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En los tres ensayos reunidos aquí, Gerald Raunig redefine la conexión entre tres conceptos centrales para el capitalismo industrial: lo maquínico, la fábrica y la industria. En el primero de ellos anuda de forma innovadora el concepto de máquina de Deleuze y Guattari con la tradición marxista postobrerista. Emulando el clásico Mil mesetas y haciendo un uso singular de la crítica de arte y del análisis de cine y literatura, el autor se remite a los orígenes de aquella idea de «máquina» que amalgama técnica e invención, política y nomadismo, arte y teatralidad. Por su parte, Fábricas del conocimiento e Industrias de la creatividad fueron escritos de modo complementario. En ellos Raunig hace una exploración etimológica audaz, centrada en contextos donde «máquina», «fábrica» e «industria» se vinculan con prácticas emancipatorias. Donde, por ejemplo, lo industrioso se vincula con la capacidad inventiva y la laboriosidad, y adquiere una connotación de resistencia cuando, en la reapropiación colectiva del tiempo, se evita que esa industriosidad se vuelva servil. La presente edición incluye contribuciones inéditas de Isabell Lorey, Maurizio Lazzarato, Roberto Nigro, Ruth Sonderegger y Antonio Negri.
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Seitenzahl: 399
Veröffentlichungsjahr: 2024
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En los tres ensayos reunidos aquí, Gerald Raunig redefine la conexión entre tres conceptos centrales para el capitalismo industrial: lo maquínico, la fábrica y la industria. En el primero de ellos anuda de forma innovadora el concepto de máquina de Deleuze y Guattari con la tradición marxista postobrerista. Emulando el clásico Mil mesetas y haciendo un uso singular de la crítica de arte y del análisis de cine y literatura, el autor se remite a los orígenes de aquella idea de “máquina” que amalgama técnica e invención, política y nomadismo, arte y teatralidad.
Por su parte, Fábricas del conocimiento e Industrias de la creatividad fueron escritos de modo complementario. En ellos Raunig hace una exploración etimológica audaz, centrada en contextos donde “máquina”, “fábrica” e “industria” se vinculan con prácticas emancipatorias. Donde, por ejemplo, lo industrioso se vincula con la capacidad inventiva y la laboriosidad, y adquiere una connotación de resistencia cuando, en la reapropiación colectiva del tiempo, se evita que esa industriosidad se vuelva servil. La presente edición incluye contribuciones inéditas de Isabell Lorey, Maurizio Lazzarato, Roberto Nigro, Ruth Sonderegger y Antonio Negri.
Gerald Raunig
Es filósofo y teórico del arte en la Universidad de las Artes de Zürich, y coeditor del European Institute for Progressive Cultural Policies de Viena, donde es uno de los editores de la plataforma de publicación multilingüe Textos transversales: https://transversal.at.”. Sus libros han sido traducidos al castellano, inglés, serbio, esloveno, ruso, italiano, holandés y turco. Entre sus libros publicados en castellano se destacan Producción cultural y prácticas instituyentes. Líneas de ruptura en la crítica institucional (2008); Mil máquinas. Breve filosofía de las máquinas como movimiento social, traducido por Marcelo Expósito e incluido en esta edición (2009); Dividuum. Capitalismo maquínico y revolución molecular Vol. 1 (2022), Arte y Revolución (2023) y Desamblaje. Capitalismo maquínico y revolución molecular Vol. 2 (2023).
Colección: Lo contemporáneo
Gerald Raunig ... [et al.].
Máquinas, fábricas, industrias – 1a edición: San Martín. UNSAM edita, 2024
Libro digital, EPUB (Lo Contemporáneo)
Traducción de: Ignacio Rial-Schies; Marcelo Expósito
ISBN 978-987-8938-79-0
1. Filosofía Contemporánea. 2. Industrias. 3. Fábricas. I. Raunig, Gerald. II. Rial-Schies, Ignacio, trad. III. Expósito, Marcelo, trad.| CDD 190.904
Agradecemos a Traficantes de Sueños por permitirnos publicar las secciones “Mil máquinas. Breve filosofía de las máquinas como movimientos sociales”, “Máquina y ritornelo” y “Contracanto” traducidas y editadas por Marcelo Expósito.
© 2024 Gerald Raunig
© 2024 de la traducción del capítulo “Mil máquinas. Breve filosofía de las máquinas como movimientos sociales”
© 2024 de la traducción Ignacio Rial Schies
© 2024 UNSAM EDITA de Universidad Nacional de General San Martín
UNSAM EDITA
Edificio de Containers, Torre B, PB. Campus Miguelete
25 de Mayo y Francia, San Martín (B1650HMG), prov. de Buenos Aires
www.unsamedita.unsam.edu.ar
Corrección: María Laura Petz
Queda hecho el depósito que dispone la Ley 11.723. Editado e impreso en la Argentina. Prohibida la reproducción total o parcial, incluyendo fotocopia, sin la autorización expresa de sus editores.
Gerald Raunig
Máquinas, fábricas, industrias
Colección Lo contemporáneo
Índice
Líneas de fuga maquínicas hacia lo industrioso, por Isabell Lorey
Mil máquinas. Breve filosofía de las máquinas como movimiento social
1. Bicicletas
2. Fragmentos de máquinas
3. Máquinas teatrales
4. Máquinas de guerra
5. Máquinas MayDay
6. Máquinas abstractas
Máquina y ritornelo, por Maurizio Lazzarato
Rozar y alisar. La invención de una nueva organización, por Roberto Nigro
Fábricas del conocimiento. Rozar y alisar 1
1. Josefina o rozar el territorio
2. La universidad-fábrica como sitio de la reterritorialización
3. 28 tendencias de la universidad modulante
4. En el modo de la modulación
5. La escuela del maestro que falta
6. La invención del intelecto transversal
7. “¡Ocupen todo, demanden nada!”
En el espacio entre rozar y alisar 1 y rozar y alisar 2. Sobre el ritornelo de dos libritos, que no son dos ni son uno, por Ruth Sonderegger
Industrias de la creatividad. rozar y alisar 2
1. Ratones industriosos o rozar el tiempo
2. Tiempos lisos, tiempos estriados
3. 17 tendencias de la modulación de la creatividad
4. Giro industrial
5. Industria-Isla
6. ¡Huelga de arte para todos!
7. Por un activismo molecular
Contracanto, por Antonio Negri
Referencias bibliográficas
Origen de los textos
Líneas de fuga maquínicas hacia lo industrioso
por Isabell Lorey
Son una composición procesual que avanza en flujos y quiebres, estos tres ensayos compilados por primera vez en este libro, y a la vez, una máquina activista-filosófica. Mil Máquinas, publicada por el European Institute for Progressive Cultural Policies (EIPCP) en la editorial Turia + Kant en 2008, es una condensación de un pensamiento maquínico que se extiende hasta hoy. Los dos pequeños libros de bolsillo Fábricas del conocimiento e Industrias de la creatividad, publicados por Diaphanes en 2012, se juntan en el libro de las máquinas y lo despliegan hacia “prácticas instituyentes” e “industriosas”.
En todos sus libros, Gerald Raunig se sumerge en las genealogías de sus conceptos más importantes, los hace girar ante el trasfondo de investigaciones filosóficas e históricas y los reubica o recompone de nuevo. Lo que motiva a esta filosofía es un interés no simplemente por describir relaciones, prácticas y mundos, sino por cambiarlos en y a través de la escritura. A partir de experiencias situadas en múltiples movimientos sociales, Raunig genera una forma de escribir específica que impregna su filosofía activista.
Las Mil máquinas están escritas para permitir un intercambio en el pensamiento maquínico con uno foucaultiano, y se despliegan en un ensamblaje transversal de filosofías políticas entre y en torno a Marx, Deleuze, Guattari y Foucault. El libro de las máquinas está, sin embargo, compuesto más que nada por bicicletas, de las cuales cuelgan a veces también personas –ensamblajes maquínicos de prácticas fílmicas, literarias, performativas y activistas–. No se trata de humanos-máquinas o de cómo las máquinas técnicas reemplazan a los humanos o solamente los prolongan. Raunig piensa su concepto de lo maquínico como vínculos, concatenaciones e intercambios entre cuerpos muy diferentes: cuerpos que se tocan, que se intersectan, ensamblajes que fluyen entre las cosas y los humanos, animales y herramientas, los discursos y signos, y también los deseos. Son entramados de técnicas y ecologías, en los cuales lo social tiene un rol central. Desarrollado en las zonas de vecindad de las invenciones conceptuales de Félix Guattari y Donna Haraway, este concepto maquínico es idiosincráticamente materialista; una década después de las Mil máquinas, Raunig describirá los ensamblajes maquínicos como “tecnecologías”.1
Lo maquínico no se deja ni definir claramente ni determinar mediante afiliaciones. Es potencialmente infinito, porque prolifera en los movimientos permanentes de acoplamiento y anexión. Máquinas teatrales, máquinas de guerra, máquinas instituyentes, máquinas abstractas. Surgen del intercambio, en la confluencia con otras máquinas y contextos, extensivas y ambivalentes. El pensamiento dicotómico y antropocéntrico no puede comprenderlas.
Se trata de reconocer las líneas de fuga a través de la ambivalencia oscilante y ambigua de las máquinas. En la transformación capitalista del fordismo al posfordismo, la dispersión cada vez más individualizante de los trabajadores, que ya no pueden organizarse según la lógica de la fábrica, junto a la sujeción social, acontece una “servidumbre maquínica” creciente –una innovación conceptual que Raunig toma de Guattari y que se aproxima mucho al concepto de gobierno (de sí) de Foucault–. Servidumbre maquínica significa, de un modo similar a la gubernamentalidad, no solo la disposición voluntaria a la sujeción, sino, a la vez, el potencial para desplegar modos de subjetivación resistentes en el vínculo con los otros y con lo otro. Las líneas de fuga que se dejan trazar en conjunto posibilitan formas colectivas de organización y nuevos modos de vida comunes en el interior de la precarización dispersante e individualizante. Pero –esta es la ambivalencia– no hay garantías de lograrlo siempre de modos sustentables. No hay planes preconcebidos, solo queda la actualización recurrente, el conocimiento de las prácticas comunes de máquinas de resistencia teatrales y bélicas, como el teatro posrevolucionario de la Unión Soviética, o las prácticas performativas críticas de la globalización de la VolxTheaterkarawane.2 Incluso cuando las máquinas de guerra y sus líneas de fuga sean primarias, no hay ningún tipo de garantía contra la cooptación. Toda máquina teatral puede convertirse en una pieza de teatro burgués sentimental, toda máquina de guerra puede ser cooptada por el aparato militar, toda micropolítica puede adoptar rasgos fascistas.
Y quizás Mil máquinas sea justamente por eso un libro que parte constantemente de prácticas activistas, y atraviesa junto a su autor muchos de sus puntos focales. Aborda sobre todo las prácticas de la década de 2000, en torno a cuyo fin el libro fue escrito, prácticas que comenzaron en los alrededores de Génova en 2001 con las movilizaciones contra la globalización y las del movimiento transnacional de trabajadores precarizados, detallándolos hasta el nivel del microestudio. Con los autodenominados “precarizados”, más allá de la victimización y marginalización social, surge durante la primera mitad de los años 2000 una organización maquínica sin comunidad ni identidad, una máquina instituyente más allá de las lógicas tradicionales de la representación.3 Raunig ofrece, con su enfoque de descripción densa y conceptualidad idiosincrática, una de las cajas de herramientas más interesantes a nivel internacional para comprender no solo el movimiento EuroMayDay, sino, más en general, los movimientos críticos de lo identitario y de la representación y las nuevas prácticas artísticas. Con el vocabulario clásico de la desobediencia individual y la resistencia colectiva, es muy difícil comprender las formas de protesta social y política que han surgido desde los años 2000, como las actividades políticas basadas en la representación cuadriculada y las ideas de organización e institución que las acompañan.
Fábricas del conocimiento e Industrias de la creatividad, ensayos publicados originalmente en 2012, también fueron compuestos de modos complementarios, y atravesados por las prácticas activistas de los precarizados, que se presentaron primero como movimientos de ocupación y democracia en África del Norte, Europa del Sur, Israel y los Estados Unidos. Insertos también en narraciones literarias, sobre todo en el cuento de Kafka sobre Josefina y los ratones, que, desde el comienzo del estudio, concentra todos los componentes de las fábricas y de las industrias.
Se hace entonces todavía más claro que la dispersión de los precarizados se debe, y no en última instancia, a una transformación capitalista, en la cual el conocimiento se valoriza cada vez más y las universidades se convierten en fábricas. La fabricación colectiva de conocimiento en tanto excedente –ese intelecto compartido que Marx llamó general intellect y Raunig transforma de modo emancipatorio hacia el final de Fábricas del conocimiento en “intelecto transversal”– se convierte en una materia prima capitalizable, basada en la reducción a la servidumbre maquínica de cada subjetivación particular. En la fábrica del conocimiento, la máquina se presenta en un intercambio multidimensional y en la concatenación de cuerpos, intelectualidad, socialidad y tecnologías. Después del fordismo, se conserva particularmente la dimensión conceptual de la fábrica: lugar de condensación y asamblea, como sitio de la institución de las luchas sociales. Así, la servidumbre maquínica puede convertirse también en medio del recuento, ordenamiento y modulación neoliberal, en un devenir-fábrica, en una in/vención de nuevos sitios para la condensación y asamblea, en “modos insumisos de producción de conocimiento”.4
Raunig teoriza la asamblea como una reterritorialización, como el “rozamiento” de un espacio cada vez más liso. Fábricas del conocimiento es el ensayo sobre el espacio, sobre el rozamiento, sobre la reterritorialización en las asambleas de los precarizados. En medio de la vida dispersa, desterritorializada, llegaron las tomas universitarias de 2009 y las movilizaciones de ocupación y democráticas desde 2011, ritornellos temporales de las huelgas, de las ocupaciones, de la autoorganización. Retornando de la servidumbre gubernamental-maquínica, trazan líneas de fuga en común, por ejemplo, en las diversas universidades nómadas y libres que surgieron hasta comienzos de la década de 2010. En medio de una valorización cada vez más abarcativa del conocimiento, se despliega un intelecto transversal que no precisa un sujeto mediador, enseñante, para la producción de conocimiento. En su último seminario de 1984, titulado El coraje de la verdad, Foucault actualizó la práctica de los cínicos como activismo filosófico. En su texto publicado en 2010 “Profundizar en la teoría”, que en Industrias de la creatividad se extiende sobre la huelga en el arte, Raunig se vuelve, con Foucault, en contra de asumir una postura tendencialmente estática, vertical y autoritaria en la enseñanza y la mediación. Se trata más bien de “desarrollar una práctica rica en riesgos, que busque el conflicto y el intercambio transversal, a través de tradiciones y fronteras disciplinarias”. La pregunta es cómo puede lograr “desplazarse a lo largo de una relación (o varias posiciones relacionales), sin dejar la producción del conocimiento en un medio fijo”.5
En Industrias de la creatividad, el ensayo sobre la reterritorialización y desterritorialización del tiempo, no solo regresa a la historia de Josefina y los ratones, sino también al activismo filosófico. No estamos lidiando con regímenes separados, sino con un ensamblaje maquínico multidimensional de espacio y tiempo. Las valorizaciones capitalistas y las divisiones del tiempo en el posfordismo están vinculadas ejemplarmente con la burbuja conceptual de las industrias creativas, que comienzan a proliferar con la expansión de la precarización. La regulación del tiempo, la autodisciplina y la autoorientación mediante la medición temporal ya formaban parte de la servidumbre maquínica en la fábrica fordista, que estaba dividida según el género en producción y reproducción. En las industrias creativas, por la implosión de esta distribución, se presenta la valorización casi absoluta del tiempo laboral de los emprendedores precarizados como productores culturales sobre la base de proyectos. Ahora, a los precarizados heterogéneos se les demanda que se diseñen a sí mismos de manera activa y creativa. Todo el tiempo está astillado y jerarquizado en temporalidades paralelas y diversas; la explotación se infiltra en prácticas que son cada vez más difíciles de separar en producción y reproducción.
La suspensión de los regímenes temporales de valorización se vuelve así cada vez más urgente. Hacia el final del ensayo, Raunig resume la politización del trabajo y del tiempo de la precarización en un giro sorprendente con el concepto de “industriosidad”. La palabra industria,proveniente del latín,antes del capitalismo industrial definía la tarea e industriosidad de una persona en relación con su capacidad inventiva. Este es el significado al que Raunig regresa cuando habla de un giroindustrial y lo vincula con sus reflexiones sobre el intelecto transversal. La capacidad inventiva y la laboriosidad adquieren una connotación de resistencia cuando, en la reapropiación colectiva del tiempo, se evita que esa laboriosidad se vuelva servil, cuando el intelecto transversal de la capacidad inventiva e industriosa se vuelve insumiso.
Raunig también reconoce esas líneas de fuga industriosas en las prácticas de los movimientos de ocupación y los movimientos por la democracia de esta década. Cuando no solo reterritorializan el sitio ocupado con sus asambleas, sino cualquier otro lugar donde acontezcan, también interrumpen la eficiencia del tiempo capitalizado. Esta reapropiación activista del tiempo y del espacio no solo es fundamental para la invención de nuevas formas de vida y de organización, sino también es la base para las nuevas formas de democracia que surgen de estos movimientos, ritornelos maquínicos e industriosos de cambios sociales fundamentales.
1 Ver G. Raunig. “Tecnecologías Enmedios, Midstreams, Territorios Subsistenciales”. https://transversal.at/transversal/0318/raunig/es, y “Elogio de la tecnecología”. En G. Raunig, Desamblaje. Buenos Aires/Málaga: Cactus/Subtextos, 2023.
2 Sobre VolxTheaterKarawane ver también G. Raunig. Arte y Revolución. Madrid: Traficantes de Sueños, 2024.
3 Sobre el concepto de lo instituyente, ver G. Raunig. “Prácticas instituyentes. Fugarse, instituir, transformar”. https://transversal.at/transversal/0106/raunig/es, y “Prácticas instituyentes, nº 2. La crítica institucional, el poder constituyente y el largo aliento del proceso instituyente”. https://transversal.at/transversal/0507/raunig/es.
4 Ya en esa composición del pensamiento maquínico emerge lo insumiso, que en el segundo tomo sobre el capitalismo maquínico y la revolución molecular (el primero apareció bajo el título Dividuum) muta en el concepto de “desamblaje” que le da título. Ambos volúmenes fueron publicados en 2023 en Buenos Aires por Cactus y en Málaga por Subtextos.
5G. Raunig: “In Theorie vertiefen. Die Schule des ausstehenden Lehrers”, en Transversal. Multilinguales Webjournal: “an-academy”, octubre 2010. Recuperado de: https://transversal.at/transversal/1210/raunig/de
Mil máquinas. Breve filosofía de las máquinas como movimiento social
1. Bicicletas
Si dejamos que las cosas vayan demasiado lejos, será el fin. Tendríamos bicicletas queriendo votar y obtendrían escaños en el Consejo del Condado, y dejarían las carreteras peor de lo que están para su propia motivación ulterior. Pero, en cambio y, por otro lado, una buena bicicleta es una gran compañera, tiene un encanto insuperable.
Flann O’brien, El tercer policía
“¿Se trata de una bicicleta?”, es la pregunta central que hacen los dos policías de la novela de Flann O’Brien, El tercer policía.1 En ella, los representantes del aparato de Estado tienen que habérselas principalmente con bicicletas: con el robo de las mismas o con sus timbres, bombas de aire, dínamos y luces. Bocinas, llantas, sillines, pedales, palancas de cambios de tres velocidades, pinzas y otros extras similares componen un discurso exhaustivo y refinado del cual no es posible escapar. El virtuosismo policial llega incluso al punto de robar ellos mismos bicicletas con el fin de resolver el delito. Se irritan cuando la respuesta a su pregunta es no.
Pero cuando la respuesta es sí, nos exponen con toda claridad de qué va el asunto. En principio, la bicicleta parece ser una simple máquina técnica. Con un poco de interés y algún conocimiento de mecánica, cualquiera podría comprender fácilmente cómo funciona. En su novela, escrita en 1940 y publicada en 1967, O’Brien dibuja no obstante una relación extraordinariamente fluida entre la bicicleta y el ser humano. En el condado que sirve de escenario a El tercer policía rige la Teoría Atómica, un extraño teorema que trata del intercambio y de los flujos de átomos y partículas de materia; lo que significa no solo el flujo entre cuerpos e identidades con límites precisos, sino también el flujo desatado en el espacio entre cuerpos que se tocan, que se aproximan entre sí o se funden en sus zonas periféricas. Encontramos este flujo, por ejemplo, entre los pies de un caminante y el camino que recorre, entre el caballo y su jinete, entre el martillo y la barra de hierro que golpea. Conjunciones, conexiones, emparejamientos, transiciones, concatenaciones.
El momento más asombroso de esta elaborada invención lo encontramos en el hecho de que, cuanto más tiempo pasa una persona en una bicicleta, más se mezcla la personalidad de una con la de la otra. Esto acarrea consecuencias que afectan, en especial, los modos en que el movimiento se produce: hay humanos que solo se desplazan pegados al muro, otros que caminan de la forma más rectilínea posible, otros que nunca se sientan o que se recuestan en la pared cuando se paran, haciendo reposar su peso en un solo codo, o que se dan impulso apoyando un pie en la orilla de la acera. En el peor de los casos, si se mueven con excesiva lentitud o se detienen en mitad de la calzada, se dan de bruces contra el suelo y hay que ayudarlos a levantarse o ponerlos a un lado. Consecuentemente, El tercer policía contiene también cálculos, más o menos precisos, sobre qué porción de este nuevo agenciamiento móvil, de esta máquina, es bicicleta y qué porcentaje es humano: un cálculo de cantidades en el que, naturalmente, el cartero es quien sale peor parado. Da la impresión de que, por mucho que lo intentan, los guardianes de la ley y el orden, que tienen a su cargo resolver este asunto, no logran mantener nunca su tarea bajo control; no consiguen arrojar luz sobre la situación en conjunto, ni poner finalmente a esta máquina fluyente bajo el foco comprensivo de la administración. Por supuesto, hay también bicicletas con una gran proporción humana, las cuales, obviamente, tienen experiencias emocionales y sexuales; inexplicablemente, a veces, cuando están cerca de la comida, esta desaparece.
En Themroc (1972) de Claude Faraldo, una película que se dispara de forma órgica en todas las direcciones, hay una breve escena en la que una máquina compuesta por una bicicleta y un ser humano se cae por una razón totalmente diferente: no porque se desvanezca su porción humana, sino porque se fuga un componente social complementario del que depende la máquina. La cuestión de la dependencia y la sujeción social impregna la primera parte del film, que comienza representando el estereotipo de una jornada laboral fordista. Incluso la vida fuera del trabajo, el hecho prepararse para ir a trabajar cada mañana y el propio camino hacia allí, se corresponden con la lógica de la cadena de montaje: la fábrica, el trabajo y el camino se dividen en pequeñas porciones estandarizadas y ordenadas en un rígido esquema temporal. Incluso antes del desayuno, la visión recurrente del reloj de cocina, que es tanto una máquina técnica como social, sigue el modelo del tiempo estriado de la fábrica. Solo en el interior de la imaginación privada y aislada se produce el desvío: Themroc desea a su joven hermana, con quien vive todavía en la modesta casa de su madre.
En la segunda escena, el protagonista sale a la calle con su bicicleta desde el destartalado patio trasero de su vivienda. Pero, aun entonces no se incorpora al tráfico azarosamente ni de cualquier modo. El encuentro con su colega, quien se sumerge en el tráfico con su bicicleta exactamente en el mismo momento en que Themroc, aunque desde el patio situado justo enfrente, al otro lado de la calle, tiene lugar como un elemento más de la jornada laboral, perfectamente sincronizado y ejecutado de forma precisa gracias a la repetición diaria. Ambos conducen entonces calle abajo, codo con codo, apoyándose mutuamente como una sola máquina.
La socialidad fordista implica la simultaneidad de sujeción y solidaridad social como una forma de interdependencia. Las masas que fluyen en el interior del metro, la uniformidad y la repetición, la máquina de fichar a la entrada y a la salida del trabajo, el dispositivo omnipresente de disciplina y vigilancia que hace de los sujetos engranajes de la máquina social fordista: todo ello constituye la invención y el entrelazado de muchas pequeñas máquinas al mismo tiempo. En Themroc, por ejemplo, esto se hace evidente en la sincronización de la máquina sacapuntas del supervisor en la antesala con la máquina para hacerse la manicura de la secretaria. Y, sin embargo, surgen aquí y allá pequeñas diferencias. Themroc no deja todo en manos de la omnipotencia del dispositivo. El primer gran estallido, la transformación en el baño, el rugido contagioso, el viraje hacia la liberación sexual: lo que aparecía insinuado al comienzo del film prolifera en el curso del mismo, hasta que tiene lugar una fuga violenta de las constricciones fordistas en dirección a una esfera anárquica.
Themroc es un agente transitorio, un resplandor vital que escapa del régimen fordista. En la transición que encarna, inventa nuevas armas. En lugar de interceptar los engranajes, su forma de sabotaje consiste en fugarse de la fábrica. Se fuga, y al hacerlo modifica el orden del vestuario de la fábrica y el del transporte público, trastocando el funcionamiento del metro al caminar por las vías. El poder, sus relaciones y sus condiciones demuestran ser ubicuos, pero la resistencia de Themroc es empecinada y productiva. Al fugarse del escenario fabril, inventa un territorio completamente nuevo mediante interrupciones, rupturas, refracciones y fragmentaciones. En mitad del dispositivo fordista, Piccoli esboza un nuevo dispositivo, tapiando la entrada de su dormitorio, demoliendo a mazazos la pared que da al exterior, tirando los muebles al patio y comenzando así una nueva vida salvaje.
Rugir, golpear y gruñir como un animal –no hay ni una sola palabra en el film que pertenezca al lenguaje común– demuestra ser contagioso. Los ataques del aparato de Estado que busca restablecer el orden de múltiples maneras, aunque siempre muy simplistas (mediante la persuasión, amenazando con armas, usando gas de la risa, tapiando), son repelidos entre carcajadas. En esta situación, finalmente, dos policías son asados y engullidos. Y mientras Themroc/Piccoli intenta vivir una vida diferente abriendo su morada al exterior y estableciendo relaciones nuevas y libres, a la mañana siguiente su colega experimenta la ausencia de su componente social complementario: acostumbrado al ritual diario de dar y recibir apoyo, al incorporarse al tráfico saliendo de su patio, no percibe la nueva situación y se estampa contra el suelo montado en su bicicleta. La máquina de sujeción social, la sincronía entre dependencia y solidaridad, ya no existe. A la mañana siguiente, el colega tiene que instalar ruedas laterales en su bicicleta.
Luigi Bartolini publicó su novela Ladri di Biciclette [Ladrones de bicicletas] en 1946. Poco después, Vittorio de Sica transformó ese material literario en un clásico del cine neorrealista italiano: una película con el mismo título [titulada en España Ladrón de bicicletas], interpretada por actores amateur, rodada directamente en las calles de Roma y estrenada en 1948. Bartolini había autorizado que la novela fuese trasladada al cine, pero después protestó airadamente contra el tratamiento radical que le dio De Sica. El guion varía la trama original del libro en varios puntos, pero el desvío crucial afectaba la posición de sujeto del narrador. En el libro, el narrador en primera persona es un poeta burgués que examina la psicología, la filosofía y la economía de los ladrones de Roma; habiendo sufrido un robo, se erige en sujeto-artista autónomo capaz de controlar el relato desde una distancia moralizante. El trabajador Antonio, protagonista de la película neorrealista, es “sujeto” en sentido contrario: está sujeto y expuesto a las coerciones de la peligrosa vida cotidiana. Para el héroe del libro, el robo de la bicicleta es la razón que le permite iniciar una pesquisa calmada y planificada que resulta casi un lujo: seguir la pista de la bicicleta o del ladrón se nos muestra como una suerte de refinado deporte, como un arte incluso. Para el antihéroe del film, todo resulta completamente diferente: el robo de su bicicleta lo lanza a un movimiento maníaco, impulsado por el pánico, azaroso y dependiente de las contingencias y de la fortuna. Mientras que el círculo robo-readquisición en la anárquica geografía de Roma hace que el poeta del libro posea por seguridad dos bicicletas, Antonio, el protagonista de la película, solo puede tener la bicicleta en sus manos por un breve lapso de tiempo: al comienzo de la narración cinematográfica, en medio del paro y de la más amarga pobreza de la inmediata posguerra, consigue un trabajo para pegar carteles, a condición de que utilice su propia bicicleta. Pero él tiene solo una bicicleta vieja, cuya reparación costea empeñando las sábanas de la familia. A Antonio le roban la bicicleta el primer día de trabajo, mientras pugna por pegar su primer cartel subido a una escalera. El robo no lo ejecuta un ladrón solitario, sino todo un agenciamiento de varios componentes que operan mediante una división del trabajo, perfectamente coordinada y que explora el terreno meticulosamente antes de actuar. Un hombre se coloca inadvertidamente cerca de la bicicleta; después otro más joven espera el momento justo para montar en ella y huir. El primero finge no haberse dado cuenta del robo y se tropieza con el protagonista de manera aparentemente accidental; finalmente, Antonio se sube a un coche para perseguir al ladrón, pero un tercer hombre los dirige hacia una dirección equivocada. Antonio no tiene nada que hacer contra este enjambre coordinado de ladrones de bicicletas. Cuando regresa a la escena del delito, todos los posibles testigos se han marchado.
Cuando intenta convencer a la policía para que recupere su bicicleta, un agente asume el caso en un primer momento, pero inmediatamente se niega a proseguir. El caso se archiva, la víctima ha de buscar la bicicleta por sí misma. El film dedica incluso más atención que el libro a la búsqueda de la bicicleta que comienza en ese momento, recorriendo la ciudad desde el mercado negro de Piazza Vittorio hasta llegar desesperadamente a Porta Portese, donde los ladrones ponen su botín en circulación, en un increíble e inacabable caudal de materiales recién hurtados. Si les parece que alguna bicicleta puede ser fácilmente reconocida, entonces la venden por partes: timbres, frenos, sillines, bombas, pedales, dinamos, faros, neumáticos, etcétera. Antonio y sus amigos, en consecuencia, tienen que dividir su atención a la hora de escudriñar el escenario: uno mira armazones; otro, neumáticos; y aun otro, timbres y bombas. Pero, a consecuencia de las múltiples estrategias de ocultamiento –intercambiando partes entre varias bicicletas o repintándolas–, las características especiales de la bicicleta desaparecen, y ya no se puede establecer la identidad de cada una. Un segundo policía que se incorpora a la escena tampoco parece especialmente interesado en resolver el caso. En el libro de Bartolini, hay policías incluso entre los vendedores del mercado negro, y los negocios de estos funcionarios-traficantes están perfectamente integrados en la red de ladrones de bicicletas.
En paralelo y por debajo de esta búsqueda a la vez maníaca e infructuosa de la bicicleta, el film también desarrolla un estudio de las máquinas sociales de sus ladrones. En Porta Portese, Antonio reconoce de repente al joven ladrón que se llevó su bicicleta conduciéndola, pero de nuevo lo pierde de vista. Cuando lo descubre por segunda vez, logra perseguirlo y alcanzarlo en la calle donde vive la familia del joven. En ese momento, entra en contacto con una máquina social en forma de una incomprensible muchedumbre. La mitad del barrio se solidariza con el chico que sufre un ataque epiléptico y el policía que acude persuade a Antonio para que no lo denuncie. La máquina social de los ladrones de bicicletas se vuelve absolutamente ilimitada, de contornos difusos, haciendo indistinguibles su adentro y su afuera. En consecuencia, movido por la pura desesperación, Antonio decide convertirse él mismo en ladrón de bicicletas, pero será en vano: lo capturan al primer intento.
El estatuto del sujeto-trabajador en el film, completamente sometido a las condiciones económicas, arroja tan poca luz sobre el dispositivo maquínico de los ladrones de bicicletas como la soberanía ficcional del poeta sujeto-burgués del libro. En este aspecto, tampoco nos ayuda mucho tomar en cuenta la diferente suerte que corren cada uno de los protagonistas en el libro original o en el film. Estas dos condiciones de sujeto, que se escenifican en cada caso de forma tan radicalmente diferente –soberano el uno, sometido el otro–, este dispositivo de sujeción social de dos caras, no nos sirve para captar en toda su amplitud la máquina enjambrada de los ladrones de bicicletas. Incluso una concepción del sujeto que prescindiera de esta dicotomía de soberanía y sujeción, una construcción complementaria de estos dos polos, no nos llevaría sino a una comprensión limitada de los modos maquínicos de subjetivación. Se trata aquí, en el caso de esta socialidad enjambrada de los ladrones de bicicletas y de los mercados negros, de una forma tan difusa que no constituye en primera instancia sujetos modelados según la lógica del aparato de Estado que hace uso de la contabilidad, la medición y la estriación para asegurar una sujeción y una dependencia social omniabarcante. Lo que parece operar aquí es más bien un modo opaco de servidumbre maquínica, difícil de captar, que induce a la invención y a la cooperación sin que medie una jerarquía visible, sin sujeción, capaz incluso de sobredeterminar los aparatos de Estado supeditándolos al dispositivo maquínico.
El agenciamiento de los ladrones de bicicletas revela de la manera más clara las ambivalencias de las tres máquinas bicicleta. El peligro de que las bicicletas lleguen a reclamar un escaño en el gobierno y tomen el poder, la integración de la rebelión de Themroc en el capitalismo de la diferencia –que el film no muestra, pero sabemos que ha venido sucediendo desde la década de 1970– y finalmente la máquina de los ladrones de bicicletas como una micropolítica mafiosa y quizás incluso fascistoide: he ahí los polos negativos del ambivalente esplendor de la máquina. La cual, por otro lado, y a pesar de todo, no deja de tener un encanto insuperable.
2. Fragmentos de máquinas
El medio de trabajo, asimilado con el proceso de la producción capitalista, sufre diversas metamorfosis, la última de las cuales es la máquina, o, mejor dicho, un sistema automático de maquinaria (el sistema de la maquinaria, pues la máquina automática no es más que la forma más acabada y más adecuada de la misma, con la que la maquinaria se convierte en sistema) puesto en movimiento por un mecanismo automático o fuerza motriz, que se mueve por sí mismo.
Karl Marx, extraído del llamado “Fragmento sobre las máquinas” de los Grundrisse. Lineamientos fundamentales para la crítica de la economía política 1857-1858
Nosotros creemos, al contrario, que la máquina debe ser pensada inmediatamente con respecto a un cuerpo social y no con respecto a un organismo biológico humano. Si es de este modo, no podemos considerar la máquina como un nuevo segmento que sucede a la herramienta, en una línea que tendría su punto de partida en el hombre abstracto. Pues el hombre y la herramienta ya son piezas de máquina en el cuerpo lleno de una sociedad considerada. La máquina es, en primer lugar, una máquina social constituida por un cuerpo lleno como instancia maquinizante y por los hombres y las herramientas que están maquinadas en tanto que distribuidas sobre este cuerpo.
Gilles Deleuze y Félix Guattari, El anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia
¿Se trata de una máquina?, es la pregunta justa, aunque difícil de responder. Porque resulta inadecuado preguntar: ¿qué es una máquina?, o incluso: ¿quién es una máquina?, en tanto y en cuanto no se trata de la esencia, sino del acontecimiento; lo que necesitamos saber no es el es, sino el y: las concatenaciones y conexiones, las composiciones y movimientos que constituyen una máquina. Por lo tanto, no se trata de decir, por ejemplo, “la bicicleta es...” una máquina; de lo que se trata es de la bicicleta y la persona que la monta, la bicicleta y la persona y la bicicleta y la persona que se apoyan mutuamente, las bicicletas y los ladrones de bicicletas, etcétera.
El concepto vulgar de máquina, empero, se refiere a un objeto técnico cuyos contornos físicos y cuya separación de otros objetos se pueden determinar claramente, tanto como se puede precisar su utilidad para un fin concreto. Frente a ello, es necesario constatar que el concepto de máquina se forjó en algún momento de manera diferente, siendo pensada la máquina como una composición y un agenciamiento que no podía ser aprehendido ni definido atendiendo a su utilidad. Entre principios del siglo XIII y el siglo XVII, el significado del término máquina se vio gradualmente limitado a su sentido técnico y mecánico, fácil de delimitar en apariencia. Tuvo lugar así un proceso de estricta desambiguación de un término que había entrado en otras lenguas europeas por influencia tanto del francés machine –un término que tenía un sentido puramente técnico– como del latín machina y sus derivados. El enorme salto que experimentó la evolución de los aparatos y de los equipos técnicos en los siglos XVII y XVIII, la diseminación de los mismos y el conocimiento que de ellos llegaron a tener todos los sectores sociales, continuó en el siglo XIX, con el desarrollo de un dispositivo económico de los aparatos técnicos, es decir, un dispositivo aplicado a la funcionalidad económica y a la explotación de estos aparatos para incrementar la productividad.
Comenzó así, en el siglo XVII, la limitación fuertemente restrictiva y la connotación técnica del concepto de machina, que anteriormente consistía más bien en un agenciamiento de conceptos, viéndose en consecuencia progresivamente jerarquizados los diferentes aspectos de lo maquínico. Dicha constricción del paisaje terminológico del concepto de máquina también tuvo como consecuencia la creciente marginación y, en especial, la metaforización de cualquier otro significado que no fuese el de la privilegiada connotación técnica. En ese período proliferaron así las metáforas del hombre como máquina, del Estado como máquina, del mundo como máquina; con la introducción de esta metáfora universal, que funcionaba en las dimensiones micro y macro de las cosas, prácticamente todo habría de ser explicado con el concepto de máquina: desde el modo en el que se organizaban los órganos humanos hasta la vida comunitaria, pasando por el cosmos entero.
Y aun así, entrado el siglo XIX encontramos indicios de una de/recodificación del concepto de máquina que se completaría y actualizaría en el siglo XX. En la Revolución Industrial encontramos, sobre todo, en un extremo, los cálculos exactos que se derivaban de la funcionalización económica de las máquinas técnicas, y en el otro, el ludismo social-romántico antimaquínico. Pero se extendió también por toda Europa un movimiento que, superando los dos extremos anteriores, acabaría desembocando en la segunda mitad del siglo XX en un cierto pensamiento sobre la máquina. Su origen se encuentra en lo que se conoce popularmente como “Fragmento sobre las máquinas”, una sección de los Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie escritos entre 1857 y 1858, en la que Marx desplegó sus ideas sobre la transformación de los medios de trabajo: de simple herramienta a una forma de capital fijo; en otras palabras, máquinas técnicas y “maquinaria”.
En términos generales, Marx pensaba que “la máquina es, sencillamente, un medio para la producción de plusvalía”; dicho de otra manera, algo que, ciertamente, no tiene el objetivo de reducir el esfuerzo de los trabajadores y las trabajadoras, sino más bien optimizar la explotación de los mismos. Describió lo que entendía por esta función de la “maquinaria” en el capítulo 13 de El Capital, de acuerdo con los tres aspectos que incrementan el empleo del ser humano como fuerza de trabajo (especialmente del trabajo de las mujeres y de los menores), prolongando la jornada laboral e intensificando el trabajo. En el “Fragmento”, Marx enfocaba especialmente la evolución histórica que, según él (y también según otros), finaliza en una máquina que, a diferencia de la herramienta, no se debe entender de ninguna manera como un mero medio de trabajo para el trabajador o la trabajadora individuales: al contrario, encierra el saber y la destreza de todos los trabajadores que la accionan, así como el de los científicos que la desarrollan, bajo la forma de un saber y destreza objetivados, que acaba por oponerse, en un plano de inmanencia y como poder central dominante, a los propios trabajadores y trabajadoras individuales. Desde este punto de vista, los modos de subjetivación y socialización no se deben entender como un afuera de la máquina –siendo esto lo que permitiría construir metáforas maquínicas–, sino que más bien la subjetivación y la socialización se dan dentro de la propia maquinaria técnica.
Marx describe la relación entre los seres humanos y las máquinas fundamentalmente como una forma de sujeción social, como la actuación de las máquinas, en tanto que poder extraño, sobre el trabajo vivo de las trabajadoras y los trabajadores individuales, quienes, subsumidos en el proceso general de la maquinaria, funcionan como partes de un sistema mecánico, como accesorios vivos de esta maquinaria, como medios de la acción de la misma. Marx parece seguir, en este aspecto, el par metafórico que representa a la máquina como un gigantesco organismo y a los seres humanos como componentes dependientes, de los cuales se ha apropiado la máquina. El capital se desarrolla, en este sentido, como un poder sobre el trabajo vivo, que se ve sujeto al proceso de producción en su totalidad.
Este sistema automático de maquinaria que parece ponerse en marcha por “una fuerza motriz que se mueve por sí sola”, en definitiva, este autómata, no es, sin embargo, imaginado por Marx en el “Fragmento” como un aparato puramente técnico, como una composición puramente a-orgánica, no-viva, sino más bien como algo que consiste en numerosos órganos mecánicos e intelectuales. Las trabajadoras y trabajadores que manejan los aparatos forman parte de la máquina tanto como el trabajo intelectual y cognitivo de quienes la han desarrollado y han producido el entorno social de la misma: economistas, directivos, ingenieros. Pero Marx formula también, por otra parte, la separación de los trabajadores y sus medios de trabajo, la determinación de los trabajadores por parte de las máquinas, la dominación del trabajo vivo por parte del trabajo objetivado, introduciendo así una imagen última de la relación entre los seres humanos y las máquinas, la imagen del ser humano como medio al servicio de la máquina, inversa a la figura inicial de la máquina como medio del que los seres humanos se valen para simplificar su trabajo y sus condiciones de vida. Desde esta perspectiva, la acción humana sobre la máquina, que en último término se limita a protegerla de todo lo que pueda perturbarla, está rigurosamente sujeta al orden de la maquinaria, y no al revés. Incluso el trabajo inmaterial, intelectual o cognitivo que se aplicó al desarrollo de la máquina, al quedar encerrado en el aparato técnico, se convierte en extraño, se transforma en un poder extrahumano de la máquina que actúa sobre los componentes humanos que la accionan.
Esta reversión que Marx expone de la relación entre los trabajadores y sus medios de trabajo, y que va en el sentido del dominio de la máquina sobre el ser humano, no se define solo por concebir un desarrollo lineal que va desde la herramienta hasta el aparato compuesto técnicamente, atravesando toda una jerarquización progresiva del proceso de trabajo; también consiste en una inversión del sentido que adopta el dominio sobre el saber. De acuerdo con dicha lógica de sujeción social, Marx afirma que “todas las ciencias se ven atrapadas y puestas al servicio del capital”. Mediante el proceso de objetivación de todas las formas de saber en la máquina, quienes aplican su saber a la hora de realizar o de accionar la máquina pierden toda competencia y poder sobre el proceso de trabajo. El trabajo vivo aparece en sí mismo en tanto objetivado, por una parte, como trabajo muerto en la máquina; y por otra en tanto separado, dividido entre las trabajadoras y trabajadores singulares, en muchos puntos de la maquinaria.
Observamos, no obstante, que incluso para el Marx del “Fragmento” la enorme máquina autoactivada es más que un mecanismo. La máquina no aparece aquí limitada en absoluto a sus aspectos técnicos, sino que consiste, en cambio, en un agenciamiento mecánico-intelectual, social incluso: aun cuando la tecnología y el saber (como máquina) afectan unidireccionalmente a los trabajadores y trabajadoras, la máquina es una concatenación no solo de tecnología y saber, sino también de “órganos” sociales, llegando al extremo de ejercer una coordinación de los trabajadores y las trabajadoras individuales. Lo que se nos revela desde esta perspectiva es, evidentemente, cómo el análisis de Marx anticipa la idea de la relación entre sujeción social y servidumbre maquínica:2 la máquina no solo forma sus sujetos, no solo estructuraliza y estría a los trabajadores como autómatas, como aparatos, como estructura, como máquina puramente técnica en el estadio final de desarrollo de los medios de trabajo, sino que también se ve permeada por los “órganos” mecánicos, intelectuales y sociales, que no solo operan sobre la máquina, sino que asimismo la van desarrollando y renovando, que incluso la inventan.
Y a pesar de todo, de la máquina surge también un destello de cómo se puede superar esta doble relación de sujeción social y servidumbre maquínica, y por lo tanto, de cómo se puede realizar la posible –por no decir necesaria– colectividad del intelecto humano. En un pasaje bien conocido del “Fragmento”, Marx abre esta posibilidad mediante el concepto de general intellect, que más tarde se convirtió, especialmente para el obrerismo y el postobrerismo italianos, en el punto de referencia compartido para el giro emancipatorio que se dio en el pensamiento sobre la máquina: las máquinas, según Marx, “son órganos del cerebro humano creados por la mano del hombre, la potencia objetivada del saber. El desarrollo del capital fijo indica hasta qué punto el saber social general, el knowledge, se ha convertido en fuerza productiva directa y, por lo tanto, hasta qué punto las condiciones del proceso social de vida se hallan sometidas al control del general intellect y son transformadas con arreglo a él. Hasta qué punto las fuerzas productivas sociales son producidas no solo bajo la forma del saber, sino como órganos directos de la praxis social, [de las relaciones sociales] del proceso real de vida”.3
El “Fragmento sobre las máquinas” no solo apunta al hecho de que el saber y la destreza son acumulados y absorbidos en el capital fijo como “fuerzas productivas directas” del cerebro social, y a que el proceso de conversión de la producción en saber es una tendencia del capital; también indica cómo se puede invertir esta tendencia. La concatenación del saber y la tecnología no se agota en el capital fijo, sino que también puede tener lugar más allá de la máquina técnica y del saber objetivado en la misma: en formas de cooperación y de comunicación social –no solamente bajo la forma de la servidumbre maquínica– como una capacidad del trabajo inmaterial. Y es esta la forma de trabajo que –como se ha afirmado insistentemente después de Marx, especialmente por parte de la teoría (post)obrerista– puede destruir las condiciones bajo las cuales se produce la acumulación capitalista. Cuando menos, Marx escribe en el “Fragmento” que las fuerzas de producción y las relaciones sociales son las condiciones materiales de las cuales tenemos que servirnos para hacer estallar los cimientos del capital, haciendo volar hasta el cielo sus fragmentos...
Vemos así cómo, en fecha tan temprana como el siglo XIX, se anuncia un nuevo pensamiento sobre la máquina, que hace efectiva la concatenación de aparatos técnicos, agenciamientos sociales y el intelecto como capacidad colectiva, reconociendo su potencia revolucionaria. En múltiples oleadas y en diferentes campos y disciplinas, está teniendo lugar actualmente una reversión del proceso de estrechamiento y desambiguación del concepto de máquina como máquina técnica que ha predominado a lo largo de los últimos trescientos años. Pierde sentido así la larga historia lineal de la extensión de la mano como medio de trabajo a la mano como operadora del aparato técnico –situación en la que la mano misma se convierte en una prótesis del aparato–, finalizando en la completa autonomía de la máquina y en la subjetivación maquínica de los seres humanos.
Cuando no se limita a designar el aparato técnico, el concepto de máquina ya no consiste solamente en una metáfora del funcionamiento mecánico de algo diferente a las máquinas técnicas. Aunque ese tipo de ideas siga siendo dominante, están siendo progresivamente sustituidas por una concepción de la máquina técnica como indicio tras el que se esconde toda una noción más general de la máquina. Desde las fantasías maquínicas excesivas de la literatura del futurismo, el constructivismo o el surrealismo, pasando por la cibernética y la socio-cibernética de Norbert Wiener y otros,4 hasta las investigaciones sobre la máquina, cada vez más numerosas, que se dan en el campo de la filosofía de la ciencia, por ejemplo, por parte de Canguilhem y Simondon, se intensifica hoy una comprensión más extensiva de la máquina que ha dado lugar a las teorías sobre el cíborg de Donna Haraway y la Internacional Ciberfeminista en el cambio de siglo. Con todo, estos nuevos desarrollos no han de contemplarse como una evolución histórica singular y lineal que, comenzando con la extensión premoderna del concepto de máquina, hubiera atravesado una etapa moderna en la que se habrían establecido los límites del mismo, para finalmente volverse de nuevo permeables. Se hace necesario más bien examinar dichos cambios en cada uno de sus contextos históricos.
En los escritos de Guattari, especialmente en los elaborados en la década de 1970 con Gilles Deleuze, se da un movimiento aplicado al concepto de máquina que lo expande y condensa: la máquina técnica se comprende como un subconjunto de una temática y de una terminología maquínica más general, que se abre hacia el afuera y hacia su propio entorno maquínico para mantener todo tipo de relaciones con múltiples componentes y subjetividades.5 Lo primero desbaratan Deleuze y Guattari es la oposición entre ser humano y máquina, entre organismo y mecanismo, que se ha establecido a lo largo de los siglos, sobre cuya base un polo se explica en relación con el otro: lo humano en relación con la máquina o la máquina en relación con lo humano, en las respectivas visiones del mundo antropocéntrica o mecanística. Ambas visiones, aunque parezcan situarse en extremos opuestos, se entienden a sí mismas como paradigmas convencionalmente lineales, sin rupturas, irresistibles, instrumentales: sus respectivos organismos y mecanismos comparten la noción ideal de una repetición múltiple de sí mismos sin diferencia, de una funcionalidad general a la cual están sujetas rigurosamente todas sus partes.
En contraste con lo anterior, para Deleuze y Guattari la máquina (deseante) solo se puede encontrar en la simultaneidad de flujo y ruptura. Los cuerpos humanos sufren colapsos; los aparatos técnicos, disfunciones, o se ven detenidos por la interferencia del sabotaje; los Estados se desmoronan por causa de la guerra civil o se ven vaciados por el éxodo. Así y todo, lo que el paradigma órgico de El anti-Edipo trae a primer plano no es el ser humano, el aparato técnico o el Estado de forma singular, sino la relación entre las corrientes y las rupturas de los agenciamientos en los que se concatenan las máquinas orgánicas, técnicas y sociales.
En el “Apéndice” de El anti-Edipo
