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El libro en el que se basa la nueva docuserie de Netflix "800 metros". La periodista que más ha investigado los ataques y el entorno de los terroristas narra su adoctrinamiento, la preparación de los atentados y los intentos por esclarecerlo. Un importante trabajo de periodismo de investigación sobre este episodio terrorista que aún esconde muchos interrogantes: ¿por qué un puñado de jóvenes planificaron un atentado tan mortífero como volar la Sagrada Familia y acabaron atropellando a los paseantes de la Rambla de Barcelona el 17 de agosto de 2017? ¿Cómo se convirtieron en yihadistas en el mismo país al que pretendían golpear? ¿Quién ordenó actuar a su líder, el imán Abdelbaki Es-Satty? El atentado más mortal en España después del 11-M aún está rodeado de muchos silencios y secretos. La periodista Anna Teixidor ha dedicado más de dos años a conocer la vida y los movimientos de sus protagonistas (crecidos no en países islámicos, sino en la propia Cataluña donde cometieron la matanza) y ha investigado sus biografías y conexiones en cuatro países, además de estudiar el sumario del caso, de más de 30.000 páginas, al que ha tenido acceso. El resultado es una lectura trepidante e imprescindible.
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Seitenzahl: 626
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Los silencios del 17-A
Anna Teixidor
Traducción de Concepció L. Moreno Oliveras
Primera edición: junio de 2020
Segunda edición: junio de 2020
© del texto: Anna Teixidor Colomer
© de la traducción: Concepció L. Moreno Oliveras
© de esta edición:
Editorial Diéresis, S.L.
Travessera de Les Corts, 171, 5º-1ª
08028 Barcelona
Tel: 93 491 15 60
Diseño: dtm+tagstudy
© Imagen de portada: iStock
© Foto de la autora: Marc Faro Costa
Impreso en España
ISBN libro:: 978-84-18011-07-8
ISBN ebook: 978-84-18011-11-5
Thema: JPWL
Depósito legal: B 1952-2020
Todos los derechos reservados.
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los autores del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la fotocopia y el tratamiento informático, y su distribución mediante alquiler o préstamos públicos.
editorialdieresis.com
Twitter / Instagram: @EdDieresis
Índice
Los autores del 17-A
Introducción
Del Atlas a los Pirineos. Los orígenes familiares
Abdelbaki Es-Satty, retrato de un impostor
Los oratorios, un reino de taifas
«Los muyahidines de Ripoll». Lealtades y fidelidades.
Diegem, el Ripoll de Bélgica
Sin miedo a morir. La planificación de los atentados
La indecisión de Driss
Morir matando
¿Y después? El posatentado
Más allá del Califato
Rivalidades, desconfianzas y deslealtades
Epílogo
Anexos
Biografías de los autores del 17-A
Cronología de los hechos
Tablas descriptivas
Agradecimientos y fuentes
Entrevistas y conversaciones de la autora
Notas
Bibliografía
La autora
A Carmela,
a Ian-Moore,
a Pepita,
a María de Lourdes,
a Ana María,
a Francisco,
a Elke,
a Jared,
a Silvia Alejandra,
a Bruno,
a Pau,
a Luca,
a Desirée,
a María, y
a los pequeños Julien y Xavi.
A las víctimas mortales y a sus familias, a los heridos y a los que quedaron impactados por aquellos días de agosto.
Los autores del 17-A
Introducción
Dos años después de los atentados de Barcelona y Cambrils, en septiembre de 2019, dos niños comienzan 1º de la ESO en el IES Abat Oliba de Ripoll, el único instituto público de esta pequeña ciudad catalana de la provincia de Girona. No se conocen y uno de ellos ni siquiera sabe de la existencia del otro. El más joven es de Campdevànol –una población a cuatro kilómetros de Ripoll– y paseaba con su familia por la Rambla aquel fatídico 17 de agosto de 2017. El otro es el hermano pequeño de Younes Abouyaaqoub, el conductor de la furgoneta que arrolló a catorce personas en la Rambla y luego apuñaló mortalmente a un joven en la avenida Diagonal de Barcelona.
Los dos niños se convierten en protagonistas involuntarios. El testigo presencial del atentado continúa bajo tratamiento psicológico y el hermano de Younes no ha podido olvidar el impacto de los hechos, tras haberlo visto abatido por las balas en una fotografía que ha dado la vuelta al mundo y que le muestran sus propios compañeros de clase. El cuerpo de los Mossos d’Esquadra abrió una investigación para conocer cómo esta imagen había llegado a la prensa; sin embargo, a estas alturas todavía no se ha asumido ninguna responsabilidad.
El episodio refleja la frágil y compleja realidad que se vive en el Ripoll del posatentado, la población de poco más de diez mil habitantes donde crecieron los autores de los ataques. Hasta ese momento, nos habíamos acostumbrado a situar el origen de los terroristas en un entorno urbano y metropolitano, muchas veces marginal, aunque ha habido otros oriundos de comunidades rurales de Francia y Alemania. La procedencia de los autores y la gestación de un grupo numeroso con la voluntad de atentar en el contexto de una pequeña población es poco habitual, aunque tampoco excepcional.
Puede parecer que, cuando se produce un atentado y los terroristas mueren, el relato termina con sus cuerpos inertes sobre el asfalto o en una pista forestal. Pero es entonces cuando se inicia una larga relación de interrogantes: ¿quiénes eran aquellos jóvenes que se sentaban en la misma clase que nuestros hijos? ¿Cómo pasaron de ser trabajadores responsables a fabricar explosivos para matarnos indiscriminadamente? ¿Quién consiguió canalizar sus frustraciones en un proyecto extremista y totalitario? ¿La influencia del agente de radicalización, el imán de Ripoll, se circunscribe únicamente a los jóvenes que forman parte del grupo que atenta?
Son cuestiones a las que intentaré responder a partir de la investigación policial de los atentados, contenida en el sumario, al cual he tenido acceso, y de un centenar de entrevistas a personas que conocieron a los autores, tuvieron alguna implicación en los hechos o han estudiado el fenómeno.
La otra parte del libro presenta más oscuros que claros en el entorno del imán de Ripoll, Abdelbaki Es-Satty, entre los años 2015 y 2017. Es-Satty aconseja a sus discípulos dormir vestidos con un cinturón de explosivos porque dice que los verdaderos musulmanes tienen que morir como mártires y jamás deben dejarse detener. Me lo explica un testigo que formó parte del círculo íntimo y restringido del imán, junto con algunos de los miembros del grupo que cometió los atentados. Es-Satty asegura a sus seguidores que no pueden arriesgarse viajando a luchar al Califato en Oriente Medio, y que la consigna del autodenominado Estado Islámico apunta claramente a atentar en territorio europeo.
Durante las conversaciones que he mantenido con aquellos que han viajado a Siria y a Irak o que, desde España, han manifestado el deseo de sumarse a su lucha pero nunca han dado el paso, siempre he visto en ellos la ilusión de morir en nombre de Alá para entrar en el Paraíso. Al menos, eso es lo que les hacen creer. En muchos casos, sus reclutadores lo han conseguido con una buena oratoria y una argumentación extremadamente coherente, que introduce numerosos ejemplos del Corán y de los hadizes, los dichos del profeta. El reclutamiento, rápido y heterogéneo, dificulta poder discernir las múltiples y variadas motivaciones de los más de seis mil europeos –la mayoría menores de veinticinco años– que se añadieron de manera entusiasta a las filas de Estado Islámico.
Es-Satty, un personaje oscuro y poliédrico, tiene la habilidad de hacer creer a aquellos jóvenes que actúan con la cabeza y el corazón y sin miedo a morir. Mientras tanto, están fabricando entre doscientos y quinientos kilos de triperóxido de triacetona (TATP), un cinturón de explosivos y diecinueve granadas de mano improvisadas.
En torno a su figura, hay interpretaciones diversas y polarizadas sobre qué papel juega en la planificación y materialización de los ataques, si se esconde alguien más detrás y por qué se atenta en Cataluña. No existen respuestas unánimes ni únicas. Igual que ocurrió con aquel otro atentado devastador de Madrid, el 11 de marzo de 2004, con ciento noventa y una víctimas mortales y mil ochocientos cuarenta y un heridos, hallamos variadas y contrapuestas explicaciones, que dividen a la sociedad.
En los atentados de Barcelona y Cambrils esta polarización se agrava a raíz del conflicto político entre España y Cataluña. Algunas de las dudas que suscitó la relación de Abdelbaki Es-Satty con el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) han despertado suspicacias en Cataluña, mientras que han dejado indiferente al resto del país. Tampoco se ha creado una comisión de investigación independiente formada por académicos, policías y magistrados jubilados como en otros países cuando han acontecido episodios similares.
Este libro describe y analiza qué falló para que unos jóvenes que vivían entre nosotros nos odiasen tanto como para querer hacer volar la Sagrada Familia y nadie consiguiera detenerlos antes de que sus planes iniciales fracasaran por sí solos. Como en todo trabajo periodístico, mi investigación ha llegado hasta donde me ha permitido la documentación jurídica y policial disponible, pero también el trabajo de campo. Tanto para nuevas aportaciones que puedan resultar del acceso a fuentes y a fondos documentales hasta ahora inéditos, como para confirmar o desmentir las dudas expresadas, la obra queda abierta.
Empordà, mayo de 2020
Del Atlas a los Pirineos. Los orígenes familiares
No hay ningún nombre que identifique sus tumbas. Ni siquiera una señal que pueda revelar en qué punto se encuentran del caótico y tupido cementerio de Jail Aim, en M’rirt –una población de cuarenta mil habitantes del Atlas profundo, en Marruecos. En algún lugar indeterminado se hallan las sepulturas, juntas, de los hermanos Abouyaaqoub y Hichamy. Han sido enterrados con algunos días de diferencia, a la caída del sol, y con la presencia de dos agentes del gobierno no uniformados y algunas decenas de personas.
Durante días, he pensado en la carga simbólica que pueden representar estos entierros para algunos seguidores y simpatizantes. También es la preocupación primordial de las autoridades marroquíes: quieren evitar que alguien pueda ver a los jóvenes como unos mártires de la causa a quienes se debe rendir homenaje. En consecuencia, sus tumbas están condenadas al anonimato para evitar cualquier forma de peregrinaje, aunque recientemente he sabido que se han inscrito sus nombres. Otra cuestión –más íntima– es el dolor físico y moral que supone para los suyos tomar conciencia de que han muerto matando y enterrarlos en unas circunstancias tan anómalas.
Llego en un primer viaje a M’rirt, pocas semanas antes de los entierros. Tardo unas horas en localizar discretamente la casa familiar de los Abouyaaqoub, a pesar de que ha sido grabada y fotografiada desde todos los ángulos durante los días posteriores a los atentados. Se trata de una edificación entre medianeras que destaca del resto de las fachadas porque está embaldosada de arriba abajo.
Enfrente de la casa hay un vehículo de color gris con matrícula española. Apenas unas horas más tarde, vuelvo a ver el mismo automóvil aparcado en una de las calles principales de la población, delante de la cafetería Galaxia. Allí conozco a Abdellah, tío de los hermanos Abouyaaqoub, que vive en Ripoll y está pasando unos días con la familia y quizás solucionando las trabas burocráticas para enterrar a sus sobrinos.
Abdellah es un hombre sencillo y reservado, de mirada afable, muy educado, todavía abatido por los acontecimientos. En aquella larga hora, con numerosos monosílabos y pocas afirmaciones contundentes, no sé responder a la única pregunta que me plantea:
–¿Cómo han enterrado al resto de chicos que han cometido atentados en Europa?
Ignoro en qué sepultura y en qué condiciones se ha enterrado a Mohamed Merah, el joven atrincherado en una escuela judía de Toulouse donde asesina a tres escolares y a un profesor en el año 2012, y que es el responsable de cinco muertes más. Tampoco sé dónde se encuentra el cadáver de Abdelhamid Abaaoud, el presunto ideólogo de los atentados de la sala Bataclan de París de noviembre de 2015. Son escasas las informaciones porque ni las autoridades francesas ni las belgas quieren ningún tipo de homenaje, ni siquiera de manera privada. Tanto Merah como Abaaoud han nacido en Toulouse (Francia) y Bruselas (Bélgica) respectivamente, a finales de la década de los ochenta. La distancia emocional y física respecto al país de origen de sus padres, Argelia y Marruecos, es mucho mayor que la de los autores de los atentados de Barcelona y Cambrils, que mayoritariamente vinieron al mundo en el Atlas marroquí y conservan su nacionalidad.1
Un reducido número de los musulmanes en España aceptan que sea su lugar de sepultura, pese a que hayan vivido toda la vida. No quieren que se les entierre en un cementerio cristiano. Prefieren un camposanto bendecido por el Islam en el país de sus antepasados. Una premisa que muestra que, en gran medida, somos de allí donde enterramos a nuestros muertos.
La autorización del juez para inhumar a los autores de los atentados llega casi cuatro meses después de estos. El abogado de las cuatro familias que tienen hijos implicados dirige una carta al instructor de la causa, en la que expone la necesidad de los padres de verlos por última vez y enterrarlos siguiendo el rito de la religión musulmana. Es, afirma, una necesidad humana en el desarrollo del duelo tras haberse enfrentado, dice literalmente, «al drama de conocer que la muerte de nuestros hijos se ha producido después de causar ellos la de otras personas».2
Tardo muchos meses en ponerme en contacto con los familiares de los autores de los atentados. Me intimida, me parece invasivo y, lo peor, temo recibir su no rotundo y tajante, una negativa que no me permita alegar nada. Ellos mismos han hecho un pacto de silencio. Realizan algunas declaraciones puntuales en los días siguientes a los ataques pero, en ningún caso, un relato de lo que ha pasado, de lo que han percibido o sentido. Los familiares, así como los amigos con los que trato, están afectados emocionalmente y la resignación involuntaria a la cual han llegado después de los hechos los ha roto por dentro: siete muertos, entre ellos, tres parejas de hermanos; tres detenidos, uno de ellos confeso. Nadie está preparado para permitir que el duelo progrese a través de la negación, la rabia y el dolor tras la pérdida de una persona querida que, a su vez, ha muerto matando. Aún hay un hecho peor que los devora por dentro en medio del silencio más absoluto: no ser conscientes de la línea finísima que separa la ortodoxia más rigorista del activismo yihadista.
De todos los familiares y amigos, me ha impactado especialmente la imagen de una de las hermanas, que disimulaba las lágrimas bajo el velo y se hallaba totalmente desarmada ante los flashes de los medios de comunicación dos días después de los atentados. Con el trancurso de los meses, en las ocasiones en que la he visto por la calle, no me he atrevido a aproximarme a ella. La veo desencajada y con la mirada perdida. Arrastra los pies al andar. Tras muchas semanas de observarla y cruzarme con ella, me he aventurado a acercarme y le he recordado un bautizo en el que nos conocimos, pero que ella ya no tiene presente. Inmediatamente, se hace el silencio aunque, en seguida, acepta sentarse en un banco de una plaza.
Ella es la hermana de Moha y Omar Hichamy –los líderes del atentado de Cambrils– y prima en segundo grado de Younes –el conductor del atropello mortal en la Rambla– y Houssa Abouyaaqoub –que participa en el ataque de Cambrils–. En Marruecos las familias son muy extensas y no discriminan entre grados de parentesco. En realidad, los Hichamy y los Abouyaaqoub dicen que son primos; no obstante, se consideran prácticamente hermanos. Sus familias llegan a finales de la década de los noventa a Cataluña, con escasos meses de diferencia, y viven el proceso migratorio juntos.
La joven llega en el 2006, a la edad de quince años. Moha y Omar lo han hecho un poco antes, cuando tienen entre siete y cuatro años, respectivamente. Sus hermanos la ayudan a dar los primeros pasos en un país extranjero, a entender una lengua que pronto habla con fluidez. Decide ponerse el pañuelo como una muestra de respeto a su tradición cultural, aunque su familia nunca ha sido muy religiosa. Ripoll –dice– es un pueblo idílico, de un verde generoso que, al instante, le gusta. Jamás se ha sentido extraña. Está ilusionada por haber dejado atrás Marruecos y comenzar de nuevo en otro país que pronto, asegura, hace suyo.
Desde siempre ha mantenido con Omar una relación mucho más estrecha que con el resto de los hermanos. El joven con quien ha compartido confidencias e inquietudes es el mismo que amenaza con hacerse explotar en el paseo de Cambrils, aun cuando dos agentes le apunten con una pistola. Cae herido en el asfalto y, acto seguido, se vuelve a levantar poniendo el dedo amenazador en lo que simula ser el detonador de un cinturón de explosivos. Los agentes le vuelven a disparar y deja de moverse. Nadie reconoce a Omar en estas imágenes aterradoras grabadas por un turista, si bien identifican su rostro. Ella tan solo ve algunos fragmentos de esta secuencia e impide que lleguen a su madre.
A partir del 18 de agosto, su vida no vuelve a ser la misma. Vive el duelo de puertas adentro y con muchas contradicciones. Admite que sus hermanos hayan asesinado indiscriminadamente, pero lamenta no haber notado el cambio mental y de conducta que sufrieron. ¿Es posible que una madre o un padre, un hermano o una hermana, no sean conscientes de esta tranformación? La familia reconoce que los jóvenes experimentaron una evolución religiosa en los dos últimos años, que hablaban de Siria en defensa de sus hermanos musulmanes, pero lejos de verlo como un hecho negativo, consideraron que el acercamiento a la religión y a la vida disciplinada les aportaba sensatez.
Le pregunto a la joven sobre aquella noche fatídica en que sus hermanos encabezan el grupo que atenta en Cambrils. Unas horas antes, Omar se despide de ella, aduciendo que se va de viaje. A ella no le gusta la manera en que se produce su partida. Poco después de media tarde, se percata del atropello de la Rambla y ve la fotografía de Driss Oukabir –un joven que conoce de vista de Ripoll– en los informativos. En ese momento, teme lo peor. Les llama «quinientas veces», dice literalmente; sin embargo, no recibe ninguna respuesta. Su madre también los llama, pero los teléfonos móviles no dan línea y, finalmente, les escribe un mensaje contundente a las nueve y cuarto de la noche del 17 de agosto, casi cuatro horas antes del atentado de Cambrils: «Hola, Mohand. ¡Hijo mío! ¿Dónde estás? ¿Queréis acabar conmigo? Por favor, contestadme. ¡Por Dios! ¡Mohand, dime lo que pasa! ¡Por Dios!».3
En las comunicaciones registradas en su móvil, los investigadores localizan una conversación de whatsapp a las nueve de la noche. El atentado se produce a la una de la madrugada. Ella habla con su cuñada. Está inquieta. Se da cuenta de la gravedad de estos momentos.
–Hermana de Moha y Omar [21.08 h.]: Omar me ha asustado...
–Cuñada: ¿Cómo?
–Hermana [21.09 h.]: Porque la manera como ha salido no era la normal.
–Cuñada [21.11 h.]: Yo misma tengo sospechas. Yo digo que son ellos, ya que sus conductas últimamente no me gustaban.
–Hermana [23.43 h.]: Cómo quieres que venga, es posible que mis hermanos estén muertos.4
Cuando le recuerdo esta conversación, le resta importancia. Manifiesta que, si hubiera sido consciente de que sus hermanos querían hacer daño, los habría denunciado ella misma. Los Mossos d’Esquadra sospechan inicialmente que sabe que están a punto de producirse unos atentados y que no lo pone en conocimiento ni de la policía, ni de la autoridad judicial, ni tampoco hace nada por evitarlo. A mediados de 2018, pocos días antes de que el juez dicte la interlocutoria de procesamiento, los mossos la interrogan. Asesorada por un abogado, se niega a declarar porque parte del sumario aún continúa bajo secreto. Nunca le imputan ningún cargo. No es la única. Hay otros investigados no detenidos sin cargos que despiertan suspicacias. No solo algunos familiares, también personas vinculadas con el oratorio y con el pasado del imán. Después de muchas investigaciones, los Mossos de Esquadra han descartado que cualquiera de ellos conociera que se estaban planeando los atentados y que tuvieran algun tipo de implicación.
Ella niega con rotundidad que conociera los planes de sus hermanos. Las líneas son muy vaporosas: un comportamiento extraño de una persona a quien se quiere, el escepticismo al pensar que un hermano pueda tener la intención y la capacidad para cometer un atentado y la responsabilidad que se otorga uno mismo para detectarlo. La policía únicamente tiene sospechas. Su línea telefónica es intervenida durante seis meses. Este hecho tampoco aporta ningún dato definitivo y la policía descarta completamente su implicación. En las intervenciones telefónicas de las conversaciones entre ella y su madre se evidencian las contradicciones que siente en relación a los actos violentos que han cometido sus hermanos. ¿Son mártires que acceden al paraíso sin ser juzgados por sus actos en vida? ¿Son ataques con el beneplácito de Alá por los cuales los jóvenes pasan un tipo de prueba? ¿Es lo que realmente piensa? ¿Es lo que se dice a sí misma para entender y superar la muerte de sus hermanos?
Finalmente, cuando el juez autoriza la entrega de los cadáveres, ella, como otros miembros de las familias, no cree que estén muertos hasta que los identifica en el tanatorio. Es la primera vez que los ve tras un largo período de angustia. La autoridad judicial no les ha notificado su muerte en ningún momento. Durante semanas, alimenta la idea de que los resultados de las autopsias indiquen que han consumido alcohol o algún tipo de droga que explique su comportamiento animal. Pero los análisis descartan el consumo previo de cualquier sustancia. Piensa que les pueden haber hecho brujería o sufrido algún tipo de hechizo. Los días se convierten en meses y no encuentra ninguna explicación razonada y coherente. Su sensación de desconcierto se agudiza en el momento en que se conocen las informaciones que vinculan al imán de Ripoll –al que nunca ha visto, porque no frecuenta el oratorio– con los servicios de inteligencia españoles.
Con el paso del tiempo, experimenta un fuerte sentimiento de pesadumbre por no haberse percatado de que el rigorismo con que actuaron los jóvenes tiene consecuencias irreparables, por no haber pensado que el extraño proceder de Omar el último día en que lo vio no tiene vuelta atrás.
Después de dos años, sigue con el mismo duelo. No quiere recibir ningún apoyo psicológico; no obstante, ha decidido dejar de llorar pese a que continúa pensando en ello a todas horas. Se ha planteado también abandonar Ripoll. Todo le recuerda a sus hermanos. Evoca momentos que ahora mismo le duelen demasiado. Cuando pide trabajo a una empresa, explica que es familiar directo de los terroristas, aunque de ningún modo utiliza esta palabra. Le aterra el significado.
Me confía que siente el mismo dolor por todos aquellos que han sido víctimas de sus hermanos y primos. Igualmente, no se los puede sacar de la cabeza ni sabe encontrar las palabras justas para consolarlos. Utiliza la expresión árabe «sentirse entre la piedra y el martillo» para preguntarse repetidamente cómo puede ser que aquellos queridísimos hermanos suyos hayan traído tanto sufrimiento. Al final, dice, solo le quedan el refugio entre los suyos y el silencio. Es la única solución, sentencia.
Crecidos en Dogville
La presencia de la inmigración extracomunitaria en Ripoll5 comienza a finales de la década de los ochenta, si bien las primeras familias magrebíes, procedentes en su mayoría del Rif, lo hacen unos años antes. Los Ouzgari y los Marsi son los primeros de una larga lista que hace crecer los datos de población en las siguientes décadas, cuando llegan sobre todo familias oriundas de la zona montañosa del Atlas. En el censo municipal constan aproximadamente setecientos extranjeros de origen magrebí, de los diez mil habitantes que viven en la capital del Ripollès en el año 2017.
El principal atractivo de la población es la proximidad geográfica con Francia y las posibilidades de encontrar trabajo en una fábrica o cortando leña en el bosque. El Ripoll que encuentran estas familias extranjeras es un entramado social donde todo el mundo se conoce, una sociedad más bien cerrada de la Cataluña interior, alejada de los centros de decisión política y económica. Hace pocos años que se han inaugurado los túneles de Capsacosta, que facilitan la conexión entre el Ripollès y la Garrotxa, evitando la retorcida N-260. Aunque hay conexión ferroviaria con Barcelona y Francia, es una de las vías más lentas y precarias de España. La población ha sobreenvejecido y se constata una fuga de la juventud hacia territorios urbanos.
El extranjero que llega al lugar por vez primera se topa con una población de montaña, en la encrucijada del valle de Ribes y de Camprodon, cuya vida gira en torno al monasterio cristiano de Santa María, en el centro del pueblo, fundado por el conde Wifredo el Velloso en el año 879.
El centro de esta comunidad es la plaza del Abat Oliba, que da lugar a una geografía de calles estrechas con algunas edificaciones modernistas que asombran al visitante y dan una idea de la pujanza económica que tuvo la industria textil y metalúrgica durante el siglo XIX. Más allá del casco histórico, las vías del tren separan el centro del ensanche. La barrera del paso a nivel no tiene otro significado que el impacto visual que supone. Se pueden encontrar alquileres baratos tanto en el centro como en las afueras. No existe ningún criterio topográfico que defina la posición social.
Muchos de los que viven en Ripoll desde hace tiempo saben que en el pueblo hay cada vez más extranjeros. Les dan trabajo, les alquilan pisos, los hijos comparten aulas. Sin embargo, pocos se conocen entre ellos. Tampoco hay demasiado interés en hacerlo, una particularidad bastante extendida que, desgraciadamente, se puede extrapolar a cualquier punto del país.
Aquellos cuyos abuelos han nacido en Ripoll esperan que los hijos estudien en la universidad y son conscientes de que su futuro pasa por emigrar fuera de la comarca. Por el contrario, los extranjeros que se establecen con sus hijos consideran que fabricar moldes de inyección de alta precisión y maquinaria industrial, elaborar mallas y tripas sintéticas que luego se exportan al mundo cumple parte de sus expectativas.
Aparentemente, tanto los hijos de Ripoll como los de los inmigrantes tienen oportunidades que se pueden medir objetivamente porque comparten espacios físicos; no obstante, en realidad, las diferencias sociales, económicas y culturales entre unos colectivos y otros existen.
Acaso este desinterés y el peso de la tradición religiosa explica que haya un número reducido de matrimonios mixtos, que se pueden contar con los dedos de una mano. En realidad, algunos jóvenes han salido juntos durante mucho tiempo, pero las relaciones no han prosperado y, finalmente, han hecho lo que hace la mayoría: volver al pueblo de origen de Marruecos y casarse, en ocasiones por conveniencia, con una pareja que sea del agrado de las familias de ambos cónyuges.
Algunos vecinos me definen Ripoll como una especie de Dogville, la pequeña ciudad norteamericana retratada por Lars von Trier en la película del mismo título, situada cerca de una mina de plata abandonada, con una carretera como única vía de acceso al pueblo. Un lugar cerrado en el cual residen personas encantadoras con pequeñas imperfecciones que tendrán un destino trágico. Quizás sea poco honesto decir que Ripoll es un Dogville, pero también es deshonesto dar a entender que formar parte de esta comunidad pequeña y conservadora se convierte en un trámite.
«Me sentí descartado, que sobraba, que lo hacían todo entre ellos». Así lo explica un joven de origen marroquí que se ha puesto el sobrenombre de Tito porque considera que su nombre, Faissal, es demasiado complicado para establecer relaciones sociales, según afirma. Llega con la familia al pueblo a la edad de dieciséis años y le cuesta tanto relacionarse con los que son hijos de Ripoll como con los que han emigrado allí. Sufre la primera decepción cuando, en cinco minutos, conoce todo el pueblo. La segunda, cuando descubre que es «un pueblo vacío y con muchos moros que se vigilan los unos a los otros», dice. Hay también hijos y bisnietos de Ripoll que han expresado una sensación similar cuando han dejado la población durante unos años y luego han vuelto.
Que algunos califiquen Ripoll como una población cerrada es un aspecto que se añade al resto de circunstancias que forman el contexto general en que estos autores de los atentados han crecido. Hay otros a tener en cuenta.
La implicación de cuatro parejas de hermanos obliga a referirse al itinerario vital de las familias, que coincide con el de muchas otras que han decidido emigrar a Europa: una descendencia numerosa, la huida de una situación económica precaria en el país de origen y la aspiración legítima de prosperidad para los hijos que crecen. El hecho que quizás las diferencia, a pesar de este retrato común (social, económico y cultural), estriba en las complejas dinámicas familiares que viven una vez se han establecido en Cataluña. Unas variables que, posiblemente, permiten señalar algunas de las vulnerabilidades por las cuales algunos de los autores de los atentados se identifiquen, a la larga, con un mensaje totalitario y excluyente.
Siete de los diez padres no están alfabetizados y ninguno de ellos habla fluidamente ni castellano ni catalán, salvo algunas excepciones. Esta doble circunstancia tiene un peso específico en las relaciones laborales y sociales que establecen estas familias. Los trabajos a los que los padres se dedican, a menudo duros y mal pagados, les obligan a desplazarse lejos de casa.
La ausencia paterna hace que la responsabilidad de la educación recaiga en unas madres que tienen escasos conocimientos sobre la sociedad donde se han trasladado a vivir y que, en algunos casos, no entienden ni hablan la lengua para poder relacionarse con la población local (ni en el hospital ni en la escuela ni en el mercado). En realidad, algunas de estas madres sufren un cierto aislamiento social –tan solo dos trabajan fuera de casa–, que se ve agravado porque hablan exclusivamente una variedad dialectal del amazigh (bereber). Desconocen el árabe y las lenguas del Estado español.
A esta situación, compleja en sí misma, se añaden las dificultades personales que arrastran algunas familias. Tres padres sufren problemas de alcoholemia; uno de estos, además, ha sido atendido en el Centro de Atención y Seguimiento a la Drogodependencia y, en algunas ocasiones, el frágil estado en que viven deriva en violencia intrafamiliar.
En el pasado, solo una de estas familias ha sido seguida de cerca por los los servicios sociales. Las técnicas de los mismos recuerdan que se les destinan recursos, tiempo y esfuerzos personales. De hecho, en este caso, reciben asimismo la ayuda de una familia acomodada, solidaria y abierta de Ripoll –que contrasta con la descripción de otros testigos– y que es clave cuando la relación del matrimonio empeora. Esta familia acoge a la madre con los cinco hijos después de que se separe del marido, víctima de maltrato físico y psíquico. Entonces, el padre decide emigrar a Francia y la madre, que no habla ni entiende castellano ni catalán, saca adelante sola a sus hijos.
El vacío referencial paterno se agudiza cuando los jóvenes tienen entre catorce y diecisiete años. Frecuentemente Youssef, Younes y Moha desempeñan el rol activo de padres de familia de los hermanos menores (Said, Houssa y Omar), ya sea en el comedor de casa ya sea en el patio de la escuela, mucho antes del año 2014 y de que se sientan atraídos por mensajes extremistas. Tienen hermanos mayores; sin embargo, estos se desplazan con los padres para trabajar, o bien, pasan largas jornadas laborales fuera del domicilio familiar.
Asumir la responsabilidad paterna probablemente acentúa el combate ideológico y emocional de estos jóvenes entre las referencias familiares, escasas y dispersas, con aquellas exteriores que conectan con la sociedad de acogida. Los padres temen que sus hijos se encuentren con un sistema diferente al que ellos han vivido culturalmente y que este marco, a la postre, les aleje de ellos y de sus raíces. Existe una cierta dicotomía entre el bagaje que traen de Marruecos y el que se encuentran en España. Los jóvenes advierten que los padres viven alejados de la realidad del país y que ellos hacen el papel de intermediarios entre la sociedad de «acogida» –ajena a muchos de sus valores morales y religiosos– y el propio ecosistema familiar.
A esta situación se suma el hecho de que al menos tres de los hermanos mayores no solamente son hijos de inmigrantes de familias más o menos desestructuradas, sino que están viviendo sus propios procesos migratorios. Youssef, Younes y Moha, con nueve, siete y seis años respectivamente, comienzan a ser conscientes de su condición de migrantes y no se sienten suficientemente cómodos con la decisión de sus padres. Manifestan una cierta nostalgia por su país natal y acusan la carencia de referencias identitarias entre el país donde han nacido y el lugar donde trabajan sus padres. El cambio de país supone una mejora social pero, a la par, nunca dejan de sentirse inmigrantes.
Todas las familias, excepto una, provienen de poblaciones montañosas y rurales del Atlas. Son bereberes y en casa hablan una lengua propia, el amazigh, aunque algunos de los jóvenes lo hacen con poca fluidez. Se trata de una lengua de tradición oral y sin escritura, utilizada por millones de personas y dividida en docenas de dialectos. Ocasionalmente, también la compaginan con el árabe.6 En cambio, una única familia, la del detenido Mohamed Houli, procede de Nador, si bien hace años que se han establecido en Melilla al nacer él. En el año 1998, se trasladan a la península. Es la única de las familias con nacionalidad española que tiene un hijo implicado en los ataques. En casa no hablan árabe, ni mucho menos amazigh –ambas lenguas les quedan lejos– sino el dariya, una variante árabe de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla.
Ninguna de las familias ha aceptado recibir soporte psicológico, ni para ellos ni para sus hijos menores y solo algunas mantienen una relación periódica con los Servicios Sociales. Entro en el restaurante C-17, en la carretera del mismo nombre, justo a las afueras de Ripoll, al que solían ir algunos de los implicados en los atentados. Al poco, veo a un hombre que se sienta en un extremo del local para tomar un café. Tiene la mirada perdida. No levanta la cabeza. Es el padre de la pareja de hermanos muertos, autores del atentado de Cambrils. Lo reconozco por las imágenes de los medios de comunicación de los días posteriores a los ataques. Ni siquiera intento acercarme. Sé que ha estado gravemente enfermo y, como buena parte del resto de padres, padece episodios de angustia y presenta un estado depresivo. La mayor parte tiene problemas de salud, que se han acentuado después de agosto de 2017.
Las familias continúan en la población, pero mantienen un perfil bajo. Condenan los actos en los que han incurrido sus hijos, aunque tienen sentimientos contradictorios. Se sienten impotentes ante un imán a quien atribuían autoridad y, dicen, se llevó y manipuló a sus chicos. Las mujeres, madres y hermanas han creado lazos más estrechos para superar este intenso dolor; no obstante, les preocupa cómo puede influir lo sucedido en los hermanos menores, los sobrinos y primos. Los padres y hermanos han dejado de frecuentar los oratorios locales.
Por lo que sabemos hasta ahora, la familia no es un elemento decisivo en la socialización política de estos individuos. Ninguna de ellas es especialmente religiosa ni tiene vinculaciones con prácticas ortodoxas del Islam.
Si bien el interés no debe centrarse tanto ni en los individuos ni en sus actos particulares sino en los procesos y los contextos –sin estos no se pueden comprender los otros–, considero necesario describir las trayectorias vitales de estos jóvenes, años antes de aquel fatídico 17 de agosto de 2017. En su descripción, muestran algunos denominadores comunes y se constata que el grupo que actúa no se constituye alrededor de un hecho violento, sino que las relaciones existen previamente. Han contraído vínculos de lealtad y fidelidad tanto por ser hermanos, primos y amigos como por haber crecido juntos y porque se sienten identificados con las mismas frustraciones, a pesar de que sus itinerarios personales son muy diferentes.
Parejas de hermanos: los Aalla (Youssef y Said)
«Said Aalla era un niño que llevaba la ropa andrajosa y los zapatos viejos con las suelas desgastadas. Era tímido y sonreía dulcemente», dice el padre de un compañero con quien compartió clase a los siete años. En este momento, Said repite segundo curso de primaria. La familia llega un año antes a la población vecina de Ribes de Freser, a menos de doce kilómetros. A los padres no se les ve nunca y el pequeño Said va y vuelve del colegio solo.
«Era el único de la clase cuyos padres no iban a recogerlo ni a llevarlo. En los días de invierno, cuando las temperaturas de los Pirineos están bajo cero, me hacía sufrir porque no iba convenientemente abrigado», recuerda este padre en un escrito, en el que rememora también otra anécdota: «En una reunión trimestral, la tutora de la clase, la maestra, aunque tenía cosas qué comentar de mi propio hijo, me empezó a hablar de él. Todavía no me explico que una tutora te hable de otro niño de la manera en que lo hizo: “A tu hijo le tenemos que avisar en clase en bastantes ocasiones pero, mira, te tiene a ti, y vosotros sois de aquí. Pero tenemos otro niño, con este sí que tenemos problemas... De este niño, Said, los niños dicen que huele mal. Y, claro está, con todo lo que estos árabes comen en casa, con estas especias tan fuertes que ponen a la comida... Esto pasa al sudor, a la ropa... Y, claro está, si el niño huele mal, huele mal. Yo he de dar la razón a los niños. Huele mal”, me dijo. Yo le pregunté: “¿Qué se hace desde la escuela para cambiar esta dinámica?”. Ella me miró y, tras un largo silencio, continuó hablando del progreso poco adecuado de mi hijo».
«Los días en los que llegaba tarde al pabellón para recoger a mi hijo –añade el propio padre– para ir a un partido de hockey, Said esperaba afuera completamente solo a que alguien viniera a por él. Cuando me veía, sonreía con una alegría contenida. Acabábamos llevándolo en coche siempre los mismos: los responsables del club y dos o tres padres. Parecía que la mayoría de los padres evitaban llevarlo. Esta actitud de los adultos no me gustaba nada. Como la de su tutora. Porque las actitudes y opiniones de los mayores pasan a los niños».7
La descripción de este padre corrobora que Said –que participa en el atentado de Cambrils– es un niño vulnerable, desatendido y víctima de la discriminación tanto por su origen como por su cultura. El autor del escrito considera que el racismo es más promovido por los adultos que por los propios niños, que lo miran como cualquier otro compañero. La reflexión pone al descubierto también el difícil proceso de integración de las familias extranjeras pobres que emigran y, en este sentido, la fragilidad de niños como Said y Youssef, los dos hermanos que han llegado a Ribes de Freser con seis y nueve años, respectivamente.
De los dos hermanos, no obstante, Youssef –que muere en la explosión de Alcanar– es quien tiene el carácter más marcado. Ha aprendido a patinar demasiado tarde y ello le impide tener la misma destreza casi innata de muchos compañeros con quienes juega a hockey, que utilizan los patines apenas comienzan a andar. Incluso así, él corre tanto como puede y, durante los minutos en que sale a la pista, lo da todo pese a los pocos aciertos, recuerda el entrenador del equipo de hockey.
Esta extrema rigidez de carácter que todo el mundo percibe se acentúa cuando la familia se traslada a vivir a Ripoll. De todos los jóvenes que forman parte del grupo, él es el que vive peor el proceso migratorio. Está molesto con la decisión que han tomado sus padres. Se siente a regañadientes con esa realidad que no reconoce como propia. Algunos de los que lo han conocido en aquella etapa concluyen con estas palabras: «Le cuesta mucho Ripoll».
De todos los chicos que participan en los atentados, Youssef es el más reservado y callado, también es el que tiene peor genio. Su propio padre explica abiertamente a las profesoras de la escuela Vedruna que la relación con él nunca ha sido fácil.
Es un joven problemático y conflictivo que siempre busca pelea, expulsado varias veces de la escuela y con problemas para entenderse con el resto de compañeros. Algunos relatan que no pueden tolerar su actitud, siempre tiene la necesidad de hacer alguna tontería, de provocar al compañero para acabar en pelea.
Una maestra de primaria lo define con una única palabra: «Hermético». Su carácter, dice, no transmite ningún sentimiento y no permite siquiera conocer a los de fuera nada de lo que piensa. Es cuadriculado a la hora de tomar decisiones. Sus resultados académicos siempre son flojos. Nunca da un vuelco para mejor. Asimismo, las relaciones entre el padre y el hijo pasan por horas bajas, hasta el punto de que el primero acepta firmar voluntariamente la renuncia de Youssef a la escuela antes de que acabe los estudios. No obtiene el certificado de Educación Secundaria Obligatoria.
Saber Oukabir, un joven sociable y de sonrisa fácil, me enseña una fotografía de dos niños que no levantan un palmo del suelo. Me apunta con el índice a un Youssef risueño y se señala a él mismo con la punta de los dedos. Saber no se esconde ni de los apellidos –primo de Moussa y de Driss Oukabir– ni de la amistad que mantiene con cada uno de los autores de los atentados. Seis meses más tarde, tiene la misma sensación de estupefacción e incredulidad, al acarrear tamaña carga emocional y física. Las secuelas están presentes. Asiste con regularidad a las sesiones con el psicólogo, toma ansiolíticos para dormir por la noche y, en este sentido, la mezcla con el alcohol le ha jugado malas pasadas.
–Cada vez que cierro los ojos, los veo a todos. Uno a uno. Pasa el tiempo y todavía se me aparecen –sentencia.
Ha hecho un trabajo a fondo para comprender qué les pasó y aún hoy confiesa que no lo sabe. La policía también le tiene a él en el punto de mira, es investigado, pero nunca detenido: se descarta cualquier implicación suya con el grupo que atenta. Saber define a Youssef como «un tío que no se bajaba del burro, le iban las peleas y no encontraba nunca el momento de ir a dormir». En el ámbito amoroso, le gustaba una chica que se llama Laura, «la perseguía a todas horas, pero ella no quería saber nada». En realidad, Saber está convencido de que él jamás tuvo novia. Describe la vida de Youssef en este momento como llena de excesos.
Su complicada situación familiar pone de manifiesto otra cara del joven. A la edad de diecisiete años, es testimonio de un maltrato machista. El joven Youssef corre sin aliento a la comisaría de los Mossos d’Esquadra en busca de ayuda y para pedir una ambulancia. Su actitud es celebrada por una de las agentes del cuerpo que, días antes, había estado dando una charla de prevención de la violencia machista en un curso de formación al que él acude.
Entre los años 2012-2015, Youssef intenta revertir su fracaso escolar con cursos de formación dirigidos a jóvenes que, como él, han abandonado los estudios antes de tiempo. Aprende trabajos tan dispares como construir paredes, pintar fachadas, soldar piezas y manipular alimentos. A este último es al que destinó más tiempo. Su hermano mayor Mohamed lo recomienda para trabajar en un restaurante de la cercana población de Ventolà. Allí hace todo tipo de tareas, como él mismo reseña en su currículum: «Preparar bebidas, cortar verduras, limpiar pescado, cortar embutidos y carnes, hacer los cafés, limpiar». Ahí está un año y medio hasta que lo deja. Se siente estafado, asegura, puesto que trabaja más horas de las que marca su contrato. En aquel momento, se queja a los amigos de la poca consideración que algunos empresarios tienen por los trabajadores aunque, en este caso, el trato es igualitario sea cual sea su procedencia.
Lo cierto es que Youssef aspira a encontrar un trabajo mejor; no obstante, su imagen pública no está a la altura de su deseo. Va mal peinado, se viste con ropa gastada y tiene una apariencia descuidada.
–Nunca superó ninguna entrevista profesional ni lo pude derivar a ninguna oferta de trabajo. No tenía ninguna titulación y los programas que se ofrecían eran para aquellos que tuviesen los estudios terminados –dice la técnica de selección de personal de la UIER (Unión Intersectorial Empresarial del Ripollès), que ofrece una bolsa de trabajo a sus asociados. Era una persona extraña a quien no habría ofrecido trabajo, ya que lo veía despistado y apenas le generaba confianza.
Esta imagen contrasta con la de Said –que participó en el atentado de Cambrils–, cuyos apellidos son lo más en común que tienen ambos hermanos. El más joven, apuesto, de mirada alegre a pesar de su timidez, cuida la ropa que viste y se mira delante del espejo comparando sus músculos con un amigo, según se observa en una de las fotografías que guardan los compañeros. De igual manera, Said ha salido de fiesta y bebe alcohol, aunque sin los excesos de su hermano mayor.
Es uno de los pocos a quien le gusta la lectura. A la edad de doce años ha leído toda la colección de un cómic infantil que se llama Los griegos. Se los lee todos y el último no lo devuelve. Al ser reclamado por el servicio de préstamo de la biblioteca, se disculpa avergonzado alegando que no lo recuerda.
La responsabilidad que aprecian en él aquellos que lo conocen puede explicar que Said fuese el único que dejase una especie de testamento manuscrito, que la policía localiza en el registro de su habitación. En estas últimas voluntades, pide perdón a sus padres, especialmente a la madre, y dispone que, con el dinero que obtengan de la venta de sus pertenencias, cubran las deudas: mil euros que le debe a su madre y otros mil a su hermano mayor Mohamed. Lo que sobre, dice, debe entregarse a los más pobres.
Los Abouyaaqoub (Younes y Houssa)
Younes –el individuo que comete el atentado en la Rambla– coge con fuerza la mano de su hermano siempre que salen de casa. Tiene ocho años, pero se siente responsable de Houssa hasta la médula. Es un niño educado, tímido, amable, buen estudiante y tranquilo, que nunca se mete en líos. Un niño que ofrece a los demás bolsas de kikos o cualquier otra chuchería que adquiere con el poco dinero de que dispone.
Los dos hermanos frecuentan el Lokal, un espacio de encuentro de jóvenes pensado para evitar la exclusión social. Como en otras poblaciones, este es el primer espacio de sociabilidad que se encuentran los hijos de inmigrantes en cuanto llegan a Ripoll. Allí se lee, se ven películas y se representan obras de teatro. Por la tarde, se organizan actividades deportivas en la pista. El fútbol siempre triunfa entre el medio centenar de chicos y chicas que pueden llegar a visitar el espacio en el momento de mayor afluencia.
En aquellas tardes de invierno, Younes expresa la nostalgia que siente por haber dejado su país y, al ser preguntado por dónde viviría cuando fuera mayor, tiene claro que, en aquel momento, quiere volver a Marruecos. Los dos hermanos Abouyaaqoub se relacionan y se muestran inseparables de los Hichamy.
–No eran conflictivos y no se metían en problemas en absoluto. Todo lo contrario, les tenía una consideración especial porque se mostraban siempre respetuosos –dice una de las educadoras que los ve crecer. Entre ellos hablan catalán, pero pasan a su lengua materna de manera espontánea.
El combate interno sobre su identidad se evidencia ya en aquel momento, cuando Younes expresa en voz alta que hay quien lo discrimina calificándolo de «moro». La misma reflexión la vuelve a exponer durante los años de instituto a uno de los tutores con quien tiene una cierta confianza.
–¿Por qué nos llaman moros?
–No debes fijarte en esto. No tiene ninguna importancia.
En estos mismos años, Younes manifiesta a un compañero de clase que la península ibérica formó parte del Al-Andalus durante el siglo VII y que, tarde o temprano, los musulmanes recuperarán este territorio. El desconcertado compañero, que es de religión evangelista, se lo cuenta a su padre que, todavía hoy, lo recuerda como una anécdota familiar.
Durante sus años en el ciclo de Mecánica y Electromecánica, el estudiante Younes interpreta con facilidad los manuales de instrucción de la maquinaria y tiene habilidad para pasarse horas delante de una herramienta hasta que consigue fusionarla con otra. Younes no quiere dedicarse a ninguna otra profesión, ha escogido la soldadura porque le gusta y no le importa trabajar durante horas, afirma uno de sus profesores. De hecho, muchos de los que lo conocen lo definen como un joven responsable: un día puede ayudar a los hijos del vecino a aprender a ir en bicicleta y otro, echa una mano al hombre que va en silla de ruedas para subir las escaleras del piso en el que vive. Es el tipo de joven que, ante una trifulca entre compañeros, intenta solucionarlo o desaparece; en ningún caso, se suma a ella.
El adolescente pronto se convierte en un joven de buen ver, con imponente presencia y aire de tímido y callado. Le gusta ir bien peinado, vestir con ropa cara de marca y se entusiasma por la velocidad, tanto con las motos como con los coches. Con los dieciocho años ya cumplidos, sale a escondidas con una chica musulmana más joven de Manlleu. Son encuentros, conocidos por los amigos más íntimos, que se hacen a espaldas de los padres en una cultura que no tolera las relaciones fuera del matrimonio y en la que el noviazgo siempre es corto. Pocos meses después, Younes deja esa relación con el pretexto de que la tradición marca oficializarla y que aún son demasiado jóvenes para comprometerse. Más tarde, tiene otras relaciones más serias que no se acaban de consolidar.
Por lo que se refiere al ámbito profesional, está motivado para encontrar un buen trabajo. Tras cursar ciclo medio, obtiene varios títulos específicos. En ese momento tiene ganas de aprender. Uno de sus primeros contratos de prácticas lo obtiene en una empresa especializada en el mantenimiento de maquinaria, en la que se dedicará a la tornería y a la soldadura.
Las relaciones más estrechas que establece Younes son, en su mayor parte, con otros hijos de inmigrantes de su misma edad. La diferencia de edad de tres años que media entre Younes y Houssa –que participa en el atentado de Cambrils– quizás puede explicar que el pequeño se haya vinculado, sobre todo, a jóvenes que son nietos y bisnietos de Ripoll. El grupo de Houssa está formado por Marc, Alec, Jawad, Gerard, Moha, Pol y Pere. Es un grupo heterogéneo que se ha formado en el instituto, pero que cada vez se ve menos: unos estudian, otros trabajan y a veces coinciden. La amistad de Houssa con algunos de estos compañeros se remonta a la escuela de primaria.
–¿Quieres venir con mis padres y mis tíos de vacaciones? Nos vamos unos días... –le pregunta Marc.
Lo pregunto en casa y vengo –contesta Houssa.
Pasará las vacaciones del año 2013 con la familia de Marc. No es un hecho excepcional. Se han hecho buenos amigos. La familia de Marc organiza una fiesta de cumpleaños a Houssa cada primero de enero. A su vez, Marc ha pasado igualmente mucho tiempo en el domicilio familiar de los Abouyaaqoub: ambos encerrados en la habitación de Houssa, o comiendo los platos que cocina la madre. De aquellos días, Marc recuerda los cuscús, las pitas que aún le queman en los dedos y el té a la menta que beben en abundancia pero, especialmente, las largas conversaciones sobre temas triviales que, con el tiempo, evolucionan en debates internos que los dos jóvenes se plantean, tan pronto como crecen y toman conciencia del mundo en el que viven.
El retrato que me describen los amigos con quienes se ha relacionado es el de un joven apenas influenciable, que distingue entre el bien y el mal sin eufemismos. Su visión de la vida y de la religión es abierta, dicen sus compañeros y, como ejemplo, recuerdan que no pone trabas a casarse con quien quiera, aunque su futura mujer no sea musulmana. Considera que se ha de vivir el momento y aceptar lo que pasa y con quién pasa.
A Houssa tampoco le importa debatir sobre religión. No es de los que va a rezar por tradición, sino que es creyente por convicción y él mismo asegura que sabe lo que significa ser musulmán. Esto lo explica el amigo con el que sigue la información de los atentados del 13 de noviembre de 2015 en el Xº Distrito de París, lugar donde los atacantes tirotean a los seguidores de Eagle of Death Metal que tocan en directo en la sala Bataclan y, más tarde, provocan una explosión cerca del Estadio de Francia. Cuando Houssa ve que lo están haciendo en nombre de Estado Islámico, sentencia indignado y en voz alta:
–Para ir al paraíso, no hay que hacer esto.
En este momento, el comentario es propio de Houssa. Una persona sensata que no improvisa, alguien que no tiene salidas disparatadas, que nunca ha mostrado odio por nadie ni por nada. A la edad de quince años, decide que no sigue al resto de compañeros en el momento en que fuman porros. A él no le interesa consumir ni perder el tiempo con un estímulo que, dice, es efímero y no aporta nada. Si frecuenta un bar de noche, también declina beber alcohol. Esto no quiere decir que no le guste ir de fiesta, que no quede fascinado por un coche de carreras o que no salga con chicas. Como cualquier otro joven, ha tenido novias oriundas de Ripoll, Campdevànol y Sant Joan y ha expresado el anhelo de finalizar los estudios, encontrar un buen trabajo y formar una familia.
Unas imágenes de Houssa buceando bajo el agua en una piscina del 11 de julio de 2016 muestran su principal afición. Lo que realmente le gusta es dedicar su tiempo libre a los deportes, también como monitor de un grupo de escalada de Campdevànol.
«Era la clase de amigo con quien podías hablar de todo, sentirte libre para expresar los sentimientos más íntimos y reír pero también llorar. Uno de esos pocos amigos que nunca te fallaría», dice un compañero mientras vierte una lágrima, aún consternado porque no cree lo que ha sucedido. Hay quien habría perdido todos los dedos de la mano dando la cara por él, agrega.
Los Hichamy (Moha y Omar)
Todos los padres musulmanes del Ripollès ven en Mohamed Hichamy –el individuo que encabeza el atentado en Cambrils– un ejemplo a seguir por sus respectivos hijos. En un ejercicio para alentar a otras madres menos afortunadas, Halima les dice que ojalá sus hijos se apliquen como Moha. Estas palabras no son un acto de prepotencia, sino que expresan un sentimiento de complicidad con otras madres con quienes comparte ilusiones y preocupaciones por sus hijos.
Más allá de la consideración social que se granjea, Mohamed –muchos le acortan el nombre y le llaman «Moha»–, es un chico extrovertido, que se ríe de todo y de todos y puede mostrar cierta arrogancia. Hay algunas anécdotas que emergen de sus años de adolescencia. La primera se produce durante los años que frecuenta el Lokal. Entonces tiene doce años y le pregunta a su educadora si es creyente. Ella le contesta que no cree ni en Dios ni en la religión y la respuesta de Mohamed es fulminante: «Te quemarás como una piedra de hachís en el infierno». Mohamed considera, en su escala de valores, que el ateísmo es el peor de los males y no concibe que nadie se pueda desligar de las creencias. Prefiere a un cristiano, un judío o un evangelista a alguien que se declare agnóstico, dice más tarde.
Las otras anécdotas se remontan a los últimos años de instituto. Recoge los vasos en un local de ocio nocturno, a pesar de que se muestra crítico con los musulmanes que no son suficientemente practicantes. Cuando aprende el oficio de pintor, expresa a su jefe la importancia de orar cinco veces al día, seguir las enseñanzas del Corán al pie de la letra y la convicción de que unas vírgenes esperan al creyente en el Paraíso.
No le gusta excesivamente hincar los codos. Más bien, le molesta tenerse que concentrar ante un libro; sin embargo, encuentra la paciencia suficiente para conseguir el título de ciclo medio. En su currículum se autodefine como alguien que tiene «responsabilidad, espíritu de superación y ganas de aprender», aunque los amigos recuerdan que no le gusta mucho trabajar.
Entre los años 2010 y 2012 se dedica a aprender oficios que compagina con los estudios, a menudo con contratos de prácticas: instalador eléctrico, pintor y mecánico. Todos los empresarios coinciden en considerarlo como una persona diligente. La etapa de formación culmina en el primer trimestre de 2012 en la empresa Comforsa donde lo contratan. Moha se esmera con los estudios porque quiere que su familia esté contenta con su rendimiento.
La relación entre Moha y su hermano menor, Omar –que también participa en el atentado de Cambrils–, es distante, tal vez excesivamente, y raya en la rivalidad. Han tenido fuertes peleas, de tal modo que, alguna que otra vez, una patrulla de la policía ha tenido que poner orden entre ellos. Por otro lado, Moha no cuestiona la difícil relación de sus padres. Sólo se atreve a decirle a su madre que deje el trabajo para estar más tranquila y gestionar mejor la relación con su padre. En estos momentos de crisis familiar, Moha asume los gastos domésticos y da apoyo emocional a su madre. Su actitud general es la de no enfadarse con nadie. Si en algún momento no está de acuerdo con un hecho o una opinión, desaparece pero no utiliza ni la agresividad de las palabras ni la violencia de las manos. Cuesta saber si le ha dolido algún comentario.
Omar es mucho más sentimental e introvertido, puede pasar desapercibido entre los compañeros de clase. Pese a las tiranteces con su hermano mayor, habla de él con un profundo respeto, aunque durante años se miran de reojo y la relación es desigual. El mayor se ríe del pequeño, sin reparar en que esta actitud le intimida. Mohamed tiene una cierta ascendencia que influye decisivamente en Omar y no le permite ser él mismo. Omar nunca se refiere a su hermano como un colega, sino como alguien que le impone, dice un amigo a quien conoce a través de una página de Facebook denominada «Marroquíes por Europa». Una página en la que unas cuarenta personas hablan en árabe y castellano de sus experiencias en el continente.
El menor de los Hichamy no es de los que tiene la sangre caliente, pero quisiera ser militar, al igual que el amigo que ha conocido en esta red social, aunque no se lo confiesa. «Estoy por meterme», dice Omar, sin que el otro piense que se trata de un comentario serio. Además de este interés, tiene ciertas inquietudes culturales y se instruye con la lectura y el visionado de documentales, contrasta opiniones, al tiempo que es un bala perdida en todo lo que hace.
–Antes estaba muy contento con el trabajo, ahora ya no. Me voy a buscar otro mejor con el que gane más. Quizás voy a trabajar como soldador en Bélgica o en Vitoria –dice Omar, pero de ningún modo da el paso. Constantemente dice que emigrará a otro país europeo en busca de nuevas oportunidades. Sus planes de futuro no pasan, en absoluto, por volver a Marruecos.
Al Omar adolescente le interesa más la religión que a su hermano, si bien de manera esporádica. Una anécdota deja entrever su solidaridad. En una ocasión, conoce a un joven de origen marroquí que vive solo y con pocos recursos en la colonia Agafallops. Se fija en él cuando está cuidando algunas gallinas en el huerto. Entonces, Omar se acerca y le promete que le llevará comida marroquí cocinada de casa. Pocos días después, vuelve al lugar con una cazuela.
Moussa Oukabir
El interés que tiene Moussa por la religión, al menos desde que había cumplido los nueve años, parecerá una virtud en una familia que no es excesivamente creyente, si bien la madre siempre se ha sentido religiosa. Lo recuerdan de pequeño como un ser atento y piadoso. Un episodio de la memoria familiar ilustra la vocación religiosa del niño Moussa. Cuando aún no ha cumplido los diez años, coge la mano del padre y lo lleva a la mezquita. Se siente conmovido por el rezo, aunque el padre no es un hombre ascético ni frecuenta el oratorio. La familia no sabe a quién atribuir tal inclinación, que produce respeto.
Esta religiosidad prematura lo distingue del resto de los autores de los atentados. La madre y los hermanos siguen de cerca esta evolución espiritual. No ven en ello ningún inconveniente. Es más una muestra de orgullo que de preocupación. Lo retratan como un joven «bueno, serio, cariñoso, que rezaba y no tenía problemas». Es el tipo de chico que, si en el cambio le dan más dinero de la cuenta, lo devuelve; de la misma manera, si es consciente de que algo está mal, intenta remediarlo.
No es un estudiante excelente, pero es responsable y se gana el respeto de los profesores aun gustándole divertirse con los colegas. Moussa –que participa en el atentado de Cambrils– se siente unido, ante todo, a Said y a Houssa. No ha tenido tiempo para salir de noche.
Una grabación del 13 de septiembre de 2013 ejemplifica las salidas de los jóvenes, a excepción de Moussa que todavía no ha cumplido los catorce años. En estas imágenes, Said se ha vestido con una de las mejores camisas con que cuenta en el armario. Mientras que él está al volante, el resto come bocadillos y bromea con los compañeros que van en otros vehículos. Esta noche están dispuestos a pasárselo «guay», dicen literalmente, y añaden que lo tienen todo, también pinzas de shisha para fumar.
Las salidas a locales de ocio nocturno a Lloret de Mar o a cualquier discoteca de Vic, Manlleu y Torelló son frecuentes entre los años 2012 y 2013. Les gusta dar vueltas con el coche y andar de un sitio para otro para conocer chicas. No son de los que se exceden con el alcohol ni fuman porros. Jamás cruzan la línea de la delincuencia.
–Jóvenes frikies, cagones, tenían miedo, ni eran atrevidos ni tenían agallas –dice Tito, que ha intentado convencerles sin éxito para entrar en el supermercado de la Carretera de Barcelona y robar todas las golosinas que puedan. Ninguno de ellos acepta, aunque tampoco se privan de compartir lo que el amigo se ha llevado a escondidas. Son adolescentes que disciernen claramente entre lo bueno y lo malo y no se quieren meter en líos.
Las tardes de los domingos las pasan cortándose el pelo en la barbería o tomando un té en la cafetería marroquí de la plaza de Sant Antoni de Pàdua de «Malucos», nombre que recibe familiarmente Manlleu por la concentración de población extranjera procedente de Marruecos.
