Manto de silencio - Iñaki Martínez - E-Book

Manto de silencio E-Book

Iñaki Martínez

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Beschreibung

Novela sobre un caso no resuelto, basada en hechos reales, que aportará nuevos datos a la Memoria Histórica y Democrática de nuestro país El dirigente de ETA, Eduardo Moreno Bergareche, Pertur, desapareció en 1976 a los 26 años. Fue visto por última vez el 23 de julio de este año (1976) en un coche en compañía de dos compañeros de la organización en San Juan de Luz. Estos declararon que lo acompañaron para una cita. Nunca se le volvió a ver. ni vivo ni muerto. Han pasado casi cincuenta años. Y el caso sigue abierto. Es también una crónica que, en ocasiones, con la ayuda de la ficción narra los episodios sucedidos en la península ibérica en los años mencionados, relacionadas con la organización ETA y con lo que ocurría en España en los últimos meses del franquismo y en los primeros del posfranquismo. Fueron unos años en el que el mundo se hallaba convulsionado por múltiples episodios que sacudieron la conciencia de muchos jóvenes y por el nacimiento de movimientos revolucionarios que practicaban la violencia junto a la eclosión de la Guerra Fría. Manto de Silencio es una novela que ofrece un espacio para deliberar sobre lo que sucedió. Siempre bajo el manto de silencio que se apoderó de tantas personas a partir del 23 de julio de 1976 y en los años siguientes. Un silencio que aún perdura. Es también una llamada a la Memoria Histórica y Democrática, ese esfuerzo consciente anhelado por los ciudadanos para conocer qué sucedió, bajo qué circunstancias, por qué, quienes fueron los autores y de qué manera se beneficiaron, dónde están los restos… y también para no perder la esperanza de que los responsables de su desaparición arrojen luz y alivien la conciencia, y la memoria de sus seres queridos. Alguien escribió que los muertos no perdonan a quienes los dejan sin sepultura, faltaba que entrara en acción la literatura para rescatar lo que la historia no pudo contar con datos irrefutables. Y es este el cometido de este libro y de su autor.

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Seitenzahl: 406

Veröffentlichungsjahr: 2025

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MANTO DE SILENCIO

Iñaki Martínez

Manto de silencio

© Iñaki Martínez, 2025

© Sobre la presente edición: Editorial Alt autores

Diseño y maquetación ePub: Sergio Verde (www.sergioverde.com)

Foto composición portada: Bolaberunt

Corrección de texto: Nuria Ostariz

ISBN:978-84-19880-40-6

Para más información sobre la presente edición, contactar a:

Editorial Alt autores

Henao, 60. 48009 Bilbao (España)

CIF: B95888996

www.altautores.com

Índice
Introducción
Capítulo 1. Lisboa
Capítulo 2. Claudia Larrainzar
Capítulo 3. Otelo Saraiva de Carvalho
Capítulo 4. La revolución no es un pasatiempo
Capítulo 5. Pablo Milanés
Capítulo 6. Audacia
Capítulo 7. KGB
Capítulo 8. Claudia, de nuevo.
Capítulo 9. Praga
Capítulo 10. El capitán Sokolov en Bilbao
Capítulo 11. Hotel Tamarises
Capítulo 12. Zona Minera de Bizkaia y Gipuzkoa
Capítulo 13. Dos fracciones
Capítulo 14. Euskadi Norte
Capítulo 15. Informe de Sokolov
Capítulo 16. Moscú
Capítulo 17. No fue la CIA
Capítulo 18. Otra vez Otelo
Capítulo 19. ¿Tomar Bilbao?
Capítulo 20. Parte del procedimiento
Capítulo 21. Deliberación a orillas del Moskova
Capítulo 22. El periodista Esteban Juanes
Capítulo 23. ¿Nunca piensas en las víctimas?
Capítulo 24. ¿Biltzar?
Capítulo 25. De la A a la Z
Capítulo 26. ¿Hegel?
Capítulo 27. Nuestra pequeña bromita
Capítulo 28. Central Intelligence Agency
Capítulo 29. Regreso a casa
Capítulo 30. Esteban Juanes en Bilbao
Capítulo 31. ¿Una insurrección?
Capítulo 32. ¿Miedo a morir?
Capítulo 33. Parroquia de San Antón
Capítulo 34. Leer entre líneas
Capítulo 35. Inspector González
Capítulo 36. Adiós al MIR
Capítulo 37. Elegir a la víctima
Capítulo 38. Ángel Berazadi Urbe
Capítulo 39. Moscú
Capítulo 40. El quid de la cuestión
Capítulo 41. El coronel Sultanov
Capítulo 42 . La Conferencia de Cuadros
Capítulo 43. ¿Él o nosotros?
Capítulo 44. «A ti te voy a ajustar las cuentas algún día»
Capítulo 45. Jeune basque d’ETA manqant
Capítulo 46. Managua, Nicaragua, noviembre de 1986
Epílogo

A la memoria de Eduardo Moreno Bergaretxe (Pertur)

A mi agente literaria Núria Ostáriz y

a mi editora Beatriz Celaya de ALT Autores

por su confianza y paciencia.

… Gure historian zehar, zenbat malko ta ezbehar.
“Morts pour la patrie”,
Gorka Knörr
A fin de cuentas, el arte de la novela consiste en formular
preguntas sin respuesta o cuya única respuesta la tiene el lector.
Y cada lector posee la suya.

(Discurso de ingreso de Javier Cercas en la Real Academia de la Lengua, 2024)

Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos. Sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir.

José Saramago

Vivir esta novela en el tiempo en que transcurren los hechos. Es esta la pretensión más genuina del autor.

Introducción

Para adentrarse en esta novela parece recomendable conocer algo sobre los escenarios en que transcurren y los periodos en los cuales se desarrollan.

Son los últimos meses del régimen franquista, aún no se habían celebrado las primeras elecciones democráticas.

Era la época de la Guerra Fría entre Occidente y los países que estaban al otro lado del Muro de Berlín, en aquel combate ideológico y político entre la Unión Soviética y Estados Unidos, pleno de secretos y mutuas estrategias desestabilizadoras.

El mundo convulsionaba a causa de episodios que sacudieron la conciencia de numerosos jóvenes: la muerte del Che Guevara, la invasión de Checoeslovaquia, la guerra de Vietnam, el derrocamiento de Salvador Allende, la Revolución de los Claveles, el surgimiento de movimientos políticos revolucionarios que ejercían la violencia (Baader Meinhof en Alemania, Brigadas Rojas en Italia, IRA en Irlanda, Ejército Rojo Japonés, múltiples facciones palestinas, ETA ).

El libro se propone ir al encuentro de acontecimientos que sucedieron durante los años 1975 y 1976 y, de manera particular, el 23 de julio de este último año, día en que desapareció el dirigente de ETA Eduardo M.

Han pasado casi cincuenta años y aún viven la mayoría de las personas que tuvieron relación con él.

Eduardo desapareció en San Juan de Luz, una hermosa ciudad costera del País Vasco Francés, o de Euskadi Norte, como cada uno de los lectores prefiera llamarlo.

Los hechos narrados en este libro hablan entre sí; unos cuantos, con ayuda de la ficción, pero otros como eslabones de una conspiración instigada por un sector de la dirección de ETA que se reveló exitosa.

Con algunas discordancias cronológicas y aunque en sus páginas haya sustratos de realidad, esta es una novela en el sentido de que buena parte de sus circunstancias son fruto del privilegio de los novelistas de crearlas, y también lo es porque sus casi cien mil palabras discurren según las exigencias formales de lo que constituye el género, observando un desarrollo dramatizado de los personajes.

Pero también es una crónica que da cuenta de episodios sucedidos en la península ibérica en los años mencionados, relacionada con una de las organizaciones que reclamaban la sigla ETA y también con lo que ocurría en España en los últimos meses del franquismo y en los primeros del posfranquismo.

Cada uno de los lectores concluirá sobre el fin que pudo haber tenido Eduardo. Lo hará según su propia inteligencia de los hechos, con el conocimiento de la historia que aprendió por sí mismo o que le fue narrado por sus mayores.

Con recursos narrativos propios, ofrece espacio para deliberar sobre lo que sucedió. Siempre bajo el manto de silencio que se apoderó de tantas personas a partir del 23 de julio de 1976 y en los años siguientes. Manto de silencio que aún perdura.

Vivimos tiempos en los cuales algunas categorías políticas y sociales se han convertido en imperativos morales. Una de estas es la Memoria Histórica y Democrática, ese esfuerzo consciente realizado por los ciudadanos para conocer qué sucedió, bajo qué circunstancias, por qué, quienes fueron los autores y de qué manera se beneficiaron, dónde están los restos…

Casi cincuenta años ya. El tiempo ha pasado deprisa, pero no lo suficiente para acallar las voces de quienes estuvieron ahí, al lado o cerca de Eduardo; y tampoco para perder la esperanza de que los responsables de su desaparición arrojen luz y alivien la conciencia mediante una carta enviada al monasterio de los benedictinos de Lazkao con la petición de que se haga pública a su muerte, o un simple anónimo depositado en el buzón de un periódico.

Capítulo 1.Lisboa

Pierre llamó al teléfono de Eduardo un 21 de enero de 1975 a las ocho y veinte de la mañana. Lo saludó con la contraseña convenida.

—«Llegaron los bomberos».

—«El incendió se apagó solo» —respondió Eduardo.

—Para entrevistarte con Salvador tendrás que viajar a su ciudad. No lo hagas por España, puede ser peligroso, las fronteras están vigiladas. Te recomiendo que subas a un avión, puedes dar un pequeño rodeo, tal vez una escala en tren. Él tiene ganas de conocerte, quiere saber más de vosotros, cuáles son vuestros planes, pero en estos momentos es un hombre atareado. Llegan compañeros de los cinco continentes con el fin de darle un abrazo y recabar su opinión sobre lo que está ocurriendo en el mundo. No esperes que te reciba el primer día ni el segundo. Te aconsejo que viajes con las ideas claras y te armes de paciencia.

Eduardo lo entendió. Entrevistarse con Otelo Saraiva de Carvalho, alias Salvador, en aquel primer semestre de 1975 representaba un acontecimiento para ETA, organización a la que pertenecía , y también para él. Había visto su fotografía en numerosos diarios y revistas.

Los noticieros de televisión franceses emitían una y otra vez su imagen, rodeado de jóvenes, de mujeres y hombres de mediana edad y de soldados que lo observaban con admiración.

Repasó las palabras mencionadas por Pierre. La ciudad que mencionaba era Lisboa, las fronteras vigiladas eran las de España y Otelo Saraiva de Carvalho era uno de los protagonistas del golpe de estado del 25 de abril de 1974, lo que el mundo conocía como la Revolución de los Claveles.

Antes de emprender el viaje, debía informar a los otros miembros del Comité Ejecutivo de ETA (KE) y pedir su autorización, así como recibir la cantidad pertinente para los gastos. No tenían problema de caja: ETA acababa de asaltar un banco. Había sido una acción rápida y sin incidentes.

Dos de los seis miembros del KE, Julen y Karlos, apoyaban su viaje a Lisboa. Los otros tres, Emilio, Jon y Gorka, eran escépticos ante esta clase de contactos. Los preferían de otra clase, por ejemplo, con los irlandeses del Irish Republican Army (IRA). Estos eran prácticos, apenas se extendían en discursos ideológicos. Su palabra preferida era armas: cómo conseguirlas en el mercado europeo opaco a buen precio, las que más daño podían hacer al enemigo.

Europa ardía, el mundo también, o esa idea anidaba en la cabeza de Eduardo. ¿Era una ensoñación? Se lo repetía a menudo Rubén, su mejor amigo desde los siete años; no existían secretos entre ellos, ni siquiera le ocultó que se disponía a abandonar Bilbao y entrar en ETA.

—Estás loco, te matarán, pero antes mancharás tus manos con la sangre de otros. Eres listo, ese mundo con el que sueñas solo existe en tu cabeza. Te matarán y no estaré en tu funeral, te arrojarán al mar o te abandonarán en una cuneta. Me quedaré con tu recuerdo y te extrañaré. Quieres ser un héroe y no eres más que un soñador.

Habían crecido juntos en el barrio de Indautxu. Él, en una familia de clase media, hijo de un ingeniero técnico, lo que denominaban un perito. Rubén, en una familia que se ganaba la vida con un pequeño comercio de alimentos y vinos. Ambos habían asistido a un colegio de jesuitas en el barrio donde nacieron.

El egoísta era Rubén, creía Eduardo. Quien pensaba solo en él y en su prometedor futuro como abogado tras culminar los estudios de Derecho en la Universidad de Deusto. El primer licenciado superior de una familia de comerciantes. Sí, Rubén quería formar una familia, llegar a ser propietario de un piso en el centro de Bilbao, lo más próximo posible a la tienda de sus padres para visitarlos cada día.

A Rubén no le emocionaban las imágenes de aquellos hombrecillos de pequeño tamaño de un lugar lejano llamado Vietnam que desafiaban al país más poderoso del mundo, pese a las bombas que caían desde los B-52, pese a los estragos causados por el napalm.

Esos hombrecillos de ojos rasgados y calzados con sandalias construyeron un sinfín de túneles para guarecerse. Se alimentaban de serpientes y lagartos y aguantaban hasta cuarenta y ocho horas bajo la superficie. Y en aquellos primeros meses de 1975 estaban a punto de ganar la guerra, para sorpresa de los muchos rubenes del mundo, que tiempo atrás se preguntaron: ¿pero en qué cabeza cabe que el Vietcong pueda derrotar a Washington?

Eduardo viajó a París en tren desde Burdeos. Subió a otro con destino a Bruselas y, en esta ciudad, en el aeropuerto de Zaventen, embarcó en un avión de la TAP con destino a Lisboa. Aterrizó en el aeropuerto de esa ciudad a las ocho de la tarde. Una hora después, se hallaba dispuesto a disfrutar de un plato de bacalao en un pequeño restaurante del Barrio Alto. Se hospedó en una pensión de la zona.

Disponía de dos pasaportes. Uno a su nombre: Eduardo M. Un segundo, un tercero y un cuarto, falsificados, con nombres y apellidos diferentes. Decidió usar el primero. Estaba en territorio amigo, en un país donde había triunfado una revolución popular unos meses atrás. No existía motivo para temer la acción de la policía, Menos aún para que esta informase a los españoles de su presencia en Portugal.

Al día siguiente habría de empezar su misión. El vino blanco que acompañó la cena lo sumergió en un profundo sueño que duró ocho horas sin interrupción.

Desayunó en un café de La Baixa. Hombres vestidos con corbata y trajes oscuros se dirigían a las oficinas ministeriales, mujeres de mediana edad iban rumbo a los mercados, y obreros con mono azul corrían detrás de los tranvías. Eduardo se preguntó dónde estaban las muestras de que Lisboa estaba viviendo una revolución.

Como tenía tiempo, se dirigió a la Universidad de Lisboa, situada en Campo Grande.

Fue una explosión de alegría y sorpresa. Él estaba acostumbrado a la Universidad de Deusto, donde había cumplido el primer año de Derecho antes de abandonar los estudios. En la de Lisboa, encontró mesas por todas las esquinas y estudiantes que discutían entre ellos con panfletos en la mano. Eduardo había leído sobre el Mayo de 1968 en París; lo que tenía ante sí era lo más parecido. Todas las corrientes de la izquierda estaban representadas. Las más tradicionales que seguían la ortodoxia de Moscú, así como maoístas, trotskistas, seguidores de Enver Hoxa o admiradores del mariscal Tito, a quienes otros estudiantes, a escasa distancia, observaban con desprecio y calificaban como perros titistas.

Sentía deseos de unirse a cualquier grupo y participar en el debate. Sería bien recibido en el momento en que dijera que era vasco, pero se contuvo. Pertenecía a una organización clandestina y estaba en Lisboa en misión. Se limitó a sentir envidia por la libertad que se respiraba entre aquellos muros.

Fue en ese recorrido por el claustro de la universidad cuando reparó en una joven que hablaba con vehemencia ante media docena de estudiantes. Se acercó y sintió alegría al escuchar que se explicaba en un aceptable portugués. Era una joven chilena. Tendría unos veinte años, tez morena, una cabellera larga y oscura y una sonrisa que le pareció maravillosa.

Ella continuaba su discurso y advirtió que él se acercaba al grupo. Le dirigió una mirada que no duró más de un segundo, lo suficiente para darse cuenta de que era bien recibido.

Eduardo se acercó a ella una vez que esta finalizó sus improvisadas palabras. Se presentó con su nombre y le informó de que estaba de paso en Lisboa. Abandonaron el recinto de la universidad y caminaron por las calles cercanas. Claudia adoptó la posición de guía y se adentraron en Castelo, Alfama y Mouraria. Él la invitó a cenar en un comedor popular que encontraron en el camino y la joven aceptó.

Terminaron en el estudio de Claudia. Ambos sucumbieron a la pasión, los abrazos y besos se convirtieron en acometidas irrefrenables. Fue febril lo que los unió hasta el momento final, tras el que ambos yacieron jadeantes y eufóricos.

Se encendieron un cigarrillo recíprocamente. Ella se interesó por su misión en Lisboa y él eludió la pregunta. Claudia no insistió. Eduardo tenía la mirada fijada en sus ojos, le entusiasmaban; eran del color de la noche. También le gustaba su voz, cálida y dulce, como una caricia.

Luego volvió a ser la Claudia que repartía propaganda en la universidad. Habló de la rebelión de los pobres, del fin de los poderosos, de la necesidad de utilizar la violencia para alcanzar sus fines.

Hasta que, con el mismo tono de voz dulce con que le había pedido que la invitara a su habitación, dijo que tenía que irse. Él se sorprendió. Ni siquiera abrió la boca. Los rasgos de su rostro indicaban desconcierto, pero se puso los calzoncillos y la acompañó a la puerta. En realidad, la siguió, ella continuaba ejerciendo el dominio. Al abrir la puerta, Claudia le dijo: «Eres un encanto, cuídate».

Ni una sola palabra que ofreciera la posibilidad de repetir el encuentro.

Capítulo 2.Claudia Larrainzar

Cada cinco o seis horas, Eduardo preguntaba al dueño de la pensión donde se hospedaba: ¿alguna llamada para él?, ¿alguna nota? La respuesta seguía siendo negativa.

Se debatía entre regresar al campus universitario o deambular por las calles de la vieja Lisboa. Deseaba lo primero, y no solo para volver a disfrutar del clima de activismo político que se respiraba, sino para encontrarse de nuevo con Claudia.

Los activistas de todas las ramas políticas de la izquierda internacional continuaban su labor proselitista, pero no encontró rastro de la activista chilena.

Se dispuso a salir y cenar en algún restaurante popular de Alfama. Observó cómo un grupo de jóvenes de una edad y vestimenta similar a la suya encaminaba sus pasos a un establecimiento que respondía al nombre de Madeira. Entró. Estaba lleno y el encargado le puso mala cara al saber que estaba solo. Le indicó un lugar en la esquina. Por suerte para él, desde ese lugar se podía contemplar el espacio en su totalidad. Los clientes, jóvenes, de una edad entre los veinte y los treinta y tantos, disfrutaban de platos clásicos de la gastronomía portuguesa y bebían vino. El camarero que lo atendió se apiadó de su soledad y le dio conversación. Eduardo le preguntó por el nombre de un bar donde poder tomar unas copas tras la cena.

—La mayoría de los que cenan en este lugar irán luego al Portas Largas, chicas hermosas —observó.

La vio. Al filo de las doce de la noche y bailando con un joven imberbe de cabellera rizada. Se dispuso a observarla, refugiado detrás de una columna, con un gin-tonic en la mano derecha. Sus ojos no se separaban de Claudia Larrainzar. La pareja bailaba y se besaba una y otra vez. ¿Serían novios? ¿Lo de la víspera habría sido una aventura, una noche de juerga?

Decidió esperar a que se sentaran, se haría el encontradizo. Era la única idea que se le ocurrió.

Claudia estaba aún más hermosa que el día anterior, parecía más feliz. Él deseaba hallar una excusa para volver a mirarla de cerca a los ojos. Ella y su acompañante no dejaban de bailar.

La oportunidad le llegó. El joven imberbe se dirigió al baño y Claudia se quedó sentada en un taburete, introducía el dedo meñique de la mano izquierda en un vaso y jugaba con los cubitos de hielo. Pensó en acercarse a ella, pero dudó unos segundos.

Fueron dos o tres segundos, o cinco, o varios minutos. Pero en ese breve lapso, el joven imberbe ya estaba de nuevo junto a ella, acariciando sus brazos desnudos.

Eduardo se acercó a la barra y pidió otro trago. El bar estaba animado y entraban jóvenes, llenos de fuerza y simpatía, que reían y se abrazaban.

Por unos momentos su cabeza se alejó de Claudia.

Una vez más el eco de las palabras de su amigo Rubén resonó en ella: «Entrar en ETA, a quién se le ocurre, solo a un lunático como tú. Perderás tu juventud, eso tan hermoso que tenemos. ¿Recuerdas aquellos versos de Bertol Brecht que gritábamos a los quince años: “Vieja luna de Bilbao, donde el amor merecía la pena…”?»

Y en ese momento, Claudia se acercó a él.

—Te he visto. ¿Cómo estás, Eduardo?

La víspera le había confesado que se llamaba Eduardo. Podía haber dicho Juan o Pedro, un nombre común, pero de sus labios brotó su nombre verdadero. Le agradaba que ella lo pronunciara.

Se dieron un beso en las mejillas.

—¿Estás sola? —dijo él.

—No, me acompaña un amigo —respondió señalando al joven imberbe, que seguía la escena con atención.

—¿Es tu novio?

Claudia rio.

—¿Novio? Yo no tengo novios, solo amantes.

La frase que soltó a continuación resonaría en su cabeza una y otra vez; cómo pudo ser tan estúpido.

—Entonces lo de ayer…

Ella volvió a reír.

—¿Lo de ayer? ¿Por qué los españoles sois tan dramáticos? Lo de ayer fue un polvo, querido; y esto es Lisboa, donde acaba de estallar una revolución, a unos miles de kilómetros de París. Mayo del 68. Amor libre. ¿Te suena?

El joven imberbe se acercó a ellos. Fue una presentación de escasas palabras. El vasco decidió alejarse. Ella lo despidió con un beso anodino. Él abrió la puerta y tomó la dirección de la pensión. Pasó por su cabeza la idea de buscar otro bar, otra Claudia con la que repetir la experiencia del día anterior. Decidió no hacerlo, olvidarlo, recordar que no estaba en Lisboa para satisfacer su sexualidad, sino para algo más trascendental: una entrevista con el gran protagonista de la revolución del 25 de abril.

En el camino le dio vueltas a las palabras de aquella hermosa joven. «Lo de ayer fue un polvo, querido». ¿Así resolvía ella lo que habían sentido durante un buen rato? Le vino a la cabeza la posibilidad de que tuviera razón. Solo fue un encuentro sexual, aunque apasionado, y él se estaba comportando como un joven inexperto. Se avergonzaba de haber pronunciado esas palabras: «Entonces lo de ayer…». Si al menos estuviera Rubén a su lado. Este solía cavilar de forma inteligente sobre aquello que se refería a las mujeres y al sexo. No en vano uno de sus reproches favoritos se refería a la afición de Eduardo a perseguir sueños abstractos, como el de la revolución vasca, dejando atrás el deseo y el amor. Rubén no se detenía: «¿si no entiendes los sentimientos de una chica, para qué lees ese librote, El Capital? Déjate de tanto intelectualismo y politiquería y pasémoslo bien».

Eduardo le respondía: «Eres un reaccionario, no comprendes nada de lo que pasa en el mundo; y lo peor, no te importa. No sé por qué soy tu amigo». Y reían.

Capítulo 3.Otelo Saraiva de Carvalho

El hostelero lo saludó a primera hora de la mañana con un ¡Buenos días! y la noticia que esperaba.

—Ha llamado un amigo suyo, Pierre. Volverá a llamar a las once en punto.

Eduardo miró su reloj.

—Faltan diez minutos. ¿Desea tomar un café? Es angoleño —dijo el empleado de la pensión.

Eduardo lo aceptó.

A las once de la mañana y dos minutos, sonó el teléfono situado en la recepción. En una esquina del pequeño vestíbulo había una cabina. El hombre se la indicó con el dedo índice de la mano derecha.

—¡Estás en Lisboa, es una buena noticia!

La voz de Pierre sonaba amistosa. Hablaba en francés e intercalaba palabras en español.

—Te propongo que nos veamos esta tarde a las cinco. Mira, hay una librería en la rúa Garret, se llama Bertrand. En las estanterías de autores ingleses busca El filo de la navaja, de Somerset Maugham. Ábrelo y en la página cien hallarás una foto mía reciente, de esas de fotomatón. Abandona la librería con la foto en el bolsillo y busca el café Versailles. Yo estaré en una de las mesas esperándote. Me entregarás la fotografía y yo te diré: «Has llegado cuando empieza la temporada de las ciruelas».

Eduardo había leído un buen número de novelas de espías y de intrigas políticas. Era su género favorito y lo cultivaba junto a libros sobre política e ideología. Se repitió tres veces las instrucciones de Pierre. Se hallaba excitado y de buen humor. Ahora sí que se iniciaba su misión, se dijo.

La librería Bertrand contaba esa tarde con una buena clientela. Dio unas vueltas alrededor de varias mesas donde se exponían las últimas novedades. Observó que varias de estas eran libros sobre la Revolución de los Claveles. Sobre otra mesa reposaban novelas de autores portugueses y latinoamericanos. Tomó en sus manos Cien años de soledad, en español, de García Márquez. Decidió adquirirlo.

Lo depositó junto a la caja y, con un gesto, le indicó a quien parecía ser el dueño su intención de continuar su recorrido por la librería. Unos segundos más tarde, se hallaba frente a una de las estanterías de escritores británicos. Fue sencillo encontrar el libro indicado por Pierre, pues estaban ordenados por apellido. Tal y como le había indicado, en la página cien, bien encajada entre las páginas, había una pequeña fotografía. Eduardo miró a su alrededor, la tomó y la guardó en el bolsillo derecho de la chaqueta.

Numerosos lisboetas de todas las edades recorrían las calles.

El Versailles estaba lleno. Antes de entrar, miró la fotografía una vez más. En una de las esquinas del café, sentado ante una mesa de mármol, el hombre de la foto leía un periódico. Eduardo se acercó. Sin pronunciar palabra, depositó encima de la mesa la pequeña foto y oyó la contraseña.

Por alguna razón, Eduardo había imaginado a Pierre de mayor edad. Tendría en aquel entonces unos cuarenta años, perilla bien cuidada en la que sobresalían algunas canas y corte de pelo tradicional, con raya en la parte izquierda. Usaba anteojos.

Era la primera vez que se veían, su nombre le había sido proporcionado por otro militante de ETA que estudiaba en París. Era un chico de Donostia que colaboraba con el Frente Cultural de la organización.

—Es un francés que tiene muchos contactos internacionales y estuvo en el mayo del 68 —le contó, refiriéndose a Pierre.

Eduardo quiso ser prudente.

—Ese Pierre, ¿a quién puede presentarnos?

—Entre otros, a Otelo Saraiva de Carvalho —dijo el estudiante de la Sorbona.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó.

—Lo conocí por medio de uno de mis profesores. Me lo presentó como un hombre de confianza de Otelo.

Contactos internacionales, precisamente lo que Eduardo necesitaba. Había ascendido a la dirección de ETA y era consciente de que se lo debía a su capacidad para escribir ponencias y artículos de propaganda que asombraban a sus compañeros. La mayoría de estos carecían de formación universitaria, eran jóvenes del interior de Gipuzkoa y Bizkaia que se habían criado en caseríos o en localidades donde el euskera constituía la lengua mayoritaria. Trabajaban en pequeñas o medianas empresas como obreros, y sus ojos resplandecían cuando escuchaban las palabras «independencia de Euskadi».

Eduardo les hablaba de la reunificación de los territorios vascos, del peligro de desaparición del euskera a causa de la represión y, como colofón, del socialismo en la Euskadi independiente que se habría de alumbrar en fechas cercanas.

Las consecuencias no tardaron en verse. Fue propuesto por varios compañeros para integrarse en el Comité Ejecutivo de ETA. Sin embargo, hubo un precio. Tuvo que abandonar su ciudad, Bilbao. Pasar al otro lado, donde la policía francesa se preocupaba escasamente de las actividades de la organización en lo que esta denominaba Euskadi Sur.

—Colaboro con Otelo y sus compañeros en el Movimiento del 25 de Abril. Los ayudo a reforzar aliados en Europa y también en otros continentes. Mañana hay una fiesta. Estaremos encantados si vienes. Creo que él acudirá a última hora de la noche, una vez que se desocupe de los asuntos en el comando —anunció Pierre.

Las horas pasaron volando. Por la mañana, Eduardo llamó desde una cabina telefónica a Julen, uno de sus compañeros del Comité Ejecutivo (KE).

—Me demoraré unos días más de lo previsto, pero las cosas van bien. Creo que tendré la primera reunión mañana. Informa al resto.

—De acuerdo —dijo Julen.

Lo habían citado en una casa del barrio de Estrela, un lugar agradable de casas bajas con jardín en la parte delantera, donde solían residir diplomáticos extranjeros.

Pierre advirtió su llegada en cuanto cruzó la puerta.

—Pasa, te presentaré como un joven revolucionario vasco. No diré a nadie que perteneces a la dirección de ETA, aunque muchos lo sospecharán.

La fiesta se animaba según pasaban los minutos. Los anfitriones eran dos portugueses que fueron presentados por Pierre como colaboradores de Otelo.

A pesar de los efectos del vino blanco, Eduardo intentaba fijar en su memoria los nombres de las organizaciones que estaban presentes. FRETILIN de Timor Oriental, nicaragüenses del FSLN, salvadoreños del ERP, tupamaros de Uruguay, eritreos, alemanes, italianos, miembros del Partido Árabe Socialista de Irak, argelinos del FLN, corsos.

Los invitados se servían comida en platos de plástico y bebían en vasos de cristal barato. Se sucedían los brindis por la revolución portuguesa y por la causa del internacionalismo. Se sentían triunfantes, embriagados por el papel que la historia les destinaba, al volante de esta. Los más aguerridos dialécticamente pronunciaban palabras fetiche ante las cuales los de su corro asentían y aplaudían: el compromiso, la legitimidad de las armas para alcanzar por cualquier medio la revolución y la denuncia del existencialismo, al que calificaban como ideología burguesa de repuesto.

—Así que vasco. Estuvo muy bien lo de Carrero Blanco —le decían una y otra vez.

Eduardo estaba lejos de reconocer su pertenencia a ETA y, sin embargo, de forma implícita asentía. En el enjambre multicolor que constituía aquella reunión, el atentado que acabó con la vida del presidente del Gobierno de Franco representaba un hito del que sentirse orgulloso.

Eduardo vio a Claudia Larrainzar. Empezó a sudar.

Si la Revolución de los Claveles había sido el acontecimiento exitoso de 1974 en los círculos de izquierdas, el derrocamiento del presidente Salvador Allende, un año antes, constituyó su contrapunto. Claudia recibía un abrazo tras otro en su condición de enviada del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile.

El vasco esperó la oportunidad y ella se le acercó. Había estado relajado durante las dos horas que llevaba en el convite, ofreciendo la mano y prodigando abrazos. La irrupción de Claudia lo tensó.

—Me alegro de verte —dijo él.

—Yo también.

Buscaron una esquina del amplio jardín. Ella vestía pantalones vaqueros y una blusa en color sepia que dejaba ver la parte superior de unos pechos hermosos.

Eduardo había tomado varias copas y se hallaba achispado. Estaba a punto de soltar: «¿Dónde has dejado al jovencito de pelo rizado con el que te besabas ayer?». Lo evitó el ruido de varios vehículos que llegaban a la residencia. El invitado especial estaba a punto de hacer acto de presencia.

El héroe del 25 de abril estrechaba manos y daba abrazos. Pierre caminaba a su lado. Al pasar por el largo pasillo y presentar a Claudia como representante del MIR de Chile, Otelo se detuvo.

—Un abrazo fraternal para el heroico pueblo chileno —proclamó.

Al lado de ella estaba Eduardo.

—Te presento al compañero vasco, Eduardo —dijo Pierre.

Otelo lo miró durante unos segundos.

—No esperaba alguien tan joven —respondió el portugués.

Eduardo no estaba acostumbrado a pronunciar discursos, ni siquiera esa clase de frases de protocolo habituales entre las organizaciones revolucionarias en la década de los setenta. Se limitó a decir:

—Mucho gusto.

—Luego te veo —dijo el portugués.

Claudia reparó en las palabras cruzadas entre ambos. A pesar de lo lacónico de la respuesta del vasco, llegó a la conclusión de que Eduardo era alguien. Otelo era locuaz, a ella le había dedicado palabras de afecto político, igual que a otros de los numerosos representantes de los movimientos allí reunidos, pero en ningún momento les había anunciado un encuentro a solas.

Los asistentes pasaban de los treinta, y Pierre actuó como maestro de ceremonias. Otelo ocupó un lugar en el centro del amplio salón. Se hizo un corro a su alrededor. Saludó a las organizaciones por su nombre, habló de la Revolución de los Claveles y agradeció la expectación que despertaba en el mundo. Expuso durante unos minutos la situación mundial. Anticipó el fin del capitalismo en una o dos décadas. Mencionó a Ernesto Che Guevara, la revolución cubana, los asesinatos de Kennedy y Martin Luther King. De manera sutil alabó los esfuerzos revolucionarios que se estaban haciendo en el corazón de Europa mediante formas de lucha complementarias a las populares. Se refería sin nombrarlos a los italianos de las Brigadas Rojas, a los alemanes de la Baader-Meinhof, a los irlandeses del IRA y a los vascos de ETA. Todos entendieron el significado de las palabras luchas complementarias: lucha armada, quería decir.

El vasco observó que aquel pequeño cónclave seguía sus palabras con admiración. El portugués era un hombre de altura media, ojos claros y rostro agraciado. Había leído que rozaba los cuarenta años. Su voz era grave y agradable. Reforzaba sus palabras con ademanes firmes y buscaba la mirada directa de los que le escuchaban.

Su posición en Portugal era fuerte, tenía bajo su mando a las fuerzas militares especiales, a los paracaidistas, al regimiento de artillería de Lisboa y al cuerpo de fusileros.

Observó Eduardo que la mirada de Otelo se detenía en las jóvenes hermosas. Así había sido con Claudia Larrainzar. Esta permanecía al lado del vasco y miraba al portugués hipnotizada. Una vez concluido el discurso, Otelo se retiró a una habitación que servía de despacho. Lo acompañaban Pierre y un joven uniformado. Era el momento de las audiencias privadas. Otelo se dispuso a recibir a cada uno de los representantes de las organizaciones.

Un ayudante de Otelo se acercó a Claudia. Le dijo al oído que sería la siguiente en ser recibida. Ella se ruborizó y dijo:

—Es un acontecimiento para mi organización.

Eduardo asintió y le acarició el brazo con la palma de la mano derecha.

La joven no estuvo más de siete u ocho minutos. Salió de la estancia y regresó a la esquina donde se hallaba Eduardo.

—Sírveme algo, por favor, un gin-tonic —le pidió.

—Cuéntame cómo te ha ido —dijo Eduardo.

—Bien, ha sido muy gentil, ha dicho palabras esperanzadoras para la lucha del pueblo chileno.

Eduardo intuyó que algo no había marchado como ella pensaba.

—¿Y algo más?

—No sé, esperaba otra cosa.

—¿Como qué?

—No sé, estoy un poco turbada. Como si sus palabras fueran las mismas que se dirigen a una chilena o a un japonés o a un vasco. Habló de corrido. Eché de menos que me hablara del 11 de septiembre como lo hiciste tú el día que nos conocimos, con pasión —afirmó Claudia.

Por la oficina donde Otelo recibía a los invitados, habían pasado los representantes. Dos jóvenes japoneses permanecían en una esquina y no se relacionaban con el resto. ¿Eran miembros del Ejército Rojo japonés? Eso se oía entre murmullos.

Existía entre todos ellos un aire de familia, revolucionario, transgresor, en el cual la vestimenta representaba una conexión evidente. Con un par de excepciones. Los miembros del Ejército Rojo japonés no mostraban barbas ni greñas, parecían empleados de la multinacional Sony en viaje de trabajo.

El vasco había tenido cuidado de contar el tiempo que Otelo dedicaba a cada visitante. Algunas reuniones llegaban a los diez minutos, y la gran mayoría abandonaba el despacho al cabo de seis o siete, el tiempo que estuvo Claudia.

Otelo le dio un abrazo y los invitó a sentarse. Pierre se sentó junto al líder. Este les ofreció un trago. Los tres se sirvieron un vaso de vino blanco

—Eres muy joven. Me ha dicho Pierre que perteneces a la dirección de ETA. Antes de nada, felicitaciones por el atentado contra Carrero Blanco. Estaba en aquel momento en Angola y discutí los detalles con otros compañeros militares. Nos sorprendió la minuciosidad, el acertado cálculo de la cantidad de explosivos, la construcción del túnel, el manejo de los tiempos. Esos atentados no son fáciles, te lo puedo asegurar. Habéis ganado prestigio con esa acción. Lástima que no fuera Franco en lugar de su presidente.

Eduardo estaba impresionado. Que Otelo dedicara esas palabras a la organización que representaba le colmaba de orgullo. Hacía días —desde que aterrizó en Lisboa y empezó a relacionarse con otros revolucionarios— que reparaba una y otra vez en la trascendencia internacional que había conseguido ETA tras la acción.

Pierre apuntó datos.

Se prepararon con urgencia notas biográficas del finado. Los reportajes de los periodistas independientes que tuvieron la suerte de estar en ese momento en Madrid se cotizaron a precios sorprendentes. A ello ayudaba desde luego que el régimen de Franco contara con escasas simpatías, pero lo cierto era que el interés por las siglas ETA se popularizó. Directores de medios de Vancouver, Nueva York o San Francisco se preguntaban: ¿qué se sabe de ETA?, ¿son comunistas?, ¿qué es lo que son?

Tras estas palabras de Pierre, Saraiva de Carvalho habló sobre la debilidad del régimen español y el efecto contagio que habría de darse entre los militares españoles contrarios al Gobierno a raíz de la Revolución de los Claveles. Aseguró poseer datos sobre el descontento en las fuerzas armadas. Eduardo solicitó más detalles sobre el alcance de esa disidencia, pero el portugués fue rotundo:

—No puedo hablar de ello, pero te aseguro que no son ni cuatro ni cinco —dijo Otelo.

Eduardo insistió:

—¿Y sus rangos, ¿militares de alta graduación?

Otelo sonrió.

—A su debido tiempo te lo contaré, querido Eduardo.

Pierre, que se hallaba sentado junto a Otelo, intervino:

—Ha sido una reunión interesante.

—Así es. ¿Hasta cuándo estarás en Lisboa? —preguntó Otelo.

A Eduardo le sorprendió la pregunta.

—No lo sé, he venido para verte.

—Entonces, ¿podemos vernos mañana? Me gustaría que nos conociéramos mejor, quién sabe si podemos hacer cosas juntos.

—Podré quedarme unos días más. Mis compañeros de la dirección estarán de acuerdo —dijo Eduardo.

Se encontraba ante el hombre que había hecho historia. Sentía deseos de preguntarle sobre los detalles previos a la revolución. Los medios de comunicación franceses habían informado con profusión: la canción Grândola, Vila Morena, cantada por José Alfonso y emitida por Radio Renascença pasada la medianoche del 25 de abril de 1974, fue la contraseña para que los conspiradores iniciaran sus actividades. Había comenzado la revolución.

Eduardo abandonó el despacho. Las miradas del resto de invitados se posaron en él. Otelo le había concedido un tiempo superior al resto.

Los invitados se fueron marchando. Claudia y él decidieron tomar una copa en la parte vieja de la ciudad. Subieron a un taxi y entraron al bar Rio de Janeiro. No fue una copa, sino varias. Se besaron con la misma pasión que el día en que se conocieron.

Sin embargo, una sorpresa lo esperaba.

Al bar Rio de Janeiro entró el joven imberbe. Claudia lo recibió con dos besos en la boca, uno tras otro, mientras le acariciaba los cabellos. Eduardo y el recién llegado se estrecharon la mano. Joao estudiaba en la Universidad de Lisboa. Mientras bebían, hablaron de la revolución en el mundo, del internacionalismo proletario, del Che Guevara y de un sinfín de asuntos; Joao apenas intervenía.

Los dos varones se habían enzarzado en una lucha soterrada y silenciosa para ver cuál de ellos acabaría en la cama con la joven. Joao mostraba simpatía hacia Eduardo, y este le correspondía.

Dieron las tres de la madrugada y el dueño del bar tocó una campana. Era el anuncio del cierre. Claudia estaba bebida, igual que sus acompañantes. Y fue en ese momento cuando ella les sorprendió.

—¿Por qué no terminamos la noche en mi cuarto? Está cerca de aquí. Es pequeño, pero lo pasaremos bien los tres... Tengo en casa una maría africana, regalo de unos compañeros de Cabo Verde.

Sus palabras estaban acompañadas de una mirada pícara y a la vez decidida. ¿Estaba Eduardo tan ebrio como para no entender lo que le proponía? No, no lo estaba. Ella había enfatizado: «Lo pasaremos bien los tres…». Comprendió el alcance de la propuesta. Joao, por su parte, mantenía una amplia sonrisa y apoyó a la chilena.

—Será un placer terminar la noche con vosotros. Me caes muy bien —dijo Joao mirando al joven a los ojos.

Joao y ella le estaban proponiendo un trío, sobre eso no albergaba dudas. Recordó los detalles del acto sexual con ella, todavía reciente. Ella mantuvo el dominio de una manera absoluta, sin concesiones. Imaginó que lo que la chilena estaba tramando para finalizar la noche no era un simple intercambio de besos de los varones con ella, ni un toqueteo físico entre estos, sino un comportamiento más morboso entre los tres.

Eduardo se asustó. Estaba confundido. Entre sus fantasías no figuraba tener sexo con otro hombre, ni siquiera en compañía de una mujer tan apetecible como la chilena. Había hablado de ello más de una vez con Rubén y con algún otro amigo con quien tenía confianza. Estaban en 1975, no en el siglo xix, no sentía reparo intelectual alguno hacia la homosexualidad, pero las intenciones de Claudia y al parecer las del joven imberbe para esa noche, le parecieron ajenas a sus hábitos. Así que se retiró.

—Me siento demasiado cansado. Mejor me voy a la pensión. Hablamos otro día.

Dio un beso a Claudia que sonó a despedida. Esta le reprochó su actitud con una mirada y no le dirigió la palabra. Joao mantenía la sonrisa.

Capítulo 4.La revolución no es un pasatiempo

Dos días después del primer encuentro con Otelo, Pierre llamó a Eduardo. Quedaron en que el francés lo recogería en la puerta de la pensión esa misma tarde, sobre las ocho.

—Será una reunión larga —dijo Pierre.

Disponía de unas cuantas horas para prepararla. Pensó en los asuntos por los cuales habría de interesarse el portugués.

Portugal y España habían compartido régimen dictatorial en las últimas décadas. La Revolución de los Claveles había modificado la situación. Su estallido constituyó una sorpresa. Ningún país importante sospechó que pudiera darse un golpe de estado en Lisboa protagonizado por los militares. Ningún servicio de espionaje de los que operaban en Lisboa pronosticó lo sucedido el 25 de abril de 1974.

El joven vasco llegó a una primera conclusión: Otelo deseaba saber qué era ETA en realidad, además de una organización que atentaba contra militares de alta y media graduación, así como contra policías destinados en el País Vasco. Una organización que preconizaba la independencia de Euskadi y defendía un vago programa de socialismo.

Daba por hecho que el portugués no objetaría rechazo moral a utilizar la violencia armada. Eran los años en los que las Brigadas Rojas, Baader-Meinhof, el IRA, el Ejército Rojo japonés y las diferentes facciones palestinas actuaban de manera continuada en Europa. En aquel entonces, los revolucionarios veían en la violencia una vía legítima para alcanzar sus objetivos políticos.

Hasta ese momento, ETA había atentado contra monumentos que recordaban el alzamiento franquista y ordenado el asesinato de un guardia civil y del inspector Melitón Manzanas. También había cometido atentados mortales contra otros uniformados, simples guardias civiles o policías jóvenes y sin que ocuparan cargo alguno en la estructura del régimen.

La organización había secuestrado en 1970 al cónsul de Alemania en Donostia para llamar la atención sobre el consejo de guerra de Burgos contra varios de sus dirigentes. Lo liberaron al cabo de veinticinco días.

Pierre lo recogió unas horas más tarde, y en unos minutos saludaba al líder portugués en un pequeño apartamento cercano a una dependencia militar. Eduardo estaba nervioso, pero supo disimularlo.

Otelo terminaba una reunión con un hombre aún joven. El portugués los presentó, lo que resultó extraño, pues se empeñaba en conservar la clandestinidad de sus invitados. Otelo se disculpó unos minutos, tenía que hacer unas llamadas telefónicas, ambos se quedaron solos. La presentación de Saraiva de Carvalho había sido escueta:

—Te presento a Roque Dalton, un revolucionario centroamericano y además un gran poeta, con premios importantes. Eduardo es un revolucionario vasco. Creo que tenéis cosas en común.

Roque emanaba simpatía. Le llevaba diez o doce años.

—¡Eres poeta, como Txabi Etxebarrieta! —exclamó Eduardo.

El salvadoreño enarcó las cejas.

—¿Quién es?

—Un joven vasco, economista, también de Bilbao, como yo. Uno de los dirigentes de ETA. Lo mató la Guardia Civil hace unos años —aclaró Eduardo.

Eduardo omitió una parte de la historia. Antes de que Txabi muriera a causa de los disparos de un guardia, él había disparado y matado a otro.

—Me gustaría hablar contigo en otro momento. ¿Cuándo te vas? —dijo Eduardo.

—Esta noche a París y mañana a La Habana. A mí también me gustaría hablar contigo. ¿Un revolucionario vasco? Supongo que serás de ETA. Lo de Carrero Blanco nos impresionó.

El portugués colgó el auricular y se acercó a ellos.

—Estoy seguro de que os habéis entendido, os parecéis mucho, lo repito. Pierre puede facilitaros un contacto para que podáis continuar hablando.

Roque y Eduardo se abrazaron. El primero le prometió un libro suyo para el próximo encuentro.

Eduardo se sorprendió cuando oyó las palabras del anfitrión.

—Roque es un gran tipo, pero tiene muchos adversarios en su organización. Ahora, vayamos a lo nuestro. Pierre, déjanos solos, por favor.

Otelo hablaba español con bastante corrección. Abrió una botella de vino alentejano y lo vertió en dos copas. Brindaron por la revolución portuguesa y por Euskadi.

Eduardo esperaba con ansiedad las primeras palabras de su anfitrión.

—Querido amigo, la revolución no es un pasatiempo.

Eduardo respondió:

—Explícate, compañero.

—He conocido a muchos jóvenes que creen en la revolución unos cuantos años, entre los veinte y los treinta, algunos hasta los cuarenta. Luego se retiran decepcionados, llevan una vida burguesa y cuentan antiguas historias a sus hijos y nietos.

¡Qué grandísima sorpresa! Estaba escuchando de labios del héroe del 25 de abril las mismas palabras que solía escuchar a su amigo Rubén mientras paseaban desde El Arenal a Deusto, bajo la sombra de los árboles del Campo Volantín. La diferencia entre uno y otro era que el portugués pronunciaba aquellas palabras con solemnidad, desde un púlpito imaginario, ante una buena cantidad de jóvenes dispuestos a asentir con la cabeza, mientras el bilbaíno Rubén lo hacía entre risas y a sabiendas de que significaban el comienzo de una nueva discusión.

Eduardo permaneció en silencio a la espera de que continuase.

—Los revolucionarios de verdad tienen que ser ambiciosos, perseguir grandes metas. Observa la situación de mi país. ¿Conformarse con una democracia burguesa? Es un engaño. Eso es lo que desean los grandes poderes económicos portugueses, que juguemos en un parlamento a decirnos palabras bonitas sin que se modifiquen las reglas del juego de forma radical. No, para eso que no cuenten conmigo, ni con Rosa Coutinho ni con otros muchos de los que organizamos el 25 de abril. Queremos una revolución de verdad, un socialismo real, no queremos poner parches. Te lo repito, la revolución no es un pasatiempo.

Eduardo no estaba seguro de lo que debía responder. Escuchaba atónito. ¿Cuál era el propósito de aquellas palabras?

—¿Quieres que te confiese una convicción, querido amigo?

Eduardo abrió los ojos tanto como pudo.

—El fin del franquismo y la revolución en España no empezarán en Madrid y tampoco en Barcelona. Estoy seguro de ello. Será en tu tierra, en Euskadi, donde brotará la llama, y esta se propagará sin remedio.

No supo qué responder.

Otelo añadió:

—Y ahí estaremos nosotros, los compañeros portugueses, para ayudar.

Le tocaba el turno. No podía mantener una mirada sorprendida ni los labios cerrados. Su cabeza trabajaba a gran velocidad, pero, a pesar de que lo intentó, no halló las palabras que ese momento exigía.

—¿Puedes desarrollar esa idea? —preguntó Eduardo.

Saraiva de Carvalho era consciente de que estaba conversando con un joven al que superaba en más de veinte años, un joven que no se había forjado en otro escenario que no fuera un aula universitaria o una cafetería para jóvenes de clase media de una ciudad como Bilbao.

Deseaba insistir en la idea que le rondaba la cabeza desde hacía semanas. Eran muchos los españoles que viajaban a la cercana Lisboa y le pedían consejo sobre la mejor manera de precipitar el final de régimen de Franco. Todos llevaban en los labios la frase con la que soñaban: recuperar la democracia.

Sin embargo, Otelo tenía otro entendimiento de lo que representaba la lucha política. Pese a que la Revolución de los Claveles apenas tenía unos meses de vida, había descubierto los límites de lo que unos y otros en la península ibérica denominaban democracia burguesa.

Eduardo no alcanzaba a comprender el significado de las palabras de Otelo: «La revolución española no empezará en Madrid ni en Barcelona, sino en Euskadi». El vasco permanecía atento a una explicación minuciosa. Otelo prosiguió:

—Por la información que poseo, y te aseguro que decenas y decenas de españoles me visitan, ni los partidos políticos ni los sindicatos ni los movimientos de intelectuales se proponen otra cosa que no sea sustituir a Franco por el príncipe Juan Carlos. Y esto significa la continuación del sistema.

—Eso es lo que defendemos nosotros —expresó Eduardo, satisfecho al fin.

—Se necesita un detonante, algo que obligue a reaccionar a todos los actores. Se necesita que los jóvenes vascos se levanten en armas, solo de esta manera el mundo reaccionará y el franquismo se descompondrá de la noche a la mañana, como aquí se descompuso el régimen.

Una insurrección armada, esa era la idea que le estaba proponiendo el ideólogo del 25 de abril.

—No tenemos armas, apenas unas decenas de viejas pistolas y balas para tres días.

—Recuerda que hicimos la revolución sin disparar un solo tiro, nuestros almacenes rebosan de armas y municiones.

Aún no daba crédito a lo que estaba escuchando. Había viajado a Lisboa con el ánimo de entrevistarse con Otelo, sin otra aspiración que no fuera escuchar sus reflexiones, y se hallaba ante un hombre decidido a asumir el mando de una revolución peninsular.

El portugués cambió la conversación, mostrando una sonrisa amplia:

—Por cierto, veo que estás aprovechando bien tu estancia en Lisboa. Esa muchachita chilena… Tienes buen gusto.

El vasco enseñó las palmas de las manos.

—¿Te refieres a Claudia?

—¿A quién más podría ser?

Eduardo entendió.

—¿Me habéis seguido?

—¿Cómo no hacerlo? Vienes a Lisboa para entrevistarte conmigo. ¿No crees lógico que trate de saber quién eres y lo que haces durante tu estancia?

—Lo comprendo.

—Y ahora, conversemos sin tiempos establecidos. Tengo para ti las próximas horas, no importa si llega el amanecer y seguimos en esta tarea. ¿Quieres que pida algo de cenar, algo ligero?

—Sí, buena idea —dijo el vasco.