Los viajes de Eneas - Maria Eleanor Bofill - E-Book

Los viajes de Eneas E-Book

Maria Eleanor Bofill

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Beschreibung

Tras la caída de Troya, Eneas huye de una ciudad reducida a humo y cenizas, obedeciendo el mandato divino: fundar un nuevo imperio lejos de su patria. Comienza así un exilio épico, marcado por la ira de los dioses y las traiciones humanas, que lo llevará desde las costas troyanas hasta las profundidades del inframundo. Un relato heroico que enlaza la grandeza de la civilización griega con el nacimiento de Roma, en una historia inmortal sobre destino, resistencia y esperanza.

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Seitenzahl: 132

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Índice

Viaje de los troyanos hacia el Lacio

Dramatis personae

1. Las últimas horas de Troya

2. Eneas en el mar

3. Diosas en lid

4. Dido y Eneas

5. El final del viaje

La pervivencia del mito

Los viajes de Eneas

© Maria Eleanor Bofill y Marcos Jaén Sánchez por el texto de la novela.

© Juan Carlos Moreno por el texto de la pervivencia del mito.

© 2023, RBA Coleccionables, S.A.U.

Realización: Editec Ediciones

Diseño cubierta: Llorenç Martí

Diseño interior: tactilestudio

Ilustraciones: Javier Rubín Grassa

Fotografías: archivo RBA

Asesoría en mitología clásica: Bàrbara Matas Bellés

Asesoría narrativa y coordinación: Marcos Jaén Sánchez y Sandra Oñate

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OBDO738

ISBN: 978-84-109-8632-9

Composición digital: www.acatia.es

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

¿Qué hado va persiguiéndote entre tantos peligros a ti, hijo de la diosa? ¿Qué violento poder te arroja a estas riberas despiadadas? ¿Eres tú aquel Eneas que dio al dardanio Anquises Afrodita, la transmisora de la vida, allá a la orilla del Simunte de Frigia?

ENEIDA, VIRGILIO, LIBRO I

VIAJE DE LOS TROYANOS HACIA EL LACIO

DRAMATIS PERSONAE

Los troyanos

ENEAS – héroe de la guerra de Troya, el más valeroso después de Héctor, protegido de su madre Afrodita.

ANQUISES – padre de Eneas y primo del rey Príamo, amado por Afrodita, reducido a la cojera por jactarse de sus amores con la diosa.

CREÚSA – hija de Príamo, rey de Troya, primera esposa de Eneas.

ASCANIO – hijo de Eneas y Creúsa, miembro de la estirpe real troyana.

TEUCRO – primer rey de la Tróade, de origen cretense.

DÁRDANO – fundador de la ciudad de Dardania, casado con la hija del rey Teucro, de quien hereda del trono.

Los inmortales

HERA – esposa de Zeus, protectora del matrimonio, opuesta a los troyanos por acoger a Paris y Helena.

AFRODITA – diosa del amor, favorece el estallido de la guerra de Troya al entregar Helena a Paris.

APOLO – dios de la mesura, la música y los oráculos, protector de los troyanos, entre quienes tiene muchos hijos.

Reyes y reinas

ANIO – soberano de Delos e hijo de Apolo, de quien es sacerdote.

ACESTES – anciano rey de Drépano, en Sicilia, de madre troyana.

DIDO – reina de Cartago, exiliada de la ciudad fenicia de Tiro tras el asesinato de su marido por parte de su hermano, amante de Eneas.

LATINO – monarca que domina la región del Lacio que se extiende alrededor de la desembocadura del río Tíber, padre de Lavinia, segunda esposa de Eneas.

1

LAS ÚLTIMAS HORAS DE TROYA

La aurora esparcía sus primeros haces de luz sobre las ondulaciones más elevadas de las montañas. Desde allí, la vista era portentosa, de una belleza y una paz estremecedoras. Las verdes y frondosas cañadas, tocadas por el manto protector de las gotas de rocío, contrastaban con la inmensidad salada del turquesa del mar y el gris volcánico de los promontorios basálticos. La soledad y el silencio eran respetados incluso por los vientos, que no soplaban, y los pájaros, que no se atrevían a silbar.

Pero esa mañana no era como todas las que la habían precedido desde el origen de los tiempos. Un hombre solo, sentado sobre una roca, se retorcía de dolor. Sus ropas, vestigios de un guerrero de rancio abolengo, estaban hechas jirones. Sus manos ennegrecidas le cubrían el rostro y tenía los ojos enrojecidos por el llanto. Sus lágrimas mojaban la hierba igual que la rosada. A pesar de su aspecto abatido y desastrado, del pelo desmadejado, de las arrugas que surcaban su frente, sus miembros eran proporcionados y bellos, como si estuviese tocado por la gracia de los dioses. Ese varón recio, joven y maduro a un tiempo se llamaba Eneas.

Se levantó y, alzando el rostro, dirigió la mirada hacia el horizonte. En la lejanía, hacia el norte, negras columnas de humo se levantaban hacia el cielo desde los escombros crepitantes de una gran ciudad, impregnando el aire, antes límpido, con una pestilencia insoportable. Ardía y perecía Troya sin remisión tras una noche orgiástica de fuego y sangre. Mientras tanto, el mar, inconmovible, pletórico de olas y espumas, dibujaba un contorno de islas que se fundían con el azul infinito. Las sombras de la ciudad pertenecían ya al pasado, el mar restallante era el futuro ignoto, el presente era ese instante fuera del tiempo, entre la tierra quemada y las aguas turbulentas. No sin dificultad, aceptaba Eneas que su camino estaba lejos de los estragos del mundo que oteaba a sus pies, que debía partir en pos del destino que los dioses le tenían reservado.

—El mar… —murmuró, rompiendo el silencio del amanecer. No brotaban ya más lágrimas de sus ojos.

Descendió de lo alto del collado. Abajo, en el claro del bosque donde se alzaba un viejo templo consagrado a Deméter, estaba el campamento donde le aguardaban familiares, fieles y muchos otros troyanos que habían podido escapar de una muerte segura. Su padre,Anquises, y su hijo,Ascanio, se abrazaban agazapados bajo una manta.

Muy lejos quedaba el tiempo en que él había sido un chiquillo, como ahora su pequeño Ascanio, un niño despierto y sensato, alegre y feliz. Luego un joven enviado a Troya con su hermana Hipodamía y su cuñado, el valiente Alcátoo, para ser educado según su noble linaje. Más tarde, un hombre enamorado de Creúsa, hija del justo y bondadoso rey Príamo de Troya y hermana de Héctor, el guerrero troyano más grande, comandante de las fuerzas de la ciudad. El rey era un buen hombre, con el que, sin embargo, nunca había tenido una relación cordial. Por eso habían decidido vivir su amor fuera de los muros de la ciudad, en una casa espaciosa con tierras de cultivo y animales, a distancia de las intrigas y las servidumbres palaciegas. Gracias a ello, sin duda, habían salvado la vida aquella noche funesta... Aunque no todos. Eneas sintió el dolor de un dardo clavado en el pecho al pensar en su mujer, su amada Creúsa. Aquel mundo que ahora recordaba, su mundo, había desaparecido, pero su querido hijo estaba destinado a una causa superior. Ayudarlo a cumplir ese destino, se dijo, sería a partir de ahora la tarea que daría aliento a su existencia.

Apoyando la espalda en una roca, se sentó junto a ellos, exhausto por el cansancio. Apenas entornó los ojos, volvió a ver el fuego en su ciudad, el horror, la muerte. ¿Cómo han podido entregarse los hombres a semejante barbarie? Siempre había temido el sitio al que habían sometido a Troya, que había durado diez años, desde el infausto rapto de Helena por Paris, sin poder apartar jamás de su corazón el convencimiento de que los griegos acabarían conquistándola. ¿Cómo era posible que se hubieran dejado engañar con la estratagema del caballo de madera, a pesar de las advertencias desesperadas de Laocoonte? Sin que los suyos le hicieran ningún caso, este sacerdote de Apolo había dicho unas palabras sabias que Eneas recordaría por siempre:

—Temo a los griegos incluso cuando traen regalos.

Se elevaba el griterío de hombres y el ronco son de las trompetas. Se había descubierto el ardid del enemigo y ya las casas de los grandes jefes troyanos se desplomaban devoradas por el fuego. La ciudad relumbraba en lo alto de su colina, rodeada por la llanura, por los fulgores de las llamas. Al frente de un puñado de soldados, Eneas combatía por las calles arrebatado por el furor y la cólera.

Había acudido corriendo a Troya en cuanto el estruendo de las armas alcanzó su casa, que quedaba retirada, y había hallado las puertas abiertas de par en par. En medio de la urbe seguía plantado en pie el caballo que había vertido hombres armados en el mismo centro de la ciudad. Los griegos eran miles, se diría que toda la multitud que arribara un día de Micenas a las órdenes del rey Agamenón. A la luz de las llamas, fueron uniéndose a Eneas valerosos guerreros ávidos de pelea. Como lobos lanzados a ciegas por la rabia para defender su cubil, se precipitaron al combate en cuanto avistaron a los primeros griegos.

A través de dardos, lanzas, espadas y picas, lucharon calle por calle, casa por casa, intentando detener a un enemigo bien preparado que avanzaba arrasando sin miramientos todo lo que hallaba a su paso. El fuerte olor de la carne quemada invadía el aire y enajenaba su mente. A pesar de sus esfuerzos, aquella antiquísima ciudad, reina y señora durante tantos años, se derrumbaba. Yacían a cada paso cuerpos sin vida tendidos en las calles, las casas, los patios, los umbrales sagrados de los dioses... Todos pagaban con su sangre, defensores y asaltantes, en aquella noche de estrago y pestilencia, de derramamiento de sangre como jamás se había visto, salvaje y demencial, indigno de seres que pretendieran decirse humanos.

Al oír el griterío y ver la polvareda en el palacio de Príamo, Eneas corrió hacia allí seguido por los más fieles. Hallaron las puertas arrancadas de cuajo, y, en el interior, un reguero interminable de cadáveres y sangre. La cabeza cercenada del rey Príamo yacía expuesta sobre unas maderas que oficiaban de siniestro altar funerario. Los troyanos se detuvieron ante aquel horrible despojo, lívidos, incapaces de llevar el aire a sus pechos. Entonces fue cuando Eneas sintió que Troya entera se hundía en las llamas, socavada desde su base. Flojearon sus piernas, la espada le cayó de la mano. De manera inevitable, al ver al rey ultrajado de aquel modo acudió a su mente la imagen de su querido padre, que tenía la misma edad, exhalando la vida por una herida cruel, imaginó a Creúsa abandonada, saqueada su casa, degollado su pequeño Ascanio.

Al volverse a buscar los rostros de los demás, se encontró solo. Todos habían desertado de su lado. Viendo que en el suelo yacían también soldados griegos muertos, le arrebató la armadura a uno de ellos y se vistió. Quizás de esa forma tendría una oportunidad de atravesar las filas enemigas y llegar a casa. No había podido rescatar su ciudad, no había llegado a tiempo de proteger a su rey, pero pondría a salvo a su familia.

Agazapado entre la maleza y protegido por las sombras de la noche, Eneas consiguió alcanzar su hogar, en las afueras. Cruzó el umbral con el corazón encogido, pues vio que la casa estaba silenciosa y desierta, y fue recorriendo sus estancias, sus pasillos, con la espada en la mano, temiendo enfrentarse a la desgracia innombrable, con el peor de los horrores, detrás de cada esquina. Encontró a su esposa llorando en sus aposentos. El pequeño Ascanio, agarrado a las faldas de su madre, no podía evitar contagiarse del llanto materno, afectado por la confusión y el pavor. Creúsa había llamado a los sirvientes a refugiarse con ellos mientras esperaban a Eneas, angustiados al imaginar que quizá no volvería jamás. Se echó en sus brazos, lo besó. El héroe se sabía sucio de sangre y sudor, tiznado, y, después de tanta muerte, aquel cariño devolvía el calor a su cuerpo. Se dirigió a todos los presentes:

—Pronto llegarán los griegos empapados en la sangre de Príamo y de todos quienes se ponen ante su hierro. Huyamos a los montes. Hay allí un antiguo santuario abandonado junto a un vetusto ciprés que se conserva de largo tiempo atrás. Advertid a todas las casas vecinas y a quienes halléis en el camino que se pongan en marcha cuanto antes. Todos nos juntaremos allí, cada cual por su lado.

Anquises, el padre de Eneas, reposaba cansadamente en un asiento debido a su cojera, fruto del rayo lanzado por Zeus en castigo por alardear de haber tenido a la divina Afrodita en sus brazos. Alzándose con dificultad, negó con la cabeza:

—Emprended la huida vosotros, cuyas fuerzas se mantienen pujantes en su vigor primero. En cuanto a mí, si hubieran querido los moradores celestes que siguiera viviendo, me habrían conservado mi ciudad y mi casa. Ningún mal puede ya nadie hacerme.

Ante estas palabras, Creúsa y Ascanio dieron rienda suelta a las lágrimas. Eneas se ciñó la espada una vez más y se ajustó el escudo:

—¿Crees que podría marcharme dejándote abandonado? —dijo—. Si les place a los dioses que nada quede de tan gran ciudad y es firme tu propósito de añadir tu ruina a la de Troya, reanudaré la lucha hasta el aliento final para que no muramos sin venganza.

Creúsa corrió frente a él, llenando con sus gemidos toda la estancia.

—Si vas en busca de la muerte, llévame contigo para que la afrontemos juntos. Pero ¿a quién le dejas a tu amado Ascanio? —dirigió su mirada desencajada hacia Anquises, que se mostraba turbado ante aquellas declaraciones—. ¿Por qué os esforzáis, hombres orgullosos, en labrarle la desgracia a un niño sin culpa?

En aquel momento, ante la vista de todos, una corona flamígera se encendió sobre la cabeza de Ascanio, cuyos ojos habían quedado en blanco y su expresión, sin gesto alguno. Espantado, Eneas corrió junto a él y sacudió la llama con su mano, pero no logró apagarla, sino que aquel fuego de tenues colores anaranjados y azulados se extendió hasta las sienes del niño. Entonces una fuerza invisible levantó a Ascanio del suelo por encima de todas las cabezas. Levitando sin padecer ningún daño, el cuerpo se encendió entero como si estuviera a punto de estallar y desvanecerse en el aire, consumido por las llamas. Anquises tendió las manos a lo alto, clamando:

—¡Zeus omnipotente, que a menudo te dejas mover por los ruegos de los mortales, solo te pido que, si crees que la inocencia de este niño lo merece, me confirmes este presagio!

Apenas el anciano dijo esto, sonó el fragor de un trueno. La llama escapó por los aires, liberando al pequeño, que cayó al suelo y despertó de su trance de modo súbito, sin saber qué había pasado. Mientras Eneas y Creúsa lo abrazaban con fuerza para convencerse de que estaba vivo, el fuego se dirigió hacia una ventana. Allí se agolparon los sirvientes y el renqueante Anquises y vieron que se alejaba volando por los cielos hasta desaparecer en la negritud. En el lugar exacto por donde se había extinguido, una estrella centelleó con intensidad desusada y luego empezó a moverse. Cayó, dejando una estela de luz, hasta perderse en el bosque, señalando con su lumbre el camino que llevaba a los montes, aquellos hacia los cuales Eneas quería llevar a los suyos.

Después de ser testigo de aquella señal, Anquises se tambaleó, incapaz de seguir manteniéndose en pie. Sin decir palabra alguna, Eneas llegó hasta él, lo cogió y cargó con el peso de su abotargado cuerpo. El padre se rindió al abrazo de su hijo.

Salieron de la mansión y se pusieron en camino formando una comitiva caótica y desolada. A cada casa, una nueva familia, un grupo nuevo se añadía al cortejo que huía hacia el exilio. Llegaron a reunirse una centena de troyanos que corrían en la noche, jadeando por la ansiedad y el cansancio. Los hombres cargaban a los niños, los ancianos se retrasaban del brazo de las mujeres.

Aunque poco antes se había enfrentado a las flechas y los venablos de la hueste griega aglomerada frente a él, Eneas se asustaba al atravesar aquellas sombras ante cualquier movimiento de un animal en la hojarasca, le sobresaltaba cualquier sonido repentino, porque le importaba menos su vida que la carga que ahora llevaba. De pronto resonó en sus oídos el ruido de apresurados pasos, de armas, de gritos lastimeros. Adentrando la mirada en las sombras lejanas, Anquises gritó:

—¡Huye, hijo mío! ¡Se acercan!