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El testimonio del estoico que enseñó a emperadores y convirtió la adversidad en sabiduría. Epicteto, nacido esclavo en la Frigia romana y liberado tras años de servidumbre, fundó una escuela en Nicópolis que pronto se convirtió en faro moral del Imperio. No escribió nada: fue su discípulo Arriano quien recogió la palabra ardiente de su maestro, un hombre cojo, austero y libre, cuya fuerza de espíritu atraía a jóvenes y gobernantes. De esas lecciones nacieron estas páginas, que nos enseñan a distinguir entre lo que depende de nosotros y lo que no, y a hallar en esa diferencia la clave de la libertad. Admiradas ya en la Antigüedad por Marco Aurelio, estas Lecciones han guiado durante siglos a pensadores y escritores —de Quevedo a Emerson— y hoy resurgen con fuerza en un mundo marcado por la incertidumbre. Más que un tratado filosófico, ofrecen un manual para la vida, un camino hacia la serenidad, la dignidad y la imperturbabilidad frente a la fortuna. Esta nueva edición cuenta con la traducción directa del griego de Paloma Ortiz García, acompañada de una esclarecedora introducción que sitúa a Epicteto en su tiempo y de un posfacio de David Hernández de la Fuente que ilumina la vigencia del estoicismo en nuestro presente.
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Seitenzahl: 605
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Epicteto
Título original: Διατριβαί
© de la traducción: Paloma Ortiz García, 2025
© del posfacio: David Hernández de la Fuente, 2025
© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.
Criterios de calidad editorial: los volúmenes de la colección de Clásicos Grecolatinos de Arpa son evaluados mediante arbitraje anónimo por parte de expertos y cuentan con un comité académico.
Primera edición: noviembre de 2025
ISBN: 979-13-87833-41-1
Diseño de colección: Enric Jardí
Diseño de cubierta: Anna Juvé
Maquetación: Laura Rodríguez Dorado
Producción del ePub: booqlab
Arpa
Manila, 65
08034 Barcelona
arpaeditores.com
Reservados todos los derechos.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.
Cubierta
Título
Créditos
Índice
INTRODUCCIÓN
LECCIONES
LIBRO I
Salutación de Arriano a Lucio Gelio
I.
Sobre lo que depende de nosotros y lo que no depende de nosotros
II.
Cómo podría uno en cualquier situación salvaguardar su dignidad personal
III.
Cómo se podrían obtener las consecuencias de que la divinidad sea padre de los hombres
IV.
Sobre el progreso
V.
Contra los académicos
VI.
Sobre la providencia
VII.
Sobre el uso de los razonamientos equívocos, hipotéticos y similares
VIII.
Que las capacidades dialécticas no carecen de riesgos para los no instruidos
IX.
De cómo llegaría uno a las consecuencias de nuestro parentesco con la divinidad
X.
A los que se esfuerzan por hacer carrera en Roma
XI.
Sobre el cariño familiar
XII.
Sobre la satisfacción
XIII.
Cómo es posible hacerlo todo de modo que agrade a los dioses
XIV.
Que la divinidad contempla a todos
XV.
Qué promete la filosofía
XVI.
Sobre la providencia
XVII
Que la lógica es necesaria
XVIII.
Que no hay que enfurecerse con quienes se equivocan
XIX.
Qué actitud hay que mantener frente a los tiranos
XX.
De cómo la razón es especulativa sobre sí misma
XXI.
A los que quieren ser admirados
XXII.
Sobre las presunciones
XXIII.
En respuesta a Epicuro
XXIV.
Cómo hay que luchar contra las circunstancias difíciles
XXV.
Sobre lo mismo
XXVI.
Cuál ha de ser la norma de vida
XXVII.
De cuántas maneras se presentan las representaciones y qué ayudas hay que tener a mano frente a ellas
XXVIII.
Que no hay que irritarse con los hombres y qué cosas son pequeñas y cuáles grandes entre los hombres
XXIX.
Sobre el aplomo
XXX.
Qué hay que tener a mano en las dificultades
LIBRO II
I.
Que no se contradicen la valentía y la precaución
II.
Sobre la imperturbabilidad
III.
A los que recomiendan a algunos a los filósofos
IV.
Al que había sido sorprendido una vez en adulterio
V.
Cómo coexisten la magnanimidad y el cuidado
VI.
Sobre la indiferencia
VII.
Cómo se han de consultar los oráculos
VIII.
Cuál es la esencia del bien
IX.
Sin ser capaces de cumplir la misión del ser humano añadimos la del filósofo
X.
Cómo se pueden descubrir las obligaciones a partir de los nombres
XI.
Cuál es el principio de la filosofía
XII.
Sobre la dialéctica
XIII.
Sobre la angustia
XIV.
A Nasón
XV.
A los que se mantienen inflexibles en lo que decidieron
XVI.
Que no nos aplicamos en el uso de las opiniones sobre el bien y el mal
XVII.
Cómo han de aplicarse las presunciones a los casos particulares
XVIII.
Cómo hay que luchar con las representaciones
XIX.
A los que toman lo que dicen los filósofos solo como palabras
XX.
Contra epicúreos y académicos
XXI.
Sobre la incongruencia
XXII.
Sobre la amistad
XXIII.
Sobre la facultad de hablar
XXIV.
A uno de los que no apreciaba
XXV.
Que la lógica es necesaria
XXVI.
Qué es lo propio del error
LIBRO III
I.
Sobre el adorno personal
II.
En qué ha de ejercitarse el que progresa y que descuidamos lo más importante
III.
Cuál es la materia del hombre bueno y en qué ha de ejercitarse más
IV.
Al que en el teatro demostró un interés descomedido
V.
A los que abandonan por una enfermedad
VI.
Miscelánea
VII.
Al corrector de las ciudades libres, que era epicúreo
VIII.
Cómo hay que ejercitarse en las representaciones
IX.
A cierto rétor que iba a Roma por un pleito
X.
Cómo hay que soportar las enfermedades
XI.
Miscelánea
XII.
Sobre el ejercicio
XIII.
Qué es la soledad y quién el solitario
XIV.
Miscelánea
XV.
Que a todo hay que acercarse con circunspección
XVI.
Que al trato frecuente hay que condescender con precaución
XVII.
Sobre la providencia
XVIII.
Que no hay que alterarse por las noticias
XIX.
Cuál es la situación del particular y del filósofo
XX.
Que es posible sacar provecho de todo lo exterior
XXI.
A los que se dedican a presumir de filósofos con facilidad
XXII.
Sobre el cinismo
XXIII.
A los que dan lecciones y debaten por lucimiento
XXIV.
Sobre que no hay que aficionarse a lo que no depende de nosotros
XXV.
A quienes se apartan de lo que se propusieron
XXVI.
A quienes temen la pobreza
LIBRO IV
I.
Sobre la libertad
II.
Sobre la condescendencia
III.
Qué cosas han de ser sustituidas por cuáles
IV.
A los que se esfuerzan por vivir en calma
V.
Contra los pendencieros y feroces
VI.
A los que se afligen porque los compadecen
VII.
Sobre la ausencia de temor
VIII.
A los que se apresuran a imitar el aspecto exterior de los filósofos
IX.
Al que se ha vuelto desvergonzado
X.
Qué cosas hay que despreciar y por cuáles hay que interesarse
XI.
Sobre la limpieza
XII.
Sobre la atención
XIII.
A cuantos fácilmente dan a conocer sus asuntos
POSFACIO DE DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE
NOTAS
BIBLIOGRAFÍA
Coberta
Título
Start
La lectura de las Lecciones de Epicteto impresiona a quien se acerca a ellas por primera vez por su sencillez, su humanidad y su comprensión de las flaquezas humanas. Sus reflexiones van siempre acompañadas de la certeza y la firmeza de quien sabe que ha encontrado el secreto de la serenidad y que por ese medio conseguirá alejar nuestros miedos y nos acercará a la felicidad.
La muerte, la enfermedad, la pobreza, lo que llamamos «desdichas», no son más que máscaras que asustan a los niños. Si aprendemos a distinguir lo que depende de nosotros y a tomarlo como la única materia que requiere nuestro interés y nuestros esfuerzos y a aceptar lo que nos depare el destino, que no depende de nosotros, tal y como aparezca, cuando nos enfrente a ello y del modo en que nos enfrente a ello, viviremos sin miedos, sin preocupaciones, sin angustias. Seremos libres. O, por lo menos, más libres, porque este es un camino no siempre breve en el que cabe el progreso.
Siendo quien era y como era —un antiguo esclavo filósofo y maestro de filosofía—, a Epicteto podríamos calificarlo de benefactor de la humanidad, pues, como testimonia el número de manuscritos, traducciones y adaptaciones de diverso género, han sido muchos los que leyendo sus palabras se han sentido aliviados del peso de sus inquietudes.
Pero aun teniendo esos merecimientos hay que tener presente que esos saberes no le llegaron como ciencia infusa ni brotaron de su mente como Atenea de la cabeza de Zeus: tuvo que sufrir en la vida para aprender a dar valor a lo verdaderamente importante, necesitó de un maestro que le guiara en su aprendizaje, y lo que tal vez es lo más curioso de todo: necesitó de un discípulo que transmitiera su mensaje, percatándose de la importancia y la repercusión que podía alcanzar.
Por eso en estas páginas que dedicamos a presentar sus enseñanzas hemos querido también dar un espacio a su discípulo Arriano de Nicomedia, a su maestro Musonio Rufo y a la propia experiencia vital de Epicteto. El lector, advertido, sabrá elegir según sus intereses y preferencias.
Por mi parte, no he sabido de nadie que exprese el valor de las lecciones estoicas mejor que Francisco de Quevedo, a quien también cupo en suerte una existencia en la que no faltaron las experiencias difíciles y dolorosas. Y me acojo a sus palabras para dar idea breve y concisa de lo que el lector encontrará en este libro:
Yo no tengo suficiencia de estoico, mas tengo afición a los estoicos: hame asistido su doctrina por guía en las dudas, por consuelo en los trabajos, por defensa en las persecuciones, que tanta parte han poseído en mi vida. Yo he tenido su doctrina por estudio continuo: no sé si ella ha tenido en mí buen estudiante.
«Por lo que a mí toca, no tiene gran importancia si parezco torpe al escribir, y para Epicteto no tiene ninguna el que alguien desprecie sus discursos, puesto que era evidente que al pronunciarlos no deseaba cosa alguna que no fuera mover hacia lo mejor los ánimos de sus oyentes. […] Sepan quienes los lean que cada vez que él los pronunciaba, quienes le oían experimentaban por fuerza justamente lo que él quería que experimentaran».
De la «Salutación a Lucio Gelio»
¿Habríamos podido conocer a Sócrates sin la labor de Platón y Jenofonte, sus dos discípulos más destacados? ¿Se habrían difundido sus ideas? No es osadía pensar que la historia del pensamiento habría sido muy diferente y, en la medida en que las ideas de los filósofos contribuyen a modular los ideales y comportamientos sociales, probablemente también habría sido muy distinta la historia del mundo occidental.
Algo semejante ocurrió con Epicteto, el esclavo cojo que atraía a su escuela no solo a jóvenes en edad de completar su formación, sino también a políticos y funcionarios inmersos en las tareas de sus carreras políticas. Su decisión de no escribir habría reducido su influencia probablemente a unas pocas líneas en las enciclopedias especializadas, en las que habría resaltado significativamente la frase «No parece que escribiera nada».
Pero le cupo en suerte que, cuando ya era un anciano —cercano a los sesenta años—, acudiera a sus lecciones un joven de estirpe griega que, como tantos otros de su edad y de las clases pudientes, se disponía a completar sus estudios en materia de retórica y filosofía. Este joven había abandonado temporalmente su casa y su ciudad, según era costumbre, en busca no solo de enseñanzas teóricas, sino también de aprendizajes vitales, y debió de hacerlo, como se solía hacer, cuando tenía unos veinte años, sobre 115-120. Se trataba de Arriano (Lucio Flavio Arriano), nacido en Nicomedia de Bitinia, hoy Izmit. La ciudad en la que había crecido, próxima al golfo llamado de Ástaco en la Antigüedad y hoy de Izmit, era junto con Nicea la más próspera de la región de Bitinia, punto de paso obligado de los caminos asiáticos hacia Bizancio y dotada de un importante puerto.
Debía de ser un joven notable, como lo prueba lo elevado de sus aspiraciones, plasmadas en su vida adulta en una brillante carrera política, una brillante carrera como literato y, sobre todo, en su feliz idea de poner por escrito el contenido de las lecciones de Epicteto. De hecho, aunque al publicar esta obra casi siempre se omita el nombre del discípulo y se prefiera recordar el nombre del maestro, entre los trabajos de Arriano, las Lecciones son, con mucha diferencia, el que más ha influido, muy señaladamente por medio de su forma resumida, el Manual, que también se le atribuye.
Sus méritos literarios le valieron el sobrenombre de Nuevo Jenofonte, porque imitó del gran militar y literato ateniense, además de la sencillez, claridad y agilidad del estilo, la carrera como militar y político, la temática de sus ensayos (historia, táctica militar, cinegética) y haber transmitido a la posteridad el pensamiento de un maestro que, como Sócrates, no quiso dar forma escrita a su pensamiento, pero al que sin duda admiró y cuya personalidad le produjo hondísima impresión, pues percibía en él generosidad, honestidad, coherencia… Cualidades que en el mundo efervescente del Imperio en el siglo I tal vez eran menos frecuentes de lo deseado.
Lo habitual era que los jóvenes que acudían a escuelas de filosofía pasaran en ellas más o menos un año, y ese debió de ser el tiempo que Arriano frecuentó la de Epicteto. Es probable que tomara notas durante las lecciones, pues no parece fácil la redacción de una obra tan extensa si hubiera confiado a la memoria todo el material. El propio Arriano nos confirma la existencia de tales notas al decir en la «Salutación a Lucio Gelio» que precede a las Lecciones que él no redactó estas notas ni las dio al público, sino que se limitó a transcribirlas. El lector ha de tomar cum mica salis esa afirmación, pues tal vez la información que contiene es exacta, pero también podría ser expresión del tópico literario de la pequeñez del autor frente a la grandeza de la materia que trata, recurso mediante el cual, en este caso, estaría, además, resaltando la figura del maestro frente a la humildad del discípulo.
Algunos autores han defendido la tesis de que lo que encontramos en las Lecciones son las propias palabras (ipsissima verba) de Epicteto e incluso se ha sugerido que pudo usar algún género de taquigrafía.1 Se han aducido también los argumentos de que Arriano en sus escritos utilizaba el dialecto ático, más literario (y próximo a la forma de expresión de Jenofonte, modelo para los aticistas), mientras que aquí emplea el dialecto popular común (koiné) que se desarrolló y extendió a lo largo de los periodos helenístico y romano, y también el hecho de que en sus obras las descripciones son mucho menos ágiles frente a la vivacidad de las de Epicteto.
A juzgar por cómo se expresa en la carta-dedicatoria, es probable que diera forma a las Lecciones después de la muerte del maestro, que debió de tener lugar entre el 120 y el 130, y antes de 160-164, fecha en que Aulo Gelio conoció la obra durante su estancia en Atenas.
No hace referencia a la extensión de la obra, pero alguna fuente antigua2 le atribuye ocho libros de Lecciones; a nosotros, no obstante, nos han llegado solo cuatro de esos libros, y es bastante seguro que las Leccioness fueron algo más largas, pues en el Manual, que se tiene por selección de la obra mayor, encontramos pasajes que no aparecen en las Lecciones que se nos han conservado. Aun así, encontramos material suficiente para poder penetrar las enseñanzas del viejo maestro y percibir su humanidad, su rectitud y su coherencia, que siguen atrayendo al lector, porque sus palabras siguen siendo, todavía hoy, un bálsamo para el espíritu angustiado por las vicisitudes de la existencia.
«Ni ansiar ni temer, eso es la libertad».
IV, I 19
Ya sabemos que la biografía antigua, a falta de verdades acreditadas para reconstruir la vida de un personaje destacado, procuraba presentar anécdotas que por su verosimilitud encajaran bien con los hechos más conocidos del biografiado o que fueran de utilidad para su uso mnemotécnico.
Quizá por eso el relato más divulgado respecto a Epicteto sea el que cuenta que, siendo él esclavo, su amo lo sometía a tortura forzándole una pierna. Epicteto afrontaba la situación con un filosófico «Me la vas a romper». El amo, menos racional que su esclavo, continuó torturándole hasta que se la fracturó, y entonces Epicteto: «¿No te decía yo que me la ibas a romper?».3 Otras fuentes achacan la cojera al reumatismo,4 aunque eso no significa que el amo —no se nos dice su nombre— fuera ni más ni menos cruel que el resto de los amos de esclavos del mundo antiguo.
Por otra anécdota sabemos que no se casó ni tuvo hijos, pues Luciano cuenta5 que, en cierta ocasión en que el cínico Demonacte le oía exhortar a sus oyentes al matrimonio, le respondió, con el ánimo burlesco que caracterizaba a los de su secta: «Pues dame una de tus hijas». Otras fuentes añaden que ya anciano adoptó a un niño al que iban a exponer, hijo de unos conocidos, y tomó una mujer para que lo cuidara.
Otra anécdota más, contada esta vez por el propio Epicteto, nos habla de su vida sencilla: tenía una lamparilla de hierro —modesto lujo, pero lujo al fin— junto a las imágenes de los dioses y una mañana un ladrón se la robó; a partir de entonces se conformó con una de barro —de ese material eran las más corrientes, las que vemos con frecuencia en nuestros museos, que son mucho menos valiosas—, recordando la frase hecha de que uno solo pierde lo que tiene.6
Hombre de su tiempo, no pudo dejar de sentirse interesado por lo que entonces se consideraban «las maravillas del mundo». Egipto, Rodas o Babilonia estaban sin duda demasiado lejos de Nicópolis, pero el Zeus de Fidias era cosa digna de verse: «¡Sí que viajáis hasta Olimpia para ver la obra de Fidias, y cada uno de vosotros considera una desdicha morir sin haberla visto!» (I, VI 23), les dice a sus discípulos; parece también que acudió a los Juegos de Olimpia, cuyo ambiente multitudinario pinta vívidamente: «¿No se pasa calor? ¿No se aguantan apreturas? ¿No se lava uno con incomodidades? ¿No se empapa uno cuando llueve? ¿No se pasa por el tumulto y el griterío y las otras molestias? Yo más bien creo que soportáis y aceptáis todo eso contraponiendo a ello el valor del espectáculo». También visitó Atenas, según una noticia de Filóstrato,7 y cuando menciona el Liceo, la «roca» (el promontorio de la Acrópolis) o los entretenimientos de Atenas, está hablando de algo que conoce en primera persona.
Las fechas de su nacimiento y muerte no son muy precisas, pero los estudiosos concuerdan en que debió de nacer en torno al 50-55 d. C., y por las fuentes antiguas sabemos que fue en la ciudad frigia de Hierápolis, hoy Pamukkale. Su nombre, Epicteto, testimoniado en su forma femenina en una inscripción, es poco frecuente, y por eso se ha prestado a distintas interpretaciones: hay quien sostiene (C. Martha) que significa «añadido, comprado», como si, por su condición de esclavo, no tuviera ni siquiera nombre, y quien afirma (T. Colardeau) que, según una costumbre conocida, su nombre le viene de la región de la que era originario, la Frigia Epicteto («Frigia añadida»); sea cual sea su significado, la cuestión no arroja luz sobre la vida o la obra de nuestro filósofo. Su muerte parece que tuvo lugar en torno al 120 (según Oldfather) o al 130 (en opinión de Schenkl).
Los datos de su vida que menciona con más frecuencia se refieren a su época como esclavo, que fue con toda probabilidad la que más marcó su existencia. Las situaciones en las que se vio Epicteto, personalmente o como observador, no fueron gratas, como la del esclavo que, en la tesitura de presentar el orinal o no, ha de elegir entre conservar su dignidad, recibir golpes y no recibir comida o, por el contrario, pasar por la humillación y comer.8
Habla también del valor y del desprecio de los bienes de fortuna con que actúan los esclavos fugitivos, que abandonan a sus amos sin disponer de riquezas, campos o sirvientes que les sirvan de apoyo; en busca de lo que consideran un bien superior, se enfrentan sin miedo a las circunstancias que les depare el azar:
¿No te da vergüenza ser más cobarde e innoble que los esclavos fugitivos? ¿Cómo abandonan aquellos a sus amos al huir? ¿En qué campos confían, en qué sirvientes? ¿Verdad que, tras sustraer un poco, justo para los primeros días, luego ya andan de un lado a otro por tierra y por mar apañándose un recurso después de otro para alimentarse? ¿Y qué esclavo fugitivo ha muerto de hambre hasta la fecha?
Y en el capítulo de título «Sobre la libertad» (iv, i) presenta la otra cara de esa ansia de libertad del esclavo, que le hace idealizar su futuro como hombre libre:
El esclavo al punto pide ser manumitido. ¿Por qué? ¿Os parece que tiene ganas de dar dinero a los cobradores de la vigésima?9 No, sino que se imagina que ha sufrido trabas y vivido con dificultades por no haber alcanzado eso hasta ahora. «Si soy manumitido —dice—, al punto será todo placidez, no haré caso a nadie, hablaré con todos como igual y semejante, iré por donde quiera, vendré de donde quiera y a donde quiera».
Aunque Epicteto ya sabe —los años enseñan mucho— que las dificultades de la existencia tal vez le empujen al camino de otros géneros de esclavitudes.
Nos habla de su amo Epafrodito —quizá no el único que tuvo, pero sí el único cuyo nombre nos ha llegado—, secretario de Nerón, un liberto que se granjeó la confianza del emperador cuando le desveló la conspiración tramada por Pisón, en pago de lo cual Epafrodito pasó a ocupar una posición mucho más próxima a Nerón, hasta el punto de que fue quien le acompañó en el año 68 cuando abandonó Roma y quien le asistió en su suicidio.
Epafrodito tenía poco de filósofo, por las anécdotas que nos cuenta sobre él, y Epicteto le achaca el error moral del que precisamente pretende apartar a sus discípulos: tomar por asunto propio lo que no dependía de él, grave error de juicio que está en el origen de la frustración y de pasiones como la tristeza o la ira y, en general, de la pérdida de la ataraxia («imperturbabilidad»), la virtud más apreciada por el estoicismo.
En una ocasión Epafrodito cambia de parecer respecto a un esclavo que vendió por inútil, Felición, pues, cuando este llega a ser zapatero del emperador, Epafrodito pasa a saludarle con zalemas: «¿Cómo le va al buen Felición? ¡Mis saludos!». Y si alguien preguntaba por el amo, se le había de responder: «Está tratando cierto asunto con Felición» (I, XIX 17-22).
Para Epafrodito, acostumbrado al bienestar económico de los cesarianos, la riqueza era un bien indispensable, de modo que cuando un individuo lloraba cogido a sus rodillas diciendo que estaba en la miseria porque «no le quedaba nada más que un millón y medio» —de sextercios, se entiende—, Epafrodito, comprensivo, lo consolaba: «¡Pobre! ¿Cómo te lo callabas, cómo lo soportabas?», provocando con su salida la hilaridad de los jóvenes oyentes de Epicteto.10
Con todo, Epafrodito permitió a Epicteto asistir a las lecciones de Musonio Rufo, tal vez considerando sus condiciones personales —salud precaria y mente despierta—, que le podían hacer apto para la educación de los niños de la casa, y más adelante le concedió la libertad.
«La filosofía consiste en ocuparse de la perfecta honestidad y nada más».
MUSONIO, Disertaciones, IV 19, 10
Musonio, al que Epicteto llama siempre «Rufo», era el más señalado de los maestros estoicos de la época; nacido en Etruria, en la ciudad de Volsinii, pertenecía al orden ecuestre y era un romano clásico, de los que apreciaban la pureza ética y la antigua severidad de costumbres; seguramente esa fue la razón de que lo atrajera, a él como a tantos otros miembros de las clases dirigentes romanas, la rigurosa moral estoica.
No fue ajeno a la política, sino todo lo contrario, pues se movió en los círculos simpatizantes del estoicismo que criticaban los abusos del poder, especialmente frente al Nerón más tiránico. Los historiadores nos cuentan cómo sostuvo sus convicciones aun a riesgo de sufrir represalias, y que este riesgo se hizo realidad más de una vez, pues por tres veces vivió la experiencia del destierro. Una, en el año 60, cuando quiso acompañar a Rubelio Plauto en su destierro a Asia Menor; ese comportamiento fue precisamente lo que le granjeó muchos seguidores cuando volvió a Roma, donde persistió en su postura de no dejarse arrebatar el derecho a ejercer la crítica. Por segunda vez fue desterrado por orden de Nerón, esta vez a la inhóspita isla de Gíaros —sin puerto y con escasez de agua—, por haber participado en la conjura de Pisón. También esta vez pudo regresar a la Urbe, ya en tiempos de Galba, para ser, de nuevo y por tercera vez, desterrado por Vespasiano. También esta vez pudo regresar siendo emperador Tito, con el que mantenía lazos de amistad. De su postura de entereza frente al destierro da fe también uno de los fragmentos que se le atribuyen,11 y le vemos apoyar sus argumentos y su actitud vital con el verso de Eurípides «para el hombre noble toda la tierra es su patria».12
Su energía y su firmeza tuvieron que impresionar a Epicteto, que muchas veces se refiere al destierro, igual que lo había hecho su maestro, no como una desdicha insuperable, sino como algo que hay que afrontar sin miedos.
No todas sus intervenciones políticas fueron igual de acertadas, pues, con ocasión de un intento de asalto a Roma en los últimos días de Vitelio, Musonio se mezcló con los legados y se dedicó a andar por entre los soldados predicando los beneficios de la paz. No era el mejor momento para esas exhortaciones, y cuenta Tácito13 que «no faltaban quienes lo hubiesen echado a empujones o magullado a puntapiés, si ante las advertencias de los más considerados y las amenazas de otros no hubiera cesado en su erudición intempestiva».
Epicteto aprendió de Musonio que la lógica como fundamento teórico de la ética es indispensable, pues este último sostenía que para alcanzar la virtud es indispensable contar con ese conocimiento. Pero para Musonio no bastaba el estudio teórico o conservar en la memoria las normas aprendidas. Para él lo verdaderamente importante era poner en práctica lo que se estudiaba y aprendía. Seguía también en esto la tradición romana de volcarse más a los aspectos prácticos que a los teóricos, y la filosofía le interesaba fundamentalmente, como dice Pohlenz, para disponer de una justificación teórica y un fundamento firme para su visión del mundo.14 Siendo esa su posición, de las tres partes de la filosofía poco le interesaba la física, la lógica solo —o casi solo— a título de instrumento, y su interés se centraba sobre todo en la ética. Ese estilo de poner el acento en los aspectos prácticos lo vemos, por ejemplo, cuando compara la virtud con la medicina y la música, conocimientos eminentemente prácticos.
Su ideal de felicidad fue social y político más que de tendencia personalista, y en Epicteto encontramos ecos de esta enseñanza, aunque la idea no es debida a Musonio, que en esto fue heredero de la tradición de su secta. Porque para el estoicismo el hombre solo puede existir dentro de la comunidad; ese es otro elemento común a Musonio y Epicteto: la idea de la sociabilidad natural del ser humano. Para afirmarlo, Musonio recurre a una de las comparaciones que tanto agradaban a la Estoa como recurso —retórico, didáctico y argumental—: la naturaleza humana es semejante a la de la abeja, que no puede vivir sola, pues si se queda sola perece; la maldad del hombre consiste en la injusticia y el salvajismo, y la virtud, en la filantropía, la bondad y la justicia y el beneficiar y preocuparse del prójimo. De ahí extraen Musonio y, siguiéndole, Epicteto consecuencias básicas para la vida moral: «El hombre que destruye un matrimonio destruye una familia, destruye una ciudad, destruye a todo el género humano», dice Musonio,15 y Epicteto entiende como característica de la forma de vida del filósofo el atender a los deberes sociales: «Observar los comportamientos naturales e impuestos de hijo, de padre, de hermano, de ciudadano, de hombre, de mujer, de vecino, de compañero de viaje, de gobernante, de gobernado».
Parece que Musonio no escribió nada, pero se nos conservan fragmentos relativamente extensos16 que recogió Juan Estobeo, en los que se habla de Musonio siempre en tercera persona. Otros fragmentos más breves y algunas anécdotas aparecen en las Lecciones de Epicteto; un último grupo de fragmentos, más breves, parece proceder de una colección de dichos y hechos memorables.
La rectitud moral que se desprende de los escritos que recogen el pensamiento de Musonio y las noticias sobre la nobleza de sus actitudes personales explican su influencia sobre las posiciones de Epicteto, e hicieron que fuera muy apreciado en los primeros siglos después de su muerte.
«¿Para esto dejaste tu tierra? [...] ¿Y por esa causa dejaste hermano, patria, amigos, a los de casa, para volver después de aprender eso? ¿No dejaste tu tierra para encontrar el equilibrio y la imperturbabilidad y para […] no hacer ya reproches a nadie, no reclamar a nadie, no ser ofendido por nadie y así salvaguardar tus relaciones sin obstáculos?».
III, XXIV 9
Epicteto debió de abrir su propia escuela no mucho después de dar por concluido su aprendizaje con Musonio, y probablemente se destacó pronto como filósofo, porque, al decretar Domiciano la expulsión de Roma de filósofos, matemáticos17 y astrólogos, probablemente a principios de la década de los noventa, se vio afectado por la medida y tuvo que abandonar la ciudad. Fue a establecerse a Nicópolis, hoy solo ruinas de interés arqueológico cerca de Préveza, en el Epiro. Pero entonces era una ciudad joven, próspera y floreciente, fundada a la entrada del golfo de Ambracia por Augusto hacía poco más de un siglo para conmemorar la victoria naval de Actium (31 a. C.). De ahí su nombre de «Ciudad de la Victoria», que es lo que significa Nicópolis, y su localización, en la zona donde estuvo acampado la víspera de la batalla. Su situación era buena en el sentido de que tenía buena comunicación con Italia y era uno de los puertos más frecuentados en el camino entre Italia y Oriente.
Por eso, además de los jóvenes discípulos que pretendían completar su formación siguiendo las enseñanzas de un filósofo, encontramos que también visitan su escuela personajes pertenecientes a las clases elevadas, hombres adultos en pleno desarrollo de sus carreras profesionales: un ciudadano que acude a oírle cuando pasa por Nicópolis en su viaje de regreso del exilio (I, X); el «romano con su hijo» que estuvo escuchando una lección (II, XIV); un orador que iba a Roma por un pleito (III, IX): y también otros personajes que parecen pertenecer a ambientes más próximos a Nicópolis: un hombre de letras sorprendido en adulterio (II, IV); un visitante a quien Epicteto no había querido responder y que insiste en esperar una frase del maestro (II, XXIV); el magistrado epicúreo de III, VII…
Los jóvenes que integraban el grueso del alumnado de Epicteto eran generalmente muchachos de unos veinte años, pertenecientes a familias de clase social elevada y bien acomodada económicamente; vivían de lo que les mandaban de casa, aunque a veces los envíos les parecieran escasos;18 sus expectativas para el futuro pasaban por vivir del producto de las fincas familiares y seguir una carrera política que les permitiera destacar en sociedad. Contaban también con vivir en buenas casas, vistiendo con elegancia y siendo atendidos por esclavos que les evitaran los trabajos físicos, lo que les permitiría pasar la mañana en alguna basílica tratando de asuntos de negocios o en las termas, de charla con otros de su misma clase social, siendo atendidos por masajistas, y acudir a banquetes y espectáculos.
Las lecciones de Epicteto se organizaban fundamentalmente en torno a lecturas de pasajes de los maestros de la Estoa antigua: Zenón, Cleantes, Crisipo, aunque se ha sugerido que quizá no eran obras completas lo que se leía, sino que podría ser que recurriera a alguna colección de textos seleccionados. Utiliza también textos de Homero, Platón y Jenofonte —de estos dos últimos, sobre todo textos relativos al juicio, condena y muerte de Sócrates—; a veces, versos de los poetas trágicos, Sófocles y sobre todo Eurípides, casi siempre para ejemplificar algún punto de lo que se está comentando. También es probable que en algunas ocasiones utilizara textos de Epicuro y los académicos y epicúreos para proceder a su refutación; seguramente también se llevaran a cabo a veces ejercicios de lógica, quizá guiados por los alumnos más adelantados.
Aunque las lecciones consistieran sobre todo en lecturas o explicaciones de conceptos fundamentales en la filosofía de la escuela, no parece probable que el objetivo fuera ofrecer una exposición completa y ordenada de la filosofía estoica, sino más bien poner de relieve aquellos puntos que atraían de modo más característico los intereses del maestro, es decir, las cuestiones morales, que desarrollaba, bien desde el punto de vista teórico, bien examinando cuestiones de detalle tomadas de la vida real o del amplio acervo que ofrecían los relatos mitológicos.
Entre las actividades habituales de la enseñanza se contaba también la de encargar a los discípulos preparar una explicación o comentario sobre las materias objeto de estudio, escritos que después leían a sus compañeros. En esta tarea era práctica común que los alumnos más aventajados guiaran a los más novatos, pero esta misión no siempre era llevada a cabo con el cuidado necesario, y alguna vez encontramos a Epicteto reprendiendo severamente a un alumno de formación avanzada por haber encargado a su compañero menos experto un tema demasiado difícil para un novato (I, XXVI 13).
Tales tareas solían prepararse por escrito y debían servir al tiempo como ejercicio filosófico y retórico; los discípulos se complacían en la calidad de sus escritos y en las alabanzas que les llegaban por ello, pues ese era un modo de asomarse a lo que harían más adelante, cuando desarrollaran sus carreras políticas, basadas en buena medida en la praxis, pero también en las habilidades retóricas. Epicteto simula con gracia una de esas conversaciones entre muchachos: «¿Quieres que te lo lea, hermano, y tú a mí?», «¡Escribes estupendamente, hombre!», y «¡Tú magníficamente, en el estilo de Jenofonte!», «¡Tú en el de Platón!», «¡Tú en el de Antístenes!». La intención de Epicteto no era tanto la de afearles esa punta de presunción como la de recriminarles que en su estudio de la filosofía se quedaran en las palabras sin acercarse a la práctica de los comportamientos esperables en quien conoce la filosofía.
Pero aunque la Estoa proponía a sus seguidores la práctica cotidiana de la reflexión y conservar el fruto de esas meditaciones por escrito, y a pesar de que los alumnos escribieran y leyeran sus ejercicios ante sus compañeros, Epicteto insiste en considerar secundaria la letra escrita y responde duramente al alumno que se queja del poco aprecio que el maestro expresa por su tarea:
—Pero no te he leído mi tarea, ni sabes qué estoy haciendo.
—¿En qué? ¿En palabrejas? Guárdate tus palabrejas. Muéstrame cómo estás en deseos y aversiones; si no echas a perder lo que quieres; si no caes en lo que no quieres. Y esos párrafos, si tienes sentido común, un día los cogerás y los borrarás.19
Podría parecernos desprecio o falta de tacto para con su discípulo, pero en realidad Epicteto seguía en esto una tradición griega de rechazo y desconfianza frente a la palabra escrita, tradición encarnada en el modelo práctico de Sócrates, el gran maestro que nunca escribió, y expuesta por primera vez en el Fedro platónico.20 A los efectos de lo que ahora nos interesa, esa repercusión se manifiesta en el hecho de que ni Musonio ni Epicteto escribieron y en la inclinación de ambos a valorar la práctica muy por encima de la teoría.
Ya había dicho Aristóteles que «las virtudes las adquirimos poniéndolas primero por obra, igual que ocurre en las demás artes, pues las cosas que para hacerlas hay que haberlas aprendido, antes las aprendemos haciéndolas, igual que se llega a constructor de casas construyendo casas y a citarista tocando la cítara»:21 al comparar la virtud con un arte (téchne), está dando por sentado que es una actividad que puede enseñarse y aprenderse y en la que se puede llegar a ser experto. Esa misma idea, aunque probablemente no hayamos de pensar que proceda directamente de la enseñanza aristotélica, es la que encontramos en Epicteto: sus discípulos, que llegan buscando una vida virtuosa de serenidad e imperturbabilidad, pueden alcanzarla si, tras haber aprendido la teoría y cómo aplicarla en casos prácticos, que es lo que Epicteto procurará enseñarles, aprenden también a resolver las situaciones que les presente la vida como habrían resuelto los ejemplos en la escuela.
«Es que ahora yo soy vuestro educador y vosotros ahora os educáis conmigo. Y yo tengo este proyecto: haceros libres de trabas, incoercibles, sin impedimentos, libres, venturosos, felices, con la vista puesta en la divinidad para todo, lo pequeño como lo grande; y vosotros estáis aquí para aprender y ejercitaros en ello.
¿Queréis que empecemos de una vez a ocuparnos de este proyecto? Dejemos lo que pasó hasta ahora. Simplemente, empecemos; creedme y veréis».
II, XIX 29, 34
Epicteto era más un moralista que un filósofo, y había abandonado el enfoque teórico de la Estoa antigua; no estaba interesado en elaborar un sistema coherente que pudiera sustituir a las formas de pensamiento anteriores: los hallazgos de los grandes maestros gozaban de plena validez, y Epicteto no se propone superarlos; siempre en la consideración de que lo fundamental de la filosofía es servir de guía para que el ser humano alcance la libertad y la felicidad, concentró la parte de la doctrina que consideraba esencial y le dio forma en un sencillo sistema propio.
La claridad y la sencillez de la enseñanza del maestro sin duda era un elemento especialmente valorado por quienes se acercaban a escucharle y es algo que todavía hoy hace que nos sintamos atraídos por sus palabras. A ello contribuye el hecho de que los elementos teóricos de la enseñanza de Epicteto son claros, no muy numerosos, y pueden resumirse en poco espacio; para cuando Arriano lo conoció, su sistema ya estaba muy asentado.22
De las tres partes canónicas de la filosofía, física, lógica y ética, Epicteto no se sentía en absoluto interesado por las cuestiones físicas o naturales, que apenas menciona, y por la lógica solo en cuanto que instrumento. A sus discípulos les enseña que no se trata de conocer la terminología de la lógica y poder discutir sobre la validez de estos o aquellos argumentos o silogismos, sino que la lógica es necesaria, porque necesitamos criterios de veracidad, pero donde probamos nuestra calidad como seres humanos es en la vida, en el contraste con la realidad.
Profundamente religioso, Epicteto hace hincapié en que el hombre es una chispa divina, tiene en sí algo de la divinidad y está emparentado con ella; generalmente no habla de «dioses», sino de «dios», y no es raro que a ese dios lo llame Zeus. La divinidad es providente para con el mundo que creó y también para con cada uno de los seres humanos. Dios nos hizo venir al mundo con capacidad de formarnos y utilizar representaciones (phantasíai) sobre la realidad que nos rodea, y las representaciones pueden hacer nacer en nosotros el deseo (órexis) o la aversión (ékklisis), el impulso (hormé) o la repulsión (aphormé), y desde el punto de vista intelectual pueden producir el asentimiento (tò synkatathésthai), la negación (tò ananeûsai) o la suspensión del juicio (epoché).
Por eso el objetivo de la filosofía consiste en enseñar a los hombres a hacer un uso correcto de las representaciones de modo que gestionemos nuestros deseos, impulsos y asertos intelectuales de manera adecuada, utilizando para ello la razón (lógos) y el albedrío (proaíresis).23 El albedrío es nuestra íntima capacidad de elección, sobre la que nadie puede actuar y, por tanto, de la que somos responsables únicos, y es por naturaleza «libre de impedimentos, incoercible y libre de trabas».24 Es tan peculiar de lo humano y la calidad de nuestra humanidad se señala tanto por la de nuestro albedrío que este es el que representa a nuestro ser interior. Así le dice Epicteto a un joven demasiado preocupado por su aspecto exterior: «[…] no eres carne y pelo, sino albedrío. Si tu albedrío es bello, entonces serás bello».25
El albedrío tiene como función la de poner a prueba las opiniones (dógmata) y es también lo que acepta o no acepta las representaciones. Como el uso adecuado de las representaciones es la función natural del ser humano en el mundo, acertar o fallar en ese punto es fundamental, es lo que nos conduce a la imperturbabilidad y la felicidad y, sobre todo, eso es lo que nos puede procurar la filosofía, que nos enseña a razonar y nos hace distinguir entre los bienes aparentes (los que gran parte de la sociedad reconoce como tales: salud, riquezas, posición social...) y el bien verdadero (actuar de acuerdo con el bien del albedrío al sentir deseos o aversiones, al experimentar impulsos o repulsiones y al aceptar o negar racionalmente).
Puesto que proceden de actos del albedrío, el deseo, el impulso, el asentimiento y sus contrarios dependen de nosotros; de hecho, son lo único que depende de nosotros, todo lo demás es ajeno. Si aprendemos a enfocarnos en lo que de verdad está en nuestro poder, lo que «depende de nosotros», y a dejar ir todo lo que no, estaremos libres de trabas y angustias y tendremos abierto el camino de la serenidad: el uso correcto de las representaciones es lo que nos permite mantener nuestra autonomía frente al mundo externo. Por el contrario, si nos volcamos a lo que no depende de nosotros y ponemos en ello nuestros deseos e impulsos, estamos abriendo la puerta a fracasos, contrariedades y preocupaciones.
En abstracto y aplicando un modo de pensamiento racionalista, se dice que el hombre tiende naturalmente al bien y que naturalmente rechaza el mal, pero en la realidad el bien y el mal no siempre son aquello que los sentidos nos presentan como tales, y nuestras representaciones no siempre son acertadas; de ahí las diferencias de costumbres entre las diversas razas y las peleas entre los hombres. Los mitos nos ofrecen abundantes ejemplos de las desgracias que acarrea el uso erróneo de las representaciones, el no saber distinguir los verdaderos bienes y el confundir lo que depende de nosotros y lo que no: disputas entre hermanos, como les ocurrió a Eteocles y Polinices, o entre aliados, como ocurrió entre Agamenón y Aquiles, crímenes como el de Medea, ofuscada por su pasión…
Al enfocar nuestro deseo o nuestra acción en lo que no depende de nosotros, sea la riqueza, la fama, la salud o la posición social, no solo echamos a perder la felicidad, sino que nos hacemos esclavos de las cosas y de quienes pueden procurárnoslas. La tarea del filósofo es, por tanto, armonizar su voluntad con los sucesos y, de hacerlo así, resultará el no vernos frustrados en nuestros deseos, no ir a dar en el objeto de nuestra aversión y, así, poder pasar la vida «sin tristezas, sin miedos, sin perturbaciones…, observando los comportamientos naturales e impuestos de hijo, de padre, de hermano, de ciudadano, de hombre, de mujer, de vecino, de compañero de viaje, de gobernante, de gobernado».26
En consonancia con ese punto de vista, los personajes que Epicteto nos presenta como modélicos son ciertos filósofos, como son los casos de Sócrates y Diógenes27 y los nobles romanos simpatizantes del estoicismo, defensores de la libertad frente a los excesos del poder imperial: los Prisco Helvidio, Barea Sorano, Plautio Laterano, Trásea Peto…, que demostraron con su vida y sus decisiones qué era la integridad y qué era mantener el propio albedrío «libre de impedimentos, incoercible y libre de trabas», aunque hubieron de pagar la defensa de sus convicciones con el destierro y la muerte.
Alcanzar el grado de serenidad que demostraron esos personajes ejemplares no es fácil, y requiere mucha práctica:
[…] ya que tener un deseo infalible y un rechazo libre de eventualidades no es posible sin un ejercicio abundante y continuo, sábete que si les permites que se desvíen hacia afuera, hacia lo que no depende del albedrío, no tendrás ni un deseo que logre su fin ni un rechazo libre de eventualidades. Y puesto que la costumbre nos precede con firmeza, acostumbrados a usar del deseo y la aversión solo en eso28 es preciso oponer a esta costumbre la costumbre contraria y, en donde haya grandes deslices de las representaciones, allí oponer el ejercicio.29
De ese modo el premio que conseguirá quien atienda a las exhortaciones de la filosofía y se ejercite será el de entrar en la categoría de «el que progresa» (ho prokópton), que, aunque aún no disfruta de una vida feliz, la alcanzará cuando las acciones en que se ejercita se hagan habituales en él. Epicteto anima más de una vez a sus discípulos a entrar en el sendero del progreso, como en el capítulo I, IV, «Sobre el progreso», o en III, II, «En qué ha de ejercitarse el que progresa y que descuidamos lo más importante», o la «Miscelánea», de III, VI.
Las exhortaciones de Epicteto van frecuentemente acompañadas de ejemplos que impresionan, seguramente más que la mayor parte de sus teorías, y ya hemos hablado de los modelos positivos, encarnados en los filósofos, y de los negativos, representados fundamentalmente por los personajes del mito. Pero queda otro elemento característico de las comparaciones con que Epicteto ilustra sus explicaciones, y son los niños, cuyos errores son muy parecidos a los de los adultos.
A veces ilustra así la falta de perseverancia de quien afirma querer aprender de la filosofía, sin percatarse de que el asunto requiere reflexión previa: «Si no, mira que te portarás como los niños, que tan pronto juegan a los atletas como a los gladiadores, como a tocar la trompeta, como a representar cualquier cosa que vean y les admire. Pues tú, igual: tan pronto atleta como gladiador, luego filósofo, luego orador, pero nada con toda tu alma».30
Los niños sirven de ejemplo de la baja resistencia a la frustración: «¡Cuándo volveré a ver Atenas y la Acrópolis!» —se supone que dice un joven discípulo que ha abandonado su tierra—.
—Desdichado, ¿no te basta lo que ves a diario? ¿Tienes algo mejor o mayor que ver que el sol, la luna, las estrellas, toda la tierra, el mar?[...] ¿Te sentarás a llorar como los niños? Entonces, ¿qué hacías en la escuela?[...] ¿Qué tienes que ver tú con ese asunto en el que participó Sócrates, que murió así, que vivió así? ¿Y en el que participó Diógenes? ¿Te imaginas a uno de ellos llorando o enfureciéndose porque no va a ver a Fulano ni a Fulana y porque no va a estar en Atenas o en Corinto, sino, si se tercia, en Susa o Ecbatana?… ¿No queréis ya ser destetados, como los niños, y tomar alimento más sólido y no llorar por mamás ni nodrizas?31
Y a veces, como los adultos, se afanan por cosas indiferentes:
[…] ¿por qué seguir empujando? Alguien tira higos secos y nueces: los niños los cogen y se pelean entre sí. Los hombres no, porque lo consideran poca cosa. Y si alguien tira tejuelos, ni los niños los cogen. Se reparten prefecturas: los niños verán. Dinero: los niños verán. Preturas, consulado: que lo cojan los niños […]. Para mí son higos secos con nueces. ¿Y qué, si al tirarlos aquel por azar te vienen al regazo unos higos secos? Los cojo y me los como. Hasta ese punto sí se puede apreciar un higo. Pero agacharme y tirar a otro o que otro me tire y hacer la rosca a los que lo lanzan, no lo vale ni un higo ni ningún otro de los bienes respecto a los cuales los filósofos me han convencido de no creer que son bienes.32
Los errores de los niños son comprensibles, y lo que les diríamos a ellos a veces también nos serviría de guía a nosotros: «Eso les pasa a los niños que meten la mano en un cacharro de cuello estrecho para sacar higos con nueces: si se llenan la mano, no pueden sacarla y luego lloran: “Suelta un poco y la sacarás”. Y tú igual: suelta el deseo; no desees mucho y lo obtendrás».33
Y para tratar con los ignorantes o equivocados no hacen falta las palabras ásperas; es que son como niños:
Entonces, ¿qué? ¿Hay que decirle eso al vulgo? ¿Para qué?[...] Porque a los niños, cuando vienen dando palmas y diciendo: «¡Qué bien! ¡Hoy, las Saturnales!», ¿acaso les decimos: «Nada de “¡Qué bien!”»? De ninguna manera, sino que también nosotros nos ponemos a dar palmas. Así que tú también, cuando no puedas hacer cambiar de opinión a uno, piensa que es un niño y da palmas con él. Y si no quieres hacerlo, entonces cállate.34
La comprensión de Epicteto para con el ser humano aparece en esos ejemplos, y en un punto en el que combina la tradición del racionalismo moral predicado por Sócrates, que sostenía que solo se obra el mal por ignorancia, con la humanidad y la filantropía del propio protagonista: «Cuando alguien asiente a lo falso, sábete que no quería asentir a lo falso —pues toda alma se ve privada de la verdad contra su voluntad, como dice Platón— sino que la mentira le pareció verdad»;35 y se da repetidamente a lo largo de la obra que Epicteto recomiende que no hay que enfurecerse con quienes se equivocan, que no hay que irritarse con los hombres, sino que hay que ser comprensivo con ellos:
—Entonces, ¿no habría que matar al ladrón este y al adúltero aquel?
De ningún modo, que eso viene a ser más bien: «A ese que anda perdido y equivocado sobre lo más importante, y ciego no de la vista, que distingue lo blanco de lo negro, sino del entendimiento, que distingue los bienes y los males, ¿no hay que matarlo?». Si llegas a decirlo así, te darás cuenta de cuán inhumano es lo que dices y de que es parecido a aquello de «¿A ese ciego no hay que matarlo, ni al sordo?». Pues si el mayor daño es el de lo más importante, y lo más importante en cada caso es un albedrío como se debe, y alguien está privado de ello, ¿por qué te sigues enfadando con él? Hombre, si es preciso que, contra naturaleza, te afecten las desdichas ajenas, mejor que odiarle, compadécele. Deja ese talante agresivo y lleno de odio.36
*
La postura ética que Epicteto nos propone, unida al modelo que nos ofrece con su propia vida, gozó de inmediato de buena acogida, como testimoniaron primero la circulación espontánea de las Lecciones desde el momento de su composición por Arriano y algo más adelante la influencia ejercida por Epicteto sobre Marco Aurelio, que lo cita en las Meditaciones una docena de veces, tantas como a Sócrates.
El afecto que Epicteto muestra para con sus semejantes es fruto de un sentimiento de simpatía hacia la natural fragilidad y debilidad humanas y esta emotividad contrasta, aunque Epicteto la presente reforzada con argumentos filosóficos, con el pensamiento de otro gran estoico, el emperador Marco Aurelio, en quien parece más bien muestra de inquietud racional y más próxima a una posición de filantropía política: «“He hecho algo en favor de la comunidad; por tanto, he salido beneficiado”. Que eso te salga siempre al encuentro y lo tengas a mano y no pares de hacerlo en ningún momento».37
*
La presente traducción ha sido realizada sobre el texto griego preparado por Pablo Jordán de Urríes para la colección Alma Mater, del CSIC.
En la bibliografía he incluido trabajos recientes junto a otros cuyo interés persiste a pesar de los años transcurridos desde su publicación, y confío en que sea de utilidad a los interesados en la figura y el pensamiento de Epicteto y el camino a la felicidad que nos propone.
PALOMA ORTIZ GARCÍA
Ni redacté yo los discursos de Epicteto como cualquiera hubiera podido redactar notas de ese tipo ni fui yo, que afirmo no haberlos redactado, quien los dio al público, sino que cuanto le oí decir intenté transcribirlo con las mismas palabras en la medida de lo posible, con el fin de conservar para mí mismo en lo futuro memoria del pensamiento y la franqueza de aquel. Por tanto, estas notas son, como es natural, del estilo de lo que uno podría decir a otro, movido por la espontaneidad y no como uno lo hubiera redactado para que más adelante otros lo leyeran. Siendo así, no comprendo cómo fueron a parar a manos del público contra mi voluntad y sin mi conocimiento.
Por lo que a mí toca, no tiene gran importancia si parezco torpe al escribir, y para Epicteto no tiene ninguna el que alguien desprecie sus discursos, puesto que era evidente que al pronunciarlos no deseaba cosa alguna que no fuera mover hacia lo mejor los ánimos de sus oyentes. Si estos discursos consiguieran al menos eso, tendrían, creo, lo que han de tener los discursos de los filósofos. Si no, sepan al menos quienes los lean que, cada vez que él los pronunciaba, quienes le oían experimentaban por fuerza justamente lo que él quería que experimentaran. Pero si estos discursos no lo consiguen por sí mismos, quizá sea culpa mía, quizá sea forzoso que así ocurra.
Que sigas bien.
Entre las restantes facultades no hallaréis ninguna que especule sobre sí misma ni tampoco, por tanto, ninguna que sea capaz de aprobarse o reprobarse a sí misma. ¿Hasta qué punto alcanza la gramática lo especulativo? Hasta el de conocer las letras. ¿Y la música? Hasta el de conocer la melodía. ¿Alguna de ellas especula sobre sí misma? De ninguna manera. Sino que, si escribes a un amigo, la gramática te dirá que necesitas tales letras; pero la gramática no te dirá si has de escribir o no has de escribir al amigo. Y lo mismo la música respecto a las melodías: no te dirá si ahora debes cantar y tocar la cítara o que ni cantes ni toques la cítara.
Entonces, ¿cuál lo dirá? La que se estudia a sí misma y a todo lo demás. ¿Cuál es? La facultad racional. Pues solo ella nos ha sido entregada como capaz de reflexionar sobre sí misma y sobre qué es, sobre cuál es su capacidad, sobre a qué grado de valía ha llegado, y sobre las demás ciencias. ¿Qué otra cosa es la que dice que el oro es bello? Porque el propio oro no lo dice. Es evidente que quien lo dice es la capacidad de servirnos de las representaciones. ¿Qué otra cosa es la que juzga la música, la gramática, las otras facultades, poniendo a prueba sus usos y señalando las oportunidades que les son favorables? Ninguna otra.
Por consiguiente, y como procedía, los dioses hicieron que dependiese solo de nosotros lo más poderoso de todo y lo que dominaba lo demás: el uso correcto de las representaciones; mientras que lo demás no depende de nosotros. ¿Es que no querían? A mí me parece que, si hubieran podido, nos habrían confiado también las otras cosas; pero no podían de ningún modo. Y es que, estando sobre la tierra y atados a un cuerpo como este y con unos compañeros como estos, ¿cómo sería posible que lo exterior no nos pusiera impedimentos respecto a eso?
Pero, ¿qué dice Zeus? «Epicteto, si hubiera sido posible, hubiera hecho tu cuerpecito y tu haciendita libres y sin trabas. Pero, en realidad, no lo olvides, no es tuyo: es barro hábilmente amasado y puesto que no pude hacer aquello, te di una parte de nosotros mismos, la capacidad de impulso y repulsión, de deseo y de aversión, y, en pocas palabras, la de servirte de las representaciones; si te ocupas de ella y cifras en ella tu bien, nunca hallarás impedimentos ni tropezarás con trabas, ni te angustiarás, ni harás reproches ni adularás a nadie. ¿Qué? ¿No te seguirá pareciendo poca cosa?».
—¡Desde luego que no!
—¿Te basta con eso?
—Así se lo pido a los dioses.
Pero, en vez de eso, aun pudiendo preocuparnos de un solo objeto y dedicarnos solo a él, preferimos preocuparnos de muchos y encadenarnos a muchos: al cuerpo, a la hacienda, al hermano, al amigo, al hijo y al esclavo. Así, por estar encadenados a muchos objetos, nos vemos oprimidos y arrastrados por ellos. Por eso, si la navegación es imposible, nerviosos nos sentamos y estamos pendientes continuamente. «¿Qué viento sopla?». «Del norte». «¡Ese, qué nos importa!». «¿Cuándo soplará el céfiro?». Cuando le apetezca, amigo, a él o a Eolo. La divinidad no te hizo a ti administrador de los vientos, sino a Eolo. Entonces, ¿qué? Hemos de organizar lo mejor posible lo que depende de nosotros y servirnos de las demás cosas tal como vienen. ¿Y cómo vienen? Como la divinidad quiera.
—«¿Solo a mí han de cortarme ahora el cuello?».
—¿Qué? ¿Pretendías que cortasen el cuello a todos para que tú te consolaras? ¿No quieres presentar el cuello como hizo en Roma aquel Laterano2 a quien Nerón mandó decapitar? Presentó la cabeza, recibió el hachazo y, como el golpe había sido débil, se retiró un poco y la volvió a presentar. Ya un poco antes Epafrodito, el liberto de Nerón, había ido a verle y a preguntarle por la razón de la desavenencia, y le había contestado: «Si quiero algo, se lo diré a tu amo».
¿Qué hay que tener a mano en semejantes circunstancias? ¿Qué otra cosa sino saber qué es lo mío y qué no es lo mío, y qué me está permitido y qué no me está permitido?
He de morir. ¿Acaso ha de ser gimiendo? Ser llevado a prisión. ¿Acaso ha de ser lamentándome? Ser exiliado. ¿Habrá quien me impida hacerlo riendo, de buen humor y tranquilo?
—«Dime lo que no debes decir». No lo diré, porque eso depende de mí. «Pues te encadenaré». ¿Qué dices, hombre? ¿A mí? Encadenarás mi pierna, pero mi albedrío ni el propio Zeus puede vencerlo. «Te meteré en la cárcel». A mi cuerpecito, será. «Te decapitaré». Pero ¿te he dicho yo que mi cuello sea el único imposible de cortar? Sobre eso convendría que reflexionaran los que filosofan; sobre eso habrían de escribir a diario; en eso tendrían que ejercitarse.
Trásea3 acostumbraba decir: «Prefiero verme hoy muerto que mañana en el exilio». Y ¿qué le respondió Rufo? «Si lo eliges por ser más penoso, ¡qué locura de elección! Si por más leve, ¿quién te ha dado a elegir? ¿No quieres ejercitarte en que te baste con lo que te ha sido dado?».
¿Qué decía Agripino4 también en ese sentido? «No quiero ser un impedimento para mí mismo».
Vinieron a decirle: «Se te está juzgando en el Senado».
—Sea enhorabuena. Pero ya es la hora quinta —a esa hora solía ir al gimnasio y tomar un baño frío—, ¡vayamos al gimnasio!
Mientras estaba en el gimnasio vino uno y le dijo: «Has sido condenado».
—¿Al exilio —preguntó— o a muerte?
—Al exilio.
—Y ¿qué hay de mis posesiones?
—No han sido confiscadas.
—Nos iremos a Aricia5
