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Lady Margaret Cavendish fue, para sus contemporáneos, una figura profundamente incómoda. En el siglo XVII, su condición de mujer sin formación, sin conocimiento del latín —la lengua de la filosofía y la ciencia de su tiempo—, hacía inaceptable su pretensión de intervenir en el debate intelectual. Más aún: de hacerlo públicamente, con obras impresas, firmadas con su nombre. Su voluntad de dialogar con los pensadores varones, su rechazo a los protocolos cortesanos, su preferencia por la vida retirada en el campo y su singular estilo de vestir —que incluía trajes diseñados por ella misma— contribuyeron a consolidar una imagen de excentricidad. Sin embargo, tal vez el mayor escándalo haya sido su aspiración explícita a la fama. En una época que exigía recato y modestia a las mujeres, Cavendish defendió sin ambages su deseo de trascendencia. Quiso, con plena conciencia, dejar una obra duradera: "Mi propia herencia, como si fueran un hijo de la naturaleza", escribió sobre sus libros. Este volumen se suma a los esfuerzos recientes por recuperar su legado filosófico. Con un estudio introductorio y una cuidadosa selección de textos y traducciones, Silvia Manzo nos invita a leer a Cavendish como la autora singular que fue y a contribuir a la construcción de ese "cuarto en la casa de la Fama" en el que ella misma deseó alojar su memoria.
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Seitenzahl: 338
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Con la desmesura, la teatralidad y el exceso que marcan tanto su pensamiento como su vida pública, Margaret Cavendish se describía a sí misma, sin embargo, como una persona tímida, temerosa del contacto humano, retraída. Virginia Woolf recordaba cómo la figura de Cavendish fue utilizada como advertencia: una suerte de ejemplo intimidante para disuadir a las jóvenes inteligentes de cualquier aspiración literaria o filosófica. Y ese mecanismo de disciplinamiento tuvo, a lo largo de la historia, éxito. Más vale el silencio —parecía decirse— que ser acusada de ridícula o de desequilibrada. Más vale callar que afrontar la soledad que impone una sociedad que expulsa, de modo más o menos sutil, a quienes se atreven a pensar por fuera de lo esperable. Pero tal vez fue justamente esa soledad la que afinó su sensibilidad. En sus escritos, mucho antes de que se hablara de ecología o pensamiento posthumano, Cavendish se mostró receptiva a otras formas de vida: animales, plantas, incluso lo que llamamos materia inerte, todo en su universo parecía estar animado por pensamiento y percepción. Su “razón imaginativa” le permitió vislumbrar un mundo alucinante, donde la vida y el pensamiento no son atributos exclusivos del ser humano, sino capacidades compartidas con todos los seres de la naturaleza. Desde esa mirada, construida a partir de la observación y la especulación audaz, Cavendish propuso una alternativa radical a una tradición que, durante siglos, separó y jerarquizó: entre lo vivo y lo no vivo, entre lo humano y lo no humano, entre el varón y la mujer.
Manzo, Silvia
Margaret cavendish : filósofa de la naturaleza / Silvia Manzo. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2025.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-631-6632-59-3
1. Filosofía Moderna. I. Título.
CDD 190
©2025, Silvia Manzo
©2025, RCP S.A.
Directora de la colección: Jazmín Ferreiro
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.
ISBN 978-631-6632-59-3
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
Diseño de la colección: Pablo Alarcón | Cerúleo
Diagramación del interior y de tapa: Pablo Alarcón | Cerúleo
Imágenes de tapa: Margaret Cavendish Britton Images, AdobeStock: Song_mi, Hein Nouwens, Art Resources y rawpixel
Primera edición en formato digital
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
Portada
Portadilla
Legales
AGRADECIMIENTOS
ENSAYO
La fama, el mármol, los libros
1. Una vida singular
II. La naturaleza y la materia
III. Causalidad, necesidad y libertad
IV. Percibir, conocer, crear
V. Escepticismo, ciencia y religión
VI. La mente humana y los seres inmateriales
VII. La diversidad en la naturaleza
VIII. Política, utopía y género
Epílogo
SELECCIÓN DE TEXTOS
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Tabla de contenidos
Comienzo de lectura
Este libro surge de las investigaciones dedicadas a la recuperación del pensamiento de las filósofas modernas olvidadas e invisibilizadas que realizamos en el Centro de Investigaciones en Filosofía de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata. Mi primer agradecimiento se dirige a todas las personas que forman y formaron parte del equipo de investigación, con quienes trabajamos conjuntamente para conocer las vidas de esas mujeres; reconstruir sus escenarios históricos; tratar de entender sus motivaciones y sus aspiraciones; leer, traducir y difundir sus textos; estudiar y discutir sus filosofías y transmitirlas en las aulas; ponderar sus ideas y argumentos en el marco de las discusiones filosóficas que atraviesan nuestro presente y nuestro continente. Uno de los primeros frutos de esas investigaciones fue un seminario sobre materialismos y antimaterialismos modernos, en el que llevamos al aula la filosofía de Margaret Cavendish por primera vez en nuestra universidad. Lo hicimos junto con mis compañeras de ruta y amigas, Sofía Calvente y Natalia Strok. Fue una experiencia de aprendizaje, luminosa y divertida, en la que participaron, además, estudiantes de lujo, que hoy ya son graduados y están tomando muy promisoriamente la posta en este recorrido.
Agradezco también a la Universidad Nacional Autónoma de México y a Teresa Rodríguez por haberme invitado a dar un curso sobre Margaret Cavendish en el Instituto de Investigaciones Filosóficas. Fue una gran oportunidad para organizar mis ideas y los grandes lineamientos de este libro, y para ponerlos a prueba. A los y las estudiantes y colegas que participaron de las clases en México y Argentina, les doy mis gracias por sus aportes, sus preguntas, su interés y su entusiasmo. Sumo mi agradecimiento por conversaciones, comentarios y sugerencias a Viridiana Platas, Claudia Aguilar, Sarah Hutton y Charles Wolfe. A las compañeras de la Red Latinoamericana de Estudios sobre Filósofas en la Historia les agradezco el sostén y el estímulo en esta apasionante tarea, que resulta aún más placentera cuando se hace en compañía.
Gracias a Gastón y, en especial, a Juana Galli por leer partes del manuscrito, darme ideas y grandes sugerencias que ojalá haya sido capaz de volcar en el escrito con alguna destreza. A Jazmín Ferreiro le agradezco la invitación a participar en esta hermosa colección, la lectura atenta y los comentarios que enriquecieron el original.
Pude realizar este libro, antes que nada, gracias a la universidad pública argentina, sostenida por las personas que habitan nuestro país. En ella me gradué, me doctoré y sigo trabajando como docente e investigadora. Como otras miles y miles de personas, no hubiera podido estudiar en la universidad si no hubiera sido gratuita. Para este proyecto en particular he recibido subsidios de la Universidad Nacional de La Plata, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), el Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD) y la Fundación Alexander von Humboldt.
Finalmente, debo una gratitud especial a las filósofas profesoras e investigadoras que nos precedieron, a las pioneras en nuestro país. Gracias por habernos llamado empecinadamente la atención invitándonos a buscar las huellas de las mujeres que filosofaron en el pasado.
Londres, 30 de mayo de 1667. Curiosos y curiosas se demoraban en las húmedas y oscuras calles y callejuelas. Contemplaban atónitos el majestuoso cortejo que se encaminaba hacia una reunión en la Real Sociedad de la Ciencia, la Royal Society, corazón de la élite científica europea. Era el día fijado para una exhibición especial de experimentos con bombas de vacío, imanes y microscopios. Todo estaba listo para mostrarle la grandiosidad de esos experimentos, extraños y asombrosos, a una invitada de lujo y renombre. La inusual convocada era Margaret Lucas Cavendish, la duquesa de Newcastle, que se había engalanado para la ocasión con todas las pompas imaginables. Hombres y mujeres se amontonaban con ansias de verla en las cercanías del lugar de la cita, el Colegio Gresham sobre la calle Bishopsgate. Ellos, burlones y despechados, creían que esa mujer usurpaba un lugar que les pertenecía en exclusividad; estaban convencidos de que ella fingía poseer una sabiduría que en verdad no tenía, que no podía tener. Ellas, incómodas y celosas, se indignaban ante alguien de su mismo género que rompía el molde, cruzaba las barreras, se alzaba sin tapujos, inteligente, desafiante, bella. Había nacido en 1623. Era la amorosa esposa del poderoso aristócrata, amigo del rey, William Cavendish. Era conocida por sus vestimentas raras y provocativas, por sus poemas, sus obras teatrales y sus tratados de filosofía y de ciencia. Era la primera mujer a la que se le abrían las puertas de aquel honorable templo de saber, que recién en 1945 decidió que ya era tiempo de incorporar a las científicas mujeres entre sus miembros.
La visita de Margaret Cavendish a la Royal Society fue un hecho de gran repercusión social, una circunstancia inédita. Una mujer salía del espacio doméstico privado para ingresar al espacio público de la ciencia, aunque fuera tan solo para una única visita. Ella, lejos de presentarse “pidiendo permiso”, con la modestia que era la norma para toda mujer de su época, se mostró con gran altivez. Ataviada con una vestimenta lujosa y excéntrica, combinaba ropas femeninas y masculinas. La acompañaba un fastuoso séquito. La visita fue un hecho casi teatral, un verdadero espectáculo digno de verse. Un año antes, ella había criticado la “filosofía experimental” abrazada por la mayoría de los científicos de la Royal Society. La crítica de Cavendish causó cierto impacto y motivó la reacción de los ilustres miembros de la sociedad, que decidieron invitarla para mostrarle que estaba equivocada.
Esa misma mujer arrolladora e intrépida, que se animó a confrontar con los hombres de ciencia más respetados del momento, unos años antes, a sus treinta y tres años, había escrito:
soy tímida por naturaleza y no porque me avergüence de mi mente o mi cuerpo, de mi origen o mi crianza, de mis acciones o mi fortuna. Mi timidez está en mi naturaleza y no proviene de ninguna falta. Aunque me he esforzado y he concluido que es así, creo que lo que es innato es difícil de desarraigar. (…) el mejor remedio que he encontrado [para mi timidez] es persuadirme de que todas las personas con las que me encuentro son sabias y virtuosas, porque son ellas las que censuran menos, disculpan y elogian más, estiman con exactitud, juzgan con justicia, se comportan civilizadamente, se conducen con respeto y se expresan con modestia. En cambio, las personas necias o indignas son propensas a cometer absurdos, a ser atrevidas, groseras y descorteses en sus palabras y sus acciones (…), tengo miedo de encontrarme con ellas, como los niños les tienen miedo a los espíritus y algunas personas tienen miedo de ver demonios o de encontrarse con ellos. Esto me lleva a pensar que este defecto natural en mí, si en verdad es un defecto, es más miedo que timidez. Sea lo que sea, me resulta muy molesto, porque muchas veces me ha obstruido el habla y ha obstaculizado mis acciones espontáneas, obligándome a hacer movimientos forzados y raros. (1)
Esa timidez, ese temor que la invadía en los encuentros sociales, que la llevó a permanecer turbada y casi muda frente a los hombres que la rodeaban y escrutaban durante aquella monumental exhibición en la Royal Society, contrasta abismalmente con la audacia que transmiten sus textos, escritos en la soledad de su cuarto, que la hacía tan feliz. Audacia no le faltaba. En una sociedad en la que predominaba la idea de que las mujeres eran incapaces de filosofar, ella exhibió públicamente su propia filosofía. En una cultura en la que se creía que la naturaleza fue creada para ser dominada por el ser humano, ella condenó la crueldad con los animales y las plantas, exhortó a ser responsables en el uso de los bienes naturales y mostró que el ser humano no es tan diferente del resto de las criaturas. En una etapa de la filosofía que afirmaba que la materia es pasiva e inerte, ella definió la materia como un ser vivo y animado. En una época en que la religión y la filosofía enseñaban que el alma humana es inmaterial, ella afirmó la materialidad del alma. En un ambiente científico que confiaba en la experimentación, ella dirigió críticas a sus métodos y enfatizó los límites que cercan el conocimiento humano.
En los volúmenes de Cavendish encontramos conceptos, argumentos y críticas innovadores y alternativos sobre temas centrales para la filosofía de su tiempo: la naturaleza y la materia; el movimiento y la causalidad; el orden y las leyes de la naturaleza; la libertad; la mente humana y las capacidades cognitivas y afectivas de las especies no humanas; el valor de la diversidad de las especies y el respeto por ellas; el conocimiento, la percepción y el lenguaje; la verdad, la probabilidad y la ficción; la utopía, la organización social y la autoridad política; las capacidades y los derechos de las mujeres; etc. Este bagaje vasto y diverso tiene mucho para contribuir a las discusiones filosóficas actuales sobre el materialismo, la mente humana y no humana, la animalidad, la ética medioambiental, los derechos y la condición de las mujeres, el conocimiento y el lenguaje, la libertad, lo artificial y lo natural, entre otros.
Cavendish fue una mujer atípica entre las mujeres atípicas. Eran pocas las mujeres de su época que sabían leer y escribir. Muchas menos, las que escribían sobre filosofía. Y entre ellas, todavía menos, las que se animaban a traspasar los muros de su intimidad y dar a conocer las páginas filosóficas escritas de su puño y letra. Solo algunas publicaron sus obras en la imprenta. Por temor al rechazo, a la burla, a la descalificación, a los ataques, a la envidia, por considerar que no era propio de su clase social, acaso por pudor, por modestia, por tener la vaga sensación de estar transgrediendo en demasía los normas que desde el fondo de los tiempos habían marcado la vida de sus antecesoras, las verdaderas autoras de esos libros casi siempre se ocultaban detrás de nombres falsos o del infame anonimato, ese que borra cualquier indicio de subjetividad, que aniquila al yo que tomó la pluma para hablar en nombre propio.
Publicó libros de poemas, novelas y piezas teatrales, y fue una de las pioneras en su siglo al publicar libros de filosofía y de ciencia que firmó con su propio nombre. Todavía más: tuvo la osadía de dedicárselos a las universidades, esos lugares a los que ninguna mujer podía ingresar para estudiar. (2) Mandó sus libros a las bibliotecas y a los filósofos y científicos más reputados, invitándolos gentilmente a leerlos; invitación que casi nunca fue aceptada. ¿Cómo fue que una joven tímida y retraída, que pasaba por tonta y mojigata, se animó a firmar sus libros y a difundirlos con aquel entusiasmo? ¿Qué la impulsó a irrumpir de esa manera espectacular en la selecta y masculina escena del debate filosófico y científico?
Sus móviles fueron una curiosidad insaciable, una pasión por la naturaleza, una mente creativa e inquieta y, sobre todo, una imperturbable ambición de fama. Nunca dudó en considerarse y en presentarse a sí misma como filósofa. Las burlas y los cuestionamientos no tardaron en llegar, a poco de su primera publicación, Poemas y fantasías, un libro de poemas con contenido filosófico que escribió a sus treinta años. A Dorothy Osborne —que escribía cartas literarias a su futuro marido, cartas que no quiso publicar— le parecía ridículo que la duquesa de Newcastle publicara un libro de poemas. Si bien no los había leído, había escuchado decir que sus poemas eran diez veces más extravagantes que los atuendos que vestían a su autora. El escritor Samuel Pepys, que no se quiso perder el espectáculo de la visita de la duquesa a la Royal Society, comenta en su famoso diario que la vida entera de esta mujer es una ficción y que todo lo que hace es ficticio.
Cavendish era plenamente consciente de los prejuicios que atentaban contra la construcción pública de su identidad como mujer intelectual. Sin embargo, no cejó en el empeño de reclamar su legítimo derecho a filosofar y a entablar un diálogo de igual a igual con los hombres que filosofaban en el pasado y en su presente. En su afán por sumar su voz a la conversación filosófica de sus coetáneos, escribió libros que exponían abiertamente su propia filosofía. Fueron pocos los filósofos que la tomaron en serio. La mayoría le respondió con un desdén que fluctuaba entre la cortesía, la simulación y la hostilidad. Aun así, ella se las ingenió para ensayar distintas formas de diálogos y conversaciones imaginarios que aparecen en sus obras. Dirige cartas a una corresponsal ficticia (Cartas filosóficas [Philosophical Letters], 1664), en las que discute las ideas de algunos de los filósofos más renombrados de su tiempo, como René Descartes, Thomas Hobbes, Henry More y Jan Baptist van Helmont. Introduce diálogos entre distintos personajes en su obra narrativa, poética o teatral. Pone a conversar sus “viejos” pensamientos con sus “nuevos” pensamientos en su obra madura, Observaciones sobre la filosofía experimental (Observations upon Experimental Philosophy, 1666), para aclar(se) o corregir sus propias ideas. (3)
No quería repetir acríticamente las filosofías de otros, ni tampoco limitarse a comentarlas. (4) Quería fundar su propia filosofía. Sabía, sin embargo, que, debido a su condición de mujer, su novedad no iba a ser bienvenida porque la excesiva autoestima de los filósofos varones los llevaba a creer que las mujeres, y, por tanto, las filosofías engendradas por ellas, son por naturaleza inferiores a cualquier producto del pensamiento masculino. Hay en esa crítica una mirada melancólica hacia un pasado filosófico en el que, según ella, lo femenino era visto con mejores ojos que en su propio tiempo. Al hacer estos planteos, Cavendish desafía el criterio de autoridad epistémica. Según este criterio, una posición filosófica, científica o teológica es verdadera o falsa, aceptable o rechazable, no por su contenido o por los argumentos en favor o en contra de ella, sino en función de la persona que la sostiene. Todo lo que afirme una persona considerada como una “autoridad epistémica” (es decir, como alguien a quien se le atribuye un conocimiento experto, como si fuera una fuente superior de sabiduría) debe ser aceptado y considerado como verdadero. Así, todo lo que afirma una autoridad es absolutamente incuestionable; no importa si ofrece buenos argumentos para sostener sus afirmaciones.
Ese criterio de autoridad epistémica estaba muy instalado en la filosofía desde la Antigüedad, pero hacia fines de la Edad Media comenzó a ser cuestionado y ya en el siglo xvii predominaban las voces en su contra. La voz de Cavendish se sumó a la ola creciente de críticas. Pero su perspectiva introduce un agregado importante. Su cuestionamiento de la autoridad se hace desde el lugar de exclusión en el que la cultura filosófica montada en base a ese criterio había colocado a las mujeres. Cuando Cavendish rechaza la autoridad epistémica, pone al desnudo no solo la precariedad de este criterio, mostrando que carece de solvencia argumentativa —al igual que lo hicieron sus colegas varones—, sino que además visibiliza el sesgo de género que conlleva la noción de autoridad asumida por ese criterio. De tal modo, Cavendish denuncia que la autoridad epistémica excluyó, sin más, la voz de las mujeres.
Dado el talante polémico de Cavendish, no ha de sorprendernos que sus intentos de entablar un diálogo filosófico de igual a igual con los científicos y filósofos de su entorno encontrara tantas resistencias. Lo que más molestaba no era tanto que escribiera filosofía, sino, sobre todo, que se animara a publicar, saliendo del anonimato y difundiendo su pensamiento propio a viva voz. Su pretensión de ingresar a la esfera pública de la república de las letras era desconcertante e irritante. La reacción del filósofo inglés Henry More nos resulta particularmente llamativa. More fue mentor y amigo de la filósofa Anne Conway y valoraba la capacidad intelectual de Elisabeth de Bohemia, quien tuvo un intercambio epistolar con Descartes sobre temas filosóficos. Aunque es evidente que no se oponía a que las mujeres filosofaran, no quiso entablar un diálogo filosófico con Cavendish, que había criticado la filosofía de More en sus Cartas filosóficas, a veces con un vago tono de burla. A More estas críticas no le cayeron en gracia. Cuenta en una de sus cartas que ni él ni ningún otro hombre se tomaría el trabajo de contestarle a Cavendish porque no valía la pena. Su actitud hacia Cavendish contrasta con las otras filósofas que conocía. ¿Será porque le molestaba el tono desafiante de Cavendish, que, a diferencia de Conway y Elisabeth, infringía la norma de modestia intelectual que era esperable en toda mujer?
Hay otro dato interesante que nos habla de la personalidad de Cavendish. Fue famosa por su vestimenta llamativa y excéntrica. A veces usaba prendas originalmente diseñadas para varones, lo cual, si bien era una moda en su tiempo, nunca tuvo aceptación social. Desde joven se sintió muy atraída por diseñar sus propios vestidos, en búsqueda de crear una imagen “singular”, que no fuera como la de ninguna otra persona. Se decía, además, que exhibía su cuerpo en demasía. En sus escasas salidas y paseos por Londres, ya como duquesa de Newcastle, iba en carruajes lujosos, acompañada por una exuberante comitiva de lacayos y damas de compañía. Se había convertido en una personalidad notoria, en un tema de conversación, por la publicación de sus obras, por su personalidad singular y por ser la joven esposa de uno de los hombres más ricos y aristocráticos de su país. Esta singularidad, buscada y forjada desde su juventud, devino en excentricidad legendaria en su vida madura. Si bien a algunos hombres su singularidad les causaba cierta atracción y fascinación por su perfil novedoso, a la mayoría de las mujeres les provocaba rechazo porque sentían vulnerada su autoestima, porque se sentían cuestionadas por las actitudes de Cavendish que transgredían el modelo de feminidad. Ni estos rasgos ni su actitud intelectual cuestionadora favorecieron la recepción positiva de su obra filosófica. Varones y mujeres tomaban la espectacularidad de su apariencia física como un indicio de frivolidad poco compatible con la seriedad que requiere el trabajo intelectual.
Sin embargo, en contra de lo que podría parecer a simple vista, la osadía que Cavendish exhibía frente al público era en verdad una estrategia para defenderse de los ataques que recibía. Más aún, su sed de fama, la ambición de ser gloriosamente recordada por sus méritos intelectuales, eran la contracara de su timidez. La descripción que ofrece de sí misma en sus cartas y autobiografía habla de una tendencia innata a la soledad, la melancolía y la introspección que la acompañaron durante toda su vida. Hablar en público siempre le resultó difícil, por lo que prefería o bien escribir, o bien permanecer callada y cabizbaja. Era una mujer que prefería residir en el campo, para poder concentrarse en sus propios pensamientos, antes que en la ciudad, donde estaba obligada a participar en eventos sociales que no le interesaban:
vivir en el campo es más afín a mi temperamento [que vivir en la ciudad], porque por naturaleza soy de un temperamento solitario, meditabundo y contemplativo, y mi placer consiste en escribir las fantasías y las concepciones que produce mi contemplación. Todo esto se vería perturbado por los muchos ruidos que hay en las ciudades muy pobladas. (5)
Nos encontramos frente a una personalidad compleja y ambivalente en la que se conjugan la pasión por el saber y una gran confianza en sus capacidades intelectuales, a la vez que es plenamente consciente de los lastres negativos acarreados por la escasa educación recibida. Pero, además, su ambición de fama y el deseo de ser conocida por sus propias ideas, de dialogar, de escuchar y ser escuchada en el ámbito público del saber, conviven con una inclinación a ocultarse para escribir a solas, retirada en el refugio privado de su cuarto.
Esta complejidad y ambivalencia también se advierten en la relación de Cavendish con su producción filosófica y en su autoafirmación como filósofa. Si bien nos dice varias veces que sus textos son vanos y pasatistas, a la vez pretende fundar una nueva escuela filosófica a la cual se dedica con toda seriedad y el máximo empeño. En esa misma línea se inscribe su defensa de la fantasía y la creatividad como vías alternativas para filosofar, además del tradicional uso de la razón y la sensación. Piensa que la ficción literaria y la filosofía pueden ser vías complementarias. Sus escritos exhiben tanto el ejercicio lúdico y libre de la fantasía como la búsqueda seria y metódica de la verdad (a sabiendas de que esta es inalcanzable, pues nunca podremos obtener certezas absolutas). La habilitación de la fantasía, del libre juego de la imaginación creadora, como un medio para hacer filosofía entraña una suerte de universalización y hasta de popularización de la práctica filosófica, pues admite que no se requiere una formación especializada para filosofar.
Los esmeros y entusiasmos de Cavendish no lograron concitar la atención de los circuitos filosóficos. Durante cientos de años la totalidad de su obra filosófica y literaria fue prácticamente desconocida, si no fuera por un puñado de poemas que solían citarse en alguna que otra antología literaria. Sus libros de filosofía permanecieron arrumbados, ignorados y acallados, en los rincones más oscuros de las bibliotecas. En las primeras décadas del siglo xx, hasta la propia Virginia Woolf, empeñada en construir una genealogía literaria de mujeres, la criticó con gran aspereza y demolió la imagen de Cavendish. Su filosofía le parecía fútil; sus piezas teatrales, intolerables; sus versos, aburridos; su prosa, desordenada y carente de argumentos. Woolf la ridiculizaba y lamentaba, no sin sarcasmo, que la excentricidad y el excesivo deseo de fama llevaron a Cavendish a hacer el ridículo. Aun así, no pudo dejar de reconocer la atracción que despertaba esa mujer aristocrática, frívola y excéntrica que tanto la irritaba:
la mayor parte de lo que escribía la duquesa está atravesado por una veta de auténtico fervor. Es imposible no tentarse a seguirla, con su personalidad errática y querible, mientras divaga y brilla página tras página. Tiene algo de noble, de quijotesca, de espontánea, como también tiene algo de demente y de despistada. Su simplicidad es tan franca, su inteligencia es tan activa, su simpatía por las hadas y los animales tan tierna. (…) Es extraña como un elfo, irresponsable como una especie de criatura no humana, igual de cruel y encantadora. (6)
Los vestidos lujosos, la pasión por la moda, el gusto por la singularidad, no deben llevarnos a confusión. A pesar de su aparente banalidad, Cavendish estaba vitalmente comprometida con su obra filosófica y literaria. La fama que ambicionaba no consistía en llamar la atención porque sí, para ser un tema de conversación pasajera y fugaz en los cotilleos de la nobleza. Su máxima aspiración era ocupar un lugar destacado en la posteridad que la rescatara de las sombras del olvido. La ansiedad por ser reconocida que percibimos en sus primeros escritos dio paso a una actitud más sosegada y componedora en su obra madura, donde ella misma advierte que la reputación de los libros y de sus autores está fuertemente condicionada por las inestables circunstancias de cada momento histórico. Nos dice que, así como un estudiante no puede convertirse en maestro de un día para otro, su filosofía “nueva” y recién llegada difícilmente será reconocida de inmediato. No obstante, aunque en su propio tiempo su novedad filosófica fuera “menospreciada y sepultada en el silencio”, creía que era posible que en el futuro llegara a gozar de una mayor gloria. (7)
Los restos de Margaret Cavendish fueron sepultados en 1674 en el templo más venerado por la nobleza de la que ella era una orgullosa integrante: la abadía de Westminster de la ciudad de Londres. No pudo haber tenido una tumba más majestuosa. Desde la Edad Media, allí se celebran las coronaciones y las bodas de los miembros de la familia real, yacen sus difuntos y personas selectas de la aristocracia, se erigen memoriales de las personalidades de la política, la historia, la ciencia y la cultura de Gran Bretaña. Fue su esposo William quien recibió el beneplácito del rey Carlos II para acceder al privilegio de emplazar allí un monumento funerario en su honor y el de su amada Margaret. Fue un reconocimiento a su lealtad, su entrega en el campo de batalla y su apoyo monetario a la causa monárquica durante la cruenta guerra civil inglesa. En la nave transversal norte se encuentran ambas tumbas, sobre las cuales se recuestan dos estatuas de tamaño natural esculpidas en mármol. Los representan vestidos con toga y portando la corona ducal en sus cabezas. La mano izquierda de Margaret se apoya suavemente sobre un libro abierto, al lado de un tintero y una cartuchera. La inscripción en recuerdo de Margaret, escrita probablemente por William, dice:
Esta duquesa era una dama sabia y erudita. Lo atestiguan sus numerosos libros. Fue una esposa muy virtuosa, cariñosa y dedicada. Estuvo con su Señor todo el tiempo que duró su destierro y sus miserias. Cuando volvió a casa nunca se separó de él en sus solitarios retiros.
Por ser la esposa de William, Margaret ocupó ese sitial en la abadía, donde el frío y blanco mármol atesora su memoria. Ocupar los lugares que les concedían sus maridos era la norma patriarcal para las mujeres típicas. Pero ella era una mujer atípica. No quería ser recordada por una tumba de mármol, por más monumental que fuera. Quería ser recordada por sus libros. Prefería la fama de los libros antes que la fama del mármol:
De la misma manera, espero que las obras que he escrito,
que son los edificios de mi ingenio natural,
sean mi propia herencia, como si fueran un hijo de la naturaleza.
(…)
Todos los materiales en mi cabeza crecieron,
todo es mío y nada debo.
Pero todo lo que deseo es que al morir
mi memoria en mis propias obras pueda pervivir.
Y así como otros construyen tumbas de mármol,
para quemar su polvo y salas abovedadas con grecas,
a mí no me importa dónde mi polvo ni mis huesos quedarán,
sino que mis obras, el trabajo de mi cerebro, vivirán.
No deseo una tumba majestuosa, esculpida y tallada,
sino que mis obras tengan un cuarto en la casa de la Fama.
Y así, cuando muera, será mi contento
que la pobre cabaña por mí construida pueda ser mi monumento. (8)
Tuvieron que transcurrir más de trescientos años para que los libros de Cavendish fueran desempolvados y leídos con la atención que merecen. Las expectativas de la filósofa se han cumplido. Hoy es nuevamente una personalidad notoria y cada vez más conocida, sobre la que se habla en canales de YouTube, en publicaciones informales y en cientos de estudios académicos. La onda expansiva de las luchas feministas trastocó nuestras prácticas académicas e hicieron lo suyo en la tarea de recuperación de su obra. Las páginas que siguen, junto con la selección y traducción de sus textos, quieren aportar nuevos materiales, nuevos recursos, nuevas inspiraciones, para seguir construyendo ese “cuarto en la casa de la Fama” en el cual Margaret Cavendish quiso alojar su memoria. La fama de los libros, como ella quería.
1. Verdadero relato de mi linaje(1814: 13-14). Todas las traducciones son mías y remiten a obras de Cavendish excepto cuando se indique lo contrario.
2. Véase texto 4.
3. Véase el texto 1.
4. Véase texto 2.
5. Cartas sociables, Carta 210 (1664: 449).
6. Virginia Woolf, Las excéntricas, selección, prólogo, traducción y notas de Matías Battistón, Buenos Aires, Godot, 2021, p. 29. Véase también Virginia Woolf, Un cuarto propio, trad. Pablo Ingberg, Buenos Aires, Losada, 2013, pp. 98-99.
7. Observaciones sobre la filosofía experimental(2001: 12-13).
8. Obras, Prefacio, 265-266. Cf. Cartas sociables, en Una mente propia, Carta 113, pp. 165-167; Carta 143, pp. 184-185.
Tenemos la suerte de contar con un texto autobiográfico para conocer “desde adentro”, de su puño y letra, algunos momentos de la vida de Margaret Cavendish. A la temprana edad de treinta y tres años escribió Relato verdadero de mi linaje, mi educación y mi vida (A True Relation of my Birth, Breeding and Life), que añadió al final de una de sus primeras obras. (9) Allí cuenta los principales episodios de su vida y de las circunstancias personales, familiares y políticas que le tocaron vivir. Encontramos, además, preciosas reflexiones en tono intimista sobre su personalidad y las razones detrás de sus vitales decisiones.
En ese texto, Cavendish advierte que quizá ciertos lectores se preguntarán con desdén a quién le podría importar la historia de la vida de una mujer como ella. Ante esa pregunta, ella contesta con toda firmeza que la narración de la historia de su vida le importa a ella misma. Ese ya es un motivo suficiente para escribirla. Confiesa que al escribir su propia biografía no quiere entretener a los lectores fingiendo una vida colmada de hazañas heroicas o de episodios monumentales. Lo que quiere es dar a conocer su pequeña gran historia personal. No quiso inventar un relato épico y grandilocuente, sino decir nada más y nada menos que la verdad sobre su vida. Lo que más le interesaba a Cavendish era que las generaciones futuras supieran con exactitud quién fue ella, de modo que no la confundieran con otra persona. Que tuvieran noticias ciertas sobre su linaje, su matrimonio y las relaciones políticas y sociales que constituyeron su entorno. Quería, además y fundamentalmente, que conocieran la identidad “singular” que se esforzó por forjar a lo largo de su vida. Que supieran que ella no era como otras mujeres. Que no seguía un modelo preestablecido. Que era, o intentaba ser, ella misma.
Al narrarse a sí misma, Cavendish escribe una apología. Al decir en su título que el suyo es un relato verdadero, quiere aventar las muchas habladurías sobre su persona que se esparcían y acrecentaban de boca en boca. La primera y principal, y acaso la que más le dolía, sostenía que ella no era la verdadera autora de sus libros (acusación no poco frecuente cuando se trataba de piezas escritas por mujeres). Nos encontramos con una mujer que se enuncia como sujeto y como autora; que se autoafirma y se promueve a sí misma con orgullo. Que, además, representa ambivalentemente sus acciones, sus hábitos, sus virtudes y sus disposiciones mentales. Mientras nos dice que su vida encarna virtudes femeninas modélicas (como la modestia y la obediencia), al mismo tiempo revela su rebeldía con respecto a los mandatos patriarcales al confesar su deseo de ser una mujer consagrada a la literatura y la filosofía. No obstante, esta contraposición entre aceptar y a la vez transgredir las convenciones sociales referidas al género no debería ser interpretada como una incoherencia de su parte, sino más bien como una estrategia de representarse a sí misma como una mujer que, si bien cumple con las normas establecidas, a su vez defiende su derecho a ser una persona autónoma y autosuficiente que piensa, crea y escribe por sí misma. Esta doble auto-representación, este doble juego de sumisión a y de desafío de los cánones patriarcales que intentaban modelar la subjetividad femenina, ha sido una estrategia característica de otras mujeres de su tiempo.
Nacida en 1623 en el condado de Colchester (Essex, Inglaterra), uno de los más prósperos de Inglaterra, Margaret fue la hija menor del matrimonio de Thomas Lucas y Elizabeth Leighton. Su padre, perteneciente a la gentry (es decir, un terrateniente de la alta burguesía), tuvo que fugarse a Francia por haber asesinado en un duelo a un miembro de la nobleza, a la sazón favorito en la corte de la reina Elizabeth I. Para colmo de males, al irse dejó embarazada a Elizabeth Leighton sin haber contraído matrimonio con ella. Cinco años después, al asumir en el trono James I, Thomas encontró el momento propicio para retornar a su país y casarse con Elizabeth. Sin embargo, el escándalo dejó una marca indeleble en la pareja y los ocho hijos que tuvieron.
Luego de la muerte de su padre, cuando Margaret tenía apenas dos años, su madre administró muy eficientemente los bienes de la familia y se ocupó de convenir los matrimonios de sus hijos. Los Lucas no eran muy queridos por sus vecinos. Sus pares de la gentry prácticamente no tenían relación con ellos, en parte por la fama de pendenciero que se había ganado su hermano John, en parte porque Elizabeth convino para sus hijos matrimonios con personas de otros lugares. Diversos hechos contribuyeron a que la familia Lucas fuera muy impopular en las clases subalternas del condado. Basta con mencionar que John Lucas fue un duro e inclemente cobrador de impuestos y que Elizabeth Lucas fijó precios muy altos para alquilar sus tierras al tiempo que solicitó una reducción de la “tasa de pobreza” que le correspondía tributar en su calidad de terrateniente. En relación con sus parientes políticos, los Lucas no estrecharon fuertes lazos de sociabilidad. Así, pues, la familia Lucas se caracterizó por cierta tendencia al ostracismo y hábitos típicos de la vida rural burguesa. Todo ello contribuyó a profundizar la introspección y la timidez innatas de Margaret:
Me agrada tanto la vida solitaria en el campo, que no puedo darme a mí misma ningún argumento que me pueda convencer o inducir a llevar una vida en la ciudad, que no es más que una vida llena de chismes y vanidades, en la que son más las palabras ociosas que se dicen en las conversaciones que las obras buenas que se hacen, y se gasta más dinero del que los bolsillos pueden pagar. Si viviera en la ciudad, no hablaría en vano ni gastaría inútilmente el dinero como hacen los demás. (10)
Con sus hermanos mayores Cavendish no llegó a compartir momentos de esparcimiento, sino las tareas serias que competían a los asuntos familiares. Su madre, a quien Margaret recuerda con admiración y afecto, fue una figura central en su niñez y juventud. Según nos cuenta, la educó con firmeza, pero sin dureza. Dispuso que su hija recibiera una alfabetización básica y aprendiera tejido, bordado, canto, música y baile, como era habitual en las mujeres de su estamento. En verdad, lo que más le importaba a Elizabeth Lucas era preparar a sus hijas para ser buenas esposas y madres de la alta sociedad, inculcándoles virtudes como la modestia, la castidad y la cultura de los buenos modales. Sin embargo, a contramano de este modelo, lo que Cavendish más disfrutaba era estudiar y escribir:
Es verdad que hilar con los dedos es más propio de nuestro sexo que estudiar o escribir poesía (que es hilar con el cerebro). Pero yo, al no tener habilidad en el arte de lo primero (y aunque la tuviese, no tenía esperanzas de ser tan buena como para hacerme una prenda que me guardase del frío), me deleité con el arte de lo segundo. (11)
Por eso, lamentó el bajo nivel de la educación que recibió y era consciente de que cualquier persona más instruida que ella lo notaría: “No será necesario decirles que no he tenido ni conocimiento ni arte para explicar estos conceptos, ya que ustedes lo notarán por sí mismos”. (12) La mala calidad de su caligrafía, de su sintaxis y de su ortografía son, según ella, fruto de esas carencias. En una de sus cartas sociables afirma:
¿cómo iba yo a escribir discursos, si no conozco las reglas de la retórica, ni he ido nunca a la escuela, sino que solo aprendí a leer y escribir en casa, instruida por una dama anciana y decadente a la que mi madre pagaba con ese fin? De esto es testigo mi débil mano (como suele decirse). Sin embargo, para seguir su consejo, he tratado de escribir discursos, pero descubrí que para hacerlo me falta ingenio, elocuencia y saber. (13)
