Martínez de Hoz - Julián Zícari - E-Book

Martínez de Hoz E-Book

Julián Zícari

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José Alfredo Martínez de Hoz ha sido hasta ahora la persona más misteriosa y poco estudiada de la última dictadura militar argentina (1976-1983). No solo fue el ministro de Economía que llevó a cabo el brutal endeudamiento del país, la desindustrialización, la reforma financiera, empoderó a los grandes grupos económicos con la patria contratista, aplicó la tablita, creó la plata dulce y demás, sino que también fue el verdadero jefe político del gobierno de facto. Fue el funcionario con más poder del régimen militar, incluso más poderoso que la propia Junta. Así, sacó y puso ministros, gobernadores, funcionarios, marcó el rumbo de la presidencia de Videla y concentró una alta cantidad de atributos que hasta ahora no han sido analizados. Así, el libro se propone no solo analizar a Martínez de Hoz y su programa, sino que a través de la voz de los máximos responsables de la dictadura (en entrevistas, declaraciones en la prensa, sus libros de memoria y discursos), se explicitan las metas buscadas por el gobierno de facto.

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Seitenzahl: 1179

Veröffentlichungsjahr: 2025

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José Alfredo Martínez de Hoz ha sido hasta ahora la persona más misteriosa y poco estudiada de la última dictadura militar argentina (1976-1983). No solo fue el ministro de Economía que llevó a cabo el brutal endeudamiento del país, la desindustrialización, la reforma financiera, empoderó a los grandes grupos económicos con la ‘patria contratista’, aplicó la ‘tablita’, creó la ‘plata dulce’ y demás, sino que también fue el verdadero jefe político del gobierno de facto. Fue el funcionario con más poder del régimen militar, incluso más poderoso que la propia Junta. Así, sacó y puso ministros, gobernadores, funcionarios, marcó el rumbo de la presidencia de Videla y concentró una alta cantidad de atributos que hasta ahora no han sido analizados. Así, el libro se propone no solo analizar a Martínez de Hoz y su programa, sino que a través de la voz de los máximos responsables de la dictadura (en entrevistas, declaraciones en la prensa, sus libros de memoria y discursos), se explicitan las metas buscadas por el gobierno de facto.

Julián Zícari es doctor en Ciencias Sociales, magíster y especialista en Historia Económica. Además, es licenciado en las carreras de Economía, Psicología, Historia y Filosofía, todas ellas en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Es docente en dicha universidad, como también en la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV) y la Universidad Nacional de Lanús (UNLA). Es investigador del Conicet y publica sobre conflictos sociopolíticos argentinos, filosofía política y problemas de historia económica en revistas y libros. Ha publicado también con Ediciones Continente Camino al colapso. Cómo llegamos los argentinos al 2001 (2018), Crisis Económicas Argentinas. De Mitre a Macri (2020), y la novela Rap de vida de un pibe chorro (2023). También publicó República Mercado Libre. La empresa más grande de la Argentina y los riesgos de la economía de plataformas (2022) (Editorial Cooperativa Callao).

Julián Zícari

Martínez de HozEl jefe civil de la dictadura

Índice

Cubierta

Sobre este libro

Sobre Julián Zícari

Portada

Dedicatoria

Introducción. El poder de los ministros de Economía en la Argentina

Martínez de Hoz inaugura una era

La tesis del libro

Las interpretaciones

La propuesta y el método

Los problemas del camino

Hoja de ruta

Capítulo 1. El origen del golpe y la figura de Martínez de Hoz

La génesis

Los acuerdos, los conflictos y las etapas políticas: ¿una dictadura sin dictador?

¿Quién era Martínez de Hoz y cómo logró tanto poder?

La designación de Martínez de Hoz y de su equipo

Capítulo 2. El objetivo, el plan y sus límites

Derrotar la subversión: el objetivo de la dictadura y sus dos estrategias

Cambiar la mentalidad: el plan de Martínez de Hoz

Lo que era posible lograr: los límites a Martínez de Hoz

Capítulo 3. La reforma del Estado

Los principios de la reforma: subsidiariedad, desregulación, descentralización

Las víctimas de la reforma: los trabajadores estatales, el patrimonio público y el desarrollo

Las privatizaciones y sus conflictos

La cuestión fiscal: impuestos, tarifas, gasto, inversión

Capítulo 4. Desindustrialización y apertura económica

La política industrial: un notorio cambio de prioridades

La política comercial: justificar la apertura

Respuestas a las críticas: justificar la gestión

Capítulo 5. Reforma financiera y políticas de endeudamiento

La reforma financiera

Las políticas de endeudamiento

Las crisis

Capítulo 6. Estrategias anti-inflacionarias y cambiarias

El diagnóstico y las medidas iniciales

Complicaciones y varios cambios de estrategia

La tablita: una estrategia integral al problema inflacionario

La transición presidencial y la crisis cambiaria

¿. Qué salió mal? Las respuestas a las críticas y los debates internos sobre la tablita

Capítulo 7. La revancha clasista: la cuestión sindical, salarial y distributiva

El cambio estructural y el objetivo clasista

Desempleo y tipo de ocupación: las transformaciones del mercado de trabajo

El quiebre distributivo: caída salarial y desigualdad social

El fin de la masificación: la reforma sindical

Capítulo 8. El canciller

Martínez de Hoz y su rol externo

Los vínculos con las potencias en un mundo bipolar

La doctrina Martínez de Hoz en política exterior

Capítulo 9. La represión

Justificar la represión: Martínez de Hoz y la “vulgata procesista”

Las raíces del plan represivo: la escuela francesa

El aniquilamiento y sus alternativas: la decisión sobre los desaparecidos

La violencia política en primera persona

Conclusión. El jefe civil de la dictadura

El sabor amargo de Joe: “lo importante son las intenciones”

¿Un fracaso triunfal? Las herencias de la dictadura y los logros de Joe

Más allá de Joe

Agradecimientos

Referencias

Funcionarios de la dictadura

Fuentes y bibliografía

Bibliografía

Material audiovisual

Documentos oficiales

Créditos

Otros títulos de nuestra editorial

Cubierta

Tabla de contenidos

Portada

Créditos

El jefe civil de la dictadura

A Jorge Schvarzer, el mejor estudioso de las elites económicas argentinas

Introducción

El poder de los ministros de Economía en la Argentina

A veces, la Historia nos deposita en lugares que no esperamos ni merecemos. A una gavilla de contrabandistas y advenedizos criollos les tocó hacer la Revolución de Mayo; a Manuel Belgrano, jurista con ideas económicas de avanzada, le tocó dirigir ejércitos y comandar derrotas. Y a los economistas argentinos les tocó ser intelectuales.

Alejandro Galliano

 

 

Es difícil dimensionar el peso que tienen y han tenido los ministros de Economía en la historia argentina. Con el tiempo, y especialmente desde la segunda mitad del siglo XX, se han convertido en las figuras o los funcionarios más importantes del país después de los presidentes. Esto es algo difícil de discutir. Y tal vez no tomemos conciencia sobre esto, pero vale repasar algunos hitos para justificar y ver de manera más clara este punto.

De más está decir que muchas veces se recuerda más a algunos ministros de Economía que al presidente que los nombró en su cargo: figuras como Álvaro Alsogaray, Federico Pinedo o Domingo Cavallo exceden por su propio peso los Gobiernos específicos de los cuales formaron parte. Aquí ya hay una primera señal. En este sentido, existe una larga lista de ministros de Economía que han ocupado ese puesto más de una vez, sirviendo a distintos presidentes. Fue así como dos personas ocuparon la increíble cantidad de tres veces el puesto de ministro de Economía de la Nación: el recordado y recién nombrado Federico Pinedo (bajo las presidencias de Agustín Justo, Ramón Castillo y José Guido en las décadas de 1930, 1940 y 1960 respectivamente) y Jorge Wehbe (con José Guido, Agustín Lanusse y Reynaldo Bignone en las décadas de 1960, 1970 y 1980 respectivamente). En cada uno de estos casos, pasaron casi veinte años entre su primera gestión como ministros de Economía y la última. O sea, vemos que solo dos personas atravesaron cinco décadas ejerciendo intermitentemente el mismo cargo. Pero aún más increíble es notar que veintidós personas (repetimos, veintidós personas) fueron ministros de Economía al menos dos veces, sirviendo a dos presidentes distintos. Se trata de algo que difícilmente se pueda repetir en otro lugar del mundo y que nos da una idea de la importancia que han tenido este tipo de personajes para habitar con tanto ahínco el poder en nuestro país. Dichas personas, además de los dos recién nombrados Alsogaray y Wehbe fueron:

 

· Lucas González (1864-1868; 1875-1876)

· Nicolás de Riestra (1860-1861; 1976)

· Victorino de la Plaza (1876-1880; 1883-1885)

· Wenceslao Pacheco (1885-1889; 1889-1890)

· Juan José Romero (1892-93; 1895-1897)

· Marco Avellaneda (1893; 1901-1904)

· José Terry (1893-1894; 1904-1906)

· José María Rosa (1898-1900; 1910-1912)

· Norberto Piñero (1906; 1913)

· Enrique Pérez (1912-1913; 1930-1931)

· Carlos Acevedo (1937-1938; 1941-1943)

· Alfredo Gómez Morales (1952-1955; 1974-1975)

· Eugenio Blanco (1955-1956; 1963-1964)

· Adalbert Krieger Vasena (1957-1958; 1967-1969)

· Roberto Alemann (1961-1962; 1981-1982)

· José Alfredo Martínez de Hoz (1963; 1976-1981)

· Juan Carlos Pugliese (1964-1966; 1989)

· José María Danigno Pastore (1969-1970; 1982)

· Domingo Cavallo (1991-1996; 2001)

 

Por supuesto, no todas las gestiones han tenido la misma trascendencia ni han dejado el mismo tipo de marca. No obstante, estos datos nos empiezan a arrimar al problema de la persistencia y la fuerte influencia que ha tenido dicho ministerio y, en especial, la figura del economista. Porque aún esto, la cuestión puede ser todavía más significativa si se considera más allá del rol formal de ocupar la titularidad del Ministerio de Economía, pues prácticamente todos los hombres recién enumerados (que fueron todos, eso sí, varones), además, en los interines, han ocupado también otros cargos públicos o han tenido un rol expectante y condicionante a través de sus declaraciones, la prensa y los círculos empresariales y políticos en los que se han movido. Es decir, siempre fueron figuras claves del poder y de la economía, así ocuparan o no cargos públicos. Fuera del Ministerio de Economía, ningún otro funcionario ha tenido la presencia, la capacidad ni la persistencia de incidir tan fuertemente a través de los años. Un síntoma propio de la política argentina en el que vale la pena profundizar.

Teniendo en cuenta lo recién detallado, debemos dar un paso todavía más importante, pues todo esto se vuelve más llamativo cuando vemos cómo la figura del ministro de Economía se ha entremezclado directamente con el poder y con el apoyo de las masas. En efecto, existe una suerte de ambición política de repetir aquello que podríamos llamar el sueño de ser el nuevo Ortiz, en referencia al ministro de Economía de la década de 1930, Roberto Ortiz. Este último no solo pudo competir electoralmente, sino que ganó las elecciones (fraude mediante) para convertirse en presidente de la Nación en 19371, impulsado, entre otros motivos, por una gestión al frente del ministerio que se percibía como exitosa. Así, desde el retorno a la democracia, en casi todas las elecciones presidenciales existió al menos un exministro de Economía que disputó la presidencia de la Nación (soñando con ser el nuevo Ortiz), obteniendo casi siempre el tercer lugar: en 1983 y 1989 fue Álvaro Alsogaray, en 1999 fue Domingo Cavallo, en 2003 fue Ricardo López Murphy y en 2007 y en 2019 fue Roberto Lavagna. Ya para 2023 la situación fue se tornó absoluta: un ministro de Economía fue el candidato más votado en la elección general (Sergio Massa), pero fue un economista el que ganó el balotaje y el que directamente se convirtió en presidente (Javier Milei). Con todo, hoy en 2024, cuando se publica este libro por primera vez, el futuro parece sugerir que esta dinámica se intensificará todavía más hacia adelante: son tres economistas profesionales los que más oportunidades tienen de liderar el futuro político de la oposición, habiendo sido dos de ellos ya ministros de Economía: Axel Kicillof y Martín Lousteau; el restante es Horacio Rodríguez Larreta. Más aún, en el gabinete del presidente-economista Javier Milei, dos de sus principales figuras son también economistas profesionales que ya habían desempeñado importantes roles económicos antes: Luis Toto Caputto es la segunda vez que es ministro (a su vez, también fue presidente del Banco Central), mientras que Federico Sturzenegger ya es el tercer Gobierno del que forma parte (lo fue con la Alianza, luego con Mauricio Macri y ahora con Milei).

Ahora bien, vale aclarar que, si bien ser ministro de Economía en la Argentina puede ser un trampolín para acumular una gran cantidad de poder político, no es, igualmente, un trabajo fácil. Hubo dos ministros de Economía que directamente murieron durante su gestión (Eugenio Blanco en 1964 y Miguel Roig en 1989, ambos de un paro cardiaco), mientras que otros dos estuvieron, sin llegar al extremo de morir en funciones, casi al borde: José Gelbard en 1974 sufrió un paro cardiaco, en tanto que Martínez de Hoz, protagonista de este libro, tuvo que ser operado de urgencia de una úlcera en mayo de 1977, periodo en el que todavía ejercía su cargo en la dictadura. Tal vez podamos sacar algunas conclusiones de todo esto. La primera es ratificar que la figura del ministro de Economía es altamente gravitante en la dinámica política del país, puesto que es un funcionario que puede orbitar y sobrevivir a su propio Gobierno, participar con relativo éxito en las elecciones, tener un alto apoyo popular y que puede, incluso, rivalizar (o directamente eclipsar) con la figura del presidente. Como además, tal como ya vimos, también son los que verdaderamente sufren: son los ministros de Economía los que tienen paros cardíacos y mueren por la presión (o se enferman) en la Argentina, cosa que no necesariamente le ocurre al presidente.

Pero antes de avanzar un poco más, debemos aclarar algo fundamental. El rol extremadamente importante que ocupa la figura del ministro de Economía en la Argentina no es natural. Y al decir que “no es natural” nos referimos a dos aspectos. El primero es que esto no es algo que ocurra en todos los países del mundo. Cada país, cada cultura política, cada sociedad, le asigna poder al funcionario que considera que se ocupa de la tarea más importante. Y cada pueblo en el mundo tiene distintas prioridades o valoraciones sobre lo que es importante. Por ejemplo, en Israel, un país permanentemente en disputas militares, después del primer ministro, el funcionario más importante es el ministro de Seguridad. En el mundo islámico, donde muchos de los países son directamente teocráticos, allí es el ministro de Asuntos Religiosos la figura prominente. En Dinamarca, en Estados Unidos y en Alemania es el ministro de Relaciones Exteriores la figura de verdad fuerte (el canciller). En los países con dictaduras militares o que están en guerra, el ministro más importante suele ser el de Defensa. Incluso llegó a existir un momento en el que en casi todos los países del mundo coincidieron en la importancia central de un mismo ministerio, y su figura creció de forma acelerada, aunque también luego decayó tan velozmente como ascendió. Fue el caso del Ministerio de Salud durante 2020, año de la pandemia, momento en que los ministros de Salud ocupaban toda la agenda y, como consecuencia, luego varios intentaron competir electoralmente. Pero, como dijimos, duró lo que un suspiro. En conclusión, según lo que vimos, cada país se rasca donde le pica. O sea, no existe ninguna naturalidad, sino que podemos remitirnos al refrán que dice: “Dime qué te obsesiona y te diré que te está faltando”.

Por su parte, el segundo aspecto para destacar, valga subrayar lo obvio, es de alguna manera “lo inverso” de la relación entre “Economía y poder” en la Argentina en comparación con otros países del mundo: así como en nuestro país son los economistas y los ministros de Economía los que verdaderamente disputan el poder, no son aquí los ministros de Educación, Defensa, Relaciones Exteriores o Religión quienes cuentan con esa capacidad. En cambio, en otros países sí ocurre de ese modo. Por ejemplo, en Estados Unidos, quienes son Secretarios de Estado (el ministro de Relaciones Exteriores) son quienes se vuelven un casi seguro candidato a presidente y muchas veces, efectivamente, logran triunfar electoralmente. Ocurre lo mismo en Israel y otros países con el ministro de Seguridad. En los países islámicos, como lo dijimos, con el ministro de Religión o en los países escandinavos con los de Educación. Como vemos, son comportamientos muy lejanos a nuestro ámbito político: aquí ningún ministro de Cultura o de Educación, desgraciadamente, llegó nunca siquiera a presentarse como un candidato presidencial, pues parece que estas temáticas no son nuestra prioridad.

Vemos entonces que, desde el momento de la organización nacional a fines del siglo XIX, la figura del ministro de Economía no ha parado de crecer hasta convertirse, más de un siglo después, en la referencia más destacada de la política argentina. Ahora bien, este peso cada vez más fuerte de los ministros de Economía en la vida política nacional puede que tenga una explicación dadas las persistentes y sistemáticas crisis (y la gran cantidad de aristas del fenómeno). Tal vez una de las explicaciones más efectivas para entender este síntoma de largo plazo sea sencilla y clara: la inestabilidad crónica argentina. En efecto, en un libro anterior (Zícari, 2020), dedicado íntegramente a estudiar las crisis económicas en el país y las causas de la inestabilidad permanente, señalaba un hecho fáctico fundamental: en los 160 años que van entre la organización nacional (en 1860) y el final del Gobierno de Macri (en 2020), ocurrieron en el país dieciséis crisis económicas. Es decir, ocurrió una crisis en promedio cada diez años. Algo que no es para nada normal, sino una anomalía central de la economía y la sociedad argentinas. Pero la situación, en realidad, es aún peor: en los 45 años que van entre la crisis del Rodrigazo (en 1975) y el final del Gobierno de Macri, existieron siete crisis económicas. Es decir, una crisis cada seis años y medio. Vemos entonces que los tiempos históricos se acortaron y la propensión a sufrir colapsos económicos se agudizó. Por lo tanto, frente a una sociedad que se ha acostumbrado a vivir de crisis en crisis, la necesidad de la población de estabilizar la situación parece haber crecido, sobre todo si se tiene en cuenta que, en las últimas décadas, la tendencia a tener catástrofes económicas se ha acelerado. Y aquí es posible insertar una explicación posible sobre por qué la figura del economista y, especialmente, la del ministro de Economía no ha parado de ganar protagonismo: en países sin sobresaltos, tal vez no se espera nada de ellos y tampoco se los recuerda como los responsables de grandes calamidades; no obstante, en la Argentina parecen haberse convertido en una figura entre milagrosa y redentora frente a tanto caos vivido. Cada nueva gestión de un ministro de Economía, más que la de cada presidente, abre una esperanza: “por fin, ahora sí” el país podrá “ser normal” y dejará de tener sacudones y crisis económicas permanentes. Se desea que todo pueda ser predecible, claro, y funcionar sin mayores dificultades. El peso político que han tenido en las elecciones los ministros de Economía y la figura del economista en general parece hablar sobre esta esperanza.

Sin embargo, más allá de las ilusiones, el reverso de la historia ha sido muy distinto a lo deseado: los economistas se han presentado ante la sociedad y en las elecciones con la promesa de traer orden, estabilidad y previsión, pero si se analizan los resultados de sus intervenciones o las consecuencias de sus medidas, lo que podría afirmarse de ellos es que han funcionado como “agentes de caos”. Ninguno logró una normalización de la situación de largo plazo, sino que sus gestiones, la mayoría de la veces, terminaron hundidas en experiencias deplorables que, a la larga o a la corta, trajeron mayor inestabilidad y desconcierto. Por lo tanto, es posible identificar una correlación entre el aumento de la propensión de las crisis económicas, las turbulencias y la imprevisibilidad, por un lado, y, por el otro lado, el mayor peso que han pasado a tener los ministros de Economía y la figura del economista en la vida política nacional: más que ordenar, han contribuido al caos.

Pero, además, se podría sumar otro elemento. Y es que los ministros de Economía, y los economistas en general, suelen plantear un juego retórico a veces deshonesto, pues se tienden a presentar como meros ‘técnicos’, especialistas objetivos en los saberes económicos, diciendo que están por fuera de toda pasión o especulación, siendo científicos y neutrales en sus opiniones, cuando en realidad nunca es así. Más bien, toda lectura, toda propuesta o acción económica está atravesada por la política y, especialmente, por una ideología. Es así, entonces, como mencionamos arriba, que, después de un tiempo de gestión, los ministros de Economía dejan su puesto, su rol de expertos, para lanzarse rápidamente a la competencia electoral. Por lo tanto, en la Argentina, una y otra vez, zigzaguean con un rol y un discurso de ser técnicos asépticos e “imparciales” para luego, inmediatamente, mostrar su verdadero rostro y aparecer como políticos profesionales. Esta operación, además de ocultar el contrabando ideológico que esconden bajo sus ropajes, implica disputar, discutir y difundir determinados tipos de racionalidades y comportamientos con los que pretenden llevar adelante un proyecto civilizatorio, o como dirá una y otra vez el ministro de Economía que analiza este libro, de producir “un cambio de mentalidad” en la población: crear y plasmar la figura del homo economicus neoliberal. Pues, para Martínez de Hoz, su verdadero objetivo, como veremos, y —tal como lo dijo apenas dejó su cargo— fue producir la “exigencia de un cambio de mentalidad, hábitos y actitudes para realizar transformaciones profundas” (1981: 12). Diez años después, volvería a decir prácticamente lo mismo: ya que el objetivo de su programa era: el “saneamiento y sinceramiento de la economía argentina, con la consiguiente exigencia de un cambio de mentalidad, hábitos y actitudes para realizar transformaciones profundas” (1991: 14).

Martínez de Hoz inaugura una era

Todas las palabras, situaciones y ejemplos presentados anteriormente ojalá hayan servido para ilustrar y reflexionar sobre el rol de poder que ha tenido y que tiene la figura del ministro de Economía en la Argentina. Porque este libro no es sobre un ministro de Economía más, sino sobre la gestión de uno de los más importantes y significativos de la historia del país. Así es como el mismo protagonista se presenta en el subtítulo de uno de sus libros, pues sabe que es y se considera a sí mismo como “el ministro más polémico de la historia argentina” (Martínez de Hoz, 2014).

Por empezar, debemos decir que Martínez de Hoz fue una excepcionalidad por muchos motivos. El primero de ellos es la larga permanencia que tuvo en su cargo, pese a que fueron tiempos sumamente turbulentos e inestables en términos políticos e institucionales. Si consideramos los caóticos treinta años que van desde la caída del peronismo en 1955 hasta la asunción Juan Sourrouille en 1985 (ver gráfico 0.1), llamará la atención la altísima duración que logró en comparación a las demás experiencias del período. Martínez de Hoz logró permanecer en su puesto sesenta meses, mientras que el segundo ministro de Economía en tener una alta continuidad alcanzó apenas la mitad de ese tiempo (Krieger Vasena, con treinta meses) y el promedio de duración de esas tres décadas fue de diez meses por ministro. Es decir, nuestro protagonista duró seis veces la media.

GRÁFICO 0.1: MESES DE DURACIÓN DE LOS MINISTROS DE ECONOMÍA (1955-1985)

Aquí se ve una primera anomalía, que da lugar a las preguntas sobre cómo y por qué logró tanta permanencia. Aunque esta pregunta es todavía más importante si se señala que Martínez de Hoz no tuvo, al menos para el grueso de la población, ningún “resultado que mostrar”: no hubo crecimiento económico sostenido, no hubo buenos salarios, no se controló la inflación, no mejoró la situación social ni educativa, en salud tampoco se aprecian indicadores favorables. Más bien, como veremos, se ven resultados mediocres en algunos casos, mientras que la mayoría fueron altamente negativos. Sin embargo, a pesar de esto, tuvo una permanencia fenomenal. De hecho, mirado históricamente, y no solo en el período recortado, su duración también resulta llamativa: apenas tres ministros de Economía en toda la historia argentina lo superaron en meses de continuidad en el cargo. El que más duró fue Alfredo Gómez Morales, bajo el primer peronismo (con ochenta meses: del 19/01/1949 al 20/09/1955), seguido por Domingo Salaberry durante el primer Gobierno de Yrigoyen (72 meses: del 12/10/1916 al 12/10/1922) y luego por Domingo Cavallo bajo las presidencias de Menem (66 meses: del 31/01/1991 al 02/08/1996)2.

Pero Martínez de Hoz no es solo conocido por su llamativa duración o la baja performance (más bien pésima) lograda bajo su gestión, sino esencialmente por haber sido el brazo económico, civil y empresarial de la última dictadura militar, que fue el Gobierno más sangriento y terrible de la historia argentina. Especialmente, esto es significativo ya que, como señalan Acuña y Smulovitz (2007: 6), y como buscaremos mostrar a lo largo de este libro, la dictadura aplicó dos tipos de violencias sistemáticas: la violencia represiva y la violencia del mercado, siendo esto último el terreno en el cual Martínez de Hoz mandó.

A su vez, debemos agregar tres puntos centrales. El primero es la ruptura estructural que implicó la gestión de Martínez de Hoz para el funcionamiento de la economía argentina, ya que con su llegada la lógica económica del país pasó a ser otra. En efecto, hasta mediados de la década de 1970, aún con sus vaivenes y contradicciones, existió un fuerte consenso económico en el país, caracterizado por otorgarle una primacía total al sector industrial, la existencia de una alta protección arancelaria, la permanencia de un núcleo de grandes empresas estatales, políticas de aliento para las manufacturas y la producción, represión financiera y cambiaria, la casi inexistencia de deuda externa y una alternancia entre la negociación y la represión con el movimiento sindical (Müller, 2001). A su vez, todo estuvo atravesado con un horizonte ambiciosamente desarrollista y también con el orgullo de tener los mejores indicadores sociales, salariales y distributivos de América Latina. Algo que en muchos aspectos hoy suena idílico y demasiado lejano de alcanzar, pues desde la gestión de Martínez de Hoz el país comenzó un rezago productivo, industrial y distributivo, que aun con sus eventuales mejoras y fuertes catástrofes (como las recurrentes crisis económicas antes comentadas), no ha parado de deteriorarse en los últimos 50 años. Desde entonces, ya la economía no estaría regida por la industria, sino por las finanzas, el endeudamiento externo no pararía de crecer, los fenómenos financieros y especulativos (como la fuga de capitales y la instauración de un patrón bimonetario) serían una clara marca de la economía argentina, en tanto que el mayor poder político y de mercado de los grandes grupos empresariales crecería arrolladoramente. Por su parte, los indicadores sociales y distributivos serían sucesivamente castigados. Martínez de Hoz instauró un modelo económico que sacó a la Argentina del sendero del desarrollo de manera irreversible.

El segundo punto, y vital para todo lo planteado en este libro, es la plena conciencia del cambio que se estaba realizando. Como diría el propio Martínez de Hoz a mediados de su gestión: “las reformas básicas estructurales que hemos tomado son en gran medida irreversibles y afectan en su conjunto a toda la economía” (Somos 05/10/1979). Dos meses después volvería a plantear lo mismo: “Hemos hecho un cambio profundo, no sólo de orientación sino de la estructura misma de la economía” (La Nación 16/12/1979). A poco de terminar su gestión, diría “todo lo que hemos hecho en estos cinco años está en marcha; todos los cambios estructurales están ya hechos, es decir lo más difícil, y eso no puede ser echado por la borda” (Clarín 18/02/1981). A fin de ese mismo año volvería a afirmar que su política económica va a quedar como “algo duradero” ya que “está pensado para durar” (La Nación 08/12/1981). Y esto es algo clave.

En efecto, durante la década de 1990, en la Argentina existía un chiste que se daba cada vez que aparecía la disputa política sobre quién era el padre del modelo, si el presidente Carlos Menem o su ministro de Economía Domingo Cavallo. La respuesta que se daba era que no se sabía quién era el padre, pero todos estaban seguros de que el abuelo era Martínez de Hoz. El propio Martínez de Hoz, una y otra vez, insistirá en que él fue el verdadero introductor de la forma de funcionar de la economía argentina desde mediados de la década de 1970. A la hora de hablar del Gobierno de Menem, dirá en un reportaje: “los lineamientos generales de esta política [de Menem y Cavallo] son los mismos que se adoptaron durante el gobierno del general Videla; la diferencia es que ahora hubo un gran cambio de mentalidad y la gente los acepta y hace diez años era toda una novedad en el país” (Página 12 24/11/1991). Lo mismo expresará en un libro propio: “Quizás a nosotros nos tocó romper el hielo y la resistencia inicial sin alcanzar plenamente nuestros objetivos. Pero el cambio de mentalidad que predicamos se fue produciendo inexorablemente” (1991: 9). Vemos otra vez que aparecen dos ideas recurrentes: el “cambio de mentalidad” y la de haber introducido un quiebre económico de largo plazo.

El encuentro de Domingo Cavallo y Martínez de Hoz a principios de la década de 1990

El tercer punto es señalar que fue el ministro de Economía con más poder de la historia y que eso lo convertía en el verdadero jefe político y civil de la dictadura. Y esta es la tesis central del presente libro.

La tesis del libro

Hemos hablado ya del poder político que suelen acumular los ministros de Economía en nuestro país. Esto fue a tal punto que muchos de ellos pudieron definir o no el éxito (o incluso la supervivencia) de un presidente. Así, por ejemplo, existen los casos en los que algunos ministros llevaron prácticamente a la catástrofe a los Gobiernos de los que formaron parte, como el de Celestino Rodrigo, en 1975, al herir casi de muerte al Gobierno de Isabel Perón tras la implementación de su plan económico, conocido como “Rodrigazo”; el ejemplo de Martín Lousteau en 2008 es otro, ya que, con su famosa Resolución 125 pareció llevar al Gobierno de Cristina Kirchner casi a la guerra civil; o también vale considerar el caso del llamado “zar de la economía peronista”, Miguel Miranda, que en 1949 le trajo más problemas que soluciones a Perón en medio de una crisis económica que cada vez se profundizaba más. No obstante, así como hay ministros de Economía que pueden llegar hasta casi hundir a un presidente, también hay otros que llegaron como salvadores y como opción de último recurso para evitar un naufragio absoluto, aunque no siempre lograron su objetivo. Por ejemplo, Álvaro Alsogaray, en 1959, fue nombrado ministro de Economía para evitar que Arturo Frondizi sufriera un golpe de Estado; Domingo Cavallo, en 2001, que intentó salvar al naufragante Gobierno de la Alianza; o también está el ejemplo de Sergio Massa, en 2018, bajo la presidencia de Alberto Fernández, cuando la situación económica parecía ir directo al colapso.

Vemos entonces que los ministros de Economía pueden hundir o ser la bala de plata final de un presidente, también que muchos de ellos participan en varios Gobiernos, con distintos presidentes, a lo largo del tiempo y que, además, especialmente desde el retorno de la democracia de 1983, directamente son una figura política que eclipsa y hasta rivaliza con los presidentes, lanzándose ya a competir con partidos o espacios políticos propios en el terreno electoral. Esta es una tendencia histórica cada vez más fuerte y que tiene múltiples ejemplos. Ahora bien, a pesar de todos los casos y funciones que puedan tener los ministros de Economía en la Argentina, su capacidad política o la influencia que pudieran acumular, nunca jamás existió en la historia nacional (ni antes ni después) un ministro de Economía tan poderoso como Martínez de Hoz. Y eso que los ministros de Economía en la Argentina suelen tener mucho poder.

Una de las personas que más se ha especializado en la historia política de la última dictadura militar en los últimos años fue Paula Canelo, quien en uno de sus libros se pregunta y responde: “¿es posible escribir un libro sobre los objetivos refundacionales del Proceso sin centrarlo en la política económica del Ministro de Economía Martínez de Hoz? Creemos que sí” (2016: 13). Bueno, la tesis central de este libro es señalar exactamente lo contrario: es imposible contar la historia política, económica, institucional, o los planes de la última dictadura, sin centrarlos en Martínez de Hoz, porque, como veremos, fue en gran medida la mano que estuvo detrás de casi todas las decisiones claves, siendo el funcionario de más poder, incluso muchas veces por encima de Videla o de otros integrantes de la Junta Militar.

El plan económico que ejecutó Martínez de Hoz fue el punto de críticas de toda la oposición, una fuente de división permanente del Gobierno y un elemento enorme del desgaste del Proceso Militar. Muchos, y con un alto esfuerzo e insistencia, intentaron el relevo de Martínez de Hoz o, aunque sea, que este mínimamente flexibilizara su política económica. Lo intentaron las primeras líneas de las Fuerzas Armadas, las más importantes asociaciones empresarias (de sectores tan variados como el rural, el industrial, el comercial o la construcción, etc.) y las corporaciones civiles más duras (como la Iglesia y los sindicatos). No obstante, salvo los casos que veremos, nadie pudo lograr ni lo uno ni lo otro: Martínez de Hoz se mantuvo siempre firme en su puesto como el verdadero amo de la situación. De hecho, él mismo se jactaba en sus memorias de ello: “muchos creyeron que los principios sostenidos no serían realmente aplicados hasta sus últimas consecuencias, y que la aparición de dificultades para empresas o sectores llevaría inmediatamente a su modificación” (Martínez de Hoz, 1981: 211).

La revista Cabildo (noviembre 1977) se pregunta si el plan de Martínez de Hoz sigue siendo el de las Fuerzas Armadas.

Pero aquí debemos agregar un punto vital y es que, increíblemente, hasta ahora, ha pasado prácticamente desapercibido por el grueso de los especialistas o estudiosos de la dictadura, sin poner jamás el centro investigativo en el lugar que corresponde. Pues Martínez de Hoz no fue solo el responsable de manejar el área económica del Gobierno, sino que estuvo en casi todos sus ámbitos: fue quien marcó la agenda, terminó por poner los objetivos, planes y ministros del gabinete; hizo renunciar a gobernadores, definió las relaciones exteriores, hizo la reforma del Estado y la financiera; llevó adelante el endeudamiento sistemático; fue quien ideó la apertura económica y la desindustrialización del país, hizo caer los salarios; y se erigió como uno de los más frontales a la hora de atacar a los gremios o de implementar la reforma laboral. Si bien no fue quien diseñó el plan represivo ni el terrorismo de Estado, también cumplió un rol destacado aquí. Martínez de Hoz fue el corazón intelectual y político de la dictadura, y a pesar de ser un civil dentro de un Gobierno militar, fue su verdadero jefe.

Además, entender el rol de Martínez de Hoz y estudiar su gestión es vital por otro punto más. El objetivo central de la dictadura militar, como lo indica la propia autodenominación del Gobierno —Proceso de Reorganización Nacional—, no fue otro que el de llevar adelante una profunda reorganización social. Así, la refundación total de la sociedad apostó esencialmente a dos estrategias para lograr su objetivo: la estrategia represiva y la estrategia económica, siendo esta última el terreno en el cual Martínez de Hoz llevaría adelante importantes rupturas, siendo el funcionario todopoderoso del régimen.

Aunque, por supuesto, como todo poder, el de Martínez de Hoz también tuvo importantes límites. Como lo explicaba su mano derecha, el secretario de Hacienda Juan Alemann “no es Martínez de Hoz el dueño del país, al cual las Fuerzas Armadas le han dado un cheque en blanco, nada de eso, le han dado pagarés a 30 días, renovados cada vez y donde cada vez tenía que volver a discutir las condiciones” (La Prensa 19/03/1981). Pero ya habrá tiempo de discutir y mostrar esto en los dos primeros capítulos de este libro. Igualmente, vale la pena adelantar y considerar su tesis central. Inclusive, la explicación del propio Martínez de Hoz sobre por qué se concentraron tantos atributos en él es clara: “era indispensable que el poder político y los mismos agentes económicos, consumidores y población en general llevasen a cabo un verdadero cambio de mentalidad para comprender, aceptar y hacer suyas estas reformas” (1991: 22-23). Así, admite que su proyecto “requería un cambio de mentalidad importante en sectores influyentes dentro de la estructura política, económica y social del país” (Ib.: 85).

Las interpretaciones

Nadie reparaba en él, pero todo el mundo daba por sobreentendida su presencia.

Juan Saer

 

A poco de terminar Martínez de Hoz su gestión como ministro de Economía en 1981, Rogelio Frigerio, en el prólogo de un libro sobre el tema, señalaría una sospecha que se haría presente en muchos estudios y en gran parte de la población: “El equipo económico que se instala en marzo de 1976 contó con la fuerza, la autoridad y el margen de maniobra como para llevar a cabo la gran transformación económica que pondría a la Argentina en camino hacia la última y superior etapa del desarrollo. ¿Por qué hizo exactamente lo contrario? Es un interrogante al que habrá que encontrar respuesta. Lo cierto es que en lugar de promover la integración del aparato productivo que debía alejarnos del subdesarrollo, operó en sentido contrario, destruyendo lo ya existente […] Hay demasiada coincidencia, demasiada coherencia, para suponer que lo sucedido es obra del azar, de la impericia y de fallas de implementación” (Frigerio, 1981: 9).

La figura de Martínez de Hoz desde su último paso por la gestión pública en la dictadura causó un nivel de fascinación casi tan grande como el de la oscuridad que emanaba su persona. Muchas veces, existió la certeza de que en él se hallaba la clave indispensable para entender no solo la dictadura, sino también el quiebre económico y político argentino que produjo su accionar. Por ello mismo, no se puede negar que hubo una variada cantidad de trabajos y estrategias para abordar su figura y su gestión desde distintos ángulos. Aunque, desgraciadamente, casi todos lo hicieron con más voluntad que calidad.

En el momento en que estaba finalizando la gestión de Martínez de Hoz, hubo una gran efervescencia de publicaciones que pusieron el ojo investigativo en su gestión. Tal vez la más sonora, valga el chiste, fue la canción del conjunto de rock más popular de aquel momento, Serú Girán, que en su icónico disco Peperina le dedicó el tema José Mercado. Existió también una trilogía de libros compilados por Eduardo Varela-Cid bajo el título de cada uno de ellos de “Juicio de residencia a Martínez de Hoz” (el tomo dos tendrá el subtítulo “La vergüenza”, mientras que el tres “La patria financiera”), los cuales son compendios de acusaciones de ilícitos, indignaciones morales y repudios de distintos autores, en el que se pretende destapar unos supuestos escándalos de corrupción. Aunque valga aclararlo, de la enorme cantidad de denuncias y persecuciones judiciales que tuvo Martínez de Hoz en su contra una vez abandonada su gestión, en todas ellas terminó exonerado, incluso también una vez retornada la democracia (salvo en lo vinculado a crímenes contra los Derechos Humanos). Por lo que vale considerar que estas acusaciones son solo eso: acusaciones, en la mayoría solo morales, que no hacen al fondo de la cuestión ni permiten entender lo operado realmente bajo la gestión económica de la dictadura, pensando que lo que podría explicar lo realizado por el exministro es el supuesto afán de él o de su entorno de enriquecerse. Una explicación sin duda muy pobre. En un tono similar, está el trabajo de Walter Beveraggi Allende, también de 1981, con el elocuente título de El vaciamiento económico de Argentina orquestado por Martínez de Hoz. Otro abordaje primigenio fue el de Carlos Palacio Deheza, que en un libro de casi quinientas páginas dice que va a estudiar la gestión económica de Martínez de Hoz, pese a que realmente no lo hace, puesto que aun con esa gran extensión no realiza ni un solo aporte válido. Se pueden considerar también trabajos de referentes cercanos personal e intelectualmente a Martínez de Hoz, como el libro de Horacio de García Belsunce, Política y economía en años críticos, que es un recopilatorio de las notas que este publicó a lo largo de los años de la gestión de Martínez de Hoz, y aunque fue parte del mismo espacio y participó cercanamente al exministro, termina por lanzar largas quejas y lamentar la oportunidad perdida. En una dirección similar, aunque menos decepcionada, está la obra de Juan Carlos de Pablo, la cual está dedicada a los funcionarios de Martínez de Hoz y a sus familias; se trata de otra recopilación de notas y escritos realizados a medida que avanzaba la gestión. Todas estas publicaciones fueron del mismo año, 1981, cuando existía una obsesión mayúscula por comprender la gestión económica de Martínez de Hoz. No obstante, pasado ese año, el frenesí inicial por abordar la cuestión económica de la dictadura se esfumó hasta prácticamente desaparecer. Solo estuvo el libro de Carlos González, de 1984, titulado Ahora la Justicia, en el cual otra vez se vuelve a la carga con acusaciones judiciales contra Martínez de Hoz sin contemplar ningún aporte para explicar la lógica económica o de la política llevada a cabo.

Recién en 1991, diez años después del boom inicial, se publicó un libro en el que Osvaldo Barsky y Arnaldo Bocco obraron como editores, llamado Respuesta a Martínez de Hoz, motivados supuestamente en ‘responderle’ y desmentir otro libro de memorias que el exministro había sacado recientemente y en el cual este reivindicaba su propia gestión. Aunque en los hechos no ocurre nada de ello. Por empezar, porque el grueso de los artículos que componen el libro de Barsky y Bocco fueron escritos mucho antes de que Martínez de Hoz publicara el suyo, y no incluyeron en ninguno de los capítulos ni una sola palabra de lo dicho por el exministro. A pesar del título, entonces no hubo ni ‘respuesta’ ni diálogo, y a veces, ni siquiera investigación sobre lo que se planteaba. Fue más bien un esfuerzo para plantar una posición ideológica más que un verdadero abordaje. Fuera de esto, otra vez, el vacío volvió a invadir el tema por un largo tramo. Martínez de Hoz seguía siendo una figura central que a nadie le interesaba tratar, sobrevolando como un fantasma presente, pero sin cuerpo. Recién veinticinco años después existiría otro intento de tratar al todopoderoso ministro de la dictadura: fue en 2016 con el documental de casi tres horas y media de duración de Mariano Aiello, narrado por Osvaldo Bayer, el cual no realiza ningún tipo de agregado o novedad, sino que más bien vuelve a ensayar la pobre clave denuncialista. Todos los trabajos nombrados hasta ahora tienen muy bajo o nulo nivel, al punto de que nadie los lee, nadie los consulta ni nadie los cita. Puede ser crudo decirlo así, pero es la verdad: son aportes que no aportan nada. En el mejor de los casos, tienen buenas intenciones, pero ningún valor.

Increíblemente, a casi cincuenta años de haber irrumpido la dictadura, a pesar de la importancia central que ha tenido Martínez de Hoz en ella y en la historia del país, no hubo ningún trabajo de calidad que se dedicara exclusivamente a analizar su figura y su gestión. Martínez de Hoz parece ser una vaca voladora: algo grande, ostentoso, que pasa frente a nuestras narices y que todo el mundo ve, es algo muy llamativo e indispensable de entender cómo pudo ocurrir semejante fenómeno, no obstante, nadie ha hecho casi nada. La única excepción a todo esto es el libro de Jorge Schvarzer, La política económica de Martínez de Hoz, publicado en 1986. Aunque en realidad este no es “un libro” en sí mismo, sino una recopilación de textos de dicho autor ya publicados varios años antes, prácticamente mientras trascurría la gestión económica que investigaba. Con todo, a pesar de que los escritos son contemporáneos a los sucesos que aborda, es una obra excepcional y brillante, lo mejor y casi lo único que se publicó sobre Martínez de Hoz que valga la pena. Es un trabajo que, por el nivel de información, de análisis y sus líneas fértiles de investigación, merece ser destacado y valorado, ya que tiene una riqueza altísima. El único faro en la oscuridad sobre el tema.

El primer número de la revista Humor (01/06/1978) lo tendría a Martínez de Hoz en su tapa, algo que sería recurrente. En este caso, caracterizado como el director técnico (DT) de la selección de futbol, César Menotti, sugiriendo que el ministro era el DT del Gobierno

Ahora bien, que no hayan existido (repito: increíblemente) libros de investigación que se dediquen a abordar exclusivamente a Martínez de Hoz, su gestión o el peso de su figura dentro del Gobierno militar no significa que no haya existido nada. Hubo ensayos, algún capítulo de libro, abordajes parciales o artículos aquí y allá en revistas, pero no hubo tesis, libros o investigaciones exhaustivas, al menos de mi conocimiento, que se abocaran solo a tratar su paso por el Gobierno militar. A su vez, a pesar del gran vacío existente, tampoco significa que no hayan existido formas de entender lo que ocurrió durante esos años. Los quiebres y las transformaciones sucedidas allí son difíciles de negar porque han sido demasiado grandes. Es así que existieron tres grandes formas de entender el periodo económico de Martínez de Hoz.

Una de ellas, ligada a las corrientes del liberalismo y la ortodoxia económica, es la que responsabiliza por el cambio de patrón de acumulación ocurrido bajo la gestión de Martínez de Hoz al agotamiento del modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (llamado ISI). De esta manera, se señala que dicho modelo económico implicaba desequilibrios crónicos en la balanza de pagos, generaba presiones inflacionarias, conspiraba contra el sector agropecuario (el más competitivo a nivel internacional del país), era excesivamente estatista y proteccionista sin alcanzar los niveles de desarrollo tecnológicos logrados en otros países. Es por ello que se explica entonces la mutación, señalando lo siguiente:

a mediados de los años 70, este modelo de industrialización tenía implícito un conjunto de dificultades […] [Por lo tanto] ante las dificultades de recrear el dinamismo industrial en la sociedad argentina, la respuesta local no fue la de avanzar en el sentido de aprovechar los acervos tecnológicos acumulados en la etapa anterior, para superar sus dificultades, sino la de un intento de reforma estructural asociado a la apertura económica (Kosacoff, 1996: 127-128)3.

Las debilidades de este tipo de enfoque son muchas. Por empezar, debemos decir que, en los doce años previos al quiebre (1963-1975), la economía argentina creció a tasas muy elevadas, siendo las actividades industriales (especialmente la industria pesada y los sectores de mayor elaboración tecnológica) quienes actuaban como locomotoras de la expansión. Además, la capacidad de exportación manufacturera se estaba ampliando sostenidamente, a la par que se completaban los puntos neurálgicos de la matriz insumo-producto, de modo tal que había en los hechos no solo un modelo económico cerrado, sino uno ya hibrido, con tendencia a una apertura creciente, pues no solo sustituía importaciones, sino que también exporta bienes industriales. Todo ello, por su parte, se acompañó con un proceso de crecimiento de la productividad, del número de obreros ocupados, del tamaño de los establecimientos, suba de la composición orgánica del capital y de la inversión manufacturera. Es decir, se iba conformando un sistema integrado, robusto y abierto, propio de los países desarrollados con un sistema industrial maduro. Es que, con el tiempo, el proceso industrial argentino fue acompañado de un “aprendizaje” tras largos años y décadas. Este aprendizaje permitió pasar de productos en apariencia “sencillos”, diseñados para ser vendidos exclusivamente en el mercado local, a bienes cada vez más complejos y con calidad de exportación. A su vez, a través de los acuerdos comerciales con países de América Latina y del bloque socialista, se pudo apuntar a ganar mercados de manera más estable (Triador y Pinazo, 2021: 150). Por todos estos motivos, es muy difícil sostener la idea de “agotamiento de la ISI” para explicar el quiebre. En todo caso, se pueden reconocer problemas por sortear, pero no señalar a su dinámica como un proceso ya moribundo. Así, la explicación liberal del periodo resulta no solo pobre, sino insostenible empíricamente.

Dado esto, debemos decir que existe una segunda línea interpretativa, mayoritaria entre los autores dedicados al tema, que afirma que el quiebre estructural no se debió a motivos económicos, sino que ocurrió por causas políticas. Fue muy tempranamente Adolfo Canitrot el primero en esbozar esta teoría, en 1980, en un texto casi ensayístico; y luego, al año siguiente, en otro con un poco más de información y análisis empírico. Con ello, inauguró la línea tal vez predominante de interpretación del período, en la que sintéticamente afirmó:

El plan económico no fue sino parte de un proyecto político superior adoptado por las Fuerzas Armadas como solución de largo plazo a la situación de crisis social que se había llegado en la primera mitad de la década de los 70. En su diagnóstico, las Fuerzas Armadas habían concluido que, sin mediar reformas de fondo, la Argentina era ingobernable bajo el sistema democrático representativo. Más allá del ejercicio primero de la represión y más allá de la decisión de permanecer en el poder todo el tiempo que consideraran necesario, las Fuerzas Armadas se plantearon la tarea de modificar radicalmente la estructura de relaciones sociales e institucionales en que, a su entender, residía la causa primaria de la crisis. El objetivo de las Fuerzas Armadas fue el disciplinamiento social […]. El plan económico se elaboró atendiendo a ese proyecto político (Canitrot, 1981: 132)4.

Quienes adoptan este tipo de enfoques tienen muchos puntos a su favor para sostener su mirada. Sin embargo, chocan con tres grandes problemas. El primero es que, para explicar el quiebre estructural, en este caso justificado en una finalidad política, olvidan, paradójicamente, el análisis de la cuestión política, ya que muchas veces no se contemplan matices ni conflictos internos dentro de la conducción militar, al suponer que en el Gobierno existió una homogeneidad ideológica y programática total5. En segundo lugar, producto de esto mismo, le atribuyen demasiado poder a la elite gubernamental a la hora de diagramar su accionar, como si el plan a ejecutar hubiera estado ya acabado a la hora de iniciar el Gobierno y no, más bien, que se fuera construyendo en función de las relaciones de fuerza de cada momento y las diferentes coyunturas. Por último, quienes defienden esta visión tienden no solo a presentar al plan económico como ajeno a las controversias internas y a la evolución de los tiempos histórico-políticos, sino que también le adosan su elaboración, ejecución y beneficiarios a la elite empresarial de aquel momento, de tal manera que pareciera que dicha elite utilizó a los militares como simples instrumentos. Por ejemplo, se ha señalado que “no llama la atención que los sectores dominantes hayan gestado inicialmente estas modificaciones estructurales tan regresivas mediante una brutal dictadura militar que las impuso a sangre y fuego” (Basualdo, 2001: 14). Este último punto es tal vez el error más grosero de todos por dos motivos extras. Uno de ellos se debe al pobre supuesto de pensar que los militares fueron un dócil instrumento de las elites económicas. Otro es no contemplar, paradójicamente, que esa misma elite económica (a la que se suele representar como si no tuviera grietas y que supuestamente se vino a favorecer) tuvo una gran parte de sus miembros que se opusieron y batallaron contra las políticas de Martínez de Hoz y que, ya en el tramo final de su gestión, era considerado un enemigo irreconciliable que solo había llegado al Gobierno para perjudicarlas y provocar que sus empresas se fundan. Por lo que vemos que existen errores significativos y que dejan sin explicar importantes problemas empíricos del período abordado.

De este modo, teniendo en cuenta este tipo de dificultades, existe también un tercer tipo de interpretación. Esta mirada se concentra en criterios más contextualistas y en el análisis de la gestión económica, suponiendo una suerte de “plan sin planificación”. Así se ha señalado:

Quebrar un patrón económico preexistente para su reemplazo por otro no fue un “éxito” de Joe [Martínez de Hoz]; fue el resultado de un consenso más amplio y complejo. Sostenemos, además, que pensar en Joe tenía un ‘modelo’ en mente es sobreestimar la envergadura intelectual del entonces ministro y su equipo, que claramente se mostraron volcados a la gestión de corto plazo, con criterios oportunistas, dirigidos a la obtención de ganancias de corto plazo por parte de sectores concentrados (Müller, 2010)6.

A pesar de que este tipo de mirada pueda ofrecer señalamientos que vale la pena considerar, tiene dos grandes dificultades. La primera es, quizás, alejarse demasiado de la explicación política, dejando de lado la intencionalidad que tuvo la dictadura y, en especial, su ministro de Economía a la hora de buscar reformular el funcionamiento de la sociedad. Es verdad que el plan no estuvo totalmente preconcebido desde el inicio tal cual fue ejecutado, puesto que respondió a conflictos y a cambios progresivos del contexto, pero eso no quita que existiera un horizonte al cual se buscó llegar o que este pueda ser fácilmente minimizado. Así, es factible afirmar que pudieran existir algunos objetivos claros hacia los que apuntaron, pero que fueron los diversos vaivenes contextuales (sujetos a relaciones de poder, imprevistos, debilidades y fortalezas) los que terminaron por habilitar los distintos tipos de formas y medidas para alcanzar dichas metas. La segunda problemática que rodea a este tipo de interpretación, y que comparte con todos los enfoques anteriores, se debe a no consideran la voz de los protagonistas a la hora de llevar a cabo su gestión. Algo que sin duda es una debilidad muy grande. Es en torno a este último punto que se va a estructurar la propuesta de este libro, que atraviesa tres ejes.

La propuesta y el método

Yo, como Heráclito de Éfeso y el general Mitre en el Paraguay, no viá dejar más que fragmentos.

Juan Saer

 

Como es obvio y ya se ha dicho, este libro aborda con la mayor integralidad posible a la figura de Martínez de Hoz, tanto en su gestión como ministro de Economía como también en su rol del hombre fuerte, o directamente jefe, de la última dictadura militar. No obstante, lo importante también es saber cómo se lo hará, ya que el camino a transitar está integrado por tres estrategias y niveles que se articulan y complementan entre sí, ofreciendo una mirada bastante novedosa en relación con las que han existido hasta ahora sobre el periodo.

El primer nivel, tal vez el más importante de todos, implica reconstruir los diferentes objetivos, ideas y conflictos que atravesaron a la dictadura militar según los testimonios de los propios protagonistas que condujeron el país. Esto hasta ahora es una novedad prácticamente absoluta, porque no han existido trabajos que lo hicieran. Aunque valga la pena aclarar a qué me refiero con que “no han existido trabajos que lo hicieran”. Por un lado, me refiero a darle una prioridad total a la voz de quienes llevaron adelante el Proceso. Es decir, no otorgarle un papel meramente auxiliar, ilustrativo o menor, sino que sea su testimonio el que explique por sí mismo lo ocurrido, lo que quisieron hacer o los límites que encontraron a su accionar. Por supuesto, existen tal vez dos excepciones de temáticas de investigación en las cuales esto se pudo transitar. Una referida al discurso público sobre la represión. En este caso, se han realizado bastantes investigaciones sobre los agentes que perpetraron los crímenes de Estado, ya sea cuando torturaron, arrojaron gente viva al mar, secuestraron, asesinaron o demás atrocidades. También se han analizado los discursos y alegatos para justificar el terrorismo de Estado en sus diversas vertientes: “teoría de los dos demonios”, “ganar una guerra”, “salvar al país” o “enfrentar a la subversión”. Esto ha sido, efectivamente, un camino transitado7. Pero este camino, aun con sus aportes vitales, no focalizó, en general, sobre las altas esferas gubernamentales (y, menos aún, sobre la cuestión política), sino que esencialmente lo hizo sobre los cuadros bajos y medios del aparato represivo. Es decir, la mayoría de las veces se focalizó en quienes ejecutaron la represión, pero no en quienes la pensaron, la diagramaron y dieron las órdenes. Tampoco se estudiaron de modo sistemático los objetivos del Proceso o de la represión fuera del análisis de actas y reglamentos. Aquí, de nuevo, vemos que no se obró a partir del relato de los protagonistas, sino del frío e impersonal documento. Por otro lado, cuando efectivamente se les dio alguna voz en el análisis sobre los protagonistas o las altas esferas, esto o bien siguió estando muy cerca meramente de analizar el discurso represivo, por ejemplo, con respecto a los desaparecidos (Salvi, 2016b; Canelo, 2019), o bien solo a un aspecto puntual (García Holgado y Taccone, 2018). Nunca a la gestación, gestión o reconstrucción retrospectiva de lo que implicó gobernar. Podemos considerar como una excepción el libro del periodista Ceferino Reato (2012) que, a pesar de haber sido muy criticado en su momento, es un aporte fundamental. Es verdad que puede tener ribetes derechistas y muy conservadores, e incluso tal vez reaccionarios, y que también el nivel de la investigación histórica es bajo, pero sin duda la apuesta por darle a los protagonistas la palabra es un acierto que debe ser destacado y que solo con el tiempo se logrará valorar lo suficiente. Se pueden destacar otros tres casos similares, ya específicos de los temas que investigaron, como el libro de reportajes de Alberto Vercesi (2008) sobre la política económica, los aportes de Marie Robin, tanto su documental (2003) como su libro (2005), sobre la influencia de la escuela francesa en los planes represivos y también el trabajo de Isidoro Gilbert (1994) sobre las relaciones con la Unión Soviética.

Llenar todos estos vacíos no solo es fundamental, sino que cuando se lo hace resulta algo bastante revelador de muchos temas que en general no se conocen o son fuertemente desatendidos. Incluso, al escuchar sus propios relatos varias veces llama la atención el nivel de detalle o confesión que pueden tener, en muchas oportunidades por el cinismo, otras por la crueldad, la insensibilidad, el grado de odio, lo pobre de sus razonamientos o las evidentes contradicciones entre lo que deseaban que ocurriera y lo que efectivamente resultó (más adelante abordaremos esto). Incluso se puede apreciar cierta ingenuidad política y de gestión.

Pero, por supuesto, aquí puede aparecer un nudo significativo de problemas que se entrelazan entre sí. Ya Aristóteles anticipaba este tipo de dificultades al afirmar que “quien no conoce el nudo no es posible que lo desate” (Met 995a 30). Porque, a primera vista, puede resultar bastante ridículo, o al menos muy llamativo, que uno de los períodos más estudiados de la historia argentina haya sido la dictadura militar, pero que nunca o casi nunca se haya tratado de escuchar a quienes la llevaron adelante. Visto a la distancia, es verdad que es algo sorprendente. Creo que los motivos de fondo sobre esto son dos. Por un lado, cierta soberbia de creer que “es obvio” lo que quisieron hacer o por qué actuaron como actuaron, sin que fuera posible encontrar algo revelador en su decir. Más bien, las más de las veces se creyó que “no valía la pena” escuchar. Por el otro, como es también evidente, se juega aquí una cuestión ética.

En efecto, existe un debate al interior de los estudios de la memoria con respecto al valor o aporte que tienen los testimonios de los responsables de la perpetración de crímenes de lesa humanidad, del cual se desprenden dos posiciones encontradas. Por un lado, están las miradas que señalan que el aporte de estas personas es nulo con respecto al pasado, pues son puras mentiras y apologías para justificar las violaciones a los Derechos Humanos. Además, las más de las veces, sus declaraciones no aportan información novedosa ni arrepentimiento de las atrocidades realizadas, sino que se apoyan en lo ya lo social y jurídicamente probado, pero con sentidos provocativos o peligrosos (Feld y Salvi, 2016: 6). Por lo tanto, con su testimonio retraumatizarían a las víctimas al avalar políticas criminales, para, finalmente, proclamar discursos de odio y amplificar la intranquilidad política y social8. Aquí, entonces, el peligro ético es grande, porque se corre el riesgo de autorizar o legitimar a voces controversiales y sumamente dañinas, en la que de manera fácil se habilite una postura de reivindicación, de justificación o incluso de cierta romantización heroica de la violencia criminal. Por su parte, y en contraposición, otras vertientes consideran que, detrás de esos testimonios, hay una voz que merece ser escuchada, la cual, a su vez, puede reportar una verdad silenciada: no solo porque es un relato o posición que hay que considerar con respecto a los protagonistas de una época, sino también porque puede contener información valiosa en términos de revelar el funcionamiento de los mecanismos institucionales, las prácticas represivas y los objetivos criminales o políticos9.

No obstante, más allá de atender a las posiciones en conflicto, creemos que quien investigue periodos traumáticos en los que ocurrieron crímenes que violaron los Derechos Humanos no puede dejar de lado tres puntos vitales. El primero tiene que ver con escuchar las motivaciones, los diagnósticos y dilemas de quienes protagonizaron un tiempo histórico central y que tuvieron a su cargo la conducción del Estado, pues sus puntos de vista pueden colaborar con hacer más inteligible y comprensible los sentidos de las acciones realizadas. El segundo, tal como sugiere Salvi (2016a: 30), requiere ocuparse de la palabra pública de dichos responsables desde la posición de enunciación en la que la emiten. Es decir, abordarla teniendo en cuenta sus raíces éticas y políticas. Así, se podrá interrogar si son relatos reivindicatorios, de exculpación o, acaso, de arrepentimiento y de revisión de lo sucedido. A su vez, la deconstrucción de sus enunciados puede ser también un elemento de importancia para la discusión pública, ya que muchos de ellos pueden contrastarse fácilmente con la realidad. En tercer lugar, escuchar a los grandes responsables de crímenes tan terribles implica hacer el difícil y complejo trabajo de humanizarlos: ver que, a pesar de lo espantoso de su obrar, de lo calamitoso de su decir o lo nefasto de sus intenciones, lo que verdaderamente hay detrás de ellos son personas de carne y hueso, llenas de contradicciones y que, incluso, aún en lo siniestro de sus deseos, existía en estos cierto horizonte del ‘bienestar nacional’. Si bien una idea de bienestar nacional sanguinario, terrible y desquiciado, era el tipo de sociedad que buscaban construir y que es necesario considerar (y que implicaba llevarse a cabo con métodos crueles y criminales). A su vez, y lo más importante de todo, escucharlos muestra que no fueron “locos sueltos”, sino que hubo una lógica colectiva, una planificación y apoyo social e institucional en su accionar: no fueron ‘errores o excesos’ ni elementos impulsivos los que guiaron su obrar, sino un cálculo estratégico.