Mad Men - Vanessa Rosales - E-Book

Mad Men E-Book

Vanessa Rosales

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Beschreibung

Esta obra hace parte de la colección Primera Temporada, una serie de ensayos narrativos cortos dedicados a la televisión. Vanessa siente una atracción hipnótica por la serie Mad Men, lanzada en 2007. A través de personajes como Don Draper, la autora encuentra en la serie una excusa para revisitar su propia vida, sus amores y desencuentros. Poniendo especial atención a los estilos y las estéticas, también se anima a hacer sus conocidos y atrevidos análisis de moda. El ojo clínico de Vanessa evalúa las conductas de hombres con licencia para todo y mujeres que buscan la liberación femenina.

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Seitenzahl: 97

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Mad Men

Vanessa Rosales Altamar

Rey Naranjo Editores

La mujer que mira intensamente Mad Men

Empecé a ver Mad Men por Don Draper. El varón bello en la pantalla. El del encuadre inicial.

Nada en esa primera escena compagina con la textura de visiones familiares. Así son los contrastes inmediatos que generan las épocas a través de sus imágenes. La estética es uno de los primeros índices para notarlos. La estética es uno de los primeros signos para ubicarse. Los modos del pelo, los patrones acumulados en las vestimentas que se observan con un mero vistazo, los aspectos del mobiliario. Ese primer capítulo se llama ‘Smoke Gets in Your Eyes’, y, al volver a verlo, aflora en mi memoria, de pronto, la versión de esa canción, cantada en español, en la hondura gutural que es la voz de Toña la Negra, ‘Humo en los ojos’. La escena se desliza hacia el hombre, de espaldas, sentado en uno de esos reservados circulares de antes que todavía es posible ver en Manhattan, el cuero escarlata y brillante. El ambiente es de bar, una ligera espesura llena el aire. Es el humo de la nicotina que flota en abundancia. El hombre escribe nerviosamente sobre una servilleta. Va a fumar. Ese hombre. El del pelo oscuro, traje pulido, ojos claros. En inglés se le dice: tall, dark and handsome. Alto, oscuro, bello.

Me gustan los hombres bellos porque soy una mirona, porque me gusta comprender, escrutar, qué rellena la definición de «lo bello». Me gustan los hombres bellos porque aprendí, alguna vez, quién sabe en qué momento, que contienen una promesa. Y que esa promesa es deliciosa. Una forma muy peculiar de suculencia. La de la proximidad, la de la mirada que es devuelta. El hechizo de una pasión. El frenesí del querer. El torbellino exhilarante del deseo. La vanidad de una conquista, la materia de la consecución. Pero amar a Don Draper demostró sin mayor dilación ser, a lo sumo, problemático. Amarlo, mirarlo intensamente, arrojó pronto una hilera de espinas que ilustran lo que puede ser un amor contrariado. Uno mío, en particular. Ese de sentir rotunda atracción, seducción embrujada por ciertas formas de la virilidad que, vistas bajo prismas más escrupulosos, terminan siendo espinoso placer. Mad Men es, ciertamente, ese deleite. Sus ribetes de glamour de otro tiempo, las vestimentas formales, el encanto persuasivo que hay en el acto de fumar, el licor a deshoras y sin tregua. El choque también. Por momentos un tinte sofocante: el vértigo de ser mujer en ese momento, la mera idea. Angustiante. Las mujeres, en retículas, exigidas a llevar vidas adentro de los márgenes. Esposa y ama de casa, secretaria, o chica «moderna» de reputación cuestionable. Arquetipos. Un sinfín de normas trazadas.

Porque Mad Men es entrar a un mundo puntual, donde los únicos que pueden desear, crear, comandar, apetecer, vivir sin restricciones son los hombres. Sobre todo, estos hombres: blancos, de trajes grises, en los rascacielos de Nueva York. Hombres que están dictaminando bajo qué resortes se movilizan los deseos del consumo, la compra, esas grandes afirmaciones del sueño estadounidense. Mad Men es un retrato indirecto de los años sesenta. Bueno, de los años sesenta en un punto muy preciso de Manhattan. Al final del piloto introductorio se lee en la pantalla: «Mad men —un término acuñado al final de los cincuenta para describir a los ejecutivos publicitarios de Madison Avenue. Ellos acuñaron el término».

Llegué a la serie hace más de una década, en la mitad de mis veinte. Tenía el pelo muy largo, lo usaba lacio, escribía sobre moda, sobre literatura de mujeres, vestía con cálculo y esmero, estaba enamorada de un varón que me llevaba doce años. Uno que también era alto, oscuro y bello. Entonces, Instagram era inexistente, algunas personas nos cruzábamos el pin de un Blackberry. La serie empezó a aparecer frente a mi mirada las noches de los miércoles. Ese hombre fue lo primero. Don Draper. El fervor súbito de su presencia, la forma de su belleza, lo insólitamente buen mozo. Ahora veo que en ese entonces el hechizo del hombre bello caía sobre mí de manera diferente. La fantasía de esos ojos, esa piel, esa voz de él. Yo era ojos y deseo. Yo era apetito, aprendido, de obtener el reconocimiento de un varón. Y mi joven mirada coincidía con un amor espoleado por quemante sospecha. Las ansias, el torbellino de ansiar a un hombre fiel. Único él para mí. Única yo para él. Y, en cambio, las evidencias constantes de lo opuesto. Hábitos de hombres libre y hombres bellos. Mujeriegos. Esa palabra, que desprende el tintineo de la exaltación tácita.

Mi joven mirada coincidía con esa oficina a la que iba a diario, en ese prestigioso medio; un ala de revistas comandada por hombres. Entonces tenía en la punta de la lengua cosas que aún no sabía apalabrar. Serpenteaban en la cotidianidad. Ese trato, condescendiente, diferente que se me dirigía, contrapuesto por la complicidad de autoridad compartida entre los varones; la incomodidad, el escozor ante eso. «Misoginia» es una palabra que llegaría mucho, mucho después, pero cuyos contornos empezaría a percibir allí más agudamente, en esa atmósfera, en su textura vital, su cotidiana materia. Era joven y tenía ambiciones.

Pero también porque era joven y porque las palabras aún no habían llegado a revolotear lo suficiente como para hacerse discernimiento, el hechizo del hombre bello caía sobre mí de manera diferente. Por eso quedé smitten, starstruck cuando vi a Don Draper. Sin embargo, justo por eso, con las veces que repetí la serie, ese embrujo meloso empezó a abandonarme, a hacerse una sustancia que todavía me habita y que tiene que ver con ser una mujer que ama a los hombres, que intenta furtivamente verlos por fuera de narrativas totalizantes, que intenta mirarlos compasivamente, que intenta comprender que la rúbrica de lo «masculino», de manera similar a lo «femenino» —una de mis obsesiones y búsquedas más insistentes— es una fabricación, la suma de aprendizajes y espejismos de prescripción. La sustancia contrariada que habita a una mujer que sabe que muchos hombres fueron enseñados a ser varones de ciertas maneras, y que esas formas que me resultan atrayentes pueden ser, precisamente, la fuente de enajenación, de extranjería, entre hombres y mujeres. Soy la mujer que mira intensamente a Don Draper, a Mad Men y a los hombres. Siempre he querido devolverles la mirada, ejercer una mirada que asume el mundo activamente, ser yo quién decide qué palabras darle a lo que veo. También añoré, de chica —y cuando llegué a la serie—, que ellos me miraran. Allí estaba el ángulo de la promesa. Ah, suspiro de adolescente, de jovenzuela ambiciosa pero todavía inexperta, lo que daría por ser mirada por uno de ellos, así como enseñan los filmes estadounidenses, así como trazan las enseñanzas tácitas para algunas de nosotras. Ser mirada, ser vista, ser trascendente.

A pesar de su distancia, Mad Men me resultaba hirientemente familiar. El destino de esposa. Allí, en la pantalla, sucedía en los suburbios estadounidenses, en la frontera temporal que daba paso a la década del sesenta. En lo más familiar, me recordaba al mandato trazado para las mujeres en mi clase social. Tarde que temprano, de alguna manera, por resortes inevitables, todas nosotras habríamos de convertirnos en esposas, contentas y ojalá, sobre todo, en mayor o menor medida, entregadas al hogar. Para mí eran los noventa, Cartagena de Indias, mi madre. Mi madre una mujer hermosa, espléndidamente ataviada, ofrendada a esa vida de conservación de la casa, silencio, exquisitez. En la pantalla, esa mujer rubia, todo en ella belleza y gracia. Betty Draper, la mujer que espera, en casa, mientras el varón alto, oscuro y bello, el publicista exitoso, va y viene a sus anchas. Esa mujer que aguarda, que sigue esperando ser elegida, que gravita en torno a los movimientos de su hombre. La esposa «ideal», resguardada, que se hunde en el sopor de algo que la carcome pero que no sabe nombrar. Exactamente aquello a lo que otra Betty —por fuera de la ficción, de apellido Friedan— sí daría nombre para esas esposas de suburbios estadounidenses, en 1963. El asunto no está, por supuesto, en ser esposa o madre. Con frecuencia, lo «femenino» ha sido despreciado por ser clasificado como secundario, inconsecuente. Como pasa, por ejemplo, con todo lo doméstico. Lo doméstico, que sostiene nuestras mismas existencias, que requiere un trabajo vasto, constante, extenuante, se ha fabricado como lo menos importante. No son los roles en sí mismos sino las maneras en que se construyeron. Para mí, el destino era transformarme, tarde que temprano, en esposa burguesa. Y eso implicaba un pacto de silencio, de conformidad, de complacencia. El amor que vivía cuando empecé a ver Mad Men implicaba un rompimiento con eso. Pero era joven y esos mismos entrenamientos palpitaban todavía con más vigor, de maneras más inconscientes. Empezaba mi liberación, pero la complacencia ardía en mi interior. Era joven y retener el amor parecía ser urgente. Era joven y todavía, sin querer, era presa de mis adoctrinamientos y menos de mis propias convicciones. Ahora no soy joven y esa franja fronteriza, ese borde —entre mis aprendizajes y las creencias dadas por la propia experiencia— se mantienen en tensión. Liberarse como mujer, creo, no es arribar a un terruño concluyente, es un peregrinaje de constante asimilación.

Recuerdo, además, el hechizo de esa cualidad onírica de la serie. Algunas escenas me parecían sueños. Al verla, todo de repente se hacía más lento. De hecho, por eso muchas personas desisten de verla. Porque si algo consigue la serie es enquistarnos, con realismo potente, en esa Nueva York del comienzo de los sesenta. Estaba esa lentitud. Y el glamour espinoso de los whiskies servidos, impúdicamente, en plena mañana. Los cigarrillos incesantes, la nicotina omnipresente, hasta las mujeres embarazadas con una copa en mano y el cigarrillo en labios y vaivén. Tal vez esa joven que era quiso vivir en un momento así. Nada de gimnasios, de cálculos saludables, de entrenamientos, puro licor y nicotina sin tregua. A mi joven mirada le fascinaba el cruce entre tiempo y estética. Le captaba también intuir que cada época es una amalgama de invenciones aceptables.

Pero la fascinación estuvo, desde el comienzo, con la libertad intocada de Draper. Era mi relación con eso. Con mis fantasmas. Con una extraña identificación —o añoranza— de tener una libertad que aprendí a asociar, desde niña, con lo masculino. Tal vez Mad Men fue el primer atisbo de una contrariedad que hoy defiendo: el derecho al placer conflictuado; el critical spectatorship, ese poder ser espectadora crítica, mujer de mirada activa; ese poder extraer deleite de algo sin desconocer las espinas que encierra. Eso, sin embargo, conecta a su vez con algo más, con una serie de realizaciones que han ido asentando con el tiempo. Que, por decirlo de alguna manera, como una mujer que ha hecho de la liberación su forma de existencia, Don Draper es todo lo que, en teoría, no me «debe» gustar.

Me enfrento, tal vez, a las mañas de cancelación de nuestra era o al menos a una cuantiosa dosis de desaprobación al abandonarme a confesiones semejantes. Porque ahora comprendo que mi gusto por Mad Men, mi primer amor por Draper, no puede desligarse de un linaje más amplio, de un gusto complicado, problemático, por otros varones de pantalla. Hank Moody, el escritor promiscuo, de vestir negro y cigarrillos, de masculinidad errática en Californication (uno de mis «peores» feminismos imaginables). Vito Corleone en El Padrino, representado por el incomparable Marlon Brando, ese patriarca criminal que, de manera simultánea, sostiene la convicción de que la familia es lo más importante; el padre tierno, el mafioso autoritario. Por extensión, Michael Corleone, personificado por Al Pacino, el hijo pródigo que intenta con el alma escindirse de la herencia familiar, hacerlo distinto, y que termina por convertirse en ese capo sanguinario, cruento, que destierra a su mujer mezquinamente, que ama con locura a su hija, que asesina a su propio hermano, que se quiebra ante un cura en una confesión inolvidable. Samuel Rothfield en Casino