Marranadas - Marie Darrieussecq - E-Book

Marranadas E-Book

Marie Darrieussecq

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Beschreibung

Hace frío y hay barro por todas partes. Apenas puede ver, le dan calambres. Pero debe esforzarse en recordar los detalles. Es urgente que escriba, antes de que le sea imposible sujetar el bolígrafo. Todo comenzó cuando estaba en paro y encontró por fin un empleo en una cadena de perfumerías. El uniforme, esa bata tan blanca; todos aquellos clientes varones. ¿Cómo pudo no darse cuenta? Marie Darrieussecq firmó con esta novela un clásico de la literatura contemporánea, rescatado ahora en una nueva traducción. Irónica y espeluznante, Marranadas es una sátira del capitalismo y el poder masculino; una crítica mordaz y feminista al entramado social que coloca a las mujeres como objetos y una denuncia salvaje de la crueldad del sistema, que todo lo quiere contenido y domesticado. «Una denuncia de los arquetipos masculinos del poder». —Annie Ernaux «Una fábula radical y feroz sobre nuestra parte animal. Su audacia, lejos de aparecer como el efecto de un delirio arbitrario, es producto de una tan perfecta madurez de pensamiento que deja atónito al lector, quien acepta de buen grado, como sí fuera algo evidente, la historia monstruosa que esta novela le cuenta». —Patrick Kéchichian, Le Monde «Una cerda satisfecha». —José Ovejero, La Marea «Marranadas nace del acoso de los hombres; es la «rabia cruda». —EFEminista «Una denuncia política y un retrato maravilloso y lleno de imaginación que nos reafirma que el mundo se puede contar de muchas y distintas maneras». —Brenda Navarro,Pikara Magazine

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Seitenzahl: 176

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Título original: Truismes

© P.O.L. éditeur, 1996

© de la traducción, Regina López Muñoz, 2022

© de esta edición, Editorial Tránsito, 2022

DISEÑO DE COLECCIÓN: © Donna Salama

DISEÑO DE CUBIERTA: © Donna Salama

FOTOGRAFÍA DE SOLAPA: © Charles Fréger / P.O.L.

IMPRESIÓN: KADMOS

Impreso en España – Printed in Spain

IBIC: FA

ISBN: 978-84-124401-3-3

DEPÓSITO LEGAL: M-33536-2021

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MARRANADAS

marie darrieussecq

traducido por Regina López Muñoz

«Luego, el cuchillo se hunde. El criado le da dos empujoncitos para que atraviese el pellejo, tras lo cual es como si la larga hoja se derritiera al hundirse hasta el mango a través de la grasa del cuello.

Al principio, el verraco no se da cuenta de nada, se queda tumbado unos segundos, cavilando. Pero ¡sí! Comprende entonces que lo están matando y profiere unos alaridos sofocados hasta que ya no puede más».

KNUT HAMSUN

El título original de la novela, Truismes, brinda un chispeante doble sentido: aparte de la referencia a lo porcino (truie es como se denomina a la hembra del cerdo), un truisme es un truismo o verdad de Perogrullo. Como ninguna de las dos acepciones resulta baladí en el contexto de la obra, no nos hemos resistido a señalarlas aquí.

Sé hasta qué punto esta historia podrá sembrar turbación y angustia, hasta qué punto perturbará a ciertas personas. Me temo que el editor que acepte hacerse cargo de este manuscrito se expondrá a infinidad de problemas. Puede que no se libre de entrar en prisión, y quisiera pedirle perdón desde ya por las molestias. Pero tengo que escribir este libro sin más dilación, porque si me encuentran en el estado en que estoy ahora, nadie querrá escucharme ni creerme. Sin embargo, sujetar un bolígrafo me provoca unos calambres terribles. Tampoco tengo apenas luz, me veo obligada a parar cuando cae la noche, y escribo muy pero que muy despacio. Por no hablar de lo que me ha costado dar con este cuaderno, ni del barro que todo lo ensucia y diluye la tinta a medio secar. Espero que el editor que tenga la paciencia de descifrar mi letra de gorrino tome en consideración los terribles esfuerzos que hago para escribir de la forma más legible posible. La acción misma de recordar me resulta extremadamente difícil. Pero si me concentro mucho e intento remontarme todo lo que puedo, o sea, a justo antes de los acontecimientos, consigo recuperar imágenes. Debo confesar que la nueva vida que llevo, las comidas frugales con que me conformo, esta morada rústica a la que no encuentro ninguna pega y esta sorprendente capacidad para aguantar el frío que voy descubriendo a medida que se avecina el invierno, nada de esto me lleva a añorar los aspectos más arduos de mi vida de antes. Me acuerdo de que cuando todo empezó yo estaba en el paro, y que la búsqueda de empleo me sumía en una agonía que ahora ya no comprendo. Suplico al lector, al lector desempleado más concretamente, que me perdone tan indecentes palabras. Pero, por desgracia, indecencias no van a faltar en este libro; y ruego a todas las personas que puedan escandalizarse que tengan la bondad de disculparme.

Como decía, estaba buscando trabajo. Iba a entrevistas. Y no salía nada. Hasta que mandé una solicitud espontánea —me vienen las palabras a la memoria— a una gran cadena de perfumería. El director de la cadena me sentó en sus rodillas y me magreó el pecho derecho, y visiblemente lo encontró de una elasticidad maravillosa. En aquella época de mi vida todos los hombres coincidían en encontrarme de una elasticidad maravillosa. Había engordado un poco, dos kilos quizá, porque de pronto tenía hambre a todas horas, y esos dos kilos se habían repartido armoniosamente por toda mi persona, yo misma lo constataba en el espejo. Sin hacer deporte, sin una actividad concreta, mis carnes estaban más firmes, más lisas, más llenas que antes. Ahora entiendo que el aumento de peso y la extraordinaria textura de mis carnes fueron sin duda los primerísimos síntomas. El director de la cadena me agarraba la teta derecha con una mano y en la otra sostenía el contrato. Yo notaba que me palpitaba el pecho de la emoción de ver aquel contrato a punto de ser firmado, pero también se debía a ese aspecto, cómo decirlo, neumático de mis carnes. El director de la cadena me decía que en la perfumería lo fundamental era ir siempre guapa y arreglada, y que me iba a encantar el corte muy ceñido de la bata de trabajo, que me sentaría fenomenal. Sus dedos bajaban un poco más y desabotonaban lo que se podía desabotonar, y para ello el director de la cadena se vio obligado a dejar el contrato encima de su escritorio. Yo leía y releía el contrato por encima de su hombro, media jornada a cambio de un sueldo que no llegaba a la mitad del salario mínimo, eso me permitiría participar en el alquiler, comprarme un par de vestidos; y el contrato estipulaba que durante la liquidación anual de existencias me corresponderían algunos productos de belleza, ¡las mejores marcas, los perfumes más caros a mi alcance! El director de la perfumería me había hecho arrodillarme delante de él y mientras me afanaba en mi tarea pensaba en esos productos de belleza, en lo bien que iba a oler, en lo radiante que tendría el cutis. Desde luego, así gustaría aún más a Honoré. Había conocido a Honoré la mañana en que, por quinta primavera consecutiva, quise sacar del ropero mi viejo bañador. Fue en ese momento, mientras me lo probaba, cuando me di cuenta de que mis muslos se habían vuelto rosados y firmes, musculados y al mismo tiempo torneados. Comer me favorecía. Total, que me obsequié con una tarde en Aqualand. Afuera llovía, pero en Aqualand siempre hace bueno, y calor. Ir a Aqualand representaba casi una décima parte de mi renta mensual de inserción, y a mi madre no le hizo ninguna gracia. Incluso se negó a darme un billete de metro, así que no me quedó otra que arrimarme mucho a un señor para pasar los tornos. Siempre hay muchos esperando a las jovencitas junto a los tornos del metro. Me di perfecta cuenta de que provocaba cierto efecto en el señor; para ser sincera, mucho más efecto de lo que acostumbraba. En los vestuarios de Aqualand tuve que lavar discretamente la falda. En los vestuarios de Aqualand siempre hay que comprobar que estén bien tapados los intersticios de las puertas, y hay que saber largarse cuando el vestuario ya está ocupado por una pareja; allí también hay siempre señores esperando delante de las puertas de las mujeres. En Aqualand se puede una ganar muy bien la vida, pero yo siempre me negué, hasta en las temporadas en que mi madre amenazaba con ponerme de patitas en la calle. En el vestuario desierto me desvestí a toda prisa y me puse el bañador, y allí, ante aquel espejo dorado tan favorecedor, una vez más me encontré, y me sabe fatal decirlo, increíblemente guapa, como en las revistas, sólo que más apetitosa. Me enjaboné con unas muestras gratuitas que olían de maravilla. La puerta se abrió pero sólo eran unas mujeres que acababan de llegar, nada de hombres, de modo que pudimos disfrutar de cierta paz. Las mujeres se desnudaban entre risas. Era un grupo de musulmanas ricachonas, para bañarse se ponían unas túnicas opulentas y muy largas, sus cuerpos se moldeaban entre los velos translúcidos bajo la ducha. Estas mujeres me rodearon y exclamaron que yo era guapa, me regalaron una muestra de perfume caro y varias monedas. Me sentía a salvo con ellas. Aqualand es un lugar para relajarse pero no puede una bajar la guardia. Por eso cuando Honoré se me acercó, en el agua, al principio huí marcándome un vigoroso crol, y tal vez fuera eso lo que más lo sedujo (yo nadaba muy bien por aquel entonces). Pero cuando luego me invitó a una copa en el bar tropical, me di cuenta al instante de que era buena persona. Estábamos chorreando los dos, sudando con los bañadores mojados, yo me veía toda colorada en los muchos espejos del techo, un negrazo nos abanicaba. Bebíamos cócteles muy dulces y muy coloridos, sonaba música de las islas, de pronto estábamos muy lejos. Era el momento de las grandes olas. Honoré me contaba que para algunas recepciones privadas introducían tiburones en la piscina, los tiburones disponían de cinco minutos antes de morir en el agua dulce para morder a los invitados más lentos. Al parecer, esto le daba un ambiente único a las fiestas. Luego se bañaban todos en el agua roja hasta las tantas de la mañana. Honoré era profesor en un college de postín del extrarradio. Las fiestas privadas le repugnaban. Ni siquiera asistía a las de sus alumnos. Le dije que a mí me habría encantado estudiar y él me dijo que ni por lo más remoto, que los universitarios eran todos unos depravados echados a perder, que él iba a Aqualand a conocer chicas sanas. Hicimos buenas migas Honoré y yo. Me preguntó si iba a las recepciones privadas de vez en cuando. Le dije que nunca, que yo no conocía a nadie. Él me dijo que me presentaría gente. Al principio fue eso lo que me atrajo, el hecho de que aquel muchacho, además de ser correcto, me propusiera hacer contactos, pero en realidad Honoré no tenía contactos, no conseguía hacerlos a pesar de su trabajo, y quizá esperaba que gracias a mí lo invitaran a sitios selectos. Honoré me compró un vestido al salir, en una de las tiendas elegantes de Aqualand, un vestido de lazuré transparente que sólo me puse para él. En el probador de la tienda elegante hicimos el amor por primera vez. Me veía en el espejo, veía las manos de Honoré en mis caderas, sus dedos trazaban surcos elásticos en mi piel. Nunca, jadeaba Honoré, nunca había conocido a una chica tan sana. Las musulmanas habían entrado también en la tienda elegante, las oíamos parlotear en su idioma. Honoré se vestía sin quitarme ojo, yo tenía un poco de frío en cueros. La dependienta nos ofreció té con hierbabuena y pastelitos. Nos lo pasó todo por debajo de la puerta del probador, era discreta y muy elegante, yo me decía que me gustaría tener un trabajo así. Al final resultó que el trabajo en la perfumería no fue muy diferente. Había un salón-probador para cada perfume, la gran cadena para la que yo trabajaba vendía perfumes de todo tipo que había que probar en diversas partes del cuerpo; esperar los resultados, buenos o malos, requería su tiempo. Yo instalaba a las clientas en los grandes sofás de los salones, debía explicarles que sólo un cuerpo relajado revela toda la paleta de un perfume, y que había hecho un cursillo de masajista. Repartía Tamestat y decocciones de plumón de cisne. No era un oficio desagradable. El caso es que cuando las musulmanas se fueron tras aflojar casi cinco mil euros en Internet Card, la vendedora tan elegante vaporizó delante de nosotros varios ambientadores por toda la boutique. Yo nunca, le dije a Honoré, nunca me permitiría semejante falta de gusto si fuera la responsable de una tienda elegante. Fue entonces cuando Honoré me dijo que con un cuerpo como el mío y una carita tan esplendorosa me harían encargada de todas las tiendas elegantes que yo quisiera. Al final no se equivocó. Pero no le gustaba que yo trabajara. Decía que el trabajo corrompía a las mujeres. Yo sin embargo me quedé muy chafada al descubrir que, a pesar de su prestigioso empleo, su sueldo sólo le permitía alquilar un patético piso de dos habitaciones en el extrarradio. Me dije enseguida que, por pura honradez, tenía que ponerme las pilas para ayudarlo.

Por aquel entonces, ya desde los primeros días en la perfumería, las clientas empezaron a decirme que tenía un cutis magnífico. Yo le hacía una publicidad excelente al establecimiento. Conmigo, la tienda empezó a ir sobre ruedas. El director de la cadena me felicitaba. Cierto es que el uniforme de trabajo, una bata blanca muy seria como las de las clínicas de estética, era favorecedor, con un corte muy ceñido al cuerpo y un profundo escote en la espalda y el pecho. Fue por esa época precisamente cuando los pechos se me pusieron turgentes, como los muslos. Llegó un punto en que tuve que abandonar los sujetadores de copa B, del daño que me hacían los aros. Todavía no había cobrado el primer sueldo, sólo un pequeño adelanto, porque en la tesorería tenían los ordenadores averiados, y no podía comprarme sujetadores de copa c. Pero el director me tranquilizaba y me decía que a mi edad eso se sostenía solo, que no tenía ninguna necesidad de usar sujetador. Y es verdad que se sostenía notablemente bien, incluso cuando me pasé a la copa D; pero ahí ya sucumbí y me compré un sujetador con el dinero del pan que había ido guardando poquito a poco. Honoré me interrogó, sabía que yo todavía no había cobrado, pero aguanté el tipo y no confesé nada, aunque esa pequeña traición todavía me atormenta. Pobre Honoré, él no tenía ni idea de lo que es correr sin sujetador detrás de un autobús con semejante contorno de pecho. Tenía cada vez más clientes varones en la tienda, y pagaban bien, el director de la cadena se pasaba casi todos los días para hacer la recaudación y estaba cada vez más contento conmigo. Mis masajes eran un exitazo, creo incluso que el director de la cadena sospechaba que había empezado a hacer masajes especiales por mi cuenta, cuando normalmente se le concede algo de tiempo a la dependienta antes de animarla a ello. Gracias a todo ese dinero no corrí el riesgo de que me despidieran al cabo de unas semanas, el director de la cadena no me presionó, todo discurrió en la más absoluta discreción. El director fue muy elegante. Me dejó tranquila un tiempo largo, debía de pensar que estaba cansada de tanto trabajar. Yo nunca había estado tan en forma en mi vida. Y no tenía nada que ver con Honoré. Tampoco con mi nuevo trabajo, por más que me gustara, ni siquiera con el dinero, ya que de todos modos lo cobré muy tarde y sólo una parte, y aquella cantidad nunca habría bastado para independizarme. No, era simplemente que, por así decir, siempre hacía sol en mi cabeza, hasta en el metro, hasta en el barro de aquella primavera, hasta en las plazas polvorientas a las que iba a comerme mi bocadillo a mediodía. Y sin embargo, objetivamente, no era una vida fácil. Tenía que madrugar, pero curiosamente, desde que cantaba el gallo, en fin, desde su equivalente en la ciudad, me despertaba con facilidad, yo sola, dejé de necesitar Tamestat por las noches y Excidrill por las mañanas, siendo así que Honoré y todas las personas de mi entorno seguían atiborrándose. Lo que tampoco era nada cómodo es que nunca me daba tiempo a comer tranquilamente, y eso que tenía hambre, me daba nada más llegar a la plaza, un ansia terrible; el aire, los pájaros, no sé, lo que quedaba de la naturaleza me afectaba de repente. Mis amigas bromeaban, «eso es la primavera», me decían, estaban celosas por Honoré y por verme tan guapa, y al mismo tiempo halagadas por que con tanto éxito como tenía aún las llamara de vez en cuando. Luego, bueno, lo que no era ninguna fiesta a veces eran los clientes, clientas cada vez tenía menos, creo que le habían cogido miedo a la tienda, reinaba un ambiente raro. Los clientes probaban a veces cosas que a mí no me gustaban, y en circunstancias normales debería haberme deprimido; pero no, estaba más alegre que unas castañuelas. A los clientes les encantaba eso. Todos decían que yo estaba extraordinariamente sana. Empecé a sentirme orgullosa, orgullosa de mí misma, quiero decir. Pero tampoco era eso lo que me daba aquellos ánimos tremendos, aquella impresión excitante de empezar una nueva vida. Una de mis últimas clientas, una asidua muy echada para adelante, me puso la mosca detrás de la oreja. Era chamana en su día a día, y extraordinariamente rica. Yo estaba dándole un masaje cuando me contó que tenía que ser un problema hormonal. Repetí lo que decían mis amigas, la subida de la savia primaveral, pero la clienta insistió, «no, no —me dijo—, eso viene de usted, de dentro. ¿Seguro que no está embarazada?». Justo aquel mes se me había cortado la regla. Aquella reflexión, por así decir, me cortó el resuello. No le dije nada a Honoré. La clienta era bastante mayor, tenía mucha experiencia en la vida, me caía bien. Era de las que siempre quieren charlar durante los masajes, creo que era frígida como quien dice. Debía de complacerla verme tan guapa, tan joven, tan sana como todos decían, y saberme embarazada debía de excitarla todavía más, no sé cómo explicarlo. Cada vez hay menos bebés. Yo no tenía nada en contra de los bebés, a veces veía alguno en la plaza. Fuera como fuera, cada vez tenía más apetito, y la clienta identificaba síntomas por todas partes. «¿Tiene antojos?», me preguntaba. Venía a que le diera un masaje a diario, los clientes protestaban, la llamaban la vieja pelleja. Yo no tenía antojos, más bien escrúpulos. «Lo mismo es», me decía ella, y me pedía detalles. Ya no podía comer bocadillos de jamón, me daban náuseas, una vez incluso vomité en la plaza. Eso daba muy mala impresión. Por suerte era demasiado temprano para que me viera algún cliente o el director. Total, que me pasé al pollo, me entraba mejor. «Ya lo ve —me decía la clienta—, tiene antojo de pollo, yo con mi primer hijo aborrecí el cerdo, de todos modos cuando está una embarazada hay que quitarse del cerdo, por las enfermedades». Yo sabía que la clienta no había tenido hijos, un cliente me había contado que era lesbiana, que saltaba a la vista. La regla seguía sin bajarme. Tenía cada vez más apetito, y para introducir algo de variedad en las comidas llevaba huevos duros, chocolate. Era difícil encontrar verdura fresca a un precio asequible, le pedí a un cliente que me trajera de su casa de campo, me regalaba también manzanas. Había que ver cómo me comía aquellas manzanas. Me faltaba tiempo en la plaza para morderlas bien, para masticarlas bien, me embadurnaba la boca de jugo, se me desmenuzaban entre los dientes, ¡qué sabor! Aquellos pocos minutos de tregua en la plaza con mis manzanas, rodeada de pajaritos, eran por así decir la dicha de mi vida. Tenía antojo de verde, de naturaleza. Me dejé convencer para pasar un fin de semana en casa de ese cliente, puse la excusa de un cursillo para que Honoré no dijera nada. Menudo chasco me llevé. La casa del cliente era bonita, rodeada de árboles, aislada, campo todo alrededor, nunca había visto cosa igual. Pero me pasé todo el fin de semana dentro de la casa, porque el cliente había invitado a unos amigos. Por la ventana veía campos y espesura, tenía un antojo como quien dice extravagante de ir a meter las narices allí, de revolcarme en la hierba, olisquearla, comérmela. Pero el cliente me tuvo atada todo el fin de semana. Se me saltaron las lágrimas volviendo en el coche. No quería hacerle nada más allí, además por autopista es peligroso, y el muy cabrito me dejó en la primera salida de la ciudad, sin contemplaciones, y nunca más volvió a aparecer por la tienda. Perdí a un buen cliente. Empecé a sangrar nada más volver a mi casa. Me dolía mucho la tripa, casi no podía andar. Honoré me dijo que las mujeres siempre andan con problemas de tripa. Se portó muy bien, me pagó un ginecólogo. El ginecólogo no se anduvo con paños calientes, me dijo que había tenido un aborto, me metió un montón de algodón por ahí y me mandó a una clínica. El legrado salió por un ojo de la cara. Pero yo estoy segura de que no estaba embarazada. No sé qué cable se me cruzó de pronto para plantarle cara al ginecólogo, la cuestión es que se puso como una furia y me tildó de pájara. No me atreví a contarle lo que había pasado con el cliente y sus amigos. En la clínica me hicieron mucho daño, y todo para nada, seguro. Yo creo que cuando una está embarazada lo sabe. Debe de olerse en el cuerpo, un aroma a maternidad en cierto modo, y yo que tan sensible me había vuelto a los olores no olía nada parecido en mi piel. Por lo demás, estoy convencida de que, aparte de mi clienta un poco especial, los clientes me habrían dado de lado si hubiesen adivinado que estaba embarazada. Me querían sana, pero no hasta ese extremo. Todavía ahora me duele un poco la tripa, de todo lo que me hicieron en la clínica. Sigo siendo hembra, a pesar de todo. Y lo que me lleva a afirmar aún hoy que no estaba embarazada es que casi inmediatamente después del presunto aborto se me cortó otra vez la regla y persistieron los mismos síntomas, el apetito, los escrúpulos, las redondeces. A pesar de los disgustos —a no ser que esté todo relacionado—, conservaba el buen ánimo. La vieja clienta me quería más que nunca. Insistía, me tocaba el vientre y me lo enseñaba en el espejo, también se me estaba redondeando mucho, un poquito por demás, para mi gusto. Pero los clientes seguían encontrándome extremadamente sexi, y eso era lo importante.