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Llum, una chica de 17 años, acaba de mudarse con su madre a un pueblo norteño. La casa donde van a vivir le parece desvencijada y sin encanto. Pero la sorpresa llega cuando madre e hija descubren en ella una extraña bañera pentagonal llena de símbolos esotéricos. Un día Llum decide probarla y, sin saber cómo, aparece en otro lugar, inhóspito y nevado. Un chico se acerca hacia ella. ¿Quién será...? Una trepidante historia sobre la eterna lucha del bien y el mal. Una historia de amor más allá del espacio y del tiempo.
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Seitenzahl: 222
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Belén Conde Durán
Luz y tinieblas
Capítulo primero
Capítulo segundo
Capítulo tercero
Capítulo cuarto
Capítulo quinto
Capítulo sexto
Capítulo séptimo
Capítulo octavo
Capítulo noveno
Capítulo décimo
Capítulo undécimo
Capítulo duodécimo
Capítulo decimotercero
Capítulo decimocuarto
Capítulo decimoquinto
Epílogo
Créditos
A mis padres,a los que, desde que tengo memoria, siempre recuerdo leyendo.
Y a Desi, quien leyó esto primero.
ME resulta difícil empezar a escribir esta historia. La pantalla en blanco del ordenador me angustia y no sé cómo poner en orden mis pensamientos para tratar de explicároslos lo mejor posible, porque esto es sin duda lo más extraño que me ha ocurrido jamás. Todavía no me lo creo, y por desgracia ahora mismo no tengo a nadie al lado para que me pellizque y compruebe si lo que estoy experimentando es un sueño o la realidad. Pero no, estoy absolutamente segura de que no es un sueño: las magulladuras me lo confirman.
Tal vez lo mejor sea comenzar por el principio.
Me llamo Llum y tengo diecisiete años. Mi pelo es largo, liso y de color castaño claro. Soy de complexión y estatura normal, ni alta ni baja, con la nariz un poco grande y unos ojos grises que, según la gente, son muy bonitos, y…
Vale, vale, me saltaré todo este rollo. El caso es que hace poco menos de una semana que me mudé a esta enorme casa en Altos del Ciprés, un pueblo del norte, con mi madre y nuestro perro. Mi padre se ha quedado con mi hermana pequeña en nuestro antiguo piso de Madrid. Se han separado…
Mi madre siempre está de un lado a otro por su trabajo –imparte cursos de autoayuda–, por eso les han dado la custodia compartida de mi hermana, o algo así. Como a mí me quedan pocos meses para cumplir los dieciocho, pude elegir. Decidí quedarme con mi madre porque estamos bastante unidas, pero no esperaba que terminaríamos en esta casa perdida a las afueras de un pueblo pequeño y boscoso. Como mi madre quería cambiar de aires y había heredado la casa, acabamos aquí.
La casa perteneció a una tía mía que murió hace un par de años, y que por lo visto era bastante rara. No salía mucho, hablaba aún menos y, por lo que hemos podido saber, estaba más que interesada en los fenómenos paranormales. Creo que por eso la casa me dio mala espina. Para mi madre eran temas fascinantes, pero a mí me daban un miedo increíble. De todas formas no era lo mismo hablar de estas cosas en un apartamento en plena ciudad que en una casa enorme y misteriosa en medio del bosque. Por lo tanto, entre mi esencia urbanita y que estaba acostumbrada a vivir en un piso –no como mi madre, que pasó su infancia en un palacete, como ella dice–, me sentí a disgusto desde que llegué. A eso se le podía añadir que no conocía a nadie, que no sabía bien qué hacer con mi vida y que me vine sin la mitad de mi familia, que seguía en Madrid.
Mi madre decía que habíamos venido expresamente en verano para que yo me habituase a Altos del Ciprés y luego pudiera ir al instituto con normalidad. Y que no me preocupase, porque seguro que en cuanto me diera un par de vueltas por el pueblo, encontraría a gente de mi edad y haría amigos. Pero después de ver el «centro» del pueblo a mi llegada, desolado y desierto, empecé a albergar serias dudas al respecto.
Mi intención inicial era buscar un trabajo estival para rellenar las largas y aburridas horas de la tarde –que en este tétrico bosque parecía más bien noche cerrada– y conseguir algún dinero para viajar un poco en cuanto me fuera posible. Soy de esas personas que necesitan hacer al menos un viaje anual para escapar de la rutina y tener algo en lo que pensar o a lo que aferrarse durante el resto del año. En mi familia, aunque somos pocos, nos agobia convivir durante demasiado tiempo, por eso creo que mi madre se buscó el trabajo de dar charlas (así tenía una excusa para salir de casa). Yo soy parecida a ella, porque no soporto estancarme ni hacer lo mismo una y otra vez. Por eso, cuando mi madre me informó de que nos íbamos de la ciudad, me alegré de cambiar de aires, aunque dejara a mi hermana y a mi padre atrás. Además, si nos íbamos a otro lugar tendría la cabeza ocupada en la mudanza y el cambio, y pensaría menos en la separación de mis padres. Por desgracia, en cuanto supe que ese otro lugar era un pueblo perdido y muerto, la alegría se desvaneció. Y encima, ¿dónde encontraría un trabajo estival en un sitio como ese?
Lo primero que hice al llegar al caserón –aparte de frotarme con fuerza los brazos para darme calor, porque aunque era julio, el lugar estaba helado– fue examinarlo con expresión de disgusto. A mi lado, mi madre sonreía tan feliz. ¿Cómo podía estar tan contenta de venirse a vivir a semejante sitio? Yo ya imaginaba que sería una casa grande como a ella le gustaban, pero aquellas paredes de color grisáceo eran demasiado para mí. No sé muy bien si la luz les daba ese tono o el paso de los años les había quitado todo el lustre…, o simplemente la casa estaba pintada de ese color. Esto, por supuesto, no mejoraba en absoluto las malas vibraciones que me había provocado el lugar desde mi llegada, y solo añadía más pesimismo a la escena.
La casa tenía dos plantas, como la mayoría por aquellos parajes. Presentaba un gastado tejado en forma de uve invertida, tres desvencijadas ventanas de madera en la parte superior que parecían no haber sido abiertas en siglos –ni siquiera en vida de mi tía– y un ventanuco en la parte inferior, a la derecha –presumiblemente el de la cocina–. La puerta principal, de un feo color verde botella, estaba desportillada y el porche no presentaba mejor aspecto. El pomo tenía un tono dorado y la cerradura era antigua, de esas que se abren con una llave de hierro, como las de los castillos.
Mientras observaba a mi madre sacar la llave que segundos antes había imaginado –podría haber servido de colgante hortera–, me dije que no merecía la pena darme el paseo para inspeccionar la parte de atrás. Total, ya no podía ser más deprimente.
–¿A que es genial? –tuvo la osadía de preguntarme la mujer que me trajo al mundo.
–Estarás de broma –respondí frunciendo el ceño.
–Pero es grande –insistió ella dispuesta a animarme como fuera.
–El caso es buscarle cualidades –dije entre dientes y con mirada airada.
La vi acercarse hasta la puerta con su entallada falda negra y sus tacones. (¿Cómo puede alguien usar tacones en pleno campo?). Dejó las maletas a mi lado, como dando a entender que me tocaba a mí acarrearlas hasta adentro.
Como era de esperar, le costó un poco abrir. Tras unos cuantos forcejeos –y un buen rodillazo, que la vi– se hizo la luz, y ese olor tan característico mezcla de humedad, ambiente cerrado y polvo nos inundó a ambas.
Arrugué la nariz y cogí las maletas. Si tenía que enfrentarme a aquello, que fuera cuanto antes. Mi madre encendió la luz y yo me adentré en la estancia principal, que era una enorme sala con chimenea, una inesperada lámpara de araña, una mesa grande de madera resistente –o no presentaría tan buen estado después del tiempo que llevaba la casa cerrada– con seis sillas alrededor, dos sofás de cuero rojizo y algo carcomidos, un mueble grande lleno de polvo y que ahora aparecía completamente vacío, y una televisión. A la derecha había dos caminos a elegir. Uno enfrente ocupado por unas escaleras blancas y anchas que conducían al piso superior. El otro era un pasillo que tal vez desembocaba en la cocina o en el baño: ya lo averiguaría más tarde.
Volví a echar un vistazo al conjunto.
–Pues qué bien –susurré con poco interés.
Subí las maletas a la parte de arriba y dejé la de mi madre en el pasillo. Empecé a pasearme por la planta, que era más estrecha de lo que había imaginado. Abrí una de sus muchas puertas y descubrí una habitación de tamaño mediano con una cama colocada en el lado izquierdo, una ventana en la parte frontal, un escritorio y un armario. Todos los muebles, de madera oscura, estaban cubiertos por varias capas de polvo. Las paredes eran de cal y presentaban manchas de humedad. Desagradable, sí.
Fui a echarle un vistazo al armario, pero me dio pereza descubrir lo que escondía. En vez de eso, abrí la ventana de par en par. Y creo que me quedé con esa habitación porque las vistas me convencieron. Por encima de la espesura del bosque se distinguía parte del pueblo. Y sobre todo, podía ver el sol, que ahora aparecía grande y moribundo sobre el horizonte: la estampa típica del atardecer.
«Me quedo aquí», me dije.
Sorprendida de que hubiese cobertura, le envié un mensaje a mi hermana Axia –abreviatura de «Galaxia»; lo de mi madre con los nombres psicodélicos lo explicaré otro día– diciéndole que la casa no me gustaba, pero que acababa de encontrar una habitación más o menos decente. Mientras estaba limpiando el armario para meter mi ropa dentro, Axia me respondió confesando que nos echaba mucho de menos, sobre todo a Telas.
Me sentí ofendida, pero en el fondo supe que lo decía en broma: no podía ser verdad que echara más de menos al perro que a nosotras, ¿o sí?
Telas es nuestro perro, un golden retriever precioso de color dorado que mi padre me regaló hace tres años. Lo compró de cachorrillo, y se llama así porque mi padre, que a veces tiene ideas de bombero, lo escondió en el armario hasta que llegó el momento de darme la sorpresa. Para cuando fue a sacarlo se había enredado con los manteles que mi madre tenía allí guardados, y no respiraba. En aquel momento de pánico, solo se me ocurrió tomarlo en brazos y echarme a llorar, deseando con todas mis fuerzas que reviviera. Al cabo de un momento, comencé a notar su respiración bajo mis manos y su pequeño abdomen hinchándose y desinflándose. Desde ese día, a mí me apodaron la Resucitadora y a él lo bautizaron como Telas. Esto de los nombres originales es una tradición en mi familia.
Por supuesto, Telas había venido con nosotras porque en este lugar tenía más espacio para correr y jugar. En aquel momento estaría merodeando por los alrededores del bosque.
Escuché el taconeo de mi madre en la habitación de al lado, y supe que ella también estaba haciendo progresos. Después de un rato de idas y venidas, se detuvo. En ese momento yo me había tumbado en la cama, portátil en mano, con la intención de escribir un poco.
–¡Llum! –gritó.
Me incorporé y fui a ver lo que quería. La encontré al final del pasillo. Había abierto una de las puertas y observaba perpleja lo que tenía ante ella.
–Ven a ver esto –me urgió.
Me asomé y me quedé alucinada: ante nosotras había un enorme cuarto de baño de azulejos azul celeste. Tenía una luminosidad que contrastaba con la oscuridad del resto de la casa. Era como si aquel lugar tuviera entidad propia, a pesar de que presentaba los muebles típicos de un baño: un lavabo de color blanco –sorprendentemente blanco– con un espejo oval encima, un váter y una ducha de pie. Pero no se trataba de que todo estuviera tan ordenado y limpio, ni de que fuera un cuarto de desmesuradas proporciones. Lo que llamaba la atención era la gigantesca bañera que había justo en el centro, en forma de pentágono.
Mi madre y yo nos acercamos atónitas a contemplarla. Tenía el mismo color que los azulejos, un escalón y una enorme depresión en el centro, como si de un agujero negro se tratase. Los bordes de la bañera (aunque no era exactamente una bañera, ni una piscina, ni siquiera un jacuzzi) eran de color dorado, ribeteados con dibujos de pentágonos y estrellas. No supe por qué, pero aquello provocó una extraña sensación en mi interior, como si tuviera la certeza de que los dibujos no eran accidentales. La «bañera» estaba vacía y muy limpia, igual que el resto de la estancia.
Noté que mi madre me estaba mirando.
–¿Qué narices es esto? –quise saber.
–No tengo ni idea –admitió–. Pero es un baño alucinante.
Ella siempre hablaba así. Si no fuera por las incipientes arrugas de la frente y por la ropa que llevaba, podría pasar por mi hermana. Y no solo por el parecido físico, sino también por la forma de comportarse y expresarse.
–Desde fuera no parece que sea tan grande –observé volviendo a la escena–. Me refiero a que cuando he subido por primera vez las escaleras me ha dado la impresión de que esta planta era mucho más pequeña que la de abajo.
–Será un efecto óptico –sugirió mi madre encogiéndose de hombros.
–La tía era muy muy extraña –sentencié.
Salimos de allí bastante impresionadas. Pensé en darme un baño, pero cuando mi madre me informó de que en la planta inferior había otro servicio –y con ducha–, preferí utilizar este, tal vez porque, acostumbrada a las estrecheces de un piso, me sentía más cómoda en espacios reducidos.
Después de ducharme salí fuera para buscar a Telas. Lo llamé un par de veces, pero no acudió enseguida. Cuando lo hizo, llevaba una rama en la boca.
–¿Ya has encontrado juguetes? –le dije acariciándole la cabeza.
Por toda respuesta dio unas cuantas vueltas a mi alrededor y luego siguió husmeando, sin soltar la rama. Pronto volvió a perderse entre los árboles. Sonreí y di una vuelta por el perímetro de la casa. Como esperaba, era tan deprimente por detrás como por delante, así que no había mucho más que ver. Estaba claro que la gran sorpresa ya nos la habíamos llevado con aquella superbañera de lujo.
Había una luna grande y pálida esa noche. Pensé en pasear por el bosque, pero ya había oscurecido, así que descarté la idea hasta el día siguiente. En algún momento tendría que sacar toda mi megacolección de cine asiático –soy una obsesa– y mi torre de libros. Aún no había línea telefónica, ni por tanto internet, y la tele era algo que nunca me había interesado demasiado.
Sin saber qué hacer, y con la desazón propia del primer día de una nueva vida, me senté en el escalón del porche.
–Ojalá tuviera una bici –expresé en voz alta, sin saber muy bien por qué.
En ese momento, Telas comenzó a ladrar. Me levanté para ver qué pasaba.
Con la luz de la luna como única guía, sopesé hacia dónde debía dirigirme. Mi perro no dejaba de ladrar y me estaba poniendo nerviosa, así que opté por dirigirme hacia donde se le escuchaba.
–¿Qué pasa, por qué ladra? –gritó mi madre desde la ventana.
–No lo sé. Se habrá encontrado con algún animal –aventuré.
–Ten cuidado –me advirtió.
Suspiré y me interné un poco más. Aunque no soy miedosa, no me gusta andar a tientas en la oscuridad, sobre todo en lugares que no conozco. Estaréis conmigo en que no es lo mismo despertarte de madrugada en tu casa y andar a tientas hasta la cocina para beber agua que hacerlo en mitad de un bosque, arriesgándote a caerte o a que una rama te alcance de lleno en la cara.
Por suerte, los ladridos de Telas me orientaron y enseguida lo localicé. Estaba dando vueltas alrededor de una cosa grande y metálica que brillaba a la luz de la luna, dándome a entender que quería que lo viese. Al principio tuve miedo de acercarme, porque no sabía lo que era. Pero cuando lo hice me quedé sin habla.
Se trataba de una bicicleta.
No me lo podía creer.
Había una bicicleta tirada en el suelo. La poca claridad que se filtraba entre las copas de los árboles se proyectaba en las barras metálicas. Advertí que no se trataba de una bici vieja, abandonada tiempo atrás, sino que de hecho se hallaba en muy buenas condiciones.
A pesar de la penumbra, me agaché para comprobar las ruedas. Tuve que apartar el hocico nervioso de Telas varias veces, porque me hacía sombra. Palpé las ruedas y me pareció que estaban perfectas.
–Imposible –dije en voz alta.
Levanté la bici, y con Telas pisándome los talones, salimos del bosque y llegamos de nuevo al punto de partida. Me acerqué hasta la puerta de la casa y le di al interruptor de la luz que había descubierto un rato antes en el porche.
Volví a observar la bicicleta con más detenimiento, sorprendida con aquel hallazgo. El color de la chapa estaba intacto –era de un bonito azul celeste, curiosamente mi color favorito–, y las ruedas no parecían haber sido usadas y estaban limpias, más allá de la tierra adherida al transportarla desde el bosque. Tanto los frenos como los radios y el sillín se encontraban también en buen estado.
Mi madre salió de casa y se quedó mirando la bici con asombro.
–¿Y esto de dónde ha salido? –quiso saber.
–Lo mismo me pregunto yo.
A continuación le conté brevemente la historia, y ella se quedó pensativa.
–Tal vez algún niño se la haya dejado olvidada –sugirió.
Negué con la cabeza.
–No hay ninguna casa por los alrededores. Me fijé cuando veníamos en el coche –aseguré.
–Pues entonces no tengo ni idea –admitió ella–. En fin, supongo que hasta que no encontremos al dueño puedes quedártela, ¿qué dices? Me parece que una bicicleta es una cosa guay en un lugar como este. Además, tú querías una, ¿no?
Era cierto. En los últimos tiempos había pensado en ahorrar para comprarme una bici, aunque lo había pospuesto, por la falta de espacio en nuestro piso.
Pero ahora ya no tenía ese problema.
Dejé la bici en el porche.
–Axia estaría celosa –bromeó mi madre palmeándome en la espalda antes de entrar de nuevo en la casa.
Esa noche estuve dándole vueltas al tema de la bici, y luego me fui a la cama, aún perpleja. Para relajarme decidí planificar qué haría al día siguiente, pero enseguida acudieron a mi mente los recuerdos de la vida con mis padres y mi hermana, y con mis dos mejores amigas, Marta y Patricia; mis clases de kárate, las tardes de invierno patinando después de estudiar, mi expectación ante la peli cuyo estreno no quería perderme… Empecé a pensar que todo aquello se había terminado, al menos de momento.
Suspiré. Tal y como decía mi madre, Altos del Ciprés tampoco era el fin del mundo. La había acompañado hasta allí por elección propia, así que no podía quejarme. Sentía que no era buena idea que se quedara sola, y además me llevaba mejor con ella que con mi padre. Mamá me dejaba más a mi aire, ya que también necesitaba su espacio. Y en aquella casa otra cosa no, pero espacio… ¡íbamos a tener!
Me animé pensando que encontraría cosas que hacer en el pueblo al día siguiente. Ahora que tenía la bici podría llegar antes al centro y visitaría los principales lugares de interés, si es que había alguno.
Volví a pensar en la bicicleta y en cómo había llegado a mis manos. Parecía caída del cielo. Y encima era nueva, lo cual hacía el asunto todavía más misterioso.
Agité la cabeza con decisión. Debía dejar de darle vueltas a todo aquello o no pegaría ojo en toda la noche.
Al final me quedé dormida y tuve un sueño muy extraño. Soñé que estaba perdida en la oscuridad, aterida de frío. Avanzaba pesadamente por un lugar indeterminado y de repente me caí de bruces en un río. Estuve a punto de ahogarme, pero logré llegar a la orilla. Desde allí descubrí que no se trataba de ningún río, sino de la extraña bañera del piso de arriba. Unos enormes tiburones aparecieron en la superficie. Abrían sus enormes bocas para devorarme. Yo me asfixiaba de terror mientras trataba de escapar de ellos.
Me desperté sobresaltada, con sensación de ahogo y de frío. Había dejado la ventana abierta, y al ver el edredón en el suelo caí en la cuenta de por qué estaba helada.
ESA mañana, después de un escueto desayuno –la cocina aún estaba en malas condiciones–, me fui a dar una vuelta por el pueblo con la bici, a la que antes de montarme volví a echar otro vistazo a la luz del sol.
Tenía la convicción de que cuando saliera al porche ya no estaría allí, que había sido fruto de mi imaginación –sensación que experimentaba desde mi llagada a este lugar–, pero la bici continuaba en el mismo sitio de la noche anterior. Lo más misterioso de todo es que no tenía ninguna marca, ni pegatina, ni señal alguna que me diese una pista sobre su procedencia.
Me enfadé conmigo misma por darle tantas vueltas al asunto. Al fin y al cabo tampoco era para tanto. Había sido una casualidad encontrarla y ya está. Aunque, como solía decir mi padre, «las casualidades no existen»…
Sentí el fresco aliento de la mañana en el rostro mientras recorría los últimos metros que me separaban de Altos del Ciprés. Llegué al centro, me bajé de la bici y eché a andar con lentitud, apoyándome en el manillar. En la calle principal divisé unas cuantas tiendas de comestibles, pasé frente al edificio de correos, la biblioteca municipal y el museo local, cuya fachada blanca contrastaba con los amplios ventanales de madera rojiza y el techo negro como el carbón. No vi a demasiada gente y mucho menos de mi edad. Únicamente me encontré con vecinos que iban a hacer la compra, con algunos ancianos hablando entre ellos en la puerta de un bar, y poco más. Si había adolescentes, desde luego aquella no era su hora de salida.
Suspiré y di media vuelta. «Bueno, al menos hay una biblioteca», me dije. Podría sacar libros o películas cuando no tuviera nada que hacer.
De vuelta en casa, pasé la mayor parte de la mañana jugando con Telas. Yo le lanzaba una ramita y él iba a recogerla. Luego estuve un rato tirándole su pelota roja de goma hasta que me cansé.
A media tarde ayudé a mi madre a terminar de limpiar y a colocar enseres y muebles que habían llegado en las cajas del camión de la mudanza. Entre ellos apareció un horrible perchero que yo siempre había detestado. Los extremos parecían tentáculos de pulpo, y además era de un color amarillo muy feo. En casa nunca lo usábamos y se había pasado gran parte de mi vida consciente en el recibidor de la entrada, como un mero adorno sin uso.
–¿Por qué has traído esto? –le espeté a mi madre al tiempo que se lo ponía delante de sus narices.
–Es un recuerdo de familia. Es mío y no de papá, así que pensé que debía traerlo.
–No me gusta –confesé.
–Solo es un perchero –terció mi madre para zanjar la cuestión–. Ve y búscale el sitio que más te apetezca.
De modo que lo primero que se me ocurrió fue abrir una de las habitaciones de la primera planta hasta entonces inexploradas, y dejarlo allí abandonado. Contemplé el desangelado aspecto que presentaba aquel oscuro cuarto, tan polvoriento como el resto de la casa, con el nuevo y solitario adorno en el centro.
En realidad no era lo único que había en el cuarto: aunque las cortinas estaban corridas, podía distinguirse una cama y un escritorio de tamaño mediano que había arrinconado al fondo, contra la pared. Solo por curiosidad me acerqué hasta él.
No tenía nada de particular. No era más que otro mueble a juego con el resto de la decoración de la casa. Pero tenía cajones, y en los cajones siempre pueden encontrarse cosas.
No pensaba hallar nada interesante, porque ya había revisado los muebles del piso inferior y estaban vacíos. Las pertenencias de mi tía habían sido repartidas entre mi escasa familia o donadas cuando ella falleció. Por algún motivo que todavía desconocía, y la verdad es que tampoco me importaba demasiado, la casa había ido a parar a manos de mi madre. Así que se suponía que lo que quedara dentro de ella era también suyo.
Había tres cajones y me dispuse a abrir el primero de ellos. Costó algo de trabajo, pero cedió. Estaba vacío. Qué interesante.
El segundo también ofreció un poco de resistencia, pero eso fue lo único relevante: en su interior no había más que una pila de folios en blanco. Por un momento me pregunté si mi tía también había sido aficionada a escribir, pero eso ya no tendría forma de saberlo.
El tercer cajón pude abrirlo con facilidad. Contenía varias carpetas de color azulado. Al revisar su contenido, descubrí un montón de hojas escritas a mano, amarillentas, como si llevaran tiempo guardadas.
Solo me molesté en mirar un par de folios, porque la letra era apenas legible. Entendí algunas palabras garabateadas, como «estelar», «década» o «solar». Sabía que mi tía tenía intereses poco comunes, así que no le di importancia. Seguramente eran apuntes personales.
Guardé de nuevo las carpetas dentro del cajón y salí de la habitación.
Encontré a mi madre en la cocina frente a dos tazas de chocolate. Es muy típico de ella moverse por impulsos y dejar lo que está haciendo para dedicarse a lo que se le ha ocurrido de repente. En este caso, un humeante chocolate a la taza.
Me senté a la mesa, a su lado. Tomé la taza entre las manos, y a pesar de que no era un día particularmente fresco, disfruté de su calor.
–¿Qué tal ha ido esta mañana la exploración del pueblo? –me preguntó.
–Aburrimiento absoluto –confesé–. Este sitio no podría estar más muerto.
–Sé que no es muy animado –concedió mi madre–, pero es tranquilo y muy hermoso. Y este aire tan puro es una maravilla. Lo habrás notado.
Me encogí de hombros.
–Eres muy negativa –se exasperó.
–No lo soy, mamá –me apresuré a contestar–. Ya sé que antes o después reharé mi vida. Esto no es el fin del mundo.
No quería causar más problemas, porque el asunto de la separación ya había sido bastante traumático para todos. Mi hermana se había pasado noches enteras llorando, mientras que yo permanecía en lo que he bautizado como un estado de «shock
