Marimonda - Mario Escobar Velásquez - E-Book

Marimonda E-Book

Mario Escobar Velásquez

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Beschreibung

Una novela que es una ventana abierta sobre una selva distante donde ocurre la vida y contada con un lenguaje muy consciente de sí mismo y que explora sus límites. En el centro de esta novela se encuentra el efecto que la colonización humana de la selva tiene sobre el espacio natural y muy especialmente sobre una manada de marimondas o monos araña. Todo contado, en cierto modo, desde la mirada de un mono que terminado viviendo a medio camino entre los simios y los humanos. No es tanto una fábula como una novela desde la naturaleza sobre las consecuencias de la expansión humana en el que ciudad, campo y selva se establecen en la novela como un ecosistema en base a la dupla de civilización y barbarie. La escritura podría recordar a autores como Graciliano Ramos, Juan José Saer o incluso un Horacio Quiroga. Acompañamos esta novela con un epílogo del escritor Juan Cárdenas. Mario Escobar Velásquez, un escritor muy injustamente olvidado.

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Seitenzahl: 221

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Marimonda

Marimonda

Mario Escobar Velásquez

Posfacio de Juan Cárdenas

© Mario Escobar Velásquez

Por acuerdo con la Fundación Mario Escobar Velásquez

© del texto: Mario Escobar Velásquez, 1985

© del posfacio «Pensar narrando»: Juan Cárdenas, 2025

Primera edición en Muñeca Infinita: mayo de 2025

© Muñeca Rusa Editorial, S. L. U., 2025

Calle del Barco, 40, 3.º D ext.

28004 Madrid

[email protected]

www.munecainfinita.com

Diseño de colección y cubierta: Juan Pablo Cambariere

Maquetación: Carmen Itamad

Edición y corrección: Esther Aizpuru

ISBN: 978-84-129772-8-8

Código BIC: FA

Impresión: Kadmos

Depósito legal: M-7177-2025

Impreso en España

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier procedimiento, sin la previa autorización del editor.

Índice

Marimonda

Pensar narrando, Juan Cárdenas

El Colombiano, 7 de enero de 1985

MONAS PARA INVÁLIDOS

Jerusalén (EFE). El Ministerio de Defensa de Israel está reclutando monas sudamericanas para que colaboren en una labor humanitaria.

Dos de ellas, del tipo capuchino, han sido importadas por el departamento para la rehabilitación de lisiados del Ministerio y llegaron a Israel para someterse a un cursillo que las capacitará para asistir a inválidos de guerra en tareas simples, tales como abrir puertas y dar de comer.

Carmela Burg, psicóloga de ese departamento, ha declarado que las monas requieren un mínimo de dos años de «socialización» en el hogar para cumplir sus funciones. En Estados Unidos, agrega la psicóloga, ya hay doce monas de este tipo, trabajando.

Con el entrenamiento adecuado, las capuchinas pueden servir bebidas y emparedados, colocar una cinta en la grabadora, encender y apagar luces, radios y televisores, abrir y cerrar puertas y ventanas.

Pero para ello, dice Carmela Burg, tiene que generarse un vínculo de amor entre la sirviente y el servido, que suele conseguirse estimulando su celo laboral con dulces.

El inválido también puede castigar a su mona, con la que convivirá, con un «leve estímulo eléctrico», dice la psicóloga.

El cedro güino era lo más alto que fuera dable hallar en la región. Su copa enorme, en la mata de monte que habían respetado a su alrededor, sobresalía treinta metros sobre las copas de los otros gigantes de más abajo. Y su tronco, en la base, superaba en dos metros el diámetro de los más gruesos.

Era, casi que seguramente, también lo más viejo. Centenares de años atrás, tal vez unos 1200, un incendio sin igual había arrasado la selva en kilómetros a la redonda luego de una sequía muy prolongada, y el cedro güino fue lo único que escapó de las llamas, debido a que estaba un poco aislado del monte espeso y en un terreno ligeramente cenagoso. Con todo, las llamas lo lamieron y le quemaron una parte importante de su corteza, que tardó años en reponer. El fuego marca hondamente. La enorme cicatriz fue cubriéndose de a pocos de nuevas cáscaras, más claras. Todavía es distinto su color allí.

No escapó solamente por estar un poco aislado. También, y en mayor parte, porque sus maderas son de una combustión difícil. No es un árbol del cual las gentes de ese lugar hagan leña, porque —aun seco completamente— no arde con facilidad. Lo hace con lentitud, a trechos. Por eso sus troncos permanecen acostados después de que los talan, y tardan tiempos mayores que la vida de un hombre en descomponerse.

O, cuando los matan los incendios que les queman la corteza, siguen parados, secos como esqueletos que tuvieran muchos brazos y los alzaran todos al cielo, por tiempos y tiempos. Su silueta, contra los soles de amanecida o contra los amarillos de la última hora de la tarde, persiste en la memoria, inconfundible: como si rezaran después de muertos, tantos brazos alzados.

Tanto tiempo que, en esa mata de monte en donde estaba el cedro, había tocones de los árboles que el incendio destruyó cuando él era joven. Uno de ellos casi duplicaba su envergadura. Ni siquiera viéndolo uno le creía a sus propios ojos, y entonces consultaba con sus piernas esa verdad. Las piernas caminaban dando vueltas y vueltas y terminaban aseverando. Los ancianos de la región, esos cuyos ojos, por viejos, debieron haberlo visto casi todo, esos de cuyo conocimiento, por enriquecido de haber vivido se esperaba que lo supieran todo, decían cuando contemplaban el enorme tocón:

—Ese árbol debió vivir cuatro o cinco mil años, cuando el mundo era todavía muchacho. Su copa debió llegar hasta los caminos de las nubes, que por acá caminan alto. Es una tristeza que hubiera muerto. Nos hubiera gustado haberlo conocido. Y añadían, luego de encender un rollo de tabaco, de olor que raspaba las narices de los que no fumaban:

—Cuando un árbol ha crecido tanto como este creció, nada de lo que camina sobre la tierra puede con él. Ni con nuestras hachas mejores hubiéramos podido derribarlo. Tampoco hubiéramos querido hacerlo —aclaraban—. Solamente el fuego lo hubiera podido, al quemarle la corteza. Pero tampoco cualquier fuego, sino uno enorme, de esos que acaban con bosques enteros.

Meditaban un ratico, y agregaban:

—El mismo infierno debió andar suelto por acá…

Reflexionaban más, consultando con los conocimientos adquiridos en toda su vida. Los conocimientos conversaban, y juntos respondían:

—También el rayo, claro está. Pero no un rayo cualquiera: uno enorme como él.

Y seguían diciendo con su voz viejosa, esa voz que raspaba también como el humo del tabaco de tanto haber sido usada, así untada de tantas chupadas a tantísimos tabacos:

—Pero ningún terremoto podría tumbarlo. Ni ninguna inundación. Un árbol que alcanzó la altura de este debió haber mandado sus raíces hasta los mismos infiernos, si es que los infiernos están allá abajo, como dicen. Esas raíces tienen que llegar hasta el mismo punto en donde Satanás tiene el taburete para descansar.

Y se reían de sus dichos, a trechos, con una risa antigua como ellos. Una risa que no era como la risa de los chicos, que tintinea como monedas finas sobre una piedra, sino con una risa con pliegues de tanto estar guardada. Porque los viejos ríen poco.

Después del incendio, el bosque volvió a crecer por entre los montones de ceniza, empecinado en permanecer. Creció de todas las semillas enterradas. Creció de las raíces sepultadas abajo de la tierra y contra las cuales las llamas no pudieron. Pero el cedro güino sobreviviente les llevaba muchos metros de estatura. Y cuando, pasados los siglos, con la lentitud de un día tras de otro día, el bosque se restauró a sí mismo y su verdor cubrió en otra vez toda la extensión y fue casi como si no hubiera habido incendio, nuestro árbol descollaba sobre el bosque como descuella en un pueblo la torre de la iglesia sobre los techos de las casas.

Y cuando sobre la región cayó algo peor que todos los incendios, el hombre, dotado con el interminable ciclón de las hachas, las gentes tenían al cedro güino como punto de referencia. Decían: «Es ahí cerca», o «Algo más lejos», o «Antes que el árbol ese que es el abuelo de todos los demás».

Porque sobresalía.

Las gentes venían a establecerse, y desde las primeras horas de la mañana hasta las últimas de la tarde las hachas cantaban su canto de muerte contra los troncos, y por todas partes se sucedía a cada nada el estruendo de un gigante que se separaba de sus raíces y caía como un cañonazo y hacía que todo su alrededor temblara. A kilómetros se notaba subiendo por la planta de los pies el estremecimiento, como un pequeño temblor de tierra.

Y con el desastre para el bosque vino el desastre para los animales que lo habitaban. Tenían que abandonar los lugares en los cuales nacieron y marchar sin saber a dónde, ni hasta cuándo, ni por qué. Del estruendo huía hasta el jaguar vestido de ojos negros, hasta el colibrí que es una joya que vuela. Despaciosamente huía la serpiente, huía la gran araña de los montes, como una mano velluda caminando sobre sus dedos largos, huían la guagua y el venado.

A veces se escuchaba un grito de terror, naciendo hondo de una garganta, y era que alguna serpiente mapaná, una de las más venenosas, había sido alcanzada en su huida despaciosa y se había enfrentado a quienes acababan con su casa, que es el monte, y había clavado sus colmillos —largos, agudos, curvados— en alguna pierna o en una mano, sabedora tal vez de que la muerte suya llegaría primero que la de ese a quien había clavado sus estiletes, sabedora bien. Era siempre una mapaná enorme, vieja y requemada por los aires de la edad, que no tenía ya muchas ganas de ir a parte ninguna, sino las ganas de permanecer en donde siempre. Por eso la alcanzaban.

Y era seguro que a la noche siguiente habría, en alguno de los bohíos sin paredes que los recién llegados se habían construido, un coro de lamentos. Habría un apagado murmullo de conversaciones, y habría cuatro velones lánguidos que cabeceaban amarillos con sus incendios mínimos. Porque la picadura de una mapaná gigante no tiene escapatoria. Bien que lo sabía quien recibía como un relámpago las dos puñaladas mellizas: se santiguaba piadosamente y se apresuraba a instruir a alguno sobre todos los pormenores de sus asuntos, ordenándolos de afán antes de que la lengua se le fuera sintiendo enorme dentro de la boca, con una pereza definitiva de modular palabras.

Porque las regiones de colonización están siempre mucho más que lejos de donde acostumbran estar los médicos.

Y es aquí en donde empieza verdaderamente la historia que quiero contar:

La colonización de una región no obedece a ningún plan determinado. Es, con mucho, una colosal improvisación. Alguien viene (con otros alguienes numerosos) de una tierra muy poblada en donde no encuentra un modo de subsistencia que le sea fácil. Por bagaje trae apenas de valor los brazos y uno que otro instrumento de labranza, de ordinario un machete y un hacha. Pero por sobre eso que es accesorio trae la voluntad de hacerse a una tierra que pueda llamar propia, de la cual pueda extraer su subsistencia sin depender sino de sí mismo.

Si uno se para en la esquina principal de una de esas poblaciones que están fronterizas entre la civilización y las tierras de apertura, puede verlos: marchan como si empujaran con el pecho la pelota del mundo. Hay en ellos algo de montaraz y de arisco, y puede palpárseles una voluntad casi monstruosa. Se sabe que se llevarán por delante lo que se les oponga.

Y es lo que hace cada uno: llevarse por delante las cosas. Dan contra la selva, y la acaban. Pero sin orden: lo que les interesa de inmediato es asegurar la pitanza, consistente en maíz, en arroz, en ñame, en casi nada más. Cada uno escoge el terreno más adecuado, algunas pocas hectáreas en las cuales sea más favorable la tala. Después empieza en otro sitio: a él le interesa cultivar la tierra, no llenarla de pasto para el cual no tiene animales, aunque sí se cuida de regar las semillas de los pastos.

Detrás de los colonizadores vienen los ganaderos: compran una parcela acá, ya sin monte, y otra allá, y las unen tumbando más. Sobre el perímetro extienden hilos de alambre con púas, y se traen de lejos el ganado.

Las zonas de colonización empiezan siendo agrícolas y terminan siendo ganaderas. Y el colono que vendió se interna más: empieza en otra vez la bragada brega contra la selva, mejor pertrechado ahora. Se diría que lo que le gusta es eso: bregar duro.

Rodeando al enorme cedro güino había quedado una espesa mata de monte virgen de no más de veintidós hectáreas. Había sido algo casual. A su alrededor se extendían interminables los potreros, y la selva más vecina estaba a unos seiscientos metros: una larga península que empataba, kilómetros adelante, con la selva cerrada. Veintidós hectáreas es una extensión considerable si se la compara con el tamaño de una plaza, porque hacen unas treinta y cuatro de estas. Y por ello había logrado conservar una población animal más o menos nutrida.

Estaba la manada de marimondas, muy reducida. Cuando el dueño de los terrenos había unido dos espacios de pasto con un callejón de la anchura suficiente, había aislado a la manada, que se componía ahora de apenas ocho miembros: un macho adulto, dos machos jóvenes, tres crías y dos hembras. Habían quedado cercados en la isla de monte muchos más que esos: una manada de diecisiete. Pero los recursos de esa extensión de terreno no daban para alimentarlos a todos, y la manada se derretía en muertes de los menos capaces para soportar privaciones. A la postre el número de integrantes se afianzó. Cuando alguno de ellos estaba próximo a morir, lo cual es casi siempre sabido de los demás si ocurre por enfermedad o vejez, alguna de las hembras iniciaba en sus entrañas el proceso que conducía a la gestación, y se empreñaba: la hondura del vientre derrotaba a la muerte y recomponía el número.

Cuando el macho viejo que ahora comandaba a las marimondas heredó la manada, estaba en el punto más alto de su vigor. Ahora había declinado en muchos aspectos, su aspecto físico no lo denotara. Por ejemplo, había cedido el disfrute de las hembras, para la perpetuación de la especie, al macho más joven, que era su hijo, aunque es bueno aclarar que este sentimiento de padre-hijo no existía entre ellos: lo desconocían en absoluto. Existía el vínculo de madre-hijo, muy poderoso, apenas.

Las funciones de la paternidad le correspondían al jefe en exclusividad, como un gaje, puesto que era el encargado de velar por la seguridad común, por su persistencia y su alimentación. Empero, ahora que los años eran un montón, su interés por las hembras había decaído y el paterfamilias era ahora el joven, aunque carecía del mando, y por eso mismo en cada escasa ocasión en que ejercía esa prerrogativa tenía que cumplir con un ritual algo complicado en el cual pedía y se le concedía el derecho de actuar. Desconocer ese atributo hubiera significado una declaración en guerra que el joven no hubiera querido cumplir, por más de una razón, cada una de mucho peso.

La primera razón era el vigor y la enormidad de cuerpo del anciano, y lo ducho que era en las artes de la pelea. Había peleado bastante cuando la manada no se había visto aislada y su número era seis o siete veces mayor. Tenía mañas de pelear, modos, maneras, que lo hacían imbatible: era ducho en la pelea porque había peleado. El joven, cuando la manada fue numerosa, era niño aún. Nunca había peleado, y sabía que en una confrontación con su superior estaba irremisiblemente perdido, aún de antes de iniciarla: no tendría ni el más mínimo de los chances. Sabiéndolo bien, se precavía y guardaba todas las reglas del ritual.

Y la razón segunda: sabía que sin el viejo la existencia misma de la manada peligraría. Haberla preservado en una extensión de terreno tan reducida, un terreno sin escape rodeado de zonas libres, y continuar preservándola contra todas las contingencias de cada día con una habilidad que siempre encontraba nuevas mañas y recursos para obviar las dificultades nuevas, era un triunfo del anciano. En su larga vida había acumulado una serie de experiencias y de conocimientos notables que el joven estaba aún demasiado lejos de lograr. Sin que nadie lo dijera, el de menos edad sabía que la responsabilidad de velar por todos estaba por encima de sus capacidades, y, en la ocasión única en que la deseó, la temió, y desechó sus ímpetus: él era muy poquita cosa comparado con el señor de la manada.

Por ejemplo: desde el instante mismo en el cual tuvieron conciencia de su aislamiento, el más viejo había tomado una serie de medidas muy prudentes para que los hombres que trajinaban los alrededores del enclave no supieran de su presencia: había sido prohibido merodear por las lindes del arbolado y los potreros, y sus voces fueron reducidas de volumen al menor posible. Es así como las algarabías a que la manada estuvo acostumbrada cuando era dueña de toda la selva sin límites, sus interminables discusiones guturales, sus gritos de alegría que subían como una flecha y caían a kilómetros fueron cortados.

Y estas medidas, que en lo profundo de sí cada uno de los integrantes entendía, fueron tan eficaces que la manada permanecía ignorada para los hombres de los alrededores.

Si hubieran sabido de esa presencia ahí, en el islote de verdor, ya los hubieran cazado a todos: los colonos eran particularmente afectos a la carne de la marimonda. Cada uno de estos grandes micos que era cazado a tiros de escopeta suponía para el cazador una buena porción de carne roja y magra que él y su familia comían con deleite, sintiéndose tal vez y arcanamente antropófagos, porque las extremidades de la marimonda, y su cabeza, dentro de la olla, semejaban muy a lo vivo las extremidades y la cabeza de un chico de unos ocho años que se cocinase allí: no tan grueso como el chico, pero más alto.

El asunto es que no era fácil cazarlos: a más de que estaban siempre muy altos para el alcance de las escopetas no muy buenas de los colonos, con sus cápsulas defectuosas, a veces recargadas por ellos mismos con pólvoras de no mucha potencia y en dosis inadecuadas por miedo de que el tubo estallase por presiones demasiadas, las marimondas tenían mejores sentidos que su pariente que caminaba por sobre las hojas caídas. Desde muy lejos ellas lo sentían llegar armando una algarabía muy perceptible, así el hombre creyera que caminaba en el mayor de los silencios, y antes que por el ruido que armaba contra hojas y ramazones y bejucos estaba precedido de su olor a sal, que remedaba muy eficientemente a las brisas marinas que a veces se adentraban, en épocas tempestuosas, por tan lejanos terrenos. Además, el hombre debería ser casi ciego porque entre la ramazón verde que hacía otro firmamento que tapaba el azul, sus ojos apenas distinguían lo que se movía. Entre las manadas que iban por la selva abierta siempre había un mono que jugaba el arriesgado juego de estar al alcance de la escopeta del hombre, a plenas sabiendas de lo que hacía, burlándose del de abajo, quieto entre hojas, como hojas oscuras él mismo, quebrando la línea del cuerpo cruzándolo sobre alguna rama con extensiones, sintiendo cómo le pasaban las miradas como dedos que lo tactaban y no lo identificaban, y que se alejaba luego esa mirada habiéndolo visto sin identificarlo, por eso: porque no era buena mirada para la selva en donde siempre moraba una zona de entre claro y oscuro que dificultaba los contornos. La mirada suya sí que era para eso, la de las marimondas: para ver en ese difuso horizonte de verde y de gris a donde nunca penetra el sol.

Y además, como si todo lo anterior no fuera bastante, estaba eso que se quemaba en la boca del hombre: una especie de palillo de mal oler que era penetrante como una espina, yendo por las narices, y que abarcaba en su ir por los vientecillos kilómetros de bosque: este olor era más característico aún que el olor a sal de sus secreciones de sudar. Era un olor, pero era casi un grito que decía «Por aquí voy».

Sin embargo, a veces era el hombre quien se estaba quieto. Días había en que ninguna brisa se agitaba en el enorme recinto verde, y sin las brisas los olores del hombre no funcionaban como advertencias porque era montados en ellas en donde viajaban los olores. Se estaba quieto el hombre, acurrucado, sin fumar porque entonces sí que se le hubiera detectado, porque ese olor acre tenía sus propias alas de ir por todas partes, y por lo mismo de estarse quieto no sonaban bajo sus plantas las hojas secas, ni las ramas se aferraban de sus ropas para hacerlas sonar, ni los palitos entre las hojas caídas traqueaban partiéndose, y entonces de pura malhadada casualidad la manada caía por donde el hombre estaba, y de repente y sin ninguna señal anterior sonaba el ladrido de la escopeta, y con un grito de terror tan humano como el que lanzaba el hombre cuando mapaná se le hincaba con los colmillos, alguno de los de la tribu se desprendía de sus caminos de ramas, de sus columpios de bejucos, y caía, caía, haciéndose más pequeño mientras más hondo iba y sonaba luego abajo al estrellarse como un enorme fardo de muerte.

Era casi siempre una de las hembras. El hombre las prefería porque eran menos musculosas que los machos, ligeramente mayores, y porque por sus asuntos de maternidades acumulaban algunas grasas sabrosonas. También porque de ordinario cada hembra adulta llevaba en sus pechos o en sus lomos a una cría que en ocasiones sobrevivía al tiro y a la caída, y entonces la criaban en el rancho del hombre, con un collar ignominioso en el cuello y una cadena que la sujetaba a un poste.

Así se criaba, lejos de los suyos, lejos de su lenguaje y sus costumbres, ignorante de sus acrobacias, ignorante de sus alimentos, si es que había sido capturado muy joven. O peor aún, añorándolas al par que olvidándolas si es que fue capturado algo mayor, cuando ya las costumbres, el lenguaje, los modos de la tribu habían entrado en él por el hecho de vivirlas en cada día. Recién escapado de la cadena, uno de cuyos trozos llevó siempre en el cuello como un estigma violento y sonoroso, el jefe de ahora fue por mucho tiempo el último de la manada a la cual se adosó después de encontrarla, fue una retaguardia de inhabilidades que no sabía mover la prisa de los otros por las ramas más delgadas, y flaco un tiempo como la tisis porque no sabía comer de lo que los otros comían, lo había olvidado, un dechado de costumbres violadas porque no las conoció un día o las olvidó en el cautiverio, a quien los machos otros habían decidido tolerar porque si fueran a castigarlo en cada ocasión en que cometía un desafuero involuntario hubieran acabado con su piel a mordiscos. Además olía cercanamente a hombre, por lo menos al principio; olía a las sales que, viniendo de donde veían, por oler a hombre los monos detestaban. Y el evadido olía porque había comido de alimentos salados. Con su olor causaba muchas perturbaciones, hasta que lo perdió por completo. La manada, por el olor, creía traer atrás de sí al hombre. Y había sido, como para llenar la copa de las torpezas, quejoso: las noches de la selva son frías. El firmamento verde que hacen las copas de los árboles apresa aires cargados de agua que en el día son sofocantes, pero que en la noche se condensan. Y por eso bajaba la temperatura. El manumiso se quejaba de los fríos, enseñado al cobijo de un cajón y de una manta vieja, y sus quejidos perturbaban el sueño de todos.

Al fin se habían acostumbrado mutuamente: la manada al intruso, y este a los usos de la sociedad.

Pero ahora el evadido pagaba: le cabía recordar que en el cautiverio había sentido desde la casa los parloteos, los gritos de sus hermanos libres, o apenas sus gritos de contento cuando daban con algo especialmente sabroso de comer, o cuando un nacimiento los alegraba hasta el mismo delirio y gritaban, o cuando una muerte hacía necesario que de sus gargantas salieran cosas tristes y apagadas en forma de jujúes que sin embargo se oían desde lejos. Y por eso había impuesto el silencio. Pero él mismo se permitía asuntos que negaba a los demás. Sabía por qué los negaba y por qué se los permitía. Por ejemplo, trepaba al enorme cedro güino, que tenía muchísimas centurias a pesar de que estaba en la propia linde del bosque y cuya copa surgía de entre la verdura como surge de entre los techos de un pueblo la torre de su iglesia. Desde arriba tenía una visión panorámica, no solo de su propia isla, que se delimitaba con claridad, sino de una gran parte de la región. Le había sido como ascender a la cumbre de un monte y haber oteado desde allí innúmeros panoramas.

Pero era muy cuidadoso: antes de llegar a lo más alto, desde donde oteaba escondido tras de la profusa ramazón de unas parásitas, escudriñaba con ojos de cuidado todo el entorno para estar seguro de que no sería visto. Y más: miraba hacia la casa de uno de los colonizadores con mayor cuidado aún. No es que temiera que lo vieran desde allí porque estaba retirada, pero se cuidada no obstante. Porque él sí podría aprender mucho de lo que veía bien. Y recordar, de cuando en una casa como esa fue prisionero.

¿Qué lo movió a escalar el gigante? No ningún nido en la copa que pudiera ser expoliado. No era nada que pudiera comerse, tampoco, producido por el árbol, porque no producía nada así. Por lo contrario, cuando la manada iba por algún árbol de esos lo hacía con muchos miramientos porque la savia de la especie, cuando escapaba por alguna raspadura o por la herida que dejaba alguna rama al desprenderse, era tremendamente molesta por lo pegajosa. Se adhería a la piel o los pelos, y no se secaba: entonces acumulaba musgos, y tierra, y hojas que era molesto y doloroso desalojar. O si daba en la palma de la mano o entre los dedos casi inutilizaba el remo porque tenía un gran poder aglutinante. La mano se llenaba de basuras que permanecían.

La pegajosa sustancia era muy usada por las gentes de la región para cazar aves: hacían una incisión en el tronco de uno de los cedros de este nombre y recogían la savia que brotaba. Y cuando conocían los lugares habituales de una ave, alguna rama preferida para asentarse cercana a su nido o a un comedero, embadurnaban con esa sangre vegetal algunas de las ramas: esa goma permanecía meses sin secarse ni disolverse con la lluvia, y cuando el ave se asentaba sobre la untura permanecía allí pegada: con la fuerza de las alas no era capaz de arrancarse. Si el aliento le daba era capaz de alzar una pata, pero por la otra permanecía sujeta, punto de apoyo y grillete simultáneos. Era así como los colonos cobraban piezas del tamaño de las grandes guacamayas, a las cuales les cortaban las largas plumas de las alas y mantenían sobre una percha en sus casas, adorno multicolor y bullanguero. Pero también palomas silvestres, que iban a la olla, y aun patos de las especies menores.

A la larga la goma se inutilizaba a sí misma capturando moscas, abejas, una que otra lagartija, gusanos, hojas, y sobre todas esas víctimas crecía después un musgo que tapaba.

De todas maneras la escalada primera que hizo a la copa altísima había cambiado la vida del mono jefe: en la copa solitaria que descollaba permanecía mañanas y tardes enteras. Se cuidaba de mimetizarse entre el follaje. No ignoraba que si el lugar daba una vista extensa, lo mostraría con facilidad si no tenía cuidados. Eso, por los seres que tenían alguna semejanza con él y que iban en dos patas por la tierra y no trepaban a los árboles. Pero además guardaba desde siempre heredado de una interminable serie de generaciones un miedo por las grandes aves que estaban horas enteras colgadas de sus alas sobrevolando la selva y a cuyos ojos minuciosos no escapaba nada. Las garras que tenían sabían usarlas y tenían una fuerza que todo lo podía. El mono sabía que esas uñas eran capaces de perforar su cráneo con toda facilidad.