9,99 €
Epicteto, uno de los más insignes representantes del estoicismo romano, nos dejó un legado breve y directo, pero también brillante, rotundo e imperecedero. Este manual, de una asombrosa modernidad, se compone de una serie de sentencias y pensamientos que condensan su filosofía para alcanzar la sabiduría y una vida tranquila y feliz.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 83
Veröffentlichungsjahr: 2026
Índice
PRÓLOGO. EPICTETO: MAESTRO DE SUS AMOS
PARA SABER MÁS
MANUAL
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
FRAGMENTOS DE EPICTETO CITADOS POR OTROS AUTORES
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
Xa
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
XXVII
XXVIII
XXVIIIa
XXVIIIb
NOTAS
© de la traducción y las notas: Paloma Ortiz García.
(Origen: Biblioteca Clásica Gredos, vol. 207)
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2026.
Avda. Diagonal 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
Primera edición en esta colección: febrero de 2026.
REF.: OBEO038
ISBN: 979-13-7031-121-6
Composición digital: www.acatia.es
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.
En algún momento hacia el año 50 d. C., en la ciudad de Hierápolis, en la actual Turquía, nació un niño que no recibiría nombre propio. Fue vendido como esclavo siendo muy pequeño y trasladado a Roma, donde pasó a ser propiedad de Epafrodito, un poderoso liberto que servía como secretario del emperador Nerón. Lo llamaron simplemente Epíktētos: «el adquirido», «el comprado». Un adjetivo, no un nombre. Una etiqueta de propiedad, no una identidad.
Así comenzó la vida de quien se convertiría en uno de los filósofos más influyentes de la historia occidental. Un hombre que vivió décadas sin más posesiones que su propio pensamiento. Precisamente de esa experiencia extrema surgió una de las enseñanzas más poderosas que la filosofía ha producido: que la verdadera libertad no depende de las circunstancias externas, sino de nuestra actitud ante ellas.
Un esclavo que enseña sobre la libertad. Un hombre sin poder que instruye sobre el dominio de uno mismo. Un pobre que explica en qué consiste la riqueza. Epicteto hablaba desde la experiencia vivida del sufrimiento, la impotencia y la humillación. Si él había encontrado la serenidad, cualquiera podía hacerlo.
Poco sabemos de sus primeros años en Roma. Las fuentes antiguas coinciden en que su amo no era benévolo. Epicteto lo pone como ejemplo del rico estúpido, adulador de los poderosos. Una tradición transmitida por autores tardíos cuenta que la cojera que padeció el filósofo toda su vida se debió a un castigo brutal de su dueño (aunque otras fuentes la atribuyen a un defecto de nacimiento). Fiel a su doctrina, él nunca se quejó por ello. «La cojera es un impedimento de la pierna, no del albedrío», escribió. Lo que no estaba en su poder cambiar no merecía lamento.
Asistió a las clases del filósofo estoico Musonio Rufo, conocido como «el Sócrates romano», un maestro que predicaba con el ejemplo y que insistía en que la filosofía era un modo de vida. En sus enseñanzas encontramos ya muchas de las ideas que luego desarrollaría Epicteto, incluida la defensa de los derechos de la mujer y de la igualdad entre los sexos, sorprendente para su época.
Las enseñanzas de Musonio calaron hondo en el joven esclavo, quien encontró en el estoicismo no solo una doctrina intelectual, sino una herramienta de supervivencia. Tal fue su devoción que, cuando Nerón desterró a Musonio a la isla de Giaros en el año 65 d. C. —una de las Cícladas, de hábitat particularmente duro—, el joven viajó hasta aquel lugar inhóspito para seguir escuchando sus lecciones. Era ya la actitud del verdadero filósofo.
Roma era un lugar peligroso en aquellos años. Nerón gobernaba con una mezcla de capricho artístico y crueldad desmedida. Se creía poeta y músico a la vez que ordenaba asesinatos por cualquier sospecha. En el 65 d. C., tras descubrirse la conjura de Pisón, desató una purga sangrienta. Entre las víctimas estuvo Séneca, el gran filósofo estoico que había sido su tutor. Epafrodito, que según Suetonio era secretario de Nerón, participó en episodios violentos de aquellos años. El mismo biógrafo le atribuye haber asistido al emperador en su suicidio.
En todo caso, cuando Nerón cayó en el año 68, los allegados a su círculo se hundieron con él. Epafrodito sobrevivió apenas unos años para ser ejecutado por Domiciano. En algún momento de esa época, Epicteto obtuvo la libertad. No sabemos si fue por manumisión voluntaria, testamento o compra. Lo que sí ha trascendido es que hacia el año 94 d. C., cuando Domiciano decretó la expulsión de todos los filósofos de Roma, Epicteto ya había obtenido su libertad y enseñaba en la capital.
El edicto de Domiciano revela el recelo del poder ante la influencia de los pensadores. El estoicismo, con su insistencia en que la virtud está por encima de todo, en que el sabio es más libre que el tirano, en que ninguna autoridad externa puede obligarnos a actuar contra nuestra conciencia, resultaba subversivo para un régimen despótico.
Epicteto se estableció en Nicópolis, una ciudad griega fundada por Augusto en la costa del Epiro. Allí, lejos del centro del poder pero en un lugar floreciente y bien comunicado, abrió su propia escuela. Enseñó durante décadas, hasta su muerte entre los años 120 y 130 d. C. Su prestigio creció tanto que fue a visitarlo el emperador Adriano —dicen algunos autores, que también mencionan que ambos establecieron una summa familiaritas, aunque su alcance real no está claro—. Entre sus alumnos se contaron jóvenes de las mejores familias romanas destinados a ocupar altos cargos. Y uno de ellos, Flavio Arriano de Nicomedia, que llegaría a ser cónsul y gobernador de Capadocia, hizo algo que cambiaría la historia de la filosofía: tomó notas.
Epicteto vivió con extrema austeridad. Defendía el matrimonio y la procreación como deberes del ciudadano, pero él mismo —quizá por influencia cínica, quizá por temperamento— nunca se casó ni tuvo hijos. Su casa en Nicópolis apenas tenía muebles: una estera, un camastro, una lámpara de barro. Esa lámpara se convertiría en símbolo de su fama. Dice la leyenda que, tras su muerte, el candil que usaba en sus lecturas se vendió por tres mil dracmas, una suma desorbitada que da medida de la veneración que inspiraba. Y, sin embargo, este hombre que fue más famoso que Platón en su tiempo, según el propio Orígenes, nunca dejó de llamarse con el nombre que le pusieron cuando lo compraron: «el adquirido».
EL LIBRO QUE EPICTETO NO ESCRIBIÓ
Epicteto, como Sócrates, nunca escribió una sola línea. Creía que la filosofía se transmitía de persona a persona, en el diálogo vivo. Escribir era fijar lo que debía permanecer fluido, convertir en dogma lo que debía ser práctica. Pero Arriano pensaba que las palabras de su maestro eran demasiado valiosas para perderse. Así que, durante los años que pasó en la escuela de Nicópolis, fue anotando lo que escuchaba como quien transcribe conversaciones reales, con su espontaneidad, sus repeticiones, sus ejemplos cotidianos. En una carta que servía de prólogo a la obra, Arriano contaba que se trataba de apuntes personales que originalmente no había pretendido hacer públicos.
El resultado fueron las Diatribas o Disertaciones, ocho libros de los que solo conservamos cuatro. Pero también preparó otro texto. Este iba destinado a un compañero suyo en la escuela, ferviente admirador de Epicteto. Se trataba de un resumen, un compendio de lo esencial, pensado para tenerlo siempre a mano: el Enchiridion.
La palabra griega encheirídion significa «lo que se tiene en la mano». Puede traducirse como «manual», pero también como «puñal». Ambos sentidos son apropiados. Es una guía práctica que cabe en el bolsillo y puede consultarse en cualquier momento. Y es un arma defensiva: un instrumento afilado para protegerse de las agresiones del mundo externo y de los propios impulsos destructivos.
Simplicio, el comentarista neoplatónico del siglo vi que escribió un extenso comentario sobre el Manual, explicaba así el título: «Se llama Enchiridion porque conviene tenerlo siempre a mano y tenerlo dispuesto». No es un libro para leer y guardar, sino para releer, para llevar encima como un amuleto intelectual. Cada una de sus cincuenta y tres secciones es una píldora de sabiduría concentrada.
El estilo es directo, casi brusco. No hay florituras ni argumentaciones elaboradas. Son imperativos, afirmaciones tajantes. «Recuerda que eres actor de un drama». «No pretendas que las cosas ocurran como quieres». Es el lenguaje de un maestro que ha depurado su enseñanza hasta dejar solo lo esencial.
EL CAMINO DE LA VIDA APACIBLE
El Manual comienza con una distinción que es el fundamento de todo Epicteto y, en cierto sentido, de todo el estoicismo tardío: la división entre lo que depende de nosotros y lo que no.
Parece simple, casi obvio. Epicteto está diciendo que la inmensa mayoría de las cosas que nos preocupan están fuera de nuestro control. Nuestro cuerpo puede enfermar, nuestra riqueza puede perderse, nuestra reputación puede ser destruida por calumnias. Y nada de esto depende de nosotros. Podemos cuidar nuestra salud, pero no garantizarla. Podemos trabajar por el dinero, pero no evitar su pérdida. Podemos actuar virtuosamente, pero no controlar lo que otros piensen de nosotros.
¿Qué nos queda entonces? Lo único verdaderamente nuestro: nuestros juicios, nuestras opiniones, nuestra forma de interpretar lo que nos sucede. Ahí, y solo ahí, somos completamente libres. Nadie puede obligarnos a pensar algo que no queremos pensar. Nadie puede forzarnos a desear lo que no queremos desear. Nuestra mente es una ciudadela inexpugnable, siempre que sepamos defenderla.
