos: el de la recepción de ciertos datos que nos vienen del medio ambiente y el procesamiento mismo de esa información. McDowell introduce esta diferencia con el propósito de señalar que en el nivel subpersonal se da un primer proceso en el cual hablar de contenidos como parte de ellos es metafórico, y que sólo en relación con el último proceso se puede hablar de contenidos de manera genuina. Para McDowell, la selección de información no la lleva a cabo ningún subsistema, ni se trata de una relación mediatizada entre subsistemas, sino que la realiza el sistema mismo, o la persona, como receptor, estableciendo un vínculo directo con el entorno. Intentaré defender que si bien hay una diferencia entre ambos procesos, no está claro que en la captación de elementos ambientales no esté ya interviniendo alguna forma de contenido —un contenido no conceptual— al igual que alguna forma de percatarse de él, que daría cabida al discurso de “protocreencias”.
Con el desarrollo de ciertas capacidades conceptuales y de pensamiento, los humanos hemos alcanzado tal variedad y flexibilidad en nuestra conducta que, para comprenderla, necesitamos la postulación de un nivel de creencias adicional. La capacidad lingüística que hemos desarrollado nos obliga a identificar la conducta humana de una manera mucho más precisa y diferenciada de lo que se necesita para explicar la conducta de seres menos complejos que nosotros. En este nivel aparece la noción de contenido conceptual; sin embargo, subsiste un difícil problema: ¿cómo se relaciona el contenido no conceptual con el contenido conceptual o, en una postura biofuncional, cómo se conecta el contenido de una función con el contenido representacional que caracteriza a algunos estados mentales? En este punto surge el problema de la indeterminación del contenido, o el problema de la disyunción, como lo denomina Fodor. Me parece que la estrategia de Neander es una buena salida a ese problema.
El comportamiento de los sistemas evolutivamente menos desarrollados, u objetos diseñados para desempeñar funciones más específicas, puede explicarse apelando a las creencias de primer orden, las cuales se vinculan funcionalmente con ese comportamiento. Considero funcional el vínculo donde otros lo han considerado disposicional. Algunos de esos seres incluso podrían modificar sus respuestas según el entorno en el que se encuentren. También hay otros seres que, por el tipo de disposiciones que tienen o que pueden desarrollar, amplían el margen de posibilidades de sus respuestas, lo cual permite que las creencias, articuladas con otros estados de creencia, deseos, intenciones, etc., se pongan al servicio de diferentes proyectos o intereses.
Muchos autores se han empeñado en negar, de manera similar a McDowell, que este mecanismo sea sólo más complejo que el mecanismo que hay en los organismos más simples, y postulan que su funcionamiento refleja la existencia de un mecanismo cualitativamente distinto. La posibilidad de valernos de nuestros estados mentales para los más variados fines es prácticamente el único argumento en el que se basan autores como Davidson, Evans y Williams para sostener que es erróneo hablar de “creencias” en los comportamientos más simples; pero es igualmente razonable sostener que hay muchas semejanzas en los comportamientos que nos permiten ordenarlos en grados de complejidad y que hacen viable hablar de un mismo mecanismo. Esta continuidad se perdería si postulamos simplemente un mecanismo sui generis que sólo existiera, hasta donde sabemos, en el hombre y que el desarrollo de las capacidades conceptuales y de autorreflexión son las que posibilitan que aparezcan los contenidos.
Si las razones fungen como causas de las acciones, tienen que hacer referencia a los contenidos semánticos de esas razones. Sugiero que esa referencia a los contenidos semánticos puede entenderse apelando a los modos en que se presentan ciertas propiedades en el sujeto. Como es insuficiente que nos refiramos sólo a las propiedades, podríamos agregar que se trata de propiedades de segundo orden. Así, considero que en el caso de los sistemas que tienen la capacidad de formar creencias de segundo orden debe ser posible, como sugiere Martin Davies, que se pueda llevar a cabo el proceso inverso, de modo que, a partir de los estados que emergen, se puedan hacer hipótesis respecto del tipo de contenido que tienen los estados subpersonales. De este modo, el contenido que se les atribuye sería genuino y no un mero “modo de hablar”, como algunos sostienen.
Si bien con las explicaciones intencionales intentamos ofrecer un patrón que consideramos racional, en los capítulos finales me ocuparé de la manera en que podemos explicar ciertas situaciones que podríamos calificar de irracionales. Dos de los patrones de irracionalidad que se discuten con mayor frecuencia son el de la akrasia y el del autoengaño; el primero, como un ejemplo de irracionalidad que se produce entre lo mental y las acciones, y el segundo, como una incoherencia intramental producida entre creencias o entre diferentes estados mentales del sujeto. De estas formas de irracionalidad, me ocuparé únicamente del autoengaño. Una propuesta consiste en explicarlo en un modelo de niveles de creencias. Otra propuesta caracteriza el autoengaño como un fenómeno que corresponde más a nuestra naturaleza que al terreno de la racionalidad y la cognición, y que se liga de algún modo con nuestra supervivencia. Esta supervivencia, como sugieren Fingarette y Johnston, se da en el nivel personal, pues permite a cada persona protegerse frente a algo que amenaza su integridad y estima, o la concepción que tiene de sí misma. Considero que hay situaciones que hacen más factible suponer que en el autoengaño interviene un mecanismo natural, de modo que no sería adecuado considerar que alguien que se autoengaña es víctima de una conducta irracional.
En nuestra vida cotidiana explicamos con naturalidad la mayoría de los comportamientos de nuestros semejantes —y también los nuestros— refiriéndonos, entre otros, a estados mentales como las creencias, los deseos y las intenciones; i.e., a las llamadas actitudes proposicionales.1 La referencia a estos términos nos explica por qué la persona actuó de la manera en que lo hizo. Esta forma de explicar los acontecimientos humanos contrasta con las explicaciones de los acontecimientos en el mundo natural o físico. Según se trate de un acontecimiento humano o de un acontecimiento natural, reaccionamos, lo juzgamos y lo evaluamos de manera diferente.2 Nuestras convicciones respecto de las diferencias que entrañan lo que se hace y lo que acontece repercuten en nuestra vida; su valor y su significado se reflejan en la manera como interactuamos con nuestros semejantes y con nuestro entorno. En particular, en el caso de las acciones propias y las de las otras personas, el hecho de que sepamos o creamos que una situación es producida o provocada por la intervención de la voluntad de algún agente nos lleva a que atribuyamos responsabilidades, y a que evaluemos nuestras acciones, sus fallas o aciertos, en función de lo que se pretendió o de lo que creemos que se pretendió.
Ciertas formas preteóricas de entendernos los unos a los otros se conservan en algunas teorías psicológicas; en cambio, otras de nuestras intuiciones pierden consistencia una vez que se las somete a una reflexión más detenida. En las últimas décadas hemos presenciado una fuerte tendencia hacia la modificación o evaporación de la distinción preteórica entre hacer y acontecer, lo cual nos aleja, más que nunca, de nuestras intuiciones más arraigadas. Churchland, uno de los promotores de la disolución o eliminación de los fenómenos mentales con una naturaleza propia e independiente de los estados del cerebro, sugiere que cuanto más nos alejemos del uso preteórico de la denominada “psicología del sentido común” o psicología popular (folk psychology), tanto mejor para la teoría que se proponga. Para Churchland, “[l]a psicología del sentido común no ha sufrido ningún cambio o avance significativo en más de 2000 años a pesar de sus evidentes fallas” (1988, p. 46). Según él, la psicología popular no constituye una teoría, y si lo fuera, sería una teoría falsa, tanto en sus principios como en la ontología en la que se sustentaría.
La batalla que libran tanto filósofos como científicos (sobre todo los expertos en psicología cognitiva y quienes llevan a cabo estudios neurológicos del cerebro) para convencernos de que nuestra distinción entre hacer y acontecer es errónea ha sido ardua. A pesar de las diferencias que trazamos entre las explicaciones de los fenómenos naturales y las explicaciones de las acciones humanas, suele pensarse que en los dos ámbitos la explicación se da —en parte al menos— remontándonos a una causa. El modelo clásico para explicar los fenómenos físicos es el nomológico deductivo propuesto por Hempel (1965), conocido como “el modelo heredado”. Según este modelo, un fenómeno natural se explica al subsumirlo en una ley, y tanto la ley como sus ejemplificaciones tienen una forma causal. La explicación tiene la estructura de un argumento cuyo explanans tiene como premisas la ley y las condiciones iniciales, y como explanandum el fenómeno que se va a explicar. No es sino hasta muy recientemente, con los cambios fundamentales que se han llevado a cabo sobre todo en la física contemporánea, que muchos autores han modificado, si no es que rechazado, el modelo heredado, y muchos han renunciado también a la explicación en términos causales. Como es de esperarse, no todos están de acuerdo en que las explicaciones de las acciones sean causales. Sólo por mencionar algunas de las explicaciones diferentes de la causal, pensemos en las formas explicativas que contestan preguntas tales como para qué, cómo, qué función tiene, qué mecanismo, cómo se relacionan unas propiedades con otras. Sucede lo contrario en el caso de las explicaciones de las acciones, pues suele preservarse la idea de que las explicaciones son causales y se considera que nuestras razones pueden ser causas de las acciones. Davidson es uno de los autores contemporáneos más destacados que defienden la tesis de que las explicaciones de las acciones toman la forma de explicaciones causales y considera, además, que las explicaciones de las acciones apelan a principios de racionalidad. Señala que el carácter normativo es una de las características centrales de los principios de racionalidad que los diferencia sustancialmente de las leyes. Otro aspecto que también caracteriza las explicaciones de las acciones es que su patrón explicativo es holista; esto es, incluye la totalidad o un núcleo amplio de los estados mentales de la persona.
En una dirección contraria a la que encabeza Davidson, es muy común encontrar, entre los filósofos contemporáneos, una apertura hacia los estudios empíricos, la cual lleva a algunos a participar en proyectos interdisciplinarios que buscan acercar el ámbito de lo mental y su forma de explicación al ámbito físico. Se agrupan en el proyecto que se denomina “la naturalización de lo mental”, que tiene como denominador común el rechazo de la concepción del ámbito de lo mental como ámbito independiente y separado de lo físico. Para algunos, el proyecto de naturalización, al menos en su vertiente reductivista, busca explicar en términos físicos toda propiedad mental. El éxito de cualquier propuesta de este tipo enfrenta el reto de no dejar atrás, o de perder en el intento, la concepción de nosotros mismos como agentes racionales, libres y responsables. Muchos se mantienen escépticos frente a cualquier proyecto de naturalización de los fenómenos mentales. La posición escéptica se refuerza por los hasta ahora magros logros que se han obtenido. Las mayores trabas se ubican en el carácter fenoménico que caracteriza a muchos estados mentales y la conciencia que tenemos de nuestros propios estados mentales (autoconciencia). A pesar de este sombrío panorama, no ha menguado el intento de los naturalistas de encontrar formas novedosas de naturalizar el ámbito de lo mental. Más adelante me detendré en algunos de estos intentos y aludiré a los escollos que aún tienen que sortear.
Así, en la actualidad se perfilan entre las explicaciones de los fenómenos mentales básicamente dos grupos de posiciones: a) las que defienden que las explicaciones mentales y, en general, las explicaciones que provienen de las disciplinas sociales y humanas son estructuralmente distintas y autónomas de las explicaciones en las ciencias físicas, y b) las que sostienen que todas las explicaciones comparten una misma estructura. La homogeneidad explicativa suele tomar como paradigma las explicaciones científicas, mientras que unos cuantos aceptan la homogeneidad explicativa en sentido inverso, intentando hacer extensivas las estructuras de las explicaciones de las disciplinas sociales y humanas a las explicaciones científicas. Uno de los ejes de la discusión es la cuestión de las leyes. Así, surge la pregunta de si en las disciplinas sociales y humanas puede haber leyes semejantes a las que se encuentran en las ciencias físicas, o si, más bien, hay que rechazar que deba haber leyes que respalden las explicaciones, incluso en el caso de las disciplinas naturales.
Independientemente de nuestras adhesiones y de cómo resolvamos la cuestión, si queremos aplicar los modelos de explicación de los fenómenos naturales al ámbito de lo mental, tenemos que ser muy cuidadosos y atender sus semejanzas, pero también sus diferencias y limitaciones, para no caer en extrapolaciones equivocadas. Si se toman las precauciones necesarias, la comparación puede ser fecunda, sobre todo si no perdemos de vista que en las ciencias físicas los modelos de explicación, al igual que la naturaleza de los fenómenos que se pretenden explicar, se encuentran en revisión. En la física contemporánea se proponen modelos teóricos que nos hablan de fenómenos estocásticos y teorías en las que imperan las leyes indeterministas, y en la biología surgen propuestas novedosas como, por ejemplo, los modelos explicativos evolucionistas.
En este libro me sumo a quienes consideran que el prisma de las leyes que ha servido de base para la discusión de las explicaciones es muy estrecho. De alguna forma, separar las leyes tanto de las explicaciones como de la causalidad nos lleva de vuelta a la posición de Aristóteles. Como sostendré más adelante, la existencia de leyes dista mucho de ser la virtud principal de las explicaciones, y me parece más adecuado que orientemos la discusión hacia la dimensión pragmática de las explicaciones, donde es más fácil apreciar la multiplicidad de valores que entran en juego. La comprensión de nosotros mismos, con toda la riqueza y complejidad de nuestra conducta, se resiste a ser apresada, aun en sus trazos más generales y esquemáticos, en una estructura nomológica. De allí que la inclusión de una gama de virtudes no debe verse como una simple manera de enriquecer nuestras explicaciones, sino como parte constitutiva de ellas.
No me ocuparé aquí de la cuestión de si existe un modelo unificado de explicación; mi objetivo básico y central es el estudio de las explicaciones de los estados mentales intencionales. Aludiré a las explicaciones científicas a manera de contrapunto, destacando algunos rasgos que se han considerado característicos de sus modelos más representativos con el propósito de ver en qué medida se encuentran también en las explicaciones intencionales. En síntesis, sostengo que al menos en las explicaciones intencionales la referencia a la causalidad es ineludible, sin que a través de ella se reintroduzcan las leyes. La posición que defiendo se opone a las posiciones que aceptan el modelo nomológico de explicación, así como a las posturas que introducen las leyes en las explicaciones a través de la noción de causa. Más bien le otorgo primacía a las explicaciones causales singulares. Según ese modelo, como proponen Woodward (1984, 1986, 2003) y Cartwright entre otros, los enunciados causales singulares se asocian con contrafácticos. Esta sugerencia supone rechazar la tesis de que los enunciados causales singulares se analicen en términos de contrafácticos3 para tomarlo, más bien, como presupuesto preanalítico de que de no haberse dado ciertas condiciones, habría habido una diferencia en lo que se produjo.
La tesis de que las explicaciones de las acciones son causales tiene que fundamentarse y también ha de determinarse si las causas son la única información pertinente. Sugeriré en el tercer capítulo que no basta con señalar una causa, sino que hay que complementarla haciendo referencia al diseño del sistema u organismo que es objeto de nuestra explicación. Así, estudio lo mental tanto desde su aspecto causal como desde su aspecto biofuncional. Estos aspectos nos dan maneras o perspectivas diferentes de explicar los fenómenos que no entran en conflicto. Lo importante es que de las diversas funciones que desempeñan las diferentes partes de un sistema, algunas se especifican no sólo etiológica o causalmente —i.e., especificando cómo funcionan de hecho—, sino normativamente —es decir, especificando cómo deben funcionar—. Al menos eso es lo que defienden los evolucionistas seleccionistas. Para éstos, el rasgo normativo también está presente en las explicaciones funcionales y se constituye analizando la función del sistema diacrónicamente y no sólo en un individuo, sino a través de su continuidad en la especie. Por lo general suponemos —creo que correctamente— que las explicaciones causales se apoyan en las relaciones causales naturales; esto es, que la cuestión de las explicaciones no está desvinculada de la cuestión ontológica. En caso de aceptar esta relación, admitimos que la relación causal es una relación objetiva.4 Me parece acertada la propuesta de Davidson de separar ambas cuestiones sin llegar a desvincularlas completamente. La separación se refleja en las diferentes propiedades que satisface cada una de ellas y en sus relata.
Inicio este trabajo con el problema de la causalidad en su doble aspecto, metafísico u ontológico y epistemológico, tocando algunas consideraciones lógico-semánticas. En primer término me referiré a la causación física, la cual me servirá posteriormente para aclarar el sentido de la causación cuando aparece en el contexto de las explicaciones intencionales. En la primera sección me concretaré a examinar tres rasgos de la causación: la extensionalidad de los enunciados causales, el concepto de necesidad con la que se asocia y su conexión con las leyes. En cuanto a la cuestión de la estructura lógica de los enunciados causales singulares, considero, como sugiere Davidson, que la relación causal puede tomarse como una relación binaria primitiva. Sus relata son sucesos y el enunciado causal satisface el criterio de extensionalidad. Respecto del segundo rasgo —el de necesidad—, además de que seré más explícita en cuanto a lo que entenderé por ese término, consideraré erróneo el vínculo semántico que suele establecerse entre la noción de necesidad y la de causa, en la forma de poderes inherentes en los objetos que causan cierto efecto y quizá también como vínculo externo entre la causa y el efecto. Finalmente, como señalé con anterioridad, la noción de causa no conlleva la noción de ley; i.e., el rechazo de la concepción nómica de la causación.
Podemos suponer que cuando se habla de causación es insuficiente hablar de sucesos, como sugiere Davidson, y que se requiere hablar de las propiedades de los sucesos, ya que éstas desempeñan un papel central en la producción del efecto. Si se adopta un modelo fisicalista —en el que se supone que todos los sucesos que se dan en el mundo son físicos— y se trata de incorporar los fenómenos mentales en ese modelo, surge la cuestión de si puede lograrse sin que se pierda su especial carácter mental. Hay quienes piensan que la reducción es inevitable (Kim) y quienes persisten en encontrar formas de mantener su irreductibilidad (Fodor, Putnam, Davidson).
En la segunda sección defenderé la segunda vía, en la forma en que —como ya mencioné— en cierto modo se distingue la cuestión ontológica de la cuestión de la explicación, ya que considero que incorpora de manera más satisfactoria el elemento normativo que caracteriza lo mental.
En la tercera sección revisaré algunos tipos de causación que se han sugerido en relación con el ámbito de lo mental. Mencionaré únicamente tres propuestas: 1) la propuesta reductivista, que admite la existencia de un solo tipo de causación y transforma la causación mental en causación física; 2) la propuesta que establece diferentes niveles de causación y considera las propiedades mentales propiedades supervenientes y, finalmente, 3) la propuesta de un tipo específico de causación distinto del físico para explicar lo mental, que algunos denominan causalidad racional. Me propongo hacer explícitos los diferentes compromisos que conllevan estas propuestas, en particular las dos últimas. Quienes defienden la causalidad que se da entre propiedades mentales supervenientes generalmente suponen la existencia de leyes psicofísicas; por ejemplo, los funcionalistas ortodoxos como Putnam y Fodor. Aquí surge la cuestión de qué debe entenderse por leyes, y si es indispensable que sean estrictas o no. En cambio, quienes apelan a la causalidad racional consideran que los principios que la rigen son normativos y se resisten a considerarlos el equivalente de las leyes en el ámbito de lo físico. La diferencia de patrones se refleja en la forma en que cada uno opera. Incluso si aceptamos, como señala Wittgenstein, que puede haber varias formas de normatividad y que en alguna de ellas su función puede ser semejante a la de las leyes, no es la normatividad que se señala cuando se habla de lo mental. Al respecto, la discusión de Wittgenstein de “seguir una regla” es esclarecedora. En un tipo de funcionalismo biológico incluso se distinguen dos tipos de normatividad: una normatividad que se introduce a través de la noción de función biológica evolutiva y otra normatividad asociada más específicamente a lo mental que tiene que ver con principios de racionalidad y de inferencia. Se pretende que en ambas formas de normatividad se haga referencia a los contenidos y, para una posición no reductivista, es crucial no confundir ni eliminar ninguna de las formas de normatividad. Discutiré y defenderé esta tesis en el tercer capítulo. Paso ahora a tratar la causación física.
La penetración del discurso causal en nuestro lenguaje, utilizado tanto en nuestros contextos cotidianos como en los contextos científicos y filosóficos, es evidente. El empleo de terminología causal forma parte integral e incisiva de nuestra apreciación cotidiana de los cambios que percibimos en el mundo, pero sobre todo en relación con las acciones en las que intervienen agentes. De hecho, el discurso causal surge primero en relación con los agentes y sólo más tarde se extiende al mundo natural. El apego al discurso causal se emplea indistintamente en relación con sucesos, procesos, hechos, estados de cosas o cualquier término que los filósofos hayan forjado como relata de la causación. Como advierte Anscombe (1975), su presencia se sugiere fácilmente en el uso de un sinnúmero de verbos como encontrar, empujar, tirar, golpear, sumergir, disolver, quemar. Algunos de estos verbos acompañan actos intencionales y otros no. Con el empleo cotidiano de estos verbos se admite, sin cuestionamiento alguno, la objetividad de la relación causal. Y, sin cuestionamiento, lo conservan muchos filósofos y científicos por igual. Sin embargo, en el proceso de desentrañarla, figuras de la importancia de Hume (según algunos intérpretes), Russell y Quine, entre otros, argumentan que hay que prescindir de ella. Así, Russell nos insta a que la noción de causalidad se expurgue del vocabulario filosófico. Considera que la ley de causalidad sólo constituye “una reliquia de una era olvidada, que sobrevive, como la monarquía, sólo porque se supone, erróneamente, que no causa daño”.5 Quine, dentro de su favorecida —y estrecha— concepción de la ciencia, juzga que la noción de causa debe desaparecer en la medida en que no puede resolverse en términos de predicados, cuantificadores y funciones de verdad, corriendo igual suerte que el discurso intensional. Así, Quine recomienda que “La ciencia en su forma más austera prescinda de la noción [de causa] y se decida por nociones concomitantes” (Quine 1990, p. 76).
¿Qué hay detrás de la noción de causalidad, que ha suscitado reacciones tan polarizadas, que van desde la declaración de la obviedad de la existencia de esa relación a la eliminación total de su presencia? ¿Acaso su existencia obvia equivale a que se la considere un hecho bruto, o más bien debemos tomarla como una relación compleja que nos fuerza a que la descompongamos o analicemos en los elementos más básicos que la integran y definen? Parece desmedida la reacción de quienes propugnan por su eliminación, sobre todo dado lo insatisfactorio de las formas de relación que han ocupado su lugar. Pero veamos si el discurso causal puede validarse y con qué características.
Históricamente, Aristóteles es de los primeros pensadores, si no es que el primero, que sugiere que la respuesta a la pregunta por la causa de que algo suceda nos proporciona una explicación. Pero también considera que el término “causa” tiene diferentes significados, y a cada uno de ellos corresponde una explicación diferente. Aristóteles distingue cuatro tipos de causa: material, formal, eficiente y final.6 De todos ellos, la causa eficiente es la que más se acerca a nuestro uso actual del término; en lo que respecta a los otros tres sentidos, prácticamente se han abandonado. Por otra parte, Aristóteles desvincula las nociones de explicación y causa de la noción de ley, así como de las nociones de predicción y necesidad, entendido este último término en el sentido de una causa como condición suficiente para un determinado efecto. Dice Aristóteles de la relación entre explicaciones y leyes que puede haber leyes y es posible que las conozcamos, sin que ello garantice que tengamos una explicación; del mismo modo niega que las leyes, o el hecho de que las conozcamos, sean necesarias para que contemos con una explicación de algo. En otras palabras, niega que las leyes sean necesarias o suficientes para que haya una explicación. Y para ejemplificar lo que dice Aristóteles en cuanto a las relaciones entre causa, explicación y necesidad, veamos lo que sostiene respecto de las coincidencias, o de lo que sucede accidentalmente —relación supuestamente contraria a la causal—. Aristóteles considera que carecen tanto de causa como de explicación, pero también sus efectos carecen de condiciones suficientes para que se den o se produzcan.7Un suceso accidental sería, por ejemplo, que unos asaltantes y su víctima coincidan en un determinado momento en un determinado lugar. Se puede diferir de Aristóteles en cuanto a su apreciación de que el encuentro, aunque coincidente, carece de condiciones suficientes. Se puede sostener que si se pueden dar condiciones que garanticen que los asaltantes se encuentren en un determinado momento en un determinado lugar, así como condiciones que garanticen que la víctima se encuentre en un determinado momento en un determinado lugar, se sigue que existen condiciones suficientes para que los asaltantes y la víctima se encuentren simultáneamente en ese lugar y en ese momento; i.e., su encuentro se hace inevitable.
Los filósofos de la modernidad conservan la relación que establece Aristóteles entre causas y explicaciones; pero, al contrario de él, las vinculan a las leyes. Esta liga entre las explicaciones, la causalidad y las leyes permanece en el modelo heredado de Hempel. En Hempel, la idea de necesidad aparece en la relación inferencial que se da entre premisas y conclusión: las premisas son condición suficiente para que se obtenga la conclusión. Por un lado, si existen leyes, tenemos garantizada la explicación de un determinado fenómeno y, por otro lado, que no haya leyes o que no las conozcamos nos priva de una explicación. Sin embargo, Hempel renuncia a la noción de necesidad implícita en la noción de ley, ya que admite la existencia de leyes probabilistas, aun cuando conserva la idea de que las explicaciones probabilistas tienen la forma de un argumento deductivo.
Basta con mostrar algunas de las posiciones que se han defendido para poner de relieve que la relación entre las nociones de “causa”, “explicación”, “leyes” y “necesidad” dista mucho de estar clara, y que se pueden encontrar juntas o separadas en diferentes autores. A pesar de que podemos estimar natural la propuesta aristotélica de conectar las causas con las explicaciones, considero conveniente exponerlas de manera separada. Empiezo, entonces, con el vínculo causal que se produce cuando están involucrados únicamente acontecimientos físicos. Posteriormente me ocuparé de la relación entre sucesos mentales o entre sucesos que mezclan sucesos físicos y mentales, y de la cuestión de si estas relaciones introducen algún cambio importante.
Me concentraré en tres características que generalmente se atribuyen a la relación causal natural o física: a) su forma lógico-semántica; b) su relación con la necesidad; c) su relación con las leyes. En relación con a) se debate si la relación es extensional o intensional. Con respecto a b) se discute si el concepto de causalidad guarda una relación semántica con el concepto de necesidad, cuestión que en algunos autores está ligada con la cuestión c) respecto de las leyes. Ahora bien, con respecto a la causalidad mental se han propuesto otros modelos, entre los que destacan la causalidad superveniente y la causalidad racional. En este trabajo sólo me referiré a estas dos. Lo crucial en estas formas de causalidad mental es la manera en que se modifican una u otra de las características de la causalidad física mencionadas. La causalidad superveniente no se propone exclusivamente en conexión con los fenómenos mentales y también se ha sugerido en conexión con las llamadas ciencias especiales, como la economía, la biología y la psicología, y en algunos autores, como Kim, en relación con todos los fenómenos macroscópicos.
En cuanto a la cuestión a), Davidson (1982) propone una caracterización de la forma lógica de los enunciados causales singulares que resulta intuitivamente atractiva. Su sugerencia es que se trata de un enunciado relacional binario primitivo, i.e., inanalizado. Concebir la relación causal como primitiva sólo compromete a Davidson a decir que se trata de un término inanalizado, pero no a que sea inanalizable.8 En “Causal Relations”, Davidson señala explícitamente que la propuesta de la forma lógica de la relación causal es más modesta que la de ofrecer un análisis de ella y considera que muchos autores las han confundido. Sostiene que el concepto causal es un predicado binario cuyos relata son sucesos y considera indiscutible la extensionalidad de los contextos causales, ya que sus enunciados se expresan en un lenguaje extensional de primer orden.9 Por otra parte, Davidson identifica los sucesos en términos de sus antecedentes y consecuencias causales. Ni la ontología básica de sucesos ni la manera de identificarlos son triviales y, como dice Platts (1992), de estas tesis no triviales
se sigue (trivialmente) que la causa, en tanto suceso particular, es tanto necesaria como suficiente para el efecto. Si el sucesocausa no hubiera producido el suceso-efecto, no habría sido el suceso que fue. Asimismo, dado que el suceso-efecto ocurrió, el suceso-causa debe haber ocurrido y debe haber causado el suceso-efecto, ya que de otro modo el suceso-efecto habría sido un suceso diferente.10
Se le ha criticado a Davidson que su manera de identificar sucesos es circular, dado que los antecedentes y consecuentes causales son ellos mismos sucesos.11
No tenemos por qué compartir con Davidson la forma que sugiere para identificar sucesos. Incluso podemos considerar válida la crítica que algunos han hecho de que el criterio de identificación de sucesos es circular de manera encubierta. De las tesis davidsonianas podemos aceptar únicamente que si en los enunciados causales singulares se vinculan sucesos, los términos descriptivos que emplearemos para especificarlos van a tener una función eminentemente referencial; esto es, podemos suponer que lo determinante para la verdad del enunciado causal estriba en fijar o identificar adecuadamente los sucesos entre los que se establece la relación. No es indispensable que se incluyan las propiedades en virtud de las cuales los sucesos producen sus resultados. Pero, en caso de que se incluyeran en el enunciado, si no nos olvidamos de que su función es eminentemente referencial y no descriptiva, la verdad del enunciado no tiene por qué alterarse al hacer sustituciones en las descripciones de los sucesos involucrados: la validez de todas las sustituciones se restringe a los términos correferenciales. La lectura estándar de la tesis de la extensionalidad se aplica a los términos referenciales, de manera que las sustituciones de descripciones en sus términos singulares, si es que el contexto es genuinamente extensional o transparente, no debe alterar el valor de verdad del enunciado. El principio de sustitutividad salva veritate no se respeta en el caso en el que los términos singulares o las descripciones definidas del enunciado no desempeñan un papel referencial. Para algunos es insatisfactoria la gama amplia de redescripciones que permite el criterio de Davidson y buscan una forma de delimitar los casos en los que la sustracción o la adición de propiedades se refieren al mismo suceso y cuándo producen nuevos sucesos. Kim es uno de esos autores; empero, a su vez, la crítica más severa que pueden sufrir los críticos de Davidson es que se exponen a la proliferación innecesaria de sucesos. ¿Cuál de estas dos propuestas está más de acuerdo con nuestras intuiciones de cuándo un suceso permanece siendo el mismo a pesar de las modificaciones en el modo de presentarlo? Volveré a esta cuestión más adelante.
Ahora bien, así como hay una gran cantidad de enunciados causales que apoyan la tesis de la extensionalidad de la relación causal, otros parecen desmentirla. Los tipos de contraejemplos más usuales se pueden agrupar de la siguiente manera: a) casos en los que se emplean adverbios o adjetivos; b) cuando un mismo objeto sufre dos cambios simultáneos, no relacionados entre sí; c) casos en los que, a pesar de referirse al mismo suceso, ninguna de las descripciones se refiere al aspecto causal relevante; d) casos en los que uno de los sucesos vinculados causalmente incluye muchos aspectos del suceso, lo que nos hace suponer que todos ellos son causalmente relevantes.
Los defensores de la extensionalidad de la relación causal han echado mano de diferentes estrategias para afrontar los contraejemplos: 1) la adoptada por Davidson, en la que se emplea el expediente de la noción de explicación causal; 2) considerar que tanto los términos de sucesos como los términos que especifican aspectos de sucesos denotan (Dretske); 3) tomar los enunciados causales que se refieren a sucesos como enunciados elípticos, cuya forma completa consiste en dos enunciados, uno de los cuales incluye alguna de sus propiedades (Kim); 4) precisar la tesis misma de la extensionalidad (Beauchamp y Rosenberg), o bien aceptar la sugerencia de Marcus (1960) en la que se distinguen principios de extensionalidad más fuertes o más débiles que nos permiten restringir la sustitutividad, según la equivalencia que se quiera establecer.12
Más allá de la estrategia que se elija, me parece que un argumento de fondo para defender la extensionalidad de la relación causal es que, en la mayoría de los casos, con sólo seleccionar adecuadamente los sucesos que así se encuentran vinculados tenemos un enunciado causal completo, verdadero y no ambiguo. Esta idea nos permite utilizar una amplia gama de descripciones para referirnos al mismo suceso, y cualquiera de ellas tiene igual efectividad para identificar los sucesos. Veamos algunos de los ejemplos que supuestamente amenazan la transparencia referencial de los sucesos. Empecemos con los casos en los que se emplean adverbios o adjetivos calificativos:
Suponemos que es verdadero que
1) El que Lucía girara tan abruptamente causó que se le dislocara la rodilla.
Además,
Podemos inferir
3) El que Lucía girara causó que se le dislocara la rodilla.
En este ejemplo es posible inferir un enunciado falso —digamos, 3)— de un enunciado verdadero 1), mediante la sustitución en 1) de términos correferenciales, como los señalados en 2). Otro ejemplo sería “El impacto del Titanic contra un iceberg causó que se hundiera” podría ser verdadero, sin que necesariamente sea verdadero que “El impacto del Titanic contra un iceberg causó que se hundiera rápidamente”, ya que el hundimiento rápido del trasatlántico podría haber sido causado por otra cosa; por ejemplo, por una carga excesiva. En este trabajo dejaré este tipo de casos fuera de la discusión, ya que la dificultad es más general y tiene que ver con la manera en que deben analizarse los adjetivos y los adverbios.13 Más bien me concentraré en otro tipo de sustituciones en las que los adjetivos y los adverbios no son cruciales y que, no obstante, continúan siendo problemáticos.
Es fácil imaginar casos vulnerables a contraejemplos del segundo tipo cuando el objeto tiene dos propiedades independientes entre sí. Pensemos en el caso de un objeto, por ejemplo una esfera, que simultáneamente gire y cambie de color. Para algunos autores es simplemente falso que, si se individúan los sucesos por sus causas, todos los infinitos modos en que puede describirse un suceso sean adecuados para individuar el mismo suceso. Si el hecho de que la esfera gire y el hecho de que cambie de color obedecen a diferentes causas, no tendríamos por qué aceptar que se trata del mismo suceso. Podríamos decir que el que la esfera gire es un suceso y el que la esfera cambie de color es otro suceso.
Los dos tipos de contraejemplos restantes están relacionados; en uno se señala que se peca de un exceso de descripciones para referirnos a un suceso, mientras que en el otro se omite alguna descripción que se juzga crucial. Hay cierta semejanza con los primeros contraejemplos en los que aparecen adjetivos y adverbios en cuanto a que, aunque no se mencionen específicamente esos aspectos del suceso, de cualquier forma adolecen de la omisión del aspecto que consideramos causalmente pertinente. Un ejemplo del primer caso sería:
4) El que Sócrates bebiera cicuta en la prisión causó su muerte.
Si suponemos que 4) es verdadero y suponemos que el enunciado es referencialmente transparente, tenemos que
De 4) y 5) podemos inferir
6) El que Sócrates estuviese en la prisión causó su muerte.
Se podría decir que 6) es falso, ya que aunque el que estuviera en la prisión es parte del mismo suceso, no parece ser que el hecho de que aconteciera en la prisión fuera lo que causara su muerte.
En el otro tipo de caso aceptamos que nos referimos al mismo suceso, no omitimos la referencia a que se bebe cicuta, pero consideramos que está incompleta, ya que no hace referencia a la cantidad de veneno que Sócrates ingirió. En el último caso volveríamos al contraejemplo del primer tipo.
Analicemos las diferencias entre las diversas estrategias para preservar la extensionalidad de los enunciados causales singulares. Los contraejemplos parecerían forzarnos a renunciar a la extensionalidad de los contextos causales y a desvanecer la diferencia entre los contextos causales y los contextos causales explicativos. En los últimos, en general se da por sentado que la sustitución de descripciones no preserva la verdad de las explicaciones, i.e., constituyen contextos intensionales. Un clásico ejemplo explicativo de este tipo sería: “El que Edipo se casara con su madre explica que enloqueciera” podría ser verdadero en esa descripción y falso en otra descripción; por ejemplo, “El que Edipo se casara con la viuda de Layo explica que enloqueciera”. Si esto es correcto, la estrategia de Davidson, que consiste en separar la cuestión ontológica de la cuestión explicativa aunque sin independizarlas, resulta viable.
