Lujuria - Emiliano Fitipaldi - E-Book

Lujuria E-Book

Emiliano Fitipaldi

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"Hace tiempo que estudio nuevos documentos confidenciales, escuchas telefónicas de la fiscalía italiana y de las fiscalías extranjeras y los informes de comisiones internacionales. He conocido a sacerdotes y monseñores que me aseguran que, además de los delitos financieros, siguen cometiéndose otros tantos sexuales. [...] Que los abusos de menores no se han erradicado, sino que en los tres primeros años de pontificado de Bergoglio han sido presentadas ante la Congregación para la Doctrina de la Fe 1.200 denuncias de abusos "verosímiles" a niños y niñas de medio mundo. Al parecer, no solamente no se ha castigado a los encubridores, sino que muchos de ellos han sido ascendidos." Así comienza la nueva y explosiva investigación de Emiliano Fittipaldi. De Australia a México, de España a Chile, de Como a Sicilia, cada año hay centenares de denuncias de delitos y comportamientos inaceptables por parte del clero. Entre quienes, con palabras o con hechos, lo han ocultado hay cardenales –como tres de los componentes del más algo grupo de poder en el Santa Sede, George Pell, Óscar Rodríguez Maradiaga y Francisco Errázuriz–, prelados importantes –como Carlo Maria Viganò, Tarcisio Bertone o Timothy Dolan– y muchos obispos, con la ayuda de la guía vaticana y de la CEI, que aún hoy no preven una denuncia obligatoria ante los casos de violencia sexual de sus sacerdotes. Hasta la fecha, nadie había juntado datos, casos concretos, declaraciones doctrinales e investigaciones judiciales para mostrar el desconcertante y turbador sistema de una Iglesia presa aún del pecado de lujuria y presta a tapar cada escándalo, a proteger al "lobby gay" del Vaticano, a evitar el compensar a las víctimas, y a perdonar y ayudar a los verdugos.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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Foca / Investigación / 155

Emiliano Fittipaldi

Lujuria

Pecados, escándalos y traiciones de una iglesia hecha de hombres

Se dice el pecado, mas también el pecador. Porque ciertos pecados capitales de sacerdotes, obispos y cardenales pueden conducir a delitos y guerras de poder. Y a silencios culpables que destruyen la vida de seres inocentes.

He aquí los documentos que desvelan quiénes, en el Vaticano, actúan contra el sexto mandamiento.

«Hace tiempo que estudio nuevos documentos confidenciales, escuchas telefónicas de la fiscalía italiana y de las fiscalías extranjeras, y los informes de comisiones internacionales. He conocido a sacerdotes y monseñores que me aseguran que, además de los delitos financieros, siguen cometiéndose otros tantos sexuales. [...] Que los abusos de menores no se han erradicado, sino que en los tres primeros años de pontificado de Bergoglio han sido presentadas ante la Congregación para la Doctrina de la Fe 1.200 denuncias de abusos “verosímiles” a niños y niñas de medio mundo. Al parecer, no solamente no se ha castigado a los encubridores, sino que muchos de ellos han sido ascendidos.»

Así comienza la nueva y explosiva investigación de Emiliano Fittipaldi. De Australia a México, de España a Chile, de Como a Sicilia, cada año hay centenares de denuncias de delitos y comportamientos inaceptables por parte del clero. Entre quienes, con palabras o con hechos, lo han ocultado hay cardenales –como tres de los componentes del más algo grupo de poder en la Santa Sede, George Pell, Óscar Rodríguez Maradiaga y Francisco Errázuriz–, prelados importantes –como Carlo Maria Viganò, Tarcisio Bertone o Timothy Dolan– y bastantes obispos.

Hasta la fecha, nadie había juntado datos, casos concretos, declaraciones doctrinales e investigaciones judiciales para mostrar el desconcertante y turbador sistema de una Iglesia presa aún del pecado de lujuria y presta a tapar cada escándalo, a proteger al «lobby gay» del Vaticano, a evitar compensar a las víctimas y a perdonar y ayudar a los verdugos

Emiliano Fittipaldi (Nápoles, 1974), periodista, ha trabajado para Corriere della Sera e Il Mattino; en la actualidad desarrolla su labor profesional en L’Espresso. Sus investigaciones han sido merecedoras de los premios Ischia, Gaspare Barbiellini Amidei y Sodalitas. Es autor de los libros Così ci uccidono (2010) y Profondo Italia (2004, con Dario Di Vico). Tras la publicación de Avaricia en 2015, fue acusado por la Santa Sede de haber divulgado secretos de Estado, por lo que se le procesó en el Vaticano; fue absuelto el 7 de julio de 2016 por «defecto de jurisdicción».

 

Diseño de portada

©Ufficio Grafico Feltrinelli

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

Título original

Lussuria. Peccati, scandali e tradimenti di una Chiesa fatta di uomini

© Giangiacomo Feltrinelli Editore, 2017

© Ediciones Akal, S. A., 2017

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

facebook.com/EdicionesAkal

@AkalEditor

ISBN: 978-84-16842-11-7

Prólogo a la edición española

Sobre masculinidad sagrada y pederastia religiosa. Una llamada solidaria del papa Francisco no atendida por jueces y eclesiásticos

El joven profesor «Daniel» escribió una carta al papa Francisco informándole de los abusos sexuales que él y otras personas menores de edad sufrieron desde la infancia por parte de algunos sacerdotes y seglares de la archidiócesis de Granada. Francisco le llamó en dos ocasiones para pedirle perdón, mostrarle su apoyo, comprometerse a investigar el caso y decirle que lo pusiera en conocimiento del arzobispo de Granada, quien, a decir verdad, no mostró la misma diligencia que el papa, ya que tardó en responder a las llamadas del joven agredido sexualmente. «La verdad es la verdad, y no debe esconderse, cueste lo que cueste», dijo Francisco. 

La solidaridad del papa con las personas abusadas sexualmente por eclesiásticos contrasta, por una parte, con el silencio y el encubrimiento de un sector de la jerarquía católica que obstruye la investigación de la justicia y parece ponerse del lado de los pederastas, y, por otro, con sentencias absolutorias de los jueces que dudan del testimonio de las personas objeto de pederastia e incluso llegan a culpabilizarlas. Pareciere que existe una complicidad entre un sector de la judicatura, la jerarquía eclesiástica y las personas pederastas. Quizá los jueces sientan todavía en España un respeto reverencial por los miembros de la clerecía en sus diferentes grados: sacerdotes, obispos… Dejémoslo en un «quizá».

Yo no voy a entrar aquí a juzgar las sentencias, porque no me compete. Sí quiero hacer una reflexión teológica sobre la pederastia, que es mi campo. La raíz de tan abominable, violenta y criminal práctica se encuentra, a mi juicio, en la estructura patriarcal de la Iglesia católica y en la masculinidad hegemónica; más aún, en la masculinidad sagrada. Como afirma la filósofa feminista norteamericana Mary Daly en su libro pionero de teología feminista Beyond God the Father (Boston, 1973, p. 19), «Si Dios es varón, el varón es Dios». La masculinidad de Dios convierte al varón en representante único de Dios en la tierra y en dueño y señor en todos los campos del ser y del quehacer humanos, muy especialmente dentro de la institución eclesiástica: organizativo, doctrinal, moral, religioso-sacramental, sexual, etc. Y no cualquier varón, sino el clérigo –en sus diferentes grados: diácono, sacerdote, obispo, arzobispo, papa–, que es elevado a la categoría de persona sagrada.

La masculinidad sagrada legitima todos los actos del varón, por muy perversos que sean, en cuanto representante y portavoz de Dios: guerras de religiones, violencia patriarcal, violencia religiosa, simbólica, psicológica, intolerancia religiosa, autoritarismo, etc. Con similares comportamientos se convierte a Dios en un ser violento y, en definitiva, en asesino. La masculinidad sagrada se torna condición necesaria para ejercer el poder, todo el poder, en el mundo religioso. Este poder empieza por el control de las almas, sigue con la manipulación de las conciencias y llega hasta la apropiación de los cuerpos en un juego perverso.Se trata de un comportamiento diabólico programado con premeditación y alevosía, practicado con personas indefensas, a quienes se intimida, y ejercido desde una pretendida autoridad sagrada sobre las víctimas a la que se recurre para cometer los delitos impunemente.

El poder sobre las almas es una de las principales funciones de los sacerdotes, si no la principal, como reflejan las expresiones «cura de almas», «pastor de almas», etc., cuyo objetivo, dicen, es conducir a las almas al cielo y garantizar su salvación, conforme a una concepción dualista del ser humano, que considera el alma la verdadera identidad del ser humano e inmortal, y a la que hay que proteger de todo contacto con el cuerpo, que la contamina y la torna impura. Es esta una forma de violencia.

El poder sobre las almas conduce al control de las conciencias. Sólo una conciencia limpia, pura, no contaminada con lo material, garantiza la salvación, se argumenta. Por eso la misión del sacerdote, en la más clásica concepción del ministerio ordenado, es formar a sus feligreses en la recta conciencia, que exige renunciar a la propia y someterse a los dictámenes morales de la Iglesia. Se llega así al grado máximo de alienación y de manipulación de la conciencia. Violentar la conciencia personal, torcer la conciencia individual, obligar a actuar en contra de la conciencia es una de las formas más sutiles y graves de violencia ejercida con frecuencia por los dirigentes e ideólogos religiosos sobre las personas creyentes que siguen crédulamente sus orientaciones morales.

El final de este juego de controles es el poder sobre los cuerpos, que da lugar a los delitos de pederastia cometidos por clérigos y personas que se mueven en el entorno eclesiástico y clerical. Quienes ejercen el poder sobre las almas y sobre las conciencias se creen en el derecho de apropiarse también de los cuerpos y de usar y abusar de ellos. Es, sin duda, la consecuencia más diabólica de la masculinidad sagrada hegemónica. Cuanto mayor es el poder sobre las almas y más tiránico el control de las conciencias, mayor es la tendencia a abusar de los cuerpos de las personas más vulnerables que caen bajo su influencia: personas crédulas, niños, niñas, adolescentes, jóvenes, personas discapacitadas, etcétera.

La violencia pederasta es el mayor escándalo de la Iglesia católica de todo el siglo xx y de principios del siglo xxi, el que más descrédito ha provocado en esta institución bimilenaria. Algunos de los que se presentaban como modelos de entrega a los demás, se entregaron a crímenes contra personas desprotegidas. Algunos de los que eran considerados expertos en educación, utilizaron su supuesta excelencia educativa para abusar de los niños y las niñas que los padres les confiaban para recibir una buen formación. Algunos de los que se presentaban como guías de «almas cándidas» para llevarlas por el buen camino de la salvación, se dedicaban a mancillar sus cuerpos y anular sus mentes.

¿Desconocía el Vaticano tan extendida y perversa situación de la pederastia y tan humillantes prácticas para las víctimas? Yo creo que la conocía perfectamente, ya que hasta él llegaban informes y denuncias que archivaba sistemáticamente hasta olvidarse de ellas. Pero no actuaba en consecuencia con la gravedad del delito. Todo lo contrario. A las víctimas y a los informantes les imponía silencio para salvar el buen nombre de la Iglesia, amenazando con penas severas que podían llegar hasta la excomunión si osaban hablar. Tal modo de proceder creó un clima de permisividad, una atmósfera de oscurantismo y un ambiente de complicidad con los abusadores, a quienes se eximía de culpa, mientras que la culpabilidad se trasladaba a las víctimas, que se veían bloqueadas para ir a los tribunales ante la imagen de autoridad que daban los pederastas. Hacerlo público se consideraba una desobediencia a las orientaciones eclesiásticas y una traición al silencio impuesto por las auto­ridades competentes, que decían representar a Dios en la tierra.

No importaba la pérdida de dignidad de las víctimas, ni los daños y secuelas, muchas veces irreversibles, ni las lesiones graves físicas, psíquicas y mentales con las que tenían que convivir los afectados de por vida. Faltó compasión y sensibilidad hacia sus sufrimientos. No hubo acto de contrición alguno, ni arrepentimiento, ni propósito de la enmienda, ni reparación de los daños causados, ni se produjo acto alguno de rehabilitación, ni se hizo justicia. Tal actitud supuso una nueva y más brutal agresión.

La permisividad del delito, el silencio, la falta de castigo, el encubrimiento, la complicidad y la negativa a colaborar con la justicia convertían la pederastia no sólo en una agresión sexual individual, sino en una práctica legitimada estructural e institucionalmente –al menos de manera indirecta– por la jerarquía eclesiástica en todos sus niveles, en una cadena de ocultamiento que iba desde la más alta autoridad eclesiástica hasta el pederasta, pasando por los eslabones intermedios del poder religioso.

Sucede, además, que la mayoría de las veces los casos de pederastia se produjeron en instituciones y centros de formación masculinos dirigidos por varones. Lo que demuestra que el patriarcado recurre incluso a los abusos sexuales para demostrar su poder omnímodo en la sociedad y en las religiones y, en el caso que nos ocupa, sobre las personas más vulnerables. Un poder legitimado por la religión, que convierte a los varones en «vicarios de Dios» y portavoces de su voluntad. Es la forma más perversa de entender y de practicar la masculinidad, que despersonaliza y cosifica a quienes previamente ha destruido. Masculinidad y violencia, pederastia y patriarcado son binomios que suelen caminar juntos y causan más destrozos humanos que un huracán.

¿Qué hacer ante el cáncer de la pederastia con metástasis, extendido por todo el cuerpo eclesial? Tolerancia cero, denunciar, colaborar con la justicia, llevar a los presuntos culpables ante los tribunales civiles y, muy importante, ¡que los jueces pierdan el miedo reverencial a las personas sagradas y las juzguen conforme a su responsabilidad en los delitos (y el delito de pederastia es sin duda de una gravedad extrema)! No estamos en un Estado confesional, donde las personas investidas de autoridad sagrada merezcan un trato de privilegio, sino en un Estado no confesional donde la justicia es igual para todas y todos.

¿Y en el interior de la Iglesia? Hay que ir a las raíces del fenómeno de la pederastia, a las causas de fondo de tan diabólico comportamiento, que se encuentran en la masculinidad dominante convertida en sagrada, en el poder igualmente sagrado de los varones consagrados a Dios en el poder fálico-sagrado sobre los cuerpos y el sistema patriarcal imperante en la Iglesia católica.

Mientras la masculinidad hegemónica se eleve a la categoría de sagrada y siga siendo la base del ejercicio del poder, mientras el patriarcado sea la ideología sobre la que se sustenta el aparato eclesiástico y la forma organizativa del mismo, volverán a producirse dichos comportamientos criminales contra las personas indefensas Se buscarán métodos más sibilinos, pero las cosas no habrán cambiado.

Por eso, es necesario cambiar la actual estructura mental, organizativa, legislativa, jurídica, penal y religiosa autoritaria de la Iglesia, que es patriarcal, homófoba y de hegemonía masculina, por otra que sea realmente igualitaria, inclusiva y paritaria. ¡Y cambiar la imagen de Dios Padre padrone!

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones. Universidad Carlos III de Madrid

 

Prólogo

Clavado en un asiento de madera de la sala del Tribunal de Justicia del Vaticano, a un tiro de piedra del ático donde vive Tarcisio Bertone, me viene a la cabeza una conversación telefónica con mi madre, una soleada mañana de domingo, hace ya algunos meses. Respondo a la llamada, mientras intento mantener el equilibrio encima de una escalera apoyada contra un olivo sin cosechar.

«Emiliano, soy mamá… Está el papa Francisco en televisión. Dice que eres un ladrón… ¡Qué habrás hecho!»

«Tranquila…, no he robado nada…»

«Pero ¿qué andas haciendo?»

«Estoy recogiendo aceitunas, mamá…»

Bergoglio acababa de decirle a la muchedumbre reunida en la plaza de San Pedro a la hora del Ángelus que «robar estos documentos es un delito. Es un acto deplorable y no ayuda». Gracias a esos documentos acababa de publicar mi libro Avaricia, el motivo por el que estoy sentado ahora aquí, ante el Tribunal de Dios.

Dirijo una mirada a mi abogado y luego al promotor de justicia, quien va a dar comienzo a la requisitoria final. Tiene una voz cálida, de barítono, que me agradó enseguida, desde el primer interrogatorio. Les está recordando al Tribunal y a los periodistas que he divulgado correspondencia secreta y que, por tanto, he cometido un «delito contra la patria». «La patria» es el Vaticano.

«A Fittipaldi se le acusa de complicidad moral por divulgación de documentos…» Complicidad moral, dice.

Escucho el sermón de la acusación con el culo pegado al banco de madera donde estamos sentados los cinco. Los imputados. El banco tiene una protuberancia a la altura de la quinta y la sexta vértebras torácicas, lo que nos obliga a estar muy rígidos y a mirar de frente a los fiscales de la acusación y a los jueces del Tribunal. Para darnos un respiro, está la opción de arrodillarnos con una pierna, apoyando los codos sobre el muslo.

Es principios de julio y, pese a estar bajo la sombra de la cúpula de Miguel Ángel, la temperatura alcanza los 35 grados. La humedad es tropical, como ha sido la tónica de los últimos veranos. «¿Qué hago aquí?», me pregunto, temeroso de que el sudor me empape la camisa blanca y se extienda más allá de la zona de las axilas. «¿Por qué los cardenales, que viven a pocos metros, son intocables?»

Hace tiempo que estudio nuevos documentos confidenciales, escuchas telefónicas de la fiscalía italiana y de las fiscalías extranjeras, y los informes de comisiones internacionales. He conocido a sacerdotes y monseñores que me aseguran que, además de los delitos financieros, siguen cometiéndose otros tantos sexuales. Que los actos contra sextum de sacerdotes que incumplen el sexto mandamiento, «no fornicarás, no cometerás actos impuros», están a la orden del día. Que, si en las Sagradas Escrituras la doctrina contra los homosexuales no ha cambiado, un lobby gay controla contratos y carreras. Que obispos eméritos como el de Mesina por un lado predican y por otro son nombrados herederos universales en el testamento de sus amantes. Que los abusos de menores no se han erradicado, sino que en los tres primeros años de pontificado de Bergoglio han sido presentadas ante la Congregación para la Doctrina de la Fe 1.200 denuncias de abusos «verosímiles» a niños y niñas de medio mundo. Al parecer, no solamente no se ha castigado a los encubridores, sino que muchos de ellos han sido ascendidos. Que el cardenal George Pell, número tres del Vaticano, está siendo investigado por abusar de dos niños que lo denunciaron de adultos. Fotografías y documentos australianos demuestran que, antes de que Francisco lo llamara a Roma, había apoyado y acompañado a un tribunal a un sacerdote pederasta en serie, financiado a depredadores sexuales que han terminado en prisión, y remitido a una niña violada por un prelado una carta donde le decía que, o aceptaba 30.000 euros de indemnización y se callaba, o tendría que vérselas con la defensa «infatigable» de las acusaciones por parte de la Iglesia, aunque Pell sabía que eran ciertas. 30.000 euros. Pese a que el patrimonio financiero e inmobiliario de su vieja diócesis, según he descubierto, vale 1.300 millones de dólares.

Pell es uno de los cardenales del C9, el grupo exclusivo de purpurados que aconsejan al Santo Padre sobre la reforma de la gestión de la Iglesia universal. Además de Pell, Óscar Rodríguez Maradiaga es uno de los hombres más tenidos en cuenta por Bergoglio. Entre 2002 y 2003, acogió en una de sus diócesis al sacerdote fugitivo Enrique Vásquez, un prelado acusado de abusos sexuales por la policía de Costa Rica y perseguido sin éxito por la Interpol durante casi un lustro por medio continente americano. Junto a ellos, el cardenal Francisco Javier Errázuriz lleva años cruzándose de brazos ante las denuncias que le llegan de las víctimas de un maniaco, el padre Fernando Karadima, a quien ha prometido una gran fiesta cuando se jubile.

«Fittipaldi ha contribuido a reforzar el propósito de la revelación de información…», continúa el promotor. Sonrío.

En los últimos meses han sido confirmados y favorecidos monseñores respetuosos con la omertà, que han protegido y ocultado lujuria y delitos. En España. En Lombardía. En Latinoamérica. En Sicilia. Otros, aunque parezca inverosímil, han recibido la gracia del Espíritu Santo: don Mauro Inzoli, poderoso sacerdote de Comunión y Liberación, ha recuperado la sotana pese a haber sido condenado a más de cuatro años por una fiscalía italiana, que le atribuyó un centenar de pecados capitales, «aun cuando la Santa Sede no se haya prodigado en aportarnos documentos». El Vaticano se ha negado a entregar documentación a la magistratura. El motivo: «Estoy bajo secreto pontificio». Como tantos otros miles de bandidos que usan hábito eclesiástico.

Pese a las comisiones ad hoc, las declaraciones severas del pontífice y la nueva normativa, todavía hoy la Santa Iglesia Romana (y la Conferencia Episcopal Italiana) no obliga a los obispos ni a los sacerdotes a denunciar ante las autoridades civiles a sacerdotes criminales y lujuriosos.

Muy próximo al banquillo de roble donde me están juzgando, ha tomado de nuevo residencia monseñor Carlo Maria Viganò, el «moralizador», a quien un informe de Estados Unidos apunta como el mayor responsable del encubrimiento de las prácticas sexuales de un obispo emérito, famoso por su fiera oposición a los homosexuales. De la casa también es Bertone, quien hace años concedió la gracia a un sacerdote pederasta que había abusado de doscientos niños y niñas discapacitados, justificando el «no» a un proceso canónico por «la dificultad de probar tal delito y los problemas que tienen los sordomudos para presentar pruebas y dar testimonio sin agravar los hechos, habida cuenta de las limitaciones inherentes a su deficiencia y a la distancia en el tiempo de los hechos».

Aquí trabaja también el cardenal Domenico Calcagno, confirmado por Francisco como el poderoso presidente de la APSA, pese a haberse demostrado con documentos requisados por la fiscalía de Savona que había permitido a un maniaco sexual moverse en libertad de un centro juvenil parroquial[1] a otro, como un zorro en un corral. En las calles situadas detrás del palacio se ve a menudo a Timothy Dolan, jefe de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos y gran elector de Bergoglio. Entre 2007 y 2015, desembolsó 2,1 millones de dólares a sociedades influyentes con el objetivo de bloquear la aprobación de una propuesta de ley del estado de Nueva York que prevé la abolición de la prescripción de crímenes sexuales. En 2007, Dolan obtuvo del Vaticano permiso para ocultar un fondo fiduciario de más de 57 millones de dólares con la intención de proteger las arcas de su diócesis de entonces contra peticiones de indemnización.

Aquí reciben con todos los honores al cardenal francés Philippe Barbarin, quien admitió no haber dudado de la buena fe de un sacerdote obsesionado con los menores que había jurado no volver «a hacerlo más». Barbarin lo dejó al frente de la parroquia durante siete años, asignándole cargos sin denunciarlo jamás. También está el cardenal Godfried Danneels, amigo íntimo de Francisco, a quien grabaron en el momento en que aconsejaba a un joven víctima de abuso que no propagase su caso a los cuatro vientos y que se consolara «buscando el perdón».

También yo estaré en el Vaticano un rato más. «La presencia e influencia desarrolladas por Fittipaldi no resultan, no obstante, del todo claras ni concluyentes. Por tanto, pedimos su absolución. Por insuficiencia de pruebas.» El promotor se ajusta la hombrera de la toga, hace una pelota con la hoja de las anotaciones y vuelve a sentarse, exhausto. Estamos todos cansados: el aire acondicionado no funciona bien y el relieve del asiento no da tregua.

Los jueces, horas más tarde, me absuelven por «defecto de jurisdicción». La Iglesia se quita el problema de encima sin ni siquiera entrar a valorar las acusaciones: tras nueve meses de polémicas que han dado la vuelta al mundo, dicen que no pueden procesarme. El delito, si es que lo hubiera, debería haberse juzgado en Italia.

Al salir del tribunal de Francisco, el blanco impoluto del ábside de San Pedro casi me ciega. Está claro que va a apretar el calor. «Tendré que comprarme un ventilador», me digo, «para trabajar duro y no asfixiarme.» Todavía no había terminado de escribir Lujuria, mi nuevo libro.

 

 

[1] «Centro juvenil parroquial» es la opción elegida para traducir el término oratorio, una de cuyas acepciones en italiano es la de lugar de encuentro anejo a una parroquia destinado a actividades para niños y jóvenes. [Nota editorial]

Capítulo I

La sombra que amenaza a Francisco

Emma y Katie Foster no se imaginaban el desastre que anunciaban los refrescos de Coca-Cola que les había ofrecido el padre Kevin después de las clases de inglés y de geografía en los jardines de la escuela católica de primaria del Sagrado Corazón, y que conducirían a Emma al suicidio y a Katie a pasar el resto de su vida en una silla de ruedas.

Don Kevin O’Donnell no tardó mucho en fijarse en las dos niñas que iban al colegio de Oakleigh, un suburbio de Melbourne, en Australia. La escuela donde Anthony y Christine Foster habían inscrito a sus hijos se encontraba a pocos metros de distancia de la iglesia donde vivía y oficiaba misa el párroco. El padre Kevin era el director de la institución escolar desde hacía algunos años y se le veía a menudo prodigar sonrisas y caricias a sus pupilos por los pasillos. Pero, tras las gafas, sus ojos se movían veloces para avistar a las presas ocultas en el aula. Algunos años después, Christine recordaría cómo al sacerdote le gustaba sentarse a observar a los niños desde un banco del patio de recreo. Mientras ellos jugaban, él esperaba el momento apropiado. Para comenzar su cacería.

Estamos a mitad de los años ochenta, y el anciano sacerdote es dueño y señor del Sagrado Corazón. Es un hombre respetado por profesores y tutores que le confían sin temor a los menores. Un sacerdote homenajeado por padres y bedeles por su integridad ética y su autoridad moral. Nadie sospecha que ha violado a una docena de niños y que su carrera de monstruo en serie continuaría durante una treintena de años más, gracias al silencio que por temor y vergüenza guardaron las víctimas, y a la omertà de sus superiores, quienes –pese a los testimonios y las quejas que ponían en entredicho la integridad del sacerdote–, prefirieron mirar para otro lado por sistema, consintiendo el traslado de O’Donnell a otras parroquias, para acallar de este modo algún que otro rumor persistente y solitario.

Cuando Kevin vio por primera vez a Emma y Katie trepar por los cubos de madera del parque de la escuela, ya era uno de los pederastas en serie más prolíficos de la historia de Australia. Los Foster conocen bien la escuela católica y al prelado que la dirige, y están convencidos de que sus hijas y el pequeño al que acaban de matricular, Aimee, están en buenas manos. No hay nada de qué preocuparse. Las primeras sospechas llegarán años más tarde, cuando las dos niñas ya han completado la mitad de su formación educativa en la institución.

Es el año 1995. Christine acaba de organizar una fiesta por el decimotercer cumpleaños de Emma. Una mañana, mientras desayuna, sus ojos se posan casi por casualidad en un artículo de un diario local. El titular le corta la respiración: «Padre O’Donnell investigado por la policía del estado de Victoria», reza el título, por haber sido acusado de abusar sexualmente de doce menores. El sacerdote admite los delitos y es arrestado: «He abusado de once niños y de una niña, de entre ocho y catorce años de edad. He cometido abusos desde el año 1946, la última vez en 1977», explica en el interrogatorio. Miente, como lo ha hecho siempre. Hoy sabemos que su cacería no tuvo fin.

Cuando Christine les preguntó a sus hijas si habían sido objeto de la atención del sacerdote, ambas lo negaron. Sin embargo, semanas más tarde, cuando las madres del Sagrado Corazón comienzan a interrogar a sus hijos para saber si habían sido abusados, Emma deja de improviso de comer. El almuerzo del comedor se le queda frío y el fiel de la balanza empieza a inclinarse hacia el otro lado. En junio de 1995 la pequeña termina por primera vez en un hospital, donde le diagnostican anorexia y depresión aguda. En septiembre, la menor reconoce ante su médico de cabecera que alberga pensamientos de suicidio y que ha intentado quitarse la vida mediante la ingesta de antidepresivos, lo cual conduce a su ingreso en la unidad de psiquiatría infantil. Antes de la Navidad de ese año, Emma intentaría suicidarse otras dos veces.

A principios de 1996, tras una tercera sobredosis de antidepresivos, la psiquiatra de Emma le explica a Anthony que su hija tiene todos los síntomas de «alguien que ha sido víctima de abuso sexual». Otro psicólogo se muestra todavía más rotundo: «Estoy seguro de que han abusado de ella», se lee en el primer informe sobre el caso Foster publicado por la Royal Commission (Comisión Real) del Gobierno de Canberra en 2014, así como en la gran investigación nacional establecida por el Ejecutivo australiano con objeto de examinar miles de casos de pederastia por parte del clero católico. «En realidad, su comportamiento sugiere que ha sido violada de forma repetida.»

La madre no quiere creérselo. No acaba de entender cómo es posible que su hija haya podido ser víctima de un maniaco. Casi por casualidad, durante una salida de la familia, descubre la verdad: «¿Sabes mamá que esta Coca-Cola no me emborracha como la que nos dan en la escuela? La de la escuela me mareaba, me dolían los oídos y escuchaba un pitido. Pero esta es buena». Algunos días más tarde, Anthony Foster se pone en contacto con un oficial de policía que está investigando el caso O’Donnell, quien le confirma las sospechas y sume a la familia en un abismo. «Sí, parece ser que Don Kevin daba a sus víctimas bebidas en las que disolvía algún tipo de droga. Era su modus operandi.»

El 27 de marzo de 1996, los señores Foster reciben una nueva llamada de la clínica psiquiátrica para informarles de un nuevo intento de suicidio de su hija. Emma ha intentado quitarse la vida cortándose las venas. Y le ha confesado a la enfermera que le paraba la hemorragia que fue violada por el viejo sacerdote. El informe de la Comisión Real recoge las palabras de la menor, repetidas ante un psicólogo: «Recuerdo que había una puerta con el símbolo de la ducha detrás de la sala parroquial. Me dijo que entrara, me sentó en sus rodillas y me hizo cosas horribles». Unos días más tarde, Katie, la benjamina, dice que también ha sido abusada. En el colegio. «Por el padre Kevin.»

Para la familia se trata del inicio de una pesadilla de la que nunca despertarán: los abusos, la depresión y el alcoholismo comienzan a minar la psique de las adolescentes. Emma, la mayor, muere sola en su habitación en 2008, con veintiséis años, por sobredosis de heroína. Katie, la menor, que había empezado a beber para intentar olvidar los abusos sufridos, es arrollada en mayo de 1999 en estado de embriaguez por un automóvil fuera de control, un accidente que la dejó en silla de ruedas y que le provocó daños cerebrales por los que necesita ser atendida las veinticuatro horas del día.

Sin piedad

Pero el viejo caso Foster aún no ha terminado. Hoy amenaza con golpear el corazón del Vaticano. El fantasma de Emma y las acciones legales de la Comisión Real perturban las noches del cardenal George Pell, mano derecha del papa Francisco y jefe del dicasterio de la Secretaría de Economía. En la jerarquía eclesiástica, Pell es, desde 2013, número tres de la Santa Sede, por detrás del pontífice y del secretario de Estado Pietro Parolin. Un nombramiento a dedo de Francisco, quien lo apodó el «Ranger» australiano, pidiéndole que se trasladara desde Sidney para moralizar a la corrupta curia romana y llevar a cabo la reforma de las estructuras económicas del Vaticano.

Nadie le contó a Francisco las duras críticas que Pell había recibido en su país, ni que se había convertido en el blanco de investigadores sobre casos de pederastia. En 1995, el actual cardenal era auxiliar del arzobispo de Melbourne, Thomas Little, a quien sustituiría en su cargo al año siguiente. Pell ha gestionado en los últimos veinte años el escándalo de los pederastas australianos. Y es el hombre que creó un protocolo de indemnización para las víctimas, la «Melbourne Response», la cual, según la investigadora Judy Courtin, «en realidad fue un sistema ideado para controlar a las víctimas, encubrir centenares de abusos y proteger a la Iglesia. Un formulario destinado a minimizar los delitos, ocultar la verdad, manipular, intimidar y explotar a las víctimas».

A juzgar por los millares de páginas de la Comisión Real, las pruebas inéditas aportadas por la acusación y la defensa, la correspondencia secreta de la diócesis y los interrogatorios a sacerdotes y familias, parece que los detractores del cardenal tengan razón y que el papa Francisco haya elegido como su principal hombre de confianza al sacerdote equivocado.

La gestión de la tragedia de los Foster es emblemática. Volvamos a 1997, cuando los padres de Emma y Katie deciden buscar justicia y resarcimiento a través de la «Melbourne Response» (el padre O’Donnell falleció poco después de salir de la cárcel, tras cumplir quince meses en prisión, sin que la policía lograra imputarlo por los delitos cometidos contra las hermanas de Oakleigh).

El 18 de febrero de 1997, el señor y la señora Foster están sentados junto a la pequeña Emma en el sofá de su salón burgués. Hay té con pastas sobre la mesa. Esperan una visita importante. El arzobispo, tras un tira y afloja, ha aceptado verlos. Para organizar la cita fueron necesarias dos negociaciones preliminares: al principio, el «Ranger» se mostró muy reticente a celebrar un cara a cara. «Un encuentro con la familia Foster significaría que tendría que ver a todas las familias. Mi tiempo es muy limitado. ¿Por qué su caso es diferente a los demás?», pregunta a sus abogados en una carta inédita del 18 de noviembre de 1996, donde expresaba su temor a que se creara un precedente ante el resto de familias destruidas por los delitos de decenas de sacerdotes que la policía estaba investigando en todo el Estado.

La Comisión Real recoge el testimonio del encuentro, «uno de los más difíciles de mi vida», afirma Pell. «La señora Foster recordó que el marido», según escriben los jueces de Canberra en el informe preliminar, «dijo al arzobispo Pell que consideraban el “protocolo Melbourne” una tentativa para ahorrar dinero a la Iglesia católica a costa de las víctimas. La señora Foster consigna estas palabras del arzobispo: “Si no te gusta cómo lo estamos haciendo, llévanos a juicio”». Según los jueces, además de los Foster, Pell aceptó en los días siguientes ver a otras víctimas de O’Donnell. Pero «estos encuentros no ayudaron ni a los Foster ni al resto de familias, puesto que se quedaron con la sensación de que la Iglesia no se había tomado en serio sus preocupaciones, pese a estar fundadas». Durante el encuentro con Pell, la señora Foster recuerda haberle hecho una pregunta en relación a algunos conocidos pederastas que aún servían en las parroquias de Mel­bourne, a lo que el arzobispo respondió: «Son chismes hasta que no se aporten pruebas al tribunal. Yo no presto atención a los chismes».

No por nada Anthony Foster declaró ante la Comisión Real que, en el momento de relatar los horrores de su tragedia a Pell, este mostró una «falta sociopática de empatía, un rasgo que ha caracterizado las reacciones y la actitud de la jerarquía de la Iglesia». Mientras daba estas respuestas a quienes lo estaban interrogando a finales de 2012, el padre de Emma y Katie no podía imaginarse que, unos meses más tarde, Pell se convertiría en uno de los hombres más poderosos del Vaticano. Quién sabe si, de haberlo sabido, habría podido contener las lágrimas. «Nos preguntamos algo tan sencillo y ético como por qué los restos del padre O’Donnell, conservados en la cripta de la iglesia del cementerio de Melbourne, todavía son homenajeados. Por qué hay una lápida en su memoria en nuestra parroquia. Por qué es tan difícil para la Iglesia expulsar del sacerdocio a quien ha abusado de menores durante más de treinta años, delitos de los que él mismo se ha declarado culpable.»

Pell ha sido interrogado cuatro veces por la Comisión Real. La última vez en Roma, por videoconferencia, en marzo de 2016. «Admito haber utilizado la palabra “chismes” y estoy convencido de que toda denuncia de abuso tiene que ser estudiada con sumo cuidado», explicó en 2013. «No está bien que se pida a los sacerdotes tomar partido cuando se menciona el nombre de alguien en un encuentro público. ¿Los Foster? No tenía ningún motivo para dudar de que O’Donnell había abusado de Emma. La intención de mi encuentro con ellos fue la de escucharlos y hacer lo que estuviera en mi mano para ayudarles. No lo he logrado y lo lamento.»

No parece, en realidad, que el cardenal haya querido ayudar a los Foster. Cuando, en marzo de 1997, la familia decide recurrir a la «Melbourne Response», creada por él, Pell pone en marcha una oposición férrea que pronto se convertiría en una guerra total con armas psicológicas y legales. El 26 de agosto de 1998 remite una carta a la principal víctima, la pequeña Emma –cuyo tratamiento es muy costoso–, donde le hace una oferta formal de indemnización formulada por el abogado de confianza de la diócesis, Richard Leder. Le ofrece, como compensación a todos los abusos sufridos, 50.000 dólares australianos, unos 30.000 euros. «La indemnización es la oferta del arzobispo con la esperanza de que pueda contribuir a su recuperación y como alternativa realista a un contencioso legal en el que nos defenderemos infatigablemente.» Los Foster leen la carta una y otra vez, con un nudo en el estómago e incapaces de contener su rabia: 30.000 euros por cerrar definitivamente el asunto, y la amenaza, en caso de rechazar la oferta, de que la Iglesia se defendería «infatigablemente» de cualquier otra solicitud de indemnización más en consonancia con la magnitud de los daños. La misiva sintetiza perfectamente la filosofía de Pell ante los actos impuros de los sacerdotes, puesto que parece centrarse en la mera reducción del daño. No el sufrido por las víctimas y sus familias, sino el de la Iglesia, que ha de ser preservada. A toda costa. Su imagen, por supuesto, y sus arcas. «Desde un punto de vista legal, no creo que una compañía de transporte o sus dirigentes puedan ser considerados responsables en el caso de que uno de sus conductores suba a una niña al camión para luego abusar de ella», declaró ante la Comisión Real en agosto de 2014, comparando a los sacerdotes pederastas con camioneros y la Santa Iglesia Romana con una empresa de transportes que debe considerarse, frente a los horrores de sus sacerdotes, «jurídicamente no perseguible». Una frase que todavía hoy asombra a Nicky Davis, responsable de una de las organizaciones de víctimas: «Pell ha demostrado que no tiene ni idea de lo que es un comportamiento apropiado o inapropiado, no sabe qué es apropiado decir a las víctimas. Se ha visto que lo único que le preocupa es protegerse a sí mismo y justificar comportamientos imperdonables».

Carta firmada por Pell que acompaña a la oferta de indemnización para la familia Foster. (véase traducción [1])

La carta del abogado del cardenal Pell a los Foster: se propone una indemnización de 30.000 euros para la hija que había sido objeto de abusos. (véase traducción [2])