Madeleine - Marina Poyatos Aguilera - E-Book

Madeleine E-Book

Marina Poyatos Aguilera

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Beschreibung

Madeleine, una muchacha seguidora de la lectura y aparentemente corriente, es una persona dedicada a su familia. En la conclusión de su período de madurez, descubrirá que algunas de las historias fantásticas que ha leído a lo largo de su vida son reales y tienen otras interpretaciones. Un día es secuestrada por una banda de piratas, la cual la transportará a la Francia del siglo XVII. Desde entonces vivirá una serie de aventuras; se verá inmersa en la lucha en la que las fuerzas del Mal pueden alcanzar su victoria, y descubrirá que ella es muchísimo más de lo que creía ser. Dentro de un universo de hadas, brujos y hombres corrompidos, se ganará aliados como un ave parlante, un niño huérfano, un justiciero enmascarado y un mago. Empleará la inteligencia y el coraje necesarios para salvar a sus seres queridos (entre ellos el hombre con el que estaba destinada a unirse) y a los diversos mundos de terribles e inesperados enemigos antes de que todo cuanto conoce se convierta en un infierno eterno.

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Seitenzahl: 1186

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Marina del Carmen Poyatos Aguilera

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1144-335-7

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Personajes

Lista de personajes principales

Madeleine:es la protagonista. Recibe el mote de «Maddie» y, frecuentemente, es llamada «nuestra amiga», «nuestra heroína» y la «Elegida». Más tarde, Hannibal la llama «Ojos de mar».

Hannibal, el Duque de Vallombreuse:es el segundo personaje principal de la novela. Es convertido en un ser déspota por Frollo por medio de un engaño y un secreto.

Claude Frollo:es el antagonista principal de la novela. Bajo la identidad de mago y consejero Real, se hace llamar Jehan Claude.

Merlín:mago sabio y guía de Madeleine.

Caléndula:anteriormente conocida como «Maléfica», es la hermana de la protagonista. Es un hada y posee alas de águila.

Septimus:es el brujo malvado que asesinó al padre de Erasmus y echó un maleficio sobre el edén de las ninfas.

Coti, el loro.

Adham:es el tiránico sultán que domina el reino de las arenas negras. Llega a llamarse «Ubayd» para intentar engañar a la heroína.

Erasmus Hawk:es un mago bondadoso que fue víctima de un hechizo que lo convirtió en esclavo de Septimus.

Jabbar:legítimo heredero del reino de las Arenas Negras y hermano adoptivo de Adham.

Philippe de Sigognac, el Capitán Fracasse:justiciero y defensor de los desamparados.

Isabel:actriz y amada de Sigognac.

Jacques:un niño huérfano que apoya a Madeleine en algunos episodios de sus aventuras.

Capitán James Garfio:es el primer villano que aparece en el libro. Es el secuestrador de la protagonista.

Secundarios:

Quinton, el cocinero de Garfio.

Caspierre y La Fumée, amigos de Fracasse.

Shun-yong, dictador de la ciudad imperial china, se le llama «Shun» o «Yong».

Diábolo, el fiel cuervo de Caléndula.

Raudo, el corcel de Hannibal y uno de los amigos animales de Madeleine.

Omar, el hijo de Jabbar y sobrino adoptivo de Adham.

Los niños perdidos:Ronquidos, Antílope, Osezno, Colmillo, Aguerrido y Tomahawk.

Pilar, lamadre de Madeleine.

La reina del pueblo humano y las hadas y su consorte.

Stella,la hija de Erasmus Josué y Andrés, los hermanos humanos de Madeleine el genio del anillo Juan, el padrastro de la protagonista piratas (Smee, Bill Jukes y Stu El Ruin son tres de ellos), Jean Batiste (el mercader), parisinos, mosqueteros, soldados, Chevillard (servidor de Hannibal), Luis XIV, Aramis, príncipe de Moussy (padre de Hannibal), hadas, ciudadanos del reino de las Arenas Negras, ejército de muertos vivientes, demonios…

Primera parteViaje por mar

«Lo único que nos brinda el mar son golpes duros y, a veces, la posibilidad de sentirnos fuertes».

Primo Levi

CAPÍTULO 1 Un secuestro inesperado

Como ya sabemos o deberíamos saber, en una serie de aventuras intervienen varios personajes, pero, la mayor parte de las veces, uno prevalece sobre todos los demás. De esto tenemos varios ejemplos, como Simbad el Marino, Oliver Twist, Tintín, o D’Artagnan; pero, de vez en cuando, nos encontramos con más de una historia y otro u otros personajes que pueden alcanzar el mismo nivel de importancia que el llamado protagonista y, por lo cual, nos encontramos con una conexión de historias. A veces, son dos los que llevan la acción, como Astérix y Obélix, Charlie Bucket y Willy Wonka, Robin Hood y Marian, o Gerda y Kay1. Lo cierto es que lo que voy a narraros a continuación gira en torno a una muchacha, a los seres que la llevaron hacia grandes aventuras y al hombre que se convirtió en su esposo; pero a este último ya llegaremos un poco más tarde. Como esta larga historia está envuelta en la fantasía, empezaré por tres palabras que son tan mágicas como cautivadoras:

Érase una vez… una joven huérfana. Se llamaba Madeleine (para los amigos era «Maddie»). Su apellido no importa; española de nacimiento, vino al mundo en una ciudad no muy grande, pegada a las costas del mar Mediterráneo. Le gustaba leer obras de fantasía escritas por autores como los hermanos Grimm, Charles Perrault, Ernst Theodor Hoffmann… De vez en cuando, ella también trataba temas mitológicos de todas las culturas y relatos de terror o poemas de Edgar Allan Poe. Era una persona un poco solitaria, pero también era dedicada, en el sentido de que ayudaba a la gente en todo lo que podía. Entre aquella gente que proporcionaba ayuda destacaba el viudo Juan, el hombre al que Madeleine llamaba «papá» o «padre» y jubilado profesor de Latín. Maddie era una bella muchacha de redondeado rostro; su cabello, degradado por capas y reposante sobre sus hombros era de un hermoso rubio dorado, solo que fue más brillante tiempo atrás, antes de llegar a los diez años. Sus ojos… bueno, eran bonitos: algunos decían que eran verdes, otros que de color aguamarina, pues no eran del todo verdosos. Su piel, de un ligero tono rosado, era tan delicada que no debía permanecer demasiado tiempo al sol en un caluroso día de verano. Con respecto a sus piernas, no eran largas, pero sí perfectamente voluminosas y esbeltas.

Era un día de verano como otro cualquiera cuando empezaron las insólitas aventuras que cambiarían para siempre la vida de nuestra amiga. Ocurrió hacia la segunda mitad de los años noventa, los cuales servían de preludio para un nuevo siglo en el que aguardaban grandes expectativas. Era la última semana del mes de julio; Madeleine, ya una veinteañera, daba su paseo diario. Aprovechando que era la estación en la que anochecía más tarde, había salido hacia las seis y cuarto y se dirigía hacia el bosque de pinos y eucaliptos que adornaba el monte de su ciudad. Lo cierto es que a su padre no le gustaba que anduviese sola por un lugar aislado, pero Maddie era, de vez en cuando, muy atrevida aunque no temeraria, pues tomaba la precaución de no pasear de noche por ciertos sitios.

Como ya he mencionado antes, tenía muy buen gusto para la lectura. Las historias fantásticas le influenciaban a pasar por lugares de aspecto misterioso e inhóspito que le inspirarían a escribir una obra. Paseó entre los árboles que vagamente cubrían el camino asfaltado y que dejaban paso a otros senderos sin revestir que conducirían también a un castillo (construido por manos musulmanas en época medieval), que se hallaba en todo lo alto. Desde allí, podía contemplar su ciudad natal y el azulado y claro Mediterráneo. Desde muy pequeña, muchas veces se le había pasado por la cabeza la absurda idea de vivir en él; vigilaría desde sus torres toda la ciudad, siendo la reina de ésta. Desde luego, era algo fantasiosa. Incluso siendo adulta e inteligente quería soñar y refugiarse en otros mundos con tal de esquivar los problemas de la vida.

Desde la cima, los barcos parecían formar parte de una maqueta, así como el parque del centro, las carreteras, los coches, los edificios… hasta las personas que iban y venían. Viviendo en una ciudad preciosa, Madeleine no podía quejarse tanto. El alcalde de su ciudad era un gran hombre y muy buen planificador, cosa que no se puede decir de los políticos corruptos que aspiraban hacerse con el Gobierno por aquel entonces. Contemplando desde el mirador del castillo (conectado a otro más pegado al casco urbano), dirigió su mirada hacia el puerto. En el embarcadero, entre los blancos yates, había un barco más grande que los otros. No podía distinguir bien su color, pero indudablemente se trataría de un tono marrón oscuro. Pudo percatarse de que estaban ausentes las velas (claramente porque estaban aseguradas).

Pensó en bajar al puerto y echar una ojeada. Como hacía más de una semana que no iba por allí a causa del terral que estaban pasando, se le ocurrió que el barco ya no iba a estar al día siguiente y descendió la escurridiza cuesta que conectaba el castillo del monte con la ciudad. Le gustaba el lugar, pero, como era normalmente decente, nunca se le hubiera ocurrido llevar a su padre por allí, ya que no era un sitio muy de fiar y el hombre carecía, desde muchos años, del aspecto de un chaval. Mientras bajaba cuidadosamente observó, durante unos instantes, que un loro rojo de alas azuladas y verdosas parecía seguirla con la mirada desde los pinos y setos que adornaban el recorrido. Un cuervo de plumas más negras que el azabache se aproximó graznando hacia él y empezaron a pelearse en el aire. Parecía que iba ganar al loro, pero éste reunió fuerzas y con sus picotazos y zarpas espantó al pájaro negruzco, el cual emprendió la huida hacia el horizonte, donde las últimas luces del sol aún asomaban. Madeleine sintió lástima por el pobre y ausente animal; ojala sus heridas no fueran graves. El loro, un poco desplumado, emprendió el vuelo y gritando continuamente: «¡Sin plumas, sin plumas, sin plumas…!». Fue en dirección hacia el mar. Maddie parecía ser la única persona que había presenciado tal pelea, pues ningún otro pasaba por allí para contar también lo sucedido.

«¿Por qué se habrán peleado? —habló el pensamiento de la joven—. ¿Es que ahora los loros quieren comer carroña?».

Lo curioso era que ni el loro ni el cuervo eran aves típicas de la fauna de aquella ciudad a las orillas del Mediterráneo, aunque Madeleine sabía que, desde pequeña, había sentido la presencia de un cuervo que parecía seguirla por todas partes o permanecía quieto junto a los árboles que se avistaban frente a las ventanas de su piso.

Cuando terminó de descender llegó a un jardincito, que había sido construido al lado del ayuntamiento —un edificio de planta rectangular y estilo neoclásico— y ante unas puertas de hierro que hacían de entrada del castillo inferior, en el que se exponían rosas de diversas clases. En ese instante, le pareció oír una voz (en realidad, un susurro) que le decía: «Vuelve a casa». Se le ocurrió que podía tratarse de un bromista que no tenía obligación alguna y no hizo caso.

«¡Madeleine!», dijo la voz con más fuerza. Esta vez, la chica miró a su alrededor; pero solo vio, circulando calle abajo, a una familia. Debía estar susurrándole su mente. «Vuelve a casa. No sigas con tus distracciones», seguía diciendo la voz. Madeleine pasó de ello; sin embargo, por un instante pensó que era su conciencia y miró su reloj de pulsera. Eran casi las ocho y media. Se despreocupó. Tenía un móvil recién estrenado en el bolso, además de dinero, llaves y documentos. Llamaría a su padre y le diría que volvería un poco más tarde para cenar, pero que cogería el autobús en el parque del centro. Dirigiéndose hacia el puerto llamó a su padre, pero, como respuesta, se escuchó la señal de llamada seguida por unos desagradables pitidos de estar comunicando. Lo llamó por segunda vez y obtuvo el mismo resultado. «Echaré un rápido vistazo hacia la parte exterior del barco y me iré en seguida», se dijo con decisión.

Tras cruzar la carretera que dividía el parque en dos porciones (dos hileras largas asfaltadas y cubiertas de árboles y con el añadido de bancos y fuentes), llegó cerca de la valla del puerto. Mientras subía por una pequeña rampa de acceso, sintió que alguien tiraba de su brazo. Hubiese caído rodando por el suelo de no haberse agarrado a la metálica baranda que tenía al lado. Unos muchachos que pasaban por allí, al sentir el brusco roce de la muchacha con sus cuerpos, protestaron. Esta les gritó que no tirasen de ella, pero los chicos negaron (a la vez que protestaban) que hicieran tal cosa y siguieron su camino. Pese a que creía en la falta de inocencia de los muchachos, Maddie no quiso seguir con la discusión y siguió adelante.

Apenas llegó arriba, contempló el grandioso barco. Era enorme; debían de caber cuarenta personas o más en aquella fragata de veinte metros de eslora. Su madera parecía de buena calidad y estaba como recién barnizada. Tenía tres mástiles bien altos y sus cerradas velas eran blancas; no se apreciaba distintivo alguno en el mástil mayor, como la bandera de una nación, un escudo de armas o… Bueno, os haréis una idea.

Siguió mirando el resto. Una larga y ancha rampa conducía hacia el interior de la nave, dentro de la cual se apreciaron voces de niños. Fue hacia la parte delantera (proa), en la que un esqueleto, con una espada de hoja fina alzada en sus manos, decoraba el bauprés puntiagudo. Se dirigió a la popa; ésta tenía un par de grandes ventanales que formaban los ojos de una monstruosa cara que parecía tener una nariz respingona; una enorme boca mostraba una terrible sonrisa con sus desmedidos dientes. Sobre dichos ventanales se situaba una larga placa metálica cuya inscripción apenas era legible debido a la oxidación. Madeleine hubiera jurado que poníaJolly Roger2. Ese era el nombre del barco del Capitán Garfio, eterno enemigo de Peter Pan. Intuyó nuestra amiga que el barco era una reproducción para mostrar, a lo vivo, un espectáculo teatral sobre la última batalla entre Peter y Garfio. Hacia aquellas horas, el puerto estaba lleno de gente; incluso los bares y tiendas que estaban allí permanecían abiertos hasta una determinada hora nocturna. La fragata, con el ancla bajada, estaba flotando a su lado, y la gente pasaba de largo como si nada. Hasta en un parquecito cercano, adornado con una fuente, había unos bultos inamovibles que ocupaban tres largos bancos y una porción del suelo; supuestamente vagabundos envueltos en grandes mantas.

«A lo mejor ahora no hay espectáculo teatral —pensó—. Tal vez ahora toman un descanso los actores, entre los que se encuentran los que hacen de Niños Perdidos. Y apostaría a que, en cuanto suba, me invitarán a un restaurante en donde servirán marisco de varias clases. Y quizá carne de ternera bien jugosa».

Sacó de nuevo su móvil para tratar de llamar a su padre; si el barco tenía un bar y estaba abierto se tomaría algo allí y volvería a casa con el estómago lleno. Con la llamada, Juan no se molestaría en poner un plato más. De nuevo, sonaron las molestas señales e, instintivamente sin saber por qué, se quitó el reloj de pulsera y se lo guardó en un bolsillo de su pantalón deportivo.

Oyó la voz de un niño que gritaba. Maddie volvió la vista hacia la ancha rampa y vio a un hombre de aspecto desaliñado con un sombrero de tres picos y a otro más grande y robusto que arrastraban a un chico de piel morena casi famélico y cubierto de harapos, hacia el interior de la nave. Al principio, la joven no quiso intervenir pensando que era parte de una dramatización, pero cuando observó que el niño se resistía y recibía un fuerte golpe en el vientre por parte de uno de los dos tipos, gritó pidiendo ayuda. Había gente y, sin embargo, ella parecía invisible para ellos. Decidió acceder al barco. Subió con cautela la rampa, agarrándose al cordón que hacía de pasamanos y llegó al interior. Para su sorpresa, lo único que encontró en el mismo instante que tocó el suelo de la cubierta fue a un grupo de niños: el chico de la ropa harapienta que había intentado forcejear con sus captores yacía maniatado y tumbado en el suelo soltando sollozos; otros seis niños (todos ellos varones) estaban atados al mástil principal. Dos de ellos (que eran gemelos) vestían pantalones de piel, llevaban un tocado con una pluma y un maquillaje semejante al de los indios de películas del Oeste; y los otros cuatro (tres de los cuales tenían también la piel morena), como vestimenta, portaban pieles de animales. Lo que presenció era excesivo para ser teatro y no había público que prestara atención. Madeleine se acercó al joven tendido y observó, al quitarle lo que le cubría el torso, una marca rojiza en el vientre; fue hacia los otros chicos, aunque algunos sacudían la cabeza como señal de que no actuara.

—Niños, no os preocupéis —se limitó a decir para calmarlos—. Buscaré ayuda.

—¡No! —gritaron entre todos en cuanto ella se dio la vuelta.

Cinco piratas ya los estaban rodeando. Blandían unos enormes sables y esbozaban unas enormes y diabólicas sonrisas. Tan grandes eran dichas sonrisas que a uno de ellos se le veían unos horribles dientes podridos y a otro de raza marroquí, gordo y con gruesos bigotes negros, se le distinguía un diente de oro.

Nuestra protagonista, notando que eran espadas auténticas, no se atrevió a sacar la navaja que guardaba en su bolso negro como protección. Todo aquello era prueba definitiva de que no se trataba de teatro; se mordió los labios para no gritar «¡Auxilio!», por si eso impulsaba a los piratas a matarla enseguida. El cielo se oscureció de pronto y comenzó a chispear; durante todo el día no se habían detectado nubes y, no obstante, la bóvedaceleste se había cubierto de nubarrones cargados. Una voz masculina gritó desde arriba:

—¡Izad el ancla! ¡Soltad amarres!

Otros dos salieron de las sombras y agarraron a Madeleine. Esta vez trató de defenderse mediante el forcejeo. Sonó un estruendo y los piratas que agarraban a la chica la soltaron; los otros se hicieron a un lado en cuanto se dirigió hacia el bordillo y se asomó. La rampa, por la cual había subido, estaba retirada. Otros tipos, que se encontraban en tierra firme, estaban quitando las gruesas cuerdas que unían el barco con el resto del puerto. Durante unos segundos, Madeleine (que ya tenía el miedo dentro del cuerpo) apartó su mirada hacia el pequeño parque del puerto y vio, en medio de la lluvia que empezaba a apretar, unas mantas gruesas tiradas en el suelo. Los bultos que estaban tendidos allí no eran vagabundos, sino más piratas que se habían camuflado y que ahora estaban soltando los amarres. Un par de manos agarraron a la muchacha por los brazos. Ahora, los piratas del puerto estaban enganchados a los amarres que acababan de soltar y trepaban por ellos. Para Maddie no era aquel rapto lo más extraño; más carente de sentido era que la gente en tierra firme no prestaba atención a lo que pasaba, como si el barco y los que estaban en él no existieran. La lluvia caía y, sin embargo, no empapaba a los ocupantes del barco ni a la gente que paseaba. El enorme pirata que sujetaba a la joven la arrastró hacia donde estaban los niños.

—¡Por favor! ¡Dejadlos en paz! No son más que chiquillos.

El rufián le tapó la boca mientras que el resto de sus compañeros reían a la vez que desataban a los niños y los llevaban al otro lado de la cubierta. Aparecieron otros «marineros» por una puerta lateral. Uno de ellos era un hombrecillo rechoncho con un gracioso gorro de lana teñida de rojo; portaba una camiseta de rayas blancas y azules, y una chaqueta vaquera aparentemente un poco estrecha. Sus pantalones, que llegaban hasta las rodillas, eran de un descolorido tono franela; y sus zapatos eran unas sandalias. Ah, y portaba unas pequeñas y redondas gafas de leer. Debía tratarse de Smee, el fiel ayudante y primer oficial de Garfio.

—Lo siento, querida —dijo el hombrecillo—. Ellos recibirán su merecido mientras que usted es una excepción. Son órdenes del capitán.

Los ojos de Madeleine expresaron incredulidad.

—Espero que disfrute de una agradable estancia en su barco —añadió el tipo.

Hizo un gesto con la cabeza y el pirata enorme se llevó a la joven en dirección a donde habían arrastrado a los siete varones; pero a estos los iban metiendo por una trampilla del suelo mientras la nueva rehén era trasladada a la parte de la popa, en dirección hacia una puerta pintada de negro, junto a la cual había una escalera que llevaba a la parte de arriba, donde se encontraba el timón de mando. Un cartelito pegado en la puerta ponía: «Cap. Jas Hook»3. Durante un momento, el pirata grande soltó a la prisionera; Smee, que iba detrás, sacó unas llaves de su bolsillo. Madeleine miró al hombre que la había estado sujetando y se fijó. Era un hombre musculoso y las únicas prendas que portaba eran un pantalón con bordes descosidos y un pañuelo en la cabeza. Ningún centímetro de su piel estaba sin tatuar; una de sus numerosísimas marcas revelaba su nombre: Bill Jukes.

Smee encontró la llave correcta y la metió en la cerradura del camarote. Otro pirata, jorobado y más viejo que Smee, empujó a la muchacha hacia dentro. Esta se volvió hacia la puerta. Con una sonrisa ligera, Smee le dijo:

—Por el momento, estará aquí sola. Siéntase como en casa, pero no haga ninguna estupidez. Estará bajo nuestra custodia. Además, debe agradecer que la hayamos dejado ilesa. ¡Disfrute del viaje!

Iba a marcharse cuando recordó algo.

—Señorita, denos su alforja. Que conste que con la más mínima resistencia…

Maddie —que supo a qué se refería Smee— se quitó el bolso, no sin antes pedir permiso para sacar una funda rectangular que contenía las preciadas fotos de sus familiares. Lo tiró al suelo de la entrada.

—Hasta luego, señorita —se despidió el viejo bucanero tras coger el bolso y cerrando la puerta con delicadeza. Se oyó un chasquido en la cerradura.

En aquel momento, Madeleine habría ido corriendo hacia la puerta y la hubiera golpeado repetidas veces, suplicando que la sacaran de allí a cambio de no contar lo sucedido a nadie; pero, siendo una persona racional la mayor parte del tiempo, detuvo el pensamiento. Viendo películas, leyendo relatos, cuentos y libros de historia —y teniendo a un padre especialista en filosofía, latín y psicología—, conocía la mentalidad de determinados seres. Bill Jukes, que estaba de espaldas, era visible desde una pequeña ventana desde la que se divisaba la cubierta del barco. Si la rehén hubiese empezado a gritar, Jukes se volvería para mofarse de ella y le diría algo así como: «Lo siento, querida, pero no tenemos buen oído para personas como usted».

Una bandera negra con una calavera y dos huesos cruzados se alzó; un ligero movimiento se hizo notar. El barco se había puesto en marcha.

CAPÍTULO 2 El capitán

«Debe ser un sueño. O un grupo de locos», pensó nuestra amiga. Se le ocurrió pellizcarse; no cambió la visión del entorno en que se encontraba. Probó clavarse las uñas. Nuevamente, nada cambió. Con tanto tiempo que ahora tenía para cavilar, se planteaba si los secuestradores eran un grupo de delincuentes que se hacían pasar por una compañía teatral para robar y secuestrar en pueblos costeros. No creía en la posibilidad de que la ficción literaria cobrara vida; pero los fenómenos que habían tenido lugar (la voz que le advertía, la lluvia surgida sin más en el puerto, la gente que pasaba por allí sin ver lo que acontecía en el barco…) le estaban haciendo cambiar de opinión. Era algo increíble.

Miró lo que tenía a su alrededor. El camarote, iluminado por varios candelabros y lámparas de gas, tenía una rica decoración. El papel de las paredes era de un bello color carmesí, rematado por una serie de líneas rectas y doradas que se cruzaban y formaban un sinfín de rombos; el suelo estaba cubierto por una enorme alfombra de color púrpura, en cuyo centro se dibujaba la figura de una sirena. Sobre dicha alfombra había una larga mesa; en cada lado, una silla con reposabrazos, aunque una de ellas tenía un largo respaldo acolchado que estaba coronado por dos tritones sosteniendo una diadema. Una estantería llena de libros de funda negra y protegida por unas cristaleras que se abrían con una llave, tenía talladas unas volutas en la parte de arriba, dando la sensación de ser un capitel jónico. Las patas de este mueble eran largas y sus bases se asemejaban a las zarpas de un lobo.

Un escritorio, sobre el que se veían objetos como un pequeño catalejo, un compás, una pistola de un solo tiro y el mapa de una isla, se encontraba hacia el fondo del camarote, entre los dos ventanales que formaban los ojos de la monstruosa cara de la popa. Al lado, había un gran globo terráqueo labrado en madera.

En un lateral de la habitación, se veía una chimenea sin fuego sobre la que había una repisa, encima de la cual se encontraba un gran retrato. Estaba pintado el busto de un hombre de cabellos largos y negros, de barbilla prominente (apenas sin afeitar), bigotes largos y rectos y ojos de un azul similar al tono del zafiro. Había una expresión de ira, cuya medida se podría contar si uno se metía en la piel del personaje que mostraba dicho sentimiento.

Lo último que se podría añadir sobre este lugar (además de un piano que se encontraba en el fondo y los numerosos espejos que colgaban de las paredes) era la ausencia de relojes.

De repente, Madeleine quiso probar una teoría. Cogió la silla más pequeña y con ella golpeó los cristales de las grandes ventanas en un desesperado intento por romperlas. Ni empleando toda la fuerza que tenía logró hacer una simple grieta; probó con un candelabro grueso. Solo dañó la cabecera de este. Guardó silencio unos instantes, esperando a que el vigilante soltara una risotada como respuesta. Nada. Únicamente se escuchaba de fondo el sonido de la imprevista lluvia y el alboroto organizado por los piratas.

«Es como si me hubiesen estado esperando —pensó la joven—. Pero… ¿esperándome para qué? Me han pedido el bolso en lugar de quitármelo a la fuerza. Y no han caído en que llevo un anillo de plata o un colgante de cuarzo rosa con engarce también de plata».

Miró durante unos segundos la pieza hexagonal de cuarzo rosa que llevaba en el cuello. Era del tamaño de un dedo índice de un niño de tres años.

Se dirigió de nuevo a los ventanales, pero en vez de la visión de un puerto perdiéndose en la lejanía, se percibían por ellas neblina y gotas de agua cayendo. Sintiendo un poco de mareo, se echó al suelo para aliviarlo; se quedó mirando un instante las fotos de su familia y se echó a llorar.

Un rato más tarde, cuando la lluvia había amainado, se oyó de nuevo el chasquido de la llave. Madeleine, que se había quedado dormida, se levantó al instante y se restregó los ojos. Era Smee, que llevaba, colgando de un brazo, un vestido blanco con mangas anchas y volantes en el pecho; en la mano del brazo contrario, un peine y un par de zapatos de tacón y del mismo color que el vestido.

—El capitán llegará en seguida —dijo—. Póngase esto. Como invitada suya tiene que estar usted presentable. Trate de complacerle.

Madeleine cogió los objetos que portaba el ayudante bucanero y le dijo en un leve tono de inseguridad:

—Estaré preparada para cuando llegue. —Y, por fastidiar un poco a Smee y desahogarse, le dio un puntapié en una pierna.

—¡Ay! —exclamó el viejo pirata.

—Disculpe —dijo la chica en tono burlón—. Tengo un espasmo nervioso.

Smee guardó silencio unos instantes.

—Apresuraos —se limitó a decir antes de marcharse y sin poder disimular el dolor y la cojera temporal.

Sola de nuevo, Madeleine se metió detrás de un biombo para cambiarse de ropa. No le hacía gracia que Bill Jukes la espiara por la ventanilla para verla desnudándose, aunque la habitación estuviera vacía; además escondía (por precaución e ingenio suyo), dentro de un bolsillo interno de su pantalón, una navaja más pequeña que la que llevaba en su bolso, y que servía de llavero. Y no hay que olvidar el reloj de pulsera que se había guardado.

Se puso el traje nuevo. El vestido, de un blanco inmaculado, le quedaba un poco estrecho y le llegaba por encima de los tobillos; y los zapatos, pese a estar recién estrenados, eran cómodos, como si ya se los hubiera puesto otras veces. Una vez se puso el atuendo, enganchó la navaja en suslip—por dentro del vestido— y escondió su reloj en el escote de su ropa recién puesta.

Se peinaba cuando llamaron a la puerta y una voz grave sonó por detrás de la gruesa madera.

—¡El capitán ya está ante su puerta!

Madeleine salió de detrás del biombo, colocó el peine encima del escritorio, escondió las fotos de sus familiares debajo del mapa y se puso frente a la entrada. Nada más abrirse la puerta entró volando el mismo loro que Madeleine había visto luchar contra un cuervo entre los árboles del sendero de los castillos. La joven tuvo que agacharse porque el animal volaba bajo y a gran velocidad. El casi desplumado pájaro se posó encima de la estantería y gritó:

—¡Entrando! ¡Entrando! ¡Entrando!

Salió a escena un grupo de hombres que portaba bandejas cargadas de suculentos manjares. Un par de platos y dos pares de cubiertos se colocaron a ambos extremos de la gran mesa; lo último en traerse fueron dos copas (cada una para cada extremo) y una gran botella dewhisky.

Entonces, entró una alta figura. Era el mismo hombre del cuadro; tenía los mismos rasgos faciales aunque le faltaba la expresión de ira. Estaba sonriente e iba elegantemente vestido con una especie de abrigo rojo de tejido fino que le llegaba hasta los gemelos de sus piernas, cubiertas por unos leotardos blancos sobre los que llevaba puestos unos pantalones de media talla. Unas pequeñas botas negras de medio tacón con hebillas de oro cubrían sus pies. Del cuello de su abrigo sobresalía un blanco pañuelo de muchos pliegues y una banda marrón claro que le cruzaba el pecho sostenía la vaina en la cual guardaba su espada con empuñadura bañada en oro.

En su cabeza, de la cual caían sus negros cabellos, portaba un gran sombrero rojo adornado con una pluma blanca que podría ser del mismo tamaño (o más grande). El personaje era principalmente distinguible por el brillante garfio de acero que sustituía su perdida mano izquierda. Se aproximó a la joven, que lo miraba con nerviosismo.

—Mademoiselle—dijo quitándose el sombrero y haciendo una reverencia—. Mis cordiales saludos y mil perdones por cómo le han dado la bienvenida mis hombres.

—En tal caso ha sido una “malvenida”—dijo la chica.

El Capitán Garfio ordenó entonces a sus camaradas que se retiraran, no sin que antes pidiera a uno que se llevara del biombo, las prendas que la joven vestía y que se deshiciera de ellas. Una vez se marcharon entró Smee de nuevo y, con un tarro de perfume, echó unas gotas sobre el biombo. Madeleine, que estaba atenta a todo lo que veía, puso una cara de agobio.

«Todo perfecto para el jefe —volvió a pensar para sí la joven, esta vez con sarcasmo—. Como si mi ropa tuviera encima la Peste Negra».

Finalmente, se quedaron a solas ella, Garfio y Smee. El jefe pirata le pidió amablemente a la prisionera que tomara asiento. Conaire humilde, esta obedeció; tras dejar en un perchero su sombrero y su espada, Garfio ocupó el alto sillón con respaldo acolchado. Miró a Maddie, quien parecía echar un vistazo al suelo. Había mucha comida y, no obstante, ella se resistía a probar bocado.

—Come, querida —rogó el pirata—. No vas a dejar tu estómago vacío de por vida.

Ella mostró su deseo de resistencia.

—Preferiría morir de hambre antes que probar comida tomada por saqueadores.

Garfio hizo como si meditara un instante y dijo sonriendo:

—Tenemos abajo a unos cuantos chicos. ¿Averiguamos si tienen una segunda opinión? ¿O los invitamos a probar uno a uno el filo de nuestras resplandecientes hojas?

Smee soltó una risita.

—¿Te arriesgas? —preguntó el capitán al ver que la “invitada” no quería contestar.

Comprendió esta que conocían su debilidad por los niños. Sabía que Garfio era capaz de matarlos, pero jamás soportaría verlos morir. Además, aún podrían tener salvación.

—¡Pica, pica, pica! —gritaba el loro por encima de la estantería, como si estuviera indicando a la “huésped” que tomara algo. Entonces, emprendió de nuevo el vuelo para acercarse a los suculentos alimentos; pero Smee, que llevaba tras la espalda una especie de raqueta de mango largo, le propinó un buen golpe que lanzó al animal al otro lado de la sala, dejándolo atontado.

La chica, que había permanecido unos segundos en estado deshockpor el vuelo del ave y el golpe que por poco iba a rozarle la cabeza, se limitó a coger un muslo de pollo por el hueso y empezó a roer. Apenas pudo apurarlo porque tenía tocino; tomó otro, seguido de un filete de pez espada.

—¿No hay otra cosa para beber? —preguntó.

Garfio se encogió de hombros como si no supiera.

—Si quieres, podemos servirte ron o vino. Pero no tenemos más bebida.

Al no haber otra cosa para calmar la sed, Maddie pidió que le echaran un poco dewhisky. A duras penas vació el vaso; daría lo que fuera por un buen refresco, Coca-Cola o un Sprite.

—Si te acostumbraras al alcohol, no te resultaría repugnante —dijo Smee al ver la expresión del rostro de la muchacha tras soltar el vaso en la mesa.

—Cada cual elige la bebida que le guste o le convenga.

—Touché—dijeron al unísono Garfio y el señor Smee tras pensar unos segundos.

—Tiene usted una habitación muy bonita —dijo Madeleine mirando a su alrededor a la vez que le hablaba al capitán—. ¿Es para compensar su complejo de inferioridad?

—Uy, uy, uy —susurró Smee.

El semblante del malvado jefe pirata cambió a un tono serio.

—Smee ya me advirtió de que tenías don de gentes. Hace un rato fue víctima de un tic nervioso tuyo.

—Me pasa de vez en cuando; especialmente cuando estoy junto a alguien que es mucho más que un indeseable —contestó Maddie cambiando el tono burlón de su voz a uno de enfado.

Smee se acercó a su jefe y le susurró al oído:

—Capitán, creo que tenemos una pulga muy rebelde.

La “invitada”, que tenía muy buen oído, respondió:

—No me llames pulga. Es verdad que soy muy joven, pero soy una adulta. Di, si te place, que soy una garrapata, que está más crecidita y es peor que las pulgas.

Había recobrado el humor y su tenaz carácter.

—Mujer, ¿a qué viene esto? —preguntó hastiado Garfio.

Esta vez fue Maddie quien se encogió de hombros.

—No sé. Solo quiero soltar la mayor cantidad posible de mal humor.

—¡Pues yo también puedo estar echando humo por las orejas! —El Capitán Garfio dio un salto que estuvo a punto de derribar la mesa con todo lo que había encima.

Madeleine contuvo la risa y se puso seria.

—De acuerdo. Ahora en serio. Su habitación sería la envidia del Palacio de Versalles.

El cabecilla bucanero, sentándose de nuevo, se sintió halagado y rio.

—¡Oh, bueno! ¡Costó algún tiempo remodelarlo, pero ya ves!

—En serio —prosiguió la chica con fingido tono de seguridad—. Es un buen cuarto; cualquier otro capitán renunciaría a todo su botín para quedarse con esta nave.

La risa de Garfio se hizo más elevada. Entonces se paró en seco.

—No lo dirás por peloteo, ¿verdad?

—Solo estoy constatando un hecho —”afirmaba” Maddie—. Ojala tuviera una casa, o una habitación que fuera así; en mi hogar, mi dormitorio es casi un cuarto de esta sala.

Cogió una manzana verde como postre para quitarse el fuerte sabor awhiskyque aún captaba en su lengua.

—Y eso no es todo —dijo Smee.

Fue hacia un extremo de la pared y giró una pequeña rueda en formade timón que estaba incrustada. Una enorme cama, con cortinas color escarlata de bordes dorados, una colcha del mismo color y tres cojines en la cabecera bajó del techo y se situó entre la gran mesa de comer y el escritorio. Smee giró de nuevo la rueda y el ostentoso lecho desapareció por donde había surgido.

—¿A quién perteneció este barco? —preguntó la muchacha para serenar un poco la situación.

—Nada menos que al pirata Barbanegra —respondió algo refunfuñante el capitán.

—No le tenía usted mucha simpatía. ¿No es así?

—En mis inicios, dentro de la piratería, era su limpiabotas. Siendo yo un chico abandonado me ofreció una salida: convertirme en su grumete a cambio de una vida llena de comodidades. Dada la situación en la que me hallaba, no tuve opción. Con el tiempo, el… “cariño” que sentía por mí se convirtió en abuso; no fui la única víctima, eso desde luego. Fue la razón por la que recibí apoyo. Uno de mis aliados, al que ya perdí algún tiempo, fue el remedio perfecto para tenderle a Barbanegra una trampa. Era un hipnotizador profesional.

»Sometió al jefe y a unos cuantos fieles a un hechizo mientras estaban de juerga en un bar de la ya recientemente atacada ensenada de Ocracoke4. Lo hizo con unas cuantas palabras y un pequeño péndulo con una espiral dibujada. Los atrajo hasta un barco de segunda cuyas bodegas estaban rebosantes de ron; hizo incluso que llevara la nave hacia mar adentro. Muy poco tiempo después supimos que la Navía Real Británica había acabado con él. Según parece, había estado bebiendo junto a sus hombres la noche anterior, supongo que para desahogarse por la humillante situación en la que se encontró.

Él y Smee se echaron a reír a carcajadas. El loro, que había empezado a recobrar el sentido, también rio. Tan sonora era su risa que Smee cogió de nuevo su larga raqueta y, yendo a la zona en que había aterrizado el animal, le propinó otro golpe que lo dejó medio muerto. El ayudante soltó en el suelo el prolongado objeto y habló.

—Mis disculpas, damita. —Hizo una reverencia ante la chica—. Este loro, pese a ser eficaz, es capaz de volver loco a cualquiera. —Volvió al tema anterior—. Respecto al destino final de Barbanegra… Tuvimos entendido que un tal Maynard5llegó a Virginia con su cabeza atada a uno de sus mástiles. Fue colocada en una estaca en la desembocadura del río Hampton.

—Fuimos allí de incógnito y, como recuerdo de la visita, nuestro dibujante profesional hizo un retrato mío posando junto a su cabeza —agregó el jefe sin poder contener las lágrimas de risa—. ¿Quieres verlo?

—¡No, gracias! —gritó con repugnancia la veinteañera—. Le creo; no necesito ver la prueba.

Garfio concluyó con satisfacción:

—Desde el día en que lo vimos zarpar inconscientemente hacia el horizonte, fui el hombre más temido de los siete mares. Ni Long John Silver fue capaz de probar lo contrario.

—Si usted lo dice… —murmuró Maddie con total falta de convicción.

Supiera o no Garfio que la joven había dicho aquello de manera que él lo escuchara, apretó los dientes y se aproximó a quien jugaba con sus emociones.

—¿Dudas de mis palabras? —Acercó con aire amenazador su garfio al rostro de la joven, quien dejó caer al suelo la manzana que no pudo apurar del todo—. ¿Qué o quién te hace sentir insegura?

Algo temblorosa, la muchacha respondió:

—Tienes un enemigo, responsable de que perdieras la fama y la gloria, además de una mano. Usted echa de menos los viejos tiempos, de eso no hay duda. Aunque no tanto como su tripulación.

Los azules ojos del airado y dolorido capitán casi se salieron de las órbitas.

—¿Qué quieres decir?

—Hasta ahora se las ha apañado para que los suyos permanezcan a su lado y le obedezcan. Pero… ¿cuánto durará? ¿No ha pensado en los pelotilleros y en posibilidad de un amotinamiento?

El capitán colocó la punta del afilado objeto que ocupaba el lugar de su mano izquierda en la garganta de Madeleine. Esta tragó saliva.

—Si no fuera por la persona que nos pidió que te trajéramos con vida, tendría el gusto de rajarte la garganta —dijo el jefe pirata con una sonrisa maligna—. Casi has conseguido sacarme de quicio, pero no vas a hacer que dude de mis camaradas.

CAPÍTULO 3 El problema con los niños

Ante las palabras de Garfio sobre traerla con vida, Maddie dijo extrañada:

—Cuando me metieron en su camarote y vi luego a su loro entrando aquí llegué a imaginar que me habían estado esperando, pero desconocía y desconozco el objetivo. Ahora que sé que usted no es el cerebro del plan de mi captura, ¿quién os dio el encargo?

—Un hombre de gran influencia —dijo Smee (por detrás de su jefe) con rapidez—. Un tipo que emplea mag…

El capitán le propinó, con su talón, un golpetazo en una pierna y le ordenó que no hablara más de la cuenta.

—No debí mencionar al individuo. —Suspiró el pirata, apartando su garfio del cuello de la prisionera y lanzando una mirada de cabreo a su ayudante—. Pero ya que lo he hecho, le diré que te raptamos porque aquel hombre nos prometió que, una vez cumplida la misión, podría acabar de una vez con Peter Pan, a quien vi, en nuestro último encuentro, riéndose de mí con sus niños perdidos y esa tal Wendy mientras me intentaba dar caza el cocodrilo. Te necesita a ti y a tu colgante de cuarzo rosa.

—¿Por qué? —interrogó la joven con la necesidad de saber más—. Si, por algún motivo, soy valiosa y mi colgante también vale, ¿por qué en vez de entregarme a él os quedáis con ambas cosas? Usted, capitán, dice ser una gran personalidad…

—Ese hombre aseguró que siempre cumplía su palabra —interrumpió el jefe volviéndose a Madeleine—. Al principio, pensé en lo que me acabas de preguntar; pero ese tipo es… muy persuasivo. No indicó el porqué de tu importancia, pero decía que estaba haciéndonos un favor. Incluso nos mostró que podía vigilar nuestros movimientos a distancia. Si arrojaras al mar tu colgante, nos veríamos obligados a acabar con los niños delante de tus ojos para dejarte a ti en último lugar. Y si te suicidaras, a nosotros nos esperaría una buena. Pero en muy poco tiempo eso no nos preocupará. En cuanto lleguemos, nos haremos cargo de ese hombre.

La muchacha se limitó a suspirar.

—Supuse que una respuesta así me daría. —Garfio volvió a su asiento y tomó un trago dewhisky—. Por ahora eres nuestra invitada. Mañana te pondré a trabajar; no obstante, por tu inadmisible comportamiento dormirás a la intemperie hasta que te retractes.

—Permíteme que vaya a ver a los niños —suplicó con amabilidad la “huésped”-.—. En la situación en la que están necesitan a su lado una compañía amistosa que los reconforte. Y… ¿quién sabe? Con lo importante que es usted, tal vez pueda yo convencerlos para que se olviden de Pan y se vuelvan hombres mejores que los que tiene.

—Los mocosos sueltan de vez en cuando lo peor que hay en ellos; y al capitán no le gustan los niños —responde Smee.

—Cierto —asintió Maddie—. Pero son muy jóvenes. Su comportamiento puede modificarse.

—Por lo que veo, tienes ingenio —intervino el jefe—. Lo reflexionaré. Smee, llévala con ellos.

El ayudante bucanero fue primero a recoger al inconsciente loro, que recobró de nuevo el sentido y le pegó un bocado en la mano izquierda. El ave, a duras penas se echó a volar y se posó de nuevo en la estantería de libros. Madeleine siguió a Smee, quien tomó un farolito de cristal hacia la puerta del camarote; pasaron junto a Bill Jukes, que estaba casi tan quieto como una estatua, y se pararon en medio de la inexplicablemente seca cubierta, donde estaba la trampilla en la que habían metido a los niños. Nuestra protagonista miró al cielo. Era ya de noche; la bóveda celeste estaba despejada y dejaba al descubierto resplandecientes estrellas. Una visión que aliviaría a una persona de sus dolencias personales durante un rato. De fondo se oía el tranquilo rumor de las olas.

Smee se agachó y levantó la trampilla por el asa. Maddie se quitó los zapatos blancos para evitar tropezar y caer. Bajaron la escalera que conducía a una planta en la que se almacenaban los cañones, las pesadas balas de estos, barriles de pólvora y algunos explosivos metidos en cajas. En dicha planta, había una habitación contigua que sería el cuarto de la tripulación.

Bajaron una 2.ª hilada de escaleras que conectaba con la sala de celdas. Se encontraban allí unas cuatro jaulas de hierro lo suficientemente grandes como para que cupiesen ocho personas. En una de ellas, vigilada por un alto pirata con patillas marrones que jugueteaba tumbado con un puñal entre sus descalzos pies, se encontraban los siete niños. Estaban sentados en el suelo y cabizbajos; solo el chico harapiento, puesto en un rincón, ocultaba su rostro entre sus piernas, rodeadas por dos famélicos brazos; y los dos chicos de atuendo indio se abrazaban el uno al otro. A Madeleine le entraron ganas de llorar, pero se contuvo. Se aproximó a la jaula mientras Smee se quedaba detrás de ella para vigilarla.

—Chicos —dijo la joven en tono suave y sonoro para tener la atención de los jóvenes prisioneros. Todos levantaron la cabeza. Mientras que el niño harapiento tenía mirada de tristeza, los demás mostraban la suya con un aire esperanzador—. Niños, no os asustéis —prosiguió la chica—. Yo soy Madeleine y estoy aquí para haceros compañía durante un ratito. Oíd. No puedo liberaros, pero tenéis una salida mejor.

El semblante de los chiquillos cambió de aire esperanzador a de extrañeza. Maddie continuó hablando.

—He tenido una charla con el Capitán Garfio y podría haber una alternativa. Juntaos con él y, además de salvar la vida, os prepararíais mejor para la lucha. Será genial.

Uno de los niños de piel cobriza, rechoncho y cubierto con la piel de un jabalí, alzó la voz:

—¿No tratabas tú de ayudarnos? ¿Qué te ha dicho el vil pirata para que ahora estés de su parte?

—No hay otra solución —dijo Maddie en tono algo lastimero (por un lado, porque fingía y, por otro, porque sentía verdadera pena por los prisioneros)—. Puede ser divertido estar de su lado. Es mejor adiestrador y adquiriríais, con el tiempo, algún tatuaje molón.

—¡Preferimos pelear contra un viejo que volvernos como él! —chilló uno de los chiquillos de atuendo indio.

—¡Sí! —intervino su gemelo—. ¡Elegiríamos la muerte a convertirnos en viejos feos y odiosos!

—¡Modera tu lenguaje, jovencito! —vaciló Smee aproximándose a la jaula y sin poder contener su orgullo—. Eres y nunca dejarás de ser un mocoso insolente, como el resto de tus compañeros.

—¡Smee! —llamó Madeleine al viejo pirata—. Así no los ayudas.

Entonces se dirigió de nuevo a los jóvenes prisioneros.

—No tengo más argumento que este, chicos. Pero debéis pensarlo bien. ¿No os imagináis lo que será caminar por la plancha y llegar hasta el final para agachar la cabeza y ver a las bestias del océano que harán de vosotros su aperitivo?

—¡Somos niños libres! —exclamó un joven de piel blanca vestido con piel de oso.

—¿Libres? —Rio el pirata que jugueteaba con su puñal—. Si obedecíais las órdenes de un chaval más alto e infantil que vosotros.

—Stu El Ruin —habló Smee en dirección al pirata alto—. Ya habrá diversión luego.

Maddie caviló un momento y dijo:

—Aún podríais salir de este lío. Me retiraré enseguida. Pero que conste que me voy a presentar de nuevo ante el capitán con cara larga. Lo que os depare en los próximos días u horas depende de vosotros.

Se apartó de la jaula y les deseó las buenas noches a los niños. Mientras se alejaba siguiendo a Smee, los prisioneros empezaron a lanzar protestas, por lo que Stu tuvo que hacerlos callar enseñándoles su arma.

De vuelta al camarote del capitán, Smee le narró a este la “entrevista” con los niños perdidos. Garfio se puso serio. Meditando unos segundos la situación, se dirigió a Maddie.

—Lo siento, querida, pero tengo dos noticias muy diferentes. La buena es que recibirás un trato mejor por tu intento de persuadir a los niños. La mala es que ellos deben desaparecer.

—Es verdad que se resisten —dijo la muchacha intentando contener su horror ante las circunstancias—. Pero le dije que siendo jóvenes se les podría…

—Convencer —interrumpió el capitán—. Sí, lo sé. Y no te faltaría razón en otros casos, querida. Pero estos chicos no son normales. Dentro de siete días, todos desaparecerán.

—¿Cómo dice? —preguntó la joven mientras sus muy abiertos ojos mostraban miedo.

—En esta semana, a partir de mañana, cada uno de ellos morirá. Su mayor tortura será el preguntarse si les tocará a ellos o a qué compañero le esperará el olvido. Y el último, antes de su hora final, estará más atormentado tras ver la desaparición de los demás. Al día siguiente, los ataremos al mástil para que contemplen a la primera víctima siendo arrojada al mar.

A Madeleine le entró el impulso de agarrar al despiadado jefe por el brazo izquierdo. Un breve forcejeo, y el malvado y elegante pirata la arrojó al suelo.

—Discúlpeme, señor —se limitó a decir la huésped mientras trataba de incorporarse—. No me daba cuenta de lo que hacía.

—Tu brusquedad me obligará a tomar precauciones contigo —dijo entre dientes el jefe pirata mientras se sacudía el brazo izquierdo con la única mano que tenía.

Maddie se puso en pie y se volvió a disculpar.

—Lo lamento, mi capitán.

Cogió con sus dos manos los extremos de su vestido y se inclinó ante Garfio.

—Mi señor, pese a su objeción, sigo opinando que se les puede conceder una oportunidad.

—Lo que quiere decir, capitán, es… que se les podría doblegar con algún método… —hablaba inseguro el ayudante—. En el estado en que están no re… resistirán. Se encuentran… como nosotros en… pleno mar…

—¡Calla! —gritó el jefe.

Garfio dio varias vueltas por la habitación durante unos minutos y se detuvo, diciendo:

—¡Ya está! Esto será lo que haré: cada vez que se nieguen a aceptarme como su líder, se les negará alimento.

—Pero… capitán. Sea un poco benévolo —suplicó la muchacha—. Tienen que durar los suficientes días para que entren en razón.

—Esta noche recibirán un poco de pan y una jarra para beber. En los próximos días se les aplicará el método de subyugación.

Nuestra protagonista no siguió insistiendo y concluyó con un: «Como usted desee, señor». Y pidió permiso para que el capitán le dejara coger una pertenencia suya de debajo del mapa del escritorio.

Se retiró hacia la cubierta; se le dio un manto que abrigaba bien y un cojín (dentro del cual ocultó su navaja y su reloj de pulsera) para que no estuviera tan incómoda. Aunque no se sentía mal tendida en el suelo, le costó un poco dormirse estando en un ambiente marino y no familiar. Por lo tanto, recurrió a una de las canciones de cuna que empleó y le enseñó su madre para poder dormirse. Decía así laCanción del pescador:

«Pez de platino,

fino, fino,

ven a dormir en mi gorro marino.

Perla del día,

fría, fría, ven a caer en mi bota vacía.

Un delfín que toque el violín,

voy a pescar con mi red marinera,

y me espera

para bailar,

loca de risa,

la espuma de mar.

Feo cangrejo,

viejo, viejo,

ven a mirarte el perfil en mi espejo.

Flaca sirena,

buena, buena,

ven a encantar mi palacio de arena.

Señora foca,

loca, loca,

venga a tocar el tambor en la roca.

Pícara ola,

sola, sola,

ven a jugar con tu traje de cola».

Y cantando esto, a la vez que miraba, con los ojos irritados por el llanto, las fotos de sus familiares, se durmió.

Una vez a solas Garfio y Smee, este le preguntó a su jefe:

—¿Por qué ha accedido a la petición de la prisionera?

—Mi ingenuo y fiel camarada —habló con serenidad el capitán—, ella es imprescindible.

Guardó silencio unos segundos y añadió:

—Y, al parecer, ella conoce nuestra naturaleza.

Diciendo esto último, su tono de voz daba señal de que le faltaba certeza, además de estar intrigado.

La chica fue despertada nada más asomar las primeras luces del amanecer. De haber querido, nuestra amiga hubiese agradecido que le hiciera levantar el sonido de la campana de alarma, porque parte de la tripulación era espabilada al arrojársele unos cubos de agua marina si no bastaban los sonoros toques.

Madeleine se ocupaba de limpiar la cubierta, arrodillada y con la espalda curvada, empleando trapos húmedos. También se le encargó ayudar al cocinero, pelando patatas o cortando alimentos para mezclarlos en una ensalada o en una sopa. La joven —que trabajaba con los pies descalzos para no sentirse tan incómoda— no se quejaba tanto, siempre que la respetaran un poco y le dieran de comer. Como no quería aburrirse, también se dedicaba a coger algunas prendas. Al tercer día de viaje (sin contar la noche en la que “embarcó”), debido a su buena conducta, se le permitió acostarse en el dormitorio de la tripulación. Algunos dormían en hamacas y otros se tendían sobre colchas en el suelo. Razón por la cual Maddie (quien al principio tardó un poco en conciliar el sueño por estar sobre un navío zozobrante) no tuvo problemas para elegir una hamaca como lecho. Eso sí, tuvo que taponarse los oídos con una pizca de relleno de almohada. En momentos libres, Madeleine miraba las fotos para no olvidar el lugar al que pertenecía y para conservar la esperanza de que, algún día, regresaría. Respecto a su preocupación por los niños perdidos, trató de perfilarse una idea para ayudarles a seguir vivos y hacerles comprender que estaba de su parte. Desde la noche del mismo día en que dejó de tener una vigilancia constante y pudo acceder a un lecho decente, bajó a las celdas para ver a los jóvenes prisioneros, quienes aún estaban vivos pese al ayuno. Todos ellos, a excepción del infeliz harapiento, volvieron a lanzar protestas en cuanto la vieron. Ello hizo que nuestra protagonista no se pegara a la jaula.

El pirata conocido como Stu el Ruin, jugueteando como siempre con su cuchillo, lo lanzó a la puerta de una estancia contigua en la que había dibujada con tiza una caricatura del capitán, ya con varias señales de puñaladas que habían hecho saltar virutas.

—No aprecia demasiado a su señor, ¿verdad? —preguntó la chica con ironía.

Stu gruñó.

—Desde que el viejo se empeñó en perseguir a Peter Pan, no pudimos continuar con nuestro negocio de asaltar barcos. Esos sí que eran buenos tiempos.

Maddie soltó una falsa frase de ánimo.

—Bueno, me han dicho que, en cuanto lleguemos, se os proporcionará un método para terminar de una vez con el niño eterno6.

—¡Yo no estuve presente cuando “quien fuera” le dijo algo así al jefe! ¡Que el capitán nos contara que un mago le ha dicho que le indicaría el método no quiere decir que sea verdad! ¿Y si mintió o le han engañado?

Por la furiosa voz del pirata, a la joven casi le dio un ataque. Recobró la compostura casi de inmediato y continuó con la conversación.

—Si usted está harto de él, ¿por qué sigue a su lado?

—No sé. Quizá porque no he tenido ocasión de encontrar a otro mejor que él y solo conozco esta vida. Además, alguna vez se me permite beber un poco de ron.

Se incorporó y se dirigió hacia la puerta a la que había lanzado su arma; lo sacó y siguió hablando.

—Pero… ¡nunca tengo suficiente! Solo recibo alcohol cuando obedezco. Si pudiera echarle las manos encima…

—No se lo tome como algo negativo y personal —interrumpió Madeleine—. ¿Sabe que el consumo excesivo de bebidas alcohólicas es perjudicial?

—¡Me da igual! —volvió a gritar el Ruin—. ¡Navegar como un verdadero bucanero, beber y matar es lo que me anima!

Tan audible fue su grito que la chica se tapó los oídos y los prisioneros retrocedieron y se pegaron lo más que pudieron a un rincón de la jaula.

—Aquí abajo, ahora como entretenimiento y forma de desahogar mis penas y mi ira lanzo puñaladas al careto del monigote del jefe en la puerta de la bodega.

Madeleine esbozó una sonrisa casi imperceptible mientras Stu no miraba; ya sabía con precisión dónde se almacenaba la comida. Lo único que le faltaba por saber era dónde estaba la llave para acceder a la bodega.

—Ya me lo figuraba al bajar aquí —dijo nuestra protagonista con fingido tono de seriedad—. La verdad es que es una lástima. Si usted tuviese la llave, sería capaz de tomarse todo el ron que pudiera. ¿No es así?

—Sería capaz. Sí.

En estas palabras, el tono de voz del pirata era menos estremecedor.

—Pero Smee es el que la tiene. Y se aferra bien a su juego de llaves.

—¿Cómo sabe que la llave de la bodega está mezclada con las otras? —preguntó la curiosa joven.

—¡Vaya ignorante! —dijo el pirata—. Porque baja aquí para abrir cuando el capitán ordena preparar la comida.

—Tranquilícese —”suplicó” Maddie—. No le conviene pensar o hablar de bebida o comida.

—Pensar en ello es lo que no puedo evitar —gruñó el pirata.

Madeleine se volvió entonces a los niños, como si realmente quisiera insistir en que se convirtieran en nuevos aliados al servicio de Garfio.

—Hola de nuevo, chicos —habló en tono amistoso—. ¿Aún estáis seguros de no ser camaradas de nuestro capitán?

Los chiquillos, mediante griteríos, volvieron a negarse a renunciar a sus ideales. Como una fiera ansiosa por liberarse de su jaula, el niño con la piel de guepardo se acercó bruscamente a los barrotes de la jaula, y con el ceño fruncido llamó «traidora» a la joven.

—Niños, por favor —prosiguió la “invitada”—. Sé que habéis sufrido y sufrís una experiencia angustiosa. Pero estad atentos al lugar en que os encontráis. A vosotros os trataría mejor el capitán si accedéis. No deberíais dejaros convencer por las cosas que hayáis oído contra él. Tampoco penséis en los momentos desagradables que pasan hombres como este forzudo que intimida.

La adulación hacia el Ruin hizo que este se acicalara. Los prisioneros soltaron más negativas.

—De nuevo, he hecho lo mejor que he podido —dijo la chica en voz baja, pero de manera que Stu la escuchara.

—Creo que pierdes el tiempo —dijo este—. Estos renacuajos salvajes no pueden estar más perdidos.

Maddie dio las buenas noches y se marchó. En sus ojos asomaban lágrimas cristalinas. La invadía la pena; pena por sí misma y por los niños, en especial por el joven harapiento que, aun estando vivo, no reaccionaba, comportándose como si nada le importara.

Ni nuestra amiga ni los que estaban en la sala de celdas se percataron de que alguien había estado escuchando la conversación que acababa de tener lugar.

Esa misma noche, Maddie tardó en hundirse en los brazos de Morfeo. Se planteaba cuál de las llaves de Smee era la de la bodega y cómo cogérsela. Muy arriesgado era probar suerte usando su navaja para forzar la cerradura. Tarde o temprano, aunque el repelente Stu el Ruin no hubiera estado presente en el momento del intento, se darían cuenta.

CAPÍTULO 4 El plan de la llave y el cocinero

A la mañana siguiente se levantó un poco desganada para trabajar. Con el objetivo de animarse, buscó en la funda de su almohada —mismo lugar en que ocultaba su reloj y su pequeña arma— las fotos de sus parientes para mirarlas y pensar para sí misma: «Venga. ¡Hazlo por ellos!».

El mediodía transcurrió con normalidad. Durante el escaso tiempo que había trabajado en elJolly Rogerestuvo sintiendo dolor en la espalda y en varias articulaciones; pero aquella mañana se sentía un poco mejor. Ya estaba tomando la costumbre de realizar las faenas de las que, hasta entonces, se había hecho cargo. Solo le faltaba a Madeleine que le pagaran y que el ambiente en el que estaba fuera su hogar.

Después de preparar el almuerzo del capitán y comer, se puso a barrer el suelo de la cocina. Ya estaba concluyendo cuando el cocinero —un hombre de barba marrón, algo bajo y un poco regordete— dejó caer con disimulo, junto a la joven, un trozo de pergamino que tenía pequeños escritos. Sin mirarla, se limitó a lavarse las manos, pues había terminado de fregar la vajilla. Madeleine, al principio, no le dio importancia al pergamino y lo barrió pensando que era un desperdicio más; pero como se había fijado, por el rabillo del ojo, en la forma que el cocinero lo había tirado, lo sacó de los restos que estaba apartando del suelo. Como nadie la veía, se dispuso a leerlo, aunque en el último momento se metió detrás de la puerta de la sala para asegurarse de que nadie la espiaba. El mensaje, con letra reducida pero legible, decía lo siguiente:

«Abre el armario de las especias y coge, de un bote metálico y sin etiquetar, un par de galletas y una llave de tres lóbulos en su cabecera. Luego ve hacia la escalera que lleva a la proa y escóndete detrás de ella. Coti olerá los dulces y recurrirá a ellos. Cuando le dan de comer lo que quiere, entiende las órdenes que recibe; por tanto, dile que le quite las llaves a Smee. Del conjunto saca la que es exactamente igual a la que te he dado y reemplázala. De esa forma, Smee no notará su ausencia».

Maddie se quedó perpleja por haber conseguido un aliado sin dirigirle la palabra. Durante unos segundos, pensó que se trataba de una treta del capitán con el objetivo de espiarla, pero entonces se vio envuelta por una ciega confianza. Rompió el escrito en varios pedacitos, los arrugó y los depositó sobre la basura que despejaba del suelo; temía que Garfio y los suyos se volvieran suspicaces por su tardanza. Minutos después, salió de la cocina y preparó un barreño para la limpieza de la cubierta.