Diario de un escritor - Mario Escobar Velásquez - E-Book

Diario de un escritor E-Book

Mario Escobar Velásquez

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Beschreibung

 Más que revelar los procedimientos de la creación, que en parte lo hace, este libro tiene como hilo conductor los sentimientos más íntimos de Mario Escobar frente a la escritura y a la recepción de su obra. Ese hilo conductor da como resultado un largo monólogo de alrededor de trescientas cincuenta páginas (al menos aquí, puesto que hay libretas para muchísimas más), en las cuales, casi imperceptiblemente, va evolucionando el lenguaje del escritor, desde las formas sencillas de la expresión hasta una música verbal, cuidadosamente facturada y pulida, de acuerdo con unos ideales estéticos cada vez más claros, más precisos y más cercanos a la belleza sublime de esa masa armónica de los cuerpos sonoros en los textos.   Luis Fernando Macías 

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Seitenzahl: 485

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Diario de un escritor

—Extractos—

MARIO ESCOBAR VELÁSQUEZ

Biblioteca Mario Escobar Velásquez

Editorial Universidad de Antioquia

Colección Biblioteca Mario Escobar Velásquez

© Fundación Mario Escobar Velásquez

© Editorial Universidad de Antioquia®

ISBN: 978-958-714-917-3

ISBNe: 978-958-714-918-0

Primera edición: agosto de 2001

Segunda edición: octubre de 2019

Diseño de carátula e interiores: Alina Giraldo Yepes, Editorial Eafit

Motivo de carátula: Alina Giraldo Yepes, Editorial Eafit

Hecho en Colombia / Made in Colombia

Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la Editorial Universidad de Antioquia

Editorial Universidad de Antioquia®

(574) 219 50 10

[email protected]

http://editorial.udea.edu.co

Apartado 1226. Medellín, Colombia

Imprenta Universidad de Antioquia

(574) 219 53 30

[email protected]

Prólogo

Luis Fernando Macías

Mario Escobar Velásquez publicó su primer libro poco después de haber cumplido los 50 años. Nació en Támesis, un 25 de noviembre de 1928, y su novela Cuando pase el ánima sola, ganadora del premio Vivencias de 1979 —que era algo así como el premio nacional de novela—, se publicó durante el segundo semestre de ese año. Lo suyo fue la irrupción intempestiva de una nueva figura en la literatura colombiana, tras de lo cual decidió regresar a Medellín, para dedicarse por entero a la labor de la escritura. Lo último que dejaba era el retiro voluntario, como si todo lo anterior hubiera sido la búsqueda radical de aquello que justamente estaba dentro de sí.

A los 16 años se fugó de la casa de sus padres en Pereira y llegó a Medellín buscando qué hacer con su vida. Traía en el alma la herida de su trato con el padre, justo aquella que define nuestra relación con el mundo, nuestra noción del principio de autoridad. Con este sencillo acto abandonó una vida e inició otra completamente distinta. Consiguió trabajo como obrero en Coltejer y allí continuó el proceso de autoformación que ya había iniciado como lector de bibliotecas rurales. Gracias a su relación con la empresa pasó de ser operario a maestro de sus compañeros y a cumplir la tarea de preparar la revista institucional Lanzadera, en la cual llegó a ser el ejecutor de casi todos los contenidos, firmando algunas de las secciones con diferentes seudónimos para que no fuera muy notoria aquella situación. Esta tarea, que se prolongó durante algunos años, puede considerarse su escuela de formación. Mientras la realizaba, en el fondo de su alma latía el deseo de ser un escritor. Era un deseo que llevaba muy profundo dentro de sí, pero por ese orden milagroso que un designio superior impone a las cosas de la vida sencilla tendría que seguir allí durante muchos años más. Así que también renunció a esa vida que ya había forjado e inició otra y después otra. La penúltima vez dejó una empresa metalmecánica que le había dado sustento para la familia, ya para entonces crecida, y decidió el retiro del mundo. Con el resultado de la venta de la empresa compró una finca en Urabá, en plena selva, en las cercanías del río y en lo profundo del bosque. Allí construyó la vivienda y emprendió el diálogo con los árboles y con los animales domésticos y salvajes, y con las aguas del río y con los estadios de la naturaleza. Era el diálogo del hombre que aprende a conocer los lenguajes esenciales de los seres y de las cosas. Entonces escribió la novela que según sus propias palabras venía pensando desde hacía más de veinticinco años; pero no lo hizo como quien asume su condición de escritor, sino como el aficionado que ensaya la escritura de un libro. Quiso la suerte entonces que la enviara a ese concurso y que se viera de pronto ganador, como si una voz más profunda le estuviera diciendo: “¿Creíste que eras esos hombres que has ensayado? Pues no, todos esos no eran más que la preparación para el verdadero que habrás de ser en adelante. Tu verdad del ser es el escritor Mario Escobar Velásquez, la voz del bosque, el monólogo de la marimonda desplazada, la conciencia de la serpiente cazadora, el latido del corazón del tigre perseguido en la espesura, el gato que urde venganzas en la intimidad de su independencia… Traducirás a las palabras de los cuentos el lenguaje de los animales”. Entonces abandonó el retiro y volvió a Medellín en ١٩٨٠, para convertirse en profesor de literatura hasta el mes de abril de ٢٠٠٧, días antes del ١٧, el día del retiro definitivo.

Con ocasión del homenaje que le haríamos en una de las ferias del libro de la Universidad de Antioquia, decidimos publicar un extracto de las páginas del diario que había acumulado durante décadas en las libretas que, así como los estilógrafos, constituían sus objetos de colección. Conseguía las agendas que sus amigos descartaban y, con un cuidado meticuloso, distribuía en algunas páginas láminas de animales o de mujeres desnudas, escogidas por ahí, para que en el ejercicio posterior de la escritura se le aparecieran de repente y le trajeran de nuevo el aire de la belleza, el alimento de la contemplación. Le pedimos al autor un compendio de notas referidas a la escritura, los libros y los autores. Dicha delimitación estaba definida por la naturaleza del libro que habíamos concebido conjuntamente. Se titularía Diario de un escritor y, en parte, estaría inspirado por el deseo de mostrar los mecanismos de la creación literaria. En la conversación, nuestra primera inquietud era el título. Mario recordaba haber leído el de Dostoievski, pero, quizá más allá de ese motivo inspirador, estaba la disposición natural con la que él mismo había escrito esas notas. Los dos sabíamos que en el ejercicio de la escritura espontánea de los diarios se manifestaba de un modo más transparente la verdadera condición del alma, el alma pura.

Como él escribía en sus libretas, de un modo que se diría casi para sí mismo, el continuo flujo de preocupaciones e ideas que constituían su oficio de escritor, además de las cosas que le llamaban la atención entre los sucesos de cada día, suponíamos que los jóvenes aprendices encontrarían allí una mina de sugerencias para el desarrollo de sus propios proyectos de escritura.

Si pensáramos el título ahora, resultaría curioso descubrir que no está concebido desde el punto de vista del autor, sino del editor; pero veríamos que doce años después de la muerte de Mario resulta más apropiado que cuando fue concebido. Quiere esto decir que en el trasfondo de nuestra conversación ya teníamos presente el tiempo de su ausencia y asumíamos su muerte y la permanencia de su obra, años después de que aquella hubiera acaecido. Sin saberlo, tal vez ya, en ese momento, estaba garrapateando las líneas de este prólogo para la reedición del libro...

Mario Escobar Velásquez fue y es un ejemplar único de ser humano. Todos lo somos, pero hay algo en él que obliga a esta aclaración, como si tuviera las señales de un molde raro. Digo fue, para referirme al que dejó la existencia ese ١٧ de abril de ٢٠٠٧; y digo es, para nombrar al escritor que sigue vivo en sus obras, en este hermoso diario, donde continuamos con él ese curioso diálogo que, en su caso, es más bien discusión con un cimarrón empecinado, siempre niño, hasta en los años de la vejez y de la muerte.

Los textos seleccionados para este Diario de un escritor abarcan un período de alrededor de veinte años, es decir, desde cuando Mario tenía ٤٩ o ٥٠ hasta cuando tenía ٦٩ o ٧٠. En las referencias a sus obras podríamos decir: desde cuando estaba concluyendo Marimonda hasta la serie de entrevistas con travestis para la concepción de un libro de crónicas que daría continuidad a otro que ya había realizado sobre prostitutas.

Más que revelar los procedimientos de la creación, que en parte lo hace, este libro tiene como hilo conductor los sentimientos más íntimos de Mario frente a la escritura y a la recepción de su obra en un entorno de “malos lectores”, carente de criterios para concederle a cada uno de sus autores el lugar que se merece de acuerdo con una valoración justa de su trabajo. Ese hilo conductor da como resultado un largo monólogo de trescientas cincuenta páginas (al menos aquí, puesto que hay libretas para muchísimas más), en las cuales, casi imperceptiblemente, va evolucionando el lenguaje del escritor, desde las formas sencillas de la expresión hasta una música verbal, cuidadosamente facturada y pulida, de acuerdo con unos ideales estéticos cada vez más claros, más precisos y más cercanos a la belleza sublime de esa masa armónica de los cuerpos sonoros en los textos.

Además de los motivos señalados, en las páginas de este libro hay otros recurrentes, de una profundidad mayor, puesto que no obedecen a la voluntad del autor, sino a la presencia de lo inconsciente en sus pensamientos. Me refiero a la preocupación continua de Mario por Príapo, el hijo de Hermes en la mitología griega, por Pan, el caprípede, y por Narciso. No se trata de una preocupación cualquiera; se diría que es la esencial. En otros términos, podríamos afirmar que vivió regido por tres entidades arquetípicas: Pan, Príapo y Narciso (Puerus aeternus, más que una entidad, es un arquetipo que tiene lugar en la existencia de ciertos individuos). Estas entidades daban asiento a su existencia presente porque de ellas nacían sus preguntas y respuestas, sus dudas y decisiones, sus convicciones y actitudes, sus sueños y anhelos, así como la alegría y el dolor de ser, suyos, o los amores y los odios que a su ser correspondieron. Así mismo, son estas entidades las que permiten la conexión de su obra con el pasado remoto y con el futuro, y, por supuesto, las que definen el valor de lo que en su vida le fue dado concebir.

Lo otro, acaso el motivo más entrañable de este libro, es la concepción, gestación, nacimiento y ulterior crecimiento de Mario Leandro, el hijo que lo hizo padre cuando ya era un abuelo. El entorno que construyó para su vida con Alba y Mario Leandro y los libros y los pájaros… a la orilla de una quebrada gárrula y que para él alcanzó la dimensión del paraíso.

Agosto de 2019

Diario de un escritor

—Extractos—

Siempre me inquietó en demasía el significado íntimo de la parábola bíblica que dice aquello de que “son muchos los llamados y pocos los escogidos”. Aunque el significado puede aparecer trivial, siempre creí que había algo más hondo. He creído hallar lo distinto a lo usual en ese intríngulis: a muchos llaman a una vocación, por ejemplo el arte en alguna de sus manifestaciones. Por ejemplo el escribir, si se particulariza. Pero para llegar a ser verdaderamente, para realizarse, quien escoge no es el que llama, pero sí el llamado. Se escoge pagando un precio, que es la capacitación requerida para ser.

Me parece hermoso.

  

Creo que los propósitos que en una novela involucra el autor respecto de su lector o lectores deben ser como el Caballo de Troya, que no los manifestaba. Los troyanos no supieron nunca quién abrió las puertas de sus murallas, ni cómo. Apenas sufrieron la avalancha de efectos.

  

No hay más que una manera digna de recibir un regalo: como si uno fuera el dador.

  

Es monótono como una camándula.

  

Oído en la calle: “Se me murió un hijueputa que me debía doscientos mil pesos”.

  

De las búsquedas

Por alguna calle va,

buscándome

desde que nos desencontramos.

Buscándose:

si me encuentra se ve.

Y buscándola voy,

buscándome.

Pasan rostros: todos

los que tiene la ciudad,

menos el suyo.

La busco para hallarme.

Un tiempo fuimos

uno solo.

Se tocaba al tocarme. Uno solo los dos

y el universo un marco. Saberlo duele

y de lo oscuro viene la tristeza.

  

La angustia muerde más y más duro que un lobo. Ella no lo sabe, pero la rastreo. Jacillas suyas acá y acullá, que por el olfato entran a dolerme.

A sus huellas las lamo.

No lo sabe, empero. Nunca lo sabrá. Calle mi boca.

  

Ojalá que hubieran pasado ya cien años, y que mis huesos la hubieran olvidado. En esta dureza de su ausencia el olvido deberá ser como dulceabrigo nuevo.

  

El poema

El poema ya nace

escrofuloso.

Menesteroso nace,

hijo de la tristeza.

El poema

falto de aire

respirando azufre.

El poema

sin sed

bebiendo lágrimas.

El poema, loco,

gritando

el abandono.

El poema, clavado

en sí mismo,

cruz y cuerpo

en los clavos.

El poema

que muerde soledades.

El que llora,

poema

de versos amarrados

con alambre de púas.

El poema callando:

solo su musiquilla

melancólica en la tarde,

en el alma.

Solo su musiquilla...

El poema

que esconde.

  

En la pubertad se tuvo la impresión, no de que uno crecía, sino la extraña de que los demás, como las cosas, se hacían más pequeños.

  

Las diferencias entre un capítulo muy bien escrito y un buen capítulo son muy leves. En el segundo puede estar, y está a menudo, todo lo esencial de la historia y de la trama y de los personajes. Pero en el primero hay un trabajo arduo de pulimento que es invisible, y en el cual las palabras fueron forzadas a llevar mejor la música que una buena prosa debe tener. Que nace de la forma como las palabras se enlazan, y que lleva entre párrafos mejores engarces.

¡Cómo cuesta corregir a un capítulo para que sea “muy bueno”! Leo y releo. Podo. Sustituyo. Así en una vez y en otra, hasta el cansancio, hasta que me parece que no voy ya en un carromato sino en un auto bueno, y que he dejado el camino por una autopista. Deberá ser entonces todo lo bueno que puedo hacerlo, y si no es más es porque no soy capaz de hacerlo mejor.

Y estoy, entonces, cansado, con un dulcísimo cansancio.

  

He estado leyendo el libro de Carlos Castro Saavedra, Adán Ceniza, y no me parece novela aunque sea sí un buen libro. En una novela se atiende a los hechos de los personajes, a su carácter, a su filosofía. Nada hay de esto en el libro, aunque sí un aliento poético más poderoso que un turbión. Y sin embargo se ganó el Premio Internacional de Novela Jorge Isaacs. Lo cual me confirma en lo que siempre afirmé: ganarse un concurso literario no equivale a que uno sea un gran escritor. Ni siquiera prueba la calidad de la obra ganadora, como en el caso penoso de Concierto del desconcierto, que es, para mí, lo más malo que se haya publicado en el país. Lo escribo yo que he ganado seis concursos de esa índole, y que he sido jurado en otros cincuenta o setenta más. Lo que prima en un concurso es suerte. Parece ridículo decirlo, pero es. Suerte de que al jurado le guste lo que uno escribió, es decir que el jurado sea afín a la obra de uno. Suerte hasta en que no se hayan presentado al concurso los que son mejores que uno.

  

Alguna reflexión trivial y tardía sobre los dioses andróginos en las cosmogonías de milenios, que tal vez explique nuestra angustia cuando la compañera nos falta, y vamos es en busca de nuestra otra mitad, encontrada antes en el amor. Estábamos “enteros” con ella, antes de partirnos en el desencuentro. La sabiduría popular dice de “mi media naranja”. Algo de eso, cuando se sabe que a Eva la formaron de la costilla de su otra parte. Los indígenas de América, algunos de ellos, qué importa ahora cuáles, dijeron que un dios malévolo partió de un machetazo a la pareja que, unida en el coito sin fin, era dichosa. Desde eso, decían, cada parte va buscando a su otra mitad.

¿Quién no ha sentido a ese machetazo infame cuando la rencilla se llega?

  

Uno sabe que la gente de ciudad, esa nacida acá y acá vivida, sedentaria, es otra cosa distinta a lo que uno es. Que su mundo apenas si roza el de uno. A veces se llegan a donde tengo mi escritorio con la pecera espléndida a un lado, mi mar reducido, y se quedan alelados viendo al molusco. Preguntan:

—¿Qué es eso? ¿Esos?

—Son caracoles.

—¡Qué maravilla! Nunca había visto a uno vivo.

Y yo entiendo entonces sus almas con calles de cemento, con árboles domésticos y esmirriados, con un horizonte de patio o de calle o carrera. Y sé que por eso aparecemos ellas, las gentes y yo, extrañas. Tienen un solo mundo, y yo a muchos más de dos.

  

Hoy la calle estaba llena de chicas hermosas. Miríadas de ellas.

Pero no: siempre la calle es la de siempre. Soy yo quien cambia. A veces voy por dentro de mí, y no las veo.

  

Ahora recién, viniendo de La Ceja, algo que los faros iluminaron me trajo a la memoria la visión de la mujer desnuda que vi en la carretera una noche crecida (2 a. m.), viniendo de Urabá, y cuando ya estaba subiendo la carretera de pavimento. Yo conducía, y al salir de una curva la vi, sobre una recta. A su espalda una casa, y otra a otros cien sobre la bancada opuesta. Parecía ir a esta última. Los dos de atrás la vieron igual, y gritaron: “acelera, es una trampa”. No veía yo cómo pudiera serlo, y pasé, antes, despacio. Jamás olvidaré a la alta figura de leche entre la noche cuajada. Llevaba encima apenas su desnudez. Tendría 25 años metidos en un cuerpo firme y espléndido. Duros los senos, altos y tenidos, rosadas las areolas y pequeño cada botón central casi rojo. Como una tabla el estómago liso con la concavidad parda del ombligo, y negro, con toda la negrura de la noche concentrada en él, el triángulo del vello sobre el pubis. Largas como caminos las piernas. He visto a innúmeras mujeres desnudas, lindas las más, y esta, no por su desnudez, se me grabó, pero sí por la sonrisa. Una sonrisa sin descripción posible. Era pícara e inocente. Parecía la divertida de una doncella púdica que ha oído un chiste ligeramente picante. Celestial y divertida esa sonrisa.

Los ojos iban abiertos, pero veían hacia adentro. Supe que era una sonámbula. Que iba dormida, desnuda, afuera, y pura. Sobre todo pura. Oh, eso se veía bien. Tan pura como la desnudez de María, si eso se diera. La sonrisa fue un venablo, y se me clavó. Y ahí está, clavada en mí, atormentándome. De pronto, en cualquier recoveco de los días tropiezo con ella y me lastima, anhelada. Me duele de belleza, y es imborrable. Es cosa de los cielos, de los astros, de no sé dónde, pero no de este mundo podrido. Iba por un sueño hermoso ella, y me untó de sueño a mí.

  

Tiene la sonrisa transparente, y uno le ve los malos pensamientos: le nadan abajo, desgarbados como sapos.

  

Anoche de pronto, y desvelado, unas ganas oscuras de la muerte. La sensación de que he fracasado y la de que debo pagar el fracaso. Un desamparo cósmico conmigo. La certeza de mis torpezas con el dinero, de que no lo amo, y de que no me importa perderlo. Un anhelo de quietud. El deseo, imposible acá, pero viable en el más allá, de que no haya que luchar más por el alimento y las ropas, y contra la incomprensión de la gente hacia mí y de mí hacia la gente, ni contra R. y R.

Se piensa en lo imposible, si es que vivo. La vida es guerra.

  

Leopoldo Berdella de la Espriella, que usa un nombre como de opereta, ganó en 1982 el Premio Enka de Literatura Infantil con un tema que quiso abarcar a todos los animales de la ciénaga de Ayapel. Un buen temario, sin duda.

He leído lo que escribió sobre “el tigre”, nuestro cojudo jaguar. Dice Juan Sábalo, que lo vio en la orilla desde su canoa, Berdella relatando, que el tigre alumbraba con sus ojos poco menos que los faros de un auto. Yo me dolí de esa barbaridad. El tigre no podría ser cazador si es que se delatara. Sus ojos no brillan en la oscuridad. Si se los enfoca con una linterna, reflejan a la luz como los de casi todo animal que vea bien de noche.

Todavía creen muchos en este país que la literatura inventa los hechos. La buena es un conocimiento del tema, de los hechos, de los personajes, y ese conocimiento debe estar bellamente transmitido. Mientras mejormente se conozcan los temas, mejor se plasmarán. La literatura es un virtuosismo, no una improvisación. Lo peor de cosas como estas es que se transmiten falsas a los lectores jóvenes. Eso no le importó a Berdella, que ignora, ni a los jurados que también.

  

Es menudita. Toda ella, hasta su risa. Pero los ojos tienen pupilas dilatadas, como los de una “búha”, me dice, para ver mucho. Es hija de ricachones, vivida en la opulencia. Uno pudiera creer que eso la apena. Llega a pie, dejando lejano el carro, porque muchos llegan a pie. Habla peyorativamente del novio, a quien no le interesa sino el dinero, “pero en desmesura”. Los anhelos de él son “un helicóptero, un yate y un avión”. A ella le gusta conversar más con la gente humilde. Desnuda tendrá poca carne, como una rana. Dice que le dicen “Isla” en el colegio, porque se aparta. Es un buen sobrenombre, que quizá pueda un día usar para uno de mis personajes. Que porque se está quieta, aparte, y pensando. Fuma de continuo, y debe tener los túneles de los pulmones hollinientos como una chimenea. Le leí un cuento en que una niñita se suicida en una piscina, porque no soporta las presiones de sus mayores. Es un buen cuento. Cuando no está en el colegio, invierte días y noches. En estas pinta, escribe, lee. Cuando los otros sacan los pies de la cama, ella los pone. Así no contacta, dice sonriendo menudamente debajo de sus ojos nictálopes. Creo que me conversó soltando los fardos que le pesaban.

  

Algunos se crecen con los cargos. Ese amigo desde que le dieron el de director de no sé qué adoptó aires de superior. Ahora mira desde arriba, y se lo hace notar a uno. Me habló como mi papá:

—A ti sí que te convendría salir del país. Tal vez al Brasil...

Como si él fuera a dar. Lo que pasa es que él estuvo.

Bueno es que los amigos crezcan tanto y se vuelvan Gulliveres, y que uno siga de enano múltiple, pero sin deberle nada a ningún político, ni esperando deberle nunca.

Pero él no se ha dado cuenta de que esa grandeza no es la propia suya: es la del cargo que ocupa. Cuando este se le acabe, descrecerá.

  

Edwin tomó la foto. El circo está ubicado en uno de esos pueblecitos de la costa norte que no llega a cien con sus casas, y tiene que ser el circo más pobre del mundo. En la foto se ven las lonas zurcidas y sucias, y secciones faltando. De afuera se puede ver el espectáculo, es imposible no, con tantas escotillas. El aire que rodea a la carpa es de ruina triste. Las ropas puestas a secar en un alambre del frente son pobres ropas. También será El circo más triste del mundo. Los colores vivos traen a la alegría, pero no esos grises de vejez paupérrima y esos blancuzcos de mugre. Y por eso parece un contrasentido ahí anclado. Y uno piensa que si la pobreza es digna, esa dignidad no cabe en un circo pobre. Ahí entristece.

  

La felicidad es sencilla: en la casita de campo la paz, naciendo de la armonía y el silencio. En esencia, los dos uno: yo-ella, ella-yo. Marco la casita.

  

En algunas veces, empero, los hechos pasados se vuelven puercoespines. Me acribillo con las púas de los suyos, y se espina con las de los míos.

  

Allá se puede pensar con largura. Me pasan por la frente, atrás del hueso, trozos de novela futura. Suenan palabras de iniciar capítulos, y hay personajes que van armándose a sí mismos de a poquitos. Todavía no tienen cara, ni estructura de huesos y carne: se aglutinan en torno de un carácter que les tengo. Esa es la armazón: el carácter.

Silencio alrededor. Aire de tierra fría. Cielo encapotado. Yo no queriendo nada más de lo que tengo atrás del hueso de la frente. Y esperando escribir bien, y no durar mucho si es que la decadencia llega. Y una muerte veloz.

No es que sea mucho mi pedir.

  

Leo en la prensa que murió Paul Geraldy, el autor de Tú y yo. Un tiempo fue casi tan famoso como un futbolista, pero ahora nadie habla de él. Yo lo creía ya muerto, no sobreviviéndose. Tuvo un tiempo algo de mítico, pero luego el olvido le pasó el esfumino. Y a su obra. Y me cabe pensar en la inutilidad de la fama: ¿si no ha de ser para siempre, para qué?

¿Quién recuerda ahora a Selma Lagërloff, Premio Nobel de Literatura en 1909? ¿Y a Iván Bunin, a Knut Hamsum, y a todos los otros Premios Nobel en sus inicios?

La fama es una mariposa.

  

Tan dulcemente escondida

de mis días en lo ignoto,

eres tú mi sueño roto:

el más bello de mi vida.

  

La gracia sin límites de la chica que bailaba anoche en la fonda: toda la armonía con ella, la de los movimientos exactos y el compás perfecto, música que se veía.

  

Es un amargado enorme. Quiso ser escritor, o dramaturgo, y no pudo. Se consuela diciendo:

“Si se juntara lo que he escrito haría diez novelas”. No es cierto: serían escritos de la extensión de diez novelas, tautológicos y pobres. Su caballo de batalla es que el sexo no debe estar en la literatura. Es un comprometido con las derechas retrógradas, y entonces La hora católica tiene siempre la razón, a priori.

Lo que lo enferma es que quiere nombradía y admiraciones, y lo que le resulta es una bilis amarga.

  

Uno le dice “Te quiero”, esas palabras que deberían estar gastadas del uso que se les da, pero que apenas le dan brillo inmenso, y ella se derrite como una pasta de chocolate al sol. Pone al pairo los ojos amarillos y parecen de miel: de panales de abejas rubias. Sonríe timidaza, y se pone hasta linda.

Es que hay que decirlo así de escasamente.

  

Mi corazón es votivo, no hay duda de eso. Es constante en arder, no hay tampoco dudas.

Pero cambia el altar ante el cual ardo. Cada tanto cambia, pero no mi arder.

  

Se ganó su sobrenombre de “Capacho” después de su nombre, porque las gentes saben, con el refrán, que “capacho no es mazorca”. Es decir que el abultamiento de afuera, o de las palabras, no garantiza la cantidad de grano. Porque él exageraba en todo. Cuando el padre murió y fue dueño de herencia abultada, se fue a la costa, joven. Por allá se compró una hacienda. Allá se acostó, por primera vez en serio, con alguna hija de agregado, capaz de cortar leña, de traer del cultivo un racimo grande, o un palo de yuca. Labores que llaman al sudor y lo acumulan sobre la piel que no conozca el baño diario, y sobre la ropa interior que no se muda. Él, para siempre, quedó en relacionar el amor con los sudores viejos y secos, y su olor ácido. No lo pudo practicar después con las chicas de su clase, limpias, porque el ingrediente dicho les falta. En palabras claras no hay erección sin el olorcito. Y eso explica su soltería. Vive por allá, con mulatas. En las tardes largas y solas de la finca conversa con la botella, y así acabó en dipsómano. Borracho meses enteros, hasta que cae en el delirium tremens, y entonces los hermanos lo hacen traer y lo guardan para una cura de reposo en el manicomio. Cuando sale, regresa a las mismas.

Es alto y bien plantado. Bien alto, y mejor plantado. No quiso estudiar. Estuve años sin verlo, y la vista no me gustó, él desmejorado.

Su hermano sí se graduó de abogado. Fue un alto empleado bancario, pero también conversaba con la botella, a diario, luego de la oficina. Igual rodó a la dipsomanía, y cuando aflojó como todos aflojan, lo echaron. En la borrachera consiguiente se quebró, al caerse, la cabeza del fémur. Se la arreglaron con clavos ad-hoc y anduvo en silla de ruedas unos meses. Cuando sanó no quiso dejar la silla, porque algo se le había quebrado igual pero más hondo y para eso no encontraron los clavos. La silla se le parece al regazo de la mamá, con ruedas. Ella lo mimaba. Cuando da en delirar, en silla lo llevan al manicomio, y vuelven cuando no delira.

El mayor de esos dos es rechoncho y algo gordo. Se casó con la novia única después de 21 años de matrimonio. No había impedimento, sino una indecisión crónica suya. Solo se decidió cuando un novio de ocasión, inopinado, le propuso a ella. Como hubo disputa de la presea, se decidió. Él es y será por siempre un laberinto que trata de salir de sí mismo: como eso es imposible, su complejidad es suma.

La hermana mayor se casó, pero a los quince días volvió a donde la mamita con el ajuar, porque el marido era “un bruto”. La menor no, y languidece sola como flor única en un florero.

Cada uno de los de esa casa es dueño del material de una novela.

  

A mí Flaubert no me incendia. Sé que Madame Bovary fue un suceso enorme en su época. Con esa novela creó técnicas y modos a los cuales y a las cuales debemos infinitamente. Pero sé igual que todo eso se ha superado, y que ante lo inmediato, lo suyo, remoto, palidece. Emma Bovary fue una heroína extraordinaria, pero en su época. Después las hubo a centenas, usuales, y no conmueven. Pero Flaubert escritor es un guía al cual me atengo: su respeto por el quehacer literario, su disciplina inaudita, sus investigaciones minuciosas para adueñarse del tema, su sentir hondamente a sus personajes, me motivan. ¿Cómo no admirar sus vómitos cuando escribía del envenenamiento con arsénico de su protagonista? Él estaba siendo ella, y sufriendo igual. No hay otra manera de hacer las cosas literarias bien hechas.

  

Pena

Sobre alboradas de pena

y atardeceres de hastío,

el amor que fue tan mío

–La amada fue tan ajena–

apura la copa llena

de los tardos desengaños

al deshojarse los años

sobre la senda desnuda,

y encuentra firme la duda

y duraderos los años.

  

Cada autor puede hacer de su novela lo que a bien tenga, siempre que sepa qué hace. Una novela no es únicamente una acumulación de palabras demasiadas, o de hechos, o de caracteres de personajes, o de estos, sino una unión armónica de todo eso con un fin determinado. Este fin lo subordina todo. Es decir que la novela es proclive, debe obedecer a un plan. En una buena novela no hay una sola palabra sin objeto. Ningún hecho, ningún carácter. Nada sobra, y desde luego no falta nada. No hay que dejar a los personajes a que hablen por su autor, expresen sus opiniones, etc. Los personajes deben ser ellos mismos, no calco de quien los creó.

  

Ninguna buena novela separa a sus personajes del entorno: vibra este con ellos, ellos vibran con él. Van interminablemente juntos como los hermanos siameses. El autor que no logra acomodar el escenario dentro de la obra, y a sus personajes en él, tan real que se toque, vea, oiga y huela, ha hecho poco o nada.

  

Cuando de El día señalado, una novela que obtuvo el prestigioso Premio Nadal, de España, Manuel Mejía Vallejo extrajo un cuento perfecto llamado “La venganza”, y que a mí me parece como cuento mejor que la novela como novela, y el cuento estuvo adecuado, “lloré”, me dijo.

Un llanto que yo entiendo. La belleza llora a veces o nos hace llorar sin tristezas.

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Me pregunta Ben-Hur Carmona qué me gustaría de epitafio, si se usaran aún. Le digo este:

—Aquí estoy bien.

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Es lógico que casi todo lo mío sea una indiferencia hacia todo lo de afuera, porque todo me va es por dentro. Más cuando estoy con la novela que se gesta. Ella me es más real que todo lo de afuera. Paso por el mundo externo sin estar.

Porque, como se lo mire, es más rico lo interno.

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Hoy desnudó su vida: qué arrume de cosas lóbregas. Qué gentes estúpidas con las cuales anduvo. Qué equivocarse en cada vez, como por sistema, en cada encuentro. Qué padre brutazo. Qué buscar intérmino de un hombre digno. Qué voliciones.

Mundo ciego. Actos torpes. Ternuras que no había. Nobleza de cuerpos y de almas que nunca encontró.

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Bazuko, mi gato, que ya ha alcanzado una gran talla, mató, en un descuido nuestro, a uno de los pajarillos que venían a comer de las harinas puestas para ellos, y empezó a comerlo. Se lo quité, adolorido. Es un “crimen” de la vida que organizó la cadena, no suyo. Como todo se paga, al minuto vino un perro que no es Lucky, su amigo, y casi agarra al gato en una gran perseguida. Bazuko trepó a un pino, y en él lo ató el miedo. No quiso atender a mis llamadas. A poco llovía esta lluvia torpemente fría de estas lomas, y el gato se agarrotaba hasta que se empapó más que un tabaco en un río.

Lo dejé ahí, en la lluvia, más de una hora deliberada. Gato y todo, es bueno que sepa de otros eslabones de la cadena.

Después me agencié una escalera, lo bajé y lo sequé, y ahora duerme, igual que siempre, en el tapete suyo, al calor de mis pies. Pero antes de que se durmiera le vi los ojos, y ya no son inocentes.

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La luz que en esta mañana entraba por la ventana la untaba muy singularmente. Su piel desnuda tenía alternados visos hermosos: de oro, de miel, de fuego, de níquel, de plata, de luna, de cobre rojizo ardiendo suave. La luz la inventaba en cada vez con un color distinto, y no sé cuál era más bello. En algo así como un cuarto de hora fue muchas y varias.

Lo que hubiera dado por conservarlas todas.

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En el libro Memorias del fuego: 1. “Los nacimientos”, de Eduardo Galeano se narra que los guaraos, del golfo de Paria, llaman, entre otras poéticas cosas, “mar de arriba” al firmamento, y “mi otro corazón”, al amigo, y al bastón “nieto continuo”.

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De pronto, y ahora, el mal cansancio me impreca:

—¿Para qué escribir?

—¿Qué tontería es esta de un libro sucediendo al otro?

—¿Sí vale la pena?

—¿Qué importa?

Nadie responde, y todo se ve oscuro.

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Cuando se entra a escribir una nueva novela, se entra en alguna especie de esclavitud. Uno está compelido, y no es dueño. La compulsión es uno mismo, pero es evidente que ya no se es dueño y se está determinado.

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Para los mexicanos de antes de Cortés, Tlazoltéotl era la diosa del amor y de la mierda.

Sigue siendo.

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Conversando hoy con J. no pudimos hallar ni a diez escritores en este país que escriban como se debe hacerlo, en pos de una obra nutrida, un libro atrás de otro. Ni hallar a diez que tengan más de dos novelas. A la mayoría, para llamarse “escritores” les basta con un poema, que les dura para setenta cocteles.

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Un escritor es, necesariamente, todos los escritores que le precedieron. Para no citar sino al idioma y a la técnica, halló a uno y otra estructurados y pulidos. Para aprehender a uno y otra le bastó con leer infatigablemente los escritos de esos escritores antecesores. Y entonces tiene lo que Quevedo y Góngora y Lope de Vega y Cortázar y Camus y Sartre y Borges y Hemingway y Steinbeck y Capote y Maugham tuvieron, aprehendido. Así, tal vez hasta esa ristra ilustre de ciegos que se llamó Homero. Lo único propio en un escritor es el estilo. Porque a veces las historias son propias, pero a veces las topa y se las bebe para después verterlas. Llamar mía a una novela que he escrito me pareció siempre una exageración. En ella hay muchísimo de otros, y basta ser un poco humilde o razonador para entenderlo así. Si acaso, si llego a ser tan bueno como deseo, pondré en esa corriente enorme de la literatura unas gotas de técnica o algunos brillos para el idioma. Puestos, dejarán de ser míos para ser de todos.

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Cuando uno encuentra en Rayuela, de Julio Cortázar, la palabra tan descriptiva de “desencontrarnos”, para decir de la separación en dos que fueron uno, y cuando en La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa encuentra el adjetivo “nauseoso”, de su invención; y cuando yo escribo de mi personaje Cuatro perros, en Toda esa gente, que era Tigroso, los tres afirmamos la marca en nosotros de João Guimarães Rosa, un brasileño que volteó las palabras para hacerlas más flexibles. Es decir que somos herederos de técnicas.

La técnica es un tesoro tan rico como el de Aladino, y se hereda ciertamente.

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Casi entero el día metido en la melancolía, como en una piscina. Una melancolía viscosa. Es que en la mañana me encontré con quienes me compraron la finca de Urabá, sobre el río León, abajo del caño Tumaradó, y la recordé. Se habló poco de ella, porque cuando querían decírmela, yo variaba. Y después estuve reorganizando el capítulo primero de Canto rodado, que publiqué en alguna parte como cuento bajo el título “¿Qué es un siglo, patrón?”, que ocurre allá en esa finca.

Recordé el pasto, seco en el verano, y amarillo, pero a que a la menor llovizna enverdecía como la esperanza. Y al río perezoso y como dormido, pero con tanta potencia en sus aguas, que no mostraba. Y a la selva innúmera, que entonces dominaba en la región. Y al sol bravo.

Recordé a Fela (por Felícita) que es el personaje femenino de ese capítulo, y que yo traspolé a india fantasma. Y recordé a todos los amorosos escarceos que nunca culminaron, y a los cuales siento todavía como un vacío muy parecido a la sed.

Todo lo recordé, incluido el que allá fui feliz, y que no olvido. Fui feliz, sin saberlo, así como se es joven sin entenderlo. Juventud y felicidad solo se saben en la inmensidad de su valor al perderlas. Como los paraísos. Como el dinero. Como las mujeres. Pero no sabía por qué me ponían así agrio el día, hasta que recordé lo que la saudade es: tristeza de lo que ya no está.

¿Qué importa? La vida me ha cambiado en otra de sus muchas veces. Allá escribí Un hombre llamado Todero, y terminé mi primera. Allá tuve lo menos de cosas materiales que era posible: un jergón, un mosquitero, una mesa para escribir, cuatro trastos de cocina baratones, ni energía eléctrica, ni agua corriente, pero sí libros a montones. Tampoco mujer, salvo en los escarceos con Fela. En cada vez que salí de allá, para volver, paré al otro lado del río para mirar la casa que yo mismo me hice casi entera, y el pedazo de paisaje que me cabía en los ojos. Siempre salí triste, y volví alegre. Pero cuando salí para no volver no torné la cara. Le temía a convertirme en estatua de sal, como la mujer de Lot, por no aceptar los avatares.

Pero estaba recordando el final de la novela Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes: “me fui como quien se desangra”.

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Me invade algo que no es pereza, ni temor, pero que conjuga las dos cosas, antes de sentarme a escribir la nueva novela. Sé que nada más empezarla dejaré de ser mi dueño, y seré esclavo de ella. Nada más empezarla me habré graduado de galeote.

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La cara de todo ser que haya sabido del Bién y del Mál, es decir todo quisque, es un archivo: en él puede leer todo el que sepa.

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Cada uno pelea su derrota.

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Figura

El aire, anhelo y recelo,

atedia la gracia fina

de la turbada menina

que está en el verso y el celo,

y el aire, y los aposentos,

y todo lo contamina

de musicales acentos,

de su gracia indefinible

y del perfume imposible

de la Rosa de los Vientos.

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Nada que uno no esté dispuesto a perder es de uno: uno es de ello. No se es, así, dueño sino poseído. Dueño es el que arriesga o es capaz de omitir. Dueño es el que decide, el que maneja. Nada significan el oro, las mujeres y la vida, sino cuando se está dispuesto a perderlas.

Tan valedero eso con las mujeres. No hay, con ellas, sino una manera de amarrarlas, y es largándolas.

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De pronto me metí en la novela, como en una jaula. Sé que entré a prisión. La escribí desde las nueve de la mañana hasta la una de la tarde. Creí, al mirar el reloj, y hallar pasadas cuatro horas, que estaba equivocado. Yo sentí todo ese transcurso como el de una sola.

Sí es prisión, entonces, porque me veda todo otro asunto, o casi, es una prisión dulce, parecida a un paraíso.

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A las dos de la mañana sentí el maullido. Premioso. Áspero. Bajaba del cerro y venía hacia acá. Yo estaba sentado en la cama, fría la espalda desnuda, las manos apretando la cabeza que tenía ganas de hacerla de mini-nova y estallar. Me recordó, reducido, el de las tigresas que sentí llamando al macho, allá en la selva. Tenían lo mismo: un crescendo. Lo mismo: uno le siente el afán, y tiene urgencias de ser tigre, o gato, como anoche fue Bazuko, y llegar a los zarpazos que están debajo del crescendo, filosos, rasgando. Oyéndolos uno quiere tener cola y pelo y garras, y emitir un maullido de respuesta.

Me levanté. Acá duermo desnudo, como ella, y me di contra el frío como contra una granizada. Los pezones de las tetillas se me endurecieron hasta el dolor y las plantas de los pies conocieron en las baldosas el frío del polo. Bazuko había estado durmiendo acá en mi escritorio, como siempre, sobre las páginas escritas ayer. Pero también él había oído. Había alzado la cabeza y las orejas estaban más afuera que adentro de la casa, alargadas, colectando la noche.

Abrí la puerta, y le dije: ¡Anda!

Se disparó como una flecha de humo.

Yo volví a mi cobijo. Ella musitó: “pero qué frío estás, pobre pápa”. Me cubrió con todo: con brazos, con pechos, con vientre, con piernas, y yo supe que calor es vida y que frío es estar muriendo. Y entonces nosotros también mandamos las orejas para afuera, patrulleras por sonidos, y a pocos oímos los que esperábamos. Unos aullidos pavorosos, como si a la gata la descuartizara el macho y también a él le doliera. ¿Es que así es el goce de esos animales y uno los confunde con dolor? Oímos los zarpazos: porque el amor de las gatas tiene filos, y los usa para cortar. Los oímos largamente.

Desde las 6 a. m. el gato maullaba quedo, a la puerta, pidiendo entrada, pero no le abrí hasta cuando me levanté, como a las 8. Ya no era una flecha de humo, sino una tarda nubecilla humosa que flotaba hacia los recipientes de agua y comida. Y salvo el momento del almuerzo, al que asistió y disfrutó, ha dormido de continuo. Ella dijo: “Bazuko, hombre”.

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Cuando de veras uno considera que tiene que morir, nada queda de importancia, nada, salvo escribir y amar: en ese orden.

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A veces creo que sí, que se aprende a escribir. Es cuando las palabras no se me oponen, y antes bien colaboran. Cuando se llega al zumo, sin cáscaras, sin pepas, sin bagazos. Cuando se está allí, en esa situación, es un goce: un goce verdadero, que es además sumamente complejo. Algo tiene de la emoción de la caza: hay que saber, por ejemplo, lo que es enfrentarse a un tigre de los nuestros, el jaguar, libre, mirándonos sin miedo con sus ojos de míster. Algo del vértigo de conducir un buen auto a gran velocidad. Algo de lo sumo del hacer el amor apasionadamente y reiteradamente. Pero que es más que eso.

Eso explica las devociones. Cuando en cada día deja uno el escritorio, con una o dos o cinco páginas que son la suma de muchas meditaciones, tiene la satisfacción de haber hecho algo hermoso, que no tiene objeto. Lo hermoso no es útil. Y que tal vez muy escasos comprenderán.

Pero uno anduvo pleno, sintiendo. Nada iguala esos sentires, y uno a la postre es un egoísta inmenso que se buscó su placer.

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Ayer, en ese pueblito antioqueño, que es como una verruga en las arrugas de la cordillera, ido para una conferencia que no pude eludir, fui, en alguna manera, “el de mostrar”, que es cosa de enfadar y aburrir.

Más alto que el pueblo, el cementerio domina. Tiene en él una iglesuca. Adosados a sus costados docenas de cubículos para los ataúdes con su carga. Se me asemejó a un barco cargado sobre el tope de una ola. Su puerto es la disolución de la materia.

El Liceo, alto en otra colina, tiene a un lado un naranjo pletórico de sus frutos, como de esferas de oro. Así debieron parecer las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides.

Vi, tomando cerveza en una cantina, a un guapito. El pelo largo y lacio brotando de un sombrero, un chirlo en el mentón, fuerza en los músculos, ojos vivarachos que no perdían detalle ninguno. Le sentí los ímpetus y –la verdad– me dieron ganas de provocarlo. Me las aguanté.

Como al quitarme el suéter me alboroté el pelo, una chica del auditorio dijo, no para mis orejas, pero ellas oyeron: “Sí debe ser un buen escritor porque tiene pelo de loco”.

El presentador dijo de mí dos o tres cosas desfasadas.

Una profesora, que dizque carga con tres títulos, así me lo aseguraron, habló del idioma sin decir nada, no sé cómo hizo para eso, pero fue inobjetable que en lo suyo no podría caber un lugar común más.

Profesores de pueblo.

Alcalde ignaro, y lambón, sosteniendo que la iglesia y las autoridades son los pilares del pueblo.

Granadillas baratas. Aguacates caros. Carne de cerdo buena y barata. Calles empinadas. Plazoleta enana. Y una solterona, vivaracha como diez jaulas de azulejos que dijo que no era necesario que me presentaran porque ya me conocía, y de cuyo beso arrugado y lleno de polvos de arroz no pude esquivarme. Y paz de pueblo por volquetadas.

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Iba, hermosa, por la mitad de la calle de las dos de la mañana, bajo la lluvia densa como un cepillo, con los zapatos en la mano, gacha la cabeza, llorando. A cada nada se limpiaba los ojos, porque las lágrimas con sus vidriecitos no la dejaban ver.

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Conversación telefónica oída recién:

—...

—No. Es que hoy no puedo.

—...

—No. Yo tengo. Además a mí no me gusta que me paguen nada.

—¿Miedo? No. ¿Por qué iba a tener miedo?

—...

—No, ya le dije que no puedo.

—...

—Vea (con enfado). ¿Sabe qué? Usted no me gusta. Porque es muy fea.

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Entrecerró los ojos que parecieron entonces dos comas boca abajo.

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Senos para pensar en diminutivos.

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¿Cómo escribirlo en mi nostalgia? Se sabe de antemano que no hay palabras. No las hubo antes. ¿Por qué irían a estar ahora?

Lo escribo con tristeza: anoche volvió a mi sueño. Años tenía de no haber vuelto, pero se la reconoció de inmediato. Era ella, cuyo nombre no he escuchado jamás, pero que así y todo ha sido la amada ideal de toda esta vida y tal vez de otra u otras, de donde quizá venga. En el sueño me es clara su imagen, y reconozco a su rostro y a su voz, pero al despertar está conmigo nada más que la saudade, y su rostro es esa sensación de algo esplendoroso recobrado por un rato y perdido en otra vez. Lo más claro es el recuerdo de sus besos: aún los siento en los labios y en la vida, y son hondamente dulces con un dulzor que tampoco es descriptible, pero que recuerdo mejor que nada. No hay otros labios para besar así. Es inocentemente apasionada. No sé explicarlo: es pasional e incontaminada, pasional y pura, dos encontrados conceptos que en esta vida batallan pero que en el país en donde la sueño son armónicos. La gracia suya enorme está en esa dualidad turbadora. Anoche me enseñó su pubis. Nunca había ido con ella más allá de los besos febricitantes y medio eternos. Quedé deslumbrado de belleza y de perfección. Lo recuerdo ahora: el vello púbico como delicadas y múltiples rosas negras sobre una blancura tibia. Con ella, los sueños eran recurrentes. Pero la recurrencia se había perdido. Mi despertar es terrible. Me siento echado del Paraíso, perdido por ahí, caído de la gloria en este caos estúpido del vivir. Uno despierta sabiendo que la felicidad existe, que tal vez solo sea posible en el soñar. Cómo amarga eso.

Hace décadas le escribí un soneto. Por mucho que escurra ahora a la memoria no me entrega sino los tercetos:

Tú vienes a mi sueño. Tú en la clara

corriente del amor vienes ungida

de a mística luz tímida y rara.

Tú vienes a mi sueño en la dormida

quimera que te invoca única y rara

¡y manas lentamente de mi herida!

Se ha quedado conmigo tu abandono, que es mi despertar. Está hecho de dura sal, petrificada, y lo muerdo para conocer de durezas y salmueras. Y la tristeza ha venido. ¿Cuándo estarás otra vez en mi sueño, conmigo, creatura que conozco solo en el dormir? ¿Cuándo, mía de mi vida dormida y feliz? ¿Cómo te llamas? ¿Hemos sido qué, y en dónde? ¿Por qué te amo, así desesperadamente y desaforadamente hasta despierto? A veces, tal vez, quisiera que no volvieras. Del no estar contigo me llega la desdicha, y me cuesta mucho acostumbrarme a saber que, despierto yo, eres irreal tú.

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Estuve fuera, en el corredor. Hay una luna que deja caer su luz fría. El campo se ve enorme, poblado del estridular de los grillos, que hora son orquesta. Como pozos de sombra al revés se alzan los árboles. Un ladrido llega de lejos y rebota en otro perro. Hay nubes altas, blancas, encarrujadas. El frío va y viene, dueño. Y hay paz a espuertas. Retelinda, me ha dicho al abrazarme, con voz de muchas promesas:

—¡Hueles a hombre!

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Algunos escritores hablan del “lector” en el cual piensan cuando escriben, para agradarlo. Salvo las cartas, que suelen ser privadas y tienen un destinatario fijo, “el lector” no tiene entidad, sencillamente porque no hay dos iguales, con la misma cultura, los mismos gustos, etc. El escritor no puede plegarse a todos. En su variedad son los lectores los que deben adaptarse al escritor.

Cuando escribo no pienso sino en lo que escribo, batallando con las palabras para que digan lo que yo quiero, como yo quiero que lo digan. Es toda una lucha: las palabras son esquivas, quieren desbandarse y uno las quiere unidas. Me recuerdan al ganado de Urabá cuando había que meterlo en corraleja para vacunarlo. Yo solía decir que era mío solamente cuando ya lo tenía encerrado donde yo quería. Lo mismo son las palabras.

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Recién llegamos de una caminata mañanera. Por allá arriba muchos verdes distintos, desde el oscuro como de aceite hondo y espeso, hasta el claro como el de un agua de borrajas. Y una agüita muy cantora, que va puliendo lijas. Se quedó conversando consigo misma, sin término. Y los cauces pulidos por otra agua, la de los canales del camino, suaves sus huellas, lamidas como bloques de sal por lenguas de vaca. Y un gavilancito desconfiado al que le deben haber disparado, y sabe.

Abajo el valle. Arriba, sobre una cuchilla, una casita sola en la cual nos gustaría vivir. Y unas cuasi-rocas, rojizas, cuyo color me atrae y amarra. Hubiera querido estarme mirándolas siquiera por dos horas si ella no se hubiera impacientado: quería descifrarles bien a unos lilas tiernos de los bordes. Y un cucarroncito muerto, de color marrón, con pintas negras, pasto ahora de hormigas afanosas, montaña de carne como para hacerle túneles. Y una casa vetera sobre un alcor, de altas paredes viejísimas de tierras apisonadas, y anchas. Y un maizal en cuyas hojas se traba el viento y les deja un sonido como de papel de lija. Y el techo azul añil de cielo. Y ella y yo por esos caminitos.

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En la última novela de Erick María Remarque, Sombras en el paraíso, se sabe que el nombre verdadero de Ravic, el magnífico personaje de Arco de triunfo, era Fresenburg. Con razón le cambió el nombre, sin “caché” literario.

En esta su última novela, Remarque no tenía ya nada qué decir, pero lo dijo en casi 300 páginas. Se repite en nimias cosas interesantes, pero la novela no agarra con el agarre de ave Roc de sus otras. Escribía tal vez porque ya estaba acostumbrado a hacerlo: por la mera disciplina, ya cascarón de limón él, sin jugo. No parece ser esa la mejor razón para escribir. Aunque en la novela está su estilo, que es muy personificado, no hay más: no están la emoción de lo sentido, ni el dolor, ni la alegría. Creo que se debe tener esto muy presente. Si se escribe por la mera disciplina, o la necesidad, y lo tenido no es bueno, destruirlo sin más: eso macula. ¿O es que llega la desdicha de un instante en el cual el autor ya no sabe qué de lo suyo es bueno y qué no?

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Rodrigo Arenas Betancur es pequeñito de cuerpo, y no faltó alguno que dijo o escribió que por eso sus figuras son monumentales. En la cara, hondos y pequeños, le bullen los ojos inquietos de cualquier campesino antioqueño. Ojos de esos he visto muchos: son calculadores, calibradores, “machuchos”. Pero en los de él está algo que es de maravilla: la inteligencia del artista. Él quiere aparecer culto, y tal vez lo sea. Es deslenguado al hablar de otros. Me dijo, por ejemplo, que pese a haber escrito Aire de tango, que presuntamente ocurre en el barrio Guayaquil de antes, Manuel Mejía Vallejo es un “señorito que si pasó por allá lo ‘hizo en taxi’”. Es decir que no lo conoció, y el suyo es un entorno inventado. Eso se nota en la obra. Dice que Guayaquil fue un puerto magnífico, como El Pireo, así terrestre, y como otro cualquiera repleto de marineros. Que él sí vivió a Guayaquil. Añadió que “Manuel se identifica con el Jairo de la novela, pero que se soslaya y que debió asumirse más”.

Me llevó con él una discípula, que resultó ser su amiga íntima, tal vez. Él la recibió como a cualquiera, pero ella quería poner de manifiesto sus vínculos con él: se “destapó” de una. Eso me gustó. Como a mí, le gustan pollitas. Cuando me vine, se quedó con él.

En la conversación del escultor aflora que ha estado en todo el mundo occidental. Se queja de que sus hermanas mayores lo controlan, fisgonean y regañan, y del absurdo de que en el Medellín de hoy, todavía pacato, sea un problema grande tener un estudio. El suyo está lejos, por la Estrella, y eso le dificulta la alimentación.

Dice que no le teme a la vejez, siempre que pueda emborracharse. Es feo. Su grandeza es interna. Viste a toda hora, o al menos en todas las que lo he visto, como un obrero: de dril el pantalón, camisa ordinaria, zapatos grandes, de faena, de suela gruesa, ayunos de betún desde nuevos. Las manos son pequeñas, no cuidadas. Es flaco como una rana. Usa un jeep americano malísimamente cuidado. El guardabarros derecho tiene un golpe añejo que no se arregló. El carro no conoce el lavado ni la cera. Hablamos de Barba Jacob y de José Horacio Betancur.

Vi un Cristo, en bronce, hecho de enormidad. Es tan grande que es casi invisible o indescifrable. De cerca me costó trabajo identificar la cara. Toqué a uno de sus ojos: una semiesfera sobre una cuenca honda. Vi la herida del costado, que no es la herida tradicional: más parece la salida de una bala hollow-point. Una herida de cincuenta centímetros, hecha para verla de muy lejos.

Vi a la estatua de Barba Jacob, a pedazos. En donde debería estar el rostro hay una calavera. “Es lo que queda de Barba”, dice.

Hablamos de la soledad, que se unta a la gente, de las propias, de las de otros y de la de todos. Pero de su arte no hablamos nada, porque es una cosa entendida.

Hay un desorden espantoso en la vieja ramada del ferrocarril en donde trabaja su monumento para la Plazoleta de La Alpujarra. Pude ver cómo se hace una figura, porque las hay en todas las etapas. Tal vez porque soy un neófito es que me pareció más fácil ser escultor que escritor. Arenas Betancur no tiene pretensiones de nada: es sencillo, como todos los que valen. Se siente seguro de sí mismo, porque la vanidad está en quienes no tienen obra que diga de ellos.

Fue una linda mañana.

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En lo que fue el patio de maniobras de los Ferrocarriles Nacionales en Medellín hay cuatro o cinco de esas caducas locomotoras de vapor, náufragas entre un mar de hierba. Por todas partes les asoman los rizomas verdes. Parece imposible cortarlos, porque han crecido a través de cuanto resquicio tienen. Nunca saldrán, sino desmanteladas, porque los únicos rieles que hay ahora por allí son los trozos sobre los cuales se posan. A uno le parece que con ellas se oxida la época que significaron.

Aquí y allá pedazos de carretillas, polines, ruedas, vigas de hierro retorcido. Todo combate a pérdidas contra el orín, contra el polvo que va tapándolo. El conjunto asemeja el esqueleto vasto y ahora desunido de un animal inimaginable en el cual festinaron rapiñeros igualmente inimaginables.

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El límite de un artista es su estilo: cuando se obtiene se ha logrado asimismo una cárcel. De ella puede salir tanto como de su concha una tortuga. Se evidencia pronto que son una misma cosa el estilo y el hombre. Lo vi de pronto cuando Arenas Betancur me enseñó el dibujo del monumento que proyecta para Barba Jacob: es un cuerpo disparado hacia las alturas infinitas, adelante las dos manos como cabezas de virote, ahilado el cuerpo. La base es una flecha, que luego se parte en tres puntas, 120 grados entre cada una. Como si la velocidad se partiera, o se volviera flor.

Ese anhelo de un infinito hacia el cual se disparan sus figuras es una constante en Arenas: allá lejos hay un sol o unas estrellas que se deberán alcanzar, así parezca imposible llegarles. Esa constante se nota tanto como la deformidad de esferoide en las figuras de Botero, o las caras y líneas de machete en El Greco, o el claroscuro en Rembrandt, como el color dominando en Van Gogh.

Eso de que el estilo es también una cárcel, ya lo sabía, pero ayer lo supe muybien, lo supe absolutamente.

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La piel es fina. Delgada como siempre. Casi transparente, y ha aclarado. Los ojos de garduña, algo juntos, sobresalientes al modo de los peces. El rostro se ha afilado. Su anchura se redujo y tiró hacia adelante, no sé cómo. Era ancho, y ya no: los pómulos crecieron, la nariz se irguió. Es la misma y es otra, pero dentro de sí está sin cambios: ha llegado a burguesita y no resiste el no contar que se hicieron a un carro de precio, ni a colocarse en el cuello en donde la piel sí engrosó mucho, perendengues de oro colgando de cadenas gruesas, de lo mismo, y en sus orejas unos aretes, igual, que deben valer mucho. A todo lo sacó de la cartera y se lo colocó delante de mí. Dijo que había guardado ese tesoro porque “un gamín venía siguiéndome. Acá no se puede lucir nada, como allá en mi ciudad”. Habla de apartamientos de clase, de sueldos de ejecutivo, interminablemente de dinero. Pero todavía no aprendió a vestirse con gusto. Le iba mejor con la ropa cuando tenía menos dinero. El cuerpo le acusa los partos. Es inevitable. A los pechos debió arreglárselos algún especialista en subsanar desastres. No están mal, y ella se empeña en destacarlos con blusitas que los favorecen.