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"Este es un archivo oral chismográfico de nuestra experiencia de agite en la marea feminista desde 2015. Se trató de una experiencia radical y transformadora que nos cambió para siempre. Nos expandimos subjetiva y políticamente. Del hacer juntas con miles de compañeras y compañeres aprendimos muchas cosas: desde cortar calles hasta hacer videos y revistas, pintar banderas, grafitear, sentarnos a negociar con partidos y sindicatos, disfrutar (y bancarse) estar juntas. Todo esto que nos pasó a nosotras seguramente les pasó a millones de mujeres, lesbianas, travestis, trans y no binaries del mundo entero. Queremos que estas historias no se pierdan en nuestros cerebros formateados por la tecnología y erosionados por los fármacos. Que los detalles que recuperamos vibren como gérmenes de futuro". En Mareadas en la marea, Fernanda Laguna y Cecilia Palmeiro cuentan, en forma de diario, cómo lo que empezó siendo un chiste entre amigas en la previa de un cumpleaños (¡hagamos una huelga de mujeres!) se volvió un torbellino de militancia y aventura. Cada entrada va construyendo una historia deliberadamente no oficial de la marea feminista, con su frenesí y sus contradicciones. Están las asambleas multitudinarias, donde las decisiones por consenso eran puro logro, pero costaban esfuerzo y somatizaciones salvajes; las marchas en el centro de Buenos Aires, con los pañuelos verdes y el glitter; un desfile de las mujeres de Fiorito en arteba, la feria más rica de la Argentina; un encuentro emocionado con Silvia Federici en Nueva York; la organización de una muestra en Londres, en un tironeo subjetivo entre la crítica al consumo y la fascinación por las ferias americanas; la fusión de la política y la fiesta, con un orgasmo sincronizado a escala planetaria; la iniciativa de crear una reserva de chongos potables; una orgía alucinatoria en una calle oscura en el medio de los festejos por la aprobación del aborto legal. Vital, alegre y desfachatado, este diario se sostiene en la amistad como vínculo amoroso y de cuidado, y confía en la potencia colectiva que late en la organización popular y en todos los movimientos que buscan cambiar el mundo. ¿Cómo se vive una revolución por dentro? Mareadas en la marea es lo más cerca que estaremos de saberlo.
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Seitenzahl: 421
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Índice
Cubierta
Índice
Portada
Copyright
Carta a nuestras lectoras y lectorxs
2015. ¡Uno, dos, tres… probando!
De un chiste nace un plan espectacular
3 de junio de 2015: marcha Ni Una Menos
25 de noviembre
Aquelarre
2016. #NosotrasNosOrganizamos
Línea fumadora
19 O, primer Paro Nacional de Mujeres: un sueño hecho realidad
25N #NosotrasNosOrganizamos #LaInternacionalFeminista
2017. #ParamosElMundo
El paro como proceso creativo
Asambleas 8M
8M 2017
Mareadas en la marea
Cat Power y la Rave de la Marea
Gira NUM por los Estados Unidos
#DesendeudadasNosQueremos
3 de junio 2017
Asambleas situadas: #NiUnaTrabajadoraMenos #NuestrosCuerposNuestrosTerritorios
Asamblea PepsiCo: crónica NUM
Un miedo
Vacaciones (re)creativas
2018. Marea verde
Revista Nacho: ¿un reservorio de chongos potables?
Cuadrilla de pintoras
Asamblea 8M 2018
8 de marzo: segundo Paro Internacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans
#AbortoLegal #QueSeaLey
Cancionero Coro Abortero de la Ciudad de Buenos Aires
Arteba: Las insumisas del arte (23/5/18)
4J Marea verde
13 de junio
High on the Tide Londres
#OperaciónAraña #LaTierraTiembla #DesdeAbajo
8 de aborto, furia y euforia
Apostasía y Estado laico
Paro contra el fallo de Lucía: 5/12/18
2019. Dar de comer y dar de coger
Belleza y Felicidad Fiorito
Copa Libertadoras
Cuidados y salario feminista
Elecciones presidenciales
2020. Lo que no te mata te fortalece
Verano trágico
Tortícolis, lesbianismo y revolución
8M 2020
9M
El Lejano Oriente siempre fue un misterio
La Visión
Vigilia 9D #SeráLey
29D El arribo de la gloria
Epílogo. Apuntes para una memoria feminista: hacia una literatura del nosotras
Apéndices
Apéndice 1. 19 de octubre - Nosotras paramos
Apéndice 2. La internacional feminista
Apéndice 3. #DesendeudadasNosQueremos ¿Por qué al Banco Central?
Apéndice 4. Asamblea NiUnaMenos en El Bolsón (23/9/2017)
Apéndice 5. ¡Jallalla Mujeres!
Apéndice 6. Revista Nacho
Apéndice 7. Asamblea Permanente de Trabajadoras del Arte
Apéndice 8. Nota escrita para Portal Catarinas de Brasil
Apéndice 9. Furia y euforia: declaración de Ni Una Menos para lxs compañerxs feministas del mundo
Apéndice 10. Sin Estado laico no hay Ni Una Menos
Fernanda Laguna
Cecilia Palmeiro
MAREADAS EN LA MAREA
Diario íntimo y alocado de una revolución feminista
Laguna, Fernanda
Mareadas en la marea / Fernanda Laguna; Cecilia Palmeiro.- 1ª ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2023.
Libro digital, EPUB.- (Singular)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-801-254-4
1. Feminismo. 2. Derechos de la Mujer. 3. Estudios de Género. I. Palmeiro, Cecilia. II. Título.
CDD 305.42
© 2023, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.
<www.sigloxxieditores.com.ar>
Diseño de portada: Emmanuel Prado
Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina
Primera edición en formato digital: mayo de 2023
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-254-4
Carta a nuestras lectoras y lectorxs
¡¡¡A quien corresponda!!!!
El proyecto “Mareadas en la marea” comenzó al hacer artefactos estético-políticos (banderas, videos, etc.) como parte de una revolución feminista discontinua y poderosa, que lleva siglos, pero que irrumpió una vez más en 2015. Empezamos a guardar esos artefactos y luego a cartonear cosas que hacían otrxs. Cuando nos embarcamos en la organización de una primera muestra de ese material (luego vendrían muchas otras), comenzamos a ordenar y armar constelaciones de sentido; más tarde, en 2019, escribimos las primeras entradas de este diario íntimo colectivo que ahora les compartimos para no olvidar todo lo que vivimos, para no perder lo que hicimos ni la conciencia de lo hecho.
Este es un archivo oral chismográfico de nuestra experiencia de agite en la marea feminista desde 2015 hasta un cierre que es arbitrario, pero que nos pareció muy arriba.
Se trató de una experiencia radical y transformadora que, a través de la práctica de organización, creación y cooperación colectiva, nos cambió para siempre. Nos expandimos subjetiva y políticamente. Del hacer juntas con miles de compañeras y compañeres aprendimos muchas cosas: desde cortar calles hasta hacer videos y revistas, pintar banderas, grafitear, preparar y ensayar coreos, sentarnos a negociar con partidos y sindicatos, disfrutar (y bancarse) estar juntas.
Todo esto que nos pasó a nosotras les pasó a millones de mujeres, lesbianas, travestis, trans y no binaries del mundo entero. Queremos que estas historias no se pierdan en nuestros cerebros formateados por la tecnología y erosionados por los fármacos. Que los detalles que recuperamos, las energías que invocamos, las intensidades y sensaciones que conjuramos como gérmenes de futuro sigan inspirando a nuevas generaciones. Juntarnos a hacer memoria para no olvidar y que les lectores revivan lo que les pasó activando nuevos procesos de rememoración. Convocamos a nuestras memorias (las de nosotras dos y las de ustedes) a escribir nuestra historia. La nuestra es parcial, personal y alocada, y reivindicamos la multiplicidad desde abajo de la memoria que se construye entre las amigas y amigues, incluso las versiones distintas. Esos relatos (las anécdotas, los chistes, los chismes) nos graban a fuego el recuerdo, como cuando a alguien se le borró por completo algo que hizo pero se lo cuentan las amigas y entonces recuerda.
Con la práctica de escritura colectiva en Ni Una Menos, incorporamos una lengua de trinchera, afilamos nuestra lengua de locas en el sentido del acuerpamiento de combate. Ahora quisimos llevar esta potencia a un registro más íntimo y subjetivo, a la literatura a través de la cual colamos la ficción como técnica para escribir memoria, y así pasar de un “yo” o dos a un nosotras. Inventar una literatura del nosotras, del sujeto múltiple de una vida común.
Este libro no es un cierre o clausura de esa experiencia. Por el contrario, es una nueva indagación en una dimensión de la escritura, en una nueva variante de las lenguas de las locas, entre el amor y la guerra. Profundizamos nuestra amistad políticamente hasta hacer un cuerpo colectivo en la escritura: un acuerpamiento por fuera del amor romántico y de la familia, pero igualmente intenso. La amistad como vínculo revolucionario.
Mareadas en la marea está organizado en el diario propiamente dicho, un epílogo y una sección de archivo de documentos como apéndices que está disponible al final del libro. Agradecemos a la marea global feminista por tanta felicidad y a las compañeras y compañeres que nos compartieron sus archivos (documentos, acciones, fotos, canciones, movidas), que son los materiales de este archibro.
Y para terminar como si empezáramos, queremos compartir un secreto más. Así como nos interesa el arte_lin (ya verán de qué se trata), ese que está por encima y más allá del mundo del arte, quisimos hacer teoría con la experiencia de la calle, y traducir la teoría más académica a las lenguas de locas: deseamos más teoría, historia y literatura popular. Lo que no nos faltan son sueños…
Con locura, ambición (:O) y mucho entusiasmo,
Nosotras
2015
¡Uno, dos, tres… probando!
De un chiste nace un plan espectacular
La noche del 7 de marzo de 2015 estábamos en la previa de un cumpleaños, con miles de amigues en nuestra casa, un ambiente diminuto, apiñades. Cada invitade traía bebidas y aditivos y eso llevó a que en pocos minutos estuviésemos absolutamente borrachas, charlando sobre temas random: Vicky con su nuevo novio, Mariano con su viaje a Grecia, chisme va chisme viene, las lenguas de las locas coparon la parada. El calor de la conversación subía y los cuerpos se agitaban en la abundancia desbordada (todavía teníamos plata para los excesos). Con las pocas herramientas intelectuales que nos quedaban, nos pusimos a hablar sobre todo el trabajo invisible que hacíamos. Dijimos: laburamos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, todos los días de la semana. Hacemos todo por todes, describir todas las tareas que enumeramos nos llevaría un libro entero. Al final de una larguísima y penosa lista, llegó la epifanía. Sentadas en el sillón, cara a cara, nos miramos a los ojos y nos dijimos: hay que hacer una huelga de mujeres. Las cataratas de la risa invadieron todo el edificio. Todavía seguimos riéndonos. Nos parecía una locura radical llevar adelante un paro de mujeres. ¿Quién les daría la teta a los bebés? ¿Cómo producirían las fábricas sin nosotras? De a poco la risa se fue disipando, pero a través de la mirada firme nos dijimos: qué idea genial. Nadie sabía que la primera huelga de mujeres se había hecho en los años setenta en Islandia por la igualdad salarial, cosa que lograron. Tampoco se sabía que en Polonia y en Corea del Sur ya se corría la bola, y un año y medio después, en octubre de 2016, pararían justo antes que nosotras. El colectivo Ni Una Menos todavía no existía, y no sabíamos que estábamos yendo al cumple de una amiga que sería una futura compañera en el proyecto que nos cambiaría la vida a todas.
Como todos nuestros planes, este nació como un chiste. El resto de la reunión no se percató de nuestra epifanía creativa. Pero para nosotras, antes de salir, la noche ya estaba hecha. ¿Qué más podíamos pedir que un plan tan espectacular? El germen de la marea empezaba a agitar los inconscientes y a despertar el deseo de cambiarlo todo.
Días más tarde, una campaña de misoginia generalizada se propagaba en los medios contra los cuerpos feminizados, desde las adolescentes hasta la entonces presidenta, y se cristalizaba en un aumento en los índices y la crueldad de los femicidios. Un grupo de periodistas comenzó una conversación sobre cómo desmontar la narrativa victimizante y moralizante que funcionaba como un disciplinamiento. Frases pelotudas como “era fanática de los boliches” o “usaba minifalda” se utilizaban para justificar y alimentar la violencia machista. Así, en un parloteo de colegas, se activó uno de los avatares de las lenguas de las locas: el embrión de lo que sería el movimiento Ni Una Menos.
La consigna articuló el plano político y poético de la lengua, como contracción de los versos de guerra de Susana Chávez, poeta mexicana que declamaba en las marchas en Ciudad Juárez desde 1995: “Ni una mujer menos, ni una muerta más”. De ahí, y de la herencia inconsciente de otras luchas, como la campaña “Ni un pibe menos” contra el gatillo fácil, salió, primero como hashtag y después como grito colectivo, la consigna “Ni Una Menos”.
En marzo de 2015, días después de nuestra fiesta, aquel grupo de periodistas y escritoras, al que todavía no pertenecíamos, convocó a una maratón de lectura en la cual se releyó la tradición de la poesía argentina desde la perspectiva del femicidio, concepto que se iba instalando de a poco en la opinión pública. María Moreno leyó “Cadáveres”, de Néstor Perlongher, en clave feminista, conectando el presente y el pasado de una discursividad que llamamos “las lenguas de las locas”.
Se venía cocinando un caldero atómico por diferentes lados. En abril, ya en los últimos meses del gobierno kirchnerista, organizamos unos paneles de discusión para elaborar colectivamente el concepto de las lenguas de las locas. En el marco del Encuentro Federal de la Palabra, en Tecnópolis, nos reunimos con un grupo de locas escritoras para pensar nuestras propias prácticas: María Moreno, Mariano López Seoane, Marta Dillon, Fernando Noy, Javier Arroyuelo, Ich D’Amore y nosotras. De esa asociación ilícita entre putas, putos, tortas y demás queers salió un manifiesto casi secreto pero con una impronta poderosa: “La lengua de las locas”. Una discursividad propia que es una literatura sin formato, criminalmente femenina.
En ese encuentro y en el texto-manifiesto que lo siguió, dijimos cosas así:
En el principio, y en principio, loca es un insulto. Como querría la Borges, loca venerable, este insulto es el fin de todo argumento, de toda discusión, impuesto con todo el peso de la razón falologocéntrica.
La injuria capta ahora un proceso del devenir mujer molecular: no nombra un hacerse mujer, sino lo que puede una mujer en el sentido de la transgresión.
Ancladas en el margen, resistentes, al nombrarse por medio de la injuria renuevan su compromiso con lo menor, con el peligro de lo femenino.
La loca no tiene género, aunque sugiere aquello que de mujer molecular hay en todos. Por eso la loca se nombra en un femenino artificioso, gozoso, al estilo del femenino travesti o del femenino marica.
La loca cumple así el viejo sueño de las vanguardias: en su deriva se fusionan arte y vida. En la loca, la libertad en su sentido soberano (como querría una loca fina, Bataille) y el debilitamiento de la razón utilitaria (abatida por el principio estético) corroen el andamiaje sofocante de la normalidad. La loca ocupa su lugar de enunciación como quien ocupa una trinchera: su lengua es una lengua en estado de emergencia, una lengua de combate, de guerra. Así, para la loca lo cotidiano es aventura.
“La lengua de las locas”, disponible en <revistas.untref.edu.ar/index.php/ellugar/article/view/1034>.
Y siguiendo estas conceptualizaciones, años después escribimos esto, muy inspiradas para una entrevista: “Toda textualidad loca es de alguna manera queer. Lo queer en este sentido no debe confundirse con la sexualidad de lx autorx. Lo queer es un desplazamiento, un devenir como proceso de singularización y no de normatividad. Más que una literatura queer, nos interesa pensar las lenguas de las locas. Encontrar esa textualidad queer atravesando las fronteras de la literatura. La poética de las locas puede leerse en los comentarios de Moria Casán, en el chisme de peluquería, en los poemas de Perlongher, en la complicidad de la malicia y el filo. Es la lengua de todas las que hemos sido categorizadas como locas: mujeres, putas, maricas, travas, mostras, huecas. Es el peligro de lo femenino, del margen del patriarcado. Es código común, contraseña de alianza aberrante de resistencia. Es la lengua de la oralidad que sobrevivió en secreto en peluquerías, cocinas y baños de discotecas (espacios de confinamiento pero también trinchera histórica de la sororidad, de intimidad entre mujeres) y que desde hace poco podemos rastrear en la literatura”.
Por ejemplo, Belleza y Felicidad (espacio cultural y editorial que funcionó entre 1999 y 2008) abrió un campo de expresión y una cloaca de donde salieron mil mostras. En su momento, fue criticado con palabras como “cualquierización”, “liviandad”, “infantilismo”. Hoy vemos que esos son conceptos patriarcales que dependen de un gusto y un criterio de calidad masculinos, que tienen como valores lo serio, lo solemne, lo grave, lo verdadero. Esta perspectiva es la piedra angular del patriarcado.
Recuperadas desde una perspectiva crítica, “cualquierización”, “liviandad”, “infantilismo” son atributos claves de las lenguas de las locas que hacen de lo minoritario, de lo singular, una potencia del mundo por venir. Apuntan a visibilizar un mundo escondido. A través de protestas y acciones, la marea feminista sacó del clóset a las lenguas de las locas poniendo los cuerpos en las calles y las pantallas. La marea feminista, como uno de sus avatares más públicos, es la proyección política masiva de las lenguas de las locas.
3 de junio de 2015: marcha Ni Una Menos
Nos enteramos por las redes de que las chicas de la primera versión del colectivo NUM llamaban a una concentración en la Plaza del Congreso como respuesta a la crueldad y la truculencia del femicidio de Chiara Páez, de 14 años, embarazada, asesinada a golpes y enterrada en el patio de la casa familiar por su novio, hijo de un policía.
Nosotras empezamos a organizarnos con otras artistas en un grupo de Facebook llamado “<3” para ir en una columna.
Fer: Hola Ceci, estoy en el subte
Ceci: Llegandoooo
Fer: Ay no sabés, en el vagón somos todas mujeres, re intenso.
Ceci: Acá en el A también! Todas yendo a la concentración!
Fer: No se puede creer. Se me llenan los ojos de lágrimas.
Ceci: A mí también! Bajo ya!
5 minutos más tarde…
Ceci: Boluda, no puedo avanzar de la cantidad de gente, veo de meterme por Rodríguez Peña.
Fer: ¡Estoy por Callao, en plena avalancha!
Fer: estás?
Fer: si puedo te busco en Rodríguez Peña
Ceci: Dónde andás?
Ceci:?????
Fer: Se me cayó el teléfono y lo atajé de pedo
Ceci: estoy en la avalancha de Rodríguez Peña y Bartolomé Mitre, me encontré con Tamara Kamenszain
Fer: No puedo avanzar
Fer: Se me va la señal
Fer: Supiste algo de las chicas?
Ceci: Qué chicas?
6 minutos más tarde
Fer: Llegaste al Gaumont?
Ceci: No, sigo en el mismo lugar, no me puedo mover
Ceci: esto parece un maremoto en suspenso
Fer: está que explota
Fer: muchas chicas del secundario!
Fer: podés ver el escenario?
Ceci: No boluda, estoy en el mismo lugar que hace un rato
Fer: Yo tampoco veo nada, pero estar acá ya vale!
Ceci: el acto es la calle
Fer: Uy acabo de ver una chica re linda…
Ceci: uuuuuiiiiiaaaaa
Ceci: acá hay más bien gente grande, muchos viejos incluso
Fer: Acá hay más onda. Escuchate esta consigna de un cartel: Somos la puta que te parió y la concha de tu hermana exigiendo respeto.
Ceci: nanananannananaaa mandá foto
Ceci: pena que no puedo llegar
Fer: la chica me mira
Fer: gracias a la multitud la tengo re cerca mío
Ceci: que no te vea los mensajes
Fer: soy una experta jajajaja
5 minutos después
Ceci: Se me fue la señal, colapsaron las redes y teléfonos
Fer: estás?
Fer: holaaaaa?
Ceci: Me encontré con Jackie en Ugi’s
Fer: mmmm qué rico! A ver si llego
Fer: No puedo creer esta marcha
Ceci: Piel de gallina
Fer: lloro
Ceci: Me too!
Así, ese 3 de junio de 2015 emergió el acuerpamiento Ni Una Menos, y la marea debutó en la Plaza del Congreso con 300.000 personas. La convocatoria fue lanzada al estilo operación de prensa con un tejido de periodistas que se comprometieron a darle mucho bombo desde sus respectivos medios y redes, para tener la mayor visibilidad posible gracias al trending topic. Este tejido proponía un tipo de organización diferente al de las organizaciones políticas activas en aquel momento, daba la sensación de ser algo espontáneo (que no era) y por fuera de lo partidario. Incluso daba una idea de frescura, de autenticidad. Parecía estar por encima de lo que más adelante se llamaría “la grieta”, o de la polarización, que ya existía y que no tiene conciliación posible.
Toda la estrategia de la convocatoria apuntaba a la masificación a partir de la condensación en un tema: el femicidio. En el escenario al que nunca llegamos, tres figuras del espectáculo y la cultura (Maitena, Érica Rivas y Juan Minujín) leyeron un documento que definía y politizaba de manera incipiente el concepto de femicidio.[1]
Esta clase de organización y convocatoria era por completo novedosa, y el estilo y la energía de la multitud que congregó eran más nuevos todavía. Chicas con coreografías, con montajes colectivos, con looks irreverentes, con consignas serias pero con un sentido del humor que emergía en ese momento… Nunca habíamos visto tantas adolescentes, señoras grandes, chicas espectaculares, maricas, travestis… una mezcla de la marcha del orgullo y algo nuevo, inaudito, un fuego que todavía no teníamos palabras para describir… La emoción era total por lo intenso, por lo sorprendente y por lo revolucionario. Era el primer avistamiento de la marea en Buenos Aires, un fenómeno para ser observado desde el cielo, o, como las líneas de Nazca, desde otro planeta.
25 de noviembre
El 25 de noviembre es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, así lo estipuló la ONU en 1999 como homenaje a las hermanas Mirabal. Patria, Minerva y María Teresa eran militantes opositoras a la dictadura de Trujillo en República Dominicana que fueron presas y brutalmente asesinadas por el régimen en 1960. Conformaban una agrupación llamada Las Mariposas, probablemente por lo diosas montadas que eran. Su triple femicidio aceleró la caída de Trujillo y desde entonces son un ícono de la lucha feminista latinoamericana.
El 22 de noviembre de 2015, Macri ganó las elecciones presidenciales por 680.000 votos, por chirolas, y eso generó una gran depresión en nuestros cuerpos-espíritus. Nos esperaban años de malaria, sin poder anticipar ni imaginar cuánta. El 25 de noviembre se convocó a la tradicional marcha por la no violencia contra las mujeres, pero esta vez bajo la consigna Ni Una Menos, que empezaba a expandirse luego del histórico 3 de junio.
Quedamos todas en shock luego del balotaje en el que habíamos invertido nuestras esperanzas organizando acciones y campañas desde abajo para que Macri no ganara. Una de las campañas en las que participamos fue Amor Sí, Macri No. Todo empezó con un posteo desesperado, un llamado a unirnos para hacer algo, para pensar todxs juntxs. Los posteos empezaron a multiplicarse y la gente tiraba ideas que culminaron el sábado siguiente con una concentración y un acto transpartidario (o superador de los partidos) en Parque Centenario que reunió a miles de personas. A partir de ahí surgieron decenas de acciones diferentes que fueron el caldo de cultivo de una enorme resistencia antimacrista.
Ese 25 de noviembre, tres días después del balotaje, volcamos sin querer un licuado sobre la computadora nueva. Signo de la angustia que nos aquejaba. Con un nudo en la garganta, salimos de dar clases y fuimos corriendo a la marcha con el objetivo claro de no quedarnos solas en nuestras casas llorando los siguientes cuatro años. Cuando llegamos a la plaza la marcha era escueta, pero sentimos el abrazo feminista que nos llenó de alegría. Nos encontramos con las dos integrantes del colectivo Ni Una Menos que conocíamos, juntamos coraje y les dijimos que queríamos sumarnos al grupo, que las admirábamos y queríamos luchar con ellas. Ellas nos dijeron que sí mientras sonreían. Otra compañera, que conocimos ahí mismo, compró un banderín de Ni Una Menos. Era tan al inicio de todo que ni bandera tenían. Marchamos en una minicolumna que no paraba de bailar, compuesta por tan pocas que nos contábamos con los dedos de las manos. Pero la emoción era gigante, hasta que nos aburrimos y nos sentamos a tomar cerveza en un bar de Avenida de Mayo. Había mucho por hablar. Desde ese día ya no nos sentimos más solas y Ni Una Menos sería el cometa cósmico de nuestro deseo de revolución.
Aquelarre
La primera reunión del colectivo a la que fuimos, un picnic en una plaza cerca del río, estaba más llena de preguntas que de certezas. ¿Cómo seguir? ¿Cómo sostener esa fuerza que se había manifestado el primer 3J? ¿Cómo canalizarla? ¿Hacia dónde? ¿Qué papel debía jugar el colectivo en esta nueva cartografía?
Era diciembre de 2015, poco después de la asunción de Macri. Una de las compañeras propuso que leyéramos Calibán y la bruja de Silvia Federici para buscar una orientación. Y fue oracular como un I Ching de las correspondencias históricas. La investigación que dio origen al libro fue realizada en los años setenta, en el contexto de su militancia feminista, y publicada en parte en Il Grande Calibano (1984). En esos años de neoliberalismo vuelto pandemia mundial, Silvia se fue a vivir a Nigeria, donde presenció un nuevo proceso de recolonización, creación artificial de deuda externa como mecanismo de acumulación por desposesión y estructura de obediencia tanto del Estado como de los hogares. Este proceso de endeudamiento y ajuste fue sostenido por cercamientos y privatizaciones de las tierras comunales y de lo que quedaba de los bienes en común (el Estado incluido). La receta del Banco Mundial y el FMI era la misma que se aplicó en los años ochenta y hoy se aplica en todo el mundo: el saqueo de los cuerpos-territorios para beneficio de la timba del capital transnacional financiero y el alza de la violencia contra las mujeres como nueva fuerza productiva. En Nigeria, tanto como había ocurrido en Europa y América en el siglo XVI, este proceso tomó la forma de la caza de brujas. También por eso la caza de brujas se transformó en una imagen de la guerra contra las mujeres.
Y justo el día en que nos encontrábamos a charlar sobre ese libro tan importante para el movimiento (publicado en inglés en 2004 y traducido por la editorial Tinta Limón en 2011) la revista Noticias, fiel a su tradición de tapas misóginas grotescas, incluyó en su portada una imagen emblemática de la era macrista. Cristina caracterizada como una bruja del siglo XVI, quemándose en la hoguera, rodeada por un grupo de monjes inquisitoriales: Macri, Magnetto, Scioli, Lorenzetti y Moyano. Los medios, la justicia, los sindicatos, el Poder Ejecutivo e incluso el candidato de su propio partido aparecían firmando un “pacto de caballeros” (así lo nombrarían después) contra la primera mujer presidenta reelecta y, de paso, contra todas las demás.
La imagen era demasiado elocuente. La historia tocaba a la puerta revelando las correspondencias históricas entre los procesos de acumulación capitalistas: el siglo XVI, los años ochenta, y el neoliberalismo financiarizado del siglo XXI. Pero la conjunción del libro con la tapa de la revista, lejos de disciplinarnos, impuso unas fuerzas extraordinarias de interpretación de la historia y de acción sobre la coyuntura.
Se imponía una respuesta. Y la dimos.
El 18 de diciembre convocamos a un escrache contra Noticias en la editorial Perfil. Llegamos (tarde) y había un enorme despliegue represivo. Un amenazante cordón policial rodeaba la manzana gigantesca de la editorial en el barrio de Barracas, al que era difícil llegar sobre todo en esa fecha. Al cordón se sumaban filas de periodistas que esperaban captar la segunda aparición pública del colectivo Ni Una Menos. Las manifestantes nos convocamos a montarnos de brujas, como en el canto que se transformaría en mantra popular: “Somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar”. Éramos menos las manifestantes que la policía y los medios. El escrache consistió en un ritual donde una de las participantes, montada de chamana, quemó hierbas sagradas para conjurar las fuerzas oscuras inquisitoriales que volvían contra nosotras. Las demás cantábamos en ronda con un cuenco tibetano que largaba un sonido fenomenal y hacía temblar el asfalto. Al principio los policías nos miraba atónitos, pero al ver que éramos tan pocas levantaron el operativo. La ceremonia terminó con todas saliendo en fila, cantando con el cuenco, pero al final una compañera volvió y comenzó a revolear huevos podridos contra los vidrios de la puerta de Perfil. La acción fue chiquita pero juguetona, mínima pero intensa, como el tiempo de las revoluciones. Dejamos claro que a la hoguera no volvemos más y que ninguna agresión quedará sin respuesta. Para nosotras fue un momento de reencuentro transversal, empezábamos a encontrar respuestas a algunas de nuestras preguntas, ya que la acción dialogaba con la tradición de los escraches y el movimiento de derechos humanos y con la de las brujas. Sobre todo poníamos en práctica nuestra interpretación materialista de la historia y la conexión entre violencia machista y economía capitalista, y el vínculo entre la protesta y el arte, la imaginación y los mecanismos de lucha feminista.
[1] Véase <niunamenos.org.ar/manifiestos/3-de-junio-2015>.
2016
#NosotrasNosOrganizamos
Línea fumadora
El final de 2015 nos encontró más unidas que nunca en la nueva configuración del grupo. La primera marcha había sido convocada por un grupo de periodistas y tuiteras famosas, que se cortaron del colectivo el mismo día de la marcha (parece que ni siquiera festejaron juntas en el after). Las que se fueron y ya no activaron se autodenominaban Línea Fundadora. Las que quedábamos y nos sumamos luego de este primer quiebre nos llamamos, con justicia poética, Línea Fumadora, rompiendo de esa manera con el mito fundacional y sus jerarquías. Queríamos un grupo verdaderamente horizontal, sin personalismos. Fundir el yo en el nosotras fue un proceso de amistad política que se consolidó en los primeros meses de 2016. Nos juntábamos todas las semanas en las casas de las compañeras a comer y chupar, a contarnos todo y cranear nuevas ideas. La idea del paro se iba calentando, aunque todavía parecía un delirio. Los chats estaban prendidos fuego, eran una asamblea permanente. No podíamos esperar a juntarnos. Toda nuestra movida antipatriarcal nos daba fuerza para vivir una nueva vida, una vida feminista. Ya no nos íbamos a comer ninguna, ni en nuestras casas ni en nuestros trabajos. La marea vino con una ola de divorcios que arrasó con todo lo viejo. Una de las compas firmó los papeles el mismo día de la acción de brujas. Otra dijo basta en febrero, después de una discusión por la PlayStation de su hijo, harta de que le echaran la culpa de todos los dramas familiares. Otra dio el portazo el mismísimo 8 de marzo, un año antes de que esa fecha se transformara en el Paro Internacional Feminista. Repodrida de que su novio no le contestara el teléfono estando de after varios días, le dijo: te tiro todo a la calle y lo nuestro se acabó. Ese día suspendió clases y fue a la paupérrima marcha tradicional del 8 de marzo (todavía el “día internacional de la mujer”) con sus alumnas. Otra, el día del primer paro, no le atendió el teléfono a su marido, que le quería comunicar que se iba de la casa: hacer paro de mujeres significaba también sacarle el cuerpo al matrimonio. Poco tiempo después se enamoraría de otra compañera. Volveremos sobre esta historia.
Cada vez más cebadas por tanta sororidad y transformación vital, decidimos abrir un proceso asambleario de horizonte utópico pero de facticidad dramática. Convocamos a todas las organizaciones y personas que quisieran sumarse a participar de las primeras asambleas Ni Una Menos para organizar la segunda marcha del 3 de junio. Inaugurábamos de esta manera una nueva forma de organización plural, transversal y horizontal para la marea. De ahí en más, la toma de decisiones se haría por consenso entre todas, lo cual no era nada fácil.
Las primeras asambleas se convocaron en la Facultad de Ciencias Sociales, en aulas enormes. Venían cientos de mujeres, lesbianas, travestis y trans, en grupos o sueltas, y hasta a veces infumables. Se firmaban hojas con los datos de cada una, para saber quiénes éramos y poder contactarnos después. Hacíamos una larguísima ronda de presentación, donde algunas organizaciones se subdividían en pequeños grupos con distintos nombres para ocupar más espacio y tener más peso en las decisiones. Una avivada que la izquierda llama “entrismo”. ¡Pero después veíamos que habían venido todas juntas y eran del mismo partido! Luego dividíamos la asamblea en comisiones donde se trabajaban diferentes temas: logística, autocuidado (antes se decía seguridad), comunicación y documento (acá se armaba el quilombo, porque era la primera vez que escribíamos algo todas juntas, de a cientxs). Una vez, en la ronda de presentaciones, descubrimos que en una comisión había un grupo de estudiantes de la policía, que según ellas estaban haciendo un trabajo práctico para la facultad. Una compa nos vino a avisar que había infiltradas. Como nosotras estábamos coordinando la comisión, tuvimos que identificarlas y delante de todas pedirles que se retiraran (temiendo que nos esperaran a la salida para matarnos). Luego de interminables debates, decidimos que la asamblea era abierta y pública para cualquier cuerpo feminizado que se dijera feminista (obvio que hombres cis no), pero que la base de consenso era antimacrista y antipatriarcal; luego sería anticolonialista y anticapitalista. Más adelante avanzamos al internacionalismo antifascista, cuestionando también el Estado-nación (por los aportes de las compañeras kurdas, indígenas y originarias).
Las primeras asambleas se parecían más a las asambleas universitarias que a otra cosa. Todas a los gritos, discutiendo por infinitos motivos: el tiempo de exposición, el orden de la lista de oradoras, el cierre de la lista, las peleas entre la izquierda y el peronismo, etc. Por ejemplo: si el reclamo por la libertad de Milagro Sala era asunto del feminismo o no. Como era por consenso, todo dependía de la cantidad de gente. La primera asamblea cerró con el planteamiento del problema. Para la segunda, cayeron 50 de un mismo partido de izquierda, subdivididas en dudosos grupos. Para la tercera, apareció la Tupac Amaru con cientos de compañeras con pecheras y niñes para asegurarse el triunfo en el debate, cosa que lograron aunque el tema nunca quedó del todo saldado.
Otro gran tema de discusión era y sigue siendo la tensión entre abolicionismo y defensa de los derechos de las trabajadoras sexuales. A lo largo de los años, en cada asamblea logramos que las dos posturas estuvieran representadas en el documento. La transversalidad es un gran ejercicio espiritual, pero como todo ejercicio es agotador. Entre los divorcios y las asambleas, quedamos estresadísimas. Orzuelos, herpes, insomnio, dolores musculares, bruxismo, retención de líquidos, jaquecas, pérdida de peso, gripes varias… En una de las asambleas nos encontramos con la novia de un exmarido maltratador y le batimos la justa de quién era su actual novio: mentiras, maltrato psicológico, vago, psicópata, mantenido y vividor (un rasgo propio del machismo del siglo XXI), entre otros halagos. A los pocos meses ella lo dejó. Y nosotras sentimos que salvamos una vida. La marea actuaba en todos los frentes de las relaciones.
Tanto trabajo nos dejó descerebradas y no pudimos llegar para la marcha que tanto habíamos organizado. Teníamos que viajar a un congreso de literatura para presentar nuestros libros y sacamos mal los pasajes, de manera que la vuelta quedó para después del 3 y nos perdimos la marcha. Nos salió un orzuelo extra extra extra large que hubo que tapar con un elegantísimo parche de raso negro, tanto para las asambleas como para los viajes y presentaciones. En el aeropuerto nos detuvieron por sospechosas y por la calle nos gritaban de todo.
Para agitar la marcha, hicimos una campaña online que se llamó “Mi primer abuso”, donde convocábamos a todas a hacer un relato en redes de su primera experiencia de violencia sexual. Un proto #MeToo donde lo que más importaba era el relato y las coincidencias entre los relatos, como un modo de reconocer las diferentes y recurrentes tipologías del abuso. Se constataba que el patriarcado tiene un repertorio limitado y repetitivo con patrones muy similares.
Muchas compañeras narraron abusos de familiares, exparejas, jefe; por primera vez nos atrevíamos a hacer público lo que solo nos contábamos entre amigas. Pero lo más importante era construir un relato, no necesariamente en el sentido del escrache de revelar la identidad de los machirulos, que en muchos casos ni se conocía. El fin no era acusatorio, sino narrativo. Esta acción tenía mucho que ver con el germen de Ni Una Menos en relación con la escritura y el establecimiento de nuevas narrativas sobre la violencia. Empezábamos a ejercitar la escritura colectiva, que sería uno de los sellos del grupo.
La primera marcha Ni Una Menos en 2016 (la de 2015 había sido una concentración) fue un éxito. Luego de esas multitudinarias asambleas, se duplicó la cantidad de gente en todo el país. Esta vez las convocantes no fueron solo las integrantes del colectivo Ni Una Menos, sino cientos de agrupaciones nucleadas en la Asamblea Ni Una Menos. Desde ese momento, la asamblea fue nuestra forma de organizar todas las acciones.
19 O, primer Paro Nacional de Mujeres: un sueño hecho realidad
Cronología de acontecimientos:
3 de ocubre. Paro de Mujeres en Polonia
El 4 de octubre ardieron las redes: Polonia había tenido su primer Paro Nacional de Mujeres. El detonante de la protesta tuvo lugar el 23 de septiembre, cuando el Parlamento polaco admitió a trámite una iniciativa popular que intentaba prohibir la interrupción voluntaria del embarazo, con penas de cárcel para las mujeres que abortaran, mayores castigos para los médicos e incluso la apertura de investigación en los casos de aborto natural. Las mujeres no se dejaron avasallar por este intento descabellado y se organizaron para armar un paro general con cese de actividades. La consigna era vestirse de negro y negarse a trabajar, sacarle el cuerpo al trabajo y a la represión para formar un cuerpo colectivo en la calle. Propiamente lo que llamamos acuerparse. La jornada se llamó Lunes Negro. Cuando nos enteramos de este notición, se volvió plausible nuestro sueño delirante de armar un paro. Nos dimos cuenta de que podía ser una medida de fuerza de coerción contra el patriarcado. La huelga estaba en un plano de inminencia que nos conectaba, incluso de manera inconsciente, con otras mujeres del mundo en lugares remotos.
8 de octubre. Femicidio de Lucía Pérez
Una noticia espeluznante recorrió los medios, las redes y las conversaciones. En Mar del Plata, dos dealers llevaron el cuerpo sin vida de la adolescente de 16 años Lucía Pérez a un hospital. Las pericias a cargo de la primera fiscal responsable fueron contundentes: muerte por empalamiento, “un acto inhumano”, declaración que –después se supo– era sorprendentemente falsa. La brutalidad del caso espantó a la opinión pública internacional y puso en acción a los colectivos feministas, que empezaron a preguntarse de qué manera reaccionar ante semejante atrocidad. Este caso comenzó a develar las tramas de las violencias: violencia sexual, femicidio, violencia institucional, justicia patriarcal. Estos entramados se percibían desde antes en Mar del Plata, una ciudad cooptada por redes de narcotráfico y grupos neonazis que actúan en complicidad con las fuerzas de seguridad (legales e ilegales) y con el gobierno macrista local. Un año antes habíamos visto un adelanto de esta trama en la represión ocurrida en el Encuentro Nacional de Mujeres de 2015.
En aquel momento, la represión se inició hacia el final de la movilización de cierre del encuentro, cuando pasábamos frente a la catedral, que se encontraba rodeada por machos fascistas de la agrupación neonazi Foro Nacional Patriótico (¡qué nombre!), quienes se manifestaban en contra de nosotras y de nuestras reivindicaciones, entre ellas el derecho al aborto. Las compañeras gritaban “¡Que se vayan! ¡Que se vayan!” a los machirulos que abrazaban a la iglesia cómodamente detrás de las rejas, custodiados por un operativo conjunto de la Bonaerense, la Infantería y la policía local. Cuando por fin los neonazis se retiraron, apareció en su lugar un cordón de canas uniformados y de civil que dispararon balas de goma y lanzaron gases lacrimógenos. Hubo varias detenidas y heridas. La propia catedral se convirtió en un centro de detención. Parecía una película de terror, pero lo peor estaba por venir: justamente, el caso de Lucía. Un año después, se agregaría un aspecto indispensable para la impunidad: la violencia judicial, cuando los jueces absolvieron a los femicidas de Lucía. Este caso, que los feminismos tomamos como bandera, dio muchas vueltas a lo largo de los años hasta el veredicto final en marzo de 2023.
10 de octubre. Saquen sus rosarios de nuestros ovarios
Otra vez represión, pero esta vez en el Encuentro Nacional de Mujeres en Rosario en 2016. Otra vez un cordón humano de fundamentalistas religiosos que abrazaban su catedral y rezaban contra el aborto. La Iglesia negó tener conocimiento. Mientras las columnas pasaban por la catedral, el operativo formado por el Cuerpo de Guardia de Infantería, el Comando Radioeléctrico y la Policía Comunitaria comenzó a disparar balas de goma y gases contra las manifestantes. Al novio de una compañera le pegaron varios tiros en el brazo. Hubo centenares de herides y varies detenides.
La sabiduría popular feminista daba una vez más en el clavo con la canción: “Yo sabía, yo sabía, que a los violadores los cuida la policía”.
La conexión entre todos los hechos de la cronología nos explotó en la cabeza y en el corazón, y ahí mismo decidimos llamar a un paro de mujeres. La decisión fue unánime en nuestro chat del colectivo: había llegado la hora del acontecimiento histórico del paro, se nos había acabado la paciencia y sincronizamos los cuerpos en asamblea. Cientos de agrupaciones acordamos convocar al primer Paro Nacional de Mujeres, y lo organizamos de manera frenética en solo cinco días. Nosotras justo estábamos de vacaciones en el campo sin internet. Cuando llegamos a conectarnos el chat explotaba con 1500 mensajes urgentes. Tomamos un avión y nos fuimos a Buenos Aires a realizar nuestro sueño insurrecto.
Llegamos para la última asamblea en el local de Constitución de la CTEP (Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, ahora UTEP, la primera organización de trabajadorxs de la economía informal, clave para pensar y llevar adelante una huelga tan transversal como la feminista), donde nos repartimos miles de volantes que habíamos hecho para convocar al paro. Una compañera había conseguido un contacto en el gremio de canillitas y arregló que repartieran los diarios con el volante metido adentro. Nos dividimos las cajas restantes (habíamos mandado a hacer miles y miles) para ir distribuyendo desde la salida de la asamblea hasta llegar a la casa de cada una, encarando a desconocidas por la calle e interpelándolas a unirse al paro. También los pasamos por abajo de las puertas de lxs vecines de nuestros edificios. La consigna del paro era: vestirse de negro como las polacas, un ruidazo a las 13 hs (para marcar el inicio del tiempo de la insurrección), cese de actividades de 13 a 14 hs, concentración en el Obelisco a las 17 hs y movilización a Plaza de Mayo. La idea era que todas participaran de alguna manera aunque no pudieran dejar de cumplir la jornada laboral (como hicieron algunas periodistas en la tele, que se plegaron al look de negro). El cese de actividades programado para la hora del almuerzo permitía hacerse las boludas en el trabajo y parar. El ruidazo (que en esa época no era tan habitual ni facho como lo sería más adelante) permitía ser parte de la acción como fuera y desde donde estuvieran.
El paro se preparó en muchos niveles y esferas. Por un lado, nació la relación del movimiento Ni Una Menos con los sindicatos, que convocaron al colectivo NUM para ver qué necesitábamos y aportar su entrenamiento y sus recursos para organizar huelgas. Nosotras dos en particular no teníamos ni idea del mundo sindical porque siempre fuimos trabajadoras precarizadas sin posible afiliación ni protección de nuestros derechos. Nos invitaron a reunirnos con la CTA de lxs Trabajadorxs (Central de Trabajadores y Trabajadoras de la Argentina), que nos ofrecieron poner el escenario; ATE (Asociación de Trabajadores del Estado) nos recibió en su hotel a las 10 de la noche del 18 de octubre. Llegamos hechas mierda y muertas de hambre ¡y todavía no teníamos lo más importante! No nos dieron de comer, pero resolvieron algo fundamental: el sonido para el acto. La CGT nos invitó para decirnos básicamente que quién carajo nos creíamos que éramos para llamar a un paro, cosa que ellxs no hicieron contra Macri hasta 2017, después de nuestro Paro Internacional. De ahí el famoso dicho: la CGT toma el té.
Mientras tanto, agitamos el paro en otros frentes, como el armado de un grupo de artistas mujeres para ponerle creatividad a la medida. El grupo se autodenominó “La puta que te paró” y empezó en Facebook. El día del paro nos juntamos a armar carteles, consignas, conceptos, imágenes y montajes desde las 14 en CIA (Centro de Investigaciones Artísticas, hoy llamado Antifascistas), a una cuadra del Congreso. Llegamos a las 12 para preparar el espacio y nos agarró justo el ruidazo. Bajamos porque la calle estaba a pleno. Justo al lado de CIA está el local de UTE (Unión de Trabajadores de la Educación) y las compañeras habían sacado todos los instrumentos para el ruidazo. Al verlas, corrimos a abrazarnos con algunas que reconocimos de las reuniones de los días previos. Otra amiga, que no las conocía, corrió a abrazarse también con otra random y así fuimos caminando abrazadas hasta el Congreso (ellas tenían bombos y paraguas espectaculares). Allí, siempre abrazadas, vimos salir de los edificios a todas las trabajadoras, las diputadas, etc., vestidas de negro y haciendo ruido. Éramos tantas que se armó un corte de calle espontáneo al grito de “¡Ni una menos, vivas nos queremos!”. Bajo la lluvia. Luego nos volvimos para CIA, arengadísimas, a encontrarnos con las artistas, que nos esperaban con un picnic y mucho brindis para el mejor día de nuestras vidas.
Nos cagamos de la risa y armamos consignas espectaculares como: “Al patriarcado lo hacemos concha”. Y muchas banderas y carteles que decían: “La puta que te paró” (el nombre de la columna) y “Derecho al placer”.
Cuando llegó la hora de ir al Obelisco, nosotras dos salimos antes y dejamos a las otras chicas armando la columna. Teníamos que llevar la bandera de arrastre y la friselina rosa para hacer los brazaletes y el cordón de seguridad para la cabecera de la marcha.
Llegamos al Obelisco y había una tormenta despampanante y miles de personas con paraguas. No se veía un carajo. La lluvia caía en dirección horizontal y nos entraba en los ojos a baldazos y hacía como 6 grados de temperatura. Reconocimos a la minúscula e improvisada comisión de seguridad sobre un montículo de barro en el boulevard del Obelisco. La friselina que habíamos cortado para los brazaletes no servía para el cordón, entonces tuvimos que atar los pedazos con moños. Munidas con un cordón de moños rosados, nos dispusimos a cortar el paso de los autos en la 9 de Julio en hora pico y en plena sudestada. Como la avenida es enorme y no éramos suficientes en la comisión de seguridad para cortar todo el ancho, pusimos a nuestras amigas, a medida que iban llegando, a cortar la calle con nosotras (incluso a varias maricas que en su vida habían ido a una marcha que no fuera la del Orgullo). Ninguna de las presentes había cortado la calle con su propio cuerpo antes: para todas era la primera vez. Como estábamos en el principio del corte, todas las manifestantes llegaban por ahí, entonces nos encontrábamos con miles de amigas que se iban sumando al cordón que le ponía el cuerpo a los colectivos y las motos que se nos tiraban encima. Llegaban todas empapadas y de negro, pero con fuego en los ojos y mucha determinación para bancarse todo.
Una vez que los efectivos de tránsito de la ciudad se hicieron cargo del corte (como deberían haber hecho desde un principio), nos fuimos a buscar la cabecera de la marcha con la bandera de arrastre de arpillera magenta que decía: NI UNA MENOS. VIVAS NOS QUEREMOS. EL ESTADO ES RESPONSABLE. (Esa misma noche la perdimos, como nos pasaría con muchas otras).
En la marea de paraguas no se veían las banderas ni se reconocía a las personas, era imposible encontrar a nuestras compañeras. Terminamos perdidas junto con dos amigas maricas; en la desesperación de perdernos todas, nos agarramos de las manos y sin soltarnos ni un segundo nos fuimos desde el Obelisco directo al escenario en Plaza de Mayo, único punto seguro de encuentro donde tarde o temprano llegaría la cabecera con nuestras compañeras. La caminata fue intensa a través de una marea compacta de cuerpos apretados, paraguas, botas de lluvia y pilotos. Había tanta gente que había ido por sus propios medios que la plaza ya desbordaba antes de tiempo, impidiendo entrar a las columnas y a la cabecera. Teníamos los zapatos inundados y los tapados pesados y helados de tanto absorber agua. Por suerte teníamos hecho el bótox capilar para salir bien en las fotos y estábamos bien montadas porque a la noche teníamos que ir a los programas de la tele.
Cuando llegamos al escenario nos quedamos mudas al ver que estaba vacío, con una sola compañera desesperada, maniobrando con el del camión (que ya se quería rajar porque no le llegaba la plata) y tratando de que no se subiera cualquiera. La situación requería acción inmediata. Y nos tocaba hacernos cargo. Una de nosotras quedó como responsable de seguridad (con las maricas), bloqueando el acceso al palco (¡cómo le gusta a la gente subirse al escenario!). Todxs querían sacar fotos o hablar en el micrófono. Tuvimos que ponernos firmes y aprender a decir que no. Otra quedó arriba cuidando el micrófono hasta que la compa del sindicato, con mucha más experiencia y más garra, nos dijo: “Y ahora, ¡a cantar!”. Y nos enseñó a arengar a las masas, repitiendo con ella a dos voces. Después, cuando fue a pagarle al camionero, nos dejó totalmente a cargo del arengue. Y así pasaron como dos horas entre peleas con gente que quería subir (todo el mundo era alguien importante para alguien) y cánticos y discursos improvisados en diálogo con la marea que rugía. En un momento se acercaron unas compañeras y nos avisaron que había un conflicto abajo, en la cabina del camión (el escenario era el tráiler), y que necesitaban “personal de seguridad” (nosotras) para resolverlo. Nos agarró pánico, pero fuimos con las dos mariposas a encarar lo que fuera. Llegamos y había un montón de chicas gritándole al camionero y trasheándole los vidrios con rouge, y entonces el chabón quería irse y llevarse el escenario. La cabina tenía un sticker que decía: “Acá suben 100% putas”, lo cual era intolerable para una protesta feminista. Hubo que mediar entre el camionero y las pibas y se resolvió el problema arrancando el sticker. ¡Después de eso nos sentimos repoderosas! Volvimos al escenario y el micrófono estaba vacío. Miles de mujeres gritaban desde la plaza bajo la lluvia torrencial que no paraba (ellas tampoco). En un momento vimos una mano que nos decía: ¡Vengan, vengan al micrófono! Nunca habíamos vivido algo igual, nos pusimos a arengar como locas, llenas de emoción, con lágrimas en los ojos y la voz cascada. Cantar y luchar junto con 200.000 personas era como lo que seguramente sienten Madonna o Britney, pero mucho mejor. La energía de la marea circulaba por nuestros cuerpos como oleadas que nos dejaban la piel de gallina. Improvisando discursos acuñamos una frase épica por lo hiperbólico y profético: ¡hoy acá somos millones de compañeras! ¡Digo miles! Y ahí, para zafar y encender más la chispa, hicimos el grito de guerra feminista tapándonos intermitentemente la boca tipo malón: auh-auh-auh, y la plaza entera trinó y la tierra tembló. La onda expansiva se sintió en toda la ciudad (y esto nos dio una idea para lo que sería en un futuro el Orgasmatón). Y cuando nos quedábamos sin voz y ya estábamos por apagar el micrófono pensando “que sea lo que diosa quiera”, llegó la cabecera de la marcha y las gloriosas Ni Una Menos subieron al escenario, todas mojadas y temblando de frío, pero con los ojos encendidos de felicidad. Una compañera, que parecía un pollito recién nacido mojado, agarró el micrófono y entonó el canto (típico de los encuentros nacionales de mujeres) que se volvería el favorito en toda América Latina: “Poder, poder, poder popular, y ahora que estamos juntas, y ahora que sí nos ven, abajo el patriarcado ¡se va a caer, se va a caer!”. A esa base inicial con el tiempo se sumaron versos como: “Luchar con la compañera le gusta a usted, le gusta a usted, arriba el feminismo que va a vencer/ abajo este gobierno se va a caer”. Con ese mismo arengue se leyó el documento que constataba que toda América Latina se había movilizado junto con nosotras, formando espontáneamente lo que llamaríamos La Internacional Feminista. El documento comenzaba a delinear nuestros análisis de la relación entre trabajo y violencia machista, que nos llevarían a parar la producción en los años siguientes. La marea estalló en aplausos y gritos: ¡Ni una menos, vivas nos queremos![2]
