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"Ruth parece una chica como cualquier otra. Trabaja como periodista, vive sola, tiene una vida social activa y tomó una decisión: escribir sobre lo mal que le fue en el amor como un ejercicio redentor. Desde un presente en blanco, llena sus días con rutinas interrumpidas a cada rato por hechos insólitos, mientras recuerda su malograda historia con Félix, un chico inconstante laboral y emocionalmente, que la adulaba y destrataba por igual. Es que no consigue entender por qué se enganchó tanto hasta destruir la poca estima que le quedaba y para eso necesita revisar su pasado, ir bien atrás. Ahí está la diferencia: en su manera peculiar de hurgar. Ex amantes huidizos, amigas no siempre dispuestas a dar un consejo práctico, soledad y más soledad, fomentaron en ella una autoconsciencia dislocada y meticulosa. Una voz hiperventilada con arritmias leves, experta en diagnósticos equivocados que ponen su percepción de la realidad en aprietos, volviéndola inquisitiva con sus deseos, miedos y dilemas. Ahora sabe que puede ganar una guerra (la que se declaró a sí misma) con tan solo reírse de sus miserias. Melina Dorfman se propone representar formalmente los engranajes de la mente intrincada de la protagonista, con repeticiones y dialécticas que consolidan la lectura de un camino personal oscilante entre un derrotismo eufórico y un optimismo melancólico. Esta es la primera novela de una autora que se coloca en la fila de las que ponen el foco en pensar situaciones cotidianas para llevarlas a un punto hilarante de engañoso aspecto autobiográfico, como Lydia Davis y Claire-Louise Bennett. No se sabe si es de aprendizajes o de verificaciones intuitivas pero lo cierto es que nos fuerza, como lectores, a una constante puja entre el deslumbramiento y el escepticismo" (Dani Umpi).
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Seitenzahl: 118
Veröffentlichungsjahr: 2021
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COLECCIÓN PRIMEROS LIBROS
LOS TRIUNFOS PASAJEROS
MELINA DORFMAN
Dorfman, Melina
Los triunfos pasajeros / Melina Dorfman. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tenemos las Máquinas, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-3633-28-7
1. Narrativa Argentina. I. Título
CDD A863
© Melina Dorfman, 2019, 2021
© Tenemos las Máquinas, 2019, 2021
EDICIÓN
Julieta Mortati
DISEÑO
Julián Villagra
CORRECCIÓN
Martín Vittón
RETRATO DE CUBIERTA
Ana Carucci
instagram.com/lostriunfospasajeros
EDITORIAL TENEMOS LAS MÁQUINAS
Av. Independencia 2765 (1225), Ciudad de Buenos Aires, Argentina.
www.tenemoslasmaquinas.com.ar
Hecho el depósito que establece la Ley 11723. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.
Conversión a formato digital: Libresque
Tendemos a notar aquello que esperamos notar.
Muy lejos de Kensington, MURIEL SPARK
Habían pasado tantos años desde mi última cita que ya me consideraba una fundamentalista de la imposibilidad. Sentía que el fracaso era mi destino. Durante casi una década no recibí demasiadas propuestas. Al principio me victimizaba, infiriendo que siempre había tenido mala suerte en el amor. Cuando ese argumento comenzó a debilitarse por no estar edificado sobre una base racional sólida (¿quién es, en definitiva, desafortunado por siempre y debido a qué factores terrenales?), recordaba a la fuerza ciertas experiencias fallidas con algunos hombres y terminaba asumiendo que me habían dejado una huella traumática, lo cual explicaba el descenso de mi autoestima al nivel de un sótano corriente. Con cada relación, en lugar de meditar sobre las características psicológicas de los otros en combinación con las mías y repartir responsabilidades, reducía los hechos a un enunciado: si con todos me pasaba lo mismo, la culpable de no lograr sostener ninguna historia era yo. Así fue que me convencí de varias cosas, entre ellas, que no era atractiva para nadie y que no podría volver a seducir a un ser humano por el resto de mi vida. Entonces, traté con vehemencia de ajustar la realidad a mis parámetros, de prestar exclusiva atención a los hechos que justificaran el concepto que a esa altura tenía de mí misma. Y debo admitir que hasta hace poco tuve muchísimo éxito en mi lamentable misión.
Cuando Félix me escribió para que fuéramos a tomar algo una noche yo ya estaba enceguecida, incapaz de ver más allá de un sentido literal. Primero me mandó un mail diciendo que le había sorprendido que lo visitara en el negocio donde lo acababan de contratar, tras años de mutua ausencia. Al día siguiente me envió otro para proponer un encuentro y, al rato, uno más aludiendo querer saber a qué me estuve dedicando, cerveza de por medio. Incluso me dejó su número de teléfono. Acepté la salida a pesar de que nunca había tenido en claro los pretextos por los que habíamos dejado de vernos. Pensé en aprovechar la oportunidad para dilucidar esas circunstancias difusas de nuestro pasado.
Quedé en pasar a buscarlo a las diez de la noche por su trabajo. Como habían transcurrido cuatro días desde la confirmación, presentí que no se acordaría y decidí llamarlo. “Sé que estás ocupado ahora, ¿sigue todo en pie? Estoy en camino”, dije. “Sí, por supuesto, te espero”, aseveró en tono claro, enardecido. Llegué al local: persiana cerrada. Creí que estaba adentro, porque siempre quedan algunas tareas pendientes una vez que los clientes se van. Aguardé unos quince minutos sin mejor distracción que ver los autos y colectivos que transitaban por la avenida. De pronto advertí los candados colocados. Miré a ambos lados de la calle y no quedaban rastros de su presencia. No quería molestarlo; habíamos perdido la confianza que teníamos cuando éramos amigos. Le mandé un mensaje de texto para ver por dónde estaba y como no obtuve respuesta lo volví a contactar.
Me atendió con una voz tan distinta que por un segundo me descolocó (¿había marcado mal?). “Félix, ¿sos vos?”, pregunté. “Sí, ¿quién más?”, contestó. Recuerdo que no me había gustado esa exhibición altanera de carácter. “¿Estás cerca del negocio?”, proseguí. “Claro, ¿dónde, si no?”, replicó con mayor prepotencia. Y le corté: me pareció un desconsiderado. ¿Por qué me hablaba de ese modo, si yo estaba allí acudiendo a su ofrecimiento? Marqué de nuevo y descubrí que su modulación había empeorado: no podía hilar más de dos palabras y cada una se deslizaba hacia diferentes escalas, a veces graves y otras agudas. “¿Estás bien?”, se me ocurrió indagar, aun sospechando que no. Me empeñé en hacerle confesar al menos su localización geográfica. “¿Dónde estás?”, repetí con recelo. “No sé, supongo que a la vuelta”, expresó con un dejo de interés en ser ubicado. Guardé mi teléfono en el bolsillo y me dispuse a recorrer la manzana. Lo buscaba en todas direcciones y, a cada paso, elucubraba posibles razones por las que había cambiado de actitud. Cuando hablé para reconfirmar, arriba del taxi, perfilaba lúcido y exaltado. ¿Qué pudo haberle sucedido en los quince minutos que tardó mi arribo para afectar sus sentidos en tal extremo? Esbocé varias hipótesis: quizás le había bajado la presión y se había sentado en un escalón para recuperarse, o fue víctima de un intento de robo y había sido golpeado por unos delincuentes. Y mientras más reflexionaba, aumentaba en mí la curiosidad y ansiaba hallarlo. Era extraño, no concebía que algo malo estuviera aconteciendo. Lo tomaba como un juego: debía develar dónde se había escondido quien solía ser mi amigo y ya no lo era, porque había quedado en salir con él y de ninguna manera se trataba de una cita, como para espantarse tanto.
En plena divagación mental y barrial lo divisé a mis pies. Estaba echado de costado, posición fetal, a la entrada de un edificio. Se había puesto la mochila debajo de la cabeza, comprimiendo su pelo hasta los hombros. Si bien medía un metro setenta, en ese estado de indefensión aparentaba ser más pequeño. Me agaché como hacen los chicos cuando quieren inspeccionar el obrar de las hormigas. ¿Pero de qué me serviría a mí colocarme en el lugar de bióloga? Noté que tenía la camisa fuera del jean y algunas manchas de suciedad en la cara. Y que estaba dormido. Al enderezarme, me invadió una sensación de triste quietud que me era conocida. Justamente porque ocurrió lo que imaginaba. Mi razonamiento pasó de un análisis objetual (“¿Qué habrá ingerido para desvanecerse en ese lapso?”) a conferirme toda carga en el asunto (“Para amenizar mi advenimiento”). Ya no me importaba su salud: sólo mi estado anímico, súper egoísta. Así como estaba acostumbrada al rechazo (porque lo buscaba al asegurarme de que estaba signada a eso), sentirme mal al respecto también era parte de mi cómodo folclore. Y si en ese instante no podía soportarme a mí misma, menos podía ensayar técnicas de reanimación a una víctima de sobredosis. Yo era una simple periodista, no miembro de la Cruz Roja. Nada me ataba, en lo afectivo, a quien me debatía rescatar.
Insegura de mis decisiones, llamé a Simona para pedirle asesoramiento: “¿Recordás a Félix? Bueno, es largo de explicar cómo nos volvimos a ver. Quedé en ir a tomar una cerveza y lo encontré tirado en la puerta de un edificio. No sé cómo actuar”. Sin planearlo, había dado con la consejera que más se adecuaba a mis probables fallos. Al principio se alteró y gritó: “¡¿Por qué te enamorás de ese tipo de gente?!”. Luego, recuperó la calma y me sugirió: “Andá a dormir. Se va a poner bien. No debe ser la primera vez que pasa por una situación así”. Y eso fue lo que hice.
Me topé con Lina y Román, unos amigos con los que iba a bailar cuando recién empezaba mi carrera. Frecuentábamos distintas fiestas electrónicas donde yo conocía un chico por fin de semana, al que terminaba viendo fuera de esos ámbitos, incluso durante meses, pues disfrutaba de cada experiencia sin proyectar. ¡Qué coincidencia! O quizás haya sido un mensaje del Universo, una voz oculta en una alcantarilla, que pujaba por decirme con reverberación: “Ruth, no añores esa época tan próspera, replicala, si se puede…”. Es que había guardado cada uno de esos momentos en el freezer porque no estaba preparada para consumir en lo inmediato los productos del azar.
Lina y Román venían de un minimercado. Llevaban varias botellas (¿de cerveza?) en bolsas de tela. Me hubiera quedado charlando indefinidamente, como en un sueño, pero les anuncié que había quedado en ver una muestra de Xul Solar con Emilia y partí. Ese apuro no valió la pena: tras varios minutos de espera, deduje que me había dejado plantada.
En lugar de entrar al museo me propuse investigar las fuentes del desaire. ¿Acaso no le gustaba la obra del inventor que nació para convencernos de que la realidad puede cambiarse? ¿O tuvo un percance no menos inconfesable? “A veces, cuanto más minucioso es el punto de reunión, mayor es la divergencia entre las personas”, discurrí hasta correr el foco de análisis en mí. El episodio me dio bastante qué pensar… He visitado muchas exposiciones en mi vida pero ahora, a la que no pude ir, fue a la de Xul Solar. Sin dar más vueltas al asunto, me quedó claro: deposito en la presencia de un otro la posibilidad de alcanzar mi Yo luminoso. Es decir que cada vez que emprendo la búsqueda de mi Yo, dependo de los demás.
Por supuesto que fui a tocarle el timbre a Emilia (¡qué impertinente, se había desconectado por completo!). Me cuesta lidiar con la duda. ¿Y si le había pasado algo? De acuerdo con mi premonición, la encontré en cama con mal aspecto: demasiado pálida, con los ojos entrecerrados, bordeados de sombra. Pero no por un virus o una bacteria. Por eso la increpé y, en contra del sentido común, se ofendió. Ni quedándome a su lado, sirviéndole un vaso de agua, logré hacerla recapacitar. ¿La había descuidado, como osó echarme en cara? ¿No fue al revés?
Una vez más caí en la emboscada que tanto me enfurecía. Y la congoja fue tal que me objetivó. Me tiré por un trampolín, desde un malestar difuso hasta la dicha de conciencia plena. Vi mi propio mecanismo cerebral y sus engranajes. Sobre todo la partecita que alimentaba el resto, ese pensamiento tosco, firme, que versaba: “Antes de considerarme desamparada, siento que abandono si me permito embarcar, en soledad, una travesía personal más solar”. Era cuestión de tolerar la culpa automática que me generaba el tomar mis propias decisiones. A la larga, mi cabeza funcionaría bien.
En base a esa clarividencia, me animé a hacer lo que deseaba hacía mucho tiempo, sin haber tenido la valentía de concretarlo.
Otra casualidad… Ese mismo día fui a cubrir la inauguración de un festival literario y me presentaron a una tarotista que prestaba sus servicios en la sala como un detalle organizativo adicional (desentonaba pero al mismo tiempo no). Le comenté que nunca me había sometido a una sesión por temor a las predicciones, a saber con exactitud lo que me iría a ocurrir. Si me senté fue porque me ratificó que su tarea es la de guiar espiritualmente y no vaticinar hechos. Mi interrogante fue sobre mi estado sentimental. De todas las cartas que me salieron, sólo recuerdo una: la figura de un hombre invertido, sujetado de un árbol por medio de una soga atada a su tobillo izquierdo.
—¿Qué significa? —señalé.
—El Colgado. Concentrate en las piernas. Están cruzadas de tal modo que la derecha forma un triángulo. Según Crowley, “representa el descenso de la luz en las tinieblas para redimirlas”.
—Me da miedo.
—No tenés motivo —me tranquilizó. Ahora, observá el pie izquierdo, que pende de la cruz. Tiene una serpiente alrededor, “animal productor de cambios, que crea y destruye por igual”. Cada extremidad está clavada a un disco verde. Mi maestro lo define como “el color de Venus, de la esperanza que hay en el Amor”. Y asegura que “en esta oscuridad inferior de la Muerte comienza a agitarse la serpiente de la nueva vida”*.
—…
—Esta carta salió para insinuarte que necesitás dejar de lado una vieja actitud. Simboliza la pasividad: el estar suspendida, ser testigo inerte de lo que sucede, dominada por las circunstancias.
—No entiendo…
—¿Qué opinás del rostro del hombre colgado? Se lo ve en paz, ¿no? Eso se debe a que nada lo obliga a estar así. Lo hace para obtener un punto de vista diferente sobre las cosas.
—¿Y qué tiene que ver esa carta con mi consulta? —pregunté ya cansada de la abstracción.
—Bueno, vos tenés un problema de mentalidad. Estás convencida de que no vas a conseguir lo que querés y te comportás de acuerdo a eso. A menudo son otros los que ven tu potencial. Incluso hay mucha gente interesada en vos y no te das cuenta. Siempre creés que tenés que estar preparada para actuar. Y no. Podés ir construyendo mientras probás. Es momento de que reconozcas tu parálisis y asimiles que la sola percepción de tu realidad te da la oportunidad de alterarla.
Confieso que no manejo bien la obra de Xul Solar. Mucho tiempo después, supe que había ideado su propio mazo de tarot. Me lo contó Ingrid, cuando comenzó a curar una exhibición colectiva que lo incluía. “¿Te diste cuenta de que pronunciás ‘Xul’ con y griega?”, me indicó. “Es como si dijeras Yo.”
* Aleister Crowley. The Book of Thoth, Samuel Weiser, York Beach, Maine, 1991.
