Manual estoico de vida - Epicteto - E-Book

Manual estoico de vida E-Book

Epicteto

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Beschreibung

Una edición original y completa del Manual de Epicteto: una obra que revela las claves para una vida equilibrada y libre de emociones negativas. En los últimos años hemos escuchado infinidad de veces que el estoicismo es una filosofía de emperadores y esclavos. El emperador es Marco Aurelio, por supuesto; el esclavo, Epicteto, que se convirtió en maestro estoico y mentor del primero, y que recogió en el Manual sus enseñanzas esenciales. Dicha obra, también conocida como Enchiridion o Discursos de Epicteto, es la joya del estoicismo. Su título ya era de por sí elocuente, pues significa «lo que se puede tener en la mano». Sin duda, una guía práctica y accesible. Sus enseñanzas nos muestran cómo alcanzar la tranquilidad y la verdadera libertad mediante el control de nuestras opiniones y deseos. Su sencillez y profundidad lo han convertido en una referencia imprescindible para quienes desean aplicar el estoicismo en su vida diaria. En esta edición única, Daniel Tubau nos ofrece por primera vez una actualización comentada de las enseñanzas de Epicteto, así como un análisis claro y profundo del estoicismo, destacando tanto sus puntos fuertes como sus debilidades, y explicando por qué esta filosofía práctica nos sigue fascinando casi dos mil años después.

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Seitenzahl: 310

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Derechos exclusivos de la presente edición en español

© 2024, editorial Rosamerón, sello de Utopías Literarias, S.L.

Manual estoico de vida

Primera edición: septiembre de 2024

© 2024, Daniel Tubau por la edición y comentarios

Imagen de interior: grabado de Epicteto de Theodoor Galle a partir de un diseño de Peter Raul Rubens (1605, British Museum)

ISBN (papel): 978-84-128716-2-3

ISBN (ebook): 978-84-128716-3-0

Diseño de la colección y del interior: J. Mauricio Restrepo

Compaginación: M. I. Maquetación, S. L.

Todos los derechos reservados. Queda prohibida, salvo excepción prevista por la ley, cualquier forma de reproducción, distribución y transformación total o parcial de esta obra por cualquier medio mecánico o electrónico, actual o futuro, sin contar con la autorización de los titulares del copyright. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y sigs., Código Penal).

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www.rosameron.com

Índice

Manual estoico de vida

Invitación a la lectura del Manual de Epicteto

El esclavo y el emperador

Vida de Epicteto

La escuela de Epicteto

Las Disertaciones

El Manual

Arriano, el autor velado

Cómo leer el Manual

Manual de Epicteto, por Arriano

Elogio y crítica del estoicismo, por Daniel Tubau

Breve historia del estoicismo

Glosario

Bibliografía

Notas

Invitación a la lecturadelMANUALDE EPICTETO

El esclavo y el emperador

En los últimos años hemos escuchado infinidad de veces que el estoicismo es una filosofía de esclavos y emperadores. El emperador es Marco Aurelio, por supuesto; el esclavo, Epicteto. La imagen del esclavo cojo y el amo del mundo que comparten una misma filosofía puede hacernos sospechar que ese contraste es la causa de que uno y otro gocen de una fama inmerecida. Pero no es así. Tanto las breves Meditaciones de Marco Aurelio, como las extensas Disertaciones y el también breve Manual de Epicteto, merecen ocupar un lugar de privilegio en la historia de la filosofía y de la ética. Se trata, sin duda, de obras extraordinarias.

Ahora bien, antes de continuar, hay que aclarar que Marco Aurelio es el autor de sus Meditaciones, pero que Epicteto no escribió ni las Disertaciones ni el Manual, a pesar de que las dos obras se publican siempre bajo su nombre. El verdadero autor es Arriano de Nicomedia, también conocido como Lucio Flavio Arriano Jenofonte. Por lo tanto, sería más justo publicar esos libros como «Manual de Epicteto» y «Disertaciones de Epicteto», por Flavio Arriano. A riesgo de perpetuar la injusticia, en esta nueva edición del Manual,a la que hemos llamado Manual estoico de vida, hemos aceptado seguir la vieja y convencional costumbre de conceder todo el mérito a Epicteto y acordarnos de Arriano tan solo en estas líneas y en un breve apartado que le hemos dedicado, eso sí, con nuestra sincera admiración. Antes de conocer a Arriano y descubrir por qué escribió esos dos libros, conviene que conozcamos al hombre que ha pasado a la posteridad gracias a él, Epicteto.

Vida de Epicteto

«Yo fui el esclavo Epicteto, de cuerpo tullido,

pobre como Iros y amado por los inmortales».1

Epicteto es un nombre latino que significa «adquirido». No era el verdadero nombre de nuestro filósofo, sino el que emplearon sus diversos amos, pues había nacido ya esclavo, hacia el año 50 de nuestra era, en la ciudad frigia de Hierápolis, hoy llamada Pamukkale (Turquía). Cuando todavía era un muchacho, fue llevado a Roma para trabajar al servicio de un hombre llamado Epafrodito, que también había sido esclavo, pero que, convertido en liberto, había llegado a ser secretario del emperador Nerón. Se cree que Epicteto llegó a Roma cuando Nerón ya había muerto, ayudado en su suicidio por el propio Epafrodito, por lo que no se pudo producir ningún encuentro entre el joven esclavo y el gran estoico Séneca, que fue condenado a muerte en el año 65. Sin embargo, Epicteto debió oír hablar a menudo de él y parece imposible que no conociera sus ideas, a pesar de que nunca lo menciona. Al parecer, en los años que siguieron a su muerte, la figura de Séneca seguía demasiado asociada a Nerón, y tampoco era de buen tono entre los filósofos mencionar a un personaje multimillonario y siempre cercano al poder, a pesar de haber sufrido el exilio y la muerte dictada por el tirano. Marco Aurelio, que sin duda leyó a Séneca, tampoco lo menciona en sus Meditaciones, pero su preceptor, Frontón, lo desprecia de manera injusta, tanto por el contenido como por el estilo.

Aunque apenas se conserva alguna mención, de escaso interés, a Epafrodito en las Disertaciones de Epicteto, se dice que al amo le gustaba aplicar un instrumento de tortura en la pierna de su esclavo, y que este lo soportaba sin quejarse, aunque no se cansaba de advertir: «Me vas a romper la pierna». Cuando la profecía se hizo realidad, Epicteto comentó con resignación: «Ya te dije que me la romperías». Anécdotas como esta nos obligan a admitir que tiene mucho sentido el adjetivo «estoico», tal como lo usamos hoy en día, para referirnos a alguien capaz de soportar cualquier cosa sin rechistar.

Tal vez la historia de la crueldad de su amo sea una invención posterior, pero lo que sí sabemos es que Epafrodito permitió a Epicteto asistir a las lecciones del filósofo Musonio Rufo.

Tenemos la suerte de poder leer unas excelentes Disertaciones de Musonio Rufo, semejantes a las Disertaciones de su discípulo, que nos ofrecen un retrato muy interesante de este pensador, que mejora el universalismo de Epicteto, pues no solo defiende la hermandad del género humano y el cosmopolitismo, sino que también recomienda que las mujeres sean educadas como los hombres y que incluso se conviertan en filósofas. Un pensamiento poco común en la época, excepto en escuelas como la cirenaica o hedonista, que llegó a dirigir Arete, la hija del fundador Aristipo, o en la epicúrea, en la que se sabe que fueron admitidas varias mujeres. En el caso de Epicteto, sus opiniones acerca de las mujeres son mucho más convencionales, aunque se ha sugerido que llegó a tener alguna discípula, o al menos alguna oyente ocasional.

Con el tiempo, Epicteto obtuvo la libertad de su amo, quien había caído en desgracia tras la muerte de Nerón por ayudarle en su suicidio, en vez de evitarlo (el emperador Domiciano condenó finalmente a muerte a Epafrodito). Una vez convertido en liberto, Epicteto decidió imitar a su maestro Rufo y adoptó la vestimenta y la barba que caracterizaban a los filósofos. En Roma, al contrario que en Grecia, gustaban más los rostros afeitados, pero los filósofos, que al principio eran siempre de origen griego o de sus zonas de influencia, se caracterizaban por lucir una buena barba. Epicteto se refiere a esa costumbre en un pasaje de las Disertaciones, cuando recomienda mantener la dignidad personal incluso en las peores circunstancias:

—Venga, Epicteto, aféitate.

—Si soy filósofo, contesto: «No me afeito».

—Pues te haré decapitar.

—Si te parece oportuno, decapítame.2

Como se ve, para un estoico la dignidad es tan importante que es preferible perder la cabeza antes que la barba.

La imagen de un maestro cojo y barbado se hizo célebre ya en la Antigüedad y es así como suele ser representado también hoy en día.

La condición y la fama de filósofo de las que ya disfrutaba Epicteto lo obligaron a abandonar Roma en el año 93, cuando el emperador Domiciano expulsó a los filósofos, y de manera especial a los estoicos. Los acusaba, como había hecho antes Nerón, e incluso Vespasiano en el año 71, de criticar a la institución imperial y, en consecuencia, de representar un peligro para el estado.

Epicteto viajó a la región griega del Epiro y se estableció en Nicópolis, ciudad fundada por el emperador Augusto para conmemorar su victoria sobre Marco Antonio y Cleopatra.

La escuela de Epicteto era modesta y él mismo llevaba una vida de extrema austeridad, aunque pronto atrajo la atención mediante el ejemplo de su vida rigurosa. Muchos padres decidieron enviar con él a sus hijos con la esperanza de que se convirtieran en hombres de bien. Aunque sus alumnos solían tener entre veinte y treinta años, era habitual que pasaran por allí personas mayores, entre ellos, al parecer, el emperador Adriano. Este encuentro, real o ficticio, fue recordado en un curioso diálogo llamado Altercado (o duelo verbal) entre Adriano Augusto y el filósofo Epicteto, en el que el emperador hace setenta y tres preguntas rápidas al filósofo, que responde siempre con ingenio. Este breve texto, escrito en el siglo II o III, gozó de una inmensa fama durante la Edad Media, pero casi ninguna de las respuestas nos recuerda el pensamiento de Epicteto, excepto una, que sí lo refleja con total fidelidad: «Adriano: ¿Quiénes son los que, estando sanos, enferman? Epicteto: Los que se preocupan de los asuntos ajenos».3

Como se verá de forma clara al leer el Manual, distinguir lo propio de lo ajeno es el primer principio de todo su sistema filosófico.

Casi todo lo que sabemos de la vida de Epicteto es lo que él mismo nos cuenta en las Disertaciones que Arriano registró. Más allá del contenido filosófico, no es mucho lo que se nos revela de su vida, pero podemos reconocer a un maestro comprometido con su enseñanza y que intenta aplicarse sus propios preceptos, aunque admite en alguna ocasión que está muy lejos de ser un sabio y que ni siquiera se atreve a compararse con los pensadores que considera modelos a imitar: Sócrates antes que cualquier otro, Diógenes el cínico y algún estoico, como Crisipo, Cleantes o Zenón de Citio, el fundador de la escuela. Un dato curioso es que, aunque casi toda su vida vivió solo, ya anciano adoptó a un huérfano y se casó o convivió con una mujer para que le ayudara a cuidarlo.

Murió hacia el año 135.

La escuela de Epicteto

Al contrario que Séneca o Marco Aurelio, Epicteto fue maestro de profesión, pues dirigía en persona —al parecer, sin mucha ayuda— una escuela fundada por él. Gracias a las Disertaciones y a algún testimonio externo, se deduce que había desarrollado un método educativo que tal vez seguía en cada nuevo curso. Dedicaba las mañanas a tratar asuntos de lógica y de física, así como a la lectura de las obras de los grandes maestros estoicos, en especial de Crisipo, pero quizá también las de Cleantes o los testimonios que se conservaban del fundador, Zenón de Citio.4 En cuanto a los estoicos de la escuela media, como Posidonio, Panecio o Diógenes de Babilonia, parece que no le interesaron demasiado. Es posible, teniendo en cuenta las muchas veces que los menciona, que también leyera en esas sesiones matutinas los Diálogos de Platón, protagonizados por su admirado Sócrates, aunque no parece que tuviera a mano los diálogos socráticos del cínico Antístenes, que quizá ya se habían perdido. Otras menciones a Diógenes de Sinope, el cínico que se burló de Alejandro Magno, o a Crates nos hacen pensar que podía disponer de algunos libros más, quizá de antologías de citas, o bien que recurría a su memoria, recordando lo que había aprendido en Roma. De todos modos, no da la impresión de que contara con una extensa biblioteca, más allá de algunas de las obras de Crisipo.

Las Disertaciones

Epicteto es conocido universalmente por su Manual, un texto breve y de gran precisión argumentativa en el que Arriano recoge las ideas fundamentales de su maestro. Más adelante nos detendremos en las razones de Arriano para sintetizar en un pequeño librito el pensamiento de Epicteto, a pesar de que ya le había dedicado ocho libros, las Disertaciones, de los que han sobrevivido íntegros cuatro, además de algunos fragmentos dispersos del resto.

La primera sorpresa con la que nos encontramos al leer las Disertaciones es que su tono y su estilo son muy diferentes de los del Manual. Se trata de discursos y charlas entre Epicteto y sus discípulos, aunque apenas nos llegan las palabras de los alumnos, que tenemos que deducir. A veces, sin embargo, Epicteto repite las palabras de su interlocutor, como en esas entrevistas en las que se pide al artista que comience repitiendo la pregunta, para así no tener que incluir el audio del entrevistador: «De la última película de Francis Ford Coppola, opino que…».

En las charlas, Epicteto se muestra en algunos momentos amable y cariñoso, pero lo más frecuente es que dirija a sus alumnos duros reproches, que se burle de ellos o que incluso muestre desprecio ante su falta de iniciativa estoica, su poco tesón, sus descuidos constantes y su incapacidad para escapar de los vicios y no tomarse en serio la tarea de convertirse en filósofos, o al menos en mejores personas. Eso sí, a pesar de la fiereza de sus reprimendas, es obvio que le mueve una intención paternal. Nos recuerda al general que adiestra a sus soldados, un tópico que han reflejado películas como El sargento de hierro,de Clint Eastwood. Un tipo duro, incluso brutal, pero que, como descubrimos cuando la película se acerca al desenlace, se comporta de esa manera porque sabe que esos muchachos tendrán que ir a la guerra y que les espera el dolor, la muerte y la falta absoluta de humanidad y piedad. Es porque quiere que regresen vivos, y no en un ataúd, por lo que se muestra tan despiadado al adiestrarlos. También Epicteto quiere que sus alumnos sean capaces de escapar de una vida de esclavos y que lleguen a ser absolutamente libres, porque su método promete al filósofo la verdadera libertad, a la que no tiene acceso el emperador con todo su poder, pero sí un esclavo, como veremos. Además, Epicteto también quiere que sus discípulos sean felices, porque aplicar la virtud y seguir a la razón trae consigo la libertad y la felicidad.

La comparación del filósofo con un soldado no es ni mucho menos caprichosa, puesto que uno de los lemas estoicos que encontramos en Séneca era: Vivere militare est («La vida es un campamento militar»). En muchos estoicos, incluido Epicteto, ya se adivina esa figura del monje soldado que algunas órdenes religiosas llevaron al extremo, como los jesuitas:

La vida de cada uno es una campaña, y larga y variada. Tú has de mantener la actitud del soldado y hacerlo todo a una seña del estratego. Y si fuera posible, adivinando lo que quiere.5

En definitiva, las Disertaciones son vivaces, elocuentes, estimulantes y en ocasiones divertidas, y nos muestran a un Epicteto más humano que el que adivinamos en el Manual. Se trata de una lectura diferente, pero complementaria y no contradictoria, pues casi todo lo que se dice en el Manual se encuentra, con las mismas palabras o parecidas, pero en un tono diferente, en las Disertaciones. Y lo que no se ha encontrado, se cree que podría encontrarse en los cuatro libros perdidos de las Disertaciones.

Los destinatarios de las conversaciones de Epicteto, que por su tono feroz algunos han propuesto que pertenecen al género de las diatribas, son casi siempre sus alumnos, que, como dije antes, tenían entre veinte y treinta años, pero parece que estas charlas, o al menos algunas de ellas, estaban abiertas al público y que cualquier persona podía escucharlas, al contrario que las lecciones que tenían lugar por las mañanas.

Al leer las Disertaciones, puede tenerse la sensación de que muchos de los reproches se dirigen a una persona muy concreta: al propio Arriano. Resulta tentador, e incluso parece una deducción lógica, pensar que, puesto que Arriano transcribió las palabras de su maestro, antes tuvo que escucharlas, y que si las escuchó fue porque iban dirigidas a él, al menos en muchas ocasiones. O tal vez Epicteto era capaz de hablar de tal manera que cualquiera se sentía aludido, como hacía su maestro Musonio Rufo:

Y es que hablaba de tal manera que cada uno de nosotros, sentado, pensaba en quién le habría denunciado. Tanto tocaba los hechos, tanto ponía a la vista los vicios de cada uno.6

Por muy interesantes que sean las Disertaciones, aquí nos interesa el Manual, que ofrece atractivos incluso superiores, tanto en lo que se refiere al contenido como a la forma. Si solo se conservaran las Disertaciones, es bastante improbable que situáramos a Epicteto junto a los grandes filósofos estoicos de la época imperial, Séneca y Marco Aurelio. Seguramente lo pondríamos a la altura de su maestro Musonio Rufo, de Ario Dídimo, consejero de Octavio Augusto, o del recuperado, a inicios del siglo XX, Hierocles el estoico.

El Manual

El Manual está escrito en griego y se llama Enchiridion o Enquiridion, que significa «lo que se puede tener en la mano» (en kheirí), así que la traducción convencional es muy acertada, porque eso es lo que significa «manual». No cabe duda de que se trata de un libro que resultaría muy útil como recordatorio y síntesis casi metódica de la doctrina de Epicteto. Es muy probable que Arriano lo escribiera tanto para su uso personal como para el de algunos de sus condiscípulos, amigos y familiares. Sabemos, gracias a Simplicio, que Epicteto escribió una carta introductoria al Manual, que no se ha conservado y de la que no nos ofrece muchos detalles, pero sí nos dice que el libro estaba dirigido a un tal Mesalino, para el que también había escrito una Vida de Epicteto, lamentablemente perdida. Sin embargo, sí que se conserva otra carta parecida, que servía de prólogo a las Disertaciones. En ella, Arriano se defiende de quienes le acusan de divulgar la doctrina de la escuela de Epicteto:

Ni redacté yo los discursos de Epicteto como cualquiera hubiera podido redactar notas de ese tipo, ni fui yo, que afirmo no haberlos redactado, quien los dio al público. Sino que cuanto le oí decir intenté transcribirlo con las mismas palabras en la medida de lo posible, con el fin de conservar para mí mismo en lo futuro la memoria del pensamiento y la franqueza de aquel.7

Puede sorprender que se acuse a alguien de divulgar lo que ha aprendido, pero era habitual mantener un cierto secreto o discreción acerca de las enseñanzas orales de un pensador. Al fin y al cabo, una indiscreción podía contribuir a que el privilegio de asistir a una escuela de filosofía, pagando el precio establecido, ya no pareciera tan necesario, puesto que, gracias a las lecciones transcritas, ahora se podía acceder a ese conocimiento, como sucede hoy en día con la piratería digital. Las escuelas de filosofía, quizá a excepción de la pitagórica, no practicaban un secretismo tan intenso como el de los misterios religiosos, que podían decretar el castigo o incluso la muerte de quien los divulgara, como sucedió con el ateo Diágoras de Melos, que tuvo que exiliarse de Atenas, o con el dramaturgo Esquilo, que finalmente fue absuelto. Las conjeturas acerca de enseñanzas secretas de los filósofos no son muy convincentes, aunque autores como Giovanni Reale han intentado reconstruir la supuesta enseñanza secreta de Platón. A pesar de ello, y dejando de lado las mistificaciones de quienes aseguran haber descubierto una doctrina secreta, como los neoplatónicos y Reale con Platón, o los herméticos con el Corpus hermeticus atribuido a Hermes Trismegisto, no cabe duda de que en la Academia, en el Liceo y posiblemente en la Stoa se disponía de textos que no eran accesibles a cualquiera, así como de enseñanzas orales desconocidas para los profanos. De hecho, se distinguía entre los escritos esotéricos y exotéricos, aunque, a pesar de las reverberaciones de misterio, ocultismo y magia que la palabra «esoterismo» nos trae, se refería a escritos privados, los que usaban los estudiantes, los de dentro (έσωτερικóς, esoterikos, «de dentro, interno, reservado»), mientras que los exotéricos (ἐξωτερικός, exoterikos, «de fuera, externo, público») son los que se escribían para hacerse públicos, para ser divulgados. Aristóteles escribió diálogos socráticos exotéricos, al parecer de gran belleza y elocuencia, y documentos esotéricos que se empleaban y guardaban en la escuela, incluidas sus notas para plantear o repasar un tema, o los apuntes que tomaban sus alumnos. En el caso de Aristóteles, se han conservado los documentos privados o esotéricos de la escuela y se han perdido los diálogos y otros textos públicos, como el Protréptico: Una exhortación a la filosofía. Por el contrario, de su maestro Platón se han conservado los textos exotéricos o públicos, es decir, los Diálogos, que sirvieron de reclamo para atraer hacia la Academia a muchos aspirantes a la filosofía, pero no se conserva ninguno esotérico, es decir, las notas y los documentos privados.

Por poner un ejemplo de la importancia que se daba a mantener el secreto de las lecciones de un maestro, no por afán de misterio, sino por el privilegio de tener algo que no está al alcance de cualquiera, podemos recordar el caso de tres alumnos del filósofo neoplatónico Amonio que se juramentaron para guardar el secreto de sus enseñanzas: Erenio, Orígenes (el platónico, no el cristiano) y Plotino. Los tres se comprometieron a emplear las enseñanzas de Amonio en sus clases, pero no publicarlas. Sin embargo, Erenio rompió el pacto primero, y tras él lo hizo Orígenes, mientras que Plotino lo mantuvo durante diez años.8

En definitiva, no podemos afirmar con plena certeza que el Manual fuera en su origen un texto privado para los alumnos o para el propio Arriano, aunque es lo más probable. Es casi seguro que Arriano lo escribió tiempo después de abandonar la escuela, a partir de las Disertaciones que él mismo había escrito, como una síntesis de las líneas maestras del pensamiento de su maestro y como un recordatorio que se pudiera llevar siempre encima, como han hecho algunas personas a lo largo de la historia, entre ellas, el emperador prusiano Federico el Grande, tan admirado por Voltaire.

Al leer el Manual, inevitablemente nos preguntamos cuál fue exactamente la aportación de Arriano: ¿se limitó a repetir las palabras de Epicteto o las adaptó a sus propias intenciones y pensamiento? Es la duda inevitable que siempre nos asalta cuando un discípulo «transcribe» las palabras de su maestro. Aunque todos los alumnos que registran la doctrina aseguran ser fieles al pensamiento de su maestro, pueden suceder varias cosas. El discípulo puede no entender lo que dice el maestro, lo que le llevará a simplificar o eliminar pasajes que le resulten incomprensibles o, por el contrario, puede ser un fiel transcriptor y conservar con extrema fidelidad las palabras escuchadas, las entienda o no. Sabemos que el académico Carnéades, al revisar las notas que tomaba un alumno, se quejó de que distorsionaba su pensamiento, al contrario que otro, que sí que reproducía sus palabras con precisión. Curiosamente, este anotador, que se llamaba Clitómaco, y que fue su sucesor en la Academia, declaró que nunca había llegado a saber qué era lo que pensaba realmente Carnéades, lo que parece revelar que su maestro se tomaba en serio el escepticismo y que nunca adoptó ideas de manera dogmática.

Sería interesante saber si Epicteto llegó a conocer las obras de Arriano, y en caso de haberlas leído, qué le parecieron. El propio Arriano, en la Carta preliminar a las Disertaciones, dice que a Epicteto le habría importado muy poco que el estilo no fuera muy brillante, pues su intención era recoger su hablar vivo y punzante. Da la impresión de que cuando Arriano escribió esa carta, Epicteto todavía vivía, pero es casi seguro que no llegó a conocer el Manual. Los expertos suelen concluir que si lo hubiera leído, se habría sentido satisfecho, y que no habría reaccionado como Sócrates cuando le leyeron el Lisis de Platón: «Qué cantidad de falsedades me atribuye este jovencito».

Arriano, el autor velado

Lucio Flavio Arriano apenas es recordado como el autor del Manual o las Disertaciones de Epicteto. Este anonimato es su mayor mérito, porque es una muestra de la confianza que tenemos en la fidelidad con que recogió las palabras de su maestro. Nadie le atribuye la autoría de las ideas de Epicteto y él mismo asegura, en la carta que precede a las Disertaciones, que se limitó a transcribir lo que escuchó, cumpliendo aquel comienzo de los cuentos infantiles: «Como me lo contaron os lo cuento». Encontramos un indicio bastante claro de que Arriano no solo reprodujo con precisión las ideas de su maestro, sino también el tono e incluso el lenguaje, si lo comparamos con el libro más célebre de Arriano, que no es ninguno de los dedicados a Epicteto, sino la Anábasis de Alejandro Magno, que ha pasado a la historia como la mejor crónica de la epopeya del conquistador macedonio. Al comparar el estilo de esa obra, unánimemente elogiado, con el de las Disertaciones o el Manual, descubrimos que es muy diferente. Mientras que el lenguaje de las Disertaciones y el Manual es el griego común o koiné, de uso cotidiano y propio de conversaciones informales, en su Anábasis de Alejandro y el resto de sus obras emplea un cuidado dialecto ático, propio de las obras literarias, intentando igualar a historiadores como Tucídides o su admirado Jenofonte.

Así que existen pocas dudas de que Arriano conservó para la posteridad no solo el pensamiento, sino también la voz de su maestro. Nunca intentó alcanzar la fama vestido con plumas ajenas. Tampoco parece haber usado a Epicteto como el muñeco de un ventrílocuo filosófico, haciendo que hable en su nombre, algo que sin duda sí hace Platón en muchos de los diálogos protagonizados por Sócrates.

Arriano no fue, por lo tanto, un autor menor ni un escribiente que se conforma con dejar a la posteridad el testimonio más elocuente del estoicismo ético, es decir, el de Epicteto, para después mantenerse en el anonimato, sino que emprendió una carrera militar en la que alcanzó la gloria al mando de sus legiones y ocupó altos cargos políticos, como senador, cónsul y arconte o magistrado jefe en Atenas. Pero lo más importante es que escribió numerosos libros que le dieron fama como escritor, como su mencionada Anábasis de Alejandro Magno. Un autor tan poco dado a los elogios como era Luciano de Samosata, sin embargo dijo de Arriano que era «un hombre importante entre los romanos y entregado a la cultura a lo largo de toda su vida».9

Nuestro autor tuvo como primer nombre Arriano de Nicomedia, pues nació hacia el año 86 en esta ciudad de la región de Bitinia, hoy conocida como Izmit, situada en la parte asiática de Turquía, pero a menos de cien kilómetros de Estambul. Aunque de origen y lengua griegos, su familia gozaba de la ciudadanía romana, y se ha supuesto que adoptaron el nombre de su benefactor romano, Lucio Flavio, cónsul en el año 33. A los veinte años, o quizá cerca ya de los treinta, Arriano fue alumno de un Epicteto ya anciano, y unos años después escribió los ocho libros de las Disertaciones, de los que se conservan cuatro. Conoció al emperador Adriano, que le hizo senador y, ya hacia 129, cónsul. Obtuvo el mando de una legión romana, y se cree que fue gobernador de la Bética, en Hispania, tierra de origen de la familia del emperador. En 1968 se encontró un epigrama en Córdoba dedicado a la diosa Artemis que se le atribuye, aunque se duda de que se trate de nuestro Arriano. Donde sí es seguro que estuvo es en Capadocia, en la Anatolia central (Turquía), donde consiguió detener una invasión de los alanos en el año 135. Una vez que se retiró del servicio, se instaló en Atenas, donde fue nombrado arconte hacia el año 145.

Arriano escribió un tratado sobre la caza, Cinegético, un curioso libro de geografía acerca del mar Negro, Periplo del Ponto Euxino, y varias obras de estrategia o asuntos militares, como La ciencia de la táctica y un breve texto, pero sin duda muy interesante, para conocer la estrategia militar romana: Plan de movilización contra los alanos. Además, publicó también una historia de la guerra contra los partos (Partica) y se cree que también una Historia de los alanos. Su libro más celebrado es la Anábasis de Alejandro Magno, que escribió muy influido, como su título indica, por la Anábasis de Jenofonte, y que completó con un libro sobre la India (Indica) y con varias obras dedicadas a los sucesores de Alejandro que no se han conservado. Por último, se conservan fragmentos de otra obra dedicada a su tierra natal, la Bitiniaca, y varias biografías, como una dedicada a Dión de Siracusa. Además, por supuesto, en algún momento posterior a las Disertaciones escribió el Enchiridion o Manual de Epicteto. Al parecer, también escribió doce libros de conversaciones amigables con dicho filósofo (Homilias) que por desgracia no se conservan. Según Simplicio, escribió una biografía de Epicteto, que sin duda habría sido de gran ayuda para saber algo más de la vida de su maestro.

Arriano murió poco después de que otro estoico tan importante como Epicteto se convirtiese en emperador: Marco Aurelio.

Cómo leer el Manual

Muchos textos filosóficos necesitan de largas introducciones y copiosas notas para ser comprendidos. En algunos casos resulta inevitable debido a la complejidad del tema tratado, en otros se debe a la oscuridad con la que se expresaron sus autores. Epicteto admite que también a él le resulta difícil no ya leer, sino interpretar al que se supone que era el maestro de todos los estoicos, Crisipo.

Pero, ¡por Zeus!, no entiendo la voluntad de la naturaleza. Entonces, ¿quién la interpreta? Dicen que Crisipo. Voy y averiguo qué dice ese intérprete de la naturaleza. Empiezo por no entender lo que dice; busco quien me lo explique: «Mira, fíjate, ¿qué significa eso?». ¡Como si estuviera en latín!

Cuando Epicteto, que hablaba en griego con sus alumnos, dice: «¡Como si estuviera en latín!», es como si nosotros dijéramos: «¡Como si estuviera en chino!». Es decir, ininteligible, al menos en una primera lectura.

Lo mismo que a Epicteto con los libros de Crisipo, nos sucede hoy en día con muchos libros de filosofía: la oscuridad en la expresión, la afición a crear nuevas palabras y conceptos, no siempre útiles ni necesarios, la falsa precisión de un discurso que nos asedia definición tras definición y deducción tras deducción nos obligan a batallar en las densas páginas del diccionario más que en la observación minuciosa y la reflexión sensata. La filosofía se ha convertido en un terreno para especialistas y que aleja a los profanos, más por lo fatigoso que por lo profundo. Demasiado a menudo, antes de conocer la interpretación que un filósofo propone de la realidad, nos vemos forzados a interpretar qué es lo que está diciendo, o bien, como hace Epicteto con los libros de Crisipo, a pedir a alguien que nos lo interprete.

Epicteto no necesita de tales interpretaciones y el Manual se explica por sí mismo con claridad, a pesar de la profundidad de sus ideas y planteamientos. La única dificultad se debe al uso de algunos conceptos en los que dudamos qué palabra los expresa mejor en español, como «fantasía», que podría traducirse como impresión, representación, apariencia… o incluso fantasía. Pero esas dudas se irán resolviendo en los comentarios que acompañan a cada pasaje del Manual. Eso sí, ante cualquier duda, los lectores pueden consultar el «Glosario» final, donde se explican con sencillez los significados que se han dado a las palabras más características del estoicismo.

Una de las razones por las que el Manual resulta una lectura fácil es que Arriano no incluyó asuntos relacionados con la física o metafísica estoica, y apenas algún detalle de la lógica, que eran partes de la filosofía a las que los estoicos daban gran importancia. ¿Por qué lo hizo así Arriano? No lo sabemos. Tal vez porque creía que la ética de Epicteto se podía defender de manera autónoma, sin apoyarse en la física y la lógica. Quizá porque no se le daban bien estas materias o le resultaban confusas y difíciles de entender. Quién sabe si era el propio Epicteto quien las consideraba innecesarias, aunque, como hemos visto, se cree que dedicaba las mañanas a la física y la lógica y las tardes a la ética.

Epicteto a veces parece dar poca importancia e incluso rechazar la obsesión por la lógica y la física, en lo que coincide con el Sócrates que nos presenta Jenofonte en sus Recuerdos de Sócrates y con el Buddha original, que asegura que solo le preocupa la salvación en este mundo y que no sabe nada de otros mundos, de dioses o de demonios. Sin embargo, hay aspectos fundamentales de la ética de Epicteto que no tienen sentido si no se acepta cierta concepción del universo. En realidad, las tres disciplinas o temas de estudio (física, ética y lógica) siempre estuvieron estrechamente conectadas en el estoicismo. Me ocupo de esta importante cuestión en el ensayo «Elogio y crítica del estoicismo»10, pero por el momento nos conformaremos con entender sus propuestas éticas.

Los comentarios a cada capítulo del Manual no tienen como misión descifrar el pensamiento de Epicteto, sino más bien acompañarlo, aclarar dudas legítimas, señalar curiosidades, traer su pensamiento al presente o situarlo en su contexto y descubrir el origen de algunas de sus ideas.

Los números que encabezan los capítulos y los títulos de cada comentario no aparecen en la obra original, que se divide en 53. Pero me ha parecido más interesante separar los pasajes que contienen ideas diferenciadas, como ya hizo Simplicio en su extenso comentario al Manual, que dividió en 71 capítulos, frente a los 79 que aquí ofrecemos.

MANUAL DE EPICTETO

Arriano

Índice del Manual

El Manual se divide originalmente en 53 capítulos, que aquí hemos desglosado en un total de 79. Esta es la correspondencia entre los capítulos originales y los nuestros.

1.

1. Lo que depende y no depende de nosotros

2. Lo nuestro es libre, lo ajeno es esclavo

3. Si distingues lo tuyo de lo ajeno, nada ni nadie te podrá perjudicar

4. Establece tus prioridades y aprende a renunciar a las cosas que no dependen de ti

5. No te preocupes por lo que no depende de ti

2.

6. Eres dueño de tus deseos y aversiones solo en lo que depende de ti

7. Aplica la aversión a lo que es contrario a la naturaleza

3.

8. En todo lo que no depende de ti, acepta lo inevitable

4.

9. Imagina lo que puede suceder y disponte a conservar tu buen ánimo

5.

10. Lo que nos perturba no son las cosas, sino nuestra opinión sobre ellas

11. Acepta tu responsabilidad y no culpes a los demás

6.

12. Presume de lo que es tuyo, no de lo que es ajeno a ti

7.

13. Nunca pierdas el rumbo de tu vida

8.

14. No confundas tus deseos con la realidad, mejor desea la realidad tal como es

9.

15. No te preocupes por la enfermedad: afecta a tu cuerpo, pero no a ti

10.

16. Rechaza las tentaciones y aplica el autocontrol, la resistencia y la paciencia

11.

17. Lo que tienes es solo un préstamo, que tendrás que devolver

12.

18. Todo tiene su precio: también tu tranquilidad

13.

19. Despréndete de toda presunción y escoge la libertad y la felicidad

14.

20. No te preocupes por nada de lo que no depende de ti

21. Si no quieres ser esclavo, no desees o rechaces lo que no depende de ti

15.

22. Desprecia los deseos y serás como los mismos dioses

16.

23. Consuela a los demás sin perder tu paz interior

17.

24. Eres actor de una obra, pero no el autor

18.

25. Desprecia los malos augurios, porque no tienen poder sobre ti

19.

26. Elige luchar en las batallas en las que no puedes ser derrotado

27. No envidies a quien disfruta de lo que no depende de nosotros

20.

28. Véncete a ti mismo y no serás vencido

21.

29. Recuerda que eres mortal

22.

30. Persevera a pesar de las burlas

23.

31. Sé un filósofo, aunque no lo parezcas

24.

32. No te preocupes por el reconocimiento ajeno

33. Sé un buen amigo, no un conseguidor

34. Tu mejor favor a la sociedad es ser un ciudadano honrado y virtuoso

25.

35. Si no quieres pagar el precio, no te lamentes por no conseguir lo que deseas

36. Todo tiene un precio, pero a veces no vale nada

26.

37. Para darte consuelo a ti mismo, piensa que eres otro

27.

38. El mal no existe en la naturaleza

28.

39. Si no vendes tu cuerpo, no vendas tu alma

29.

40. No pienses solo en el premio, sino también en las exigencias

41. Antes de convertirte en filósofo, piensa si puedes serlo

30

42. Cumple con las obligaciones y relaciones sociales establecidas