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Este libro invita a recorrer Madrid con la mirada alzada y los sentidos a flor de piel y ello para recibir la luz que baña sus tejados y perfila de teñida penumbra las umbrías de sus calles y plazas. Escindida entre Villa y Corte, la ciudad esconde tesoros hasta ahora casi desconocidos, que el relato de este libro se propone revelar con la delicadeza que su beldad requiere. Ciudad grata y afable, luminosa y acuática, como evoca en la cubierta el maestro Enrique Cavestany, Enrius, Madrid merece el amor de l@s suy@s, que son quienes la viven y la visitan. Reducir la distancia entre la ciudad y quienes en ella moran es el propósito que acaricia el autor de este libro, reelaboración de uno precededente. Ójala su lectura restañe las heridas de ignorancia y desidia entre la ciudadanía y su ciudad.
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Veröffentlichungsjahr: 2014
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES
Manuel Asensi Pérez
Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada
Universitat de València
Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia
Mª Teresa Echenique Elizondo
Catedrática de Lengua Española
Universitat de València
Juan Manuel Fernández Soria
Catedrático de Teoría e Historia de la Educación
Universitat de València
Pablo Oñate Rubalcaba
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración
Universitat de València
Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana
Universitat de València
Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones
Universidad Carlos III de Madrid
Procedimiento de selección de originales, ver página web:
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Rafael Fraguas
Madrid,
los sentidos
Fotografías:
Pablo Fraguas Martínez
Valencia, 2015
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DEPÓSITO LEGAL: V-2918-2014
ISBN 978-84-16062-80-5
MAQUETA: Tink Factoría de Color
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IMAGEN DE LA PORTADA: “Madrid marítimo. Puerta del sol” de Enrique Cavestany
Para Jaime: sonrisa, voluntad e inteligencia
Gran Vía con Alcalá
El placer es la expresión del discurrir de los sentidos. Es su recreo. En él, lo solemne desaparece y surge el sentir con esa lisura llana que desde la piel se adentra y nos hace cosquillas en el alma. Lo placentero tiene, pues, un anclaje sensorial. Lo percibimos. El excelso deleite que pone en marcha el gran dispositivo de la Naturaleza, se dice, resulta del disfrute acompasado de nuestros sentidos junto a otro ser. Así, aseguran los sabios, es el placer que más se asemeja al gozo. El gozo se despliega por un ámbito más ancho, porque se refiere a la gratitud que al ánimo la existencia toda le brinda.
Existir es grato. Por eso, pisar el suelo es la forma más directa de negar la nada y afirmarnos. A esa gratitud del existir tiene acceso todo humano. También los madrileños y cuantos viven o visitan Madrid. Natural. Y ello, pese a las adversidades que el existir hoy, aquí, muestra. Frente a ellas, gozar es el arcaico sentir que se vive e implica formar parte de Madrid y de la sociedad presentes, en cuya desenvoltura vibra el gozo del pasado existido ya en esta ciudad y el futuro se percibe como un preludio horizontal de gozo henchido, por venir.
Pero nuestra aparente civilización madrileña nos ha forzado a olvidar sabores, sensaciones y deseos y a inhibirnos de muchos disfrutes o, lo que es peor, a ponerles precio. Nada más erróneo. El valor del placer carece de precio. No puede haberlo. Ideas aún muy arraigadas en una rígida simetría pretenden nivelar siempre un placer con el precio de una pena, tan magra en disfrutes ha sido en ocasiones la vida para muchos. Eso es no entender nada del regalo que la vida implica.
Dejemos a un lado la simetría y troquémosla por armonía. Quien precio pone al placer, devalúa su delectación al rebajarlo con ese falso equivalente en culpas o en monedas que, por la vía de rasarlo todo, todo lo arrasa con su mecánico proceder.
La vida es un don, un regalo, como lo es el placer de vivirla. No tiene ninguna referencia simétrica ni puede tenerla. Se impone por sí misma. Es un desafío que se afirma abruptamente contra la nada. A quienes la adversidad no les permite deleitarla con una existencia grata, luchar por reivindicarla les procurará, con certeza, la sensación de una placenteravíspera. Y la víspera anuncia el hoy. Y el hoy clama por la diversidad de los sentires. Por su gratuidad. Vivir es gratis. Como gratis ha de ser la libertad de gozar su vivencia.
El paso del tiempo sobre Madrid
Para combatir la tiranía feudal surgió la ciudad, concebida como un lugar donde la vida en libertad es posible. Donde libremente se vive, se ha de gozar y disfrutar. Madrid, capital de España, con perdón y pese a quien pese, desde el siglo IX ha permanecido habitada por gentes que la idearon para en ella recrear sus existencias. No pusieron precio a los placeres, sino que trataron de procurárselos y legárnoslos luego, como si de dones se tratara. No nos pidieron nada a cambio; sencillamente, nos los donaron. Pero el paso del tiempo hizo que algunos de esos disfrutes que Madrid guarda quedaran escondidos o camuflados entre la hojarasca de la historia.
Este libro pretende ser una guía de placeres pequeños y gratuitos que en Madrid cabe hallar al alcance de la mano. A los meramente sensoriales hay que añadir los que la evocación nos permite revivir luego. Tome la mano del autor de este relato su lectora o lector y viajen ahora mismo conmigo en busca de esas delectaciones libres de gravamen alguno. Echemos a un lado la prisa que asfixia nuestras vidas, soseguemos nuestro ánimo y dejemos que el accionar de nuestros sentidos vaya tejiendo en nuestro corazón el bastidor sobre el cual se posará con certeza en cada esquina de Madrid un placer sencillo que, cuanto más sencillo sea, en mayor medida será metáfora de los dones que el existir nos reserva. Con los pequeños placeres, decía el viajero oriental, se pone coto a las amarguras grandes.
Emprendamos pues, cuanto antes, el viaje rumbo al corazón de Madrid.
Los sentidos son los instrumentos con los cuales la Naturaleza nos ha dotado para percibir la realidad. Ellos nos informan sobre su extensión y tamaño, su aroma y su sabor, su textura. Sin ellos nos resultaría imposible adquirir la certeza de que formamos parte de esa realidad que nos envuelve y a la que damos precisamente sentido tras así percibirla. De los cinco instrumentos de percepción de los que se suele disponer, dicen que en el Paraíso terrenal los cinco podían ser gozosamente empleados sin limitación, siempre. Sin embargo, en Madrid, sólo tres de ellos,la vista, el oído y el olfato, pueden desplegarse ilimitadamente.
Los dos restantes tropiezan con obstáculos de naturaleza moral y económica. Alguien les pone precio. Y los precios, por doquier, se disparan. El usufructo sensorial placentero se encuentra, pues, ceñido a tres universos, con tres ventanas, ojos, oídos y nariz. ¿Por qué razón? Porque Madrid no es precisamente un paraíso, dirán algunos. No, ha de respondérseles.
Madrid puede aproximarse a un edén siempre y cuando interpongamos una sonrisa entre la mirada y la realidad, nuestros oídos y el murmullo que de las cosas aflora. Si el lector lo desconoce, será preciso decirle que el corazón de la ciudad tiene un nombre:Foro. Los más entregados dirán incluso que la mejor etiqueta de Madrid es sencilla. Tiene sólo dos palabras: Foro Puro. ¿A qué se refiere tal foralidad?: hay escuelas.
Pero las más sabias señalan que los lugareños de Madrid son gentes juiciosas y reflexivas, aunque extravertidas también al modo de abogados, a las cuales les gustaría siempre extraer la esencia de las palabras y entonarlas con un deje sin acento, pero con carácter: “Fo-ro”. Y en cuanto a su abogacía, ¿a qué obedece? Al deseo de pleitear; pero litigar no por cualquier cosa, sino por la verdad. Y ¿por cuál de las numerosas verdades en liza? Sobre todo, por aquellas que tienen que ver con la libertad. Sí. Madrid ha sido un escenario real, a veces soñado, de libertades. No siempre las libertades han estado en pie en los edictos, los bandos o en las mentes de los que mandan, pero Madrid tiene la libertad metida en el cuerpo. Es una libertad antiautoritaria, rebelde, hosca con la fatalidad.
No hay mayor placer para las gentes madrileñas que romper la rotundidad de una ley, su eterna pauta, quebrar su espina dorsal normada e inexorable; como el deseo oculto en el corazón de los mejores abogados. Casi todo el humor y la delectación por vivir de las gentes de Madrid se asientan en la búsqueda de situaciones en las que lo excepcional surge. Este rechazo a la tiranía de la rutina sesga el talante de los que en Madrid viven y convierte sus existencias en una lucha denodada contra el tedio, la peor de las plagas de esta ciudad.
Es esa pugna expresión de un tipo de acracia urbana ceñida al mundo de la imaginación y de la mente, del habla y del discurso, que casa mal con la aceptación pausada o servil de lo impuesto, sea cual sea la impostura. Mas este talante deseoso del desorden, no como frenesí caótico sino como rebeldía ante cualquier dictado, que las gentes de Madrid hacen aflorar en sus conductas siempre que pueden, tiene a veces un corte destructor. Un sesgo que surge cuando la rebeldía se individualiza y esquiva pasar por el cedazo del grupo, que acostumbra encontrar un sentido a ese rechazo a lo impuesto y a darle una expresión bienhumorada y alegre. Porque la alegría es la mejor amante de la libertad.
Por eso a los madrileños se les denomina gatos. El gato, o la gata, es el animal más libre. También es caprichoso, pero qué importa. Pues claro. El capricho es el estrambote de los versos que la libertad declama. Y Madrid está lleno de caprichos, de deseos y de placeres ocultos que en este libro pretendemos hacer emerger para la delectación y el disfrute de quienes acudan a sus páginas.
El primero de los placeres gratuitos que Madrid brinda es, como todo el mundo sabe, el de aglomerarse con otros mirones en torno a una obra abierta al público. En el grupo podrá hallarse siempre a un chico de los recados de una tienda de ultramarinos, con la cesta transportadora sobre la cabeza o rendida al suelo; a un señor con aspecto de venir de provincias que luego resulta ser de la calle de al lado; al jubilado atento al menor detalle para comentar de manera pesimista lo sucedido; a una señora en torno a los cuarenta años, que fija su vista sobre nunca se sabe bien qué; y a otros miembros ejercientes de una flora urbana plural que no parece ociosa en absoluto.
Los congregados trenzan algún dedo a las rejas de alambrada que cercan la obra, mientras sus piernas parece que van a comenzar a caminar en cualquier momento. Pero allí se quedan hasta que surja algo que justifique su parada en ese enclave. Poco a poco, entre ellos van estableciendo una invisible red de complicidades. Todos esperan que sobrevenga algo. Su atención se ajusta fijamente a un punto del escenario.
La culminación del placer veedor sobreviene: la máquina, siempre pintada de amarillo, bajo cuya pértiga oscila una maroma metálica a la que se aferra una gran cuña de acero, golpea ruidosamente la chapa detrás de la cual los asistentes presumen que se oculta un obrero. Suena un clonk tremendo. El obrero sale disparado corriendo desde detrás de la chapa. “¡L’ha dao!”, dicen a coro los mirones.
Todos saben que no ha sido nada, pero no importa. Lo que los congregados buscaban en la contemplación de las obras era precisamente eso, un momento de ruptura de la rutina urbana, un episodio feliz o desgraciado, un hecho del que pueda quizá surgir una historia; si tiene desenlace divertido, mejor. El remate lo abrocha la señora: “¡Se veía de venir!”, dice, aprieta el bolso a su regazo y, con la mirada vuelta hacia la obra, se va. El jubilado se rasca la cabeza y el niño de los recados desaparece. La obra se detiene unas horas. Placer cumplido.
“Madrid es como Hollywood, sólo que con toreros”. Así se expresaba un diplomático madrileño que participa del placer de jugar con las palabras, otro de los rasgos que caracteriza a las gentes de esta ciudad. En Madrid, la palabra es muchas cosas al mismo tiempo. Pero la cualidad que la caracteriza en mayor medida es su condición de arma. Los madrileños y madrileñas, cuando hablan en serio o en broma, enuncian una palabrao una frase y la disparan. Persiguen así definir la presencia del que habla, su territorio. Es la materialización del “Aquí estoy yo, mire usté por dónde”. Ello significa que el hablador aporta su presencia como dote y contenido de la propia conversación, también como resultado, y su expresión suele ser una sentencia, pronunciada de forma silabeada, en la cual cada partícula de la palabra dicha lleva un guión invisible, una cesura, aunque claramente audible.
Los mejores ejemplos se contemplan en los asuntos conflictivos. El amante de los placeres deberá ser prudente y acercarse a un escenario conflictivo con los oídos listos para descubrir este mecanismo recurrente en la vida cotidiana madrileña. Así, cualquier fricción que comprometa al orgullo del madrileño supuestamente ofendido, palabrotas aparte, se verá sentenciada por un adjetivo del tipo de “in-do-cu-men-tado”, que denota el deseo de quien lo enuncia de marcar una distancia, cultural y de posición social, con el supuesto ofensor. Esta indocumentación nada tiene que ver con la inmigración; siendo hoy ésta asunto de gran importancia social, es decir, moral, aún es fenómeno reciente en Madrid como para haberse acuñado en el habla con un sentido discriminante. Por este mismo procedimiento han surgido coloquialmente en Madrid palabras muy típicas, señaladamente adjetivos, como “enterao”, un ataque a la supuesta sapiencia del concernido, y “listo”, una variante hiriente del anterior, que suele enunciarse de manera tautológica, es decir: “Listo, que eres un listo”. Estas palabras se dirigen a aquellos que creen que conocen algo o que cuentan con más poder del que realmente tienen. El adjetivo “pringao” es empleado en Madrid como sinónimo de impotente, no en un sentido sexual, sino en la acción; se refiere a aquella persona que no puede actuar en algo. Viene luego toda una gama para definir la insensatez, con adjetivos del tipo de “desgraciao”, “mamarracho”, o bien “alelao”, “atontolinao”, para llegar a otras formas más cultas o suaves, como “lelo” o “maula”, sinónimos coloquiales de torpe. La crueldad surge en términos como “negao”, de ancho campo significativo.
En ocasiones, es una frase entera la que se emplea en Madrid para ridiculizar un acto o una frase ajena: “¡Será posible!”, “¡Lo que hay que tener!”, “¡Anda que!”. Las tres frases rezuman indignación, preludian conflictos. El observador debe tener cautela cuando escuche estas palabras, porque tras su enunciado puede suceder cualquier cosa. Por el contrario, frases como “¡Menos lobos!” señalan una actitud no indignada, sino más bien burlona, que indica que la reacción violenta ya ha sido descartada.
La autoestima en Madrid sigue expresándose mediante una frase que todos los que la formulan consideran reconfortante: “Yo soy un señor”. Claramente excluyente, el señorío queda del lado de quien lo nombra y a los demás se les desprovee de él. Otra frase autolaudatoria es: “A mí nunca me han faltado cuarenta duros”, cuya lectura inmediata implica que aquel a quien se dirige la frase es un “muertodehambre”, otro de los calificativos hirientes aquí prodigados. Aquel que se atreve a replicar a cualesquiera de las sentencias enunciadas por un madrileño indignado, inmediatamente es tildado de “bocazas”. Si es de capital de provincias, será llamado “pardillo”. Si es provinciano, pero de pueblo, recibirá la denominación de “cateto” y, cuando muestre ingenuidad, será nombrado como “cantamañanas”, aunque este adjetivo no es muy frecuente, al menos no tanto como “pollo” o “pavo”, que definen a un individuo al cual no se quiere aún calificar. Una adolescente siempre estará en la “edad del pavo”, y un adolescente, “con la manta”. Todas estas frases, que se escuchan a diario en Madrid, se han visto enriquecidas por numerosas contribuciones coloquiales procedentes del habla gitanao de colectivos marginales, como el de los presidios, donde las jergas proliferan, normalmente como herramientas crípticas para la comunicación.
Hay palabras en Madrid que comienzan hoy a ser consideradas como arcaicas, pero de gran tradición, como por ejemplo fetén o chipén, sinónimo de estupendo, o chirene, que viene a ser equivalente a una mezcla de estupendo y elegante. En todas ellas, el avisado oidor podrá percibir briznas de la rica personalidad madrileña, verdadero crisol de las gentes y hablas de otras provincias que fueron estableciéndose históricamente en distintos barrios de la ciudad: asturianos, gallegos, vascos y segovianos de ambos sexos habitaron zonas norteñas de Madrid; andaluces y extremeños se establecieron en el sur y en el oeste; y el este quedó para los aragoneses, manchegos y levantinos, con sus correspondientes excepciones y enclaves diferentes no vinculados a los puntos cardinales más próximos a sus comunidades de procedencia.
Todas estas comunidades han dejado su rastro en el habla y en las costumbres de Madrid, cuyos pobladores más sarcásticos, para paliar a veces el déficit de entidad o de identidad propiamente madrileñas, han definido como una influencia “a-gro-pe-cua-ria”.
Rascacielos de Telefónica en Gran Vía
Esta carencia de particularidades específicamente locales ha sido la que ha dado, en ocasiones, un sesgo especial al denominado casticismo madrileño. Las señas identitarias más tópicas son destacadamente foráneas, como el chotis, de origen escocés; el organillo, napolitano; el mantón, filipino, llamado también chinés, o incluso palabras como trinqui, sinónimo de beber con desmesura, cuyo origen se encuentra en el inglés to drink, o chilé o yilé, chaleco, presumiblemente del francés gillet. Asimismo, la toponimia considerada más castiza suele ser de origen galo, como la que define los barrios de Chamberí o Chamartín, considerados como santuarios del casticismo madrileño, si bien uno procede del Champ de Berry, en el corazón de Francia, y el otro es un galicismo que presumiblemente se refiere a San Martín.
Aunque la dimensión excluyente y discriminante del casticismo ha sido la hegemónica, el fenómeno del casticismo tampoco es, valga reiterarlo, castizamente madrileño, sino que acompaña a todas las comunidades de composición plural y suele ser, para muchos intérpretes, un intento de integrar en una entidad superior particularidades del habla, gustos y costumbres muy dispares por su naturaleza y su origen. Sí se observa, y se escucha reiteradamente en Madrid, la letra ch, en la que algunos creen ver una síntesis de la ll toledana, de la x gallega, de la z vasca, de la s andaluza y de la ch aragonesa.
La palabra chulo, por ejemplo, puede ser de origen vasco (txulo, agujero: figuradamente, quien vive en un agujero y que se convierte posteriormente en un rufián). Sea cual sea la interpretación de esta y de otras palabras acuñadas en Madrid, cabe decir que sus gentes no serían quienes son sin este habla que, con donaire y desenvoltura, tan bien emplean e integran en la organización de su vida cotidiana.
Uno de los mejores disfrutes de Madrid consiste en la contemplación de su cielo. No es un cielo cualquiera. Se trata de una masa límpida dispuesta como un retablo alto que, recostado sobre sus brazos, desde su estatura nos mirara sonriente. La gran extensión celeste que envuelve a Madrid parece dibujada por la diosa protectora de la ciudad, Ceres, con un brochazo azul y líquido por entre el que acostumbran navegar nubes alargadas.
Son estratocúmulos, de base plana y cresta esponjosa, cuya indolencia y arbitrariedad les confiere una rara belleza. Las nubes proceden de La Mancha, esa estepa cercana que les otorga la serenidad reinante en los cielos altos, esos cielos situados tan por encima del horizonte. Cuando las nubes llegan a Madrid, traen aún aquella sonrisa y suelen repartirla entre quienes se extasían en su mansa contemplación.
Sin duda, el principal paraje desde el que cabe abandonar la mirada hacia el cielo de Madrid se encuentra situado en Vallecas, sobre un lugar que la gente ha bautizado como el parque de Las Tetas o Las Tetillas. Son cinco colinas onduladas, de ancha base y mediana altura (la de una casa de tres pisos), tapizadas de césped y abundadas de florecitas y tréboles. Subir por sus empinadas pendientes recomienda al paseante seguir un trayecto en zigzag, cuya última diagonal se ve recompensada por una visión de la ciudad sin parangón alguno.
Madrid es, desde esta cumbre vallecana, un homenaje prolongado a quien lo mira, que percibe desde lo alto la disposición ascendente de la ciudad, reclinados sus pies al sur, la cabeza al norte, más la concavidad que desde levante, donde las colinas se yerguen, se abomba sobre el centro y decae con suavidad para zambullirse sobre ese mar verde que a poniente forma la Casa de Campo y que desde Vallecas no se descubre, sólo se intuye.
Resulta divertido allí descubrir las trampas que la perspectiva nos tiende. Así, el parque del Retiro, que nos puede parecer de todo menos encaramado sobre un lugar prominente, desde Las Tetas se nos presenta alzado, como si de un jardín colgante se tratara. La particularidad que la mirada desde las cinco colinas nos muestra es la continuidad de las sierras de Guadarrama y Gredos, raramente perceptible desde cualquier otro punto de Madrid, salvo desde algunos altos de Chamartín. Pues en verdad la Cordillera Central es sólo una misma cornisa, pese a que nosotros bauticemos cada uno de sus principales tramos con distintos nombres: Somosierra, Guadarrama, Gredos.
Sobre la zona en la que se asienta Robledo de Chavela, más a la izquierda de San Lorenzo de El Escorial, en los días despejados cabe ver, desde las suaves lomas de Vallecas, un afilado monte, tal vez el de planta más alpina de cuantos se yerguen desde la sierra de Madrid.
Otra de las informaciones que la mirada nos procura en la estadía en la atalaya que corona las colinas vallecanas, es la vaguada del Abroñigal, un pequeño arroyo cuyo lecho tuvo el infortunio de coincidir con el trazado de la carretera de circunvalación que conocemos hoy por M-30. Es muy fácil seguir su curso, de derecha a izquierda, con la mirada. Incluso al veedor se le antoja que, con la Guadarrama al fondo, el río debió de ser bien deleitoso en épocas pasadas, porque la vista lo asocia a la frescura que los penachos nevados de la sierra exhiben con descaro en los días más diáfanos del invierno y la primavera.
Puente de la Reina sobre el Manzanares
