Malinche - José Luis Trueba Lara - E-Book

Malinche E-Book

José Luis Trueba Lara

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Beschreibung

Una novela sobre el ingenio y el valor de una mujer que cambió la historia. "En este momento ya ni siquiera puedo saber cuál es mi nombre: soy el olvido, soy la Marina, soy la Malinche, soy Malinalli… Yo soy la que tuvo dos cuerpos con un solo nombre: los enemigos de todos y los aliados convirtieron a don Hernando en parte de mi carne. Él y yo éramos Malinche, el ser doble que era palabra y espada." Desde la enfermedad, cercana a la muerte, olvidado su papel en las arriesgadas avanzadas que dieron el triunfo a las tropas de Hernán Cortés, Malintzin (o Marina, o Malinche) recuerda su vida. Ofrendada como tributo cuando era casi una niña, poco más que esclavizada en su primera juventud, su capacidad para servir de intérprete y su instinto de sobrevivencia la volvieron parte indispensable del ejército conquistador y símbolo incomprendido de la derrota indígena. En su exploración del personaje y sus motivaciones, José Luis Trueba Lara ha producido una novela histórica trepidante y provocadora sobre la caída del imperio azteca y los albores de la Nueva España.

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Seitenzahl: 375

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Este libro es para Patty y Demián.A ella por ser la mirada que todo lo puede,a él por ser la presencia que todo lo cura.

Nunca se perderá, nunca se olvidará,lo que vinieron a hacer,lo que quedó asentado en los libros de pinturas,su renombre, sus palabras-recuerdo, su historia.

HERNANDO DE ALVARADO TEZOZÓMOC,Crónica mexicáyotl

Digo y afirmo que lo que en este libro se contienees muy verdadero.

BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO,Historia verdadera de la conquistade la Nueva España

I

El Descarnado se acerca sin que nadie pueda notarlo. Cuando llega la noche y se mete en los cuartos, los tablones del piso no rechinan para anunciar su presencia. Sus pasos son como las sombras, como el vaho de los diablos que se arrastra sin que nada pueda detenerlo. Él es el único todopoderoso, el que siempre gana, el que a todos se carga. A la hora de la verdad, nadie puede oponérsele. Los colibrís disecados y los cascabeles que los hombres búho le arrancan a las serpientes se vuelven ceniza al sentir su aliento espeso y garrudo. Delante de él no pueden llamar a los rayos ni espantar a los enemigos con el recuerdo de su veneno. Por más que quiera, no puedo verlo, pero sé que está mero enfrente de mí. Apenas nos separan unos pasos y sus cuencas vacías están fijas en el último paso de mi destino. La oscuridad que me perseguía me alcanzó sin que pudiera meter las manos ni ofrecerle mis caricias. Él no es como los que fueron mis hombres, al Huesudo no le bastan mis labios ni mi carne.

Él sabe que la raya de mi vida está a punto de acabarse y que su lengua afilada recorrerá mi cuerpo. Antes de que me muera, mi parte seca se humedecerá con las babas que jamás florecerán. El Descarnado viene por mí y no hay manera de evitar que se trague mis almas para zurrarlas a mitad de la nada. Los hechiceros me señalaron con la mirada de los tecolotes y el hilo de mi existencia comenzó a desgarrarse. Yo tengo la más negra de las enfermedades y apenas puedo esperar la llegada de la mala muerte que se lleva a los malditos para condenarlos por lo que resta del tiempo.

No importa lo que digan los ensotanados que hablan mal las palabras bonitas, ahora sé que los viejos sacerdotes jamás mintieron: la muerte no se anuncia con las trompetas de los ángeles ni con la luz que brota de las nubes, su figura no puede ser sentida por los que tienen la vida por delante, y su hediondez se disimula con la peste que se mete entre las rajaduras de los postigos que enceguecen las ventanas. Desde que los teules ganaron, el Huesudo sabe que el calor se ensaña con los orines que terminan regados en la calle. El Dios Calaca siempre tortura a los que alguna una vez tuvimos las narices limpias, a los que nos cubríamos el rostro con un ramo de flores para no sentir el olor de la sangre y la podredumbre que alimentaban a los amos de todas las cosas. El Siriquiflaco necesita obligarnos a recordar la pestilencia que se pegaba al cuerpo de los blancos y nos penetraba como si fuera un cuchillo.

Ahora lo sé. La memoria me dará el último latigazo antes de que la vida se apague en mi carne. El aire se me saldrá del pecho mientras en el corazón y en el hígado me retumba todo lo que quería olvidar. El pasado me arderá por última vez. No puedo irme sin recordar que ellos ganaron, que nosotros somos sus perros, sus esclavos, sus putas que sólo nos ponemos en cuatro patas como si fuéramos yeguas listas para ayuntarse. Sobrevivir quizá no fue la decisión correcta.

Al final del camino, de nada sirvió que yo fuera su lengua, que mi cuerpo siempre estuviera dispuesto y que todo lo hiciera para seguir viva. La muerte llega y nadie puede jalarle la rienda. El caballo en el que viene montada no reconoce la brida, sólo puede sentir las espuelas del Siriquiflaco clavándose en sus ijares. Mi destino no fue el mismo que tuvieron los aliados de los teules y algunos de los antiguos nobles: ellos ganaron tierras y yo, aunque tuve algunas, seguí siendo una esclava. Yo no soy como la hija de Montezuma que, después de que fue penetrada por don Hernando, se pavonea entre los blancos para atraerlos con el olor del oro y las negras manchas de la plata. A estas alturas, aunque mi hombre cargue el pendón el día de san Hipólito para celebrar la derrota de los mexicas, yo sólo vuelvo a ser la que siempre fui: una india a medias que sólo espera la muerte.

*

El que no tiene carne está ahí, pero ninguno de los que viven en la casa puede sentir cómo su piel se transforma en el cuero de un guajolote desplumado. Sus nucas no han sido tocadas por la respiración carroñera, los vellos de sus brazos jamás se han erizado y la luz de sus ojos aún no se opaca por las tinieblas y las nubes que se quedan atrapadas en las pupilas. Si ellos pudieran mirarse en el reflejo de la plata encarcelada, sus rostros no se verían empañados y el Huesudo no se dibujaría bajo su piel adelgazada por los hechizos que carcomen las tripas. La ojeriza, la sombra perdida y el espanto no les roen la carne.

A nadie le importa lo que me pasa. Los criados siguen con sus vidas como si nada ocurriera. Según ellos, lo mío sólo es un mal pasajero, un anuncio de los achaques que se adueñarán de mi cuerpo cuando mi cabellera esté blanca. Cuando la sirvienta me trajo el atole que dolía en los dientes de tan dulce, no pudo darse cuenta de que la Chifosca había llegado. Por más que quisiera ocultarlo, tenía prisa, sus ojos no estaban dispuestos a descubrir lo que apenas puede mirarse.

Esa mujer, que es más india que yo, sólo quería largarse para apaciguar sus humedades con el mozo que limpia la cuadra. Lo único que le importa es parir un bastardo con la sangre desleída y el color quebrado. Ahora todas son la que yo fui: unas nalgas agitadas y hambrientas, unas nalgas que a unas pocas les permiten mantenerse vivas mientras la enfermedad y las pústulas que llegaron con los teules asesinan a los que sobrevivieron a la guerra. Pero ellas, por más que se revuelquen y se llenen de bastardos, no saben que nuestro mundo está muerto. Lo poco que queda de él se irá con mi aliento.

*

Yo soy la única que sabe que ésta es mi última noche. La lengua de navaja del Dios Huesudo recorre sus dientes que no conocen la suavidad de los labios. Sobre ellos rechina su filo implacable. Sus ojos vacíos están clavados en mi rostro y sus orejeras de cráneos suenan entre las sombras. El opaco ulular del tecolote anunció su presencia sin que nadie tuviera que leer mi futuro en los granos de maíz que se arrojan al agua para descubrir los caminos trazados por los dioses, tampoco hizo falta que las codornices se detuvieran en la puerta de la casa y caminaran hacia el lugar marcado por el cuchillo de los sacrificios y el frío que le arranca la carne al cuerpo.

Yo supe que la muerte había llegado cuando el metate se quebró sin que nadie lo golpeara, y eso se confirmó cuando soñé con un gigante sin cabeza y el pecho rajado. Frente a él no pude hacer nada, mi valentía se hizo agua en el momento en que le miré las entrañas. Sus tripas palpitaban y se movían como serpientes. Yo sólo pude quedarme engarrotada mientras él avanzaba hacia mí dando los pasos que desgajaban los cerros para dejar salir la lumbre que nunca se apaga, esas llamas —en una de las veces que se acabó el mundo— fueron las que convirtieron a los primeros hombres en los guajolotes que tienen las plumas chamuscadas. El corazón del gigante estaba prieto y se retorcía para desafiarme. No pude arrancárselo, aunque hubiera tenido un cuchillo no habría podido encajárselo. Lo mejor era rendirme, dejarme ir sin dar mordidas ni arañazos.

Ese sueño nació de los malos deseos, de la ojeriza que no se hastía, de las ansias de venganza que le rogaban al Señor de la Guerra para que me arrancara la vida. Después de las plegarias, su rostro pintado de negro se movió para verme y transformarse en una sombra eterna. Mi muerte no será gloriosa y nunca acompañaré al Sol en su camino del ombligo del cielo al ocaso. La sangre no florecerá en mi cuerpo para alimentar a los dioses y la vida tampoco se me escapará entre los pujidos del parto.

Estoy maldita y nadie puede salvarme.

¿A estas alturas quién se atreve a decirme que esto no es posible, que allá, entre los montes y lejos de la mirada de los curas y el fuego de las cruces, se juntaron algunos de los pocos que conservaron la vida para cortarse la piel y pedir la muerte de la mujer que fue lengua y palabra? Sólo Dios sabe si ellos le pagaron a Juan Cóatl o a otro de los hombres búho para que entrara a una de las cuevas para llamar a los males que no se curan. El nombre del que me hechizó jamás lo sabré, la amenaza de los latigazos y la certeza de que serán rapados por los verdugos de los frailes bastan para silenciar sus señas. Ninguno quiere perder el remolino de la cabeza; sin él, una de sus almas se escaparía de su cuerpo.

Ellos me hechizaron, yo sólo espero el final.

*

Todavía puedo gritar para que llamen al cura que puede trazar la cruz en mi frente después de que escuche mis pecados y sienta el sabor de mi arrepentimiento. Sus dedos aceitosos me tocarían para alejarme de la sangre y los dioses que se mueren conmigo. Gracias a él, la eternidad que me esperaría nada tendría que ver con las sombras del Mictlán o con el camino que me llevará a ninguna parte. Mi destino —si ese Dios así lo dispone— podría transcurrir en un lugar luminoso donde los cuerpos sienten las caricias de las nubes y olvidan los martirios de este mundo. La confesión tal vez podría salvarme del Infierno. Si el ensotanado me perdona, los ángeles vestidos de negro no podrán colgarme de la lengua para torturar mi cuerpo y penetrarme con sus miembros helados hasta que el tiempo se acabe. Su Dios es testigo de que tampoco me colgarían de cabeza sobre un lago de lodo ardiente, que las nubes de gusanos oscuros jamás se verían sobre mí, que no tendré que masticarme los labios hasta que mis dientes se queden pelones y que, al final, mis ojos no serán cegados con hierros ardientes.

Pero eso ya no tiene caso, llamar al cura no tiene sentido. No tengo nada de que arrepentirme. Sobreviví y avancé por el mundo sin que nadie pudiera detenerme. Los hombres no pudieron matarme y la selva tampoco emponzoñó mi cuerpo con el veneno de la verde locura mientras estuve en las Hibueras. Hice lo que tenía que hacer y ninguno de mis actos me pesa ni ensombrece mis almas, el silencio que guardé tras la muerte de Catalina Xuárez fue necesario. Don Hernando quería vivir como tlatoani y nadie podía evitarlo. El ardor de mi carne profanada tampoco me quema el espíritu. Además, el Crucificado es mudo y sus oídos están cerrados. Por más que acaricie las negras cuentas del rosario y murmure las palabras incomprensibles, su madre no le dará mis recados. La Rosa Mística, la Reina de los Profetas y la Casa de Oro tienen la lengua mocha.

El Cristo no me quiere, a él le importo menos que una semilla de huautli. Delante de él soy un bledo. Pero siempre existen otros caminos, si la fuerza no me faltara, aún podría buscar entre lo escondido hasta hallar el espejo oscuro y mirar mi rostro empañado, mis ojos que pierden la luz a cada instante, mi piel que deja ver el anuncio de la muerte. Y ahí, delante de la obsidiana pulida, aún podría invocar a los dioses caídos para rogarles clemencia. Una espina de maguey sería suficiente para cambiar mi destino, para desandar el camino que se inició el día que me mojaron la cabeza para darme un nombre ajeno antes de que Portocarrero me penetrara.

*

Estoy delante del sendero que se abre y no puedo decidirme. Estoy partida, rajada. No soy de aquí, tampoco soy del otro lado del mar. Yo soy la que camina sobre la muralla y no pertenece a ningún pueblo. En este momento ya ni siquiera puedo saber cuál es mi nombre: soy el olvido, soy la Marina, soy la Malinche, soy Malinalli; también soy la puta y la doña, la lengua y la sobreviviente, la que todo lo puede y la que siempre termina derrotada. Yo soy la que tuvo dos cuerpos con un solo nombre: los enemigos de todos y los aliados convirtieron a don Hernando en parte de mi carne. Él y yo éramos Malinche, el ser doble que era palabra y espada.

Mi nombre primero está olvidado para siempre y sus letras se me borraron de la cabeza.

Lo único que sé es que mi cuerpo no será entregado a las llamas cuando huela a podrido. Después de una noche terminarán metiéndolo en una caja antes de enterrarlo envuelto en una sábana donde los colores estarán ausentes. Cada clavo de mi ataúd me alejará de la fertilidad, cada una de sus tablas impedirá que alimente las semillas que renacerán hasta que el tiempo se acabe y los terremotos destruyan el mundo. El petate no será mi cobijo, las mantas que usaban los grandes señores tampoco arroparán mi cadáver.

Ellos me enterrarán como a una cualquiera, y sobre mi tumba —si es que me queda algo de suerte— alguien labrará mi último nombre en una piedra: ya no seré Malinalli y mi recuerdo no podrá evocar el dibujo de la hierba trenzada, del día funesto en que nacen los que serán desdichados, los que están condenados al adulterio y que son dueños de la peor de las venturas. Tal vez sólo seré Marina y nada quedará de mi pasado. La comedora de cadáveres y la paridora de los que nacen a la nueva vida jamás se alimentarán de mi cuerpo.

*

La muerte está cerca, las imágenes regresan sin que pueda detenerlas. El vientre me quema como si me hubiera tragado unos tizones. Ahí, debajo de mi ombligo, se anidó el mal que devora las tripas que parieron a Martín, el hijo que se fue lejos y que sólo volverá con los ojos cambiados después de que haya aprendido a curvar el lomo delante del soberano que vive donde se acaban las grandes aguas. Él, según me contaron, fue bendecido por el Papa con tal de que su padre le llenara las orejas de historias. Don Hernando estaba metido en las palabras de los frailes de ásperas sotanas, esos curas no se cansaban de repetir que él era el nuevo Moisés, el hombre que le había arrebatado al Coludo a miles de seres para llevarlos a la Gloria. María, la hija que me hizo Juan Jaramillo, también tiene trazado su destino: se casará con un teul y su padre pagará la dote que tratará de blanquearle la piel a sus nietos.

*

Las dentelladas ardientes me desgarran poco a poco. El dolor era lo único que podía obligarme a que los recuerdos se adueñaran de mi cabeza. Las imágenes de mis hombres nacen de cada una de sus rasgaduras. Mi dueño en Putunchán y los chontales que me vendieron por unos cuantos granos de cacao, el hombre que montaba a mi madre como si fuera una perra, el fugaz Portocarrero, don Hernando y mi marido que se hace cruces en el Ayuntamiento brotaron de mis dolencias. Ellos están aquí para recordarme que apenas fueron tripas enhiestas o mocos de guajolote que trataban de disimular su flacidez a fuerza de golpes y borracheras que intentaban matar los males que les carcomían el espíritu.

Hoy, mientras la oscuridad me lame, nuestros caminos vuelven a cruzarse sin que ninguno lo deseara. A pesar de lo que eran, muchos de ellos murieron de la misma manera como yo terminaré mis días: lejos de la gloria y con la eternidad a cuestas. Al final, todos vagaremos por la oscuridad sin llegar a nuestro destino, el Mictlán nos cerrará las puertas y el Crucificado nos repudiará por los pecados que nos manchan las almas.

*

Morimos sin gloria y nuestro destino estará marcado por la ausencia de lágrimas. Cuando me entierren, la gente no se negará a comer, tampoco dejará de lavarse la cara para después de ochenta días rasparse el rostro y guardar las costras de mugre. Las gotas saladas que entreguen sus ojos no serán conservadas en los algodones y los papeles que se convertirían en el humo que alimenta a los dioses. Mi muerte sólo será olvido y silencio. Apenas algunos de los derrotados podrán reconocer mi tumba y escupir sobre ella. Mi voz era más poderosa que las masas de los tlaxcaltecas y las flechas de los huejotzingas. Sus palabras derrumbaban las murallas, abrían los caminos y cerraban las alianzas que derrotaron a Montezuma.

Nadie llorará por mí. Mis hombres y yo morimos como si fuéramos menos que los miserables que caminan con la mirada clavada en el piso y el miedo pegado en el espinazo. Nuestros cuerpos no tendrán una cuenta de piedra verde en la boca y nadie flechará a un perro en el cogote para que nos acompañe al más allá. Nosotros no podremos enfrentar las pruebas para llegar al otro mundo: las grandes montañas que se estrellan, los vientos que cortan como navajas, el inmenso río que sólo puede atravesarse en el lomo de un xoloitzcuintle, el lugar donde la gente es herida por las saetas y los sitios donde se comen los corazones de los muertos nunca serán tocados por nuestras plantas. A lo más, nosotros sentiremos el mismo frío que se llevó a la gente mientras avanzábamos hacia Tlaxcallan. Mis hombres y yo vagaremos en la nada, seremos los fantasmas que se invocan para espantar a los cobardes. Ninguno de nosotros podrá entregarle a los dioses los bienes que nos abrirían las puertas del que debería ser nuestro destino. Todos llegaremos desnudos y con las manos vacías al lugar de los que nunca vuelven. Los amos de todas las cosas nos mirarán con desprecio mientras devoran el guisado de pinacates y el atole de pus que sus achichincles les sirven en los cráneos de los que no tuvieron una muerte gloriosa.

Ellos nos repudiarán y nuestras almas quedarán condenadas a vagar para siempre, a mostrarse en los cruces de los caminos o en las esquinas de los pueblos que nadie conoce. Sólo seremos espectros que suplicarán compasión sin que la gente se dé cuenta de nuestro dolor.

Y yo, de tanto estar acostada, me transformaré en una sábana, en un fantasma que muchos confundirán con la Cihuacóatl, con la llorona que aterrorizó a los mexicas cuando anunció la llegada de los teules.

II

No lo sé. Aunque el Descarnado me lame no puedo saberlo. Los dioses casi enceguecieron una parte de mi memoria, pero eso no importa: el pasado siempre puede inventarse. Si los mexicas quemaban sus libros para reescribir su historia yo puedo hacer lo mismo. La fiebre es la única aliada que sigue a mi lado. Yo quiero creer que lo primero que vieron mis ojos fue el río que pasaba delante de mi casa. Su corriente era mansa y no se llevaba lo nuestro cuando los tlaloques quebraban a garrotazos las ollas que guardaban la lluvia. San Isidro, si es que de a deveras existe, también se apiadaba de nosotros alejando las aguas en el momento preciso. Aunque ningún cura me crea, a él no había que rezarle para que el Sol se asomara y las nubes se fueran para otro lado junto con las serpientes y los caimanes que cazaban a los pájaros rosados que se sostenían en una de sus patas. En esos días todavía teníamos suerte, los amos de todas las cosas nos querían y aún no nos levantaban la canasta para condenarnos a ser lo que somos.

Allá, en el pueblo que perdió su nombre para siempre, el aire olía a limpio y a hierba húmeda. Nunca se te metía en las narices como la garra que te despedaza con la pestilencia del horror. Nada se olisqueaba como las natas resbalosas que cubren el empedrado de las ciudades que brotan de los templos destruidos o como la peste que manaba de los altares donde los sacerdotes le entregaban los corazones a los dioses. La sangre que llamaba a las moscas verdosas no alcanzaba a olfatearse en el lugar que estaba en el ombligo de la nada. El aroma de mi pueblo no era como la sobaquina de los españoles y su gente tampoco tenía los dientes podridos. La mierda aún no se nos pegaba a la piel.

*

Aunque Bernal insistiera en mirarme como si fuera una princesa, los míos no eran tan grandes como lo querían sus palabras y los cuentos que le revoloteaban en la sesera. Él leía de más y eso sólo llamaba a la locura que nunca da tregua ni necesita a la Luna para retorcer los pensamientos. Los seres que los teules invocan con sus garabatos se te pueden meter en las almas y convencerte de que eres igual a ellos. Dios sabe que Bernal tenía el seso blando por andar creyendo en las palabras que no eran suyas. Él no era Amadís, tampoco se parecía a Florambel ni a los jinetes que mataban dragones. Esos nombres eran tan inciertos como las mezquitas que los blancos ansiaban mirar en nuestros templos. La verdad es otra: el hombre que montaba a mi madre apenas era una cabeza de ratón, un principal de muy poca monta que debía arrodillarse para sentir en sus labios los huaraches rajados de los señores que apenas se notaban en los libros pintados de Montezuma. Él no tenía que sentir la tierra con sus dedos y llevárselos a la boca, tampoco debía bajar la mirada para que la imagen del Tlatoani no le achicharrara los ojos; siempre tenía que hacer algo peor, algo más vergonzoso que le emponzoñaba las almas.

Yo no vivía en un palacio. Mi casa, a lo más, era un cuarto grande con las paredes tiznadas por el humo que nacía de las ramas apenas secas que nos regalaba el fuego. Las tres piedras que detenían el comal eran el centro de nuestro universo. A su lado estaban el metate y la mano poderosa del molcajete, la olla grande en la que se remojaban los granos y la jícara donde reposaba la cal que podía chamuscarte de tan viva. Los frijoles y los dientes de los elotes se guardaban en una cesta. De los horcones que sostenían el techo pendían las ristras de chiles que abandonaban el verde para volverse colorados y secos por el calor de la lumbre que jamás los acariciaba por completo. Ni siquiera nuestras ollas eran muchas, apenas eran unos cuantos cacharros ennegrecidos, y las jícaras que teníamos apenas se adornaban con las figuras que el caldo de los frijoles y el uso les dibujaban. La mía apenas se adivinaba por las marcas de mis dedos, ellos impusieron sus huellas oscuras a la blancura del guaje que nunca sintió las pinturas.

En las paredes donde se asomaban las ramas que surgían como las manos de las tumbas, estaban recargados los petates que se desenredaban cuando llegaba la noche, y al fondo, casi ocultas de las miradas, estaban las petacas donde guardábamos los telares, los hilos recién cardados y los husos que brillaban de tanto que los sobábamos. Nuestra vida casi era idéntica a la de los miserables a los que insultaba mi padre cuando no le entregaban lo que necesitaba tributar.

Bernal mentía, sus ganas de adornarse y conseguir oídos para sus palabras eran más poderosas que la verdad. Nosotros apenas éramos algo y nuestras vidas valían tantito menos que nada. Juro por el Crucificado que no éramos gran cosa. La distancia que nos separaba de los verdaderos poderosos era inmensa, más grande que el mar que nos aleja del rey de Castilla y los aires que nos separan del Cielo. Cualquiera que viera a las mujeres de la casa se daría cuenta de la verdad de mis palabras, sus enredos casi eran lisos y su tela recibía la caricia del labrado que apenas podía distinguirnos de los demás muertos de hambre que vivían en el caserío.

Muy pocos de nuestros huipiles eran de algodón, la mayoría se tejían con las fibras que nacen de las pencas más grandes y más duras de los magueyes. Las más suaves eran para la mujer principal, al resto nos tocaban las tiesas, las que tenían que domarse con el uso, las aguas y las raíces que les restregábamos hasta que brotaba espuma. La sangre de los caracoles y las cochinillas también estaban más allá de nuestras manos; cuando la sentíamos, sus colores se escapaban sin que pudiéramos detenerlos. Las marcas que nos dejaban en las palmas eran el recuerdo de la pobreza. Nuestros hilos siempre eran amarillentos, y los que le entregábamos a los mandamases emborrachaban la mirada. En nuestros lienzos tampoco se entretejían las piedras verdes, y las pequeñas cuentas que tintineaban al caminar eran inexistentes.

Si es que la suerte nos sonreía, el único chalchihuite que podría tocar nuestro cuerpo llegaría en el momento en que la muerte nos alcanzara. Ahí, adentro de nuestra boca, los vivos pondrían una cuenta apenas resplandeciente y nunca tersa. Y, aunque las aves sobraban en las cercanías, las plumas de todos colores brillaban por su ausencia en nuestra ropa y nuestra cabeza. Ninguna nos pertenecía, todas tenían que entregarse para que las armas no llegaran al pueblo a cobrar lo que nunca podría pagarse.

Valía más que así fuera.

Las riquezas eran de ellos, la pobreza sólo era nuestra.

Ellos eran una sombra y nosotros éramos las almas que se hacían chiquitas para esconderse en los rincones como los ratones que se mueren a palos.

*

Cuando nací, las grandes ceremonias jamás ocurrieron. Ninguno de los mandamases de Xicalanco se esperó a que los adivinos determinaran una fecha para mostrarme a la gente, los que algo tenían en mi pueblo apenas alzaron los hombros con desgano. El signo del día en que me echaron al mundo era lo de menos, sólo los malditos estaban prohibidos: el del conejo no se quedó en mi nombre, pero el de la hierba trenzada terminó por alcanzarme sin que lo buscara ni lo mereciera. Después de que me regalaron a don Hernando, sus aliados me lo pusieron y yo no puede negarme al destino que me anunciaba.

Los señorones que vivían más allá del río tampoco tenían curiosidad de mirarme. ¿A quién podría importarle que me parieran?, ¿a quién se le espantaría el sueño por el nacimiento de la hija de alguien que estaba lejos del poder y que se escondía cuando las armas se mostraban para desafiar la luz con el brillo de sus filos? A nadie, absolutamente a nadie. Yo no era como Montezuma ni como los hijos de los grandes señores que se aliaron a don Hernando para hacerle la guerra a los mexicas.

Al final, las únicas que se acercaron a la casa fueron las mujeres del pueblo. Ellas querían verme, les urgía revisarme la cara y la piel para encontrar las señales del parecido y darle gusto a las voces que a nada llevaban y que todo lo ensuciaban. Un lunar de más o uno de menos eran suficientes para que la lengua se les desbocara y su saliva se convirtiera en ponzoña.

¿De que servía si mi rostro recordaba al de mi madre?, ¿qué caso tenía saber que las marcas de mi padre no se adivinaban en la forma de mis ojos? Yo era una cualquiera, una cuenta más en el rosario de hijos.

Si tuve algo de suerte, la comadrona que me sacó de las tripas de mi madre alcanzó a pronunciar las palabras que mintieron sobre mi destino: yo no me quedaría dentro de mi casa como el corazón en el cuerpo, tampoco sería la ceniza que cubre el fuego y mucho menos me transformaría en una de las piedras que detienen el comal; mis pies no se quedarían atrapados en una choza perdida en la selva, y mi sexo, casi siempre seco y ardido, nunca sería de uno. Muchos entrarían y saldrían de él mientras yo fijaba la vista en el techo o la dejaba perderse en el movimiento del fuego. Sólo Dios sabe si la comadrona no enterró la tripa que me unía a mi madre junto a las piedras que detenían el comal. La lengua del Descarnado me dice que no lo hizo, que por eso nada pudo detenerme.

Yo fui otra cosa, algo distinto, alguien que tenía que sobrevivir. La comadrona, si es que acaso pronunció los augurios, se equivocó de cabo a rabo y el nombre que me impuso también quedó olvidado. En esos momentos yo era nada, a lo más era una pelusa que a muy pocos les importaba.

*

Si mi madre hubiera sido otra, la historia sería distinta; su sangre no le daba nobleza a mi padre y varias veces estuvo a punto de ser echada de la casa como si fuera una sirvienta que no podía cumplir con lo mandado. Por eso, en muchas ocasiones terminó agriando la masa con sus miradas entristecidas y sus pensamientos nublados. Pero, a pesar de todo eso, tuvo algo de suerte, sus manos la salvaron. Las telas que nacían de sus dedos no podían despreciarse. Su hombre las necesitaba para pagar lo que siempre debía, él tenía que entregárselas a los que le exigían que se arrastrara y les lamiera los callos. Es más, a veces hasta podía cambiarlas con los chontales que llegaban en sus cayucos para completar lo que tenía que ofrecerles a los mandones con tal de alejar su furia.

Mi madre no le importaba, pero sus manos sí le interesaban. Algo podía obtener de ella además de unas piernas abiertas y una boca que siempre se conformaba con poco. Yo nada necesitaba, todo lo que requería venía de sus chichis, de la leche que sabía a bilis negra, a muina atragantada y dolor siempre callado.

Ella no era la mujer principal, ella no era la que merecía atenciones y tampoco mandaba en la casa sin que alguien pudiera oponerse. Las primeras mujeres eran las importantes, las valiosas, las que eran imprescindibles para que los sueños de mi padre no se hundieran en los pantanos. Frente a mi madre nadie bajaba la vista y sus palabras apenas sonaban en las orejas de los que ahí vivíamos. Ella era la última de la cola que no dejaba avanzar a ninguna de las que estaban formadas; su único anhelo era que el tiempo pasara rápido, que los dioses se llevaran a las principales y se convirtiera en una vieja que no podría ser castigada por las otras esposas. Ella, en el fondo, ni siquiera era una mujer, era una cosa, un animal de carga, unas manos de araña, un pago que se recibió porque al hombre que la montaba no le quedaba de otra.

Mi madre era la paciencia, el aguante infinito, la resistencia que no se quebraba como las ollas que se rajan cuando sienten la lumbre. Mi padre la recibió como un regalo que apenas valía, como una muestra de la rendición de un caserío donde los perros pelones ni siquiera ladraban para defender la basura que se tragaban. La derrota de esa gente no fue gloriosa. Ninguno de los hombres tomó un palo para defenderse, el nombre de los señores de Xicalanco fue suficiente para que se agacharan, para que sus espinazos se curvaran hasta que estuvieran a punto de crujir y quebrarse. Ellos eran como los perros cobardes: sabían vivir con la cola metida entre las patas.

El hombre que me engendró la aceptó a regañadientes, una mujer joven era mejor que nada. Ya después podría arrebatarles algunos bultos de mazorcas o unos pocos granos de cacao para juntarlos con lo que tenía que entregarle a su amo, al señor de Xicalanco que ni siquiera se dignaba a mirarlo. Ella, si hubiera vivido lo que yo viví, habría terminado con la cara marcada por un hierro ardiente: los esclavos de antes se convirtieron en esclavos de los teules. Ellos eran los rescatados, los que se compraban y se vendían, los que se usaban y se mataban sin que nadie metiera las manos.

Con los hijos pasaba lo mismo. La principal había parido un varón, los otros que llegaron al mundo poco importaban para la gloria de un hombre sin lustre. Ellos conocían su destino y lo aceptaron sin que las muecas les marcaran la cara. Así eran las cosas y así seguirían hasta que el Quinto Sol se muriera para siempre. Sus días transcurrirían en la milpa que a fuerza de llamas se abría paso en la selva. Ellos eran los brazos y los cuerpos que estaban condenados a trabajar sin conocer la victoria o la muerte que les abriría el camino al Paraíso. Ellos nunca acompañarían al Sol en su camino por el cielo. Los mandones que dizque todo lo podían no tenían los tanates que se necesitaban para llamarlos a la guerra. Los señores del rumbo eran unos cuiloni que se conformaban con las miradas esquivas y se hincaban ante los enviados sombríos. Ellos eran cobardes, rastreros ante los mexicas y terribles con los suyos. A los principales les bastaba y les sobraba con las zurrapas que se quedaban en el lugar donde se encontraban los comerciantes de aquí y de allá. La guerra era imposible, la posibilidad de juntarse con otros pueblos estaba muerta antes de nacer. Los guerreros de Tenochtitlan habrían acabado con ellos en el primer combate y los tributos serían más grandes de lo que ya eran.

Ellos eran nada, yo también era nada. Apenas era una boca que tendría que alimentarse hasta que sirviera para algo, pero eso no me importaba… a los escuincles de los muertos de hambre no les pesa la vida que les fue trazada. Yo lo sabía y lo aceptaba. ¿Qué otra cosa podría hacer? Lo importante era correr con los pelos libres y la carne apenas tapada con un enredo que delataba mis juegos en el río donde las niñas torteábamos bolitas de lodo. Ahí estábamos todas y las palabras eran claras, las conocía completas y ninguna se me dificultaba. El tiempo en que me darían unas sandalias y un huipil se miraba lejano, el momento en que mis cabellos deberían trenzarse para ser domados aún no se asomaba en el horizonte.

Yo era una niña, lo demás no importaba.

III

El día que los descubrí no puede borrarse de mi alma. Antes de eso, sólo eran un murmullo, una palabra que no debía pronunciarse, una sombra que se asomaba para anunciar el mal implacable. Ésa era la primera vez que mis pies estaban cubiertos y que mis pechos recién nacidos se ocultaban bajo la tela amarillenta.

Mi padre nos trepó en la canoa, y mucho antes de que el Sol se metiera ya estábamos en Xicalanco. El lugar parecía inmenso, la gente que ahí estaba era de los cuatro lados del mundo: los mayas con sus frentes alargadas y sus ojos bizcos, los popolucas que hablaban como si balbucearan, los zoques que se rindieron ante el Tlatoani, sin presentar batalla y los que pronunciábamos palabras claras nos entreverábamos sin que nadie pudiera impedirlo. Todos traían lo suyo y sólo querían lo que llevaban los otros.

Xicalanco era el lugar de la paz, el sitio donde los puestos de los comerciantes lo llenaban todo para que en nuestros ojos se rebosaran los colores; ahí también estaban las grandes canoas, los cargadores que venían desde las tierras de los totonacas y de los lugares donde la selva es casi impenetrable. Ellos sabían cómo sobrevivir al verde de la locura, a los animales que acechan, a los senderos que se cierran tras los pasos para que el viento negro se meta en las coyunturas de los que tienen que ser devorados por los malos espíritus.

Todos hablaban, todos gritaban antes de que las cosas cambiaran de manos.

Los que compraban siempre les encontraban defectos a las mercancías, y los que vendían juraban por lo más sagrado que eran perfectas. Los precios subían y bajaban con el poder de las lenguas. Los granos de cacao y las piezas de oro y cobre se engrandecían o empequeñecían mientras los comerciantes discutían el valor de las cosas. Los canutos llenos de pepitas deslumbrantes se trocaban en cobres, y los granos oscuros y brillantes se convertían en las mantas que nunca perdían su color.

Nuestros ojos estaban enganchados a los puestos del tianguis. Ahí estaban las maravillas que siempre deseamos y las que jamás imaginamos. Pero ellas, aunque estaban a unos cuantos pasos, se encontraban muy lejos de nuestras manos. Cualquiera de nosotras valía más que aquellos objetos, con un puñado de cacao podían comprarnos para siempre. Cuando el hambre arreciaba, a nadie —ni siquiera a los mandamases— le dolían las almas para vender a uno de sus hijos. Eso era mejor que sentir la resequedad en las tripas. Eso, según lo que me contaron, fue lo que le pasó a los mexicas cuando los dioses le dieron la espalda a Montezuma. Durante muchas lunas, las lluvias se fueron para otro lado y las tripas vacías se ensañaron con todos.

*

El hombre que me engendró sólo había ido a Xicalanco a pagar el tributo de nuestro caserío y el de los miserables que vivían cerca. Para no variar, lo que traía no era suficiente, algo faltaba para que los grandes señores pudieran sentirse satisfechos y lo trataran como cacique. Por eso tendría que arrastrarse y rogar, Dios sabe que no miento: cuando llegara delante de ellos, tendría que suplicar y llorar para evitar el castigo. Frente a los mandones se jalaría las greñas y su espalda se enchuecaría para invocar la misericordia. Y así, al final del ritual que le envenenaba las almas, de su boca saldrían las promesas que nunca podría cumplir. Después de eso, la furia quizá se alejaría lo suficiente para dejarlo volver sin ganas de desquitarse. Sin embargo, ella se transformaba en una exigencia absoluta, en un reclamo que jamás sería satisfecho y que lo martirizaría hasta el final de sus días.

Si todo salía bien, nuestros cuerpos no padecerían y quizá lograrían ganarse un premio, una fruta desconocida que nos endulzaría la boca, un trozo de tela o unos hilos que llenarían de luz el blanco inexorable o, simplemente, podríamos vivir la maravilla de sentir en las manos las joyas que nunca permanecerían en nuestros cuerpos. Pero, si algo fallaba, los palos caerían sobre nuestra cabeza y los golpes nos marcarían la piel para obligarnos a aceptar que él sí era alguien, que los grandes señores lo trataban como si fuera su hermano y le tomaban el brazo para llevarlo a la oscuridad donde se trababan las alianzas y las conjuras. Cada uno de sus golpes nos enseñaría que él merecía todo lo que no tenía, que era un grande entre los grandes, pero que su modestia le impedía aceptar los regalos que le quemaban los ojos con su riqueza.

Al final, la paz sólo llegaría a nuestro jacal cuando la bebida lo dejara tumbado y los orines le empaparan el taparrabos; pero, antes de eso, estaban las palabras malditas, los puños y las patadas, los rencores y la furia que se ensañaba con las que no podían enfrentarlo.

*

Él se fue y nos dejó frente al tianguis. Los pocos cargadores que lo acompañaban seguían sus pasos y terminaron perdiéndose entre el río de gente. Nos quedamos calladas. Nuestros ojos se esforzaban para no alzarse. Los hilos de sangre que los detienen estaban tensos, el suelo era su único destino. La mirada baja era nuestra obligación. Sus mujeres no éramos unas cualquiera, unas putas ensoberbecidas que se ríen y se retuercen delante de todos los que pasan delante de ellas. Nuestros enredos caían rectos y estaban quietos, el movimiento que podía enseñar las piernas estaba prohibido. El anhelo de sentir el sabor a zapote del chicle también estaba vedado, sólo las mujerzuelas lo mascaban mientras se alzaban las enaguas para enseñar los vellos que ocultaban lo que muchos podían comprar con diez granos de cacao.

*

De pronto, sin que nada lo obligara, el silencio comenzó a avanzar en Xicalanco; poco a poco las voces enmudecían y los gritos se transformaban en murmullos.

Había que callarse, las lenguas tenían que acalambrarse.

La gente se hacía a los lados como si la tierra amenazara con rajarse.

Y ahí, poco a poco comenzaron a mostrarse los hombres que venían de lejos. Eran los pochtecas y los guerreros de Tenochti­tlan. Valía más que todos se quedaran mudos a que una voz los provocara. Un comerciante herido o un insulto sin importancia podían convertirse en causa de muerte.

La caravana era larga, larguísima. Mis ojos nunca habían visto tantos cargadores con los mecapales tensos por el peso de la riqueza. Los pochtecas venían a comprar y vender, a recoger lo que habían juntado los mandones y a mirarlos para leer sus almas y descubrir sus intenciones.

Durante un instante dudé de su fuerza, parecían muertos, sus cuerpos estaban pintados de ocre y sus cabellos que se negaban a la limpieza los transformaban en seres a mitad de la nada, en hombres que caminaban apoyándose en los báculos que recordaban al dios que los protegía. Los comerciantes, desde el preciso instante en que dejaron Tenochtitlan y se adentraron en los caminos, se convirtieron en cadáveres, en seres putrefactos que avanzaban entre los mundos y que sólo volverían a la vida si los amos del universo los miraban con piedad y cuidaban los pasos que desandaban. Ellos regresarían a la vida cuando atravesaran las montañas y sus ojos se llenaran con la imagen del gran templo que flotaba sobre las aguas, cuando sus mujeres los alcanzaran en el camino y los llevaran a su casa para lavarles las patas. Antes de esto, los pochtecas sólo se movían entre la vida y la muerte.

Junto a ellos estaban los guerreros, las cabezas casi pelonas y apenas adornadas con una cresta de pelos tiesos eran el signo de su fiereza. Los cueros de jaguar que pendían sobre su espalda eran la certeza de la muerte que se marcaba en sus armas. Daban miedo. Sus ojos estaban llenos de desprecio y sus bocas casi se torcían por el orgullo insaciable. Todos, incluso los que nunca los habíamos visto, sabíamos que eran poderosos, invencibles, dueños de la furia que no conocía límites. Nadie podía enfrentarlos, de sus escudos colgaban los dedos de las parturientas que murieron mientras sus tripas se dilataban y se contraían. Esos amuletos alejaban los cuchillos y las flechas, las mazas y las lanzas. Nada podía matarlos, nada podía herirlos.

Ninguno se dignó a mirarnos, sus ojos buscaban a los hombres con los que se encontrarían entre las sombras para enterarse de las traiciones y los odios, de las riquezas escondidas y las conjuras que aún no habían sido descubiertas. Sus palabras eran fundamentales, el Tlatoani las escucharía antes de tomar una decisión de muerte. Una sola bastaba para que el hombre que se sentaba en el trono de Tenochtitlan levantara un dedo y el fuego se adueñara de los pueblos de sus enemigos.

*

Los mexicas eran la sombra, la garra invencible. Muchas veces había oído de ellos, pero su presencia era más poderosa que las palabras tintas de odio y miedo, que los insultos y las maledicencias que se pronunciaban cuando estaban lejos o las que se decían cuando no se miraban. Todos los que pisábamos el tianguis sentíamos cómo nuestras almas se doblegaban ante su soberbia. Los que tenían que pagar para no sentir el filo de sus armas anhelaban la muerte de los guerreros y los comerciantes que llegaron para irse cargados. Todos le rogaban a sus dioses para que le arrancaran las almas al Señor de Tenochti­tlan. Los mayas que estaban protegidos por la selva impenetrable y las flechas certeras también los observaban con muina y coraje, los mexicas seguían siendo unos salvajes que sólo sabían de la guerra y el robo, unas serpientes a las que debían tratar con cortesía mientras se tragaban su desprecio. Era mejor que así fuera; al fin y al cabo, los hombres de las frentes alargadas sólo habían llegado a Xicalanco para comprar y vender. Luego de eso volverían a sus grandes canoas y se adentrarían en las aguas que los llevarían a sus ciudades que estaban muy lejos del puñal del Tlatoani.