Maternidades precarias - Diana Oliver - E-Book

Maternidades precarias E-Book

Diana Oliver

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Beschreibung

Un texto brillante, lúcido y explosivo sobre la experiencia de la maternidad en la sociedad actual. Un debut literario extraordinario. «Mamá es el nombre por el que me llaman mis hijos. Y yo acudo como un río. Desde que llegaron todo ha ido transformándose. El léxico que utilizamos, el tiempo, los miedos, el paisaje, los cuerpos. Las urgencias. La casa se ha llenado de montañas de libros infantiles y dibujos que muestran figuras sonrientes en una jungla multicolor. Ahora nuestra percepción del mundo es otra. Todo se presenta como un peligro o como una oportunidad. Igual que las preguntas que recorren este libro. ¿Dónde nace el deseo de ser madre? ¿Somos realmente libres para decidir cuándo, cómo o con quién tenemos hijos? ¿Qué necesitamos para vivir una experiencia de la maternidad más grata? ¿De qué dependen nuestros malvivires maternales? ¿Qué exigencias nos imponen? ¿Cuáles nos imponemos? ¿Somos las madres que queremos ser o las que podemos ser? ¿Quién cuida a las madres? ¿Cómo cuidamos? ¿Podemos cuidar en un sistema que solo vela por lo productivo? ¿Llegaremos a desproblematizar la maternidad? La maternidad es un alambre fino sobre el que caminamos como funambulistas. Muchas mujeres lo atravesamos sin red, intentando mantener un equilibrio imposible mientras avanzamos con los ojos cerrados».

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Seitenzahl: 220

Veröffentlichungsjahr: 2022

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MATERNIDADES PRECARIAS

 

 

© del texto: Diana Oliver, 2022

© del prólogo: Silvia Nanclares, 2022

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: abril de 2022

ISBN: 978-84-18741-50-0

Diseño de colección: Enric Jardí

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Maquetación: Àngel Daniel

Producción del ePub: booqlab

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Diana Oliver

MATERNIDADES PRECARIAS

SUMARIO

PRÓLOGO: LAS PREGUNTAS ADECUADAS

INTRODUCCIÓN

1.   EL DESEO DE SER MADRE

La maternidad no es un destino

El precio de un deseo

No ser madre

Ser madre, a pesar de todo

2.   DIME TUS CIRCUNSTANCIAS Y TE DIRÉ CÓMO VIVES LA MATERNIDAD

Trabajar para vivir

El laberinto de la vivienda

Malabares

Solas

Un mundo hiperexigente

3.   LAS CONSECUENCIAS

Quién cuida a las madres

Expiación

Sin planes a largo plazo

Instantáneas de insatisfacción

4.   HACIA NUEVAS CONSTRUCCIONES

Mercantilizar los cuidados

Equilibrio feliz

La burbuja de los padres que cuidan

Desproblematizar la maternidad

EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

BIBLIOGRAFÍA EN CONSTRUCCIÓN

A Mara y Leo, quienes me llaman mamáy (me) construyen cada día.A Adrián, a quien no me canso de admirar.

 

NOTA DE LA AUTORAAlgunos de los nombres de las personas que recorren este libro han sido cambiados para preservar su intimidad.

PRÓLOGO

LAS PREGUNTAS ADECUADAS

«Eres la mujerque se desdobla y recuerda[...]la que desea elevar sobre la inercialas preguntas adecuadas».MARÍA RAMOS, Siamesa

Así acaba el poema que abre el poemario Siamesa, de María Ramos, donde la poeta escribe a partir de su embarazo casi adolescente («Demasiado pronto, animal obsceno»), ese que la convierte en «siamesa» de su hija. En este libro que estás a punto de leer, es Diana Oliver quien se eleva sobre la inercia y la lucha contra la materia y el tiempo diarios que conllevan la maternidad contemporánea en este tiempo acelerado, de exigencia hiperproductiva y mal pagada. A través de estas páginas, Diana nos regala, además del relato de las renuncias y el agotamiento, la escritura robada a dentelladas donde preguntarse e indagar no solo en favor de su propio discernimiento, sino como apuesta colectiva.

Maternar: experiencia límite y transformadora que ya quisieran Lou Reed y Albert Pla para sus lados más salvajes de la vida. La más salvaje y la más domesticada por ello al mismo tiempo, puro suelo fértil de ambivalencia, como ya nos mostró la compañera, también poeta, Adrienne Rich. Invisibilizada como lo que es, uno de los procesos vitales más potentes de la vida humana. Idealizada, santificada, demonizada, opinada, vigilada. Diana, periodista especialista en crianza y escritora precisa, como demuestra en este libro, mira cara a cara a la esfinge de la medusa. De la medusita. La de nuestra cotidianidad, la de nuestras luchas diarias, épica sin portadas. Ella se acerca a un montón de tópicos para desmontarlos, diseccionándolos con un ojo puesto en la experiencia propia y otro en la institución, siguiendo con Rich.

Conocí a Diana Oliver un mes antes de parir. Como ella misma cuenta en estas páginas, yo impartía un curso de verano sobre maternidades y escritura en Fuentetaja. Lo impartía porque estaba estupenda, tanto física como psicológicamente: esplendorosa. Solo el último día les confesé lo avanzado de mi embarazo. Y les propuse que nos volviéramos a ver en otoño. Porque mi plan era seguir siendo la misma después del parto. Seguiría escribiendo, leyendo, montando talleres. Por eso probablemente, por eso y porque necesitaba el dinero (o más bien huir de esa certeza constatable de que la maternidad empobrece económicamente a las madres), cerramos nuestra siguiente quedada en las aulas para septiembre. Compartí la baja con mi chico (en 2018 los permisos no eran iguales) y le regalé parte de mi permiso como quien aprieta fuerte el talismán de la crianza igualitaria. Si yo no cambio, «esto» no podrá conmigo. En aquellos sábados nublados leímos juntas a algunas de las autoras que Diana menciona aquí, y cambiamos el nombre del taller por el de «Maternituras» (un fantástico cruce entre maternidades y cultura que se le ocurrió, claro, a Diana, en connivencia con su sister: Pilar Cámara).

Lo que yo no sabía era que estaba huyendo. Huía del vértigo del vínculo insondable con mi hijo recién nacido, de ese miedo atávico a dejar de ser yo, del pánico a desaparecer como escritora y como lectora, de quedarme sin amigas, de verme recluida en el nuevo hogar, de descolgarme del mundo laboral. Y ese fue el subterfugio que encontré: los talleres, un curro donde poder encontrarme con mujeres potentes que me obligaban a leer y escribir. No sé cómo lo hicimos, pero de allí salieron varias amistades y libros que ya existían como embriones de días, igual que este que nos ocupa. Meses después, me metería la hostia de mi vida. Mi glándula tiroides dijo hasta aquí y se detuvo en seco. Un cansancio abismal que yo achacaba al posparto me obligó entonces a parar: entré en la logia extensa y silenciosa de las hipotiroideas. Asumí mi condición de madre precaria. Yo había corrido, pero el puerperio siempre es más rápido y si no te envuelve en su momento, volverá para cobrarse su atención más adelante. El taller también tuvo que parar momentáneamente, y meses después, la pandemia fue la estocada: nos encerró a todas aún más en esa vida sin separación alguna entre lo productivo y lo reproductivo, y nos confesamos incapaces de seguir sacando la cabeza para encontrarnos. Eso sí, nos acompañamos también en ese no poder. Diana siempre estuvo ahí, con su deseo y su vulnerabilidad a flor de piel, al mismo nivel, con la misma intensidad, determinación y compromiso de seguir haciéndose las preguntas adecuadas que mantiene en este libro.

¿Cómo podemos seguir sosteniendo estas maternidades? ¿Qué hacemos con la culpa inherente a toda maternidad precaria? ¿Cómo nos sacudimos el resentimiento de género ante las desigualdades que habitamos? ¿Qué pasa con los padres que cuidan? ¿Cuidan igual? ¿Se ven penalizados igual? ¿Cómo sería repartir la carga mental más allá de la pareja y de la familia nuclear? ¿Cuántas manos se necesitan para criar felizmente? ¿Cuántos servicios públicos robustos? ¿Se acaba alguna vez el agotamiento y la frustración de la crianza cuando la vida no está hecha para cuidar? ¿Cómo hacemos para tener una buena vida y una buena crianza si el trabajo productivo lo empapa todo? ¿Qué preguntas tenemos que hacernos y hacer para acabar con las violencias que transitamos diariamente como madres? ¿Dónde nos encontramos unas con otras entre nuestros privilegios precarios?

A través de los puntos certeros de sus interrogaciones, llenos de imágenes, reflexiones, citas, cavilaciones y memoria, Diana nos abre el disco duro de su maternidad, sus reflexiones, investigaciones y lecturas para que nos reflejemos en ella. Su casa desordenada, como la mía; su lengua fuera, como la tuya; sus insatisfacciones y expectativas frustradas, como las de todas; dudas y contradicciones que conviven con el profundo goce y amor que la maternidad le (nos) proporciona. Necesitamos más madres preguntonas, más madres reflexivas, más maternidades puestas al sol, al aire, con las heridas fuera hasta que se haga costra en compañía, con el gozo al aire para que se sepa todo, y no solo la dificultad implícita, las quejas y los miedos insalvables.

Yo también escribo este prólogo en la mesa del salón. Rodeada de cachivaches propios del cuidado y los juegos de la primera infancia. Mi escritorio lleva meses convertido en cambiador. Mi casa, colonizada desde hace cuatro años por presencias pequeñitas. Y por el agotamiento estructural. Gracias, Diana, por abrir las ventanas de nuestras casas y dejar que vuelen los papeles hasta traer tu libro. Por airear hasta el último armario con este texto explosivo. Me imagino a Diana quitándose mérito al leer mis palabras, siendo humilde hasta el rubor. La belleza de su escritura, la precisión de sus imágenes, que nos golpean, desmienten ese color tomate. Le tomo la palabra: «Necesitamos nuevos conceptos, pero también más preguntas. Sigamos».

SILVIA NANCLARES

NOTA: Este texto ha sido escrito con múltiples interrupciones propias de la crianza de dos criaturas de tres años y medio y nueve meses. Urgente y llena de tachones y olvidos. Esta es la escritura que deja la maternidad. La reivindicamos orgullosas.

INTRODUCCIÓN

«¿Qué hacían mis manos antes de tenerle?».SYLVIA PLATH, Tres mujeres

Mamá es el nombre por el que me llaman mis hijos. Y yo acudo como un río. Desde que llegaron todo se ha ido transformando. El léxico que utilizamos, el tiempo, los miedos, el paisaje, los cuerpos. Las urgencias. La casa se ha ido llenando de montañas de libros infantiles y de dibujos que muestran figuras sonrientes en una jungla multicolor. Nosotros ya no somos sino corredores de fondo, que saben que no hay otra meta que alcanzar que desfallecer en el sofá cuando llega la noche y ellos ya duermen. ¿Cuántas noches de sueño intermitente nos quedarán?

Ahora nuestra percepción del mundo es otra: todo se presenta como una oportunidad o como un peligro. Como las preguntas que recorren este libro. ¿Dónde nace el deseo de ser madre? ¿Somos realmente libres para decidir cuándo, cómo o con quién tenemos hijos? ¿Qué necesitamos para poder vivir una experiencia de la maternidad más grata? ¿De qué dependen nuestros malvivires maternales? ¿Qué exigencias nos imponen? ¿Cuáles nos imponemos? ¿Somos las madres que queremos ser o las que podemos ser? ¿Quién cuida a las madres? ¿Cómo cuidamos? ¿Podemos cuidar en un sistema que solo vela por lo productivo? ¿Llegaremos a desproblematizar la maternidad? Tengo la sensación de que nos estamos despegando trocitos de patriarcado con los dedos mientras aceptamos un baño de barniz neoliberal.

La maternidad es un alambre fino sobre el que caminamos como funambulistas. Muchas mujeres lo atravesamos sin red, intentando mantener un equilibrio imposible mientras avanzamos con los ojos cerrados. ¿Qué se necesita para ser una acróbata adecuada? Sentimos en nuestras carnes la desinversión constante en políticas sociales. La soledad de los cuidados. El dedo inquisidor que nos señala cuando no se encaja en el modelo imperante. La maternidad se ensalza nominalmente, pero esto no se traduce en hechos a nivel social ni institucional. Ni siquiera a nivel personal le damos la transcendencia que tiene engendrar vida, cuidar esa vida. Recuerdo que cuando dejé mi trabajo para cuidar a mi primera hija me dijeron que sería un error. Que aquello era imprudencia. ¿Qué ocurre cuando tienes un trabajo alienante, cuando la precariedad te impide tener una vida vivible, cuando quieres cuidar? Sería interesante saber cuántas mujeres emprenden proyectos laborales precarios para poder afrontar sus crianzas; aunque luego descubran que esto solo es un trampantojo. También cuántas no tienen más remedio que seguir en trabajos precarios para sobrevivir. Cuántas pueden tan solo replanteárselo. Nos gusta decir que todos los trabajos son dignos, pero ¿cuántos lo son de verdad? ¿Qué trabajos imaginamos para nuestros hijos? ¿Cómo los proyectamos?

Se habla de tener una habitación propia, pero yo ni siquiera he llegado a tener un escritorio propio. Trabajo y escribo en el salón, en una mesa que se esconde cuando se pliega para olvidar a ratos lo que queda pendiente. A la derecha hay un mueble con varias pilas de libros de autoras. Acudo a ellos una y otra vez. Releo. Subrayo. En sus páginas está todo lo que importa.

Tengo dos hijos sanos, bellos, salvajes. Un trabajo que viste con ropas bonitas. Un techo. Saldo emocional. El derecho universal de la queja en mi bolsillo para cuando necesite utilizarlo. Mis privilegios precarios.

Por suerte la mesa en la que escribo está pegada a una ventana que me trae rayos de sol cada mañana.

1

EL DESEO DE SER MADRE

«La maternidad no deseada debe ser como una especie de trabajo forzado. Nueve meses con grilletes y esposas, cadena perpetua, después».CARME RIERA, Tiempo de espera

¿Dónde nace el deseo de ser madre? ¿En qué momento tener un hijo se convierte en algo irrenunciable? ¿Cuánto hay de construcción social en ese anhelo? ¿Naturaleza? ¿Irracionalidad? Sostengo las preguntas y mis manos se hacen pequeñas.

Tengo cinco años y estoy frente al cuco de mimbre en el que duerme mi hermano. Es la primera vez que tengo un bebé tan cerca. Lo observo. Está tumbado boca arriba y tiene la cabeza de lado. Sus brazos, con los puños cerrados, están apoyados en la parte alta del colchoncillo. Con su gesto parece que estuviera a punto de rendirse. Me agacho y lo toco. Lleva un pijama de punto azul de una suavidad implacable. Podría pasar por un muñeco si no fuera porque su estómago se hincha y se deshincha delatando su respiración. Arriba, abajo. Hay algo de hipnótico en ese movimiento. Es aquí, en este instante, cuando aparece la idea de mi propia maternidad. Es una idea abstracta, resbalosa, que se escurre entre los pliegues de los muslos de mi hermano. ¿Que yo puedo ser madre? Pienso en ello por primera vez.

Los años que siguieron a aquella revelación supongo que le fueron dando forma. Jugaba con mi muñeca Chabel y sus mellizos, que vivían en una enorme caravana rosa. Aquella caravana, que apareció bajo el árbol una mañana de Reyes y que mi abuelo conservó en su trastero casi cuarenta años, tenía de todo: una mesa, varias sillas, una cocina equipada hasta el último detalle, una cama, juguetes… No faltaba el mínimo detalle para que la vida fuera perfecta dentro de aquel entramado de plástico. Yo hablaba por aquellos muñecos. Les ponía la comida, los preparaba para dormir, los vestía y desvestía. Dicen que este tipo de juego nos permite en la infancia interactuar con una representación de nosotras mismas en función de lo que vemos a nuestro alrededor. Que con el juego simbólico reproducimos la realidad. Yo llevaba aquellos juegos por caminos que sentía prohibidos, como lo hacía Marina en Vozdevieja. Me interesaba saber cómo se hacían esos bebés, y esto se mezclaba de forma indisoluble con la representación de todo lo demás.

Con quince años conocí a mi primer novio, con el que daba por hecho que tendría hijos. Varios. No muchos, pero tampoco solo uno. Lo hablábamos en los bancos del parque en el que nos escondíamos a besarnos y a tocarnos como marionetas de unas hormonas poderosas y de una curiosidad que no paraba de crecer. Aquello, lo de los hijos, lo sentíamos tan lejano que sonaba irreal cuando la palabra salía de nuestras bocas. De hecho, en aquel momento el embarazo sería esa amenaza de la que hablaba Simone de Beauvoir en El segundo sexo donde defendía que la mujer pasa por diferentes fases en cuanto a la idea de ser madre: si la maternidad en la infancia es un juego, en la adolescencia es una amenaza contra la «integridad de su preciosa persona», y o bien la rechaza completamente o bien la teme mientras la desea. Dice también Beauvoir que «la sociedad humana nunca queda librada de su naturaleza», pero la función reproductora ya no está exclusivamente controlada por el «azar biológico», sino por «voluntades».

Aquel primer amor se acabó al llegar a los veinte y con su final aquellos planes de futuro saltaron por los aires. Después hubo otras relaciones, y apareció un sentimiento ambivalente hacia la maternidad que nunca he sabido muy bien cómo interpretar. Pasaba del «yo quiero tener hijos» al «yo nunca tendré hijos» con tanta facilidad que al ir acercándome a la treintena empecé a preocuparme por no tener una idea más clara de lo que quería. ¿Qué fallaba en mí? Recuerdo decirles a mis amigas que yo no me dejaría atrapar por la desidia de los días iguales, por el aislamiento que veía en mi madre. El sonido insoportable del aspirador cada mañana. Los enfados y las renuncias. Temía por mi integridad física durante el parto. De esto también habla Beauvoir, de cómo a muchas mujeres «las horroriza el trabajo biológico del parto» y «se niegan a engendrar». La maternidad era algo perturbador y los niños un universo desconocido. Sin embargo, dentro de mí, como un amasijo de lanas y cuerdas, estaba también la idea recurrente de la construcción de un hogar en el que habría niños. El embarazo y el parto serían un trámite para llegar a alcanzar ese deseo. Podría sortear la alienación. Me proyectaba con el kit completo pero, de nuevo, con la mirada puesta en un futuro impreciso. Porque en toda la década de mis veinte no hubo ni pareja adecuada ni condiciones laborales y económicas que hubieran dado pie a la satisfacción de esa «voluntad».

LA MATERNIDAD NO ES UN DESTINO

Adrienne Rich escribía en Nacemos de mujer que experiencias como la maternidad y la sexualidad habían sido encauzadas «para servir a los intereses masculinos». Hablaba de la institucionalización de la maternidad como herramienta para el control del cuerpo de la mujer y la supervivencia del patriarcalismo. Una institución muy alejada de la vida real de las mujeres, de sus deseos y sus necesidades, y alimentada de la sumisión de la mujer a su destino biológico y social. Así, todo aquello que amenaza tal institución como el aborto, el lesbianismo o la infidelidad se consideran «desviaciones y actos criminales». Rich fue madre en Estados Unidos de los años cincuenta sin saber muy bien cuál era su deseo. «Mi marido habló con ansia de los hijos que tendríamos; mis suegros aguardaron el nacimiento de su primer nieto. Yo no tenía ni idea de qué deseaba, de qué podía o no elegir. Sabía tan solo que tener un hijo presumía asumir plenamente la feminidad adulta, que era “demostrarme a mí misma” que yo era “como las demás mujeres”». ¿Quién era ella y quién sentía que estaba obligada a ser? Para empezar a derribar la institución había que romper tabúes, cambiar la estereotipada idea de lo que es ser madre, pero también devolver el control de sus cuerpos a las mujeres. Dice la periodista y escritora Carolina León en el prólogo del ensayo de Rich, escrito en 1976, que, si pudiéramos hablar con su autora, probablemente nos diría que la institución de la maternidad de la que hablaba no ha sido tocada. Que sus estructuras siguen intactas aunque ahora se haya enmascarado bajo el paradigma de la elección. «Aunque parezca que las mujeres han ganado un pequeño margen de acción y decisión, la gestión de sus maternidades va a estar estrechamente vigilada por el entorno. Y cuanto más pobre, más vigilada», escribía. Vigilada, y condicionada.

Me pregunto qué pensaría hoy Simone de Beauvoir. En El segundo sexo hablaba de la maternidad como una «desventaja» para poder acceder a la autonomía y a otras formas de «realización». No la rechazaba —como aclaró en muchas entrevistas a lo largo de los años—, pero sí creía que la sociedad y la cultura moldean desde la infancia a las mujeres, inculcando la idea de que la maternidad es la forma completa y última de la mujer; lo que convierte la maternidad en una imposición, en un hándicap,1 anulándose otras opciones vitales. «No se nace mujer, se llega a serlo», escribe. Ella planteó en 1949 que «el control de la natalidad y el aborto legal permitirían a la mujer asumir libremente sus maternidades». El círculo lo cerraba incluyendo la práctica normalizada de la inseminación artificial como garantía para complacer el deseo de ser madre cuando no se daban las circunstancias, bien por infertilidad de la pareja, bien por no tener «trato con hombres».

Hoy muchas mujeres nos enfrentamos a la maternidad como si se tratase de un asunto racional. Meditado. Planeado. ¿Qué nos motiva a ser madres? ¿Se puede explicar el deseo materno? «Hablar de deseo es hablar de pulsión», escriben la psicóloga Patricia Fernández Lorenzo y la psiquiatra Ibone Olza en Psicología del embarazo. Ellas plantean el deseo materno como una parte más de la sexualidad femenina de la que no se puede prescindir «en nombre de la necesaria libertad de elección de la mujer». El aspecto pulsional existe, aunque nos resulte incómodo históricamente, pero la construcción del deseo va más allá de esa pulsión e incluye motivaciones profundas —identificarse con la propia madre, satisfacer necesidades narcisistas o recrear lazos de personas perdidas en un hijo—, el peso de las circunstancias que envuelven a la mujer —reconocimiento personal, reforzar la identidad, la necesidad de transcender, la presión del fin del momento biológico—, los mandatos familiares que dictan lo que se espera de nosotras o la situación de pareja. Detrás de cada deseo de ser madre hay una historia y un sentir diferente.

¿Ser madre ya no es un destino? ¿La maternidad ya no es esa masa homogénea en la que desear ubicarte para tener relevancia social? ¿Sigue ahí ese ideal materno del que hablaban Rich o Beauvoir? ¿Elegimos libremente si queremos «trascender» a través de la maternidad? Las preguntas van cayendo como las fichas de un dominó. Encuentro la misma respuesta: depende del lugar que ocupes en el mundo y de tu biografía personal. Hemos pasado de «tener que tener hijos» a «no poder tener hijos». Es cierto: ser madre no es un derecho. Pero la maternidad está directamente relacionada con los derechos de las mujeres. La historia de las madres es una historia de derechos y libertades que, por su ausencia o su presencia, condicionan la experiencia. El destino. ¿Podemos decidir cuándo, cómo y con quién tener hijos? Quizás esa libertad para decidir sea tan solo un trampantojo para muchas.

En 2010, la socióloga e investigadora Marta Ibáñez Pascual analizaba2 los factores que influían en la decisión de ser madre en una sociedad como la española, en la que la baja fecundidad es un problema desde finales del siglo xx. En su trabajo señala el impacto del retraso en la entrada a la edad adulta, y por tanto el retraso en tener hijos, y cómo la identidad femenina ha dejado de construirse exclusivamente en torno a la maternidad. Además, ser madre se asocia mayoritariamente a un proyecto común en pareja, algo que no siempre se da antes de los treinta. ¿Cuántas mujeres con veintitantos años planean quedarse embarazadas? El deseo de ser madre compite con otros deseos. Viajar, cuidar nuestro físico, salir, vivir sin responsabilidades. Hacer del ocio una necesidad que creemos irrenunciable. Trabajar de lo nuestro desde los veintipocos, aunque sea por mil euros al mes y mucha incertidumbre, como escribía Ana Iris Simón en Feria. Ella cuenta que en la década de sus veinte pensaba que tener hijos antes de los treinta era cosa de «pobres», porque sus padres lo habían sido, y que tenía que hacer muchas cosas antes de «asentarse». «Asentarse», una palabra que hoy es un anatema. Simón reconoce que a los treinta todo aquello le resultó tan vacío, y era tal la incertidumbre que sintió envidia por la vida que llevaron sus padres a su edad. «Igual me da envidia la vida que tenían mis padres con mi edad porque a veces, sin casa y sin hijos en nombre de no sé muy bien qué pero también como consecuencia de no tener en el horizonte mucho más que incertidumbre, daría mi minúsculo reino, mi estantería del Ikea y mi móvil, por una definición concisa, concreta y realista de eso que llamaban, de eso que llaman progreso». Hay que ser muy valiente para escribir esto mientras te vigila la policía del pensamiento.3

Cuando tenía treinta años mi tía me dijo en una cena familiar: «Los jóvenes pensáis que siempre vais a ser jóvenes». No añadió mucho más, no hacía falta, pero aquella frase se debió colar bien hondo porque me acompaña desde entonces. Al principio, cuando salía a la superficie, no le prestaba mucha atención. Me limitaba a acariciarla como se acaricia un gato callejero que te pide comida. Vale, sé que estás aquí, toma. Luego empecé a comprender. Lo veía en los jóvenes que nos precedían. Los que llevaban menos tiempo postergando. Los que vivían en un pantone de futuros y un ocio infinito. Hoy soy esa señora que les diría si quisieran escucharme: «Los jóvenes pensáis que siempre vais a ser jóvenes». Pienso en un poema de Adrienne Rich:

Porque no somos jóvenes, las semanas han de bastar

por los años sin conocernos. Solo esta extraña curva

del tiempo me dice que no somos jóvenes.

¿Caminé por las calles en la mañana, a los veinte,

con mis miembros sobrecogidos por un más puro regocijo?

¿Me asomé desde una ventana en la ciudad

escuchando al futuro

como lo escucho aquí con nervios afinados para tu

[llamada?

Y tú, te aproximas a mí con el mismo tempo.

Son eternos tus ojos, verde destello

de la hierba inocente del inicio del verano,

berro azul verde salvaje refrescado por la vertiente.

A los veinte, sí: pensábamos vivir para siempre.

A los cuarenta y cinco, quiero conocer hasta nuestros

[límites.

Te acaricio sabiendo que no nacimos mañana,

y que de algún modo, cada una ayudará a la otra a vivir,

y en algún lugar, cada una debe ayudar a la otra a morir.

En un artículo4 para The conversation, Marta Ibáñez escribe que está muy extendida la percepción de que antes de los treinta se es «demasiado joven». También está el hándicap de no haber encontrado una pareja adecuada antes de esa edad. En el siglo xxi, las relaciones son más frágiles y se caracterizan por «menores niveles de compromiso que en el pasado». La cuestión es que estos motivos terminan enlazándose poco a poco con razones laborales y económicas a lo largo de la treintena, formando el combo perfecto para que ser madre se convierta en una verdadera carrera de obstáculos para muchas mujeres. Las cifras lo confirman: según el Instituto Nacional de Estadística, algo más del 90 % de las mujeres entre 30 y 34 años que no han tenido hijos señalan razones laborales y económicas, y casi el 85 % en la franja de edad de los 35 a los 39 años indican lo mismo. Y no es que no queramos tener hijos. España es uno de los países europeos con mayor brecha entre el número medio de hijos deseados y el número medio de hijos que realmente se tienen. «Hay una brecha importante entre la fecundidad deseada y la fecundidad alcanzada que indica que querer no es poder», me decía la demógrafa Teresa Castro en una entrevista.5