Marianela - Benito Pérez Galdós - E-Book

Marianela E-Book

Benito Pérez Galdòs

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Beschreibung

Una de las novelas más celebres de Galdós, en la que aún perviven rasgos de la novela romántica con el enfoque psicológico, social y de denuncia propio de la novela realista. Marianela, una muchacha pobre, desvalida y poco agraciada, ama a su joven amo, ciego, atractivo e inteligente, al que sirve de lazarillo. Él piensa que a tanta bondad solo puede corresponder la más elevada belleza. Pero gracias a los avances científicos, él recuperará la vista y conocerá el auténtico aspecto de la joven, lo que desencadenará el fatal desenlace.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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Índice

Introducción

Contexto histórico de Marianela

Contexto social de Marianela

La novela anterior a Marianela

Benito Pérez Galdós

La obra de Benito Pérez Galdós

Criterio de esta edición

Bibliografía

Marianela

Perdido

Guiado

Un diálogo que servirá de exposición

La familia de piedra

Trabajo. Paisaje. Figura

Tonterías

Más tonterías

Prosiguen las tonterías

Los Golfines

Historia de dos hijos del pueblo

El patriarca de Aldeacorba

El doctor Celipín

Entre dos cestas

De cómo la Virgen María se apareció a la Nela

Los tres

La promesa

Fugitiva y meditabunda

La Nela se decide a partir

Domesticación

El nuevo mundo

Los ojos matan

¡Adiós!

Análisis de la obra

Ediciones

Marianela frente a las otras novelas de tesis de Pérez Galdós.

Fuentes

Estructura de la obra

Temas

El narrador de Marianela

Los personajes

Recursos literarios y estilísticos

Actividades

Créditos

INTRODUCCIÓN

CONTEXTO HISTÓRICO DE MARIANELA

El siglo XIX español se caracterizó por la inestabilidad política, las reformas constitucionales y los profundos cambios que sufrió la sociedad española tanto a nivel económico como social.

El reinado de Isabel II (1843-1868)

En 1843, año en que nació Benito Pérez Galdós, el general Espartero, que había sido nombrado regente en 1841, fue derrocado por una coalición de moderados y progresistas, a cuyo frente se puso Joaquín María López. El 8 de noviembre todos los partidos, excepto los republicanos, decidieron adelantar la mayoría de edad de Isabel II, hija de Fernando VII y María Cristina de Borbón. Joaquín María López dimitió, sucediéndole el también progresista Salustiano Olózaga.

El Moderantismo (1843-1853)

Tras la caída de Olózaga subieron al poder los moderados: Luis González Bravo (que encargó al duque de Ahumada la creación de la Guardia Civil en marzo de 1844 para sustituir a la Milicia Nacional) y el general Ramón María Narváez.

En octubre se reunieron las Cortes para reformar la Constitución de 1837, dando lugar a la de 1845, completada con la Ley Electoral del 18 de marzo de 1846, que aumentaba el poder del Gobierno y recortaba derechos ciudadanos, mientras que Alejandro Mon reformaba la fiscalidad, aplicando impuestos directos e indirectos. Los levantamientos no tardaron en producirse y fueron reprimidos duramente.

Las luchas internas, las intrigas palaciegas y las insurrecciones progresistas hicieron dimitir a Narváez en febrero de 1846, sustituido por el marqués de Miraflores para regresar de nuevo al poder Narváez y dimitir diecinueve días después por escándalos financieros. Le siguió Francisco Javier de Istúriz.

El interés gubernamental se centró en reducir la deuda adquirida por las guerras; en mejorar las relaciones con la Santa Sede, con la que se firmó un Concordato que establecía la devolución de los bienes desamortizados aún no vendidos y compensaba los daños causados con una dotación para el culto y el clero; y en el matrimonio de Isabel II.

Las negociaciones para casar a la reina fueron arduas, pues no todos los países la habían reconocido como tal y porque con su matrimonio podría cambiar, al tener herederos, la dinastía española, romper el equilibrio existente entre las casas reales y deteriorar las relaciones establecidas con otros países. Finalmente, el elegido para consorte fue su primo Francisco de Asís. La boda se celebró el diez de octubre de 1846. El matrimonio fracasó desde el primer momento. Se produjeron algunos levantamientos progresistas y se inició la segunda guerra carlista.

Tras los gobiernos de Carlos Martínez de Irujo, Joaquín Francisco Pacheco y de Florencio García Goyena, la amnistía decretada el 12 de septiembre permitió regresar a los políticos emigrados. Espartero fue nombrado senador y Serrano y Narváez se unieron. El 5 de octubre de 1847, Narváez impuso su dictadura e impulsó reformas públicas, económicas y administrativas. Se enfrentó con éxito a la crisis causada por las malas cosechas de 1846-47, que produjo la carestía de los productos agrícolas; al paro; a las barricadas de 1848; a altercados militares y a la sublevación carlista de Cabrera en Cataluña. Su labor fue encomiada en España y Europa, pero las denuncias por corrupción forzaron su dimisión en octubre de 1849, dando paso al gobierno del conde de Cleonard, para retomarlo otra vez horas después Narváez hasta el 10 de enero de 1851.

Su sucesor, Bravo Murillo, intentó desmilitarizar el poder, reformar la Constitución, y realizar reformas administrativas como la del funcionariado. Para modernizar el país, potenció la red de ferrocarriles, abasteció de agua a Madrid con el Canal de Isabel II, favoreció el mercado del trigo castellano con el Canal de Castilla... pero políticos y militares vieron perjudicados sus intereses, y María Cristina, la madre de Isabel II, consiguió su dimisión en diciembre de 1852. Le siguieron en el gobierno Federico Roncali, Francisco Lersundi, Luis José Sartorius. El 28 de junio de 1854 los generales O’Donnell, Dulce, Ros de Olano y Messina se enfrentaron en Vicálvaro a las fuerzas reales. El «Manifiesto de Manzanares», de O’Donnell, inspirado en Cánovas del Castillo, unió a los progresistas al movimiento; poco después se produjeron alzamientos en varias ciudades en las cuales se crearon juntas revolucionarias.

Fernando Fernández de Córdoba, al frente de un gobierno de progresistas y moderados, intentó sin éxito sofocar las rebeliones populares; tampoco lo lograron el duque de Rivas ni el general San Miguel.

El Bienio Progresista (1854-1856)

Baldomero Espartero formó una coalición gubernamental con O’Donnell, tras el compromiso de Isabel II de convocar unas Cortes Constituyentes en 1854. Se dio así paso al Bienio Progresista y se comenzó a elaborar una nueva Constitución. En mayo de 1855 se aprobó la desamortización de bienes civiles y eclesiásticos de Madoz para evitar la bancarrota del Estado e invertir en canales, ferrocarriles y caminos, lo que empobreció a municipios y campesinos, y rompió las relaciones con la Iglesia.

Surgieron protestas populares pidiendo la supresión de las quintas, la derogación de impuestos y el abaratamiento de los alimentos, que se extendieron por la Península. Las grandes discrepancias entre Espartero y O’Donnell, forzaron a la reina a nombrar jefe del gabinete al segundo. Como las Cortes no le eran favorables, decidió disolverlas, dejando sin publicar la Constitución que se había estado elaborando durante los dos años anteriores y que adoptaba con alguna modificación la de 1845. Al regresar Narváez a España, dimitió el 11 de octubre.

El Bienio Moderado (1856-1858)

Con Narváez, de nuevo en el poder, se dio paso a un Bienio Moderado, en el cual se retomó la Constitución de 1845, derogándose las leyes y disposiciones del gobierno anterior. Introdujo reformas en el Senado, estableció la censura periodística, reprimió las manifestaciones y levantamientos populares e introdujo la Ley de Instrucción Pública de Claudio Moyano. Isabel II lo sustituyó en octubre de 1857 por Francisco Armero. El 28 de noviembre nació el futuro Alfonso XII. En enero de 1858 asumió el poder Francisco Javier de Istúriz, sustituido en octubre por O’Donnell cuyo gobierno se prolongó hasta marzo de 1863.

Durante estos años sucedieron algunos episodios en los que España no quedó bien parada y aumentaron el descontento: la expedición a la Cochinchina para defender la labor evangelizadora de la Iglesia, que duró hasta 1862; la guerra con Marruecos (1859), que había ocupado terrenos cercanos a Ceuta y Melilla; la adhesión temporal de Santo Domingo (1861), que duró hasta 1865; la intervención en México, junto a Francia e Inglaterra al suspender el pago de la deuda Benito Juárez; el conflicto con Perú por el asesinato de un español, en el que acabaron involucrados también Chile y Ecuador.

Final del reinado de Isabel II

Tras O’Donnell accedieron al gobierno los moderados: el marqués de Miraflores, Lorenzo Arrazola, Alejandro Mon y, de nuevo, Narváez, en septiembre de 1864.

En 1865, para paliar el déficit de la Hacienda Pública, Isabel II vendió bienes del Real Patrimonio, reservándose un veinticinco por ciento. Todos encomiaron este hecho como un gesto de generosidad de la reina, pero Castelar, en el periódico republicano La Democracia, la criticó por adueñarse y vender lo que no era de su propiedad. Al ser destituido de su cátedra en la universidad, salieron en su apoyo y en el del rector los estudiantes, dando lugar a disturbios en la noche de San Daniel (10 de abril) que, al ser sofocados por Narváez, causaron algunos muertos y numerosos heridos, lo que decidió su cese.

El 21 de junio, O’Donnell ocupó el gobierno y, considerando negativa la influencia que ejercían sobre la reina el padre Claret y sor Patrocinio, los alejó de la corte. España entró en guerra con Chile, Perú, Bolivia y Ecuador, y bombardeó Valparaíso. Una gran crisis económica hizo quebrar a los bancos y una gran sequía azotó el país. El 22 de junio los sargentos de artillería del cuartel de San Gil se sublevaron en Madrid. Las tropas del general Serrano los vencieron y fueron fusilados sesenta y seis de ellos. Isabel II destituyó a O’Donnell, nombrando de nuevo a Narváez, cuya represión abocó al exilio a muchos disidentes.

Descontentos por los acontecimientos, progresistas y demócratas firmaron un pacto en Ostende, ratificado en Bruselas y secundado con levantamientos en provincias. No consiguieron derrocar la monarquía, mas debilitaron notablemente el poder de Isabel II, sobre todo tras la muerte de O’Donnell (noviembre, 1867) y Narváez (abril, 1878), sus principales apoyos. Durante el gobierno de González Bravo, demócratas, unionistas y progresistas acordaron destronar a la reina e implantar una república.

El Sexenio Revolucionario (1868-1874)

El 17 de septiembre de 1868 se inició en Cádiz la Revolución Septembrina o La Gloriosa con Serrano, Prim y Topete, seguida de pronunciamientos militares y la creación de juntas revolucionarias provinciales, a las que se sumaron las masas populares. El 28 de septiembre, tras la batalla del puente de Alcolea, Isabel II partió hacia el exilio.

Se creó un gobierno provisional, presidido por Serrano. Disueltos los Voluntarios de la Libertad y desaparecidas las juntas revolucionarias, las Cortes Constituyentes lo eligieron como regente y a Prim como presidente del gobierno. Se elaboró una Constitución democrática (promulgada el 6 de junio de 1869) en la cual se establecía la monarquía como forma de gobierno —con la oposición de los republicanos, defensores de una república federal—; el sufragio universal masculino para mayores de 25 años; la libertad de cultos, prensa, enseñanza...

Aprovechando esta inestabilidad política, en octubre de 1868, Cuba intentó independizarse, iniciando una guerra contra España que se prolongaría hasta 1878.

La elección del futuro monarca fue complicada porque los candidatos (Antonio de Orleans, duque de Montpensier; Fernando de Sajonia; el archiduque Leopoldo de Hohenzollern-Sigmarigen; Amadeo de Saboya...) levantaban muchas suspicacias entre los países vecinos, tantas que influyó en el inició de la guerra franco-prusiana. Con el apoyo de Prim, se eligió como rey a Amadeo de Saboya, hijo de Víctor Manuel II de Italia.

El reinado de Amadeo de Saboya (1870-1873)

Cuando Amadeo llegó a Madrid el 2 de enero de 1871, Prim había fallecido tras sufrir un atentado. Antes de ser proclamado rey, Amadeo acudió a la basílica de Atocha a honrar al difunto.

Sin el general, las divergencias entre los políticos de la coalición, unidas a la guerra de Cuba, al inicio de la segunda guerra carlista (1872) —el pretendiente, Carlos VII, se puso al frente de sus partidarios—, a la oposición republicana y a la nobleza conspirando en favor del príncipe Alfonso, auguraban el fracaso. Dos años duró el reinado de Amadeo de Saboya, durante los cuales presidieron el gobierno sucesivamente Serrano, Manuel Ruiz Zorrilla, José Malcampo, Sagasta, Serrano y Ruiz Zorrilla. El rey, que hizo grandes esfuerzos para ser aceptado y fue muy respetuoso con la Constitución, fue rechazado por ser extranjero. Los levantamientos carlistas y republicanos; un atentado en Madrid en julio de 1872; el proyecto de Ruiz Zorrilla de abolir la esclavitud en Puerto Rico, que rechazaban los conservadores por perjudicar sus intereses personales; la exigencia de disolver el Cuerpo de Artillería por negarse a obedecer al general Hidalgo, capitán general de Cataluña, llevaron a Amadeo I a abdicar el 11 de febrero de 1873.

La Primera República (1873-1874)

El Congreso y el Senado, reunidos en Asamblea Nacional, proclamaron la República, presidida por Estanislao Figueras. Los republicanos estaban divididos: unos querían una República unitaria, y otros, cantonalista. Entre febrero y marzo los federales catalanes intentaron establecer el Estado Catalán. Figueras dirigió la República cuatro meses. Lo sustituyó Pi y Margall, quien declaró la República Federal. Un mes más tarde se inició la insurrección cantonal en Cartagena, que se extendió por Levante, Andalucía y otros lugares de la Península, mientras que carlistas y alfonsinos pugnaron por acceder al poder. Pi y Margall defendió la separación Iglesia-Estado, anunció la creación de jurados mixtos, intentó mejorar las condiciones laborales de los obreros y regular el trabajo infantil, y defendió la enseñanza gratuita y obligatoria, y Emilio Castelar redactó un proyecto constitucional que no se llegó a aprobar. Dos meses después renunció a la presidencia, ocupando su lugar Nicolás Salmerón, quien combatió al cantonalismo con firmeza hasta que, contrario a la pena de muerte, se vio obligado a firmar la de dos artilleros. Por no actuar en contra de su conciencia, abandonó el cargo sin haber cumplido dos meses en él. Le sucedió en septiembre Castelar, al que se dio plenos poderes para restablecer el orden; mas las críticas de los federalistas, el apogeo de la guerra carlista, la revolución cubana y el incidente con Estados Unidos, al apresar el vapor Virginius que portaba armas para la independencia de Cuba, lo derrotaron en el Parlamento. En enero de 1874, el general Pavía entró en las Cortes y desalojó a los diputados.

Los capitanes generales —conservadores, radicales y republicanos unitarios— dieron el poder al general Serrano, duque de la Torre, convirtiéndolo en presidente de la República. Meses después, le sucedió Sagasta hasta que el 29 de diciembre el general Martínez Campos acabó con la República y restauró la monarquía en la persona de Alfonso XII.

La Restauración (1875-1885)

El 31 de diciembre de 1874, Cánovas dirigió un gobierno provisional hasta la llegada a España del futuro rey, Alfonso XII, que entró en Madrid el 14 de enero de 1875. Después, decidido a asentar la monarquía, cedió temporalmente el poder al general Jovellar. Para pacificar el país, aconsejó al monarca viajar a Vascongadas y Navarra con el fin de animar a los soldados a finalizar la guerra carlista y dar una imagen de rey soldado, católico y constitucional. Dos meses después el general Cabrera lo reconoció como rey y en febrero de 1876 se derrotó a don Carlos, poniéndose fin a la guerra carlista. Alfonso XII regresó a Madrid triunfante. Quedaba apaciguar Cuba, para lo cual el general Martínez Campos fue enviado a la isla con un gran contingente de soldados.

Se redactó otra Constitución, publicada en la Gaceta el 2 de julio de 1876. En ella se declaraba el catolicismo como la religión del Estado, aunque se permitían otros credos.

El Partido Conservador Liberal (dirigido por Antonio Cánovas) y el Partido Liberal (guiado por Práxedes Mateo Sagasta) pactaron turnarse en el poder, relegando a los demás partidos. El caciquismo y el fraude electoral llegaron a su apogeo.

El 23 de enero de 1878, Alfonso XII se casó con su prima María de las Mercedes, quien moriría el 26 de junio. En febrero se puso fin a la guerra de los Diez Años en Cuba con un armisticio firmado en Zajón. El 29 de noviembre de 1879, Alfonso XII se volvió a casar con la austriaca María Cristina de Habsburgo. El monarca falleció el 25 de noviembre de 1885, dejando dos hijas, Mercedes y María Teresa, y a su esposa embarazada. El 17 de mayo de 1886 nació el futuro rey, Alfonso XIII.

CONTEXTO SOCIAL DE MARIANELA

Demografía

En la segunda mitad del siglo XIX, España no llegaba a los 17 millones de habitantes. La mayor parte de la población era rural y apenas salía de su entorno por falta de conocimientos, recursos y medios de comunicación. En las últimas décadas del siglo XIX, la creación de líneas férreas y carreteras favorecieron el mantenimiento e incluso aumento de población en algunas localidades estratégicamente situadas, pero casi todas las ciudades del interior, excepto Madrid, fueron perdiendo población. El languidecimiento o la desaparición de sus antiguas industrias, la pobreza y la falta de expectativas laborales impulsaron a muchos a emigrar a la ciudad, al litoral levantino o cantábrico, y a localidades portuarias, mineras o textiles en las que la industria precisaba mano de obra. Gallegos, canarios, asturianos, cántabros y leoneses, buscaron fortuna en las Antillas como asalariados. Otros buscaron trabajos temporales en Francia, Argelia o Marruecos.

Sociedad

La aristocracia fue perdiendo el papel dominante y su lugar lo ocupó otra surgida de las finanzas, la política y los altos cargos públicos. Desaparecidos muchos de sus privilegios, solo se mantuvieron aquellas familias tradicionales de alcurnia que se amoldaron a la nueva situación y se enriquecieron con la adquisición de fincas o edificios provenientes de las desamortizaciones. Algunas cayeron en desgracia por su adhesión al carlismo.

Desde la época isabelina, militares, hombres de negocios e intelectuales recibieron títulos nobiliarios como reconocimiento a sus méritos o compensación por servicios prestados a la Corona. Los nuevos nobles, provenientes de la alta burguesía, fueron mirados con recelo por la antigua aristocracia, ya que muchos de ellos se habían enriquecido con actividades especulativas (a través de la bolsa o de la compra de espacio urbano para construir nuevos barrios), con la trata de esclavos o con la hacienda de otros nobles a los que habían hecho préstamos que no pudieron devolver. No obstante, ambas clases terminaron por entenderse: la antigua nobleza precisaba dinero para mantenerse, lo que le proporcionaba la nueva mediante préstamos o puestos en los consejos de administración de sus bancos o empresas. Por su parte, la nueva nobleza adquiría prestigio con su relación con la aristocracia, que le permitía acceder a cargos públicos con los que favorecer sus negocios y conseguir monopolios o concesiones e introducirse en sus familias a través de matrimonios concertados. La fusión entre ambas propició que la antigua nobleza, que había vivido de las rentas de sus tierras e inmuebles o de la diplomacia, comenzara a invertir en minas, ferrocarriles, carreteras e industrias emergentes, monopolizando el poder político y económico, y dando lugar a corrupciones y escándalos en los que estuvieron implicados la realeza (María Cristina, su esposo Fernando Muñoz, Isabel II...) y los gobernantes. Los salones aristocráticos —con sus saraos, tertulias literarias, fiestas o bailes— favorecieron la integración. La nueva aristocracia adoptó las normas y costumbres sociales de la anterior, elevó su nivel cultural y se aficionó al lujo y al derroche, haciéndose tan conservadora como la antigua. Los hidalgos, perdidos sus privilegios, desaparecieron o sobrevivieron compaginando el cultivo de sus tierras con otros oficios.

La Iglesia vio debilitado su poder por las desamortizaciones. Su relación se tensó o rompió con los gobiernos liberales o progresistas y se recompuso con los conservadores. Gozó de extraordinario prestigio y poder con los carlistas, al igual que sor Patrocinio y el padre Claret en la época de Isabel II. Las altas dignidades eclesiásticas mantuvieron su hegemonía sobre las costumbres y la moral de la sociedad conservadora, principalmente a través de las mujeres, en las que fomentaba actividades caritativas como bailes benéficos, roperos para pobres, casas de recogidas de las mujeres descarriadas...

Para paliar los efectos adversos de las desamortizaciones, el gobierno conservador firmó un Concordato con la Santa Sede, por el que asumió los gastos del culto y del clero, y autorizó a algunas órdenes religiosas a desempeñar su labor pastoral. Esto permitió a la Iglesia influir en la sociedad a través de la enseñanza. Parte del clero, como los curas rurales, vivieron en la más absoluta precariedad.

Las autoridades eclesiásticas no admitieron más religión que la católica y se opusieron a las otras confesiones y a las nuevas corrientes filosóficas, científicas o naturalistas por entrar en conflicto con su doctrina, por lo que su animadversión hacia los gobiernos revolucionarios fue manifiesta. En paralelo, el anticlericalismo estuvo muy extendido entre republicanos y liberales, muchos de los cuales eran escépticos o agnósticos, muy críticos con el aburguesamiento y la falta de moral cristiana de ciertos eclesiásticos, y defensores de las ciencias experimentales y de los avances tecnológicos.

La burguesía fue el gran motor del progreso a través de la industria y del comercio. Su mayor aspiración fue la de ascender a la nobleza, aunque no todos los burgueses lo consiguieron y acabaron configurando la clase media, formada por inversores, dueños de fábricas, militares, hombres de leyes, etc. que apostaban por lo local y la endogamia familiar. Oscilaba entre el librecambismo y el conservadurismo. La baja burguesía, en la que se incluían intelectuales, funcionarios, periodistas, escritores, profesionales liberales, etcétera., de tendencias liberales, se fundió con la clase media de pequeños comerciantes, propietarios y artesanos, quienes, desaparecidas las corporaciones gremiales, fueron empobreciéndose y algunos hubieron de buscar trabajo en las fábricas. Las desigualdades económicas se acentuaron, abriéndose una profunda brecha entre los ricos y la clase media, que vio con impotencia su descenso hacia las clases inferiores al paralizarse sus negocios, disminuir el valor de sus bienes e inversiones y amenazarles la quiebra económica.

El proletariado español era mayoritariamente campesino, si bien fue cobrando importancia el industrial y el minero. Casi el setenta por ciento de la población era campesina u obrera. El latifundismo siguió vigente. El jornalero rural, sin derechos ni recursos, hubo de hacer largas jornadas laborales por un estipendio que apenas cubría sus necesidades familiares, lo que se agravaba más cuando estaba en paro, de ahí que surgieran movimientos a favor del reparto de tierras y un salario más justo. Tampoco el proletario industrial estaba mejor. El aumento demográfico y la progresiva maquinización industrial empeoraron la situación laboral, depreciándose los salarios. El obrero debía acudir al pluriempleo o al trabajo de toda la familia, incluso de los niños, para sobrevivir. Las mujeres cobraban la mitad del salario masculino, y los niños, un tercio de este.

La insensibilidad de la burguesía, atenta solo a la productividad y al dinero, ante la precariedad obrera fue grande. Se asignó a cada obrero una función en la cadena de montaje, cronometrándole el patrón su ritmo de trabajo y se le empezó a pagar por horas. El descontento de los más desfavorecidos, unido al hambre; el peso de las quintas, que recaía sobre el proletariado al carecer de dinero para librarse de ellas, y la introducción paulatina en España de las ideas marxistas y anarquistas fueron el caldo de cultivo que impulsó las protestas populares en Cataluña, Andalucía, País Vasco y Castilla contra los burgueses. Todas fueron reprimidas para evitar situaciones como las de la Comuna de París (1871), prohibiéndose las asociaciones obreras, que hubieron de pasar a la clandestinidad. En 1879, Pablo Iglesias fundaría el PSOE.

La economía y los medios de transporte

La orografía, la inexistencia de ríos navegables y la carencia de una red de ferrocarril y de carreteras hacían difícil el comercio entre las distintas provincias, por lo que la mayor parte de las ciudades y poblaciones españolas se autoabastecían con su producción rural y artesanal. Frente a una España central, básicamente rural, hubo ciertas zonas industriales en Cataluña, Cantabria, Asturias, Vizcaya, Madrid y la zona costera andaluza y mediterránea.

El transporte por carretera se hacía con bueyes, mulas y caballos. Era lento y muy costoso, por lo que urgía mejorar las comunicaciones marítimas y terrestres. Se comenzaron a sustituir los barcos de vela por los de vapor; se construyó el canal de Castilla para transportar el trigo castellano hasta Santander (Alar del Rey) y exportarlo a las Antillas y a Europa; se crearon —con capital francés, belga y español— las líneas de ferrocarril que unieron Madrid con las principales provincias y se mejoró notablemente el trazado de las carreteras. Despegó así la economía en ciertas regiones, sobre todo las periféricas.

Para afrontar estos proyectos y reducir la deuda, se recurrió a la explotación de las minas —la riqueza del subsuelo era propiedad de la Corona—, pero, sin recursos ni capital patrio para comprar maquinaria y sin conocimientos tecnológicos que facilitasen su extracción su rentabilidad era escasa. La Ley de Minas de marzo de 1868 permitió la concesión de la explotación a perpetuidad, previo pago de un canon establecido, lo que atrajo a empresas inglesas, francesas y belgas para extraer hierro, plomo, mercurio, cobre, pirita, cinc, etc., demandados internacionalmente y cuyos yacimientos, al encontrarse cerca del mar, facilitaban su traslado a otros países. España se convirtió en uno de los países exportadores de materias primas más importantes del momento. Los núcleos mineros ganaron población, se beneficiaron las élites sociales, los conocimientos traídos por los extranjeros permitieron posteriormente desarrollar otras industrias, favorecieron la creación de compañías de capital español y el desarrollo de una banca potente e impulsaron la creación de las redes de comunicación. No todo fue beneficioso; las compañías extranjeras sobreexplotaron los yacimientos y al proletariado y contaminaron y degradaron el paisaje.

La economía se basaba en los productos del campo, principalmente en cereales, aceite y vino, pero la falta de mecanización rural y la ausencia de fertilizantes hicieron poco abundantes y competitivos nuestros productos. Con todo, se desarrolló una importante industria harinera en Santander y aceitera y vitivinícola en Andalucía, potenciada esta última tras el ataque de la filoxera a las vides europeas y, junto a estas, la del corcho. La industria lanera castellana fue decayendo hasta convertirse en una industria artesanal. Cataluña mejoró la producción de su industria textil y de ingeniería por su modernización y sus relaciones con ultramar; Barcelona fue pionera en las industrias energéticas del gas, utilizado para el alumbrado público y el consumo doméstico, y eléctrica, a la que siguieron las compañías de Madrid, Sevilla y San Sebastián. La explotación de los yacimientos mineros favoreció la creación de otras industrias como la siderurgia, los altos hornos, la naval de Barcelona y Vizcaya...

La educación

Todos los gobiernos se preocuparon por la enseñanza, pero ninguno puso medios suficientes para que la educación de la población fuera efectiva. En la década en la que se publica Marianela, más de un setenta y cinco por ciento de los españoles eran analfabetos, aunque había grandes diferencias entre las regiones, el mundo rural y el urbano o entre hombres y mujeres. Algunos adultos aprendieron a leer y escribir gracias a las escuelas dominicales, pero ni estas proliferaron en las ciudades ni los adultos sintieron interés por aprender. La Ley Moyano (1857) sentaría las bases del sistema educativo.

La instrucción primaria la costeaban los municipios, muchos de los cuales no disponían de recursos para mantenerla. Los maestros estaban muy mal pagados y los alumnos no asistían a las clases cuando tenían que trabajar para ayudar al sustento familiar. La escuela no era gratuita para todos, y, aunque la Ley Moyano estableció la obligatoriedad de escolarizar a las niñas de 6 a 9 años, la sociedad no creía necesaria su educación.

La enseñanza media estaba dirigida a los burgueses, pero no excluía a los pobres si podían costearse la matrícula y los libros de texto. Generalmente, había un instituto por cada ciudad, que mantenían las diputaciones provinciales. A ellos se unieron los centros privados regentados por instituciones religiosas, extendidos por todo el país, que solían tener internados. Solo la Institución Libre de Enseñanza, a partir de 1876, ofreció una enseñanza laica no estatal. Sus estudios eran supervisados por las universidades; los catedráticos gozaban más de prestigio que de dinero. También se podía estudiar en casa o acudir a centros no reglamentados. La mujer no se incorporó a este tipo de enseñanza hasta 1871.

La enseñanza universitaria, dirigida a las élites, estaba financiada por el Estado. El número de universidades era muy reducido. Todas dependían de la Universidad Central de Madrid —en 1836, la universidad de Alcalá fue trasladada a Madrid, cambiando su nombre en 1850 por el de Universidad Central—, a la que los estudiantes debían acudir obligatoriamente para cursar el doctorado. Suprimida en 1868 la facultad de Teología, se mantuvieron las de Filosofía y Letras, Ciencias, Derecho, Medicina y Farmacia. Con la República se pretendió dividir la facultad de Ciencias en facultades independientes de Matemáticas, Física-Química e Historia Natural; y separar en dos facultades Filosofía y Letras, mas la Restauración lo impidió. La lucha entre los partidarios y detractores de la libertad de cátedra fue constante, sobre todo con los krausistas y en 1875 cuando el ministro Orovio prohibió en los centros estatales toda enseñanza contraria al dogma católico y apartó de sus cátedras a varios profesores.

De las Escuelas de Aplicación se encargaba la Escuela Politécnica: Artillería (Segovia), Ingenieros (Guadalajara), Minas, Caminos (Canales y Puertos), Ingenieros Geógrafos y Construcción Naval (Madrid).

Al segregarse en 1857 la facultad de Ciencias de la de Filosofía, se potenciaron los estudios de medicina, botánica, zoología y geología, traduciéndose numerosos estudios científicos y fijándose su terminología. La abolición de la censura de 1868 favoreció la investigación. Los estudios escolásticos dieron paso en el Sexenio a las ciencias experimentales y a una progresiva especialización. En la Primera República, las teorías de Darwin fueron conocidas, discutidas y difundidas a través de ateneos, círculos científicos, periódicos y revistas científicas divulgativas, generando grandes polémicas. Muchos médicos se especializaron en cirugía, oftalmología, anatomía, fisiología..., dando lugar a una «generación de sabios» (Ramón y Cajal, Simarro, Ferrán, Turró, etc).

El krausismo y la Institución Libre de Enseñanza

El krausismo fue un movimiento intelectual introducido por el profesor Julián Sanz del Río, al que se becó para que estudiara en Alemania a los filósofos más sobresalientes. Fascinado por los escritos de Karl Krause (1781-1832), decidió introducir su pensamiento en España, adaptándolo y transmitiéndoselo a otros profesores universitarios y a intelectuales liberales, demócratas y republicanos durante el Sexenio, a través del Ateneo madrileño. Se definió por su aconfesionalidad y por su deseo de regenerar moralmente al país. Intentó la creación de un hombre nuevo, educado, tolerante, ético, abierto al pensamiento científico y a los avances europeos, al mismo tiempo que espiritual; un ser relacionado con el entorno, que favoreciera la convivencia y la concordia entre las personas, capaz de transformar la sociedad. Para los krausistas, el hombre es un reflejo de la naturaleza y puede perfeccionarse física, moral e intelectualmente a través de la educación y de la cultura. El Ideal de la Humanidad para la vida, de Krause, fue el catecismo de sus seguidores. El krausismo logró muchos adeptos en la universidad y simpatías entre escritores, como Pérez Galdós, Clarín, Palacio Valdés o Valera, pero igualmente fue atacado con saña, acusado de ser una secta que había copado los puestos universitarios y los cargos públicos en los ministerios y en la alta administración del Estado.

Separados de la universidad por defender la libertad de cátedra y oponerse a la unidad religiosa pretendida por el Gobierno, crearon en 1875 la Institución Libre de Enseñanza, a la que se unieron Azcárate, Salmerón y Castelar, en torno a Francisco Giner. Querían una universidad libre, no dogmática, que difundiera los principios de la ciencia y de la filosofía, de la que saliera una élite intelectual capaz de regenerar y modernizar España. Al fracasar como universidad, se centraron en la instrucción primaria y secundaria, cuya innovadora pedagogía influyó posteriormente en la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, el Instituto Escuela y la Residencia de Estudiantes.

La prensa

La prensa tuvo un papel primordial en la segunda mitad del siglo XIX. Al principio fue más ideológica que informativa, pues se la utilizaba como tribuna para difundir las ideas de los distintos partidos y su lectura prácticamente se limitaba a estos. En el reinado de Isabel II, se censuraron artículos, se secuestraron ediciones y se cerraron periódicos por colaborar activamente en la agitación que precedió a la Revolución Septembrina; en el Sexenio Liberal, la prensa gozó de una mayor libertad de expresión, lo que favoreció su difusión, pero fue restringida de nuevo en la Restauración. Con los años, los periódicos incluyeron información, sucesos, entrevistas, reportajes, pasatiempos y publicidad.

El periódico más leído fue La Correspondencia de España, seguido de El Imparcial que durante los años setenta tuvieron tiradas cercanas a los 50000 ejemplares. Sus principales lectores fueron los burgueses, pero también obreros, campesinos y mujeres porque la prensa hizo un gran esfuerzo para satisfacer con sus secciones los intereses y necesidades de todos.

A partir de 1874, el suplemento de los Lunes de El Imparcial incluyó en sus páginas a los escritores destacados del momento. Otros periódicos lo imitaron (El Liberal con Los Lunes de El Liberal; La Época con la Hoja Literaria de los Lunes) y ya no se concibió la prensa sin un apartado dedicado a las letras. Entre las revistas ilustradas destacaron La Ilustración Española y Americana y La Ilustración de Madrid que combinaron la información con la divulgación gráfica histórica, científica, artística y literaria.

La prensa tuvo un papel decisivo en la difusión de la novela realista, al incluir como reclamo para sus lectores los folletines, que gustaban a la clase media y popular, y cuentos. Muchos novelistas, entre ellos Pérez Galdós, iniciaron su carrera como periodistas y la simultanearon a lo largo de su vida con la publicación de sus obras, ya que resultaba muy difícil sobrevivir solo con la literatura. La prensa sirvió de plataforma para acceder a cargos políticos, al tiempo que los políticos la utilizaron para, con sus artículos, difundir su ideología.

Los ateneos

Los ateneos fueron centros culturales, generalmente liberales, demócratas y progresistas, que se expandieron por las principales ciudades, en los cuales se reunía la élite de políticos e intelectuales para relacionarse entre sí. Favorecieron la información, exposición y debate de los temas políticos, científicos, técnicos, sociales, literarios, etc., llegando su prestigio a superar en ocasiones al de la universidad. Para poder acceder a ellos, debía pagarse una cuota. Disponían de una gran biblioteca-hemeroteca; distintas salas para consultar periódicos y revistas especializadas, charlar o difundir a través de sus cátedras todas las ideas novedosas, y salones de recreo. El Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid, al que acudió con mucha frecuencia Galdós, situado en esos años en la calle Montera, tuvo una importancia decisiva en la vida política y cultural de la capital. Desde sus cátedras se impulsaron las ideas krausistas, el positivismo, las teorías de Darwin...; se expusieron los avances médicos, técnicos y científicos, y se dieron a conocer a los escritores franceses, ingleses, italianos y rusos más relevantes del momento. En 1869, el krausista Fernando de Castro creó el Ateneo Artístico y Literario de Señoras para fomentar la cultura de las mujeres.

LA NOVELA ANTERIOR A MARIANELA

Cuando Galdós comenzó su carrera literaria, triunfaba la novela folletinesca o novela por entregas, muy popular desde 1850 en periódicos o revistas, a imitación de las de los escritores franceses Alejandro Dumas (padre), Paul Féval, Eugenio Sué o Federico Soulié. Eran novelas emotivas y sentimentales dirigidas a un público poco ilustrado que, a veces se leían en voz alta en las fábricas, gabinetes de lectura o reuniones familiares. Algunas como las de Fernández y González (La campana de Huesca, El pastelero de Madrigal), Ramón Ortega y Frías (El diablo en palacio, El tribunal de la sangre), Torcuato Tarrago Mateos (Sancho el Bravo, Carlos II el Hechizado), Navarro Villoslada (Amaya o los vascos en el siglo XVIII) o Amós de Escalante (Ave, maris stella) seguían la línea de la novela histórica romántica, que estaba ya en declive, aunque eran demandadas por parte de la población. Otros, como Antonio Flores (Fe, esperanza y caridad), Wenceslao Ayguals de Izco (María, la hija de un jornalero, El niño de la inclusa), Ceferino Treserra (Los misterios del saladero) o Rafael del Castillo (Los misterios catalanes), hicieron una novela social en la que se contraponía el mundo de los desheredados al de los ricos, presentando al proletariado como víctima. Enrique Pérez Escrich (El cura de aldea, La caridad cristiana) unió en sus obras lo moral con lo sentimental e incluyó el esclavismo antillano. Este tipo de literatura, aunque con alguna excepción, fue desdeñado por los intelectuales al considerarla de baja calidad estética y nada instructiva.

El Romanticismo fue evolucionando hacia el Realismo con las novelas de Fernán Caballero, seudónimo de Cecilia Böhl de Faber (1796-1877), La gaviota, Lágrimas, Clemencia y La familia de Alvareda, o de Pedro Antonio de Alarcón (1833-1897), El sombrero de tres picos, El escándalo, El niño de la bola, El capitán Veneno y La pródiga. Son obras descriptivas continuadoras de los cuadros costumbristas románticos de Mesonero Romanos o Antonio de Trueba, con una trama argumental. De signo marcadamente católico y tradicionalista, presentan unos ambientes idealizados y unos personajes-tipo. En ellas se enfrenta el mundo rural al urbano, predomina el maniqueísmo y se defiende la virtud y la mentalidad conservadora, coincidentes con el espíritu provinciano.

En una primera etapa del realismo, a partir de la revolución de 1868, algunos escritores liberales intentaron crear una narrativa acorde con los gustos de la nueva burguesía, divulgando a través de ella una ideología tendente a la regeneración, crítica con las lacras sociales y cercana al socialismo utópico, en la que el saber era fuente de liberación. Se llegó así a la novela de tesis. La publicación de La Fontana de Oro, de Galdós (1870), marcó el inicio del Realismo en la novela española, aunque la madurez y las mejores obras de este se situaron en décadas posteriores.

Se buscaron modelos en la literatura francesa (Victor Hugo, Stendhal, Balzac, Flaubert, Baudelaire...), en la que algunos escritores, tras la revolución de 1848 —siguiendo el positivismo de Auguste Comte, el método experimental de Claude Bernard, las teorías evolucionistas de Charles Darwin y las leyes de la herencia biológica del botánico Gregor Mendel—, reflejaban con exactitud la realidad, adoptando los métodos de observación de las ciencias experimentales para analizar, estudiar y reflejar la sociedad, tal como los científicos hacían con la naturaleza. Unido a lo anterior, las teorías de Karl Marx sobre el capital y el proletariado. Igualmente, la literatura inglesa (Charles Dickens). Todavía la influencia de Zola y de los escritores rusos (Dostoievski, Tolstói), no se había materializado en España; lo haría pocos años después. Superpuestas a todas estas influencias, fue básica la de la novela tradicional española y, en especial, la de Miguel de Cervantes.

Se contrapusieron en la novela dos concepciones: la de los liberales —aconfesionales, librepensadores y defensores a ultranza del progreso y de las libertades— y la de los conservadores, disconformes con la España surgida tras la Revolución, que añoraban los valores éticos, morales y religiosos aún vigentes en la vida rural. Para los primeros, la gran urbe era sinónimo de civilización y progreso, mientras que la vida provinciana y rural les resultaba asfixiante por su parálisis, incultura y cerrazón, causa de la infelicidad del individuo. Los segundos defendieron en la novela regional las excelencias de la vida tradicional rural frente a las costumbres corruptas de la gran ciudad.

En una segunda etapa, a partir de la década de los ochenta, el realismo, unido al naturalismo en algunos casos, ofreció sus mejores resultados. Los escritores realistas más destacados, además de Pérez Galdós, fueron: Juan Valera (1824-1905), autor de Pepita Jiménez, Las ilusiones del doctor Faustino, El Comendador Mendoza, Doña Luz, Juanita la larga...; José María Pereda (1833-1906), que publicó Escenas montañesas, El buey suelto, De tal palo tal astilla, El sabor de la tierruca, Sotileza, Peñas Arriba...; Luis Coloma (1851-1915) famoso por Pequeñeces; Emilia Pardo Bazán (1851-1921), difusora del naturalismo con La cuestión palpitante y creadora de las novelas Un viaje de novios, La Tribuna, Los pazos de Ulloa, La madre Naturaleza, Insolación, Morriña, Una cristiana,La prueba, entre otras muchas; Leopoldo Alas «Clarín» (1852-1901), autor de La Regenta y Su único hijo; Armando Palacio Valdés (1853-1937), que escribió La hermana de San Sulpicio, Marta y María, José y La aldea perdida...; Blasco Ibáñez (1867-1928), cuyas principales obras fueron Arroz y Tartana, La barraca, Entre naranjos, Cañas y barro,Sangre y arena, y Los cuatro jinetes del apocalipsis.

Todos ellos tuvieron puntos en común: dirigieron su producción a una burguesía acomodada, en muchos casos conservadora. Consideraron a la sociedad de su época como materia novelable. Tras la historia narrada, desarrollada en la gran urbe, una ciudad provinciana o en el mundo rural, incluyeron una crítica política, social o cultural, producto del desencanto, que generó controversias de todo tipo. Aplicaron métodos científicos experimentales en la construcción de sus novelas: se documentaron, observaron, analizaron y anotaron hasta los más mínimos detalles de la realidad para que ambientes, costumbres y personajes la reflejaran fielmente con objetividad. Persiguieron con ahínco que tanto sus tramas como sus personajes fueran creíbles, «reales». Algunas de sus obras presentan verdaderos caracteres psicológicos de los personajes. Se decantaron por la estructura lineal del relato, aunque en ciertos momentos recurrieran a la retrospección para rememorar hechos acaecidos con anterioridad. En ocasiones, la novela tomó forma epistolar, adoptando el narrador la primera persona. Sus descripciones, muy detallistas y minuciosas, son como breves pinceladas de un lienzo pues pintura y literatura se sintieron muy cercanas. El narrador de las novelas tendió a ser omnisciente y a mostrar una actitud distante ante hechos y personajes para que el lector los pudiera enjuiciar con imparcialidad, aunque a veces su pensamiento se funda con el de alguno de sus personajes o trate de influir en el lector. Con frecuencia el narrador acudió al estilo indirecto libre. La minuciosidad descriptiva también la llevaron al léxico, incorporando términos científicos y tecnológicos, junto a otros castizos, locales, populares o vulgares. Se dio mucha importancia a la adecuación del lenguaje al personaje o situación.

En una tercera etapa, en los últimos años del siglo, se dejó notar la influencia espiritualista de los escritores rusos en algunos autores, mientras que otros se dejaron seducir por la tendencia modernista.

BENITO PÉREZ GALDÓS

Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria el 10 de mayo de 1843. Fue el menor de diez hermanos. Su padre, teniente coronel, había luchado en la guerra de la Independencia; su madre, Dolores Galdós, de fuerte carácter, fue hija de un secretario de la Inquisición que se había trasladado a la isla desde Azpeitia para ejercer el cargo.

Su infancia estuvo marcada por su salud enfermiza (padecía asma bronquial), las atenciones de su familia y criadas; los relatos, historias y anécdotas contadas por su progenitor y su tío Domingo Pérez —sacerdote— sobre sus experiencias en la guerra, germen de su interés por los relatos históricos. Mostró gran habilidad para el dibujo, la pintura, las manualidades y la música, y una gran afición por la lectura y la escritura.

Estudió en el colegio de San Agustín de Las Palmas de Gran Canaria hasta terminar el Bachillerato. Allí colaboró en el periódico escolar; escribió un poema burlesco en octavas reales, La Emilianada; un drama romántico en verso de un acto, Quien mal hace, bien no espere, y un texto alegórico inspirado en Cervantes, Un viaje redondo por el bachiller Sansón Carrasco.

Por 1850 llegó procedente de Cuba su prima María Josefa Washington de Galdós (Sisita), hija de su tío José María Galdós y de Adriana Tate. Para doña Dolores, que admiraba a su hermano, constatar que su sobrina había nacido de una unión libre fue un duro golpe. Años más tarde, al observar que Benito y Sisita se habían enamorado, decidió cortar esta relación mandándolo a Madrid a estudiar Derecho.

Ya en la capital, libre de la mirada materna, aunque se matriculó en la universidad no acudió a las clases más que esporádicamente; deambuló por las calles, acudió a los cafés, asistió a las tertulias del Ateneo, vio óperas y teatro... y escribió. En verano regresaba a Las Palmas. En 1864, Sisita quedó embarazada y fue obligada a regresar a Cuba, donde su padre la casó con un rico sesentón. Ya no se volvieron a ver. Sisita moriría a los veintiocho años, tras dos matrimonios, sobreviviéndole dos hijos. Ricardo Gullón cree que Sisita le inspiró el personaje de Marianela.

Fue en la universidad donde entró en contacto con los krausistas, al conocer a Francisco Giner de los Ríos. En el Ateneo madrileño, del que se sintió hijo espiritual, conoció a Clarín. En 1865 comenzó a colaborar en los periódicos.

Dos acontecimientos dejaron profunda huella en el autor: la carga policial en la Noche de San Daniel contra los estudiantes y el fusilamiento de los sargentos del cuartel de San Gil.

En 1867 realizó su primer viaje a París, invitado por José María Hermenegildo Hurtado de Mendoza Tate y su hermana Carmen, para ver la Exposición Universal. Le asombraron las calles de la ciudad, sus gentes, los puestos de libros... Compró obras de Balzac, George Sand, Victor Hugo, Lamartine, Goethe, Heine, Poe, Irving, Manzoni... La lectura de Eugenia Grandet le impactó tanto que no cejó hasta completar en años sucesivos todos los tomos de La comedia humana. Publicó por entregas en el periódico La Nación una traducción de Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Dickens. Al año siguiente regresó a Francia acompañando a su hermano Domingo y a su esposa Magdalena Hurtado de Mendoza. A su regreso le sorprendió en Barcelona la Revolución del 68. Ya en Madrid, contempló la entrada triunfal de Serrano.

En 1869, al morir su hermano Domingo, su viuda se trasladó con las hermanas de Galdós, Carmen y Concha, a Madrid, le financió la publicación de La Fontana de Oro y le convenció para que vivieran en familia en un piso de la calle Serrano, acabando con su vida en pensiones. En octubre de 1876 se cambiarían a la Plaza de Colón.

Galdós, que había seguido a Prim, apoyó a Amadeo I y se convirtió en director del periódico conservador El Debate. Sus artículos contra los opositores, en defensa del monarca le crearon numerosos enemigos.

En el verano del 1871 conoció en Santander a Pereda, cuyas Escenas montañesas le habían impresionado. Fue el inicio de una larga amistad, a pesar de sus diferencias políticas y religiosas —Pereda, hidalgo e industrial, fue diputado carlista—, que le llevó a pasar los veranos en esa ciudad, donde haría amistad también con otros escritores.

Benito, al alcanzar la fama con los Episodios Nacionales, se dedicó casi por completo a la literatura; firmó un contrato con el propietario de La Guirnalda, Miguel Honorio de la Cámara, para la edición de sus obras, del que se arrepintió posteriormente.

En el verano de 1876, conoció a Juanita Lund Ugarte, hija de un pastor protestante noruego y una católica vizcaína por la que se sintió atraído y en la que quizá pudo inspirarse para su novela Gloria. Según Marañón, el autor lamentó su pérdida cuando esta se casó con un oftalmólogo. En ese mismo año escribió Doña Perfecta, que apareció en La Revista de España. Con Pereda y Andrés Crespo recorrió la provincia santanderina, cuyas impresiones plasmaría posteriormente.

Su hermano Ignacio, casado en Cuba con una hija de los marqueses de Cervera y Villaytra, fue nombrado gobernador general de Santander. Allí permaneció todo el otoño; había iniciado una relación amorosa con la asturiana Lorenza Cobián González, mujer analfabeta a la que enseñó a leer y escribir, con la que tuvo un hijo que murió poco después de nacer. Con ella conviviría en Madrid y en Santander, y la inmortalizaría en Fortunata y Jacinta, Cánovas y Ángel Guerra.

A partir de 1880 viajó por Cantabria y Europa. Decidido a cambiar de rumbo su literatura, comenzó a escribir las «novelas españolas contemporáneas», ambientadas en Madrid.

La admiración que sintió por la obra de Emilia Pardo Bazán, se tornó en pasión a partir de 1889, tras el divorcio de esta. Juntos viajaron por Europa, manteniendo con discreción esta relación, que simultaneó con la de Lorenza.

Nunca sintió atracción por la política, pero, por su amistad con Sagasta, en 1886 aceptó el acta de diputado por el distrito puertorriqueño de Guayama, dentro del Partido Liberal. Él lo justificó por su deseo de conocer de cerca la vida política, afirmando que el Congreso era una gran escuela de aprendizaje.

Acudió a la I Exposición Universal de Barcelona (1888), allí trabó amistad con escritores y críticos catalanes; también lo hizo Pardo Bazán, donde conoció a José Lázaro Galdiano, sintiéndose ambos atraídos. La infidelidad de la gallega hirió los sentimientos del canario, tal como reflejó en La incógnita y en Realidad. Reconciliados, viajaron a París a la Exposición Universal de 1889, a Alemania y Suiza.

Menéndez Pelayo y Valera propusieron en 1889 su candidatura para la Real Academia Española. Fue rechazada. No obstante, consiguió ser académico meses después al surgir otra vacante.

Reelegido diputado del Partido Liberal por Puerto Rico en 1890, compró un solar cerca de El Sardinero para construir la finca de San Quintín. El 12 de enero de 1891 nació de su amor con Lorenza Cobián su hija María, a la que don Benito reconoció.

En 1891 inició una relación amorosa con Concha Morell, una actriz mediocre, feminista radical, que con los años se convertiría al judaísmo. Galdós le proporcionó un papel en Realidad e intentó ayudarla en su profesión durante años. Concha le sirvió de inspiración en Tristana y Misericordia.

El 7 de febrero de 1897 leyó su discurso de ingreso en la Real Academia Española, La sociedad presente como materia novelable. Asesorado por Antonio Maura, para evitar un costoso litigio con el editor Miguel Honorio de la Cámara y rescatar sus derechos de autor, ambos se sometieron al arbitraje de Azcárate comprometiéndose a aceptar el fallo. Logró recuperar la propiedad de sus obras y el derecho de poder reimprimirlas y venderlas, pero se vio obligado a abonar ochenta y dos mil pesetas y a comprarle la parte de los libros que se le había asignado. Para salir adelante, hubo de escribir Misericordia y El abuelo, intentar estrenar obras de teatro y acometer la tercera serie de los Episodios Nacionales, y, para vender los miles de ejemplares recuperados, crear una casa editorial en la calle de Hortaleza, que mantuvo hasta que, en 1904, delegó la impresión y venta de sus obras en la editorial Hernando.

Antes de iniciar la tercera serie de los Episodios Nacionales, viajó a los escenarios donde iban a transcurrir sus obras para documentarse. Visitó el pueblo donde nació su abuelo materno y siguió el rastro de los Galdós, que había desaparecido tras la muerte de sus familiares o su emigración a las Antillas. El 30 de enero de 1901, obtuvo un éxito clamoroso en el estreno de Electra, pero generó un gran escándalo por su crítica al clero. En 1902 entrevistó en París a Isabel II.

A finales de 1906, conoció a Teodosia Gandarias Landete, una joven maestra viuda y sin hijos, que le acompañaría hasta su muerte, ocurrida cuatro días antes que la del novelista y que quedará reflejada en El caballero encantado, La razón de la sinrazón y en el episodio nacional La Primera República.

Don Benito, afiliado al partido republicano, accedió de nuevo al Congreso en 1907 y 1910 donde presidió con Pablo Iglesias la coalición republicano-socialista. Ese año sufrió una hemiplejia leve. En poco tiempo hubo de encajar dos duros golpes, la muerte de Concha Morell por tuberculosis y la de Lorenza Cobián que, tras intentar arrojarse a la vía del tren y ser detenida, se ahorcó en un calabozo del Gobierno Civil de Madrid.

En 1905 y en 1912 se iniciaron campañas para que le concedieran el Premio Nobel, pero la falta de apoyo de la RAE para su candidatura y la oposición de los conservadores por su «anticlericalismo» lo impidieron.

Comenzó a perder la vista como consecuencia de las cataratas, ocultándolo a sus allegados hasta que el doctor Gregorio Marañón, gran amigo suyo, lo detectó. Instalado con su sobrino José Hurtado de Mendoza en la calle Hilarión Eslava, aunque fue operado, quedó ciego en 1913, por lo que hubo de dictar sus obras a su secretario Pablo Nougués. En 1914 fue nombrado diputado republicano por Las Palmas de Gran Canaria.

El día del estreno de la adaptación teatral de Marianela, realizada por los hermanos Álvarez Quintero después de que Valle-Inclán declinara la invitación,siguió desde un palco la representación. Allí, emocionado, recibió los aplausos del público.

Al conocerse su precaria situación económica, se realizó en 1916 una colecta nacional para mitigarla. El 20 de enero de 1919 se colocó en el Retiro madrileño una escultura suya realizada por Victorio Macho. Murió en Madrid el 4 de enero de 1920. Sus restos fueron acompañados a la Almudena por una gran multitud de personas.

LA OBRA DE BENITO PÉREZ GALDÓS

Novelas de la primera época

Galdós inició su trayectoria novelística con La Fontana de Oro (1870), La sombra (1870) y El audaz (1871). La primera y la tercera, muy próximas a los Episodios Nacionales y aún con influencia romántica, revelan su interés por lo histórico. En la Fontana de Oro recrea el período liberal de 1820-1823 y el mundo de la conspiración junto al amor de Clara y Andrés. La segunda es un relato fantástico y filosófico donde aúna la influencia cervantina de El celoso extremeño con la de Fausto; el protagonista cuenta la evolución de su locura inversamente a como ocurrió. La tercera narra la vida de Martín Muriel, un revolucionario que, enajenado, termina sus días recluido, al tiempo que su enamorada, la aristócrata Susana, se suicida. Tras estos tanteos escribió Rosalía (¿1877?), una novela que nos ha llegado incompleta,en la que se percibe un compromiso moral para reformar la sociedad. Se inclinó hacia la novela de tesis con Doña Perfecta (1876), recreando la asfixiante vida de Orbajosa, una ciudad provinciana dominada por el clero, en la cual la intransigente doña Perfecta arruina la vida de su sobrino, el ingeniero y liberal Pepe Rey, y causa la locura de su hija Rosario al ser asesinado su primo. En Gloria (1876-1877), trata el fracaso amoroso de la católica Gloria y el judío Daniel Morton por sus discrepancias religiosas. Marianela (1878), distante de las anteriores tanto por la temática como por su lirismo, suscitó las alabanzas de sus amigos conservadores. En La familia de León Roch (1878), de nuevo el fanatismo, la intolerancia religiosa y la falta de caridad destruyen el matrimonio de María Egipcíaca y León Roch. Son novelas maniqueístas, que contrastan la ideología conservadora con la liberal, mostrando su simpatía por la segunda. Tras ellas, Galdós inició una nueva etapa literaria.

Novelas contemporáneas

Tomando como modelo La comedia humana