Maternidad intratable - Luisina Bourband - E-Book

Maternidad intratable E-Book

Luisina Bourband

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Beschreibung

«Una madre desbordada decide compartir la vivencia de la maternidad que, justamente, es intransferible. Si algo subyace –y reluce– en cada uno de los relatos es el diálogo interior, la contradicción permanente, la voluntad de compensar las dificultades. Quien se aventure en este libro encontrará un documento de época: pertenece a la literatura del yo porque no abandona su pretensión literaria ni la decisión de bucear en los misterios de esa aventura que es vivir y –en el caso de las madres– dejar vivir». 

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Veröffentlichungsjahr: 2020

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Le Pecore Nere

Narrativa breve

Bourband, Luisina

Maternidad intratable / Luisina Bourband ; ilustrado por Khalil Zenón. - 1a ed. - Rosario : Le Pecore Nere, 2018.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-46744-1-8

1. Narrativa Argentina. I. Zenón, Khalil , ilus. II. Título.

CDD A863

© Luisina Bourband, 2018

© Khalil Zenón, 2018

© Le Pecore Nere, 2018

Publicado por Editorial LE PECORE NERE

Juan Manuel de Rosas 2254 “1”-2000- Rosario-Argentina

Tel.: (549) 341-353-1825

http://www.pecorenereeditorial.com/

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Impreso en Argentina

Prohibida al reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.

Diseño de tapa: Mariafrancesca Capoderosa

Corrección: Marilina Negri

El convite de una travesía

Los textos que componen este libro, otro pero único, sobre la experiencia de la maternidad fueron publicados durante un tiempo como contratapas en Rosario 12. Y hoy se compilan en un volumen que deja ganas de más. Más relatos de ese tono ligero pero sustancioso. Más días con esa madre desbordada pero siempre con un espacio para pensar, para escaparse un segundo, para burlar el mandato y buscar el deseo. Sí, son relatos de una madre desbordada decidida a compartir esa vivencia que, justamente, es intransferible. Es cierto que se inscriben en el transitado género sobre las desventuras y aventuras de las madres contemporáneas, pero son mucho más que eso.

En primer lugar, tienen un condimento especial, ese algo más que los hace tan deliciosos como desafiantes. Es que Luisina, en su escritura, desliza frases como «el multitasking es incesto», y referencias permanentes sobre lo que el psicoanálisis puede decir de la maternidad, nacidas de su profesión. «Una de las pocas cosas que me quedan claras de la maternidad es que nada es natural. Todos los momentos requieren un esfuerzo de comprensión, un trabajo físico extra, un encuentro con nuestro propio límite existencial», arroja en un frenético texto sobre la demanda de su hija pequeña.

La maternidad es una fuente inagotable de preocupaciones, delirios, una puesta en acto de nuestros límites. O al menos eso imagino yo, que nunca fui madre y desde el momento en que Luisina me pidió el prólogo me pregunto por qué justo a mí, que no podría nunca dar cuenta de esa experiencia, porque no la viví.

Por suerte, los textos de Luisina no tienen ninguna referencia académica, más allá de alguna anécdota sobre un concurso rendido sin dormir por causa de la salud de la beba. Al contrario, transitan entre lo hilarante y lo reflexivo. Cuando se pregunta si alguna de sus decisiones perjudicará a sus hijos lo hace como lo haría, únicamente, una psicoanalista, con un sesgo que toma lo anecdótico para anudarlo en un sentido.

Cada una de las maternidades intratables se convierten también en una mirada –desde lo cotidiano– hacia lo inclasificable de ese tránsito, hacia la posibilidad de hacer desde el deseo, y cómo ese deseo es tan lábil: va más allá de esas personitas en las que ella, esta madre, deposita dosis iguales de expectativa, ternura, amor y hartazgo.

Que sean deliciosos es la puerta de entrada. Su gracia es que son escenas identificables, al mismo tiempo en que encuentran las palabras para plantear ese algo más que te deja pensando en cada punto y aparte. No son textos teóricos sobre la maternidad, ni mucho menos, pero tienen un sustrato particular. Esa madre es palpable en cada relato, y es también alguien que se hace preguntas. Que está dispuesta a dejarse interpelar por esa tentación de «ser todo para alguien» que es la maternidad, y decidir por su propio deseo.

Si algo subyace –y reluce– en cada uno de los textos que componen este libro es el diálogo interior, la contradicción permanente, la voluntad de compensar las dificultades. Cuando se puede.

Lejos de los mandatos ya vetustos –y siempre imposibles– de la abnegación materna como único destino de una vida, de la realización personal centrada en el deseo de ese otro que son los hijos, Luisina retoma las preguntas que seguramente –en otro tono, con otras estrategias– se hicieron siempre aquellas mujeres que decidieron tener hijos sin renunciar a su propia vida, a su propio deseo y pudieron así habilitar a sus hijos a hacer lo mismo.

Quien se aventure en este libro encontrará un documento de época: pertenece a las literaturas del yo porque no abandona su pretensión literaria ni la decisión de bucear en los misterios de esa aventura que es vivir y –en el caso de las madres– dejar vivir.

Sonia Tessa

Rosario, noviembre de 2017

1. Destrucción de la noche

9:05 p.m. Junto cuatro pañales sucios del piso. Otro que asoma debajo de la cuna. Todavía se escuchan las voces de Mini Espías que salen del dvd. Por momentos el volumen funciona, pero a veces los botones empastados con algo que parece un dulce de leche añejo impiden el normal funcionamiento. El sesenta y seis por ciento de los niños está dormido, resta el treinta y tres.

9:10 p.m. Bajo mientras siento el sonido de mis rodillas. Tendría que ir a la kinesióloga, a su vez no podría respetar el régimen al que te obligan para domesticar el sufrimiento óseo. La ropa descolgada del tender sigue arriba de la mesa. Abro la heladera. Puré mixto, bandejas aceitadas de la rotisería coreana. Puaj. Sin hambre, pero arreglarme con un yogur sería suicidar el jirón de libido que me queda, estrangularlo. Y lo necesito para escribir. Porque cuando tenga el noventa y nueve coma nueve por ciento dormido (el número periódico siempre está marcando la posibilidad de que se despierten), ahí empieza mi día. De noche.

9:55 p.m. Me debato entre extender mi día laboral haciendo las cosas de la casa y ponerme a escribir, mientras lavo los platos. Para cuando me decidí, ya brillan en el secaplatos. La posibilidad de que las hormigas tomen la cocina puede más.

11:00 p.m. Un sándwich de salame después. Otro capítulo de lo que no tenía que leer: Construcción de la noche no sirve ni para dar clases, ni para escribir para el taller. Sólo abre un hipertexto más en mi vida. Ni hablar de los no abiertos que joden por inconclusos, como ser: todo Lacan, el epistolario de Freud y los clásicos literarios.

Me repiquetea el cantito de Dora la Exploradora. Coreo Arroz con leche, me quiero casar, en versión hippie (léase percusión, ropa de modal de vivos colores), que encontré en Youtube intentando aquietar las mentes infantiles con fiebre. Llego a abrir la puerta para ir a jugar sin escalas. Cuento las tapas de los libros que estacionaron en mi pieza porque ya no queda lugar, las ordeno mentalmente por colores que van del transparente al negro, porque la biblioteca… Acordarme de llamar al carpintero para cambiarle el día.

Será que considero estado de excepción a lo que ya se ha instalado y tiene un prolífico futuro. Un chirlito y un besito, decía mi madre que le había dicho su madre. También mi madre dijo, cuando le pregunté si creer en Dios, vos creé por las dudas. Con lo que me falta analizar de mi madre me duermo.

2:58 p.m. Veo el reloj después de un largo período en el que quedé con tortícolis por dormirme amamantando. No recuerdo cuánto ni a quién.

4:02 p.m. Voy caminando por el sendero de una universidad madrileña, y piso una rama. En duermevela resulta ser el golpeteo sobre mi extremidad inferior derecha que hace el padre de las criaturas con su dedo gordo del pie, mientras arrulla a alguno. Cuando lo enfoco con dificultad me hace señas para que comprenda algo, a lo que contesto: ya le dí, sí, no, qué hora es, no por favor, ajá.

Mientras tanto sueño con una paciente que ha vuelto después de un tiempo. El consultorio está en mi casa, con unos sillones que siempre quise tener. Mi hijo más grande se mete por la ventana, abriendo unas persianitas como las de Nueve semanas y media. También quiere entrar por la puerta y trato de impedirlo en una lucha cuerpo a cuerpo. Mi paciente se ríe. Mi propia risa es lo único que sale como testimonio de mi presencia y de mi ausencia de palabras.

5:42 p.m. Uno de los bebés se despierta como para correr una maratón. Gorjea como un gorrión practicando su futura voz. Bajo para evitar que la rueda de la fortuna empiece a girar desde tan temprano. Cargo su peso, su vitalidad, sus ojos, mientras me crujen las rodillas. Pongo la pava, cambio el pañal. Sólo faltan dos horas para que llegue el hada madrina, nuestra imponderable empleada. Porque hoy sí, de hoy no pasa. Hoy escribo.

2. Madres por deporte

Fútbol

Está por patear desde un lateral, de las medias a la gorra vestido del Barsa. Su rubio tiene mechones más claros, probablemente logrado a cloro de pileta. «¿En qué arco tienen que hacer el gol los azules?», pregunta el profesor para ubicar a la marea infantil acerca de lo que están haciendo. Mi hijo juega pan y queso sobre la línea blanca que parte la cancha en dos.

Siempre me gustó el ruido a club. Pienso si la gente de los edificios lindantes tendrá el mismo disfrute.

Otro rubio de setenta centímetros de humanidad atraviesa la cancha a velocidad ardilla; vuela en pantalón modal rayado y zapatillas Nike flúo diminutas. Su vestimenta connota la escrupulosidad estética de la madre, que grita sin interrumpir el diálogo en el que está inmersa: «Beniiitoooooo». El bebé devenido prematuramente a niño, acostumbrado, no responde. O responde, corriendo más rápido. Le cuelgan los pañales. Lo alcanza de un tirón mientras dice «…nos vamos a Disney, pero a éste no lo llevo», para depositarlo de este lado de la raya, y que todo vuelva a empezar. La raya para él no es un límite, es la grilla de largada. «Beniiiitooooo… ¡mirá que no te quiero más!».

La madre, desde su niñez, desaloja al hijo. No hay lugar para los dos.

Al lado, una morocha «recienllegada», con la languidez y la piel lisa que le ha donado su clase social, le dice al entusiasta profesor: «Lo traigo para probarlo, a ver cómo juega, porque me quiero salvar». No pertenece (todavía) al grupo de madres líderes, las que llevan la batuta. Mira embelesada a su pequeño rubio con camiseta como una túnica. Un querubín que conserva rasgos de bebé. A mí me confiesa, un poco más modesta: «Lo traigo porque vive entre mujeres, para que patee la pelota un rato».

Intento hacerme una idea de su vida, al mismo tiempo que veo entrar un hombre de edad media, canoso, de traje y andar seguro. No camina, flamea como un Alain Delon criollo. Su cara es idéntica a la de la madre del querubín. «Ahí viene el abuelo», dice ella con regocijo. El patrón del gineceo.

Se me cruza por la cabeza la frase que puso en Twitter Romina Gaetani cuando murió su padre: «Mi vida toda tuya». Lo leí en la Pronto atrasada que me trae mi madre cuando viene de visita.

El abuelo supervisa las patadas del nieto. Bajo su mirada todo se tranquiliza. «Mirá la pelota», le indica.