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"¡ESTOY A PUNTO DE VOLVERME LOCO!" Cuántas veces has pensado eso después de la enésima rabieta que te ha pillado agotado tras un día de trabajo, o después de ese ataque de histeria en el centro comercial que ha llamado la atención de todo el mundo? Probablemente la respuesta sea "¡he perdido la cuenta!", y es perfectamente normal. Como educadora y madre de dos hijos, ¡sé muy bien lo frustrantes que pueden llegar a ser los pequeños! Por eso escribí "Mamá, no grites", un manual práctico para padres sobre cómo tratar y educar a niños de 3 a 12 años sin recurrir a los gritos. En este manual he volcado toda mi experiencia como educadora, que a lo largo de los años ha permitido a cientos de padres gestionar el exasperante comportamiento de sus hijos, aprendiendo a corregirlo de forma eficaz y ¡sin culpabilidad! A través de un enfoque sencillo y concreto de la crianza de los hijos, este libro le permitirá: - Evitar tener que recurrir al chantaje: Estrategias de comunicación eficaces para superar el chantaje caprichoso de tus hijos y evitar que hagan sólo lo que quieren; - Mejora tu comunicación: Técnicas prácticas y ejemplos reales para modular tu comunicación haciéndola autoritaria y amable al mismo tiempo. - Di adiós a los momentos de vergüenza: Cómo manejar los repentinos arrebatos histéricos de tu hijo y olvidar la sensación de querer clavar la cabeza en el suelo; - Ser un padre sin culpa: Cultivar un vínculo fuerte basado en la confianza mutua a pesar de los mil compromisos diarios y laborales; - Afrontar los retos de la adolescencia temprana: Estrategias sencillas para contener el deseo de independencia típico de la fase adolescente sin ser visto como un estorbo. ¡Estoy segura de que en este manual encontrarás apoyos concretos para empezar a cultivar la relación de tus sueños con tu hijo! ¿Está preparado para dar el primer paso hacia una crianza más pacífica y satisfactoria? Ser padre sin estrés es posible. ¡Pida hoy mismo su ejemplar y descubra cómo!
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Seitenzahl: 212
Veröffentlichungsjahr: 2023
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INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO 1 COMUNICACIÓN ÚTIL
CAPÍTULO 2
EDUCACIÓN POSITIVA
CAPÍTULO 3
ESCUCHAR
CAPÍTULO 4
GESTIÓN DE LA IRA
CAPÍTULO 5
LOS CAPRICHOS Y SU MUNDO
CAPÍTULO 6
EDUCACIÓN EN VALORES POSITIVOS
Muy a menudo un padre, incluso uno armado con las mejores intenciones, acaba cometiendo errores dictados por la inexperiencia, algunos rasgos negativos de carácter y, por qué no, las secuelas de una infancia poco feliz.
Lo que más se resiente de tales errores es la relación que dicho progenitor mantendrá con su hijo porque, aunque pueda parecer que un niño no emite signos de negatividad, ello no significa que el malestar no serpentee en lo más recóndito de su alma, dando lugar a futuros desencuentros y contrastes que incluso pueden desembocar en verdaderas rupturas.
Todo ello como consecuencia de errores que, observados con la famosa retrospectiva, resultan no ser tan difíciles de evitar después de todo.
Esta guía no pretende ser el vademécum del padre perfecto e intachable, sino que se presenta al lector como un pequeño tesoro de sugerencias de analistas y expertos en la psique infantil para ayudar al adulto a desandar esos magníficos caminos de la infancia, esta vez para ayudar al niño a su cargo a no tropezar y caer en esas zanjas que pueden haberle causado pequeños percances.
Cada niño constituye un camino en sí mismo y sería muy pretencioso pretender conocer todos sus secretos, pero utilizando este texto como guía, a padres y educadores les resultará sin duda más fácil conducir a sus pequeños por el camino de la vida sin que las asperezas supongan un peligro, hasta que sean capaces de emprender el camino por sí mismos.
Cada persona se convierte en el padre o la madre que la educación recibida durante la infancia y la adolescencia, así como sus propias experiencias vitales, le llevan a ser.
El debate sobre lo que determina a un padre intachable ha estado abierto durante siglos, porque durante siglos se ha intentado especular sobre qué comportamiento y preparación deben tener un padre y una madre para reflejar lo más fielmente posible la imagen de los padres ideales.
Aunque los resultados que han surgido de esta especulación han generado con el tiempo resultados a menudo contradictorios, finalmente se ha llegado a la conclusión de que el modelo de padre perfecto no existe ni puede existir, porque es lo que uno ha vivido y la forma en que lo ha vivido lo que determina su método educativo, la forma en que cuidará a sus hijos y se comunicará con ellos.
El único resultado que se ha conseguido, gracias a los esfuerzos de pedagogos y psicólogos de todo el mundo, es la identificación de siete modelos parentales diferentes a los que, en principio, parece corresponder cada madre y cada padre:
El
padre autoritario;
El
padre autoritario
;
El
padre adjunto
;
El
padre permisivo
;
El
padre libre
;
El
helicóptero-padre
;
El
progenitor no implicado
La determinación de pertenecer a uno de estos estilos parentales viene dada por la forma en que se vive la responsabilidad de la paternidad y el método educativo y comunicativo que se adopta con los hijos, pero, dada la versatilidad y subjetividad de cada persona, también puede ocurrir que se identifique en dos o incluso más de los estilos que se acaban de esbozar.
El "padre autoritario" es el que, según la opinión de muchos expertos en educación y crianza de niños, encarna el estilo de crianza más eficaz y sensato, porque establece límites y normas muy claros sin traspasar una forma de ser y de pensar que puede asimilarse a una especie de dictadura.
Un padre que puede describirse como autoritario está muy dispuesto a escuchar y hablar con sus hijos, les muestra que puede apreciar sus virtudes y cualidades pero, lo más importante de todo, este padre tiene expectativas realistas y razonables de sus hijos.
Una persona que ha sido educada por unos padres así, ya desde la primera infancia, consigue ser un individuo muy seguro de sí mismo en comparación con sus compañeros.
Según el Departamento de Salud y Servicios Humanos, un adolescente con un padre autoritario tiene muchas menos probabilidades de consumir drogas, recurrir a la violencia como método de resolución de disputas y practicar una sexualidad temeraria, por lo que todo apunta a que la imagen del padre autoritario encarna al papá y la mamá ideales, pero también hay que señalar que una crianza así requiere bastante paciencia y también experiencia a la hora de acercarse a los hijos.
El "padre autoritario", en cambio, es el tipo de padre que intenta a toda costa transmitir a sus hijos los valores que considera correctos y que, según su intención y convicción, llevarán a sus hijos por el buen camino.
Este tipo de progenitor actúa mediante la imposición de normas muy estrictas y aplica castigos muy severos en caso de incumplimiento, no va más allá de la falta de comunicación abierta y tiene expectativas muy altas y a menudo poco realistas de sus vástagos.
Una persona que ha sido educada con este patrón educativo tiende a mostrar una forma de ser intolerante y rebelde ante las normas impuestas por cualquier institución (ya sea la familia o la escuela, etc.) en comparación con sus compañeros que han sido educados por otro tipo de padres.
Este desafortunado resultado se consigue porque el niño percibe cada regla como una imposición coercitiva y no puede comprender su verdadero significado.
Además, los hijos de padres que adoptan una mentalidad autoritaria muestran una tendencia a la depresión y otros trastornos del comportamiento y la personalidad.
El "progenitor apegado" es entonces aquel progenitor que está muy cerca de su descendencia, también desde el punto de vista de la demostración continua de afecto y la búsqueda frecuente de contacto físico.
El padre apegado siempre intenta que sus hijos se sientan acogidos y cuidados en un entorno totalmente protegido y seguro para ellos.
Cualquier necesidad del niño, incluso la más insignificante, se satisface de inmediato y, según numerosos estudios científicos y académicos, las crías criadas en un entorno así se convierten en adultos poco estresados, con un gran sentido de la empatía, independientes y capaces de controlar eficazmente sus impulsos instintivos y sus emociones.
El "progenitor permisivo" es el tipo de progenitor que refleja las connotaciones del padre y la madre amigos de sus hijos, connotadas por una frecuente muestra de afecto.
Estos padres imponen límites y normas fáciles de seguir y nada dictadas por la rigidez; además, los vástagos criados adoptando este patrón no reciben un control obsesivo y se les permite tomar sus propias decisiones de forma independiente.
Pero la otra cara de la moneda, según psicólogos y pedagogos, es que este tipo de crianza acaba creando niños y adolescentes con mayor tendencia a meterse en líos, que a menudo pueden llegar a ser bastante graves.
Este tipo de efecto secundario se produce porque a los hijos de un progenitor permisivo se les permite, quizá con demasiada libertad, experimentar con lo que les parezca, porque en la mentalidad del progenitor permisivo, el error es el elemento fundamental de su sistema de crianza y actúan con la condición de que sus hijos deben cometer errores, aunque responsabilizándose de las consecuencias de sus actos, para aprender y crecer.
Un niño criado por un padre permisivo suele convertirse en un adulto con cierto espíritu de independencia e ingenio, aunque con mayor tendencia a la depresión.
El "padre libre" es el tipo de padre que incluso permite a sus hijos asumir riesgos, aunque bajo su propia tutela.
Este enfoque parental se traduce en el hecho de que, incluso imponiendo normas a sus hijos y haciéndoles conscientes de los peligros que corren si no las cumplen, los padres criados en libertad autorizan e incluso animan a sus vástagos a vagar y experimentar lo que les sugieran sus instintos, con la intención de que sus hijos sean más responsables, libres e independientes.
Ciertamente, un niño criado por un padre así tiene muchas probabilidades de correr numerosos riesgos, pero también consigue que no le afecten en absoluto trastornos del comportamiento como la ansiedad, la depresión y elementos limitantes como la autosuficiencia pica.
El "padre helicóptero" corresponde entonces a ese modelo de paternidad que planifica y hace de cada aspecto de la vida de sus hijos una etapa perteneciente a un horario preciso, ya sea para la comida o para los amigos y el tiempo libre.
A su manera, este tipo de padre ofrece ayuda continua a sus hijos y siempre está dispuesto a ponerse al frente de la resolución de los problemas que les conciernen.
Sin embargo, aunque esté motivado por las mejores intenciones, un padre así podría transmitir a sus hijos una idea de falta de confianza en ellos, sobre todo en lo que se refiere a la gestión autónoma de todos los aspectos de la vida, y acabar influyendo excesivamente en sus elecciones.
El padre helicóptero genera hijos que pueden acabar sintiéndose dependientes y asfixiados, pero al mismo tiempo las investigaciones demuestran que siempre son ellos los que se alejan de los excesos y las transgresiones.
La otra cara de la moneda, de nuevo, muestra un precio muy alto a pagar: aunque un niño educado bajo esta perspectiva educativa no se pierde en excesos y vive siempre con cierta medida, también es cierto que rara vez tiene problemas de autoestima.
Un adulto que haya pasado la infancia y la adolescencia creciendo bajo una mentalidad paterna de este tipo será casi siempre un individuo que actúe bajo el miedo constante al fracaso y poco dispuesto a resolver los problemas que la vida plantea inevitablemente a cada persona.
En cambio, el "progenitor no implicado" refleja la imagen más típica del progenitor negligente.
Este progenitor puede encontrarse respondiendo a esta característica debido a diversos factores, a menudo derivados de dificultades personales como tener que cuidar de sus hijos en solitario.
Un padre así no tiene absolutamente ninguna presencia en la vida de sus hijos; por ejemplo, puede que no conozca los nombres de sus profesores y amigos, lo que provoca una sensación de desprecio, poco aprecio e invisibilidad en sus hijos.
Las necesidades emocionales y físicas de los niños criados por este tipo de progenitores no están cubiertas, e incluso un padre y una madre negligentes pueden tener un comportamiento insensible, desdeñoso y abusivo.
Hay que añadir que, por lo general, este comportamiento ni siquiera es consciente, sobre todo porque lo más probable es que ese progenitor fuera él mismo víctima de malos tratos físicos y psicológicos durante su infancia y, por tanto, en una visión distorsionada de la realidad, para él ese comportamiento corresponde a la normalidad.
Dadas las circunstancias en las que se vieron obligados a vivir, los hijos de un progenitor no implicado tienden a desarrollar la autosuficiencia a una edad casi temprana, pero también suelen ser incapaces de gestionar sus emociones y muestran una marcada predisposición a comportamientos perturbados, como la depresión, así como una tendencia a tener graves problemas con las relaciones sociales.
A esta afirmación hay que añadir también el padre disfuncional, es decir, el tipo de padre que es completamente incapaz de cumplir las tareas que le impone su oneroso papel.
De hecho, muchos padres actúan con la creencia precisa de que están haciendo todo lo posible para proteger a sus hijos y con la creencia casi dogmática de que su amor es incondicional, pero en realidad lo único que consiguen es influir de forma muy negativa en la vida de sus vástagos.
Cuando una persona genera malestar en otra, ésta intenta defenderse, pero es muy difícil entender cómo comportarse cuando son nuestros propios padres los que dañan nuestra serenidad.
Cuando eres niño y uno de tus padres te causa malestar, no eres consciente de ello porque lo percibes como algo completamente normal, pero a medida que te haces mayor, tu perspectiva empieza a cambiar y a ampliarse hasta que empiezas a darte cuenta de lo que te ha pasado o de lo que te sigue pasando.
Por ejemplo, cuando uno es educado por unos padres excesivamente dominantes, puede resultarle muy difícil distanciarse de ellos, aunque esos mismos padres de los que sería mejor alejarse no hayan hecho más que perjudicarle.
La motivación de ese apego malsano podría residir en el hecho de que el método educativo y la forma de actuar de los padres han dañado la autoestima de esa persona, a la que han hecho completamente dependiente de uno de ellos o de ambos.
Debe quedar claro que la intención de quien escribe estas líneas no es señalar con el dedo y hacer un juicio sumario al progenitor disfuncional, sino ayudar al lector a comprender la dinámica que puede surgir en determinados contextos familiares.
Con toda probabilidad, el progenitor que adopta un comportamiento disfuncional es a su vez veterano de una infancia dominada por el abandono, la negligencia y, por desgracia, también por traumas psicológicos.
El progenitor disfuncional, en casi todos los casos, ni siquiera es consciente de que está en un error, porque lo único que está haciendo es replicar patrones inadecuados aprendidos de figuras parentales que no demostraron ser aptas para la tarea.
Otro terreno muy fértil para el desarrollo de un adulto que será un padre disfuncional lo proporciona también una infancia aparentemente tranquila que fue escenario de otras actitudes paternas, que resultaron ser igualmente perjudiciales.
Los diferentes tipos de paternidad disfuncional incluyen:
Los "
padres perfectos"
son los que avanzan a cada paso inculcando a sus hijos la creencia de que nadie en el mundo podrá quererles tanto como sus padres.
Esto sólo genera una descendencia cuya característica fundamental será una personalidad independiente con muy poca inclinación a la interacción social;
Los "padres
absorbentes" son
aquellos que hacen que la vida de sus hijos gire en torno a la suya. A un padre absorbente le molesta la idea de que su hijo viva su vida de forma independiente y, si intenta desprenderse de él, se lo impide.
Este tipo de disfunción parental allana el camino para la formación de personalidades que tendrán problemas para interactuar socialmente e incluso para crear una relación madura;
Los "padres competitivos"
, como sugiere el término que los describe, experimentan una competencia continua con sus hijos.
Este tipo de disfunción puede hacer que el padre vea a su hijo como un rival al que superar profesionalmente, personalmente, etc., e incluso puede hacer que surjan ocasiones en las que el padre caiga en la mezquindad de avergonzar a su hijo a ojos de otras personas.
El padre competitivo tiene enormes dificultades para mostrar afecto y también para comprender a su prole, y siempre está dispuesto a culpar a sus hijos cuando se comportan de un modo que difiere, aunque sea remotamente, de sus expectativas;
Los "
padres indiferentes", que se muestran
totalmente introvertidos con su progenie, crean contextos en los que sus hijos hacen todo lo posible por atraer la atención de sus padres para ganarse su aprobación.
Cuando crecen, los niños que han crecido en un entorno así pueden convertirse en personas emocionalmente indiferentes y apáticas, y más tarde en adultos profundamente heridos;
Los "
padres manipuladores" son
el tipo de personas que intentan distorsionar la realidad percibida por sus hijos para perseguir sus propios fines.
Un padre que pertenece a esta categoría ya se comporta de forma similar cuando sus hijos son muy pequeños, por lo que crecerán con una percepción de la realidad que refleja en todos los sentidos el enfoque paterno;
Los "padres
distantes"
son aquellos que no valoran ni recompensan a sus hijos por sus logros y realizaciones.
En la inmensa mayoría de los casos, este comportamiento viene dictado por la inconsciencia, ya que es aplicado por padres que a su vez fueron educados de esta manera y, por tanto, no pueden concebir un sistema educativo diferente.
Este estado emocional, en el que el progenitor se ve impedido de dar y recibir afecto, es muy perjudicial para los hijos, tanto durante la infancia como en la fase en la que los vástagos asumen a su vez la tarea de ser padres, en la perpetua continuación de una cadena de emociones inexistentes.
La consecuencia más obvia para un niño criado por padres con esta disfunción será, en casi todos los casos, un adulto con graves problemas de relación;
Los "
padres víctimas"
intentan por todos los medios atraer la consideración y la atención de sus hijos comportándose como mártires y, de hecho, como víctimas mediante el uso frecuente del chantaje moral.
Como consecuencia del chantaje emocional, el vástago limita su personalidad y acepta cualquier cosa, acabando por establecer límites opresivos a su personalidad y convirtiéndose en marionetas.
Los que acabamos de mencionar son los tipos más comunes de padre disfuncional, pero por supuesto también existen otros perfiles diferentes.
Si una persona llega a la conclusión de que ha estado viviendo en un entorno familiar disfuncional, debe buscar ayuda de un profesional para dar el primer paso hacia un cambio positivo o para resolver el problema que se le ha planteado.
La comunicación como la forma más eficaz de relacionarse con los hijos
La comunicación verdaderamente eficaz es la que permite a dos personas encontrar la conexión que las une y, en el caso de que se produzca entre padres e hijos, es de enorme ayuda para que el niño haga asociaciones de ideas y forme su manera de pensar.
La comunicación con los hijos no debe estimularse recurriendo a técnicas de interpretación del lenguaje verbal y no verbal, que a menudo se presentan como prácticas al límite, como tampoco se busca recurriendo a complejos ejercicios psicológicos, porque la conexión que abre la puerta a una buena comunicación se crea de la forma más sencilla y natural que puede existir.
Cada día, niños de todo el mundo manifiestan el milagro de establecer conexiones neuronales, a través de las cuales desarrollan sus capacidades intelectuales y emocionales y, según la maravilla de la naturaleza, son sus padres quienes desencadenan este proceso existencial.
Todo a través de la sencilla y poderosísima herramienta de la comunicación.
Numerosos estudios han demostrado que, hoy en día, es cierto que el principal instrumento del desarrollo intelectual del niño es el diálogo con sus padres, sobre todo en sus primeras etapas de vida.
De hecho, no es casualidad que la concentración, la memoria, el autocontrol, la percepción del entorno y el propio lenguaje requieran comunicación para florecer y desarrollarse de forma adecuada y funcional.
La psique del niño está estructurada de tal forma que absorbe como una esponja todas las habilidades intelectuales necesarias para su desarrollo como ser humano, pero nunca lo conseguiría sin la estimulación adecuada de sus padres y, por tanto, sin interacción y conversación con ellos.
Por poner un ejemplo, basta pensar en el hecho de que la capacidad de comprender y pronunciar sonidos articulados en palabras con sentido es innata en cualquier persona, pero es inconcebible que un niño pueda desarrollar esta capacidad por sí solo: cada uno de nosotros necesitó el estímulo externo de un adulto para poder adquirir el uso del habla correctamente.
La flexibilidad de la mente es también el resultado de una habilidad que se desarrolla principalmente gracias a la mediación de los padres, a la interacción y el diálogo con ellos.
Por ejemplo, si Arquímedes Pitágoras hubiera sido criado por una familia de chimpancés, no habría adquirido el uso del habla y su ilimitada capacidad para la asociación de ideas habría permanecido para siempre inexpresada y confinada en algún estrecho rincón de su psique.
Los estilos de comunicación eficaces para su propósito podrían explicarse con innumerables ejemplos, ya que están diseñados por la mente humana para fomentar la cooperación, promover la confianza mutua y ayudar al niño a desarrollar su memoria y su pensamiento positivo.
La comunicación empática adquiere especial importancia, porque gracias a ella el niño es capaz de interiorizar las normas sociales de convivencia civilizada y de esforzarse por autocontrolarse, en momentos en los que siente que se encuentra en medio de una conmoción emocional, pero sólo mediante el uso de la comunicación cooperativa se permite al progenitor encontrar una conexión verdaderamente eficaz con su vástago.
Comunicación cooperativa
Para explicar eficazmente la dinámica de la comunicación cooperativa, lo mejor es empezar con un ejemplo: hay que pagar una hipoteca y, según lo acordado por los dos miembros de la pareja, marido y mujer se turnan para encargarse de esta tarea.
Digamos que, aunque a uno le toca, viene de un periodo plagado de gastos imprevistos, como la reparación del coche o la instalación eléctrica de casa.
En este punto, se presentan dos opciones probables de diálogo, pero sólo a través de una de ellas es más probable obtener la cooperación del interlocutor, que estará dispuesto a satisfacer las exigencias que se le planteen:
"
Todavía no hemos pagado la cuota de la hipoteca. Ya hace días y días que el director del banco me llama por teléfono, pero tú te quedas ahí sin hacer nada y sólo piensas en malgastar el dinero en tonterías... paga la maldita cuota inmediatamente
".
"
Mi amor, quizá no te hayas dado cuenta de que el director del banco ya nos ha instado dos veces a pagar la cuota de la hipoteca de este mes. Creo que si lo aplazamos más, podrían surgir más problemas y vernos obligados a llamar a un abogado, lo que nos haría gastar más dinero. ¿Por qué no lo pagamos y acabamos de una vez? Por favor, ayúdame este mes porque no puedo mantenerme
".
En el primer ejemplo, un estilo de comunicación inquisitorial parece inmediatamente dominante, mientras que el segundo refleja en todos los aspectos un excelente ejemplo de comunicación cooperativa.
La definición de comunicación cooperativa se formuló a partir de las investigaciones de las doctoras Robyn Fivush y Elaine Reese, dos próximas autoridades académicas en el estudio del diálogo y la relación entre padres e hijos.
Adoptar el método de comunicación cooperativa aumenta significativamente la probabilidad de que el niño decida cooperar con el adulto en cualquier tarea que el progenitor le proponga.
El estilo de comunicación cooperativa puede adoptarse cuando el progenitor quiere la atención de su hijo para explicarle algo, cuando quiere que se siente a la mesa o cuando quiere que ordene su habitación.
Esta técnica de comunicación es muy popular entre los profesionales que deben interactuar con personas con discapacidad intelectual y niños con trastornos de conducta, déficit de atención y dificultades cognitivas.
Independientemente del estilo comunicativo que cada persona haya desarrollado a lo largo de su vida, la forma de interactuar con los demás también puede adquirirse mediante la práctica y el entrenamiento diarios.
Hay que añadir, sin embargo, que la comunicación cooperativa no puede indicarse como un método infalible y que la probabilidad de que el niño no quiera cooperar con el padre siempre está al acecho, aunque en cualquier caso este método favorece en gran medida la cooperación con el adulto.
El mayor mérito de la comunicación cooperativa no reside en el hecho de que el niño decida cooperar de mejor grado, sino en el resultado de que el niño es capaz de conectar con la línea de pensamiento del adulto de un modo más fácil.
Si observamos detenidamente los resultados que aporta, nos daremos cuenta de que la comunicación cooperativa solicita la voluntad del niño y convierte cualquier tarea que se le pida en un esfuerzo de equipo.
Esto se debe a que el niño percibe el trabajo que debe realizar en compañía como algo mucho más estimulante y divertido que cuando debe realizarlo solo.
Esto también se refleja en la vida cotidiana de los adultos: un chico prefiere actuar en grupo cuando quiere acercarse a compañeras del sexo opuesto, las mujeres suelen ir juntas al baño y los padres se asocian en las escuelas para conseguir mejoras en la educación de sus hijos; todos están más dispuestos a abordar una tarea que a primera vista puede parecer difícil.
Si una madre ordena a un niño que vaya a lavarse las manos, un acto tan sencillo le parecerá mucho más difícil y tedioso que una invitación a ir a lavarse las manos juntos.
Siguiendo con este último ejemplo, no es necesario que la madre tenga realmente que lavarse las manos junto con su hijo, lo importante es que el niño capte el mensaje de que la solución de la tarea será más fácil en compañía de la madre.
Otra ventaja de la comunicación asertiva es que, en cuanto el niño se da cuenta de que el adulto le pide cooperación, la probabilidad de que responda positivamente aumenta exponencialmente.
Este mecanismo, que sólo aparentemente parece complejo, se explica por el simple hecho de que el ser humano es por definición un animal social y la interacción con sus semejantes forma parte de su naturaleza, que le exige ofrecer y recibir ayuda para sentirse realizado.
De hecho, son innumerables los estudios realizados por psicólogos y pedagogos que han demostrado que los niños ya muestran, al año y medio de edad, el instinto natural de ofrecer ayuda a alguien que perciben como necesitado; a esta edad, el niño es capaz de agarrar objetos pequeños y entregárselos a personas que no pueden alcanzarlos, y a medida que crecen, aumenta la tendencia a ofrecer también apoyo moral y psicológico a quienes se encuentran en un estado emocionalmente comprometido.
En particular, esta actitud es mucho más vívida en los niños si se dirige a miembros de su propia familia.
Por su propia naturaleza, un niño siempre busca la ayuda del padre o la madre, busca su compañía y, por lo tanto, estará mucho más dispuesto a escucharle si el progenitor le pide u ofrece su colaboración para llevar a cabo una tarea.
Por lo tanto, si una madre desea que su hijo ordene su habitación, puede intentar pedírselo de forma no imperativa, en lugar de expresar este deseo en forma de orden imperativa.
Además, aunque a mucha gente le parezca obvio, los niños suelen tener dificultades para cooperar por la sencilla razón de que no comparten la forma de pensar de los padres.
Por ejemplo, puede ocurrir que un padre se dé cuenta de que llega tarde, sus hijos aún no han terminado los deberes y él les ha prometido ir juntos a dar un paseo al parque.
Ese padre puede perder la paciencia y pedir a los niños que se den prisa, cuando ellos están encantados de permitirse unas pequeñas distracciones para aligerar sus estudios.
En casos así, puede ser muy útil que un padre llame la atención sobre lo que le preocupa, pronunciando frases como: "Niños, se hace tarde y si no llegamos a tiempo no podremos pasar tiempo en el parque, y no podréis dar una vuelta en los tiovivos".
