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Cuando el deseo da paso al amor, ¿dónde quedan las responsabilidades? Guisher es el príncipe de Divarli, provincia del país de Karalin. Al cumplir los dieciocho años, su padre le comunica que ya es oficialmente un adulto y que deberá hacerse cargo de los asuntos diplomáticos de la corona. Dichos asuntos están basados sobre todo en relaciones interpersonales, por lo que tendrá que comenzar a dar clases de educación sexual, una materia hasta ese momento desconocida para él. A cargo de ese apartado estarán sus dos escoltas y amigos, Ulduz y Kanad, quienes lo han acompañado desde pequeño y ahora le enseñarán lo que debe aprender en ese departamento. El primero, desvergonzado y atrevido; el segundo, reservado y distante. Guisher consigue lidiar con ello hasta que se da cuenta de que siempre ha sentido algo por Kanad. Entonces comenzará a plantearse hasta qué punto está conforme con el futuro que debe enfrentar: contraer matrimonio con la heredera de Phalanaid, la princesa Kralica.
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Seitenzahl: 593
Veröffentlichungsjahr: 2025
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El heredero de Divarli
El heredero
de Divarli
Belén Conde Durán
Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.
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© de la fotografía de la autora: Archivo de la autora
© Belén Conde Durán 2025
© Entre Libros Editorial LxL 2025
www.entrelibroseditorial.es
04240, Almería, (España)
Primera edición: octubre 2025
Composición: Entre Libros Editorial
Ilustraciones: Lemoncielart
ISBN: 979-13-87621-38-4
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Agradecimientos
Biografía de la autora
Para Avi,
porque sin ti, esta historia jamás habría sido una novela.
—Su padre lo recibirá ahora, alteza —le anunció el criado con una reverencia.
—Gracias. —El chico inclinó la cabeza en un gesto de cortesía y comenzó a andar a través del corredor.
Las reuniones con su padre no eran habituales, pero el príncipe se hacía una vaga idea del motivo por el que querría verle. Ya era tiempo de comenzar a compaginar su educación académica y deportiva con la burocracia y el futuro de la provincia.
Como heredero de Divarli —uno de los diez extensos territorios del país de Karalin—, Guisher había sido instruido desde niño por su padre, el rey Padash, en todo tipo de disciplinas, con objeto de que aprendiera a defenderse. Las provincias de Karalin estaban en constante disputa desde hacía milenios para acaparar el control total del país. Padash, juicioso pero inflexible, había mantenido a Divarli en calma durante sus veintitrés años de reinado, aunque sabía que no podría contener la codicia de otros reyes eternamente.
Guisher era consciente de que su papel en asuntos políticos iría cobrando peso a medida que creciera, y su mayoría de edad era sin duda la excusa ideal para oficializar su participación en las cuestiones del reino.
La puerta del despacho del rey estaba flanqueada por dos soldados que se hicieron a un lado con una reverencia. Guisher hizo girar el pomo y entró en la enorme estancia a media luz, iluminada por un par de pequeñas lámparas que colgaban de las paredes de caoba. Su padre estaba detrás del escritorio, enfrascado en una serie de papeles y con la pluma en mano, tan ocupado como siempre. Padash alzó la cabeza, y su hijo reaccionó cerrando la puerta tras de sí. Avanzó unos pasos y sintió lo suaves que eran las suelas de sus zapatos sobre aquella majestuosa alfombra con ribetes dorados que adornaba el suelo.
—Me has llamado —lo saludó con el educado protocolo que le habían enseñado a mostrar desde la cuna. Lo odiaba en secreto con todas sus fuerzas, porque sofocaba su espontaneidad.
—Así es, hijo. —El rey esbozó una sonrisa de comprensión que lo pilló desprevenido—. Ven, siéntate aquí, a mi lado. Tengo algunas cosas importantes que decirte.
Al escuchar aquello, Guisher se puso un poco tenso, aunque por fuera conservó su habitual aplomo. Tomó asiento y sus suposiciones serían ciertas. Por norma general, el rey era bastante preciso cuando utilizaba adjetivos, así que «importante» no sería una exageración.
Padash se lo quedó mirando y reprimió el impulso de revolverle el cabello, como había hecho tantas veces cuando era pequeño. Había sido un niño de mejillas regordetas, enormes ojos azules, nariz respingona y una gran y preciosa sonrisa que regalaba a todo el que se cruzase en su camino, siempre corriendo de aquí para allá, adicto a cualquier juego o deporte que alguien tuviera la osadía de presentarle.
En extremo competitivo, aunque sin perder la deportividad, no descansaba hasta que dominaba lo que fuese que estuviera aprendiendo. Eso lo había convertido en uno de los mejores tiradores de esgrima del reino y en un excelente corredor de motos de competición. Dominaba tantas disciplinas que poca gente se atrevía a retarlo, incluyendo los príncipes de otros reinos. Y, sin embargo, en vez de vanagloriarse de sus hazañas, una vez conquistadas se olvidaba y pasaba al siguiente reto. Así era Guisher Konstelas Galaji, futuro rey de Divarli.
Suspiró. El tema que iba a tratar con su hijo no era fácil de abordar por la intromisión que suponía de su intimidad. Con gusto lo habría evitado para siempre, pero no tenía más remedio que afrontarlo.
—Guisher, voy a ser sincero contigo, por incómodo que esto sea para ambos. —Él lo miró, extrañado—. Acabas de cumplir dieciocho años y, como sabes, ahora eres oficialmente un adulto. El año que viene te casarás con la princesa Kralica de Phalanaid...
El príncipe apretó los labios al recordar su compromiso. Phalanaid era uno de los reinos más poderosos de Karalin, un pequeño país ubicado en la parte más septentrional del planeta, y su alianza con Divarli mediante el matrimonio de Guisher con Kralica era de capital importancia para unir fuerzas en contra de la triprovincia, que comprendía las coronas de Terxus, Laydan y Duskio. No sabía gran cosa sobre ella, aparte de que era un año mayor que él y bastante inteligente. Decían que era guapa y que tenía sentido del humor, aunque eso no terminaba de convencerlo. Se habían intercambiado algunas cartas, y parecía que, en efecto, era una joven divertida, pero Guisher no veía cómo podía enamorarse de alguien a quien ni siquiera conocía.
—Durante todos estos años se te ha repetido hasta la saciedad lo importante que era que te mantuvieras casto para ella, igual que ella se mantiene para ti —prosiguió, y Guisher desvió la mirada, molesto—. Pero ha llegado el momento de revelarte el auténtico motivo de mi insistencia sobre la abstinencia sexual. Puede que sea violento para ti escucharlo, pero es parte de las obligaciones que tendrás como adulto, así que deberás prepararte para ellas.
El rey carraspeó y miró hacia la ventana, como buscando las palabras. Para ese momento, las mejillas de Guisher habían enrojecido: cuando le habían dicho que su padre quería verlo, jamás habría imaginado que fueran a mantener una conversación sobre sexo, pero allí estaban.
—Según entiendo, nunca has recibido estimulo sexual de ningún tipo, ni personal ni por parte de terceros.
Guisher parpadeó, incómodo, sin embargo la mirada de su padre le instaba a responder, y contra eso no podría luchar. Inspiró hondo y trató de mentalizarse de que aquella era una charla protocolaria, con independencia del tema a tratar.
—No, nunca —confirmó—. ¿Cómo podría, si no me está permitido dormir solo? Siempre tengo a Ulduz o a Kanad conmigo, que se quedan hasta muy tarde jugando a la consola o viendo películas, y luego duermen en mi cama. Apenas tengo tiempo para mí. —Frunció el ceño en un intento de ocultar su fastidio.
Guisher había crecido rodeado de doncellas y escoltas que lo protegían con su vida, algunos de ellos muertos en cumplimiento de su deber. El personal real constituía su única compañía, pero él los trataba como cercanos, pues, por su carácter, no habría podido sobrellevarlo de otra forma. Entendía sus obligaciones y había jurado que se las tomaría en serio cuando llegase el momento en que su padre las delegase sobre sus hombros. Pero, hasta entonces, lo único que quería era vivir como un joven normal y corriente, entregado a sus estudios y a sus aficiones. Y aunque se le permitían algunas salidas con su grupo de escoltas, de vez en cuando fantaseaba con la idea de conocer el mundo por su cuenta, encontrar el trabajo más inverosímil y, por quéno, dejarse llevar.
—Lo sé —admitió el rey—. Pero, en fin... Estás rodeado de doncellas, y siendo tus mejores amigos tus escoltas, era de suponer que antes o después oyeras o aprendieras algo de alguno de ellos. Ya sabes a lo que me refiero.
Guisher apretó los dientes e hizo de tripas corazón.
—No, padre. Nadie me ha enseñado nada. Todos hemos seguido tus órdenes al pie de la letra; deberías estar contento. —Sus palabras sonaron formales y reposadas, pero el rey estuvo seguro de que incluían un reproche velado.
—No disfruto con esto, hijo. Me gustaría exponerte mi mensaje de la manera más breve y clara posible: en el momento en el que te cases, heredarás formalmente las responsabilidades diplomáticas que hasta ahora han recaído sobre mí.
—Me has enviado a varios lugares en misión diplomática con anterioridad —le recordó Guisher, con tacto.
Su padre asintió.
—Las responsabilidades de las que te estoy hablando ahora incluyen demandas sexuales.
El príncipe ladeó la cabeza, perplejo.
—Me parece que no termino de entender... —murmuró.
El rey se inclinó en su asiento e intentó ordenar sus palabras:
—Guisher, a la vista está que eres un chico fuerte y atractivo. Mucha gente de la realeza ha puesto ya sus ojos en ti. Mantener el reino a salvo de invasiones no solo es posible gracias a nuestro sólido ejército, sino a unas relaciones diplomáticas tan frecuentes como inexcusables. Dicho de otra manera: te ofrecerán proposiciones sexuales, y tendrás que cumplir con ellas si no quieres solucionar los problemas por la vía bélica.
El muchacho abrió la boca, y luego volvió a cerrarla.
—Q... quieres decir... ¿que tendré que acostarme con princesas de otros reinos para que no nos ataquen? —farfulló, incrédulo. Su padre suspiró y agitó la cabeza.
—No solo con princesas, sino también con príncipes, reyes o reinas —matizó, ante la escandalizada mirada de su hijo—. Por eso es tan importante tu educación sexual. Necesitas prepararte para ser un amante complaciente que mantenga satisfechas las demandas de sus rivales para mantener la paz del reino.
Guisher estaba conmocionado. En toda su vida no había tenido una sola pareja; ni siquiera había podido conocer a una chica a la que besar o, para el caso, a un chico. La verdad era que tampoco tenía preferencias sexuales, porque no había tenido la oportunidad de estimular sus sentidos. Y ahora, de repente, su padre le decía que...
—Tu entrenamiento empezará a partir de mañana —el rey interrumpió sus cavilaciones—. Como con cualquier otra materia, comenzarás con las prácticas básicas, que irán en progresión hasta alcanzar las avanzadas. En principio con hombres, porque eres uno y te será más fácil. Lo lógico es aprender primero cómo funciona tu propio cuerpo —pronunció todo aquello deprisa, para asegurarse de que su hijo no realizaría ninguna objeción al respecto—. Como con todo lo que haces, estoy convencido de que no solo no me decepcionarás, sino que alcanzarás la maestría que te caracteriza.
—Pero ¿quiénes serán mis maestros? —se atrevió a preguntar con un nudo en la garganta.
—Ulduz y Kanad, por supuesto —respondió el rey, como si fuera obvio. Guisher lo miró con ojos desorbitados—. Ambos aceptaron sus puestos sabiendo desde el principio que tendrían que hacer cuanto se les pidiera, incluido instruirte en este departamento. No te preocupes por eso, porque saben lo que tienen que hacer. Ahora vete; es tarde y deben estar esperándote para cenar —lo urgió al tiempo que le ponía una mano en el hombro.
Guisher abandonó el despacho de su padre caminando como si flotara en una nube, incapaz de racionalizar la conversación que habían mantenido.
Poco después, mientras le daba vueltas a un trozo de atún de la ensalada, llegó a la conclusión de que aquello no podía ser real. Lo había soñado, y de un momento a otro se despertaría y tendría a Kanad a su lado, haciéndole cosquillas y retándolo, como de costumbre, a una partida en la consola, o tal vez a una carrera de motos por el circuito privado de Divarli.
Pero, por desgracia, no era un sueño. La cena terminó y Guisher se retiró a su cuarto, donde se tumbó a leer una novela hasta que llamaron a su puerta y entraron sin llamar. Sin alzar la cabeza supo que se trataba de Kanad, el escolta rubio y de ojos verdes e inquietos. Su mejor amigo desde la temprana infancia y también guardaespaldas, quien le había salvado la vida en una ocasión exponiendo su cuerpo para que el disparo efectuado desde una azotea no impactase contra su pecho. Aunque regularmente actuaba como su escolta personal, Kanad era también un excelente francotirador, a pesar de su aspecto juvenil, su eterna sonrisa y su rostro lleno de encantadoras pecas que él odiaba, pero que Guisher no consideraba que fueran un problema.
—Tío, te has quitado de en medio nada más acabar la cena —protestó al tiempo que se tumbaba a su lado—. No me digas que sigues enfadado porque ayer te gané al squash. Para una vez que lo hago, ya podías bajar los humos —añadió, y le revolvió el pelo.
Guisher, que normalmente se habría tirado encima de él para tener una pelea amistosa, se retiró de su lado de forma instintiva. Trató de disimular tras haber hecho el gesto, pero fue demasiado tarde; Kanad lo miró con los ojos entrecerrados.
—Pero ¿se puede saber qué te pasa? ¡Estás rarísimo! —le reprochó entre risas. Luego, como acordándose de algo, alzó la cabeza y miró hacia la puerta: —Ulduz estará al llegar. A ver qué tripa se le ha roto hoy a Lura, y nos reímos un rato.
Guisher suspiró. Lura era la hermana pequeña de Ulduz, una chica de ideas extravagantes que estaba a su cargo y que no sabía cómo manejar. Era impulsiva, y rara vez se detenía hasta que no conseguía sus propósitos. A pesar de eso, solo recordaba haber visto a Ulduz perder los estribos una vez. Cuando Lura tenía once años se subió al tejado de un edificio de diez metros para coger una flor, y a punto estuvo de partirse la crisma si el escolta no hubiera trepado cual gato para cogerla en volandas y darle una buena tunda por su atrevimiento. Su llanto resonó por los pasillos del palacio y llegó a oídos del rey, que lo amonestó por pegarle a su hermana.
Ulduz se disculpó, nervioso, y argumentó que no solo había puesto en peligro su vida, sino que además había interrumpido su trabajo. Al dejar sin supervisión al príncipe durante su entrenamiento hípico, se exponía a que tuviera algún accidente, y todo para atender los caprichos de Lura. Por suerte, el rey se apiadó de ambos.
Aceptó la sugerencia de jugar a las damas mientras aparecía Ulduz, y así estuvieron alrededor de media hora. Guisher no dejaba de darle vueltas a la conversación que había tenido con su padre, y le dirigía miradas furtivas a su mejor amigo, como si fuera la primera vez que lo veía. Cuando llamaron a la puerta, el príncipe dio permiso para pasar. Ulduz entró en el cuarto y saludó a los dos muchachos con su acostumbrada formalidad.
Guisher se quedó mirándolo: Ulduz era cuatroaños mayor queél, alto y corpulento, de cabello castaño y ojos grisáceos enmarcados por unas gafas rectangulares. Su sonrisa era encantadora, aunque la utilizaba poco, cosa que el príncipe le agradecía, porque sabía que, cuando sonreía, era porque algo le había hecho gracia de verdad. Su voz era profunda y sus maneras, educadas. Era un excelente espadachín, y de él había aprendido todo cuanto sabía sobre esas armas.
A pesar de su juventud, gracias a su eficacia se había convertido en la cabeza del grupo de escoltas, y sus ocupaciones eran múltiples, aunque la protección del heredero seguía siendo la más importante de todas. Sus reflejos eran tan agudos como los de Kanad, aunque contaba conmásprudencia y reflexiónqueél. A menudo era quien resolvía disputas entre ambos, actuando como si se tratara de un hermano mayor. Sin embargo, no era un aguafiestas: era el primero en aceptar una jarra de cerveza durante las celebraciones reales y en cantar a pleno pulmón si era necesario. Simplemente estaba donde había que estar y actuaba de acuerdo con la ocasión. Guisher lo había visto contar chistes mientras asaban hamburguesas en una barbacoa, pero también lo había visto matar de un tiro a personas, sin pestañear.
—¿Estáis bien? —Era su saludo recurrente. Kanad asintió con una sonrisa, en tanto que Guisher se quedó estudiando sus ojos. O mucho se equivocaba, o...—. Tengo entendido que nuestro rey, tu padre, ya te ha puesto al corriente sobre algunas de las obligaciones que implican tu mayoría de edad.
Guisher se mordió el labio al constatar que su intuición era correcta.
—Sí, ya lo ha hecho —confirmó con otro suspiro.
Kanad colocó el tablero sobre la mesilla y le dirigió una mirada de alivio.
—¡Conque era eso! Entonces, ¿ya podemos hablar de sexo? ¡Por fin! ¡Qué represión, joder!
—Más tarde o más temprano tenías que enterarte —apuntó Ulduz.
Guisher apretó la mandíbula con rabia contenida.
—Vosotros sois mis mejores amigos, o al menos se os llena la boca diciéndolo —les espetó—. Lo mínimo que podíais haber hecho eraavisarme antes de dejar que fuese al despacho de mi padre a quedar como un idiota.
Kanad se encogió de hombros.
—¿Y quéquerías que hiciera? ¿Decirte: «Eres mi mejor amigo, y espero que sea recíproco, porque tendremos que follar»?
—No hace falta que seas tan vulgar —lo reprendió Ulduz.
—Ya sabes cómo soy, así que ahórrate el sermón. —El joven le interrumpió—. Mira, Guish, entiendo que no te apetezca que te toquemos, pero si lo piensas no es más que otro entrenamiento. Ulduz te enseñó con la espada, y yo aprendí contigo a tocar el piano. Ulduz te ayudó con las clases de Historia, y yo te enseñé a jugar al fútbol. Ahora te vamos a enseñar a fo... —Ulduz le dirigió una mirada colérica—... Educación sexual —se corrigió— para que puedas convertirte en un maestro de las artes amatorias el día de mañana. Es tan simple como eso.
—En primer lugar, sois mis amigos —recalcó el príncipe—. En segundo, a mí se me ha mantenido como un pardillo, mientras que vosotros dos al parecer sois tan expertos en la materia que me vais a enseñar todo lo que no sé...
—Es nuestro trabajo —le recordó Ulduz—. Si te molesta que seamos tus amigos, puedo proponerle al rey que busque a cualquier otra persona. Y no eres un pardillo; solo necesitas aprender, igual que has aprendido el resto de las cosas. Y no me cabe la menor duda de que, para ti, esta será la asignaturamássencilla de todas —zanjó.
—No, está bien —repuso, alicaído—. A fin de cuentas, comemos y dormimos juntos. Lo único que nos faltaba era esto.
—Anímate, hombre. —Kanad le dio una palmadita en el hombro, sonriente—. Recuerda que Kralica de Phalanaid se mantiene casta para ti. Lo hagas como lo hagas, no va a tener con qué comparar.
Su amigo torció el gesto.
—Se me ha dicho que no solo tendré que cumplir con ella —Guisher solía hablar en tono impersonal cuando se refería al rey—, sino que, además, tendré que acostarme con otros príncipes, princesas e incluso reyes y reinas.
Kanad asintió.
—Una faena total, viejo. Así de ambivalentes son en Karalin: no distinguen entre carne o pescado, ni entre singulares y plurales.
—No solo en Karalin —precisó Ulduz—. La mayoría de las monarquías del mundo son bisexuales. Pero también selectivas, claro: se fijan en los miembros de la realeza más atractivos.
—Y tú estás cañón, para qué vamos a engañarnos. —Kanad le propinó un codazo amistoso en las costillas que hizo que entrecerrara los ojos, irritado. Su escolta chasqueó la lengua y agitó la cabeza con desaprobación—. Este no es mi Guisher, me lo han cambiado —dijo con un suspiro teatral.
—No debes hacerte mala sangre por esto —lo aconsejó Ulduz mientras se colocaba bien la montura de las gafas—. Tómatelo como lo que es: otra aburrida obligación real para mantener la paz en el reino. Bien mirado, la mayoría de los príncipes de Karalin son jóvenes, y tengo entendido que algunos son famosos por su belleza, como el príncipe Platek de Skala o la princesa Lilia de Mydlo. Ellos han manifestado su interés por ti, y...
—Oh, por favor. —Guisher se pasó la mano por la frente, agobiado—. ¿Ya tengo pretendientes, cuando ni siquiera me he estrenado? —Kanad sonrió—. ¿Se puede saber por qué esas personas quieren acostarse conmigo, si no me conocen de nada?
—Por supuesto que te conocen —lo rebatió Ulduz—. Que tú nunca te metas en la página oficial del reino de Divarli no significa que ellos no lo hagan.
—¿Y quéhay en esa página, si puede saberse? —inquirió, sarcástico—. Porque dudo mucho que haya fotos mías en ropa interior o saliendo de la ducha...
—¿Te imaginas? —se carcajeóKanad.
Ulduz lo contemplórevolcarse de risa en la cama con un gesto desaprobador.
—Claro que no —contestó, tras una pausa—. Pero aparece tu información personal: edad, logros, aficiones, y también fotos tuyas montando a caballo, jugando al fútbol, practicando esgrima, socializando en fiestas... Ese tipo de cosas.
—Ya veo —respondió, incómodo. Detestaba que le sacaran fotos, pero no tenía opción con todos aquellos molestos fotógrafos siempre revoloteando alrededor de cualquier evento público al que los miembros de la familia real asistiesen. Si era fastidioso ir con las gafas de sol y la gorra calada cada vez que salía a dar una vuelta en moto con Kanad y Ulduz, no digamos ya en las contadas ocasiones en las que habían ido al cine o a un restaurante—. Así que no tengo elección: estoy en su lista de deseos.
—Tío, ¿has visto lo buena que está la princesa Lilia? —Kanad lo agarró del brazo—. Yo mataría por estar en tu pellejo... Y no te cuento cómo está el príncipe Olowek, del reino de Ogthien. Tiene nuestra edad, y unos abdominales que avergonzarían hasta a Ulduz.
El aludido puso los ojos en blanco.
—¿Me estásdiciendo que a ti tevan los hombres? —inquirió Guisher.
—La belleza no entiende de envases. —Su amigo le guiñó el ojo.
El príncipe agachó la cabeza. Todo aquello era demasiado para él y le resultaba imposible asimilarlo en una sola tarde.
—Entiendo que estés desconcertado. —Ulduz le puso una mano en el hombro—. No te preocupes; una vez que hayas aprendido todo lo referente al tema, estoy seguro de que no será tan terrible como piensas. Incluso puede que lo disfrutes. —Hizo una pausa—. ¿Recuerdas cuando las doncellas te enseñaron baile de salón? Te pareció una tragedia y al final hasta te divertiste. Pues esto será lo mismo, ya verás.
—Mucho mejor, para qué mentir —apostilló Kanad.
Guisher esbozó la primera sonrisa de toda la tarde. Él siempre sabía cómo animarlo con sus comentarios.
—Ulduz... —pronunció su nombre a media voz—, ¿a ti también te gustan los hombres?
—Esa pregunta es irrelevante. Haré lo que tenga que hacer por el bien de este reino, como siempre.
Guisher desvió la mirada. Detestaba cuando le daban respuestas oficiales, porque eso significaba que no querían entrar en asuntos personales. Pero Ulduz y Kanad eran, junto con su padre, prácticamente toda la familia que poseía, muerta su madre durante la infancia y siendo hijo único, sin primos. La responsabilidad que recaía sobre sus hombros era grande, pero eso no le preocupaba tanto como el hecho de descubrir que sus mejores amigos, con quienes tantas confidencias había compartido, ejercieran ahora con tanta frialdad de maestros con él. Una cosa era la esgrima o las clases de piano y otra, muy distinta, era esto...
—Veréis, es que...
—Ya sé lo que te pasa —lo interrumpió Kanad, de pronto comprensivo—. Quieres saber quién de los dos te dará clases, y también qué va a pasar si no se te... —Se detuvo y miró a Ulduz—. Explícaselo tú, anda, que luego vas diciendo que me paso de vulgar. —El aludido carraspeó.
—Las clases, tal y como te ha informado su majestad, tu padre, serán impartidas por ambos —señaló a Kanad—. Los dos estamos capacitados para enseñarte. En cuanto a las de educación sexual con mujeres, se ha elegido a dos doncellas cuyos nombres serán desvelados en el debido momento. —Guisher intuyó que Ulduz ya sabía quiénes eran, pero, por discreción, se abstuvo de ofrecer más detalles—. Puedes manifestar tu preferencia respecto a si deseas recibir clases con Kanad o conmigo, aunque en algún momento tendrá que ser con ambos. —Volvió a carraspear, y el chico apreció que mantuviera sus buenos modos.
—A él lo que le preocupa es otra cosa —insistió el escolta—. No sabe si se le levantará con nosotros.
—Gracias, Kanad —lo cortó Ulduz—. Guisher, las clases comienzan mañana, pero tal vez sea oportuno que conversemos un poco sobre el asunto. En primer lugar, y aunque en la práctica sea irrelevante, quiero preguntarte si te gustan los hombres o las mujeres.
—Dice que es irrelevante porque vas a tener que hacerlo igual —le susurró Kanad al oído, y el príncipe le propinó un empujón.
—No lo sé —admitió—. Nunca he tenido impulsos sexuales porque no he sido expuesto al cuerpo de una mujer... ni al de un hombre.
—Bueno, eso está bien —opinó Kanad—. Siendo nuevo tendrás menos prejuicios sexuales, lo cual te facilitará bastante la vida.
—Además, nunca te has masturbado —prosiguió Ulduz. Aquello no había sonado como una pregunta, sinomásbien como una aseveración.
El príncipe negó con la cabeza, cansado de sentirse un completo idiota.
—Iba a decirte que no sabes lo que te pierdes, pero sé que no te hará gracia. —Guisher sonrió ante el comentario de Kanad, a su pesar—. Un ser humano sin necesidades ni impulsos sexuales en dieciocho años de vida. Si te mato ahora, te nombrarán virgen y mártir —bromeó, y señaló la culata de su arma.
—Es suficiente. No lo deprimasmásde lo que ya está —le advirtió Ulduz al tiempo que le dedicaba a Guisher una mirada comprensiva—. No te preocupes, enseguida te pondrás al día, ya lo verás.
—Eso, seguro —murmuró Kanad, y se aguantó como pudo la risa.
Aquella noche, Guisher se fue a dormir con Kanad a su lado, como de costumbre. La cama era tan grande que en ella podrían haberse tumbado con comodidad cinco personas, pero él la compartía invariablemente con Ulduz y/o con Kanad. A veces también con la doncella que velara por él en las raras ocasiones en que caía enfermo, y esa solía ser Raghy.
No era capaz de conciliar el sueño. Su amigo, por el contrario, se había quedado dormido con el mando de la consola en la mano, sin siquiera taparse con la manta. Guisher estaba tumbado con los brazos cruzados debajo de la cabeza. Se movió, procurando no despertarlo, y deslizó una mano dentro de sus calzoncillos. Por supuesto que había acariciado o jugueteado con su pene en multitud de ocasiones, pero nunca había conseguido un grado de excitación que le llevase al orgasmo, ni se imaginaba qué se sentiría teniendo uno voluntario.
Muchas veces se había despertado con la ropa interior manchada, pero eso era todo. Nadie le había explicado nunca qué era aquello ni le había animado a experimentarlo, y él, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, tampoco había sentido la curiosidad de hacerlo. Pensó en masturbarse para no ir a la cita del día siguiente sintiéndose como un tonto, pero estaba tan estresado que no tuvo fuerzas para concretarlo. A pesar de su agitación, terminó quedándose dormido y, antes de darse cuenta, la mañana ya había llegado y se filtraban por la ventana los primeros rayos de sol.
Guisher tomó el desayuno ensimismado. De vez en cuando lanzaba miradas furtivas a la doncella que le traía y le quitaba las cosas de la mesa, tratando de adivinar sus formas por debajo del uniforme. Pero aquellos cuellos de camisa altos y aquellas faldas hasta los pies no estaban hechos para provocar los sentidos. Ella terminó por darse cuenta y Guisher bajó la mirada, avergonzado, fingiendo que retiraba las migas de su tostada de encima de la mesa.
Por la tarde asistió a sus clases, como de costumbre, y luego montó un poco a Kor, su yegua blanca. Eso lo ayudó a relajarse un tanto, aunque, al consultar el reloj y ver que ya era la hora de la clase, se puso nervioso y regresó a su habitación para darse una ducha.
Cuando dieron las cinco, esperó frente al ventanal de su dormitorio, de pie y vestido de manera informal, con una camiseta y unos vaqueros. Kanad llamó a la puerta y entró sin esperar respuesta. Se sentó en la cama, gesto que descolocó a Guisher.
—Pensé que iríamos a alguna otra parte a dar la clase.
—Tío, es una clase de educación sexual. —Pronunció aquellas palabras de manera lenta y artificiosa, como si la vocecilla de Ulduz en su cabeza lo estuviese obligando—. ¿Quémejor sitio que tu cuarto para eso? Ya quisiera yo tener esta pedazo de cama.
—Y yo quisiera ir a tu casa para poder ver tu cama —refunfuñó Guisher.
—¿Es una proposiciónde sexo en mi casa lo que estoy oyendo? —La pregunta de Kanad hizo que se diera la vuelta con desconcierto—. Es coña, relájate. Ya sé que no ibas por ahí.
Guisher no estaba acostumbrado a esa clase de bromas con sus amigos y se sentía extraño, sin embargo, al mismo tiempo, le otorgaba a la situación un poco más de familiaridad.
—Bueno, que me lío —reaccionó al tiempo que se incorporaba—. Tenemos que empezar por lo básico, que es, claro está, el acto del beso.
El príncipe tragósaliva, un poco cohibido por la mirada que le dedicaba su escolta.
—Sí, eso ya me lo imaginaba —murmuró.
—Nunca has besado a nadie, y es lo primero que tendrás que hacer si quieres intimar, ya sea con tu futura esposa o con el amante de turno —le explicó sin rodeos—. Hay muchas clases de besos, supongo que eso es algo que ya sabes. —Hizo una pausa para estudiar su aterrorizada expresión—. Guisher, soy yo. No voy a comerte, ¿vale? —le recordó mientras le ponía las manos en los hombros—. ¿Cuántas veces hemos compartido un refresco bebiendo de la misma pajita? ¿Cuántas me has metido comida en la boca, o yo a ti, haciendo la gracia? Pues esto es igual. No tengas miedo o será peor. Tómatelo como un juego y punto.
Guisher asintió e hizo esfuerzos por centrarse.
—Como decía, hay varios tipos de besos. —Kanad se apartó el flequillo de la cara, lo que hizo que el príncipe se fijara en sus rasgos—. Están los aburridos en la mejilla, los algo menos aburridos en los labios y los interesantes con lengua. —Sonrió—. Déjame enseñarte. Si no te gusta mi jeta, siempre puedes cerrar los ojos.
Guisher fue a decir algo, pero Kanad tomó su rostro entre las manos y le dio un beso en la mejilla, la cual sintió enfebrecida, se imaginó que por la tensión. Aquello le pareció encantador, sin embargo prefirió no entretenerse comentándolo para que no se echara atrás. Se desplazó hasta su boca y presionó los labios contra los suyos, y los dejó allí el tiempo suficiente para que asimilara la sensación.
Guisher había cerrado los ojos para notar la calidez de los labios de su mejor amigo. Y justo cuando se había acostumbrado a ellos, Kanad abrió la boca y forzó a la suya a hacer lo mismo al introducirle la lengua. Entonces notó su suave, pausada pero rítmica caricia, que provocaba a su lengua para que reaccionara, porque se había quedado paralizado, dejando a aquel intruso hacer en su interior. Kanad trasladó sus manos al cuello y lo rodeó con los brazos.
Guisher gimió y comenzó él también a mover su lengua. Ambos se entregaron a un beso lento y encadenado mientras que Kanad capturaba su labio inferior, lo succionaba y lo soltaba dulcemente, y luego volvía a entrar en su boca. Así estuvieron durante un rato, hasta que el príncipe, que sentía su pecho arder, notó que su pene reaccionaba. Se separó, sorprendido, y agachó la cabeza.
—No está nada mal para ser tu primer beso —valoró su escolta con una sonrisa—. Ya sabía yo que apuntabas maneras. Como puedes ver, esta técnica es mucho más interesante que lo que yo llamo «besar las paredes», solo apto para mayores de sesenta que llevan cuarenta años de casados. —Hizo una pausa y se quedó mirándolo, zalamero—. Pero no pienses que hemos terminado. Quítate la camiseta.
—¿Qué? —Guisher se había quedado en las nubes saboreando aquel beso.
—Que vamos a seguir con la clase, eso digo —contestó su escolta al tiempo que se quitaba la camiseta y la tiraba sobre la cama. Esperaba que eso lo animara a hacer lo mismo.
Guisher tardó todavía un momento en reaccionar, pero terminó desprendiéndose de la suya y arrojándola al lado de la de su amigo. Ambos se quedaron mirando el cuerpo del otro. No era la primera vez que Kanad veía a Guisher sin camiseta, claro, aunque sí la primera que se recreaba en sus atributos sin ningúnpudor: era delgado, pero tenía un cuerpo bien definido, con pectorales y abdomen marcados y brazos fuertes, fruto de su constante entrenamiento. Su piel estaba bronceada y carecía de vello corporal, algo que, en lo personal, a él le encantaba.
Aunque con un poco de más de reparo, Guisher no se quedó atrás mirando a su amigo. Erapálido y teníaunos pocos vellos rubios en el pecho, entre los pectorales, y una pequeñacicatriz redondeada en el lado izquierdo, producto del disparo que sufriótiempo atrás, y que pudo librar graciasal chaleco antibalas. Era delgado como él, pero se notaba que hacía ejercicio porque sus músculos se marcaban en los lugares correctos. No obtuvo ninguna respuesta por parte de su cuerpo al contemplarlo, aunquesí le llamaron la atención sus pezones sonrosados. Sin saber por qué, tuvo la súbita fantasía de lamerlos.
A Kanad le hizo gracia cómo lo miraba el príncipe, pero se abstuvo de hacer comentarios. Se acercó a él y le dijo:
—Pasemos a las zonas erógenas, que son ciertas partes donde somos más sensibles a las caricias o besos. Hay una serie de ellas distribuidas por todo el cuerpo, aunque varían un tanto dependiendo de la persona. Lo normal es que a la gente le pongan los besos en el cuello...
Se inclinó para posar sus labios en el cuello de Guisher, donde se entretuvo besando y succionando con parsimonia para ver si obtenía alguna respuesta. Continuó recorriendo su garganta con la punta de la lengua hasta llegar al hueco que había debajo de su oreja, donde por fin lo oyó gemir. Guisher le colocó una mano en la espalda en un acto reflejo. Mientras, su amigo le mordisqueaba el lóbulo y bajaba dándole pequeños besos. Sintió que se derretía y solo acertó a mirar al techo, jadeando.
—Sí, me gusta eso que oigo... —murmuró Kanad, y lo besó en la mejilla, como para tranquilizarlo.
—No te... quedes conmigo...
—No lo hago. Otra zona erógena son estos botoncitos de aquí —le susurró aloído mientrasacariciaba con delicadeza sus pectorales.
Con los ojos entrecerrados a causa de las sensaciones que estaba experimentando, Guisher apenas estuvo preparado cuando se inclinó para mordisquear y lamer uno de sus pezones y se ocupó del otro pellizcándolo con los dedos. Aquella insistencia tuvo como consecuencia que su excitación se redoblara, e hizo que necesitara liberar lo que había crecido dentro de sus pantalones.
—Sí, veo que esto también te gusta... —murmuró. Guisher no sabía por qué, pero el hecho de que modulara su voz de aquella forma le excitaba—. Hay otras zonas erógenas, por supuesto: la espalda, la parte anterior de las piernas... —Recorriósu espina dorsal con un dedo que lo hizo estremecer.
Kanad se quedó mirando sus pantalones y, sin pedirle permiso, los bajó de golpe. El príncipe dio un paso —o más bien un saltito— atrás, molesto. El escolta sonrió al ver su erección.
—Saludos a su alteza real —bromeó—. Y vaya si es real: no tienes nada que envidiarle al príncipe Olowek, desde luego. Harás las delicias de la corte.
—Deja de tomarme el pelo, anda. —Guisher desvió la mirada, avergonzado.
—Estoy hablando en serio, pero lo dejo. Por supuesto, otra zona erógena es esta. —Kanad le separó las piernas para tocar la cara interna de sus muslos—. Esta —le acarició los testículos—, y esta... —Deslizó una mano hasta su trasero e introdujo los dedos para juguetear con el orificio.
—O-oye... —Guisher cerró los ojos y ahogó una exclamación.
Kanad rio; estaba disfrutando de la encantadora vergüenza de su amigo.
—Creo que te ha quedado claro cuáles son las zonas sensibles del cuerpo. Tal vez vuelvas a repasarlas en tu entrenamiento con mujeres. Ahora, lo que toca es un resumen de lo aprendido. Vamos a repetir todo lo que hemos hecho, pero esta vez tú me buscarás a mí.
—¿Por qué? —protestóel príncipe.
—Yo no pongo las normas. Mi misión es que aprendas lo que te estoy enseñando, que lo asimiles y sepas ponerlo en práctica. Y eso pasa por demostrarme que sabes hacerlo.
—Está bien.
Guisher alzó la cabeza, envalentonado. Se imaginó que su amigo luego se echaría unas risas con las doncellas con las que tonteaba, y eso no podía soportarlo. Lo agarró por la cintura y lo atrajo hacia sí. Se introdujo en su boca y jugueteó con su lengua, lento primero y más audazmente después. Entró y salió en varias ocasiones, y aunque se negó a mirarlo, puso todos sus sentidos en lo que estaba haciendo. Mientras lo besaba deslizó una mano por su pecho, apretó uno de sus pezones y lo hizo gemir por la sorpresa. Agachó la cabeza para mordisquear aquella área tan sensible, tras comprobar que lo que le excitaba era su color y textura.
Sintió la mano de su amigo acariciándole el pelo para aportarle confianza, por lo que continuó desplazándose hasta su garganta, la cual llenó de besos y pequeños mordiscos, cada vez más encendido por la tibieza y suavidad de su piel. Descansó su rostro en la curva de su cuello e inspiró su perfume. No era muy bueno recordando fragancias, pero había algo en élque definitivamente le recordaba a Kanad. Supo que tenía que parar. Tenía que parar, porque...
Alzó la cabeza, abrió los ojos y miró a Kanad.
—Joder, tío... Eres un diamante en bruto.
Acabada la clase, su escolta actuó como si no hubiera ocurrido nada, lo retó a una partida a la consola y luego tocaron juntos la guitarra. Guisher tenía materias que repasar, pero se encontraba tan ensimismado por lo que había experimentado esa tarde que agradeció que no le mencionara las tareas escolares —aquello era más bien propio de Ulduz—. Cuando su cerebro estaba a punto de formular la pregunta de por qué no los había acompañado esa tarde, se distrajo contemplando las marcas que le había dejado a Kanad. No era la primera vez que las veía en su cuello, pero saber que se las había hecho él era algo muy diferente.
—Esperaba encontrar a Ulduz hoy —reconoció mientras guardaba la guitarra en el armario.
—Oh. No quería venir el primer día para que la presencia de ambos a la vez no te intimidara. —Kanad se encogió de hombros—. Mañana creo que sí estará...
—¿Estas clases van a ser a diario? —se alarmóGuisher, aunque consiguió controlar su voz. No estaba seguro de que sus nervios aguantasen semejantes sesiones diarias.
—Pues claro —se burló el otro—. ¿Acaso las clases de Historia o las tiradas de esgrima no lo son?
—No creo que podamos comparar una cosa con la otra.
—¿No te han dicho nunca que resulta encantador lo tímido que eres? —Se incorporó y se acercó a él para revolverle el pelo; Guisher se defendió propinándole un empujón que lo hizo caer sobre la cama.
—No soy tímido —respondió con falsa indignación—. No te equivoques; solo soy inexperto...
—Me vale —se rindió Kanad—. Seguro que en unos días estoy de acuerdo contigo.
Esa noche, Ulduz hizo el relevo y durmió junto al príncipe, después de que los tres viesen juntos una película de terror. Antes de que se fueran a dormir trajo leche y galletas —una costumbre que el chico ignoraba por qué mantenían con él desde niño, cuando las doncellas se las servían cada noche— y le preguntó sobre la clase del primer día.
—Ha ido bien —admitió con reparo, sin ganas de que lo interrogara sobre el asunto—. He aprendido un par de cosas interesantes.
—¿No has tenido problemas para excitarte? —Ulduz formuló aquella duda con fría profesionalidad, como si estuviera preguntando la hora.
Guisher tragó saliva.
—No, no he tenido problemas. —Su escolta asintió con la cabeza.
—Lo que refuerza la teoría de que no importa quién, sino cómo —murmuró sin elaborar su respuesta.
—¿Estaráscon nosotrosen la clase de mañana? —En realidad Guisher no quería saberlo, pero le podía la curiosidad.
—Estaré presente durante tus clases de Geografía y de esgrima, pero no durante la de educación sexual. Creo que es mejor que yo me ocupe de las avanzadas.
El príncipe mordisqueó una galleta sin atreverse a preguntar en qué consistirían tales clases.
A la mañana siguiente, Guisher fue testigo desde su ventana de cómo su padre abandonaba el palacio en su flamante coche negro en compañía de su chófer, rumbo a algún lugar desconocido. Tenía pocas oportunidades de charlar con él y podía decirse que solo lo veía un par de veces al mes.
No siempre había sido así. Cuando su madre murió, el rey había hecho lo posible por pasar tiempo con su hijo, y había delegado la tarea de madre en una de las doncellas más antiguas del palacio, que lo trataba como si fuera de su propia sangre. Pero Alxia había fallecido la primavera anterior, volviendo la pérdida a golpear el alma de Guisher. Él se refugiómásque nunca en sus amigos, porque su padre, asumiéndolo ya como un adulto, pasaba gran parte de su tiempo fuera resolviendo asuntos políticos.
Aquel día recibió sus clases con normalidad y dedicó el tiempo libre a practicar deporte y a charlar con Edvum, el jardinero. Le gustaba ayudarlo a arreglar los rosales, porque era una actividad que le relajaba.
A las cinco en punto se hallaba otra vez mirando por el ventanal del dormitorio, contemplando el cielo encapotado. Ni siquiera se giró cuando llamaron a la puerta y entraron sin permiso, pero Kanad lo saludó con entusiasmo.
—Ya está aquí tu profesor favorito —dijo con un guiño travieso.
Guisher se dio la vuelta y le sonrió. Se fijó en sus curiosos pantalones deportivos, holgados y de tela blanca, más propios para hacer yoga que para una clase de... Bueno, en realidad, no estaba seguro.
—¿Hay algúnmotivo por el que te hayas sacado los vaqueros para ponerte ese pantalónde conductor de carro de golf? —se burló.
Su escolta lo miró con fingida superioridad.
—Seguro que siempre hay una razón para todo. Bueno, ¿tienes algo que demostrarme? Quiero repasos al final de cada clase y al comienzo de la siguiente.
El príncipe ni siquiera se molestó en llevarle la contraria. Se acercó a él y lo agarrópor los hombros. Primero lo besó con reparo y luego con decisión, al ver que Kanad descruzaba los brazos y despegaba sus labios para recibirlo. A medida que sentía la lengua de su amigo descendiendo por su cuello, se dijo que aquella era una sensación a la que podía volverse adicto con facilidad. La noche anterior ya le había costado trabajo abandonarse al sueño, porque todo lo que le venía a la cabeza era la lengua de Kanad jugueteando con la suya, y sus dientes mordisqueando sus pezones. El recuerdo había sido suficiente para que su pene reaccionase, pero, incluso entonces, no había llegado a tocarse. Algo le decía, sin embargo, que aquel sería el día en que lo hiciese.
—Quítate los pantalones —le pidió Kanad, y se separó de él.
Se bajó los vaqueros y la ropa interior sin mirarlo, y los dejó a un lado. Kanad observó su pene semierecto y lo agarró con la mano.
—Seguro que ya lo sabes, pero te lo recuerdo: esta es tu parte más sensible. —Le presionó el glande—. Aquí es donde te volverás loco si te la chupan, aunque ya llegaremos a eso. Cúbrelo con la mano de la forma en que estés más cómodoy muévela lentamente de arriba abajo, variando la intensidad —le indicó mientras él mismo se bajaba los pantalones—. Será mejor que te ilustre con el ejemplo, más que con palabras...
Guisher se quedó mirando el de su amigo, que era de un tamaño similar, en apariencia suave y agradable a la vista. Kanad utilizó la mano derecha y fue variando de intensidad, algo que élimitó sin darse cuenta. Llegó un momento en que dejó de mirar lo que estaba haciendo, cerró los ojos y se concentró en sus propias acciones. Lo había visto acariciarse los testículos, así que ahora quería intentarlo.
Lo hizo con la otra mano mientras que con la izquierda continuaba deslizándose a lo largo de su pene a distintos ritmos. A su mente acudieron los recuerdos de su primer beso, y su excitación se salió de control. Notó que su vientre le quemaba como lava hirviendo, y aquellas cosquillas que indicaban el inminente orgasmo, o lo que se traducía en unas ganas urgentes de orinar. Abrió los ojos y contempló a su amigo, que seguía masturbándose frente a él, su pecho agitado subiendo y bajando y su expresión concentrada, a punto de culminar. Kanad supo que lo estaba contemplando y entonces hizo algo que lo descolocó: le subió la camiseta, agarró su pene y movió ambos al mismo tiempo con tal energía que terminaron desbordándose a la vez sobre su vientre. Al hacerlo, soltó un gemido que Guisher recordaría muchomástarde, ya en su cama.
Kanad bajó la mirada y contempló la abundante carga de semen que resbalaba ahora sobre su ombligo.
—Qué privilegio recibir sobre mí la primera corrida de su alteza. —El comentario hizo que Guisher enrojeciera—. Por cierto, si lo haces solo no importa lo que tardes, pero procura aguantar todo lo que puedas cada vez que practiques, por aquello de tener relaciones con otras personas. No tiene gracia acabar en un minuto y dejar a los demás a medias, ya me entiendes.
—¿Hay algúntruco para eso? —se interesó Guisher y su amigo se encogió de hombros.
—Controlar la respiración, recordar matrículas de coches, pensar en elefantes con diarrea... Qué sé yo. Bueno, ¿qué te ha parecido la experiencia?
—Brutal. De esas que haces que te preguntes: «¿Qué coño he estado haciendo toda mi vida perdiéndome esto?».
Kanad soltó una carcajada. Ese era el príncipe que recordaba, no el que llevaba un par de días mustio, desde que se había enterado de sus nuevas obligaciones. Con todo, se puso serio antes de preguntarle:
—¿Te has quedado con la teoría? Si no, Ulduz me matará.
—No te preocupes, que no creo que se me olvide.
—Así me gusta. Ahora viene la segunda parte. Pero para eso podríamos tumbarnos en la cama, digo yo... —Aquel comentario lo puso de nuevo nervioso—. Estoy cansado de que hagamos cosas de pie —se justificó Kanad al tiempo que estiraba los brazos.
—¿Quémástienes planeado despuésde esto, si puede saberse? —Guisher se tumbó bocarriba, sin pantalones.
—La segunda parte de la clase. ¿Qué si no? Vamos a practicar lo que Ulduz llamaría sexo oral —rio. Guisher se incorporó de repente, aprensivo, pero Kanad le puso una mano en el pecho y lo obligó a tenderse otra vez—. No te preocupes, que se te volverá a poner tiesa en un minuto.
Se dejó quitar la camiseta y soportó los besos de Kanad, quien marcó su cuerpo con lametones y mordidas leves y dejó rastros desde su pecho hasta su vientre. Descendió para acariciarlo entre las piernas, donde lo encontró otra vez firme, listo para la batalla. Guisher sentíauna mezcla de emocionesdifícil de explicar, pero sobresalían el miedo y la incredulidad al comprobar que no poseía control alguno sobre su cuerpo, que reaccionaba con cada una de las atenciones que le profesaba su amigo. Lo vio agachar la cabeza y juguetear con su pene en la boca. Succionó con énfasis su glande y le arrancó una exclamación.
—Pero qué gemidos tan bonitos... Eso es que voy bien —lo provocó, e hizo una pausa para mirarlo a los ojos.
Guisher se tapó la boca con las manos al acordarse de Raghy, quien custodiaba la puerta del dormitorio.
—Ella sabe de sobraa quénos estamos dedicando aquí, asíque despreocúpate —le informó, y él deseó que estuviese de broma, aunque no las tenía todas consigo—. Limítate a disfrutar, pero quédate con lo que estoy haciendo, porque, luego...
Kanad agarró su sexo para darle a entender lo que le esperaba. Continuó deslizándose a través de toda la superficie y acariciando la parte trasera. De ahí saltó a los testículos, los cuales succionó con delicadeza. Guisher jamás pensó que algo tan inocente le haría sentir de aquella manera.
—Vaya herramienta más maravillosa tienes —le dijo, encendido—. Es perfecta en tamaño, manejable, suave y, joder, hasta bonita. Y qué bien se ajusta a mi boca... —Aquel comentario provocó que la erección de Guisher se reforzara.
—¿Has chupado muchaso qué?
—Las suficientes como para poder opinar —murmuró mientras disfrutaba de los espasmos que azotaban su columna.
A pesar de que acababa de tener un orgasmo, notaba que su cuerpo se preparaba sin problemas para otro. Pero aquellas placenteras cosquillas en su bajo vientre terminaron de golpe cuando Kanad abandonó su puesto y se tumbó de lado. Guisher entendió lo que quería, así que se dio la vuelta y contempló su erección con algo de recelo. No estaba seguro de saber hacerlo, pero su ardor terminó venciendo a su miedo. Se inclinó para metérselo en la boca, con un ímpetu primerizo que le hizo toser al rozarle la campanilla.
—Vale, vale... Tranquilízate o te atragantarás —jadeó Kanad—. Poco a poco; juega primero con la parte de arriba, como te he enseñado. —Aquella entonación volvió a excitar los sentidos de Guisher—. Luego podrás ocuparte del resto, con lo que te coja en la boca o usando la mano.
Siguió las indicaciones de Kanad unidas a su instinto, basado en su propia experiencia masculina, y no tardó en recibir sus halagos.
—Le has pillado el truco a la parte de arriba. Sí, justo ahí... No lo hagas tan bien o te convertirás en mi succionador particular, y eso no va a gustarle a la princesa Kralica... Venir a molestaros en mitad de... aah... la noche, para que me atiendas...
Guisher esbozó una sonrisa en su mente. Al parecer, a Kanad le gustaba mantener aquel tipo de charlas cómicas durante el sexo, y por él estaba bien; le aportaba más intensidad al momento.
—Hay gente a la que le gusta que le digan cosas guarras mientras lo hacen, ¿sabes? A mí me gusta, y seguro que a ella también —le comentó, como si le hubiera leído la mente.
—Deja de hablar de Kralica. —Guisher reprimió un nuevo escalofrío—. El que está aquí eres tú, no ella.
—Me halagas —creyó entender, pues su boca se encontraba otra vez ocupada.
Le separó las piernas y agarró sus nalgas mientras seguía con la tarea. Guisher ahogó una exclamación al notar de pronto sus dedos introduciéndose en el orificio más sensible de su cuerpo, primero uno, y luego dos. Aquello le hizo perder el control y culminó en un orgasmo que salpicó el rostro de Kanad. A pesar de eso, no cejó en su complacencia y continuó hasta que su compañero llegó al límite. Guisher no entendió, y recibió de forma inesperada la inyección de semen caliente al fondo de su garganta. Trató de escupirlo, pero fue demasiado tarde.
—No había necesidad de semejante honor —le dijo Kanad al oído, exhausto—. Lo has hecho bien. Estoy orgulloso de ti. Te daría un beso si no te diera asco. —Se tumbó a su lado entre risas, cerró los ojos e inspiró hondo.
—A mí no me da asco... —jadeó Guisher. Su amigo abrió los ojos e irguió el cuello para mirarlo.
—¿En serio?
Sin esperar a que contestara, se movió hacia él y lo besó en los labios. En respuesta, el príncipe lo tomó del cuello y lo atrajo más hacia sí.
—Tío, esto es tan gay que me encanta —bromeó Kanad.
Aquella noche, Ulduz se quedó a dormir con él después de interrogarlo sobre sus progresos y de comprobar que estaba aprendiendo rápido. Asintió con la cabeza, satisfecho. Pero Guisher notó que estaba más serio que de costumbre.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, no te preocupes. Es Lura haciendo de las suyas. —Ulduz miró por la ventana—. Esta tarde se escapó porque dice que está harta de no poder salir a ninguna parte. Admito que restrinjo sus salidas porque se va de la lengua con los periodistas a la entrada del palacio, pero está en una edad difícil y disfruta contradiciéndome. —Dio un sorbo de su vaso de leche—. Pero bueno, esa es otra historia.
—Me interesa tu vida —le recordó Guisher, incómodo—. No entiendo por qué cada vez que pasamos un par de días distanciados te vuelves tan profesional conmigo.
—Debes perdonarme; me paso el día tratando con personal del palacio y las fórmulas de cortesía me salen solas. Pero no me siento distanciado de ti en absoluto. Sabes que eres mi prioridad.
Guisher bajó la vista. Sabía de sobra que su prioridad era proteger su vida, pero no era eso a lo que él se refería, aunque lo dejó estar.
—Mañana comenzarás las clases conmigo. A partir de ahora será más complicado, pero estoy seguro de que no me decepcionarás.
—¿Ya no estaráKanad?
—Volverás con él, pero no mañana. Con suerte terminaremos con el entrenamiento en una semana, aunque eso depende de ti.
Poco después, Ulduz se quedó dormido. Guisher, que no tenía sueño, tomó el móvil de la mesilla y se entretuvo leyendo noticias hasta que escuchó unos susurros en la entrada, y luego el característico chirrido de la puerta del dormitorio al abrirse. Kanad entró de puntillas y se tumbó a su lado. Guisher oyó el suave sonido del raso de su pijama gris, propio de la realeza.
—Espero no haberte despertado —murmuró.
—No te esperaba. —Guisher se alzó un momento para comprobar que Ulduz seguía dormido.
—Si quieres me marcho...
—No. Quédate. Podríamos, no sé..., abrazarnos, como hacíamos antes —añadió, indeciso.
Por toda respuesta, Kanad se abrazó a él y enterró el rostro en su pecho. Guisher sonrió, conmovido por su gesto espontáneo.
—Me alegra que todavía podamos hacer esto —confesó Kanad—. Tenía miedo de que las clases te distanciaran de mí.
—Hemos dormido abrazados desde que tengo memoria.
—Lo sé, pero...
La frase quedó a medias. Guisher le acarició el cabello, y así se quedaron dormidos.
A la mañana siguiente, el rey todavía no había regresado a palacio, y los guardaespaldas y doncellas fueron imprecisos a la hora de contestar las preguntas del príncipe. Daba la impresión de que tenían cierta idea de adónde había ido, pero no querían meterse en líos hablando más de la cuenta. Aquella actitud siempre había molestado a Guisher, que se sentía ninguneado por sus sirvientes, a pesar de que, en teoría, era la segunda persona más importante del palacio. Eso le importaba un comino, pero, si le debían algún privilegio, era el de ofrecerle información de primera mano cuando la demandaba.
Furioso, aunque sin demostrarlo, fue hasta la pista de atletismo y se entretuvo haciendo un circuito de diez vueltas, hasta que se quedó sin fuerzas para seguir enfadado. Se dio una ducha y tomó el almuerzo solo, para luego enfrascarse en una partitura de piano. Así lo encontró Ulduz a media tarde.
—Me han dicho que esta mañana has estado corriendo hasta el agotamiento —lo saludó y se sentó a su lado, en la banqueta—. No deberías gastar tus energías con tanta ligereza teniendo en cuenta que las vas a necesitar para las clases.
—¿Quépasa? ¿Me vas a follar tan a lo bestia que se me va a salir el alma por la boca, o qué?
La explosiva respuesta de Guisher hizo que la doncella que estaba al fondo del salón desviara la mirada. Se la notaba incómoda, aunque no varió su expresión. Ulduz lo cogió de la mano.
—No has sido educado para expresarte de forma tan vulgar —le reprendió en tono suave—. Pasas demasiado tiempo con Kanad, que no es precisamente un modelo a seguir.
—No metas a Kanad en esto. Estoy harto de que me ocultéis las cosas; vivo como un prisionero en una jaula de oro. Soy un inadaptado social que no puede salir a tomarse un refresco sin temor a que lo asesinen. Joder, cómo entiendo a Lura...
Ulduz se ajustó la montura de las gafas mientras analizaba aquellas palabras llenas de frustración.
—Lo entiendo, pero llevas preparándote para esto desde que naciste. La vida no es fácil para nadie. Ahí fuera hay gente que tiene que trabajar muchas horas diarias para sobrevivir, que pierde su trabajo y tiene una familia a la que mantener, que se ha quedado sin casa... A ti no te gusta estar privado de tu libertad, quieres ser anónimo y no lo eres, hay gente que te envidia, y otros que quieren matarte para hacerse con tu reino... A cada uno le ha tocado una responsabilidad diferente, y esta es la tuya.
Guisher asintió con la cabeza y la mandíbula tensa. Ulduz nunca le escatimaba en verdades, algo que élle agradecía.
—Lo sé. Es mi deber y responsabilidad, y también mi honor —repitió la consigna real que había escuchado hasta la saciedad en boca de su padre desde antes de tener uso de razón para entenderla.
—Es tu privilegio —le recordó su escolta.
—Los privilegios son un invento creado para mantener la ilusión de que somos diferentes.
Ulduz le dirigió una sonrisa triste y le acarició el cabello de la misma forma que lo hacía con Lura cuando quería apaciguarla. Lo entendía demasiado bien; entre ellos no hacían falta las palabras. Muchas veces Guisher lo sentía como un hermano mayor, y eso lo tranquilizaba e inquietaba a partes iguales, según la ocasión.
—Vamos al dormitorio. Es la hora de tu clase —le informó al tiempo que se incorporaba.
Guisher lo siguió, tratando de ocultar su nerviosismo. Kanad era y tenía una mentalidad diferente a la de su escolta más veterano; era de su misma altura y constitución física, y su amigo era un bromista nato.
Ulduz, en cambio, era mucho más alto y corpulento, y no se lo estaba poniendo fácil con aquella actitud tan árida. A pesar de todo, hizo de tripas corazón cuando le pidió que se desnudara delante de él. Teniendo en cuenta que aquel iba a ser el menor de sus problemas durante la tarde, no se resistió.
